Polvos, lodos y machismo

De “aquellos polvos vienen estos lodos”…La sabiduría popular sabe más por vieja que por popular, la experiencia la hace sabia a través de las vivencias protagonizadas, aunque no siempre aprende de lo vivido.

En algunos de los acontecimientos que ocurren en nuestros días sólo falta escuchar de fondo esa frase que muchos padres y madres repetían ante los problemas de alguno de sus hijos, “es que no aprendes”, decían recriminándoles su responsabilidad en lo ocurrido. Pero el problema del aprendizaje no sólo está en la incapacidad de adquirir conocimiento, sino que con frecuencia radica en la falta de voluntad para aplicarlo. Y lo que nos dice la experiencia ante determinados sucesos no es que la sociedad sea incapaz de aprender, sino que dentro de ella hay quien no está dispuesto a renunciar a determinados beneficios y privilegios, aunque se a costa de generar un riesgo que por lo general afectará a otras personas.

Cuando decimos que “el machismo es cultura, no conducta”, hay quien reacciona con cierta confusión, pero también hay quien responde con beligerancia desde posiciones machistas diciendo eso de que “ahora resulta que todo va a ser machismo. Y sí, todo es machismo porque la cultura, ese conocimiento que permite organizar la convivencia y definir las identidades, está construido sobre lo que los hombres han considerado oportuno a lo largo de la historia para articular las relaciones, distribuir roles, tiempos y espacios, y definir la identidad de las personas que la forman. No hace falta esperar un resultado para considerar la existencia del machismo, el machismo no es el resultado, sino lo que hace posible ese resultado y luego le da significado para que sea coherente con sus ideas, valores y creencias. Por eso la Igualdad es la gran deuda de la historia y las mujeres las grandes discriminadas, y lo son más que las “razas”, castas, orígenes o procedencia de las personas, pues ellas, además de esas discriminaciones estructurales, están discriminadas en cada uno de esos grupos respecto a  los hombres.

El machismo es una construcción de poder, es decir, se ha hecho de manera interesada para que quien “parte y reparte se lleve la mejor parte”, y estas personas que cortan y reparten en nuestra sociedad son los hombres. Y para conseguir los beneficios materiales que les permitan cobrarse su compromiso con el sistema utilizan lo privado y lo público, el “amor romántico” y la violencia, la política y el conflicto, la salud y la enfermedad… Utilizan todo lo que sea necesario y lo hacen cada vez más, puesto que cualquier modelo de poder está pensado para crecer, no sólo para permanecer, de ahí que no haya espacio para el autocontrol ni la renuncia, puesto que su propia existencia sería considerada en sí misma como un fracaso.

Y el modelo de poder machista no sólo se basa en la obtención de beneficios y privilegios como resultado, sino que gran parte de su estrategia se fundamenta en las formas de lograr esos objetivos. Por eso al machismo no le basta con haber establecido una jerarquía en lo que lo masculino marca las diferencias y los hombres ocupan el poder, sino que, además, exige que quien actúe en su nombre debe expresarlo en la práctica a través del uso de la fuerza y la violencia, en dominar y someter, para de ese modo hacer de la realidad su principal instrumento, y así reafirmar y retroalimentar su carrera sin límites por medio de cada una de sus acciones y logros.

La naturaleza no es diferente al resto de los elementos que el machismo utiliza para y crecer en poder. La naturaleza queda sometida al machismo, la hace suya a través de la fuerza, la violencia, la invasión de sus espacios y su posterior conquista para sus intereses. Todo ello con el objeto de expandir su poder y recompensar a quienes lo secundan por medio del dinero, del status, de las influencias…. en definitiva, del reconocimiento.

El razonamiento es sencillo. Los edificios se construyen y el urbanismo de las ciudades se diseña tal y como se piensan, y se piensan según la cultura machista entiende que deben ser esas ciudades a partir de las necesidades y de la mirada de los hombres, y del uso que ellos vayan a hacer de ellas. Si ese diseño crea espacios donde las mujeres pueden sufrir la violencia de otros hombres, da igual; y si la naturaleza, su medio y sus ríos se ven sometidos y expulsados de su territorio, a ellos les da lo mismo. Lo importante son los beneficios y el reconocimiento obtenido por sus grandes construcciones.

El feminismo ha puesto de manifiesto esta realidad (como también lo ha hecho en cada uno de los diferentes ámbitos de la sociedad), y plantea alternativas para mejorar las ciudades, su desarrollo y su relación con la naturaleza. A pesar de ello, desde el machismo lo ven como una “exageración” y como un planteamiento absurdo, pues desde la visión androcéntrica todo se soluciona con más “fuerza”. Y si se dice que los pilares de un puente no aguantarían una riada, su solución es construir otros más sólidos, no evitar el problema de la ocupación del curso fluvial;  y si se plantea que un muro puede ceder ante una tormenta intensa, en lugar de buscar una alternativa responde que se levanta uno más ancho y más alto. La clave está en imponer su visión y demostrar su poder.

Los estudios urbanísticos con perspectiva de género llevan muchos años trabajando todas estas cuestiones e identificando los factores de riesgo para la convivencia en el día a día y en situaciones excepcionales, pero el machismo, esa “normalidad con perspectiva masculina”, los ignora y los presenta como “sinrazones” dirigidas a cuestionar a los hombres y a plantear temas menores, puesto que las mujeres, dicen, son incapaces de competir con los hombres en los “grandes temas”.

