La ultraderecha y el odio a las mujeres

¿Cómo se puede odiar tanto a las mujeres como para hacer de la violencia que sufren indiferencia?, y, sobre todo, ¿cómo es posible que ese odio se haya mantenido a lo largo de una historia que ha cambiado en tantas cosas, sin que en ningún momento haya abandonado la misoginia? ¿No se cansan de tanto odiar?

Las palabras de la “portavox” de la ultraderecha, Macarena Olona, podrían estar equivocadas en su planteamiento, de hecho lo están, pero la ira con las que las acompaña no es un error, sino la confirmación de esa estela de odio que enlaza el momento actual con la historia de la humanidad y su violencia contra las mujeres.

Soy consciente de que es absurdo plantearlo, pero es inevitable hacerlo después de verla y escucharla. ¿Cómo es posible que ella, una mujer, haga ese alegato cuestionando la violencia que ella misma reconoce al dar la cifra de las 1053 mujeres asesinadas por el machismo desde 2003? ¿Por qué no utiliza la tribuna para plantear las medidas que, según ella, necesitan las otras violencias, en lugar de hacerlo para atacar a la violencia de género?

Pero, como he apuntado, no se trata de un error. Parte de su estrategia es hacer creer que la situación en España es diferente a otros países, y de ese modo reforzar el argumentario de su partido que lo reduce todo a una táctica para montar “chiringuitos feministas”. No tiene en cuenta, por ejemplo, que el último informe de Naciones Unidas sobre homicidios a nivel global (2019), recoge que cada año 50.000 mujeres son asesinadas por esa violencia que se produce en el contexto de las relaciones de pareja y familiares; 3000 de ellas en Europa. Una cifra global que supone un incremento del 11’1% en seis años, con Europa como única región donde han descendido los femicidios, y lo ha hecho un 9’1%, en gran parte debido a que las medidas españolas que ella critica han sido tomadas como modelo para el resto de los países y para el desarrollo de la normativa común.

Cuando ella sube al estrado y lanza su mensaje, ¿se cree superior al resto de las mujeres, se ve diferente a ellas? ¿Qué piensa de sus compañeros de partido que han sido denunciados por violencia de género, qué opina de sus compañeras que han denunciado violencia de género? ¿cree que son “feministas con piel de ultraderecha” que se han infiltrado en su formación para atacarla, o que se trata de “mujeres del montón” y, por tanto, “malas y perversas”?

Quizás no sea consciente de que ella, Macarena Olona, está ahí, en la tribuna del Congreso, diciendo lo que dice gracias al feminismo que ataca. Ella está ahí lanzando sus gritos porque otras mujeres fueron calladas por el machismo al que apoya y defiende con sus palabras, su tono y sus gestos. Ella está ahí porque la cobardía de los hombres de su partido hace que no se atrevan a subir y decir lo que ella repite con ese “valor impostado” tan machista… Sólo le ha faltado gritar lo de “¡dejadme sola, dejadme sola!” y habría culminado su vergonzoso mensaje “como un hombre de verdad”.

A lo mejor incluso piensa que resulta original, pero ni siquiera lo es. No debe olvidar que en esa misma cámara se aprobaron leyes como el Código Penal que recogía el uxoricidio, figura por la que prácticamente quedaba impune el homicidio de la mujer, o el Código Civil que obligaba a mujeres como ella a pedir permiso al marido para poder trabajar o viajar fuera de España.

No es sólo odio lo que reflejan situaciones como las que ha protagonizado esta diputada, también hay mucho interés en mantener su modelo androcéntrico de poder, el mismo del que ella sólo es una “pieza más” hasta que sea una “pieza menos” cuando ya no la necesiten, y le digan que se vuelva a casa. El odio es la razón y el instrumento, pero el objetivo es el poder, que es mucho más que lo que da es espacio de gobierno. No lo olvidemos

El día de la “marzota”

Hoy es día 8 de marzo de 2020, lo sé porque ayer fue 8 de marzo y porque mañana será 8 de marzo de 2020… Da igual la de veces que se ponga el sol y vuelva a salir, o la de días que hayan pasado página en el calendario, para la derecha y la ultraderecha todos los días son 8 de marzo, porque a pesar de los tres meses transcurridos desde entonces, para ellos aún no han terminado las 24 horas de aquel domingo.

El interés en relacionar las manifestaciones feministas conmemorativas del “Día Internacional de las Mujeres”, de todas las mujeres, también de las de derechas y ultraderecha, demuestra que su estrategia política y social no es abordar la situación de crisis sanitaria, económica y social, sino buscar culpables y enfrentar para defender su ideología y su modelo de sociedad. Ni siquiera disimulan intentando cuestionar todas las concentraciones que se celebraron ese fin de semana, puesto que la única que pueden utilizar en su doble ataque, al Gobierno por un lado, y al feminismo y la Igualdad por otro, es la del 8M.

Y lo sorprendente es que lo hagan cuando según los datos oficiales, la evolución de la curva de casos no se ve modificada a los 15 días de estas manifestaciones, ni hay una mayor incidencia de casos en mujeres, como se supone que debería haber ocurrido tras su participación en una concentración que actuó como germen de la expansión del virus.

Pero no hay que extrañarse, para quienes defienden una cultura que entiende que Eva fue la culpable de la deriva pecadora de la humanidad, decir que el feminismo y las mujeres son las responsables de la evolución de la pandemia en España es algo lógico y consecuente con la defensa de sus ideas y valores, que siempre juegan con el binomio “culpa-salvación”. Su aplicación es muy fácil: las mujeres son las culpables de los males de la Tierra, y los hombres se presentan como salvadores; la izquierda es la responsable de las crisis que periódicamente nos golpean, y la derecha llega para salvarnos… Así siempre.

Ya hemos visto ese tipo de razonamiento en las conversaciones del día a día, y cómo a base de repetirlo se llega a crear un marco que define y da significado a la realidad, de ese modo “las mujeres siempre son malas”, hasta el punto de que cuando se habla de violencia de género presentan como problema las “denuncias falsas” llevadas a cabo por las “malas mujeres”, no los 60 hombres que asesinan de media cada año ni las 600.000 maltratadas; y cuando se habla de política el problema está en la llegada al Gobierno de la izquierda, a quien siempre consideran un “Gobierno ilegítimo” por las razones que sean (11M, moción de censura, pactos con partidos que quieren destruir España, “Gobierno criminal” por sus decisiones ante la Covid-19…).

