La complicidad de las mujeres

La Audiencia Provincial de Córdoba ha condenado a una madre  por las agresiones sexuales que ha ejercido el padre sobre su hija y su hijo. Según la sentencia, el padre abusó de su hija de 6 años múltiples veces, a la que violó y desgarró la vagina al intentar penetrarla, y de su hijo de 5 años, a quien agredía aprovechando que salían a pasear el perro. El padre ha sido condenado a 27 años de prisión, y la madre a 3 años por “consentir la situación” a pesar de que el propio Tribunal refiere que “no reaccionaba para evitarlo por el poderoso miedo que sufría”, pues su marido “la tenía dominada, sometida y amenazada”.

No es el único caso, con demasiada frecuencia las madres son condenadas por la violencia que cometen los padres bajo un clima de terror y maltrato que no se reduce a los hijos y a las hijas, y que también se dirige contra ellas de forma directa a través de agresiones físicas, psíquicas y sexuales. Sin embargo, la Justicia todavía es incapaz de entender cómo esa violencia paraliza y distorsiona la realidad bajo el triple impacto de las alteraciones psicológicas, las amenazas directas y el sufrimiento que nace de la sensación de culpabilidad por no actuar a pesar de las circunstancias. Todos estos elementos atrapan más que impulsan, y hunden en la realidad de la que intentan salir más que empujan a hacerlo.

Como Médico Forense he vivido en diferentes ocasiones ese tipo de decisiones sin que el Tribunal fuera capaz de acercarse a la realidad ni entender la situación de esas madres destrozadas por la violencia sufrida en su cuerpo, y vivida de forma mucho más grave a través del daño ejercido sobre sus hijos e hijas.

Sin embargo, esa misma Justicia es capaz de entender la inocencia de los hombres cuando las mujeres son condenadas por maltratar o abandonar a sus hijos recién nacidos, y de otorgar credibilidad a los padres que afirman no saber nada cuando las mujeres relatan que ocultaron los embarazos y sus conductas criminales.

Sucedió, por ejemplo, en Coslada, donde Catalina arrojó a su bebé a un contenedor de basura, de donde fue rescatado al escuchar sus gemidos un vecino. Según el relato, la mujer ocultó el embarazo a su marido y a sus tres hijos, da igual que vivieran en un piso pequeño, que compartieran cama y cuarto de baño durante los nueve meses que se prolongó el embarazo. También resulta indiferente que la mujer diera a luz en el Hospital del Henares, que tras recibir el alta se fuera a su casa junto a su familia, y que los hechos ocurrieran nueve días después. Al final la única responsable fue la mujer, el padre no tuvo nada que ver ni tampoco “consintió” los hechos.

Algo parecido ocurrió en el municipio sevillano de Pilas, donde una mujer asesinó justo después de nacer a su hijo y lo guardó en un congelador, conducta que repitió en otro embarazo posterior. Según el relato y la investigación, el padre que convivía con ella junto a otros dos hijos nunca supo nada de ninguno de esos dos embarazos, ni tuvo nada que ver de forma directa o indirecta en los hechos, lo mismo que tampoco resultó cómplice por ocultar o no enfrentarse en algún momento a lo ocurrido, ni por no entender como “sospecha” o “indicios” determinadas situaciones que se produjeron durante todo ese tiempo.

Y como estos dos casos de Coslada y Pilas hay muchos que se valoran y juzgan bajo las mismas referencias: las mujeres resultan culpables y son condenadas por la violencia que ejercen sus maridos dentro del hogar, mientras que los hombres no sólo no son condenados cuando la violencia es ejercida por las mujeres, sino que ni siquiera se considera esa posibilidad.

Todo ello refleja cómo el mito de la “perversidad de las mujeres” invade la percepción de los hechos para darle un significado acorde con la construcción cultural, mientras que el mito del “buen padre de familia” actúa de forma similar al influir sobre el sentido de lo sucedido, pero de manera contraria para proteger a los hombres. Da igual que los hechos digan lo contrario y que la realidad social venga caracterizada por una violencia de género dirigida contra las mujeres que las paraliza tanto, que el 75-80% de las asesinadas lo son sin ni siquiera haber denunciado que vivían en esa situación de violencia que termina por costarles la vida.

La injusticia de esta sociedad comienza en su normalidad, lo demás sólo son los “accidentes” que las circunstancias no han podido evitar. Y esa normalidad injusta es la desigualdad y el machismo que la ha tomado como referencia para esconder que la respuesta puntual ante sus manifestaciones especialmente graves, como ocurre con los casos más intensos de la violencia de género, sólo es un espejismo que entretiene y una pantalla que permite ocultar la realidad que cree resolver.

Mientras no nos liberemos de esta construcción cultural, las mujeres siempre serán cómplices de todo lo que se realice bajo los parámetros de la maldad y la perversión que la cultura impone, aunque sea llevado a cabo por hombres.

Y es que la culpa de las mujeres es la liberación de responsabilidad de los hombres.

