Conciencia ficción

Imaginemos un lugar donde un primero de octubre se celebrara un referéndum amparado por sus leyes, pero en contra de la Constitución del país que lo abraza. Imaginemos que el objetivo de ese referéndum es votar para decidir si quieren seguir formando parte de ese Estado o prefieren la independencia. Imaginemos que a pesar de todos los impedimentos para que se celebre esa votación, al final hay un número de personas que salva todos los obstáculos y logra votar, y que de las urnas sale un porcentaje suficiente que dice “sí”, que quiere ser independiente. A partir de ese resultado las instituciones del lugar continúan el proceso iniciado y declaran la independencia. E imaginemos que, por las circunstancias que sean, el Estado opositor hasta ese momento se rinde a los hechos y acepta la independencia, modificando su Constitución y todo lo necesario para convivir bajo la nueva situación.

El nuevo Estado, ya independiente, prosigue con sus cambios y pone en marcha unas elecciones para elegir su Parlamento desde la nueva soberanía. Y tras la celebración de esas primeras elecciones del nuevo país y en un ambiente festivo, una mayoría social respalda el resultado de la independencia y a los partidos que la promovieron, que ahora buscan afianzarla en lo local y reforzarla en lo internacional para alcanzar el ansiado y necesario reconocimiento. Pero imaginemos que en ese Parlamento salido de las urnas el número de escaños de los partidos que se oponían a esa forma de alcanzar la independencia y a seguir ahora en ella es mayor, y que dadas las nuevas circunstancias forman Gobierno y se agrupan en la cámara para poner en marcha una ley de retorno al Estado original, y un referéndum para lograrlo amparándose en que prácticamente la mitad de la población quiere pertenecer al Estado común. Con todos esos elementos, y con la confianza que da tener el voto de quienes no querían la independencia y el impacto de las campañas y argumentos que se lancen desde las propias instituciones, inician este nuevo proceso en contra del Tribunal Constitucional del nuevo país, que anula todas sus decisiones y acciones, aunque ellos prosiguen amparados por la soberanía popular que los ha elegido, y bajo el argumento de que “votar es democracia”.

¿Sería aceptado ese nuevo proceso y su resultado por parte de quienes lo hicieron en sentido contrario para lograr la independencia?

Las circunstancias me hacen pensar que no, que sería rechazado por ilegal y por instrumentalizar las instituciones a favor de unas determinadas ideas y posiciones políticas.

No estamos hablando de situaciones distintas ni de mundos diferentes, la conciencia es tan responsable de la realidad como de la ficción, y de llamar a cada una con el nombre que necesite en cada momento para hacerla real, pues una cosa es lo real y otra la verdad. Y en política con frecuencia se confunde la una con la otra, como se confunde el pensamiento con la imaginación y el deseo con el sueño, creando el problema de hacer a la política innecesaria, cuando es ella el instrumento que puede acercar y conectar esa imaginación con el pensamiento y el sueño con el deseo para lograr que se hagan realidad, no sólo verdad.

La situación que se ha creado alrededor del proceso iniciado en Cataluña sólo tiene como solución reflejar el deseo, el sueño, la voluntad… de cada persona en las urnas, y eso lo saben todas las partes involucradas. Pero del mismo modo que usar un bisturí no significa que se esté realizando un acto quirúrgico, usar las urnas no significa que sea un acto democrático, por eso es importante entender que es la solución la que debe llevar a las urnas, y no que son las urnas las que llevan a la solución. La solución que surja de unas urnas sin el proceso democrático que debe ponerlas en cada una de las mesas, será real, pero no verdad.

Y cuando hablo de “proceso democrático” no me refiero a la técnica jurídica y a la normativa que avale las decisiones y las acciones políticas, sino a la participación y al debate social amplio y mantenido para que sea ese pueblo el que tome la voz, no el que reproduzca el playback de cada una de las partes promotoras de las diferentes opciones, y viva las propuestas contrarias como un ataque. Es lo mínimo ante un hecho tan trascendente como decidir sobre la independencia.

Si todo se presenta como causa de una historia de agravio el resultado será un agravio histórico. Todavía no he escuchado lo suficiente ni he leído por qué la identidad catalana quiere la independencia como forma de expresarse y convivir, y por qué de esa nueva forma de relacionarse con España saldrán también lazos positivos por todo lo que hemos compartido a lo largo de la historia, y por todas las posibilidades que se abren en ese nuevo horizonte. Y sería algo esencial, pues condicionar el futuro sólo a las circunstancias del pasado suele llevar a retrocesos, no a avanzar en un mundo que acelera a diario.

La identidad no es un elemento estático y no sólo es lo que uno siente, sino que también es lo que los demás perciben a partir de ese sentimiento; y tan importante es para el futuro y las relaciones el componente subjetivo (la forma de sentirse), como el inter-subjetivo (la manera en que lo perciben los demás). Por ello la forma de alcanzar la independencia de los países marca para siempre su identidad dentro y fuera de sus fronteras. Una independencia surgida de un enfrentamiento en un contexto de paz llevará al conflicto. Un conflicto que quizás un día lleve a que unos partidos con mayoría parlamentaria inicien un proceso de reintegración en el país original en contra de una parte importante de la sociedad y de su Tribunal Constitucional.

No es ciencia ficción, es conciencia ficción, de momento con pocas probabilidades de ser real, pero no tan lejos de ser verdad.

