Superstición

Hoy, martes y trece, es un día para la superstición, igual que ayer, lo mismo mañana. La superstición es la creencia de que determinados fenómenos y acontecimientos se deben a elementos ajenos a la causalidad, y a factores inaccesibles a la argumentación científica o racional. Unas veces ha sido la tradición, otras determinadas costumbres sociales, en ocasiones todo lo relacionado con la idea del mal, y con frecuencia las religiones, las que han explicado sobre sus referencias determinadas situaciones y hechos para darle ese sentido sobrenatural o ajeno a la acción humana, y en consecuencia dejar sus efectos al amparo de la fuerza que mueve dicha creencia. Al principio, la conciencia humana se movía por el terreno oscuro de la ignorancia y todo tenía una explicación mágica que no alumbraba solución alguna. La naturaleza tenía como destino ser ignorada por quienes en ella habitaban, pero la aparición de la inteligencia rompió los límites e hizo que el ser humano quedara expuesto al reto del conocimiento. A partir de ese momento, más de 200.000 años atrás, la luz fue descubriendo causas, acciones, motivos… y dando explicaciones, razones, argumentos… para entender el por qué de los acontecimientos, y para desarrollar el pensamiento abstracto y la imaginación con la que liberarse de lo inmediato y de un presente en el que se vivía atrapado. El pensamiento mágico fue debilitándose y el conocimiento afianzándose, pero apareció la idea de trascendencia y con ella la necesidad de encontrar sentido a una vida caracterizada por la conciencia de muerte, de que algún día la vida se acabaría. Todo ello condujo a las creencias y sentimientos religiosos. De alguna manera se pensó que el sentido de la vida no estaba en este mundo, y que el objetivo último era alcanzar la recompensa merecida de un paraíso ajeno al que, paradójicamente, se le llamó terrenal. Toda esta mezcla de ideas, creencias, ritos, también miedos e inseguridades, y el control de las soluciones y respuestas por unos pocos, permitieron que junto al conocimiento y a la ciencia permanecieran las supersticiones, siempre como una amenaza que obligaba a desarrollar determinadas conductas o a permanecer dentro de los límites establecidos por quien controlaba el poder de las consecuencias. No por casualidad la definición de “superstición” que da el diccionario de la RAE es “ creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón”, de lo que se deduce que fe religiosa y razón son lo mismo. A diferencia de un experimento, que permite comprobar el resultado de las diferentes variables, y por tanto ver qué se deriva de cada una de ellas y cómo abordar sus efectos, las supersticiones sólo permiten confirmar el lado negativo. Si uno pone mucho ácido en una solución se producirá una serie de efectos sobre distintas superficies, y si se quieren evitar podrán ser abordados de formas diferentes (reduciendo la concentración de ácido, añadiendo una solución alcalina, protegiendo la superficie…), pero si uno rompe un espejo, tira la sal, se cruza con un gato negro o pasa por debajo de una escalera y le ocurre algo malo, no habrá otra explicación. Lo sorprendente no es que la historia haya sido así, sino que aún lo siga siendo y que, incluso, se haya agravado aún más. Hoy quizás no se piense que la bolsa baja o el paro sube por romper un espejo, pero la única explicación que se da es que se debe a algo inmaterial e invisible en lo que todos creen y a lo que todos temen como son los mercados, hoy no hay que peregrinar a santuarios religiosos, pero todos los caminos conducen a Bruselas, y hoy, por ejemplo, no existe el castigo del infierno, pero estamos quemados en la tierra. La única diferencia de este mundo supersticioso es que en un día 13 y martes todos los males son debidos a ese ejército de causas del 13M, a partir de mañana, al igual que ayer, las razones de todo lo malo serán  los indignados del 15M,  los estudiantes enemigos o  los sindicatos y sus amigos. Fácil, ¿verdad?

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