37’1º C: Machismo

fiebre-machismo-2A partir de 370 C es fiebre, por lo tanto 37’10 C ya es fiebre y 400 C mucha fiebre.

Esas referencias que se entienden muy bien cuando hablamos de salud o de otros temas, en cambio no se tienen nada claras cuando nos referimos al machismo, y no es casualidad. Todo forma parte de las trampas que el propio machismo ha creado y colocado sobre su territorio hostil para que no sea fácil salir de él. Una de las más utilizadas es la “trampa de lo excesivo”, que permite realizar la crítica sobre aquello que se considera demasiado intenso, dejando el resto como parte de la normalidad y sin cuestionar. Es lo que da lugar a que muchas mujeres digan ante el maltrato lo de “mi marido me pega lo normal, pero hoy se ha pasado”, criticando la cantidad de violencia empleada, pero no la violencia en sí misma que queda como parte de “lo normal”. Una normalidad que lleva a que sean las mujeres quienes dejen el trabajo o reduzcan la jornada para dedicar su tiempo al cuidado de sus hijos, hijas o familiares, o a que cobren menos por el mismo trabajo, o a que si les tocan el culo en clase o en el autobús, o las piropean por la calle, se entienda que no es exagerado y que forma parte de lo normal. El cuestionamiento sólo se hará cuando cualquiera de esas situaciones sobrepase el límite puesto, e interpretado con sus “machomáticas”, por el propio machismo que lleva a cabo las conductas.

Y es que el machismo ha jugado con la normalidad situando el umbral en una posición más alta o más baja según el nivel de crítica social. De manera que si las circunstancias sociales se vuelven críticas con el machismo, pues baja el umbral para reducir el espacio de la normalidad y para que lo “excesivo” comience antes, pero sin renunciar a todo el machismo que queda bajo él. Y si logra recuperar terreno o cuestionar algunas de las medidas de Igualdad, pues vuelve a subir el listón para que lo “excesivo” comience más tarde y sólo se cuestionen las manifestaciones especialmente graves. Esa ha sido su estrategia histórica, la adaptación a las nuevas circunstancias, pero sin transformar el sentido ni el significado que él daba a la realidad, y sin renunciar a la posición de poder que permitía hacerlo.

Sólo con mirar la evolución histórica de las sociedades se comprueba que nada tiene que ver la España de hace 50 años con la de ahora, pero en las dos permanece el machismo como referencia y moviendo los hilos de la realidad.

Bajo esa construcción, al hablar de la desigualdad que existe en la sociedad y del patriarcado que la ha creado parece que estamos hablando de una abstracción, de algo teórico y distinto a la realidad y, lo más importante, se presenta como ajena a todo lo que sucede en la sociedad y sin nada que ver con el machismo, pues como hemos explicado, éste queda reducido a lo “excesivo”, a todo aquello que supera el umbral del momento cuando en verdad es la propia desigualdad, es decir, la construcción de una cultura sobre las referencias de los hombres que ha permitido situar lo masculino en una posición de referencia, para otorgarse una serie de privilegios sobre los que obtener ventajas y beneficios respecto a las mujeres, que han sido situadas en una posición de inferioridad y bajo su control y supervisión.

Y como se puede apreciar, la desigualdad es una construcción de poder, no un accidente ni una deriva incontrolada del tiempo, sino el diseño interesado para obtener esas ventajas desde la normalidad que da ser “dueño” de todos los mecanismos de influencia y poder, unidos a la capacidad de dar significado y a la posibilidad de utilizar mecanismos de coacción y violencia para conseguir sus objetivos, entre ellos mantener el orden dado sin que haya ninguna consecuencia negativa a pesar del abuso y la injustica, puesto que se hace desde la normalidad. Es más, si se llega a superar el umbral del momento y se produce un resultado grave, también tiene la capacidad de minimizar lo sucedido por medio del argumento de la justificación (alcohol, drogas, celos, trastorno mental…)

Este es el contexto que permite decir al presidente de la CEOE que “las mujeres son un problema para el trabajo”, que el 80% de las 700.000 mujeres que sufren maltrato no denuncie, que el 44% de las que no denuncian no lo hagan porque la violencia que sufren “no es lo suficiente grave”, o que el 21% manifieste no denunciar por “vergüenza” (Macroencuesta, 2015). Todo ello forma parte de lo normal, no porque sea aceptable, adecuado o consecuente, sino porque “está por debajo del umbral” que el machismo, o sea la desigualdad, ha situado.

Intentar gestionar el umbral para situar el listón más alto o más bajo siempre conducirá al fracaso, puesto que significa mantener el machismo con sus manos y puños invisibles bajo él. Hay que quitar el machismo de la realidad, no bajar el umbral, pues el machismo es la desigualdad, no su representación excesiva. Es como la fiebre en salud. Si a partir de los 370 C se considera como tal, 37’10 C ya es fiebre, 400 C es mucha fiebre, y 420 C es muchísima fiebre; y si una persona ha tenido 400 C y al día siguiente tiene 37’10 C sigue teniendo fiebre, menos, pero fiebre; en ningún caso significa que ha desaparecido.

