La trampa del odio fragmentado

LOVE-HATEFragmentar el odio es una razón más para que continúe.

La necesidad de conocer a veces choca con la necesidad de creer, y con frecuencia ante un conflicto entre la creencia y el conocimiento se tiende a dar prioridad a la creencia, puesto que esos sentimientos y valores impregnan la propia vida y la identidad de quien se enfrenta a la elección y, en consecuencia, su posicionamiento ante la realidad.

El conocimiento, por su parte, sitúa a la persona ante el escenario habitual con algunos elementos nuevos producto de ese saber, como si se hubiera enfocado mejor la lente con que se mira, pero sin cuestionar a la persona, tan sólo a ese entorno a partir de los nuevos elementos adquiridos.

La manera de evitar gran parte de los conflictos y de no tener que posicionarse ante cada situación, es adoptar una especie de automatismos a partir de la experiencia individual y las referencias sociales, y asociar determinados elementos independientes como parte de una sola realidad que la cultura presenta como adecuada, correcta o armónica con los valores que defiende. A la postre, las personas incorporan una especie de “packs” o elementos comunes según su posicionamiento ante determinadas cuestiones, como si fuera una especie de lista cerrada en la que los márgenes de elección en la práctica se reducen bastante.

En teoría cualquier asociación es válida y hay libertad para hacerla, pero en la práctica resulta muy difícil. Primero porque la referencia social y cultural no presenta como adecuadas o correctas determinadas combinaciones, y en segundo lugar, porque si se realizan sin esa aprobación social se produce una crítica por parte del entorno, cuando no un rechazo directo.

Y sucede con los aspectos más superficiales y más nucleares, con frecuencia nada más ver a una persona y escuchar cómo se posiciona ante uno tema como la inmigración, los desahucios, el matrimonio homosexual… ya se puede deducir cuál será su posición sobre el resto de ellos. Sus principios e ideas están reforzados por una serie de valores y referencias culturales, y con frecuencia apoyadas por las religiones que defienden ese mismo orden, de ahí ese posicionamiento encadenado frente a temas diversos.

Todo ello es consecuencia en gran medida de la ideología, es decir de la forma en que las personas organizan las ideas y valores sobre cómo debe organizarse la sociedad; una ideología teóricamente propia que cuenta con un componente externo basado en la identificación con otras personas, ideas y valores que comparten una misma forma de ver y entender la realidad. Lo que define a las ideologías es la estructuración de las ideas sobre lo que es su modelo de organización social, los elementos comunes con otras personas, ideas y valores, el grado de tolerancia hacia otras ideologías, y el grado de compromiso emocional que se espera y exige a quien se identifica con ellas. Como muy bien sabemos, no todas las ideologías son iguales en sus ideas, valores, tolerancia y compromiso exigido.

El machismo es la ideología de las ideologías, es la propia cultura que lo impregna todo, desde la identidad hasta las referencias que condicionan la realidad y permiten darle un significado u otro según interese. El machismo no es una cuestión entre hombres y mujeres, ahí es donde se manifiesta con especial intensidad por ser el origen de esa cultura, y por haber organizado la sociedad tomando su modelo de familia como núcleo, pero va mucho más allá y siempre con el hombre y lo masculino como referencia y en posesión del poder para influir, premiar y castigar según el grado de ajuste al modelo.

Y todo ello exige una identidad masculina basada en la heterosexualidad, para de ese modo estar cerca y dominar a las mujeres, garantizar su unión en familias tradicionales, y mantener el control sobre el sometimiento a las referencias culturales y el uso de la violencia en caso de que se aparten de ellas.

El machismo impone la identidad masculina sobre esas referencias de poder, y la heterosexualidad es una parte nuclear de la misma. Actúa como un doble referente simbólico que da fuerza a la construcción social y a la individual de cada uno de esos hombres: el hombre como reproductor del machismo, y el machismo como ese hombre modelo. Y ese diseño tiene sus recompensas, pues la propia organización social basada del machismo establece una estructura jerarquizada con una serie de características en términos de privilegios, beneficios y ventajas, entre ellos, por ejemplo: ser hombre tiene más valor que ser mujer, ser heterosexual más que ser homosexual o cualquier otra opción dentro de la diversidad sexual, ser del grupo étnico mayoritario, más que ser de otro grupo, ser nacional, más que ser extranjero, compartir la ideología dominante (machista), más que no compartirla, profesar la religión predominante, más que no hacerlo… y así podríamos continuar.

