Serás hombre… o no serás

Identificar a una persona parece algo sencillo, basta con describir cómo es su aspecto, el color de sus ojos, cómo tiene el pelo, la forma de su nariz… para llegar a saber quién es. Pero cuando todo eso es falso o puede ser escondido tras características que no se corresponden con la realidad, entonces hay que irse a elementos profundos y ocultos a las miradas para saber de quién se trata. Así ocurre cuando los acontecimientos han hecho desaparecer esos elementos externos o cuando se ocultan detrás de disfraces preparados para la ocasión, y tenemos que acudir a una referencia inamovible como puede ser analizar el esqueleto, bien de forma directa o por medio de radiografías que lleven la mirada detrás de las barreras intercambiables. Es desde esa referencia estable desde la que luego se puede reconstruir la identidad de la persona estudiada.

Pero la identidad no sólo es el soporte biológico que individualiza a la persona del resto del grupo, la vida en sociedad también aporta un componente cultural y relacional a la identidad que permite conocer su vinculación a las referencias que esa sociedad ha establecido para las personas que la forman. Y del mismo modo que existe una parte variable que se puede adaptar a las circunstancias, también hay elementos que forman parte estructural de su esencia que sostienen la identidad social y cultural, una especie de esqueleto sobre el que descansan los elementos que le hacen sentirse parte del grupo y ser reconocido como tal por el resto.

El documental de Isabel de Ocampo, “Serás hombre”, nos muestra parte de ese esqueleto de la identidad social de los hombres.

Isabel de Ocampo ha sabido prescindir de lo superficial, de aquello que es fácil de disimular, esconder y negar, y ha diseccionado la masculinidad hasta llegar a esos “huesos” que sostienen la construcción de la identidad de los hombres. Una identidad que, bajo sus redes, ha llevado a prostituir a las mujeres a lo largo de toda la historia, y a ofrecérselas a otros hombres para que hagan uso de ellas para  reforzar su hombría en gestos que van desde el padre o el familiar que lleva a su hijo a “acostarse con una puta” para que “se haga hombre”, hasta aquel otro hombre que acude a ella para sentir el poder de una identidad levantada sobre el sometimiento de las mujeres.

El documental nos da tres claves para entender que “serás hombre o no serás nadie”, que en un mundo de hombres es mucho peor que no ser nada.

La primera clave se centra en mostrar la identidad masculina que se revela en el consumo de prostitución. Isabel de Ocampo establece un diálogo entre dos hombres, uno de ellos un antiguo putero o “prostituyente”, y otro el hijo de una prostituta que quedó embarazada de un cliente del que nunca supo nada más, y al que busca para intentar encontrarse a sí mismo.

Es un diálogo al que se incorporan otras voces de hombres como si fueran un coro, y que muestran diferentes elementos de una vida en la que los hombres se desenvuelven sin problemas a pesar de todas las contradicciones del día a día gracias a la “coherencia” de su identidad. Es un diálogo muy de hombres, de sus complicidades, sus jerarquías y su poder, que comienza de forma muy gráfica cuando el putero acude a su antiguo club y otro hombre se dirige a él como “Don Rafael”.

Otro de los pilares de ese diálogo y del documental es el uso de un lenguaje que representa una realidad “normalizada” gracias al camuflaje de las palabras, capaz de esconder significados y revelar consecuencias de todo tipo, desde ese respeto tan masculino que se guardan entre sí los hombres hasta las amenazas implícitas, desde las eufemismos que llevan a presentarse como “empresario de la noche” hasta la crítica a las mujeres al hacerlas responsables de su situación y afirmar que hay que “putearlas”… Putear a las putas.

La segunda clave es el modelo de sociedad y cultura que da sentido a esa masculinidad putera y “prostituyente” capaz de esclavizar a las mujeres para empoderar aún más a los hombres. Las “mujeres son billetes”afirma el protagonista en un momento del documental, expresión que refleja a la perfección la doble condición que le otorgan a las mujeres: la de objeto y la de mercancía. Son personas que pueden ser usadas y explotadas para obtener beneficios, tanto materiales con el dinero que obtienen a través de su esclavización, como personales en el reconocimiento que nace del ejercicio de la masculinidad. Porque el poder no lo da el escenario, sino la escenificación de la identidad.