 

PD. Otro día hablaremos de la “complicidad de los hombres”

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Flynt y Trump: Entre machistas anda el juego

Se busca vivo para matarlo políticamente, la recompensa son 10 millones de dólares y el “forajido” es Donald Trump. Podría parecer que estamos en el “Far West” y que John Wayne o Gary Cooper andan detrás del asunto, pero no es el lejano oeste, sino el más cercano, el que entra todos los días por la pantalla del televisor o de cualquier otro dispositivo actual.

10 millones de dólares es el dinero que ofrece Larry Flynt, el empresario del porno y dueño de la revista Hustler, por cualquier información sobre Donald Trump que pueda llevarlo a la soga del “impeachment” y acabar así con su vida política. Los cargos que establece el sheriff Larry “El sucio” no son pocos, lo acusa de inepto, traidor, de colaboración con países extranjeros, de racista… y de toda una serie de conductas y comportamientos que lo hacen incapaz de ejercer de General de “Fort USA”, e indigno de llevar las estrellas junto a las barras, de ahí que intente cambiar éstas por barrotes, que según él se corresponden más con su situación.

Sin embargo, para Larry Flynt no es problema alguno que Donald Trump sea un machista reconocido, y que haga de ese machismo un ejercicio exhibicionista que ejerce, por ejemplo, en el trato a muchas periodistas, en sus comentarios públicos, en la forma de tratar a su mujer, Melania, o en las conductas de acoso y abuso sexual que él mismo relató a otros hombres en un escenario tan viril, como es un vestuario invadido por la humedad y el vapor huidizo de las duchas, velando sus cuerpos desnudos mientras se ponen el desodorante y hablan de sus batallas.

Considerar que las mujeres son inferiores a los hombres, que son incapaces de asumir responsabilidades cuando no están relacionadas con sus roles tradicionales, pensar que están dotadas de una especial perversidad que las lleva a competir con los hombres por aquellos espacios y funciones que “pertenecen sólo a ellos”… no es un problema para Larry Flynt y, por lo tanto, situar a la mitad de la población, es decir, al 100% de las mujeres, en el terreno de la amenaza y la sospecha, tampoco.

Y claro, para Larry Flynt, el machismo de Trump no es un problema porque él ni siquiera llega a percibirlo. Un empresario que ha hecho de las mujeres aquello que Trump y muchos hombres como él llevan a cabo en el día a día, y que él acerca hasta la intimidad del resto para que no se sientan frustrados del todo, y al menos sean ese tipo de hombres en su imaginación, no ve en el machismo de Trump problema alguno, todo lo contrario, quizás no se haya planteado ofrecer esa recompensa con anterioridad, precisamente por esa camaradería que genera el machismo entre machistas.

La construcción de poder está basada en las referencias de quienes siempre lo han tenido a su alcance, es decir, de los hombres, y el poder ha sido el instrumento y la estrategia que ha aglutinado los deseos, los anhelos y recompensas de quienes lo han disfrutado y de quienes optan a él, por eso ha construido una cultura y ha creado sociedades sobre sus referencias para poder hacerlo desde la normalidad y con la complicidad de sus diferentes elementos, desde los individuales y particulares hasta los públicos y formales.

La fratría de los hombres, esa camaradería de la que tanto hacen gala, es el reflejo de ese interés común a partir de lo masculino y en contraste con lo de las mujeres, y el machismo es su reflejo y consecuencia práctica. Un machismo en el que las mujeres son presentadas como premio y sustento de los hombres en sus aspiraciones y anhelos.

La exclusión del machismo en la crítica de Larry Flynt a Trump refleja la aceptación social que el machismo hace de la cosificación de las mujeres, de la violencia simbólica como parte de los rituales de la masculinidad, y de la violencia de género como consecuencia última de la reafirmación de la identidad de los hombres y la consolidación de los valores e ideas de la cultura que define esa forma de ser hombre, y el papel “adaptado” de las mujeres para que pueda materializarse desde la normalidad.

De momento, si fuera por todo lo que ha hecho sobre la convivencia en paz e Igualdad, quienes deberían estar en esa especie de “busca y captura” simbólica que se ha creado con la recompensa ofrecida, deberían ser Larry Flynt y sus secuaces.

 

Modelo machista de resolución de conflictos

El modelo machista para resolver los conflictos entre dos partes basa su estrategia en generar más conflicto, no en el diálogo ni en el consenso.

El planteamiento es sencillo y surge de la construcción patriarcal de la cultura y de la sociedad que tenemos como consecuencia. Esta construcción toma como referencia universal lo masculino y sitúa a los hombres en una posición de superioridad respecto a las mujeres, de manera que establece la desigualdad de género como esencia de estructuración social, y a partir de ella ha ido tomando otros elementos para extender y ampliar la desigualdad a otras circunstancias y características de las personas que forman parte de esa sociedad. El resultado es un sistema jerarquizado de poder, o lo que es lo mismo, una sociedad en la que determinadas personas por su sexo, sus ideas, sus creencias, su color de piel, su status, su origen, su orientación sexual… tienen una serie de privilegios y ventajas respecto a aquellas otras cuyas características son consideradas inferiores por esa cultura y sociedad.

