‘ Mercadios ‘


No iba muy descaminado Antonio Gala cuando, hace ya muchos años, allá por la era pre-crítica, escribió en una de sus Troneras que habíamos cambiado el becerro de oro por el oro del becerro. Y no le faltaba razón, el tiempo (que es oro) se la ha dado, el problema es que nos han engañado en el cambio .
Quieras que no, el becerro de oro se estaba quietecito en su pedestal y cuando molestaba en un lado se le llevaba a otro, si se le quería adorar por allí, pues para allá que se le trasladaba, y si lo querían hacer aquí mismo, pues no se le movía. Todo era a pedir de boca. Ahora, el problema es que el oro del becerro no hay quien lo vea, ha desaparecido como si fuese obra de un prestidigitador, y el planeta “Tierra trágame” se ha convertido en un gran escenario donde no se ve nada por aquí ni nada por allá, ni siquiera la paloma de la paz se atreve a salir de la chistera.
Los mercados donde se compraba el becerro para adorar, o para dorar a fuego lento y luego comérselo, se han convertido en “mercadios”, unos lugares invisibles que todo el mundo adora y cuya palabra es ley incuestionable, hasta el punto que de no cumplirse se cae en pescado mortal y los tiburones de las finanzas terminan por devorar al osado marinero de aguas revueltas. Así no puede haber ganancias ni nadie que se atreva a mojarse.
Vivimos el comienzo de una nueva religión, y toda religión en su inicio se caracteriza por promesas futuras de salvación y amenazas de castigo eterno en el presente. Ante una situación de ese tipo, la primera actitud no es la de creer, sino la de temer, y para desarrollar la estrategia necesita una doble referencia, en lo cercano la acción de los chamanes de la gestión de la confianza y la fe, y en lo distante el poder invisible que todo lo puede. Y entre lo cercano y lo lejano, entre lo humano y lo divino, están los sacrificios de un pueblo tomado como borrego que es llevado hasta el altar con la promesa de la salvación, pero que termina protagonizando su propio sacrificio para honra y beneficio de otros y de esos mercadios que se quedaron con el oro y nos dejaron hechos unos becerros como cencerros, y por los cerros de Úbeda, ¿verdad Sabina?

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El milagro de PPtinto

Cuando se decide hacer las cosas como Dios manda, al final salen como las manda Dios, es decir sin más control, decisión y criterio que el que impongan unas circunstancias protagonizadas por otros.
Antes de las elecciones todos los problemas de España eran consecuencia del Gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, el paro, la deuda, el déficit, el ranking, hasta que perdiera la liga el Real Madrid… todo se debía a la mala gestión de su equipo y, sobre todo, a la falta de confianza de unos mercados, empresarios y bancos (perdón por la redundancia) que no se atrevían a poner en manos del disparatado Gobierno sus inversiones. Hacía falta recuperar la confianza de la mano de un Gobierno preparado, solvente y eficaz que con su sola presencia, como el más auténtico Rodrigo Díaz de Vivar (aunque algunos preferirían que se llamase Rodrigo Díaz de Bisbal por lo del Ave María…) iba a despejar el campo de batalla de enemigos y vencer en la lucha del acoso financiero.
Pero la realidad no era esa, quizá por eso se encomendaron a lo divino y decidieron cambiar de estrategia, ya no era cuestión de curriculum ni de formación, y entre el “esto no lo arregla ni Dios” y el “como no ocurra un milagro…” optaron por la segunda opción. Quizás por eso pusieron en empleo a Fátima, pero uno de los pastorcillos se cayó del guindo y alertó de la agresividad de una reforma laboral que, he ahí el milagro, facilita el despido. Está claro que ahora acudirán a Lourdes a ver si en territorio francés los milagros que vienen del Norte llegan antes. Al menos en Francia siempre se ha dicho eso de “al pan pan, y al vino vino”, es lo más parecido al “llamar a las cosas por su nombre”. Pues eso, todos a la vendimia a ver si cosechamos un milagro, pero me da la sensación de que hace falta algo menos y que sobra algo más.

