Personas

PERSONASQuienes están en contra de que se aborden los problemas específicos de las mujeres, y de manera muy especial de las medidas dirigidas a erradicar la violencia de género, dicen que “no hay que hablar de mujeres ni de hombres, sino de personas”. 

Los mismos que durante siglos sólo han hablado en primera persona para imponer y mantener sus referencias masculinas, ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que durante siglos han utilizado como referencia la fisiología y psicología de los hombres para decidir qué era normal y qué patológico, ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que durante siglos han considerado a las mujeres como esclavas, desalmadas y seres inferiores e incapaces, ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que durante siglos han cosificado a las mujeres para hacerlas objetos de su propiedad, ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que han convertido a las mujeres en instrumentos para satisfacer sus deseos a través de la prostitución, la trata, el abuso, la discriminación… ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que durante siglos han utilizado la violencia contra las mujeres en sus múltiples formas y han callado ante quienes la usaban, permitiendo la sumisión y el control en lo doméstico, y el acoso, abuso, la violación… en lo público, ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que hoy muestran su rechazo a las medidas que buscan acabar con la desigualdad y la violencia que genera para que, sencillamente, mujeres y hombres puedan convivir en paz y en libertad como personas con los mismos derechos y oportunidades, ahora dicen que hay que hablar de personas.

Y no es casualidad… El posmachismo se ha ungido con la capacidad para gestionar la “igualdad real”, como si sus dioses e ideas se la hubieran revelado en lo alto de los altares donde viven, muy por encima del resto de los mortales y de sus víctimas mortales. De ese modo son ellos, los mismos que han creado un orden social sobre la desigualdad, los que desde su “autoridad histórica” y su “superioridad moral” deciden qué es Igualdad y qué medidas son adecuadas para ella.

Y dentro de esa estrategia, una de sus tácticas es utilizar ese lenguaje neutral que dice que se hable de “personas”, no de hombres ni de mujeres, que pide la imposición de la “custodia compartida” sin tener en cuenta las circunstancias en el ejercicio de la maternidad y paternidad, que afirma que todas las violencias son importantes, pero sólo ataca a las violencia de género al hablar de “denuncias falsas”… pues esa teórica neutralidad genera la confusión necesaria para que la sociedad dude ante la aparente corrección de ese lenguaje “machismáticamente correcto”, y ante la “inmoralidad” que para ellos representa todo lo que la Igualdad y el feminismo cuestiona y pide cambiar. No hay que olvidar que la violencia de género es normalizada por la cultura, al igual que la perversidad y maldad de las mujeres.

Ya hemos repetido en otras ocasiones que el objetivo del machismo a través de su posmachismo es que todo continúe tal y como está (“El posmachismo”), es decir, tal y como ha sido a lo largo de la historia. Por eso la confusión es suficiente, pues con ella se genera duda sobre el tema planteado, sea la violencia o cualquier otra cuestión derivada de la desigualdad que afecte a las mujeres, la duda hace que la gente se mantenga distante al problema, esa distancia se traduce en pasividad, y la pasividad hace que todo permanezca bajo las mismas referencias. O sea, bajo el machismo.

Por eso, cuando piden hablar de “personas” y no de “mujeres y hombres”, en realidad lo que están pidiendo es que no se hable de los hombres, puesto que las mujeres y “lo de las mujeres” siempre han estado en un lugar secundario. Si ahora hablamos de ellas como víctimas y supervivientes de la violencia de género, antes o después tenemos que hablar de los hombres que la ocasionan. Por eso insisten tanto en ocultar a los hombres, e incluso cuando ya se ha producido la violencia de género, la presentan como un problema de mujeres a través de un relato que gira alrededor de la idea de, “una mujer muere a manos de…” en lugar de “un hombre que mata a…” pues de ese modo se resalta el mito de que “algo habrá hecho ella”, y que esas agresiones sólo se producen sobre las “malas mujeres”.

Hablar de “personas” no es otra cosa que ocultar a los hombres violentos que maltratan y matan, y ocultar la construcción de los hombres que dan los privilegios de permanecer invisibles e impunes ante la violencia que generan (“Machismo impune”), hasta el punto de dar lugar a una reacción crítica contra las mujeres que la sufren, en lugar de contra los hombres que la ocasionan. Por eso quieren hablar de “personas”, no de hombres y mujeres, porque si se habla de hombres y de mujeres se tiene que explicar lo que hacen unos y lo que sufren otras, y por qué y para qué lo hacen, algo que mostraría tal y como es a la cultura machista y el significado que guarda tras de sí.

