El hombre de la Historia

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La “cara B” del machismo

El machismo muestra una cara para luego imponer otra, si hubiera ido de frente, como tanto le gusta decir de los hombres, habría tropezado con su propia sombra y no habría avanzado ni uno solo de sus muchos siglos.

El machismo es la primera “postverdad” y la última mentira, a partir de su idea de cultura construida sobre la referencia androcéntrica, y de su desarrollo como una “normalidad” que toma lo masculino como universal, ya no ha hecho falta mentir ni ocultar nada, la simple asunción de ese modelo lleva a entender que la desigualdad y la jerarquización levantada sobre los hombres es la forma de organizarse más conveniente para el desarrollo de la sociedad, de manera que lo que ocurra bajo esas referencias no será nada extraño, sino parte de las diferentes alternativas que se pueden presentar.

La conciencia crítica que el feminismo ha creado sobre este modelo ha llevado a la reacción machista para mantener unos privilegios que dicen desconocer, pero que, curiosamente, ante cualquier política dirigida a establecer la Igualdad mediante la corrección de esas ventajas injustas que la cultura ha creado para los hombres, el machismo muestra su oposición y rechazo por considerarla innecesaria y un  “ataque a los hombres”. Es lo mismo que decían los esclavistas contra las leyes que abolían la esclavitud bajo el argumento de que su posición era “lo natural”.

Hoy ya no pueden criticar directamente las políticas  de Igualdad sin encontrar una respuesta contundente sobre la necesidad de las mismas, pero las razones utilizadas en las críticas que lanzan desde una aparente neutralidad ponen de manifiesto la “cara B” del machismo, mucho más oscura y profunda que la de la propia luna, aunque no tan lejana.

Los principales argumentos que utilizan sobre la violencia de genero giran alrededor de estas ideas:

  1. La violencia sufrida por las mujeres no es “de género”, es violencia intrafamiliar.
  2. Las medidas contra la violencia de género no van a favor de las mujeres, sino contra los hombres.
  3. La dimensión de la violencia contra las mujeres no es real, la mayoría de las denuncias son falsas.
  4. No hay un verdadero compromiso ni objetivo social en quienes trabajan contra esta violencia, sino un interés económico.
  5. El feminismo en verdad es “feminazismo” porque no busca la Igualdad, sino imponer un modelo de sociedad basado en la superioridad de las mujeres.

Y son precisamente esos argumentos los que revelan su forma de pensar, con qué o quienes se identifican, y los verdaderos objetivos que hay en su resistencia a trabajar por la Igualdad y para la erradicación de la violencia de género. Veámoslos.

  1. Reivindicar la “violencia intrafamiliar” como referencia indica que su modelo de familia contempla la violencia como parte de las instrumentos para conseguir los objetivos vinculados a su idea de educar. Querer llevar la violencia contra las mujeres a la familia no es buscar acabar con ella, sino devolverla al lugar donde ha estado históricamente  bajo el nombre de “violencia doméstica o familiar”, sin que este hecho la haya visibilizado ni generado una conciencia crítica capaz de desarrollar medidas específicas para prevenirla. Además, tal y como refleja el informe del INE, también son las mujeres las principales víctimas de esta violencia doméstica, concretamente un 62’2%; además de ser el 100% de las víctimas de la violencia de género.
  2. Presentar a los hombres como víctimas de una ley es admitir que todos los hombres son delincuentes, y eso lo dice el machismo, no la Ley Integral contra la Violencia de Género, que sólo actúa contra los hombres que maltratan. El machismo con este argumento muestra dos hechos: uno, la gran desconfianza en los hombres, a los que ve como “maltratadores”, y el otro, la idea de que el uso de la violencia contra las mujeres es algo que forma parte de los hombres como elemento de la identidad otorgada por la cultura androcéntrica.
  3. Hablar de “denuncias falsas” en violencia de género cuando los datos muestran que sólo se denuncia un 20-25%, y que la mayoría de las mujeres asesinadas lo son sin haber interpuesto nunca una denuncia, es presentar a las mujeres bajo los mitos históricos de la maldad y la perversidad; una maldad y perversidad dirigida de manera especial contra los hombres, hasta el punto de que no les importa “denunciarlos falsamente”.
  4. Intentar hacer creer que el interés en lograr la Igualdad y acabar con la violencia dirigida a las mujeres es un supuesto beneficio económico, cuando sólo es el desempeño de actividades profesionales desde diferentes ámbitos, bien sea desde la administraciones, las instituciones u organizaciones sometidas a todos los controles y justificaciones legales, revela de manera directa la preocupación que tiene el machismo por perder su espacio de poder, los privilegios que aporta a los hombres, y los beneficios económicos que suponen. La situación es tan gráfica que, por ejemplo, la UE gasta cada año más de 100 mil millones de Euros en violencia de genero, y nadie plantea la necesidad de ahorrar ese gasto a través de la prevención.
  5. Presentar al feminismo como “feminazismo”revela la proximidad ideológica del machismo con el nazismo y con aquellas ideologías que parten de la condición superior de determinadas personas sobre otras, y la consecuente construcción de sus identidades y su posterior desarrollo social a través del género sobre la base de dichos planteamientos. El machismo ha establecido esa superioridad en la condición de hombre, y entiende la crítica como un intento de cambiar de referencia, no de abolir dicha injusticia. Es lo que gráficamente dice la sabiduría popular con lo de “piensa el ladrón que todos son de su condición”.

