El “amigo invisible”

El machismo es la realidad invisible que nos oprime en la libertad engañada, y los machistas son “los amigos invisibles” que regalan la sorpresa de cada día bajo las referencias de la desigualdad.

Hacer de la injusticia social del machismo invisibilidad y convertir a todos los machistas en invisibles, incluso en amigos, en personas cercanas a las que no se le cuestiona su “machismo ordenado”, es decir, la proporcionalidad de su machismo atendiendo a las circunstancias que lleva a que, dependiendo del momento, el comentario, el chiste o la imagen a través del whatsapp sea interpretada como adecuada, es el gran logro de su construcción.

El machismo es cultura y la cultura es normalidad, no excepcionalidad, y para lograrlo la estrategia del machismo se basa en invisibilizar su construcción limitando su realidad a determinados resultados bajo dos condiciones, que sean conocidos y que hayan superado el umbral de intensidad definido por la normalidad. La estrategia no falla: si la violencia es grave pero no se conoce, no existe; y si la violencia se conoce pero no es grave, no es verdad.

De ese modo logra mantener a la sociedad ajena a la realidad que da lugar a la violencia de género, y cuestiona sólo el resultado cuando supera el nivel considerado aceptable en un determinado momento. La estrategia no niega la violencia que sufre un número determinado de mujeres, es imposible hacerlo ante la objetividad de su resultado, pero sí permite limitarla a ciertas circunstancias del contexto o de los agresores para apartarla de esa construcción cultural, que niega las causas comunes y esconde la violencia bajo el umbral considerado.

Al machismo nunca le ha importando mostrar, incluso exponer y vapulear públicamente a los agresores cuando son descubiertos, esa estrategia del “chivo expiatorio” permite que unos pocos reciban un reproche y una sanción grave para que el resto de los hombres permanezcan con sus privilegios en una cultura machista que no es cuestionada como tal. Nadie puede acusar de complicidad o pasividad a quien actúa de ese modo, ni a quienes ahora piden la “prisión permanente revisable” para determinados asesinos de género y violadores, pero sin decir nada ni pedir que se actúe sobre las circunstancias de una sociedad machista capaz de generar asesinos y violadores que van aprendiendo a serlo a través del acoso, del abuso, de las agresiones… que inician en sus relaciones sociales y de pareja desde edades muy tempranas, como demuestran los estudios al reflejar la presencia de la violencia de género desde las relaciones adolescentes. Ninguno de esos agresores sale de la nada, todos ellos son socializados en la cultura machista que discrimina y codifica a las mujeres.

La construcción es tan eficaz que integra a las propias víctimas en esa “ocultación” de la violencia que sufren, como cuando manifiestan (44%) que no denuncian porque la violencia que sufren “no es lo suficientemente grave” (Macroencuesta 2016), es decir, que es “normal” y forma parte del mobiliario de la relación de pareja, siempre y cuando no supere un umbral colocado por la propia sociedad que la justifica, y que mueve hacia arriba o hacia abajo según las circunstancias del momento, pero nunca la hace desaparecer, puesto que desde la construcción machista el objetivo no es erradicar la violencia de género, sino ocultarla más o menos bajo los argumentos, razones y justificaciones que se consideren oportunos en cada momento. Por eso cada vez que se habla de violencia contra las mujeres en lugar de incidir en su gravedad y en sus resultados objetivos, se intenta desviar la atención y se recurre al relato de las “denuncias falsas”,de que “las mujeres también maltratan”,de que “la vida de un hombre vale lo mismo que la vida de una mujer”, que “violencia es violencia y no hay que hacer distinciones”…Se imaginan que ante la información de la DGT sobre accidentes de tráfico alguien dijera que “también hay accidentes laborales”, que “la vida de un conductor no vale más que la vida de un trabajador”, que “accidentes son accidentes y no hay que hacer distinciones”, que hay “accidentes falsos para cobrar las indemnizaciones del seguro”… no tendría sentido ni sería aceptado, sin embargo en violencia de género son argumentos habituales  que no sólo se aceptan, sino que, además, forman parte del debate social para legislar sobre la materia.