Por eso necesitan el 8M como argumento, porque unifica la crítica hacia las mujeres (que según el modelo cultural son “malas y perversas”), hacia la Igualdad (que es el antídoto de su modelo jerarquizado de poder construido sobre la desigualdad), y hacia la izquierda (que es presentada como una fuerza adoctrinadora y alienadora, no como una posición de libertad en busca del bien común, la Igualdad y la justicia social).

Podrían cuestionar elementos objetivos de la gestión de la crisis que han podido influir de forma más directa en la evolución de la pandemia, como la falta de EPIs, las primeras compras fraudulentas, el engaño en el material adquirido, los retrasos en los envíos… elementos de una actuación política que pueden valorarse de manera diferente y facilitar la crítica a las decisiones tomadas en su momento. Pero no lo hacen porque lo que le interesa a la derecha y a la ultraderecha es atacar al 8M por todo lo que significa. Por eso también lo criticaron el año pasado y lo han hecho otros años, cambian los argumentos pero no las críticas. Ellos viven en el “día de la marzota”.

La derecha y la ultraderecha olvidan que si hoy cuentan con diputadas en sus grupos y con votos de mujeres que los apoyan, es porque el feminismo lo ha hecho posible, que si la sociedad es más justa y la democracia más rica gracias a la participación de muchas mujeres anónimas, es porque el feminismo lo ha hecho posible. Y que si todo eso ha ocurrido ha sido porque el feminismo y muchas mujeres llevan siglos trabajando para hacerlo verdad, y manifestándose en las calles contra el abuso, la injusticia y la violencia que hay detrás del  modelo de sociedad machista que hoy defiende la derecha y la ultraderecha.

Y entre esas manifestaciones siempre ha estado presente la del 8 de marzo de cada año. Como decimos en la Universidad de Granada, es “Infinito marzo”.

 

El modelo machista y la política

El machismo es hábil, más por poderoso que por listo, pero al final se sale con la suya a través de sus juegos y provocaciones, porque es el machismo quien lleva la voz cantante de la normalidad y lanza los retos para que otros se sientan compelidos a responder, bajo la idea de que si no lo hacen no son “hombres de verdad”.

Lo estamos viendo estos días con las constantes provocaciones que desde la derecha y la ultraderecha lanzan al Gobierno, y cómo desde el Gobierno y los partidos de izquierda se ha entrado en ese juego de la violencia, que no “crispación”, como intentan disimular algunos.

No hay que olvidar que el machismo es una construcción cultural de poder. Que los hombres hayan definido históricamente una cultura androcéntrica que establece la desigualdad esencial sobre la superioridad de los hombres respecto a las mujeres, para apuntalar el sistema con la labor invisible, anónima y gratuita de estas, y para que al menos cualquier hombre tenga a alguien en una posición de inferioridad en las mujeres de su mismo contexto, no ha sido por azar, sino que se ha hecho para crear una jerarquía de poder sobre lo masculino que permita obtener privilegios a los hombres y a su modelo.

Y la política es el ejercicio de poder que gestiona esta realidad. Lo del bien común, la sociedad, lo público, la patria… queda muy bien en los discursos, pero en la práctica son objetivos que se interpretan de forma muy diferente desde una posición conservadora y una progresista, sin que ninguna de ellas ponga en riesgo su posición de poder por la consecución de alguno de esos objetivos, y menos ahora que la política se mueve más bajo el criterio de las estadísticas y las encuestas que por las ideas y proyectos.

Por lo tanto, si el machismo es cultura y poder y la política quien gestiona el poder en la sociedad, la política se convierte en un ejercicio de poder machista, puesto que no cuenta con referencias diferentes para desarrollar sus iniciativas. Esto es algo que puede pasar más o menos desapercibido dentro de la rutina de los días, pero cuando se producen conflictos los elementos androcéntricos que hay en la estructura de la política se pone de manifiesto de forma inmediata y clara.

Por eso el machismo necesita la “crispación” y el enfrentamiento violento, porque es su estrategia, similar a la que utiliza el maltratador o una persona que ocupa una posición jerárquica superior. Esa es la razón por la que ante el conflicto necesitan generar más conflicto, no buscar más diálogo o consenso para resolverlo, sino que su estrategia es lanzar nuevos ataques para aumentar el enfrentamiento, y en la medida de lo posible utilizar cargas de profundidad, como vemos que hacen con el 8M, conocedores de que cuanto más se agrava el conflicto más capacidad tienen para recurrir a elementos informales y presentarlo, no como algo puntual o personal, sino como un ataque a los valores que definen la convivencia, lo común, la sociedad, la patria… porque son esos valores los que la cultura patriarcal ha establecido como referencia para toda la sociedad. Por esta razón, al decir que se están atacando esos elementos resulta sencillo presentar las críticas como ataques contra toda la sociedad, no contra un partido en cuestión ni a una persona particular, sino a todo lo que representan, que va mucho más allá del partido y la persona, puesto que esos partidos se identifican con la misma construcción cultural androcéntrica que reivindica como propia la tradición, la costumbre, la historia…

Esa es la razón que lleva a hacer creer de manera tan fácil que la “crispación” la ha iniciado el Gobierno y que la oposición es “víctima” de su agresividad, de sus bulos y de medios afines. Justo lo que están haciendo desde la derecha y la ultraderecha con todo su aparato político y social, como se puede comprobar a diario.

Por eso se equivocan quienes entran en este juego, no sólo por caer en la trampa de la provocación puntual, sino porque al hacerlo refuerzan el modelo de poder machista y sus dos instrumentos básicos: por un lado, la capacidad de condicionar la forma de hacer política, y por otro, el hecho de dar significado a la realidad. Las políticas podrán ser diferentes entre los partidos conservadores y progresistas, de hecho lo son, pero condicionar el significado de esas políticas es algo que nunca conseguirán desde las posiciones alternativas, por más datos que aporten datos sobre hechos concretos. Sólo el tiempo da la razón a las políticas progresistas transformadoras, como hemos comprobado con el matrimonio entre personas del mismo sexo, que se decía que era un ataque contra la familia, con la interrupción voluntaria del embarazo, que iba a suponer un incremento en el número de abortos cuando en realidad han disminuido, con la ley contra la violencia de género, al presentarla como un ataque contra todos los hombres, no contra los maltratadores y asesinos…

Mientras el machismo sea quien defina la normalidad, lo que ocurra dentro de ella será machismo.