Cuando se produce un conflicto entre personas en diferente nivel dentro de esa estructura jerarquizada, a quien se encuentra en una posición de superioridad no le interesa dialogar o consensuar para solucionar el conflicto, porque ha de hacerlo a partir de argumentos y razones, y puede que no las tenga o que sean menos sólidas que las de la otra parte. Por eso le interesa agravar el conflicto, avivarlo con elementos que generen más enfrentamiento para de ese modo justificarse en el uso de los instrumentos propios de su posición de poder, y que la otra parte no tiene por encontrarse en un nivel inferior.

Con esa estrategia el conflicto va aumentando hasta llegar el momento del “hasta aquí hemos llegado”, a partir del cual se pone en marcha todo el arsenal de instrumentos que guarda en su posición de poder, bajo la justificación de que el conflicto es insostenible, y como si hubiera sido generado en exclusiva por la otra parte.

Este es el modelo machista de resolver los conflictos, y el que usan los hombres desde sus posiciones de poder con las mujeres, algunos llegando a la violencia, otros a la amenaza, y otros simplemente recurriendo a la escenificación del conflicto para que la mujer entienda que debe ceder ante su autoridad. Y como son los hombres y las referencias de la masculinidad las que impregnan la cultura y el significado de lo que acontece en la sociedad, el modelo se extiende a otros escenarios bajo los mismos planteamientos de la desigualdad y el poder, como ocurre en las relaciones laborales entre empresarios y trabajadores, en las relaciones dentro de los partidos políticos y en el ejercicio de la política, en las relaciones nacionales y en las internacionales… Cualquier escenario en el que se entienda que el conflicto es un ataque a la posición de poder y un pulso a la persona que responde desde ella, el resultado será un aumento del conflicto que lleve a vencer más que a convencer.

Porque el objetivo de la resolución de conflictos bajo esta estrategia machista es doble, por un lado resolver la cuestión formal que se ha planteado, sea esta personal, familiar, laboral, política, nacional o internacional; y por otro, ser reconocido como “vencedor” y salir reforzado en su posición de poder, aunque haya sido a través de una injusticia. Lo importante es vencer y aumentar el poder.

Este modelo de resolución de conflictos habitualmente reporta muchos éxitos a quienes están esas posiciones de privilegio, de ahí su refuerzo y su permanencia a lo largo de la historia, y su extensión a los ámbitos y contextos más diversos con ligeras variaciones. Pero siempre con la estrategia de resolver el conflicto generando más conflicto.

El problema se presenta cuando el modelo se utiliza frente a quien se piensa que está en una posición inferior y no lo está, o cuando lo está pero cuenta con otros mecanismo de apoyo informal que contrarrestan en parte el poder inicial de la otra posición, pero también cuando cada una de las partes cree que está en una posición de poder, y que debe potenciar el conflicto desde su lado para de ese modo poder utilizar su “carta secreta” y todos aquellos elementos propios a su posición que le permitirían vencer sin convencer. Al final, este tipo de planteamientos son los mismos que dicen eso de que “la historia la escriben los vencedores”, por eso lo importante es derrotar al otro del modo que sea, porque después lo suavizarán y endulzaran con su relato.

Lo estamos viendo estos días en diferentes contextos, pero es obvio que el más cercano y trascendente es el “conflicto” surgido con el proceso sobre el referéndum de autodeterminación de Cataluña del 1 de octubre. Al margen de los elementos formales sobre su legalidad y las motivaciones y razones de quienes quieren votar, de sobra conocidas y comentadas, lo que se está viendo es el típico conflicto al modo machista. Una especie de pulso que, como muy bien se ha dicho estos días recurriendo a la canción de Joan Manuel Serrat, parece que están a ver “quien la tiene más larga”. Lo único que le falta es ver a Rajoy decir “por mis cojones que no se vota”, y a Puigdemont responder, “por mis cojons que votamos”. Si lo dijeran quizás se entendería todo mejor.

La prueba de que realmente se trata de un modelo machista de afrontar el conflicto es su retroalimentación, es decir, la utilización de las consecuencias que se producen como resultado de las decisiones dirigidas a potenciar el conflicto como razones para mantener el conflicto y aumentar así su intensidad. Todo lo que está sucediendo estos días con las decisiones y acciones de unos y otros se está utilizando como justificación de las posiciones iniciales, cuando son un resultado de los problemas surgidos durante el conflicto, no causa del mismo. Pero eso no importa para las partes, lo que interesa es el conflicto en sí mismo y los apoyos para que quien dirige cada una de las posiciones sea reconocido por los suyos como ese macho-alfa capaz de dirigir al grupo.

También se ha comentado, y es cierto, que si en lugar de dos hombres al frente de cada parte hubiera dos mujeres y un modelo feminista de resolución de conflictos basado en la Igualdad, la empatía, el bien común… la situación actual sería completamente diferente.

En estas circunstancias el conflicto ya no se puede resolver, pero sí se puede detener y replantear de nuevo toda la situación. Esperemos que alguien saque el lado femenino que todos tenemos.