Y mientras que algunas de esas características son circunstanciales, y por tanto modificables, como ocurre con ser extranjero, de una determinada religión, incluso de un determinado grupo de población… y podrían cambiar sólo con trasladarse a otro país; otras de ellas forman parte de la esencia y de la identidad de los hombres construida por la cultura machista, y no varían en ningún lugar. Estos elementos esenciales son la posición de superioridad de los hombres respecto a las mujeres y la heterosexualidad, pues representan el pilar sobre el que se ha levantado la cultura patriarcal. De ahí que también nos podamos referir a la cultura patriarcal como “heteropatriarcado”.

Cuando se es machista se comparten el resto de los elementos culturales que vinculan la ideología a la condición de “ser machista”, algo que incide especialmente en los hombres por su papel simbólico y guardián. Por lo tanto, desde el punto de vista práctico, el machista es homófobo y muestra su odio al resto de las diferentes opciones de la diversidad sexual (LGTTIBQ), es racista, es xenófobo… y así con el resto de elementos asociados a una identidad distinta a la suya. Porque el machista no sólo los considera diferentes, sino que además, y sobre todo, los considera inferiores. Otra cosa es cómo cada machista manifiesta esos rechazos según su experiencia, contexto, oportunidad, redes, relaciones…

El machismo y su cultura ha creado ese odio común hacia todos los que no se ajusten a sus referencias en cada contexto social concreto. Mientras que ellos son sólo uno con su cultura homogeneizada, el resto son “muchos y pocos” al mismo tiempo. Los presentan como muchos al hablar de amenaza y pocos al dividirlos en grupos separados e inconexos (mujeres, homosexuales, extranjeros, de otro grupo étnico, con otras creencias…) para que no se perciba la crítica común al machismo. Es parte de su “divide y vencerás”.

No podemos caer en su estrategia cuando fragmentan el odio como si fueran cuestiones independientes y a cargo de personas distintas en su ideología, cuando en realidad todas tienen en común la ideología del machismo.

¿Ustedes creen que el hombre que maltrata a su mujer respeta a un homosexual, creen que quien odia a los negros acepta la igualdad entre hombres y mujeres, creen que quien ataca a otras religiones respeta a las mujeres que su religión discrimina y a los homosexuales que no acepta?…

Todo forma parte de la identidad machista y del rechazo a quien la propia cultura sitúa como diferente y como inferior. El atentado en Orlando contra gays y lesbianas fue un crimen machista, como lo ha sido el asesinato de la diputada laborista Jo Cox, y como lo son otros tantos bajo los dictados de ese machismo hecho cultura.

No debemos caer en la trampa de la fragmentación ni dejarnos atrapar por los argumentos que tienden a contextualizar y dividir las expresiones del odio, para así ocultar los elementos comunes de una cultura que está en todos ellos. Y no debemos hacerlo en una época en la que dos de los elementos de las ideologías se están acentuando de manera interesada por parte del poder que nace de la cultura patriarcal, por un lado el grado de rechazo a otras ideologías, y por otro, el nivel de compromiso emocional e implicación exigido a quienes forman parte de la ideología machista. Ambos elementos están aumentando a través de las palabras y de los hechos, y su consecuencia es clara y directa: Un incremento del odio y la violencia.

Si caemos en la trampa y fragmentamos el odio común (machismo) en sus diferentes formas de expresión (misoginia, homofobia, racismo, xenofobia…), el odio continuará y la cultura machista con él.

 

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El machismo como deporte olímpico

GOL-CELEBRACIONDe nuevo la realidad nos sitúa ante la paradoja de tomar por cierto lo que interesa y no lo que en verdad sucede. Lo hemos visto con claridad estos días.

El sábado (11-6-16) tras el partido de la Eurocopa entre Inglaterra y Rusia se produjo un enfrentamiento entre las “aficiones”, es decir, entre hombres aficionados de cada uno de los equipos, y uno de ellos resultó gravemente herido, algo sin duda terrible. Ese mismo día (sábado 11-6-16) una mujer fue asesinada por el hombre con quien compartía una relación de pareja en Badalona. A la mañana siguiente (domingo 12-6-16) todos los periódicos y las portadas de los digitales recogían la noticia del aficionado ruso en “estado crítico” y ninguno la información sobre la mujer asesinada.

Ningún aficionado de ninguna selección ni equipo alguno ha sido asesinado en Europa en estos cinco meses y medio de 2016, en cambio, sólo en España, 23 mujeres lo han sido por los hombres con quienes compartían una relación de pareja. A pesar de ello, la información se acerca a los dos problemas de manera muy distinta y al margen de cualquier criterio periodístico. Por un lado, no lo hacen bajo el argumento de la actualidad, puesto que los dos hechos ocurrieron el mismo día, y por otro, desprecian la gravedad y trascendencia como criterio relevante, ya que uno de los hechos es un homicidio y el otro lesiones graves, y el primero se trata de la mujer número 23 asesinada por el machismo, y el segundo la primera agresión ocurrida en un enfrentamiento puntual. Y mientras que el contexto de riesgo de esta última situación acabará el día 10-7-16 con la final de la Eurocopa, la violencia de género continuará mes a mes.

