A la fuerza ahorcan

Las elecciones autonómicas de Andalucía han supuesto uno de los acontecimientos más interesantes desde el punto de vista político y social de nuestra democracia. Puede parecer excesivo este comentario, pero el tiempo nos demostrará que lo que ocurrió el pasado día 25 de marzo tiene más trascendencia de lo que en principio parece.

El Sur, habitualmente olvidado o recordado en la anécdota, de repente cobró todo el protagonismo ante unas elecciones  que decidían lo que a partir de ese día iba a suceder en Andalucía, pero también lo que ocurriría en el resto de España. Por eso todo el mundo coincidió en que el resultado sería sorprendente, en eso no había duda, cada uno había elegido sus adjetivos en esa dirección, pero faltaba el sustantivo al que unirlos, y sobre todo, faltaba conocer las razones por las que esa sorpresa se iba a producir.

Y se produjo, pero además en un triple sentido: Por un lado porque ganó el PP en una tierra que pisaba de largo hacia lugares más lejanos, por otro, porque gobernaría el PSOE con Izquierda Unida a pesar de la campaña, hecho que daba lugar a  la tercera sorpresa: por primera vez la izquierda apareció junta en Andalucía tras unas elecciones.


Tanta sorpresa demuestra la distancia existente entre un voto y un ciudadano, y cuando desde la política se buscan votos en lugar de  ciudadanos y  ciudadanas que formen parte de un proyecto  que vaya más allá de lo inmediato y perecedero, se crea un vacío al que los partidos pueden caer ante cualquier agitación, crisis o duda. Y creo, sinceramente, que hace años que desde la política se ha buscado más el voto que el compromiso, algo en lo que el PP ha insistido abiertamente al cuestionar las ideologías y hablar de un “voto funcional”, planteamiento respetable que podría hacerse desde cualquier ámbito menos desde un partido político, porque es incoherente con lo que se defiende desde él, y porque no es verdad que pretenda que el voto sea una especie de cara o cruz según las circunstancias.  En esto la campaña tampoco ha sido tan diferente y los dos partidos más votados han jugado al miedo, cada uno al suyo, como argumento principal.

Pero una cosa es la sorpresa y otra el susto. La primera es positiva, pero el susto, en cambio, genera una sensación de angustia y amenaza que condiciona la conducta, una conducta que, he ahí el gran error de los partidos cuando recurren al discurso del miedo, puede dar lugar a la huida (que no siempre se produce en dirección contraria al partido presentado como amenazante), o a la parálisis (que en ocasiones no es quedarse quieto en el lugar o partido donde se está, sino permanecer sin moverse, y sin votar, en casa). Sin embargo, la ciudadanía ha demostrado estar curada de espantos y caminar muy por encima de lo que muchos creen. Tan sólo unos días antes de las elecciones, en las celebraciones del segundo centenario de la Constitución de de las Cortes de Cádiz, el Rey dijo en su discurso que “la nación estuvo muy por encima de sus autoridades en 1812”, y creo que no se debe dudar de que no lo esté hoy y siempre, tal y como recogí en el post “El cambio” (21-3-12).

Esta semana se celebrara la sesión de investidura del nuevo presidente andaluz, pero hay dos sensaciones que aún no han desaparecido del ambiente, a pesar de que el paso de las hojas del calendario no ha parado de agitar el aire. Una de ellas es que el PP se equivocó al creer que la victoria y el gobierno estaban asegurados, y la otra es que el PSOE se equivoca si cree que gobernar es una victoria y no tiene en cuenta las circunstancias que han llevado a esta situación.

Desde el primer momento tras conocer los resultados de las elecciones todo el mundo sabía que se iba a producir un acuerdo entre Izquierda Unida y el PSOE para alcanzar un pacto de legislatura, que incluiría o no el de gobierno. Pero este pacto no tiene ningún mérito si no se acompaña de un replanteamiento de las relaciones entre los partidos de izquierdas y si no se busca una estrategia más amplia que facilite el desarrollo de un modelo duradero de progreso, bienestar y convivencia sin que todo lo que se proponga desde él se vea como un ataque o un abuso. Llegar a acuerdos para gobernar es sencillo, a la fuerza ahorcan, lo hemos visto en numerosas ocasiones con las combinaciones más extrañas y numerosas, dentro y fuera de nuestras fronteras.

