¿Por qué yihadismo sí y machismo no?

(POR UN “PACTO DE ESTADO CONTRA EL MACHISMO”)

La respuesta contra cada uno de los atentados del terrorismo yihadista es inmediata y contundente, no sólo contra el grupo, célula o persona que lo haya llevado a cabo, lo es contra todo lo que representa y frente a todos los que de una forma u otra amparan y justifican ese tipo de actos criminales.

Nadie interpreta que los autores sean hombres con problemas con el alcohol o las drogas, ni dicen que tengan un trastorno mental o enfermedad psíquica que anule o condicione su conducta. En ninguna ocasión se ha comentado que las organizaciones que trabajan para acabar con la instrumentalización de las ideas y las creencias que justifican los ataques o que ayudan a las víctimas, en realidad buscan beneficiarse económicamente con sus actividades y vivir de las subvenciones, ni menos aún dicen que estas personas en realidad lo que pretenden es atacar el orden existente y las referencias dadas para convivir en sociedad. Por eso tampoco se les ocurre plantear que cuando se toman medidas para abordar el problema del terrorismo yihadista o se llega a un pacto de Estado contra él, en realidad se trata de una discriminación frente a otras víctimas, otras violencias y otras formas de terrorismo.

Y si surgiera una voz con alguno de los argumentos anteriores, se encontraría de manera inmediata con una respuesta contundente criticándola y, posiblemente, con una serie de medidas policiales y judiciales para aclarar si forma parte de una acción de “apología del terrorismo”.

Todo el mundo entiende que cada uno de los atentados yihadistas es consecuencia del yihadismo que los envuelve a todos, pues es este el que permite que se inicie el proceso por el que cada autor planifica y lleva a cabo los ataques.

Con la violencia machista ocurre justo lo contrario, y todo se reduce a cada uno de los machistas que comete una agresión o un asesinato, como si fueran seres de otro planeta o cultura, y, además, con frecuencia son presentados como hombres con problemas con el alcohol o las drogas, o con algún tipo de trastorno o enfermedad mental. Y las personas que trabajan para erradicar esta violencia son atacadas, las llaman “feminazis” y las presentan como interesadas sólo en obtener beneficios económicos a través de ese trabajo. La crítica culmina al presentar el compromiso por la Igualdad como una especie de “adoctrinamiento” llevado a cabo desde la “ideología de género” para terminar con el orden, la moral, la familia, las creencias y, de alguna manera, los hombres “de verdad”.

Esta diferente percepción y posicionamiento ante el terrorismo yihadista y la violencia machista, forma parte de las ideas y valores de nuestra sociedad por ser producto de la cultura patriarcal que la define y condiciona. Ni siquiera el impacto de una y otra violencia son comparables en cuanto al daño que generan, tal y como demuestran los estudios y estadísticas, pero da lo mismo, el posicionamiento frente a una y a otra es completamente distinto.

Según los datos de diferentes organismos y organizaciones internacionales, recogidos por Datagrave y ESRI, el terrorismo yihadista llevó a cabo en 2016 un total de 1441 atentados por todo el planeta, ocasionando 14.356 víctimas. En 2015 cometió unos 16.000 atentados y el número de víctimas ascendió hasta 38.000, aproximadamente. Sin duda un grave problema que varía en su resultado en relación con las circunstancias geo-políticas de diferentes regiones, a pesar de lo cual está siendo combatido con cierta eficacia.

La violencia machista, sólo en el seno de las relaciones de pareja y familiares, cada año asesina alrededor de 42.500 mujeres, tal y como recoge el “Informe Global sobre Homicidios” de Naciones Unidas (2013). Una cifra que además se mantiene relativamente constante y no depende de circunstancias pasajeras ni coyunturales, sino de las ideas amparadas por la cultura machista que integra la violencia de género como parte de la normalidad, y que luego se “sorprende” cuando “se le va de las manos”, y no siempre, pues como hemos apuntado, es frecuente la justificación del agresor y el cuestionamiento de la conducta realizada por la propia mujer que ha sido agredida o asesinada.

A pesar de esta realidad objetiva, la percepción es que el yihadismo es un problema grave y una amenaza, mientras que la violencia machista ni es grave ni es amenaza. Y no sólo eso, sino que es el propio machismo el que establece las referencias para convivir al amparo de las leyes, las política, las instituciones, y todo lo demás. Da igual que en Europa cada año sean asesinadas 3300 mujeres por violencia de género (Naciones Unidas, 2013) y que los atentados yihadistas, el año que más víctimas causaron en Europa (2004), asesinaran a 196 personas (192 de ellas en los atentados de Madrid).

La situación es tan perversa que se llega a responsabilizar a las mujeres y al feminismo hasta de la violencia de género, al afirmar que se trata de esa estrategia interesada para atacar a los hombres a través de las denuncias falsas para quedarse con “la casa, los niños y la paga”, conducta que en muchos casos los lleva al suicidio como consecuencia de toda esa manipulación interesada.

Esa idea de responsabilizar a las víctimas y de presentarlas como autoras de una provocación, es la misma que utiliza el yihadismo para justificar sus atentados, pues al final la violencia que se ejerce en nombre de las ideas, los valores y las creencias siempre cuenta con apoyos en la propia sociedad donde esas ideas, valores y creencias forman parte de la normalidad. Por ello siempre tienen a su lado una razón y un apoyo para ser utilizadas, ese es el motivo que lleva a considerarlos “crímenes morales”, puesto que cada uno de ellos no sólo aborda cuestiones particulares, sino que también da respuesta a elementos comunes a todas esas creencias, valores e ideas.

