No somos héroes ni heroínas

No somos héroes ni heroínas, sólo somos responsables. Hacer de la responsabilidad heroicidad, es el primer paso para ocultar tras la excepcionalidad el compromiso individual y el deber ético con lo público. Y no podemos caer en ese error.

Es cierto que el comportamiento de quienes desde las profesiones sanitarias y el resto de trabajos que mantienen a diario los “cuidados paliativos” de una sociedad enferma de coronavirus, resulta admirable y debemos reconocerlo, pero entendiendo que se debe a la responsabilidad adquirida con los valores de sus profesiones, y a su compromiso con el bienestar de la sociedad. Y esos valores y actitud son los mimos que prevalecen cuando no hay crisis y muchos tienen que realizar algunas de las actuaciones que llevan a cabo en el momento actual sin el foco de lo noticiable. Porque todos los días hay profesionales que doblan guardias, que realizan su trabajo sin el material idóneo, que tienen que tomar una decisión que conlleva un riesgo de agravamiento en el proceso que sufre la persona enferma… Ahora todo es más grave por el impacto de la dimensión cuantitativa de la pandemia, y por el aspecto cualitativo  que origina la carga emocional de su significado, pero su presencia no es ajena al día a día de estas profesiones.

Y ocurre lo mismo con quienes llaman a la heroicidad para reconocer el esfuerzo que supone el confinamiento. ¿Hay que ser héroe para ser responsable?, ¿es la responsabilidad individual una cuestión de heroicidad?. ¿No hay una responsabilidad social más allá de la decisión individual?, ¿o es que una sociedad sólo es el resultado de la suma de personas, y no de los valores, derechos y referencias que dan sentido a la convivencia para formar parte de un proyecto común?

El lenguaje define la realidad y construye el recuerdo para hacer de él historia, y gran parte del relato sobre la situación que ha generado la pandemia del Covid-19, se está escribiendo con un lenguaje bélico que habla de excepcionalidad y de lucha, con lo cual la historia se construirá sólo sobre los meses que dure la “batalla del confinamiento”. Una batalla que se narrará con todos los ingredientes de las historias de Hollywood para explicar cómo los abnegados héroes y heroínas combatieron cuerpo a cuerpo (nunca mejor dicho) frente al virus, y en la que unos “incapaces gobernantes” no supieron planificar la estrategia para evitar el dolor vivido, al tiempo que permitieron que el feminismo y sus manifestaciones actuaran como un caballo -o yegua- de Troya para aumentar el daño desde dentro.

Ese es el discurso que están elaborando quienes quieren utilizar las circunstancias para defender sus ideas, valores y modelo de sociedad. La simple trampa de utilizar su terminología bélica y accidental ya lo refuerza, aunque no se reproduzca la literalidad del relato.

Porque todo parecerá como una disrupción entre dos fragmentos de normalidad, el previo y el posterior al confinamiento, no como la reacción de una sociedad en la que no había héroes ni heroínas, todo lo contrario, de la que se decía que estaba formada por una gente irresponsable por “vivir por encima de sus posibilidades”. Una sociedad anterior a la pandemia en la que nadie recordará los recortes para la dependencia y la sanidad, y en la que se olvidarán de los “contratos basura” de quienes trabajaban en sanidad, antes menospreciada y hoy cargada de heroísmo. Del mismo modo que tampoco se hablará de las facilidades para el crecimiento del sector privado al tiempo que florecían compañías y seguros sanitarios… Nada de eso parecerá haber existido ante la heroicidad de tanta gente durante la excepcionalidad de estos días.

Pero no, no son ni somos héroes ni heroínas, somos ciudadanos y ciudadanas responsables; lo cual, para quienes no creen en lo público ni en lo común, supone una amenaza mayor que un ejército armado repleto de sus héroes y heroínas.

La plácida palabra de los hombres

La hombría va unida a las palabras, desde el “verbo se hizo hombre” hasta el “hombre de palabra”, ha sido la palabra la que ha definido la realidad y los hombres quienes la han pronunciado.

Las mayores traiciones de la historia, las mentiras más grandes, las falsedades más increíbles han sido realizadas por hombres, sin embargo, su palabra nunca se ha puesto en cuestión. Ha seguido ahí, en el límite de sus labios aguardando el momento para ser pronunciadas y romper con su ley la indeterminación del silencio.

En cambio, las mujeres, negadas de palabra y recluidas en el susurro de la oración, son consideradas las reinas de la mentira y del apaño de la traición. Da igual que no lo hayan hecho, del mismo modo que un hombre, por el hecho de serlo, ya es un “hombre de palabra”, una mujer por el hecho de serlo, es decir, por el hecho de no ser hombre, ya es una persona sin palabra y sin más argumento que la mentira, especialmente si sus afirmaciones son contra un hombre o lo masculino.

Esta construcción permite a los hombres decir lo mimo y lo contrario y no ser considerados “mentirosos” en ninguna de las dos ocasiones, y a las mujeres ser consideradas mentirosas digan lo que digan, si aquello que dicen se encuentra con la palabra de un hombre que afirme lo contrario, como ocurre cuando hablan de “denuncias falsas” en violencia de género.

