Iguales en un tren Alvia


IGUALES-TREN ALVIA
Hoy todos somos gallegos,
todos somos los hombres heridos por el dolor de un accidente que se ha llevado la respiración de toda España, todos somos las mujeres que viajaban en ese tren, somos los niños y las niñas que cambiaron su alegría y sus juegos en el móvil por el llanto o por el silencio… Hoy se ha demostrado, como tantas otras veces, que el ser humano es capaz de ponerse en el lugar de otro, de entender lo que está viviendo y de sentirlo al mismo tiempo.

Hoy era los mismo ser de Andalucía, de Cataluña, de Canarias o de Murcia… hoy éramos todos de Galicia. Hoy daba igual ser hombre o mujer, cada uno de nosotros (cada una de nosotras) éramos ellos y éramos ellas. Hoy no importaba si se era extranjero, si se tenía otro color de piel o si la ideología, las creencias, la orientación sexual o lo que fuera eran distintas a las nuestras, porque hoy éramos esas personas con su origen, su piel, sus ideas, creencias y orientación. Hoy éramos ellos sin dejar de ser cada uno de nosotros.

Y esa conducta que hoy reproducimos y que la ponemos como ejemplo de “humanidad”, es precisamente la que está en la base de lo que realmente nos define como especie, no los viajes al espacio, los logros científicos o las grandes construcciones. Y lo triste es que lo que al principio estuvo en la base de la convivencia diaria, hoy haya quedado limitado a las grandes catástrofes y al dolor.

Algunos autores, como la filósofa Mary Midgley, apuntan a que las primeras justificaciones sobre el origen de las referencias éticas se producen ante la contemplación de los desastres y los fenómenos naturales, al hacer entender a los humanos que estaban sometidos a una especie de fuerza superior que podía frustrar sus deseos. Sin embargo, la misma autora y otros especialistas, como George Silberbauer, destacan que el elemento más importante para adoptar una serie de referencias dentro del grupo surge de la necesidad de cooperar para alcanzar objetivos comunes, y de la reciprocidad que conlleva el hecho de que al actuar según esas referencias adoptadas se percibiera que se había obtenido un beneficio individual. Sería algo parecido a la idea de que “si es bueno para el grupo, es bueno para mí”, aunque no haya sido beneficiado directamente por la acción o la decisión adoptada.

La cooperación está en la base del ser humano, hoy somos lo que somos porque desde hace miles de años hemos cooperado para llegar a ser ese “Homo sapiens”. Una especie que se caracteriza por esa “inteligencia” que le permite regir su conducta, y por ese “Homo”, por ese ser “iguales” que le lleva a entender que es un animal social, y que su vida está en la convivencia de todos los individuos, con sus diferencias y diversidad. Y no deja de ser triste que lo que en el origen de la especie estaba tan claro y tan presente, hoy se haya perdido entre la bisutería de los logros y los intereses.

La reacción de los habitantes de Angrois y Santiago de Compostela ha sacado la humanidad que escondemos a diario bajo la rigidez de unas ideas y unos valores que creemos que nos hacen superiores, cuando en realidad nos reducen a la nada. Por supuesto que debemos defender esas ideas y esos valores que consideramos buenos para el resto de la sociedad, pero no debemos entender que las del otro son un ataque a las nuestras, ni imponer nuestras posiciones hasta el punto de que el resto no pueda comportarse según las suyas. La convivencia, lo común, lo social… se basa en compartir, no en dividir.

Hoy Galicia ha sido un ejemplo de humanidad, sigamos dando ejemplo de convivencia y de sentirnos iguales. Seremos mejor, seremos, sencillamente, más humanos.

 

PD. Con estas palabras quiero transmitir toda mi emoción y solidaridad a los familiares de las víctimas, y mi reconocimiento a cada una de las personas que han dado ejemplo de humanidad en su conducta de cooperación tras el accidente. Gracias por hacernos mantener la esperanza en el ser humano.

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“Custodia asistida”

CUSTODIA ASISTIDA
Podría haber titulado este post como “Reproducción compartida”, a la postre el sentido que reflejan las últimas decisiones del Gobierno sobre las técnicas de reproducción asistida y la custodia compartida es el mismo, para él hay cosas de dos que sólo pueden ser de dos, y en esto de la reproducción y del cuidado de los hijos y de las hijas, con independencia de las circunstancias, lo que empieza con un espermatozoide y un óvulo debe continuar con un hombre y una mujer.

Y como el Gobierno se sabe culpable al cambiar la situación existente hasta el momento, ha aprobado estas medidas justo al borde de ese agujero negro en que se convierte agosto. No es casualidad que mientras que cada vez se exige más espacio para el resto de los Derechos Humanos (más Libertad, más Justicia, más Dignidad…), se pida una mayor limitación para la Igualdad, no sólo en su desarrollo, sino también quitándole espacio a lo ya conquistado.