Pero los machistas también quieren hablar de “personas” para situar a un mismo nivel y situación a los hombres y a las mujeres, sin reconocer la desigualdad que los coloca a ellos en una posición de poder, ni todos los mecanismos utilizados para mantenerla e aumentarla (El posmachismo (III), y la igualdad “punto cero”). Es más, incluso prefieren no reconocer esa injusticia y el daño que también ocasiona sobre los propios hombres (recordemos que el 95% de los homicidios los comenten hombres, y que la inmensa mayoría de los hombres asesinados lo son por otros hombres), y presentarse como víctimas del propio sistema que han creado, pero con el pequeño matiz de culpabilizar de esas consecuencias del machismo a las mujeres, y de paso reforzar así el mito de su perversidad y maldad.

Hablar de personas es ocultar a los hombres y su poder e una teórica igualdad que las mujeres no tienen.

Como se puede apreciar, no es casualidad que quienes piden hablar de “personas” no duden en hablar de mujeres para, directamente, manipular y hacerlas responsables de todas las muertes de hombres por violencia doméstica, cuando la mayoría de las muertes que se producen en el entorno familiar las llevan a cabo otros hombres (padres que matan a hijos, hijos a padres, homicidios entre hermanos y otros familiares…) Tampoco dudan en dejar de hablar de “personas” y hacerlo de mujeres, para presentarlas como “madres asesinas” sin tener en cuenta las circunstancias de esos homicidios, ni hablar de la crueldad de los padres que asesinan a sus hijos e hijas como parte de la violencia de genero contra sus parejas, y mucho menos de los más de 900.000 menores que están sufriendo de sus padres la violencia que ejercen contra las madres. Y no dudan en evitar hablar de “personas”, pero sí de mujeres, para “responsabilizarlas” de los suicidios de los hombres, llegando a presentar, incluso, los “divorcios abusivos” como una de sus razones, cuando la OMS y los estudios científicos ha identificado las causas de los suicidios masculinos en otros elementos, algunos de ellos relacionados con esa masculinidad tradicional, rígida y acrítica que defiende el machismo.

La reacción del machismo a través de la conducta y hábitos tradicionales, y de la nueva estrategia del posmachismo, es muy clara. Harán todo lo que tengan que hacer para ocultar, como lo han hecho durante siglos, la desigualdad, el abuso, la discriminación y la violencia que los hombres han utilizado contra las mujeres a través de su conducta y de su cultura, y para ello no dudarán en esconder la responsabilidad de los hombres que deciden seguir esos dictados, llamando al verdugo y a la víctima “personas”.

Personas somos todos los hombres y todas las mujeres, pero del mismo modo que las circunstancias hacen que haya personas sanas y enfermas, trabajadoras y desempleadas, con un color de piel y otro, de un origen geográfico y otros muy distintos… y todo ello tiene consecuencias y requiere la adopción de medidas para solucionar los problemas o cuestiones de todo tipo que se presentan a partir de esas referencias, los problemas de la desigualdad y el machismo deben ser abordados de manera diferente teniendo en cuenta el diferente papel que juegan los hombres y las mujeres.

Lo que pretende alcanzar la Igualdad y el feminismo es que seamos esas “personas” como iguales, con los mismos derechos, obligaciones y oportunidades, no como el machismo, que quiere hablar de “personas que matan y ejercen la violencia de género”, y de “personas que la sufren y son asesinadas” para “igualar” el resultado de todas las violencias, y dejar sin significado a la violencia de género.

Es bueno recordar la conocida frase de Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia”, que resumía la diferente situación de las personas; aunque el machismo y su posmachismo piensa que para los hombres la frase queda en: “Yo soy yo. Y mi circunstancia será la que diga yo; ¿verdad cariño?”