Lo acabamos de ver con las declaraciones de Plácido Domingo sobre el acoso y abuso sexual que llevó a cabo. Hace unos meses negó los hechos y su palabra fue tomada como verdad, al tiempo que se criticaba a las mujeres que lo denunciaron y se las presentaba como mujeres que buscaban hacerle daño en un ejercicio de maldad difícil de entender, pero también como una vía para conseguir algún beneficio económico a cambio, pues la maldad instrumental siempre se ve como más creíble y cercana que la maldad en abstracto.

Hoy dice lo contrario, reconoce los hechos y pide perdón por lo que hizo, pero ninguna de las personas que lo apoyaron dicen que mintió antes o que miente ahora por alguna extraña razón, ni tampoco dicen nada sobre la verdad de las mujeres que fueron presentadas como mentirosas y perversas. Ellas siguen siendo malas, antes por mentir y ahora por “haber obligado” a Plácido Domingo a reconocer los hechos, y haber atacado su carrera al final de su recorrido, permitiendo que su recuerdo quede impregnado por algo ocurrido en el pasado.

Ser consciente de esta realidad es poder. Saber que tu palabra vale más, que tus argumentos son más creíbles, que tu arrepentimiento demuestra bondad y sinceridad, que decir lo mismo y lo contrario se toma por cierto en las dos ocasiones… todo ello da mucha confianza y seguridad a la hora de enfrentarse al día a día y sus problemas. Y cuando, además, está construido sobre la idea de que las mujeres no son de fiar, la percepción y necesidad de control sobre ellas se presenta como una necesidad.

Por eso la violencia de género sigue siendo una realidad, porque los hombres la ejercen con la conciencia de que no va a ser cuestionados por esa normalidad que la acompaña, que si son cuestionados y denunciados las mujeres no van a ser creídas, que si son creídas no lo van a ser lo suficiente para vencer a las justificaciones y ellos no van a ser condenados, y que si son condenados el mensaje último será el que ellas han sido las “malas” por no haber “lavado los trapos sucios en casa”, o por haber engañado a quien juzga lo ocurrido. Lo hemos visto en casos tan graves como el de “la manada” o el de los “jugadores de la Arandina”.

Ninguna violencia asesina a 60 personas del mismo grupo de población cada año, salvo la violencia de género; y en ninguna violencia, salvo en la violencia de género, los asesinos forman parte de un grupo tan definido y homogéneo: hombres no vinculados a otras formas de criminalidad que mantienen o han mantenido una relación de pareja con las mujeres asesinadas. Y a pesar de esa construcción y de su constancia social, todavía se niega la realidad y se duda de la palabra de las mujeres, nada extraño cuando el relato de esa historia está narrado con voz masculina.

Los “hombres no mienten”, sólo se equivocan o no se expresan bien, las mujeres, en cambio, “mienten siempre”, aunque a veces no sean capaces de engañar a la realidad y parezca que dicen la verdad. Por eso para ellos Plácido Domingo no ha mentido, debe ser que no lo tenía claro por aquello de los “estándares que cambian con el tiempo”.

“Parásitos”

Hay una película del mismo título más interesante que la oscarizada de Bong Joon-ho.

El diccionario de la RAE recoge en su tercera acepción que un “parásito” es una “persona que vive a costa ajena”, por lo tanto, quienes viven una normalidad definida por una serie de privilegios obtenidos a costa de los derechos que les han restado a otras personas, son unos parásitos.

Y los hombres actúan como parásitos de la convivencia por haberle quitado a las mujeres la posibilidad de ser y de llegar a ser, y haberlas dejado limitadas a los roles y escenarios que su cultura androcéntrica ha levantado sobre la identidad femenina para que ellos pudieran tener más espacio en lo público, más trabajo en el mercado, más salario en el trabajo, más responsabilidades en la toma de decisiones, más tiempo a lo largo de cada día, más impunidad en la violencia, más invisibilidad frente a las críticas, más reconocimiento ante las acciones… En definitiva, para que los hombres tuvieran más poder que las mujeres.

El machismo es un sistema parasitario de la sociedad que a diferencia de lo que ocurre en la naturaleza, donde lo micro parasita a lo macro, cambia los papeles y hace que el huésped, que es la cultura que recibe a quien llega a su seno, actúe como parásito de la persona. De ahí la dificultad para detectar el problema. Si todo el organismo es quien parasita a alguna de sus partes, la propia fisiología vendrá caracterizada por las consecuencias de ese parasitismo y estas no se verán como alteraciones, sino como normalidad. Los síntomas que produce serán rasgos, y los signos elementos propios del sistema. Esta es la razón que hace de la “normalidad” la referencia que lo define, y que sea capaz de integrar como algo propio los resultados de ese parasitismo, hasta el punto de permitir que las mujeres que sufren violencia de género digan lo de “mi marido me pega lo normal”, o que cuando una mujer cobre menos que un hombre se entienda que es lo propio, porque como manifestó el eurodiputado polaco de ultraderecha, Janusz Korwin-Mikke, ellas deben cobrar menos por ser “más débiles y menos inteligentes”; el mismo razonamiento que lleva a entender que la paridad es una injusticia y las cuotas para conseguirla una imposición contra los hombres, pero, en cambio, que no se ve nada anómalo que el 90% de los directivos de las empresas más importantes sean hombres, como si la relación “hombre-poder” u “hombre-capacidad” fuera lo “normal”.