Y del mismo modo que se entiende que para acabar con los atentados del terrorismo hay que acabar con el yihadismo, debe entenderse que para acabar con la violencia de género y sus asesinatos hay que erradicar el machismo, no sólo cuestionar la violencia que se hace visible ni a los hombres que protagonizan estos casos públicos.

Los trabajos de la Subcomisión del Congreso y de la Ponencia del Senado deben concluir en un “Pacto de Estado contra el machismo”, no sólo contra la violencia de género. Es lo que en su día se hizo cuando se firmó un “pacto de Estado contra el terrorismo” para combatir a ETA, y más recientemente un “pacto de Estado contra el yihadismo”. En ningún caso se firmó un pacto “contra la violencia terrorista” ni “contra los atentados terroristas”, sino contra el contexto que los causaba. Si se hubiera hecho sólo sobre el resultado habría sido un error y nadie lo habría aceptado.

Si el machismo continúa con todo su espacio, poder, credibilidad en su palabra, hasta el punto de hacer pasar una realidad por otra y de presentar a los hombres como víctimas de la Igualdad, para así mantener una equidistancia con la que utilizar la “neutralidad” como cómplice, nunca acabaremos con la injusticia de la desigualdad ni con todas sus formas de violencia.

Los machistas quieren mantener la realidad bajo las referencias de siempre, incluso piden derogar la Ley Integral contra la violencia de género, ahora se trata de darle la razón al machismo o de quitársela y trabajar definitivamente por la Igualdad. Por eso presentan el yihadismo como una amenaza para la sociedad y no ven amenaza alguna en la violencia de género a pesar de ocasionar muchas más víctimas. Pero hasta en eso se delatan.

Si al machismo le preocupa la violencia en sociedad cuando afecta a hombres y mujeres, como ocurre con el yihadismo, y no le preocupa la violencia de género que sólo afecta a mujeres, lo que en verdad significa es que su preocupación por lo común se debe a que afecta a los hombres, no porque ataca a las mujeres, pues si les preocupara el impacto de la violencia sobre ellas tendrían que comprometerse decididamente para erradicar la violencia de género y el machismo. Y no lo hacen.

Ellos no lo van a hacer nunca, pero la sociedad sí, de hecho ya lo hace y  avanzamos de manera decidida. Ahora necesitamos más apoyos, medidas y recursos, y es lo que debe proporcionar el “pacto de Estado contra el machismo”.

Hombres incompletos

Pensar que la historia se repite es un exceso, casi una visión romántica de una realidad caracterizada por lo contrario, por una continuidad invariable que nos hace creer que cuando el problema no se manifiesta en toda su intensidad ha desaparecido. Pero en verdad está ahí, continúa porque las circunstancias que dan lugar a él permanecen, y lo único que cambia es su grado de expresión. Por eso la historia no se repite, simplemente no cambia.

Y eso es lo que ahora demuestran los argumentos que utiliza el posmachismo para atacar a las mujeres e intentar demostrar su inferioridad. El posmachismo no sólo continúa con la versión más tradicional del machismo exhibicionista con hombres como Donald Trump, el eurodiputado polaco, Janusz Korwin-Mikke, los empresarios de Chile y su muñeca hinchable, o muchos hombres anónimos cada día… sino que recupera ideas tradicionales con un argumento actual. Viene a ser lo que Claude Levi-Strauss llamaba la reactualización del mito, pero en este caso elevado a toda su potencia en lo que supone una “reactualización del machismo”.

La idea de base sobre la que se levanta toda esta argumentación es la sempiterna inferioridad de las mujeres y su dependencia de los hombres, hoy recuperada sobre referencias concretas alrededor de la “debilidad física”, la “menor inteligencia” y la “incapacidad personal” para asumir ciertas responsabilidades. Ante este planteamiento la conclusión que utilizan para justificar su machismo no sólo insiste en la inferioridad de las mujeres, sino que tratan de destacar su maldad comparándolas con los peores hombres, y dicen que si las mujeres no maltratan más es porque tienen menos fuerza física, si no ocupan puestos de mayor responsabilidad y decisión se debe a que son menos inteligentes, y por tanto, si no se ven envueltas en temas de corrupción, no es porque entiendan el ejercicio del poder de otra manera, sino porque no están en las posiciones desde las que actuar de modo similar a los hombres. Y para demostrar su argumentación recurren a los típicos casos aislados para generalizarlos y dar por cerrada su argumentación teórico-práctica sobre la inferioridad y maldad de las mujeres.

El razonamiento es sencillo y sintónico con las ideas, valores y creencias tradicionales de la cultura machista, con lo cual aparecen cargados de razón y sentido, y a penas generan crítica y rechazo. Todo parte de tomar al hombre como referencia y de asignarle una serie de valores positivos a su condición, de manera que desde el bueno de Adán hasta el último hombre “denunciado falsamente” por violencia de género, la historia siempre ha sido así y con una mala mujer cerca para explicarla.

Bajo esa idea, como los hombres son fuertes, inteligentes y capaces, además de buenos, y las mujeres no son hombres, pues se toma como referencia el elemento que da objetividad al argumento, es decir, la fuerza física a partir del elemento biológico dado por el sexo, y se da por buena toda la argumentación en lo físico (hombres fuertes, mujeres débiles), en los psicológico (hombres más inteligentes, mujeres menos inteligentes), y en lo conductual (hombres capaces, mujeres incapaces). Y además, se le añade el otro argumento también por comparación, de manera que como el hombre es bueno, de hecho sólo hay que ver cómo el Derecho ha utilizado históricamente la figura del “buen padre de familia” para decidir sobre la conducta en términos de justicia, pues las mujeres que no llegan a lo de los hombres son malas, y además, perversas en su razonamiento.