El pasado viernes (19-7-13) el Gobierno aprobó la custodia compartida como régimen preferente aún en contra de la opinión del padre y la madre, y la prohibición de aplicar técnicas de reproducción asistida a mujeres. Sí, ya sé que se pueden aplicar a muchas mujeres, pero no sólo a mujeres, tiene que ser a mujeres con un hombre al lado. Las mujeres no pueden ir solas en eso de la reproducción, tampoco pueden hacerlo a la hora de decidir qué hacer con el embarazo, ni  ahora al tomar la decisión de quedarse embarazadas, en todas esas circunstancias necesitan a un hombre, y no sólo para "poner la semilla".

Y de nuevo estas medidas del Gobierno ni aumentan ni mejoran las prestaciones ni derechos de los ciudadanos, y menos aún de las ciudadanas, lo único que hacen es imponer su moral y restringir la libertad y la igualdad de muchas de ellas.  Es lo mismo que plantean con la reforma de la llamada “ley del aborto” y como querían hacer con la que posibilita los matrimonios entre personas del mismo sexo. Ninguna de las leyes existentes obliga a nadie. No obligan a la custodia individual, ni obligan a mujeres que no comparten una relación con un hombre a utilizar la reproducción asistida, ni obligan a interrumpir un embarazo, ni obligan a que las personas del mismo sexo que mantienen una relación contraigan matrimonio. En cambio sus contra-reformas sí obligan a que muchas de estas personas no puedan ejercer sus derechos en igualdad ni disfrutar de su libertad, que es la de todos, por la ideología de un Gobierno que mira más al cielo que a la realidad.

Y todo ello es respaldado por un sector de la sociedad que comparte esa ideología, algo que es legítimo y respetable, pero que adopta una actitud referencial o paranoide, algo que no es verdad (recordemos lo del “adoctrinamiento” http://blogs.elpais.com/autopsia/2012/12/adoctrinamiento.html). Esa actitud referencial es la que les hace entender que la libertad e igualdad se plantea como un ataque contra aquellas personas, instituciones o situaciones que han estado amparadas por la injusticia de la desigualdad, las cuales no sólo buscan defender determinados valores, sino que pretenden mantener privilegios concretos. Ninguna de las medidas y políticas de igualdad van contra la familia, los hombres, la religión, la vida, la sociedad… como muchos pretenden defender creyendo que al darle un sentido trascendente a la defensa de sus posiciones materiales tienen más razón, cuando en verdad lo que hacen es quedar en evidencia y demostrar cómo defienden una moral que a ellos les vienen bien y les reporta beneficios de todo tipo.

Y de nuevo, el Ministro que dijo aquello de “la maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres" http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/03/27/actualidad/1332870291_231347.html, sitúa la referencia de su decisión en los hijos y en la madre por delante de la mujer. Lo cual, una vez más, limita la libertad y la decisión de las mujeres y las somete a sus funciones sociales como madres, pero no de cualquier manera, sino tomando como referencia “lo natural”.

El mensaje es claro, hay que tener hijos, pero como Dios manda, y eso supone tomar como referencia lo de siempre. Es la idea tradicional de familia como institución dirigida a la procreación, y la de la persona que procrea y cuida en la familia como madre. Todo queda dirigido a ese fin social en el que el hombre es el garante de que las cosas sean como son y de que las mujeres hagan lo que tienen que hacer.

Sorprende que el Gobierno regule antes a favor de su ideología que de la realidad. Según los datos del INE, alrededor del 88% de las familias monoparentales están formadas por mujeres, lo cual indica que hay circunstancias diversas, algunas de ellas tristes y dolorosas, que llevan a que mujeres sin la presencia de un hombre puedan criar y educar a sus hijos e hijas, lo cual debería ser una referencia para que las mujeres pudieran tener a través de los medios necesarios los hijos que desean nacidos del amor.

Lo mismo ocurre con la imposición de la custodia compartida como referente en contra de la opinión de los padres y de las madres. La única explicación que tiene la medida aprobada por el Gobierno es pensar que la mayoría de las mujeres utilizan a los hijos como un instrumento para hacer daño a sus exmaridos, tomando casos puntuales, que siempre los hay, por lo general. Aparece de nuevo la imagen de la mujer mala y perversa para desvirtuar la realidad, de lo contrario no tiene sentido que se imponga a la fuerza algo que se puede conseguir de mutuo acuerdo en la actualidad, como ocurre con la custodia compartida. Otro día hablaremos más despacio de la custodia compartida, pero el hecho de que la mayoría de las custodias de mutuo acuerdo las tengan las madres es coherente con el hecho de que cuando no existe ese acuerdo entre los progenitores el juez o la jueza decida lo mismo, máxime al comprobar que las puertas de los colegios, las consultas de los pediatras, la salida de las academias de idiomas, de música o de danza… están llenas de madres, no tanto de padres. Las mismas madres que renuncian a su trabajo y a la jornada completa para el cuidado de sus hijos e hijas.

