La complicidad de las mujeres

La Audiencia Provincial de Córdoba ha condenado a una madre  por las agresiones sexuales que ha ejercido el padre sobre su hija y su hijo. Según la sentencia, el padre abusó de su hija de 6 años múltiples veces, a la que violó y desgarró la vagina al intentar penetrarla, y de su hijo de 5 años, a quien agredía aprovechando que salían a pasear el perro. El padre ha sido condenado a 27 años de prisión, y la madre a 3 años por “consentir la situación” a pesar de que el propio Tribunal refiere que “no reaccionaba para evitarlo por el poderoso miedo que sufría”, pues su marido “la tenía dominada, sometida y amenazada”.

No es el único caso, con demasiada frecuencia las madres son condenadas por la violencia que cometen los padres bajo un clima de terror y maltrato que no se reduce a los hijos y a las hijas, y que también se dirige contra ellas de forma directa a través de agresiones físicas, psíquicas y sexuales. Sin embargo, la Justicia todavía es incapaz de entender cómo esa violencia paraliza y distorsiona la realidad bajo el triple impacto de las alteraciones psicológicas, las amenazas directas y el sufrimiento que nace de la sensación de culpabilidad por no actuar a pesar de las circunstancias. Todos estos elementos atrapan más que impulsan, y hunden en la realidad de la que intentan salir más que empujan a hacerlo.

Como Médico Forense he vivido en diferentes ocasiones ese tipo de decisiones sin que el Tribunal fuera capaz de acercarse a la realidad ni entender la situación de esas madres destrozadas por la violencia sufrida en su cuerpo, y vivida de forma mucho más grave a través del daño ejercido sobre sus hijos e hijas.

Sin embargo, esa misma Justicia es capaz de entender la inocencia de los hombres cuando las mujeres son condenadas por maltratar o abandonar a sus hijos recién nacidos, y de otorgar credibilidad a los padres que afirman no saber nada cuando las mujeres relatan que ocultaron los embarazos y sus conductas criminales.

Sucedió, por ejemplo, en Coslada, donde Catalina arrojó a su bebé a un contenedor de basura, de donde fue rescatado al escuchar sus gemidos un vecino. Según el relato, la mujer ocultó el embarazo a su marido y a sus tres hijos, da igual que vivieran en un piso pequeño, que compartieran cama y cuarto de baño durante los nueve meses que se prolongó el embarazo. También resulta indiferente que la mujer diera a luz en el Hospital del Henares, que tras recibir el alta se fuera a su casa junto a su familia, y que los hechos ocurrieran nueve días después. Al final la única responsable fue la mujer, el padre no tuvo nada que ver ni tampoco “consintió” los hechos.

Algo parecido ocurrió en el municipio sevillano de Pilas, donde una mujer asesinó justo después de nacer a su hijo y lo guardó en un congelador, conducta que repitió en otro embarazo posterior. Según el relato y la investigación, el padre que convivía con ella junto a otros dos hijos nunca supo nada de ninguno de esos dos embarazos, ni tuvo nada que ver de forma directa o indirecta en los hechos, lo mismo que tampoco resultó cómplice por ocultar o no enfrentarse en algún momento a lo ocurrido, ni por no entender como “sospecha” o “indicios” determinadas situaciones que se produjeron durante todo ese tiempo.

Y como estos dos casos de Coslada y Pilas hay muchos que se valoran y juzgan bajo las mismas referencias: las mujeres resultan culpables y son condenadas por la violencia que ejercen sus maridos dentro del hogar, mientras que los hombres no sólo no son condenados cuando la violencia es ejercida por las mujeres, sino que ni siquiera se considera esa posibilidad.

Todo ello refleja cómo el mito de la “perversidad de las mujeres” invade la percepción de los hechos para darle un significado acorde con la construcción cultural, mientras que el mito del “buen padre de familia” actúa de forma similar al influir sobre el sentido de lo sucedido, pero de manera contraria para proteger a los hombres. Da igual que los hechos digan lo contrario y que la realidad social venga caracterizada por una violencia de género dirigida contra las mujeres que las paraliza tanto, que el 75-80% de las asesinadas lo son sin ni siquiera haber denunciado que vivían en esa situación de violencia que termina por costarles la vida.

La injusticia de esta sociedad comienza en su normalidad, lo demás sólo son los “accidentes” que las circunstancias no han podido evitar. Y esa normalidad injusta es la desigualdad y el machismo que la ha tomado como referencia para esconder que la respuesta puntual ante sus manifestaciones especialmente graves, como ocurre con los casos más intensos de la violencia de género, sólo es un espejismo que entretiene y una pantalla que permite ocultar la realidad que cree resolver.