Al final todo queda explicado bajo esa construcción y todo tiene sentido en esta sociedad para ocultar la desigualdad y su significado, y reducirlo todo a las consecuencias de la condición propia de hombres y mujeres o a determinadas circunstancias. Bajo esa idea no hay desigualdad ni machismo, sólo que los hombres son más fuertes, más inteligentes, más capaces y más buenos, y por tanto, las mujeres más débiles, menos inteligentes, más malas y menos capaces. Nada nuevo en el fondo, pues hasta la violencia de género la explican bajo la idea de que “algo habrá hecho la mujer (mala) para que el hombre (bueno)” le “haya tenido que pegar”.

Ya Sigmund Freud, a principios del siglo XX, lo explicó y le dio trascendencia psicodinámica al hablar de “complejo de castración” y de la “envidia de pene”, y tomar el falo como referencia y, en consecuencia, a los hombres como portadores de esa referencia de personalidad e identidad, y a las mujeres como unas eternas aspirantes en su frustrada búsqueda. De ese modo, las mujeres siempre estarán limitadas por ser “hombres incompletos”, y los hombres siempre están en riesgo ante esa “castración social” a la que puede llevar no ser hombre según el modelo tradicional, por lo que la Igualdad es presentada como la cuchilla afilada dispuesta a llevar a cabo esa “amputación social” de los hombres.

Que hoy, en pleno siglo XXI, todavía haya hombres y una cultura que considere que las mujeres son “hombres incompletos” y, por tanto, inferiores, débiles e incapaces, no demuestra ignorancia, sino cómo el conocimiento está sometido a la ideología de quienes prefieren mantener las posiciones de poder, antes que enfrentarse a su propia y limitada realidad, no como pérdida, sino como enriquecimiento para convivir en paz.

La única castración que existe es en los derechos de las mujeres y, por tanto, en la justicia social; por eso muchos hombres tienen miedo a la Igualdad, porque saben que el machismo, o sea, nuestra cultura, es una construcción levantada sobre el abuso y el poder, y no quieren perder sus privilegios en esa especie de “falocracia cultural y social” en la que viven.

 

El sexo abusador

Llamar fuerza al abuso es como llamar lluvia al invierno.

Los hombres no son el sexo fuerte, sino el sexo abusador. No es la fuerza física la que lleva a someter a las mujeres, a discriminarlas, a acosarlas, a maltratarlas y a asesinarlas, sino la posición de poder que ocupan en la sociedad y la sociedad que ocupan y hacen suya desde ese poder que se han otorgado a sí mismos. Por eso el resultado es la combinación de la situación individual de cada uno de ellos y del contexto social que los ampara a todos para hacer de él un instrumento de control de las mujeres por medio de la desigualdad.

Ninguno de los hombres que maltrata y somete a su pareja lo hace desde su mayor fuerza física, por eso ningún hombre, aunque mida 1’90 de estatura y tenga una complexión atlética, puede someter a una mujer si no se dan las condiciones que la sociedad ha puesto para hacerlo a través de la relación de pareja; podrá agredirla, pero no someterla. Es cierto que la fuerza física aparece como un factor añadido, pero el control, el dominio y el sometimiento que ejercen sobre las mujeres con las que mantienen una relación no se consigue al abalanzarse sobre ellas, golpearlas, retenerlas y secuestrarlas para después amenazarlas desde esa fuerza física que se alega, todo lo contrario.

El control se consigue desde el poder que da la cultura y que lleva a imponer a las mujeres criterios en nombre de la normalidad, y a corregirlas y castigarlas por medio de la violencia según interpreten sus conductas y su adecuación a las referencias de esa cultura machista que ellos mismos se encargan de valorar.

Por eso la violencia comienza con un proceso de aislamiento en el que el agresor separa a la mujer de sus fuentes de apoyo externo, fundamentalmente la familia y amistades, para, de ese modo, impedir que la mujer tenga a quién acudir cuando se produzcan las agresiones. Y por esa razón la violencia aumenta conforme su situación es de mayor vulnerabilidad y aislamiento, de ahí esa “evolución cíclica de intensidad creciente” que describen los estudios. Y cuanto más sometida está la mujer, más violencia ejerce el hombre, puesto que no es la fuerza física la clave ni una ganancia de masa muscular en el gimnasio la que la explica, sino el abuso de esa posición que da la cultura machista, y que cada maltratador adapta a su situación particular para abusar más y hacerlo con mayor impunidad.

Esa es la razón que lleva a encontrar que la violencia de género aparezca con más intensidad en los contextos de mayor vulnerabilidad, como sucede en el medio rural, donde el control social actúa como un colaborador imprescindible y hace que las calles se llenen de silencio, y como ocurre en mujeres con menos redes sociales y apoyo, como les pasa a las mujeres extranjeras. Pero también les sucede a las mujeres con discapacidad, en las que a la dependencia social y cultural se une le material.

El informe presentado por la Fundación CERMI el pasado 3-4-17 muestra cómo las mujeres con algún tipo de discapacidad sufren más violencia de género, y ello se debe al abuso de la posición de poder que lleva a cabo el hombre maltratador, no por una mayor fuerza física. Los datos de la Macroencuesta de 2015 mostraron que la prevalencia de la violencia de género en mujeres con discapacidad es más del doble, y mientras que en las mujeres sin discapacidad es del 12’5%, en las mujeres con discapacidad se eleva al 31% debido al abuso que dificulta denunciar la situación o salir de ella, tanto por las consecuencias de la violencia, como por las circunstancias personales y sociales.