Lo ocurrido en las últimas riadas que hemos sufrido tiene parte de responsabilidad en el modelo machista de urbanismo, y en la prepotencia que muestran ante el riesgo, pues para el machismo el riesgo sólo es una oportunidad para demostrar su valor, aunque sea con el sufrimiento ajeno. Y la responsabilidad se inicia en las construcciones que se hicieron, pero antes lo estuvo en el diseño del plan de ordenación urbana del lugar, y todavía antes en las agresiones que se ejercen sobre la naturaleza a través de su ocupación y de toda la contaminación que se vierte sobre ella.

No es un problema nuevo ni propio de determinados lugares debido a sus especiales circunstancias, es un problema de siempre que cada vez se repite y se agrava más por esa forma de entender el urbanismo y las relaciones con la naturaleza. No se puede jugar a la ruleta rusa con el clima ni con nada, y el machismo lo hace esperando que no le toque a alguien, pero a sabiendas que siempre habrá quien se vea afectado por su juego y su riesgo.

El machismo ha creído que después de diez mil años su poder era ilimitado, pero se equivocó al principio cuando creó una cultura desigual e injusta, y se equivoca ahora cuando cree que su razón pasada es motivo suficiente para perdurar. No se da cuenta de que todo está en su contra, y que la naturaleza se revela contra su dominio al igual que lo hace la sociedad. Y mientras que la primera llena las calles de su injusticia de agua, la segunda lo hace con mujeres (y cada vez más hombres), ambas exigiendo respeto, convivencia e Igualdad.

 

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Si los hombres se paran, el machismo se para…

Si los hombres se paran el machismo se para, de eso no hay duda… pero los hombres no se van a parar.

La huelga feminista del 8M/18 no sólo ha parado al mundo, sino que además ha detenido la historia. Una historia donde los hombres han empujado al tiempo para que siga adelante bajo sus dictados y zarandeos, daban igual las consecuencias que producía su injusticia social y el daño que padecían las mujeres, lo importante era mañana, porque ese mañana ha sido exactamente igual a cada hoy desde el principio de la historia.

El futuro siempre ha actuado como una de las principales trampas del machismo, “dejar que el tiempo pase sin que nada más pase”. Dejar los días vacíos de acciones para que sólo contaran sus horas y sus minutos, y que el porvenir sólo fuera un momento posterior del mismo escenario y bajo los mismos argumentos. Un “futuro de cumpleaños” que no ha cumplido con el compromiso social de la Igualdad.

El futuro no es ese paso vacío del tiempo, sino una nueva realidad surgida de la transformación del presente, y cuando la historia es machismo y desigualdad, el futuro sólo puede ser la Igualdad. Por eso las posiciones conservadoras temen tanto a la Igualdad, no lo han hecho a la Libertad, ni a la Justicia, ni a la Dignidad, aunque siempre intentan controlarlas y limitarlas, pero la Igualdad supone una desestructuración de su modelo jerárquico de poder y privilegios. Por eso los hombres no se paran.

Y por esa misma razón la Huelga Feminista del 8M/18, además de mostrar las múltiples consecuencias de la desigualdad en cualquiera de los ámbitos de la sociedad, lo que ha puesto de manifiesto es que nada de eso es casualidad ni un error, tampoco una deriva del tiempo, sino una construcción de los hombres para obtener beneficios a través de la imposición de lo que ellos han considerado adecuado para organizar la convivencia y  las relaciones en los distintos contextos de la sociedad. De ese modo, las referencias masculinas son tomadas como universales, es decir, válidas para toda la sociedad, sin contar con lo que las mujeres han considerado importante y necesario para la convivir en ese espacio común de la sociedad.

La situación tiene un doble significado. Lo primero, que se trata de una construcción interesada, no un accidente ni un producto del azar, aquí nadie echó una moneda al aire y salió desigualdad, como podría haber salido igualdad. Y lo segundo, que hablamos de una construcción de poder, es decir, que la adopción de las referencias masculinas como universales no fue para darle a la realidad un decorado más viril, sino para otorgar a los hombres una serie de privilegios sobre la ausencia o limitación de derechos en las mujeres.

El machismo es perfectamente consciente de su injusticia y de las consecuencias dramáticas que ocasiona, por ello dispone de toda una serie de estrategias para justificarlas de manera que puedan ser integradas como parte de determinados contextos o circunstancias, y evitar que sean identificadas como un problema estructural. Por ello juega con los mitos, los estereotipos, los prejuicios, la costumbre… para que todo sea compatible dentro de “su normalidad”. Y así lo ha hecho a lo largo de la historia, ha cedido espacio y cambiado en las formas para no renunciar nunca al poder de su construcción cultural, y ahora no va a ser diferente.

El 8M/18 ha permitido que una gran parte de la sociedad tome conciencia de lo que hay detrás de las múltiples manifestaciones de la desigualdad, de eso no hay duda, pero también ha posibilitado que el machismo tome conciencia a su vez de toda esa movilización crítica y de lo que significa. Y este “darse cuenta” de la realidad implica que van a pasar a la acción para tratar de mantener su espacio de poder en las nuevas circunstancias. Una vez más, como han hecho siempre, cederán en algo con tal de conservar la estructura de poder que les genera los privilegios y beneficios.