Bajo esa idea, el protagonista comenta que las mujeres son las primeras interesadas en la prostitución y que los hombres acuden como el que va a un cepillo y echa una limosna. Todo forma parte del juego de la normalidad que impide que los hombres se cuestionen nada que pueda hacerlos dudar de su masculinidad, ni de un modelo de sociedad tan rentable para ellos, aunque luego tengan que colorear la realidad en blanco y negro con luces de neón. Es lo que un día me comentó el poeta Luis García Montero cuando hablábamos de cómo los jóvenes ahora prefieren irse de putas porque “ahorran dinero”,Luis me dijo, “ahorran dinero y ahorran sentimientos”.Y esa es otra parte esencial de esta masculinidad machista que desvincula a los hombres de las emociones: alejarlos de los sentimientos y esconder la injusticia y todo el daño que produce bajo la normalidad y la teórica libertad de las mujeres.

Es lo que lleva al otro protagonista, a pesar de toda su rabia,  a “respetar” al putero, porque al final hay algo que hace sentir que es más importante ser hombre ante otros hombres, que ser hijo, o padre, o hermano, o amigo…

Y la tercera clave que nos aporta Isabel de Ocampo es la representación de las mujeres que hace la cultura machista a través de la prostitución.

Las mujeres son creadas, definidas y utilizadas por los hombres, su voz sale del silencio y lo hace para volver a él a través de la asunción de su realidad. Y mientras que los hombres aparecen presentados bajo diferentes formas de entender la masculinidad, planteando una distinción y una graduación antitética que lleva a entender que lo malo y lo negativo no es consecuencia de los hombres, sino de determinadas circunstancias, las mujeres son presentadas por la cultura como una misma realidad y condición que luego se manifiesta de forma diferente en cada una de ellas. Y es desde esa condición desde la que se decide ser puta o “decente”, esposa o amante, pecadora o santa… pero siempre como mujeres que deciden ser de una forma u otra porque todas están en ellas.

El documental nos lleva por esas noches de neón que iluminan las mañanas de cada día, y en las que los hombres se visten de empresarios, de amigos, de hijos o de padres, en busca de mujeres a las que poder someter bajo precio para que otros hombres vean lo hombres que son al hacerlo, y así todos juntos sostener el modelo que les da la identidad y el poder.

Isabel de Ocampo lo ha reflejado a la perfección: “o serás hombre… o no serás”.

 

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Polvos, lodos y machismo

De “aquellos polvos vienen estos lodos”…La sabiduría popular sabe más por vieja que por popular, la experiencia la hace sabia a través de las vivencias protagonizadas, aunque no siempre aprende de lo vivido.

En algunos de los acontecimientos que ocurren en nuestros días sólo falta escuchar de fondo esa frase que muchos padres y madres repetían ante los problemas de alguno de sus hijos, “es que no aprendes”, decían recriminándoles su responsabilidad en lo ocurrido. Pero el problema del aprendizaje no sólo está en la incapacidad de adquirir conocimiento, sino que con frecuencia radica en la falta de voluntad para aplicarlo. Y lo que nos dice la experiencia ante determinados sucesos no es que la sociedad sea incapaz de aprender, sino que dentro de ella hay quien no está dispuesto a renunciar a determinados beneficios y privilegios, aunque se a costa de generar un riesgo que por lo general afectará a otras personas.

Cuando decimos que “el machismo es cultura, no conducta”, hay quien reacciona con cierta confusión, pero también hay quien responde con beligerancia desde posiciones machistas diciendo eso de que “ahora resulta que todo va a ser machismo. Y sí, todo es machismo porque la cultura, ese conocimiento que permite organizar la convivencia y definir las identidades, está construido sobre lo que los hombres han considerado oportuno a lo largo de la historia para articular las relaciones, distribuir roles, tiempos y espacios, y definir la identidad de las personas que la forman. No hace falta esperar un resultado para considerar la existencia del machismo, el machismo no es el resultado, sino lo que hace posible ese resultado y luego le da significado para que sea coherente con sus ideas, valores y creencias. Por eso la Igualdad es la gran deuda de la historia y las mujeres las grandes discriminadas, y lo son más que las “razas”, castas, orígenes o procedencia de las personas, pues ellas, además de esas discriminaciones estructurales, están discriminadas en cada uno de esos grupos respecto a  los hombres.

El machismo es una construcción de poder, es decir, se ha hecho de manera interesada para que quien “parte y reparte se lleve la mejor parte”, y estas personas que cortan y reparten en nuestra sociedad son los hombres. Y para conseguir los beneficios materiales que les permitan cobrarse su compromiso con el sistema utilizan lo privado y lo público, el “amor romántico” y la violencia, la política y el conflicto, la salud y la enfermedad… Utilizan todo lo que sea necesario y lo hacen cada vez más, puesto que cualquier modelo de poder está pensado para crecer, no sólo para permanecer, de ahí que no haya espacio para el autocontrol ni la renuncia, puesto que su propia existencia sería considerada en sí misma como un fracaso.

