Huelga de hambre. Huelga de hombre

mujeres-huelga-de-hambre-vgOcho mujeres (Gloria, Martina, Patricia, Marian, Susana, Sara, Sonia y Celia), están en huelga de hambre contra la violencia de género en la Puerta del Sol desde el día 9 de febrero.

Es terrible que ocho mujeres tengan que jugarse la vida para que no las maten, que necesiten llamar a la muerte para poder vivir, que tengan que detener sus vidas al Sol para que no les alcance la sombra de la violencia.

Y mientras todo eso sucede, cada hombre que las mira deja que todo transcurra como una anécdota, como si la desigualdad fuera una accidente y la violencia una sorpresa, como si nada de lo que está sucediendo fuera con él, como si su silencio ante el machismo y su violencia fuese suficiente, como si su voz no pudiera cambiar la realidad y sus palabras señalar a aquellos otros hombres que las utilizan para maltratar, o que las callan para que hable la complicidad.

La ausencia de los hombres en la lucha contra la violencia de género y la desigualdad no es un accidente, es la firme determinación de continuar con el modelo de sociedad machista que los sitúa en una posición de poder a costa de los derechos de las mujeres, de ahí la coherencia entre la ausencia de hombres en la solución del problema y su presencia protagonista en la violencia que ejercen contra las mujeres, y en la sociedad que convive con ella como parte de la normalidad.

Que 700.000 mujeres maltratadas y 60 asesinadas cada año sólo sea un problema grave para el 1’8% de la población, además de lo terrible del resultado es mentira, porque ese porcentaje no refleja el verdadero posicionamiento de la sociedad, sino la respuesta de las mujeres que se revelan frente a esa violencia. Pues son ellas quienes forman la mayoría de ese porcentaje mínimo, como son ellas las que llenan las calles contra la violencia, las que gritan con sus minutos de silencio, las que se revelan frente a la pasividad, la distancia y la desidia de una sociedad machista que no duda en dejar que los hombres llenen las redes de palabras contra las propias mujeres y las personas que se revelan frente a su modelo androcéntrico, al igual que lo hacen contra las leyes y medidas que buscan conseguir la Igualdad.

Y mientras ocho mujeres están en huelga de hambre para que el resto pueda vivir en paz y alimentarse de Igualdad, un oligoelemento esencial en la dieta de la democracia sin el cual resulta imposible la convivencia, la mayoría de los hombres están en huelga de brazos caídos y palabras alzadas para no hacer nada por la Igualdad.

La transformación social a favor de la Igualdad está siendo protagonizada y liderada por las mujeres, por ello muchos hombres se resisten y algunos reaccionan con más violencia para conseguir con ella lo que antes lograban por medio de la normalidad y el control social, de ahí que el resultado de este cambio haya sido más violencia. Así lo demuestran las Macroencuestas cuando recogen que en 2006 las mujeres que sufrían violencia eran 400.000 y en 2011 fueron 600.000.

El resultado es claro, la violencia de género aumenta porque los hombres están luchando de manera directa y activa contra la transformación de la sociedad que lleva a la Igualdad. Ese aumento de la violencia no es un fracaso de las medidas dirigidas a alcanzar la Igualdad, todo lo contrario, es una demostración de que ante ese éxito en el cambio, quienes han ocupado una posición de poder injusta construida con el recurso a la violencia, están aumentando su uso para intentar evitar esa transformación de la sociedad, al tiempo que desarrollan otras estrategias posmachistas para generar confusión e incidir por esa doble vía (violencia y confusión), en el objetivo último de impedir el cambio.

La realidad es clara: existe desigualdad, discriminación, abuso y violencia contra las mujeres, y mientras que ellas están en la acción y en la huelga para erradicar el machismo que defiende esa realidad, los hombres están en huelga para no cambiarla y en el activismo para perpetuarla.

Y ese activismo machista existe por acción y omisión, pues todos los hombres que se justifican con el “yo no soy machista” y el “yo no soy maltratador”, están permitiendo que otros lo sigan siendo bajo la normalidad y la impunidad. Su pasividad es la constatación de su “huelga de hombre” en un cambio que empieza por uno mismo. Si cada hombre espera a que cambien “los hombres” para entonces cambiar ellos también, nunca habrá una masculinidad diferente a la tradicional. Ese primer paso es individual y hay que darlo con la determinación de hacer de la sociedad un lugar más justo, como ya lo han hecho muchos de ellos con la intención de ser hombres con la Igualdad como parte de su identidad, no sólo de su vocabulario.

Las mujeres y el feminismo nos muestran cada día el camino, sólo tenemos que seguirlas. Hoy las ocho mujeres que están en huelga de hambre para erradicar la violencia de género, son un ejemplo más de su firme determinación en conseguir la Igualdad para toda la sociedad, también para los hombres ajenos a ese objetivo.

Hoy, de nuevo, las mujeres, representadas por estas ocho compañeras (Gloria, Martina, Patricia, Marian, Susana, Sara, Sonia y Celia), son un ejemplo de su apuesta por la convivencia y la democracia. Gracias y toda mi solidaridad, compromiso y admiración por cada día.

 

Machismo supremo

punetasLa opinión es libre, el desconocimiento no; y cuando un profesional opina de manera contraria al conocimiento que exige el ejercicio de su profesión estamos ante una cuestión de responsabilidad, no sólo de libertad de expresión.

