La Haya, haya o no haya…

El Derecho está lleno de excepciones que evitan aplicar su literalidad en algunos casos, y más aún de manera automática sin atener a las circunstancias en las que han sucedido los hechos. Algunas de estas excepciones quedan recogidas en la propia ley, dada su frecuencia y significado, como por ejemplo ocurre con la legítima defensa, el miedo insuperable, el arrebato… mientras que otras se basan en la interpretación de la norma a partir de principios, la Jurisprudencia y demás referencias. El Derecho, y quien lo aplica, sabe que una persona puede llevar a cometer un ilícito penal bajo determinadas circunstancias que modifiquen su significado y responsabilidad y que, por tanto, la aplicación literal de la ley puede traducirse en una injusticia, de ahí la investigación primero, y su valoración y enjuiciamiento posterior, pues tampoco vale, una vez llevada a cabo la investigación, aplicar automáticamente el Derecho sobre los resultados obtenidos. Si fuera así lo que necesitaríamos serían potentes computadoras y personas expertas en informática, no juzgados ni jueces, juezas, Ministerio Fiscal, juristas…

La grandeza del Derecho es esa, aplicar la norma a las circunstancias de cada caso, lo mismo que sucede en otras disciplinas, como por ejemplo en Medicina, donde el conocimiento científico y los protocolos se adaptan a la situación de cada paciente, no se aplican de manera automática argumentando que eso es lo que dice la ciencia, pues hacerlo así podría suponer graves consecuencias sobre la salud en determinados casos.

Lo que ha sucedido con Juana Rivas se parece más a esa aplicación automática y literal del Derecho que a una respuesta en justicia desde el punto de vista social. Y no es un error, sino la respuesta consecuente a una forma de interpretar el Derecho y a la demanda pública que han hecho desde un determinado sector de la sociedad que no ha parado de pronunciarse a través de las redes y medios, incluyendo magistrados, magistradas, juristas, profesionales de la Psicología… y tantos otros.

Desde el primer momento, sin atender a las razones que daba Juana Rivas ni a la situación y consecuencias sobre sus hijos, un sector importante de la sociedad exigió la inmediata restitución de los niños a Italia, país donde residían, y la entrega al padre, nada importaba que la madre manifestara que su conducta y decisión de no entregar sus hijos se debía a una situación de violencia de género. Todo lo contrario, sólo por plantearlo, la intensidad de la crítica y la consideración de Juana como una mala mujer llena de perversidad, fue aumentando conforme pasaban los días; y sin ninguna prueba ni elemento objetivo, la propia denuncia de violencia de género para ese sector era la demostración objetiva de que no existía la violencia y que todo era una instrumentalización para quedarse con los niños, curiosamente el mismo argumento que repiten a diario desde el posmachismo ante la violencia de género que asesina cada año a 60 mujeres, para desviar la atención.

Todo forma parte de esa reacción contra la Igualdad y las personas que la defienden, y curiosamente, lo dicen las mismas personas que comentan que el padre nunca fue condenado por violencia de género, a pesar de que existe una sentencia en la que consta como hechos probados la agresión. ¿Qué credibilidad tienen los que niegan la violencia reconocida en una sentencia judicial cuando dicen sin investigar que ahora no hay violencia? Evidentemente ninguna, pero como hablan desde la voz del machismo resultan creíbles para muchas otras personas.

El machismo es la cultura, no la conducta cuando sobrepasa determinados límites y se convierte en algo “incómodo” o reprobable. Y como tal cultura determina la realidad y condiciona el significado que se da a los hechos que ocurren como parte de ella, puesto que son las ideas, valores, mitos, estereotipos… y las identidades definidas por esa cultura las que otorgan un sentido a la realidad que se considera adecuada para convivir y definir las relaciones en sociedad. Las personas, todas, se socializan sobre esas referencias como hombres y mujeres, y entienden que es normal lo que la cultura dice que es normal, por eso todavía hoy un 3% de personas en la UE entiende que la violencia de género está justificada en determinadas ocasiones (Eurobarómetro, 2010), y un 44% de las mujeres que no denuncian la violencia que ejercen sus maridos no lo hacen porque “no es lo suficientemente grave”, o sea, “normal” (Macroencuesta, 2015). Y como son referencias determinadas por la cultura, están presentes en todas las personas, da igual que ejerzan su profesión en medicina, en la judicatura, en fiscalía, en el derecho o en la educación… esa forma de entender la realidad no es consecuencia de la formación profesional, sino de la vida en sociedad. Y para desprenderse de esos mitos, prejuicios y estereotipos hace falta formarse, por eso tanto el CGPJ, como la FGE o el Consejo General de la Abogacía, por circunscribirnos al ámbito del Derecho, realizan múltiples cursos de formación en violencia de género, puesto que la respuesta ante los casos no es cuestión de opinión, sino de conocimiento.

Justo lo contrario a lo que hemos visto en el caso de Juana Rivas, mucha opinión y poco conocimiento técnico para abarcar todas las circunstancias que tiene el caso, puesto que para aplicar la literalidad del Convenio de La Haya sólo hace falta saber leer, y no me refiero con ello a las decisiones puntuales, sino al debate general.