La desigualdad de la cultura machista no es una cuestión material en la que la mejor parte de la distribución de tiempos, espacios y funciones se la llevó quien partió y repartió, sino que es una estructura de poder que, por tanto, tiende a perpetuar la situación y a acumular más poder. Y al igual que todo el mundo entiende que “el movimiento se demuestra andando”, como dijo Diógenes, también hay que entender que “el poder se demuestra abusando” como manera de demostrar que se está por encima de lo formal, puesto que hacer lo que hay que hacer no demuestra poder, sino responsabilidad. Y ese abuso sirve para conseguir más poder y para reforzar las posiciones desde las que se ejerce, y mantenerlas como adecuadas a la condición del hombre que abusa y presenta la situación como parte de la normalidad.

La cultura machista ha sido diseñada desde la desigualdad y construida sobre el poder, por eso cuenta con los mecanismos de dependencia necesarios para retener a las mujeres dentro del abuso al vincularlas a lo doméstico y, en consecuencia, instaurar una dependencia material y económica a su abusador, y por medio de unas referencias culturales que la llevan a decir lo de “mi marido me pega lo normal” o “mi marido me pega, pero por lo menos le importo”. Todo eso no es por fuerza, sino por abuso.

La fuerza física sólo ha sido el argumento para ocultar la construcción de poder sobre la ideología de quien se cree superior, y para presentar el abuso continuado como violencia ocasional y luego hacer creer que se trata de un accidente. De hecho, últimamente vemos cómo desde el posmachismo, en esa obsesión que tienen de presentar a las mujeres como las “malas y perversas de la historia”, hablan de que las mujeres no maltratan más porque tienen menos fuerza física. Ya no les vale repetir que “ellas también maltratan, pero psicológicamente”, y ahora pasan a mostrarlas como “maltratadoras incapaces” para insistir en sus limitaciones sin cuestionar su maldad.

Los hombres que no rechazan la identidad tradicional impuesta por el machismo son el sexo abusador, y lo son a través de la cultura y de la violencia individual que ejerce cada uno de ellos. Reducir toda esa elaboración a una cuestión de fuerza física es otro argumento que demuestra que estamos ante una situación de poder y abuso.

Machismo y corrupción

Los hombres son el modelo ético en una cultura patriarcal que se ha levantado tomando lo masculino como universal, es decir, como referencia común para toda la sociedad, y lo femenino como particular y propio de determinados contextos, generalmente relacionados con lo familiar y lo doméstico.

Eso hace que la realidad venga condicionada por lo que los hombres consideran que debe formar parte de ella, que las leyes y el Derecho hayan tomado como modelo de comportamiento el representado por un “buen padre de familia”, que los tratos se cerraran con un “apretón de manos”, por supuesto de manos viriles, y que el sello más indeleble fuera la “palabra de hombre”, que permanecía en el aire como si fuera parte de su oxígeno, nitrógeno y argón.

Y en contraste, las mujeres, desde la Eva del Paraíso hasta la última de sus hijas, son falsas, perversas, mentirosas, interesadas, traicioneras…

Y a pesar de esta construcción cultural nada desinteresada, nadie ha caído en el “pequeño detalle” de que las mayores traiciones, mentiras, falsedades, manipulaciones, perversidades y crueldades, ahora y a lo largo de la historia, han sido llevadas a cabo por esos hombres cabales, de palabra indeleble y apretones de mano que estrangulan la realidad entre sus dedos para hacerla favorable a sus intereses. Da igual que la realidad muestre que los hombres son quienes protagonizan la mayoría de las felonías, perversiones y crímenes, para la sociedad ellos continúan siguen siendo “buenos padres de familia”, hasta el punto de que cuando se conocen algunas de estas acciones todo se justifica al afirmar que se trata de una serie de “casos aislados”.

Todo ello demuestra que la clave de la realidad no está en su relato descriptivo, sino en el significado que se le da, y que una misma situación puede ser buena o mala dependiendo de quién la protagonice y del sentido que se le otorgue a partir de sus motivos o de los objetivos que pretende conseguir. Y claro, cuando la legitimidad para interpretar la realidad se le da a quien la hace verdad día a día, es decir, a los hombres, y cuando se les dice que la interpreten sobre el modelo de referencia, o sea, la cultura patriarcal, el resultado se presenta como adecuado a los ojos de esa sociedad machista que espera que todo siga igual a pesar de la injusticia.

Eso es corrupción y esa corrupción moral se llama machismo.

Porque corrupción es “vicio y abuso”, tal y como recoge la tercera acepción del DRAE. Y es “vicio” al construir una cultura sobre lo masculino que desprecia lo de las mujeres, y es “abuso” cuando esa construcción se ha llevado a cabo para crear una espacio de poder donde lo de los hombres y los hombres son beneficiarios de un contexto y unas relaciones que giran sobre lo masculino.

Si no fuera así no estaríamos en pleno siglo XXI reivindicando la Igualdad como forma de acabar con la discriminación de las mujeres, con la brecha salarial, económica y educativa que sufren por todo el planeta, y con los abusos, el acoso y una violencia de género que mata a 50.000 mujeres cada año, sólo en el contexto de las relaciones de pareja.

