“Not all women”

Si no fuera por que cuentan con el peso de la palabra y la tarjeta de visita de la credibilidad, los argumentos del machismo para cuestionar la desigualdad existente y la necesaria Igualdad serían considerados como absurdos y pueriles.

Muchos machistas, acostumbrados a llenarse la boca con referencias a los españoles, a los inmigrantes, a las feministas, a los empresarios, a los patriotas… sin hacer distinción alguna, bien sea para incluirlos entre sus elogios o sus ataques, cuando se habla de los hombres para reflejar conductas violentas llevadas a cabo por ellos como consecuencia de las referencias dadas por la cultura patriarcal impuesta a toda la sociedad, entonces sí hay que hacer distinciones y dicen eso de, ¡cuidado, que no son todos los hombres!

El machismo es cultura, no conducta, y por ello impregna a toda la sociedad. Por eso cuando el machismo habla lo hace con el convencimiento que da el poder, y, por ejemplo, cuando el eurodiputado ultraderechista Janusz Korwin-Mikke afirma que las mujeres deben cobrar menos que los hombres porque son “mas débiles y menos inteligentes”,no dice que “not all men”son más inteligentes y más fuertes que “all women”.

Imagino que el siguiente paso del razonamiento machista será el “not all women”para justificar de manera similar que la violencia de género, la discriminación, los abusos, el acoso, las violaciones… no las sufren “todas las mujeres”, sino sólo “unas pocas”, casualmente las discriminadas, maltratadas, asesinadas, acosadas, violadas… por “not all men”.

Cuando desde organismos internacionales, universidades, instituciones, organizaciones… se habla de violencia de género, lo que se pone de manifiesto es la construcción cultural que crea una identidad para hombres y mujeres que lleva una especie de pack con los roles, funciones, espacios, tiempos… que deben desempeñar de manera diferente unos y otras; y que, además, establece las normas de relación a partir de lo que los hombres han considerado conveniente para “all society”y“all people”.Y entre los elementos de esa cultura han incluido la violencia contra las mujeres para corregirlas o castigarlas cuando hacen aquello que no deben, bien sea dentro o fuera de las relaciones de pareja.  Esa  normalidad de la violencia de género es la que lleva a que el 80% no sea denunciada, a que exista una actitud pasiva en la mayor parte de la sociedad ante un problema que supone que cada año asesinen a 60 mujeres de media y 600.000 sean maltratadas, y a que cuando se denuncia, en lugar de cuestionar a los hombres que maltratan se ponga en duda la palabra de la víctima, o directamente se la culpe por provocar o haber hecho algo mal.

Ese mismo escenario es el que da lugar a que cuando se plantean medidas específicas para solucionar este grave problema, en lugar de encontrar un apoyo generalizado surja una parte de la sociedad que cuestione estas iniciativas, y pida medidas para “otras violencias” que se llevan a cabo bajo diferentes motivaciones, en circunstancias distintas y buscan objetivos que nada tienen que ver con los de la violencia de género.

Y no deja de resultar curioso que ante tanta generalización sean incapaces de ver los elementos comunes, y por tanto generales, a cada uno de los casos de violencia y al resto de las consecuencias derivadas de la desigualdad. La clave para entender esta situación no se reduce a las decisiones individuales de los hombres que maltratan, agreden y matan, sino que se encuentra en la cultura machista que da razones para que cada uno de ellos inicie la violencia como algo propio de las relaciones de pareja, y permite que a pesar del daño que produce se mantenga invisible y callada dentro de la normalidad en el 80% de los casos. Es la propia normalidad social la que actúa como argumento y como cómplice para ocultar y justificar la violencia de género, por eso quien actúa desde ella, es decir, los hombres que lo deciden, cuentan con la ventaja de sentirse “justificados” por una sociedad que aporta argumentos para recurrir a la violencia contra las mujeres. Y esa misma situación es la que hace que las mujeres que la sufren se sientan cuestionadas y culpables de lo que les pasa, y crean que su responsabilidad está en continuar en la relación para intentar “hacer cambiar” al hombre que las agrede, sin ser conscientes de que en realidad quedan atrapadas dentro de la propia violencia.

