Tres posts, unos hechos y mil interpretaciones

FERIA MALAGAEn este caso, el llamado “caso Málaga” tras la denuncia de una posible violación, al contrario de la expresión popular, se ha cambiado origen y destino y hemos ido “de la feria a la bulla”. Pero a la postre, el resultado no ha sido muy diferente, pues de alguna manera, el jaleo y el ruido de fondo ha continuado durante todo el tiempo.

Un jaleo formado por las voces de quienes quieren el ruido como argumento para decir eso de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, y que la igualdad lo único que ha traído ha sido el ataque a la familia, lo que algunos llaman la “judicialización de las relaciones familiares”, y el ataque a los hombres, lo que los mismos denominan para que no haya duda, la “criminalización de los hombres”. De alguna manera, lo que defienden es a esa “familia tradicional” que todo lo tapaba y ocultaba, incluso la violencia más cruel que ejercían muchos hombres respetables gracias al silencio, al honor propio de su condición masculina y a la buena reputación ganada a pulso de puertas a fuera.

Me refiero a cómo muchas personas han intentado instrumentalizar la denuncia de una posible violación ocurrida durante los días de feria de Málaga, y ante el archivo, la sugerencia de que se investigaran algunas cuestiones, entre ellas la realización de un estudio toxicológico para descartar la posible intoxicación involuntaria de la chica con alguna sustancia que pudiera afectar a su voluntad y consentimiento. Esa hecho podría haber dado lugar a lo que se denomina “violación por sumisión química”, de ahí que sea una medida contemplada en los protocolos de referencia.

Dadas las características del caso y la presencia de una serie de indicios compatibles con una posible agresión sexual, di mi opinión como ciudadano y como una persona que por su formación y especialización aborda y conoce el tema de la violencia sexual.  Opinión que quedó recogida, fundamentalmente, en tres post o artículos, dos de ellos publicado en mi blog “Autopsia”, y un tercero en el blog del diario “Público”, este último escrito con Sara Porras.

El primer post, titulado “La feria de las violaciones”, hacía referencias a las circunstancias generales que existen alrededor de la violencia sexual, y a la impunidad que la acompaña, hasta el punto de que más del 99% de todos los agresores quedan impunes por diferentes motivos, desde las actitudes sociales que culpabilizan a las propias mujeres que sufren las violaciones, hasta los problemas relacionados con la investigación. En el segundo post, “Violaciones de película”, insistía en la idea de que la violencia contra las mujeres y la violencia sexual que sufren es producto de una cultura machista que aporta las circunstancias necesarias para que se lleven a cabo, y para que luego sean integradas dentro de las posibles alternativas que surgen en la convivencia social bajo las justificaciones más diversas, desde la que hacen referencia a la “mala mujer”, hasta las que se centran en el “hombre malo”. Y para ello, al margen de jugar con el significado, la cultura tiene la posibilidad de crear imágenes colectivas que sirven como patrón para verificar la realidad, estos “patrones” son los estereotipos, y cuando un caso de violencia física o de violencia sexual no se ajusta al estereotipo creado, la reacción es que “el caso no se ha producido”. Es como si se pusiera una fotografía que no se corresponde con un criminal que se anda buscando, y cuando se encuentra y se compara con la foto, se concluye que no es él puesto que no se parece, cuando en realidad sí lo es, y es la imagen de la fotografía la que está mal.

El estereotipo social de la violación como un ataque lleno de agresiones físicas y con la víctima resistiéndose por todos los medios, generando múltiples heridas de diversa gravedad, es una imagen de película que se produce con muy poca frecuencia en la práctica. Así lo expliqué en ese segundo artículo.

El tercer artículo, “La cultura de la impunidad” enfatizaba esas circunstancias generales que hacen de la violencia sexual el delito más impune, y llamaba la atención sobre toda la polémica que se había levantado alrededor de lo ocurrido en Málaga y el silencio que, en cambio, había acompañado a otra posible violación ocurrida en Gandía, donde las evidencias eran manifiestas. Los mismos que veían la petición de investigación en el caso de Málaga como una agresión, callaban ante lo ocurrido en Gandía y, por supuesto, desconsideraban y no comentaban la situación general de impunidad ante un delito tan grave como es la violación.

Creo que es importante destacar lo ocurrido por el significado que guarda.

