Cazadores recolectores

Puede parecer paradójico, pero el gran paso en la evolución humana no fue continuar con la marcha nómada que un día impusieron los primeros grupos de humanos para dejar atrás África, fue detenerse en su viaje, echar raíces y cambiar el camino en el terreno por el camino de la imaginación y el pensamiento. El gran avance en la evolución humana se produjo en el neolítico con el cambio que nos llevó de “cazadores recolectores” a “sedentarios y agrícolas”, de alguna manera el trayecto se hizo circular sobre el terreno habitado, cada día despertábamos en el mismo lugar ante el escenario de la jornada anterior, y nuestra vida comenzó a girar sobre las mismas actividades para que siguiera de forma lineal sobre un tiempo que luego llamamos historia.

Aún así continuamos siendo cazadores y seguimos caminando, pero se introdujo el regreso como un factor de búsqueda que llevó a entender que también era un hallazgo volver al lugar compartido por el grupo. Poco a poco (que siempre es mucho), cambiamos el sentido de las cosas y el propio sentido de la vida, y la relación con el entorno pasó del respeto a la dominación, una referencia que también aplicaron unos pocos al resto de los miembros del grupo, rompiendo con la solidaridad y lo común que hasta ese momento había caracterizado a la convivencia. Apareció el poder y así se hizo necesario, no solo tenerlo, sino demostrarlo.

La caza se ha convertido en un acto social, especialmente la denominada caza mayor, que más que definirse sobre el tamaño del animal y la munición utilizada, parece que lo hace sobre la “mayor cantidad” de dinero que hay que pagar para acceder al exclusivo grupo que la practica. Y una vez que se abona una importante suma, como se pueden imaginar, lo de menos es si se mata a un animal o no, lo importante es rentabilizar el acto a través de los contactos que se hacen en esas reuniones, y de las decisiones que se puedan adoptar al calor de una hoguera o al amparo de la calefacción en una casa rural. Por eso la caza cada vez es más una actividad que se acerca a lo urbano, da igual que se lleve a cabo en la montaña o en la selva, los protagonistas son los mismos que se sientan alrededor de las mesas de los despachos, y el objetivo está en el negocio de la pieza de un puzle económico o político, no en el animal abatido. Quizás sea esa la razón por la que muchos de esos cazadores prefieren volver a oír el sonido de los móviles de los contactos que han hecho, en lugar del sonido explosivo de los disparos.

España es un país de armas tomar. Son muchas las escopetas que duermen en armarios de alcobas a la espera de una razón para ser usadas, la gran mayoría alrededor de la caza, pero también aguardan para dirimir cuestiones y disputas personales. Como médico forense he visto muchos homicidios cometidos por esas escopetas pacientes guardadas para cazar: disputas por las lindes de las tierras aclaradas con un disparo, maridos que matan a mujeres con el arma con la que un día  dijeron que las protegerían, enfrentamientos entre clanes y familias por algo que su abuelos comentaron… y también he visto muchos suicidios llevados a cabo con un disparo de escopeta…

Todos ellos decían que la tenían para cazar, y llegado el momento vieron al otro o a sí mismos como una pieza que había que cobrarse para luego mostrar el trofeo de su conducta y reivindicarse como hombres.

Muchas de las decisiones que se toman en esas cacerías urbanas parece que siguen el mismo esquema, y desde lo alto de la montaña o la llanura de la sabana, se ve a los ciudadanos como animales descarriados y sin rumbo, y unas veces nos toman por antílopes borreguiles, y otras como amenazantes fieras, pero el caso es que al final terminamos abatidos por el disparo de sus decisiones… Porque cuando se piensa de esa forma la pieza no siempre es una animal, puede ser una idea, un territorio, una creencia… o las personas que la poseen.

Otras veces el tiro sale por la culata, pero sólo de vez en cuando.

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