El objetivo del machismo está conseguido, la mayor parte de la violencia contra las mujeres permanece invisible, tanto que representa un problema grave sólo para el 1% de la población (CIS), a pesar de que asesina a 60 mujeres de media y maltrata a 600.000 cada año. Y cuando sale a la zona visible de la realidad, los propios “mecanismos” que la ocultan actúan para responsabilizar a las mujeres que la sufren y para justificar a los hombres que la llevan a cabo, presentando cada caso como consecuencia de circunstancias puntuales y propias del contexto particular: una fuerte discusión, el alcohol o las drogas, el trastorno mental, la provocación, la mala suerte… En definitiva, presentarla como si se tratara de un accidente, planteamiento que no deja de sorprender, puesto que mientras que en la economía, en el deporte, en las elecciones… todo se ve como parte del proceso que se va desarrollando en el tiempo hasta dar unos determinados resultados, en violencia de género, donde tenemos ejemplos diarios de la desigualdad, discriminación, cosificación y violencia contra las mujeres, se insiste en la idea de “hecho aislado”, de “accidente”, “de circunstancias”… que ocultan al machismo que hay detrás de cada uno de ellos y de toda la estructura que esconde primero, y luego justifica y contextualiza los resultados que produce: acoso, abuso, agresiones, violaciones, homicidios…

El machismo es el amigo invisible de la desigualdad y el enemigo visible de la Igualdad, la convivencia y la justicia social… Y ya saben lo que dice la sabiduría popular: “dime con quién andas y te diré quién eres”.

 

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Vox y la Tercera Ley de Newton

La cultura es el hábitat de la convivencia como la naturaleza es el de la vida. Entre las dos hay elementos comunes y diferencias importantes basadas en el distinto significado de cada una; así, mientras que la naturaleza es un proceso “natural” sometido a las leyes del universo, la cultura es una construcción artificial bajo las leyes de los hombres, unos hombres que en su día decidieron lo que es bueno y necesario para organizarse y relacionarse, es decir, para vivir en desigualdad y con una serie de privilegios sobre las mujeres y cualquier otra persona a la que consideren inferior.

El aprendizaje y la interrelación entre naturaleza y cultura a través del mandato de los hombres ha llevado a entender que gran parte de las claves del poder está en la dominación, y que su estrategia debe basarse en la adopción de sus leyes para adaptarlas a las de la cultura, desde la Ley de la Gravedad que da peso a lo cuantitativo, a la Teoría de la Relatividad que luego se lo quita según interese al poder. Y entre ellas no falta la “Tercera ley de Newton”, conocida como “principio de acción-reacción”.

Sorprende que en este contexto, desde la política y los muchos análisis que se han hecho estos días no se vea esta dinámica, y se crea que la causalidad sólo está en el valor de las acciones, como si toda la sociedad fuera homogénea y como si desde la diversidad y pluralidad que la caracteriza se reaccionara siempre del mismo modo frente a propuestas e iniciativas. Se entiende, por ejemplo, que “nunca llueve a gusto de todos”, por muy necesaria que sea la lluvia y por muy suave que caiga para que no se produzcan daños, pero, en cambio, no se entiende que ante las políticas que garantizan  derechos, corrigen injusticias y mejoran la convivencia, haya quien las interprete como una “inundación” de sus ideas, valores, creencias, costumbres… y se reaccione con la misma agresividad y violencia que interpretan en esas medidas “invasoras” a favor de los Derechos Humanos.

La convivencia se basa en trabajar por lo común, no sólo proponer medidas al espacio compartido desde cada una de las posiciones. Convivir en un pueblo no es encontrarse en la plaza pública, sino lograr vivir la idea de pueblo en cada calle y en cada casa.

El auge de la ultraderecha y la llegada de Vox al Parlamento de Andalucía tiene varias causas, pero creo que la primera es esa “Tercera ley de Newton” ante situaciones, iniciativas, políticas… en definitiva, ante determinadas acciones que se han desarrollado, y que desde esa extrema derecha se consideran como un ataque a sus ideales y a su ideología.

Esta reacción a determinadas acciones concretas la vemos en sus propios argumentos y en las razones dadas por los dirigentes de Vox para justificar sus propuestas y su “necesaria presencia”. Todo gira alrededor de esa idea “trumpiana” de “lo mío primero”, y lo mío no es solo la idea de territorio o país, sino que quien piensa de ese modo sobre el territorio piensa también que “mis valores son primero”, “mis ideas primero”, “mis creencias primero”, “mi color de piel primero”, “mi sexo primero”… y por lo tanto, cuando se produce una acción diferente a esa visión egocéntrica, androcéntrica, etnocéntrica, geocéntrica… ellos reaccionan y apoyan a quienes defienden esas ideas y valores.

