Mentiras de verdad

La mentira, además de no corresponderse con la realidad, implica la conciencia de que dicha afirmación no es cierta, pues de lo contrario se trataría de un error o de una simple incorrección. La mentira, por tanto, exige intención, y la intención se mueve por la voluntad de alcanzar algún objetivo, bien para obtener un beneficio a través de la falacia empleada, o bien para hacer un daño a alguien.

Cuando la sabiduría popular dijo aquello de que “la mentira tiene las piernas muy cortas”o que “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”, tomaba como referencia una sociedad en la que la palabra tenía un valor superior, y quienes eran responsables de gestionarla se sabían con el compromiso social de evitar que fuera tomado en vano. Esta situación facilitaba que, más antes que después, en un escenario de verdades la mentira fuera descubierta y el mentiroso señalado.

Utilizar la mentira con frecuencia y sin consecuencias es propio de quien ocupa posiciones de poder, pues de lo contrario esas “extremidades inferiores tan cortas” o la “cojera padecida” les impedirían avanzar por un terreno lleno de los obstáculos y dificultades que forman cada una de las verdades que intentan sortear.

La defensa de las ideas y valores tradicionales se basa en lo que los hombres han considerado a lo largo de la historia que eran los valores y las ideas que debían ser defendidos, pues han sido ellos quienes han ocupado las posiciones de poder para decidirlo e imponerlo. El machismo es eso, la construcción de una cultura, es decir, del conocimiento y las referencias que conlleva para definir las identidades, los roles y funciones de cada persona, y los tiempos y espacios que deben ocupar en la sociedad dependiendo de su condición, y de ese modo, establecer el tipo de relaciones que han de mantener esas personas según esa “normalidad”.

Las posiciones conservadoras y tradicionales defienden los elementos que desde esa construcción androcéntrica se han considerado adecuados para la convivencia, y así la han recogido en el Derecho, en la educación, en los temas laborales, en la política, en la salud… que a lo largo de toda la historia han quedado impregnados de esos valores y de esa forma de entender la realidad. Nada diferente a lo que hemos visto también a lo largo de esta campaña electoral en los temas relacionados con la Igualdad y las mujeres, especialmente en cuestiones como la violencia de género y el aborto, pero también en muchas otras derivadas. Y el problema no está sólo en las propuestas y decisiones particulares que se adopten en un momento determinado, sino en la concepción global de la que parten.

Y para poder mantener su construcción androcéntrica cediendo lo justo para que no se desestabilice, necesitan imponer sus ideas y valores a través de los instrumentos que la posición de poder ocupada a lo largo de toda la historia les ha permitido. Antes era la propia determinación de la realidad para que las cosas fueran como tenían que ser, tanto en su resultado como en el significado que se le daba. Así por ejemplo, a la violencia contra las mujeres se le ha dado un sentido de “normalidad”, como algo propio que puede pasar en las relaciones de pareja, y de hecho se la ha invisibilizado en mitad de la violencia doméstica y familiar para que no se pudieran conocer sus características específicas. Y cuando la situación es tan grave que se produce el homicidio de la mujer, entonces se dice que el hombre estaba bajo los efectos del alcohol, de alguna sustancia tóxica, con algún problema mental, o que es extranjero.

Pero ahora la situación ha cambiado gracias a la crítica que ha hecho el feminismo y al conocimiento social que ha surgido de la misma, de manera que se han visto obligados a cambiar de estrategia para continuar igual. Y si antes su táctica estaba en imponer una “única verdad”, es decir, hacer de sus posiciones y con todos sus instrumentos la única verdad, ahora se trata de utilizar los mismos instrumentos para llevar a cabo justo lo contrario, pero con el mismo objetivo.

Ahora se trata de conseguir que no haya bases sólidas para que la sociedad no pueda posicionarse sobre ellas, y de esa manera facilitar que lo que ya existe como referencia, que son sus ideas, valores, creencias, tradiciones… continúen como elementos comunes para toda la sociedad. Por lo tanto, ahora no se trata de que haya una sola verdad, sino de que todo sea mentira para que los elementos que caracterizan la realidad no puedan ser identificados como tales, y se evite el posicionamiento crítico de la sociedad frente a ese problema.

Sin duda el ejemplo más paradigmático, y no por casualidad, es la estrategia y actitud que mantienen ante la realidad de la violencia de género con sus 60 homicidios de media al año, los 600.000 casos de maltrato identificados por las Macroencuestas, los más de 800.000 niños y niñas viviendo en los hogares donde se lleva a cabo, y las agresiones y homicidios que también sufren por parte de sus padres violentos. A pesar de la objetividad y las evidencias diarias de su realidad, desde el machismo lo único que contemplan son las “denuncias falsas” y logran hacer creer que toda denuncia que no termina en condena es falsa en su origen, cuando la propia Fiscalía General del Estado recoge en sus memorias que representan menos del 1%. La capacidad de jugar con el machismo hecho cultura para hacer de la normalidad razón y justificación, y el peso que le da la autoridad “autoconcedida” a sus palabras, permite que a pesar de esa objetividad y de que el 75% de la violencia de género no se denuncia, se siga creando confusión con ese argumento.