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La “arriesgada apuesta” del color rosa

“Una apuesta arriesgada”, así define la noticia la decisión del equipo de Fórmula 1 Force India de pintar de color rosa sus coches esta temporada.

El rosa es mucho más que un color, es un símbolo que señala el territorio de las mujeres, el límite que los hombres no pueden sobrepasar, la bandera que marca el territorio de lo femenino donde un hombre es visto como un extraño, no desde dentro, sino para quien lo mira desde fuera. Porque ser hombre es ser reconocido como tal por otros hombres, de manera que cuando alguno se aleja de su modelo deja de ser un “hombre de verdad”.

El rosa se convierte así en una doble referencia, por un lado en ese color que marca lo de las mujeres, y por otro, en el color que señala lo que supone “no ser hombre” y marca la frontera que define la identidad masculina, y, por tanto, lo que dejarían de ser en el momento en que se impregnara de rosa.

Ese es el motivo que lleva a que aún hoy se identifique a los niños con el color azul y a las niñas con el rosa, que los juguetes sigan en catálogos con hojas marcadas por cada uno de los colores, y que, por ejemplo, la “prensa rosa” sea la forma de denominar a las publicaciones dirigidas a las mujeres… Todo como un límite para los hombres, como esa “línea rosa” que no deben traspasar para no ser cuestionados como hombres. La crítica y el rechazo se produce contra los hombres, no tanto frente a las mujeres que entran en el territorio azulado, pues en esos casos la propia desigualdad y discriminación, incluso la violencia si hiciera falta, se encargarían de controlar la situación.

No hay problema si una niña viste ropa celeste, de hecho lo hacen; o si juega con un balón de fútbol, cada vez juegan más; o si decide coger un muñeco de Star Wars o un soldado, en ocasiones los integran en sus juegos… nadie les llama la atención por ello. El problema está en que un niño vista de rosa, juegue con muñecas, se ponga a preparar la comida de sus muñecos en una cocinica, o a pasearlos en un carrito de bebés… Lo mismo que no hay problema en que una mujer lea el National Geographic o una revista de actualidad política, pero sí surgen dudas y preguntas cuando una hombre se pone a leer una revista de la prensa rosa.

El rosa es la representación simbólica del universo femenino, un espacio controlado por los hombres desde su cielo azul, pero al que no pueden pertenecer bajo la amenaza de “dejar de ser hombre” y de perder los privilegios concedidos por la cultura como tales hombres.

Y aunque pueda parecer un tema menor o algo propio de la Navidad y sus catálogos de juguetes, su presencia y significado va mucho más allá, tal y como se comprueba en la noticia sobre el color del fórmula 1 y en los comentarios surgidos a dicha información. La forma de abordar la cuestión refleja esa dualidad en la que el machismo ha convertido la realidad al interpretarla sobre “lo de los hombres” y “lo de las mujeres” tomando como referencia de valor lo masculino, y negando la diversidad que surge de todo lo que no sea “hombre o mujer” según ese maniqueísmo histórico del machismo.

Y no es nada casual. Partir sólo con dos posibilidades, hombres y mujeres, o sea, masculino y femenino, y hacerlo desde la superioridad de la primera de ellas, permite crear la cultura alrededor de sus elementos de valor, hacer girar la sociedad sobre “lo de los hombres” y “lo de las mujeres”, y crear unas identidades para unos y para otras a partir del sexo biológico, como si la esencia de las personas fuera “su carne” y no su mente. En cambio, admitir que los colores de la realidad son variados, no sólo rosa y azul, y que ser hombre o mujer en sentido tradicional no son las únicas referencias de identidad en nuestra sociedad, tiene dos consecuencias inmediatas sobre la cultura machista. Por una parte, dificulta la gestión y el control de la diversidad desde una posición que pierde la referencia dual del blanco y negro, es decir, del rosa y el azul, puesto que en el modelo tradicional todo resulta sencillo desde un punto de vista práctico al considerar que lo que no es azul es rosa, y por lo tanto inferior. Y por otra, la propia construcción de la identidad masculina hegemónica a partir de la pureza del sexo que lleva a entender que sólo “los niños tienen pene y las niñas tienen vulva”, resultaría imposible al no poder imponer ni convencer de la idoneidad de esa construcción basada en las idea de “sexo fuerte” y de “inteligencia y racionalidad” como características asociadas a los hombres.

Por eso, tal y como recoge la noticia, el rosa es una “arriesgada apuesta”, porque significa traer a un territorio masculino algo que no sólo no pertenece al mismo, sino que representa todo lo contrario, y en consecuencia su presencia se entiende como “contaminación”, como algo tóxico, de ahí el riesgo.

Que el coche de Force India sea de color rosa no le genera más rozamiento con el aire, ni modifica su aerodinámica, tampoco le hace perder adherencia en las curvas, ni desgasta más sus neumáticos, sin embargo, es una “apuesta arriesgada”. Es más, la propia información destaca el hecho significativo de que los casos de los dos pilotos, Pérez y Ocon, serán rosas para enfatizar lo arriesgado de una apuesta que, según parece, debe poner en juego sus propias vidas. Lo mismo hasta se niegan a competir junto a ellos el resto de pilotos, dado el riesgo que se ha generado alrededor.

Tenemos un problema muy serio como sociedad cuando pintar un coche de color rosa en una competición en la que uno de los objetivos es llamar la atención para que la publicidad tenga más impacto, y otro conseguir que los coches sean fácilmente identificados del resto de las escuderías, es considerado una “arriesgada apuesta”.