Y reivindicar la Igualdad no es un acto abstracto ni neutral, significa actuar para erradicar los privilegios que los hombres se han otorgado a sí mismos a costa de los derechos de las mujeres, significa acabar con las ventajas laborales, económicas, domésticas, educativas… Significa lograr que los hombres no abusen de las mujeres en los contextos más diversos, e impedir que las maltraten y asesinen con la normalidad como cómplice.

La corrupción es más poder desde el poder, y el machismo busca más poder desde el poder que ya le ha dado la desigualdad.

Pero las venas de la convivencia aún llevan el veneno original del machismo, de ahí que haya tantos frutos tóxicos en la sociedad, entre ellos una economía opresora, una política distante e insensible, unos organismos internacionales incapaces de mirar fuera de sus despachos, unas religiones que miran al más allá y ponen las injusticias del presente como camino a la otra vida… Y cada uno de esos contextos ha sido diseñado por hombres y es dirigido por hombres con el manual de instrucciones de sus ideas y valores.

La incorporación de las mujeres está permitiendo cambiar ese modelo, pero no se conseguirá sin una critica a su naturaleza de poder e injusticia, tan sólo lo irá adaptando a nuevas circunstancias, como ha ocurrido a lo largo de la historia.

Porque toda esa construcción está basada en una estructura de poder que originariamente se levantó sobre la referencia hombre-mujer, al ser esta la única que existía cuando la organización social se articuló sobre la acumulación de riqueza, y fue necesario garantizar la transmisión de los bienes a la descendencia de cada hombre poderoso para, de ese modo, acumular más poder. Con el paso del tiempo, conforme las sociedades ganaron en complejidad, los elementos de desigualdad y discriminación se fueron ampliando a partir del machismo original, pero en todo momento tomando a los hombres como referencia para unir después el color de la piel, el origen, las creencias… Las nuevas referencias de desigualdad no acabaron con el machismo, sino que lo consolidaron.

Reducir el machismo a las cuestiones entre hombres y mujeres es otra de sus trampas para que todos esos casos parezcan una anécdota y consecuencia de una cultura desigual, discriminatoria y violenta que afecta a las mujeres, pero también a los hombres. La sociedad es machista porque ha adoptado el machismo original para crear una posición de poder desde la que resolver los conflictos de manera ventajosa, lo cual lleva a generar más conflictos para acumular un mayor poder.

El poder de la desigualdad es consecuencia del machismo, no el machismo consecuencia de una desigualdad general.

Si el machismo sólo fuera una cuestión de hombres y mujeres, y no un modelo de convivencia e identidades para poder vivirlo, no habría tantas resistencias y ataques para evitar que cambie toda la construcción social, y el propio sistema sería el primero en intentar acabar con las manifestaciones más graves del modelo, como por ejemplo la violencia de género. Pero no lo hace, porque sabe que abordar de raíz estas manifestaciones exige, indefectiblemente, erradicar el modelo machista de convivencia e identidades.

El machismo es la corrupción de la propia sociedad a través del vicio de la desigualdad y del abuso de los hombres sobre el resto de las personas que consideran inferiores por ser diferentes a su identidad (mujeres, homosexuales, transexuales, intersexuales…), y ajenas a su contexto social (extranjeros, personas de diferente grupo étnico, creencias, ideologías…) A partir de esas referencias las combinaciones son infinitas en la interseccionalidad de las relaciones, pero el principio siempre es el mismo y está muy bien definido: discriminar, abusar y atacar desde la referencia de los hombres y desde lo de los hombres.

Acabar con la corrupción exige acabar con el machismo, que es la corrupción original.

 

“Yes we Trump”

trump-genteHemos pasado del “Yes we can” al “Yes we Trump” como el que pasa la hoja de un libro o cambia de canal o emisora de radio. La misma sociedad que creía en sí misma para alcanzar el futuro, al final ha creado un ídolo de 14 quilates al que adorar para liberarse así de la culpa y la responsabilidad, aunque sea pagando la debida penitencia.

Trump ha traído a la sociedad americana lo que ningún otro presidente ha sido capaz, y mientras todos han insistido en su grandeza, algo que también ha hecho Trump, éste ha unido a su discurso la “otredad del pueblo americano”, es decir, la conciencia del otro como alguien diferente.

Trump ha sido hábil, y en un momento de confusión global como consecuencia de los importantes cambios y de la lectura neoliberal que ha llevado a reducir el anhelo y las aspiraciones humanas a la economía y lo material, se ha aprovechado de la interpretación que se hace de la realidad, la cual gira más alrededor de la amenaza que de la oportunidad. Esta especie de “calentamiento social” al final destiñe y encoge las identidades hasta dejarlas reducidas a lo que un día fueron, no a lo que han seguido siendo desde entonces, como si ese momento original fuera la razón de ser para un futuro que no se reconoce en cuanto se hace presente.

Y un pueblo como el norteamericano siempre es un terreo propicio para lo más y para lo menos, al tener más sueños que memoria y más historias que historia. No es fácil encontrar un relato sobre los elementos que definen la identidad del pueblo americano, salvo su anhelo de alcanzarla y de ser pueblo por encima de sus orígenes tan diversos, por eso necesitan repetirse a sí mismos lo grandes que son y la trascendencia de su política y su economía. Y pueden ser grandes en lo que hacen, pero eso no los lleva a saber lo que son.

Basta con escuchar el mensaje de Obama y el de Trump para pensar que no estamos ante un mismo pueblo ni una misma nación, la simple descripción de la realidad que expone cada uno de ellos ya nos lleva a concluir que se trataría de dos países y sociedades, no sólo diferentes, sino opuestas. Y mientras Obama hablaba de esperanza y futuro, de confianza en lo que son como nación, Trump afirma lo que han sido en el pasado y duda de esa nación plural y diversa de hoy para presentar la realidad como una amenaza apunto de suceder, de ahí su “nosotros primero”.