La derecha ha conseguido esa unidad o, al menos, esa uniformidad en las formas, aunque hay quienes dentro de ella no ven saciadas sus ansias de poder y siguen tirando del extremo derecho de la cuerda para llevarse la política  a su terreno, pero en general sus propuestas aparecen dentro de un mismo partido.

La izquierda no puede presentarse separada y exponiendo los trozos de un modelo fragmentado, que con frecuencia ni siquiera coinciden cuando se juntan las piezas para formar al modelo de referencia, si busca algo más que gobernar durante un tiempo mayor  menor, y desarrollar más o menos políticas en una determinada dirección. La izquierda debe conseguir que su modelo y sus valores sean integrados con la misma validez y reconocimiento que lo son los que históricamente han identificado a los partidos de la derecha, y para ello no sólo hay que vencer en unas elecciones, sino que además hay que convencer a la sociedad de que la idea del “orden natural” basado en esos valores tradicionales de la derecha es una construcción interesada levantada sobre las posiciones de poder históricas. La clave para conseguirlo no sólo está en hacer más o menos cosas y orientarlas hacia unos problemas u otros, eso es importante a la hora de gobernar, pero no es suficiente para cambiar la interpretación de la realidad. La clave a la hora de ese cambio social está en el significado que se le dé a esa gestión de gobierno, y eso pasa por situar unos nuevos valores como referencia, entre los que no puede faltar la igualdad.

Lo expuesto con anterioridad no quiere decir que se tenga que formar un solo partido en la izquierda o que tengan que concurrir a las elecciones en una alianza, pero sí que hay que desarrollar una estrategia desde la izquierda que actúe frente a la reestructuración que se ha producido en la derecha alrededor de los principales ámbitos de la sociedad: política, economía, cultura, medios de comunicación y religión. No tiene sentido que la izquierda hable de solidaridad, de diálogo, de participación, de compartir, de consenso, de respetar al diferente, de igualdad, de convivencia… y que luego las disputas más intensas y los silencios más sonados se den dentro de la izquierda.

Y si el acuerdo estratégico no se ha producido antes ha sido por responsabilidad de quienes no lo han logrado, unos por creer no necesitarlo y otros tampoco. La identidad dentro de los partidos de la izquierda no puede estar en el contraste con la izquierda, sino en la afirmación de sus ideas y propuestas sobre las que construir un acuerdo, y el hecho de que cada uno de los principales partidos de la izquierda, PSOE e Izquierda Unida, no coincidan en esas ideas y prioridades no debe ser motivo para el enfrentamiento, sino razón para el esfuerzo de encontrarse. Las acusaciones de salón o tertulia no valen, al poco tiempo se vienen abajo, por eso no se puede decir que el PSOE ha hecho política de derechas, a la vista está lo que es una política de derechas (aunque podría haber hecho otras cosas y no las que hizo), ni tampoco que las propuestas de Izquierda Unida son utópicas, porque no lo son, a la vista está cuando entran a formar parte del Gobierno de Andalucía.

Estamos en un mundo global, diverso, plural, y empequeñecido  por las comunicaciones… pero ahora se pretende que gire en sentido contrario a como lo ha hecho con la fuerza del progreso, alguien quiere volver atrás y situarlo en el centro del universo con el rey sol y todo su sistema dando vueltas sobre él. Por eso lo que ocurra en Andalucía será determinante para lo que puede ocurrir en el resto de España.

El Sur siempre tiene espacio para la sorpresa, por eso es “surprendente”, y porque además de ser en el Sur tiene  norte, en cambio el Norte carece de ese norte,  y si niega al Sur no tiene nada.

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