Mientras no nos liberemos de esta construcción cultural, las mujeres siempre serán cómplices de todo lo que se realice bajo los parámetros de la maldad y la perversión que la cultura impone, aunque sea llevado a cabo por hombres.

Y es que la culpa de las mujeres es la liberación de responsabilidad de los hombres.

 

PD. Otro día hablaremos de la “complicidad de los hombres”

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El chivo expiatorio

Weinstein ha sido repudiado por Hollywood y por toda la sociedad, el gran Harvey Weinstein, dueño de sueños y señor de realidades, el magnífico anfitrión de fiestas interminables, el hombre que bajaba las estrellas hasta las aceras del bulevar…de repente ha pasado a ser el “asqueroso” Weinstein.

Da igual que organizara parte de sus juegos para amigos, que utilizara el sexo como moneda de cambio con tantas jóvenes actrices a quienes les hicieron creer que todo eso forma parte del oficio, y que incluso demuestra personalidad y estar por encima de prejuicios, que hay que vivir como se actúa y actuar como se vive. Como también dio igual que lo denunciaran con anterioridad y que tuviera que arreglarlo con dinero, otro “poderoso caballero” más en el club machista.

Pero lo de Weinstein es lo mismo que lo del profesor que acosa a sus alumnas en la universidad, tal y como conocimos en la condena del caso ocurrido en la Universidad de Sevilla, como el del maltratador que calla a su mujer a golpes y silencia al resto con esa normalidad diseñada a medida para que se ajuste a las circunstancias de cada momento, o como la del empresario que abusa de sus empleadas ante las miradas huidizas del grupo.

Es la ventaja de vivir en una comunidad en la que las normas están hechas para “no molestar”, para que nadie rompa el silencio que los hechos delatan, y de ese modo conseguir que todo el escándalo del machismo suceda, pero en silencio.

Una comunidad organizada sobre esas referencias  y a partir de los privilegios de quienes ocupan la condición de socios, es decir, de los hombres, es mucho mas que la suma de cada uno de ellos, por eso el interés principal está en defender sus reglas y referencias comunes, no tanto a los miembros de manera individual, ni mucho menos si uno de ellos es descubierto por un exceso o por un fallo. En esos casos lo que interesa es que la irremediable quiebra del silencio se centre y se limite a él, al hombre descubierto, para evitar que afecte a la comunidad y, de esa forma, que esta pueda seguir bajo su esquema y su modelo.

Por eso las propias normas establecen que ante el descubrimiento de uno de ellos será la misma comunidad quien reaccione atacándolo y dejándolo solo, de manera que todo parezca como un caso aislado propio de las características de ese hombre y de las circunstancias que lo envuelven y, ante todo, que lo ocurrido ha sucedido al margen de la comunidad.

Es la estrategia del “chivo expiatorio” propia del machismo, de la que ya hablé hace más de 20 años en mis primeras publicaciones sobre el tema, y que cada día se reproduce ante la necesidad de evitar la crítica al modelo de sociedad patriarcal. El ataque al hombre descubierto justifica lo ocurrido en proximidad con los hechos y tranquiliza a distancia al resto de la sociedad.

Forma parte de la camaradería de los hombres, de ese “todos para uno y uno para todos” tan clásico. Camaradas hasta que haya que sacrificar a alguno para salvar al resto y su modelo de sociedad beneficioso para todos.

Y para ello, a pesar de la objetividad de los hechos que llevan a cuestionar y a exponer al camarada hombre, no desaprovechan la oportunidad para atacar a las víctimas y criticar a las mujeres. Y con tal de lograr ese objetivo se recurre, desde el argumento basado en que ellas “sabían lo que hacían”, que “tratan de aprovecharse”, que son ellas las que “han provocado o se han insinuado”…hasta la propia negación de los hechos, o la duda sobre “por qué ha denunciado tan tarde”, o “por qué de repente salen tantas víctimas”… para jugar con la sempiterna idea de las denuncias falsas.

Todavía hay muchos Weinstein en Hollywood, en las empresas, en las universidades, en las escuelas… que están abusando con la complicidad del silencio. Un silencio que sólo será roto en caso de necesidad para cuestionar a un hombre con el objeto de defender al resto y al machismo común a todos ellos. 

Siempre habrá un chivo expiatorio a mano o, como llaman ahora, un “pagafantas” de naranja o de limón.

Modelo machista de resolución de conflictos

El modelo machista para resolver los conflictos entre dos partes basa su estrategia en generar más conflicto, no en el diálogo ni en el consenso.