Pero como también perciben que a pesar  de las “denuncias falsas” ya no consiguen los mismos objetivos ni la misma pasividad que antes, ahora incorporan nuevas mentiras para generar más confusión y para armar el argumento de que “todas las violencias son iguales”, de manera que no nos detengamos ante las circunstancias específicas de la violencia de género que revelan la construcción machista que da lugar a ella y a los privilegios masculinos que ven amenazados. Y entre esas nuevas mentiras de diseño están la “lista de hombres asesinados”, la “lista de mujeres asesinas”,y la “lista de niños asesinados por sus madres”. Son listas que se repiten y multiplican el mensaje que muestra a las mujeres como asesinas de hombres y niños, bien de forma separada o mezclando víctimas en la misma lista, pero lo sorprendente es que son falsas y que la falsedad se puede ver en las noticias que anexan como justificación de los casos que presentan. Su manipulación es tan burda que muchas de los casos que recogen como homicidios llevados a cabo por mujeres en verdad se trata de lesiones sin resultado de muerte, o han sido otras personas las que han cometido el homicidio, o ni siquiera se conocen las circunstancias de la muerte.  Es tan grosera su estrategia que llevan a cabo que la propia noticia donde hacen referencia a la lista de mujeres asesinas la titulan como “79 víctimas de asesinatos y homicidios cometidos por mujeres en España en sus distintas formas. Año 2018”, y después recogen en el mismo texto, “40 mortales (31 dolosos, 7 culposos y 2 pendientes de clasificación), y 39 intentos frustrados”. Todo ello sin sentencia, sólo con lo que ellos consideran a partir de unas noticias en las que en algunos casos se puede leer que las mujeres a las que ya consideran asesinas es muy posible que no hayan participado.

Al final consiguen el objetivo de que en las redes y en muchos espacios se hable de las “79 víctimas”y que aumente el odio contra las mujeres, para lo cual, además, se incide en argumentos como que “los hombres han perdido la presunción de inocencia”y que “son detenidos sólo con la palabra de la mujer”, aunque esas afirmaciones sean incompatibles con la realidad que muestra que el 80% de los hombres no son condenados tras la denuncia, y con la profesionalidad de la Policía y Guardia Civil que detienen cuando las circunstancias lo requieren. Lo terrible es que, además, haya partidos de ultraderecha que utilicen estos datos para justificar sus políticas y propuestas, puede parecer extraño, pero lo triste es que todo resulta muy coherente.

Son las mentiras de verdad que se lanzan desde el poder para defender este machismo hecho cultura y todo lo que conlleva, desde la idea de orden social hasta los privilegios individuales para sus guardianes y defensores.

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“Supremachismo”

La terminología que habitualmente utilizan desde el machismo revela de forma gráfica cuáles son sus fuentes de conocimiento e inspiración. Es el machismo quien recurre al nazismo para llamar “feminazis” a las feministas y “feminazismo” al feminismo, es el machismo quien llama “adoctrinamiento” a la educación en Igualdad como si fuera una religión, es el machismo el que considera parte de una “ideología”, la denominada “ideología de género”, proponer acabar con la violencia de género y la injusticia de la desigualdad, no como una defensa de los Derechos Humanos… Y ahora es el machismo el que recurre al concepto racista del “supremacismo”.

Con todas esas referencias no podía tardar mucho en llegar a la idea que aglutina todos esas ideas y hablar de  la “supremacía” de las mujeres, del feminismo o de género para levantar la crítica y el rechazo a quien cuestiona su modelo de sociedad.

Nada sorprendente. El machismo es muy previsible porque se mueve en una realidad histórica que no quiere cambiar, lo cual hace que las referencias se le queden pequeñas y que tenga que recurrir a las palabras para modificar el enunciado sin que cambien las ideas. Por eso sus conceptos son tan mutantes, como por ejemplo ocurre con el llamado SAP (Síndrome de Alienación Parental), que primero hablaron de “alienación”, luego de “interferencias parentales”, después de “programación afectiva”… y así cambiarán todas las veces que hagan falta para decir lo mismo: que las mujeres son malas y perversas, y que manipulan a los hijos contra los padres tras la separación.

Esa misma necesidad de cambiar para seguir igual y de ocultar los nombres con otros nuevos, ya refleja la falacia que esconde su actitud, pero como hablan desde posiciones de poder y juegan con el favor de la normalidad y todos sus mitos y estereotipos, sus argumentos resultan creíbles, al menos durante el tiempo suficiente para generar algo de confusión, y con ella distancia al problema y pasividad en la implicación social para poder resolverlo. Por eso aún estamos donde estamos.

El supremacismo surgió como un posicionamiento racista basado en el llamado “racismo científico” del siglo XVII, que a través de la manipulación de la ciencia y con argumentos pseudo-científicos, estableció la superioridad de la “raza” blanca sobre la negra y el resto de grupos étnicos. Como se puede ver, no muy diferente a lo que ahora, en pleno siglo XXI, algunos “científicos” quieren hacer con el SAP y sus pseudónimos. Ya les he dicho que el machismo es previsible, reincidente y redundante.

El supremacismo liga la superioridad a la condición, de manera que es la persona por sus características la que resulta superior a las otras que no tienen esos elementos al no formar parte de su condición. No se trata de que determinadas circunstancias o factores les den ventaja, sino que esta se debe a su superioridad, y esa superioridad a su naturaleza.