Por lo tanto, afirmar que el machismo no influye en lo que ha sucedido es la forma más clara de demostrar que lo ha hecho, puesto que quien lo dice ignora el contexto de significado creado por la cultura y su normalidad machista, y cree que machismo sólo es una conducta aislada cuando sobrepasa el umbral considerado como adecuado en cada momento. Y es ese machismo normalizado, aparentemente invisible y teóricamente anónimo, el que históricamente ha desarrollado un Derecho que ha desconsiderado la violencia contra las mujeres, llegando a incluir el delito de uxoricidio por el que el homicidio de la mujer resultaba prácticamente impune, o el que hasta 1989 consideraba la violación como un delito contra el honor, no contra la libertad sexual, o el que establecía normas para que las mujeres tuvieran que pedir permiso a sus maridos para trabajar o viajar al extranjero… y en todos esos momentos había magistrados, fiscales y grandes juristas que decían que eso no era machismo, que era producto de la racionalidad humana, o sea, masculina. Justo lo mismo que dicen hoy ante el Derecho actual.

Por eso es el machismo quien niega la violencia de género que denuncia Juana Rivas, pero sin investigarla a fondo, y el que pone como ejemplos de que no existe dicha violencia manifestaciones que forman parte habitual de ella, como ocurre con las mujeres que regresan con el maltratador, con las que no lo denuncian, o con las que lo hacen una vez que se sienten seguras y protegidas, con las que después de denunciarlo la retiran días más tarde…

Y desde esa misma visión machista de la normalidad dicen que la justicia ha de aplicar la ley, es decir, el Convenio de La Haya, sin atender a las circunstancias, sino a su literalidad. Una rigidez que sorprende, puesto que no es la que se mantiene en muchos otros casos y situaciones, hasta el punto de que el Estado español ha sido condenado por Tribunales y organismos internacionales tanto por aplicar la ley atendiendo a circunstancias particulares, como sucedió con la condena del Tribunal Europeo de Derechos Humanos por la llamada “doctrina Parot”, como por no aplicar la ley atendiendo a las especiales circunstancias de los hechos denunciados, como ha ocurrido en el caso de Ángela González y la condena del comité de la CEDAW de Naciones Unidas. Dos casos, cada uno en un sentido, que muestran que la literalidad de la ley no es el único elemento a tener en cuenta para hacer justicia.

Pero la situación del caso de Juana Rivas es aún más sorprendente, puesto que esa literalidad en el Convenio de La Haya dice en su artículo 13.b: “la autoridad del Estado requerida no está obligada a ordenar la restitución de la persona… si existe un grave riesgo de que la restitución del menor le exponga a un peligro grave físico o psíquico o que de cualquier otra manera ponga al menor en una situación intolerable”, y por lo tanto, el propio enunciado del Convenio de La Haya da pie para que la restitución no se haga de manera automática, y que se atiendan las circunstancias para evitar un riesgo para los menores.

La pregunta es sencilla, si el Derecho se debe aplicar atendiendo a las circunstancias, si el propio Convenio de La Haya recoge como circunstancias a tener en cuenta un posible peligro para los menores, si la violencia de género implica una situación de riesgo para los niños, y si Juana Rivas, la madre de esos niños, denuncia una situación de violencia de género actual, existiendo, además, el antecedente de una condena contra el marido por maltrato y situaciones compatibles con dicha violencia, ¿por qué no se ha investigado a fondo la denuncia y se ha procedido a realizar una valoración científica del riesgo sobre los niños?.

No se ha hecho, lo cual indica que para muchos prevalece el regreso sobre el riesgo, ante lo cual sólo caben dos posibilidades, o no se ha creído la denuncia interpuesta por Juana Rivas, o no se considera que la violencia de género suponga un riesgo para los niños, y las dos son un grave error, sobre todo cuando la solución es tan sencilla y asequible como investigar unos hechos, tal y como se hace a diario en nuestro país, y luego decidir en consecuencia sobre la protección de los menores, no sobre los hechos y si deben ser investigados en Italia. La decisión podría haber sido la misma, pero las garantías no.

Que la defensa que hemos visto estos días por parte de profesionales del Derecho, la Psicología, y de un amplio sector social haya sido aplicar el instrumento que permite devolver los hijos de manera automática a un padre condenado y denunciado por maltrato sin aclarar si esa decisión conlleva un riesgo para ellos, demuestra que para esa parte de la sociedad que defiende lo que el machismo ha establecido, lo importante es La Haya, haya o no haya justicia, pues en definitiva supone proteger la realidad que el machismo ha creado, esa que habla de que las mujeres son “malas y perversas” y que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”, y los instrumentos desarrollados para lograrlo.

Lo dije hace muchos años, no se puede establecer la Justicia desde la injusticia, y una sociedad machista y sin Igualdad no es justa.

 

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Juana y Juan

El machismo siempre es muy gráfico en sus juicios, de hecho gran parte de su capacidad se basa en los prejuicios creados con su cultura, los cuales anticipan la realidad deseada para garantizar el resultado.

Por eso sabemos que Juana Rivas está condenada desde el primer día, lo vemos a diario cuando desde el machismo ya la consideran autora de cualquier delito que se le pueda imputar sin necesidad de que haya sentencia alguna ni presunción de inocencia que la ampare. Juana ya es culpable de “sustracción de menores”, “secuestro”, “obstrucción a la Justicia”, “denuncia falsa”… y no sé de cuantas cosas más. De todo ello se encarga el machismo y sus secuaces en una sociedad que interpreta la realidad sobre las referencias, los mitos y los estereotipos que crea el machismo, y que luego lleva hasta un Derecho que no tiene prisa en adaptarse a las nuevas circunstancias sociales, ni en lo formal ni en su espíritu.