Pero como no pueden decir lo que significa “ser americano de Estados Unidos”, echan mano de esas ideas sobre la identidad que guardan como muestra para encargar un traje a medida y de color original, después de que el proceso del tiempo lo haya encogido y desteñido, aunque ya no sea la prenda adecuada para este momento de la historia. Y ahí es donde las personas como Trump juegan con ventaja al defender una idea de “identidad por contraste”.

Para Trump y la gente como él no se sabe muy bien lo que es ser americano, pero sí saben perfectamente lo que para ellos es no ser americano. Esa es la identidad por contraste, aquella que se construye sobre lo que no se quiere ser, no tanto sobre lo que se es, que queda limitado a los lugares comunes de la historia.

Y con todo ello Trump ha jugado para traer la “otredad americana”, el ser en el no-ser de los otros que lleva a percibir al otro como diferente, inferior y al margen de su comunidad, lo cual en términos prácticos significa al margen de su sociedad. Trump se ha puesto a sí mismo como modelo y todo lo que no se ajuste a él, bien como concepto o en la forma de convivencia que exige, simplemente no es americano. De alguna manera, hemos pasado del “conmigo o contra mí” de George W. Bush, al “o como yo o nadie” de Donald Trump.

El problema no es Trump, sino que ha sido elegido en una democracia por lo que dice, por lo que hace, y por cómo lo dice y lo hace. La sorpresa de Trump no está en que “no cumple su palabra”, como sucede habitualmente en política tras unas elecciones, sino en que la cumple. Trump no es un accidente, sino el candidato y ahora presidente de una parte de la sociedad que defiende esas ideas, valores y creencias construidas sobre el machismo, la xenofobia, el racismo, la homofobia… en definitiva, construidas sobre quien se cree superior y la otredad del resto.

Y Trump no está sólo, hay mucha gente en EEUU y en Europa que gritan de forma decida y con pleno convencimiento, “yes we Trump”, porque defienden esas ideas y valores que han crecido en la sociedad porque otros han dejado marchitar los valores de Igualdad, la Libertad, la Justicia, la Dignidad… en los jarrones de los despachos de la política y las instituciones, donde sólo decoraban, en lugar de haberlos plantado en los jardines de la convivencia, y de haber evitado que cuando alguien lo ha hecho llegaran los “yes we Trump” y los pisotearan o pasaran por encima de ellos con un autobús.

Si Trump ha ganado y la ultraderecha puede ganar en diferentes países de la UE es porque hay más gente que los vota. Juegan con la ventaja de la historia y con una cultura desigual donde las jerarquías son un valor y la opresión del diferente y del inferior un forma de reconocimiento, o cambiamos ese modelo de sociedad con al cultura de la Igualdad, o seguirán golpeando con políticas y guerras que aún no existen, pero que ellos provocarán dentro y fuera de cada país para ganarlas y hacer así que venzan sus ideas.

 

Huelga de hambre. Huelga de hombre

mujeres-huelga-de-hambre-vgOcho mujeres (Gloria, Martina, Patricia, Marian, Susana, Sara, Sonia y Celia), están en huelga de hambre contra la violencia de género en la Puerta del Sol desde el día 9 de febrero.

Es terrible que ocho mujeres tengan que jugarse la vida para que no las maten, que necesiten llamar a la muerte para poder vivir, que tengan que detener sus vidas al Sol para que no les alcance la sombra de la violencia.

Y mientras todo eso sucede, cada hombre que las mira deja que todo transcurra como una anécdota, como si la desigualdad fuera una accidente y la violencia una sorpresa, como si nada de lo que está sucediendo fuera con él, como si su silencio ante el machismo y su violencia fuese suficiente, como si su voz no pudiera cambiar la realidad y sus palabras señalar a aquellos otros hombres que las utilizan para maltratar, o que las callan para que hable la complicidad.

La ausencia de los hombres en la lucha contra la violencia de género y la desigualdad no es un accidente, es la firme determinación de continuar con el modelo de sociedad machista que los sitúa en una posición de poder a costa de los derechos de las mujeres, de ahí la coherencia entre la ausencia de hombres en la solución del problema y su presencia protagonista en la violencia que ejercen contra las mujeres, y en la sociedad que convive con ella como parte de la normalidad.

Que 700.000 mujeres maltratadas y 60 asesinadas cada año sólo sea un problema grave para el 1’8% de la población, además de lo terrible del resultado es mentira, porque ese porcentaje no refleja el verdadero posicionamiento de la sociedad, sino la respuesta de las mujeres que se revelan frente a esa violencia. Pues son ellas quienes forman la mayoría de ese porcentaje mínimo, como son ellas las que llenan las calles contra la violencia, las que gritan con sus minutos de silencio, las que se revelan frente a la pasividad, la distancia y la desidia de una sociedad machista que no duda en dejar que los hombres llenen las redes de palabras contra las propias mujeres y las personas que se revelan frente a su modelo androcéntrico, al igual que lo hacen contra las leyes y medidas que buscan conseguir la Igualdad.

Y mientras ocho mujeres están en huelga de hambre para que el resto pueda vivir en paz y alimentarse de Igualdad, un oligoelemento esencial en la dieta de la democracia sin el cual resulta imposible la convivencia, la mayoría de los hombres están en huelga de brazos caídos y palabras alzadas para no hacer nada por la Igualdad.

