Hombres incompletos

Pensar que la historia se repite es un exceso, casi una visión romántica de una realidad caracterizada por lo contrario, por una continuidad invariable que nos hace creer que cuando el problema no se manifiesta en toda su intensidad ha desaparecido. Pero en verdad está ahí, continúa porque las circunstancias que dan lugar a él permanecen, y lo único que cambia es su grado de expresión. Por eso la historia no se repite, simplemente no cambia.

Y eso es lo que ahora demuestran los argumentos que utiliza el posmachismo para atacar a las mujeres e intentar demostrar su inferioridad. El posmachismo no sólo continúa con la versión más tradicional del machismo exhibicionista con hombres como Donald Trump, el eurodiputado polaco, Janusz Korwin-Mikke, los empresarios de Chile y su muñeca hinchable, o muchos hombres anónimos cada día… sino que recupera ideas tradicionales con un argumento actual. Viene a ser lo que Claude Levi-Strauss llamaba la reactualización del mito, pero en este caso elevado a toda su potencia en lo que supone una “reactualización del machismo”.

La idea de base sobre la que se levanta toda esta argumentación es la sempiterna inferioridad de las mujeres y su dependencia de los hombres, hoy recuperada sobre referencias concretas alrededor de la “debilidad física”, la “menor inteligencia” y la “incapacidad personal” para asumir ciertas responsabilidades. Ante este planteamiento la conclusión que utilizan para justificar su machismo no sólo insiste en la inferioridad de las mujeres, sino que tratan de destacar su maldad comparándolas con los peores hombres, y dicen que si las mujeres no maltratan más es porque tienen menos fuerza física, si no ocupan puestos de mayor responsabilidad y decisión se debe a que son menos inteligentes, y por tanto, si no se ven envueltas en temas de corrupción, no es porque entiendan el ejercicio del poder de otra manera, sino porque no están en las posiciones desde las que actuar de modo similar a los hombres. Y para demostrar su argumentación recurren a los típicos casos aislados para generalizarlos y dar por cerrada su argumentación teórico-práctica sobre la inferioridad y maldad de las mujeres.

El razonamiento es sencillo y sintónico con las ideas, valores y creencias tradicionales de la cultura machista, con lo cual aparecen cargados de razón y sentido, y a penas generan crítica y rechazo. Todo parte de tomar al hombre como referencia y de asignarle una serie de valores positivos a su condición, de manera que desde el bueno de Adán hasta el último hombre “denunciado falsamente” por violencia de género, la historia siempre ha sido así y con una mala mujer cerca para explicarla.

Bajo esa idea, como los hombres son fuertes, inteligentes y capaces, además de buenos, y las mujeres no son hombres, pues se toma como referencia el elemento que da objetividad al argumento, es decir, la fuerza física a partir del elemento biológico dado por el sexo, y se da por buena toda la argumentación en lo físico (hombres fuertes, mujeres débiles), en los psicológico (hombres más inteligentes, mujeres menos inteligentes), y en lo conductual (hombres capaces, mujeres incapaces). Y además, se le añade el otro argumento también por comparación, de manera que como el hombre es bueno, de hecho sólo hay que ver cómo el Derecho ha utilizado históricamente la figura del “buen padre de familia” para decidir sobre la conducta en términos de justicia, pues las mujeres que no llegan a lo de los hombres son malas, y además, perversas en su razonamiento.

Al final todo queda explicado bajo esa construcción y todo tiene sentido en esta sociedad para ocultar la desigualdad y su significado, y reducirlo todo a las consecuencias de la condición propia de hombres y mujeres o a determinadas circunstancias. Bajo esa idea no hay desigualdad ni machismo, sólo que los hombres son más fuertes, más inteligentes, más capaces y más buenos, y por tanto, las mujeres más débiles, menos inteligentes, más malas y menos capaces. Nada nuevo en el fondo, pues hasta la violencia de género la explican bajo la idea de que “algo habrá hecho la mujer (mala) para que el hombre (bueno)” le “haya tenido que pegar”.

Ya Sigmund Freud, a principios del siglo XX, lo explicó y le dio trascendencia psicodinámica al hablar de “complejo de castración” y de la “envidia de pene”, y tomar el falo como referencia y, en consecuencia, a los hombres como portadores de esa referencia de personalidad e identidad, y a las mujeres como unas eternas aspirantes en su frustrada búsqueda. De ese modo, las mujeres siempre estarán limitadas por ser “hombres incompletos”, y los hombres siempre están en riesgo ante esa “castración social” a la que puede llevar no ser hombre según el modelo tradicional, por lo que la Igualdad es presentada como la cuchilla afilada dispuesta a llevar a cabo esa “amputación social” de los hombres.

Que hoy, en pleno siglo XXI, todavía haya hombres y una cultura que considere que las mujeres son “hombres incompletos” y, por tanto, inferiores, débiles e incapaces, no demuestra ignorancia, sino cómo el conocimiento está sometido a la ideología de quienes prefieren mantener las posiciones de poder, antes que enfrentarse a su propia y limitada realidad, no como pérdida, sino como enriquecimiento para convivir en paz.

La única castración que existe es en los derechos de las mujeres y, por tanto, en la justicia social; por eso muchos hombres tienen miedo a la Igualdad, porque saben que el machismo, o sea, nuestra cultura, es una construcción levantada sobre el abuso y el poder, y no quieren perder sus privilegios en esa especie de “falocracia cultural y social” en la que viven.

 

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El sexo abusador

Llamar fuerza al abuso es como llamar lluvia al invierno.