Mucho antes del siglo XVII, en este caso bajo argumentos y posicionamientos que nada tienen que ver con la ciencia, concretamente 10.000 años atrás, justo en el Neolítico, los hombres decidieron que su condición era superior a la de las mujeres. Y bajo ese argumento organizaron la convivencia, distribuyeron los roles, los tiempos y los espacios, y establecieron unas formas de relación y dinámicas sociales que alimentaban y reforzaban esa construcción machista basada en la “superioridad” de los hombres.

El machismo es “supremachismo” porque los machistas son “supremachistas”. Se trata de hombres que se consideran superiores a las mujeres por su condición masculina y al margen de cualquier otra circunstancia. Da igual el status, el trabajo que tengan, los ingresos económicos… desde esa concepción el hombre siempre tiene un plus de racionalidad que lo hace superior, y un plus de fuerza por si alguien lo pone en duda, especialmente si quien lo hace es alguna mujer.

Lo que sucede estos días con la irrupción en la política de los argumentos machistas explícitos, y su continuidad en un sector de la sociedad, sólo es reflejo de ese “supremachismo” fracasado, pues a pesar de todo su poder, debemos ser conscientes de que ha contado con la cultura como inductora, con la normalidad como cómplice, con la inercia de la historia como motor, y con todos los instrumentos institucionales de una sociedad: educación, Derecho, Administración de Justicia, religiones… y ha fracasado. No ha sido capaz de mantener esa superioridad falaz sobre la figura de los hombres. Es cierto que muchos hombres están dispuestos a renunciar a la Igualdad para mantener esas ventajas levantadas sobre la injusticia de la desigualdad, pero también es verdad que la transformación que vive la sociedad, liderada y protagonizada por las mujeres, ya ha producido un cambio que  aglutina cada día a más mujeres y a más hombres, conscientes de que nada hay mejor que vivir en una sociedad que cuente con el “privilegio de la Igualdad”, y así hacer de la convivencia identidad.

La realidad demuestra que el machismo no quiere entender que el ideal de Igualdad es algo inalienable a la persona, y se encuentra en la conciencia de cada hombre y de cada mujer, por eso la Igualdad avanza y avanzará en las circunstancias más difíciles, y lo hará gracias al feminismo y a través de todos los campos minados que con sus mentiras, amenazas y violencia coloque el machismo “supremachista” para defender sus privilegios.

Nada ni nadie va a detener al feminismo ni a la Igualdad.

Vox y la Tercera Ley de Newton

La cultura es el hábitat de la convivencia como la naturaleza es el de la vida. Entre las dos hay elementos comunes y diferencias importantes basadas en el distinto significado de cada una; así, mientras que la naturaleza es un proceso “natural” sometido a las leyes del universo, la cultura es una construcción artificial bajo las leyes de los hombres, unos hombres que en su día decidieron lo que es bueno y necesario para organizarse y relacionarse, es decir, para vivir en desigualdad y con una serie de privilegios sobre las mujeres y cualquier otra persona a la que consideren inferior.

El aprendizaje y la interrelación entre naturaleza y cultura a través del mandato de los hombres ha llevado a entender que gran parte de las claves del poder está en la dominación, y que su estrategia debe basarse en la adopción de sus leyes para adaptarlas a las de la cultura, desde la Ley de la Gravedad que da peso a lo cuantitativo, a la Teoría de la Relatividad que luego se lo quita según interese al poder. Y entre ellas no falta la “Tercera ley de Newton”, conocida como “principio de acción-reacción”.

Sorprende que en este contexto, desde la política y los muchos análisis que se han hecho estos días no se vea esta dinámica, y se crea que la causalidad sólo está en el valor de las acciones, como si toda la sociedad fuera homogénea y como si desde la diversidad y pluralidad que la caracteriza se reaccionara siempre del mismo modo frente a propuestas e iniciativas. Se entiende, por ejemplo, que “nunca llueve a gusto de todos”, por muy necesaria que sea la lluvia y por muy suave que caiga para que no se produzcan daños, pero, en cambio, no se entiende que ante las políticas que garantizan  derechos, corrigen injusticias y mejoran la convivencia, haya quien las interprete como una “inundación” de sus ideas, valores, creencias, costumbres… y se reaccione con la misma agresividad y violencia que interpretan en esas medidas “invasoras” a favor de los Derechos Humanos.

La convivencia se basa en trabajar por lo común, no sólo proponer medidas al espacio compartido desde cada una de las posiciones. Convivir en un pueblo no es encontrarse en la plaza pública, sino lograr vivir la idea de pueblo en cada calle y en cada casa.

El auge de la ultraderecha y la llegada de Vox al Parlamento de Andalucía tiene varias causas, pero creo que la primera es esa “Tercera ley de Newton” ante situaciones, iniciativas, políticas… en definitiva, ante determinadas acciones que se han desarrollado, y que desde esa extrema derecha se consideran como un ataque a sus ideales y a su ideología.

Esta reacción a determinadas acciones concretas la vemos en sus propios argumentos y en las razones dadas por los dirigentes de Vox para justificar sus propuestas y su “necesaria presencia”. Todo gira alrededor de esa idea “trumpiana” de “lo mío primero”, y lo mío no es solo la idea de territorio o país, sino que quien piensa de ese modo sobre el territorio piensa también que “mis valores son primero”, “mis ideas primero”, “mis creencias primero”, “mi color de piel primero”, “mi sexo primero”… y por lo tanto, cuando se produce una acción diferente a esa visión egocéntrica, androcéntrica, etnocéntrica, geocéntrica… ellos reaccionan y apoyan a quienes defienden esas ideas y valores.