El planteamiento es sencillo y surge de la construcción patriarcal de la cultura y de la sociedad que tenemos como consecuencia. Esta construcción toma como referencia universal lo masculino y sitúa a los hombres en una posición de superioridad respecto a las mujeres, de manera que establece la desigualdad de género como esencia de estructuración social, y a partir de ella ha ido tomando otros elementos para extender y ampliar la desigualdad a otras circunstancias y características de las personas que forman parte de esa sociedad. El resultado es un sistema jerarquizado de poder, o lo que es lo mismo, una sociedad en la que determinadas personas por su sexo, sus ideas, sus creencias, su color de piel, su status, su origen, su orientación sexual… tienen una serie de privilegios y ventajas respecto a aquellas otras cuyas características son consideradas inferiores por esa cultura y sociedad.

Cuando se produce un conflicto entre personas en diferente nivel dentro de esa estructura jerarquizada, a quien se encuentra en una posición de superioridad no le interesa dialogar o consensuar para solucionar el conflicto, porque ha de hacerlo a partir de argumentos y razones, y puede que no las tenga o que sean menos sólidas que las de la otra parte. Por eso le interesa agravar el conflicto, avivarlo con elementos que generen más enfrentamiento para de ese modo justificarse en el uso de los instrumentos propios de su posición de poder, y que la otra parte no tiene por encontrarse en un nivel inferior.

Con esa estrategia el conflicto va aumentando hasta llegar el momento del “hasta aquí hemos llegado”, a partir del cual se pone en marcha todo el arsenal de instrumentos que guarda en su posición de poder, bajo la justificación de que el conflicto es insostenible, y como si hubiera sido generado en exclusiva por la otra parte.

Este es el modelo machista de resolver los conflictos, y el que usan los hombres desde sus posiciones de poder con las mujeres, algunos llegando a la violencia, otros a la amenaza, y otros simplemente recurriendo a la escenificación del conflicto para que la mujer entienda que debe ceder ante su autoridad. Y como son los hombres y las referencias de la masculinidad las que impregnan la cultura y el significado de lo que acontece en la sociedad, el modelo se extiende a otros escenarios bajo los mismos planteamientos de la desigualdad y el poder, como ocurre en las relaciones laborales entre empresarios y trabajadores, en las relaciones dentro de los partidos políticos y en el ejercicio de la política, en las relaciones nacionales y en las internacionales… Cualquier escenario en el que se entienda que el conflicto es un ataque a la posición de poder y un pulso a la persona que responde desde ella, el resultado será un aumento del conflicto que lleve a vencer más que a convencer.

Porque el objetivo de la resolución de conflictos bajo esta estrategia machista es doble, por un lado resolver la cuestión formal que se ha planteado, sea esta personal, familiar, laboral, política, nacional o internacional; y por otro, ser reconocido como “vencedor” y salir reforzado en su posición de poder, aunque haya sido a través de una injusticia. Lo importante es vencer y aumentar el poder.

Este modelo de resolución de conflictos habitualmente reporta muchos éxitos a quienes están esas posiciones de privilegio, de ahí su refuerzo y su permanencia a lo largo de la historia, y su extensión a los ámbitos y contextos más diversos con ligeras variaciones. Pero siempre con la estrategia de resolver el conflicto generando más conflicto.

El problema se presenta cuando el modelo se utiliza frente a quien se piensa que está en una posición inferior y no lo está, o cuando lo está pero cuenta con otros mecanismo de apoyo informal que contrarrestan en parte el poder inicial de la otra posición, pero también cuando cada una de las partes cree que está en una posición de poder, y que debe potenciar el conflicto desde su lado para de ese modo poder utilizar su “carta secreta” y todos aquellos elementos propios a su posición que le permitirían vencer sin convencer. Al final, este tipo de planteamientos son los mismos que dicen eso de que “la historia la escriben los vencedores”, por eso lo importante es derrotar al otro del modo que sea, porque después lo suavizarán y endulzaran con su relato.

Lo estamos viendo estos días en diferentes contextos, pero es obvio que el más cercano y trascendente es el “conflicto” surgido con el proceso sobre el referéndum de autodeterminación de Cataluña del 1 de octubre. Al margen de los elementos formales sobre su legalidad y las motivaciones y razones de quienes quieren votar, de sobra conocidas y comentadas, lo que se está viendo es el típico conflicto al modo machista. Una especie de pulso que, como muy bien se ha dicho estos días recurriendo a la canción de Joan Manuel Serrat, parece que están a ver “quien la tiene más larga”. Lo único que le falta es ver a Rajoy decir “por mis cojones que no se vota”, y a Puigdemont responder, “por mis cojons que votamos”. Si lo dijeran quizás se entendería todo mejor.

