Fuerza y poder

Resulta llamativo cómo se recurre al argumento de la fuerza para justificar el poder, o cómo el poder se reviste de fuerza para esconder sus formas y propósitos. El lema elegido por Sarkozy en su campaña es  “La France Forte”, Silvio Berlusconi montó su partido sobre el nombre de  “Forza Italia”, en España la extrema derecha se aglutinó en el partido “Fuerza Nueva”, y Rajoy, antes de las elecciones,  pidió un “Gobierno fuerte a cambio de diálogo con el resto de los partidos” (19-10-11), volvió a llamar a un “Gobierno fuerte” para el que pidió el “apoyo masivo de los españoles” (29-10-11), y ya gobernando, “Rajoy avala un <<Gobierno fuerte>> tras luz verde a los Presupuestos sin apoyos” (25-4-12)

Todo forma parte de la estrategia de poder disimulado en la que se esconden las palabras para  conseguir la acción: ya no se habla de mayoría absoluta, sino de mayoría suficiente, tampoco de recortes, sino de reformas, ni de cadena perpetua, ahora es “prisión permanente revisable”. No existen los despidos en las empresas, sólo los reajustes, tampoco las privatizaciones, ahora son liberalizaciones… y por supuesto no se habla de acumulación de poder, sino de fuerza. Y al final todo se esconde bajo otra nueva palabra y situación, y en lugar de hablar de un Gobierno que da miedo por el poder acumulado y las iniciativas emprendidas, se dice que genera confianza.

La fuerza se caracteriza por la capacidad de resistir y de transmitir energía, pero también por el poder de obligar contra la “resistencia” que tengan los otros, y lo que se deduce de estos planteamientos políticos de “fuerza y poder” es esa capacidad de imponer  al resto de la sociedad  sus ideas y proyectos, algo comprensible y aceptable en una democracia cuando los votos lo permiten,  pero no para imponer sus valores y obligar a que toda la sociedad interprete la realidad y el significado de sus acontecimientos bajo las referencias consideradas como válidas por esas posiciones de poder. Bajo este esquema de pensamiento quien obliga a que el resto cumpla con sus políticas, no sólo no cree que esté haciendo nada malo ni en contra de un amplio sector de la sociedad, sino que piensa que todo el mundo lo comparte y que, en consecuencia, las reacciones, críticas y rechazo son obra de una minoría interesada que manipula a un grupo para atacar su posición. Puede parecer extraño, pero, por ejemplo, es lo que ha declarado  Esperanza Aguirre ante las manifestaciones ciudadanas el 29 de abril, “El PSOE monta jaleo en la calle para que España se convierta en Grecia”.

Ese mismo planteamiento es el que hace que quienes son partidarios de esos gobiernos vean la fuerza como un elemento que “refuerza” y da sentido a su posición de poder, pues no sólo obligan a los demás a ajustarse a sus criterios, sino que además ven como prevalecen sus valores y la forma de entender la realidad. La coincidencia durante este fin de semana de los dos acontecimientos apuntados, el congreso del PP madrileño y las manifestaciones ciudadanas, permite ver de forma nítida el significado que se da a la realidad desde las posiciones de poder. Y mientras los ciudadanos protestaban por los recortes, la reforma laboral y la evolución de la economía, Rajoy las defendía diciendo que son reformas “positivas, necesarias y obligadas”, pero no dice “para quién son positivas, quién las entiende como necesarias y quién es el que obliga a hacerlas”, claro que probablemente no lleguemos  a enterarnos cuando el propio Presidente manifiesta refiriéndose al PSOE que “deberían callarse…” algo en lo que él predica con el ejemplo al huir de la prensa o al plantear que no se celebre el debate sobre el Estado de la Nación. Otra posibilidad para evitar de forma simultánea la crítica y la manifestación es seguir las indicaciones de la Vicepresidenta, Soraya Saenz de Santamaría, cuando insinúa que el PSOE no debería salir a la calle (“Si yo hubiera dejado el país así, a mí me daría vergüenza salir de casa” -28-4-12-). De lo que estoy seguro es que las mujeres que sufren la desigualdad y la violencia, los homosexuales que viven la discriminación, los inmigrantes que padecen la exclusión o las personas dependientes que sufren el abandono, no coinciden con el diagnóstico de la Vicepresidenta, en cambio sí les preocupa cómo  dejará el país  un Gobierno que entiende la política social como un lujo o un capricho del que se puede prescindir.

En el lado contrario a toda esta estrategia y actitud están los que entendemos que la fuerza en una democracia no está en la capacidad de imponer y obligar, sino en la capacidad de dialogar, incluir, integrar y alcanzar consensos, pues en el fondo una votación, aunque sea desde la distancia de la soledad, consiste en poner juntas todas las voluntades sobre una serie de elementos y referencias para que se gobierne “para todos” (frase que sólo se escucha el día de las elecciones) y con todos (esta no se escucha nunca), idea que aunque no la comparten, al menos debería escenificarse con un poco de credibilidad.

De lo contrario, ahora que estamos en tiempos de recortes podríamos ahorrarnos los gastos del Congreso y del Senado, incluso de Moncloa, y gobernar desde la calle Génova, al menos está en el centro de Madrid y no todo sería tan extremo.

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