Las declaraciones del magistrado de la Sala Primera del Tribunal Supremo, Antonio Salas, revelan, como muy bien dice, su opinión, pero esa opinión indica que está en contra de lo que recoge la ley que debe aplicar, y forma parte de un pensamiento e ideas desde el que se interpreta la realidad y da sentido a los hechos que debe juzgar, lo cual tiene consecuencias directas sobre el resultado. Y lo más significativo es que no da ningún elemento objetivo, ni cita publicaciones científicas, ni tratados internacionales que sustenten sus argumentos, todo forma parte de su opinión y de los que piensan como él.

Algo similar podría haber dicho el médico de Murcia que hace unos meses llegó a la conclusión diagnóstica de que una de sus pacientes lo que tenía es que estaba “mal follada”, y así lo escribió en la historia clínica; o lo que argumentó el profesor de la Universidad de Santiago de Compostela cuando se dirigió a una alumna para decirle que no podía concentrarse en dar la clase porque llevaba un “escote excesivo”; o lo que el exalcalde de Valladolid, León de la Riva pudo haber afirmado al comentar la amenaza de viajar con una mujer en el ascensor… Al final podrían ser “sólo opiniones”, como si esas opiniones no surgieran de un contexto social y cultural que da sentido a la realidad, y como si no tuvieran consecuencias en las decisiones de quienes actúan desde esas opiniones al generar desconfianza en ese trabajo y en las instituciones que representan.

Los argumentos-opiniones del magistrado Salas son muy significativos, aunque nada novedosos dentro de la estrategia que utiliza el posmachismo hace años como forma de resistirse a la Igualdad y a las medidas que pretenden alcanzarla, de hecho, si no fuera magistrado del Tribunal Supremo nadie se habría detenido en ellas. Veamos los dos elementos más destacados.

1.- El problema está en la desproporción de fuerzas entre hombres y mujeres. Según este planteamiento, las personas negras han sido esclavizadas, discriminadas y sometidas porque son más débiles que las personas blancas, los trabajadores del campo fueron explotados por los señoritos debido a su debilidad física, aunque luego eran fuertes para trabajar la tierra de sol a sol… y así podríamos seguir con todos los grupos discriminados. Pero el argumento de la fuerza física va más allá.

En realidad refleja la construcción cultural de la identidad de hombres y mujeres sobre la referencia biológica del sexo, a partir de la cual se asignan funciones y roles para unos y otras. Así, ser hombre conlleva como parte de su identidad las funciones de “protección y sustento” de la familia, y ser mujer las de la “maternidad y cuidado”; y desde esos roles se crea en las hombres la idea de posesión de aquello que se protege y se mantiene, mientras que en las mujeres se crea la idea de sumisión a quien te protege y mantiene. Todo lo que ocurra en nombre de esa construcción no es un error, sino una consecuencia que en algunas ocasiones se puede extralimitar, como, por ejemplo, cuando se produce una agresión y el resultado es más grave de lo previsto. Pero la construcción es tan poderosa que, entonces, en lugar de entenderla como parte de una relación donde la violencia contra la mujer está presente de manera habitual, se limita a criticar el resultado, incluso a sancionar al agresor, pero al mismo tiempo se lanzan justificaciones como que se ha debido al consumo de alcohol, drogas, a algún trastorno mental, o que se trata de un “hombre malo”. De ese modo, en lugar de entender la violencia de género como un problema estructural, se responsabiliza de ella a las circunstancias y se evita cuestionar el modelo histórico de desigualdad, que es el machismo. A partir de ahí, la desigualdad y la violencia no son reales, sino algo natural basado en circunstancias, hasta el punto de llegar a justificarlas, no en la voluntad ni estrategia de quien las usa, sino en la ausencia en la víctima de la característica que lleva a usarla en el agresor. Es lo que señala el magistrado Salas cuando justifica la violencia de género en la “ausencia de fuerza en las mujeres”, algo similar a lo que dijo el ministro Cañete sobre la “superioridad intelectual de los hombres”, destacando la ausencia de inteligencia a niveles similares en las mujeres, como argumento para justificar que haya menos mujeres en puestos de responsabilidad y decisión.

Esa ha sido una de las estrategias del machismo ahora utilizadas por el posmachismo, negar la característica en las mujeres sobre la cual construyen la función de los hombres, bien sea la fuerza, la inteligencia, la competitividad, la determinación, el criterio… o incluso negar las oportunidades a través de la educación, la formación, la experiencia… y luego justificarlo todo como una cuestión natural al orden dado. Un orden que le da a los hombres lo que les niega a las mujeres y que presenta el resultado como “natural”, no como desigualdad ni discriminación.

2.- La negación de la cultura en el origen de los problemas. Como acabamos de ver, el machismo es la propia cultura de la desigualdad que toma lo masculino como referencia universal, y organiza la convivencia sobre las características y funciones de los hombres que, además, niega en las mujeres. La estrategia del machismo ha sido construir una normalidad que invisibiliza la desigualdad y la violencia y las sitúa como parte de las circunstancias para cuestionar sólo los “excesos” ante resultados especialmente graves, aunque sin abandonar en ningún momento las justificaciones.

Cuando el magistrado Salas dice que el machismo no está detrás de todos los casos de violencia de género, olvida que esa cultura que él presenta como neutral, además de crear la desigualdad y su normalidad tramposa e interesada, ha creado la también la norma social que permite integrar la violencia de género, hasta el punto de haber llevado hasta la propia ley los valores sobre los que se sustenta. Debe recordar el magistrado que hasta los años 60 el Código Penal recogía el delito de uxoricidio, por el cual el homicidio de una mujer por su marido apenas tenía consecuencias, y que hasta hace unos pocos años el Código Civil exigía la autorización del marido a una mujer para trabajar o para salir fuera del país, entre otras cosas. Debe entender que ese contexto social y cultural es el que crea las identidades que llevan a que 700.000 hombres maltraten cada año, a que 60 asesinen, y a que sólo el 1% de la población vea en ello un problema grave (Barómetros del CIS).