Todo ello refuerza algo en lo que ya hemos insistido, acabar con los problemas de una desigualdad hecha cultura por el machismo exige algo más que actuar sobre cada una de sus manifestaciones, de ahí la importancia de que el Pacto de Estado sobre el que ahora se trabaja no se limite a la violencia de género y se extienda al machismo. Es la forma de acabar con ese paisaje oscuro y sombrío que ha impuesto a la realidad, aunque luego juegue con los colores para camuflarse dentro de ella.

 

Trump, el hombre

trump-hombrePodríamos decir eso de “vuelve el hombre”, al más puro estilo de un anuncio de perfumes televisivo, el problema es que nunca se ha ido y que el aroma que hay en el ambiente se parece más al de la Dinamarca de Hamlet que al afrutado olor enfrascado.

El triunfo de Donald Trump en las elecciones americanas es algo más que la victoria del candidato del Partido Republicano, significa la ratificación y consolidación pública del machismo como instrumento político y simbólico para seguir condicionando la realidad, y para remodelarla sobre el retroceso, no sobre el progreso hacia la Igualdad. No es casualidad que sus propuestas más conocidas vayan dirigidas a “deshacer” lo conseguido por Barak Obama, aunque ahora intente matizarlas en el cómo y en el cuándo, pero sin abandonarlas. A Trump lo han elegido para que “deshaga”, no para que haga.

El machismo es la esencia del poder, es la construcción de las relaciones sobre la condición y el status de determinadas personas configurado cuando la única referencia válida era ser hombre o mujer. A partir de esa primera desigualdad se fueron añadiendo elementos de desigualdad y discriminación basados en el criterio de quienes tenían el poder para hacerlo en cada contexto, que eran los hombres. Por eso la desigualdad y la jerarquía del machismo como cultura se ha hecho sobre el elemento común del hombre, al cual se añaden otros elementos para configurar las jerarquías particulares de cada contexto social y cultural. Por ejemplo, “hombre blanco” sobre todas las mujeres y sobre los hombres negros o con otro color de piel; o bien, “hombre blanco con una ideología y creencias” sobre todas las mujeres, los hombres negros y sobre los hombres que tengan otras ideologías y creencias… Y así, se han ido uniendo referencias como la diversidad sexual, el origen, la procedencia… pero siempre sobre la figura del hombre y bajo el argumento de su cultura basada en el poder dado por la condición y el status.

La injusticia del poder construido como privilegio e instrumento de control y dominio sobre la sociedad, se ha ido confundiendo conforme la sociedad se ha hecho más compleja y las referencias se entremezclan por escenarios complejos que “desorientan” sobre el significado de la realidad. Por ejemplo, la posición de muchas mujeres blancas respecto a hombres negros puede ser superior, o la de hombres negros heterosexuales frente a hombres blancos extranjeros y homosexuales… pero la diferente consideración y reconocimiento que se pueda hacer en un momento determinado sobre esos elementos es un espejismo que hace creer que la realidad es otra, cuando su estructura de poder es la misma y basada siempre en el machismo original alimentado por las circunstancias y adaptado a cada situación.

Todo ello viene “normalizado” por la propia organización social diseñada sobre esas ideas y reforzada a través de las leyes, las instituciones, la costumbre y las tradiciones, por eso los cambios que se han producido a lo largo de la historia son adaptativos a las nuevos tiempos, nunca transformadores sobre las viejas referencias de siempre.

El avance de la Igualdad siempre se ha producido sobre la demostración de la injusticia que suponían determinadas manifestaciones de la desigualdad, de ahí su avance a trompicones, cuando no a saltos, y siempre de manera parcial. A diferencia de la Libertad, la Justicia, la Dignidad… que se han considerado como valores inherentes a las personas, la Igualdad se ha entendido más como parte del decorado en el escenario social, y sólo cuando se observaba que generaba problemas se ha cambiado para ese conflicto particular. Pero sin que en ningún momento se haya tomado un clara conciencia de su significado, de su importancia y de su trascendencia, y por lo tanto, sin que en ningún periodo se haya apostado de manera decidida por alcanzarla.

Ocurrió con el movimiento sufragista para lograr el voto de las mujeres, con la posibilidad de que estudiaran en la universidad, con el hecho de poder realizar determinados trabajos, con el desarrollo de normas que posibilitaran, al menos formalmente, el divorcio en igualdad de condiciones que los hombres, con el logro de la libertad sexual… Siempre ha existido una injusticia que afectaba a las mujeres debido a la desigualdad, y la respuesta ha sido corregir de manera puntual esa injusticia concreta para evitar el conflicto social que pudiera llevar a una toma de conciencia sobre el significado y origen del mismo, pero no a corregir la injusticia del machismo que afectaba a todas las mujeres y situaciones. La clara demostración de que todo ello era una forma de respuesta adaptativa del propio sistema, es que nunca se ha utilizado como experiencia para evitar otros conflictos, porque lo que se ha querido en todo momento ha sido mantener la desigualdad, no cambiarla.

Sin embargo, a pesar de su poder, el machismo no ha sido capaz de controlar a toda la sociedad, nunca ha podido lograrlo, de ahí los muchos cambios que se han conseguido gracias a la incorporación paulatina de la Igualdad, el feminismo y a la labor de las mujeres, que han ido superado límites para cuestionar de manera directa y eficaz la esencia de la cultura machista y las identidades rígidas que genera.