Y el modelo de poder machista no sólo se basa en la obtención de beneficios y privilegios como resultado, sino que gran parte de su estrategia se fundamenta en las formas de lograr esos objetivos. Por eso al machismo no le basta con haber establecido una jerarquía en lo que lo masculino marca las diferencias y los hombres ocupan el poder, sino que, además, exige que quien actúe en su nombre debe expresarlo en la práctica a través del uso de la fuerza y la violencia, en dominar y someter, para de ese modo hacer de la realidad su principal instrumento, y así reafirmar y retroalimentar su carrera sin límites por medio de cada una de sus acciones y logros.

La naturaleza no es diferente al resto de los elementos que el machismo utiliza para y crecer en poder. La naturaleza queda sometida al machismo, la hace suya a través de la fuerza, la violencia, la invasión de sus espacios y su posterior conquista para sus intereses. Todo ello con el objeto de expandir su poder y recompensar a quienes lo secundan por medio del dinero, del status, de las influencias…. en definitiva, del reconocimiento.

El razonamiento es sencillo. Los edificios se construyen y el urbanismo de las ciudades se diseña tal y como se piensan, y se piensan según la cultura machista entiende que deben ser esas ciudades a partir de las necesidades y de la mirada de los hombres, y del uso que ellos vayan a hacer de ellas. Si ese diseño crea espacios donde las mujeres pueden sufrir la violencia de otros hombres, da igual; y si la naturaleza, su medio y sus ríos se ven sometidos y expulsados de su territorio, a ellos les da lo mismo. Lo importante son los beneficios y el reconocimiento obtenido por sus grandes construcciones.

El feminismo ha puesto de manifiesto esta realidad (como también lo ha hecho en cada uno de los diferentes ámbitos de la sociedad), y plantea alternativas para mejorar las ciudades, su desarrollo y su relación con la naturaleza. A pesar de ello, desde el machismo lo ven como una “exageración” y como un planteamiento absurdo, pues desde la visión androcéntrica todo se soluciona con más “fuerza”. Y si se dice que los pilares de un puente no aguantarían una riada, su solución es construir otros más sólidos, no evitar el problema de la ocupación del curso fluvial;  y si se plantea que un muro puede ceder ante una tormenta intensa, en lugar de buscar una alternativa responde que se levanta uno más ancho y más alto. La clave está en imponer su visión y demostrar su poder.

Los estudios urbanísticos con perspectiva de género llevan muchos años trabajando todas estas cuestiones e identificando los factores de riesgo para la convivencia en el día a día y en situaciones excepcionales, pero el machismo, esa “normalidad con perspectiva masculina”, los ignora y los presenta como “sinrazones” dirigidas a cuestionar a los hombres y a plantear temas menores, puesto que las mujeres, dicen, son incapaces de competir con los hombres en los “grandes temas”.

Lo ocurrido en las últimas riadas que hemos sufrido tiene parte de responsabilidad en el modelo machista de urbanismo, y en la prepotencia que muestran ante el riesgo, pues para el machismo el riesgo sólo es una oportunidad para demostrar su valor, aunque sea con el sufrimiento ajeno. Y la responsabilidad se inicia en las construcciones que se hicieron, pero antes lo estuvo en el diseño del plan de ordenación urbana del lugar, y todavía antes en las agresiones que se ejercen sobre la naturaleza a través de su ocupación y de toda la contaminación que se vierte sobre ella.

No es un problema nuevo ni propio de determinados lugares debido a sus especiales circunstancias, es un problema de siempre que cada vez se repite y se agrava más por esa forma de entender el urbanismo y las relaciones con la naturaleza. No se puede jugar a la ruleta rusa con el clima ni con nada, y el machismo lo hace esperando que no le toque a alguien, pero a sabiendas que siempre habrá quien se vea afectado por su juego y su riesgo.

El machismo ha creído que después de diez mil años su poder era ilimitado, pero se equivocó al principio cuando creó una cultura desigual e injusta, y se equivoca ahora cuando cree que su razón pasada es motivo suficiente para perdurar. No se da cuenta de que todo está en su contra, y que la naturaleza se revela contra su dominio al igual que lo hace la sociedad. Y mientras que la primera llena las calles de su injusticia de agua, la segunda lo hace con mujeres (y cada vez más hombres), ambas exigiendo respeto, convivencia e Igualdad.