Esa es la fuerza de Vox, dividirlo todo en cuestiones particulares y unirlas bajo elementos simbólicos cargados de romanticismo, o sea, de subjetividad y de las referencias seguras del pasado.

Por eso, frente a la situación en Cataluña generada por el independentismo reacciona y alza la idea de una España “grande y libre”, ante la ley de Memoria Histórica reacciona y pide el olvido interesado, frente a las autonomías reacciona y plantea el Estado centralizado del pasado, ante Europa reacciona y copia aquello de “España primero”, frente a la “izquierda bolivariana de los <<Podemitas>>”reacciona y presenta su ultraderecha franquista, y ante la Igualdad reacciona y reivindica el machismo formal (no sólo funcional), y dominador de las esferas públicas y privadas…

Todas son cuestiones concretas sazonadas con los problemas económicos de ahora, y acompañadas de los elementos de temporada (corrupción política, desesperanza, percepción de amenaza, de que no hay salida…) y sobre todo miedo, mucho miedo, pues el miedo es el ruido de la política. Como se puede observar, no se trata sólo de una reacción global que sucede en toda Europa, el auge de la ultraderecha europea y Vox ya existían hace 4 años y entonces no hubo un apoyo en las urnas. Toda reacción necesita un enganche con la realidad, y Vox ha sabido canalizar los miedos y la preocupación sobre las acciones concretas que se han llevado a cabo estos últimos años y algunos acontecimientos ocurridos, para aglutinar la reacción en sentido contrario, además de aprovechar la visibilidad que se le ha dado y la pesca de insatisfacción a través de las “redes sociales de arrastre”.

A diferencia de muchas de las propuestas de los otros partidos, que parten de un diagnóstico más general y proponen soluciones más difusas (mejorar la educación, mejorar la sanidad, desarrollar la Ley de Dependencia…) el mensaje de Vox no es nada abstracto, todo lo contrario, es pura concreción sobre la destrucción: hacer desaparecer las Comunidades Autónomas, acabar con la Ley de Memoria Histórica, quitarle la autonomía a Cataluña, derogar la Ley Integral contra la Violencia de Género, echar a los inmigrantes…, pues parte de unos hechos objetivos sobre los que reacciona para alcanzar situaciones que ya han existido en el pasado. La referencia objetiva es doble, tanto en la causa como en la solución.

La situación se complica a partir de ahora. Ya se ha roto el miedo a identificarse con sus ideas y propuestas, o simplemente a aceptar su diagnóstico de la situación, lo vemos en las matizaciones que hacen desde el PP y Ciudadanos, pero sobre todo en algunos tertulianos que refuerzan sus argumentos sin pudor en los debates. No hay que olvidar que Vox juega con toda la construcción cultural histórica que ha mantenido como referencias sus postulados: machismo, centralismo, xenofobia, homofobia… No necesitan cambiar nada, sólo generar duda para que la gente se quede donde ha estado. A Vox no se le puede vencer en una especie de partida de partidos, la forma de lograr que la democracia vuelva a los valores comunes recogidos en la Constitución es convencer a la gente para que los apoye desde el compromiso, no sólo con los votos.

Creer que las manifestaciones, críticas, campañas… los puede debilitar es desconocer las razones por las que han llegado al Parlamento andaluz, cuanto más se les ataque más sólida será su reacción y más numerosos los apoyos, pues en definitiva se les estará dando la razón al demostrar que los sectores que ellos presentan como ilegítimos e interesados, y que consideran que se están enriqueciendo con el dinero de todos para intereses particulares (izquierda radical, feministas, animalistas, ecologistas, extranjeros…), están preocupados por su llegada. En definitiva, la “prueba del nueve” para Vox.

Vox significa menos democracia, por lo tanto la solución es más democracia, y hoy por hoy eso supone más Igualdad y definir un modelo de sociedad basado en el respeto y la convivencia, no sólo poner en marcha medidas para alejarnos de la desigualdad y su injusticia.

 

 

The nothing box

Quizás recuerden el monólogo de Mark Gungor en el que describe con ironía las diferencias entre el cerebro masculino y el femenino. En él explica que el cerebro de los hombres tiene una caja específica e independiente para cada cosa: una para el coche, otra para la casa, una para la familia, otra para el trabajo… y así para cualquier tema, mientras que en el femenino todo está interconectado y relacionado. El funcionamiento del cerebro masculino es muy sencillo, cuando necesita pensar en algún tema acude a su caja correspondiente, entra en ella y lo analiza al margen de todas las demás. Sin embargo, a pesar de tener una caja para cada cosa y cada cosa en una caja, algo que le da una gran potencialidad a la hora de resolver los problemas, el autor destaca que la caja más importante de ese cerebro masculino es la “nothing box”. Sí, una caja vacía llena de nada a la que se acude como refugio o escondite cuando surgen problemas que no se pueden resolver desde alguna de las cajas sencillas o cuando predomina el estrés.