 

Conciencia ficción

Imaginemos un lugar donde un primero de octubre se celebrara un referéndum amparado por sus leyes, pero en contra de la Constitución del país que lo abraza. Imaginemos que el objetivo de ese referéndum es votar para decidir si quieren seguir formando parte de ese Estado o prefieren la independencia. Imaginemos que a pesar de todos los impedimentos para que se celebre esa votación, al final hay un número de personas que salva todos los obstáculos y logra votar, y que de las urnas sale un porcentaje suficiente que dice “sí”, que quiere ser independiente. A partir de ese resultado las instituciones del lugar continúan el proceso iniciado y declaran la independencia. E imaginemos que, por las circunstancias que sean, el Estado opositor hasta ese momento se rinde a los hechos y acepta la independencia, modificando su Constitución y todo lo necesario para convivir bajo la nueva situación.

El nuevo Estado, ya independiente, prosigue con sus cambios y pone en marcha unas elecciones para elegir su Parlamento desde la nueva soberanía. Y tras la celebración de esas primeras elecciones del nuevo país y en un ambiente festivo, una mayoría social respalda el resultado de la independencia y a los partidos que la promovieron, que ahora buscan afianzarla en lo local y reforzarla en lo internacional para alcanzar el ansiado y necesario reconocimiento. Pero imaginemos que en ese Parlamento salido de las urnas el número de escaños de los partidos que se oponían a esa forma de alcanzar la independencia y a seguir ahora en ella es mayor, y que dadas las nuevas circunstancias forman Gobierno y se agrupan en la cámara para poner en marcha una ley de retorno al Estado original, y un referéndum para lograrlo amparándose en que prácticamente la mitad de la población quiere pertenecer al Estado común. Con todos esos elementos, y con la confianza que da tener el voto de quienes no querían la independencia y el impacto de las campañas y argumentos que se lancen desde las propias instituciones, inician este nuevo proceso en contra del Tribunal Constitucional del nuevo país, que anula todas sus decisiones y acciones, aunque ellos prosiguen amparados por la soberanía popular que los ha elegido, y bajo el argumento de que “votar es democracia”.

¿Sería aceptado ese nuevo proceso y su resultado por parte de quienes lo hicieron en sentido contrario para lograr la independencia?

Las circunstancias me hacen pensar que no, que sería rechazado por ilegal y por instrumentalizar las instituciones a favor de unas determinadas ideas y posiciones políticas.

No estamos hablando de situaciones distintas ni de mundos diferentes, la conciencia es tan responsable de la realidad como de la ficción, y de llamar a cada una con el nombre que necesite en cada momento para hacerla real, pues una cosa es lo real y otra la verdad. Y en política con frecuencia se confunde la una con la otra, como se confunde el pensamiento con la imaginación y el deseo con el sueño, creando el problema de hacer a la política innecesaria, cuando es ella el instrumento que puede acercar y conectar esa imaginación con el pensamiento y el sueño con el deseo para lograr que se hagan realidad, no sólo verdad.

La situación que se ha creado alrededor del proceso iniciado en Cataluña sólo tiene como solución reflejar el deseo, el sueño, la voluntad… de cada persona en las urnas, y eso lo saben todas las partes involucradas. Pero del mismo modo que usar un bisturí no significa que se esté realizando un acto quirúrgico, usar las urnas no significa que sea un acto democrático, por eso es importante entender que es la solución la que debe llevar a las urnas, y no que son las urnas las que llevan a la solución. La solución que surja de unas urnas sin el proceso democrático que debe ponerlas en cada una de las mesas, será real, pero no verdad.

Y cuando hablo de “proceso democrático” no me refiero a la técnica jurídica y a la normativa que avale las decisiones y las acciones políticas, sino a la participación y al debate social amplio y mantenido para que sea ese pueblo el que tome la voz, no el que reproduzca el playback de cada una de las partes promotoras de las diferentes opciones, y viva las propuestas contrarias como un ataque. Es lo mínimo ante un hecho tan trascendente como decidir sobre la independencia.

Si todo se presenta como causa de una historia de agravio el resultado será un agravio histórico. Todavía no he escuchado lo suficiente ni he leído por qué la identidad catalana quiere la independencia como forma de expresarse y convivir, y por qué de esa nueva forma de relacionarse con España saldrán también lazos positivos por todo lo que hemos compartido a lo largo de la historia, y por todas las posibilidades que se abren en ese nuevo horizonte. Y sería algo esencial, pues condicionar el futuro sólo a las circunstancias del pasado suele llevar a retrocesos, no a avanzar en un mundo que acelera a diario.

La identidad no es un elemento estático y no sólo es lo que uno siente, sino que también es lo que los demás perciben a partir de ese sentimiento; y tan importante es para el futuro y las relaciones el componente subjetivo (la forma de sentirse), como el inter-subjetivo (la manera en que lo perciben los demás). Por ello la forma de alcanzar la independencia de los países marca para siempre su identidad dentro y fuera de sus fronteras. Una independencia surgida de un enfrentamiento en un contexto de paz llevará al conflicto. Un conflicto que quizás un día lleve a que unos partidos con mayoría parlamentaria inicien un proceso de reintegración en el país original en contra de una parte importante de la sociedad y de su Tribunal Constitucional.