 

“Trumpetas” y apocalipsis

Donald Trump ha puesto de manifiesto la verdadera amenaza que se cierne sobre el planeta, una amenaza que no tiene nada que ver con un posible “ataque repentino de la URSS”, tampoco con atentados  terroristas por todo lo ancho y largo del globo, ni con el arsenal nuclear oculto de Irán o Corea del Norte, y menos aún con una invasión alienígena que arrasara nuestro planeta azul…

La verdadera amenaza para Donald Trump son las mujeres, y quienes están en peligro de extinción son los hombres… Eso es lo que se deduce de sus palabras cuando afirma que ser “hombre joven” es de lo más peligroso, hasta el punto de decir que los hombres viven un momento “difícil” y “aterrador”. Y todo porque las mujeres los pueden “denunciar falsamente”, y porque esa denuncia conllevaría de forma directa ser considerados culpables debido a la “pérdida de la presunción de inocencia”que viven los hombres.

Las mujeres para Trump no están en peligro. Que sean asesinadas por hombres dentro de las relaciones de pareja no conlleva riesgo, que lo sean fuera del hogar a la hora de relacionarse en sociedad tampoco supone amenaza alguna. Que sean violadas, mutiladas, forzadas a casarse siendo niñas tampoco es un problema para la convivencia. Que su voz no sea oída y que sus palabras no sean creídas, que se piense de ellas que son malas y que se diga que son perversas,  no es parte de ninguna presunción para Trump, sólo realidad. Por eso bajo esta forma de considerar a las mujeres ni siquiera pueden denunciar, hacerlo ya es un ataque hacia los hombres, como se deduce de sus declaraciones.

Así se ha manifestado el Presidente de los EE.UU. tras las acusaciones de “conducta sexual inapropiada” realizadas por varias mujeres sobre el candidato a la Corte Suprema Brett Kavanaugh .

Como se puede ver, el machismo no tiene mucha imaginación ni variedad en sus argumentos, pero no se puede negar que es repetitivo e insistente hasta la saciedad, y que sus planteamientos son globales. Da igual que se esté en EE.UU. o en Brasil, en México o en España, el mensaje que lanzan frente a la Igualdad y al posicionamiento crítico de las mujeres contra su normalidad machista siempre es el mismo:denuncias falsas”, “mujeres malas y perversas”, “pérdida de la presunción de inocencia de los hombres”, “suicidio de los hombres”, “mujeres violentas”…

Y también da igual que sus argumentos no se sostengan, no sólo por la negación que hacen de la violencia de género a pesar de su presencia objetiva, sino porque lo que afirman no se corresponde con la realidad. Por eso cuando hablan de que los hombres “no tienen presunción de inocencia”, y lo utilizan al hablar del candidato propuesto a la Corte Suprema de EE.UU. y de la violencia de género, luego quedan en evidencia y al descubierto.  La realidad es clara: el nombramiento del juez Kavanaugh no se ha visto afectado por las denuncias realizadas y ha sido nombrado sin problemas, y lo mismo ocurre con la mayoría de los hombres denunciados por violencia de género, que tampoco son condenados; concretamente en el 75-80% de los casos prevalece la “presunción de inocencia” que según el machismo no existe.

La reacción del machismo demuestra que sus partidarios no soportan que la sociedad esté cambiando gracias a las acciones de las mujeres y, mucho menos, que las mujeres les estén plantando cara a través de la superación de todos los límites artificiales que de manera interesada habían situado en diferentes espacios de la sociedad, para poder construir su idea de la “incapacidad de las mujeres”.

Su problema es que nadie cree ni acepta esos planteamientos, salvo ellos. Y el problema de la sociedad es que esa cohesión interna y la escenificación que hacen de lo que presentan como un ataque de las mujeres y las políticas de Igualdad contra los hombres, genera más odio y violencia contra ellas, algo que no podemos permitir.

Las palabras de Donald Trump, como la de todos los machistas, llegan con el sonido del Apocalipsis, circunstancia que refleja muy bien esa identificación que hacen del mundo con su mundo y del machismo con la vida. Para ellos no hay vida más allá del machismo ni lugar para hacerlo fuera de su modelo de sociedad, por eso para los machistas la Igualdad es la “trompeta del Apocalipsis”.