La única maldad que existe es la del machismo, la del machismo activo y la del machismo que se esconde detrás de la neutralidad, del silencio y de la distancia a la realidad para que todo sigua igual, es decir, “sin Igualdad” y con violencia.

Y el machismo lo sabe, por eso ha desarrollado la estrategia del posmachismo y es tan activo en las redes sociales y en todos los ámbitos, porque sobre un aparente respeto a la Igualdad lo que en verdad está desarrollando es una crítica y ataque a todas las medidas e iniciativas dirigidas a alcanzarla, además de intentar desvincular la realidad actual y sus manifestaciones, entre ellas la violencia de género, de toda la construcción cultural e histórica que es el machismo. De ese modo mandan el mensaje de que el problema no es social, sino de unos pocos hombres “malos”, o alcohólicos, o drogadictos, o locos, o extranjeros… siempre habrá un elemento que libere a los hombres sobre la culpa de un hombre que actúe como “chivo expiatorio”.

Por ello no es extraño que todo se intente reducir a un problema de “opinión”, pues al margen de ampararse en la libertad de expresión para influir y condicionar en la sociedad, cada uno desde la posición que ocupa, pero todos minimizando el significado y las consecuencias una violencia que lleva a asesinar a 60 mujeres de media cada año sin que el 70-80% de ellas ni siquiera haya denunciado por esa normalidad que la envuelve, al hablar de opinión lo que intentan es reducir el problema a la subjetividad e ignorar el conocimiento científico y social sobre el problema y su significado. Dejar el problema en la opinión es dejarlo al margen de la educación, de la formación y de la especialización que, en definitiva, es otro de los argumentos del magistrado Salas en contra de lo que muchos jueces y juezas piden cada día mientras hacen un magnífico trabajo sobre los casos de violencia de género que les llegan.

El conocimiento nos hace libres, por eso el machismo insiste tanto en el desconocimiento sobre la realidad de la desigualdad y la violencia de género, porque el poder está basado en la fuerza y en el desconocimiento. Nada es casual, y en la era Trump hemos entrado en un machismo exhibicionista y con una intensidad y beligerancia como no habíamos visto desde hace años. El diagnóstico es claro: estamos ante un “machismo supremo”.

 

Trump, el hombre

trump-hombrePodríamos decir eso de “vuelve el hombre”, al más puro estilo de un anuncio de perfumes televisivo, el problema es que nunca se ha ido y que el aroma que hay en el ambiente se parece más al de la Dinamarca de Hamlet que al afrutado olor enfrascado.

El triunfo de Donald Trump en las elecciones americanas es algo más que la victoria del candidato del Partido Republicano, significa la ratificación y consolidación pública del machismo como instrumento político y simbólico para seguir condicionando la realidad, y para remodelarla sobre el retroceso, no sobre el progreso hacia la Igualdad. No es casualidad que sus propuestas más conocidas vayan dirigidas a “deshacer” lo conseguido por Barak Obama, aunque ahora intente matizarlas en el cómo y en el cuándo, pero sin abandonarlas. A Trump lo han elegido para que “deshaga”, no para que haga.

El machismo es la esencia del poder, es la construcción de las relaciones sobre la condición y el status de determinadas personas configurado cuando la única referencia válida era ser hombre o mujer. A partir de esa primera desigualdad se fueron añadiendo elementos de desigualdad y discriminación basados en el criterio de quienes tenían el poder para hacerlo en cada contexto, que eran los hombres. Por eso la desigualdad y la jerarquía del machismo como cultura se ha hecho sobre el elemento común del hombre, al cual se añaden otros elementos para configurar las jerarquías particulares de cada contexto social y cultural. Por ejemplo, “hombre blanco” sobre todas las mujeres y sobre los hombres negros o con otro color de piel; o bien, “hombre blanco con una ideología y creencias” sobre todas las mujeres, los hombres negros y sobre los hombres que tengan otras ideologías y creencias… Y así, se han ido uniendo referencias como la diversidad sexual, el origen, la procedencia… pero siempre sobre la figura del hombre y bajo el argumento de su cultura basada en el poder dado por la condición y el status.

La injusticia del poder construido como privilegio e instrumento de control y dominio sobre la sociedad, se ha ido confundiendo conforme la sociedad se ha hecho más compleja y las referencias se entremezclan por escenarios complejos que “desorientan” sobre el significado de la realidad. Por ejemplo, la posición de muchas mujeres blancas respecto a hombres negros puede ser superior, o la de hombres negros heterosexuales frente a hombres blancos extranjeros y homosexuales… pero la diferente consideración y reconocimiento que se pueda hacer en un momento determinado sobre esos elementos es un espejismo que hace creer que la realidad es otra, cuando su estructura de poder es la misma y basada siempre en el machismo original alimentado por las circunstancias y adaptado a cada situación.

Todo ello viene “normalizado” por la propia organización social diseñada sobre esas ideas y reforzada a través de las leyes, las instituciones, la costumbre y las tradiciones, por eso los cambios que se han producido a lo largo de la historia son adaptativos a las nuevos tiempos, nunca transformadores sobre las viejas referencias de siempre.