Proteger a los hombres de otros hombres, especialmente en ambientes masculinos como es el deporte en general y el fútbol en particular, parece una necesidad, en cambio, proteger a las mujeres de los hombres, especialmente en el ámbito de las relaciones de pareja y familiares, no lo es; más bien lo contrario, porque hacerlo supone cuestionar la propia construcción cultural de las masculinidad y las relaciones que se establecen en su “hombre”, perdón, en su nombre (en qué estaría pensando).

Sólo hay que ver las reacciones que desde el mundo del deporte, los medios de comunicación y la propia sociedad se producen ante los hechos violentos alrededor del deporte y del fútbol. Sucedió con Jimmy, el aficionado del Deportivo de la Coruña asesinado en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón el 30-11-14, (http://www.huffingtonpost.es/2014/11/30/atletico-depor_n_6242940.html) y ocurrió con Aitor Zabaleta, seguidor de la Real Sociedad asesinado en el mismo lugar el 9-12-98 (http://elpais.com/diario/1998/12/09/deportes/913158001_850215.html). Todos los medios recogieron los hechos y plantearon un debate alrededor de la violencia en el fútbol, sin duda necesario, pero sorprendente ante el silencio, la pasividad y la distancia que toman ante la violencia de género, la cual sólo abordan cuando se trata de homicidios, cada vez menos, como vemos en las noticias de hoy, y con frecuencia con informaciones cargadas de estereotipos.

Dos aficionados al fútbol asesinados en 16 años han supuesto una movilización mediática y socia, sin embargo, más de 1000 mujeres asesinadas en ese mismo periodo de tiempo, aún levantan recelos y distancia a la hora de abordar el problema del machismo y la violencia de género desde el punto de vista mediático, social y político.

La actitud es la misma que adopta la UEFA ante el racismo y su campaña que cada año y en cada campo desarrolla bajo el lema “Stop racismo”, sin duda necesaria, pero muy alejada de un problema mayor, como es el sexismo y su violencia de género. En Europa, según los datos de Naciones Unidas a través de UNODC, cada año son asesinadas 3300 mujeres por sus parejas o exparejas, una cifra muy superior a las muertes por racismo. Y esos homicidios sólo representan la punta del iceberg de una violencia de género que sufren 13 millones de mujeres cada año en la UE, tal y como recoge el último informe de la Agencia de Derechos Fundamentales (2014).

A la UEFA le preocupa que algunos aficionados imiten el sonido de los simios ante algunos jugadores de color, pero parece que no tanto que millones de hombres griten y agredan a sus mujeres, muchos de ellos sentados habitualmente en las gradas o ante los televisores donde contemplan los mensajes de “Stop racismo”, pero sin oír ni ver nada sobre “stop machismo”; que, por cierto, sería el primer mensaje para erradicar también el racismo, la homofobia, la xenofobia… y tantas otras violencias construidas desde la posición del hombre blanco, nacional, heterosexual…

Y no es casualidad tampoco. Sé por mi experiencia como Delegado del Gobierno para la Violencia de Género en el Ministerio de Igualdad, lo difícil que es implicar al mundo del fútbol en campañas contra la violencia de género, todo son excusas y referencias a la “pendiente resbaladiza” del, “es que si lo hacemos con esto, tendríamos que hacerlo con lo otro, y si lo hacemos con lo otro…” Al final no lo hacen con nada y tan tranquilos, mientras las mujeres son agredidas y asesinadas por muchos de los hombres que escuchan y ven toda la publicidad que gira alrededor de cada competición, mucha de ella claramente sexista.

Quizás deberíamos solicitar que el machismo fuera deporte olímpico, de ese modo muchos hombres verían cubierto su narcisismo y aumentado su ego al ser ellos quienes ganaran siempre las medallas de oro en sus diferentes competiciones, y es posible que, de ese modo, las autoridades y los medios de comunicación se preocuparan de las consecuencias de ese “deporte” dentro y fuera del campo. Y quizás también pondrían más atención sobre las mujeres discriminadas, abusadas, agredidas y asesinadas por esos “machistas olímpicos” de cada día.

Lo dicho #machismodeporteolímpico ya.

 

¿Es machista Dios?