La desigualdad es eso. Si no hay Igualdad entre hombres y mujeres es porque los primeros tienen una posición de superioridad y ventaja respecto a las segundas, y cuando en una sociedad que tiene los tiempos, las funciones, las responsabilidades, los espacios… definidos y tasados, hay quien tiene más que otras personas, es porque esas ventajas se han conseguido sobre las desventajas del otro grupo. El poder y los privilegios de los hombres se han levantado sobre la merma y las limitaciones de los derechos de las mujeres, y se ha hecho de forma estructural a través de ese sistema parasitario de la sociedad que es el machismo y su cultura patriarcal.

Si las mujeres, como demuestran a diario, pueden hacer lo mismo que los hombres, y no lo han hecho a lo largo de la historia, es porque no las han dejado hacerlo. Y no se lo han permitido porque de haberlo hecho se habría descubierto la falacia presentada como normalidad que es el machismo parasitario.

Por eso no hay neutralidad, porque si dejamos la situación tal y como está, el parásito seguirá absorbiendo la energía de la convivencia y generando desigualdad. Y por esta razón los hombres deben posicionarse y actuar contra el sistema, porque si no lo hacen, con independencia de que cada uno de ellos tenga más o menos beneficios, el sistema seguirá actuando en contra de lo común. Los hombres deben decidir si quieren ser parásitos sociales o huéspedes en convivencia con la Igualdad y la Democracia.

El feminismo lleva siglos actuando como desinfectante del machismo con el objeto de desparasitar la desigualdad y la injusticia de nuestra sociedad. Si los hombres beben unas gotas de feminismo, y lo hacen a diario, podrán purgar el machismo que llevan dentro, y eliminar el germen de esa identidad parasitaria que la cultura ha depositado en los intestinos de la masculinidad.

No produce alergias ni da reacción, el feminismo es salud en Igualdad.

Patrick Zaki

Patrick, Eva, Carla, Carolina, Rocío, Carmen, Pedro, Christine, Andrea… al entrar en el aula y ver al grupo sentado en sus pupitres, ya se percibe que hay algo diferente en esos ojos bien abiertos y en la sonrisa impaciente que pide que comience la clase, porque un máster de género e Igualdad es distinto al resto, no es sólo el conocimiento y la habilitación que aporta lo que mueve a su alumnado, también es el compromiso para cambiar la realidad injusta de la desigualdad que nos envuelve.

Y Patrick Zaki lleva varios días sin acudir a clase…

El patriarcado siempre ha sido claro en su estrategia, y cuando desarrolla la opresión de un pueblo sobre el desconocimiento no quiere que los niños y las niñas vayan a la escuela, y si van las intentan matar, como ocurrió con Malala Yousafzai. Y cuando ejerce esa opresión desde un patriarcado violento con la complicidad de la normalidad cultural no quiere estudiantes de género ni activistas en las calles, y si los encuentran los detienen, como han hecho con Patrick Zaki.

La debilidad de un sistema opresor se demuestra en la violencia que emplea frente a quien lo cuestiona. Un país levantado sobre el machismo está más preparado para responder al ataque de un ejército que a las palabras de un activista. Sabe que las tropas pueden ser vencidas, pero las ideas y los valores no se pueden retener ni encarcelar. En el fondo, si se produce el ataque de un ejército sólo es cuestión de intercambiar balas, bombas y misiles, pero si llegan nuevas ideas hay que dar razones, y quienes viven en la sinrazón de un poder machista sólo saben responder de un único modo: con la fuerza y la violencia. Da lo mismo que sea ante un ejército que frente a la Igualdad y la Diversidad, para ellos los Derechos Humanos son un ataque como lo son las balas y misiles.

Quien ve un peligro en Patrick Zaki tiene miedo, pero no es un miedo a sufrir daño, sino a ser descubierto en su mentira opresora que hace pasar la desigualdad como normalidad. Por eso cuando se detiene a personas como Patrick Zaki quien actúa no es un policía determinado ni un juzgado concreto. Quien responde es todo el sistema, y lo hace para lograr un doble objetivo, por un lado, castigar a la persona que forma parte de las posiciones críticas a su modelo, en este caso Patrick, y por otro, reforzar el mensaje crítico y amenazante contra cualquier alternativa a través de tres elementos claves: uno, generar dudas sobre las personas que forman dicha alternativa y presentarlas como una amenaza al orden establecido. Dos, desviar el foco sobre las injusticias, desigualdades y violencia denunciadas por estos movimientos para que el debate se centre en la situación individual, no sobre el problema social. Y tres, reforzar el marco de significado al presentar su actuación como una forma de proteger a la sociedad convencida.

