La estampida

Cuando le abren las puertas a una manada se produce una estampida… los valores salen corriendo, los principios huyen asustados, la esperanza busca un refugio para no ser devorada por esa manada de significado que sale a las mismas calles donde ya antes había atacado a sus presas, y a la convivencia de una sociedad democrática que entiende que la libertad no puede ser utilizada para ejercer la violencia sexual.

Y no es de extrañar que en esa estampida de sentimientos e impotencia, la confianza sea arrollada y se levante una polvareda de indignación para llenar el ambiente donde todo aparece confuso y borroso.

La Justicia no es un valor individual, el Derecho se aplica sobre casos particulares para que prevalezca el valor de la Justicia, pero el Derecho no es la Justicia. Y es esa dimensión social la que debe tenerse en cuenta a la hora de tomar determinadas decisiones, algo que el derecho sabe de sobra cuando no duda en recurrir con frecuencia a conceptos como el de la “alarma social”, “condena ejemplar”, “principio de realidad”… para justificar sus decisiones más allá de los elementos particulares de un determinado caso.

Y lo que sorprende en el caso de la manada es la visión sesgada que se tiene de la realidad y de la sociedad al contemplarla con la visión monocular del machismo, que convierte el paisaje en un escenario plano, gris y parcial. La perspectiva de género no es mirar con un tercer ojo, como si se tratara de una capacidad reservada a quienes se asemejan a cíclopes, sino abrir los dos ojos e incorporar la realidad de las mujeres, y entender cómo esa visión en blanco y negro del machismo genera demasiados claroscuros para ocultar todo lo que le afecta a ellas. Si no fuera de ese modo, sería imposible que sólo el 1% de la sociedad considere que asesinar a 60 mujeres cada año es un problema grave (CIS), y que el 11% de las mujeres de la UE haya sufrido violencia sexual (FRA, 2014), con un porcentaje mínimo de condenas.

La liberación de los miembros de la manada puede ajustarse a Derecho, nadie lo duda, como también se ajusta a Derecho la sentencia que los condena, pero ese Derecho anda desajustado de la realidad y del ideal de Justicia de una sociedad que no acepta que la desigualdad reinante y su machismo inspirador sitúen a las mujeres en el objetivo de la violencia de género.

Porque esa liberación no se produce en un contexto neutral, sino que lo hace en una sociedad que con el Derecho en una mano y los hechos probados en otra entiende que el fallo ha fallado al considerar los hechos como abusos sexuales, mientras que otra parte de esa misma sociedad se dedica en medios y redes sociales a defender a los agresores y a atacar a la víctima, negando lo que la propia sentencia da por probado; tanto que un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, sin más criterio que sus propias ideas y sin haber leído la sentencia ni haber visto pruebas ni indicios, se atreve a hacer público en un vídeo su ataque a la víctima y la defensa a los agresores.

Y todo ese revuelo no es inocente ni casual. Si analizamos lo ocurrido en todo este tiempo podríamos preguntarnos, ¿quién ha salido victorioso de toda la situación generada, la mujer que ha sufrido la agresión y quienes la apoyan, o la manada y quienes los defienden? Veámoslo en tres referencias:

  1. Toda la movilización en apoyo de la víctima y lo que decían que era un intento de presionar al tribunal para que condenara, además de  afirmar que se trataba de una “pena de telediario”, al final lo que “ha conseguido” es que unos hechos probados compatibles con una violación hayan sido condenados como abusos sexuales.
  2. La mujer que ha sufrido la agresión ha sido cuestionada y atacada en su intimidad y privacidad, antes y después del juicio, y ha quedado expuesta a futuros ataques y a críticas permanentes.
  3. Los miembros de la manada, condenados a más de 9 años por abusos sexuales, han salido en libertad provisional por “cuestiones que se ajustan a Derecho”.

Claramente, quien ha salido victorioso, una vez más, es el machismo, los machistas y su idea de Justicia que minimiza las consecuencias sobre las mujeres víctimas de la violencia de género, y sobre el ideal de Justicia de una sociedad que cree en la Igualdad pero que le impiden alcanzarla. Ya el hecho de que la violencia sexual siga siendo considerada como un delito semi-público, como si no afectara a los valores de toda la sociedad, dice mucho de esa idea de Justicia.