El machismo no es un problema de falta de conciencia, sino de falta de voluntad para erradicarlo. Ya hemos dicho que desde su posición son plenamente conscientes del daño que ocasiona su injusticia social. La desigualdad no se debe a que se desconozcan sus causas y muchos de sus resultados, sino a todo lo contrario, a la falta de voluntad para adoptar medidas que corrijan la injusticia social que supone el machismo a pesar de todo el daño y dolor que ocasiona. ¿Es que no se sabe que en España asesinan de media a 60 mujeres por violencia de género cada año?, ¿es que no se conoce que las mujeres tienen mayor dificultad de conseguir un trabajo, que cuando lo logran es más precario, y cuando no es tan precario cobran menos que los hombres?…

Y esta situación no va a cambiar de repente porque la crítica se haya organizado para adquirir una dimensión global, y haya ocupado el espacio público por medio de las manifestaciones del 8M/18.

Si los hombres se paran el machismo se para… pero los hombres no se van a parar; al menos de manera voluntaria e inmediata.

El machismo ya está organizando su reacción, como lo ha hecho en otros momentos. De momento, además de un silencio sospechoso, ya surgen las primeras voces dentro de una estrategia montada sobre tres grandes líneas:

  • La primera es unirse al éxito de las manifestaciones y apuntarse el tanto con argumentos que afirman que quieres de verdad han hecho cosas por las mujeres han sido las políticas conservadoras.
  • La segunda busca la típica confusión que utiliza el posmachismo a través de la desnaturalización del significado de lo ocurrido, idea que necesita quitarle sentido a la palabra “feminismo” para apartarla de toda la reacción social. Y para ello siguen dos tácticas, una apropiarse del nombre para decir que son feministas y que feminismo es lo que ellos hacen, reforzando de ese modo la primera línea argumental; y la otra, proponer nuevas medidas para demostrar su compromiso con la Igualdad, que es justo lo que ha hecho el PP al anunciar el día 10M un “plan en favor de la mujer”.
  • La tercera se dirige a destacar la “manipulación” de lo ocurrido y la falsedad de los hechos. Es el argumento clásico basado en la idea de la maldad de las mujeres y en el mito de la “Eva perversa”, que lleva, por ejemplo, a hablar de “denuncias falsas” cuando nos referimos a la violencia de género o la inexistencia de la brecha salarial. Para ello argumentan que se trataba de una manifestación “transversal” donde no había ideología ni críticas a nada ni a nadie, sólo demanda de acciones para abordar “temas que afectan a las mujeres”. Bajo esta línea “el feminismo y las feministas” son presentadas como las manipuladoras por excelencia, capaces de instrumentalizar una respuesta como la vivida desde su “elitismo y su ataque a las propias mujeres”. El argumento se cierra con referencias al “ataque del feminismo” contra los hombres, la familia, la Iglesia, las economía, el orden de Occidente… o cualquier cosa que se les ocurra.

Es la reacción del machismo para defender su poder. De momento estamos en sus fase inicial, pero continuará y debemos prestar toda la atención que requiere la situación para que la conciencia surgida del 8M/18 no se hunda frente a las costas de la Igualdad con los torpedos que ya lanza el machismo.

Nada nuevo, como sabemos, pero otra vez diferente sobre las circunstancias para adaptarse al nuevo tiempo de siempre, sin transformar la desigualdad en Igualdad.

Rebelión, violencia y género

El auto del magistrado del Tribunal Supremo, Pablo Llanera, ha sido claro al mantener la acusación de rebelión contra Carme Forcadell y los miembros de la mesa del Parlamento de Cataluña. Entiende que hay rebelión porque hay violencia, y que hay violencia porque se hizo “ostentación de la fuerza y disposición a usarla”.

La pregunta es sencilla, ¿por qué no se aplica ese criterio en violencia de género en lugar de admitirla, prácticamente, sólo cuando hay lesiones físicas?

En violencia de género el maltratador ocupa la casa y la vida de las mujeres por medio de la ostentación de la fuerza, por su “disposición a usarla” a través de advertencias y amenazas, y por emplearla directamente en las agresiones físicas, psíquicas y sexuales que llevan a cabo. Sin embargo, los juzgados niegan o minimizan con demasiada frecuencia esa violencia, a pesar de las múltiples referencias que habitualmente existen sobre el control violento y amenazante que desarrolla el agresor, y para admitirla se centran, fundamentalmente, en la existencia de lesiones físicas, pues ni siquiera las alteraciones psicológicas ni su impacto en la salud de las mujeres se admiten con facilidad como demostración de la violencia sufrida a lo largo de la relación.