Esa conciencia de final que percibe ahora el machismo, y su interpretación como amenaza o ataque, la expresan de manera objetiva en la forma de valorar las medidas a favor de la Igualdad cuando dicen que van “contra los hombres”, “contra la familia”, “contra el orden social”, o cuando las consideran como “ideología de género” y hablan de “adoctrinamiento”, no como avance y beneficio para toda la sociedad, al igual que lo es la Libertad, la Justicia o la Paz. En estas circunstancias surgió la estrategia del posmachismo con la finalidad de crear confusión sobre los temas de mayor actualidad y trascendencia, para mantener a la sociedad alejada de los problemas de la desigualdad. Pero a pesar de su beligerancia, de su presencia en las redes sociales, y de personas que lo han llevado hasta la política y algunos medios de comunicación, en la práctica su impacto es reducido fuera de sus ambientes y su gente, de ahí que el machismo necesite dar un paso más para mantener la jerarquía en la sociedad sobre la figura de los hombres, y tratar de reordenar el “desorden” introducido por la Igualdad.

Y ahí es donde está Donald Trump con su machismo de flequillo y su política ye-yé. Trump ha ganado las elecciones por “macho”, porque serlo y mostrarlo es algo muy valorado en una sociedad machista, fundamentalmente por los hombres, pero también por muchas mujeres de esa cultura, sólo basta recordar que un 4’6% de mujeres afirma que “el hombre agresivo parece más atractivo” (Estudio sociológico MIG, 2009). Y si es atractivo por agresivo, resultará más atractivo si es “agresivo y con dinero”, si no que se lo pregunten a Grey y sus sombras. Y si es “agresivo, con dinero y presidente de los Estados Unidos”, seguro que resulta mucho más atractivo.

El problema de Trump no es Donald Trump, sino todos los hombres que ya quieren ser como él, no sólo como machistas, eso ya lo hemos comentado en “Hombres Trump”, sino como “machistas exhibicionistas”. Eso es lo que han traído estas elecciones americanas: el machismo como instrumento político y como referencia simbólica social.

Pero del mismo modo que los machistas ya tienen un nuevo ídolo, quienes defendemos la Igualdad también tenemos una nueva referencia sobre la que continuar el trabajo de cada día. El movimiento “Not my president” es una clara reacción en ese sentido.

Prohibido agredir sexualmente

FIESTAS-PAÑUELOS-VIOLENCIA SEXUALQue todas las fiestas y ferias tengan que comenzar ahora con la advertencia de que no se puede agredir sexualmente a las mujeres, en lugar de hacerlo con el pregón, nos indica la clase de sociedad que tenemos y cómo la deriva del tiempo lo único que hace es darle la razón a la historia y su machismo. Ahora ha ocurrido en las fiestas de Vitoria.

Advertir que no se agreda sexualmente a las mujeres es como decirle a un conductor que no estrelle el autobús, y aun así dejar en sus manos la situación y la decisión.

Que las fiestas comiencen ahora con esa advertencia y con la necesidad de informar sobre las agresiones sexuales que algunos hombres cometen aprovechándose de las circunstancias festivas, refleja el nivel de permisividad que existe en la sociedad sobre las diferentes formas de violencia contra las mujeres, y de manera muy especial frente a la violencia sexual. Una permisividad que llega hasta las instituciones, donde con frecuencia el punto de partida de la investigación es analizar la credibilidad de la mujer que denuncia, y en caso de que los hechos sean creíbles tomar una decisión sobre las consecuencias negativas que la simple denuncia puede tener sobre el agresor, para ver y decidir quién sale perdiendo más en caso de continuar con la investigación. Y lo curioso es que unos mismos hechos de consideran de manera completamente diferente según se relacionen con el agresor o con la víctima. Y mientras que a la hora de valorar lo ocurrido sobre la mujer se piensa que no tienen mucha importancia, y que en un par de días ya “se le habrá pasado el susto y el mal rato”, al hacerlo sobre el agresor se actúa al contrario y se piensa que acusarlo de esa “teórica situación menor” es algo muy grave. Una valoración que, como se puede ver, refleja de manera directa la trampa social.

Si no existiera esa permisividad y esa distancia a la realidad en la interpretación de los hechos y en la respuesta a los mismos, no seria necesario poner en marcha “campañas informativas” y establecer “puntos de información” por parte de los organismos de Igualdad de los ayuntamientos en colaboración con las organizaciones feministas de mujeres.

A ningún ayuntamiento se le curre poner puntos informativos ni hacer campañas sobre “no robar” en las fiestas, ni sobre la “prohibición de romper el mobiliario urbano”, se supone que los valores y las referencias de la sociedad son lo suficientemente claras y están lo bastante interiorizadas para que nadie lo haga, y para que si alguien lo hace se actúe con la contundencia que marca la ley. En estos casos nadie se ponga a valorar la credibilidad de quien denuncia ni las consecuencias sobre el denunciado.