House y el Gobierno


   Hay una extraña asociación entre la dureza en las palabras y la      verdad, entre el pesimismo y el conocimiento, y entre la crudeza de quien las dice y su preparación. Cuanto más negativa se presenta la situación, más creíble resulta y más autoridad tiene quien  pronuncia las palabras, parece como si se pensara que no tiene nada que ocultar ni puede tener intención de engañar con algo que en sí mismo es malo, y que puestos a hacerlo lo suyo sería presentando una realidad más positiva que dejara a esa persona en mejor lugar.
Quizás por eso una mala noticia es más noticia que una buena, circunstancia que se refleja a diario en todos los medios de comunicación, aunque tengan que traerse esos sucesos del rincón más lejano del planeta, lo importante es presentar la verdad vestida de negro y como una amenaza que puede pasarle a cualquiera. La propia medicina ha caído en este juego por miedo a la responsabilidad que se pueda derivar de una información interpretada como errónea, y los médicos lo primero que comunican a sus pacientes es que “hay que ponerse en la peor de las situaciones”, de manera que todo son complicaciones, efectos secundarios y reacciones adversas. En esto hemos tenido ejemplos muy conocidos en la serie de televisión House, en la que su protagonista  ha levantado pasiones al mantener esa actitud distante, fría y superior que da decir las cosas revestidas de pesimismo y crudeza.
El Gobierno de Mariano Rajoy ha tomado esa táctica  del pesimismo estudiado y la practica a telediario por día para presentarse como un doctor solvente capaz de afrontar la más grave de las situaciones, algo que no es producto de una actitud personal en cada uno de sus miembros, sino parte de una estrategia para alcanzar un triple objetivo. Por un lado se manda el mensaje de que el Gobierno anterior mintió o no sabía lo que tenía entre manos al presentar la situación actual como mucho más grave, por otro da muestras de esa preparación y solvencia derivada de la asociación del pesimismo y lo negativo con la preparación, y por otro, a partir de ese momento, como se ha puesto en “la peor de las situaciones”, todo irá mejor, aunque en realidad empeore, como está ocurriendo con el paro y con la economía. Da igual, al haber dicho que sería aún peor, la sensación es que se ha mejorado.
Y funciona, como funciona en medicina y en otros ámbitos. El Gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero hizo lo contrario, transmitir optimismo, confianza, cierta tranquilidad… habló de brotes verdes, de mejoras en el futuro… y se equivocó. Se equivocó en el pronóstico, igual que se puede equivocar Rajoy,  y en la estrategia ante una sociedad que entiende que las buenas noticias y la esperanza esconden algo malo.
Ahora gran parte de la sociedad está encantada con el futuro sombrío que nos presenta el Gobierno, con la palabra incertidumbre como eslogan, y con ese largo plazo y el alto desinterés que han puesto a la hipoteca del presente. Mucha gente muestra una cierta tranquilidad y confían más en quienes dan una información negativa para eximir su responsabilidad, que en quien delimita la realidad sobre los elementos objetivos de ese momento y llama a la acción y a la co-responsabilidad en su abordaje. Siempre resulta más fácil ponerse en manos de otro que implicarse en la solución del problema, sea este médico, social, laboral o familiar.
El problema de fondo está en asociar el pesimismo a la solvencia y lo negativo al conocimiento. Ahora resulta que toda la preparación que tiene el nuevo Gobierno, y que se echaba en falta en el anterior, se reduce a presentar la más negra de las situaciones y a adoptar las soluciones más drásticas, que serán duras, pero también las más fáciles. Lo complicado es intentar salvar la situación sin amputar parte de la anatomía de la realidad social, que siempre resulta ser la de los más desfavorecidos y las más desfavorecidas, y sí, aquí uso explícitamente el femenino porque parte de la amputación siempre afecta a las políticas de igualdad y a las que van dirigidas a las mujeres para combatir la desigualdad.