Cuando hablo de que hay que erradicar el machismo, y no sólo manifestaciones como la violencia de género, me refiero a todo esto, a la necesidad de acabar con una cultura androcéntrica que interpreta el presente sobre el pasado para que no exista un futuro diferente.

 

La “nueva realidad”

El confinamiento no ha cambiado nada de la esencia de nuestra sociedad, pensar que porque cambian las formas se modifica el fondo es como creer que el invierno, con sus abrigos y bufandas, sus días fríos y sus noches alargadas, transforma la realidad social del verano.

Hablar de “nueva normalidad” en estas circunstancias como regreso al lugar donde escenificar la convivencia de otra forma, es un doble error. Lo es porque no debe haber vuelta atrás cuando la experiencia indica que el lugar de partida no es seguro; y lo es porque no puede ser “normal” aquello que está construido sobre la desigualdad y la injusticia.

Y es un planteamiento erróneo de origen por no entender que cuando una situación sobrevenida afecta a la normalidad, lo que hace es potenciar los elementos que la definen, no diluirlos, puesto que a nivel social “normalidad” no es diferente a “realidad”. Se produce así un hiperrealismo donde todo lo esencial aparece con mayor intensidad en aquello que define el día a día, mientras que lo que se considera menos trascendente queda relegado a posiciones alejadas que se mueven por el fondo de la realidad, ocultadas entre el camuflaje de los sucesos aislados y los hechos monótonos.

Nada de lo que ocurre durante el confinamiento es diferente a lo que sucede fuera de él: los ricos siguen siendo más ricos ante el empobrecimiento de la población, y los pobres más pobres y vulnerables; los hombres siguen siendo los líderes en este tiempo de días revueltos, y más relajados en el descanso de sus privilegios; las mujeres más confinadas en mitad de sus brechas y sus cuidados; los agresores más impunes tras las paredes silenciosas, y las víctimas más atrapadas en esta prisión del tiempo que hemos levantado en mitad de la nada.

Porque los agresores y su compañía de silencios de ayer y hoy viven este tiempo como una “tormenta perfecta”, un drama que para ellos, que son huracán violento, se presenta como un retiro en el que poder desarrollar su particular “toque de quédate en casa” en su plenitud por medio de la violencia física, de la violencia psicológica y de la violencia sexual. No hay que olvidar que la OMS recoge que en el 45% de las relaciones de pareja donde hay maltrato también se producen agresiones sexuales, lo cual se traduce en que el 7% de las mujeres de la UE haya sufrido agresiones sexuales por parte de sus parejas o exparejas, tal y como recoge el informe de la Agencia de Derechos Fundamentales (FRA, 2014).

El aumento del número de llamadas al 016 durante el confinamiento, junto con el incremento del consumo de pornografía en un 61’3%, y la subida de un 70% en las ventas de bebidas alcohólicas, son los componentes perfectos para los agresores y su barra libre de violencia, como lo es la pulsera del “todo incluido” en unas vacaciones.

Por eso no debemos hablar de “nueva normalidad”, sino de “nueva excepcionalidad”, porque la novedad no está en el fondo de la realidad, sino en las formas. Y del mismo modo que las personas no dejan de ser quienes son por llevar mascarillas, aunque no sean reconocibles a simple vista, el machismo de la normalidad histórica tampoco va a dejar de ser lo que es, aunque muchas de sus acciones y decisiones no se vean tras las paredes, los silencios o los acontecimientos del primer plano.

Si tomamos como referencia las paredes, el confinamiento ya se prolonga durante algo más de dos meses, pero si situamos la referencia en la amenaza y la violencia, las mujeres llevan confinadas miles de años tras la normalidad que dice sin pudor lo de, “estos no son sitios para una mujer” o “estas no son horas para una mujer”, limitando su libertad y responsabilizándolas de las consecuencias en caso de no cumplir con los límites. Y ese estado de excepción es el que se ha considerado “normalidad”, porque han sido los hombres y su cultura normalizadora quienes han decidido el bien y el mal para hacer del regular una justificación.

La pandemia ha puesto de manifiesto la levedad de un ser humano escondido en su vanidad y en una cultura donde parte del reconocimiento se establece sobre el “tanto tienes, tanto vales”, por eso hay muchos que tienen prisa por volver a esa “normalidad de la desigualdad”. El machismo y su concepción conservadora de la realidad ya hace ruido en mitad de este confinamiento para reforzar su modelo de sociedad, ellos no desaprovechan ninguna ocasión.

Quienes creemos en la Igualdad tampoco podemos perder la oportunidad. Si hemos llegado hasta aquí no ha sido por avanzar sobre lo de siempre, sino por transformar la realidad que suelta lastre e integra a personas diferentes, aunque en cada momento histórico el progreso haya sido una “excepción”.

Nada de más “normalidad”, necesitamos una “nueva realidad” construida sobre los cimientos y la estructura de la Igualdad y el resto de los Derechos Humanos.

 

La espera entre cada crisis

Recuerdo una crónica para la SER de Francisco Peregil, corresponsal de El País en la guerra de Irak, en la que hablaba del silencio entre cada una de las bombas, mucho más inquietante en su indefinición que la realidad alejada del estruendo da cada una de las explosiones.

Con las crisis (sanitarias, económicas, financieras, humanitarias, ambientales…) ocurre algo parecido, y a muchas personas nos preocupan más por el silencio de tantos ante la injusticia que supone esa pausa entre cada una de ellas, nos asustan por la amenaza que supone para quienes sufren el abuso de la normalidad, y nos inquietan porque se desconoce dónde “explotará” la siguiente bomba-crisis y si lo hará por oriente o por occidente, por el Norte o por el Sur, si será cerca o lejos; y porque no se sabe si será económica o sanitaria, humanitaria o ambiental. Lo único seguro es la certeza de que aparecerá y la incerteza que la acompaña hasta ese momento.