El gobierno egipcio ya ha conseguido jugar con esos tres elementos para consolidar sus planteamientos, y lo ha hecho sobre la detención injusta de uno de sus ciudadanos, algo inadmisible desde la democracia y el respeto a los Derechos Humanos.

No podemos permitir que las relaciones internacionales y la diplomacia se construyan sobre la pasividad ante el ataque a los Derechos Humanos, especialmente cuando este ataque se dirige contra la Igualdad y cuando quienes los sufren son las mujeres y los grupos que se encuentran en situación de vulnerabilidad por su activismo, como ha ocurrido con Patrick Zaki. Y sucede en Egipto, pero también en Latinoamérica, en EEUU y en la UE, donde países como Hungría han suprimido los Estudios de Género en las universidades, o en cualquier otro país, incluyendo España, en los que la ultraderecha hace causa común en el ataque a la Igualdad y a la Diversidad.

Quien no cumpla con unos mínimos democráticos y no respete los Derechos Humanos no puede formar parte de la realidad social y política que hemos decidido compartir, porque su objetivo no es lograrlos, sino evitar que se consigan para mantener sus privilegios particulares a costa de los derechos del resto. No hablan en nombre de la sociedad, sino en el de sus intereses, y es algo que no podemos permitirnos por su significado, ni aceptar por el retraso que supone para el logro de la Igualdad, un retraso que no se traduce en días de más, sino en vidas de menos.

Si para logarlo hay que romper relaciones, pues habrá que romperlas; no con el objeto de apartar a nadie, sino para que el diálogo se establezca desde posiciones claras y sin manipular a la ciudadanía de los países que utilizan el nombre de los Derechos Humanos para no respetarlos. Es lo que ahora ocurre con la UE, donde parece que todos los países abrazan sus valores fundacionales y la “Carta de Derechos Fundamentales de la UE” (2016/C 202/02), en la que la Igualdad está incluida en su Título III, las Libertades en el II y la Dignidad en el Título I, y luego se permite que determinados Estados Miembros no los respeten y que otros directamente los ataquen, al tiempo que hacen creer a sus pueblos y a la comunidad internacional que los respetan al formar parte de una Unión que los ensalza.

No tiene sentido que un país no pueda formar parte de la Unión si no cumple una serie de criterios económicos, y que sí pueda hacerlo incumpliendo los Derechos Humanos. ¿Por qué se acude al argumento del “respeto a la soberanía de cada país” para justificar la quiebra de los Derechos Humanos, pero no para el desarrollo de políticas económicas?  Si no se marcan de forma clara las líneas del terreno de juego, quienes llevan siglos sin respetarlas seguirán haciéndolo, y si hay algo que no nos podemos permitir es construir el futuro sobre la debilidad del presente en lo que respecta a la Igualdad y al resto de Derechos Humanos. Y hoy el machismo y sus instituciones, como lo han hecho a lo largo de toda la historia, de nuevo lanzan el mensaje de que” la Igualdad puede esperar”.

Ese contexto es el que lleva al abuso con la conciencia de que no tendrá consecuencias, y a que decidan detener y retener a Patrick Zaki o a cualquier persona que les resulte molesta, para castigarla y hacer de él un buen argumento a la hora de defender su modelo y de dar una lección al resto de la sociedad.

La Igualdad no puede esperar, como tampoco puede hacerlo Patrick Zaki. Las palabras ya han sido dichas, ahora hay que pasar a las acciones para que sea liberado. La UE no puede tolerar que uno de sus estudiantes sea detenido en gran medida por cursar un máster Erasmus Mundus como el GEMMA. El ataque que significa la detención de Patrick Zaki en este contexto no sólo es contra su persona, también va dirigido contra la universidad por hacerla cómplice de trasmitir las ideas por las que ha sido privado de libertad, y contra la propia UE por impulsar este tipo de programas.

Querido Patrick, tus compañeras y compañeros del máster y las Universidades de Granada y Bolonia, pero también las otras que forman parte del GEMMA (Lodz, Oviedo, Utrecht, York y la Central europea de Budapest), te esperamos.

 

Educación parenteral

Parece que desde las derechas quieren meter a la gente sus ideas y valores directamente en vena, como si fueran una especie de suero de la verdad para que sólo lo que ellos plantean sea cierto.

Nunca antes habían creído necesario que existiera un “pin parental” en la escuela, eran conscientes de que con la influencia de una “normalidad” construida sobre los valores de la cultura, con toda su tradición y machismo, bastaba para mantener su modelo de sociedad, las formas de relacionarse dentro de él, y la manera de entender la identidad sobre la referencia de lo que era ser hombre y ser mujer. No existía nada más, ni nadie más.

Por eso no es casualidad que sea ahora, conforme la sociedad ha adquirido una mayor conciencia crítica sobre la desigualdad, la discriminación, el abuso y la violencia de género que se ejercen desde esa “normalidad” impuesta, y después de que las políticas de Igualdad para resolver muchos de estos problemas hayan dado sus frutos, cuando aparezcan nuevas resistencias y ataques por parte de los sectores más conservadores. El objetivo es proteger su modelo de sociedad, y la Igualdad se vive como una amenaza que atenta contra el núcleo de su construcción.