No nos deben confundir, si la Audiencia Provincial de Pamplona hubiera mantenido la prisión de los miembros de la manada también se habría ajustado a Derecho, y al hacerlo se habría defendido otra idea de Justicia y de entender la convivencia en sociedad. Por eso sorprende que quienes antes no paraban de recurrir al argumento del voto particular que negaba los hechos para defender la inocencia de la manada, ahora no digan nada del voto particular de un miembro del tribunal en contra de la libertad provisional. A ellos les da igual, lo único que les interesa es su “visión particular” de la realidad para imponerla al resto por medio de la desigualdad, el poder que les otorga y la violencia necesaria.

La liberación de la manada ha producido una estampida, pero que no se confunda nadie, es una estampida de una sociedad que corre veloz hacia la Igualdad y su ideal de Justicia.

 

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La sentencia, el fallo y la falla

El fallo de la sentencia de “la manada” tiene una falla, pues la distancia entre los hechos probados y el contenido del fallo resulta ser una falla aún más grande que la de San Andrés.

Y no es un problema aislado. En general, cuando se trata de violencia de género, y de manera muy especial ante la violencia sexual, se sigue un proceso y unas dinámicas que su mera repetición ya debería de encender todas las alarmas para modificar los procedimientos y acompañarlos de las reformas legales necesarias para hacerlos efectivos. Los pasos que habitualmente se siguen  en estos casos, y que también se han dado en el de “la manada”, suelen ser lo siguientes:

  1. Lo primero es poner en duda la palabra de la mujer que denuncia la violencia sexual, da igual el estado en que llegue, o tiene lesiones físicas evidentes o su credibilidad sobre los hechos es cuestionada. Y si tiene lesiones físicas lo primero que hacen es comprobar la compatibilidad con lo que cuenta. Es decir, no se parte de la credibilidad, como sí se hace cuando alguien denuncia un robo, o como cuando un hombre denuncia que lo han agredido. Y para cuestionar la palabra de la mujer y argumentar que es una denuncia falsa se recurren a las ideas más peregrinas, como dar por hecho de que se trata de chicas jóvenes que llegan tarde a casa y para que el padre no les eche la bronca dicen que “las han violado”. En el caso de “la manada” también han recurrido a este tipo de argumentos  al justificar la denuncia falsa para obtener pronto la “píldora del día después” o para evitar que difundieran los videos grabados.
  2. Cuando “no queda más remedio” que reconocer los hechos y aceptar que hay indicios de violencia sexual, entonces se empieza a juzgar el papel de la mujer en la precipitación de lo ocurrido bajo la idea de la provocación, la incitación, no haber puesto límites de manera clara… En más de 20 años como Médico Forense, en todas las agresiones sexuales que he tenido que investigar y estudiar, el agresor reconoció haber mantenido relaciones sexuales con la víctima, pero con su consentimiento. Sólo en un caso dijo que no lo había hecho y fue descubierto mediante el análisis del ADN, en todos los demás había una aceptación de la relación y ausencia de lesiones importantes, puesto que el elemento más frecuente utilizado para llevarlas a cabo fue la intimidación. En los hechos denunciados en los sanfermines de 2015 gran parte de los argumentos de la defensa y el voto particular giran alrededor de la idea de la participación voluntaria de la víctima y de que todo fue bajo su consentimiento y “regocijo”.
  3. Una vez que se aceptan los hechos y que la víctima no ha tenido nada que ver en su precipitación, se cuestiona la trascendencia de lo ocurrido y su gravedad a partir de la conducta y comportamiento de la mujer conforme pasa el tiempo sobre lo sucedido. La recuperación de la víctima es entendida como ausencia de gravedad y trascendencia. También lo hemos visto en el caso de “la manada” en el seguimiento que se le hizo a la víctima y el cuestionamiento de su vida.
  4. El impacto y el daño psicológico no se considera adecuadamente. Se trata de la consecuencia más frecuente y grave de una violación, hasta el punto de que los trabajos clásicos de Burguess y Holstrom (1979) lo describieron como el “síndrome del trauma de la violación”, un cuadro de estrés postraumático con unas consecuencias tan graves que al mes siguiente lleva al suicidio de las víctimas entre el 3-27% de los casos según el contexto, tal y como desde 1985 recogen los trabajos científicos, entre ellos los de Kilpatrick y su equipo. Nada nuevo, como se aprecia, sin embargo, cuesta mucho trabajo que se acepte y valore adecuadamente ese daño psíquico, y se recurre a cualquier argumento para justificar la presencia de una consecuencia psicológica, puesto que esta no se puede negar, pero quitándole todo su significado con apreciaciones incoherentes e insostenibles. Es como decir que una víctima tiene una herida por arma de fuego, y el Tribunal dijera que, efectivamente, tiene “una herida”, pero porque tropezó y se cayó. Y es cierto que una caída puede ocasionar una herida, pero para tener una herida por arma de fuego tiene que haber sufrido un disparo, no una caída. Esto es lo que ha sucedido con al sentencia de “la manada” cuando el cuadro de estrés postraumático se intenta explicar por el “arrepentimiento” de haber mantenido relaciones sexuales con cinco hombres, o por miedo a que salieran las imágenes grabadas. No puede haber resultado sin causa, ni causa que lleve a un resultado distinto a sus características.
  5. Y cuando al final se acepta la denuncia, se cree a la víctima, el cuestionamiento que se hace de ella no logra restarle trascendencia a lo ocurrido, y se aceptan las consecuencias que ha producido la violencia sobre ella, la valoración que se hace sobre su significado no se corresponde con todo lo previamente reconocido, tal y como hemos visto en la sentencia de “la manada”, pero también en otras. Es lo que recogía la información de El País sobre una sentencia del Tribunal Supremo confirmando la de la Audiencia Provincial de Valladolid, en su artículo “Si te violo siempre, es como si nunca lo hubiera hecho”(13-5-13), donde los hechos probados recogen que se tratade “un alcohólico muy violento, y que a ella no le quedaba más remedio que acceder a sus peticiones sexuales, en contra de su voluntad”, pero no lo condena por la habitualidad de la conducta. Mantener relaciones sexuales en contra de la voluntad bajo la intimidación de la violencia es violación, y si lo hace muchas veces son muchas violaciones, no ninguna.