Ejercer la violencia desde esas circunstancias da una serie de ventajas, entre ellas el hecho de que lo más probable es que el agresor no sea denunciado (se denuncia un 20%), si lo denuncian lo más probable es que no sea condenado (se condena un 23%), y de ese modo la relación continúa bajo los dictados impuestos por él a través de la violencia con la ayuda de la amenaza de que vuelva a ocurrir, y junto a una sociedad que cuestiona a la mujer en lugar de hacerlo al hombre agresor. Esa es la superioridad del hombre que utiliza la violencia de género, cuyo sentido es dado por la cultura que la “normaliza”, no por las circunstancias individuales del caso. Y eso es lo que reconoce el Tribunal Supremo en su jurisprudencia, como hemos visto recientemente.

La estrategia del machismo es clara, “negar para confundir y confundir para negar”. Esa es la razón por la que antes negaban la violencia de género, puesto que no había estadísticas ni una definición específica de ella en la ley, y ahora que sí la hay y conocemos su dimensión y significado, intentan negar el machismo de la violencia, es decir, la construcción de género que hay tras ella para ocultarla entre otras violencias.

En algo tienen razón, hoy “not all women”están dispuestas a aceptar las imposiciones del machismo, y “not all men”son ya machistas, por eso el machismo cada vez tiene menos espacio y menos poder, de ahí su reacción y los bulos que levantan, porque el machismo sin el andamio de la mentira solo es escombros.

 

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Artículo 3. Definiciones (Convenio de Estambul)

Antes de querer inventarse una realidad, el machismo, la derecha y la ultraderecha deberían darse un paseo por la que ya existe, y así evitar tropezar con los hechos.

El Convenio de Estambul (“Convenio del Consejo de Europa sobre la prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica”) fue aprobado en 2011 y ratificado por España en 2014, ratificación que lo integra como normativa española. Su artículo 3 es muy claro, literalmente dice:

Artículo 3. Definiciones

A los efectos del presente Convenio:

  1. por “violencia contra las mujeres” se deberá entender una violación de los derechos humanos y una forma de discriminación contra las mujeres, y designará todos los actos de violencia basados en el género que implican o pueden implicar para las mujeres daños o sufrimientos de naturaleza física, sexual, psicológica o económica, incluidas las amenazas de realizar dichos actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, en la vida pública o privada;
  2. por “violencia doméstica” se entenderán todos los actos de violencia física, sexual, psicológica o económica que se producen en la familia o en el hogar o entre cónyuges o parejas de hecho antiguos o actuales, independientemente de que el autor del delito comparta o haya compartido el mismo domicilio que la víctima;
  3. por “género” se entenderán los papeles, comportamientos, actividades y atribuciones socialmente construidos que una sociedad concreta considera propios de mujeres o de hombres;
  4. por “violencia contra las mujeres por razones de género” se entenderá toda violencia contra una mujer porque es una mujer o que afecte a las mujeres de manera desproporcionada;
  5. por “víctima” se entenderá toda persona física que esté sometida a los comportamientos especificados en los apartados a y b;
  6. el término “mujer” incluye a las niñas menores de 18 años.

Los  47 países que forman el Consejo de Europa reconocen, y así lo han legislado, que existe una violencia especifica contra las mujeres que nace de la construcción que la cultura machista hace sobre el género, es decir, sobre lo que esa cultura entiende que debe ser el papel y la posición de hombres y mujeres en la sociedad. Una violencia, la que sufren las mujeres bajo esas circunstancias, que se produce para mantener el orden dado bajo la idea de corregir y castigar a las mujeres que con sus conductas y comportamientos lo alteren, y que encuentra en la normalidad el mayor cómplice para poder invisibilizarla y silenciarla, tanto que el 75-80% de las mujeres que la sufren no la denuncian.