La solidez gremial de la injusticia (O por qué los machistas no son machistas)

GREMIO

Los racistas no son racistas, sencillamente afirman que los negros, los árabes, los gitanos… tienen una serie de características y limitaciones que los hacen inferiores a los blancos. Los xenófobos no son xenófobos, sólo dicen que los extranjeros vienen a España para beneficiarse de las ayudas sociales y de la sanidad de nuestro país. Los homófobos tampoco son homófobos, simplemente consideran que quien ama a las personas de su mismo sexo son enfermos que van contra las leyes de la naturaleza… Y los machistas no son machistas, sólo aseguran que los hombres tienen una serie de condiciones, desde la “superioridad intelectual” a la fuerza física, que los llevan a asumir una posición de referencia y control sobre quienes por sus características (debilidad física, labilidad emocional, cierta maldad y perversidad innata…) han de ser controladas; es decir, sobre las mujeres.

De ese modo el individuo se diluye en el grupo, y como las referencias comunes del grupo coinciden con las de cada uno de sus miembros, ninguno de ellos destaca sobre la armonía del conjunto. Y esa normalidad actúa como razón para mantener sus valores e ideas, y como justificación cuando en nombre de ellas el resultado escapa de los límites establecidos por el modelo, bien sea porque se ha roto el silencio impuesto, o bien porque el impacto del daño ocasionado supera todos los amortiguadores que el propio sistema coloca para aminorarlo.

Es lo que ocurre en violencia de género, a pesar de que cada año más de 700.000 mujeres la sufren, sólo el 20% denuncia. Es decir, el 80% se mantiene en la invisibilidad y en el silencio, y lo hace porque, tal y como recoge la Macroencuesta de 2015, considera que la violencia sufrida es “normal” (un 44% lo afirma), o siente vergüenza al denunciarla (un 21% lo refiere). Pero esta situación, lo que en verdad nos indica es que la sociedad ha adoptado unas referencias para convivir que llevan a que unos 700.000 hombres maltraten cada año a las mujeres con las que comparten una relación de pareja en nombre de esa normalidad, que lo hagan jugando con el silencio y con la culpa de las propias mujeres maltratadas y avergonzadas, y con un sistema que no hace lo suficiente para abordar de raíz una realidad tan terrible y dramática como la violencia de género, hasta el punto de que el total de maltratadores sólo termina con condena un 4’8% (“Machismo impune”). De este modo, la impunidad se une a la invisibilidad para que el sistema y sus valores e ideas continúen como referencia de una sociedad que lleva a pensar que “los machistas no son machistas”, como cree que “los racistas no son racistas”, los “xenófobos no son xenófobos”, los “homófobos no son homófobos”… salvo que las consecuencias de ese machismo, racismo, xenofobia… o cualquier otra situación basada en el odio y la discriminación, no se puedan ocultar bajo la alfombra roja de la normalidad y su violencia.

No se trata sólo de conductas individuales, hacérnoslo creer es la trampa que la propia cultura ha introducido para cuando los hechos transcurren fuera de los límites de la normalidad, sino de la injusticia del propio sistema construido sobre las referencias de una desigualdad, que lleva a situar a blancos por encima de otros grupos de población, a las personas nacidas en el país como más valiosas que las extranjeras, a las heterosexuales como referencia ética y conductual sobre las homosexuales… y a los hombres como superiores a las mujeres.

La injusticia, la discriminación, la desigualdad… siempre son sociales; necesitan ese contexto social que de sentido a sus conductas y las integre con un determinado significado, bien dentro de la normalidad o, cuando se exceden en sus consecuencias, como ejemplo de anormalidad, hablando entonces de “trastorno mental, de acción de sustancias tóxicas, de pérdida de control…” para proteger y no cuestionar el modelo que introduce las referencias que llevan a muchos hombres a ejercer la violencia de género con invisibilidad e impunidad, al igual que otros lo hacen sobre elementos racistas, homófobos, xenófobos…

Es la “solidez gremial de la injusticia” a la que se refería el imborrable José Ángel Valente en su poema “No inútilmente”, y la clave para que podamos afrontar una solución definitiva a sus manifestaciones por medio de la erradicación de las ideas y valores que las ocasionan. La fuerza del machismo no está en los 700.000 hombres que maltratan, ni tampoco en los 60-70 que asesinan cada año; la fuerza del machismo radica en esa “solidez gremial” de los hombres y de los valores, ideas y creencias que han situado en la esencia de una cultura para que la convivencia en sociedad siempre gire sobre ellos.