Estas circunstancias, en parte, son las que llevan a que el porcentaje de condenas en las Audiencias Provinciales sea del 81%, en los Juzgados de Violencia sobre la Mujer del 82%, mientras que en los Juzgados de lo Penal sólo sea del 54% (CGPJ, 2016). Una situación que refleja que cuando hay lesiones graves, que son los casos que llegan a las Audiencias, la violencia se demuestra con facilidad, igual que sucede en los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, donde las lesiones son más leves, pero se denuncian de inmediato y el juicio se celebra en un tiempo muy cercano a los hechos, con lo cual los elementos objetivos se aprecian de forma directa. En cambio, en la zona de intensidad intermedia de la violencia, y en la que el impacto psicológico suele ser más trascendente que el físico, la violencia no se considera por no contar con los elementos objetivos de las lesiones físicas, a pesar de que en la mayoría de los casos hay claras referencias al clima generado por el agresor a través de la “ostentación de la fuerza y su disposición a usarla”.

La violencia de género es mucho más que la suma de todos sus golpes. Su objetivo no es el daño, sino el control, y para ello cuenta con dos grandes complicidades. Por un lado con la de la construcción social que banaliza esta violencia y la integra como parte de la normalidad, llegando, incluso, a recurrir al control social para hacer entender que sólo las “malas mujeres” la sufren, de ahí que el 26% de las víctimas no denuncien “por vergüenza”, porque hacerlo es reconocer públicamente que son unas “malas mujeres” (Macroencuesta, 2015). Y por otro, la actuación desarrollada por cada agresor desde esa normalidad tras interpretar el mandato cultural, y aplicarlo sobre la mujer atendiendo a sus circunstancias específicas.

¿Qué más fuerza y disposición a usarla necesitan jueces y juezas, fiscales, forenses, policías, guardias civiles… cuando el 75-80% de las mujeres que sufren esta violencia no la denuncian, y continúan bajo su dominio y control hasta ser asesinadas? El dato es claro, el 60-70% de las mujeres asesinadas nunca habían denunciado.

La sociedad y la Justicia deben acercarse a la violencia de género para conocer sus características específicas y los elementos que la diferencian del resto de violencias interpersonales, tanto en sus objetivos, motivaciones y formas de llevarse a cabo, como en la reacción social ante ella. ¿Qué otra violencia con 60 homicidios al año haría que sólo el 1% de la población (CIS, septiembre 2017) la considerara grave? ¿Qué otra violencia, a pesar de esa gravedad objetiva cuenta con una reacción que intenta minimizarla hablando de denuncias falsas? ¿En qué otra violencia se presenta al agresor como víctima de la respuesta social e institucional?

¿Se imaginan una campaña continuada en redes y medios que hablara de que el 80% de la droga incautada no es droga, sino azúcar o harina que ponen para de ese modo justificar la necesidad de contar con unidades especializadas contra el tráfico de drogas, y para que las asociaciones de ayuda se beneficien con subvenciones?… Sería inadmisible, pero eso es lo que hace el posmachismo con la violencia de género cada día sin que nadie lo evite.

Mientras que para demostrar la violencia contra las mujeres se exijan pruebas e indicios que no suelen estar presentes en muchos de los sucesos denunciados, y no se acepten los elementos que forman parte de la violencia de género y que, por tanto, aparecen en la gran mayoría de los casos, será imposible romper la capa de invisibilidad que aún protege a los agresores y atrapa a las víctimas.

La solución es sencilla, y pasa por analizar en profundidad los elementos que configuran esta violencia. Si para entender que los responsables políticos en Cataluña han cometido un delito de rebelión se considera que la violencia está en el “ostentación de la fuerza y su disposición a usarla”, de manera más inmediata y directa debería aceptarse la violencia en los casos de género, pues lo que caracteriza al agresor y al ambiente en el que se desenvuelve la relación es esa ostentación manifiesta de la fuerza, su disposición a usarla, y su empleo directo en cada agresión.

La respuesta social frente al machismo es una auténtica “rebelión de genero” con el único objetivo de alcanzar la Igualdad para toda la sociedad, pero mientras que una mujer tiene que demostrar lesiones físicas de cierta intensidad para evidenciar la violencia, un Estado sólo tiene que interpretar que ha habido ostentación de fuerza y disposición a usarla. Una situación que demuestra que el machismo está más protegido y tiene aún más poder que el propio Estado.

 

Bienvenidos al machismo

¡Ahora se han dado cuenta!… Ha tenido que producirse la denuncia contra Harvey Weinstein para que, de repente, todo Hollywood se vea reflejado en el espejo del abuso sexual; y ha tenido que ser Hollywood, la ciudad de los sueños, para que el resto de la sociedad viva la pesadilla de la violencia de género en forma de abusos y agresiones sexuales.

Hasta que no se ha conocido esta situación muchas personas han preferido mantenerse al margen y mirar al lado contrario cuando los hechos llamaban su atención. Da igual que en España asesinen a 60 mujeres de media cada año en el contexto de las relaciones de pareja, que 600.000 sean maltratadas, el machismo siempre ha sido capaz de solventar la situación y ocultar la realidad a través de su estrategia.

Siempre lo ha tenido fácil porque ha contado con los instrumentos necesarios para lograrlo. Y estos instrumentos son las “3 C”: credibilidad, culpabilidad y complicidad. Por un lado, la credibilidad de los hombres a través de su palabra inmaculada, por otro, la culpabilidad de las mujeres construida a partir del mito de su perversidad, y en tercer lugar, la complicidad del resto de la sociedad, pues sin ella no habría sido posible que tantos violentos lo hayan podido ser durante tanto tiempo, y aún hoy sigan siéndolo.