Porque el caos de las crisis es parte del orden de la desigualdad y de un modelo que cuenta con ellas como un factor más, no deseado ni buscado, pero sí integrado para salir reforzado de ella. Durante las crisis, dentro de unos límites, se sabe cómo actuar, pero entre cada una de ellas todo gira sobre la amenaza fantasma de que una crisis global puede suceder, mientras mucha gente sufre las mismas manifestaciones de la crisis en el contexto individual ante la pasividad de la sociedad.

Es parte del modelo de poder androcéntrico en el que la legitimidad moral radica en el papel del sistema para proteger a la misma sociedad de la que abusa el resto del tiempo, y la legitimidad práctica se traduce en una especie de pacto feudal que impone “sumisión” a cambio de protección.

Es lo mismo que ocurre en el plano personal con muchos hombres, que construyen su relación sobre la desigualdad a partir de la legitimidad moral que les da su rol basado en el sustento y la protección, y la legitimidad práctica en su compromiso de llevar a cabo dichas funciones “hasta las últimas consecuencias”.

Y al igual que los Estados protectores se pasan la vida alimentando la desigualdad y las desigualdades bajo la promesa de responder ante una guerra o una crisis, muchos hombres se pasan la vida disfrutando de unos privilegios en el hogar bajo el compromiso de que si “entra un ladrón” o hay un “problema serio que exija el uso de la fuerza física”, ellos responderán. De esa forma, la vida transcurre con una normalidad aceptada en la que las mujeres y los grupos de población situados en las posiciones inferiores de la jerarquía patriarcal, sufren las injusticias y dificultades que mantienen el modelo de poder sobre los elementos que deciden quienes tienen la posibilidad de tomar las decisiones.

Por eso el modelo se prepara para la excepción a costa de la normalidad, y es capaz de mantener un Ejército para defender al país en caso de guerra sin dudar del coste que supone, y se olvida, por ejemplo, de un sistema sanitario que en los próximos años (y en los pasados), tendrá que responder ante más crisis y problemas sanitarios que el Ejército frente misiones y guerras.

Y no es que el Ejército no sea necesario dentro de un contexto internacional como el que alimenta el sistema, pero sí que hay que relacionar y entender cuáles son las prioridades y la forma de organizar las relaciones internacionales y las relaciones humanas cada día. Porque no se trata de actuar contra las crisis, sino de hacer que la sociedad sea la fortaleza desde la que responder ante los problemas que le lleguen. Y eso exige salud pública, no sólo hospitales y UCIs; educación y formación, no sólo protocolos y coordinación; profesionales reconocidos dentro de un contexto profesional digno, no precario y a la espera de que las circunstancias no lo pongan de manifiesto.

Creer que la economía es la que debe decidir el tipo de sociedad y la forma de convivir en ella es la gran trampa del sistema, su gran mentira, la gran justificación para defender sus ideas y valores, puesto que es el argumento que legitima toda la injusticia y la desigualdad. La clave no es preguntarnos qué tipo de sociedad podemos hacer con esta economía, sino definir la sociedad que queremos y entonces diseñar la economía necesaria para sostenerla.

Si nos preparamos para las guerras y las crisis tendremos guerras y crisis, aunque haya tiempos de normalidad y espera más o menos prolongados que estarán llenos de injusticias, como lo están hoy. Si nos preparamos para convivir en paz y con Igualdad, evitaremos que las personas queden sometidas a los intereses de un modelo que prioriza el poder de lo material y lo económico. Y si llega una crisis en estas circunstancias, lo público y lo común previamente consolidado será su principal y más valioso “cordón sanitario”.

 

Máscaras y mascarillas

Cuando era un adolescente me explicaron que la palabra “persona” significaba etimológicamente “máscara”, y que su origen estaba en las caretas que se utilizaban en el teatro griego. Mi sorpresa ante ese significado no fue ante la idea de la Antigua Grecia de asociar esa máscara teatral con quienes la llevaban puesta más allá del escenario, sino por su vigencia actual, por esa especie de disfraz que vestimos como parte de nuestra identidad, capaz de confundir al resto de las personas, pero también a nosotros mismos.

Una crisis desenmascara a las personas y a la sociedad, las desnuda de circunstancias y las enfrenta a su propia realidad sin disfraces ni complicidades ajenas. Pero cuando sucede, no siempre se encuentra a alguien detrás de todo ese escenario que acarreamos junto a la máscara, y del mismo modo que muchas personas cercanas te abandonan ante los problemas, cuando la persona se enfrenta a sí misma ocurre como en la película del “hombre invisible”, que al retirar las vendas no hay nadie. No hay nada.

Y no hay nadie porque no existe una verdadera individualidad, porque la persona se ha convertido en parte de todo lo que la sociedad ha dicho que sea, una mera reproducción de sus ideas, valores y elementos de su cultura, pero sin nada propio, sin intimidad. Tan sólo un trozo de masa, una hoja en el viento de los acontecimientos que terminará siendo arrastrada por la lluvia de los días.

La crisis originada por la pandemia del covid-19 ha desenmascarado a la sociedad y a quienes la forman. Las ha desnudado de toda la parafernalia que las impermeabiliza de las miradas para que los ojos se deslicen hacia abajo, aunque dejen un reguero de dudas por el que nunca se asciende. Pero da igual, lo importante es que esas miradas no penetren para ver la realidad tras la máscara.

Un ejemplo que siempre resulta importante abordar por su gravedad y significado es el de la violencia de género. Poner en relación las estadísticas del impacto de la violencia de género con los de la pandemia del coronavirus es relevante para entender la realidad enmascarada. No se trata de restarle importancia a la infección, sino tomar conciencia de lo que habitualmente se mueve entre la invisibilidad de las circunstancias.

Según los datos oficiales a 20 de marzo, el número de personas infectadas en el planeta por el covid-19 era de 245.436, y el número de personas fallecidas 10.138. Los equipos de la OMS y otros organismos hablan de una mortalidad causada por del virus entre el 3-4% teniendo en cuenta las muertes entre las personas infectadas diagnosticadas, no entre todos los casos, puesto que muchos cursan con una sintomatología leve que no requiere asistencia específica ni son diagnosticados.

