“Masculinismo”

hombres-masculinismoSi el machismo defiende al macho, el “masculinismo” defiende lo masculino como referencia identitaria de los hombres, es decir, defiende al machismo, que es lo que define y ha definido históricamente la identidad de los hombres bajo la referencia de la cultura patriarcal que ellos crearon, para que “lo masculino” fuera el modelo universal de toda la sociedad y “lo femenino” quedara reducido a los ámbitos de lo doméstico y supeditado a lo de los hombres.

Pero el machismo es mutante en sus formas para adaptarse a cada momento histórico sin renunciar a sus posiciones de poder y privilegios, de ahí su estrategia de “cambiar para seguir igual” que le ha permitido adaptarse sin transformarse, y luego hacer creer con su influencia que los cambios adaptativos en verdad eran transformadores de su identidad. La estrategia actual del machismo es el posmachismo, ese intento de revestir de neutralidad sus exigencias y planteamientos para generar la confusión necesaria que lleve a la duda, a la pasividad y a que todo siga igual. Y el posmachismo sabe que la batalla del lenguaje es clave para afianzar posiciones y definir realidades, por eso su interés desde el principio de contrarrestar el feminismo diciendo que era lo mismo que el machismo. Cuando fracasaron en esa burda comparación inventaron la palabra “hembrismo” para que la etimología no fuera obstáculo en la crítica de las propuestas a favor de la Igualdad que se hacían desde el feminismo, y al mismo tiempo la acompañaron de palabras como “feminazi” y “mangina” para que la crítica no se quedara en las ideas y llegara a las personas que las proponían. Pero como han comprobado que el discurso “machismo” versus “hembrismo” se presenta como conflictivo y cargado de agresividad y violencia por su parte, algo que refleja su machismo latente, han dado un paso más en busca del camuflaje de la neutralidad a través del lenguaje y ahora hablan de “masculinismo”, el cual aparece con “Ph neutro” y comparable en sentido al concepto de “feminismo”. De este modo, aunque sus palabras cargadas de ataques contra la Igualdad son las mismas su imagen es diferente, y se presentan como más proactivas en busca de esa “igualdad real” que suponga dirigir las mismas acciones para hombres y mujeres y, de ese modo, mantener la desigualdad existente sin entrar en el significado histórico que ha dado origen a la misma.

El “masculinismo”, tal y como se aprecia en las redes sociales en palabras de sus “porta a voces”, porque hablan a base de ataques y cargados de agresividad, no reivindica la Igualdad, aunque habla de ella para que la Igualdad sea lo que ellos decidan que debe ser la Igualdad. Es lo que han hecho los hombres a lo largo de toda la historia al tutelar a las mujeres y lo de las mujeres, y que ahora pretenden seguir haciendo en lo social y en lo individual, como cuando el marido dice en nombre de la libertad y de su igualdad, “yo dejo que mi mujer haga lo que quiera”.

La propia estrategia del “masculinismo” demuestra el fracaso de la posición machista en la sociedad, a pesar de que aún mantienen mucho poder y toda la violencia para hacer daño, pero como en verdad van perdiendo espacio. Ahora necesitan exhibir su machismo y elegir presidentes como Donald Trump y contar con columnistas y locutores que se hagan eco de sus palabras, para que la parte nostálgica de la sociedad se de cuenta de que ellos y su machismo siguen presentes en una nueva realidad cada vez más crítica con la desigualdad y el machismo.

El error del machismo y de su “masculinismo” es no ver que el feminismo defiende la Igualdad, no a las mujeres contra los hombres, sino la Igualdad sobre la injusticia histórica que ha creado la desigualdad, y con ella la discriminación, el abuso, la violencia… que las han apartado de las posiciones donde deberían haber estado para que la convivencia y las relaciones se construyeran y desarrollaran con las aportaciones de hombres y mujeres. Por ello el feminismo parte de la visión crítica de las mujeres y reivindica su presencia y protagonismo, porque los hombres nunca se han preocupado de hacerlo en los miles de años que llevan dirigiendo la sociedad desde sus posiciones de poder. El resultado final, por tanto, será la Igualdad para toda la sociedad, y ello exige corregir la desigualdad en quien la sufre, o sea, en las mujeres.

