Gallardón y el largo y frío verano

GALLARDON-LARGO Y FRIO VERANOUna golondrina no hace verano, pero un proyecto de ley sí; al menos eso es lo que debe pensar el Ministro Ruiz Gallardón mientras deshoja las margaritas de su pensil: “Reforma del aborto sí, reforma del aborto no”; “dimisión no, dimisión sí”…

El Ministro de Justicia, allá cuando el estío se desvestía de julio, dijo que el proyecto de ley sobre la reforma del aborto se aprobaría antes de que acabara el verano, es cierto que mostró sus dudas sobre cuándo era ese momento, pero no vaciló en situarlo en la referencia estacional, nada de metáforas ni licencias poéticas para referirse al trayecto de su proyecto como una travesía en el desierto.

Ahora parece que el verano acaba en marzo, al menos ese es el tiempo que tiene, según algunas informaciones, para que se apruebe el proyecto de ley y poder tramitarlo antes de que finalice la legislatura. Por eso le queda por vivir un “largo y frío verano”, tal y como ha quedado en evidencia cuando tras sus palabras en la sesión de control del 17-9-14, su grupo apenas le ha dado el calor de los aplausos.

El Ministro continúa perdido entre lo divino y lo humano, y utiliza la moral que le dicta la fe para imponer a las mujeres una ley que les obliga a ser madres en caso de embarazos no deseados. ¿Qué dios o qué moral puede obligar a ello?…  Sólo quien ve a las mujeres como un instrumento para la maternidad las puede forzar en contra de su voluntad. Ni siquiera el nasciturus, como ha reconocido el Tribunal Constitucional, puede imponer su protección por encima de la madre.

Quizás por ello el Ministro juega con uno de los mitos tradicionales sobre las mujeres, ese que afirma que “las mujeres en realidad quieren decir sí cuando dicen no”; y que, por tanto, el problema se resuelve a base de insistencia… Sólo hay que insistir por encima de su voluntad, pues según esa idea, al final se darán cuenta de “lo equivocadas que estaban y de lo feliz que pueden ser en las nuevas circunstancias”.

Parece que para el Sr. Gallardón proteger a las mujeres es decidir por ellas, a lo mejor comparte lo de la “superioridad intelectual” que manifestaba su excompañero de Gobierno Arias Cañete, y con su ley busque una norma que permita ejercer ese paternalismo sin problemas. Pero actuar de ese modo, como le han dicho en el Congreso, es “legislar en contra de las mujeres”, pues significa hacerlo en contra de su libertad y de su dignidad. Y también es legislar en contra de los hombres que creemos en los Derechos Humanos, y que queremos la Igualdad como una de las referencias sobre las que articular la convivencia.

Por eso  sorprende que nadie, ni su ministerio ni ningún otro, haya planteado la solución al aborto por medio de la prevención de los embarazos no deseados a través de la educación sexual, ni quieran, tampoco, oír hablar de afectividad y sexualidad ni de nada parecido. Para ellos todo queda reducido a “pecado o delito”.

Lo que quizás no sepa el Ministro Gallardón es que el último informe global de la OMS sobre el aborto, realizado junto al Guttmacher Institute de Nueva York, concluye que el número de abortos en todo el planeta se ha reducido desde 1995 un 8’7%, y que esa disminución ha sido del 44’1% en Europa. Entre los factores que han facilitado ese descenso está el desarrollo de leyes permisivas con el aborto, puesto que lo que hacen estas normas es abordar el problema de los embarazos no deseados desde una perspectiva integral, no sólo mirando al resultado y quedarse en el “aborto sí, aborto no”.

Esa es la razón de que el informe también recoja que las legislaciones restrictivas con el aborto no se acompañan de una disminución del número de abortos, lo único que se modifica  es el lugar y las condiciones donde las mujeres abortan, y las consecuencias de esta inseguridad  sobre la salud de las mujeres. La situación llega a ser tan grave que el 4% de las muertes maternas se producen como consecuencia de abortos (inducidos y espontáneos),  lo cual significa que 70.000 mujeres mueren cada año en el mundo por abortos; una mujer cada 8 minutos.

No se puede defender la vida “en abstracto” sin que importe la vida de las mujeres, ni se puede pensar que los abortos disminuirán porque muchos de ellos se hagan clandestinamente o en clínicas de otros países, como ocurría en nuestro país al legislar sobre los supuestos que el Gobierno quiere devolver. Esconder los abortos bajo las alfombras de las estadísticas oficiales no resuelve el problema, además de ser inmoral.

Si el Ministro Gallardón y el Gobierno defienden la vida, respetan la libertad de las mujeres y quieren acabar con los abortos, como afirman, lo que tienen que hacer es mantener la actual Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo que impulsó la Ministra Bibiana Aído desde el Ministerio de Igualdad, y que hoy tanto apoyo “popular” tiene; y, además, lo que también deben hacer es dotarla de más recursos en toda su amplia parte preventiva.

El primer año de dicha norma, sin apenas  medios para poder desarrollarla adecuadamente, ha supuesto una disminución del 5% de abortos… Eso es defender la vida y respetar a las mujeres, y con ello defender la convivencia bajo la libertad y buscar una sociedad mejor para hombres y mujeres.