La violencia de género, según los estudios de la OMS y de Naciones Unidas, sólo en las relaciones de pareja afecta al 30’1% de las mujeres del planeta, lo cual significa que en algún momento la sufrirán unos 500-600 millones de mujeres, de las cuales, alrededor de 52.000 son asesinadas cada año en el contexto de las relaciones de pareja y familiares (ONU, 2018), con una tasa de mortalidad alrededor del 0’9% para las mujeres maltratadas. Todo ello significa que cada 5 minutos una mujer es asesinada en el planeta dentro de los escenarios descritos. Y a esta violencia en las relaciones de pareja hay que añadir todas las otras formas de femicidio, como las que ocurren en el contexto de la violencia sexual, la mutilación genital femenina, la prostitución, la trata de mujeres, los crímenes por la dote…

Si en lugar de violencia de género habláramos de otro virus, ni el resultado ni las políticas serían muy diferentes en su contundencia a las desarrolladas contra el covid-19, lo mismo que no son muy distintas las medidas contra el terrorismo yihadista u otro tipo de terrorismo, ni tampoco para afrontar enfermedades víricas similares, puesto que una de las referencias para actuar se basa en el resultado y en el impacto que producen los problemas, para luego abordar con especificidad las causas de cada uno.

Lo que resulta difícil de entender en violencia de género es cómo a pesar de tener un resultado tan objetivo, como lo son los 500-600 millones de mujeres del planeta que la sufren, las 52.000 que cada año son asesinadas a nivel mundial, o las 600.000 que la viven en España y las 60 asesinadas de media anualmente, no se responda de la misma manera que frente a otras causas que generan unas consecuencias similares, y que incluso se actúe con más rotundidad y se perciban como más graves algunos problemas que tienen un impacto menor que la violencia de género.

Y una de las claves para entender esta manera distinta de responder ante resultados objetivos está en la estructuralidad de la violencia de género, puesto que se trata de una violencia que nace de las propias normas de convivencia que nos hemos dado como sociedad, se utiliza para mantener el orden a partir de esas referencias, y no se ve como una amenaza, puesto que sólo afecta a las mujeres y, según esa construcción machista, no a todas las mujeres, sino a las “malas mujeres”, es decir, a las que no cumplen con sus roles y funciones según los criterios del “buen hombre”, o sea, de su maltratador.

Tanto la infección por el covid-19 como la violencia de género comparten algunos elementos, tales como la invisibilidad, el no reconocimiento de la sintomatología hasta que se hace grave, la utilización de la normalidad para extenderse y afectar a otras personas…. Sin embargo, también hay importantes diferencias, como por ejemplo, el hecho de que no se dude de la infección por coronavirus mientras que sí se haga de la violencia de género, la existencia de una prueba específica para la primera, cuando para la segunda hay que realizar una valoración amplia y a veces compleja que no siempre se acepta, la consideración de que todo está relacionado con el virus, aunque no sea determinante, mientras que en violencia de género todo se fragmenta y se muestra como ajeno a ella, algo que no resulta gratuito puesto que lleva a que no se identifiquen factores de riesgo para la violencia y que sí se haga para la pandemia, y, finalmente, el hecho de que prácticamente el 100% de las personas fallecidas por covid-19  hayan recibido atención, mientras que en violencia de género el 70-80% de las mujeres asesinadas nunca ha recibido asistencia por esa causa.

La convivencia está llena de problemas, y muchos de ellos, como la violencia de género, provocados por la propia forma de entender las relaciones. Creer que sólo lo nuevo debe ser motivo de preocupación es mantener un modelo de sociedad acostumbrado a la sorpresa, pero ajeno a sus problemas diarios y a la injusticia crónica de la desigualdad.

Muchas de las mujeres con patologías múltiples que mueren por la infección del coronavirus también son víctimas de violencia de género, lo cual es un factor de agravamiento clínico, tal y como ha recogido el reciente trabajo de las Universidades de Warwick y Birmingham, al demostrar que la mortalidad es un 40% más alta en las mujeres maltratadas respecto a las no maltratadas, y en cambio nadie ve esa relación con la realidad ni con el covid-19.

La conclusión es clara, hay que ejercer una crítica contra la cultura androcéntrica capaz de organizar la convivencia sobre la desigualdad, y para ello no sólo hay que ponerse una mascarilla ante determinados problemas, también hay que quitarse la máscara que impone el machismo para ocultar tras su normalidad a los hombres que ejercen la violencia de género y a las mujeres que la sufren.

 

 

“Infinito Marzo”

Por Miguel Lorente  Acosta y Carolina Martín Martín

No sabemos con exactitud cómo empezó la vida, pero sí que lo hizo un mes de marzo; y lo hizo en cada uno de los lugares donde las voces de las mujeres se levantaron por sus derechos y por los de una sociedad justa y libre de machismo.

Porque no fue en una laguna original donde se formó la vida hace cuatro mil millones de años, ni ha sido la evolución la que ha dado origen a la vida capaz de trascender el instante y liberarse de las cadenas del tiempo, para de ese modo prolongarse sin límites a través del recuerdo y los sueños. Han sido los ideales de quienes entendieron que las circunstancias no pueden ser la razón del mañana, porque la humanidad es esperanza.

Por eso la vida humana comienza cuando la conciencia toma el mando de la biología para dar sentido y romper los límites que la naturaleza sitúa en cada persona, y hacer de todas ellas la referencia común que da significado a la humanidad. Porque una humanidad sin Dignidad es un accidente más del paisaje, una humanidad sin Libertad es un rebaño, una humanidad sin Justicia es una jauría, y una humanidad sin Igualdad es, sencillamente, inhumana.

Y aunque hemos sido una sociedad de personas con Dignidad, de individuos con Libertad, de comunidades con Justicia, seguimos siendo inhumanos bajo los dictados del más fuerte, del más rico, del más creyente, del más nacionalista, del más hombre…

Por eso la vida comenzó a ser humanidad un mes de marzo, y lo mismo que la Revolución Francesa se fraguó una primavera de 1789, la revolución feminista también se hizo verdad un mes de marzo en el que se pasó de la metáfora a la realidad.

Es el “infinito marzo” que nos habita para que cada día dejemos constancia de su existencia. No es un día ni un mes, es el sentido para cada día. Por ello el 8M es el núcleo donde se guarda la esencia de su significado, la referencia donde confluye la infinitud de los anhelos de tantas y tantas mujeres que desde siempre han buscado la Igualdad. Porque el feminismo no ha inventado la Igualdad, como quieren hacer creer quienes se oponen a ella, del mismo modo que la Revolución Francesa no inventó los derechos ciudadanos, uno y otra hicieron verdad la demanda de las mujeres y de la sociedad desde una posición crítica y constructiva, pero no la inventaron.