Por eso los mismos machistas que no se cansan de afirmar que los hombres no tienen presunción de inocencia ante una denuncia por violencia de género, aunque en la práctica sólo condenen al 5% de todos los maltratadores que existen en España, tal y como explicamos en “Machismo impune”, y que niega la violencia que ejercen los hombres incluso cuando hay sentencia condenatoria, son los que ya han condenado a Juana Rivas sin necesidad de probar nada ni sentencia alguna. Lo dicen ellos y basta.

El contexto de significado que crea el machismo hace que Juana Rivas sea considerada como una mala madre y una mujer perversa por intentar alejar a sus hijos de un padre maltratador, y que su exmarido, Francesco Arcuri, condenado por violencia de género y vuelto a denunciar en el presente por la misma razón, sea un buen padre sin necesidad de investigar nada, pues se parte de la base de que Juana está dispuesta a utilizar e instrumentalizar cualquier cosa y a todo el mundo con tal de conseguir su objetivo, que para ellos no es otro que “quitarle los hijos a su padre”.

Todo lo que se diga desde la autoridad de la palabra del machismo resulta creíble, aunque sea contradictorio. Y aunque el peso de su palabra es lo suficientemente elevado como para convertirlas en verdades, para evitar conflictos el machismo habitualmente recurre a los estereotipos que él mismo ha creado sobre las mujeres y la violencia de género para demostrar que lo que dice es cierto y verdadero.

Entre las falacias del caso de Juana Rivas que han montado a lomos de los estereotipos y mitos, nos encontramos los siguientes:
. Juana Rivas ha interpuesto una denuncia falsa para “beneficiarse”. Ante esta afirmación nos hacemos la pregunta de cuál es el beneficio que puede obtener Juana con esa conducta, puesto que de una manera u otra ella tendría también la custodia tras la separación. Si ella tendría la custodia, al final la conclusión es sencilla, y quienes afirman que ha denunciado falsamente a su exmarido presentan el “beneficio” de Juana en el daño que pueda hacerle al padre quitándole los hijos. Nunca piensan que el beneficio podría ser separar a unos hijos de un contexto de violencia, y todo ello porque la situación se analiza bajo el mito de la perversidad y maldad de las mujeres.

. No hay violencia porque “Juana volvió con su marido tras la condena por maltrato”. Una afirmación de este tipo demuestra un gran desconocimiento de la violencia de género y del impacto psicológico que produce en las mujeres que la sufren. Un daño que facilita el regreso con el agresor, y dentro del cual puede producirse un embarazo, puesto que tal y como recoge la OMS, entre otros factores que pueden dar lugar al embarazo, en el 45% de los casos de violencia de género se producen agresiones sexuales por parte del agresores, que obligan a las víctimas a mantener relaciones sexuales cuando ellos deciden y como ellos quieren. Los juzgados en España están llenos de diligencias por el reinicio de relaciones tras una sentencia condenatoria, algunas incluso con orden de alejamiento en vigor, y en muchos casos el homicidio se ha producido tras ese reinicio de la convivencia. ¿Tampoco existía violencia en esos casos?

. También dicen que no había violencia porque “no denunció antes”, otro ejemplo manifiesto del gran desconocimiento de la dinámica de la violencia de género, que aísla a las mujeres que la sufren, las hace sentirse culpables, y las atrapa en la propia relación violenta. La situación es tan grave que a pesar de los 60 homicidios anuales sólo se denuncian alrededor del 75-80% de los casos, y muchas mujeres permanecen en la relación sin interponer denuncia alguna en situaciones de violencia tan graves que terminan en el asesinato, como sucedió en el 76% de los homicidios de 2016.

. Niegan la violencia por la conducta y actitud de Juana, y no se cortan en juzgar sus decisiones y su vestimenta, cuestionándola porque aparece “arreglada y maquillada”… Resulta difícil entender que tras tantos años volvamos a los argumentos que dieron ante la denuncia de Carmina Ordoñez, cuando el juez dijo que no tenía “perfil” de mujer maltratada, o como aquel otro juez de Barcelona.  , que entre los argumentos que utilizó para negar la existencia de violencia dijo que la víctima se presentó en el juicio (¡dos años después de los hechos!), “vestida a la moda” . La imagen estereotipada de las mujeres maltratadas aún prevalece sobre la realidad. Por lo visto las ojeras de Juana, sus lágrimas y sus palabras entrecortadas no cuentan, pues para el machismo forman parte de las armas y la mentira perversa de las mujeres. De todas formas, si hubiera aparecido sin arreglar y maquillar dirían que es una manipuladora y que lo hizo para dar lástima “porque sabe que  no tiene razón”.

Y todos estos elementos influyen en la sociedad y en quien aplica el Derecho, pues forman parte de esa misma sociedad que el machismo ha hecho normal. Lo hemos visto en algunas de las frases recogidas en las resoluciones judiciales que se han dictado estos días.

Quizás por ello el Derecho no tenga prisa en cambiar y dejar atrás aquellas referencias que se vuelven en contra de quien sufre la violencia de género. Es lo que ha sucedido en el acuerdo sobre el “Pacto de Estado contra la violencia de género”, donde no se ha incluido impedir que se aplique en estos casos el artículo 416 LECrim, un artículo del siglo XIX que no tiene sentido alguno en la violencia de género y que, sin embargo, se mantiene a pesar del grave daño que produce en las mujeres al facilitar que no declaren contra su agresor y que se archiven los casos.

Y también tenemos esa falta de voluntad en adaptar el Derecho a la realidad cuando se mantiene sin modificar el Convenio de La Haya, que obliga a la restitución de los menores a su país de residencia. Un convenio de 1980, cuando la violencia de género era ignorada a nivel institucional, que se aplica de manera automática 37 años más tarde sin tener en cuenta las circunstancias del momento actual, y sin considerar el espíritu del propio Convenio cuando habla de que no se aplique en caso de riesgo para los menores. Claro, que cuando la violencia de género no se ve como riesgo no hay por qué dejar de aplicarlo.