 

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Yo como hombre opino que las mujeres decidan

YO-OPINO-TU DECIDES-MLA 2014Soy hombre, y como tal no puedo quedarme embarazado; por tanto, en ningún caso tendría la posibilidad de decidir interrumpir mi embarazo. Sí puedo ser padre a través del embarazo de una mujer y su maternidad, sin embargo, no puedo obligar a ninguna mujer a quedarse embarazada por muy fuerte que sea mi deseo de alcanzar la paternidad, salvo que utilice la violencia. Del mismo modo, tampoco puedo impedir a una mujer sea madre, a no ser que recurra de nuevo a la violencia; podré evitar que sea la madre de mis hijos, pero no que ella sea madre si así lo decide, por muy estrecho e intenso que sea el vínculo que nos una. Mi deseo de no ser padre no lo podría equiparar a la consecuencia de que ella no fuera madre, si así lo decide.

Todas las combinaciones sobre el embarazo y el papel de los hombres alrededor de la paternidad, pasan por el respeto a la decisión de las mujeres, en caso contrario estaríamos utilizando alguna forma de violencia para obligarlas a algo que ellas no quieren.

Y todas las combinaciones son posibles y respetadas excepto una: la decisión de una mujer embarazada de no ser madre a través de la interrupción del embarazo.

El argumento que se da es la defensa de la vida del embrión, pero las circunstancias de la realidad nos dicen que no es así, que en verdad la legislación que pretende reformar la actual “Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo” (LO 2/2010), sólo se dirige al embrión para controlar el cuerpo y la libertad de las mujeres. En caso contrario, esta u otra norma, deberían regular y proponer alguna medida sobre los más de 500.000 embriones congelados que existen en nuestro país como consecuencia de las técnicas de reproducción humana asistida, la mayoría de los cuales lo más probable es que terminen siendo no viables.

Del mismo modo, tampoco se hace lo suficiente para evitar la causa del aborto, que no es el capricho de algunas mujeres embarazadas, como se intenta presentar en un nuevo ataque hacia ellas, sino el trauma de un embarazo no deseado. Por ello no es casualidad que se silencie que en tan sólo un año la parte preventiva de la actual ley, haya conseguido una importante reducción del número de abortos, y que, según la OMS, sean los países con legislaciones más permisivas con la interrupción del embarazo donde menos abortos se producen. No parece, pues, que el respeto a la vida del embrión sea la razón principal de la reforma de la legislación vigente. Todo apunta a que en realidad se busca imponer una determinada moral e idea de las mujeres sobre su rol de madres.

Si no se hace nada por evitar las circunstancias que dan lugar a la interrupción voluntaria del embarazo, y sí se hace para obligar a las mujeres a que continúen un embarazo no deseado, la conclusión es sencilla: desde esas ideas “ser mujer y maternidad” se entiende como una situación indivisible e inaccesible a la voluntad, y que, por tanto, no puede estar sujeta a la libertad de decidir de las mujeres, ni quedar al margen del significado que una parte de la  sociedad (aquella que busca imponer su moral) da a esas circunstancias, a las cuales deben quedar sometidas todas las mujeres.

Un embarazo no deseado no dura nueve meses, se prolonga durante toda la vida... Y si una relación sexual no consentida es una violación, ¿qué es una maternidad no consentida…?

Yo, como hombre, pido que las mujeres sean libres para decidir sobre su maternidad,  también tras un embarazo no deseado. Y lo hago en nombre de esa libertad que tenemos, hombres y mujeres, para decidir y actuar en otras circunstancias relacionadas con la maternidad y la paternidad sin obligar a nadie, ni imponer nuestros criterios y voluntad.

La libertad, la igualdad, la dignidad y el resto de los Derechos Humanos exigen su respeto en las personas que pueden verlos limitados, no la quiebra de los mismos en nombre de determinadas ideas y creencias particulares, totalmente respetables, pero sin que ese respeto pueda suponer su imposición al resto de la sociedad.

Si lo que se pretende es acabar con el aborto, lo que debe conseguirse es evitar los embarazos no deseados.

En consecuencia, Yo, como ciudadano y como hombre, quiero la Igualdad y la Libertad para las mujeres y los hombres de mi país, por ello pido que las mujeres decidan sobre su embarazo y la elección de ser o no ser madres. Ellas son tan responsables y capaces como los hombres para proteger y defender la vida y al resto de Derechos Humanos, pero sólo ellas son quienes pueden verse atrapadas de por vida en un embarazo no deseado.

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Si te sientes identificado como hombre con este posicionamiento, o lo quieres defender como mujer, hazlo a través del hagstag  #yoopinoquetudecidas 

 

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El universo contractivo de la Justicia

UNIVERSO JUSTICIA
El pasado martes (11-2-14) vivimos en nuestro Parlamento un ejemplo de lo que podríamos considerar el “universo de la justicia”, un universo que al igual que el espacio sideral está en movimiento, si bien en sentido contrario. Y mientras nuestras galaxias se expanden, el universo de la Justicia se contrae y empequeñece.