Si muchos hombres tienen que esperar a que la justicia obligue a compartir la custodia para ejercer su paternidad, algo no funciona en la sociedad, y algo están haciendo mal esos hombres cuando en lugar de trabajar por la Igualdad  para romper el estereotipo de mujer-madre, y de responsabilizarse en el cuidado de los hijos e hijas del mismo modo que lo hacen muchas mujeres, lo único que dicen  es que se sienten discriminados por decisiones injustas que nacen de la idea que otros hombres como ellos han labrado en la conciencia colectiva al pasarse toda la historia diciendo que las “mujeres poseen el instinto maternal y condiciones naturales para ejercer el cuidado de los hijos”, justo lo mismo que dice el Ministro de Justicia. Lo que no esperaban estos hombres es que pudieran hacerlo sin un hombre a su lado

La decisión del Gobierno se puede resumir en esa idea de  “custodia asistida”. Las mujeres han de ser custodiadas y asistidas para que sean lo que tienen que ser. Las mujeres deben ser vigiladas y dirigidas en sus decisiones, de lo contrario no sólo puede ir contra los hombres, sino que puede hacerlo contra el "orden natural". 

Las mujeres viven una situación social de “libertad con desconfianza”. La sociedad no se ha fiado de ellas para que puedan ejercer las mismas funciones que los hombres y las ha recluido en el hogar y la maternidad bajo el control y la asistencia de un hombre. No lo digo yo, que también, lo dice y lo demuestra la historia. Y ahora de nuevo se quieren cambiar las consecuencias sin modificar las causas. Como siempre.

Muchos y machos


MUCHOS Y MACHOS
La conciencia de injusticia no significa la renuncia a ella,
tan sólo que las motivaciones para actuar necesitarán ser más  intensas.

La Pamplona de San Fermín no queda tan lejos de tantos otros lugares donde la idea del “todos a una”, o lo que es igual, de "cada uno a lo de todos” se pone de manifiesto como parte de  la masculinidad tradicional para justificarse en lo realizado. Y como su ámbito de relación principal es el espacio público, su reconocimiento ha de hacerse en esa sociedad sumisa a sus dictados y creyente en la religión de la desigualdad.

Los hombres que toman esas referencias de la cultura necesitan ser hombres y sentirse como tales en el reconocimiento de los demás, no tanto en lo que hacen de manera anónima y desconocida. Por eso es tan común contar con espacios de relación y oportunidades donde los hombres puedan intercambiar sus historias de masculinidad (el momento de la cerveza, la pausa del café, unos chatos de vinos, las copas tras la reunión…) y así sentirse más hombres en los gestos y palabras que los demás les dicen mostrando su apoyo, cuando no su admiración. Y por ello lo primero que hace un hombre cuando logra algo que lo sitúa en una lugar importante como hombre, según marca la tradición, es ir a contárselo a otros hombres. Una de esas historias que siempre se han difundido  es la de Luis Miguel Dominguín, cuando después de estar con Ava Gadner la dejó en el hotel ante la necesidad de contárselo a sus amigos, algo no muy lejano a lo que otro hombre, ya en nuestros días, hizo con el video de Olvido Hormigos, mostrarlo a otros para presumir de hombría.

Y por eso molesta tanto que las mujeres se unan a esos espacios de hombres donde la masculinidad se renueva en cada comentario, generalmente de componente sexista. De lo contrario no tendría sentido tanto sentido y rechazo a su incorporación.

Pero como decía al principio, el reconocimiento de la injusticia no lleva a su renuncia, por eso cuando saben que su imagen como hombres pasa por  una conducta ilícita o ilegal buscan la compañía de otros hombres para que la complicidad se traduzca en parte de esa normalidad inclinada, que tan buena sombra y cobijo les ha dado a lo largo de la historia.

La violencia de género, o sea, la violencia que los hombres ejercen contra las mujeres a partir de las referencias que la cultura ha levantado como razones y justificaciones, es una de las conductas que explican a la perfección esta situación. 