El “masculinismo” es “lo de los hombres”, “para los hombres”, “desde los hombres” y “con los hombres”, por eso recurren a los mismos argumentos de las denuncias falsas en violencia de género, a que las mujeres también son violentas, a la custodia compartida impuesta con independencia de las circunstancias de la relación de pareja, a que las mujeres son malas y perversas y alienan a sus hijos e hijas contra los padres a través del SAP… es decir, las mismas razones del machismo y las mismas que el posmachismo maquilla, pero ahora como si sugieran de un planteamiento reflexivo nacido del “ataque” que la Igualdad y sus medidas suponen contra los hombres y su masculinidad.

El “masculinismo” es la plasmación social de una de las estrategias que más utiliza el posmachismo al presentar a los hombres como víctimas de las mujeres y de la situación social: víctimas de denuncias falsas, de suicidios, de mayor tasa de accidentes de tráfico y laborales, de menor vida media… El “masculinismo” es la elevación a lo social del “hombre víctima de la Igualdad”, bien por acción o por desconsideración, y por lo tanto, se presenta como “victimismo masculino” para fijar la atención sobre los hombres sin cambiar nada en los hombres.

Y es cierto que los hombres tienen muchos problemas, nunca ni nadie los ha ocultado ni cuestionado, pero la solución está en la Igualdad, no en más desigualdad. O lo que es lo mismo, la respuesta es el feminismo, no el “masculinismo”.

 

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Malos, locos y borrachos

hombres-malosTambién celosos, drogadictos, trastornados… esa es la forma de presentar a los hombres que tiene el machismo. 

Los mismos machistas que no dudan en saltar sin red a los medios y a las redes sociales en defensa de los hombres, a los que presentan como víctimas de una conspiración feminista-planetaria que incluye a las instituciones del Estado, en verdad piensan que detrás de todo hombre hay un loco, un borracho, un drogadicto… en definitiva un “hombre malo” en potencia, pues esa es la forma de justificar la violencia de género que cometen esos hombres que nunca antes han sido considerados como borrachos, locos o drogadictos, y mucho menos como “hombres malos”, hasta el punto de que incluso después de asesinar a sus mujeres son reconocidos por el vecindario como “buenos hombres”, “buenos vecinos”, “buenos maridos”, “buenos padres”… Todo menos esos “hombres malos” que se han puesto tan de moda últimamente para explicar la violencia de género.

El machismo no defiende a los hombres, se defiende a sí mismo y eso significa que defiende a los hombres mientras sean útiles dentro de las diferentes jerarquías del modelo patriarcal. Los hombres debemos ser conscientes de la trampa que esconde el machismo al decir que habla en “defensa de los hombres”, cuando en realidad lo único que defiende son los privilegios que luego disfrutarán hombres, pero no todos. Por esa razón mantiene a cualquier precio la desigualdad de género como forma de garantizar beneficios a cualquier hombre a través de la discriminación de las mujeres. El “premio” para cada hombre está construido en esa desigualdad entre hombres y mujeres, tanto en el ámbito particular de la intimidad, recordemos que las mujeres dedican cada día un 97’3% más de tiempo al trabajo doméstico y un 25’8% más al cuidado de hijos e hijas, mientras que los hombres tienen un 34’4% más de tiempo de ocio diario (Barómetro CIS. Marzo 2014); como en la sociedad, donde han dispuesto de lo público como algo propio, hasta el punto de considerar la Igualdad como un ataque a sus posiciones y una pérdida de algo que les pertenece, tal y como recogían las palabras del presidente de la CEOE cuando afirmó que “la incorporación de las mujeres era un problema para el mercado laboral”.

El machismo es poder y como tal conlleva enfrentamiento y violencia como un instrumento para alcanzarlo y perpetuarlo, una violencia que también sufren los hombres como parte de sus luchas en determinados contextos y espacios habitualmente relacionados con la delincuencia. Esa es la violencia que con más frecuencia y gravedad sufren los hombres y de la que no dicen nada desde el machismo por formar parte de su estrategia de poder en el espacio público. Algo similar a lo que ocurre con la violencia de género, que también callan sobre ella porque es parte de la estrategia que siguen en el contexto privado, hasta el punto de haberla convertido en una violencia estructural amparada por la normalidad y la justificación, que sólo puede afectar a las “malas mujeres”, es decir, a aquellas que la cultura considera que han hecho algo para que el hombre responda de esa manera.