La prueba de que realmente se trata de un modelo machista de afrontar el conflicto es su retroalimentación, es decir, la utilización de las consecuencias que se producen como resultado de las decisiones dirigidas a potenciar el conflicto como razones para mantener el conflicto y aumentar así su intensidad. Todo lo que está sucediendo estos días con las decisiones y acciones de unos y otros se está utilizando como justificación de las posiciones iniciales, cuando son un resultado de los problemas surgidos durante el conflicto, no causa del mismo. Pero eso no importa para las partes, lo que interesa es el conflicto en sí mismo y los apoyos para que quien dirige cada una de las posiciones sea reconocido por los suyos como ese macho-alfa capaz de dirigir al grupo.

También se ha comentado, y es cierto, que si en lugar de dos hombres al frente de cada parte hubiera dos mujeres y un modelo feminista de resolución de conflictos basado en la Igualdad, la empatía, el bien común… la situación actual sería completamente diferente.

En estas circunstancias el conflicto ya no se puede resolver, pero sí se puede detener y replantear de nuevo toda la situación. Esperemos que alguien saque el lado femenino que todos tenemos.

 

“Machismo antimachista”

El domingo 10-9-17, El País Semanal publicó un artículo de Javier Marías titulado “Feminismo antifeminista”, en el que muestra su enorme “preocupación” por las dificultades que tiene el feminismo para avanzar en la sociedad, y cuestiona por ello, paradójicamente, al propio feminismo y a muchas feministas, no al machismo ni a los machistas, cuyos planteamientos defiende y justifica cuando tiene ocasión.

Y por si no quedara clara su intención, lo hace en un terreno “caracterizado por su compromiso con la Igualdad y la búsqueda de oportunidades para hombres y mujeres”: el deporte. El argumento no es nuevo, y lo que cuestiona son dos decisiones tomadas sobre la imagen de las mujeres que proyecta la competición, y lo hace a partir de la teórica libertad que tienen a la hora de elegir y decidir lo que ellas quieran. No estaría mal que leyera el libro de la profesora Ana de Miguel, “Neoliberalismo sexual”, sobre el mito de la libre elección; mientras tanto continuaré con mi exposición.

Uno de los dos ejemplos que toma es el de las azafatas de La Vuelta, después de que la organización haya decidido cambiar el protocolo y sus funciones. Para él, las azafatas en el ciclismo, e imagino que las animadoras en el baloncesto, las paragüeras en el motociclismo, las recogepelotas en el open de tenis de Madrid… son mujeres que deciden libremente hacer estas funciones tan trascendentes para esos deportes, que además no pueden hacer los hombres ni tampoco mujeres que no resulten sexis ni atractivas, por lo visto debe haber un extraño circuito cerebral que lleva a que las no cumplen ese canon estético no tengan capacidad para tomar ese tipo de decisiones, algo que no deja de ser curioso. La situación viene a ser similar a lo que ocurre con muchos trabajadores, que también “eligen libremente” firmar contratos de unas pocas horas por 400 €, y luego trabajar más de 10 horas cada día, o de aquellas otras mujeres que afirman lo de “mi marido me pega lo normal”. Para él, en ningún caso, ni en el de las azafatas ni en el de los trabajadores, el contexto y las circunstancias, cada uno con sus elementos y motivos, influye en ese tipo de decisiones.

Algo similar a lo ocurrido en el segundo ejemplo que utiliza Javier Marías. En él cuestiona la decisión de la Asociación Profesional de Mujeres Golfistas (LPGA), por establecer un código de vestimenta para sus jugadoras. No comenta nada el autor de la presión de las marcas comerciales sobre algunas jugadoras, curiosamente sólo aquellas que “dan la talla”, para que vistan ropa sexi y actúen como maniquís andantes por la hierba con sus prendas sin que les importe su juego, algo que sí preocupa a la Asociación de Golfistas, como no podía ser de otro modo. Parece que para Javier Marías la libertad pasa porque las mujeres hagan aquello que, ¡oh casualidad!, los hombres quieren que hagan. Y cita a la jugadora Paige Spiranac como precipitante de esta decisión, dada la envidia que levanta ante otras jugadoras por lo que gana y por lo famosa que es debido a su físico. Da la sensación que hablar de juego en el golf femenino no importa y, en cambio, sí que la atención se centre en las curvas de las jugadoras ensalzadas por la ropa de temporada que las marcas comerciales presentan para vender más, no para que jueguen mejor. Quizás proponga que en lugar de entrenar el “drive” o el “approach” lo que tienen que hacer es subir la falda o bajar el escote, seguro que algunas ganan más y son más famosas. Y si terminan el hoyo 18 con un estriptis, más aún.

Imagino que tampoco ha leído la entrevista en la que la propia Paige Spiranac se derrumba por el  ciberacoso machista que sufre … Eso no tiene importancia, ¿verdad?.