Las reacciones ante cada uno de los crímenes de la violencia de género muestran el rechazo de una parte de la sociedad (minoritaria, por cierto, y del lugar donde fue cometido el homicidio), pero sobre todo, lo que revelan es la normalidad con su silencio e invisibilidad que existía hasta el momento justo en que los golpes se convirtieron en mortales.

Quien mata es el machismo que hay en la sociedad, es cierto que lo hace a través de cada uno de los hombres que deciden dar ese salto mortal, no al vacío, sino al seno de sus ideas y valores para que, como los ángeles bíblicos, los recojan y amortigüen su caída, pero son esas referencias patriarcales las que alimentan a cada uno de los agresores. Si se tratara de un grupo limitado de hombres machistas y violentos, como algunos tratan de presentar, los homicidios de género ya se habrían acabado y los agresores no serían tan jóvenes como comprobamos en la actualidad, pues conforme ha transcurrido el tiempo y han sucedido los homicidios, se habrían agotado sus autores. Pero no es así, los homicidios por violencia de género continúan, y lo hacen con nuevas formas (matando a hijos e hijas y otras personas cercanas a la mujer, simulando el homicidio para no ser detenidos, suicidándose después para no verse cuestionados…) y continúan con agresores jóvenes, muchos de ellos apenas adolescentes cuando se aprobó la Ley Integral.

Y todo ello ocurre porque el machismo con sus ideas, valores, creencias y referencias ha estado presente en todo momento, y ha ido alimentando a los nuevos agresores, tal y como lo hace en este mismo instante.

El machismo es fuerte como grupo, no como individuos aislados, el hecho de que  haya algunos muy violentos da igual. El machismo como cultura puede prescindir de ellos, y de hecho lo hace cuando “los entrega” tras cada homicidio, es cierto que presentándolos en algunos contextos como una especie de “mártires” por la causa, pero siempre dispuesto a sustituirlos por otros.

Es lo que vemos a diario con el posmachismo  y con su movilización ante cada homicidio por violencia de género. El ritual no falla: hablan de denuncias falsas, de que las mujeres también matan, de los hombres que se suicidan por culpa de las mujeres, de que todas las violencias son importantes… Y como ven que quien tienen la obligación de responder desde las instituciones no lo hace, cada vez dan un paso más; y ahora, tras el homicidio de Marina y Laura en Cuenca, aplauden que su alcalde condenara estos asesinatos por violencia de género refiriéndose a “cualquier tipo de violencia”, y que el crimen de Laura, amiga de Marina, no sea computado como violencia de género, como si hubiera ocurrido “por accidente” o al margen de esta violencia.

La solidez gremial de la injusticia impregna toda la sociedad, lo hace a quienes matan, a los que maltratan, a quienes cuestionan la Igualdad y sus acciones para acabar con esta violencia, a quienes creen que la neutralidad es suficiente, y a quienes no actúan desde las instituciones para erradicar esta realidad criminal de una vez por todas…

El gremio de la injusticia son los machistas, y machistas son quienes defienden una sociedad jerarquizada donde el poder es situado en determinadas personas por su status y condición, según el modelo patriarcal que partió de la desigualdad hombre-mujer, y después la fue ampliando según las circunstancias, sin renunciar en ningún momento a esta, puesto que es el pilar que sostiene todas las demás en cualquier lugar del planeta.

El machismo es una posición conservadora previa a las ideologías, y las ideologías progresistas que realmente lo sean tienen que romper definitiva y explícitamente con el machismo, de lo contrario éste y el conservadurismo que lo define se beneficiarán de la indefinición y de las medidas parciales dirigidas a las manifestaciones consideradas inaceptables por el momento y el lugar.

Y todo ello exige más feminismo sin complejos, así de sencillo, pues la “solidez gremial de la injusticia” sólo puede finalizar con la solidez gremial de la Justicia, y ésta sólo puede alcanzarse a partir de la Igualdad.

 

Asesinos en serio

PUÑOS-ASESINOS EN SERIOEl machismo va en serio, siempre hay a quien le pueden parecer graciosos algunos de sus chistes, comentarios y ocurrencias, pero cada una de esas sonrisas flota sobre lágrimas que llenan de sal los labios, y cierran la mirada a un futuro limitado por la amenaza de las palabras y los golpes.

