La sentencia, el fallo y la falla

El fallo de la sentencia de “la manada” tiene una falla, pues la distancia entre los hechos probados y el contenido del fallo resulta ser una falla aún más grande que la de San Andrés.

Y no es un problema aislado. En general, cuando se trata de violencia de género, y de manera muy especial ante la violencia sexual, se sigue un proceso y unas dinámicas que su mera repetición ya debería de encender todas las alarmas para modificar los procedimientos y acompañarlos de las reformas legales necesarias para hacerlos efectivos. Los pasos que habitualmente se siguen  en estos casos, y que también se han dado en el de “la manada”, suelen ser lo siguientes:

  1. Lo primero es poner en duda la palabra de la mujer que denuncia la violencia sexual, da igual el estado en que llegue, o tiene lesiones físicas evidentes o su credibilidad sobre los hechos es cuestionada. Y si tiene lesiones físicas lo primero que hacen es comprobar la compatibilidad con lo que cuenta. Es decir, no se parte de la credibilidad, como sí se hace cuando alguien denuncia un robo, o como cuando un hombre denuncia que lo han agredido. Y para cuestionar la palabra de la mujer y argumentar que es una denuncia falsa se recurren a las ideas más peregrinas, como dar por hecho de que se trata de chicas jóvenes que llegan tarde a casa y para que el padre no les eche la bronca dicen que “las han violado”. En el caso de “la manada” también han recurrido a este tipo de argumentos  al justificar la denuncia falsa para obtener pronto la “píldora del día después” o para evitar que difundieran los videos grabados.
  2. Cuando “no queda más remedio” que reconocer los hechos y aceptar que hay indicios de violencia sexual, entonces se empieza a juzgar el papel de la mujer en la precipitación de lo ocurrido bajo la idea de la provocación, la incitación, no haber puesto límites de manera clara… En más de 20 años como Médico Forense, en todas las agresiones sexuales que he tenido que investigar y estudiar, el agresor reconoció haber mantenido relaciones sexuales con la víctima, pero con su consentimiento. Sólo en un caso dijo que no lo había hecho y fue descubierto mediante el análisis del ADN, en todos los demás había una aceptación de la relación y ausencia de lesiones importantes, puesto que el elemento más frecuente utilizado para llevarlas a cabo fue la intimidación. En los hechos denunciados en los sanfermines de 2015 gran parte de los argumentos de la defensa y el voto particular giran alrededor de la idea de la participación voluntaria de la víctima y de que todo fue bajo su consentimiento y “regocijo”.
  3. Una vez que se aceptan los hechos y que la víctima no ha tenido nada que ver en su precipitación, se cuestiona la trascendencia de lo ocurrido y su gravedad a partir de la conducta y comportamiento de la mujer conforme pasa el tiempo sobre lo sucedido. La recuperación de la víctima es entendida como ausencia de gravedad y trascendencia. También lo hemos visto en el caso de “la manada” en el seguimiento que se le hizo a la víctima y el cuestionamiento de su vida.
  4. El impacto y el daño psicológico no se considera adecuadamente. Se trata de la consecuencia más frecuente y grave de una violación, hasta el punto de que los trabajos clásicos de Burguess y Holstrom (1979) lo describieron como el “síndrome del trauma de la violación”, un cuadro de estrés postraumático con unas consecuencias tan graves que al mes siguiente lleva al suicidio de las víctimas entre el 3-27% de los casos según el contexto, tal y como desde 1985 recogen los trabajos científicos, entre ellos los de Kilpatrick y su equipo. Nada nuevo, como se aprecia, sin embargo, cuesta mucho trabajo que se acepte y valore adecuadamente ese daño psíquico, y se recurre a cualquier argumento para justificar la presencia de una consecuencia psicológica, puesto que esta no se puede negar, pero quitándole todo su significado con apreciaciones incoherentes e insostenibles. Es como decir que una víctima tiene una herida por arma de fuego, y el Tribunal dijera que, efectivamente, tiene “una herida”, pero porque tropezó y se cayó. Y es cierto que una caída puede ocasionar una herida, pero para tener una herida por arma de fuego tiene que haber sufrido un disparo, no una caída. Esto es lo que ha sucedido con al sentencia de “la manada” cuando el cuadro de estrés postraumático se intenta explicar por el “arrepentimiento” de haber mantenido relaciones sexuales con cinco hombres, o por miedo a que salieran las imágenes grabadas. No puede haber resultado sin causa, ni causa que lleve a un resultado distinto a sus características.
  5. Y cuando al final se acepta la denuncia, se cree a la víctima, el cuestionamiento que se hace de ella no logra restarle trascendencia a lo ocurrido, y se aceptan las consecuencias que ha producido la violencia sobre ella, la valoración que se hace sobre su significado no se corresponde con todo lo previamente reconocido, tal y como hemos visto en la sentencia de “la manada”, pero también en otras. Es lo que recogía la información de El País sobre una sentencia del Tribunal Supremo confirmando la de la Audiencia Provincial de Valladolid, en su artículo “Si te violo siempre, es como si nunca lo hubiera hecho”(13-5-13), donde los hechos probados recogen que se tratade “un alcohólico muy violento, y que a ella no le quedaba más remedio que acceder a sus peticiones sexuales, en contra de su voluntad”, pero no lo condena por la habitualidad de la conducta. Mantener relaciones sexuales en contra de la voluntad bajo la intimidación de la violencia es violación, y si lo hace muchas veces son muchas violaciones, no ninguna.