No es ciencia ficción, es conciencia ficción, de momento con pocas probabilidades de ser real, pero no tan lejos de ser verdad.

La “arriesgada apuesta” del color rosa

“Una apuesta arriesgada”, así define la noticia la decisión del equipo de Fórmula 1 Force India de pintar de color rosa sus coches esta temporada.

El rosa es mucho más que un color, es un símbolo que señala el territorio de las mujeres, el límite que los hombres no pueden sobrepasar, la bandera que marca el territorio de lo femenino donde un hombre es visto como un extraño, no desde dentro, sino para quien lo mira desde fuera. Porque ser hombre es ser reconocido como tal por otros hombres, de manera que cuando alguno se aleja de su modelo deja de ser un “hombre de verdad”.

El rosa se convierte así en una doble referencia, por un lado en ese color que marca lo de las mujeres, y por otro, en el color que señala lo que supone “no ser hombre” y marca la frontera que define la identidad masculina, y, por tanto, lo que dejarían de ser en el momento en que se impregnara de rosa.

Ese es el motivo que lleva a que aún hoy se identifique a los niños con el color azul y a las niñas con el rosa, que los juguetes sigan en catálogos con hojas marcadas por cada uno de los colores, y que, por ejemplo, la “prensa rosa” sea la forma de denominar a las publicaciones dirigidas a las mujeres… Todo como un límite para los hombres, como esa “línea rosa” que no deben traspasar para no ser cuestionados como hombres. La crítica y el rechazo se produce contra los hombres, no tanto frente a las mujeres que entran en el territorio azulado, pues en esos casos la propia desigualdad y discriminación, incluso la violencia si hiciera falta, se encargarían de controlar la situación.

No hay problema si una niña viste ropa celeste, de hecho lo hacen; o si juega con un balón de fútbol, cada vez juegan más; o si decide coger un muñeco de Star Wars o un soldado, en ocasiones los integran en sus juegos… nadie les llama la atención por ello. El problema está en que un niño vista de rosa, juegue con muñecas, se ponga a preparar la comida de sus muñecos en una cocinica, o a pasearlos en un carrito de bebés… Lo mismo que no hay problema en que una mujer lea el National Geographic o una revista de actualidad política, pero sí surgen dudas y preguntas cuando una hombre se pone a leer una revista de la prensa rosa.

El rosa es la representación simbólica del universo femenino, un espacio controlado por los hombres desde su cielo azul, pero al que no pueden pertenecer bajo la amenaza de “dejar de ser hombre” y de perder los privilegios concedidos por la cultura como tales hombres.

Y aunque pueda parecer un tema menor o algo propio de la Navidad y sus catálogos de juguetes, su presencia y significado va mucho más allá, tal y como se comprueba en la noticia sobre el color del fórmula 1 y en los comentarios surgidos a dicha información. La forma de abordar la cuestión refleja esa dualidad en la que el machismo ha convertido la realidad al interpretarla sobre “lo de los hombres” y “lo de las mujeres” tomando como referencia de valor lo masculino, y negando la diversidad que surge de todo lo que no sea “hombre o mujer” según ese maniqueísmo histórico del machismo.

Y no es nada casual. Partir sólo con dos posibilidades, hombres y mujeres, o sea, masculino y femenino, y hacerlo desde la superioridad de la primera de ellas, permite crear la cultura alrededor de sus elementos de valor, hacer girar la sociedad sobre “lo de los hombres” y “lo de las mujeres”, y crear unas identidades para unos y para otras a partir del sexo biológico, como si la esencia de las personas fuera “su carne” y no su mente. En cambio, admitir que los colores de la realidad son variados, no sólo rosa y azul, y que ser hombre o mujer en sentido tradicional no son las únicas referencias de identidad en nuestra sociedad, tiene dos consecuencias inmediatas sobre la cultura machista. Por una parte, dificulta la gestión y el control de la diversidad desde una posición que pierde la referencia dual del blanco y negro, es decir, del rosa y el azul, puesto que en el modelo tradicional todo resulta sencillo desde un punto de vista práctico al considerar que lo que no es azul es rosa, y por lo tanto inferior. Y por otra, la propia construcción de la identidad masculina hegemónica a partir de la pureza del sexo que lleva a entender que sólo “los niños tienen pene y las niñas tienen vulva”, resultaría imposible al no poder imponer ni convencer de la idoneidad de esa construcción basada en las idea de “sexo fuerte” y de “inteligencia y racionalidad” como características asociadas a los hombres.

Por eso, tal y como recoge la noticia, el rosa es una “arriesgada apuesta”, porque significa traer a un territorio masculino algo que no sólo no pertenece al mismo, sino que representa todo lo contrario, y en consecuencia su presencia se entiende como “contaminación”, como algo tóxico, de ahí el riesgo.

Que el coche de Force India sea de color rosa no le genera más rozamiento con el aire, ni modifica su aerodinámica, tampoco le hace perder adherencia en las curvas, ni desgasta más sus neumáticos, sin embargo, es una “apuesta arriesgada”. Es más, la propia información destaca el hecho significativo de que los casos de los dos pilotos, Pérez y Ocon, serán rosas para enfatizar lo arriesgado de una apuesta que, según parece, debe poner en juego sus propias vidas. Lo mismo hasta se niegan a competir junto a ellos el resto de pilotos, dado el riesgo que se ha generado alrededor.