Lo que el machismo intenta ocultar desde su posición de poder y la aparente neutralidad y credibilidad que conlleva, queda de manifiesto en las críticas que hacen frente a quienes buscamos la implantación del Derecho Humano de la Igualdad más allá de la inevitable formalidad. Por lo tanto, el machismo busca que en la familia, la llamada “célula de la sociedad”,  haya un espacio para la violencia, y de manera especial contra las mujeres, para que de ese modo las identidades y el orden social que empieza por casa se mantenga sobre sus dictados y dentro de su normalidad. Así lo ha hecho históricamente. Ve a todos los hombres como maltratadores por condición o por conducta, a las mujeres, por el contrario, las presenta como malas y perversas y, en consecuencia, como susceptibles de ser controladas, corregidas y castigadas a través de la violencia. Todo ello como consecuencia de unas ideas, valores, creencias… que consideran al hombre superior a las mujeres, y a la condición masculina como la referencia universal para toda la sociedad, planteamiento similar al defendido por el nazismo y el fascismo sobre otras referencias, también androcéntricas. Por eso cuestionan las medidas y a las personas que buscan transformar esta realidad y utilizan el argumento económico de los “chiringuitos”, pues no sólo defienden ideas y valores en abstracto, sino que también lo hacen del modelo de sociedad que da privilegios y beneficios económicos a los hombres.

El machismo es como un disco rayado en la forma y descarado en su posicionamiento. Tiene una “cara A” de aparente neutralidad y materializada desde la normalidad impuesta, y una “cara B” donde esconde todo su significado para pasarlo poco a poco al frente del escenario social y político. Conocer esas referencias ocultas es esencial para poder desenmascararlo, y para contrarrestar el espacio de influencia que manejan a nivel social, y ahora también en el espacio político con la llegada de la ultraderecha y la connivencia de la derecha.

 

Toy (Love) Story 4

La humanidad está hecha de amor, es cierto que la violencia, las tiranías, las guerras, el poder… la han puesto a prueba desde el principio, pero si hemos llegado hasta aquí y aún mantenemos la esperanza de que otro mundo es posible y mejor, se debe al amor que hemos sido capaces de guardar entre las trabéculas de nuestro corazón y bajo las circunvoluciones del cerebro.

Y el amor no es sólo la emoción que se siente por alguien o algo como parte de una relación personal, el amor también es compromiso, implicación, determinación, entrega, renuncia… por ese proyecto común que surge de una sentimentalidad que va más allá de los objetivos concretos. Y no hay amor en soledad, aunque sí puedan existir las emociones que dibujan su silueta, el amor es compartido en cuanto a proyecto, con independencia de que a título personal sea correspondido o no, y aunque se viva de manera aislada, parte de su sentido viene dado por el contexto del que se aísla. Por eso el proyecto se amplía en la interacción y en la convivencia, y el amor crece y se va haciendo social en el proyecto común que se levanta sobre ese amor responsable de la sociedad y sus ideales, para dar espacio para que crezcan las relaciones personales.

La película “Toy Story 4”, con esa sencillez que significa llevarnos a la infancia para ver la vida y su realidad desde la doble perspectiva que da el retroceso del regreso y el avance de la vuelta al presente, muestra algunas de las claves de una realidad abandonada y necesitada de amor que ha cambiado lo social por lo individual, lo común por el egoísmo, el futuro por lo inmediato, el compromiso por el hedonismo, y los valores por lo material.

De nuevo Woody, Buzz Lightyear y todos sus amigos y amigas nos dan una lección de vida y nos dejan la responsabilidad de hacerla verdad a los adultos, pues para la gente más joven la película será un cuento tan pasajero como el tiempo que tarde en llegar el próximo estreno de cualquier película infantil. En otras películas de la serie han insistido sobre la amistad, pero en esta cuarta entrega han querido dar un paso más y hablar directamente de amor, y de algunas circunstancias que existen en la sociedad para impedirlo u ocultarlo.