Por un lado asistimos a la limitación de la “Justicia Universal”, o lo que es lo mismo, a la imposición de criterios particulares para impedir que la Justicia prevalezca, y por otro, a la imposición de un criterio personal sobre la conciencia de muchos diputados y diputadas que habían manifestado sus críticas, y hasta rechazo, a la reforma del aborto planteada por el Ministro Gallardón, refrendada después por Rajoy y su Gobierno, y respaldada ahora por todo el PP. 

En los dos casos se pone de manifiesto una instrumentalización de la Justicia para defender aquello que se considera importante, no para la sociedad, sino para una parte de ella que obtiene beneficios a través de estas imposiciones. En definitiva, lo que se ha hecho es, por un lado, dar libertad a los criminales, y por otro, limitar los derechos de las personas para ejercer su libertad en un marco de convivencia plural y diverso, e imponer unos límites a esa convivencia en nombre de una unas ideas, de una moral y de unas creencias que son muy respetables, pero que no pueden obligar a quien no las comparta.

Las consecuencias de estas decisiones no se reducen sólo al hecho en sí de la restricción, sino que con ellas se producen injusticias difícilmente aceptables y asumibles en una democracia y en un universo social que pretende girar alrededor de los Derechos Humanos. No hablamos de situaciones futuribles y abstractas, sino de realidades concretas que llevan a que sus consecuencias sean inmediatas. En el caso de la limitación de la Justicia Universal se facilita que los crímenes contra la humanidad no se investiguen y que, por tanto, sus autores utilicen la Justicia para defender su impunidad. Y la reforma del aborto conlleva que las mujeres queden reducidas a una especie de “electrodomésticos” obligándolas a ser madres en contra de su voluntad, como si una consecuencia tan trascendente pudiera imponerse sin contar con su decisión.

Quien entiende que el universo es un error porque gira alrededor del sol, no de su propio planeta moral e ideológico, como cree que debería ser, todo lo ve desde esa distancia que pone colores a los planetas (azul la Tierra, rojo Marte, rayado Júpiter, Venus blanco…) y que impide mirar a los ojos de quien convive a su lado. Lo único que pretende es inclinar todavía más el eje de rotación hacia su parte para sacar aún  más ventaja de su poder.

Pero cometen un pequeño error.  Olvidan que ha sido el ideal de justicia el que ha movido la expansión de lo humano dentro de la humanidad, el que ha hecho el planeta más habitable, el que ha borrado fronteras y derribado dictaduras… Un ideal al que no renunciará nunca nuestra especie ni nuestras sociedades, por más que especulen ahora con la moral ante el fracaso de sus ideas.

Si echan un vistazo a la historia se darán cuenta de que las sociedades han ido ganando progresivamente en libertad y en derechos, y ello significa que lo han hecho arrebatando espacio a quienes desde el poder actuaban en contra. No ha sido una evolución lineal ni constante, tampoco pacífica, en ella ha habido fases de expansión y otras de contracción, como si el corazón que nos inunda el cuerpo de emociones y sentimientos hubiera nutrido también nuestras acciones como pueblos, pero el tiempo le ha dado la razón a la libertad y la igualdad.

La sociedad cada vez es más consciente de su papel y más fuerte en sus ideales, aún así, quien se cree ungido para imponer sus criterios sobre los “impulsos de una masa descarriada” también sabe que el escenario es más complejo, y que necesita mecanismos e instrumentos de control cada vez más sofisticados  y directos, algo que ahora está consiguiendo con la ayuda de la economía. No por casualidad la crisis ha traído los vientos secos del pasado, y no por casualidad entre los argumentos dados para crear este nuevo universo contractivo de la justicia se ha recurrido a las razones económicas. En el caso de la justicia universal tras la imputación del expresidente chino Hu Jintao, por las consecuencias económicas sobre nuestro país dadas las relaciones comerciales con China y la deuda adquirida por su economía, y en la reforma del aborto porque, según afirman, el nacimiento de más niños y niñas será un revulsivo económico.

Cualquier argumento es deplorable para defender la injusticia, pero sin duda una de los mayores es el económico. Lo de cambiar euros por derechos raya, sencillamente, la miseria moral. Ahora que Stephen Hawking dice que no existen los agujeros negros en el espacio, no me extrañaría que se hubieran mudado al universo social.

 

La sociedad incapaz y la redención

SOCIEDAD-REDENCIONLas posiciones conservadoras siempre han tenido un halo redentor… Es cierto que éste surge más de la compasión que del compromiso, pero es esta circunstancia la que las lleva a moverse entre la salvación y la redención.

La derecha se ha presentado como la salvadora de la deriva de un mundo empujado por la izquierda hacia el abismo que supone sacarlo de su órbita androcéntrica y teocéntrica (valga la redundancia)…  Dios creó al mundo e hizo al hombre a su imagen y semejanza, y el hombre, para no ser menos, se hizo dios y creó su mundo (el patriarcado) a imagen y semejanza propia.

En este diseño la mujer no cuenta mucho, salvo como ladrona de costillas en el Paraíso y usurpadora de funciones y espacios en la Tierra, o lo que es lo mismo, pecadora de principio a fin… De ahí la necesaria redención masculina.