Tenemos un problema muy serio como sociedad cuando pintar un coche de color rosa en una competición en la que uno de los objetivos es llamar la atención para que la publicidad tenga más impacto, y otro conseguir que los coches sean fácilmente identificados del resto de las escuderías, es considerado una “arriesgada apuesta”.

Todo ello refuerza algo en lo que ya hemos insistido, acabar con los problemas de una desigualdad hecha cultura por el machismo exige algo más que actuar sobre cada una de sus manifestaciones, de ahí la importancia de que el Pacto de Estado sobre el que ahora se trabaja no se limite a la violencia de género y se extienda al machismo. Es la forma de acabar con ese paisaje oscuro y sombrío que ha impuesto a la realidad, aunque luego juegue con los colores para camuflarse dentro de ella.

 

Trump, el hombre

trump-hombrePodríamos decir eso de “vuelve el hombre”, al más puro estilo de un anuncio de perfumes televisivo, el problema es que nunca se ha ido y que el aroma que hay en el ambiente se parece más al de la Dinamarca de Hamlet que al afrutado olor enfrascado.

El triunfo de Donald Trump en las elecciones americanas es algo más que la victoria del candidato del Partido Republicano, significa la ratificación y consolidación pública del machismo como instrumento político y simbólico para seguir condicionando la realidad, y para remodelarla sobre el retroceso, no sobre el progreso hacia la Igualdad. No es casualidad que sus propuestas más conocidas vayan dirigidas a “deshacer” lo conseguido por Barak Obama, aunque ahora intente matizarlas en el cómo y en el cuándo, pero sin abandonarlas. A Trump lo han elegido para que “deshaga”, no para que haga.

El machismo es la esencia del poder, es la construcción de las relaciones sobre la condición y el status de determinadas personas configurado cuando la única referencia válida era ser hombre o mujer. A partir de esa primera desigualdad se fueron añadiendo elementos de desigualdad y discriminación basados en el criterio de quienes tenían el poder para hacerlo en cada contexto, que eran los hombres. Por eso la desigualdad y la jerarquía del machismo como cultura se ha hecho sobre el elemento común del hombre, al cual se añaden otros elementos para configurar las jerarquías particulares de cada contexto social y cultural. Por ejemplo, “hombre blanco” sobre todas las mujeres y sobre los hombres negros o con otro color de piel; o bien, “hombre blanco con una ideología y creencias” sobre todas las mujeres, los hombres negros y sobre los hombres que tengan otras ideologías y creencias… Y así, se han ido uniendo referencias como la diversidad sexual, el origen, la procedencia… pero siempre sobre la figura del hombre y bajo el argumento de su cultura basada en el poder dado por la condición y el status.

La injusticia del poder construido como privilegio e instrumento de control y dominio sobre la sociedad, se ha ido confundiendo conforme la sociedad se ha hecho más compleja y las referencias se entremezclan por escenarios complejos que “desorientan” sobre el significado de la realidad. Por ejemplo, la posición de muchas mujeres blancas respecto a hombres negros puede ser superior, o la de hombres negros heterosexuales frente a hombres blancos extranjeros y homosexuales… pero la diferente consideración y reconocimiento que se pueda hacer en un momento determinado sobre esos elementos es un espejismo que hace creer que la realidad es otra, cuando su estructura de poder es la misma y basada siempre en el machismo original alimentado por las circunstancias y adaptado a cada situación.

Todo ello viene “normalizado” por la propia organización social diseñada sobre esas ideas y reforzada a través de las leyes, las instituciones, la costumbre y las tradiciones, por eso los cambios que se han producido a lo largo de la historia son adaptativos a las nuevos tiempos, nunca transformadores sobre las viejas referencias de siempre.

El avance de la Igualdad siempre se ha producido sobre la demostración de la injusticia que suponían determinadas manifestaciones de la desigualdad, de ahí su avance a trompicones, cuando no a saltos, y siempre de manera parcial. A diferencia de la Libertad, la Justicia, la Dignidad… que se han considerado como valores inherentes a las personas, la Igualdad se ha entendido más como parte del decorado en el escenario social, y sólo cuando se observaba que generaba problemas se ha cambiado para ese conflicto particular. Pero sin que en ningún momento se haya tomado un clara conciencia de su significado, de su importancia y de su trascendencia, y por lo tanto, sin que en ningún periodo se haya apostado de manera decidida por alcanzarla.

Ocurrió con el movimiento sufragista para lograr el voto de las mujeres, con la posibilidad de que estudiaran en la universidad, con el hecho de poder realizar determinados trabajos, con el desarrollo de normas que posibilitaran, al menos formalmente, el divorcio en igualdad de condiciones que los hombres, con el logro de la libertad sexual… Siempre ha existido una injusticia que afectaba a las mujeres debido a la desigualdad, y la respuesta ha sido corregir de manera puntual esa injusticia concreta para evitar el conflicto social que pudiera llevar a una toma de conciencia sobre el significado y origen del mismo, pero no a corregir la injusticia del machismo que afectaba a todas las mujeres y situaciones. La clara demostración de que todo ello era una forma de respuesta adaptativa del propio sistema, es que nunca se ha utilizado como experiencia para evitar otros conflictos, porque lo que se ha querido en todo momento ha sido mantener la desigualdad, no cambiarla.