Educación para la Citizenship

Seré una víctima de la LOGSE, pero no termino de entenderlo. Nuestro sistema educativo es una ruina, no hay manera de que nuestros jóvenes logren aprender matemáticas, lengua, historia o conocimiento del medio por más horas que incluyan en el curso, y sin embargo una asignatura  como “Educación para la ciudadanía” no sólo es capaz de que aprendan todo su contenido, sino que también hace posible que cambien la forma de pensar e interpretar la realidad, lo cual no deja de ser admirable. De manera que todos los profesores hora tras hora, semana tras semana y así todos los trimestres no logran que enderecemos el inclinado informe Pisa, y en cambio, un par de horillas de vez en cuando de esa malévola asignatura consigue que cambiemos el mundo. No está mal. Lo mismo ocurre con los padres, que nos pasamos los días y las semanas intentando que nuestros hijos e hijas sean un poco más educados con un resultado más prometedor que exitoso, y en cambio el influjo de la “Educación para la Ciudadanía” los transforma en lo más profundo con tan sólo acercarse al aula. Algo debe tener esta asignatura cuando la bendicen de ese modo. La supresión de “Educación para la Ciudadanía” no se debe a una decisión de última hora, sino a la culminación de una estrategia que se puso en marcha desde el primer momento en que se planteo su inclusión en el programa educativo. Empezó mal al ser contrapuesta con la asignatura de Religión, y terminó fatal al incluir dentro de sus contenidos cuestiones sobre temas tan sensibles como es todo lo relacionado con la igualdad y la sexualidad, de hecho, no por casualidad, las críticas más feroces se las ha llevado lo que los bien educados ciudadanos que estaban en contra de ella pasaron a llamar “ideología de género”.  Daba igual que se estuviera hablando de valores constitucionales, lo importante era que se daba una visión diferente a muchos acontecimientos históricos que hasta el momento nos habían sido presentados desde la posición de quienes han salido beneficiados de ellos, y que se cuestionaban algunos valores y estructuras hasta ese momento reforzadas por el muro de silencio que las rodeaba. Con esos dos componentes, explicación de los hechos históricos de forma diferente y cuestionamiento del modelo uniforme de convivencia, no podía llegar muy lejos. Pero lo que resultaba inaceptable era la intencionalidad. Según se nos ha dicho, lo que en el fondo escondía la asignatura no era mejorar el conocimiento y por tanto la convivencia social, sino adoctrinar a la juventud para que el futuro cayera en las manos de las hordas antisistema. Un argumento sorprendente y paradójico. Cuando se habla de igualdad se dice que se hace desde la “ideología de género” y que busca adoctrinar a los jóvenes, en cambio cuando se guarda silencio en educación para que continúen los valores de la desigualdad y las conductas que nacen de ellos, como por ejemplo la violencia de género, no se considera que se hace en nombre de una ideología determinada y de unos valores concretos, ni tampoco que esté adoctrinando a nadie. Para quien critica la igualdad la difusión del modelo tradicional no es adoctrinamiento, cuando en realidad lo está haciendo con un objetivo claro y definido, que es no dar entrada a aquellos valores y referencias que puedan cuestionar el modelo histórico tomado como referencia universal en cada cultura, en cambio, todo lo que suponga una crítica a dicho modelo se ve como una interferencia externa que viene a romper la tendencia natural en los jóvenes de reproducir el modelo de siempre. Hay miedo a la libertad y miedo a los valores que vienen con ella, por eso preocupa dos horas a la semana de Educación para la ciudadanía, y por eso se le ataca con el fantasma de la ideología, para que se pueda continuar con el adoctrinamiento histórico del orden natural construido a su imagen y semejanza desde la ideología conservadora. Luego se preguntan que por qué se produce la violencia de género, o por qué hay racismo o se teme a otras religiones y creencias… La respuesta es fácil, si no nos enseñan a convivir como ciudadanos, cuando se producen conflictos y uno se cree en una posición superior a la del otro, la discusión no se entiende como una exposición de diferentes argumentos, sino como un ataque a lo que es el orden establecido. Y claro, cuando se ataca algo sagrado la respuesta siempre se mueve por los barrios de la violencia. La solución para esas posiciones es clara, suprimir la asignatura y todas sus derivadas, quizás por eso hayan suprimido el programa de las oposiciones de educación, porque entre sus temas había referencias a la igualdad, a la libertad, a las diferentes culturas y creencias… La situación era clara, no se trataba de unas oposiciones al uso, sino de oposiciones para “enseñar a educar en ciudadanía”, algo inadmisible en estos tiempos críticos. La otra opción es lo que hizo alguna Comunidad resistente e impartir la asignatura en inglés, eso de Educación para la Citizenship suena a otra cosa y, además, seguro que muchos no se enterarán del todo cuando se hable de equality, liberty and fraternity .