La concepción androcéntrica de la sociedad se basa en la jerarquización de las personas, los contextos, las ideas, las creencias, las costumbres… Cada elemento tiene un valor diferente que va sumando en las personas que lo integran como parte de su identidad y comportamiento. Y para las posiciones androcéntricas sus ideas, valores, creencias… no sólo tienen un valor superior al resto, sino que dicho valor es tan elevado que debe ser impuesto al resto de la sociedad para evitar su deriva. Así es su generosidad.

De este modo siempre encuentran razones para la desigualdad y la discriminación, cuando no son las ideas son las creencias, cuando no son las creencias pues son los valores, y cuando no es nada de lo anterior se recurre al color de la piel, a la orientación sexual o el origen de la persona… Siempre hay algún motivo, y con frecuencia muchos, para defender su status y la consecuente inferioridad del resto.

Y en todo este entramado, las mujeres, que de entrada ya hemos dicho que cuentan poco, son situadas en una posición inferior a la de los hombres y dependientes de ellos de manera doble. Por un lado porque su función principal es aportar estabilidad al modelo, y en particular a los hombres con quienes comparten una relación, y por otro, porque deben ser controladas para que no hagan aquello que no deben, pues en el fondo el temor a las mujeres es doble: se les teme por lo que pueden dejar de hacer, y se les teme por lo que pueden llegar a hacer fuera de ese control.

Y claro, como no siempre la parte conservadora hace y deshace de manera directa, cuando la izquierda introduce medidas de progreso social sobre la responsabilidad, la igualdad y la libertad de las personas, llega la derecha con su manto redentor para salvar a la sociedad de su pecado levógiro.

La actitud de la derecha representa el gobierno de las élites, el poder en su esencia, la presión de lo que debe ser, el “¡que se jodan!” de Andrea Fabra. La derecha se siente ungida para gestionar el destino de un país y de una sociedad porque su modelo se basa en una en una explicación racional del sentido de la vida a partir de referencias divinas, donde no queda espacio para la casualidad ni la espontaneidad. Todo tiene un fin y una función. Cuenta con un principio que se inicia en el origen de la propia vida, sabe perfectamente el camino a seguir, y conoce el final ansiado que conduce al mundo de la salvación, justo donde todo comienza y  donde se cierra el círculo. Y para que esto ocurra de ese modo cada cual está encasillado en su papel y función, del que nadie debe salirse para que no haya sorpresas. De manera que el hombre ha de ser hombre, la mujer mujer, el obrero obrero, el inmigrante ha de ser inmigrante, el enfermo enfermo… y así todo el mundo. O lo que es lo mismo, cada persona no sólo es lo que su condición refleja, sino que además debe de comportarse como tal y hacer lo que está previsto que haga. No vale eso de hombres haciendo de mujeres, mujeres realizando lo de los hombres, inmigrantes como si fueran españoles… ni nada parecido.

Para ellos la sociedad es incapaz por esencia. Es mundana y en presente, busca lo inmediato y lo material, es envidiosa y celosa, y no pretende tanto compartir como quitar a quien tiene… idea que trasladan con frecuencia a la izquierda y a todo el significado de las políticas de igualdad. Y por eso cuestionan en privado la democracia sobre la idea de “una persona un voto”, y dicen que cómo va ser lo mismo el voto de un parado sin formación que el de un catedrático de universidad, por ejemplo. Y por ello recurren a menudo a cuestionar a las personas de izquierda que están en política intentando jugar con los mitos  y diciendo de ellas que no tienen títulos universitarios ni apenas formación, algo que usan más con las mujeres (recordemos los ataques a las Ministras de Rodríguez Zapatero), puesto que las ven doblemente intrusas, por ser de izquierdas y por ser mujeres.

Pero como todo esto no lo pueden presentar de manera explícita juegan al disimulo y al engaño, y sólo cuando las circunstancias lo permiten se muestran tal y como son. Es lo que ha ocurrido con la mayoría absoluta obtenida en las elecciones de 2011 y con las principales reformas que han abordado: la reforma laboral, la reforma educativa y la reforma del aborto.

Las tres reformas son instrumentos para reconstruir la estructura jerarquizada que se había difuminado en parte con el estado del bienestar, y que cada persona vuelva a ocupar la casilla asignada para desde ella desarrollar las funciones otorgadas. La idea es que los hombres sean hombres según el modelo tradicional, que las mujeres sean mujeres de manera complementaria, y que los trabajadores sean trabajadores a la antigua usanza: atemorizados y agradecidos. Y que no sólo sean de este modo por la vía de los hechos, sino que la educación lleve a entender que es la mejor forma de convivir, de ahí las prisas.

Esa organización social se basa en la familia como célula y en la mujer como núcleo de esa célula. Si la mujer no actúa como núcleo de la célula familiar el tejido social se necrosa.

Y la forma de retener a las mujeres dentro de la familia es reforzando su identidad sobre los roles de esposas, madres y amas de casa. Por eso limitan su libertad y la igualdad a la hora de afrontar las situaciones que les afectan de manera directa, y por ello han utilizado la reforma del aborto para reivindicar todos sus valores e ideas, entre ellas: la mujer es incapaz necesita autorización, la mujer es mala, hasta el punto de acabar con una vida por egoísmo, la víctima no sólo es el embrión, el hombre también es víctima de la mujer que no lo deja decidir sobre su paternidad…

Y si las mujeres son incapaces, malas y contrarias a los hombres, ¿qué es lo que necesitan? Fácil. Requieren hombres que las asesoren, controlen y le ayuden a decidir lo mejor para ellas, que es ser madres, esposas y amadísimas amas de casa…

¿Difícil…?, qué va… Gallardón lo ha conseguido de un plumazo. El Ministro ha tenido que venir con su reforma a redimirlas de su propia libertad.