Esa es la fuerza de Vox, dividirlo todo en cuestiones particulares y unirlas bajo elementos simbólicos cargados de romanticismo, o sea, de subjetividad y de las referencias seguras del pasado.

Por eso, frente a la situación en Cataluña generada por el independentismo reacciona y alza la idea de una España “grande y libre”, ante la ley de Memoria Histórica reacciona y pide el olvido interesado, frente a las autonomías reacciona y plantea el Estado centralizado del pasado, ante Europa reacciona y copia aquello de “España primero”, frente a la “izquierda bolivariana de los <<Podemitas>>”reacciona y presenta su ultraderecha franquista, y ante la Igualdad reacciona y reivindica el machismo formal (no sólo funcional), y dominador de las esferas públicas y privadas…

Todas son cuestiones concretas sazonadas con los problemas económicos de ahora, y acompañadas de los elementos de temporada (corrupción política, desesperanza, percepción de amenaza, de que no hay salida…) y sobre todo miedo, mucho miedo, pues el miedo es el ruido de la política. Como se puede observar, no se trata sólo de una reacción global que sucede en toda Europa, el auge de la ultraderecha europea y Vox ya existían hace 4 años y entonces no hubo un apoyo en las urnas. Toda reacción necesita un enganche con la realidad, y Vox ha sabido canalizar los miedos y la preocupación sobre las acciones concretas que se han llevado a cabo estos últimos años y algunos acontecimientos ocurridos, para aglutinar la reacción en sentido contrario, además de aprovechar la visibilidad que se le ha dado y la pesca de insatisfacción a través de las “redes sociales de arrastre”.

A diferencia de muchas de las propuestas de los otros partidos, que parten de un diagnóstico más general y proponen soluciones más difusas (mejorar la educación, mejorar la sanidad, desarrollar la Ley de Dependencia…) el mensaje de Vox no es nada abstracto, todo lo contrario, es pura concreción sobre la destrucción: hacer desaparecer las Comunidades Autónomas, acabar con la Ley de Memoria Histórica, quitarle la autonomía a Cataluña, derogar la Ley Integral contra la Violencia de Género, echar a los inmigrantes…, pues parte de unos hechos objetivos sobre los que reacciona para alcanzar situaciones que ya han existido en el pasado. La referencia objetiva es doble, tanto en la causa como en la solución.

La situación se complica a partir de ahora. Ya se ha roto el miedo a identificarse con sus ideas y propuestas, o simplemente a aceptar su diagnóstico de la situación, lo vemos en las matizaciones que hacen desde el PP y Ciudadanos, pero sobre todo en algunos tertulianos que refuerzan sus argumentos sin pudor en los debates. No hay que olvidar que Vox juega con toda la construcción cultural histórica que ha mantenido como referencias sus postulados: machismo, centralismo, xenofobia, homofobia… No necesitan cambiar nada, sólo generar duda para que la gente se quede donde ha estado. A Vox no se le puede vencer en una especie de partida de partidos, la forma de lograr que la democracia vuelva a los valores comunes recogidos en la Constitución es convencer a la gente para que los apoye desde el compromiso, no sólo con los votos.

Creer que las manifestaciones, críticas, campañas… los puede debilitar es desconocer las razones por las que han llegado al Parlamento andaluz, cuanto más se les ataque más sólida será su reacción y más numerosos los apoyos, pues en definitiva se les estará dando la razón al demostrar que los sectores que ellos presentan como ilegítimos e interesados, y que consideran que se están enriqueciendo con el dinero de todos para intereses particulares (izquierda radical, feministas, animalistas, ecologistas, extranjeros…), están preocupados por su llegada. En definitiva, la “prueba del nueve” para Vox.

Vox significa menos democracia, por lo tanto la solución es más democracia, y hoy por hoy eso supone más Igualdad y definir un modelo de sociedad basado en el respeto y la convivencia, no sólo poner en marcha medidas para alejarnos de la desigualdad y su injusticia.