La violencia en el ámbito de las relaciones de pareja se ejerce para que la mujer cumpla con los  parámetros que cada hombre que la ejerce ha tomado de la cultura, y de esta manera ser reconocido públicamente como un buen marido y padre, o lo que es lo mismo, como un buen hombre. Y cuando su estrategia de control falla o siente que su mujer no se ajusta a lo que se espera de ella, y él se siente cuestionado por la actitud “rebelde” y “provocadora” de la mujer, máxime si su decisión avanza hasta la separación, algunos de ellos las asesinan. Esa idea de reconocimiento público llega hasta la conducta asesina, hasta el punto de que la mayoría de estos asesinos rubrican su homicidio con una llamada a su reconocimiento como hombre “hecho y derecho” a través de la entrega voluntaria a la Policía o Guardia Civil (aproximadamente lo hace un 78%), o por medio del suicidio (un 17% de los homicidas por violencia de género se suicida tras matar a la mujer). Las dos conductas son característica del  denominado “crimen moral”, en los que los autores asumen lo realizado y están dispuestos a “pagar” su precio social, unos con la condena, otros con su vida, dependiendo de otras circunstancias individuales. Pero los dos reivindican su hombría con la conducta seguida.

Las imágenes que se han visto estos días sobre lo ocurrido en las fiestas de San Fermín, donde unas mujeres eran desnudadas y abusadas sexualmente por parte de una jauría machista son otro ejemplo de esa conducta que muchos hombres justifican en el grupo, y que presentan como refuerzo de la hombría de cada uno de ellos. Salvando las distancias y las circunstancias, no son tan diferentes a otras imágenes de hombres en un lapidación o en ejecutando a una mujer considerada adúltera. Es el grupo el que actúa, el “todos a una” bajo la idea de que es la voz de todos en defensa de su todo.

Pocos hombres se hubieran atrevido por sí solos a hacerlo uno a uno, pero todos juntos son algo más que la suma de los individuos que llegaron a la plaza. Y a partir de ese momento cada uno intenta ir un poco más lejos para contarlo y comentarlo cuando se reúnan. “Yo le he arrancado la camiseta”, “yo le he quitado el sujetador”, “yo le he roto el pantalón”, “yo le he tocado una teta”… cada uno contará su historia y todos se sentirán después un poco más hombres tras esa catarsis colectiva.

El componente cultural en esta conducta está en su repetición en diferentes lugares y fechas, en todos bajo el mismo patrón, y en la reacción que, ¡oh casualidad!, muchos  hombres han tenido tras lo ocurrido. Ninguno de ellos, de estos que se sienten “muchos y machos” ha cuestionado la agresión que esos hombres han llevado a cabo, todo lo contrario. Rápidamente han mostrado imágenes en las que en las que en circunstancias similares, pero no iguales, una mujer aparentemente consentía los tocamientos. Lo cual revela dos cosas, por una parte las trampas que la propia cultura machista coloca a las mujeres para que participen, actúen y se comporten del modo que los hombres quieren, y luego las culpabilicen por haberlo hecho, ya lo vimos en otro post sobre la provocación (http://blogs.elpais.com/autopsia/2013/05/provocación.html). Y por otro lado, cómo para estos “muchos y machos” el consentimiento de las mujeres es algo intrascendente que no merece ser respetado, el famoso “las mujeres dicen no cuando quieren decir sí”, que traducido a la realidad significa, “si yo digo sí, da igual que la mujer diga no”.

Dos cuestiones para finalizar, la primera, ¿investigarán a partir las imágenes los posibles abusos sexuales que se hayan podido producir, como ocurre con otros teóricos delitos en los campos de fútbol o en las manifestaciones?. La segunda, ¿esa es la idea de hombres que defienden los posmachistas y las posmachistas, es ese el concepto de ser racional que manejan, esos son los que deben ser la referencia en la familia, en los consejos de administración, en la política…?

Yo soy hombre, mis hijos son hombres,  y respeto y quiero a los hombres, como respeto y quiero a las mujeres, de ahí que defienda la Igualdad, pero no me identifico con estos machos, por muchos que sean.

Presunción de masculinidad


PRESUNCION MASCULINIDADLos hombres poseen una identidad repleta de presupuestos
, lo cual en sí no es malo ni bueno, casi todo en la vida parte con una serie de expectativas que el tiempo nos dice si se cumplen o no. El problema es que muchos hombres exigen que esos presupuestos sean tomados en la práctica como “por supuestos”, o sea, como verdades incuestionables e intrínsecas a cualquier hombre por el mero hecho de serlo. 

Es decir, si al hombre  como concepto en el que se plasma la masculinidad ideal se le presupone valor, cuando nos encontramos con un hombre determinado se da “por supuesto” que lo tiene; si al hombre se le presupone juicio y racionalidad, un hombre concreto ante una situación delicada cuenta, “por supuesto”, con ese juicio y racionalidad para que su palabra nazca con un valor añadido impuesto; si al hombre se le presupone esfuerzo y sacrificio, cualquier hombre que vaya por la vida será valorado sobre otros criterios, no por esos, porque todos dan “por supuesto” que el esfuerzo y sacrificio están presentes. 