Todo esto ocurre por tomar como referencia a los hombres y a lo que ellos han considerado justo para organizar la convivencia y resolver los conflictos. Si en lugar de esa visión masculina existiera una mirada desde la Igualdad, en el caso de Juana Rivas lo primero que se haría sería investigar a fondo los hechos denunciados por la madre, no verla como una persona interesada dispuesta a denunciar al padre para hacerle todo el daño posible. Y lo segundo sería tomar las decisiones sobre el resultado de esa investigación, no decidir no hacerla porque si se hace significaría “entrar en el juego de esa mala mujer”.

Por eso el machismo, en lugar de facilitar ese tipo de decisiones que deberían aclarar la verdad, las intenta evitar para que no quede de manifiesto toda la estrategia levantada sobre los mitos, los estereotipos y sus prejuicios con sentencia condenatoria. Por eso avivan la llama contra Juana y dicen eso de “si Juana fuera Juan ya estaría en la cárcel”, y de ese modo intentar poner de manifiesto que el Derecho en realidad va contra los hombres, y potenciar su mensaje de victimismo para que se compense con una “sentencia ejemplar” contra Juana.

El ejemplo más claro de esta diferente forma de interpretar y dar significado a la realidad nos lo ha traído la actualidad. El pasado día 23-8-17 un hombre asesinó a su suegra en Galicia y se llevó a un hijo de 21 meses, dejando al otro. Nadie habla de maldad, ni de la perversidad de ese hombre ni de otros muchos maltratadores que cada año rompen la vida de sus hijos e hijas con la violencia de género (840.000 cada año según la Macroencuesta, 2011), y que en este 2017 ya han asesinado a 6 hijos e hijas.

Juana debe ser muy mala por querer apartar a sus hijos de su padre maltratador, Juan, ese hombre que maltrata a diario y que incluso llega a matar a sus hijos, es un buen padre. Es lo que nos dice el machismo.

 

 

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Machismo “non sequitur”

El machismo es la gran mentira capaz de crear una realidad, y luego desaparecer en ella para que todo suceda aparentemente al margen de su influencia; hasta el punto de hacer creer que son las circunstancias, la costumbre, la tradición, las “personas individuales”… las que, dependiendo de la situación, explican los resultados y acontecimientos de su realidad.

Así nadie es responsable de nada, lo vemos en violencia de género, en la que a pesar de los asesinatos repetidos año tras año, todavía intentan presentar cada uno de ellos como producto de su contexto particular, negando las circunstancias comunes a todos ellos. Y lo vemos cuando los hombres se sienten atacados al hablar de una violencia que protagonizan otros hombres, hasta el punto de criticar las medidas dirigidas a acabar con una violencia que hace que cada año 60 hombres asesinen a 60 mujeres y 600.000 hombres maltraten a un número similar de mujeres, sólo por considerar que van “contra todos los hombres”. Por lo visto, para ellos esos crímenes no son un problema social y prefieren cualquier cosa antes que cuestionar el “nombre del hombre”, incluso impedir las medidas específicas dirigidas a evitar la violencia que sufren las mujeres como consecuencia del machismo. Ellos piden medidas generales dirigidas contra la “todas las violencias”, aunque se pierda eficacia y se dejen sin abordar los elementos específicos y los factores de riesgo concretos de la violencia de género.

Cuando muchos hombres se sienten atacados al hablar de machismo y dicen con agresividad que se está generalizando el problema a todos los hombres, lo que demuestran es que son machistas y que en verdad se sienten identificados con esas referencias que cuestionan, pues de lo contrario no se verían afectados por esas críticas, como no lo hacen muchos otros hombres. Pero, además, es que al referirnos a la violencia de género hay que hablar de hombres, pues nos referimos a una violencia que forma parte de la cultura creada sobre la referencia de los hombres, y dirigida a mantener su orden como un comportamiento considerado parte de la normalidad. Por eso se trata de una conducta reservada y desarrollada por los hombres que lo decidan a partir de esas referencias, por lo tanto, hablar de violencia de género es hablar de hombres que la llevan a cabo, de hombres que callan ante ella, y de la complicidad social que la permite como una de las muchas conductas “propias de hombres”. Referirse en estas circunstancias a “los hombres” no es un error ni significa que “todos los hombres” sean maltratadores, lo mismo que cuando se dice que “los españoles almuerzan y cenan tarde” no significa que “todos” los españoles lo hagan.

El machismo muestra toda su violencia y poder en este tipo de estrategia de la confusión, pero el mismo tiempo revela con su actitud que ha sido descubierto, y que el feminismo y la Igualdad avanzan de manera decidida para desenmascarar su mentira y los privilegios construidos sobre la injusticia. Por eso responden con tanta beligerancia ante los argumentos y las personas que los cuestionan, mientras callan ante la violencia contra las mujeres de cada día.

Siempre han contando con poderosas herramientas para conseguir mantener la imposición de su cultura, una de ellas ha sido la violencia normalizada e invisibilizada, y otra el peso de su palabra para hacer verdad todo lo que digan. Pero claro, como ya no pueden decir, al igual que hacían antes, que los hombres son el centro del universo, que las mujeres son inferiores intelectualmente, o que están predispuestas a la obediencia y al cuidado, aunque todavía haya algún romántico que lo diga públicamente, lo que hacen con su posmachismo de la confusión es recurrir a la falacia, pues saben que en ellos no se ve como tal mentira.

