El pequeño Ruiz Señor (Gallardón)

Digo lo de “Ruiz Señor”, en lugar de “Señor Ruiz”, porque el Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, se ha confundido en el orden de las palabras, y en lugar de decir que la violencia de género es una violencia estructural a diferencia de otras violencias denominadas “externas”, puesto que estas no nacen de las referencias que la cultura establece para organizar la convivencia, ha manifestado que existe una “violencia estructural de género” que lleva a las mujeres a abortar. No es lo mismo hablar de Señor Ruiz que de Ruiz Señor, lo mismo que no es igual decir que la estructura patriarcal de la desigualdad  produce la violencia de género, que afirmar que el género da lugar a violencia. Todavía no he tenido noticia alguna sobre una mujer que se haya quedado embarazada para abortar, pero sí me he encontrado con vidas truncadas por un embarazo no deseado. Las causas que llevan a una mujer a tomar la decisión de interrumpir el embarazo son muchas, no es tan sencillo como decir que es por falta de ayudas y recursos, y menos aún, como ha apuntado el Ministro del Interior, trasladar las dificultades que refieren las mujeres embarazadas que trabajan como precipitantes del aborto. Establecer una relación directa y lineal entre una situación y otra es imprudente, pobre y torpe… es como si se les pregunta si tienen dificultades para usar el transporte público cuando están embarazadas, que las tienen, y al afirmar que sí se concluye que abortan porque tienen problemas al utilizar el metro, el autobús o al subir escaleras. Las mujeres no abortan por falta de ayudas, hay mujeres que tienen todos los medios, apoyos y recursos que interrumpen el embarazo, y mujeres sin ningún recurso ni apoyo que siguen adelante con él, ojalá las cosas fueran tan sencillas como un sí o un no. Cuestionar a las mujeres por esa decisión es partir de una posición de superioridad moral que además de ser falsa es hipócrita con la vida. Hay mujeres y hombres que defienden lo que hoy dice el PP, y luego son los primeros en tomar la opción del aborto cuando se enfrentan a un embarazo no deseado, lo mismo que en otras ocasiones quienes defienden la vida a toda consta no tienen ningún pudor en jugar con la vida de mujeres y niñas cuando la continuidad del embarazo es un riesgo serio y objetivo para sus vidas, como ocurrió en el caso de la niña de Brasil violada a la que se le impedía abortar (febrero de 2009), con el de otra niña también violada en Nicaragua (noviembre de 2011), o con la separación de unas siamesas en el Reino Unido (septiembre de 2000), caso en el que sectores de la iglesia defendían que era mejor que murieran las dos en lugar de salvar la vida de una a costa de la otra. La decisión de abortar es muy compleja y no la determina una ley. El fracaso no está en el aborto sino en que no se pueda decidir al considerar que la libertad y autonomía de las mujeres están sometidas a la maternidad impuesta que las cosifica, como si fuesen máquinas de procreación. El debate no está en qué hay que hacer para que la opción de interrumpir el embarazo no venga condicionada por factores ajenos a la propia libertad y autonomía de las mujeres, en eso tanto la Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, como otras medidas que se pusieron en marcha para aproximarse a una sexualidad responsable, como lo era la suprimida asignatura de Educación para la Ciudadanía, están repletas de opciones y recursos, la clave está en si ante el caso de una mujer que decide libremente interrumpir su embarazo se le puede obligar o coaccionar a continuar con él “como si fuera una incubadora”. Está claro que para unos esa decisión de la mujer será incorrecta y para otros correcta, pero el problema reside en no atender la realidad y la diversidad social, y si al margen de lo que pensemos podemos obligar a quien no piensa igual a partir de nuestras ideas. Ahora nadie obliga a una mujer a abortar, pero según el nuevo planteamiento, sí se la podrá obligar a no interrumpir su embarazo.

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