El juicio a “la manada” recoge todo este proceso habitual en los casos de violación, y la sentencia refleja la actitud que lleva a aceptar como normal ese inicio que presenta las denuncias por violación como falsas. Eso es lo preocupante, y no es un problema de ley sino de machismo, de la cultura que normaliza los mitos de la perversidad de las mujeres, y que mienten y provocan para hacer daño a los pobres que confían en ellas, bien sea en una noche de fiesta o en una relación de pareja.

No se trata de “casos aislados”, sino de algo frecuente, tal y como reflejan los estudios internacionales al mostrar que nada más se denuncia un 15-20% de las agresiones sexuales (Wallby y Allen, 2004), y  que de ellas termina en condena sólo el 1% (British Crime Report, 2008). El resultado es claro: el 99% de las violaciones resultan impunes, o lo que es lo mismo, el 99% de los violadores no sufre consecuencia alguna por agredir sexualmente a las mujeres. En cambio todas las mujeres violadas sí sufren las consecuencias de la violación, y un 15-20% de ellas que denuncian, además, la victimización secundaria de un sistema que empieza cuestionándolas y termina no reconociéndolas en su integridad. Si hay jueces y juezas que entienden los hechos al margen de mitos y estereotipos, cualquier juez puede hacerlo. No es cuestión de capacidad, sino de conciencia y formación en género.

El fallo de la sentencia de “la manada” tiene una falla entre lo que da por probado y el significado que establece, una falla que se corresponde exactamente con la distancia existente entre lo que el machismo dice que es la realidad y lo que en verdad resulta ser. Valorar los resultados de la violencia machista en cualquiera de sus expresiones con ese sesgo que dan las referencias de la misma cultura que la niega, la justifica, la minimiza o responsabiliza a las mujeres que la sufren, no puede ser un modelo de Justicia. Necesitamos un “Pacto de Estado contra el machismo”, no sólo contra su violencia, pues dejar como normalidad la distancia entre lo que el machismo dice que es la realidad y lo que en verdad resulta ser, no sólo es una falla, sino que también es un fallo.

 

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“Dogmachismo”

No es cuestión de dogmatismo, sino de “dogmachismo”, es decir, de “proposiciones tenidas como ciertas y como principios innegables” construidos por el machismo, o lo que es lo mismo, al amparo de la normalidad de una cultura levantada sobre las referencias de los hombres y, por tanto, comunes a todos ellos. Por eso la defensa de esta construcción es asumida por todos los hombres, no sólo por los que se benefician de manera directa en un momento dado. Cada hombre sabe que este modelo androcéntrico es bueno para todos, y que con independencia de que haya beneficios que se obtengan de manera directa a través de una acción concreta, los privilegios siempre están presentes en cualquier hombre.

Un dogma, esa especie de verdad incuestionable, sólo se puede definir desde una posición de poder dentro del grupo o comunidad en el que se crea. Si alguien establece un dogma sin contar con ese poder dentro de la sociedad la consecuencia será completamente distinta, y quien lo haga será considerado un extravagante o un loco, y su dogma una tontería o una extravagancia.