Con relación al caso de Málaga, lo único que manifesté, y hubiera sido el criterio que habría seguido como profesional si hubiera intervenido en el caso, es que yo habría tomado muestras de sangre y orina para hacer un estudio toxicológico y descartar la presencia de sustancias que pudieran afectar la voluntad y el consentimiento en las relaciones sexuales que se refieren. También habría hecho alguna otra actuación, pero la primera, a mi entender, era básica.

Esa es mi opinión y como tal la di. Si tuviera que haber hecho un peritaje profesional habría formado parte del “informe médico-forense o médico-legal”, pero como ciudadano lo que puedo hacer es opinar, y en un tema tan trascendente y que forma parte de mi actividad profesional, además, debo hacerlo por responsabilidad, puesto que la concienciación es un elemento esencial para la prevención. Y así lo hice.

En ningún caso significa que mi opinión sea una crítica a la instrucción, a la Jueza, a los médicos forenses que hayan intervenido o a cualquiera de las partes, puesto que se trata de una decisión adoptada con los elementos de juicio disponibles, y que no tiene por qué ser compartida por otras personas y profesionales. Es algo que habitualmente comprobamos a diario en los juicios cuando se presentan diferentes peritajes médico-forenses, o ante los distintos razonamientos jurídicos utilizados por el Ministerio Fiscal o por las defensas, en ocasiones muy críticos con el judicial, sin que se interprete que se trata de una crítica o de un ataque al juez o jueza del caso.

Respeto lo que han hecho y, simplemente manifiesto que yo habría hecho algo diferente, ante lo cual esas personas tienen toda la legitimidad y libertad para cuestionar mi opinión, algo que yo respetaré, que nunca tomaré como algo personal, y que defenderé con argumentos.

Pero como decía desde el primer post, la razón que hay detrás de esta “bulla” interesada es la instrumentalización de que quien considera (socialmente, no judicialmente) que la denuncia de unos hechos tan graves como una violación, con independencia de las circunstancias en que se produjo la comunicación de los posibles hechos a la Policía Local, de entrada ya es sospechosa de ser “una denuncia falsa”; por eso no es de extrañar que para ese mismo sector de la sociedad, la simple petición de que se investiguen algunos elementos no aclarados en la información disponible, tal y como hemos comprobado, se toma como una “condena” de los detenidos y como una “criminalización” de los hombres.

No es casualidad que sean esas mismas voces que hablan de denuncia falsa en Málaga las que hablan de denuncias falsas en violencia de género en toda España, y las que presentan a las mujeres como delincuentes sin duda alguna por denunciar falsamente. Tampoco sorprende que sea su silencio el que tome la palabra ante cada homicidio, incluso en los ocurridos este mismo mes de agosto en la provincia de Málaga. No es por azar, como vemos, que las personas que tanto han hablado ante la denuncia por violación, ni muchos medios que no han parado de informar sobre la “no violación”, callen y no informen con la misma intensidad ante el día a día la violencia de género, ni ante los homicidios que se producen.

Comprendo que al hablar de circunstancias de impunidad general ante las agresiones sexuales, de peticiones de investigación sobre cuestiones concretas, y de un caso particular, haya quien ha mezclado y ha tomado cuestiones generales para irse a lo concreto, hasta el punto de hacer parecer que lo que se comentaba en los posts era una especie de relato exclusivo sobre la impunidad en el caso de la posible violación denunciada en Málaga. Pero lo que cada persona concluya es responsabilidad de quien haga esas valoraciones y afirmaciones, del mismo modo que es responsabilidad de cada cual utilizar el debate y la reflexión para atacar, insultar o amenazar a cualquiera de las personas que opinan y, sobre todo, a las que han intervenido en el caso, como ha ocurrido, según recogen los medios, con la jueza instructora, conductas que condeno, y persona a la que mando un saludo solidario.

La opinión y el debate social ante problemas que trascienden lo estrictamente técnico y que están enraizados en la propia cultura de la desigualdad son necesarios desde el respeto. Por eso llama la atención que cuando se han producido dichos debates públicos en casos como el de José Bretón, o en homicidios terroristas, de bandas organizadas o en tantos otros, incluso con enfrentamientos y críticas directas y manifiestas a las decisiones judiciales y a los informes médico-forenses, nadie las haya interpretado como un ataque a todos los hombres, como se ha hecho en este caso, ni se tomen como valoraciones personales contra quienes han intervenido, lo cual es muy significativo de lo que estamos hablando. Sólo tienen que poner en Google “Forenses discrepan…” para ver la gran cantidad de casos que hay donde las actuaciones forenses son técnicamente cuestionadas, no sólo opinadas, sin que haya surgido polémica social alguna.