Y el machismo es especialista en lo que los griegos llamaban “falacia non sequitur”, basada en alcanzar la conclusión a partir de una premisa falsa, generalmente relacionada con la afirmación realizada por otra persona, pero que en verdad no ha dicho. Por ejemplo, si alguien dice estoy en Japón, sería falaz afirmar que esa persona ha dicho que está en Tokio, pues estar en Japón no significa que se esté en esa ciudad, por muy típica y poblada que sea.

Por eso el machismo recurre a sus falacias non sequitur para intentar poner en boca de otras personas lo que no han dicho, pero que él necesita para poder justificar su violencia y ataques contra esas personas y las ideas y valores que representan.

Es uno de los argumentos que más utilizan en su estrategia de presentar a los hombres como víctimas de una especie de “conspiración feminista intercontinental” basada en la falacia non sequitur. Por eso cuando se dice que los autores de la violencia de género son hombres o que el machismo está protagonizado por hombres, los machistas aplican su falacia y dicen que se ha afirmado que “todos los hombres” son maltratadores y que “todos los hombres” son machistas, aunque luego sean tan incongruentes que se dedican a atacar a otros hombres y los llamen “traidores”, “feminazis”, “planchabragas” o “manginas” por “no ser hombres de verdad”. ¿No dicen que la Igualdad considera a todos los hombres machistas…? Absurdo, pero ellos son así.

Es lo que ha ocurrido estos días cuando hemos hablado de un modelo de sociedad machista basado en la desigualdad y en la violencia, especialmente contra las mujeres por ser la desigualdad de género la esencia de su construcción, pero que luego extienden a otras circunstancias en las que el diferente se considera un enemigo, hasta el punto de que el 95% de los más de 500.000 homicidios que se producen cada año son cometidos por hombres, tal y como reflejan los informes de Naciones Unidas. En lugar de detenerse a reflexionar sobre estas situación y ver la relación entre machismo y otras violencias, saltan al ataque e intentan generar confusión a través de una falacia non sequitur al afirmar que se ha dicho que todos los hombres son maltratadores, que todos los musulmanes son terroristas, que todos los colombianos son narcotraficantes… o que la única violencia que importa es la dirigida contra las mujeres para beneficiar al “lobby feminista”… Siempre usan el mismo argumento falaz con distintas justificaciones con el objeto de desviar la atención del problema estructural.

Si para los machistas el machismo no tiene nada que ver con los problemas que existen en la sociedad construida sobre sus referencias, ¿por qué les preocupa tanto, entonces, que se trabaje en el análisis de las posibles relaciones entre ese “machismo inocente” y las consecuencias que se producen?

Ya no engañan a nadie aunque sigan utilizando sus posiciones de poder, de manera que debemos agradecer estos ejercicios agresivos y violentos que ponen de manifiesto la estrategia que los deja en evidencia. Mientras ellos se dedican a todo ese juego la Igualdad avanza, y cada día hay más mujeres y más hombres que rechazan al machismo, a los machistas y a su violencia.

“Los Machonautas”

“LOS MACHONAUTAS” (Machistas de playa -IV-)

No hay nada como el verano para navegar, es la estación idónea para subirse a una nave y surcar las aguas de los mares y el aire de las ideas, que durante el resto del año permanecen retenidas por las esclusas de las circunstancias. Y eso lo saben muy bien los machistas de playa, ellos que son los dueños del tiempo de la historia, son conscientes de que el calor ablanda los días y hace de ellos una especie de chicle elástico que se estira sin límite para pegar conciencias y cerrar los párpados a la realidad. Por eso, a pesar de su retiro y de su distancia estival, se dedican a navegar por las redes y estar en todos y cada uno de los lugares donde un “macho” sea necesario para decir “lo que es verdad y mentira”, y para corregir cualquier afirmación que se haga desde el feminismo o en nombre de la Igualdad. Son los “Machonautas”, la marina del machismo, y siempre están atentos, pues para ellos cualquier “serpiente de verano” es la misma a la que Eva le pisó la cabeza para salir victoriosa de su encuentro.

Los “Machonautas” surcan dos tipos de aguas, las del machismo y la de las redes sociales. Navegan por el machismo para redescubrir el mismo destino una y otra vez y no sentirse fracasados en sus viajes a ningún lugar. Por medio de esa estrategia aparentan traer de cada uno de esos destinos algún fruto con el que sus seguidores se sientan estimulados en su lucha, pero como siempre visitan los mismos prejuicios, los mismos mitos, los mismos estereotipos… lo que hacen, como expertos manipuladores que son, es cambiar el nombre de sus viajes para así presentarlos como lugares diferentes… De ese modo, unas veces dicen que han ido hasta la tierra del “hembrismo”, otras al territorio de las “personas feminazis”, en otras ocasiones hablan de que han llegado hasta el “país de las denuncias falsas”, que está justo al lado de la “selva de las amazonas violentas”, y que por tanto, también dicen visitar con frecuencia… El mensaje que traen siempre es el mismo, pues viajan a bordo de la nave del machismo, pero en cada ocasión lo presentan como algo distinto al cambiarle el nombre.

El otro tipo de aguas por el que viajan los “Machonautas” es el de las redes sociales, unas aguas que con demasiada frecuencia corren bravas, pero que ellos siempre se encargan de volver turbulentas por eso de la ganancia que obtienen los “pecadores” en las aguas revueltas.