Pero en la violencia sexual parece que las circunstancias son distintas y que el ambiente festivo abre una especie de veda para poder agredir a las mujeres. Y no es casualidad. En ese contexto de celebración se dan una serie de circunstancias que potencian las ideas, mitos y creencias que existen en la sociedad sobre la violencia sexual, de ahí que se incremente el riesgo de que se produzcan estas agresiones. Entre esos elementos hay tres argumentos justificativos de las violaciones en general recogidos en los diferentes estudios sociológicos, y que forman parte de las celebraciones. Concretamente, se tiende a justificar las violaciones sobre las siguientes situaciones:

  1. La diversión de las mujeres en ambientes públicos (fiestas, discotecas, celebraciones…) y su relación y “flirteo” con los chicos.
  2. Consumo de bebidas alcohólicas.
  3. Vestir “ropa sexy”, que es lo que la propia sociedad impone por medio de la moda.

Estos tres elementos se convierten en argumentos, no para explicar las violaciones, sino para justificarlas bajo la idea de la “provocación” de las mujeres a través de la insinuación y de la “petición” a los hombres para que “hagan algo con ellas”. Pues las mismas referencias culturales que justifican la violación bajo esos argumentos son las que crean el mito de que las mujeres no pueden buscar directamente una relación sexual, puesto que al hacerlo serían consideradas como unas “frescas” y unas “malas mujeres”, de ahí la conocida idea de que las mujeres “cuando dicen no en realidad quieren decir sí”. Al final la trampa está servida al crear la idea de que para las mujeres “no es sí”, lo que en realidad quiere decir que para los hombres “sí es siempre sí”, diga lo que diga la mujer, y haga lo que haga.

Pero además de estos elementos, en las fiestas concurren dos circunstancias más que últimamente están cobrando un protagonismo especial. Por un lado la actuación de los hombres agresores en grupo, al menos en alguna de las fases de la agresión sexual, situación que lleva a creer que la responsabilidad se diluye entre todos los agresores hasta el anonimato, cuando la responsabilidad es de cada uno de ellos, con sus nombres y apellidos. Actuar en grupo no sólo no disminuye la responsabilidad, sino que actúa como agravante para cada uno de los participantes desde el punto de vista jurídico. Y por otro lado, se da una circunstancia que tiene muy desconcertados a muchos hombres, especialmente a los más jóvenes. Me refiero a la libertad y autonomía alcanzada por las mujeres, y que en las más jóvenes, entre otros muchos contextos, se manifiesta también por acudir a divertirse en las fiestas con total independencia de los chicos, y a hacerlo como ellas quieran, con quien ellas decidan y hasta donde deseen. Esta libertad es algo que en el modelo machista de las relaciones no encaja, pues la identidad masculina está construida sobre la idea de que las “buenas chicas” tienen que ir a estos lugares de celebración acompañadas por hombres que las protejan de otros hombres. De ese modo los hombres actúan como “protectores” y como “agresores”, y decidirse por uno u otro papel va a depender de las circunstancias y de cómo interpreten ellos la actitud de las mujeres. La situación puede llegar al extremo que se vio en San Fermín, donde uno de los detenidos por agresión sexual era Guardia Civil, un defensor del orden público como profesional y “de las buenas mujeres como hombre” que al final se comportó como un agresor fuera de la ley y de toda referencia de convivencia. http://politica.elpais.com/politica/2016/07/11/actualidad/1468237015_283062.html

Los hombres se presentan como solución al problema que generan los propios hombres (como el conductor del autobús que decide no estrellarlo), y en todo ese entramado social muchas mujeres quedan sometidas al control social de las apariencias y la reputación, y al control material de los hombres.

Muchos hombres preferirían que las mujeres permanecieran sentadas alrededor de la plaza del pueblo, y que fueran ellos los que se acercaran a “sacarlas a bailar”, como ocurría antes y aún sucede en algunos lugares, pero hoy la libertad no es sólo de los hombres.

Lo que sucede en las fiestas sólo es la consecuencia de lo que ocurre cada día en la sociedad. Acabar con el machismo y sus violencias no se consigue con puntos de información, aunque por desgracia hoy sean necesarios, sino con políticas y acciones decididas y continuadas en el tiempo. Pero también es fundamental que el resto de los hombres nos posicionemos contra los machistas, su violencia y su posmachismo, ellos actúan en nombre de los hombres y defendiendo su idea de masculinidad, y nosotros no podemos permitir que nos utilicen para que ellos mantengan sus privilegios a través de la injusticia, los abusos y la violencia.

 

La investidura en clave machista

CONGRESO-ESFERASin lugar a dudas, la política es uno de los principales escenarios del machismo, y no porque sea una espacio diferente al resto de la sociedad, sino por lo contrario, porque forma parte de ella y porque, además, está aderezada con el condimento del poder, esa pócima mágica en la que cayó el primer macho y que, por transmisión o invitación, comparte con el resto de los asistentes, al tiempo que se difunde por el aire de la cultura, como si fuera uno de esos ambientadores modernos que nada más moverte lanza su spray al ambiente.

Que las diputadas representen el 40% se ve como un logro, pero que el 60% del Congreso sean diputados hay quien lo percibe como una pérdida. Que una diputada vaya con su bebé al escaño se toma en broma, pero que el 80% de los trabajos a tiempo parcial sea desarrollado por mujeres para poder cuidar a sus familiares se ve como algo serio. Que dos diputados se besen en los labios en este comienzo de legislatura a algunos les genera impudor, pero que cuando comenzaba la anterior una diputada dijera aquello del “que se jodan”, para besar las medidas laborales que han oprimido a la sociedad, generó solidaridad y cierre de filas. Que un diputado lleve rastas se considera sucio, pero que cabezas recién peinadas y engominadas hayan amasado fortunas sobre la corrupción, se toma como “juego limpio” y elegante.

