“Parásitos”

Hay una película del mismo título más interesante que la oscarizada de Bong Joon-ho.

El diccionario de la RAE recoge en su tercera acepción que un “parásito” es una “persona que vive a costa ajena”, por lo tanto, quienes viven una normalidad definida por una serie de privilegios obtenidos a costa de los derechos que les han restado a otras personas, son unos parásitos.

Y los hombres actúan como parásitos de la convivencia por haberle quitado a las mujeres la posibilidad de ser y de llegar a ser, y haberlas dejado limitadas a los roles y escenarios que su cultura androcéntrica ha levantado sobre la identidad femenina para que ellos pudieran tener más espacio en lo público, más trabajo en el mercado, más salario en el trabajo, más responsabilidades en la toma de decisiones, más tiempo a lo largo de cada día, más impunidad en la violencia, más invisibilidad frente a las críticas, más reconocimiento ante las acciones… En definitiva, para que los hombres tuvieran más poder que las mujeres.

El machismo es un sistema parasitario de la sociedad que a diferencia de lo que ocurre en la naturaleza, donde lo micro parasita a lo macro, cambia los papeles y hace que el huésped, que es la cultura que recibe a quien llega a su seno, actúe como parásito de la persona. De ahí la dificultad para detectar el problema. Si todo el organismo es quien parasita a alguna de sus partes, la propia fisiología vendrá caracterizada por las consecuencias de ese parasitismo y estas no se verán como alteraciones, sino como normalidad. Los síntomas que produce serán rasgos, y los signos elementos propios del sistema. Esta es la razón que hace de la “normalidad” la referencia que lo define, y que sea capaz de integrar como algo propio los resultados de ese parasitismo, hasta el punto de permitir que las mujeres que sufren violencia de género digan lo de “mi marido me pega lo normal”, o que cuando una mujer cobre menos que un hombre se entienda que es lo propio, porque como manifestó el eurodiputado polaco de ultraderecha, Janusz Korwin-Mikke, ellas deben cobrar menos por ser “más débiles y menos inteligentes”; el mismo razonamiento que lleva a entender que la paridad es una injusticia y las cuotas para conseguirla una imposición contra los hombres, pero, en cambio, que no se ve nada anómalo que el 90% de los directivos de las empresas más importantes sean hombres, como si la relación “hombre-poder” u “hombre-capacidad” fuera lo “normal”.

La desigualdad es eso. Si no hay Igualdad entre hombres y mujeres es porque los primeros tienen una posición de superioridad y ventaja respecto a las segundas, y cuando en una sociedad que tiene los tiempos, las funciones, las responsabilidades, los espacios… definidos y tasados, hay quien tiene más que otras personas, es porque esas ventajas se han conseguido sobre las desventajas del otro grupo. El poder y los privilegios de los hombres se han levantado sobre la merma y las limitaciones de los derechos de las mujeres, y se ha hecho de forma estructural a través de ese sistema parasitario de la sociedad que es el machismo y su cultura patriarcal.

Si las mujeres, como demuestran a diario, pueden hacer lo mismo que los hombres, y no lo han hecho a lo largo de la historia, es porque no las han dejado hacerlo. Y no se lo han permitido porque de haberlo hecho se habría descubierto la falacia presentada como normalidad que es el machismo parasitario.

Por eso no hay neutralidad, porque si dejamos la situación tal y como está, el parásito seguirá absorbiendo la energía de la convivencia y generando desigualdad. Y por esta razón los hombres deben posicionarse y actuar contra el sistema, porque si no lo hacen, con independencia de que cada uno de ellos tenga más o menos beneficios, el sistema seguirá actuando en contra de lo común. Los hombres deben decidir si quieren ser parásitos sociales o huéspedes en convivencia con la Igualdad y la Democracia.

El feminismo lleva siglos actuando como desinfectante del machismo con el objeto de desparasitar la desigualdad y la injusticia de nuestra sociedad. Si los hombres beben unas gotas de feminismo, y lo hacen a diario, podrán purgar el machismo que llevan dentro, y eliminar el germen de esa identidad parasitaria que la cultura ha depositado en los intestinos de la masculinidad.

No produce alergias ni da reacción, el feminismo es salud en Igualdad.