 

 

The nothing box

Quizás recuerden el monólogo de Mark Gungor en el que describe con ironía las diferencias entre el cerebro masculino y el femenino. En él explica que el cerebro de los hombres tiene una caja específica e independiente para cada cosa: una para el coche, otra para la casa, una para la familia, otra para el trabajo… y así para cualquier tema, mientras que en el femenino todo está interconectado y relacionado. El funcionamiento del cerebro masculino es muy sencillo, cuando necesita pensar en algún tema acude a su caja correspondiente, entra en ella y lo analiza al margen de todas las demás. Sin embargo, a pesar de tener una caja para cada cosa y cada cosa en una caja, algo que le da una gran potencialidad a la hora de resolver los problemas, el autor destaca que la caja más importante de ese cerebro masculino es la “nothing box”. Sí, una caja vacía llena de nada a la que se acude como refugio o escondite cuando surgen problemas que no se pueden resolver desde alguna de las cajas sencillas o cuando predomina el estrés.

Y claro, una sociedad machista construida a imagen y semejanza de los hombres, ha adoptado el modelo masculino de reflexión y toma de decisiones. Y para ello cuenta con una especie de cajas específicas donde sitúa cada uno de los temas sociales, de manera que cuando se tiene que resolver un problema relacionado se acude a la caja correspondiente. Así, por ejemplo, ha creado una caja para la economía, otra para el paro, una para la inmigración, otra para la educación, una para la sanidad, otra para la ordenación territorial… y bajo ese criterio crea todas las que sean necesarias para que no haya problema sin caja a la que ir ante las diferentes cuestiones que se suscitan en el día a día.

Sin embargo, al igual que le ocurre al cerebro masculino, en esta sociedad machista y en la política que aborda los problemas que surgen en ella,  cuando lo necesita recurre a la “nothing box”. Una caja vacía a la que se llega para esconderse de la realidad y soñar con tiempos pasados o momentos por venir bajo la luz de los símbolos, pues en la oscuridad de la caja hueca son ellos la única vía de dar forma a la imaginación, y de hacer que en esa nada encajada adquiera apariencias de verosimilitud.

La estrategia también es simple, primero se reduce a nada todo lo que se hace, bien porque lo hecho hasta el presente no gusta y se dice que “no vale nada”, o bien porque lo que se plantea no se comparte y se afirma que “no servirá para nada”,  después se abre la caja de los truenos de la “nothing box” para dar salida a su imaginación y se habla de racismo, de machismo, de xenofobia, LGTBfobia…

El problema para quienes prefieren acudir a la “nothing box” es que olvidan que la realidad es todo lo que sucede fuera de ella mientras ellos están en su interior, por eso cuando se asoman al salir se muestran desorientados y desfasados en un tiempo que no ha parado de suceder. Esta es la razón, volviendo al monólogo de Mark Gugor, por la que se hace tan importante tomar como referencia el modelo de cerebro femenino que plantea en su charla. Un modelo repleto de interconexiones que permiten relacionar cada una de las cuestiones individuales con todas las demás, para darle un sentido global a la realidad con su diferente problemática, y a la convivencia desde la pluralidad. Y todo ello, como dice el autor, movido por la energía de las emociones, a la cual yo también añadiría la de la Igualdad, única forma de no caer en la trampa de la “nothing box”.

La solución, como se puede ver, es sencilla, quien busque respuestas en la “nothing box” encontrará la nada como salida, por mucha resonancia y por mucho eco que sea capaz de producir el sonido hueco de sus palabras. Al final sólo es el quejido de la “nothing box” en una sociedad que necesita el compromiso común para mejorar la convivencia sobre el respeto y la diversidad, no crear cajas vacías o llenas de nada.

Hombres al borde de un ataque de nervios

Muchos hombres están de los nervios, eso de ver cuestionados sus privilegios y de poner en evidencia que toda su fortaleza, racionalidad, entereza, criterio y valor era el cuento que ellos mismos habían inventado para impedir que las mujeres pudieran demostrar que era falso, lo llevan fatal y no saben muy bien qué hacer. Por eso mientras que muchos hombres, conscientes de esa injusticia, están saliendo del redil de la desigualdad, otros prefieren vivir acorralados en el machismo y desde allí tratar de lanzar sus mensajes y agresividad para mantener sus posiciones de poder.

Es un ejercicio de resistencia y contraataque.