La razón de todo este alboroto está clara. Lo dicen directamente algunos en sus manifestaciones, quieren que no se hable de estos temas, que regresemos al silencio para que todo permanezca en ese lado oscuro que tanto defienden.

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Violaciones de película

VIOLACIONES PELICULALo hemos repetido varias veces, el machismo es cultura, y la cultura tiene la capacidad de condicionar los comportamientos y conductas, es decir, de que ocurran unas cosas y no otras; pero sobre todo tiene una capacidad que a la larga se muestra más importante ante la variabilidad de las circunstancias y los cambios sociales, la de dar significado a lo ocurrido. 

De esta manera, cuando se produce algo que supera los límites impuestos por las propias referencias de la cultura, como por ejemplo puede ser la violencia de género, la cual es situada como parte de las conductas que se pueden producir en de las relaciones de pareja para “restablecer el orden alterado a través del comportamiento de las mujeres”, el machismo no se siente “descubierto” en su estrategia de violencia y sumisión, y aporta referencias para justificar lo ocurrido. Estas referencias van desde la actitud de la “mala mujer”, hasta la pérdida de control del “buen hombre”, pasando por los factores externos vinculados al alcohol y las drogas.

De este modo la violencia de género queda invisibilizada dentro de las relaciones de pareja, y justificada cuando supera los límites impuestos por la propia cultura.

Pero, además, el machismo, es decir, nuestra sociedad, cuenta con un mecanismo de seguridad muy eficaz por si falla al anterior, algo habitual ante el cambio social y la actitud cada vez más crítica ante la violencia de género. Ese mecanismo de seguridad es la creación de estereotipos.

En violencia de género el estereotipo es una mujer con un ojo morado y hematomas por diferentes partes del cuerpo, y el agresor un hombre con problemas con el alcohol, en paro. El estereotipo mejora si ambos tienen un nivel socio-cultural bajo, y no digamos ya si son extranjeros.

Estas circunstancias permiten situar la violencia de género, no en la voluntad del hombre que la ejerce a partir de las referencias de la cultura de la desigualdad, sino en ese contexto problemático y conflictivo particular. De este modo, no se ve como un problema social, sino como una cuestión propia de esos ambientes.

Da igual que los estudios de la Organización Mundial de la Salud digan que las lesiones son lo menos importante, y que sean otras alteraciones físicas y psíquicas las que caractericen a la violencia de género. Da lo mismo que más del 70% de los casos sean agresores españoles y que no influya el alcohol, al final prevalece la idea del estereotipo.

Y lo hace hasta el punto de que henos tenido sentencias judiciales donde se ha argumentado sobre esa idea. Recordemos la de Carmina Ordoñez donde se decía que no había malos tratos porque no tenía el “perfil de mujer maltratada”; o aquella otra de Barcelona donde entre los razonamientos para negar la violencia de género la sentencia recogía que la víctima iba “vestida a la moda”. Y eso que aparece de manera explícita en una sentencia, es la misma idea que se maneja a la hora de tomar decisiones durante la instrucción, porque no es un problema individual, sino un problema social construido por la cultura.

Con la violencia sexual ocurre lo mismo, el estereotipo de una violación está construido sobre la idea del ataque de un desconocido a una mujer joven, (generalmente “una mala mujer”), en un lugar oscuro y solitario, y que utiliza un grado extremo de fuerza para vencer su voluntad, ocasionándole importantes lesiones físicas, tanto en la zona genital como en el resto del cuerpo. Todo lo que no encaje en esa idea, encuentra resistencias para ser creído, incluso para ser investigado, como, al parecer, ha ocurrido en el caso de Málaga.