El avance de la Igualdad siempre se ha producido sobre la demostración de la injusticia que suponían determinadas manifestaciones de la desigualdad, de ahí su avance a trompicones, cuando no a saltos, y siempre de manera parcial. A diferencia de la Libertad, la Justicia, la Dignidad… que se han considerado como valores inherentes a las personas, la Igualdad se ha entendido más como parte del decorado en el escenario social, y sólo cuando se observaba que generaba problemas se ha cambiado para ese conflicto particular. Pero sin que en ningún momento se haya tomado un clara conciencia de su significado, de su importancia y de su trascendencia, y por lo tanto, sin que en ningún periodo se haya apostado de manera decidida por alcanzarla.

Ocurrió con el movimiento sufragista para lograr el voto de las mujeres, con la posibilidad de que estudiaran en la universidad, con el hecho de poder realizar determinados trabajos, con el desarrollo de normas que posibilitaran, al menos formalmente, el divorcio en igualdad de condiciones que los hombres, con el logro de la libertad sexual… Siempre ha existido una injusticia que afectaba a las mujeres debido a la desigualdad, y la respuesta ha sido corregir de manera puntual esa injusticia concreta para evitar el conflicto social que pudiera llevar a una toma de conciencia sobre el significado y origen del mismo, pero no a corregir la injusticia del machismo que afectaba a todas las mujeres y situaciones. La clara demostración de que todo ello era una forma de respuesta adaptativa del propio sistema, es que nunca se ha utilizado como experiencia para evitar otros conflictos, porque lo que se ha querido en todo momento ha sido mantener la desigualdad, no cambiarla.

Sin embargo, a pesar de su poder, el machismo no ha sido capaz de controlar a toda la sociedad, nunca ha podido lograrlo, de ahí los muchos cambios que se han conseguido gracias a la incorporación paulatina de la Igualdad, el feminismo y a la labor de las mujeres, que han ido superado límites para cuestionar de manera directa y eficaz la esencia de la cultura machista y las identidades rígidas que genera.

Esa conciencia de final que percibe ahora el machismo, y su interpretación como amenaza o ataque, la expresan de manera objetiva en la forma de valorar las medidas a favor de la Igualdad cuando dicen que van “contra los hombres”, “contra la familia”, “contra el orden social”, o cuando las consideran como “ideología de género” y hablan de “adoctrinamiento”, no como avance y beneficio para toda la sociedad, al igual que lo es la Libertad, la Justicia o la Paz. En estas circunstancias surgió la estrategia del posmachismo con la finalidad de crear confusión sobre los temas de mayor actualidad y trascendencia, para mantener a la sociedad alejada de los problemas de la desigualdad. Pero a pesar de su beligerancia, de su presencia en las redes sociales, y de personas que lo han llevado hasta la política y algunos medios de comunicación, en la práctica su impacto es reducido fuera de sus ambientes y su gente, de ahí que el machismo necesite dar un paso más para mantener la jerarquía en la sociedad sobre la figura de los hombres, y tratar de reordenar el “desorden” introducido por la Igualdad.

Y ahí es donde está Donald Trump con su machismo de flequillo y su política ye-yé. Trump ha ganado las elecciones por “macho”, porque serlo y mostrarlo es algo muy valorado en una sociedad machista, fundamentalmente por los hombres, pero también por muchas mujeres de esa cultura, sólo basta recordar que un 4’6% de mujeres afirma que “el hombre agresivo parece más atractivo” (Estudio sociológico MIG, 2009). Y si es atractivo por agresivo, resultará más atractivo si es “agresivo y con dinero”, si no que se lo pregunten a Grey y sus sombras. Y si es “agresivo, con dinero y presidente de los Estados Unidos”, seguro que resulta mucho más atractivo.

El problema de Trump no es Donald Trump, sino todos los hombres que ya quieren ser como él, no sólo como machistas, eso ya lo hemos comentado en “Hombres Trump”, sino como “machistas exhibicionistas”. Eso es lo que han traído estas elecciones americanas: el machismo como instrumento político y como referencia simbólica social.

Pero del mismo modo que los machistas ya tienen un nuevo ídolo, quienes defendemos la Igualdad también tenemos una nueva referencia sobre la que continuar el trabajo de cada día. El movimiento “Not my president” es una clara reacción en ese sentido.

“Vidios”

vidiosPerder la fe no significa dejar de creer, tan sólo cambiar el objeto de la creencia.

Es lo que ha ocurrido en una sociedad que ha dejado de creer en el más allá para situar la creencia en el más acá, justo en cada uno de los hombres que se sienten dueños y señores de una realidad en la que estorba el tiempo y la distancia que traía la trascendencia, de ahí la adoración de lo inmediato.

Por eso primero los hombres crearon un dios a su imagen y semejanza y lo hicieron invisible para disimular, y después crearon un hombre a la imagen y semejanza del poder divino para autoproclamarse reyes de la creación, o sea, para autodenominarse dueños de su propia creación, que no es otra que la cultura patriarcal levantada sobre referencias masculinas.

Y este cambio exige modificar las condiciones del ejercicio de la nueva fe. Antes se podía ver a un único dios en cualquier lugar a través de su invisibilidad omnipresente, pero ahora que los dioses son cada uno de los hombres eso ya no es creíble. De manera que la omnipresencia masculina debe basarse en su constante exposición y en la continua demostración de todo lo que son, y de todo aquello que son capaces de hacer con ese poder tan “divino de la muerte” que muestran a la más mínima ocasión.