Coincido con Javier Marías en que el código de vestimenta y las multas no son la solución. La solución pasa por apartar las referencias del machismo a la hora de determinar la realidad. Pues es esa “normalidad” del machismo la que lleva a la cosificación de las mujeres, tanto de forma individual como en grupo, y a partir de ella a que muchos hombres desarrollen conductas violentas en sus diferentes formas: acoso, abuso, violencia sexual, violencia en la pareja… En todos estos casos la violencia se produce después de un proceso que los anglosajones denominan “deshumanización del objeto de la violencia”, y que aquí se conoce como “cosificación”. La conclusión es sencilla, cuanto más cosificadas estén las mujeres en la sociedad, más fácil resulta que los hombres que lo decidan libremente inicien su conducta violenta contra ellas.

La libertad que ha conseguido el feminismo a lo largo de la historia se traduce en capacidad de elegir, puesto que sin esa posibilidad para la elección la libertad se queda en el enunciado. Por eso es importante que no se confunda la libertad que tienen hoy las mujeres para decidir vestir y comportarse como quieran, con una obligada adaptación a los espacios y formas que impone el machismo para seguir reforzando la imagen tradicional de las mujeres.

Comparar, como hace Marías con insistencia, los planteamientos feministas con las posiciones religiosas del catolicismo y del islam demuestra algo más que desconocimiento, y pasa a ser un ataque directo al feminismo que él pretende defender y a las feministas que lo hacen verdad cada día. Y todo ello basado sólo en el relato de los hechos comentados, sin analizar su significado. A ver si resulta ahora que apoyar la sexualización de algunas jugadoras en el golf y besar a las azafatas al final de cada etapa es el “verdadero progresismo”.

Seguro que no habría dicho nada si la LPGA hubiera prohibido jugar a alguna golfista con velo o hijab, como tampoco dijo nada cuando el rector de la Universidad Libre de Bruselas sugirió a las estudiantes llevar “vestido o falda y un escote bonito” en la ceremonia de graduación.

La libertad sin Igualdad sólo permite que el machismo se mueva de forma libre por su territorio. La Igualdad no busca un retroceso, sino romper con las referencias del machismo que llevan a interpretar la realidad y darle significado según le interese.

Hoy hay un machismo revestido de aparente antimachismo. Ese “machismo antimachista” es el posmachismo, su nueva estrategia para generar confusión y que todo siga igual, como siempre.

 

 

Trump y los hombres “equi-equi”

TRUMP Y LOS HOMBRES “EQUI-EQUI” (Machistas de Playa -V-)

La genėtica lo tiene claro, los hombres son XY y las mujeres XX, sin embargo la cultura es capaz de revolucionar las referencias de la biología para, en una especie de mutación social, crear los “hombres equi-equi”.

Son los hombres equidistantes, hombres creados por el machismo para que defiendan sus valores e ideas intentando confundir al resto de la sociedad con el objeto de que no se posicione a favor de la Igualdad y, por tanto, en contra de sus intereses.

Es parte de la estrategia de quienes ocupan posiciones de poder, pues para conseguirlo necesitan contar con el contexto de la normalidad y la credibilidad en sus palabras. Lo hemos visto estos días pasados en Donald Trump cuando, al condenar el ataque neonazi  ocurrido en Charlottesville, mantuvo una equidistancia entre el agresor y su ideología fascista y los manifestantes progresistas atacados. La situación ha sido tan descarada y trascendente que las críticas surgidas a su actitud desde todos los frentes, algo habitual cuando se justifica la violencia que amenaza al conjunto de la sociedad, como suele ocurrir con el neonazismo, lo han obligado a rectificar y a condenar el atentado.

Lo que el machismo hace cada día es algo similar. Los machistas “equi-equi” lanzan siempre que pueden mensajes que equiparan la violencia que sufren las mujeres con las violencias dirigidas contra los niños, los ancianos, los hombres… atendiendo al resultando, pero ocultando las circunstancias y su significado; y luego justifican la violencia de género con argumentos que hablan de que se trata de algo “ocasional”, de unos pocos “hombres malos”, de casos “individuales” relacionados con el “alcohol, las drogas o los problemas mentales”… Cualquier razón es buena para ocultar la violencia de género entre las otras violencias, y así conseguir que no haya posicionamiento crítico frente a ella y que esa normalidad cómplice que crea la cultura no se vea alterada. Y en esa estrategia la equidistancia resulta especialmente útil al transmitir la idea de que importan “todas las violencias”, no sólo una, como intentan hacer creer para presentar al feminismo y la Igualdad como planteamientos egoístas sólo a favor de las mujeres y, en consecuencia, en contra de los hombres.