La vida está llena de renuncias irremediables, pero no de olvidos. Confundir unas con otros sólo es parte de esa imposición de quienes necesitan el individualismo como razón para el abandono del proyecto común, y así poder anteponer lo personal al grupo. La película muestra cómo los estereotipos y una sociedad utilitarista causan daño sobre quienes sufren el peso de la discriminación, y cómo ese impacto está levantado sobre la normalidad de quienes han decidido que esas sean las circunstancias de juego, no como algo excepcional ni ocasional. Son dos los mecanismos que revela para lograr ese objetivo: la construcción de las identidades, y el uso del mito y las expectativas.

Veámoslos de manera gráfica.

  1. La construcción de las identidades. El personaje protagonista introducido en esta película, Forky, es un tenedor de plástico hecho muñeco y visto y aceptado como tal por sus iguales, el resto de muñecos. A pesar de ello sigue viéndose a si mismo como un tenedor desechable. Su identidad es ser “basura” y su comportamiento se mantiene consecuente con esa idea, hasta que Woody y sus amigos logran hacerle entender que no es así. Hasta ese momento, lo único que hace es buscar su destino en cualquier lugar para los desperdicios.
  2. El uso del mito y las expectativas. El otro personaje de la película que refleja las vías que tiene una sociedad desigual y capitalista para mantener el control es Duke Caboom, un motorista canadiense abandonado el primer día por su niño al comprobar que el juguete no hacía lo que se veía en el anuncio de televisión, y que sus saltos y piruetas en la moto no eran tan espectaculares en la realidad como en la tele. Las expectativas generadas a conciencia, al no verse cumplidas generan el rechazo en quien las espera, y la frustración y la idea de incapacidad en quienes viven la situación, llevando a la pasividad y a la frustración.

Estas son dos de las claves de nuestro tiempo utilizadas a diario para mantener la desigualdad y el orden social sobre el sometimiento de determinadas personas a las que no se les reconoce la Igualdad en su condición y oportunidades (mujeres, personas LGTBI, extranjeros, grupos étnicos…), y a quienes se les pide la demostración de “su igualdad” en un “exceso de capacidad y responsabilidad” que con frecuencia no se ve cumplido, a pesar del gran esfuerzo para lograrlo. Esta situación las hace sentir culpables e incapaces, y por tanto manipulables y sumisas, como le ocurre a Duke Caboom o a Forky hasta que se convencen de sus propias posibilidades y valía gracias a Woody y al grupo.

Porque Woody, en esta película con su inseparable Buzz Lightyear algo más distante, es quien aglutina esa conciencia crítica frente a los acontecimientos, y quien lleva su amor y compromiso a la acción para sacar adelante al grupo.

El cambio que vive el propio Woody en la película, donde al principio renuncia a su “amor personal” por Bo para al final quedarse a su lado, es sin duda la demostración clave de esa dimensión social del amor individual. La sociedad no necesita líderes distantes y ajenos, sino personas con responsabilidad que sean capaces de hacerla protagonista a través de su participación.

Y para ello, tan importante es saber renunciar como saber comprometerse y entender que sin uno mismo no se puede amar ni comprometerse con nadie. La negación del amor, de los sentimientos, de la intimidad para dejarlo todo en la otra persona o en el grupo, al final se traduce en algo artificial y perjudicial para el propio grupo y la persona, pues tan poco basta con el amor hacia uno mismo o con el amor individual.

Toy Story nos lo recuerda en su historia de amor. Una historia que hace que Woody renuncie a su amor por Bo por su compromiso por el grupo, y que luego sea el grupo el que le ayude a entender que toda la aventura es parte de su amor por Bo. Ese final de la película a su lado es un buen principio para la historia que le sucede, y de la cual nos toca ser protagonistas.

Como dice Luis García Montero en sus “Palabras rotas”, no debemos dejar que palabras como verdad, bondad, política… queden en desuso por el interés de un poder que rehúye de ellas. Tenemos que recuperarlas y gritarlas al viento, como también hemos de hacerlo con la palabra amor, porque somos una historia de amor, que no nos engañe el relato que cuentan “los que cuentan”.

La familia es mía

Cuando alguien se sabe dueño de algo procura llevar cualquier debate, discusión o conflicto a ese terreno, para de ese modo utilizar todos los elementos de poder formales e informales a su favor. Es lo que hace el machismo y sus tres tenores de la política (da igual que canten o que muevan los labios en el playback pactado), cuando intentan derivar la violencia de género al contexto de la familia.