Y el último ejemplo lo hemos visto en las reacciones a las críticas a la sentencia del Tribunal Supremo, que obliga a una madre y a sus hijos a abandonar el domicilio donde vivían tras la separación, por haber iniciado una relación de pareja con otro hombre. Nada nuevo, salvo la decisión del Supremo, puesto que se trata de una antigua reivindicación del machismo después de fracasar en su estrategia de control histórica. No olvidemos que todo esto viene de una realidad en la que la ley obligaba a las mujeres a pedir permiso al marido para cualquier cosa que hicieran en la vida pública. La misma realidad en la que les resultaba prácticamente imposible divorciarse  hasta que llegaron las llamadas “leyes de divorcio no culpable” en los 70, pero después, aunque lograban divorciarse, su vida seguía dependiendo de su ex marido porque él decidía cuando y cuánto dinero pasar para que sus hijos pudieran cubrir las necesidades básicas, una situación de abuso tan evidente y grave que se tuvo que desarrollar una normativa específica para obligar a pagar lo que sólo era parte de la responsabilidad de esos “buenos padres”. Pero como la situación no era un problema de legalidad sino de mentalidad, esos “buenos padres” inventaron estrategias para seguir hasta hoy sin pagar lo que se derivaba de sus responsabilidades, por eso han utilizado otras vías para continuar con el control de las mujeres y castigarlas por su decisión de separarse, sin importarles el daño causado a sus hijos.  

Por eso ahora están tan contentos de que el Tribunal Supremo les “haya dado la razón”, y se ponen tan nerviosos cuando se critica esa decisión y, sobre todo, su significado. Gracias a esa sentencia pueden volver a mandar un mensaje de fondo muy claro y directo hacia sus ex mujeres: “Si te quedas en casa cuidado de mis hijos no tendrás problemas, pero si metes a otro hombre en casa te irás a la calle con tus hijos”.

Esas referencias demuestran que muchos hombres construyen la familia sobre la idea de posesión, no sobre el compromiso, la responsabilidad y el amor,  de lo contrario no tendría sentido que la decisión para que sus hijos y la ex mujer salgan de la casa se base en que ella inicie una nueva relación de pareja. Es la idea del “tú eres mía o de nadie”trasladada a la familia y resuelta de diferente forma, pero siempre bajo el criterio de la posesión y de la legitimidad para “romper” aquello que consideran propio.

Las consecuencias para los hijos y las hijas es una especie de “daño colateral” del que siempre será responsable la madre por meter a otro hombre en la casa. Es el argumento habitual de los hombres y su Derecho para resolverlo todo con la culpa de las mujeres, y en este caso si ella no hubiera metido a nadie en casa sus hijos seguirían viviendo en ella. Ocurre como en la violencia de género, en la que a pesar del daño que sufren los hijos e hijas por vivir en ese contexto donde el padre maltrata sistemáticamente a la madre, la mayoría de las veces delante de ellos, como demuestran los estudios, el último de ellos la tesis doctoral “Menores y violencia de género: Nuevos paradigmas”, defendida el 30-11-18 por la ya doctora Paula Reyes y dirigida por la catedrática Juana Gil, el Derecho y la Administración de Justicia miran para otro lado y son capaces de “abstraer” de ese hogar violento a los niños para decir que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”y otorgar custodia y visitas sin problema. Y si los niños y las niñas se rebelan frente a esa decisión y no quieren ver al padre maltratador, pues tiran de manual, echan la culpa a las madres y les aplican el inexistente SAP (Síndrome de Alienación Parental).

Que el 83% de las familias monoparentales sean “monomarentales”, es decir, formadas por madres y sus hijos e hijas, parece que no significa nada, como tampoco parece tener nada que ver a la hora de que las mujeres tengan menos independencia y oportunidades el contexto social que las lleva a sufrir más paro, a ocupar los trabajos peor pagados y más precarios, a soportar la brecha salarial, y a que sean ellas las que reduzcan sus jornadas laborales o pidan excedencias para cuidar a sus hijos. Todo ello bajo unas circunstancias en las que desde siempre los hombres han intentado controlar a las mujeres impidiéndoles y dificultándoles la libertad a través del divorcio, como hemos explicado antes. La sentencia del Supremo es plenamente coherente y consecuente con este escenario, porque este escenario es el machismo. El machismo es cultura, no conducta.

Y por eso dice tanto ese nerviosismo violento de los hombres cuando ven que se critica una decisión como la recogida en la “sentencia suprema”, porque en el fondo observan, una vez más, cómo queda al descubierto toda su estrategia de poder e injusticia que les hace disfrutar de los privilegios auto-otorgados, y poder decir cuando las mujeres se enfrentan a ella que lo hacen para quitarles “la casa, los niños y la paga”.