Las “3C” originan una credibilidad intermitente (al hombre sí me lo creo-a la mujer no, al hombre sí-a la mujer no, al hombre sí-a la mujer no…) que es la que permite que sólo se vea lo que interesa y que se crea todo lo demás, una situación que no se produce por accidente, sino por decisión de quienes tienen la capacidad de determinar la realidad para que no se vea afectado el orden dado ni descubiertos sus rincones de invisibilidad. De este modo, la violencia contra las mujeres en cualquiera de sus formas se puede ejercer a espaldas de la mirada social y reforzar así la identidad machista y los privilegios que conlleva, no sólo para los hombres que usan la violencia, también para el resto. Por eso la gran mayoría contribuye desde la complicidad, porque al final todos los hombres, violentos o no, se benefician de una sistema diseñado para ellos. No por casualidad, por ejemplo, sólo el 5% de los maltratadores termina siendo condenado, ni tampoco es fortuito que los hombres tengan mayor tasa de empleo, mejores condiciones laborales, mayor salario, más presencia en los puestos de dirección…

La normalidad impuesta es tan eficaz que lleva a momentos como el que de forma muy gráfica y directa ha relatado Leticia Dolera La actriz cuenta que estaba en un bar con cuatro hombres, y uno de ellos, director de cine, le pone la mano en el pecho mientras los otros disimulan. Ella le pregunta:

  • ¿Qué haces?
  • Te toco una teta; responde él
  • No puedes hacer eso; le dice de nuevo ella
  • Sí puedo, mira… y le vuelve a tocar

Eso es el machismo. No se trata sólo de asaltos y ataques en callejones oscuros, sino de una normalidad que lleva a abusar de las mujeres hasta en lugares públicos, delante de otras personas y después presumir de ella; y a pesar de todas esas circunstancias permanecer entre la invisibilidad y la negación. Pero todavía va más lejos, y cuando se llega a conocer, en lugar de entender que forma parte de esa normalidad que lleva a ocultar lo ocurrido, lo que se hace es culpabilizar a la víctima y ponerla a ella como responsable de los hechos.

El informe de la Agencia de Derechos Fundamentales (FRA) de la UE es muy revelador. El 55% de las mujeres europeas han sufrido acoso sexual en algún momento de sus vidas, pero más significativo resulta aún las referencias al contexto en el que se produce. El estudio recoge que conforme el nivel profesional es más alto el porcentaje de mujeres que han sufrido acoso es mayor (el 75%), un dato que indica que el destino y el camino para alcanzar esos espacios y funciones ocupados y dirigidos por hombres está lleno de acoso sexual.

Es la consecuencia de la estrategia de las “3C”, y por si todo ello fuera poco, además cuentan con una especie de “mecanismo de seguridad” por si falla alguna de las “Cs”, y es hacer creer que la violencia contra las mujeres no se produce en los lugares donde habitualmente ocurre. Es lo que hemos visto en el estudio del FRA respecto al acoso sexual, y mientras que la sociedad cree que sucede en trabajos no cualificados, en verdad ocurre más en los niveles más altos y en la universidad. Y llega a ser tan poderoso el argumento que se utiliza hasta en los juicios, ¿recuerdan el caso de Nevenka Fernández, concejala en el ayuntamiento de Ponferrada, cuando el Fiscal Jefe de Castilla y León decía que se “había dejado tocar el culo como una cajera del Hipercor”?. Lo mismo ocurre cuando se presenta la familia como un escenario idílico caracterizado por el amor, el respeto y la convivencia, sin cuestionar la construcción violenta de las relaciones y la instrumentalización de la familia por parte del machismo para defender sus ideas, valores y privilegios.

Todo forma parte de su estrategia: Primero se niega y oculta con las “3C” (credibilidad del hombre, culpabilidad de la mujer y complicidad social), y luego, si a pesar de ello se conoce el problema, se presenta como imposible porque en la universidad, en la política, en el cine, en la alta dirección empresarial… no se dan conductas de acoso; como también se dice que en las familias de bien no existe la violencia de género, indicando que se trata de un problema de un hombre concreto con una mujer en particular para ocultar el machismo que hay detrás.

Bienvenidos al machismo, ha costado, el viaje ha sido largo y duro, diez mil años atravesando los desiertos del silencio, las montañas de la amenaza, mares y océanos embravecidos por la violencia, ríos de soledad y miradas de culpabilidad, pero al final se ha llegado al machismo.

De manera que bienvenidos, pero no se queden en la puerta, “pasen y vean”. Lo que acaban de conocer sólo es la pequeña parte que se ha colado por la puerta de un plató que alguien ha cerrado mal, pero los hogares, las empresas, la universidad, las calles… están llenas de machismo y su violencia.

 

Modelo machista de resolución de conflictos

El modelo machista para resolver los conflictos entre dos partes basa su estrategia en generar más conflicto, no en el diálogo ni en el consenso.