Entran en las redes como los cuatreros en los poblados de las películas del viejo Oeste, disparando “a siniestro y a siniestro”, pues suelen ser muy respetuosos con todo lo situado a la derecha, y como hacen las buenas bandas, en cuanto uno comienza a disparar todos los demás lo siguen a ver quién es capaz de pegar más tiros en menos tiempo. No tienen miedo a herir a alguien, saben que el shérif está de parte del cacique de lugar y sus secuaces.

Los “Machonautas” tienen espíritu invasor, dado su carácter agresivo y violento, por eso en sus viajes se meten en cuentas ajenas para atacar a las personas que las crearon, y para lanzar su mensaje colonizador desde ellas, puesto que sin esas invasiones no tendrían la posibilidad de que alguien se detuviera ante sus palabras. Y son tan paradójicos y simples, que a pesar de entrar en las cuentas para atacar a quienes no piensan como ellos, dedicándose a insultarlos y cuestionarlos con todo tipo de argumentos falaces, luego se muestran ofendidos por los mensajes de Igualdad que se lanzan desde esas cuentas. La situación es tan surrealista que, a pesar de ser ellos los violentos y los invasores, exigen que se retiren todas las medidas dirigidas a impedir sus invasiones y conquistas, y a acabar con sus privilegios.

Todo ese trabajo que se toman es porque los “Machonautas” pretenden controlar el viaje iniciado por la sociedad para dejar atrás el continente del machismo. Saben que no es una deriva ni es un accidente, que el feminismo se reveló frente a quienes presentaban el universo como un plato plano, y afirmaban que más allá del machismo sólo había un abismo oscuro lleno de dragonas y serpientes, y que hoy la luz de la equidad y el movimiento de las estrellas del universo de la Igualdad han revelado que los hombres no son el centro del universo ni de nada, salvo de su propia determinación. Que el machismo levantó el androcentrismo para dominar a las mujeres y a toda aquella persona que fuera diferente a sus ideas, valores, creencias, pensamientos… pero que ese universo era un mundo y oscuro, sin más luz que las hogueras en las que se dedicaban a quemar a toda aquella persona o idea que lo cuestionara.

Hoy los “Machonautas” son los guardacostas de las islas que aún mantienen bajo su control, y los polizones que se introducen en otras naves y lugares para actuar como troyanos y confundir con todos los frutos tóxicos que traen del lugar de siempre del machismo. Pero hoy el mar sabe a Igualdad y el aire huele a equidad, un ambiente irrespirable para ellos, por eso, a pesar de todo lo que se mueven y viajan, son los propios “Machonautas” con sus palabras y argumentos quienes muestran a diario que su mundo ya no existe, aunque su amenaza persiste.

Este verano debemos ayudarlos con la Igualdad para que se vayan lejos y para siempre.

Los “Machiringuitos”

LOS “MACHIRINGUITOS”  (Machistas de playa -III-)

Los “machiringuitos” son como la canción del verano cuando había veranos con canción, una especie de música de fondo y de omnipresencia playera para poner la bandera azul de sus partes en la zona de costa donde habitan.

Son los machistas de chiringuito, esos que presumen de no bajar a la playa, que dicen que su frontera está en la terraza del bar, y que todo lo que continúa más allá de ella es una especie de exceso o de pérdida de tiempo. Su destino es otro y su misión más alta. Actúan como una especie de vigilantes de la playa, pero desde fuera de la playa. Su objetivo es controlar a la gente que baja cada día al mar, a la que van poniendo nombre conforme se familiarizan con su presencia a lo largo de los días. Dos son los destinatarios fundamentales de su vigilancia, las mujeres y los hombres, y en ambos casos con dos grupos bien definidos.

En el caso de las mujeres, se suelen detener en todas aquellas que son merecedoras de su atención por su físico, a las que rápidamente cosifican y acompañan de todo tipo de comentarios que giran a su vez sobre dos referencias generales, por un lado su cuerpo y las partes del mismo que más les atraen, las que toman por el todo para denominar a la mujer por medio de ellas (la de las tetas de ese modo, la del culo de aquel otro, la de los labios estos, la de las piernas aquellas…); y por otro, lo que harían con ellas gracias a su virilidad. Luego está el otro grupo de mujeres, con las que no harían nada, pero a las que también se encargan de criticar, bien por su físico, por su vestimenta y complementos, por la familia… o por cualquier otro motivo.

En el caso de los hombres, llevan a cabo comentarios con un doble objetivo, aunque bajo un mismo argumento. La atención la centran, sobre todo, en aquellos hombres que consideran unos “calzonazos y sometidos a sus mujeres”, de los que se ríen por bajar “cargados” con la sombrilla, las silletas, la nevera… aunque luego se sienten a la sombra de la silleta a beber cerveza mientras esas “mujeres dominadoras” están pendientes de ponerle protección a los niños, de acompañarlos a bañarse, de jugar en la arena con ellos… Pero también se detienen sobre los hombres jóvenes con cuerpos musculados y deportistas, a quienes directamente consideran homosexuales o sin personalidad por someterse a los dictados de la moda femenina que niega los elementos identificativos de los hombres de toda la vida. De ahí que con frecuencia se pongan ellos mismos como modelo haciendo alusión entre risas a su barriga y al “trabajo que le cuesta” mantenerla. El argumento común es que ni los hombres del primer grupo ni los del segundo son “hombres de verdad”, dejando reservada esa categoría para sí mismos, a esta especie de vigilantes de la playa y la masculinidad desde la terraza del chiringuito.