El juicio a “la manada” recoge todo este proceso habitual en los casos de violación, y la sentencia refleja la actitud que lleva a aceptar como normal ese inicio que presenta las denuncias por violación como falsas. Eso es lo preocupante, y no es un problema de ley sino de machismo, de la cultura que normaliza los mitos de la perversidad de las mujeres, y que mienten y provocan para hacer daño a los pobres que confían en ellas, bien sea en una noche de fiesta o en una relación de pareja.

No se trata de “casos aislados”, sino de algo frecuente, tal y como reflejan los estudios internacionales al mostrar que nada más se denuncia un 15-20% de las agresiones sexuales (Wallby y Allen, 2004), y  que de ellas termina en condena sólo el 1% (British Crime Report, 2008). El resultado es claro: el 99% de las violaciones resultan impunes, o lo que es lo mismo, el 99% de los violadores no sufre consecuencia alguna por agredir sexualmente a las mujeres. En cambio todas las mujeres violadas sí sufren las consecuencias de la violación, y un 15-20% de ellas que denuncian, además, la victimización secundaria de un sistema que empieza cuestionándolas y termina no reconociéndolas en su integridad. Si hay jueces y juezas que entienden los hechos al margen de mitos y estereotipos, cualquier juez puede hacerlo. No es cuestión de capacidad, sino de conciencia y formación en género.

El fallo de la sentencia de “la manada” tiene una falla entre lo que da por probado y el significado que establece, una falla que se corresponde exactamente con la distancia existente entre lo que el machismo dice que es la realidad y lo que en verdad resulta ser. Valorar los resultados de la violencia machista en cualquiera de sus expresiones con ese sesgo que dan las referencias de la misma cultura que la niega, la justifica, la minimiza o responsabiliza a las mujeres que la sufren, no puede ser un modelo de Justicia. Necesitamos un “Pacto de Estado contra el machismo”, no sólo contra su violencia, pues dejar como normalidad la distancia entre lo que el machismo dice que es la realidad y lo que en verdad resulta ser, no sólo es una falla, sino que también es un fallo.

 

La complicidad de las mujeres

La Audiencia Provincial de Córdoba ha condenado a una madre  por las agresiones sexuales que ha ejercido el padre sobre su hija y su hijo. Según la sentencia, el padre abusó de su hija de 6 años múltiples veces, a la que violó y desgarró la vagina al intentar penetrarla, y de su hijo de 5 años, a quien agredía aprovechando que salían a pasear el perro. El padre ha sido condenado a 27 años de prisión, y la madre a 3 años por “consentir la situación” a pesar de que el propio Tribunal refiere que “no reaccionaba para evitarlo por el poderoso miedo que sufría”, pues su marido “la tenía dominada, sometida y amenazada”.