Con el machismo ocurre lo mismo. La desigualdad es el machismo, son los 37’10 C que nos indican que la normalidad social está por encima de la referencia saludable para la convivencia y que, por tanto, estamos ante una “patología social” inaceptable. A partir de ahí la discriminación, el abuso, la violencia… van sumando grados y aumentando la intensidad del problema, pero eso no significa que sólo atendamos y nos preocupemos de los grados más altos y graves para separarlos y cuestionarlos como si fueran problemas ajenos al machismo de la desigualdad, y como si para llegar hasta ellos no se hubiera pasado décima a décima, grado a grado, por todos los anteriores. Y es lo que sucede ahora cuando se rechaza el homicidio sin rechazar lo suficiente la violencia, y cuando se critica la violencia sin hacerlo lo bastante sobre el machismo que la genera.

No entenderlo así es caer una y otra vez en la trampa del machismo, o lo que es lo peor, no salir de ella. El machismo sí es consciente de toda esta situación y por ello ha desarrollado su estrategia del posmachismo como forma de generar confusión, duda y pasividad en la sociedad y, de ese modo, mantenerla distante al problema de la desigualdad y su significado para así poder mover el umbral hacia arriba, y hacer la normalidad más machista y a los machistas más normales. Es lo que ocurre cuando al hablar de violencia de género salen con el argumento de las “denuncias falsas”, de que “todas las violencias son importantes”, de que “las mujeres también maltratan”… Nunca han dicho nada de otras violencias hasta que se ha hablado de violencia contra las mujeres, y por eso tampoco piden nada contra la violencia que ejercen los hombres contra otros hombres, que supone el 95% de los homicidios de hombres. Eso no importa, lo importante es que no se hable de violencia de género, porque eso implica hablar de desigualdad, y hablar de desigualdad supone hacerlo de machismo, y hablar de machismo conlleva desmontar la estructura que sitúa lo de los hombres como referencia para obtener ventajas y beneficios a costa de las mujeres.

No caigamos en las trampas del machismo, la desigualdad es el machismo, no sólo las expresiones graves y “excesivas” que se producen como parte de él. Por lo tanto, lo que debemos erradicar es el machismo, no sólo la violencia de género.

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Trump, el hombre

trump-hombrePodríamos decir eso de “vuelve el hombre”, al más puro estilo de un anuncio de perfumes televisivo, el problema es que nunca se ha ido y que el aroma que hay en el ambiente se parece más al de la Dinamarca de Hamlet que al afrutado olor enfrascado.

El triunfo de Donald Trump en las elecciones americanas es algo más que la victoria del candidato del Partido Republicano, significa la ratificación y consolidación pública del machismo como instrumento político y simbólico para seguir condicionando la realidad, y para remodelarla sobre el retroceso, no sobre el progreso hacia la Igualdad. No es casualidad que sus propuestas más conocidas vayan dirigidas a “deshacer” lo conseguido por Barak Obama, aunque ahora intente matizarlas en el cómo y en el cuándo, pero sin abandonarlas. A Trump lo han elegido para que “deshaga”, no para que haga.

El machismo es la esencia del poder, es la construcción de las relaciones sobre la condición y el status de determinadas personas configurado cuando la única referencia válida era ser hombre o mujer. A partir de esa primera desigualdad se fueron añadiendo elementos de desigualdad y discriminación basados en el criterio de quienes tenían el poder para hacerlo en cada contexto, que eran los hombres. Por eso la desigualdad y la jerarquía del machismo como cultura se ha hecho sobre el elemento común del hombre, al cual se añaden otros elementos para configurar las jerarquías particulares de cada contexto social y cultural. Por ejemplo, “hombre blanco” sobre todas las mujeres y sobre los hombres negros o con otro color de piel; o bien, “hombre blanco con una ideología y creencias” sobre todas las mujeres, los hombres negros y sobre los hombres que tengan otras ideologías y creencias… Y así, se han ido uniendo referencias como la diversidad sexual, el origen, la procedencia… pero siempre sobre la figura del hombre y bajo el argumento de su cultura basada en el poder dado por la condición y el status.

La injusticia del poder construido como privilegio e instrumento de control y dominio sobre la sociedad, se ha ido confundiendo conforme la sociedad se ha hecho más compleja y las referencias se entremezclan por escenarios complejos que “desorientan” sobre el significado de la realidad. Por ejemplo, la posición de muchas mujeres blancas respecto a hombres negros puede ser superior, o la de hombres negros heterosexuales frente a hombres blancos extranjeros y homosexuales… pero la diferente consideración y reconocimiento que se pueda hacer en un momento determinado sobre esos elementos es un espejismo que hace creer que la realidad es otra, cuando su estructura de poder es la misma y basada siempre en el machismo original alimentado por las circunstancias y adaptado a cada situación.