El planteamiento es sencillo y surge de la construcción patriarcal de la cultura y de la sociedad que tenemos como consecuencia. Esta construcción toma como referencia universal lo masculino y sitúa a los hombres en una posición de superioridad respecto a las mujeres, de manera que establece la desigualdad de género como esencia de estructuración social, y a partir de ella ha ido tomando otros elementos para extender y ampliar la desigualdad a otras circunstancias y características de las personas que forman parte de esa sociedad. El resultado es un sistema jerarquizado de poder, o lo que es lo mismo, una sociedad en la que determinadas personas por su sexo, sus ideas, sus creencias, su color de piel, su status, su origen, su orientación sexual… tienen una serie de privilegios y ventajas respecto a aquellas otras cuyas características son consideradas inferiores por esa cultura y sociedad.

Cuando se produce un conflicto entre personas en diferente nivel dentro de esa estructura jerarquizada, a quien se encuentra en una posición de superioridad no le interesa dialogar o consensuar para solucionar el conflicto, porque ha de hacerlo a partir de argumentos y razones, y puede que no las tenga o que sean menos sólidas que las de la otra parte. Por eso le interesa agravar el conflicto, avivarlo con elementos que generen más enfrentamiento para de ese modo justificarse en el uso de los instrumentos propios de su posición de poder, y que la otra parte no tiene por encontrarse en un nivel inferior.

Con esa estrategia el conflicto va aumentando hasta llegar el momento del “hasta aquí hemos llegado”, a partir del cual se pone en marcha todo el arsenal de instrumentos que guarda en su posición de poder, bajo la justificación de que el conflicto es insostenible, y como si hubiera sido generado en exclusiva por la otra parte.

Este es el modelo machista de resolver los conflictos, y el que usan los hombres desde sus posiciones de poder con las mujeres, algunos llegando a la violencia, otros a la amenaza, y otros simplemente recurriendo a la escenificación del conflicto para que la mujer entienda que debe ceder ante su autoridad. Y como son los hombres y las referencias de la masculinidad las que impregnan la cultura y el significado de lo que acontece en la sociedad, el modelo se extiende a otros escenarios bajo los mismos planteamientos de la desigualdad y el poder, como ocurre en las relaciones laborales entre empresarios y trabajadores, en las relaciones dentro de los partidos políticos y en el ejercicio de la política, en las relaciones nacionales y en las internacionales… Cualquier escenario en el que se entienda que el conflicto es un ataque a la posición de poder y un pulso a la persona que responde desde ella, el resultado será un aumento del conflicto que lleve a vencer más que a convencer.

Porque el objetivo de la resolución de conflictos bajo esta estrategia machista es doble, por un lado resolver la cuestión formal que se ha planteado, sea esta personal, familiar, laboral, política, nacional o internacional; y por otro, ser reconocido como “vencedor” y salir reforzado en su posición de poder, aunque haya sido a través de una injusticia. Lo importante es vencer y aumentar el poder.

Este modelo de resolución de conflictos habitualmente reporta muchos éxitos a quienes están esas posiciones de privilegio, de ahí su refuerzo y su permanencia a lo largo de la historia, y su extensión a los ámbitos y contextos más diversos con ligeras variaciones. Pero siempre con la estrategia de resolver el conflicto generando más conflicto.

El problema se presenta cuando el modelo se utiliza frente a quien se piensa que está en una posición inferior y no lo está, o cuando lo está pero cuenta con otros mecanismo de apoyo informal que contrarrestan en parte el poder inicial de la otra posición, pero también cuando cada una de las partes cree que está en una posición de poder, y que debe potenciar el conflicto desde su lado para de ese modo poder utilizar su “carta secreta” y todos aquellos elementos propios a su posición que le permitirían vencer sin convencer. Al final, este tipo de planteamientos son los mismos que dicen eso de que “la historia la escriben los vencedores”, por eso lo importante es derrotar al otro del modo que sea, porque después lo suavizarán y endulzaran con su relato.

Lo estamos viendo estos días en diferentes contextos, pero es obvio que el más cercano y trascendente es el “conflicto” surgido con el proceso sobre el referéndum de autodeterminación de Cataluña del 1 de octubre. Al margen de los elementos formales sobre su legalidad y las motivaciones y razones de quienes quieren votar, de sobra conocidas y comentadas, lo que se está viendo es el típico conflicto al modo machista. Una especie de pulso que, como muy bien se ha dicho estos días recurriendo a la canción de Joan Manuel Serrat, parece que están a ver “quien la tiene más larga”. Lo único que le falta es ver a Rajoy decir “por mis cojones que no se vota”, y a Puigdemont responder, “por mis cojons que votamos”. Si lo dijeran quizás se entendería todo mejor.

La prueba de que realmente se trata de un modelo machista de afrontar el conflicto es su retroalimentación, es decir, la utilización de las consecuencias que se producen como resultado de las decisiones dirigidas a potenciar el conflicto como razones para mantener el conflicto y aumentar así su intensidad. Todo lo que está sucediendo estos días con las decisiones y acciones de unos y otros se está utilizando como justificación de las posiciones iniciales, cuando son un resultado de los problemas surgidos durante el conflicto, no causa del mismo. Pero eso no importa para las partes, lo que interesa es el conflicto en sí mismo y los apoyos para que quien dirige cada una de las posiciones sea reconocido por los suyos como ese macho-alfa capaz de dirigir al grupo.