El debate sobre la paternidad y la violencia de género va mucho allá de las consecuencias que puede tener sobre los hijos e hijas. Lo realmente trascendente de él es la ocultación del significado de esa construcción de la intimidad como núcleo y pilar de la sociedad, tal y como lo comentamos en el anterior post (“Maltratador y padre”). Por eso, a diferencia de los argumentos que utilizan contra la violencia de género, no niegan la mayor sobre si un maltratador puede ser un buen padre, y tampoco acuden al mensaje de que la mayoría de las denuncias contra padres son falsas, ni que en comparación con el total de padres los que maltratan representan un porcentaje mínimo, o que se trata de padres con problemas con el alcohol o con algún trastorno psicológico… Cuando se habla de paternidad y violencia de género su respuesta es otra y su argumento es la familia.

El machismo quiere a la familia para sí, sabe que es el núcleo de su sociedad y donde la cultura no sólo incorpora pautas de comportamiento, sino que define la identidad y todo lo que ella conlleva en la construcción del género y sus roles para el ejercicio de las relaciones sociales. Por eso quiere la familia con sus tardes de cine, sus juegos, sus viajes, sus deberes, sus vacaciones… y su violencia.

La violencia estructural forma parte esencial a la hora definir la realidad, lo hace en el contexto social con la violencia de género frente a las mujeres, y contra cualquier expresión de la diversidad a través del odio; y lo hace también en el contexto de la familia para lograr distintos objetivos, pero, el más trascendente de todos ellos, sin duda, es el de mantener la desigualdad entre hombres mujeres como algo propio de su condición. De ahí que la violencia de género se desarrolle en gran medida dentro de las relaciones de pareja y familiares, y que incluso la “violencia doméstica” se ejerza fundamentalmente contra las mujeres, tal y como recoge un reciente informe del INE (28-5-19), que muestra que el porcentaje de víctimas mujeres es el 62’2%.

No hay que olvidar que primero fue el hombre y después la familia. Han sido los hombres y su cultura patriarcal los que han definido en cada momento histórico a la familia, y quienes la han adaptado a las necesidades de los hombres, siempre con el papel de la mujer como referencia esencial dentro de ella y, por tanto, con la necesidad de someterla a sus dictados y de controlarla en el desarrollo de la dinámica familiar. Y para ello es necesario el control social sobre la idea machista de lo que debe ser una “buena mujer, esposa, madre y ama de casa”, y el control directo de la violencia como realidad, amenaza o posibilidad. Estas dos referencias, la social y la familiar, actúan como elementos esenciales y enraizados en la propia “normalidad creada”, tanto que ni siquiera llega a ser rechazada, como manifiestan muchas víctimas al decir lo de “mi marido me pega lo normal”,o como expresan los entornos más cercanos ante algunos homicidios de mujeres al referir, “sabíamos que la maltrataba, pero no que la iba a matar”.

El padre capaz de utilizar la violencia contra la madre de sus hijos es un hombre que demuestra que no le importan nada sus hijos, como tampoco la madre de esos niños y niñas. Todo lo contrario, lo que revela es que el objetivo de su violencia incluye a los hijos como elemento de coacción y violencia contra la madre, y como reflejo del orden que quiere mantener e imponer, no sólo de puertas para dentro, sino también como miembros de una sociedad en los que la identidad y el comportamiento son consecuencia del mandato establecido a través de la educación y la transmisión de ideas, valores, principios…

La insistencia del machismo en defender que un maltratador puede ser un buen padre significa que, para ellos, un maltratador puede ser también un buen marido, un buen compañero o una buena pareja de la mujer maltratada. Aceptar la compatibilidad de la violencia de género con la paternidad es aceptarla en todo lo demás, de ahí su insistencia en querer dominar la familia y de hablar de “violencia intrafamiliar”.

Porque esa es la clave, reducir a la familia lo que es un problema social para interpretarlo con las claves de ese contexto particular, entre ellas ideas como que se trata de una “discusión de pareja”, que “en todas las familias hay conflictos”, que es un tema que “pertenece a la intimidad familiar”, que “los trapos sucios se lavan en casa”, que “bien está lo que bien acaba”… Y sobre todas esas referencias luego está la más relevante, la que sitúa al hombre como pater familias, ese “buen padre” al que se refiere el Derecho, encargado de decidir lo mejor para toda la familia, de manera que si él decide “violencia”, ¿quién es la sociedad para llevarle la contraria en “su familia”? Por eso también suelen culpar a la mujer de la violencia que sufre ella misma, y plantean la agresión como que la mujer ha hecho algo para que el marido “le haya tenido que pegar”. Es más, hasta la propia Ley de Enjuiciamiento Criminal con su artículo 416 permite una escapatoria para el marido y padre  que maltrata, a pesar de que la mujer lo haya denunciado previamente y se haya iniciado el proceso judicial.