Patrick Zaki

Patrick, Eva, Carla, Carolina, Rocío, Carmen, Pedro, Christine, Andrea… al entrar en el aula y ver al grupo sentado en sus pupitres, ya se percibe que hay algo diferente en esos ojos bien abiertos y en la sonrisa impaciente que pide que comience la clase, porque un máster de género e Igualdad es distinto al resto, no es sólo el conocimiento y la habilitación que aporta lo que mueve a su alumnado, también es el compromiso para cambiar la realidad injusta de la desigualdad que nos envuelve.

Y Patrick Zaki lleva varios días sin acudir a clase…

El patriarcado siempre ha sido claro en su estrategia, y cuando desarrolla la opresión de un pueblo sobre el desconocimiento no quiere que los niños y las niñas vayan a la escuela, y si van las intentan matar, como ocurrió con Malala Yousafzai. Y cuando ejerce esa opresión desde un patriarcado violento con la complicidad de la normalidad cultural no quiere estudiantes de género ni activistas en las calles, y si los encuentran los detienen, como han hecho con Patrick Zaki.

La debilidad de un sistema opresor se demuestra en la violencia que emplea frente a quien lo cuestiona. Un país levantado sobre el machismo está más preparado para responder al ataque de un ejército que a las palabras de un activista. Sabe que las tropas pueden ser vencidas, pero las ideas y los valores no se pueden retener ni encarcelar. En el fondo, si se produce el ataque de un ejército sólo es cuestión de intercambiar balas, bombas y misiles, pero si llegan nuevas ideas hay que dar razones, y quienes viven en la sinrazón de un poder machista sólo saben responder de un único modo: con la fuerza y la violencia. Da lo mismo que sea ante un ejército que frente a la Igualdad y la Diversidad, para ellos los Derechos Humanos son un ataque como lo son las balas y misiles.

Quien ve un peligro en Patrick Zaki tiene miedo, pero no es un miedo a sufrir daño, sino a ser descubierto en su mentira opresora que hace pasar la desigualdad como normalidad. Por eso cuando se detiene a personas como Patrick Zaki quien actúa no es un policía determinado ni un juzgado concreto. Quien responde es todo el sistema, y lo hace para lograr un doble objetivo, por un lado, castigar a la persona que forma parte de las posiciones críticas a su modelo, en este caso Patrick, y por otro, reforzar el mensaje crítico y amenazante contra cualquier alternativa a través de tres elementos claves: uno, generar dudas sobre las personas que forman dicha alternativa y presentarlas como una amenaza al orden establecido. Dos, desviar el foco sobre las injusticias, desigualdades y violencia denunciadas por estos movimientos para que el debate se centre en la situación individual, no sobre el problema social. Y tres, reforzar el marco de significado al presentar su actuación como una forma de proteger a la sociedad convencida.

El gobierno egipcio ya ha conseguido jugar con esos tres elementos para consolidar sus planteamientos, y lo ha hecho sobre la detención injusta de uno de sus ciudadanos, algo inadmisible desde la democracia y el respeto a los Derechos Humanos.

No podemos permitir que las relaciones internacionales y la diplomacia se construyan sobre la pasividad ante el ataque a los Derechos Humanos, especialmente cuando este ataque se dirige contra la Igualdad y cuando quienes los sufren son las mujeres y los grupos que se encuentran en situación de vulnerabilidad por su activismo, como ha ocurrido con Patrick Zaki. Y sucede en Egipto, pero también en Latinoamérica, en EEUU y en la UE, donde países como Hungría han suprimido los Estudios de Género en las universidades, o en cualquier otro país, incluyendo España, en los que la ultraderecha hace causa común en el ataque a la Igualdad y a la Diversidad.

Quien no cumpla con unos mínimos democráticos y no respete los Derechos Humanos no puede formar parte de la realidad social y política que hemos decidido compartir, porque su objetivo no es lograrlos, sino evitar que se consigan para mantener sus privilegios particulares a costa de los derechos del resto. No hablan en nombre de la sociedad, sino en el de sus intereses, y es algo que no podemos permitirnos por su significado, ni aceptar por el retraso que supone para el logro de la Igualdad, un retraso que no se traduce en días de más, sino en vidas de menos.