Pero, además, cuando superan todos los obstáculos, dificultades, miedos y dudas, y las mujeres denuncian la violencia vivida, entonces las críticas  se dirigen contra ellas, no hacia sus agresores, y se produce un cuestionamiento para poner en duda si es verdad o no lo que la mujer relata en la denuncia, o directamente la responsabilizan a ella por haber hecho algo para “provocar” a su agresor, todo ello como parte de los mitos que las asocian con la maldad y la perversidad que la misma cultura ha situado sobre las mujeres. La situación es tan grave que el 1% de “denuncias falsas” que recoge la FGE se convierte “por obra y magia” del machismo en el 80%. Un machismo que tiene dudas para creer a las mujeres cuando denuncian, pero que no tiene ninguna duda para saber que la mayoría de las denuncias son falsas sin necesidad de investigar ni de probar nada.

Las agresiones que sufren las mujeres se producen al final de un proceso de aislamiento y crítica hacia sus fuentes de apoyo externo, fundamentalmente la familia, las amistades y el trabajo, proceso que las atrapa en la propia relación violenta y facilita que asuma los dictados del agresor responsabilizándola de la propia violencia que sufre. Ese proceso interno de aislamiento llevado a cabo por el hombre que la agrede es integrado dentro de la normalidad de los “asuntos de pareja” por el machismo externo de la sociedad, hasta el punto de llevar a las propias víctimas a manifestar lo de “mi marido me pega lo normal” sin que nadie que lo escuche reaccione ante tal afirmación. Es lo que recoge la Macroencuesta de 2015 cuando el 44% de las mujeres que sufren violencia y no la denuncian, refieren no hacerlo porque la violencia “no es lo suficientemente grave”. 

Ese es uno de los logros del machismo, situar la crítica de la violencia en lo cuantitativo y luego hacer del umbral que define lo “inaceptable” algo relativo para que suba o baje según las circunstancias y la decisión del agresor.

La violencia de género, como vemos, vive entre la normalidad y es protegida por las circunstancias que llevan a que no se denuncie, y a la pasividad de los entornos y de muchos profesionales que atienden a las víctimas, y en lugar de profundizar en la situación que presentan miran para otro lado, por eso el porcentaje de denuncias a través del parte de lesiones, por ejemplo,  sólo fue del 9’7% en 2017.

Todas estas circunstancias para ejercer la violencia contra las mujeres, y luego para justificarla y mantenerla como parte de la relación, son propias de la violencia de género, no ocurren con otras violencias domésticas ni fuera de ese escenario familiar. No existe una construcción cultural que lleve a decir a los hombres “mi mujer me pega lo normal”, ni a que si hombre comente o denuncie que la mujer le ha pegado alguien le diga, “algo habrás hecho”,del mismo modo que no genera sospechas en el momento de acudir al Juzgado ni nadie dice que denuncia porque “quiere quedarse con la casa, los niños y la paga”.

La realidad de la violencia contra las mujeres es objetiva y los estudios la han puesto de manifiesto desde hace décadas. La resistencia del machismo y de los partidos de derechas no es casualidad, sino consecuencia de una defensa de su modelo de sociedad y relaciones basado en la desigualdad y en la referencia de los hombres, para hacer del resto de la realidad parte de sus competencias (mujeres, familia, educación, economía…)

Erradicar la violencia de género exige acabar con el machismo, no puede haber solución si permanecen las causas, del mismo modo que habrá consecuencias si continúan las razones que dan lugar a ellas. Por eso el propio Consejo de Europa en el Convenio de Estambul, en su artículo 9, reconoce y da un papel esencial a las ONGs y a la sociedad civil en todo el proceso, porque es consciente de que las actuaciones desde las instituciones y los propios entornos de las víctimas no es suficiente para abordar todos los elementos que genera el machismo desde la normalidad para atrapar a las mujeres en la violencia. Lo que el machismo y la derecha llama “chiringuitos” de manera despectiva son instrumentos esenciales para salir del foso que la cultura cava alrededor de cada relación violenta, lo cual demuestra el gran desconocimiento que tienen sobre la violencia de género y su desconsideración a las mujeres, niños y niñas que la sufren y viven bajo sus golpes y amenazas.