El machismo lo único que defiende es su modelo de masculinidad arraigada en el poder de esa cultura que ha diseñado para los hombres, y en los hombres “diseñados” con una identidad que defiende al machismo. Es un doble refuerzo: lo colectivo define y recompensa lo individual, y cada individuo defiende y refuerza lo colectivo con todas sus ideas, valores, creencias, normas, costumbres… porque saca beneficio de ellas.

Por eso el “hombre de verdad” para el machismo debe ser capaz de “poner a la mujer en su sitio” sin necesidad de que trascienda a la sociedad combinando el control social, la amenaza y, en caso necesario, el ataque explícito a través de la agresión. Para el machismo, un hombre denunciado por violencia de género, no digamos si lo ha sido por una agresión grave o un homicidio, es un hombre que “ha fracasado” en su control, en ese objetivo de retener a la mujer en “su sitio”. Para el machismo el hombre denunciado es un “mal hombre” que pone en riesgo al grupo y a toda la construcción cultural, por ello lo primero que intenta es cuestionar la denuncia diciendo que es falsa, pero si fracasa o los hechos son objetivos, entonces lo aparta del grupo de “hombres buenos” y lo consideran un borracho, un loco, un drogadicto, un extranjero… en definitiva, un “hombre malo”.

Como se puede ver, cuando afirman que hay “hombres malos” que llevan a cabo la violencia de género y lo concretan en el loco o en el borracho, lo que están diciendo no es que el hombre-loco o el hombre-borracho maltrata, sino que el loco o el borracho maltrata, destacando la circunstancia sobre su condición de hombre y de la masculinidad construida por la cultura. La consecuencia directa es que liberan al resto de los hombres de ser maltratadores al no ser locos, borrachos o la circunstancia que utilicen en cada momento (celoso, extranjero, psicópata…), por eso interesa tanto que se defina un perfil de maltratador, porque al aceptarlo lo que en verdad se afirma es que el resto de los hombres no lo son.

Los estudios indican que no hay perfil de maltratador, aunque de forma gráfica podríamos expresarlo de otro modo y decir que tiene tres características, como ya recogí hace años. Las tres características del perfil de maltratador son: “hombre, varón, de sexo masculino”, es decir, no hay elementos que lleven a un hombre a ser maltratador salvo su voluntad y decisión, de manera que cualquier hombre puede serlo si así lo decide.

Y toda esta construcción del machismo se completa con la idea creada para las mujeres. Ellas son presentadas como “buenas mujeres”, pero siempre que se atengan al guión dado por la cultura respecto a los roles, funciones, tiempos y espacios asignados. En cuanto se salen del mismo son reconocidas como “hijas de Eva” con toda la maldad y perversidad escondida bajo su piel doméstica. Pero a diferencia de los hombres, su maldad no es algo de “determinadas mujeres” que se han convertido en “malas mujeres” por el alcohol, la locura o las drogas, sino que la presentan como una condición propia de todas las mujeres guardada en su esencia femenina. Para el machismo la bondad de las mujeres se debe de la imposición que hace la cultura y a la intervención de los hombres que controlan que todo transcurra tal y como está preestablecido, de ahí que se llegue hasta justificar la violencia de género como parte de la “normalidad”.

En definitiva, vemos como el machismo ignora los elementos comunes que la cultura ha creado para que exista desigualdad, discriminación, abuso y violencia contra las mujeres, y reduce cada uno de los resultados que trascienden a “hombres malos” o “circunstancias malas”. En cambio, cualquier situación en la que una mujer aparece como protagonista es juzgada sobre su maldad o perversidad: si es positiva y ha triunfado porque se “habrá acostado” con muchos hombres para conseguirlo o habrá hecho cualquier otra cosa, y si es negativa, directamente porque son malas y perversas. Pero es más, mientras que un hombre en cualquier circunstancia es garantía de compromiso, palabra, lealtad… una mujer es presentada como una amenaza.

La cultura machista, o sea, el machismo, establece toda una serie de mecanismos sociales para conseguir articular la convivencia y las relaciones sobre estas referencias dentro de la normalidad, por eso les cuesta tanto abandonarlas y aceptar la realidad. Porque hacerlo y reconocer que los maltratadores y asesinos no son “hombres malos”, ni borrachos, ni locos, sino hombres normales, tal y como recogen los informes del CGPJ tras analizar las sentencias de los homicidios por VG, supone desvelar la estructura social y cultural que es el machismo, algo que supondría la crítica de las circunstancias donde los “hombres buenos” obtienen los privilegios y beneficios a partir de la desigualdad y la injusticia que supone restárselos a las mujeres.