Si para logarlo hay que romper relaciones, pues habrá que romperlas; no con el objeto de apartar a nadie, sino para que el diálogo se establezca desde posiciones claras y sin manipular a la ciudadanía de los países que utilizan el nombre de los Derechos Humanos para no respetarlos. Es lo que ahora ocurre con la UE, donde parece que todos los países abrazan sus valores fundacionales y la “Carta de Derechos Fundamentales de la UE” (2016/C 202/02), en la que la Igualdad está incluida en su Título III, las Libertades en el II y la Dignidad en el Título I, y luego se permite que determinados Estados Miembros no los respeten y que otros directamente los ataquen, al tiempo que hacen creer a sus pueblos y a la comunidad internacional que los respetan al formar parte de una Unión que los ensalza.

No tiene sentido que un país no pueda formar parte de la Unión si no cumple una serie de criterios económicos, y que sí pueda hacerlo incumpliendo los Derechos Humanos. ¿Por qué se acude al argumento del “respeto a la soberanía de cada país” para justificar la quiebra de los Derechos Humanos, pero no para el desarrollo de políticas económicas?  Si no se marcan de forma clara las líneas del terreno de juego, quienes llevan siglos sin respetarlas seguirán haciéndolo, y si hay algo que no nos podemos permitir es construir el futuro sobre la debilidad del presente en lo que respecta a la Igualdad y al resto de Derechos Humanos. Y hoy el machismo y sus instituciones, como lo han hecho a lo largo de toda la historia, de nuevo lanzan el mensaje de que” la Igualdad puede esperar”.

Ese contexto es el que lleva al abuso con la conciencia de que no tendrá consecuencias, y a que decidan detener y retener a Patrick Zaki o a cualquier persona que les resulte molesta, para castigarla y hacer de él un buen argumento a la hora de defender su modelo y de dar una lección al resto de la sociedad.

La Igualdad no puede esperar, como tampoco puede hacerlo Patrick Zaki. Las palabras ya han sido dichas, ahora hay que pasar a las acciones para que sea liberado. La UE no puede tolerar que uno de sus estudiantes sea detenido en gran medida por cursar un máster Erasmus Mundus como el GEMMA. El ataque que significa la detención de Patrick Zaki en este contexto no sólo es contra su persona, también va dirigido contra la universidad por hacerla cómplice de trasmitir las ideas por las que ha sido privado de libertad, y contra la propia UE por impulsar este tipo de programas.

Querido Patrick, tus compañeras y compañeros del máster y las Universidades de Granada y Bolonia, pero también las otras que forman parte del GEMMA (Lodz, Oviedo, Utrecht, York y la Central europea de Budapest), te esperamos.

 

La revolución pendiente: tierra e Igualdad (y II)

“Poner los pies en la tierra” da sentido de realidad, pero “ponerlos en la luna” hace avanzar a la humanidad a grandes pasos, tal y como dijo Neil Armstrong. Ese es el contrasentido de la “distancia necesaria”, una distancia que separa en lugar de incluir en la mirada la imagen de una realidad que nunca puede ser incompleta ni a trozos.

El poder siempre ha jugado al “divide y vencerás”, y para ello ha contado con dos grandes estrategias. La primera de ellas ha sido construir una sociedad jerarquizada a partir de una cultura basada en la desigualdad, que establece que hay elementos y condiciones que tienen más valor que otras, para hacer de la división algo estructural. La segunda es jugar con las circunstancias de cada lugar y momento para potenciar la división sobre determinados factores, y de ese modo mantener el control de la injusticia que supone la desigualdad.

La sumisión social es la consecuencia de la aceptación del modelo de poder que utiliza como argumento la normalidad y pone como testigo al tiempo… Por eso resulta interesante acercarnos, tal y como hacíamos en el artículo anterior, al momento inicial de esta construcción y al modo de entender su significado.

El origen de la cultura patriarcal se sitúa en el Neolítico, cuando los grupos de humanos formados por 25-30 personas cambiaron su forma de vida, y pasaron de ser nómadas y recolectores a convertirse en sedentarios y a cultivar la tierra. A partir de ahí hubo acumulación de los productos que obtenían y no consumían, de manera que quien más acumulaba más poder adquiría dentro del grupo en los momentos de necesidad. Y esa situación llevó a controlar la tierra para poder acumular más riqueza, y a controlar a las mujeres para garantizar que la transmisión de esa riqueza era para sus descendientes.

Antes, ni la tierra ni las mujeres fueron posesión de los hombres, pero a partir de ese momento el poder en mano de los hombres se fue consolidando y ampliando sobre los privilegios aportados por una cultura levantada desde esas ideas y posiciones.