Y claro, una sociedad machista construida a imagen y semejanza de los hombres, ha adoptado el modelo masculino de reflexión y toma de decisiones. Y para ello cuenta con una especie de cajas específicas donde sitúa cada uno de los temas sociales, de manera que cuando se tiene que resolver un problema relacionado se acude a la caja correspondiente. Así, por ejemplo, ha creado una caja para la economía, otra para el paro, una para la inmigración, otra para la educación, una para la sanidad, otra para la ordenación territorial… y bajo ese criterio crea todas las que sean necesarias para que no haya problema sin caja a la que ir ante las diferentes cuestiones que se suscitan en el día a día.

Sin embargo, al igual que le ocurre al cerebro masculino, en esta sociedad machista y en la política que aborda los problemas que surgen en ella,  cuando lo necesita recurre a la “nothing box”. Una caja vacía a la que se llega para esconderse de la realidad y soñar con tiempos pasados o momentos por venir bajo la luz de los símbolos, pues en la oscuridad de la caja hueca son ellos la única vía de dar forma a la imaginación, y de hacer que en esa nada encajada adquiera apariencias de verosimilitud.

La estrategia también es simple, primero se reduce a nada todo lo que se hace, bien porque lo hecho hasta el presente no gusta y se dice que “no vale nada”, o bien porque lo que se plantea no se comparte y se afirma que “no servirá para nada”,  después se abre la caja de los truenos de la “nothing box” para dar salida a su imaginación y se habla de racismo, de machismo, de xenofobia, LGTBfobia…

El problema para quienes prefieren acudir a la “nothing box” es que olvidan que la realidad es todo lo que sucede fuera de ella mientras ellos están en su interior, por eso cuando se asoman al salir se muestran desorientados y desfasados en un tiempo que no ha parado de suceder. Esta es la razón, volviendo al monólogo de Mark Gugor, por la que se hace tan importante tomar como referencia el modelo de cerebro femenino que plantea en su charla. Un modelo repleto de interconexiones que permiten relacionar cada una de las cuestiones individuales con todas las demás, para darle un sentido global a la realidad con su diferente problemática, y a la convivencia desde la pluralidad. Y todo ello, como dice el autor, movido por la energía de las emociones, a la cual yo también añadiría la de la Igualdad, única forma de no caer en la trampa de la “nothing box”.

La solución, como se puede ver, es sencilla, quien busque respuestas en la “nothing box” encontrará la nada como salida, por mucha resonancia y por mucho eco que sea capaz de producir el sonido hueco de sus palabras. Al final sólo es el quejido de la “nothing box” en una sociedad que necesita el compromiso común para mejorar la convivencia sobre el respeto y la diversidad, no crear cajas vacías o llenas de nada.

Modelo machista de resolución de conflictos

El modelo machista para resolver los conflictos entre dos partes basa su estrategia en generar más conflicto, no en el diálogo ni en el consenso.

El planteamiento es sencillo y surge de la construcción patriarcal de la cultura y de la sociedad que tenemos como consecuencia. Esta construcción toma como referencia universal lo masculino y sitúa a los hombres en una posición de superioridad respecto a las mujeres, de manera que establece la desigualdad de género como esencia de estructuración social, y a partir de ella ha ido tomando otros elementos para extender y ampliar la desigualdad a otras circunstancias y características de las personas que forman parte de esa sociedad. El resultado es un sistema jerarquizado de poder, o lo que es lo mismo, una sociedad en la que determinadas personas por su sexo, sus ideas, sus creencias, su color de piel, su status, su origen, su orientación sexual… tienen una serie de privilegios y ventajas respecto a aquellas otras cuyas características son consideradas inferiores por esa cultura y sociedad.

Cuando se produce un conflicto entre personas en diferente nivel dentro de esa estructura jerarquizada, a quien se encuentra en una posición de superioridad no le interesa dialogar o consensuar para solucionar el conflicto, porque ha de hacerlo a partir de argumentos y razones, y puede que no las tenga o que sean menos sólidas que las de la otra parte. Por eso le interesa agravar el conflicto, avivarlo con elementos que generen más enfrentamiento para de ese modo justificarse en el uso de los instrumentos propios de su posición de poder, y que la otra parte no tiene por encontrarse en un nivel inferior.

Con esa estrategia el conflicto va aumentando hasta llegar el momento del “hasta aquí hemos llegado”, a partir del cual se pone en marcha todo el arsenal de instrumentos que guarda en su posición de poder, bajo la justificación de que el conflicto es insostenible, y como si hubiera sido generado en exclusiva por la otra parte.

Este es el modelo machista de resolver los conflictos, y el que usan los hombres desde sus posiciones de poder con las mujeres, algunos llegando a la violencia, otros a la amenaza, y otros simplemente recurriendo a la escenificación del conflicto para que la mujer entienda que debe ceder ante su autoridad. Y como son los hombres y las referencias de la masculinidad las que impregnan la cultura y el significado de lo que acontece en la sociedad, el modelo se extiende a otros escenarios bajo los mismos planteamientos de la desigualdad y el poder, como ocurre en las relaciones laborales entre empresarios y trabajadores, en las relaciones dentro de los partidos políticos y en el ejercicio de la política, en las relaciones nacionales y en las internacionales… Cualquier escenario en el que se entienda que el conflicto es un ataque a la posición de poder y un pulso a la persona que responde desde ella, el resultado será un aumento del conflicto que lleve a vencer más que a convencer.