Por lo tanto el dogma es un reflejo en sí mismo del poder, y por ello se le reviste y protege con él frente a críticas y posibles ataques. Es lo que hace el machismo con sus “verdades y principios innegables”, que son cubiertas con el valor de la palabra de los hombres que las crean. No por casualidad utilizan como elemento definitorio el hecho de que “no se puedan negar”, podrían haber utilizado otro, como “inalcanzable” o “inescrutable”, pero presentar un dogma como “innegable” tiene un doble sentido. Uno el concepto en sí alrededor de la idea de verdad, y otro, reducir la posibilidad de la crítica al dejar sin “capacidad ni autoridad” a las personas que pueden hacerlo. El planteamiento es muy sencillo, si el machismo crea “dogmas” basados en la superioridad natural de los hombres y sobre ellos les otorga beneficios y privilegios, quienes podrían cuestionar esa construcción desigual serían aquellas personas que quedan excluidas y sufren las consecuencias negativas de esta injusticia social, es decir, las mujeres, sin embargo, su capacidad crítica queda muy limitada porque la propia cultura que crea los dogmas las ha desprovisto de “la palabra y la verdad”.

El resultado final es una sociedad en la que las referencias masculinas condicionan la realidad para que todo sea como “tiene que ser”, y para que cuando haya algún conflicto o alguna circunstancia que no encaje en lo “esperado”, pueda ser explicada a través de los mitos, estereotipos, principios, costumbres, tradiciones… que mantienen los dogmas de la superioridad masculina. El resultado es muy simple, y al igual que la religión se basa en los “dogmas de la fe”, la cultura se fundamenta en los “dogmas del machismo”.

Y como el dogma es poder y reflejo del poder, su simple cuestionamiento ya desencadena toda una reacción agresiva frente a quien lo hace y a los planteamientos que buscan la Igualdad. Veamos algunos ejemplos de la interpretación que hace el “dogmachismo” de la realidad:

  • La Ley Integral contra la violencia de género se presenta como instrumento “contra los hombres”, porque es un hombre el que puede ser condenado; pero callan el detalle de que si es condenado no es por ser hombre, sino por ser maltratador. A nadie se le ocurre pensar que el Código Penal va contra las personas porque es una persona quien puede ser condenada si comete un delito o una falta.
  • La Igualdad se percibe como un problema, no como un Derecho Humano necesario para la convivencia en sociedad. Ver la Igualdad como un problema y la desigualdad como “normalidad” refleja muy bien esa construcción cultural machista y los dogmas que hacen a los hombres merecedores de los privilegios y a las mujeres de la discriminación y la violencia.
  • Transmitir los valores de la Igualdad para mejorar las relaciones construidas sobre el respeto y la paz se considera “adoctrinamiento”, y transmitir los valores del machismo que dan lugar a la discriminación y la violencia se considera “educación”.
  • Las cuotas basadas en una representación del 60/40 para corregir la desigualdad se ven como algo injusto y anti-natural, pero cuando los hombres representan el 90% o el 100% se ve como algo consecuente, lógico y natural. En ningún caso se entienden como cuotas del machismo basadas en la discriminación de las mujeres.
  • La brecha salarial y el mayor salario de los hombres a través de sueldos más altos o de promociones más directas, también se considera como algo propio a la condición y capacidad masculina, no como parte de la desigualdad y discriminación.

La lista se haría interminable, pero en cualquier caso, los ejemplos recogidos son suficientes para reflejar la realidad y para ver cómo el “dogmachismo” tiene un doble sentido. Por un lado, defender la posición superior de los hombres; y por otro, situar en quienes lo critican lo que niega para sí mismo, y mientras que el machismo es concebido como “orden natural”, presenta al feminismo, a la Igualdad y a quienes trabajan por ella como personas dogmáticas, rígidas y violentas. Esa atribución es muy gráfica de lo que en realidad es el machismo, tanto que lo deja en evidencia con una idea similar a lo que dice el refranero con lo de “piensa el ladrón que todos son de su condición”.

Todo ello demuestra que se trata de una construcción cerrada e interesada en la defensa de los privilegios masculinos y en la perpetuación de su modelo de sociedad (educación, economía, religiones, política…). Esta es la razón que hace que a pesar de la objetividad de todas las falacias que se han ido desmontando a lo largo de la historia, se continúe con la misma estrategia para que también hoy los hombres sean presentados como superiores y merecedores de sus privilegios. Da igual que se hayan demostrado falsos los argumentos sobre la inferioridad de las mujeres basados en ideas como que no tenían alma, que su condición las hacía ser esclavas de los hombres, o que su falta de inteligencia y capacidad debían situarlas en las tareas de cuidado y afecto; al final continúan con el mismo razonamiento bajo otras justificaciones, puesto que todo ello no es producto de las circunstancias del momento y del lugar, sino parte de las “verdades” de la cultura.

Es el “dogmachismo”.