Sin embargo, a pesar de su poder, el machismo no ha sido capaz de controlar a toda la sociedad, nunca ha podido lograrlo, de ahí los muchos cambios que se han conseguido gracias a la incorporación paulatina de la Igualdad, el feminismo y a la labor de las mujeres, que han ido superado límites para cuestionar de manera directa y eficaz la esencia de la cultura machista y las identidades rígidas que genera.

Esa conciencia de final que percibe ahora el machismo, y su interpretación como amenaza o ataque, la expresan de manera objetiva en la forma de valorar las medidas a favor de la Igualdad cuando dicen que van “contra los hombres”, “contra la familia”, “contra el orden social”, o cuando las consideran como “ideología de género” y hablan de “adoctrinamiento”, no como avance y beneficio para toda la sociedad, al igual que lo es la Libertad, la Justicia o la Paz. En estas circunstancias surgió la estrategia del posmachismo con la finalidad de crear confusión sobre los temas de mayor actualidad y trascendencia, para mantener a la sociedad alejada de los problemas de la desigualdad. Pero a pesar de su beligerancia, de su presencia en las redes sociales, y de personas que lo han llevado hasta la política y algunos medios de comunicación, en la práctica su impacto es reducido fuera de sus ambientes y su gente, de ahí que el machismo necesite dar un paso más para mantener la jerarquía en la sociedad sobre la figura de los hombres, y tratar de reordenar el “desorden” introducido por la Igualdad.

Y ahí es donde está Donald Trump con su machismo de flequillo y su política ye-yé. Trump ha ganado las elecciones por “macho”, porque serlo y mostrarlo es algo muy valorado en una sociedad machista, fundamentalmente por los hombres, pero también por muchas mujeres de esa cultura, sólo basta recordar que un 4’6% de mujeres afirma que “el hombre agresivo parece más atractivo” (Estudio sociológico MIG, 2009). Y si es atractivo por agresivo, resultará más atractivo si es “agresivo y con dinero”, si no que se lo pregunten a Grey y sus sombras. Y si es “agresivo, con dinero y presidente de los Estados Unidos”, seguro que resulta mucho más atractivo.

El problema de Trump no es Donald Trump, sino todos los hombres que ya quieren ser como él, no sólo como machistas, eso ya lo hemos comentado en “Hombres Trump”, sino como “machistas exhibicionistas”. Eso es lo que han traído estas elecciones americanas: el machismo como instrumento político y como referencia simbólica social.

Pero del mismo modo que los machistas ya tienen un nuevo ídolo, quienes defendemos la Igualdad también tenemos una nueva referencia sobre la que continuar el trabajo de cada día. El movimiento “Not my president” es una clara reacción en ese sentido.

Prohibido agredir sexualmente

FIESTAS-PAÑUELOS-VIOLENCIA SEXUALQue todas las fiestas y ferias tengan que comenzar ahora con la advertencia de que no se puede agredir sexualmente a las mujeres, en lugar de hacerlo con el pregón, nos indica la clase de sociedad que tenemos y cómo la deriva del tiempo lo único que hace es darle la razón a la historia y su machismo. Ahora ha ocurrido en las fiestas de Vitoria.

Advertir que no se agreda sexualmente a las mujeres es como decirle a un conductor que no estrelle el autobús, y aun así dejar en sus manos la situación y la decisión.

Que las fiestas comiencen ahora con esa advertencia y con la necesidad de informar sobre las agresiones sexuales que algunos hombres cometen aprovechándose de las circunstancias festivas, refleja el nivel de permisividad que existe en la sociedad sobre las diferentes formas de violencia contra las mujeres, y de manera muy especial frente a la violencia sexual. Una permisividad que llega hasta las instituciones, donde con frecuencia el punto de partida de la investigación es analizar la credibilidad de la mujer que denuncia, y en caso de que los hechos sean creíbles tomar una decisión sobre las consecuencias negativas que la simple denuncia puede tener sobre el agresor, para ver y decidir quién sale perdiendo más en caso de continuar con la investigación. Y lo curioso es que unos mismos hechos de consideran de manera completamente diferente según se relacionen con el agresor o con la víctima. Y mientras que a la hora de valorar lo ocurrido sobre la mujer se piensa que no tienen mucha importancia, y que en un par de días ya “se le habrá pasado el susto y el mal rato”, al hacerlo sobre el agresor se actúa al contrario y se piensa que acusarlo de esa “teórica situación menor” es algo muy grave. Una valoración que, como se puede ver, refleja de manera directa la trampa social.

Si no existiera esa permisividad y esa distancia a la realidad en la interpretación de los hechos y en la respuesta a los mismos, no seria necesario poner en marcha “campañas informativas” y establecer “puntos de información” por parte de los organismos de Igualdad de los ayuntamientos en colaboración con las organizaciones feministas de mujeres.