Esa exhibición del machismo no es casualidad, es la necesidad de mostrar y demostrar lo hombres que son, porque ser hombre es, fundamentalmente, ser reconocido como tal por otros hombres, y cuanto más osada sea la conducta realizada y grabada en un vídeo, más reconocimiento dará y más necesidad de mostrarla a los demás surgirá para, de ese modo, ascender a los cielos de la divinidad machista.

Ningún hombre o grupo de amigos se graba en la cola de un supermercado con el carro de la compra lleno y lo comparte en las redes, ni tampoco en la puerta del colegio mientras esperan a sus hijos o a sus hijas, porque para esos hombres no son conductas de las que presumir ni sobre las que ser reconocidos como hombres, todo lo contrario, en algunos casos pueden ser motivo de burla y de pasar a ser considerados calzonazos o “manginas”, como tanto le gusta ahora al posmachismo, una especie de “hombres vagina” totalmente incompatibles con su modelo de “hombre testicular”.

El exhibicionismo de los hombres haciendo de hombres es una forma de marcar el territorio portátil de su identidad, y con él tratar de establecer su significado al igual que la santidad lo hacía con el halo alrededor de la cabeza, tanto mayor cuanto más importante era la persona santificada. Por eso los hombres establecen su resplandor machista a través de vídeos que les dan reconocimiento e imponen miedo o respeto a los demás.

No por casualidad el delito de exhibicionismo, consistente en mostrar los genitales en público, es llevado a cabo por hombres en más del 99% de los casos. La cultura canaliza los comportamientos hacia conductas con significado, y para muchos hombres mostrarse como tales y a través de aquello que  para ellos más los identifica puede llegar hasta ese tipo de acciones.

Esa constante necesidad de ser ante los demás es la que los lleva también a la competitividad y a la violencia, pues mientras que con la primera se es hombre al ascender entre el resto, con la violencia se es hombre dos veces: una por vencer y otra por hacer que la otra persona deje de ser.

Son sus reglas de juego en la conducta y su terreno de juego para la convivencia. Unas referencias que han creado para que quien recibe esos vídeos y observa dichos comportamientos sean receptivos y comprensivos con ellos, de lo contrario no lo harían. Un hombre sabe que si sale en un vídeo de contenido sexual con una mujer, él será visto como un machote mientras que a ella la tratarán con desprecio y la humillarán tanto que, como ocurrió con Tiziana Cantone, pueden llevarla al suicidio.

Las circunstancias pueden variar, pero el significado detrás de cada conducta y de cada grabación es el mismo: Dos jugadores de fútbol manteniendo una relación sexual consentida con una mujer que no consiente la grabación, cinco hombres violando a una mujer en Pamplona después de que cuatro de ellos violaran y relataran los hechos a otra joven en Córdoba; hombres conduciendo coches y motos a más de 200 Km/h por carreteras estrechas, hombres maltratando animales… en todas estas conductas hay una necesidad de demostrar el valor de sus conductas en la escala machista, aunque se trate de conductas delictivas. Porque para muchos hombres ser un delincuente es un accidente compatible con ser hombre, mientras que no ser hombre es para siempre e incompatible con el disfrute del reconocimiento y los privilegios.

Muchos hombres se creen dioses y como tales han ido otorgándose características divinas, ya habían logrado la omnisciencia todopoderosa, les faltaba la omnipresencia, y ya la han conseguido con estos vídeos, es decir, por medio de los “vidios”.

El “señoritismo”

SANTOS INOCENTESCon frecuencia se habla de “populismo”, pero nunca de “señoritismo”. 

Definir la realidad según la interpreta quien ocupa las posiciones de poder permite describirla de manera interesada a sus necesidades y conveniencia, y de ese modo perpetuar la desigualdad y las ventajas que les proporciona. El resultado es muy variado y diverso, lo hemos visto, entre otros escenarios, en las pasadas elecciones.

Durante este tiempo hemos oído calificar de “populismo” todas aquellas propuestas que tienen un impacto directo, casi inmediato, sobre cuestiones y problemas que afectan a quienes cuentan con menos recursos y oportunidades para afrontarlos, especialmente si la propuesta, además, impacta en quienes ocupan las posiciones de poder y reconocimiento en nuestra sociedad. El mensaje que se manda con esa consideración “populista” suele ser doble: por un lado la imposibilidad de llevarla a cabo, y por otro la inconveniencia o inoportunidad de hacerlo, dadas las consecuencias negativas que tendría para el “sistema”.

De este modo la crítica es doble, por una parte sobre su mentira, y por otra sobre el hipotético daño que ocasionaría en caso de que se pudiera realizar, de ahí que la consecuencia inmediata sea presentar al populista como “mentiroso y peligroso”. A partir de ese momento ya no hace falta ningún otro argumento, se desacredita a la fuente por “populista” y se evita tener que contra-argumentar sobre lo propuesto, o tener que plantear iniciativas que resulten más prácticas o interesantes para la sociedad. Y quien actúa de ese modo es, precisamente, quien dispone de más medios y recursos para sacar adelante múltiples iniciativas para abordar las cuestiones que intentan resolver las propuestas consideradas “populistas”.

El populismo queda de ese modo identificado como el espacio al que recurren quienes no tienen la capacidad, la preparación o la responsabilidad para actuar con “sentido de Estado” y en nombre del “bien común”, y sólo lo harán en busca del interés personal, incluso sin importarle destruir el Estado si fuera necesario. El populismo, por tanto, no es sólo la propuesta puntual, sino que además se convierte en el espacio donde situar cualquier medida que actúe contra el orden social establecido sobre las referencias de una cultura desigual, machista y estructurada sobre referencias de poder levantadas a partir de determinadas, ideas, valores y creencias.

