Los machos y la evolución

El ser humano sigue evolucionando, lo dice un importante trabajo científico, menos mal que la crisis no ha traído recortes en los presupuestos de la evolución y que lo alcanzado hasta ahora no será lo que caracterice el futuro de la humanidad. Lo que no tengo tan claro es si esa evolución nos llevará a una situación mejor o peor. En lo biológico todo va a depender de lo que hagamos con el medio ambiente, y en lo social dependerá de lo que hagamos con el ambiente del medio, con ese hábitat que nos hemos creado con la cultura.

Si uno compara la organización de los primeros grupos humanos y la actual, está claro que hemos ganado en todo menos en humanidad. La característica fundamental del Homo sapiens no es la riqueza que acumule, ni la fuerza que tenga, ni el territorio que denomine, lo que define al ser humano es su inteligencia y su afectividad, y las características que se derivan de ella, especialmente la razón, la conciencia y el pensamiento acompañados de una determinada carga emocional. Y hoy los humanos no se caracterizan precisamente por esa humanidad que entendía al grupo como una referencia para la convivencia y que buscaba la solución de los conflictos sobre lo común, no sobre los beneficios particulares de determinados miembros del grupo. Quizás por eso, el más reconocido paleontólogo, ya fallecido, Stephen Jay Gould, afirmó que llevábamos siglos de hominización, pero que apenas había transcurrido tiempo de humanización, y no parece que este época esté contribuyendo mucho a hacernos más humanos, ni más “homos”, que no significa hombre, sino iguales. Hasta en eso nos engañamos para presentarnos mejor, aparecemos como “iguales” pero nuestra cultura está levantada sobre la desigualdad, circunstancia que demuestra que la conciencia existe, aunque no tanto la mala conciencia. Imagino que será por ese ego tan alto que tenemos, que parece no haber bajado aún de las ramas por las que nos movíamos antes de ser bípedos.


Pero lo que más me llama la atención del reciente estudio científico del Instituto de Estudios Avanzados de Berlín, publicado en los Proceedings de la Academia Nacional de las Ciencias (PNAS) con todos los avales de la comunidad internacional, es la visión egocéntrica y ególatra que sitúa al macho, es decir al hombre, en el centro de la evolución. Durante todos estos años, por el simple hecho de trabajar científicamente sobre la violencia de género y sobre la desigualdad, he tenido que escuchar múltiples críticas y los argumentos más peregrinos para justificar por qué los hombres se comportan de modo dominante sobre las mujeres, incluso a la hora de ejercer la violencia. Y no eran críticas a los razonamientos o a las conclusiones que alcanzaba, sino al hecho de investigar y trabajar sobre el tema, y entre esos argumentos críticos no han faltado las referencias a la biología y a la evolución para presentar a los hombres como una especie de víctimas de su condición que los lleva a buscar a muchas mujeres para tener relaciones sexuales con ellas y así garantizar la continuidad de la especie (pobrecillos, con lo cansado que es eso), o a ejercer la violencia por esa hormona tan mona, en cuanto a que nos lleva a realizar conductas simiescas, como es la testosterona. Siempre he dicho que se trata de conductas que dependen más de la testa que de los testes, aunque ahora que está de moda lo de las luxaciones y dislocaciones, quizás haya algún que otro espécimen con dislocación testa-testicular.

Pues como decía, el estudio insiste en esa aportación de los machos más machos a la evolución, y afirma que los machos más dotados (genéticamente) han sido los que han tenido más facilidad para transmitir sus genes con varias hembras, lo cual ha sido un factor positivo para la evolución. De nuevo presenta el papel de las mujeres como pasivo y a la espera de la llamada de los hombres.

Lo que no dice el estudio es que no existe ninguna diferencia en que el material genético de la misma calidad esté contenido en el óvulo femenino o en el esperma masculino, y que el resultado de la fecundación y, por tanto, la aportación de una parte del genoma a las nuevas generaciones se hace por igual desde un óvulo que desde un espermatozoide. La única diferencia entre un hombre y una mujer a la hora de contribuir a la continuidad de la especie ha sido la promiscuidad de los machos, la cual no tiene nada que ver con el recipiente donde se guardaban los genes, sino con la libertad para moverse de un lado para otro y para entender esas conductas como algo propio de sus sexo. Ha sido la cultura la que ha permitido que los hombres tengan múltiples relaciones, mientras que las mujeres han quedado vinculadas a un solo hombre, vivo o muerto, pues si moría las viudas morían con él o quedaban guardando esa ausencia en soledad. Y aunque hay más posibilidades biológicas de que un hombre tenga más hijos que una mujer a lo largo de su vida, la práctica y la experiencia nos dice que salvo algunos ejemplares y playboys que han presumido de hombría rellenando páginas en el libro de familia, esa diferencia en la práctica no es significativa en términos evolutivos.

La evolución es cosa de dos, por más que quieran destacar la aportación de los hombres-macho. Esperemos que no se detenga y que continúe la evolución biológica y la de algunas mentalidades.

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