Y para garantizar la continuidad del modelo tradicional dirigen sus acciones a la gente más joven con el objeto de que no cambien nada y sigan reproduciendo y transmitiendo su “modo de vida”. Por eso, lo primero que hizo el PP fue aplicar “Pin Parental Permanente” al suprimir la asignatura “Educación para la ciudadanía”, porque por lo visto eso de ser ciudadano en Igualdad es muy peligroso. Da igual que estudios como el del Centro Reina Sofía muestre que el 30% de los jóvenes piensa que cuando un hombre maltrata a su pareja es porque ella habrá hecho algo, o que el grupo de edad donde más aumenta esta violencia sea el de 15 a 18 años, o que la mayoría de las violaciones en grupo sean protagonizadas por jóvenes… ya tirarán de su manual educativo para decir que se ha debido a la provocación de las mujeres, que se trata de una “denuncia falsa”, o que todo se ha debido al alcohol o las drogas.

El problema con el que se ha encontrado el machismo y la derecha es que la sociedad ya ha tomado conciencia de la injusticia de la desigualdad, y no quiere que sus hijas sean discriminadas ni agredidas, ni tampoco que sus hijos abusen y agredan. Pero como el amor propio también vive de mitos románticos intentan resistirse con pines y noes que niegan la realidad.

El machismo, como decía, siempre ha sido partidario de la “educación parenteral”, es decir, de meter sus ideas, valores, creencias, mitos… directamente en vena para que no puedan ser digeridas por la reflexión ni metabolizadas por la crítica, y así llegar hasta los centros de decisión personal sin ser cuestionados. Era lo de “la letra con sangre entra”, el “te pego porque te quiero”, o el “quien bien te quiere te hará llorar”, que ahora se transforma en un “pin parental” para seguir imponiendo sus mandatos y sus formas.

Fracasará una vez más. Aunque tengan seguidores y partidarios que se hagan eco la Igualdad no es una elección, es un Derecho Humano, y nada ni nadie podrá evitar que la sociedad se articule sobre ella como lo hace sobre la Libertad, la Dignidad o la Justicia. Otra cosa es que también quieran poner un pin para el resto de los Derechos Humanos, pero quienes lo hagan fracasarán. Hoy por las venas y arterias de la gente corre la Democracia.

60 hombres nuevos

Hoy empezamos a contar ausencias y silencios, y a levantar muros allí donde las paredes nos dicen que hay ventanas.

Hoy, día 1 de enero de un año cualquiera, por ejemplo 2020, el contador de argumentos empieza a elaborar las 50-60 razones que llevarán a explicar los 50-60 asesinatos de mujeres que se producirán a lo largo del año, si no cambia el guion.

Porque serán esos argumentos los que utilicen los hombres que las asesinen. Argumentos que hablarán de que “ella se lo ha buscado”, de que “se creería que iba a salirse con la suya”, de que “de mí no te ríes”, o de que “eres mía o de nadie”… todos son argumentos para los demás, no para el asesino; el asesino lo tiene claro, tanto que lleva a cabo el homicidio tal y como se había prometido a sí mismo. Porque su crimen también es para los demás, para que todos entiendan lo hombre que es (por eso la mayoría de ellos se entrega voluntariamente tras el homicidio y aproximadamente un 20% se suicida, asumiendo en ambos casos las consecuencias de su conducta), y para que vean que hay hombres dispuestos a defender su modelo de relación, de identidad y de sociedad a través a través de los recursos que les otorga la construcción social, de la violencia normalizada que aún lleva a que el 44% de las mujeres que la sufren no denuncien, porque “no es lo suficientemente grave” (Macroencuesta, CIS 2015). Una situación trampa que hace que el 75-80% de las mujeres asesinadas nunca haya denunciado la violencia que llevó hasta su homicidio.

Y claro, ante este gesto de los asesinos de dirigirse a los demás, estos les responden diciendo que ha sido el alcohol, las drogas, los celos o los trastornos mentales, pero que los hombres no hacen esas cosas, porque si las hicieran no serían 60 los asesinos, sino miles. Una idea que suena más a amenaza que a justificación, pero el machismo es así, se mueve entre la amenaza y la negación para que unas por miedo y otros por fe, todo siga igual.

Porque lo que el machismo no quiere ver ni aceptar es que vivimos bajo unas referencias culturales que llevan a  que cada año 60 hombres de media asesinen a las mujeres con las que comparten o han compartido una relación de pareja, y que lo hacen bajo el argumento de la “normalidad”. O lo que es lo mismo, que cada año alrededor del 20% de todos los homicidios que se producen en nuestro país son cometidos por hombres “normales”, sin ningún vínculo previo con actividades delincuenciales ni criminales, y que, por tanto, vivimos en una sociedad con unas referencias culturales capaces de generar cada año 60 asesinos nuevos desde la normalidad que caracteriza las relaciones de pareja y familiares. Porque los asesinos que matan un año no matan al siguiente y, sin embargo, a lo largo del nuevo año las cifras son muy similares debido a los mensajes y dictados que aparecen entre las páginas de la cultura.