Son todas esas mujeres anónimas y con más silencio que voz, como tuve la oportunidad de escribir en “Feminismo rural en Andalucía: La historia de mis abuelas” (Carolina Martín, 2019), las que “sin saberlo representan un feminismo práctico y reflexivo, un feminismo que se hace desde las tripas, creando sus propias luchas y resistencias. También desde la alegría y el arte…” Todas ellas guardaron el calor de la Igualdad, como antes otras mantuvieron el fuego en las cuevas, para que un día la equidad calentara la convivencia agotada en la sociedad del poder patriarcal, ajena a la injusticia de una desigualdad que no para de mirar al “brilli-brilli” de sus privilegios para luego presentarlos como algo común, cuando en realidad sólo eran para los hombres.

En la Unidad de Igualdad de la Universidad de Granada hemos querido recoger toda esa realidad y representarla en “Infinito Marzo”, para hacer de la infinitud del anhelo de Igualdad que tantas mujeres han cultivado en el huerto particular de su conciencia emocional, la cosecha que alimente a una democracia famélica de Igualdad.

“Infinito es marzo” porque infinita es la vida en Igualdad junto al resto de los Derechos Humanos. La Igualdad no tiene final, pero sí camino, y marzo es una posada donde tomar conciencia y aliento para continuar, pero no es estación terminal.

Ya lo dice el diccionario de la RAE, infinito es aquello “que no tiene ni puede tener final ni término”, y frente a los límites obligados del machismo se impone la Igualdad, porque la Igualdad no es un destino, es esencia de vida, cultura y sociedad.

Lo dicho, “Infinito Marzo” en la primavera de la Igualdad.

“Parásitos”

Hay una película del mismo título más interesante que la oscarizada de Bong Joon-ho.

El diccionario de la RAE recoge en su tercera acepción que un “parásito” es una “persona que vive a costa ajena”, por lo tanto, quienes viven una normalidad definida por una serie de privilegios obtenidos a costa de los derechos que les han restado a otras personas, son unos parásitos.

Y los hombres actúan como parásitos de la convivencia por haberle quitado a las mujeres la posibilidad de ser y de llegar a ser, y haberlas dejado limitadas a los roles y escenarios que su cultura androcéntrica ha levantado sobre la identidad femenina para que ellos pudieran tener más espacio en lo público, más trabajo en el mercado, más salario en el trabajo, más responsabilidades en la toma de decisiones, más tiempo a lo largo de cada día, más impunidad en la violencia, más invisibilidad frente a las críticas, más reconocimiento ante las acciones… En definitiva, para que los hombres tuvieran más poder que las mujeres.

El machismo es un sistema parasitario de la sociedad que a diferencia de lo que ocurre en la naturaleza, donde lo micro parasita a lo macro, cambia los papeles y hace que el huésped, que es la cultura que recibe a quien llega a su seno, actúe como parásito de la persona. De ahí la dificultad para detectar el problema. Si todo el organismo es quien parasita a alguna de sus partes, la propia fisiología vendrá caracterizada por las consecuencias de ese parasitismo y estas no se verán como alteraciones, sino como normalidad. Los síntomas que produce serán rasgos, y los signos elementos propios del sistema. Esta es la razón que hace de la “normalidad” la referencia que lo define, y que sea capaz de integrar como algo propio los resultados de ese parasitismo, hasta el punto de permitir que las mujeres que sufren violencia de género digan lo de “mi marido me pega lo normal”, o que cuando una mujer cobre menos que un hombre se entienda que es lo propio, porque como manifestó el eurodiputado polaco de ultraderecha, Janusz Korwin-Mikke, ellas deben cobrar menos por ser “más débiles y menos inteligentes”; el mismo razonamiento que lleva a entender que la paridad es una injusticia y las cuotas para conseguirla una imposición contra los hombres, pero, en cambio, que no se ve nada anómalo que el 90% de los directivos de las empresas más importantes sean hombres, como si la relación “hombre-poder” u “hombre-capacidad” fuera lo “normal”.

La desigualdad es eso. Si no hay Igualdad entre hombres y mujeres es porque los primeros tienen una posición de superioridad y ventaja respecto a las segundas, y cuando en una sociedad que tiene los tiempos, las funciones, las responsabilidades, los espacios… definidos y tasados, hay quien tiene más que otras personas, es porque esas ventajas se han conseguido sobre las desventajas del otro grupo. El poder y los privilegios de los hombres se han levantado sobre la merma y las limitaciones de los derechos de las mujeres, y se ha hecho de forma estructural a través de ese sistema parasitario de la sociedad que es el machismo y su cultura patriarcal.

Si las mujeres, como demuestran a diario, pueden hacer lo mismo que los hombres, y no lo han hecho a lo largo de la historia, es porque no las han dejado hacerlo. Y no se lo han permitido porque de haberlo hecho se habría descubierto la falacia presentada como normalidad que es el machismo parasitario.

Por eso no hay neutralidad, porque si dejamos la situación tal y como está, el parásito seguirá absorbiendo la energía de la convivencia y generando desigualdad. Y por esta razón los hombres deben posicionarse y actuar contra el sistema, porque si no lo hacen, con independencia de que cada uno de ellos tenga más o menos beneficios, el sistema seguirá actuando en contra de lo común. Los hombres deben decidir si quieren ser parásitos sociales o huéspedes en convivencia con la Igualdad y la Democracia.

El feminismo lleva siglos actuando como desinfectante del machismo con el objeto de desparasitar la desigualdad y la injusticia de nuestra sociedad. Si los hombres beben unas gotas de feminismo, y lo hacen a diario, podrán purgar el machismo que llevan dentro, y eliminar el germen de esa identidad parasitaria que la cultura ha depositado en los intestinos de la masculinidad.

No produce alergias ni da reacción, el feminismo es salud en Igualdad.

“PBE”: Política Basada en la Evidencia

Quien vive en la mentira crece con la falacia, y la falacia, por muy grande que sea, nunca es verdad. Da igual lo que digan y por cuánto tiempo lo hagan, la Tierra siempre ha sido redonda, ha girado alrededor del sol, y está a punto de ser destruida por los “herederos ideológicos” de quienes decían que era plana y central para no cuestionar sus ideas y creencias.