El machismo va tan en serio que ha diseñado una estructura de poder exclusiva basada en la jerarquización a partir de la desigualdad entre hombres y mujeres, y ha puesto como guardián del campo de cultivo de sus privilegios a la propia normalidad con sus valores, ideas y creencias. De ese modo, como muestran los estudios sociológicos, los hombres creen que hay razones para utilizar la violencia contra las mujeres para restablecer el orden alterado por ellas, y las mujeres llegan a entender que esa violencia es algo bueno para la relación, y que se trata de una cuestión “menor y merecida”. Es lo que deja ver la Macroencuesta de 2015, cuando las mujeres que sufren violencia de género dicen no denunciarla porque “no fue lo suficientemente grave” (un 44% lo afirma), o por sentir vergüenza, como indica un 21%.

Este mecanismo permite dos grandes objetivos, uno a nivel individual y otro social. En el contexto individual, permite mantener el control de las mujeres y de los hijos e hijas, y lo hace tanto en la acción por medio de los golpes, como en la decisión a través de las ideas, pues la consecuencia directa de ese control es la interiorización del mismo sistema de valores patriarcales que lleva a ejercerlo. Y en el contexto social, posibilita el mantenimiento del “orden social” bajo las referencias que la cultura ha creado sobre la desigualdad, y las referencias que los hombres han considerado convenientes para la convivencia y la organización de las relaciones.

Por eso es tan importante la interacción entre lo individual y lo social cuando hablamos de violencia de género, y por dicha razón cada uno de los agresores toma esa doble referencia a la hora de valorar su conducta y decisiones: Ejerce la violencia para sentirse un “hombre de verdad”, según el modelo de masculinidad creado por la cultura, y la utiliza también para ser reconocido como tal por esa sociedad. Ser hombre y sentirse como tal es la clave para ellos.

Cuando un maltratador actúa sobre su pareja lo hace en nombre de todo lo que comportan esas ideas y valores, y por eso, a diferencia de otras violencias, hay una reacción posmachista en la sociedad que se dedica a defender a los maltratadores bajo el argumento de que son “hombres denunciados falsamente”, que en verdad son inocentes, y que, por tanto, las malas, perversas y culpables en términos jurídicos y sociales son las mujeres. Para ellos da igual que la FGE hable de un 0’010% de “denuncias falsas”, que sólo se denuncie un 20-22% de la violencia de género existente, y que entre las mujeres asesinadas un 70-80% no hubieran denunciado la violencia que sufrieron hasta la muerte.

Estas son las razones que convierten a la violencia de género y sus homicidios en un “crimen moral”, no instrumental, puesto que no se comente para conseguir algo material e inmediato a cambio (dinero, joyas, objetos, documentos…) sino para defender una serie de ideas y valores con las que salir reforzado como hombres a través de la propia conducta violenta.

Y ese salir victorioso como hombre tiene dos expresiones. Una la impunidad y, en consecuencia, la continuidad en los privilegios a través de la violencia; recordemos que menos de un 4’8% de todos los maltratadores terminan siendo condenados (“Machismo impune”). Y otra, cuando acaba la impunidad y su invisibilidad, la reivindicación de su “hombría” por medio de la violencia utilizada contra “su mujer”; es lo que decía un homicida condenado y en prisión en un reportaje de televisión, “No se confundan conmigo, yo he matado a mi mujer, pero no soy ningún delincuente”. Esta idea y moral que manejan los homicidas en violencia de género, lleva a que aproximadamente el 74% se entregue de forma voluntaria tras el homicidio, y que alrededor de un 18% se suicide para reivindicar su conducta sin vivir la crítica social y el rechazo de sus entornos más cercanos.

Estas dos conductas tras el homicidio están relacionadas con el posicionamiento social frente a la violencia de género y sus manifestaciones, cuanto más crítica sea la sociedad, “menos reivindicación” podrán hacer los agresores a través de la violencia, porque en lugar de justificación y contextualización, lo que encontrarán serán críticas y rechazo. Y si bien es cierto que la sociedad es aún muy permisiva con el machismo y con esa normalidad que lleva a considerar un determinado grado de violencia en las relaciones de pareja como “aceptable”, también es verdad que cada vez hay una crítica mayor ante los homicidios y un rechazo más contundente cuando se producen.