IGLESIA-LUZSabemos que le Iglesia es machista, pero ¿y su Dios?

Las religiones monoteístas, y en el especial la cristiana, presentan a Dios como una abstracción caracterizada por la bondad, la comprensión, la sabiduría, la presencia… y con la capacidad de incidir sobre la realidad de forma directa o indirecta para contrarrestar desde el bien toda la influencia negativa del mal, de ahí su identificación con el “Todopoderoso”.

Y la Iglesia se muestra a sí misma como la representación de Dios en la Tierra, gestora e intérprete de su palabra y voluntad para que las personas sigan el camino trazado como forma de llegar hasta él.

Del mismo modo que alguien puede dudar sobre si Dios existe y se hizo hombre, de lo que no hay duda es de que la Iglesia es real y está formada y dirigida por hombres, y que por ello la palabra divina adquiere el tono, la gravedad y el significado de lo que sus hombres interpretan. Cuando las manifestaciones, cada vez más frecuentas y graves, de cardenales, arzobispos, sacerdotes y obispos, es decir, de los portavoces de la palabra de Dios, insisten sistemáticamente en su crítica a la Igualdad y a las políticas e iniciativas que buscan promocionarla y corregir la desigualdad, y en especial contra algunas de ellas, como el matrimonio entre parejas del mismo sexo y todo lo relacionado con el género, lo que hacen es presentar a un Dios machista y homófobo, no sólo a una Iglesia con esas características.

Y lo grave es que esa misma Iglesia de palabra divina y humana ha callado la desigualdad histórica que ha llevado a la pobreza y a la exclusión, a la violencia de género, a la discriminación y al abuso, y con ello ha reforzado una cultura construida sobre valores e ideas que necesitaban sustentarse en esas creencias para elevar sus propuestas hasta la divinidad. Ante todo ello lo único que ha dicho ha sido aquello de “resignación cristiana”, “compasión y limosna”, y “bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de Dios…”, sin llamar la atención con rotundidad a los ricos abusadores, a los maltratadores, a los explotadores… más allá de la reincidente confesión y del perdón liberador. Esta situación demuestra que la actitud de la Iglesia no es casualidad, y que forma parte de esa construcción patriarcal que utiliza un Dios machista y homófobo para darle trascendencia, significado y sentido a la realidad más allá de lo material y lo humano. De se modo se deja para la otra vida cualquier posicionamiento en términos de justicia, y todo continúa bajo el machismo de la ley de los hombres.

Y no creo que deba ser así.

Con sólo lo que he podido observar a lo largo de mi vida, he comprobado cómo la Iglesia ha cambiado hacia posiciones mucho más rígidas e intransigentes con todo aquel o aquello que no comulgue con sus ideas, cómo ha abandonado el terreno de la fe para invadir lo político, y de cómo ha dejado púlpitos y homilías para meterse en los telediarios, y no precisamente para hablar de la fe y las creencias.

La Ministra Bibiana Aído fue muy clara cuando en pleno debate sobre la reforma de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, respondió a las críticas que se habían hecho por parte de algunos obispos, y comentó: “La Iglesia podrá decir lo que es pecado, pero no lo que es delito”. Y así debe ser, a ella le corresponde decir lo que desde el punto de vista de la religión católica se considera bien o mal, y adoptar las medidas religiosas consecuentes a sus planteamientos, pero la ley es competencia del Parlamento.

No todo está justificado en nombre de Dios, y la llamada de Monseñor Cañizares (http://www.huffingtonpost.es/2016/05/30/canizares-desobedecer-leyes_n_10209644.html) a la desobediencia de la ley democrática en nombre de un Dios que presentan como machista y homófobo, además hace que se convierta en un Dios tirano, algo que no debe ser permitido por la propia Iglesia.

El silencio del resto de la jerarquía y de muchos de sus fieles, la mayoría de los cuales no comparten esas manifestaciones ni ideas, tiene consecuencias. Las tiene dentro, con unos templos cada vez más vacíos, y las tiene fuera, porque muchos hombres violentos justifican en nombre de Dios su machismo, su homofobia ampliada a la “LGTB-fobia” y la violencia ejercida bajo esas razones.

El silencio es acción cuando ampara posiciones y conductas que continúan bajo él. Y las palabras cargadas de odio son acción, por eso también deben ser rechazadas y criticadas con acciones claras desde dentro de la misma Iglesia, de lo contrario se entenderá que es toda ella quien las comparte y quien calla.

Y lo más triste, conseguirán que Dios, ese Dios al que ellos ponen voz, no se entienda como amor, ni sabiduría, ni presencia…