Todo ello es lo que hace que la identidad masculina esté definida por una serie de elementos que justifican la posición de referencia que los hombres ocupan en la sociedad, y el desarrollo de las funciones que se han otorgado a sí mismos como propias. Por eso en el modelo de convivencia tradicional todo parece lógico y coherente sobre esos supuestos y, en cambio, hablar de Igualdad se presenta tan desestabilizador y caótico, puesto que en definitiva significa romper con esas identidades rígidas y acríticas que la cultura ha dado a hombres y mujeres. 

Gran parte del problema que nos encontramos en la práctica nace de estas identidades que la cultura patriarcal ha repartido con trampas. A la hora de entregar las funciones que debían desarrollar los hombres y las mujeres, “quien ha partido y repartido se ha llevado la mejor parte”, y el crupier en la partida de la convivencia han sido los hombres, por eso han utilizado unas cartas marcadas que han permitido entregar las más valiosas a los hombres. Y la trampa se completa cuando con una aparente inocencia y neutralidad dicen, “no es que los hombres sean más importantes que las mujeres, o que los hombres ocupen de manera injusta posiciones más trascendentes que ellas, es que lo que hacen los hombres es más importante, y las características inherentes a los hombres (determinación, esfuerzo, sacrificio, competitividad…) los hace alcanzar posiciones más trascendentes”. A partir de ahí es el  reconocimiento sobre esas referencias el que refuerza la imagen y los valores que acompañan a los hombres, y en consecuencia, el que hace lo mismo con las mujeres sobre las funciones de cuidado y afecto en torno a la familia que definen su identidad.

Todo lo que no sea así no quiere decir que no pueda ser, pero exige el consenso y la autorización de quien dispone de la última palabra y de esa visión trascendente capaz de discernir entre lo bueno y lo conveniente, entre lo necesario  y lo adecuado. O sea, del “pater familias” o del hombre a cargo de la “protección” de la mujer en cuestión.

Y lo que más les molesta a los hombres hechos y derechos de siempre, a esos con pelo en pecho que se visten por los pies, es que las presunciones de la masculinidad no se den por supuestas, y mucho más que se vean cuestionadas. Por eso, entre otras cosas, se rebelan frente a la violencia de género, no porque no haya datos ni evidencias de que esta no sea cierta (recordemos que se producen unos 600 mil casos al año y una media de aproximadamente 70 homicidios de mujeres a manos de sus parejas), sino porque se está cuestionando una de las características esenciales de la masculinidad tradicional, aquella  que sitúa al hombre como guardián de los criterios que deben regir la relación de pareja o familiar. Por eso, cuando actúa para corregir lo que él considera que es una desviación de sus normas, no entiende que se diga que es violencia y que se presente a él como responsable, puesto que según el criterio establecido por la cultura al definir la identidad masculina, su conducta debe ser entendida como parte de sus obligaciones, y cuando la única responsable de lo ocurrido es la mujer por no haber cumplido lo que él ha establecido. 

La consecuencia de esta forma de entender la relación es clara y directa: Si el hombre no considera que lo realizado es violencia, y la mujer lo denuncia tras una de esas agresiones, él lo interpreta como “denuncia falsa”, puesto que da por supuesto que ha actuado como debe hacerlo un “buen hombre”, algo que nada tiene que ver con la violencia, según su criterio.

Si no fuera así no tendría sentido que se enfrenten tanto a una realidad tan objetiva como la de la violencia de género, que no sólo no es reconocida, sino que se trata de negar a través de argumentos y estrategias basadas en esa idea de las denuncias falsas o al tratar de confundirla con otras violencias. Ideas que, además, han sido desmontadas una y otra vez por instituciones como el CGPJ y la FGE, pero que ellos manipulan para tomar por verdaderas denuncias falsas todas las denuncias en las que no hay sentencia  o esta es no condenatoria. Toda esa estrategia demuestra su intencionalidad, puesto que los datos nos indican que son muchas más las mujeres que no denuncian, y en cambio no dicen nada de eso.

Veámoslo. Si hay unas 600 mil mujeres maltratadas al año y denuncian aproximadamente 130 mil, y si tomamos como referencia el dato del CGPJ y de la FGE que hablan de menos del 1% de denuncias falsas, tendríamos que cada año se interponen unas 1300 denuncias cuando en realidad no se ha producido la violencia denunciada, y esto, que está muy mal, sirve para poner el grito en el cielo y manipular la realidad con datos falsos. En cambio que haya 128.700 mujeres que denuncian casos ciertos de VG y que haya además unas 471.300 que sufran la violencia de género sin que denuncien, parece que para estos hombres y mujeres del posmachismo no es problema.

