‘ Mercadios ‘


No iba muy descaminado Antonio Gala cuando, hace ya muchos años, allá por la era pre-crítica, escribió en una de sus Troneras que habíamos cambiado el becerro de oro por el oro del becerro. Y no le faltaba razón, el tiempo (que es oro) se la ha dado, el problema es que nos han engañado en el cambio .
Quieras que no, el becerro de oro se estaba quietecito en su pedestal y cuando molestaba en un lado se le llevaba a otro, si se le quería adorar por allí, pues para allá que se le trasladaba, y si lo querían hacer aquí mismo, pues no se le movía. Todo era a pedir de boca. Ahora, el problema es que el oro del becerro no hay quien lo vea, ha desaparecido como si fuese obra de un prestidigitador, y el planeta “Tierra trágame” se ha convertido en un gran escenario donde no se ve nada por aquí ni nada por allá, ni siquiera la paloma de la paz se atreve a salir de la chistera.
Los mercados donde se compraba el becerro para adorar, o para dorar a fuego lento y luego comérselo, se han convertido en “mercadios”, unos lugares invisibles que todo el mundo adora y cuya palabra es ley incuestionable, hasta el punto que de no cumplirse se cae en pescado mortal y los tiburones de las finanzas terminan por devorar al osado marinero de aguas revueltas. Así no puede haber ganancias ni nadie que se atreva a mojarse.
Vivimos el comienzo de una nueva religión, y toda religión en su inicio se caracteriza por promesas futuras de salvación y amenazas de castigo eterno en el presente. Ante una situación de ese tipo, la primera actitud no es la de creer, sino la de temer, y para desarrollar la estrategia necesita una doble referencia, en lo cercano la acción de los chamanes de la gestión de la confianza y la fe, y en lo distante el poder invisible que todo lo puede. Y entre lo cercano y lo lejano, entre lo humano y lo divino, están los sacrificios de un pueblo tomado como borrego que es llevado hasta el altar con la promesa de la salvación, pero que termina protagonizando su propio sacrificio para honra y beneficio de otros y de esos mercadios que se quedaron con el oro y nos dejaron hechos unos becerros como cencerros, y por los cerros de Úbeda, ¿verdad Sabina?

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