El resultado fue el dominio y el sometimiento a través de la normalidad creada, por eso quienes lo sufren reproducen parte de los argumentos impuestos por la cultura androcéntrica, y no hay una crítica frontal, como sí la ha habido frente a otras situaciones. Veamos cómo se traduce en la práctica a partir de la doble referencia de la tierra y las mujeres.

  • Las protestas por los problemas del cultivo de la tierra que se hacen hoy se deben a las mismas razones de siempre, y cada una de las explicaciones que se escuchan son las que han estado presentes durante años sin que hayan sido abordadas. Todo lo contrario, el mensaje que recibían es que tenían que esperar, y que eran las personas que cultivaban la tierra quienes tenían que cambiar, que había cosas que hacían mal, y que llegaría un día en que todo se resolvería. Mientras llegaba ese día, quienes ocupaban posiciones de poder dentro de estas relaciones se beneficiaban de la situación creada y acumulaban más poder, aunque para ello tuvieran que dar subvenciones que no cambiaban el modelo, sino que lo mantenían.
  • La situación de las mujeres en cualquier lugar del planeta y las manifestaciones que se producen contra el modelo machista que las discrimina y oprime, también se hacen por los motivos de siempre: desigualdad, discriminación, acoso, abusos, violaciones, maltrato, femicidios… Sin embargo, las voces que llenan los días cuando ellas callan hablan de “denuncias falsas”, de su perversidad y maldad, de sus manipulaciones… al tiempo que les prometen que habrá un mañana en el que todo habrá acabado. Pero mientras tanto son los hombres quienes se benefician y ellas quienes deben continuar bajo esa dominación que impone el silencio y la culpa.

Es el mismo marco general para definir la realidad desde la perspectiva androcéntrica y conseguir privilegios: uso, dominio, abuso, explotación y abandono o destrucción.

La razón del patriarcado para dominar la tierra y a las mujeres, al margen de ser la fórmula inicial para obtener poder y acumularlo, es la de “naturalizar su construcción” y presentarla como consecuencia de un “orden natural” que hay que respetar.

Es la estrategia de una cultura responsable que edulcora la realidad con palabras que camuflan la injusticia de su normalidad machista. Y del mismo modo que dicen que nada hay más maravilloso que ser mujer por el privilegio de la maternidad, o que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, también dicen que la tierra es lo más importante para la continuidad de la humanidad, y que el futuro del planeta pasa por el presente de la agricultura. Pero en la práctica, tanto las mujeres como la tierra son piezas necesarias en la opresión impuesta por una cultura de poder levantada por los hombres bajo la estrategia de acumular más poder, no de cederlo.

La revolución pendiente es la revolución feminista, la única que puede poner la Igualdad donde el machismo lo ha impedido.

La revolución pendiente: tierra e Igualdad (I)

Dado el fracaso de la escucha y el entendimiento, la humanidad, desde el Neolítico hasta nuestros días, ha tenido que crecer a base de revoluciones. Habría sido más sencillo y menos traumático si en lugar de revolucionar la realidad hubiéramos evolucionado con ella, pero quienes han estado posiciones de poder siempre han mostrado su rechazo a modificar las circunstancias que les proporcionaban sus privilegios, de ahí su resistencia a cambiar y su fidelidad a la tradición y a lo conservador.

Las revueltas con las que habitualmente se identifican las revoluciones sólo son su escenificación, la última fase de todo un proceso más profundo, y reflejo de la necesidad de romper las imposiciones que impedían los cambios y transformaciones.

Si nos adentramos en todo el proceso revolucionario que conduce a la última expresión de su manifestación reivindicativa, nos encontramos con una serie de fases que podríamos resumir en seis etapas:

  1. Situación de abuso. No es sólo la existencia de diferencias y desigualdades, sino su utilización para obtener ventajas y privilegios en ese contexto donde se establecen las relaciones abusivas. Cuando el abuso se hace desde posiciones de poder consigue tres características muy importantes: se extiende a amplios sectores de la sociedad, se estructura como parte de determinadas circunstancias, y se normaliza bajo ciertas justificaciones y razones. Todo ello lleva a la invisibilidad y a que el tiempo sea un argumento de su “normalidad”.
  2. Conciencia de injusticia. El poder nunca es para siempre, por eso desde el poder han necesitado a las religiones para mantener la promesa al tiempo que iban adaptando la estrategia a los nuevos tiempos que llegaban. Pero a pesar de ello, el ser humano y sus ideales siempre están por encima de la opresión y la mentira, de ahí que antes o después tomen conciencia de la situación de injusticia que viven y respondan ante ella.
  3. Resistencia individual. A partir de ese momento y conforme se comparten los elementos críticos contra el abuso y la injusticia, comienzan las resistencias individuales, generalmente por parte de quienes viven directamente el daño de esa “normalidad abusadora”.
  4. Posicionamiento crítico. Elementos como la conciencia sobre el problema, las resistencias individuales, y el aumento del conocimiento sobre el significado de la injusticia, llevan al pensamiento crítico y a la coordinación de iniciativas con un doble objetivo: por un lado, organizar la resistencia, y por otro, actuar contra las causas del abuso.
  5. Activismo y reivindicación: A partir de esa plataforma organizada comienzan las acciones contra el modelo y las circunstancias que originan el problema con un doble sentido: la actuación estratégica dirigida a determinados elementos del sistema que tengan impacto como agitación de sus estructuras, sobre la conciencia de la sociedad. Frente a estas acciones se producen reacciones del propio sistema que deben ser abordadas en esta fase.
  6. Revolución, tal y como se visualiza a través de las protestas y revueltas. Conforme el abuso persiste, la crítica al mismo aumenta, el ambiente se llena de acciones individuales y coordinadas, las reacciones contra ellas se multiplican e intensifican… la conciencia de injusticia aumenta. Este contexto permite la ampliación a posiciones cada vez más lejanas al problema, y definir los elementos comunes que existen frente a otros abusos e injusticias que se expresan en otros ámbitos, a veces muy distintos. A partir de ahí la revolución ya es una realidad en cuanto a su dimensión, causas, implicación y significado.

Reducir una revolución a esta última fase tiene dos consecuencias:

  1. Por un lado, se le quita el significado que la envuelve para abordar sólo el resultado que da lugar a la movilización final, pero sin actuar sobre las causas que originan ese resultado. De esa forma, la construcción de abuso como estrategia de poder se limita a una corrección de sus efectos, pero los factores y circunstancias que los originan permanecen igual, y el abuso y la injusticia podrán continuar de otra forma.
  2. Por otro lado, si se toma como “revolución” sólo la fase última de las movilizaciones, todos aquellos procesos transformadores críticos que no lleguen a esta última fase serán presentados como revueltas y conflictos particulares, y como una amenaza contra el modelo de poder que genera los abusos y la injusticia en diferentes contextos y frentes. Esta situación derivada de la manipulación no debilita al modelo a pesar de la crítica, sino que lo refuerza por medio de la amenaza.

El ejemplo lo tenemos cerca, las protestas de los trabajadores y las trabajadoras del campo, no sólo de los agricultores, nacen del abuso y la injusticia de un modelo económico que necesita del abuso de la tierra para mantener la estructura de poder que genera más beneficios a quien más tiene. Y la forma de hacerlo con la tierra es el dominio y la amenaza, argumentos que entienden muy bien y paralizan a quienes se levantan cada día con la amenaza del tiempo, de las plagas, de los precios… La industria se puede abrir o cerrar, trasladar a un lugar o a otro, establecer turnos o limitar los horarios… pero el campo no. Y aunque se juega con algunos de estos elementos, como por ejemplo traer productos de otros lugares, al final el resultado no es el mismo: no es igual un tomate de un país lejano que el de nuestra tierra, en cambio un tornillo si es el mismo se fabrique aquí o en Asia.

La legitimidad de una revolución no está en las fases que se siguen, sino en las razones que la mueven. La revolución de la tierra es necesaria por justicia y por ética democrática. Una sociedad no se puede alimentar del sudor frío de la impotencia y la frustración de quienes viven en la desesperanza de la esperanza, y nuestra sociedad lo lleva haciendo desde hace siglos.

Quienes somos de pueblo y hemos tenido la suerte de echar jornales en verano lo hemos vivido en primera persona, y lo hemos escuchado con la bondad de las palabras de quienes sólo aspiraban a un día más, pero con dignidad.

La tierra está cerca de culminar su revolución, pero se equivocaría si piensa que la solución sólo está en la corrección de los precios de toda una estructura de poder basada en el abuso y la injusticia. Si se limitan a corregir sólo ese resultado, el modelo de poder construido desde la visión androcéntrica ya se encargará de establecer otro mecanismo para seguir con el abuso de quienes deben estar en las posiciones inferiores de su jerarquía. No por casualidad el machismo, esa cultura patriarcal que nos envuelve, surgió en el Neolítico junto a la agricultura, y tampoco es casualidad que el feminismo plantee una transformación radical de la cultura, no sólo corregir algunas de sus manifestaciones. Pero de eso hablaremos otro día.