La transformación social a favor de la Igualdad está siendo protagonizada y liderada por las mujeres, por ello muchos hombres se resisten y algunos reaccionan con más violencia para conseguir con ella lo que antes lograban por medio de la normalidad y el control social, de ahí que el resultado de este cambio haya sido más violencia. Así lo demuestran las Macroencuestas cuando recogen que en 2006 las mujeres que sufrían violencia eran 400.000 y en 2011 fueron 600.000.

El resultado es claro, la violencia de género aumenta porque los hombres están luchando de manera directa y activa contra la transformación de la sociedad que lleva a la Igualdad. Ese aumento de la violencia no es un fracaso de las medidas dirigidas a alcanzar la Igualdad, todo lo contrario, es una demostración de que ante ese éxito en el cambio, quienes han ocupado una posición de poder injusta construida con el recurso a la violencia, están aumentando su uso para intentar evitar esa transformación de la sociedad, al tiempo que desarrollan otras estrategias posmachistas para generar confusión e incidir por esa doble vía (violencia y confusión), en el objetivo último de impedir el cambio.

La realidad es clara: existe desigualdad, discriminación, abuso y violencia contra las mujeres, y mientras que ellas están en la acción y en la huelga para erradicar el machismo que defiende esa realidad, los hombres están en huelga para no cambiarla y en el activismo para perpetuarla.

Y ese activismo machista existe por acción y omisión, pues todos los hombres que se justifican con el “yo no soy machista” y el “yo no soy maltratador”, están permitiendo que otros lo sigan siendo bajo la normalidad y la impunidad. Su pasividad es la constatación de su “huelga de hombre” en un cambio que empieza por uno mismo. Si cada hombre espera a que cambien “los hombres” para entonces cambiar ellos también, nunca habrá una masculinidad diferente a la tradicional. Ese primer paso es individual y hay que darlo con la determinación de hacer de la sociedad un lugar más justo, como ya lo han hecho muchos de ellos con la intención de ser hombres con la Igualdad como parte de su identidad, no sólo de su vocabulario.

Las mujeres y el feminismo nos muestran cada día el camino, sólo tenemos que seguirlas. Hoy las ocho mujeres que están en huelga de hambre para erradicar la violencia de género, son un ejemplo más de su firme determinación en conseguir la Igualdad para toda la sociedad, también para los hombres ajenos a ese objetivo.

Hoy, de nuevo, las mujeres, representadas por estas ocho compañeras (Gloria, Martina, Patricia, Marian, Susana, Sara, Sonia y Celia), son un ejemplo de su apuesta por la convivencia y la democracia. Gracias y toda mi solidaridad, compromiso y admiración por cada día.

 

Machismo supremo

punetasLa opinión es libre, el desconocimiento no; y cuando un profesional opina de manera contraria al conocimiento que exige el ejercicio de su profesión estamos ante una cuestión de responsabilidad, no sólo de libertad de expresión.

Las declaraciones del magistrado de la Sala Primera del Tribunal Supremo, Antonio Salas, revelan, como muy bien dice, su opinión, pero esa opinión indica que está en contra de lo que recoge la ley que debe aplicar, y forma parte de un pensamiento e ideas desde el que se interpreta la realidad y da sentido a los hechos que debe juzgar, lo cual tiene consecuencias directas sobre el resultado. Y lo más significativo es que no da ningún elemento objetivo, ni cita publicaciones científicas, ni tratados internacionales que sustenten sus argumentos, todo forma parte de su opinión y de los que piensan como él.

Algo similar podría haber dicho el médico de Murcia que hace unos meses llegó a la conclusión diagnóstica de que una de sus pacientes lo que tenía es que estaba “mal follada”, y así lo escribió en la historia clínica; o lo que argumentó el profesor de la Universidad de Santiago de Compostela cuando se dirigió a una alumna para decirle que no podía concentrarse en dar la clase porque llevaba un “escote excesivo”; o lo que el exalcalde de Valladolid, León de la Riva pudo haber afirmado al comentar la amenaza de viajar con una mujer en el ascensor… Al final podrían ser “sólo opiniones”, como si esas opiniones no surgieran de un contexto social y cultural que da sentido a la realidad, y como si no tuvieran consecuencias en las decisiones de quienes actúan desde esas opiniones al generar desconfianza en ese trabajo y en las instituciones que representan.

Los argumentos-opiniones del magistrado Salas son muy significativos, aunque nada novedosos dentro de la estrategia que utiliza el posmachismo hace años como forma de resistirse a la Igualdad y a las medidas que pretenden alcanzarla, de hecho, si no fuera magistrado del Tribunal Supremo nadie se habría detenido en ellas. Veamos los dos elementos más destacados.

1.- El problema está en la desproporción de fuerzas entre hombres y mujeres. Según este planteamiento, las personas negras han sido esclavizadas, discriminadas y sometidas porque son más débiles que las personas blancas, los trabajadores del campo fueron explotados por los señoritos debido a su debilidad física, aunque luego eran fuertes para trabajar la tierra de sol a sol… y así podríamos seguir con todos los grupos discriminados. Pero el argumento de la fuerza física va más allá.