Y claro, es preferible cuestionar a unos pocos “hombres malos” y seguir igual, que cuestionarlo todo y perder los privilegios, aunque el resultado sea la injusticia social y la violencia de género estructural.

 

Machismo, matrimonio y violencia

catrina-novio-aLos argumentos del posmachismo para cuestionar la violencia de género no tienen límites, lo hemos visto en las declaraciones del magistrado del Tribunal Supremo, Antonio Salas, y en la reacción que las han seguido argumentando que “no hay que hablar de violencia de género porque la violencia aparece en todos los tipos de relación, también entre personas del mismo sexo”.

Una de las características del posmachismo es decir una cosa y la contraria para generar confusión, que es el objetivo para conseguir que no haya posicionamiento social frente a la desigualdad y que todo siga igual. Veamos cómo lo hace respecto al matrimonio y la violencia de género.

El machismo cuestiona el matrimonio entre personas del mismo sexo, y dice que viene a desvirtuar el modelo tradicional de familia, o sea, el impuesto por la cultura que lo ha considerado como el único válido, llegando a pedir que la unión entre personas del mismo sexo se haga de forma diferente, que se denomine de otra forma y que no tengan los mismos derechos. Con ese posicionamiento reconoce de forma clara la influencia del modelo de relación que la cultura ha establecido a lo largo de los siglos, el cual admiten que actúa como una referencia que lleva a reproducirlo y a facilitar la vía de expresión de lo que significa la relación, ese compromiso nacido del amor, a través del mismo, incluso en parejas diferentes a la clásica hombre-mujer.

Ese planteamiento muestra cómo el machismo viene a reivindicar la autoría del matrimonio, de la familia, de los papeles de los hombres y mujeres dentro de ella, así como algunas formas de organizar la relación y dinámica dentro de ese contexto, desde la distribución rígida de roles, funciones, espacios y tiempos, hasta la idea de autoridad, respeto, sacrificio, entrega… en las personas que forman la relación o familia. En cambio, ese mismo machismo creador de la relación no dice nada sobre la violencia que el propio modelo incorpora cuando entiende que la dinámica entra en conflicto y el orden necesita ser restablecido desde el criterio de autoridad que representa el hombre. Una violencia que, en lo particular, lleva a muchas mujeres a decir lo de mi marido me pega lo normal”, de hecho, el 44% de las mujeres que no denuncian afirman no hacerlo porque la violencia que sufren “no es lo suficientemente grave” (Macroencuesta, 2015); y en lo social hace que mucha gente piense que ante la violencia de género no hay que actuar por ser un “asunto de pareja”.

Esta normalidad de la violencia de género dentro del modelo de relación no se debe a que la violencia se vea como algo normal de forma general, puesto que no se acepta en otros contextos, sino a que el modelo de relación está por encima de las circunstancias y de los elementos necesarios para recuperar el orden que lo sustenta una vez que se ha alterado, incluyendo entre esos instrumentos a la propia violencia. Esto es la violencia de género, la violencia construida sobre las referencias culturales que presentan a los hombres como autoridad y guardianes del orden que ellos mismos han creado, y a las mujeres como sometidas y amenaza de ese orden.

No existe una construcción cultural para la violencia que pueda ejercer una mujer contra un hombre, ni contra la que pueda desarrollar un hombre contra otro hombre o una mujer contra una mujer en una relación homosexual, podrá haber violencia en estos casos, pero no cuenta con la normalidad como argumento ni como justificación.

Y ante la violencia de género secular que ha sido sistemáticamente ignorada por la sociedad y sus leyes, y que incluso ha contado con atenuantes y justificantes de todo tipo, incluso legales, el argumento actual del posmachismo es que no existe y que las razones para que un hombre agreda y asesine a su mujer son muy diferentes, por ejemplo, el recurrido argumento de los celos. Y dicen que si un gay puede asesinar a su pareja por celos un hombre también puede asesinar a su pareja por celos, como explicación de que la violencia de género no existe.