Nadie cuestiona ese orden dado como un contexto interesado que carga de significado a la realidad, cuando en verdad actúa de modo similar al espacio considerado como “populismo”, pero a partir de las ideas, valores, objetivos e intereses de quienes han tenido la posibilidad de decidir en su nombre qué era lo que más interesaba al conjunto de la sociedad, haciendo de sus posiciones la “normalidad” a través de la cultura. Y del mismo modo que se ha identificado con “lo del pueblo” aquello que de alguna manera se considera contrario al orden establecido, hasta el punto de considerarlo “populismo”, deberíamos aceptar como “señoritismo” el espacio y las referencias dadas en nombre de la cultura jerarquizada y desigual que define posiciones de poder sobre el sexo, las ideas, la diversidad sexual, el grupo étnico, las creencias, el origen, la diversidad funcional… Un “señoritismo” que juega con una imagen opuesta al “populismo” al presentar sus iniciativas como las únicas capaces de resolver los problemas, por ser propuestas y desarrolladas por personas preparadas y responsables. De ese modo se defiende la élite operativa y la esencia ideológica.

Las consecuencias son muy amplias y diversas, puesto que hablamos de la normalidad y la cultura, pero centrándonos en lo ocurrido en las elecciones, no sólo en estas últimas del 26J, pero sí sobre algunas de las cuestiones que se han planteado tras sus resultados, podemos ver cómo actúa el juego entre “populismo” y “señoritismo”.

Subir los impuestos a quienes más tienen y se aprovechan de la legislación para cotizar menos, cuestionar la precariedad laboral, pedir una educación y una sanidad públicas y de calidad, hablar de dependencia, exigir medidas contra la violencia de género, reclamar medios contra la corrupción… todo eso es populismo. En cambio, mantener un sistema fiscal que ahoga a clases medias y bajas, facilitar el desarrollo de la sanidad y la educación privada, incluso con segregación en las aulas, olvidarse de las personas mayores y dependientes más allá de la caridad, recortar los recursos para erradicar la violencia de género, permitir que la corrupción se resuelva por medio del olvido… todo ello no se considera “señoritismo”, aunque es reflejo de ese orden de ideas y valores en armonía con la parte conservadora que la propia cultura defiende como esencia de presencia y continuidad.

Y no sólo es que las políticas conservadoras y tradicionales no se ven como algo ajeno a la propia normalidad y cultura, sino que, además, cuando son descubiertas como algo contrario al interés común y cuando sus resultados son objetivamente negativos, la posición de quien las lleva a cabo y el significado que se les da no adquiere el nivel de rechazo y exigencia de responsabilidad, por haber sido realizadas por quienes tienen una cierta legitimidad para actuar de ese modo, y porque quedar integradas dentro de otras medidas y políticas que presentan como positivas para la sociedad y el sistema.

El ejemplo de esta situación lo tenemos en lo que ocurre cada día en muchos pueblos. Cuando el “señorito del pueblo” o un empresario se levanta a las 12 del mediodía y se va directamente a tomarse un vino al bar de la plaza del pueblo, nadie lo cuestiona porque se entiende que esa conducta forma parte de su condición, algo que no aceptarían en un trabajador. Algo parecido sucede, por ejemplo, ante las críticas a algún mensaje lanzado por representantes de la Iglesia (rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo, propuestas de salud sexual y reproductiva, impuestos que no paga…), que se consideran como un ataque a la libertad religiosa, pero cuando desde la Iglesia se cuestiona la política y se llama a la desobediencia civil a las leyes de Igualdad, se dice que es libertad de expresión.

Cada cosa tiene un significado diferente dependiendo de lo que afecte al modelo pero, además, si las propuestas coinciden con él son consideradas propias y adecuadas, y por tanto, no cuestionables ni motivo para exigir responsabilidad a quien las haga por entenderlas como parte de ese contexto de “señoritismo”.

Y no es que se acepte el resultado negativo cuando se produce, pero no se entiende con la suficiente entidad como para cuestionar al contexto o al partido político que la lleva a cabo. Es lo que hemos visto con los casos de corrupción en el PP, que no les pasa factura electoral por entender que son “cosas que suceden donde se mueve mucho dinero” y que “no es un problema del modelo de organización, aunque haya sido permisivo y ausente, sino de unos pocos que lo han traicionado”.

Esa valoración y justificación es imposible en otros partidos y contextos en los que los casos de corrupción no forman parte de las posibilidades que les otorga el reconocimiento de su normalidad. Es lo del señorito del pueblo y el trabajador, si un trabajador se levanta a las 12 y se va al bar de la plaza a tomarse un vino es considerado un gandul o un borracho, algo que nunca se dirá del señorito.

¿Alguien ha hablado en esta legislatura de los coches oficiales, del número de asesores de Moncloa, del inglés de Rajoy, de la ropa o las parejas de las ministras del Gobierno, de las colocaciones de los ex-ministros, como por ejemplo Wert en Paris…? Todo eso forma parte del “señoritismo”, y mientras no se modifiquen las referencias de una cultura desigual y machista, una gran parte de la sociedad siempre será condescendiente con el poderoso, con sus ideas, valores y creencias que configuran el “señoritismo”.

 

¿Es machista Dios?

IGLESIA-LUZSabemos que le Iglesia es machista, pero ¿y su Dios?