En realidad refleja la construcción cultural de la identidad de hombres y mujeres sobre la referencia biológica del sexo, a partir de la cual se asignan funciones y roles para unos y otras. Así, ser hombre conlleva como parte de su identidad las funciones de “protección y sustento” de la familia, y ser mujer las de la “maternidad y cuidado”; y desde esos roles se crea en las hombres la idea de posesión de aquello que se protege y se mantiene, mientras que en las mujeres se crea la idea de sumisión a quien te protege y mantiene. Todo lo que ocurra en nombre de esa construcción no es un error, sino una consecuencia que en algunas ocasiones se puede extralimitar, como, por ejemplo, cuando se produce una agresión y el resultado es más grave de lo previsto. Pero la construcción es tan poderosa que, entonces, en lugar de entenderla como parte de una relación donde la violencia contra la mujer está presente de manera habitual, se limita a criticar el resultado, incluso a sancionar al agresor, pero al mismo tiempo se lanzan justificaciones como que se ha debido al consumo de alcohol, drogas, a algún trastorno mental, o que se trata de un “hombre malo”. De ese modo, en lugar de entender la violencia de género como un problema estructural, se responsabiliza de ella a las circunstancias y se evita cuestionar el modelo histórico de desigualdad, que es el machismo. A partir de ahí, la desigualdad y la violencia no son reales, sino algo natural basado en circunstancias, hasta el punto de llegar a justificarlas, no en la voluntad ni estrategia de quien las usa, sino en la ausencia en la víctima de la característica que lleva a usarla en el agresor. Es lo que señala el magistrado Salas cuando justifica la violencia de género en la “ausencia de fuerza en las mujeres”, algo similar a lo que dijo el ministro Cañete sobre la “superioridad intelectual de los hombres”, destacando la ausencia de inteligencia a niveles similares en las mujeres, como argumento para justificar que haya menos mujeres en puestos de responsabilidad y decisión.

Esa ha sido una de las estrategias del machismo ahora utilizadas por el posmachismo, negar la característica en las mujeres sobre la cual construyen la función de los hombres, bien sea la fuerza, la inteligencia, la competitividad, la determinación, el criterio… o incluso negar las oportunidades a través de la educación, la formación, la experiencia… y luego justificarlo todo como una cuestión natural al orden dado. Un orden que le da a los hombres lo que les niega a las mujeres y que presenta el resultado como “natural”, no como desigualdad ni discriminación.

2.- La negación de la cultura en el origen de los problemas. Como acabamos de ver, el machismo es la propia cultura de la desigualdad que toma lo masculino como referencia universal, y organiza la convivencia sobre las características y funciones de los hombres que, además, niega en las mujeres. La estrategia del machismo ha sido construir una normalidad que invisibiliza la desigualdad y la violencia y las sitúa como parte de las circunstancias para cuestionar sólo los “excesos” ante resultados especialmente graves, aunque sin abandonar en ningún momento las justificaciones.

Cuando el magistrado Salas dice que el machismo no está detrás de todos los casos de violencia de género, olvida que esa cultura que él presenta como neutral, además de crear la desigualdad y su normalidad tramposa e interesada, ha creado la también la norma social que permite integrar la violencia de género, hasta el punto de haber llevado hasta la propia ley los valores sobre los que se sustenta. Debe recordar el magistrado que hasta los años 60 el Código Penal recogía el delito de uxoricidio, por el cual el homicidio de una mujer por su marido apenas tenía consecuencias, y que hasta hace unos pocos años el Código Civil exigía la autorización del marido a una mujer para trabajar o para salir fuera del país, entre otras cosas. Debe entender que ese contexto social y cultural es el que crea las identidades que llevan a que 700.000 hombres maltraten cada año, a que 60 asesinen, y a que sólo el 1% de la población vea en ello un problema grave (Barómetros del CIS).

La única maldad que existe es la del machismo, la del machismo activo y la del machismo que se esconde detrás de la neutralidad, del silencio y de la distancia a la realidad para que todo sigua igual, es decir, “sin Igualdad” y con violencia.

Y el machismo lo sabe, por eso ha desarrollado la estrategia del posmachismo y es tan activo en las redes sociales y en todos los ámbitos, porque sobre un aparente respeto a la Igualdad lo que en verdad está desarrollando es una crítica y ataque a todas las medidas e iniciativas dirigidas a alcanzarla, además de intentar desvincular la realidad actual y sus manifestaciones, entre ellas la violencia de género, de toda la construcción cultural e histórica que es el machismo. De ese modo mandan el mensaje de que el problema no es social, sino de unos pocos hombres “malos”, o alcohólicos, o drogadictos, o locos, o extranjeros… siempre habrá un elemento que libere a los hombres sobre la culpa de un hombre que actúe como “chivo expiatorio”.

Por ello no es extraño que todo se intente reducir a un problema de “opinión”, pues al margen de ampararse en la libertad de expresión para influir y condicionar en la sociedad, cada uno desde la posición que ocupa, pero todos minimizando el significado y las consecuencias una violencia que lleva a asesinar a 60 mujeres de media cada año sin que el 70-80% de ellas ni siquiera haya denunciado por esa normalidad que la envuelve, al hablar de opinión lo que intentan es reducir el problema a la subjetividad e ignorar el conocimiento científico y social sobre el problema y su significado. Dejar el problema en la opinión es dejarlo al margen de la educación, de la formación y de la especialización que, en definitiva, es otro de los argumentos del magistrado Salas en contra de lo que muchos jueces y juezas piden cada día mientras hacen un magnífico trabajo sobre los casos de violencia de género que les llegan.

El conocimiento nos hace libres, por eso el machismo insiste tanto en el desconocimiento sobre la realidad de la desigualdad y la violencia de género, porque el poder está basado en la fuerza y en el desconocimiento. Nada es casual, y en la era Trump hemos entrado en un machismo exhibicionista y con una intensidad y beligerancia como no habíamos visto desde hace años. El diagnóstico es claro: estamos ante un “machismo supremo”.