De ahí el interés del machismo y la ultraderecha en defender ese modelo de familia, y que se hable de “violencia intrafamiliar”, porque con esa idea consiguen dos objetivos inmediatos y un tercero en forma de impedimento. Los objetivos inmediatos son:

  1. Negar la construcción cultural que normaliza, justifica e integra la violencia de género como una violencia diferente en sus objetivos y motivaciones al resto de las violencias interpersonales.
  2. Ocultar la violencia contra las mujeres, las niñas y los niños al presentarla como “problemas o conflictos familiares”que pertenecen a la propia intimidad de la familia, y sobre los que no hay que entrar salvo que el resultado sea grave. Para eso está el “pater familias”decidiendo y controlando.

Y el objetivo que pretenden evitar es que se llegue a conocer la violencia a través de la palabra de los menores, de esos niños y niñas que viven en el hogar y que, como la madre, la sufren a diario. El machismo se había protegido de este tipo de situaciones quitando valor a la palabra de las mujeres y al presentarlas cargadas de maldad y perversidad a través de sus mitos, de ahí la falta de credibilidad que todavía hoy tienen muchas de sus denuncias. Pero no había pensado en la palabra de los menores, de los hijos e hijas que ven como su padre maltrata a la madre y a ellos mismos, por eso no quiere que se reconozca que los menores sufren las consecuencias de la violencia de género ni que formen parte de las medidas ni de la investigación, porque de repente, ese contexto protector para los maltratadores que es el hogar, ajeno a testigos e intrusos, se llena de personas que saben lo que pasa y lo sufren. Y esos niños, con todas las limitaciones procesales existentes, sí son creíbles cuando hablan de violencia.

La situación es tan delicada para el machismo que han tenido que inventar nuevos argumentos, como el llamado “Síndrome de Alienación Parental”, conocido como SAP, y toda una serie de derivadas (interferencias parentales, reprogramación afectiva…) bajo la idea de que es la madre la que le dice a la hija o al hijo lo que tiene que manifestar en el proceso judicial. De ese modo la sinceridad de los niños pasa a ser palabra de mujer, y como tal cuestionada. Además, la presentan como una palabra que surge de un doble acto de maldad por parte de las mujeres, el de su perversidad propia y el del interés en hacerle daño al padre para beneficiarse ellas.

El machismo quiere la familia para sí por ser el contexto y el argumento más útil para defenderse contra la violencia de género a través de la negación y de su control “intrafamiliar”. Lo sorprendente es que el modelo de familia defendido por el machismo y la ultraderecha, como insisten en sus propios planteamientos, entiende la violencia como algo propio de las relaciones familiares, una situación que, al margen de su manipulación para cuestionar la violencia de género, no se debe admitir ni permitir. La familia no es violencia, la familia es amor, paz y seguridad en el más amplio de los sentidos. Aceptar que hay una parte de violencia inevitable en la familia es darle carta de naturaleza para luego ocultarla. Ya se llamaba “violencia intrafamiliar” o “violencia doméstica” antes de la Ley Integral contra la Violencia de Género y no hicieron nada para erradicar ninguna de las violencias. Y ahora tampoco lo harán porque su modelo de familia contempla la violencia como una posibilidad.

Si hay violencia no es una familia, y si la violencia la ejerce el padre no lo hace desde la paternidad, sino desde el egoísmo y el poder que la cultura le ha otorgado.

 

Maltratador y padre

Un maltratador siempre es un mal padre… Nadie entendería que un vecino que maltrata al resto fuera un buen vecino, por muy bien que cuide la comunidad, ni que un profesor que golpea a sus alumnos pueda ser un buen maestro, aunque aprendieran mucho con él, sin embargo, como podemos ver a diario, sorprenden las numerosas voces que niegan la idea de que un maltratador pueda ser un mal padre,  al tiempo que separan el ejercicio de la paternidad del maltrato, como si este fuera algo diferente o se desarrollara en contextos distintos.

Lo relevante de estas posiciones no es que nieguen la mayor, como suelen hacer en su argumentación sobre la violencia de género cuando recurren a las “denuncias falsas” y afirman que el 80% lo son, sino que en este caso tratan de justificar la compatibilidad del maltrato con la buena paternidad.

Según estas posiciones machistas se puede ser un buen padre y maltratador, o lo que es lo mismo, se puede ser maltratador y al mismo tiempo ejercer una buena paternidad. Para entender esta asociación utilizan diferentes ideas y razones, veamos algunas:

  1. Levantan un muro entre la madre y los hijos e hijas, como si fueran parte de mundos diferentes, y buscan hacer creer que la violencia sólo se ejerce sobre la madre, cuando en realidad también la aplican sobre los hijos como parte de sus ideas a la hora de resolver los problemas. La Macroencuesta de 2011 revela que hay 840.000 niños y niñas que viven en hogares donde el padre maltrata a la madre, de los cuales 517.000 sufren agresiones directas. Es decir, del total de menores expuestos a la violencia de género el 61’5 % sufre además ataques directos.
  2. Quieren hacer entender que violencia es agresión y que agresión es conducta física, de manera que como los golpes se dan a la madre los menores, dicen, no se ven afectados por ellos. No quieren reconocer que la exposición a la violencia, vivir en ese ambiente terrorífico de los golpes, pero también de los gritos, las amenazas, los gestos, la violencia simbólica… puede dañar más que una agresión física en sí. Y ese ambiente aterrador es la clave para imponer el control dentro de la relación y familia, y el responsable en gran medida de que no puedan salir de la relación violenta por el miedo a las consecuencias tras la constatación de la realidad violenta del día a día. Muchas madres dicen sobre la violencia que viven lo de “aguanto por mis hijos”, y los menores también refieren su experiencia de forma gráfica, como una niña de unos 6-7 años que decía: “Cuando estoy en casa con mi madre soy muy feliz, pero  cuando llega mi padre es como si entrara una corriente de aire frío”.
  3. Intentan hacer creer que una madre maltratada, con todo el daño físico y todas las consecuencias psicológicas que origina la violencia, con el miedo que vive a que se produzcan nuevas agresiones, y el pánico a que cada una de esos ataques se traduzca en una agresión hacia sus hijos e hijas, es capaz de mantener una actitud completamente normal, como si no sufriera violencia, y que la dinámica familiar tampoco se ve afectada por dicho ambiente violento.
  4. Pretenden que no nos detengamos ante los objetivos que buscan los padres maltratadores, entre ellos que su mujer sea una“buena esposa, madre y ama de casa”,y, en consecuencia, que la violencia no parezca imponer y mantener un orden en el que los menores son parte esencial, tanto como plasmación de que el objetivo se consigue, como argumento para atacar a la madre o como amenaza de hacerlo. En estas situaciones utilizan la violencia como castigo por lo que han hecho mal o no han hecho bien, y como mensaje para que sepan qué es lo que no tienen que hacer.

Todo ello nos indica que para el machismo la paternidad en gran medida es un ejercicio de poder dirigido a mantener el orden familiar, que cada hombre impone a partir de la interpretación personal que hace de las referencias dadas por la cultura androcéntrica. Y como orden fundado en la sociedad, exige que las referencias impuestas sean útiles en una doble dimensión: por una lado, para la dinámica interna de la familia, y por otro, para el desarrollo de las relaciones de hombres y mujeres en sociedad, lo cual necesita que la educación incida en las conductas y en la identidad para que los hijos e hijas sean en el futuro buenos hombres y buenas mujeres. Si como consecuencia de la experiencia basada en la violencia y de exponer a sus hijos e hijas a ese ambiente, en el día de mañana esos “buenos hombres” son maltratadores y esas “buenas mujeres” son maltratadas, el problema se ve como algo menor, puesto que se entiende como algo puntual y que el orden logrado y las identidades adquiridas son valores superiores y positivos para la familia y la sociedad.

No es casualidad que uno de los argumentos más utilizados por el machismo a la hora de criticar la Igualdad y las medidas contra la violencia de género, sea el del “adoctrinamiento” y el de la “ideología de género”, revelando que en verdad su proceso es un “adoctrinamiento” desarrollado a partir de una “ideología machista”, que intenta ocultar la construcción cultural y social de los roles y funciones, a partir de lo que desde ella se entiende que es un hombre y una mujer.

El peso de esa construcción de la sociedad y la familia bajo la mirada y la conducta vigilante del machismo es tal, que se habla de ella y de la propia violencia de género como “normalidad” y desde una posición neutral. Y no hay normalidad en la violencia como tampoco neutralidad en la construcción que da lugar a ella. Educar en la desigualdad no es el modelo de referencia ni el punto de partida para convivir en sociedad, sino el objetivo alcanzado a lo largo de siglos de machismo para mantener una posición de poder, y con ella los privilegios masculinos. Unos privilegios que, entre otros beneficios, hacen que  a pesar de los datos y las estadísticas sobre violencia de género, se dude y se cuestione más a la mujer que denuncia que al hombre que agrede, y que, por ejemplo, pueda haber una orden de alejamiento de la madre al tiempo que un régimen de visitas con el padre, porque todavía se entiende que “un maltratador puede ser un buen padre”.

Todo forma parte de la construcción social del machismo, pero si hemos llegado a cuestionar y rechazar argumentos de base cultural, como el que decía que “la letra con sangre entra”, deberíamos comprender y rechazar aún con más intensidad los mitos del amor romántico que hacen compatible amor y violenciaDonde hay violencia no hay amor, y si una paternidad se ejerce con violencia contra la madre o los hijos, no es paternidad.

“Machis learning”

Si una máquina es capaz de aprender de sí misma a través de lo que se conoce como “machine learning”, imaginen lo que puede llegar a aprender un machista de otro con ese pensamiento rígido e irreflexivo que el machismo impone como cultura e identidad.