La realidad no sólo no es esa, sino que se aleja mucho de ese estereotipo respecto a la violencia sexual. Por encima del 70% de las violaciones son cometidas por hombres del entorno de la víctima (Horvath y Brown, 2006) y en el 80% no aparecen lesiones graves (Anderson et al, 2006). De hecho, en ese mismo trabajo se concluye que no hay diferencias significativas respecto a la presencia de lesiones genitales en las relaciones consentidas y en la violaciones, resultado que explica cómo en la mayoría de los casos no es la fuerza física el elemento que caracteriza las agresiones sexuales. La forma de vencer la voluntad de la víctima se basa más en la amenaza y en el uso de sustancias tóxicas. En este sentido, un reciente trabajo de Carlos García Caballero publicado en la Revista Española de Medicina Legal (2013), demuestra que la presencia de sustancias tóxicas en las violaciones ocurridas de 2010 a 2012 representan el 37%. Todos estos factores hacen que con cierta frecuencia, muchas víctimas de violación tengan miedo y dudas a denunciar lo ocurrido, y que en ocasiones lo hagan días después tras haberlo comentado con alguna amiga o familiar.

La diferencia entre lo esperado y la realidad es la que lleva a la duda y al cuestionamiento de las propias mujeres, pues la misma cultura también ha creado estereotipos para responsabilizar a las mujeres de las posibles agresiones sexuales que sufran. Es lo que demuestra el ICM (2005), la mayor encuesta del Reino Unido sobre el tema, donde la población considera culpable de la violación a la mujer si flirtea (33%), si viste ropa sexy (26%), si ha mantenido relaciones con varios amigos del grupo (22%), o si consume bebidas alcohólicas (30%). Y es el mismo sentido de las recomendaciones que ha dado el Ministerio del Interior para que sean las propias mujeres quienes eviten el riesgo que generan los hombres agresores.

Tenemos lo que Kelly (2005) definió con relación a la violencia sexual, como una “cultura del escepticismo”, que no acepta la realidad de las agresiones sexuales y sus causas, y que luego, cuando se producen los casos, pasa a ser una “cultura de la culpabilización” que pone la culpa en la propia mujer que ha sufrido la violencia por haber o no haber hecho algo.

Decía Bertillon, un criminalista francés de finales del XIX, que “sólo se ve lo que se mira, y sólo se mira lo que se tiene en la mente”, si no tenemos en la mente las múltiples formas de presentarse la violencia sexual y sólo esperamos el estereotipo creado, difícilmente la veremos e investigaremos las evidencias e indicios que podrían llevar a encontrarla.

El resultado de esta “ceguera selectiva” en violencia de género es la impunidad y la instrumentalización de la falta de pruebas para atacar a las propias víctimas con el argumento de las “denuncias falsas”, idea creada por la cultura y que también está en los profesionales, a no ser que el estudio y el conocimiento la desplacen, pues son partícipes de la misma cultura. Les pongo un ejemplo.

En 2005, en una reunión de Médicos Forenses, mostré un informe de urgencias de un hospital donde el ginecólogo de guardia, ante una posible agresión sexual, escribe: “Aviso al forense de guardia y no se presenta”. Pregunté que cómo era posible que ante unos hechos tan graves no se acudiera a la llamada de un especialista que había visto indicios hasta el punto de llamar al forense de guardia. Los forenses de la reunión, primero con cara de sorpresa por mi pregunta, y luego con una ligera sonrisa en los labios, me respondieron: “Pero hombre Miguel, todo el mundo sabe que cuando una mujer denuncia una violación es mentira”. Ese fue el razonamiento.

La situación ha cambiado mucho, tanto a nivel de formación y especialización como de actitud, pero no podemos olvidar que las referencias culturales están presentes en todas las personas, y que la única forma de superar los estereotipos es el conocimiento.

Esa es la actitud que lleva a los hombres a sentirse cuestionados (incluso criminalizados) cuando se apunta la posibilidad de que un hombre haya ejercido violencia de género. La misma actitud que justifica el archivo de un posible caso de violación en 48 horas sin haber investigado muchos de los elementos que se apartan del estereotipo y que son más frecuentes, y el mismo recelo que lleva a muchos a entender que investigar para aclarar la verdad es sinónimo de condenar.

Está claro que la simple duda sobre lo que los hombres dicen o hacen, para muchos, es una agresión, tanto que prefieren dudar de que se haya producido una violación antes que aclarar la verdad de la inocencia que tanto defienden.