Porque el objetivo de la resolución de conflictos bajo esta estrategia machista es doble, por un lado resolver la cuestión formal que se ha planteado, sea esta personal, familiar, laboral, política, nacional o internacional; y por otro, ser reconocido como “vencedor” y salir reforzado en su posición de poder, aunque haya sido a través de una injusticia. Lo importante es vencer y aumentar el poder.

Este modelo de resolución de conflictos habitualmente reporta muchos éxitos a quienes están esas posiciones de privilegio, de ahí su refuerzo y su permanencia a lo largo de la historia, y su extensión a los ámbitos y contextos más diversos con ligeras variaciones. Pero siempre con la estrategia de resolver el conflicto generando más conflicto.

El problema se presenta cuando el modelo se utiliza frente a quien se piensa que está en una posición inferior y no lo está, o cuando lo está pero cuenta con otros mecanismo de apoyo informal que contrarrestan en parte el poder inicial de la otra posición, pero también cuando cada una de las partes cree que está en una posición de poder, y que debe potenciar el conflicto desde su lado para de ese modo poder utilizar su “carta secreta” y todos aquellos elementos propios a su posición que le permitirían vencer sin convencer. Al final, este tipo de planteamientos son los mismos que dicen eso de que “la historia la escriben los vencedores”, por eso lo importante es derrotar al otro del modo que sea, porque después lo suavizarán y endulzaran con su relato.

Lo estamos viendo estos días en diferentes contextos, pero es obvio que el más cercano y trascendente es el “conflicto” surgido con el proceso sobre el referéndum de autodeterminación de Cataluña del 1 de octubre. Al margen de los elementos formales sobre su legalidad y las motivaciones y razones de quienes quieren votar, de sobra conocidas y comentadas, lo que se está viendo es el típico conflicto al modo machista. Una especie de pulso que, como muy bien se ha dicho estos días recurriendo a la canción de Joan Manuel Serrat, parece que están a ver “quien la tiene más larga”. Lo único que le falta es ver a Rajoy decir “por mis cojones que no se vota”, y a Puigdemont responder, “por mis cojons que votamos”. Si lo dijeran quizás se entendería todo mejor.

La prueba de que realmente se trata de un modelo machista de afrontar el conflicto es su retroalimentación, es decir, la utilización de las consecuencias que se producen como resultado de las decisiones dirigidas a potenciar el conflicto como razones para mantener el conflicto y aumentar así su intensidad. Todo lo que está sucediendo estos días con las decisiones y acciones de unos y otros se está utilizando como justificación de las posiciones iniciales, cuando son un resultado de los problemas surgidos durante el conflicto, no causa del mismo. Pero eso no importa para las partes, lo que interesa es el conflicto en sí mismo y los apoyos para que quien dirige cada una de las posiciones sea reconocido por los suyos como ese macho-alfa capaz de dirigir al grupo.

También se ha comentado, y es cierto, que si en lugar de dos hombres al frente de cada parte hubiera dos mujeres y un modelo feminista de resolución de conflictos basado en la Igualdad, la empatía, el bien común… la situación actual sería completamente diferente.

En estas circunstancias el conflicto ya no se puede resolver, pero sí se puede detener y replantear de nuevo toda la situación. Esperemos que alguien saque el lado femenino que todos tenemos.

 

Conciencia ficción

Imaginemos un lugar donde un primero de octubre se celebrara un referéndum amparado por sus leyes, pero en contra de la Constitución del país que lo abraza. Imaginemos que el objetivo de ese referéndum es votar para decidir si quieren seguir formando parte de ese Estado o prefieren la independencia. Imaginemos que a pesar de todos los impedimentos para que se celebre esa votación, al final hay un número de personas que salva todos los obstáculos y logra votar, y que de las urnas sale un porcentaje suficiente que dice “sí”, que quiere ser independiente. A partir de ese resultado las instituciones del lugar continúan el proceso iniciado y declaran la independencia. E imaginemos que, por las circunstancias que sean, el Estado opositor hasta ese momento se rinde a los hechos y acepta la independencia, modificando su Constitución y todo lo necesario para convivir bajo la nueva situación.

El nuevo Estado, ya independiente, prosigue con sus cambios y pone en marcha unas elecciones para elegir su Parlamento desde la nueva soberanía. Y tras la celebración de esas primeras elecciones del nuevo país y en un ambiente festivo, una mayoría social respalda el resultado de la independencia y a los partidos que la promovieron, que ahora buscan afianzarla en lo local y reforzarla en lo internacional para alcanzar el ansiado y necesario reconocimiento. Pero imaginemos que en ese Parlamento salido de las urnas el número de escaños de los partidos que se oponían a esa forma de alcanzar la independencia y a seguir ahora en ella es mayor, y que dadas las nuevas circunstancias forman Gobierno y se agrupan en la cámara para poner en marcha una ley de retorno al Estado original, y un referéndum para lograrlo amparándose en que prácticamente la mitad de la población quiere pertenecer al Estado común. Con todos esos elementos, y con la confianza que da tener el voto de quienes no querían la independencia y el impacto de las campañas y argumentos que se lancen desde las propias instituciones, inician este nuevo proceso en contra del Tribunal Constitucional del nuevo país, que anula todas sus decisiones y acciones, aunque ellos prosiguen amparados por la soberanía popular que los ha elegido, y bajo el argumento de que “votar es democracia”.

¿Sería aceptado ese nuevo proceso y su resultado por parte de quienes lo hicieron en sentido contrario para lograr la independencia?