Todo ello viene “normalizado” por la propia organización social diseñada sobre esas ideas y reforzada a través de las leyes, las instituciones, la costumbre y las tradiciones, por eso los cambios que se han producido a lo largo de la historia son adaptativos a las nuevos tiempos, nunca transformadores sobre las viejas referencias de siempre.

El avance de la Igualdad siempre se ha producido sobre la demostración de la injusticia que suponían determinadas manifestaciones de la desigualdad, de ahí su avance a trompicones, cuando no a saltos, y siempre de manera parcial. A diferencia de la Libertad, la Justicia, la Dignidad… que se han considerado como valores inherentes a las personas, la Igualdad se ha entendido más como parte del decorado en el escenario social, y sólo cuando se observaba que generaba problemas se ha cambiado para ese conflicto particular. Pero sin que en ningún momento se haya tomado un clara conciencia de su significado, de su importancia y de su trascendencia, y por lo tanto, sin que en ningún periodo se haya apostado de manera decidida por alcanzarla.

Ocurrió con el movimiento sufragista para lograr el voto de las mujeres, con la posibilidad de que estudiaran en la universidad, con el hecho de poder realizar determinados trabajos, con el desarrollo de normas que posibilitaran, al menos formalmente, el divorcio en igualdad de condiciones que los hombres, con el logro de la libertad sexual… Siempre ha existido una injusticia que afectaba a las mujeres debido a la desigualdad, y la respuesta ha sido corregir de manera puntual esa injusticia concreta para evitar el conflicto social que pudiera llevar a una toma de conciencia sobre el significado y origen del mismo, pero no a corregir la injusticia del machismo que afectaba a todas las mujeres y situaciones. La clara demostración de que todo ello era una forma de respuesta adaptativa del propio sistema, es que nunca se ha utilizado como experiencia para evitar otros conflictos, porque lo que se ha querido en todo momento ha sido mantener la desigualdad, no cambiarla.

Sin embargo, a pesar de su poder, el machismo no ha sido capaz de controlar a toda la sociedad, nunca ha podido lograrlo, de ahí los muchos cambios que se han conseguido gracias a la incorporación paulatina de la Igualdad, el feminismo y a la labor de las mujeres, que han ido superado límites para cuestionar de manera directa y eficaz la esencia de la cultura machista y las identidades rígidas que genera.

Esa conciencia de final que percibe ahora el machismo, y su interpretación como amenaza o ataque, la expresan de manera objetiva en la forma de valorar las medidas a favor de la Igualdad cuando dicen que van “contra los hombres”, “contra la familia”, “contra el orden social”, o cuando las consideran como “ideología de género” y hablan de “adoctrinamiento”, no como avance y beneficio para toda la sociedad, al igual que lo es la Libertad, la Justicia o la Paz. En estas circunstancias surgió la estrategia del posmachismo con la finalidad de crear confusión sobre los temas de mayor actualidad y trascendencia, para mantener a la sociedad alejada de los problemas de la desigualdad. Pero a pesar de su beligerancia, de su presencia en las redes sociales, y de personas que lo han llevado hasta la política y algunos medios de comunicación, en la práctica su impacto es reducido fuera de sus ambientes y su gente, de ahí que el machismo necesite dar un paso más para mantener la jerarquía en la sociedad sobre la figura de los hombres, y tratar de reordenar el “desorden” introducido por la Igualdad.

Y ahí es donde está Donald Trump con su machismo de flequillo y su política ye-yé. Trump ha ganado las elecciones por “macho”, porque serlo y mostrarlo es algo muy valorado en una sociedad machista, fundamentalmente por los hombres, pero también por muchas mujeres de esa cultura, sólo basta recordar que un 4’6% de mujeres afirma que “el hombre agresivo parece más atractivo” (Estudio sociológico MIG, 2009). Y si es atractivo por agresivo, resultará más atractivo si es “agresivo y con dinero”, si no que se lo pregunten a Grey y sus sombras. Y si es “agresivo, con dinero y presidente de los Estados Unidos”, seguro que resulta mucho más atractivo.

El problema de Trump no es Donald Trump, sino todos los hombres que ya quieren ser como él, no sólo como machistas, eso ya lo hemos comentado en “Hombres Trump”, sino como “machistas exhibicionistas”. Eso es lo que han traído estas elecciones americanas: el machismo como instrumento político y como referencia simbólica social.

Pero del mismo modo que los machistas ya tienen un nuevo ídolo, quienes defendemos la Igualdad también tenemos una nueva referencia sobre la que continuar el trabajo de cada día. El movimiento “Not my president” es una clara reacción en ese sentido.