Su momento estelar es el periodo que abarca desde la bajada a la playa y la subida, esas horas de la mañana en las que el tránsito de gente disminuye, y en las que no resulta tan fácil ir de una persona a otra con la crítica en los labios. Es el momento del “ponme otra caña” y la tertulia, el instante en el que repasan la actualidad y resuelven todos los problemas con su claridad de ideas y su contundencia argumental. Su frase favorita es “yo acababa con… (la inmigración, las feminazis, el paro, la corrupción…) en cinco minutos”, da igual que cada uno plantee acciones diferentes, incluso contrarias, al final lo importante es la fratría y la coincidencia de que acaban con el problema en esos cinco minutos.

Y claro, con esa nitidez en la mirada, la Igualdad y todo lo relacionado con ella es uno de sus temas de discusión esenciales. Para ellos, como buenos machistas, todo lo que está pasando es una deriva incontrolada que tenía que haberse resuelto en esos “cinco minutos” mucho tiempo atrás, para haber evitado lo que ahora está pasando y que las mujeres “quieran ser como los hombres”. Los “machiringuitos”, como otros machistas, piensan que todo lo que sucede es producto del “lobby feminazi” que pretende aniquilar al “hombre de verdad”, a ese que es capaz de poner a la mujer en su sitio sin complejo alguno, y que lo hacen para enriquecerse con las subvenciones unidas a las políticas de Igualdad, y así obtener beneficios con los que “comprar” otras voluntades para acumular más poder.

La consecuencia de esas ideas es un planteamiento de la Igualdad como una especie de cruzada contra los hombres bajo argumentos como que los hombres “no tienen presunción de inocencia”, que “les quitan los hijos”, que “los denuncian falsamente para quedarse con todo lo que han conseguido a base de trabajar”, que “los llevan al suicidio por divorcios abusivos”…

Curiosamente, y a pesar de toda la capacidad que demuestran cada día y de la terrible realidad de la violencia de género, los “machiringuitos” nunca han planteado en sus conversaciones acabar con ella “en cinco minutos”.

A veces, cuando hay wifi en el chiringuito o al despertar de la siesta, entran en las redes sociales con bastante vehemencia para repetir sus ideas y resumir parte de lo que han tratado por la mañana en su reunión a pie, pero fuera, de playa.

Su reunión en el chiringuito suele terminar cuando uno de ellos hace alusión a que se tiene que ir porque de lo contrario la parienta le va a echar la bronca por llegar tarde a comer. Todos se reconocen en esa sentencia y se despiden hasta el día siguiente con la promesa de que habrá más. Más de lo mismo, como el propio machismo.

 

Los “Feminarcis”

Los “FEMINARCIS” (Machistas de playa -II-)

El machismo es narcisismo. Los hombres machistas se tienen en tan alta estima que continuamente están compitiendo contra otros hombres y contra sí mismos para ser más hombres, llegando incluso al homicidio para quedarse con el premio de su poder y la exclusividad de sus objetos de deseo, entre ellos las mujeres.

Desde los primeros estudios que se llevaron a cabo sobre maltratadores, el narcisismo apareció como uno de los rasgos de personalidad más frecuentes, rasgo que refleja esa percepción de superioridad idealizada que tienen, y que aumenta cuando la ponen en relación con las mujeres, a las que desprecian como el joven Narciso de la mitología hacía. Por eso el narcisismo del machismo está construido en contraste sobre las mujeres, de manera que es un “feminarcisismo” o “ferminarcismo”, y ellos son unos “feminarcis” que atacan y desprecian a las mujeres para ganar peldaños en esa escala de valores machista que tanto juego da a los hombres que ascienden por ella.

Porque el narcisismo de los hombres que siguen los dictados del machismo es tan alto que sus referencias son los propios hombres, las mujeres son parte del escenario que disfrutan como hombres, pero no personas consideradas de igual a igual. Por eso ser hombres es “ser considerado como tal por otros hombres”, no es una condición biológica, ni de entrada tampoco lo es social, pues en esa identidad no cuenta la opinión de las mujeres, sino la de aquellos hombres que ellos reconozcan como tales, de ahí que sea una identidad grupal que, luego, se extiende a lo social bajo las referencias masculinas que comparten el grupo y la sociedad.

Sin embargo, a pesar del reconocimiento del grupo, el sentido de esa masculinidad y hombría cobra todo su significado por medio de las mujeres, al ser ellas la referencia común a cualquier hombre y circunstancia para sentirse más hombres, y para que otros hombres los admiren o envidien por ese éxito con las mujeres. Es lo que vemos en noticias que sin otra justificación que el propio relato, hablan de las novias que ha tenido un deportista, un cantante, un actor… o las que se detienen en la pareja de un político, un escritor, un profesional… ensalzando la belleza, elegancia, saber estar… de esa mujer. Los hombres son más hombres exhibiendo mujeres, mientras que las mujeres son más cuestionadas cuando se habla de sus parejas. No por casualidad, uno de los factores de riesgo más importante es la separación, y esa idea de “tú eres mía o de nadie” que manejan los asesinos para no verse degradados como hombres.

Todo ello forma parte de ese “feminarcisismo” que crea “ferminarcis” que presumen de hombría, ego y virilidad en contraste con las mujeres, pero en compañía y en relación a las mujeres.

Y aunque hay feminarcis con cualquier tipo de personalidad y carácter, sus comportamientos y actitudes más habituales suelen ser más “refinadas” que las de los “chupaycalla”, pues en el fondo se sienten representantes y garantes del sistema. La misoginia está presente, pero habitualmente recurren para mostrarla a esa superioridad natural de los hombres que hemos visto en el Parlamento Europeo, donde se dijo que “los hombres son más fuertes y superiores intelectualmente a las mujeres”.