Las religiones monoteístas, y en el especial la cristiana, presentan a Dios como una abstracción caracterizada por la bondad, la comprensión, la sabiduría, la presencia… y con la capacidad de incidir sobre la realidad de forma directa o indirecta para contrarrestar desde el bien toda la influencia negativa del mal, de ahí su identificación con el “Todopoderoso”.

Y la Iglesia se muestra a sí misma como la representación de Dios en la Tierra, gestora e intérprete de su palabra y voluntad para que las personas sigan el camino trazado como forma de llegar hasta él.

Del mismo modo que alguien puede dudar sobre si Dios existe y se hizo hombre, de lo que no hay duda es de que la Iglesia es real y está formada y dirigida por hombres, y que por ello la palabra divina adquiere el tono, la gravedad y el significado de lo que sus hombres interpretan. Cuando las manifestaciones, cada vez más frecuentas y graves, de cardenales, arzobispos, sacerdotes y obispos, es decir, de los portavoces de la palabra de Dios, insisten sistemáticamente en su crítica a la Igualdad y a las políticas e iniciativas que buscan promocionarla y corregir la desigualdad, y en especial contra algunas de ellas, como el matrimonio entre parejas del mismo sexo y todo lo relacionado con el género, lo que hacen es presentar a un Dios machista y homófobo, no sólo a una Iglesia con esas características.

Y lo grave es que esa misma Iglesia de palabra divina y humana ha callado la desigualdad histórica que ha llevado a la pobreza y a la exclusión, a la violencia de género, a la discriminación y al abuso, y con ello ha reforzado una cultura construida sobre valores e ideas que necesitaban sustentarse en esas creencias para elevar sus propuestas hasta la divinidad. Ante todo ello lo único que ha dicho ha sido aquello de “resignación cristiana”, “compasión y limosna”, y “bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de Dios…”, sin llamar la atención con rotundidad a los ricos abusadores, a los maltratadores, a los explotadores… más allá de la reincidente confesión y del perdón liberador. Esta situación demuestra que la actitud de la Iglesia no es casualidad, y que forma parte de esa construcción patriarcal que utiliza un Dios machista y homófobo para darle trascendencia, significado y sentido a la realidad más allá de lo material y lo humano. De se modo se deja para la otra vida cualquier posicionamiento en términos de justicia, y todo continúa bajo el machismo de la ley de los hombres.

Y no creo que deba ser así.

Con sólo lo que he podido observar a lo largo de mi vida, he comprobado cómo la Iglesia ha cambiado hacia posiciones mucho más rígidas e intransigentes con todo aquel o aquello que no comulgue con sus ideas, cómo ha abandonado el terreno de la fe para invadir lo político, y de cómo ha dejado púlpitos y homilías para meterse en los telediarios, y no precisamente para hablar de la fe y las creencias.

La Ministra Bibiana Aído fue muy clara cuando en pleno debate sobre la reforma de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, respondió a las críticas que se habían hecho por parte de algunos obispos, y comentó: “La Iglesia podrá decir lo que es pecado, pero no lo que es delito”. Y así debe ser, a ella le corresponde decir lo que desde el punto de vista de la religión católica se considera bien o mal, y adoptar las medidas religiosas consecuentes a sus planteamientos, pero la ley es competencia del Parlamento.

No todo está justificado en nombre de Dios, y la llamada de Monseñor Cañizares (http://www.huffingtonpost.es/2016/05/30/canizares-desobedecer-leyes_n_10209644.html) a la desobediencia de la ley democrática en nombre de un Dios que presentan como machista y homófobo, además hace que se convierta en un Dios tirano, algo que no debe ser permitido por la propia Iglesia.

El silencio del resto de la jerarquía y de muchos de sus fieles, la mayoría de los cuales no comparten esas manifestaciones ni ideas, tiene consecuencias. Las tiene dentro, con unos templos cada vez más vacíos, y las tiene fuera, porque muchos hombres violentos justifican en nombre de Dios su machismo, su homofobia ampliada a la “LGTB-fobia” y la violencia ejercida bajo esas razones.

El silencio es acción cuando ampara posiciones y conductas que continúan bajo él. Y las palabras cargadas de odio son acción, por eso también deben ser rechazadas y criticadas con acciones claras desde dentro de la misma Iglesia, de lo contrario se entenderá que es toda ella quien las comparte y quien calla.

Y lo más triste, conseguirán que Dios, ese Dios al que ellos ponen voz, no se entienda como amor, ni sabiduría, ni presencia…

 

Miguel Ríos: Un afluente en la Universidad de Granada

MIGUEL RIOSConocí a Miguel Ríos en una pegatina cuando tenía 5 o 6 años. Debió salir en algún producto de consumo infantil, porque junto a la suya había otras de cantantes de moda en aquellos finales de los 60. Pero por algún extraño motivo, mientras que las demás se rompieron y desaparecieron de la pared, la suya permaneció todo el tiempo en el alicatado de la cocina con una ligera sonrisa; tanto que al final fui yo quien se fue de la casa y ella quedó atrás.

Sus canciones la sustituyeron e hicieron de aquella pegatina algo perenne en mi vida. Después el tiempo me dio la oportunidad de conocerlo cuando un día de 2002 la Junta de Andalucía nos concedió la medalla de la Comunidad, pero tampoco ese día llegamos a vernos. Él no pudo acudir al acto de entrega por encontrarse de gira por América Latina, fue su hija Lua, que salió de la canción para ocupar su lugar y sus palabras, pero el encuentro tuvo que retrasarse un poco más. Luego, cuando por fin se produjo, nunca le conté la historia de la pegatina.