El machismo es algo parecido a “HAL 9000”, el ordenador de la nave Discovery de “2001: Odisea en el espacio”, y poco a poco ha tomado el mando de la realidad, no desde el azar, sino desde la conciencia de poder para imponer sus directrices.

El machismo, como sistema cultural, está construido sobre el conocimiento nacido de la integración de aquellos elementos elegidos para crear el universo de las relaciones, y las identidades que deben llevarlas a cabo bajo una serie de referencias, roles y funciones que permitan dar sentido, consolidar y hacer crecer a dicha construcción de la normalidad. No es un diseño en su origen, sino la traducción práctica de los elementos necesarios para mantener el control inmediato, y a partir de ese conocimiento y toma de conciencia desarrollar los instrumentos para garantizar y facilitar el poder a partir de los valores, ideas, creencias, mitos… que definen la normalidad.

Para conseguirlo cuenta con dos referencias básicas que se retroalimentan y potencian entre sí. Por un lado la individual, definida por la identidad de las personas de esa cultura, originariamente centrada en la dualidad hombre-mujer, y por tanto desarrollada sobre lo que se entiende que es “ser hombre” y ser reconocido como tal,  y la manera de “ser mujer” y de ser reconocida como tal . Y por otro la social, es decir, la estructuración de las relaciones en sociedad, sus instituciones, los valores que acompañan y que son defendidos desde ellas, las ideas consideradas superiores, la religión tomada como propia… así como aquellos elementos funcionales que facilitan la integración consciente e inconsciente dentro de la convivencia, como son los mitos, los estereotipos, las costumbres, la tradición…

Todo este sistema hace que tanto a nivel individual como en el plano social, el conocimiento que se adquiere venga caracterizado por lo que la cultura exige para que la persona sea parte de la misma, y, en consecuencia, ser reconocida por ella.

Por eso el machismo es cultura, no conducta, porque no necesita expresarse para ser, puesto que lo que lo define no es la acción sino los argumentos, las circunstancias, las razones… para la acción, así como las referencias compartidas por esa sociedad para darle significado a esa acción, sea individual o grupal. Un ejemplo cercano lo tenemos en la violencia de género, la cual, a pesar de los 600.000 casos que se producen en España cada año y de los 60 homicidios de media, queda minimizada ante el debate sobre las “denuncias falsas” y la propuesta de derogar las medidas específicas para actuar frente a ella, como plantea desde la política la ultraderecha con el silencio participativo de la derecha.

El continuo aprendizaje del machismo a través del “machis learning” cultural, le permite adaptarse a las nuevas realidades sin renunciar a las referencias que sitúan el poder en los hombres y sobre lo masculino, y no cambiar nada de aquello que logra dar significado a la realidad escondiendo el machismo original, al tiempo que destaca las circunstancias particulares de cada caso como algo ajeno al modelo cultural.

Se trata de un aprendizaje doble porque, por un lado, se manda el contenido de lo que se debe aprender, y por otro, la expresión de dicho contenido por parte de cada persona, especialmente en los hombres como guardianes y galanes del sistema, se controla por el resto de las personas del entorno. Esta dinámica permite establecer un mayor o menor grado de reconocimiento o crítica, y de ese modo acceder más o menos a los privilegios y premios que establece el sistema para sus “buenos alumnos”.

Pero también es un aprendizaje dirigido, puesto que sólo se aprende en la dirección que lleva a reforzar la “con-ciencia” machista. Por esa razón, a pesar de la crítica social hacia el maltrato y su violencia, y las consecuencias negativas que sobre los autores se ven en los medios de comunicación, la programación del “machis learning”es tan poderosa con su lenguaje de “ceros”, “unos” y “otros” que no sólo lleva a repetir conductas similares (agresiones, homicidios, violaciones…), sino que facilita que el aprendizaje llegue a imitar algunos de los hechos conocidos previamente, como se ve en algunos homicidios por violencia de género, o como se comprueba con el modelo de violación en grupo “popularizado” por los agresores de “la manada”, ante la justificación y la negación de una parte significativa de la sociedad.

El “machis learning”  quiere devolver el mando al machismo. Hoy, en 2019, la odisea no está en el espacio, sino en la Tierra; y el destino que quiere evitar la nave del tiempo manipulada por los machistas es la Igualdad, pero no lo van a conseguir. Y para ello no sólo debemos programar un nuevo lenguaje, también hay que desprogramar el “HAL 9000” del “machis learning”a través de la educación y la concienciación crítica.