Y mientras cuenten con la complicidad de lo normal conseguirán que esa equidistancia sea distancia frente a la violencia de género, y proximidad contra el resto de las violencias, puesto que nadie las justifica, ni minimiza, ni tampoco habla de “agresores malos, borrachos, drogadictos, locos…” en esas otras violencias, algo que, como hemos comentado, sí sucede con la violencia dirigida contra las mujeres. Sin esa equidistancia falsa no sería posible que una violencia que ocasiona el 20% de los homicidios anuales en España, y que los produce en “dulces hogares”, fuera de cualquier escenario de delincuencia y criminalidad, sólo sea considerada como problema grave por el 1’4% de la población (CIS, julio 2017). Y eso es lo que ocurre con los 60 hombres que asesinan a sus mujeres desde la normalidad, hasta el punto que el 75-80% de ellas han vivido esa violencia hasta el asesinato sin llegarla a denunciar.

Una equidistancia tan falsa que mientras que no se cuestiona ninguna de las leyes ni medidas dirigidas a combatir el resto de las violencias, ni a sus agresores se les considera víctimas de ellas, la Ley Integral contra la Violencia de Género es atacada sistemáticamente desde la sociedad y algunos foros de la propia administración de justicia, y los hombres (todos) son presentados como víctimas de esa norma.

Esta situación es el resultado de esa aparente equidistancia de los “hombres equi-equi”, una posición nada casual ni accidental, sino una meditada estrategia del posmachismo para potenciar la confusión y con ella la pasividad. Por eso no piden medidas contra las otras violencias, sólo que se quiten las que ya se han establecido para avanzar en la erradicación de la violencia de género. Todo como parte de una manipulación tan burda, y al mismo tiempo creíble por contar con la autoridad de su palabra, que la propia violencia machista que ellos ejercen se presenta como fracaso de las leyes y recursos desarrollados para acabar con ella bajo el mensaje de “siguen matándolas”, como si la promulgación de leyes supusiera un cambio en la mentalidad y en la cultura que da lugar a ella.

El machismo y los hombres “equi-equi” no son capaces de ver lo que la sociedad ha avanzado en Igualdad, pero sí de afirmar que lo que ellos ocasionan con su violencia se debe a que los recursos son captados por el “lobby feminista”, y no por las “verdaderas víctimas”. Pues ellos son los que tienen la autoridad para decir quienes son las “verdaderas víctimas”, lo que es la “igualdad real”, cuál es el “auténtico concepto de violencia”, quién es un “buen padre” y una “mala madre”, cuándo una “denuncia es falsa y cuándo verdadera”…

Es la consecuencia de su falsa equidistancia, aquella que les lleva a afirmar que están en contra de la violencia de género y al mismo tiempo se oponen a las medidas dirigidas a combatirla; la que dice que feminismo es lo mismo que machismo; la que sitúa a un hombre maltratador a mitad de camino entre un buen padre y una mala paternidad; la que pide aplicar la ley con contundencia cuando se denuncia a una mujer, y la critica cuando se aplica ante hombres maltratadores; la que dice que los hombres condenados con sentencia por violencia de género son inocentes, y las mujeres son autoras de denuncias falsas sólo porque ellos lo dicen…

Ante la violencia de género no hay neutralidad ni puede existir equidistancia, o se está contra ella y en el lugar donde ese posicionamiento se traduzca en acción, o se está a favor de que todo siga bajo su realidad. Es así de sencillo.

Tan sencillo que cuando esa equidistancia se presenta frente a otra violencia, como ha sucedido con Donald Trump ante la violencia fascista ocurrida en Charlottesville, todo el mundo reaccionó para exigirle que abandonara esa equidistancia y condenara a los violentos. Si la sociedad fuera igual de exigente y responsable ante la violencia de género, los hombres “equi-equi” tendrían que abandonar su machismo y la estrategia del odio que promueven cada día.

Mientras no suceda seguiremos viendo a estos hombres “equi-equi” pasear su machismo por playas, redes, foros y medios, tal y como ha sucedido este verano.

Iris arcoíris

Hay quien todavía ve la realidad en blanco y negro, como si fuera el NODO de una España caducada que aún espera el comienzo de una película en tecnicolor en la que los héroes terminan por salvar a la patria de los malos. En las películas de mi infancia no hacía falta calificar al otro, bastaba con llamarlo “el malo”, daba igual que fuera un indio, un negro, un moro, un gánster o un soldado nazi o japonés, al final lo importante es que eran “los malos”, porque lo que se quería destacar es que “nosotros” éramos los buenos.