 

La feria de las violaciones

FERIA VIOLACIONESTiene que producirse la violación de una mujer para que se hable de las agresiones sexuales que se producen en España; tienen que cometerse, no ya el homicidio de una mujer, sino varios cercanos, para que se plantee un debate sobre la violencia de género en el seno de las relaciones de pareja; tiene que darse la circunstancia de que uno de los homicidios se haya cometido tras una denuncia y con una medida de protección en vigor, para preguntarse públicamente qué tipo de protección se da a las mujeres que denuncian este tipo de violencia; un maltratador tiene que asesinar a su hijo o a su hija para que debatir cómo abordar el tema del régimen de visitas y la custodia tras las separaciones de las parejas donde ha existido violencia de género…   Y mientras tanto silencio. 

Silencio como si no pasara nada, como si todo estuviera controlado, como si el simple deseo de que no exista la violencia de género fuese la principal medida y acción para que no se produzca… Pero la realidad no es esa.

Y no lo es porque el silencio es el principal argumento de quienes buscan mantener y perpetuar la violencia sobre la culpa de las “malas mujeres” merecedoras de lo que les ocurre, y porque junto a ese silencio sobre la realidad están las palabras que buscan reforzar las ideas que el machismo ha situado como parte de la normalidad de la cultura y de la convivencia social… Es el mensaje de que las mujeres son “malas y perversas” por definición, y la argumentación práctica, ya nada de teoría, en cada palabra sobre las “denuncias falsas”, la provocación, la instrumentalización de su condición de mujer para arrebatarle los hijos a los hombres y echarlos de la casa…

El silencio y la espera no son neutrales… Si no se hace algo para acabar con la violencia de género que ya ocurre, se está haciendo para que continúe. Así de terrible, pero así de simple.

Por eso sorprende que ante cada nuevo “accidente” de la realidad, como ha ocurrido ahora con la violación cometida en Málaga, los argumentos hayan girado alrededor de las tres ideas tradicionales que aparecen en violencia de género:

  1. Por un lado la normalidad, bajo el razonamiento de que son más de 1000 violaciones las que se producen al añ Una normalidad que se llega a utilizar como “justificación jurídica” cuando en una sentencia del Tribunal Supremo se dice que 35 violaciones hacían la situación normal.
  2. Por otro, situar la responsabilidad sobre las mujeres que sufren las agresiones y las violaciones. Son ellas, se dice, las que deben hacer algo para evitarlas, y sal mismo tiempo no se dice ni se hace lo suficiente contra los agresores y violadores, ni se manda mensaje alguno hacia los hombres que llevan o pueden llevar a cabo esta violencia. Una responsabilidad en las víctimas que luego es traducida al lenguaje coloquial como “culpabilidad” por haber hecho algo (provocación, flirtear, acudir a determinados lugares, dejarse acompañ..), o por no haber hecho nada (no ir acompañada, no haber vestido adecuadamente, no haber tomado medidas…)
  3. Y en tercer lugar está la idea del agresor como “chivo expiatorio”. Siempre hay, y ha habido, agresores en todas las manifestaciones de la violencia de género que han sido detenidos, y que se muestran públicamente como escarnio de lo sucedido y como purificación del ambiente. Son como el agua bendita que viene a lavar el escenario y las conciencias para que todo se entienda como ese accidente de la excepcionalidad, en lugar como la rutina de una normalidad que se intenta aparcar en el rincón de la infrecuencia para restarle trascendencia y, sobre todo, significado. Para que cada hombre detenido pague por todos los violentos que no son detenidos, por muchos otros hombres que se plantean la violencia como opción si se dan las circunstancias, y por todos los que callan o hablan desde el posmachismo. No olvidemos que según el Eurobarómetro de la UE (2010), un 15% de la población europea considera que la violencia sexual “no es grave” .

Vivimos una verdadera “feria de violaciones” de Derechos Humanos en las mujeres a través de las diferentes formas de violencia de género… Una feria donde el elemento común es la impunidad, una impunidad respaldada por el silencio y por las palabras que intentan culpabilizar a las mujeres o desviar la atención diciendo que hablar de “hombres violentos” es criminalizar a los hombres.

La realidad es objetiva. Según el último informe de la OMS (2013) sobre prevalencia de la violencia de género, en Europa el 5.2% de las mujeres sufrirán a lo largo de su vida una agresión sexual por un hombre diferente a su pareja.