Todo eso podría formar parte de la escenificación de los días en un ambiente que imprime carácter en 3D, pero si nos vamos a la esencia de lo ocurrido en el “palacio de congresos y festivales de España”, la cosa es más preocupante.

Lo que ha sucedido con la candidatura de Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno, ha parecido más un juego de patio de colegio que uno de los actos trascendentales de la democracia.

El debate de investidura se ha tomado como si dos cursos de la escuela (2º y 4º de ESO o de lo otro), se hubieran juntado para echarle un partido a los de 1º, 3º, 5º… y al resto. Desde el principio, la reacción que hemos visto en el hemiciclo ha sido la típica de los gallitos en los recreos: unos decían, “a que no tenéis huevos”, otros, “pero qué se habrán creído estos”, muchos, “pero si sólo son una pandilla de perdedores”, algunos se enfadaban y decían, “ya no te hablo porque no te has juntado conmigo”, y unos cuantos saltaban con lo de, “el patio es mío, y sólo yo puedo jugar”… Y claro, con estos antecedentes el final no podía ser otro que ridiculizar al osado por intentar resolver el problema que el resto ni intenta, y presentarlo como un “perdedor”.

Esta actitud es muy típica del machismo, plantear la vida como una competición en la que sólo los “elegidos” deben optar a ganar determinadas posiciones, y presentar al resto como “perdedores”, no tanto por el resultado como por el intento. Por eso reírse del perdedor es una constante del machismo que empieza en la infancia y llega hasta las instancias más altas de la política y la empresa, como una forma de intimidar para que nadie intente disputar los espacios a quien se cree con la legitimidad natural de usarlos. No es de extrañar, por tanto, que sean los hombres los primeros en abandonar a otro hombre que pierde. Los mismos compañeros que lo siguen como su sombra y que no dejan de llamarlo o de mandarle mensajes cuando lo ven como ganador, son los primeros en apartarse de él al comenzar a oír el crujir de las ramas de su poder, para terminar luego haciendo leña, cuando ya ha caído.

Para ellos todo es competición, pero la competición del machismo está llena de trampas porque parte de la desigualdad para dar ventajas a los hombres respecto a las mujeres, y luego a unos hombres sobre otros, y porque está diseñada para vencer, no para ganar. Ganar es hacerlo en unas circunstancias objetivas sobre los demás, pero vencer tiene como objetivo principal la derrota del otro. Por eso fueron hombres quienes dijeron eso de que “en el amor y en la guerra todo vale”, para así justificar la violencia de género en las relaciones de pareja, y el uso de cualquier estratagema en su lucha de poder contra otros hombres. Sólo cuando las circunstancias dificultan las trampas es cuando se llenan de trascendencia para decir aquello de “lo importante es participar”, y así justificar la derrota de todos menos uno.

Las sonrisas hacia el perdedor que han mostrado muchos de los diputados que ni siquiera han “participado” para intentar “ganar” el Gobierno, sólo es comparable a las risas que se oyen en cualquier otro escenario cuando aquel que lo intenta fracasa. La ridiculización del “vencido” refuerza la idea de desigualdad, su estructura de poder y el ego de los que entienden que quien no resulta derrotado por no participar es un ganador, cuando en verdad pierde hasta la credibilidad.

Pero esa estrategia no es producto de un “juego de niños”, sino que forma parte de la esencia del machismo. Si se lanza el mensaje de que “quien no participa es un vencedor”, al final se toma la inacción como una victoria al no resultar vencido, y la sociedad adquiere una actitud pasiva y distante a la participación, unas veces como ausencia otras en forma de neutralidad, pero siempre ajena al compromiso democrático. Y es esa pasividad la que utiliza el machismo y sus estructuras de poder para llevar a cabo sus iniciativas con los hombres machistas que sí dan el paso para beneficiarse de ellas, y de ese modo mantener la desigualdad como referencia y el machismo como inspiración.

Lo ocurrido en el Congreso estos días ha sido muy revelador, pues con independencia de las ideologías enunciadas por cada partido, hemos visto quienes sólo juegan a vencer y quienes juegan a través de la participación con independencia del resultado, y ello, además de otras razones, también está relacionado con las formas del machismo.

Ya lo hemos dicho en otras ocasiones, la diferencia principal entre un partido de izquierdas y uno de derechas no está en el número de machistas, sino en el número de feministas. Si las ideas de izquierdas no se desprenden de los valores machistas que buscan el sentido de la realidad en el ejercicio del poder, el resultado será que no habrá Igualdad, habrá políticas diferentes, pero sin Igualdad.

Los hombres están acostumbrados a negociar y pactar cuando tienen algo que repartirse, no cuando deben ceder y aportar. Por dicha razón, y a raíz de lo visto, volviendo con el tema de la investidura, si se quieren resultados no estaría mal que las comisiones negociadoras de cada partido estuvieran formadas por mujeres. Si lo hubieran hecho desde el principio, probablemente, ya tendríamos Gobierno.