Y la realidad de la violencia y del silencio que la acompaña se confirma cuando la mayoría de las mujeres asesinadas por sus parejas no habían interpuesto ninguna denuncia, lo cual ratifica que el silencio es la respuesta mas frecuente ante la violencia de género, no la palabra a través de la denuncia, y menos aún la mentira.

Pero da igual, a muchos hombres les gusta presumir de hombres y no dudan en atacar a todo lo que vaya en contra de la presunción de masculinidad y a todo el que lo haga. 

Qué diferencia con las presunciones que acompañan a las mujeres y la carga de perversidad que la han dado a lo largo de toda la historia, desde la Eva del Paraíso a las denuncias falsas de hoy.

Y el hombre se hizo Dios, y espió entre nosotros


CLARK GABLEEso de jugar a ser Dios de pequeño tiene el riesgo de que de mayor quieras serlo
, o lo que en cierto modo es peor, que te creas que lo eres. De alguna manera es algo parecido a lo que ocurre cuando se juega a ser policía, médico, bombero u otras profesiones que tanto juego dan en la infancia, que muchos terminan siendo lo que imaginaban, mientras que otros no llegan a conseguirlo, pero creen que lo son y que poseen una especial capacidad para desarrollar esas funciones que la injusticia de la vida les ha impedido ejercer.

El ser humano se ha construido un hábitat diferente al natural y ha marcado una serie de normas y pautas para convivir dentro de él. Ese hábitat artificial, la burbuja humana dentro de la Naturaleza, es la cultura, que actúa como una especie de gran superficie rodeada por ese otro hábitat natural y común al resto de las especies, del que él se nutre y beneficia, aunque en gran medida lo hace a través de su sometimiento y explotación.

Y aunque dentro de ese hábitat-cultura conviven hombres y mujeres, ricos y pobres, personas de diferentes grupos étnicos y procedencias, con distintas ideologías, creencias, orientaciones sexuales…  quienes levantaron el edificio tomaron como referencia su propio criterio, puesto que no partían de un diseño propio ni contaban con planos para levantarlo, sólo con planes para asegurarse una serie de ventajas y privilegios dentro de él. Es por ello que no es casualidad que en “todas las culturas de la cultura”, es decir, en todas las tiendas de esa gran superficie, las referencias de quien domina en cada una de ellas se imponga sobre las demás.

Y en todo ese conjunto de espacios la figura del hombre aparece como referencia sobre la de la mujer, que se considera una empleada o subordinada a él, la fiel y atareada dependiente tras el mostrador, puesto que la referencia común y original es la masculina; quizás sea ese el verdadero “pecado original” que ha acompañado a la sociedad desde sus comienzos, el pecado de haber expulsado la igualdad del paraíso de la convivencia. Luego, dependiendo de las creencias, ideologías, origen geográfico o grupo étnico… de cada lugar, se establecen diferentes combinaciones de poder, siempre sobre la figura masculina como referente, que es combinada con determinadas ideas, credos, color de piel… 

El inmenso poder que han desarrollado los hombres con su construcción, ese jugar a ser todopoderosos a través de vencer uno a uno los límites de la Naturaleza, ha hecho que se crean Dios. La asociación es fácil: Si la Naturaleza, que lo es todo, ha sido creada por Dios, la cultura, ese hábitat que es todo para el ser humano, debe ser obra de algún Dios. En ese momento surge una pregunta retórica, ¿y quién es ese Dios que ha construido ese otro todo de la cultura?.... Es entonces cuando sale la respuesta a través de una sonrisa a lo Clark Gable… pues el hombre. No el ser humano, el hombre.

Los hombres han jugado a lo largo de la historia a ser Dios, y conforme el paso del tiempo los ha hecho mayores y le han quitado espacio a lo divino para dárselo a lo humano, en lugar de ganar en humanidad se han creído más dioses.

Esa es la clave. Todo parte de una concepción de poder sobre referencias propias, y a partir de esa idea y de la consecución de determinados espacios de poder, el objetivo es conseguir más poder, nunca compartirlo  del todo y menos aún cederlo. 

La organización social está basada en esa idea de poder y estructurada sobre una jerarquización desde la que ejercerlo y sobre la que ascender. Si nos fijamos en cualquier contexto de relación existe ese modelo, da igual que sea personal, familiar, laboral, social, nacional, internacional… Y como el objetivo es mantener y aumentar el poder, pues la normalidad está llena de mecanismos que sirven para consolidar el poder sobre sus referencias, para defenderlo y para aumentarlo. Por eso históricamente ha habido abusos desde las “clases superiores”, desde la parte empresarial sobre la obrera, desde los hombres sobre las mujeres, desde los ricos sobre los pobres, desde determinadas ideologías que se creen herederas del orden natural, o algunas creencias o grupos étnicos que se sienten superiores en la legitimidad que se han dado a sí mismos… Abusos entendidos como normales y propios de quienes actuaban en defensa  de un orden y valores superiores, y que sólo las aspiraciones de Justicia, Dignidad, Igualdad… del ser humano, no de determinados grupos de seres humanos, han ido conquistando para la sociedad a lo largo de la historia. Y todavía hoy lo siguen haciendo en contra de quienes defienden sus privilegios particulares.