Y aunque la película ha cambiado, aún hay quien sigue el mismo guión y no entiende que la diferencia ya no es inferioridad, sino que forma parte de la igualdad, o sea, parte nuestra a través de una identidad que ya no se construye por contraste con las otras, ni tampoco resulta excluyente. Hoy ser hombre también es ser mujer, al igual que sucede con ser homosexual, trans o de cualquier otra identidad vivida, ninguna de ellas es excluyente en cuanto a los elementos identitarios, aunque cada apersona la viva y se comporte como considere a partir de ellas.

Y eso es lo que les molesta, porque antes ser hombre era no ser mujer, y ser mujer era tener una serie de características propias que los hombres no podían tener. Y a partir de esas identidades rígidas y acríticas, puesto que eran impuestas y aceptadas como parte del orden natural, se distribuían los roles, funciones, tiempos y espacios de unos y otros para hacer de la desigualdad condición y de la habitualidad normalidad. Desde esa construcción no es que los hombres y las mujeres hacían cosas distintas, es que los hombres hacían lo de los hombres y las mujeres lo de las mujeres.

Y no había nada más, puesto que todo lo que no encajaba en ese modelo era considerado patológico, aberrante, delictivo o vicio.

El movimiento LGTBI+ ha conseguido a través de una reivindicación cargada de civismo que la sociedad cuestione ese modelo tradicional, y acepte la diversidad y la pluralidad como una referencia más para la convivencia. No ha habido violencia, ni atentados, ni ataques a nadie, y todo ello a pesar de haber sido perseguidos, encarcelados, agredidos y condenados a una especie de cadena perpetua social como seres enfermos, perversos y viciosos, que amenazaban la vida en sociedad y sus valores de siempre, aunque nunca haya sido un verdadero espacio de convivencia.

A veces es más verdad y dice más de una persona o grupo lo que se niega que aquello que se reconoce. Nadie cree en lo que no necesita, y la mirada también es un acto de fe cuando se busca una confirmación de las ideas, los valores o las creencias. Por eso la realidad sólo es un ejemplo, una especie de hipótesis para confirmar lo que previamente se ha decidido que sea verdad con independencia de cualquier referencia.

De lo contrario no podría entenderse que una persona homosexual sea considerada como una persona enferma, viciosa o anormal, del mismo modo que no habría tanta pasividad y distancia a la violencia de género, con 60 mujeres asesinadas de medida cada año y 600 mil maltratadas.

El significado que se da a la realidad depende de la mirada, la mirada de la conciencia, y la conciencia de las referencias utilizadas para dar sentido a todo aquello que se percibe. Y cuando esas referencias vienen impuestas por el machismo, al final todo se interpreta por lo que los hombres han considerado que es lo correcto y lo necesario para que el mundo construido a su imagen y semejanza funcione. Por eso todo lo que no sea masculino no sólo es diferente, sino que además es inferior. Y por ello todo lo femenino es una amenaza y una especie de ataque a su posición de poder y a la identidad sobre la que se sustenta, aquella que hace que la realidad se interprete sobre la condición otorgada, no sobre Derechos Humanos. Según la construcción machista, primero está la persona con su condición, y luego los Derechos.

Esa es la razón por la que los hombres son tan violentos con los hombres homosexuales, mientras que las mujeres no lo son frente a otras mujeres lesbianas, porque la homosexualidad masculina cuestiona lo individual y lo social, y hace que los hombres se sientan atacados y cuestionados en su identidad sobre la que se sustenta todo su poder personal y público Y por ello también, la forma de cuestionar a los gays es llamarlos “afeminados”, puesto que esa superioridad de los hombres en esencia está construida sobre la inferioridad de la mujer.

Hoy debemos estar muy orgullosos y muy orgullosas de los movimientos y las personas que nos han enseñado a convivir en paz con la diversidad y la pluralidad, a pesar de todos aquellos que presentaban cada paso hacia la Igualdad como un salto al vacío, y de quienes aún viven la libertad como una amenaza y la diversidad como un ataque.

Hoy la sociedad es mejor, no porque permite que haya diferentes identidades que viven sobre el mismo espacio común, sino porque la mayoría de las personas formamos parte de esa comunidad diversa y plural, y miramos la realidad y el futuro con un “iris arcoíris”.

 

Días malos

Vladimir Putin afirma que no tiene días malos porque no es mujer, algo similar a lo que piensan muchos hombres en cualquier lugar del planeta, y que viene a significar que ellos, como hombres, sólo tienen días buenos.

La realidad es diferente y nos muestra que hay días buenos, malos y regulares, y que los hombres al igual que las mujeres tienen días buenos, días malos y días regulares. La diferencia entre los días de unos y de otras es que, mientras que en los hombres lo de los días malos se ve como una posibilidad, en las mujeres se dan por seguro al estar enraizados en su fisiología, de hecho en esos días dicen de ellas que “están malas”. Bajo esta idea, el machismo aplica su lógica y justifica su modelo sobre la superioridad de aquellas personas que “no tienen días malos”, o sea, los hombres, respecto a la inferioridad de aquellas otras que sí los tienen, es decir, las mujeres, pues siempre será mejor para la sociedad depositar la confianza y la responsabilidad sobre quienes no tienen días malos. Todo, como se puede ver, “muy coherente y neutral”.