No es el único caso, con demasiada frecuencia las madres son condenadas por la violencia que cometen los padres bajo un clima de terror y maltrato que no se reduce a los hijos y a las hijas, y que también se dirige contra ellas de forma directa a través de agresiones físicas, psíquicas y sexuales. Sin embargo, la Justicia todavía es incapaz de entender cómo esa violencia paraliza y distorsiona la realidad bajo el triple impacto de las alteraciones psicológicas, las amenazas directas y el sufrimiento que nace de la sensación de culpabilidad por no actuar a pesar de las circunstancias. Todos estos elementos atrapan más que impulsan, y hunden en la realidad de la que intentan salir más que empujan a hacerlo.

Como Médico Forense he vivido en diferentes ocasiones ese tipo de decisiones sin que el Tribunal fuera capaz de acercarse a la realidad ni entender la situación de esas madres destrozadas por la violencia sufrida en su cuerpo, y vivida de forma mucho más grave a través del daño ejercido sobre sus hijos e hijas.

Sin embargo, esa misma Justicia es capaz de entender la inocencia de los hombres cuando las mujeres son condenadas por maltratar o abandonar a sus hijos recién nacidos, y de otorgar credibilidad a los padres que afirman no saber nada cuando las mujeres relatan que ocultaron los embarazos y sus conductas criminales.

Sucedió, por ejemplo, en Coslada, donde Catalina arrojó a su bebé a un contenedor de basura, de donde fue rescatado al escuchar sus gemidos un vecino. Según el relato, la mujer ocultó el embarazo a su marido y a sus tres hijos, da igual que vivieran en un piso pequeño, que compartieran cama y cuarto de baño durante los nueve meses que se prolongó el embarazo. También resulta indiferente que la mujer diera a luz en el Hospital del Henares, que tras recibir el alta se fuera a su casa junto a su familia, y que los hechos ocurrieran nueve días después. Al final la única responsable fue la mujer, el padre no tuvo nada que ver ni tampoco “consintió” los hechos.

Algo parecido ocurrió en el municipio sevillano de Pilas, donde una mujer asesinó justo después de nacer a su hijo y lo guardó en un congelador, conducta que repitió en otro embarazo posterior. Según el relato y la investigación, el padre que convivía con ella junto a otros dos hijos nunca supo nada de ninguno de esos dos embarazos, ni tuvo nada que ver de forma directa o indirecta en los hechos, lo mismo que tampoco resultó cómplice por ocultar o no enfrentarse en algún momento a lo ocurrido, ni por no entender como “sospecha” o “indicios” determinadas situaciones que se produjeron durante todo ese tiempo.

Y como estos dos casos de Coslada y Pilas hay muchos que se valoran y juzgan bajo las mismas referencias: las mujeres resultan culpables y son condenadas por la violencia que ejercen sus maridos dentro del hogar, mientras que los hombres no sólo no son condenados cuando la violencia es ejercida por las mujeres, sino que ni siquiera se considera esa posibilidad.

Todo ello refleja cómo el mito de la “perversidad de las mujeres” invade la percepción de los hechos para darle un significado acorde con la construcción cultural, mientras que el mito del “buen padre de familia” actúa de forma similar al influir sobre el sentido de lo sucedido, pero de manera contraria para proteger a los hombres. Da igual que los hechos digan lo contrario y que la realidad social venga caracterizada por una violencia de género dirigida contra las mujeres que las paraliza tanto, que el 75-80% de las asesinadas lo son sin ni siquiera haber denunciado que vivían en esa situación de violencia que termina por costarles la vida.

La injusticia de esta sociedad comienza en su normalidad, lo demás sólo son los “accidentes” que las circunstancias no han podido evitar. Y esa normalidad injusta es la desigualdad y el machismo que la ha tomado como referencia para esconder que la respuesta puntual ante sus manifestaciones especialmente graves, como ocurre con los casos más intensos de la violencia de género, sólo es un espejismo que entretiene y una pantalla que permite ocultar la realidad que cree resolver.

Mientras no nos liberemos de esta construcción cultural, las mujeres siempre serán cómplices de todo lo que se realice bajo los parámetros de la maldad y la perversión que la cultura impone, aunque sea llevado a cabo por hombres.

Y es que la culpa de las mujeres es la liberación de responsabilidad de los hombres.