También se ha comentado, y es cierto, que si en lugar de dos hombres al frente de cada parte hubiera dos mujeres y un modelo feminista de resolución de conflictos basado en la Igualdad, la empatía, el bien común… la situación actual sería completamente diferente.

En estas circunstancias el conflicto ya no se puede resolver, pero sí se puede detener y replantear de nuevo toda la situación. Esperemos que alguien saque el lado femenino que todos tenemos.

 

Conciencia ficción

Imaginemos un lugar donde un primero de octubre se celebrara un referéndum amparado por sus leyes, pero en contra de la Constitución del país que lo abraza. Imaginemos que el objetivo de ese referéndum es votar para decidir si quieren seguir formando parte de ese Estado o prefieren la independencia. Imaginemos que a pesar de todos los impedimentos para que se celebre esa votación, al final hay un número de personas que salva todos los obstáculos y logra votar, y que de las urnas sale un porcentaje suficiente que dice “sí”, que quiere ser independiente. A partir de ese resultado las instituciones del lugar continúan el proceso iniciado y declaran la independencia. E imaginemos que, por las circunstancias que sean, el Estado opositor hasta ese momento se rinde a los hechos y acepta la independencia, modificando su Constitución y todo lo necesario para convivir bajo la nueva situación.

El nuevo Estado, ya independiente, prosigue con sus cambios y pone en marcha unas elecciones para elegir su Parlamento desde la nueva soberanía. Y tras la celebración de esas primeras elecciones del nuevo país y en un ambiente festivo, una mayoría social respalda el resultado de la independencia y a los partidos que la promovieron, que ahora buscan afianzarla en lo local y reforzarla en lo internacional para alcanzar el ansiado y necesario reconocimiento. Pero imaginemos que en ese Parlamento salido de las urnas el número de escaños de los partidos que se oponían a esa forma de alcanzar la independencia y a seguir ahora en ella es mayor, y que dadas las nuevas circunstancias forman Gobierno y se agrupan en la cámara para poner en marcha una ley de retorno al Estado original, y un referéndum para lograrlo amparándose en que prácticamente la mitad de la población quiere pertenecer al Estado común. Con todos esos elementos, y con la confianza que da tener el voto de quienes no querían la independencia y el impacto de las campañas y argumentos que se lancen desde las propias instituciones, inician este nuevo proceso en contra del Tribunal Constitucional del nuevo país, que anula todas sus decisiones y acciones, aunque ellos prosiguen amparados por la soberanía popular que los ha elegido, y bajo el argumento de que “votar es democracia”.

¿Sería aceptado ese nuevo proceso y su resultado por parte de quienes lo hicieron en sentido contrario para lograr la independencia?

Las circunstancias me hacen pensar que no, que sería rechazado por ilegal y por instrumentalizar las instituciones a favor de unas determinadas ideas y posiciones políticas.

No estamos hablando de situaciones distintas ni de mundos diferentes, la conciencia es tan responsable de la realidad como de la ficción, y de llamar a cada una con el nombre que necesite en cada momento para hacerla real, pues una cosa es lo real y otra la verdad. Y en política con frecuencia se confunde la una con la otra, como se confunde el pensamiento con la imaginación y el deseo con el sueño, creando el problema de hacer a la política innecesaria, cuando es ella el instrumento que puede acercar y conectar esa imaginación con el pensamiento y el sueño con el deseo para lograr que se hagan realidad, no sólo verdad.

La situación que se ha creado alrededor del proceso iniciado en Cataluña sólo tiene como solución reflejar el deseo, el sueño, la voluntad… de cada persona en las urnas, y eso lo saben todas las partes involucradas. Pero del mismo modo que usar un bisturí no significa que se esté realizando un acto quirúrgico, usar las urnas no significa que sea un acto democrático, por eso es importante entender que es la solución la que debe llevar a las urnas, y no que son las urnas las que llevan a la solución. La solución que surja de unas urnas sin el proceso democrático que debe ponerlas en cada una de las mesas, será real, pero no verdad.

Y cuando hablo de “proceso democrático” no me refiero a la técnica jurídica y a la normativa que avale las decisiones y las acciones políticas, sino a la participación y al debate social amplio y mantenido para que sea ese pueblo el que tome la voz, no el que reproduzca el playback de cada una de las partes promotoras de las diferentes opciones, y viva las propuestas contrarias como un ataque. Es lo mínimo ante un hecho tan trascendente como decidir sobre la independencia.

Si todo se presenta como causa de una historia de agravio el resultado será un agravio histórico. Todavía no he escuchado lo suficiente ni he leído por qué la identidad catalana quiere la independencia como forma de expresarse y convivir, y por qué de esa nueva forma de relacionarse con España saldrán también lazos positivos por todo lo que hemos compartido a lo largo de la historia, y por todas las posibilidades que se abren en ese nuevo horizonte. Y sería algo esencial, pues condicionar el futuro sólo a las circunstancias del pasado suele llevar a retrocesos, no a avanzar en un mundo que acelera a diario.

La identidad no es un elemento estático y no sólo es lo que uno siente, sino que también es lo que los demás perciben a partir de ese sentimiento; y tan importante es para el futuro y las relaciones el componente subjetivo (la forma de sentirse), como el inter-subjetivo (la manera en que lo perciben los demás). Por ello la forma de alcanzar la independencia de los países marca para siempre su identidad dentro y fuera de sus fronteras. Una independencia surgida de un enfrentamiento en un contexto de paz llevará al conflicto. Un conflicto que quizás un día lleve a que unos partidos con mayoría parlamentaria inicien un proceso de reintegración en el país original en contra de una parte importante de la sociedad y de su Tribunal Constitucional.