Las circunstancias me hacen pensar que no, que sería rechazado por ilegal y por instrumentalizar las instituciones a favor de unas determinadas ideas y posiciones políticas.

No estamos hablando de situaciones distintas ni de mundos diferentes, la conciencia es tan responsable de la realidad como de la ficción, y de llamar a cada una con el nombre que necesite en cada momento para hacerla real, pues una cosa es lo real y otra la verdad. Y en política con frecuencia se confunde la una con la otra, como se confunde el pensamiento con la imaginación y el deseo con el sueño, creando el problema de hacer a la política innecesaria, cuando es ella el instrumento que puede acercar y conectar esa imaginación con el pensamiento y el sueño con el deseo para lograr que se hagan realidad, no sólo verdad.

La situación que se ha creado alrededor del proceso iniciado en Cataluña sólo tiene como solución reflejar el deseo, el sueño, la voluntad… de cada persona en las urnas, y eso lo saben todas las partes involucradas. Pero del mismo modo que usar un bisturí no significa que se esté realizando un acto quirúrgico, usar las urnas no significa que sea un acto democrático, por eso es importante entender que es la solución la que debe llevar a las urnas, y no que son las urnas las que llevan a la solución. La solución que surja de unas urnas sin el proceso democrático que debe ponerlas en cada una de las mesas, será real, pero no verdad.

Y cuando hablo de “proceso democrático” no me refiero a la técnica jurídica y a la normativa que avale las decisiones y las acciones políticas, sino a la participación y al debate social amplio y mantenido para que sea ese pueblo el que tome la voz, no el que reproduzca el playback de cada una de las partes promotoras de las diferentes opciones, y viva las propuestas contrarias como un ataque. Es lo mínimo ante un hecho tan trascendente como decidir sobre la independencia.

Si todo se presenta como causa de una historia de agravio el resultado será un agravio histórico. Todavía no he escuchado lo suficiente ni he leído por qué la identidad catalana quiere la independencia como forma de expresarse y convivir, y por qué de esa nueva forma de relacionarse con España saldrán también lazos positivos por todo lo que hemos compartido a lo largo de la historia, y por todas las posibilidades que se abren en ese nuevo horizonte. Y sería algo esencial, pues condicionar el futuro sólo a las circunstancias del pasado suele llevar a retrocesos, no a avanzar en un mundo que acelera a diario.

La identidad no es un elemento estático y no sólo es lo que uno siente, sino que también es lo que los demás perciben a partir de ese sentimiento; y tan importante es para el futuro y las relaciones el componente subjetivo (la forma de sentirse), como el inter-subjetivo (la manera en que lo perciben los demás). Por ello la forma de alcanzar la independencia de los países marca para siempre su identidad dentro y fuera de sus fronteras. Una independencia surgida de un enfrentamiento en un contexto de paz llevará al conflicto. Un conflicto que quizás un día lleve a que unos partidos con mayoría parlamentaria inicien un proceso de reintegración en el país original en contra de una parte importante de la sociedad y de su Tribunal Constitucional.

No es ciencia ficción, es conciencia ficción, de momento con pocas probabilidades de ser real, pero no tan lejos de ser verdad.

El “señoritismo”

SANTOS INOCENTESCon frecuencia se habla de “populismo”, pero nunca de “señoritismo”. 

Definir la realidad según la interpreta quien ocupa las posiciones de poder permite describirla de manera interesada a sus necesidades y conveniencia, y de ese modo perpetuar la desigualdad y las ventajas que les proporciona. El resultado es muy variado y diverso, lo hemos visto, entre otros escenarios, en las pasadas elecciones.

Durante este tiempo hemos oído calificar de “populismo” todas aquellas propuestas que tienen un impacto directo, casi inmediato, sobre cuestiones y problemas que afectan a quienes cuentan con menos recursos y oportunidades para afrontarlos, especialmente si la propuesta, además, impacta en quienes ocupan las posiciones de poder y reconocimiento en nuestra sociedad. El mensaje que se manda con esa consideración “populista” suele ser doble: por un lado la imposibilidad de llevarla a cabo, y por otro la inconveniencia o inoportunidad de hacerlo, dadas las consecuencias negativas que tendría para el “sistema”.

De este modo la crítica es doble, por una parte sobre su mentira, y por otra sobre el hipotético daño que ocasionaría en caso de que se pudiera realizar, de ahí que la consecuencia inmediata sea presentar al populista como “mentiroso y peligroso”. A partir de ese momento ya no hace falta ningún otro argumento, se desacredita a la fuente por “populista” y se evita tener que contra-argumentar sobre lo propuesto, o tener que plantear iniciativas que resulten más prácticas o interesantes para la sociedad. Y quien actúa de ese modo es, precisamente, quien dispone de más medios y recursos para sacar adelante múltiples iniciativas para abordar las cuestiones que intentan resolver las propuestas consideradas “populistas”.

El populismo queda de ese modo identificado como el espacio al que recurren quienes no tienen la capacidad, la preparación o la responsabilidad para actuar con “sentido de Estado” y en nombre del “bien común”, y sólo lo harán en busca del interés personal, incluso sin importarle destruir el Estado si fuera necesario. El populismo, por tanto, no es sólo la propuesta puntual, sino que además se convierte en el espacio donde situar cualquier medida que actúe contra el orden social establecido sobre las referencias de una cultura desigual, machista y estructurada sobre referencias de poder levantadas a partir de determinadas, ideas, valores y creencias.