Todo ello forma parte del posmachismo para intentar desvirtuar la violencia de género a través del cuestionamiento de su realidad y de su desvinculación de la desigualdad histórica, o sea, del machismo. Evidentemente, no lo consigue, pero conviene destacar dos elementos de su estrategia bajo este argumento para desenmascarar sus tácticas.

. En primer lugar, sorprende que el mismo posmachismo que reivindica su modelo de familia como una creación propia de sus valores, exigiendo un uso exclusivo y que todo lo que se aparte de su modelo no sea denominado “matrimonio” ni equiparado en derechos, en cambio no reconozca que la violencia que se produce dentro de ese modelo de relación como parte de su “normalidad”, no se entienda como el origen de la violencia en las relaciones homosexuales, y pretendan presentar la violencia en las relaciones entre dos hombres o dos mujeres como “propia” y al margen de la construcción cultural machista que lleva a entender que la violencia puede formar parte de las relaciones.

Es decir, por un lado dicen que el matrimonio, la paternidad, la maternidad y otros elementos son suyos y propios de ese tipo de relación, y en cambio, la violencia que cultural e históricamente forma parte de ese mismo contexto de relación, dicen que no es propia y que es un problema al margen. Curioso planteamiento.

. En segundo lugar, llama la atención la facilidad con la que desde el posmachismo son capaces de conocer el sentido de la conducta y el significado de los hechos en determinadas circunstancias. Lo hacen, por ejemplo, cuando sin más pruebas que su palabra son capaces de afirmar que todas las denuncias que no terminan en sentencia condenatoria son falsas. No necesitan investigación, ni instrucción, ni un juicio, ellos directamente sólo con sus ideas condenan a las mujeres como reas de un delito de denuncias falsas. Y lo mismo ocurre cuando hablan de que los hombres “matan por celos”, y no por violencia de género, simplemente porque ellos lo dicen. Para ello no dudan en dar veracidad al hombre asesino que afirma que mató a su mujer “porque quería dejarlo”, y entender que esa motivación no nace del control y la posesión, ni que la mujer podía querer dejar la relación por los motivos que considerara, entre ellos la violencia, y concluyen sin pudor que todo se ha debido a los celos.

Quizás no sepan que todos los asesinos elaboran sus homicidios sobre una serie de razones y motivaciones: unos porque la mujer “los quería dejar”, otros porque era una “mala madre”, o porque quería “quedarse con la casa”, o porque era una “mala mujer”, o porque se había “reído de ellos”… ninguno de ellos mata “sin querer”. Y esa construcción de los argumentos se hace desde la posición de fuerza y poder que ellos ocupan en la relación, y desde la cual ejercen la violencia hasta llegar al asesinato. Afirmar, como hacen ahora, que esos argumentos no tienen nada que ver con la violencia de género es una falacia, además de una perversidad dirigida a esconder la violencia y la desigualdad que les dan los privilegios que disfrutan y que no quieren perder.

El análisis de las sentencias de los homicidios por violencia de género que realiza el Observatorio del CGPJ muestra cómo en la inmensa mayoría de los homicidios no tienen nada que ver con los celos, ni con las denuncias falsas, ni porque son “malas madres”… decir que esos argumentos son los motivos de los homicidios al margen de la violencia de género es parte de la mentira que busca desviar la atención de la realidad para ocultar el verdadero significado de la violencia de género, que es el machismo.

Por eso resulta muy pobre decir que como hay otros homicidios en contextos similares, por ejemplo, en las relaciones homosexuales, no existe violencia de género. La existencia de violencia en las parejas del mismo sexo lo que demuestra es la violencia de género como referencia impuesta por la cultura a la hora de enfrentarse a los problemas o conflictos que se producen en su seno, no lo contrario. No la niega, sino que la demuestra como realidad histórica anterior a la existencia de parejas del mismo sexo.

El posmachismo intenta manipularlo todo para mantener su poder y privilegios, pero cada vez queda más al descubierto y en evidencia, como ocurre cuando se hacen dueños del modelo de relación de pareja y familiar, y al mismo tiempo intentan presentar la violencia que lo ha caracterizado como algo al margen del mismo.

La violencia contra las mujeres es consecuencia del machismo, no de unos pocos “hombres malos”, sino de toda una sociedad que acepta la cultura de la desigualdad y su violencia como forma de convivencia, y ve en las políticas y medidas a favor de la Igualdad una amenaza y un ataque a sus posiciones privilegiadas.