Estos cambios sociales también son percibidos por los agresores y están llevando a que cambien de estrategia sin renunciar a la violencia. Y lo hacen a nivel social, con toda la estrategia posmachista, y a nivel individual con un cambio en la conducta criminal. La crítica de la sociedad frente a los homicidios por violencia de género ha conseguido que estos homicidas no sean considerados ahora como “hombres hechos y derechos”, y que las consecuencias jurídicas no se dejen influir por argumentos que tiempo atrás hablaban de que actuaban “bajo los efectos del alcohol”, el “arrebato”, la “pérdida de control” o la “locura”. Todo esto ha cambiado ya en gran medida, lo cual ha llevado a estos agresores a variar su estrategia con tal de adaptarse a las nuevas circunstancias, pero sin renunciar a matar a las mujeres. Este modificación de la pauta criminal es algo que debemos tener muy en cuenta de cara a la prevención y a la protección, así como al necesario control sobre el enaltecimiento de la violencia que se hace desde las posiciones posmachistas, una veces de forma indirecta, pero otras de modo muy claro y directo.

La adaptación criminal en violencia de género tiene dos manifestaciones: Por un lado, simular los homicidios como un accidente o cualquier hecho violento alternativo para que no se determine su autoría, de manera que aunque no puedan reivindicarse socialmente como hombres, al menos sí puedan seguir sintiéndose como tales a nivel personal. Y la otra conducta, es el suicidio tras el homicidio para no enfrentarse al rechazo de los entornos más cercanos.

En las últimas semanas hemos conocido una serie de casos en los homicidas ha tratado de simular el asesinato de sus mujeres con diferentes accidentes, ya lo recogimos en “Los hombres van de frente”. Y el suicidio tras el homicidio ha pasado de una media del 18% hace unos años al 29’6% en 2014, y por encima del 30% en lo que ha transcurrido de 2015 tras los últimos casos. Uno de estos últimos homicidios recoge las dos conductas, mostrando que entre ellas hay una interrelación y una base común, me refiero al ocurrido en Serra (Valencia), tal y como ha puesto de manifiesto la investigación. En un primer momento, según la información aparecida, el agresor mató a su mujer y después provocó un incendio para ocultar el homicidio, y tras ser descubierto y detenido, ya en prisión, se suicidó.

Los agresores en violencia de género y los maltratadores van en serio, y por ello están dispuestos a adaptarse a cualquier circunstancia y a jugar con ellas para no ceder en sus objetivos, unas veces ocultando los crímenes, otras suicidándose, pero todas matando previamente a las mujeres con las que compartían una relación. Prevenir y proteger a las mujeres que sufren la violencia para por conocer estas modificaciones, y porque las instituciones las consideren a la hora de establecer las medidas. Cada uno de estos asesinos se toma tan en serio su posición y la violencia que llega a matar a su mujer, pero, además, el machismo es el “asesino en serie” que las ataca a todas, por ello hay que actuar en el plano individual y en el social.

No debeos olvidar que el machismo es poder, y que el poder no está dispuesto a ceder. Hará todo lo que necesite para mantener sus referencias, esas ideas, valores y creencias propias, y con ellas la desigualdad que les proporciona los privilegios que puede disfrutar cada machista según sus circunstancias. Así ha sido durante siglos de “cambios para que todo siga igual”, y así será ahora si no somos conscientes de su estrategia y no desarrollamos medidas de prevención y protección.

Detener estos nuevos cambios adaptativos también es fundamental para erradicar de la cultura sus referencias y alcanzar definitivamente la Igualdad. El ejemplo lo tenemos en estas modificaciones que hemos comentado. Si los asesinos son capaces de cambiar ante la percepción del rechazo social, el machismo también cambiará cuando ese rechazo de la sociedad se dirija a todas las conductas normalizadas, justificadas y “perdonadas” que forman parte de la desigualdad.

El machismo va en serio con su violencia, pero es falso y falaz… En cambio la Igualdad es verdadera y sincera, por ello debemos tomárnosla muy en serio y situarla en el lugar donde el machismo lo impide. Justo donde le corresponde desde hace miles de años.