Tenemos muchos ejemplos, a diario lo observamos con los planteamientos sobre las relaciones laborales, con la violencia de género, con los vínculos entre países en vías de “subdesarrollo” (el llamado “Primer Mundo”) y los países en vías de desarrollo (el llamado “Tercer Mundo”)… Pero ahora hemos visto un ejemplo aún más claro de toda esta construcción en el espionaje de Estados Unidos.

El problema, dicen, no está en lo que han hecho, sino en quien lo ha sacado a la luz pública, y la justificación no ha tardado en llegar de manos de su Secretario de Estado, John Kerry: “lo que hacemos no es inusual”… o sea,  lo que hacen es “lo normal”… Como el marido que pega, el empresario que explota, el jefe que abusa…

El problema de fondo es la normalidad, lo demás surge desde esas profundidades tan superficiales. Y es que no se puede ser Dios sin estar en todas partes ni verlo todo, y más aún, ser Dios y no “premiar a los buenos y castigar a los malos”, que siempre son los otros y, sobre todo, las otras.

Los celos y algunos hombres


HOMBRES CELOSOS
Muchos hombres están celosos,
 se sienten como esos niños mimados que se creen desplazados por la proximidad de un hermano, sin más motivo que su mera presencia y a pesar de que la realidad les muestra su error. Ahora algunos hombres están celosos, y  lo están de las mujeres.

Acostumbrados a ser los reyes de la casa y de la  plaza pública, a que en su imperio nunca se pusiera el sol de sus argumentos, y a hacer de su palabra la ley, como se canta en la canción mejicana, de repente han empezado a tropezar con la realidad al comprobar que esa especie de sombras que los acompañaban dentro y fuera de casa tienen criterio y autonomía, que son personas y ciudadanas como ellos. Y no es fácil para muchos, les cuesta trabajo entender que al igual que un día acabó el imperialismo entre países, también ha finalizado el imperialismo en las relaciones personales. Ya no existen personas colonizadas ni otras legitimadas para dominar y controlarlas. Ahora las relaciones se basan en la Igualdad.

Pero ellos están celosos. Al menos eso es lo que se deduce de sus comentarios y sus reflexiones a los post sobre el posmachismo, y a las referencias que hacen sobre la violencia de género. En ellas hay varias cosas que van quedando claras:

– No les importa la violencia y los homicidios que sufren los hombres, sólo la que ejercen las mujeres con quienes comparten una relación. Si no fuera así, en lugar de hablar del problema de los homicidios de los hombres y de la violencia en las relaciones familiares, estarían hablando, al menos de forma simultánea, de las otras violencias que de forma mayoritaria producen los homicidios de hombres.

– Como en el tema de la violencia en la pareja se demuestra que la inmensa mayoría de los homicidios los llevan a cabo hombres sobre mujeres, a pesar de que intentan manipular el número de hombres asesinados al contar en un año los homicidios ocurridos en años anteriores, de contabilizar como homicidios agresiones sin resultado de muerte y los suicidios, y de imputar directamente y en exclusividad a las mujeres homicidios en los que han participado otros hombres (http://blogs.elpais.com/autopsia/2013/05/el-posmachismo-ii-y-su-burda-manipulaci%C3%B3n.html), como ni así les salen las cuentas, pues se van a los cuentos. Es entonces donde ponen el énfasis en la “violencia doméstica” para decir que todas las víctimas importan y que las mujeres también matan, puesto que aquí se incluyen los casos en los que los homicidios se producen contra los hijos e hijas y pueden sumar más sucesos con mujeres como agresoras.

– Todo ello vuelve a demostrar que no les importa tanto los homicidios de hombres, que ha sido su argumento clásico, sino que las “mujeres matan”, como si alguien lo negara (http://blogs.elpais.com/autopsia/2013/04/mujeres-asesinas.html), pues en el fondo lo que pretenden es perpetuar el mito de la perversidad y maldad de las mujeres, algo tan original que ya está presente en La Biblia con la “Eva perversa” y en la mitología griega con Pandora. Pero el posmachismo busca reactualizar los mitos con versiones del presente.