Hace unas semanas, en la presentación del libro “Ellos hablan”, de la periodista Lydia Cacho, muy querida amiga, tuvimos la posibilidad de compartir y analizar cómo las mayores falsedades, las mentiras más elaboradas, las tramas históricas llenas de traiciones… han sido protagonizadas por hombres y, sin embargo, nunca la palabra de un solo hombre ha sido puesta en cuestión a priori, ni la masculinidad ha visto debilitada su credibilidad. En cambio, las mujeres son presentadas como seres falsos, mentirosos, manipuladores… en los que no se puede confiar y a quienes no se debe creer.

La razón fundamental de esta situación viene dada por el marco de significado que se ha creado sobre la palabra de los hombres (y su espacio) y la de las mujeres (y su espacio). Y ese significado sobre la autenticidad de la palabra de los hombres y la falsedad de las mujeres sólo lo puede construir quien cuenta con una posición de poder para definirlo, imponerlo y difundirlo. Y quienes han contado con el poder históricamente han sido los hombres y su modelo social y cultural de convivencia. Por eso, por ejemplo, es tan fácil hacer dudar de la realidad de la violencia de género diciendo que hay muchas “denuncias falsas”, y tan complicado que se acepte como un problema grave a pesar de que cada año asesinan a 60 mujeres de media y más de 600.000 son maltratadas.

En política ocurre lo mismo. Dar carta libre a la mentira en forma de “postverdad” o “fake news” con la idea de compensar la situación actuando del mismo modo, pero en sentido contrario, es otra trampa del poder conservador androcéntrico, puesto que el impacto de uno y otro planteamiento es completamente diferente. Decir que los extranjeros vienen a España a “robar y violar” tiene un efecto inmediato y una aceptación amplia; en cambio, comentar que los partidos que lanzan esos mensajes son racistas y xenófobos a penas tiene impacto, y rápidamente surgen justificaciones, o, sencillamente, niegan que lo hayan dicho, aunque haya pruebas de que lo han hecho, pues la negación de la realidad es otra forma de mentira.

Sólo el poder de la “normalidad” puede mentir con aspecto de verdad. La derecha y el sector conservador de la sociedad lo saben y por eso juegan con la mentira, el ataque/insulto y el miedo, para luego presentarse como víctimas de la reacción y rescatadores de la situación que ellos han hecho creer.

El momento actual, con el mensaje de que se ha traicionado a España, de que se va a romper la Nación, de que se ha dado un golpe de Estado, de que se trata de un Gobierno ilegítimo… refleja muy bien esa instrumentalización de la mentira, y los ataques e insultos en busca del miedo y el enfrentamiento. Y lo hacen porque saben que, aunque es mentira, no les va a pasar nada, ni en lo inmediato ni en lo referente a su credibilidad, que continuará intacta.

Sólo hay que echar la vista atrás para comprobarlo. Con la llegada de la Democracia dijeron que todo iba a ser un caos social y que se iban a perder los valores. Después, cuando el PSOE ganó las elecciones en 1982, lanzaron el mensaje de que iban a llevarse los ahorros de los bancos, las casas iban a ser expropiadas, especialmente los apartamentos de la playa, las iglesias arderían, las fincas se iban a ocupar y repartir entre los obreros del campo… Nada de eso pasó. Pero años más tarde, en 2004, desde esas mismas posiciones no pararon de repetir que la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero fue debida a la conspiración del PSOE con ETA, para llevar a cabo los atentados del 11M e impedir que el PP ganara las elecciones, lo cual también convertía a su Gobierno en ilegítimo. Una estrategia que luego continuó llamando al Gobierno traidor durante las negociaciones para acabar con la banda terrorista, y, que al final, visto que por esa vía no hacían mucho daño, terminaron responsabilizándolo de la crisis económica mundial. Nada de eso fue así.

Ahora repiten sus tácticas con la victoria del PSOE y el Gobierno de Pedro Sánchez.

La pregunta es sencilla, ¿por qué si nada de todo lo que se ha dicho desde la derecha y los sectores conservadores ha sido cierto, y sólo buscaron generar enfrentamiento, desprestigio y miedo para beneficiarse a través de él de lo que fueron incapaces de conseguir con sus propuestas y gestión, se le da credibilidad y recorrido a lo que dicen ahora con el mismo argumento y objetivo?

En Medicina, a principios de los 90, se desarrolló la llamada “Medicina Basada en la Evidencia” (MBE), para evitar las posiciones individuales derivadas de experiencias personales, y la influencia de elementos externos que pudieran estar interesados en determinadas pautas diagnósticas o terapéuticas, situación que llevaba a una serie de decisiones sin ningún fundamento científico. Algo así habría que introducir en la política,, una “Política Basada en la Evidencia”, al menos en algunas de sus partes, para impedir la falta de rigor y la instrumentalización de la mentira con la complicidad de algunos medios e instrumentos de comunicación.

Cambiar de opinión puede ser cuestionable, pero no es mentira. Mentir siempre es cuestionable, sobre todo cuando se hace para cambiar la opinión de la gente sobre la falacia, y así aumentar la crispación y el enfrentamiento social.

Una sociedad dividida y enfrentada puede dar votos, pero no victorias. La sociedad siempre pierde en esas circunstancias.

La “cara B” del machismo

El machismo muestra una cara para luego imponer otra, si hubiera ido de frente, como tanto le gusta decir de los hombres, habría tropezado con su propia sombra y no habría avanzado ni uno solo de sus muchos siglos.

El machismo es la primera “postverdad” y la última mentira, a partir de su idea de cultura construida sobre la referencia androcéntrica, y de su desarrollo como una “normalidad” que toma lo masculino como universal, ya no ha hecho falta mentir ni ocultar nada, la simple asunción de ese modelo lleva a entender que la desigualdad y la jerarquización levantada sobre los hombres es la forma de organizarse más conveniente para el desarrollo de la sociedad, de manera que lo que ocurra bajo esas referencias no será nada extraño, sino parte de las diferentes alternativas que se pueden presentar.