La primera conclusión del machismo a partir de esta construcción de los “días malos” de las mujeres, es que estos forman parte de su condición, lo cual permite estructurar esas “malas jornadas” de una manera amplia sobre el hecho de ser mujer, no sólo sobre circunstancias concretas. Y la segunda, es que, con independencia del momento y de los acontecimientos, el machismo siempre tiene a mano como recurso el argumento de los “días malos” para cuestionarlas, criticarlas o directamente atacarlas. Da igual qué es lo que haya sucedido, cuando un hombre dice de una mujer, “eso es que tiene la regla”, ya todo el mundo entiende que se está ante uno de esos días malos propios de las mujeres y que todo se convierte en inevitable. Al final, la construcción se cierra con el resto de mitos que la cultura patriarcal introduce para concluir de manera rotunda sobre su maldad: “las mujeres son malas y tienen días malos por estar malas”. Más maldad imposible.

Los hombres, tal y como dice Putin, no tienen días malos, como mucho pueden tener “un mal día”, algo muy diferente, pues con ese concepto se insiste en la idea de que son las circunstancias las que pueden propiciarlo, no su condición masculina . Y no es de extrañar que pueda presentarse algún mal día en los hombres dada la “enorme presión” que tienen que soportar a diario para impedir que alguna de esas jornadas termine por llegar a ser un día malo, sobe todo si se tiene en cuenta que con frecuencia esa presión se ve agravada por la tensión provocada por las mujeres con las que comparten una relación, bien sea familiar, de pareja, laboral… debido a esa maldad estándar que hemos comentado, la cual puede verse aumentada por uno de sus días malos.

La construcción cultural al final permite, incluso, otra referencia más. Y es que los hombres como Putin, Trump y todos los que siguen esas ideas, piensan que la presión que soportan y ante la que responden “con su maestría y hombría”, evita que el resto de las personas sufran las consecuencias negativas de esas circunstancias que llevarían a que todo el mundo tuviera también un mal día. Mientras que en el caso de las mujeres y sus días malos, lo que sucede es lo contrario, y son ellas las que generan un ambiente negativo que lleva a que cualquier persona que se encuentre cerca quede atrapada en la oscuridad de esa jornada, y sufra también ese día malo genéticamente femenino.

La valoración final es sencilla, los hombres actúan como guardianes de la normalidad y trabajan como rescatadores para evitar que el resto de la sociedad tenga días malos, y las mujeres se comportan como matrices de días malos que terminan por afectar la convivencia y las relaciones, a pesar del esfuerzo masculino. De ahí que Putin y tantos otros hombres manifiesten su desconfianza en las mujeres, bien sea por sus “días malos”, por su “menor inteligencia” o por su “menor fuerza física”, esa que dicen que las lleva a maltratar más que los hombres, pero “psicológicamente”. A la postre, la desconfianza está construida no por lo que tienen de menos, sino por lo que tienen de más, por esa “mayor maldad” propia de su condición, y que va desde lo físico a lo psíquico.

Para los hombres resulta muy sencillo vivir bajo esas construcciones propias del machismo, pues lo único que tienen que hacer es gestionar la culpa de manera centrífuga para situarla, bien en las circunstancias o bien en las mujeres. Ni siquiera son capaces de identificar los graves problemas que existen en la política, en la economía, en las finanzas, en la criminalidad… como conductas protagonizadas por otros hombres y relacionadas con el machismo común a todos ellos. Incluso en esos contextos no hablan de hombres, sino de bandas, grupos, partidos, empresas… o sea, de circunstancias. Esa es al razón, entre otras, que lleva a que no les preocupe el 95% de los homicidios que sufren, puesto que son homicidios producidos por otros hombres, y que, en cambio, no paren de hablar de los homicidios cometidos por mujeres, por supuesto, “desde su maldad esencial”, nunca en uno de sus “días malos”, aunque su número sea mínimo en comparación con los cometidos por hombres contra otros hombres.

Hoy por hoy, la mayoría de los males que tenemos como sociedad se deben a conductas y decisiones protagonizadas por hombres a partir de un machismo que actúa en diferentes contextos y ámbitos. El presidente Putin y tantos otros como él deberían revisar su agenda, a lo mejor llegan a entender que la mejor fuente de días buenos para hombres y mujeres es la Igualdad, y que esta se encuentra accesible en cada amanecer.