Ese objetivo de la “mujer asesina” es tan importante para el posmachismo, que con tal de mantener la idea y la confusión aportan datos correspondientes a otros años y al margen de las estadísticas oficiales, presentando datos que ellos mismos elaboran a partir de algunas informaciones que aparecen en la prensa. Imaginamos que lo harán con el mismo rigor y seriedad que demuestran habitualmente en su manipulación, como hemos visto antes en “El posmachismo y su burda manipulación”. 
VIOLENCIA FAMILIAR-Grafico

– Lo que ocurre es que de nuevo se equivocan y juegan a la confusión. Uno de los argumentos que dan es que en los últimos años han aumentado los delitos por violencia doméstica (ver gráfico), y lo presentan como argumento crítico contra las mujeres y la igualdad, cuando en realidad quienes actúan como autores de forma mayoritaria en estos casos también son los hombres, sobre todo en los homicidios, que llegan a representar el 80%. Su interés por confundir es tan grande que mezclan en un mismo concepto “delitos por violencia doméstica” cosas tan diferentes como los distintos tipos de violencia en cuanto a sus circunstancias (mujer, hombre, menores, ancianos, otros familiares), distintos tipos de conductas (lesiones y homicidios), diferentes tipos de autores y distintos tipos de víctimas… Todo ello en relaciones de tipo familiar completamente diferentes (parejas, familias, primos, hermanos, abuelos…). Un argumento “muy sólido” como pueden ver, cuando además responsabilizan de ese incremento a determinadas instituciones  y normas, llegando a hablar de "masacre" (¡¡!!) 

– Por otra parte, su falta de sinceridad y credibilidad se demuestra cuando nunca han hablado de violencia doméstica ni les ha preocupado que se actuara de un modo o de otro. Su interés aparece justo cuando por las circunstancias específicas que la caracterizan y por los resultados tan graves que produce la violencia de género, se adoptan medidas para abordarla.

Bien, pues partiendo de esta situación bastante clarificadora en cuanto a sus objetivos y posiciones, cuando analizamos lo que pretenden nos damos cuenta de que hay dos factores fundamentales en su motivación: Por un lado la rabia y por otro la envidia, esos celos de las mujeres que hemos comentado.

La RABIA queda reflejada en sus argumentos y en la forma de plantearlos. La mayoría de ellos parten de una situación personal que consideran injusta y que generalizan a todos los casos, lo cual se traduce en agresividad, violencia y ataque a las personas, ideas, propuestas… que hablan de Igualdad. 

La ENVIDIA CELOSA se traduce en sus propuestas, que en su parte esencial se mueven entre la incoherencia  y lo absurdo. La razón es clara, no les importa lo que no se hace con los hombres, sino lo que se hace con las mujeres, que ya parten con la carga de la culpa. Por eso pasan de criticar la Ley Integral, incluso de formar una asociación de afectados por esta ley, a pedir que se incluya en ella a los hombres, a las parejas del mismo sexo y a cualquiera que pase por allí. No tiene mucho sentido que si se trata de una norma mala, como se dice, se pida que se amplíe a otras víctimas, y menos aún que mientras unos piden esa ampliación otros estén solicitando su supresión. Ya saben, a río revuelto…

En definitiva, la posición posmachista no se diferencia mucho de esa rabieta pueril del niño celoso y mimado. Ese niño que quiere lo que tiene el hermano, aunque él no lo necesite, porque cree que todos esos elementos del hermano suponen un mayor reconocimiento y un desplazamiento de la posición de referencia que él tenía hasta su llegada. Por eso lo mezclan todo y le quitan el sentido a cada cosa, y si el hermano necesita unas gafas graduadas, pues él quiere otras, aunque no tenga miopía; y si el hermano tiene  que llevar unas botas ortopédicas, pues él quiere otras iguales aunque no tenga ese problema… No le importa lo que él no tiene y pueda necesitar, sino lo que tiene el hermano.

Los hombres tienen celos de las mujeres, celos de las leyes dirigidas a acabar con las circunstancias estructurales que las sitúan como víctimas, celos de las ayudas para situarlas en una posición de igualdad, celos de la corrección de la discriminación que les afecta, celos de que hayan sido capaces de movilizar a la sociedad y empezar a cambiarla… Pero no sólo tienen celos,  también tienen dudas, reticencias, incluso miedo de cuál es su papel en igualdad sin el respaldo de la “masculinidad hegemónica” que les daba poder y tranquilidad. Por eso hay un componente ideológico detrás de toda esta estrategia. No es una rabieta infantil, lo que en realidad hay detrás de toda esta reacción es la defensa del orden jerarquizado levantado sobre la referencia masculina de la cultura.

La Igualdad no sólo es un juego para redistribuir tiempos y espacios, la Igualdad supone redefinir las relaciones sobre una nueva forma de entender lo que significa ser hombre, sin esos privilegios ni roles asignados de fábrica como si fuésemos robots, y lo que significa ser mujer en libertad. Y a partir de ahí, relacionarnos en paz.