El machismo es la fábrica de hombres violentos; asesina el machismo, los machistas sólo ejecutan los mandatos que interpretan a partir de los dictados de una cultura que no sólo no rechaza la violencia contra las mujeres, sino que la normaliza para que pueda ejercerse bajo el umbral de la intimidad, y luego, cuando supera esos límites, la intenta ocultar al mezclarla y confundirla con otras violencias que no cuentan con esa construcción de género en su estructura. Una estrategia interesada para que de ese modo no se modifique la construcción cultural que da privilegios a los hombres, entre ellos poder utilizar la violencia contra las mujeres desde la normalidad, y que  a pesar de los 60 asesinatos de media y de los 600.000 casos, el debate social se centre más en el cuestionamiento a las víctimas que en la crítica a los agresores.

La transformación social y el movimiento feminista han conseguido que la Igualdad sea imparable y la erradicación del machismo irrenunciable, por eso desde los sectores más conservadores de la sociedad atacan los instrumentos que lo están consiguiendo, y se presentan como víctimas de esta nueva realidad, de ahí que continúen alimentando el clima violento que hace que luego 60 hombres den los pasos hasta los asesinatos de género. Son sus chivos expiatorios con los que continuar el relato.

 

Plácido domingo

Hoy es un plácido domingo, ha amanecido despacio, como si el sol se hubiera visto envuelto por la pereza festiva y la mañana despertara tranquila, consciente de que tiene todo el día por delante.

La ciudad también amanece con la placidez que da ser dueña, aunque sea por unas horas, del tiempo que el resto de los días le quitan. Hay campanas en el aire, olor a churros por las aceras, y calles solitarias llenas de tranquilidad sin horario ni destino.

Sin embargo, en muchos hogares, a pesar de las ventanas abiertas, la luz no termina de entrar en el silencio artificial del domingo, ni logra hacer pasar dentro la placidez que habita en el exterior.

Las explicaciones que Plácido Domingo dio en su comunicado tras las denuncias de abuso sexual, fueron muy significativas e ilustrativas de lo que es la normalidad construida por el machismo y su cultura. Dijo, “reconozco que las normas y estándares por los que se nos mide hoy son muy diferentes de lo que eran en el pasado…”

Curiosamente, lo que nos dice es que aquello que los hombres y sus normas y estándares consideran normal, es lo que se traslada como normal a toda la sociedad; mientras que las mujeres que viven las conductas de los hombres como violencia, no sólo no pueden trasladar ese significado a la sociedad, sino que, incluso, tienen que callarlo para evitar que junto a la violencia de la agresión sufran la violencia de la discriminación y el rechazo social, como hoy mismo, más de 20 años después, intentan hacer con las mujeres que han denunciado.

El argumento que da hoy Plácido Domingo podría ser utilizado para las conductas que eran cuestionadas cuando él se comportaba de forma “normal”. De manera que un hombre que en 1990 hubiera sido denunciado por violencia contra una mujer realizada 20 años antes, podría haber dicho entonces que los estándares de los 90 no eran los mismos que los de los 70. Justo igual que hace él hoy para las conductas “normalizadas” 20 años atrás.

Al final la situación resulta muy gráfica. La violencia contra las mujeres siempre está presente y lo que cambia no es su realidad, sino el umbral sobre el que se establece la crítica y la reprobación, pero sin que ello sea suficiente para que se acompañe de una respuesta legal, puesto que la ley no cambia, sólo lo hace la percepción de los hechos para integrarlos como consecuencia de las circunstancias, no para cuestionarlos como parte de una cultura que normaliza el abuso, y mucho menos para sancionarlos con una ley que debe ser modificada para poder hacerlo.

Pero si ya es triste la situación, aún resulta más terrible lo que revela de la posición de los hombres, no sólo por asumir que desde su status de poder pueden llevar a cabo conductas violentas sobre las mujeres al amparo de la normalidad, sino por la desconsideración y la falta de la más mínima empatía con las mujeres a las que ocasionan un grave daño con su violencia. Para ellos las mujeres quedan al margen, les da igual el daño que sufran como consecuencia de sus conductas, no es su problema. Ellos sólo se preocupan de cubrir sus deseos y de que las normas y estándares los cubran a ellos.

¿Se han preguntado alguna vez si las normas y los estándares eran suficientes para admitir en su día el derecho de pernada, los matrimonios de conveniencia, el débito conyugal, el acoso callejero…?

El cambio y la transformación de esa normalidad machista es la que están consiguiendo las mujeres y el feminismo, por eso no es casualidad que la crítica del machismo y de los sectores más conservadores de la sociedad se dirijan contra ellas y contra el feminismo. Si nada cambia todo sigue igual, y si no hay quien haga cambiar la desigualdad esta continuará lo mismo bajo “nuevas normas y estándares”.