La conciencia crítica que el feminismo ha creado sobre este modelo ha llevado a la reacción machista para mantener unos privilegios que dicen desconocer, pero que, curiosamente, ante cualquier política dirigida a establecer la Igualdad mediante la corrección de esas ventajas injustas que la cultura ha creado para los hombres, el machismo muestra su oposición y rechazo por considerarla innecesaria y un  “ataque a los hombres”. Es lo mismo que decían los esclavistas contra las leyes que abolían la esclavitud bajo el argumento de que su posición era “lo natural”.

Hoy ya no pueden criticar directamente las políticas  de Igualdad sin encontrar una respuesta contundente sobre la necesidad de las mismas, pero las razones utilizadas en las críticas que lanzan desde una aparente neutralidad ponen de manifiesto la “cara B” del machismo, mucho más oscura y profunda que la de la propia luna, aunque no tan lejana.

Los principales argumentos que utilizan sobre la violencia de genero giran alrededor de estas ideas:

  1. La violencia sufrida por las mujeres no es “de género”, es violencia intrafamiliar.
  2. Las medidas contra la violencia de género no van a favor de las mujeres, sino contra los hombres.
  3. La dimensión de la violencia contra las mujeres no es real, la mayoría de las denuncias son falsas.
  4. No hay un verdadero compromiso ni objetivo social en quienes trabajan contra esta violencia, sino un interés económico.
  5. El feminismo en verdad es “feminazismo” porque no busca la Igualdad, sino imponer un modelo de sociedad basado en la superioridad de las mujeres.

Y son precisamente esos argumentos los que revelan su forma de pensar, con qué o quienes se identifican, y los verdaderos objetivos que hay en su resistencia a trabajar por la Igualdad y para la erradicación de la violencia de género. Veámoslos.

  1. Reivindicar la “violencia intrafamiliar” como referencia indica que su modelo de familia contempla la violencia como parte de las instrumentos para conseguir los objetivos vinculados a su idea de educar. Querer llevar la violencia contra las mujeres a la familia no es buscar acabar con ella, sino devolverla al lugar donde ha estado históricamente  bajo el nombre de “violencia doméstica o familiar”, sin que este hecho la haya visibilizado ni generado una conciencia crítica capaz de desarrollar medidas específicas para prevenirla. Además, tal y como refleja el informe del INE, también son las mujeres las principales víctimas de esta violencia doméstica, concretamente un 62’2%; además de ser el 100% de las víctimas de la violencia de género.
  2. Presentar a los hombres como víctimas de una ley es admitir que todos los hombres son delincuentes, y eso lo dice el machismo, no la Ley Integral contra la Violencia de Género, que sólo actúa contra los hombres que maltratan. El machismo con este argumento muestra dos hechos: uno, la gran desconfianza en los hombres, a los que ve como “maltratadores”, y el otro, la idea de que el uso de la violencia contra las mujeres es algo que forma parte de los hombres como elemento de la identidad otorgada por la cultura androcéntrica.
  3. Hablar de “denuncias falsas” en violencia de género cuando los datos muestran que sólo se denuncia un 20-25%, y que la mayoría de las mujeres asesinadas lo son sin haber interpuesto nunca una denuncia, es presentar a las mujeres bajo los mitos históricos de la maldad y la perversidad; una maldad y perversidad dirigida de manera especial contra los hombres, hasta el punto de que no les importa “denunciarlos falsamente”.
  4. Intentar hacer creer que el interés en lograr la Igualdad y acabar con la violencia dirigida a las mujeres es un supuesto beneficio económico, cuando sólo es el desempeño de actividades profesionales desde diferentes ámbitos, bien sea desde la administraciones, las instituciones u organizaciones sometidas a todos los controles y justificaciones legales, revela de manera directa la preocupación que tiene el machismo por perder su espacio de poder, los privilegios que aporta a los hombres, y los beneficios económicos que suponen. La situación es tan gráfica que, por ejemplo, la UE gasta cada año más de 100 mil millones de Euros en violencia de genero, y nadie plantea la necesidad de ahorrar ese gasto a través de la prevención.
  5. Presentar al feminismo como “feminazismo”revela la proximidad ideológica del machismo con el nazismo y con aquellas ideologías que parten de la condición superior de determinadas personas sobre otras, y la consecuente construcción de sus identidades y su posterior desarrollo social a través del género sobre la base de dichos planteamientos. El machismo ha establecido esa superioridad en la condición de hombre, y entiende la crítica como un intento de cambiar de referencia, no de abolir dicha injusticia. Es lo que gráficamente dice la sabiduría popular con lo de “piensa el ladrón que todos son de su condición”.

Lo que el machismo intenta ocultar desde su posición de poder y la aparente neutralidad y credibilidad que conlleva, queda de manifiesto en las críticas que hacen frente a quienes buscamos la implantación del Derecho Humano de la Igualdad más allá de la inevitable formalidad. Por lo tanto, el machismo busca que en la familia, la llamada “célula de la sociedad”,  haya un espacio para la violencia, y de manera especial contra las mujeres, para que de ese modo las identidades y el orden social que empieza por casa se mantenga sobre sus dictados y dentro de su normalidad. Así lo ha hecho históricamente. Ve a todos los hombres como maltratadores por condición o por conducta, a las mujeres, por el contrario, las presenta como malas y perversas y, en consecuencia, como susceptibles de ser controladas, corregidas y castigadas a través de la violencia. Todo ello como consecuencia de unas ideas, valores, creencias… que consideran al hombre superior a las mujeres, y a la condición masculina como la referencia universal para toda la sociedad, planteamiento similar al defendido por el nazismo y el fascismo sobre otras referencias, también androcéntricas. Por eso cuestionan las medidas y a las personas que buscan transformar esta realidad y utilizan el argumento económico de los “chiringuitos”, pues no sólo defienden ideas y valores en abstracto, sino que también lo hacen del modelo de sociedad que da privilegios y beneficios económicos a los hombres.

El machismo es como un disco rayado en la forma y descarado en su posicionamiento. Tiene una “cara A” de aparente neutralidad y materializada desde la normalidad impuesta, y una “cara B” donde esconde todo su significado para pasarlo poco a poco al frente del escenario social y político. Conocer esas referencias ocultas es esencial para poder desenmascararlo, y para contrarrestar el espacio de influencia que manejan a nivel social, y ahora también en el espacio político con la llegada de la ultraderecha y la connivencia de la derecha.