Mentiras piadosas

Hay cosas, nos dicen, que no se pueden hacer, o al menos que no se deben hacer. Nos las presentan como absolutos cuya quiebra afecta a las relaciones personales y a las referencias sobre las que deben articularse, esa dimensión ética tan necesaria para la confianza que debe protagonizar la convivencia.
Una de esas conductas que no se deben llevar  a cabo es la mentira, el famoso faltar a la verdad que tanto se oye, y no se debe mentir en general, pero menos aún cuando de la información que se da nace el consentimiento del otro para abordar temas trascedentes. Es algo relativamente claro que día a día vemos en diferentes ámbitos. Se imaginan que vamos al médico y este nos informa de que conviene que nos operemos para quitarnos un pequeño pólipo en la laringe, y que no tiene más trascendencia ni tendrá ninguna repercusión sobre la voz, y que luego después de despertarnos de la anestesia resulta que nos han quitado toda la laringe y hemos perdido la voz de por vida. No sería admisible y tendría consecuencias legales. Como tampoco lo sería que un banco nos dijera que nos iba a cobrar una comisión de 50 euros, y que luego nos la cobrara de 400 argumentando que la cosa está muy mal con la crisis.
En democracia la verdad en la información es clave para que la sociedad pueda decidir y, en consecuencia, dar sentido a la democracia. La participación del pueblo no se reduce a la escenificación del voto que termina a las ocho de la tarde, ahí es donde empieza a través de sus representantes, y es a partir de ese momento cuando los elegidos tienen que hacer aquello por lo que han sido elegidos, desarrollar la información y propuestas que han dado para que su opción fuera más valorada que las otras. Y han de hacerlo atendiendo a los argumentos dados para ello, no vale cambiar de decisión, ni mantener la decisión sobre nuevas razones, pues en cualquier caso estaríamos ante una mentira: o nos mentían antes al decir que iban hacer una cosa que no hacen, o nos mienten ahora al hacerlo sobre motivos diferentes que en el fondo significa que antes estaba mintiendo.
El Gobierno del PP se ha caracterizado hasta el momento por las mentiras en sus obras, no sólo en sus palabras, pues no sólo ha dicho cosas distintas a las que decía antes, sino que está llevando a cabo acciones diferentes a las que anunciaba que iba a hacer, y lo más curioso es que después de hacerlo vuelve a decir que no lo ha hecho: no ha congelado las pensiones, no ha subido los impuestos, no ha abaratado el despido, no está en contra del aborto, tampoco en contra del matrimonio entre parejas del mismo sexo, por supuesto que está contra la violencia que se produce en el entorno familiar de parejas de distinto sexo, o sea, de la violencia de género,  aunque se refiera a ella como violencia doméstica, está a favor de conservar las costas levantando grandes muros de hoteles alrededor por si con el cambio climático sube el nivel del mar y así evitar inundaciones… Todo se basa en tomar la referencia tradicional del bienestar, de la igualdad, de los derechos laborales, del medio ambiente… y cambiarle su significado a través de razones que atentan contra su propia esencia, o lo que es lo mismo, de la mentira como argumento… Sería más aceptable decir claramente que no se comparte esa visión ni valoración de la realidad y actuar en consecuencia, luego la sociedad decidirá.
Quien juega con lo divino y lo humano siempre tiene razones que  trascienden el momento para justificarse y para ignorar a quienes no las alcanzamos. Faltar a la verdad para ellos no supone reproche alguno, pues son mentiras piadosas para que el descarriado pueblo vuelva al redil, pero en una democracia la Constitución consagra la verdad en la información, no la piedad en la mentira, y quien juegue con argumentos como la compasión en lugar de la responsabilidad, con la concesión en vez de los derechos y con el voluntariado en lugar de la obligación se equivoca. Pero, además, miente a quien dice que esa es la única forma de proceder en estos malos tiempos para la lírica.