Los hombres no son el sexo fuerte, sino el sexo abusador. No es la fuerza física la que lleva a someter a las mujeres, a discriminarlas, a acosarlas, a maltratarlas y a asesinarlas, sino la posición de poder que ocupan en la sociedad y la sociedad que ocupan y hacen suya desde ese poder que se han otorgado a sí mismos. Por eso el resultado es la combinación de la situación individual de cada uno de ellos y del contexto social que los ampara a todos para hacer de él un instrumento de control de las mujeres por medio de la desigualdad.

Ninguno de los hombres que maltrata y somete a su pareja lo hace desde su mayor fuerza física, por eso ningún hombre, aunque mida 1’90 de estatura y tenga una complexión atlética, puede someter a una mujer si no se dan las condiciones que la sociedad ha puesto para hacerlo a través de la relación de pareja; podrá agredirla, pero no someterla. Es cierto que la fuerza física aparece como un factor añadido, pero el control, el dominio y el sometimiento que ejercen sobre las mujeres con las que mantienen una relación no se consigue al abalanzarse sobre ellas, golpearlas, retenerlas y secuestrarlas para después amenazarlas desde esa fuerza física que se alega, todo lo contrario.

El control se consigue desde el poder que da la cultura y que lleva a imponer a las mujeres criterios en nombre de la normalidad, y a corregirlas y castigarlas por medio de la violencia según interpreten sus conductas y su adecuación a las referencias de esa cultura machista que ellos mismos se encargan de valorar.

Por eso la violencia comienza con un proceso de aislamiento en el que el agresor separa a la mujer de sus fuentes de apoyo externo, fundamentalmente la familia y amistades, para, de ese modo, impedir que la mujer tenga a quién acudir cuando se produzcan las agresiones. Y por esa razón la violencia aumenta conforme su situación es de mayor vulnerabilidad y aislamiento, de ahí esa “evolución cíclica de intensidad creciente” que describen los estudios. Y cuanto más sometida está la mujer, más violencia ejerce el hombre, puesto que no es la fuerza física la clave ni una ganancia de masa muscular en el gimnasio la que la explica, sino el abuso de esa posición que da la cultura machista, y que cada maltratador adapta a su situación particular para abusar más y hacerlo con mayor impunidad.

Esa es la razón que lleva a encontrar que la violencia de género aparezca con más intensidad en los contextos de mayor vulnerabilidad, como sucede en el medio rural, donde el control social actúa como un colaborador imprescindible y hace que las calles se llenen de silencio, y como ocurre en mujeres con menos redes sociales y apoyo, como les pasa a las mujeres extranjeras. Pero también les sucede a las mujeres con discapacidad, en las que a la dependencia social y cultural se une le material.

El informe presentado por la Fundación CERMI el pasado 3-4-17 muestra cómo las mujeres con algún tipo de discapacidad sufren más violencia de género, y ello se debe al abuso de la posición de poder que lleva a cabo el hombre maltratador, no por una mayor fuerza física. Los datos de la Macroencuesta de 2015 mostraron que la prevalencia de la violencia de género en mujeres con discapacidad es más del doble, y mientras que en las mujeres sin discapacidad es del 12’5%, en las mujeres con discapacidad se eleva al 31% debido al abuso que dificulta denunciar la situación o salir de ella, tanto por las consecuencias de la violencia, como por las circunstancias personales y sociales.

La desigualdad de la cultura machista no es una cuestión material en la que la mejor parte de la distribución de tiempos, espacios y funciones se la llevó quien partió y repartió, sino que es una estructura de poder que, por tanto, tiende a perpetuar la situación y a acumular más poder. Y al igual que todo el mundo entiende que “el movimiento se demuestra andando”, como dijo Diógenes, también hay que entender que “el poder se demuestra abusando” como manera de demostrar que se está por encima de lo formal, puesto que hacer lo que hay que hacer no demuestra poder, sino responsabilidad. Y ese abuso sirve para conseguir más poder y para reforzar las posiciones desde las que se ejerce, y mantenerlas como adecuadas a la condición del hombre que abusa y presenta la situación como parte de la normalidad.

La cultura machista ha sido diseñada desde la desigualdad y construida sobre el poder, por eso cuenta con los mecanismos de dependencia necesarios para retener a las mujeres dentro del abuso al vincularlas a lo doméstico y, en consecuencia, instaurar una dependencia material y económica a su abusador, y por medio de unas referencias culturales que la llevan a decir lo de “mi marido me pega lo normal” o “mi marido me pega, pero por lo menos le importo”. Todo eso no es por fuerza, sino por abuso.

La fuerza física sólo ha sido el argumento para ocultar la construcción de poder sobre la ideología de quien se cree superior, y para presentar el abuso continuado como violencia ocasional y luego hacer creer que se trata de un accidente. De hecho, últimamente vemos cómo desde el posmachismo, en esa obsesión que tienen de presentar a las mujeres como las “malas y perversas de la historia”, hablan de que las mujeres no maltratan más porque tienen menos fuerza física. Ya no les vale repetir que “ellas también maltratan, pero psicológicamente”, y ahora pasan a mostrarlas como “maltratadoras incapaces” para insistir en sus limitaciones sin cuestionar su maldad.

Los hombres que no rechazan la identidad tradicional impuesta por el machismo son el sexo abusador, y lo son a través de la cultura y de la violencia individual que ejerce cada uno de ellos. Reducir toda esa elaboración a una cuestión de fuerza física es otro argumento que demuestra que estamos ante una situación de poder y abuso.