Violencia doméstica machista

“La violencia no tiene género, pero sí tiene casa”, ese parece ser el mensaje repetitivo del machismo para llevar la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres al lugar de donde nunca debería haber salido, según ellos: el hogar, lo doméstico, la familia, para así poder ocultarla entre todos los muebles, adornos y personas que lo forman.

La situación es objetiva, hablar de violencia de género significa sacar la violencia del “domus” u hogar y situar el protagonismo en el hombre que la ejerce a partir de las referencias que ha establecido una cultura androcéntrica, de manera que el argumento de lo doméstico y lo familiar no actúe como parapeto para detener el impacto de los golpes y ocultar de puertas para dentro a las personas que los sufren y los dan.

Por eso quienes viven del machismo nunca se han preocupado de la violencia sufrida por los menores, ancianos, mujeres, hombres… pero en cuanto se vio la necesidad de abordar las violencias con especificidad y atendiendo a sus circunstancias, y se promulgó la Ley Integral contra la Violencia de Género para romper con la normalidad que la envuelve y con la culpabilización de la víctima, entonces a esas mismas posiciones pasivas y distantes con la violencia les entró la prisa para que toda violencia volviera al redil de lo “doméstico y familiar”. Es la forma de ocultar la construcción cultural que normaliza, minimiza y justifica la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres, hasta el punto de que la crítica se establece sobre la intensidad de la violencia ejercida, no sobre su uso en sí, tal y como revela la Macroencuesta de 2015 cuando el 44% de las mujeres que sufren violencia y no denuncia dicen no hacerlo porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”.

Por eso lanzan la idea de que lo importante es la violencia doméstica y de que “violencia es violencia”, y que por tanto no hay que hacer diferencias entre ellas. Pero su objetivo no es sólo confundir con el significado de las diferentes violencias, sino que también buscan crear la imagen de que las mujeres son tan violentas como los hombres, y que ellas son las máximas responsables de la violencia que se vive en el ambiente doméstico.

El informe presentado por el INE el 28-5-19, sobre la violencia incluida en el “Registro Central para la Protección de las Víctimas de la Violencia Doméstica y de Género”, aporta datos muy significativos sobre la realidad de estas violencias.

Centrándonos en la violencia doméstica, se observa que los hombres son el 72’6% de las personas que llevan a cabo estas agresiones y las mujeres el 27’4%, mientras que entre las víctimas los hombres son el 37’8% y las mujeres el 62’2%. Es decir, dentro de la violencia doméstica los hombres también son los más violentos, y lo son fundamentalmente contra las mujeres con las que conviven: madres, hermanas, hijas, nietas, abuelas… aunque tampoco se escapan de sus golpes otros hombres del contexto familiar.

El ambiente doméstico reproduce la construcción machista de la sociedad impuesta por una cultura que entiende que los hombres pueden recurrir, si así lo deciden, a la violencia contra las mujeres para mantener el orden decidido por ellos, y a partir de ahí ampliar las agresiones a otras personas.

El modelo machista lo impregna todo, por eso la violencia doméstica es machista, como lo es la violencia de género, aunque en cada uno de los espacios haya margen de sobra para que se introduzcan otras formas de violencia, que no por compartir el mismo escenario tienen el mismo significado. Es lo que muestra el informe del INE respecto a la violencia doméstica al presentarla como una violencia fundamentalmente de hombres contra mujeres.

Pero también se observa otro hecho relevante en el informe, en este caso relacionado con la estrategia reactiva del machismo para intentar defender sus privilegios y detener el avance de la Igualdad. Me refiero a la instrumentalización de las denuncias en un doble sentido:

  1. Por un lado está el argumento de las “denuncias falsas” realizadas por las mujeres bajo la idea de que lo hacen para “quedarse con los niños, la paga y la casa”, y de ese modo reducir la credibilidad de las mujeres potenciando los mitos sobre su perversidad y maldad. Una falacia que demuestran los datos de la FGE al situar las “denuncias falsas” en cifras alrededor del 0’0075%
  2. Por otro, aumentar el número de denuncias contra las mujeres para concluir que son tan violentas como los hombres. Aunque en este sentido, del informe del INE se deduce que las denuncias interpuestas contra las mujeres son más infundadas, puesto que las mujeres son condenadas en el 80’8% de los casos, mientras que los hombres lo son en el 82’7%, en cambio las mujeres son absueltas en el 19’2% y los hombres en el 17’3%.

La violencia doméstica es machista en un doble sentido, por la conducta de hombres que agreden a mujeres para imponer el orden que ellos deciden, y por el intento de utilizar lo doméstico como cajón donde mezclarlo todo hasta esconder el origen de esta construcción violenta, que es lo que en verdad pretende el machismo, trasladar el debate social sobre el origen cultural de la violencia contra las mujeres al escenario particular e individual de cada uno de los hogares donde se produce la violencia. Pero ya no engañan a nadie.