El concebido y el aborto

UNIVERSO
No está muy claro qué es lo que pretende defender Gallardón
con su reforma de la Ley del Aborto. Se dice que es la vida del nasciturus, y con ella la vida en general, hasta el punto de que las organizaciones que lo apoyan han tomado esa idea y se auto-denominan “pro-vida”.

Pero si analizamos la situación y los planteamientos que hacen vemos que no es así.

– Si lo que se defiende es la vida depositada en el embrión a toda costa no se admitiría ningún supuesto para abortar nunca, ni violación, ni enfermedad física de la madre que pudiera ser tratada, aunque el riesgo fuera alto, ni menos aún una enfermedad psíquica, que difícilmente podría afectar a la vida de la madre, salvo que diera lugar a riesgo de suicidio, ideación suicida que sería la que exigiría un tratamiento según estas posturas, no un aborto.

– Tampoco parece que sea la vida en sí misma cuando en Irlanda una mujer nacida en India, Savita Halappanavar,  dentista de 31 años, falleció junto al hijo que esperaba por no practicarle un aborto http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/11/14/actualidad/1352919338_098702.html. Y cuando en El Salvador se estaba dispuesto a que llegado el caso, la madre una joven de 22 años llamada Beatriz y con una situación clínica grave debida al lupus que padecía, a una insuficiencia renal y a una pre-eclampsia, muriera durante el embarazo de un feto con anencefalia que no sobreviviría al nacer http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/05/30/actualidad/1369894974_531835.html.

– Y sigue sin ser la vida lo que se defiende cuando  ante casos como el de unos siameses que compartían un corazón de seis cavidades, y una situación clínica que exigía una intervención quirúrgica para que uno de ellos pudiera tener posibilidades de vivir, desde esas mismas posiciones se decía que no había que actuar, y que la solución era que murieran los dos “de forma natural” http://es.catholic.net/laicos/466/2257/articulo.php?id=4328.

– Y definitivamente no es la vida lo que protegen cuando en lugar de prevenir los embarazos no deseados, que son los que causan los abortos, no la maldad de las mujeres, y de apostar por una ley como es la actual Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo, que trabaja la educación sexual y la prevención de embarazos no deseados, y que ha disminuido un 5% el número de abortos en un año, lo que se hace es mantener las circunstancias que darán lugar a los abortos y esconder sus cifras en la clandestinidad o en el extranjero. Pero serán vidas que terminarán por la práctica de abortos, aunque no se cuenten.

Estos ejemplos nos dicen claramente que no es la vida lo que se defiende, no ya en términos de dignidad ni libertad, sino en su propio concepto biológico. Es lo que se deduce cuando las decisiones que se adoptan para “defender” la vida del no nacido, ahora llamado “concebido”, conllevan la muerte de la madre, como ocurrió en Irlanda, como se podría haber producido en El Salvador, o como se defiende ante la supervivencia de un siamés. 

Es más, todo  lo anterior nos indica que tiene más valor impedir un aborto en sí mismo que la vida de la mujer, ni siquiera se equipara la vida de la mujer con la vida del no nacido, puesto que en el caso de El Salvador la grave alteración que presentaba el feto (anencefalia) hacía que muriera al nacer, y en el caso de Irlanda el feto de 17 semanas no iba a sobrevivir, pero daba igual, lo importante era no practicar un aborto hasta el punto de que le costó la vida a Savita, una mujer hindú fallecida por la imposición de una ley basada en la moral católica. Es decir, desde esas posiciones que defienden la vida, la vida de una mujer vale menos que el embarazo de un feto “en estado terminal” que espera nacer para morir, gracias a la vida que le da la misma madre a la que terminará “matando” ese embarazo. 

La vida de las mujeres importa poco incluso después de la muerte, como ha ocurrido ahora en Texas, donde una mujer embarazada, Marlise Muñoz enfermera de 33 años que había dejado instrucciones en vida para ser desconectada en caso de necesitar de esa vida artificial, han sido despreciadas y se mantendrá en esa vida artificial por “criterio médico” hasta que el feto sea viable. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/01/08/actualidad/1389189160_967673.html 

No deja de ser paradójico que las mimas posiciones y leyes que impiden que un hombre sea padre después de fallecer utilizando su esperma donado en vida, no impidan a una mujer ser madre en contra de su voluntad y después de muerta.

Si esa misma mujer en coma no estuviera embarazada se la desconectaría sin problema. Y si estuviera consciente y necesitara un soporte mecánico que sólo pudiera prestarse en el hospital, y ella renunciara a él para morir en su hogar, podría pedir el alta hospitalaria y fallecer en paz. Nadie podría obligarla a mantenerse conectada a los aparatos, del mismo modo que un paciente puede renunciar a un tratamiento a sabiendas que al hacerlo morirá con toda seguridad.