No es ciencia ficción, es conciencia ficción, de momento con pocas probabilidades de ser real, pero no tan lejos de ser verdad.

Iris arcoíris

Hay quien todavía ve la realidad en blanco y negro, como si fuera el NODO de una España caducada que aún espera el comienzo de una película en tecnicolor en la que los héroes terminan por salvar a la patria de los malos. En las películas de mi infancia no hacía falta calificar al otro, bastaba con llamarlo “el malo”, daba igual que fuera un indio, un negro, un moro, un gánster o un soldado nazi o japonés, al final lo importante es que eran “los malos”, porque lo que se quería destacar es que “nosotros” éramos los buenos.

Y aunque la película ha cambiado, aún hay quien sigue el mismo guión y no entiende que la diferencia ya no es inferioridad, sino que forma parte de la igualdad, o sea, parte nuestra a través de una identidad que ya no se construye por contraste con las otras, ni tampoco resulta excluyente. Hoy ser hombre también es ser mujer, al igual que sucede con ser homosexual, trans o de cualquier otra identidad vivida, ninguna de ellas es excluyente en cuanto a los elementos identitarios, aunque cada apersona la viva y se comporte como considere a partir de ellas.

Y eso es lo que les molesta, porque antes ser hombre era no ser mujer, y ser mujer era tener una serie de características propias que los hombres no podían tener. Y a partir de esas identidades rígidas y acríticas, puesto que eran impuestas y aceptadas como parte del orden natural, se distribuían los roles, funciones, tiempos y espacios de unos y otros para hacer de la desigualdad condición y de la habitualidad normalidad. Desde esa construcción no es que los hombres y las mujeres hacían cosas distintas, es que los hombres hacían lo de los hombres y las mujeres lo de las mujeres.

Y no había nada más, puesto que todo lo que no encajaba en ese modelo era considerado patológico, aberrante, delictivo o vicio.

El movimiento LGTBI+ ha conseguido a través de una reivindicación cargada de civismo que la sociedad cuestione ese modelo tradicional, y acepte la diversidad y la pluralidad como una referencia más para la convivencia. No ha habido violencia, ni atentados, ni ataques a nadie, y todo ello a pesar de haber sido perseguidos, encarcelados, agredidos y condenados a una especie de cadena perpetua social como seres enfermos, perversos y viciosos, que amenazaban la vida en sociedad y sus valores de siempre, aunque nunca haya sido un verdadero espacio de convivencia.

A veces es más verdad y dice más de una persona o grupo lo que se niega que aquello que se reconoce. Nadie cree en lo que no necesita, y la mirada también es un acto de fe cuando se busca una confirmación de las ideas, los valores o las creencias. Por eso la realidad sólo es un ejemplo, una especie de hipótesis para confirmar lo que previamente se ha decidido que sea verdad con independencia de cualquier referencia.

De lo contrario no podría entenderse que una persona homosexual sea considerada como una persona enferma, viciosa o anormal, del mismo modo que no habría tanta pasividad y distancia a la violencia de género, con 60 mujeres asesinadas de medida cada año y 600 mil maltratadas.

El significado que se da a la realidad depende de la mirada, la mirada de la conciencia, y la conciencia de las referencias utilizadas para dar sentido a todo aquello que se percibe. Y cuando esas referencias vienen impuestas por el machismo, al final todo se interpreta por lo que los hombres han considerado que es lo correcto y lo necesario para que el mundo construido a su imagen y semejanza funcione. Por eso todo lo que no sea masculino no sólo es diferente, sino que además es inferior. Y por ello todo lo femenino es una amenaza y una especie de ataque a su posición de poder y a la identidad sobre la que se sustenta, aquella que hace que la realidad se interprete sobre la condición otorgada, no sobre Derechos Humanos. Según la construcción machista, primero está la persona con su condición, y luego los Derechos.

Esa es la razón por la que los hombres son tan violentos con los hombres homosexuales, mientras que las mujeres no lo son frente a otras mujeres lesbianas, porque la homosexualidad masculina cuestiona lo individual y lo social, y hace que los hombres se sientan atacados y cuestionados en su identidad sobre la que se sustenta todo su poder personal y público Y por ello también, la forma de cuestionar a los gays es llamarlos “afeminados”, puesto que esa superioridad de los hombres en esencia está construida sobre la inferioridad de la mujer.

Hoy debemos estar muy orgullosos y muy orgullosas de los movimientos y las personas que nos han enseñado a convivir en paz con la diversidad y la pluralidad, a pesar de todos aquellos que presentaban cada paso hacia la Igualdad como un salto al vacío, y de quienes aún viven la libertad como una amenaza y la diversidad como un ataque.

Hoy la sociedad es mejor, no porque permite que haya diferentes identidades que viven sobre el mismo espacio común, sino porque la mayoría de las personas formamos parte de esa comunidad diversa y plural, y miramos la realidad y el futuro con un “iris arcoíris”.