A ningún ayuntamiento se le curre poner puntos informativos ni hacer campañas sobre “no robar” en las fiestas, ni sobre la “prohibición de romper el mobiliario urbano”, se supone que los valores y las referencias de la sociedad son lo suficientemente claras y están lo bastante interiorizadas para que nadie lo haga, y para que si alguien lo hace se actúe con la contundencia que marca la ley. En estos casos nadie se ponga a valorar la credibilidad de quien denuncia ni las consecuencias sobre el denunciado.

Pero en la violencia sexual parece que las circunstancias son distintas y que el ambiente festivo abre una especie de veda para poder agredir a las mujeres. Y no es casualidad. En ese contexto de celebración se dan una serie de circunstancias que potencian las ideas, mitos y creencias que existen en la sociedad sobre la violencia sexual, de ahí que se incremente el riesgo de que se produzcan estas agresiones. Entre esos elementos hay tres argumentos justificativos de las violaciones en general recogidos en los diferentes estudios sociológicos, y que forman parte de las celebraciones. Concretamente, se tiende a justificar las violaciones sobre las siguientes situaciones:

  1. La diversión de las mujeres en ambientes públicos (fiestas, discotecas, celebraciones…) y su relación y “flirteo” con los chicos.
  2. Consumo de bebidas alcohólicas.
  3. Vestir “ropa sexy”, que es lo que la propia sociedad impone por medio de la moda.

Estos tres elementos se convierten en argumentos, no para explicar las violaciones, sino para justificarlas bajo la idea de la “provocación” de las mujeres a través de la insinuación y de la “petición” a los hombres para que “hagan algo con ellas”. Pues las mismas referencias culturales que justifican la violación bajo esos argumentos son las que crean el mito de que las mujeres no pueden buscar directamente una relación sexual, puesto que al hacerlo serían consideradas como unas “frescas” y unas “malas mujeres”, de ahí la conocida idea de que las mujeres “cuando dicen no en realidad quieren decir sí”. Al final la trampa está servida al crear la idea de que para las mujeres “no es sí”, lo que en realidad quiere decir que para los hombres “sí es siempre sí”, diga lo que diga la mujer, y haga lo que haga.

Pero además de estos elementos, en las fiestas concurren dos circunstancias más que últimamente están cobrando un protagonismo especial. Por un lado la actuación de los hombres agresores en grupo, al menos en alguna de las fases de la agresión sexual, situación que lleva a creer que la responsabilidad se diluye entre todos los agresores hasta el anonimato, cuando la responsabilidad es de cada uno de ellos, con sus nombres y apellidos. Actuar en grupo no sólo no disminuye la responsabilidad, sino que actúa como agravante para cada uno de los participantes desde el punto de vista jurídico. Y por otro lado, se da una circunstancia que tiene muy desconcertados a muchos hombres, especialmente a los más jóvenes. Me refiero a la libertad y autonomía alcanzada por las mujeres, y que en las más jóvenes, entre otros muchos contextos, se manifiesta también por acudir a divertirse en las fiestas con total independencia de los chicos, y a hacerlo como ellas quieran, con quien ellas decidan y hasta donde deseen. Esta libertad es algo que en el modelo machista de las relaciones no encaja, pues la identidad masculina está construida sobre la idea de que las “buenas chicas” tienen que ir a estos lugares de celebración acompañadas por hombres que las protejan de otros hombres. De ese modo los hombres actúan como “protectores” y como “agresores”, y decidirse por uno u otro papel va a depender de las circunstancias y de cómo interpreten ellos la actitud de las mujeres. La situación puede llegar al extremo que se vio en San Fermín, donde uno de los detenidos por agresión sexual era Guardia Civil, un defensor del orden público como profesional y “de las buenas mujeres como hombre” que al final se comportó como un agresor fuera de la ley y de toda referencia de convivencia. http://politica.elpais.com/politica/2016/07/11/actualidad/1468237015_283062.html

Los hombres se presentan como solución al problema que generan los propios hombres (como el conductor del autobús que decide no estrellarlo), y en todo ese entramado social muchas mujeres quedan sometidas al control social de las apariencias y la reputación, y al control material de los hombres.

Muchos hombres preferirían que las mujeres permanecieran sentadas alrededor de la plaza del pueblo, y que fueran ellos los que se acercaran a “sacarlas a bailar”, como ocurría antes y aún sucede en algunos lugares, pero hoy la libertad no es sólo de los hombres.

Lo que sucede en las fiestas sólo es la consecuencia de lo que ocurre cada día en la sociedad. Acabar con el machismo y sus violencias no se consigue con puntos de información, aunque por desgracia hoy sean necesarios, sino con políticas y acciones decididas y continuadas en el tiempo. Pero también es fundamental que el resto de los hombres nos posicionemos contra los machistas, su violencia y su posmachismo, ellos actúan en nombre de los hombres y defendiendo su idea de masculinidad, y nosotros no podemos permitir que nos utilicen para que ellos mantengan sus privilegios a través de la injusticia, los abusos y la violencia.