La vida de las personas no se defiende a cualquier precio, del mismo modo que no se puede obligar a una persona histocompatible a donar un órgano o sangre de un grupo poco frecuente en una situación de urgencia, a pesar de que al no hacerlo la persona enferma morirá.

Todas estas circunstancias nos indican lo siguiente:

– Lo que se defiende no es la vida, sino algunas circunstancias que pueden afectarla.

– Se dice que se defiende la vida del embrión o del feto, pero no siempre.

– No se dice, pero se ve de forma clara que no se defiende a las mujeres en ningún caso, sino a su función de madre. Se la obliga a la maternidad violentando su voluntad para defender, no la vida como se dice, sino la muerte en nombre de algo o de alguien, como se proponía en El Salvador, como ocurrió en Irlanda, o como se aconsejaba con los siameses. 

Si el sexo sin consentimiento es una violación o una agresión sexual, ¿qué es una maternidad sin consentimiento?

¿Por qué se defiende a toda costa la vida del embrión y del feto, y no se defiende la vida en otras circunstancias, tal y como hemos visto?

Lo que se defiende e impone con esta reforma de la Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo que propone Gallardón, es una moral y unos valores que utilizan la idea de la vida del embrión y del feto como pivote para justificar todas la demás ideas, y para demonizar al resto de propuestas y posiciones que no respetan esa idea básica y esencial de la vida que se impone. Esa es la estrategia.

Por eso no es casualidad que se refieran a esa vida del no nacido como “concebido”, ni que  los valores, ideas y creencias que se pretenden defender se hagan a través de negarle a las mujeres que decidan libremente.

Concebir, según el Diccionario de la RAE es:  CONCEBIDO-DRAE

  1. Quedar preñada una hembra.
  2. Formar idea, hacer concepto de una cosa.
  3. Comprender, encontrar justificación a los actos o sentimientos de alguien.
  4. Comenzar a sentir alguna pasión o afecto.

Por lo tanto, el “concebido” de la reforma de Gallardón se supone que es “la idea sobre la preñez de una hembra (entendemos que mujer) que justifica los valores y creencias de quienes defienden esa idea, y hace sentir pasiones entre el grupo  que la comparte”…. Como pueden ver, no es la vida lo que se defiende. 

Y la clave para entenderlo, aunque con matices, desde los más terrenales a los más trascendentales, es sencilla, al menos  en el planteamiento que hacen tradicionalmente sobre el origen de la vida y el papel de las mujeres.

La religión ha establecido que la vida se crea por obra de Dios y que le pertenece a Él. La biología sólo es el instrumento que utiliza Dios para crear la vida, por eso hay miles de relaciones sexuales sin que haya embarazo. Para estas posiciones esa realidad es el ejemplo de que el origen de la vida no es una cuestión biológica y necesita una especie de chispa que la haga prender, la cual escapa a la condición humana para situarse en la divinidad. Y por esa misma razón, para estas ideologías, no se pueden poner obstáculos a dicha acción sobrenatural utilizando preservativos u otros medios anticonceptivos, puesto que con ello estaríamos limitando la decisión divina para crear la vida, aunque al impedir el uso del preservativo mueran millones de personas por SIDA u otras enfermedades… Pero ya no sería obra de Dios, sino de la maldad humana y su asociación con el sexo.

El embrión es mucho más que una vida y que una persona en potencia. Para la religión el embrión es la obra directa de Dios antes de que la condición humana pueda decir o hacer nada desde su libre albedrío. La vida humana para la religión es una especie de “recreo” del cual ha de rendir cuentas ante Dios, pero antes del inicio de ese espacio propio, lo mismo que cuando finaliza con la muerte, sólo la referencia de Dios tiene validez. Y por dicha razón la religión ha de velar para que en ese mientras tanto  terrenal que es la vida, las personas no se alejen demasiado de sus referencias ni se pierdan por otros caminos.

Actuar sobre el embrión o sobre el feto es hacerlo directamente sobre la obra de Dios, y los humanos deben estar sometidos a Dios, no enfrentados. Por eso las mujeres no pueden decidir, porque ellas no sólo están sometidas a Dios, sino que tienen una triple sumisión: a Dios, a la naturaleza en su maternidad, y a los hombres (recuerden el “Cásate y se sumisa”)… Y ellas deben ser para los demás antes que para sí mismas, y decidir pensando en su misión trascendental, no en su propia vida. Por eso deben ser antes que nada esposas y madres, y serlo como “Dios manda”.

Ya lo dijo Gallardón, “la maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres”… pues eso Sr. Ministro deje que las mujeres disfruten su derecho a la libertad.

Su idea es respetable, pero no exigible a toda la sociedad.

La familia y uno más, el aborto

FAMILIA Y UNO MAS
Cuando el argumento se basa en la falacia el planteamiento defendido no suele ser cierto.
Es algo que no falla y que estos días, a raíz de la reforma de “Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo” para convertirla de nuevo en una “ley del aborto”, se pone de manifiesto en quienes defienden este sendero iluminado iniciado por Gallardón. 