 

Caos y orden

CAOS Y ORDEN-FEl poder es falaz y siempre juega a la confusión para sacar beneficio de las “aguas revueltas” de la realidad. El poder se presenta como orden y el orden como previsible, y esa previsión le otorga credibilidad a quien lo plantea… Todo sucede tal y como está previsto, y todo el mundo ocupa el lugar que le corresponde en la estructura diseñada por el poder para llevar a cabo las funciones asignadas. Esta misma organización ya nos indica que el poder parte del “a priori” y el convencimiento de que no todo el mundo puede hacer todo, y que aquellos que hacen algo, no lo pueden realizar en cualquier lugar y circunstancia. Y no pueden porque el poder se basa en que hay capacidades vinculadas a la condición de las personas que él luego gestiona a través de las casillas del tiempo y de los espacios. Pero el poder no puede presentarse con ese argumento ni reivindicando el logro del orden que exige, si lo hiciera se mostraría a sí mismo como un fracaso, pues la propia diversidad y pluralidad de opciones de esta época “post e intra-globalización”, demostrarían su ineficacia ante el “desorden funcional” existente. El poder hoy es “promesa de orden”, no orden en sí mismo. El poder se presenta hoy con el argumento de que sólo desde las posiciones respaldadas por la tradición y los valores conservadores de la derecha se puede alcanzar el orden necesario para convivir, y que dicha convivencia sólo se puede garantizar según su modelo. Por eso el poder se reafirma en la idea de, “o yo el caos”. En todo este juego, hay dos cuestiones importantes:

  1. El poder juega con ventaja al partir de la idea de orden construida sobre el modelo conservador que ya está instaurado en lo funcional (convivencia, tipo de relaciones, jerarquías, valores, roles, espacios…) De manera que el peso de la historia se presenta como argumento de veracidad y evidencia de eficacia, afirmando que “si hemos llegado hasta aquí con ese modelo, el modelo funciona”. De ese modo, la realidad refuerza su estructura y descarta cualquier otra alternativa, que es presentada como un caos y un viaje a lo desconocido.
  2. Al contrario de lo que pueda parecer, al poder y a la derecha ejecutora del mismo le interesa el caos, no el orden. Si el poder es hoy “promesa de orden”, dado que el orden que venden es imposible, cuanto más caos, más necesidad de que actúe el poder y sus instrumentos conservadores para caminar hacia el orden prometido.

Estas dos cuestiones hacen que el poder ejecutor en la política y en lo social sea fluctuante, necesita ceder para luego recuperar más; no es un error, sino parte de su estrategia. Ya no es posible un poder continuado como ocurría con las dictaduras o con las sociedades democráticas desinformadas, aunque aún se intente jugar con estos dos elementos para acaparar más poder funcional. El juego democrático lleva a la fluctuación y a la cesión, algo que es asumido y forma parte de la táctica que lleva a que a la larga siempre gane; es como en la bolsa, los valores de las grandes empresas unos días suben otros bajan, pero al final el balance de resultados siempre arroja beneficios. El verdadero poder, ese poder abstracto, no está en las personas, en los bancos, en las empresas, y menos aún en los gobiernos. El poder abstracto es el sistema que permite que todo suceda de modo que resulte beneficiado quien forma parte del ejercicio político y social que reproduce sus valores, ideas, creencias… consiguiendo de ese modo reducir todo lo posible a una única opción. Y ese sistema de poder abstracto se está adaptando a las nuevas circunstancias. Ahora juega con los acontecimientos que él ha provocado para controlar a las propias democracias con estructuras supranacionales e instrumentos económicos y financieros que escapan a los controles establecidos. Todo ello le permite agitar la realidad y generar un “caos controlado” para que no se le vaya de las manos, y para que la opción siempre sea volver a la mano del poder, no agarrarse definitivamente a ella. Eso no interesa. La situación se ha potenciado en estos últimos tiempos debido a varias razones, entre ellas tenemos:

  • El mecanismo de agitación utilizado en esta última fase, la llamada “crisis económica”, ha impactado sobre cuestiones esenciales de la vida y sobre la dignidad de las personas, lo cual ha generado miedo en una parte de la sociedad, pero también un rechazo de la injusticia social que hay detrás.
  • Existe una mayor conciencia crítica por parte de la sociedad sobre los problemas existentes y su significado.
  • Tenemos una mayor diversidad y pluralidad social, circunstancia que dificulta que un modelo de valores sea aceptado como único e incuestionable.
  • Hay un mayor conocimiento sobre posibles alternativas.
  • Todo ello ha llevado a un cuestionamiento de la esencia del propio poder y de la injusticia que genera, no sólo de las formas, los tiempos y los espacios, como ocurría antes. Para una parte significativa de la sociedad hoy es más importante salir de ese modelo que continuar en él, y no lo vive tanto desde el punto de vista del resultado en lo material, sino como posición ética.

Ante estas circunstancias críticas con el poder, él lo tiene fácil: Generar más caos y amplificar su significado a través del miedo, para hacer que su “promesa de orden” sea más querida y seguida. Está ocurriendo con Grecia y la UE, pero también en España tras los resultados de las últimas elecciones municipales y autonómicas. La cesión del poder tradicional que se ha conseguido no se puede entender como una victoria de la izquierda ni como alternativa alguna, si no se fundamenta en un modelo de sociedad diferente, más allá de las propuestas urgentes que se hagan, por muy “revolucionarias y radicales” que sean, y por muchos cambios que se produzcan en las formas de ejercer la política. El poder conservador de la derecha es adaptativo, hará lo que tenga que hacer para seguir igual. Su poder no está en las corbatas ni viaja en los coches oficiales, los símbolos son importantes, pero el cambio de rito no cambia el mito… Sobre todo cuando comprobamos que quien más está renunciando a su esencia y símbolos es la propia alternativa de la izquierda. La izquierda tiene que dejar de ser sólo reactiva y pasar a ser más proactiva. Es la forma de alcanzar un nuevo orden social que no llame caos a la diversidad y a la pluralidad, y que radique en las personas, no en determinados partidos políticos.

