Toulouse (Lautrec)

No sabría muy bien cómo calificar lo ocurrido estos días atrás en Toulouse con Mohamed Merah, un bala perdida que termina asesinando y escribiendo su biografía con la sangre de los demás.
El pintor Toulouse-Lautrec (1864-1901) fue algo parecido a un corresponsal de su época destinado a  ambientes de cabarets y prostitución. Se produjo una especie de simbiosis que permitió que él quedara oculto (padecía un enanismo debido a una acondroplasia), al tiempo que lograba que esos espacios  pudieran ser contemplados más allá de las sombras y los reflejos que los envolvían, y sin el olor a humo que los difuminaba. Su pintura fue todo lo contrario: luz, color, expresión y la alegría que siempre llegaba tarde a la cita. Quizás por eso parte de su obra más reconocida fueron los carteles que anunciaban esos locales, una forma de negar lo que vivía con la pintura y de ocultar la verdad de esos lugares.
Lo que ha ocurrido en la ciudad francesa que da nombre al condado del pintor (era de familia aristocrática y heredó el condado de Toulouse-Lautrec-Montfa) podría tener un significado parecido a la obra del artista.
La corta vida de Mohamed Merah demuestra que los asesinos se hacen a partir de una serie de decisiones voluntarias más o menos potenciadas y favorecidas por ciertos contextos e influencias, y que la trascendencia de muchas de las causas por las que terminan matando, con frecuencia sólo son la última fase de una carrera delictiva reorientada a partir de determinadas circunstancias, no un planteamiento inicial. Y en todo este proceso de nuevo aparece la cárcel como un centro de formación y especialización que lleva a “progresar adecuadamente” hasta el crimen, y a alcanzar el reconocimiento dentro de un grupo, aunque este sea una organización criminal. Hablar de “lobo solitario” cuando las ideas son compartidas es un error o la parte inicial de un relato que debe llegar más lejos.
La conducta de las autoridades francesas se ha parecido a uno de esos carteles de Toulouse-Lautrec. El espectáculo del directo protagonizado y propiciado por las autoridades, con su presidente Nicolás Sarkozy a la cabeza, ha confundido la transparencia con la exposición. Una cosa es favorecer la necesaria información, y otra muy distinta aprovechar la situación para exhibirse en el tiempo y en los detalles. Estoy convencido de que si el asesino en lugar de ser de origen argelino hubiera sido francés, no se habrían recreado tanto en la operación policial y política.
También ha llamado la atención el estridente silencio de la ultraderecha francesa, probablemente la que más se ha alegrado con lo ocurrido, seguro que muchos de sus miembros estarán frotándose las manos: Se ha producido un ataque contra la comunidad judía y lo ha hecho “un moro”, o lo que es lo mismo para ellos, se han matado dos pájaros de un tiro: “menos judíos y más odio contra los árabes y el islam”.
Esos pensamientos son los que pueden llegar a ser muy peligrosos, quizás no vayan en moto con una pistola en la funda y una cámara en el pecho, pero son muchas las cámaras que los apuntan y aún más las palabras que disparan al aire, balas perdidas que terminan por impactar y matar la convivencia.
Henry Toulouse-Lautrec murió alcohólico y enfermo mental (un día llegó a disparar a las paredes de su casa bajo un delirium tremens al creer que estaban llenas de bichos),  lo que vivió no se correspondió con lo que soñó y enloqueció antes de marcharse definitivamente. La sociedad puede terminar alienada si lo que vivimos no se corresponde con lo que deseamos y si no buscamos el objetivo de lo común. El miedo atenaza, ataca la cohesión social y aparta a las personas de los proyectos compartidos, y el mensaje que han lanzado las autoridades francesas es el del miedo vestido con la amenaza del riesgo.
Al menos Toulouse-Lautrec pintaba carteles llenos de luz, color y vida, aunque el interior de los locales guardara muchas de las miserias de la sociedad de su época. Estos días en Toulouse las autoridades han pintado la situación justo al contrario.

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