Habitualmente recurren a argumentos “técnicos” o pseudo-científicos basados en manipulaciones y tergiversaciones de todo tipo, de ahí que aparezcan razonamientos y ejemplos desde cualquier ámbito de la sociedad: la biología (inferioridad e incapacidad), la economía (justificación de la brecha salarial), el mercado laboral (precariedad o el argumento de que “los hombres tienen problemas de paro por la incorporación de las mujeres”)… Su odio a las mujeres se incrementa paulatinamente conformen comprueban el cambio social que ellas lideran y protagonizan, y al comprobar cómo esa transformación está desvelando y poniendo en evidencia las falacias históricas de la construcción machista, y los privilegios que se han reservado para ellos. Por eso su reacción es muy beligerante en lo individual, pues muchos de ellos ya se han encontrado de frente con este cambio social y con mujeres que no están dispuestas a ser sometidas; y muy estratégica en lo grupal, generando la nueva táctica del machismo para intentar detener o reconducir esa transformación social por medio de la confusión, estrategia de la que el posmachismo, repleto de feminarcis, hace gala a diario.

Son muy activos en las redes sociales, especialmente mostrando datos y estadísticas manipuladas para reducir las consecuencias de la desigualdad, y para presentar a los hombres como víctimas y a las mujeres como malas, perversas y violentas. Entre los mensajes más habituales está el de las denuncias falsas, el de que las mujeres son tan violentas como los hombres, el que manipulan a los hijos para enfrentaros a los padres tras la separación… Y también inventan historias paralelas de personas, organizaciones y asociaciones para que la Igualdad parezca un complot que busca enriquecerse y atacar a los hombres.

Son estos feminarcis los que llaman a las políticas de Igualdad “feminazismo” y a las personas que la defienden, especialmente a las mujeres, “feminazis”. Como se puede observar, su odio y su violencia está a flor de piel, y no por casualidad sus referencias las tienen en regímenes fascistas con los que, por lo visto, se sienten muy identificados y cercanos.

Ya sabéis, son los feminarcis y están encantados de conocerse a sí mismos.

 

Los “Chupaycalla”

LOS “CHUPAYCALLA” (Machistas de playa -I-)

Algunos machistas además de serlo han de parecerlo. Son machistas que van marcando paquete con su actitud, y mostrando la musculatura de su agresividad y violencia a través de la camiseta sin mangas y ajustada con la que les gusta vestir sus ideas. Ante la falta de argumentos recurren a la violencia y al ataque seguros de su fuerza y, sobre todo, de su poder, de esa posición que les hace percibir que si usan la violencia los van a justificar o la situación hará que le echen la culpa a la propia mujer agredida. Ellos lo tienen claro y perciben que no les va a pasar nada.

Por eso presumen de sí mismos y van delimitando el territorio con cada uno de sus pasos, como si fueran descendientes del caballo de Atila, para que la hierba no crezca allí donde ellos ponen su huella. Necesitan la intimidación para sentirse hombres y confunden el temor que levantan con el respeto que creen que les tienen.

Son los que defienden al “hombre de verdad”, a ese hombre “hecho y derecho”, al que “se viste por los pies”, y al hombre “de pelo en pecho”, aunque ahora algunos se depilen para salir mejor en los selfies que les gusta subir a las redes para mostrar su virilidad a través de gestos y acciones.

Son los que piensan que “el hombre malo resulta más atractivo”, y los que dicen que las mujeres de verdad quieren a hombres como ellos porque las hacen sentirse mujer-mujer. Esa es la idea de mujer que tienen, las ven como el complemento directo, amoldadas a su vida y decisiones, o como el complemento circunstancial de lugar y momento para utilizarlas según decidan ellos desde esa idea de superioridad que manejan como excusa, para así imponer sus “síes” sobre los “noes” de las mujeres sin remordimiento.

Su pobreza ética se manifiesta en sus conductas y en la necesidad de exhibirse, como ha ocurrido en las fiestas de San Fermín con las chapas y camisetas de contenido machista y misógeno, entre ellos el “chupa-y-calla” que tan bien los define, y que no han dudado de exhibir.

Esa misma pobreza es la que los hace ir en grupo para reforzarse y potenciar mutuamente su conducta y actitud. Por eso el ambiente de fiesta y diversión es su espacio natural, pues es en ellos donde encuentran toda clase de elementos para justificar su construcción sobre las mujeres que “provocan”, que “dicen no cuando quieren decir sí”, que “buscan hombres como ellos”… Y por eso, cuando no hay fiestas a la vista acuden siempre a los mismos bares y lugares de ocio donde toman confianza con dueños y clientes para sentirse reconocidos. Es allí donde les ríen las gracias machistas que comentan y les aplauden las imágenes y mensajes que muestran en sus móviles de última generación. Es su manera de sentirse superiores sobre los superiores.

En las redes sociales dan continuidad a ese exhibicionismo machista, y sus mensajes se mueven entre el odio palpable a las mujeres y su cosificación. Cuando han tenido algún problema de pareja se muestran especialmente violentos, aunque no necesitan experiencias personales para solidarizarse con los “hombres de verdad” que critican la Igualdad y las leyes contra la violencia de género. Los vemos a diario entre esa agresividad y rabia.

Son los “chupaycalla”, un tipo de machista que en estos tiempos de playa tiran de toalla y bronceador para salir al aire, aunque en verdad ellos están quemados por dentro. Hay que estar atentas y atentos, pues en estas fechas se muestran con especial intensidad por nuestro litoral, y desde allí por cualquier lugar.