 

 

“Sr. Padre y Mr. Violento”

DR JEKYLL-MR HYDENos han enseñado vivir de perfil para que todo el mundo crea que miramos al frente, pero sobre todo para ocultar la otra cara que la identidad nos ha dado, no tanto como repuesto en caso de pérdida o rotura de la primera, sino como escondite de todo lo que debe permanecer oculto para que lo visible no sea cuestionado.

Así nos hemos acostumbrado a esa dualidad cómplice que en ocasiones actúa como razón y otras como justificación.

Es parte de una cultura que juega al despiste y a la intriga. Tenemos la cara oculta de la luna, también la cruz de la cara y la cara de la cruz en el azar, la otra orilla del rio o del mar, la cara B de los discos que tenían cara A, la otra vida con su más allá… La realidad se ha configurado con un lado aparentemente ajeno e inaccesible, pero al mismo tiempo capaz de condicionar los acontecimientos que suceden a este lado, por eso la Tierra también tiene una cara oculta como su satélite, pero no se sitúa en la geografía del planeta, sino en la cultura androcéntrica que llena su atmósfera.

Y cuanto más grande es la imagen pública y conocida en un determinado contexto, mayor ha de ser la cara oculta donde depositar todo lo que ha de esconderse, es lo que tiene el hecho de “ir de perfil”, que al otro lado siempre hay un espacio similar al visible. De ahí que los hombres, con una masculinidad expansiva y pública que recorre las calles de la sociedad a diario, tengan en el otro perfil una profundidad capaz de albergar las circunstancias y conductas más insospechadas.

Y muchos de esos hombres lo que guardan es una violencia que los llevan a comportarse como el personaje de “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” de Robert Louis Stevenson, pero en versión de andar por casa, en lo que sería una especie de “Sr. Padre y Mr. Violento”.

En España unos 700.000 hombres, según la Macroencuesta de 2015, maltratan a las mujeres con las que comparten una relación. Como consecuencia de esa violencia de género, alrededor de 900.000 niños y niñas viven expuestos a ella sufriendo importantes consecuencias sobre su salud y comportamiento, al normalizar la violencia como una forma de resolver conflictos. De entre esos menores, unos 600.000 sufren además violencia directa, puesto que el padre que entiende que la violencia es una forma adecuada de resolver los problemas, también la utiliza contra sus hijos e hijas. Y la convivencia con la violencia de género es tan terrible, que en la última década 44 niños y niñas han sido asesinados por esos padres violentos, y 60 mujeres son asesinadas cada año.

Y la inmensa mayoría de estos hombres asesinos son considerados por el vecindario y sus entornos como “muy buenas personas”, “muy cordiales”, “muy buenos padres”, “maridos estupendos”, “grandes amigos”, “vecinos muy atentos y considerados”, “muy trabajadores”… tal y como muestran las informaciones cuando tras un femicidio entrevistan a la gente que tenía alguna relación con los agresores.

Los maravillosos hombres, amigos, vecinos… pasan de repente a terribles criminales, cambian de ese Sr. Padre al Mr. Violento desconocido. Pero lo más grave es que esta reacción no es una anécdota, sino que forma parte de la estrategia de la misma cultura que con sus claroscuros entiende que la violencia de género puede ser normal. Cuando los hombres agresores y asesinos son presentados en sociedad como “buenos hombres”, se pone en marcha una de las trampas más eficaces y extendidas para ocultar la realidad, concretamente la que lleva a interpretar que “aquello que no se ve no existe”, confundiendo de manera interesada la invisibilidad con la inexistencia.

De ese modo, para el machismo la cara oculta de la violencia de género, lugar donde transcurre el 80% de ella, no es que no se vea, sino que no existe. Y si la violencia de género no existe, pero es denunciada, ¿cuál es la interpretación que da la cultura machista?… Muy fácil, pues que se trata de “denuncias falsas”. Así todo encaja.

Algo parecido ocurre con los asesinos: si son magníficos maridos, padres, vecinos, trabajadores… y acaban de matar a la mujer o a los hijos, ¿cuál es la interpretación?… Muy sencilla también, pues que “se les ha ido la cabeza” o “les ha venido una elevada ingesta de alcohol o drogas”. De nuevo todo encaja.