Hoy es un plácido domingo, sí, pero no en todos los hogares. En muchos de ellos hay mujeres sufren la violencia que los hombres ejercen desde su placidez, para así llenar las semanas de tranquilos martes, miércoles y lunes, de apacibles viernes, jueves y sábados, y de plácidos domingos.

“15 años…”

Uno de los jugadores de la Arandina ha sido muy claro en la interpretación de lo ocurrido, cuando tras conocer la sentencia ha manifestado, “esto hace 15 años estoy en mi casa echando un parchís”, justo la misma idea que expresó Plácido Domingo en su comunicado al hacer referencia a que las normas y los estándares cambian. Para ambos esa falta de uniformidad no puede ser utilizada para cuestionar nada ni para condenar a nadie.

Una de las claves del machismo y de su visión conservadora de la realidad es hacer creer que el futuro sólo es definido por el paso del tiempo para que nada cambie con el transcurso de los días, y que los retoques necesarios para la adaptación puedan integrarse poco a poco en una sociedad que avanza al ritmo del letargo. No importa que la parafernalia de la tecnología y los colores de la superficialidad cambien con las temporadas y las circunstancias, lo importante es que la esencia de los valores, las ideas, las creencias, y todos los mitos y estereotipos que surgen de ellos permanezcan como faro que guíe esa deriva social para que no deje de girar alrededor del punto de partida.

Y en ese momento sempiterno del machismo, el sentido dado a la identidad de las mujeres se ha construido a partir de su vinculación a los hombres, bien como “mujeres de…” o como “mujeres para…”. Un planteamiento que limita su autonomía esencial y, sobre todo, su libertad social, al tiempo que impone una especie de control sobre ellas para evitar daños mayores, hasta tal punto que el propio Código Civil anterior a la democracia les exigía el permiso del marido para trabajar o viajar al extranjero.

El control de las mujeres se justifica desde la doble referencia que lleva a entender que “no son capaces”, y que sin él actuarían en contra de los hombres debido a la carga de perversidad que, según la receta del machismo, contiene su identidad.

Sobre esta idea, las mujeres pueden hacer el mal por acción o por omisión a través de un sí o de un no, una situación que lleva a los hombres a tener que interpretar el verdadero significado de sus palabras, de su actitud y de sus decisiones para así poner orden. De ese modo, cuando un hombre interpreta que “un sí es un no”, por ejemplo, cuando la mujer decide dejar la relación y él considera que “en verdad” no quiere hacerlo, si ella continúa empeñada en su “error”, el hombre se ve obligado a corregirla y castigarla. Cuando nos encontramos en la situación contraria y concluye que “un no es un sí”, entonces actúa en consecuencia hasta el final, y si la mujer dice que no quiere mantener relaciones sexuales y él interpreta que sí quiere, prevalece la verdad de su conclusión y lo que él impone y, por tanto, las relaciones deben mantenerse sin ninguna consecuencia para él, aunque ella se resista o se vea intimidada.

Y todo ello viene sellado por la costumbre con sus normas y estándares para que el tiempo pase sin que nada más pase, y todo continúe igual. No hay futuro, todo es una prolongación del presente, una especie de pasado continuo.

Pero la sociedad está cambiando, y cambia porque las mujeres cambian, no porque los hombres lo hagan de la misma forma, ni porque las referencias sociales que llevan a la justificación y normalización de determinadas conductas violentas lo hayan hecho. Los hombres siguen siendo los dueños del significado de la realidad, y cuando los hechos les llevan la contraria recurren al argumento del tiempo para decir, como hemos visto, “esto hace 15 años no era nada”, o sea, es “normal”.

Por eso no es de extrañar que el machismo y su ultraderecha reivindiquen ese tiempo cómplice, lleno de días cómplices y de sombras de complicidad. No piden que cambien las cosas para solucionar los problemas, sino que no cambien para que no sean problemas y no haya nada que solucionar.

Los ejemplos son cercanos, a la violencia de género quieren llamarla “violencia intrafamiliar”, que es como se ha llamado siempre para ocultar la violencia específica que sufren las mujeres. Las diferentes identidades y orientaciones que forman parte de la diversidad de una sociedad plural, quieren devolverlas a las consultas médicas y psicológicas para que su normalidad no se vea cuestionada. La educación en Igualdad pretenden convertirla en “educación para la desigualdad” por medio de la segregación de niños y niñas en aulas separadas… Y así con todo.

En definitiva, quieren que regrese el bucle del tiempo que hace que cada día amanezca justo por donde se quedó el anterior, y así negar el futuro. Porque el futuro es transformación, no sólo el paso del tiempo. Si nada cambia excepto el tiempo, todo sigue igual. El futuro no está en un momento posterior, sino en una realidad diferente, y a ese futuro, cuando se parte de la desigualdad, sólo se puede llegar de la mano de la Igualdad, por eso la rechazan.