Nadie cuestiona ese orden dado como un contexto interesado que carga de significado a la realidad, cuando en verdad actúa de modo similar al espacio considerado como “populismo”, pero a partir de las ideas, valores, objetivos e intereses de quienes han tenido la posibilidad de decidir en su nombre qué era lo que más interesaba al conjunto de la sociedad, haciendo de sus posiciones la “normalidad” a través de la cultura. Y del mismo modo que se ha identificado con “lo del pueblo” aquello que de alguna manera se considera contrario al orden establecido, hasta el punto de considerarlo “populismo”, deberíamos aceptar como “señoritismo” el espacio y las referencias dadas en nombre de la cultura jerarquizada y desigual que define posiciones de poder sobre el sexo, las ideas, la diversidad sexual, el grupo étnico, las creencias, el origen, la diversidad funcional… Un “señoritismo” que juega con una imagen opuesta al “populismo” al presentar sus iniciativas como las únicas capaces de resolver los problemas, por ser propuestas y desarrolladas por personas preparadas y responsables. De ese modo se defiende la élite operativa y la esencia ideológica.

Las consecuencias son muy amplias y diversas, puesto que hablamos de la normalidad y la cultura, pero centrándonos en lo ocurrido en las elecciones, no sólo en estas últimas del 26J, pero sí sobre algunas de las cuestiones que se han planteado tras sus resultados, podemos ver cómo actúa el juego entre “populismo” y “señoritismo”.

Subir los impuestos a quienes más tienen y se aprovechan de la legislación para cotizar menos, cuestionar la precariedad laboral, pedir una educación y una sanidad públicas y de calidad, hablar de dependencia, exigir medidas contra la violencia de género, reclamar medios contra la corrupción… todo eso es populismo. En cambio, mantener un sistema fiscal que ahoga a clases medias y bajas, facilitar el desarrollo de la sanidad y la educación privada, incluso con segregación en las aulas, olvidarse de las personas mayores y dependientes más allá de la caridad, recortar los recursos para erradicar la violencia de género, permitir que la corrupción se resuelva por medio del olvido… todo ello no se considera “señoritismo”, aunque es reflejo de ese orden de ideas y valores en armonía con la parte conservadora que la propia cultura defiende como esencia de presencia y continuidad.

Y no sólo es que las políticas conservadoras y tradicionales no se ven como algo ajeno a la propia normalidad y cultura, sino que, además, cuando son descubiertas como algo contrario al interés común y cuando sus resultados son objetivamente negativos, la posición de quien las lleva a cabo y el significado que se les da no adquiere el nivel de rechazo y exigencia de responsabilidad, por haber sido realizadas por quienes tienen una cierta legitimidad para actuar de ese modo, y porque quedar integradas dentro de otras medidas y políticas que presentan como positivas para la sociedad y el sistema.

El ejemplo de esta situación lo tenemos en lo que ocurre cada día en muchos pueblos. Cuando el “señorito del pueblo” o un empresario se levanta a las 12 del mediodía y se va directamente a tomarse un vino al bar de la plaza del pueblo, nadie lo cuestiona porque se entiende que esa conducta forma parte de su condición, algo que no aceptarían en un trabajador. Algo parecido sucede, por ejemplo, ante las críticas a algún mensaje lanzado por representantes de la Iglesia (rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo, propuestas de salud sexual y reproductiva, impuestos que no paga…), que se consideran como un ataque a la libertad religiosa, pero cuando desde la Iglesia se cuestiona la política y se llama a la desobediencia civil a las leyes de Igualdad, se dice que es libertad de expresión.

Cada cosa tiene un significado diferente dependiendo de lo que afecte al modelo pero, además, si las propuestas coinciden con él son consideradas propias y adecuadas, y por tanto, no cuestionables ni motivo para exigir responsabilidad a quien las haga por entenderlas como parte de ese contexto de “señoritismo”.

Y no es que se acepte el resultado negativo cuando se produce, pero no se entiende con la suficiente entidad como para cuestionar al contexto o al partido político que la lleva a cabo. Es lo que hemos visto con los casos de corrupción en el PP, que no les pasa factura electoral por entender que son “cosas que suceden donde se mueve mucho dinero” y que “no es un problema del modelo de organización, aunque haya sido permisivo y ausente, sino de unos pocos que lo han traicionado”.

Esa valoración y justificación es imposible en otros partidos y contextos en los que los casos de corrupción no forman parte de las posibilidades que les otorga el reconocimiento de su normalidad. Es lo del señorito del pueblo y el trabajador, si un trabajador se levanta a las 12 y se va al bar de la plaza a tomarse un vino es considerado un gandul o un borracho, algo que nunca se dirá del señorito.

¿Alguien ha hablado en esta legislatura de los coches oficiales, del número de asesores de Moncloa, del inglés de Rajoy, de la ropa o las parejas de las ministras del Gobierno, de las colocaciones de los ex-ministros, como por ejemplo Wert en Paris…? Todo eso forma parte del “señoritismo”, y mientras no se modifiquen las referencias de una cultura desigual y machista, una gran parte de la sociedad siempre será condescendiente con el poderoso, con sus ideas, valores y creencias que configuran el “señoritismo”.