 

Machismo supremo

punetasLa opinión es libre, el desconocimiento no; y cuando un profesional opina de manera contraria al conocimiento que exige el ejercicio de su profesión estamos ante una cuestión de responsabilidad, no sólo de libertad de expresión.

Las declaraciones del magistrado de la Sala Primera del Tribunal Supremo, Antonio Salas, revelan, como muy bien dice, su opinión, pero esa opinión indica que está en contra de lo que recoge la ley que debe aplicar, y forma parte de un pensamiento e ideas desde el que se interpreta la realidad y da sentido a los hechos que debe juzgar, lo cual tiene consecuencias directas sobre el resultado. Y lo más significativo es que no da ningún elemento objetivo, ni cita publicaciones científicas, ni tratados internacionales que sustenten sus argumentos, todo forma parte de su opinión y de los que piensan como él.

Algo similar podría haber dicho el médico de Murcia que hace unos meses llegó a la conclusión diagnóstica de que una de sus pacientes lo que tenía es que estaba “mal follada”, y así lo escribió en la historia clínica; o lo que argumentó el profesor de la Universidad de Santiago de Compostela cuando se dirigió a una alumna para decirle que no podía concentrarse en dar la clase porque llevaba un “escote excesivo”; o lo que el exalcalde de Valladolid, León de la Riva pudo haber afirmado al comentar la amenaza de viajar con una mujer en el ascensor… Al final podrían ser “sólo opiniones”, como si esas opiniones no surgieran de un contexto social y cultural que da sentido a la realidad, y como si no tuvieran consecuencias en las decisiones de quienes actúan desde esas opiniones al generar desconfianza en ese trabajo y en las instituciones que representan.

Los argumentos-opiniones del magistrado Salas son muy significativos, aunque nada novedosos dentro de la estrategia que utiliza el posmachismo hace años como forma de resistirse a la Igualdad y a las medidas que pretenden alcanzarla, de hecho, si no fuera magistrado del Tribunal Supremo nadie se habría detenido en ellas. Veamos los dos elementos más destacados.

1.- El problema está en la desproporción de fuerzas entre hombres y mujeres. Según este planteamiento, las personas negras han sido esclavizadas, discriminadas y sometidas porque son más débiles que las personas blancas, los trabajadores del campo fueron explotados por los señoritos debido a su debilidad física, aunque luego eran fuertes para trabajar la tierra de sol a sol… y así podríamos seguir con todos los grupos discriminados. Pero el argumento de la fuerza física va más allá.

En realidad refleja la construcción cultural de la identidad de hombres y mujeres sobre la referencia biológica del sexo, a partir de la cual se asignan funciones y roles para unos y otras. Así, ser hombre conlleva como parte de su identidad las funciones de “protección y sustento” de la familia, y ser mujer las de la “maternidad y cuidado”; y desde esos roles se crea en las hombres la idea de posesión de aquello que se protege y se mantiene, mientras que en las mujeres se crea la idea de sumisión a quien te protege y mantiene. Todo lo que ocurra en nombre de esa construcción no es un error, sino una consecuencia que en algunas ocasiones se puede extralimitar, como, por ejemplo, cuando se produce una agresión y el resultado es más grave de lo previsto. Pero la construcción es tan poderosa que, entonces, en lugar de entenderla como parte de una relación donde la violencia contra la mujer está presente de manera habitual, se limita a criticar el resultado, incluso a sancionar al agresor, pero al mismo tiempo se lanzan justificaciones como que se ha debido al consumo de alcohol, drogas, a algún trastorno mental, o que se trata de un “hombre malo”. De ese modo, en lugar de entender la violencia de género como un problema estructural, se responsabiliza de ella a las circunstancias y se evita cuestionar el modelo histórico de desigualdad, que es el machismo. A partir de ahí, la desigualdad y la violencia no son reales, sino algo natural basado en circunstancias, hasta el punto de llegar a justificarlas, no en la voluntad ni estrategia de quien las usa, sino en la ausencia en la víctima de la característica que lleva a usarla en el agresor. Es lo que señala el magistrado Salas cuando justifica la violencia de género en la “ausencia de fuerza en las mujeres”, algo similar a lo que dijo el ministro Cañete sobre la “superioridad intelectual de los hombres”, destacando la ausencia de inteligencia a niveles similares en las mujeres, como argumento para justificar que haya menos mujeres en puestos de responsabilidad y decisión.