El resultado de la respuesta social e institucional también dice mucho sobre esta cultura machista que arroja la piedra de la violencia de género y luego oculta la mano. Estudios internacionales, como el de Johnson, Ollus y Nevala (2008), indican que se denuncia menos del 20% de la violencia de género, de ellos un 1-7% son investigados, y de estos sólo terminan en condenas entre el 1 y el 5%. O lo que es los mismo, más del 99.9% de los hombres violentos que atacan a las mujeres terminan impunes en esta “feria de violencia” contra las mujeres y contra una sociedad democrática a la que impiden alcanzar la Igualdad.

Basta ya de silencios y de palabras para que las mujeres “hagan algo”. Basta ya de festejar las detenciones puntales sin hacer lo suficiente contra las causas que dan lugar a que exista la violencia de género. Hay que dirigirse a los hombres para que renuncien al machismo, para que se incorporen a la Igualdad, para que aprendan a convivir en paz y sin privilegios… Y hay que trabajar para erradicar la desigualdad de nuestra sociedad, y señalar a los responsables de esta situación: a los agresores, a su cómplices en el silencio y a sus aliados con las palabras.

 

El machismo se contagia

MACHISMO CONTAGIO“Alerta” debe ser el continente perdido, no la Atlántida mítica que describía Platón… Lo digo porque últimamente parece que la vida se ha trasladado a vivir a él, al menos es lo que se deduce de las informaciones que aparecen a diario. “El mundo está en alerta…” así comienza la historia de esta humanidad “veinteañera” en siglos, pero adolescente en conciencia; y cuando no es por una guerra, es por un conflicto; cuando no por una amenaza terrorista, lo es por un terrorista amenazante; y cuando no por un epidemia, es por una pandemia… pero el mundo siempre está en alerta. Y ahora le ha tocado, y con razón, a un virus con un nombre que despista por su proximidad y familiaridad, el virus del Ébola. 

Lo que queda claro es que sólo produce amenaza lo que se percibe como peligro y lo que altera las referencias establecidas hasta el momento. De ahí que el hambre, la pobreza infantil y adulta, la falta de educación y el analfabetismo… y tantas otras desigualdades e injusticias estructurales utilizadas para levantar espacios de poder, no generen amenaza, aunque sean un peligro para cientos de millones de personas, tanto que cada año acaban con la vida de millones de ellas… Pero de amenaza nada, son personas que viven fuera del continente “Alerta”, y a sus tierras y costas, roles e identidades, creencias y orientaciones, ideas y compromisos… no llegan alarmas ni peligros. Por eso muchos no quieren que las personas que habitan en esos lares salgan de sus espacios y límites.

Y hablando de desigualdades y poder, la primigenia y más extendida, aquella que da sentido a todas las demás y la que se encuentra en cualquier rincón del planeta, incluido el continente perdido y hallado de “Alerta”, es la que los hombres establecieron sobre las mujeres, y la hicieron cultura para que todo quedara como parte de una “normalidad natural”. Me refiero al androcentrismo, a la cultura patriarcal o, en términos coloquiales, al machismo.

El machismo se construye al establecer las referencias masculinas como universales y adecuadas para toda la sociedad, y al situar a los hombres en una posición de superioridad respecto a las mujeres como poseedores de esas referencias “naturales”, y como guardianes de la normalidad dada. A partir de ese diseño y de las ventajas y privilegios que produce, el modelo se aplicó a otras situaciones para generar nuevas desigualdades, y con ellas ventajas, beneficios, privilegios… basados en las ideas, creencias, status, raza, orientación sexual, origen… Pero en todas ellas, además, siempre aparece la desigualdad original hombre-mujer.

La situación es tan grave, y su significado tan claro, que al margen de las justificaciones que se dan para explicar la violencia de género, del ataque sistemático que se hace a las mujeres que la sufren diciendo que denuncian falsamente, de los intentos de ocultarla mezclándola con otras violencias… la propia actitud, posicionamiento y respuesta ante ella, tomando como referencia sólo su expresión más grave en forma de homicidios, es el mejor ejemplo de la percepción que se tiene de ella, y de sus raíces estructurales como parte del resto de manifestaciones del machismo.