 

Machismo aleatorio

Celia Barquín Arozamena, la joven golfista española asesinada cuando entrenaba en el campo de golf de la Universidad de Iowa, lo fue por “mala suerte”. Es lo que ha declarado el sheriff del condado al calificar el homicidio como un “crimen aleatorio”.

Las palabras del sheriff Geoff Huff reflejan muy bien cómo el machismo ha logrado levantar un marco de significado alrededor de la violencia de género, desde la amenaza al homicidio, que resta transcendencia a cada uno de los casos y gravedad al conjunto de toda la violencia dirigida contra las mujeres. De ese modo, esta violencia queda situada en una serie de circunstancias particulares y de factores individuales, que permiten integrar su dramática realidad sobre esos “hechos aislados” sin cuestionar el machismo común a cada uno de ellos.

Esa es la trampa del machismo que le permite salir indemne de cada uno de esos crímenes y de toda su injusticia, ocultar los factores estructurales que llevan a los hombres a utilizar la violencia contra las mujeres, y a presentar los elementos particulares como determinantes de la conducta criminal, como si el machismo fuera incompatible con ellos y sólo pudiera actuar como causa única, y como si todo fuera circunstancial en esa última fase de agresión, sin considerar lo que ha llevado hasta ella.

Las explicaciones dadas por el sheriff sobre el asesinato de Celia Barquín son muy gráficas en ese sentido. La policía de Iowa presenta el homicidio como un “crimen aleatorio” y la muerte de Celia como “mala suerte”, levantando una falacia  frente al significado de esa conducta criminal, que no está en el resultado, sino en la motivación y objetivos pretendidos por el asesino, Collin Daniel Richards, Y él lo que quería era “violar y asesinar a una mujer”,demostrando la elaboración machista en la violencia y en el objetivo sexual que lo llevó a actuar.

Las circunstancias que hicieron que Celia Barquín fuera asesinada formaban parte de su construcción machista, aunque podía haber sido otra mujer la asesinada, pero esa aleatoriedad en la selección de la víctima no debe definir el homicidio machista como un “crimen aleatorio”, puesto que el objetivo está claro y bien definido: “violar y matar a una mujer”, y así lo hizo.

La estrategia es similar a lo que se intenta hacer con la violencia de género en España, dentro y fuera de la relación de pareja. Destacar lo individual y hablar de la multicausalidad de la violencia para esconder el machismo, como si el hecho de que existan diferentes causas para la violencia significara que todas ellas tuvieran que estar presentes en cada caso, y como si la presencia de alguna de ellas descartara el machismo estructural. Este planteamiento no se hace con otras violencias, por ejemplo con el terrorismo; nadie dice de un atentado yihadista sea un crimen aleatorio, ni que las víctimas del mismo murieron por “mala suerte” porque podrían haber sido otras distintas, o que se trató de un terrorista muy impulsivo que actuó porque “perdió el control”.

El planteamiento es sencillo: cuando el homicidio se produce en la relación de pareja, donde la mujer asesinada no puede ser “aleatoria”, se destaca la situación del agresor hablando del alcohol, las drogas, los trastornos mentales, su origen extranjero… Y cuando el homicidio se lleva a cabo fuera de la relación de pareja, se recurre a la situación de la víctima o a las circunstancias alrededor de los hechos, todo para esconder la construcción machista de la violencia que ejerce cada uno de esos hombres, y dar a entender que ha sido un problema contextual, aleatorio o de mala suerte.

El razonamiento que se ha hecho con el asesinato de Celia Barquín en EE.UU. es el mismo que se hizo con Diana Quer, Rocío Wanninkhof, Sonia Carabantes… al indicar que cada una de ellas tuvo “mala suerte”, y preguntarse “qué hacían ellas a esas horas en esos lugares”, planteamientos no muy distintos a los que se han hecho sobre la víctima de “la manada”.

Nada de eso se hace con otras violencias, ni nadie habla de sus víctimas diciendo que tuvieron “mala suerte” o que fueron “crímenes aleatorios”.

Y toda esa forma de presentar la violencia de género influye en la percepción que se tiene de ella. No por casualidad, a pesar de su gravedad y de las 60 mujeres asesinadas de media cada año, considerando sólo los homicidios dentro de las relaciones de pareja, el porcentaje de población que considera que se trata de un problema grave es el 1’9% (CIS, septiembre 2018).

Alguien vive en un error y el machismo no es. Los machistas lo tienen muy claro y actúan en consecuencia.

No podemos caer en sus trampas, con el machismo la suerte está echada, lo que hay que hacer es cambiar de escenario y dejar fuera de él a los machistas y su violencia.