Esa ha sido una de las estrategias del machismo ahora utilizadas por el posmachismo, negar la característica en las mujeres sobre la cual construyen la función de los hombres, bien sea la fuerza, la inteligencia, la competitividad, la determinación, el criterio… o incluso negar las oportunidades a través de la educación, la formación, la experiencia… y luego justificarlo todo como una cuestión natural al orden dado. Un orden que le da a los hombres lo que les niega a las mujeres y que presenta el resultado como “natural”, no como desigualdad ni discriminación.

2.- La negación de la cultura en el origen de los problemas. Como acabamos de ver, el machismo es la propia cultura de la desigualdad que toma lo masculino como referencia universal, y organiza la convivencia sobre las características y funciones de los hombres que, además, niega en las mujeres. La estrategia del machismo ha sido construir una normalidad que invisibiliza la desigualdad y la violencia y las sitúa como parte de las circunstancias para cuestionar sólo los “excesos” ante resultados especialmente graves, aunque sin abandonar en ningún momento las justificaciones.

Cuando el magistrado Salas dice que el machismo no está detrás de todos los casos de violencia de género, olvida que esa cultura que él presenta como neutral, además de crear la desigualdad y su normalidad tramposa e interesada, ha creado la también la norma social que permite integrar la violencia de género, hasta el punto de haber llevado hasta la propia ley los valores sobre los que se sustenta. Debe recordar el magistrado que hasta los años 60 el Código Penal recogía el delito de uxoricidio, por el cual el homicidio de una mujer por su marido apenas tenía consecuencias, y que hasta hace unos pocos años el Código Civil exigía la autorización del marido a una mujer para trabajar o para salir fuera del país, entre otras cosas. Debe entender que ese contexto social y cultural es el que crea las identidades que llevan a que 700.000 hombres maltraten cada año, a que 60 asesinen, y a que sólo el 1% de la población vea en ello un problema grave (Barómetros del CIS).

La única maldad que existe es la del machismo, la del machismo activo y la del machismo que se esconde detrás de la neutralidad, del silencio y de la distancia a la realidad para que todo sigua igual, es decir, “sin Igualdad” y con violencia.

Y el machismo lo sabe, por eso ha desarrollado la estrategia del posmachismo y es tan activo en las redes sociales y en todos los ámbitos, porque sobre un aparente respeto a la Igualdad lo que en verdad está desarrollando es una crítica y ataque a todas las medidas e iniciativas dirigidas a alcanzarla, además de intentar desvincular la realidad actual y sus manifestaciones, entre ellas la violencia de género, de toda la construcción cultural e histórica que es el machismo. De ese modo mandan el mensaje de que el problema no es social, sino de unos pocos hombres “malos”, o alcohólicos, o drogadictos, o locos, o extranjeros… siempre habrá un elemento que libere a los hombres sobre la culpa de un hombre que actúe como “chivo expiatorio”.

Por ello no es extraño que todo se intente reducir a un problema de “opinión”, pues al margen de ampararse en la libertad de expresión para influir y condicionar en la sociedad, cada uno desde la posición que ocupa, pero todos minimizando el significado y las consecuencias una violencia que lleva a asesinar a 60 mujeres de media cada año sin que el 70-80% de ellas ni siquiera haya denunciado por esa normalidad que la envuelve, al hablar de opinión lo que intentan es reducir el problema a la subjetividad e ignorar el conocimiento científico y social sobre el problema y su significado. Dejar el problema en la opinión es dejarlo al margen de la educación, de la formación y de la especialización que, en definitiva, es otro de los argumentos del magistrado Salas en contra de lo que muchos jueces y juezas piden cada día mientras hacen un magnífico trabajo sobre los casos de violencia de género que les llegan.

El conocimiento nos hace libres, por eso el machismo insiste tanto en el desconocimiento sobre la realidad de la desigualdad y la violencia de género, porque el poder está basado en la fuerza y en el desconocimiento. Nada es casual, y en la era Trump hemos entrado en un machismo exhibicionista y con una intensidad y beligerancia como no habíamos visto desde hace años. El diagnóstico es claro: estamos ante un “machismo supremo”.