La referencia la tenemos cercana estos días ante las muertes que ha producido el virus del Ébola y el riesgo de que se produzca una epidemia. Todas las medidas son necesarias para evitar que esto ocurra y para tratar a la población afectada, así como para proteger a la que se encuentre en situación de riesgo, eso no está en cuestión, lo mismo que tampoco lo está todo lo relacionado con la cadena epidemiológica. Pero no deja de sorprender cómo una situación como la desigualdad, la discriminación y la violencia que genera el machismo, con unas consecuencias mucho más graves para la convivencia y para las personas que la sufren de manera directa, las mujeres y las niñas (aunque luego también impacta sobre los niños y los hombres), no produce una respuesta proporcional a su gravedad.

A pesar de ser dos situaciones diferentes, la referencia gráfica es de utilidad para poner en evidencia el significado que se le da s la violencia de género, y su vinculación con los valores predominantes en la sociedad.

Según datos de la OMS, a lo largo de este año el virus del Ébola ha causado 961 muertes y la situación ha sido considerada como un “problema mundial”. Ese número de muertes entre los 7000 millones de habitantes del planeta supone una incidencia de casos mortales de 0.137 por millón. En España, en lo que va de año, la violencia de género ha hecho que 36 hombres asesinen a 36 mujeres, representando una incidencia de casos mortales entre los aproximadamente 24 millones de mujeres, que son quienes sufren esta violencia de manera específica, de 1.5 por millón.

Desde 2004 a 2013, también según la OMS, el virus del Ébola ha acabado con la vida de 306 personas en todo el planeta, y en ese mismo periodo, sólo en España, las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en una situación de violencia de género han sido 641.

Es decir, sólo en España, la incidencia de los homicidios por violencia de género es 11 veces más alta que las muertes del virus del Ébola en el contexto en el que se ha puesto en marcha la necesaria respuesta para evitar la pandemia. Y sólo en España, el número de homicidios por violencia de género antes de que se produjera el brote del Ébola, es el doble que las muertes producidas por el virus.

Y volveremos a esas cifras en cuanto se controle el brote con todas las medidas que se están poniendo en marcha para detener la infección, y con todas las que no se llevan a cabo para combatir y erradicar la desigualdad y la violencia que sufren las mujeres en todo el planeta.

Si extendiésemos los casos a todo el planeta y a todas las formas de violencia de género, no sólo a la que se produce en el seno de las relaciones de pareja, los miles de homicidios, además de las otras formas de violencia, entre ellos la violencia sexual, nos mostrarían el nivel de permisividad que la cultura machista tiene ante esta violencia, y el nivel de hipocresía y complicidad que las sociedades que se mueven bajo las referencias de la desigualdad muestran.

El machismo mata porque hay hombres que acuden a las referencias que la cultura establece como parte de la identidad masculina para justificar la violencia contra las mujeres y los asesinatos, de ahí que prácticamente el 96% de estos asesinos se entreguen voluntariamente tras el homicidio o se suiciden. Y el machismo se contagia, lo hace verticalmente a través de la educación y de la asunción de los valores de la desigualdad; y lo hace horizontalmente por medio de la reproducción y repetición de las conductas y actitudes violentas y machistas que otros hombres realizan y reivindican como “cosa de hombres” , así como a través de la cosificación, crítica y ataque a las mujeres que desde algunas posiciones realizan sistemáticamente para defender sus privilegios morales y materiales.

De eso el posmachismo sabe mucho, de ahí su estrategia de ataque a las mujeres y de cuestionar la realidad a través de los mitos que han utilizado a lo largo de la historia. Por eso no es casualidad que callen ante los homicidios por violencia de género, como ha sucedido ante los últimos casos que se han producido, y que cuando vuelven a tomar la palabra sea para atacar una vez más a las mujeres, llegando incluso a justificar los homicidios con sus falacias habituales.

De los asesinos, del machismo, y de los hombres que defienden esas posiciones, no han dicho nada…

Ante estas circunstancias, el problema no puede limitarse exclusivamente a la respuesta individual, del mismo modo que ante una epidemia la solución no es esperar a que las personas enfermas acudan a los centros sanitarios. El Estado y las administraciones tienen la responsabilidad de actuar contundentemente sobre la violencia de género y sobre la desigualdad que la genera, y para ello es fundamental erradicar el machismo y las referencias que sitúan a los hombres y a lo masculino como la referencia universal para organizar la convivencia. Si no vamos a la raíz del problema, este continuará adoptando nuevas formas y estrategias, pues el machismo demuestra que es adaptativo a cada nueva situación, del mismo modo que los machistas mutan para superar las dificultades que tengan para imponer sus ideas, valores y condiciones.