Ahora, tras su nombramiento como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Granada el pasado 20 de mayo, de alguna manera ha vuelto a las paredes de mi casa.

Cuando uno crece en un pueblo que se llama Olula del Río, los ríos adquieren un significado distinto. Siempre he pensado en ellos como afluentes, aunque terminen en un mar, no creo que el río acabe en ningún lugar por muy amplio que sea el espacio del agua encontrada. Y siempre he entendido la cultura como la vía de superar las barreras de los prejuicios, las ideologías, las creencias… y de depositar la emoción junto a las ideas allí donde pueden germinar con el resto de sentimientos.

Vivimos una época en la que, como nos dice el poeta Luis García Montero, confundimos la cultura con el espectáculo, y creemos que basta con la intermitencia de los flashes para iluminar el camino de esa cultura que lleve a demostrar que hay algo más que constates vitales en las personas que los reciben. Y no es así.

No podemos confundir la creatividad con la invención, podemos inventar un sacacorchos pero no un poema, y la sociedad necesita tanto la poesía, la música, la pintura, la escultura… como la vacuna contra el SIDA o el tratamiento del cáncer. Sobrevivir no es vivir, ni la longevidad es plenitud. Una sociedad árida de cultura no es habitable para la humanidad, y la solución no es hacernos mas inhumanos, como muchos han decidido, sino tener más cultura.

La suma de todos los Yotube apenas formarán un pequeño fragmento de realidad, en cambio, un minuto de la obra de personas como Miguel Ríos es capaz de dar sentido a vidas enteras. Por eso sorprende que su nombramiento como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Granada haya levantado algunas críticas en una parte del profesorado, es cierto que mínima, pero sin duda significativa de lo que hablamos.

Los mismos profesores que presumen de que la universidad es un “régimen feudal” en el que las relaciones se basan en la idea de “sumisión a cambio de protección”, o que utilizan esa jerarquía anclada en el tiempo para mirar a otro lado cuando hay abusos y acoso en su universidad, se escandalizan cuando un rockero obtiene un reconocimiento que quizás ellos no logren nunca. Y lo más triste es que intentan presentarlo como una dicotomía entre el conocimiento profundo y especializado que exigen los importantes problemas y retos que tenemos, y la necesaria proximidad a la realidad social y a la cultura vital que nace en la calle, capaz de condicionar nuestras vidas con más inmediatez e intensidad que muchos de los grandes descubrimientos e inventos.

La universidad no puede estar lejos de esa realidad ni puede justificarse con reconocimientos puntuales, del mismo modo que no puede mirar a la sociedad como un laboratorio o como una experiencia piloto de la que obtener información y datos. Ese planteamiento puede ser necesario para algún proyecto, pero resulta insuficiente para la vida. La fragmentación del saber es entendible y se ha convertido en una necesidad dada su amplitud, el distanciamiento entre el saber académico y la realidad social no.

Por eso no es casualidad que sean las disciplinas técnicas y experimentales las que más alejadas están de los problemas sociales, incluso hasta el punto de que su alumnado es el que menos identifica la violencia de género que llega hasta sus aulas, como demostró el estudio que se hizo sobre el tema desde el Ministerio de Igualdad.

Es necesario diluir los egos en esta sociedad líquida para que no llegue a ser gaseosa, y entender que ningún hallazgo será del todo exitoso ni válido si no se acompaña de una respuesta para cambiar las causas que lo hacen necesario. No se pueden buscar soluciones a las enfermedades si no cuidamos la salud, no se pueden levantar edificios antisísmicos si el terremoto está dentro del hogar en forma de violencia, no podemos ver a la ley como solución si no aprendemos a convivir, no podemos hablar de filosofía si antes no hablamos de vida, y no seremos capaces de utilizar nada de forma correcta si no lo hacemos bajo el referente de los Derechos Humanos.

La vida no puede ser ciencia ficción ni tampoco sólo realismo. La creatividad nos lleva a entender mucho de lo que nos falta y la inventiva a encontrarlo. Sólo desde esa aproximación a través de las emociones y el conocimiento, podremos mejorar de manera justa la sociedad, y cambiar los problemas que hoy pretendemos resolver sólo con el bisturí de lo académico y lo técnico, como si todo estuviera de más y algunos de sobra, cuando en realidad aún nos faltan muchas referencias para esa convivencia en paz e igualdad. Si mejoramos lo académico y lo institucional, pero no la justicia social, la sociedad no mejorará; porque la sociedad es el todo y cada una de sus partes, no sólo el todo abstracto e impersonal.

Tener a Miguel Ríos como compañero en la Universidad de Granada nos dice que es posible. Él será agua fresca en el afluente que nos traiga lo que el rock y la cultura recogen con sus redes por las aceras, como ya ha hecho en alguna ocasión. No he visto ningún trabajo científico que describiera lo que él fue capaz de hacer en su “Rocanrol Bumerán”, por eso su “Canción de los 80” aún se puede cantar sin cambiar una sola palabra.

Reconocer todo lo que nos puede aportar esa aproximación a la realidad social es un acierto, hacerlo sólo tras una vida nos dice de nuevo que se llega tarde, de ahí que tengamos que dar más pasos en ese sentido para adelantar al retraso.

Yo esperaré a encontrar de nuevo al Miguel Ríos de la pegatina fuera de la Universidad de Granada, dentro no podré hacerlo, los viejos rockeros nunca mueren y yo soy médico forense.

Como tú nos enseñaste a cantar, ¡Bienvenido, Miguel!