El argumento de quienes avalan la reforma de la Ley del aborto del Gobierno del PP es sencillo, de ahí su eficacia y el sellado de poros que consigue ante cualquier otro planteamiento: Quien está en contra de esta reforma está en contra de la vida, en contra de la familia, en contra de las mujeres, en contra de los hombres, en contra de la religión, en contra de la iglesia… O lo que es lo mismo, quienes defienden que las mujeres puedan decidir sobre si continuar con un embarazo no deseado o no, están a favor de la muerte, de la destrucción de la familia, de la desnaturalización de las mujeres, de la devaluación de los hombres, de la desaparición de la religión y del desahucio de la Iglesia.

Y no es cierto.

Nadie está a favor del aborto, de lo que se está a favor es de que la mujer pueda decidir interrumpir un embarazo no deseado y evitar todas las consecuencias que nacen de él, que no sólo será un niño o una niña. Un embarazo no deseado dura toda la vida, no sólo nueve meses, y una mujer que no quiera continuar con un embarazo no puede ser condenada ni “prisionera” de su propio cuerpo, porque otros decidan que el embarazo debe continuar en nombre de unas razones que no se defienden del mismo modo cuando se refieren a la vida fuera del útero, ni en todas las circunstancias cuando está dentro de él.

Y por tanto nadie está en contra de la vida, al contrario, darle a las personas el valor de poder decidir sobre la propia vida y su trascendencia en sociedad, es valorar la vida y empezar a construir una sociedad en la que solución al aborto pase por la prevención a través de la educación en general y de la educación sexual en particular. Sin miedos ni culpas, sin condenas celestiales ni críticas terrenales. 

Negar la realidad no la resuelve, la puede ocultar, pero no solucionar. La historia de la humanidad ha venido acompañada del aborto y de su prohibición, y en cambio no se ha solucionado el problema ni se han evitado los embarazos no deseados. Basta recordar que ya en el siglo V antes de nuestra era, el Juramento Hipocrático comprometía a los nuevos médicos a no practicarlo, y que en estos 26 siglos el argumento general ha sido el mismo sin que nada se haya resuelto. Hoy,  la reforma de Gallardón nos sitúa en el mismo lugar y ante lo que es seguro será el mismo resultado: Continuarán los embarazos no deseados y los abortos.

Si la Iglesia, las religiones y los sectores conservadores de la sociedad hubieran dedicado el mismo esfuerzo que han puesto en prohibir, en culpar, en condenar, en discriminar… a concienciar, responsabilizar, liberar y convivir,  tendríamos una sociedad más rica en saber, consciente de las consecuencias de cada decisión, e igualitaria en las relaciones, lo cual haría de ella una sociedad mucho mejor. Y probablemente habría muchos menos embarazos no deseados y abortos.

Pero la decisión ha sido la contraria, y cada vez se ha ocultado más la sexualidad y se ha señalado con más ímpetu al pecado del sexo. Y cuando ha habido iniciativas para educar en convivencia y cambiar estas referencias, como lo ha sido la asignatura “Educación para la ciudadanía”, se la ha atacado como si fuera el mismo demonio, hasta el punto de decir de ella que adoctrinaba a la juventud… Todo ello no deja de resultar paradójico. Ahora resulta que hablar de igualdad, educación sexual, de prevenir la violencia de género… es considerado como adoctrinamiento, y hacer lo contrario y defender la desigualdad y sumisión de las mujeres, esconder la sexualidad tras el pecado, y no romper con los roles que llevan a la violencia, es considerado como educación. ¿Para qué tipo de ciudadanía es esa educación?, ¿para qué tipo de sociedad es esa ciudadanía? 

El domingo 29-12-13 el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, volvió a utilizar a la familia para atacar a las familias, como si su idea de familia, de amor, de respeto y de convivencia fueran las únicas. Y no deja de llamar la atención que lo hiciera hablando de una “cultura de tristeza”, cuando desde pequeñitos nos enseñaban en religión que la “vida es un valle de lágrimas” y que “nacemos para morir”, y recurriendo al argumento de la  “transitoriedad”, cuando nos explicaban que el sentido de esta vida estaba en la “otra vida”, y que en este vivir sólo vamos de paso. 

Entiendo que defienda y refuerce con esas ideas su concepto de “familia cristiana”, lo cual es muy respetable, pero me sorprende que desde la religión se intente imponer, no presentar y llamar a él, sino imponer su modelo de familia, de vida,  de muerte… o de lo que sea. ¿Dónde está el prójimo al que tanto se refiere?, ¿dónde la libertad?

Hace unos días Manuel Lucas escribió un artículo de opinión en “elalmeria.es” (http://www.elalmeria.es/article/opinion/1674903/regresaremos/futuro.html), y nos decía que cuando estaba de médico en Beas de Segura (Jaén), allá por los 70, una familia del pueblo perteneciente al Opus Dei fue a su consulta para pedirle que firmara un manifiesto en contra del aborto. Él se negó y sufrió la crítica y el desprecio dentro y fuera del centro de salud. Tiempo después el mismo matrimonio acudió de nuevo a la consulta para pedirle información sobre clínicas en Londres donde pudiera abortar su hija… 

El problema del aborto está ahí  como lo ha estado siempre. Con la actual “Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo”, que sí aborda el tema de educación sexual y de la prevención de los embarazos no deseados, en el último año descendió un 5% el número de abortos . El resultado es claro: La solución al problema pasa por la educación y la prevención que hagamos en los próximos años, no con la prohibición  que se lleve a cabo durante los próximos siglos.