 

PD. Otro día hablaremos de la “complicidad de los hombres”

Cuando de pronto se hace tarde

PRONTO TARDE-RELOJUn forense con frecuencia mira a la vida desde la muerte, la ve desde detrás cuando todo era ir hacia delante, desde ese “ya es tarde” que suena a lamentación y a excusa… por eso no termina de entender por qué la gente espera tanto para nada. Pero también ve que el problema no queda reducido a hechos puntales, de ahí que se sorprenda de que la vida se haya acostumbrado a pagar el precio de vivir con la calderilla de las muertes de otros, y de que todo ello se traduzca en la mentira de intentar hacer cambiar el pasado hablando de futuro.

El Gobierno del PP se caracteriza en muchas de sus decisiones por ese llegar tarde a la realidad y luego querer negarla sobre la culpa de unos pocos, en lugar de reconocerla e intentar cambiarla para todos. El problema de las élites es ese, considerar incapaces a quienes no han podido llegar hasta donde ellos, y al mismo tiempo, por si acaso, ponérselo difícil o impedírselo directamente, no vaya a ser que lo logren. 

Veamos algunos ejemplos: 

– El ministro más gallardo del Gobierno, Ruiz Gallardón, se encuentra con crímenes horrendos y en lugar de trabajar para prevenir el delito y los crímenes, ha decidido que unos pocos paguen mucho con el aumento de las penas. 

– El Ministro de Economía, Luís de Guindos, aplica la economía terminal de la austeridad y como no le salen las cuentas y el déficit no entra en razones, aplica la teoría de la oscuridad que rima con austeridad. De este modo nadie sabe si habrá rescate o no, y tampoco da a conocer del todo cómo serán las ayudas a los bancos. 

– La Ministra de Sanidad, Ana Mato, abandona a la sanidad pública, abandona a sus profesionales y, por tanto, abandona a las personas enfermas. Y cuando la salud se convierte en un problema recurre a empresas privadas que la gestionen "ante lo abandonado que está el sector"

– El Ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, actúa de modo parecido, y como la amnistía fiscal no recauda lo previsto, congela pensiones y vidas sin que nadie lo esperara. 

– La Ministra de Trabajo, Fátima Báñez, también se encuentra de repente con que una reforma laboral que facilita el despido (¡oh sorpresa!) genera más paro. Ahora ya es tarde, pero aconseja emigrar. 

– El Ministro de Educación, José Ignacio Wert, hace una reforma a partir de unos supuestos que no son ciertos, como es todo lo relacionado con el bilingüismo, y aprovecha para llevar a cabo una contra-reforma sobre unos supuestos que son mentira, como es que la Educación para la Ciudadanía resta protagonismo a los padres, o que impone ideologías y valores ajenos a la convivencia. 

– Y como el problema no es de puestos ni posiciones, sino de ideas, el Ayuntamiento de Madrid con Ana Botella al frente, tras la tragedia del Madrid Arena impone las normas y requisitos que deberían haber sido respetadas con anterioridad. 

– También ha ocurrido con Díaz Ferrán, empresario de empresarios, modélico y ejemplar, que un día al abrir la puerta de sus Rolls Royce se dio cuenta de que era una calabaza, pero todos veían vestido al emperador desnudo. 

Cuando se toma lo frecuente y lo habitual por lo común, sin entender que lo común es lo de las personas y lo demás tan sólo circunstancias, y que personas hay muchas y muy diferentes, el resultado suele sorprender por imprevisto y por negativo. Entonces la política se convierte en el arte de gestionar los problemas, y sólo una pequeña parte de los esfuerzos se dirigen a promocionar la convivencia y lo de todos. Justo lo contrario a lo que debería ser. La democracia se hace con todas las personas y para toda la sociedad, no por unos pocos y para unos cuantos. 

El tiempo siempre avisa, casi todo lo que ocurre de repente obedece más a la ceguera de quien se encuentra de bruces con ello, que a la ausencia de signos e indicios que advertían que podía pasar. La inteligencia y la razón, no sólo las emociones, que tan de moda están ahora, deben guiar las decisiones políticas para prevenir muchos de los problemas y para anticiparnos a sus manifestaciones. Pero cuando la política está a lo suyo, cuando se mueven en clave interna, sin contar con la sociedad, y sólo busca vencer al otro con el titular de un diario o un informativo, sin ser conscientes de que nada de eso tiene trascendencia en la vida ciudadana, la realidad se convierte en un muro impenetrable e infranqueable en el que todo acaba por terminar.

Monstruo


MONSTRUO-1Un monstruo es un ser cruel y perverso
que actúa contra el orden de la naturaleza. José Bretón es un monstruo, si nos atenemos a los indicios que se han conocido sobre la desaparición y muerte de sus hijos. Pero es mucho más que un monstruo, y también mucho menos. 