El artículo 3 del Convenio de Estambul establece de forma clara la diferencia entre violencia de género y violencia doméstica, confiemos en que los 3 partidos de Gobierno en Andalucía articulen sus políticas sobre el pivote de la Igualdad, de lo contrario no sólo estarán contra la realidad, estarán también contra la ley.

 

El fracaso del machismo

Los machistas han comenzado a salivar en cuanto han visto que los partidos de la derecha están cocinando una serie de medidas para limitar las políticas de Igualdad y contra la violencia de género, y así andan, salpicando con sus fluidos las redes y medios.

Nada nuevo respecto a los machistas, que desde el primer momento vieron que la Ley Integral contra la Violencia de Género (LIVG) era un instrumento eficaz para responder ante su violencia de género, tanto sobre los casos como sobre las causas, pero sí respecto a la política, donde un partido accidental es capaz de situarse por encima del Tribunal Constitucional para decir que la LIVG es inconstitucional, y se atreve desde su posición mínima, no sólo minoritaria, a enmendar lo que la soberanía popular a través de sus representantes ha aprobado y ratificado por unanimidad en diferentes ocasiones. Interesante ejercicio de democracia el del machismo.

Todo ello demuestra que andan un poco de los nervios y que el machismo ha fracasado en su intento de mantener la desigualdad como normalidad, y la violencia contra las mujeres como un tema privado e invisible para que los hombres puedan continuar con sus privilegios, entre ellos negar esa violencia de género y mezclarla con otras formas de violencia interpersonal para que pase desapercibida su responsabilidad social y criminal.

Hoy se denuncia más violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja y en la vida pública, circunstancia que demuestra el fracaso del machismo violento en sus formas y en su fondo.

Pero no sólo se denuncia más, también ha aumentando la violencia de género en la sociedad, como demuestran las Macroencuestas. El machismo es cultura, no sólo conducta, una cultura de poder levantada sobre las referencias de los hombres, y como tal tiene tres instrumentos para condicionar la realidad: la influencia, el premio y el castigo. El fracaso del machismo se ha traducido en una pérdida de su capacidad de influir y premiar, por lo que en un intento de mantener sus privilegios y de castigar a quienes los cuestionan ha recurrido al incremento de la violencia.

Sin embargo, como su capacidad de manipular en nombre del orden dado es tan alta, ahora intentan presentar ese incremento del número de casos como un fracaso de la ley, como si la ley fuera la que diera las pautas para maltratar, y como si el machismo estuviera feliz de ceder sus posiciones de poder sin resistirse, y como si la desigualdad construida sobre su idea de “inferioridad e incapacidad” de las mujeres hubiera sido para ellos un error.

El fracaso del machismo es tan manifiesto que en estos 15 años de Ley Integral contra la Violencia de Género sus argumentos no han variado, tan sólo han sido repetidos. Entre esas razones que han dado para cuestionarla, destacan las siguientes:

  1. El número de homicidios no ha disminuido a pesar de medidas establecidas. Un planteamiento trampa basado en dos errores:
    1. Por una parte, comparan los homicidios anteriores a 2003 con los de los años siguientes a la LIVG, cuando en cada uno de esos periodos se medía algo diferente. Antes de la LIVG el concepto jurídico existente era el de violencia doméstica o familiar, por lo que muchos de los homicidios de mujeres en parejas sin convivencia (novios o exparejas) no se contabilizaban. Curiosamente, es a esta referencia a la que nos quieren llevar ahora para volver a ocultar la violencia contra las mujeres.
    2. El segundo error es contabilizar los homicidios en términos absolutos, sin considerar el grupo de población en el que se producen (el número de mujeres maltratadas), y si este es mayor o menor. Al haber aumentado el número de mujeres que sufren violencia machista debido a la reacción del machismo, la tasa de homicidios ha disminuido un 42%, y lo ha hecho en gran medida debido a los cambios sociales en cuanto a concienciación, e institucionales en cuanto a respuesta y atención, gracias a la LIVG.
  2. El número de mujeres maltratadas ha aumentado. Ya hemos comentado que este incremento de la violencia machista es consecuencia del machismo, no de las iniciativas que buscan erradicarlo. El objetivo de la violencia de genero es el control y el sometimiento de las mujeres a los dictados del hombre, y del mismo modo que los machistas no aplican la violencia explícita y directa sobre las mujeres que “hacen lo que ellos dicen”, el cambio social y la conciencia crítica de las mujeres que cuestionan esa imposición  ha llevado a que los hombres utilicen más la violencia. Una situación que requiere más medidas y tener en cuenta este proceso dinámico, pero que es responsabilidad única del machismo.
  3. Críticas sobre el presupuesto invertido. Tal y como hemos explicado, las políticas desarrolladas han permitido sacar a la luz la violencia y las agresiones que sufren las mujeres por parte de los hombres, y ha facilitado que muchas mujeres hayan salido de la violencia a través de la denuncia, pero también, y de forma mayoritaria, por medio de la separación y el divorcio. Este proceso en gran parte se ha debido a los recursos que la LIVG y otras iniciativas han desarrollado sobre la concienciación, información, asistencia, atención, protección… si no hubieran existido recursos ninguna de esas medidas podrían haberse aplicado para que las mujeres puedan vivir libres y sin violencia.
  4. Argumentos para confundir y desviar la atención. El machismo siempre ha desarrollado diferentes estrategias para mantener su status y privilegios, es lo que tiene el poder, la capacidad de hacer cosas diferentes sin que se vean incongruentes ni resten. Por eso, al mismo tiempo que piden derogar la LIVG hay quien pide incluir en ella a los hombres, da igual el sinsentido del planteamiento, lo importante es la crítica y la confusión. Y en esa confusión es donde el posmachismo insiste con argumentos sempiternos como el de las denuncias falsas, la violencia que sufre los hombres, o la idea de que “violencia es violencia”… todo ello con la idea de conseguir dos objetivos:
    1. El primero es ocultar la violencia contra las mujeres entre otras violencias para que no se conozca bien su dimensión y consecuencias, tal y como sucedía en 2003 antes de la LIVG.
    2. El segundo va dirigido a desviar la mirada del origen y significado de la violencia contra las mujeres para ocultar la construcción del machismo y esa normalización que existe detrás de ella. Hablar de violencia doméstica o familiar, además de mezclar y confundir las distintas violencias, sitúa el problema en el escenario, ese ambiente familiar o doméstico, en lugar de hacerlo en la construcción de género que da lugar a la violencia contra las mujeres.
  5. El elemento manipulador y “desesperado” del machismo se aprecia de forma objetiva cuando entre sus argumentos para cuestionar una ley introducen el ataque a las personas, organizaciones y movimientos que comparten la aplicación de dicha norma. Una situación tan “desesperada” la del machismo que no dudan en introducir los clásicos ataques a las “Ministras de Zapatero”, pues no soportan que mujeres jóvenes, valiosas y capaces, como Bibiana Aído y Leire Pajín, hayan sido las responsables de desarrollar e implementar gran parte de las políticas que han llevado al fracaso del machismo.

Su fracaso está claro, si la LIVG no fuera exitosa para erradicar la violencia contra las mujeres y para ayudar a consolidar la Igualdad, el machismo no se molestaría en cuestionarla ni en pedir que se derogue, y si esta ley no fuera tan buena en sus objetivos, tampoco habría sido premiada en 2014 por Naciones Unidas, el World Future Council y la Unión Interparlamentaria, como una de las mejores leyes del mundo.

La violencia del machismo es el gran drama que aún tenemos que padecer como consecuencia de su realidad, aunque ahora sea una realidad fracasada. Pero el siguiente paso es la erradicación del machismo para que ya no exista ni como fracaso, y el feminismo y una sociedad democrática lo van a conseguir.