Bajo esas referencias todo se ajusta a la construcción de una sociedad perfecta en la que lo bueno y positivo transcurre por las aceras céntricas de la convivencia, y la malo y negativo se esconde en rincones, suburbios y ambientes oscuros donde las miradas no llegan. Esa es la trampa, no la negación de aquello que objetivamente es malo y negativo, sino la creación de una espacio para ocultarlo, de manera que su aparición no se entienda ni interprete como una consecuencia de las circunstancias perversas que la propia cultura ha creado y mantiene en la reserva para casos de necesidad, sino como un accidente, una anormalidad y una patología.

Para el machismo lo importante es que el sistema continúe, aunque caiga el individuo que lleva a cabo una conducta contraria a las referencias que definen la cara visible de la realidad, de ahí el repudio y los insultos aislados a cada uno de los que “caen”. Aunque al mismo tiempo se presente lo ocurrido como algo extraño por su significado (la locura o el alcohol) y extraordinario en su expresión, por su baja frecuencia.

Esa es la razón para que las justificaciones, la sorpresa, la incredulidad… cubran las portadas en los primeros momentos. Y por eso no tardan las reacciones desde los sectores machistas en busca de la confusión necesaria para que a nadie se le ocurra dar la vuelta a la realidad y observar esa cara oculta, donde esconden todas las estrategias de poder y violencia propias del status y la condición de los hombres.

Es lo que hace el posmachismo cuando tras el homicidio de una mujer por violencia de género salta a las redes sociales hablando de que “todas las violencias son importantes”, que “las mujeres también agreden y matan”, que “la mayoría de las denuncias son falsas y eso quita recursos para proteger a las que “de verdad” sufren la violencia”, al hablar del “suicidio de hombres, dando por hecho que se debe a que las mujeres los incitan a cometerlo”, ignorando todos los estudios científicos que hay sobre el tema… Y así ha sucedido tras el doble asesinato de las niñas por su padre en Moraña, lo cual demuestra que no es casualidad nada de lo que ocurre. Es cierto que no es accesible a primera vista, pero está muy claro en esa cara oculta de la sociedad creada por la cultura machista.

Ya no hay excusas, los hechos se repiten con dramática frecuencia para que se siga pensando que lo invisible no existe. La violencia de género existe y está muy cerca, ha sido ocultada en muchos hogares y relaciones bajo el argumento de la normalidad, hasta el punto de hacer que las propias mujeres que la sufren contribuyan a su ocultación, tal y como refleja la Macroencuesta de 2015 al recoger que el 44% de ellas no denuncia por que cree que la violencia sufrida no es lo suficientemente grave, o cuando el 21% afirma que no lo hace por “vergüenza”. ¿Quién le dice a las mujeres que es “normal” cierto grado de violencia?, ¿quién les hace sentir vergüenza por sufrir la violencia de sus parejas?… La cultura machista es la responsable, y por ello a pesar de llevar siglos bajo esta violencia, aún no somos capaces de sacarla a la luz en toda su magnitud ni de desenmascarar a los machistas que la propician y la ejercen.

Sólo la luz del conocimiento y la conciencia crítica puede disipar las sombras y abrir los rincones que aún utiliza el machismo para perpetuarse con su violencia y sus privilegios, por ello debemos cambiar de referencias y alcanzar la Igualdad real y funcional. Y para ello, en lugar de cuestionar los casos cuando ya se han producido, lo que debemos criticar son las causas y el contexto social que da lugar a ellos antes de que se produzcan.

¿A cuántas mujeres, niños y niñas más debe asesinar la violencia de género para que se entienda y se adopten las medidas acordes a la realidad que tenemos?, ¿cómo es posible que aún se siga pensando que “un maltratador puede ser un buen padre”?… Desde el posmachismo dicen que plantear estos temas es “criminalizar a los hombres”, pero quien en verdad criminaliza a los hombres es quien calla ante la desigualdad y su violencia, y quien defiende una masculinidad en la que agredir a la mujer, a los hijos e hijas y a otros hombres se presenta como una forma de “ser más hombre”.

Mientras no cambiemos las referencias de la cultura, el caso de “Sr. Padre y Mr. Violento”, a diferencia del escrito por Robert Louis Stevenson, no tiene nada de extraño.