Gallardón y el largo y frío verano

GALLARDON-LARGO Y FRIO VERANOUna golondrina no hace verano, pero un proyecto de ley sí; al menos eso es lo que debe pensar el Ministro Ruiz Gallardón mientras deshoja las margaritas de su pensil: “Reforma del aborto sí, reforma del aborto no”; “dimisión no, dimisión sí”…

El Ministro de Justicia, allá cuando el estío se desvestía de julio, dijo que el proyecto de ley sobre la reforma del aborto se aprobaría antes de que acabara el verano, es cierto que mostró sus dudas sobre cuándo era ese momento, pero no vaciló en situarlo en la referencia estacional, nada de metáforas ni licencias poéticas para referirse al trayecto de su proyecto como una travesía en el desierto.

Ahora parece que el verano acaba en marzo, al menos ese es el tiempo que tiene, según algunas informaciones, para que se apruebe el proyecto de ley y poder tramitarlo antes de que finalice la legislatura. Por eso le queda por vivir un “largo y frío verano”, tal y como ha quedado en evidencia cuando tras sus palabras en la sesión de control del 17-9-14, su grupo apenas le ha dado el calor de los aplausos.

El Ministro continúa perdido entre lo divino y lo humano, y utiliza la moral que le dicta la fe para imponer a las mujeres una ley que les obliga a ser madres en caso de embarazos no deseados. ¿Qué dios o qué moral puede obligar a ello?…  Sólo quien ve a las mujeres como un instrumento para la maternidad las puede forzar en contra de su voluntad. Ni siquiera el nasciturus, como ha reconocido el Tribunal Constitucional, puede imponer su protección por encima de la madre.

Quizás por ello el Ministro juega con uno de los mitos tradicionales sobre las mujeres, ese que afirma que “las mujeres en realidad quieren decir sí cuando dicen no”; y que, por tanto, el problema se resuelve a base de insistencia… Sólo hay que insistir por encima de su voluntad, pues según esa idea, al final se darán cuenta de “lo equivocadas que estaban y de lo feliz que pueden ser en las nuevas circunstancias”.

Parece que para el Sr. Gallardón proteger a las mujeres es decidir por ellas, a lo mejor comparte lo de la “superioridad intelectual” que manifestaba su excompañero de Gobierno Arias Cañete, y con su ley busque una norma que permita ejercer ese paternalismo sin problemas. Pero actuar de ese modo, como le han dicho en el Congreso, es “legislar en contra de las mujeres”, pues significa hacerlo en contra de su libertad y de su dignidad. Y también es legislar en contra de los hombres que creemos en los Derechos Humanos, y que queremos la Igualdad como una de las referencias sobre las que articular la convivencia.

Por eso  sorprende que nadie, ni su ministerio ni ningún otro, haya planteado la solución al aborto por medio de la prevención de los embarazos no deseados a través de la educación sexual, ni quieran, tampoco, oír hablar de afectividad y sexualidad ni de nada parecido. Para ellos todo queda reducido a “pecado o delito”.

Lo que quizás no sepa el Ministro Gallardón es que el último informe global de la OMS sobre el aborto, realizado junto al Guttmacher Institute de Nueva York, concluye que el número de abortos en todo el planeta se ha reducido desde 1995 un 8’7%, y que esa disminución ha sido del 44’1% en Europa. Entre los factores que han facilitado ese descenso está el desarrollo de leyes permisivas con el aborto, puesto que lo que hacen estas normas es abordar el problema de los embarazos no deseados desde una perspectiva integral, no sólo mirando al resultado y quedarse en el “aborto sí, aborto no”.

Esa es la razón de que el informe también recoja que las legislaciones restrictivas con el aborto no se acompañan de una disminución del número de abortos, lo único que se modifica  es el lugar y las condiciones donde las mujeres abortan, y las consecuencias de esta inseguridad  sobre la salud de las mujeres. La situación llega a ser tan grave que el 4% de las muertes maternas se producen como consecuencia de abortos (inducidos y espontáneos),  lo cual significa que 70.000 mujeres mueren cada año en el mundo por abortos; una mujer cada 8 minutos.

No se puede defender la vida “en abstracto” sin que importe la vida de las mujeres, ni se puede pensar que los abortos disminuirán porque muchos de ellos se hagan clandestinamente o en clínicas de otros países, como ocurría en nuestro país al legislar sobre los supuestos que el Gobierno quiere devolver. Esconder los abortos bajo las alfombras de las estadísticas oficiales no resuelve el problema, además de ser inmoral.

Si el Ministro Gallardón y el Gobierno defienden la vida, respetan la libertad de las mujeres y quieren acabar con los abortos, como afirman, lo que tienen que hacer es mantener la actual Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo que impulsó la Ministra Bibiana Aído desde el Ministerio de Igualdad, y que hoy tanto apoyo “popular” tiene; y, además, lo que también deben hacer es dotarla de más recursos en toda su amplia parte preventiva.

El primer año de dicha norma, sin apenas  medios para poder desarrollarla adecuadamente, ha supuesto una disminución del 5% de abortos… Eso es defender la vida y respetar a las mujeres, y con ello defender la convivencia bajo la libertad y buscar una sociedad mejor para hombres y mujeres.