Hace 15 años muchas cosas no eran nada porque las mujeres no tenían voz ni experiencia reconocida, pero hoy la tienen porque la han conquistado, y con ella gritan la Igualdad que critica al machismo y sus violencias. Por eso no debemos esperar. En desigualdad el tiempo no pasa en días, sino en vidas, en las vidas de mujeres que son destruidas, limitadas o arrebatadas por hombres que llevan a la práctica lo que la cultura machista les hace creer y querer.

El problema no está en los años que pasan, sino en el machismo que permanece.

 

“No había denuncias previas”

No termino de entender por qué se recurre al dato sobresi había o no denuncias previas en el momento de informar sobre el homicidio de una mujer por violencia de género. Se imaginan que al dar la noticia de alguien que ha fallecido por infarto de miocardio dijeran que nunca había acudido a urgencias o al hospital, o que al informar sobre alguien que acaba de morir en un accidente de tráfico comentaran que no había llevado el coche a la ITV… no se entendería que esa primera información viniera acompañada de detalles que generan dudas sobre el sentido de lo ocurrido. En cambio, en violencia de género el dato sobre las denuncias previas ante los asesinatos es habitual, tal y como hemos comprobado, una vez más, en las informaciones sobre los últimos casos de Vic y Granada.

Sin duda es un elemento importante a la hora de analizar las circunstancias del crimen, pero comentarlo justo en el instante en que se da la noticia del asesinato genera confusión sobre dos tipos de ideas:

  • La primera es poner una cierta responsabilidad en la víctima por no haber denunciado la violencia que ha terminado por matarla.
  • La segunda se mueve en sentido contrario, y transmite la imagen que niega que haya una violencia previa en la pareja, como si todo hubiera sido consecuencia de una situación puntual e inesperada. Es lo que se refleja en frases como, “tras una fuerte discusión”, “en el seno de un conflicto familiar”… que tanto se utilizan para contextualizar los homicidios de las mujeres.

En cualquier caso, recibir esa información sobre la ausencia de denuncias previas junto a la notica del asesinato de una mujer, genera distorsión sobre lo ocurrido y confusión sobre la realidad de este tipo de violencia, al situar el significado de lo sucedido alrededor de lo que la víctima ha hecho o ha dejado de hacer, en lugar de hacerlo sobre lo que el hombre que la ha asesinado acaba de llevar a cabo.

Con independencia de desviar la conciencia crítica sobre la esencia de una violencia construida desde dentro de las referencias culturales, materializada por los hombres bajo la normalidad, y llevada hasta el homicidio desde una posición moral que no acepta que la mujer se revele a sus imposiciones y dominio, lo que también se produce con ese tipo de planteamientos es el refuerzo de los mitos que existen para explicar porqué las mujeres son asesinadas por sus parejas. Y entre esos mitos la idea de que el hombre “pierde el control” por estar bajo los efectos del alcohol, las drogas o algún trastorno mental, es uno de los argumentos más potentes y directos, que se ve confirmado con comentarios informativos de ese tipo.

Si la violencia contra las mujeres no hubiera contado en su resultado con las mismas justificaciones que la cultura machista sitúa en su origen, habría sido imposible que una historia y una convivencia caracterizada por su realidad objetiva, hubiera podido superar los plazos del tiempo sin rechazarla. En algún momento, antes o después, el conocimiento sobre su significado y circunstancias habría levantado la crítica y conducido a su erradicación, al igual que ocurre ahora cuando la sociedad ha adquirido conciencia crítica gracias al feminismo.

No es casualidad que desde la posiciones más conservadoras y los partidos de ultraderecha con la connivencia de la derecha, se intente ocultar ese significado de la violencia de género, porque al hacerlo se defiende el modelo de sociedad levantado sobre la desigualdad, y con los hombres y lo masculino como jueces y parte.

Cuando una mujer es asesinada por violencia de género, la información debe centrarse en lo terrible que supone que ese asesinato se haya cometido en un contexto social que a pesar de los 60 homicidios de media que se comenten cada año, niega el significado de la violencia de género, minimiza su dimensión, cuestiona a la víctima y duda de su palabra, contextualiza las agresiones y homicidios sobre determinadas circunstancias, y llega a justificar a los agresores al quitarle responsabilidad bajo la idea de que han actuado bajo los efectos del alcohol, las drogas o algún trastorno psicológico.

Por eso resulta clave hablar del hombre que asesina y de la sociedad que trata de apartar la mirada de la realidad de la violencia que sufren las mujeres, sin dudar para ello en utilizar la política, algunas informaciones y las redes sociales contra las medidas y políticas destinadas a erradicarla.

Para esa parte de la sociedad lo importante es continuar con las referencias que presentan al machismo como normalidad, y a la desigualdad con lo masculino en la cúspide como orden natural. Por eso, como ya no pueden ocultar ni negar la violencia que sufren las mujeres, intentan mezclarla con otras violencias al llamarla “violencia intrafamiliar”.

Ya se sabe que “quien hace la ley hace la trampa”. El machismo hizo la “ley del más fuerte” y luego “la trampa de la violencia de género” para mantener su modelo y privilegios. No podemos caer en sus engaños.