Los hombres, la vida y el aborto

HOMBRES-VIDA Y ABORTO
Soy consciente de que toda afirmación contiene algo de reduccionismo,
y que quien no quiere ver ni aceptar la realidad siempre mira antes la parte reducida que la afirmada. Nada de lo que está ocurriendo alrededor de la reforma de la actual ley sobre la Interrupción Voluntaria del Embarazo sucede al margen de los valores e ideas que nos hemos dado para convivir en sociedad. La gran diferencia entre ellos es que mientras que la visión conservadora se trata de imponer al resto de las personas, la alternativas progresistas entienden que la diversidad exige el respeto a las diferentes posiciones.

El origen de los planteamientos utilizados para mutar la ley del aborto está en la defensa de la vida, y esta se hace desde el concepto de vida que manejan desde esas posiciones conservadoras. Un concepto inalcanzable porque para ellas no está definido sobre cuestiones humanas, sino sobre referencias divinas. Es como un dogma de fe aplicado a la sociedad y, por tanto, inaccesible a la argumentación racional. La vida pertenece a Dios, y todo es vida mientras Él no diga lo contrario.

El problema no está en lo que dice Dios, sino en lo que los hombres interpretan. Y lo que los hombres hacen, más que fe y confianza en la divinidad, lo que demuestra es una gran desconfianza en ella, por eso la cultura, que viene ser a los hombres lo que la Naturaleza es a Dios, cada vez ha ido quitándole más espacio a lo divino que se esconde tras las nubes, y lo ha ido incorporando al polvo del terreno del día a día. No por casualidad la cultura es una creación a imagen y semejanza de los hombres que ha seguido una estrategia perfecta: primero la crean como una tierra prometida a sí mismos, y luego se nombran dioses de ella.

Ya no se busca llegar a Dios por las obras realizadas en vida, sino llegar a ser Dios por medio de ellas, o lo que es lo mismo, cobrar la recompensa en esta vida y dejar para la otra el finiquito.

La vida pertenece a Dios, eso lo dejan muy claro, pero en ningún momento de la historia, tampoco en el presente, han vacilado en recurrir a la muerte a través de la violencia, de las guerras, de la criminalidad… con el fin de reforzar sus valores e ideas. Y también a sus dioses y creencias.

Y en ningún momento de la historia, en el presente tampoco, han dudado en sacrificar y someter a las mujeres como vírgenes, como pecadoras o santas, como esposas, como madres, como esclavas… para perpetuar un sistema en el que la vida de un no nacido tiene más valor que la vida de las mujeres, y en el que la vida de muchos nacidos es abandonada a una muerte segura pero “fortuita”, como si fuera el accidente de unas circunstancias admitidas de las que todo el mundo conoce que sólo se sale a través la muerte… Niños y niñas que mueren de hambre, de frío, por enfermedades incurables tras unas semanas de vida llena de sufrimiento, por la violencia de sus entornos, por el tráfico de seres humanos y la explotación sexual y laboral consecuente…

Y no es casualidad que en este rio revuelto la Iglesia, pescadora de seres humanos, se posicionara a través del Arzobispado de Granada sobre lo que considera que debe ser la vida de las mujeres en la sumisión; o lo que es lo mismo, que se limiten a lo que los hombres decidan e impongan en cualquier contexto creado por esa cultura machista: en el individual, en el relacional, en el familiar y en el social. 

Como tampoco debe sorprendernos que en estas interferencias de colores que pone la Navidad sobre la realidad, el mismo Arzobispado aporte ahora la versión masculina a la idea con el libro “Cásate y da la vida por ella”. Aquí no hay que defender la vida, sino darla. Las mujeres no pueden dar su vida por los hombres porque sus vidas no les pertenecen, ya quedaron en manos de los hombres cuando estos decidieron dejarlas como una especie de “electrodomésticos biológicos y sociales” programados para hacer aquello que ellos digan. 

El escenario descrito nos muestra cómo el concepto de vida se ha elaborado sobre las referencias de unos hombres que definen la identidad de las mujeres en la aplicación de sus funciones biológicas a la cultura y sociedad que ellos han construido. Por eso son hombres los que deciden sobre qué hay que decidir y quien puede tomar esas decisiones, y por ello son hombres los que utilizan el argumento de la vida para que las mujeres no decidan. No debe sorprendernos todo esto cuando, además, el comité de expertos creado por Gallardón para asesorar sobre la reforma del aborto ha estado formado por siete hombres y una mujer.

El aborto no es un problema de las mujeres, como no lo es la violencia de género ni la discriminación, todos son problemas de la sociedad androcéntrica construida sobre la injusticia y la desigualdad que las mujeres sufren, pero que deterioran el proyecto común que debe ser la sociedad. Las mujeres deben decidir en aquellas cuestiones que les afecten de manera directa, pero todos, hombres y mujeres, debemos decidir e implicarnos en la consecución de la Igualdad, y en la definición de una nueva realidad en la que la solución a los problemas se plantee desde la prevención, no desde su ocultación o negación.