Es mucho más porque habitualmente la monstruosidad se identifica con lo anormal, con la coincidencia de una serie de características que forman el conjunto de ese ser monstruoso y, por tanto, como alguien limitado a una serie de circunstancias alrededor de una conducta. La monstruosidad de José Bretón no ha estado sólo en los asesinatos que presuntamente ha llevado a cabo, sino en utilizar los elementos que la cultura levanta y luego muchos repiten para llegar hasta esa última acción que hace olvidar todo lo que la ha antecedido. De esta forma, con la normalidad como argumento, ha ido más lejos y ha montado toda una estrategia que le permite superar el hecho concreto, y darle un significado a partir de las ideas y decisiones. Así, lo que podría haber sido una conducta criminal aislada se convierte en una escenificación de sus ideas. 

Y también es mucho menos que un monstruo, porque lo que lo define y caracteriza no es la crueldad de un momento o la perversidad de una acción, sino la maldad entre buscada en esa normalidad. 

Considerarlo un monstruo, sin más, es una forma de tranquilizarse, pues exige dos condiciones. Por un lado, la reunión de requisitos particulares y, de alguna manera, excepcionales que, por tanto, están ausentes en la mayoría de los hombres. Y por otro lado, saber que reúne esos requisitos, es decir, conocer que es él el autor de la crueldad y, en consecuencia, tenerlo detenido y retenido para que no vuelva a actuar. Como observamos, es un monstruo porque su crueldad obedece a unas características elementales, y porque está en una jaula para que todos podamos ver lo malo que es. Y todo ello genera tranquilidad en la doble circunstancia: por estar enjaulado y porque no hay otros hombres como él. Esta tranquilidad es la que desvía la mirada de los factores comunes a otros casos, la que olvida que se ha producido en un contexto de violencia de género, y la que impide identificar factores de riesgo que puedan ser utilizados para prevenir futuros casos.


MONSTRUO-2Y me sorprende esta actitud porque es muy habitual ante hombres violentos que actúan contra sus parejas y contra sus hijos de forma especialmente grave. Estos hombres rápidamente son calificados como monstruos, calificativo excluyente para quien no comparta los requisitos exigidos, y genérico, en cuanto que se puede aplicar a estos agresores o a cualquier otro criminal (terrorista, pedófilo, narcotraficante…). Ocurrió, por ejemplo, con Josef Fritzl, el llamado “monstruo de Austria”, que secuestró y violó a su hija durante 24 años, llegando a tener siete hijos-nietos, o con el colombiano Luís Alberto Garavito, el “monstruo de Génova”, que mató a 147 niños. Y ha vuelto a ocurrir con José Bretón. 

MONSTRUO-3-VNSin embargo, de ahí mi sorpresa, cuando es una mujer la que actúa de forma similar y mata a su pareja o a sus hijos, aunque no sea de forma especialmente violenta, no se la llama con un adjetivo ni un sustantivo que reúna esa doble condición de excepcionalidad y de ser una denominación genérica e inespecífica, sino que habitualmente se hace con palabras que definen conductas vinculadas sólo a las mujeres o que implican una sanción formal. Así, es habitual llamar “viuda negra” a la mujer que mata a su pareja, como ocurrió en el caso de la española Estíbaliz Carranza, también conocida como la “heladera asesina” o la “baronesa de hielo”, que mató a dos maridos en Austria. Y a la mujer que mata a sus hijos se la denomina "parricida", añadiendo a continuación el nombre del lugar donde comete el crimen, como la “parricida de Santomera” (2009) o “la parricida de Lloret de Mar” (2010). Y aunque esta denominación haga referencia a una situación genérica, indica una calificación formal y jurídica, que muestra el rechazo y la sanción sin apelativos ni espacio para atenuantes. 
MONSTRUO-4-PARRI

La sorpresa aumenta al comprobar que conductas más infrecuentes, como son las que hacen referencia a la violencia que ejercen las mujeres, tienen un nombre propio y específico basado en su condición de mujeres (viudas negras), o formal (parricidas), mientras que las conductas de los hombres, más frecuentes y habituales, o no alcanzan calificación alguna o se muestran acompañadas de excepcionalidad y de forma genérica…  

Justo igual que el monstruo del lago Ness, excepcional y un monstruo como todos los monstruos. 

Algo deberíamos aprender de todo esto.