Hoy termino recomendando escuchar de nuevo las canciones de Jarcha, y no estaría mal comenzar a hacerlo con “Esclavo de la tierra”.

Educación parenteral

Parece que desde las derechas quieren meter a la gente sus ideas y valores directamente en vena, como si fueran una especie de suero de la verdad para que sólo lo que ellos plantean sea cierto.

Nunca antes habían creído necesario que existiera un “pin parental” en la escuela, eran conscientes de que con la influencia de una “normalidad” construida sobre los valores de la cultura, con toda su tradición y machismo, bastaba para mantener su modelo de sociedad, las formas de relacionarse dentro de él, y la manera de entender la identidad sobre la referencia de lo que era ser hombre y ser mujer. No existía nada más, ni nadie más.

Por eso no es casualidad que sea ahora, conforme la sociedad ha adquirido una mayor conciencia crítica sobre la desigualdad, la discriminación, el abuso y la violencia de género que se ejercen desde esa “normalidad” impuesta, y después de que las políticas de Igualdad para resolver muchos de estos problemas hayan dado sus frutos, cuando aparezcan nuevas resistencias y ataques por parte de los sectores más conservadores. El objetivo es proteger su modelo de sociedad, y la Igualdad se vive como una amenaza que atenta contra el núcleo de su construcción.

Y para garantizar la continuidad del modelo tradicional dirigen sus acciones a la gente más joven con el objeto de que no cambien nada y sigan reproduciendo y transmitiendo su “modo de vida”. Por eso, lo primero que hizo el PP fue aplicar “Pin Parental Permanente” al suprimir la asignatura “Educación para la ciudadanía”, porque por lo visto eso de ser ciudadano en Igualdad es muy peligroso. Da igual que estudios como el del Centro Reina Sofía muestre que el 30% de los jóvenes piensa que cuando un hombre maltrata a su pareja es porque ella habrá hecho algo, o que el grupo de edad donde más aumenta esta violencia sea el de 15 a 18 años, o que la mayoría de las violaciones en grupo sean protagonizadas por jóvenes… ya tirarán de su manual educativo para decir que se ha debido a la provocación de las mujeres, que se trata de una “denuncia falsa”, o que todo se ha debido al alcohol o las drogas.

El problema con el que se ha encontrado el machismo y la derecha es que la sociedad ya ha tomado conciencia de la injusticia de la desigualdad, y no quiere que sus hijas sean discriminadas ni agredidas, ni tampoco que sus hijos abusen y agredan. Pero como el amor propio también vive de mitos románticos intentan resistirse con pines y noes que niegan la realidad.

El machismo, como decía, siempre ha sido partidario de la “educación parenteral”, es decir, de meter sus ideas, valores, creencias, mitos… directamente en vena para que no puedan ser digeridas por la reflexión ni metabolizadas por la crítica, y así llegar hasta los centros de decisión personal sin ser cuestionados. Era lo de “la letra con sangre entra”, el “te pego porque te quiero”, o el “quien bien te quiere te hará llorar”, que ahora se transforma en un “pin parental” para seguir imponiendo sus mandatos y sus formas.

Fracasará una vez más. Aunque tengan seguidores y partidarios que se hagan eco la Igualdad no es una elección, es un Derecho Humano, y nada ni nadie podrá evitar que la sociedad se articule sobre ella como lo hace sobre la Libertad, la Dignidad o la Justicia. Otra cosa es que también quieran poner un pin para el resto de los Derechos Humanos, pero quienes lo hagan fracasarán. Hoy por las venas y arterias de la gente corre la Democracia.

“PBE”: Política Basada en la Evidencia

Quien vive en la mentira crece con la falacia, y la falacia, por muy grande que sea, nunca es verdad. Da igual lo que digan y por cuánto tiempo lo hagan, la Tierra siempre ha sido redonda, ha girado alrededor del sol, y está a punto de ser destruida por los “herederos ideológicos” de quienes decían que era plana y central para no cuestionar sus ideas y creencias.

Hace unas semanas, en la presentación del libro “Ellos hablan”, de la periodista Lydia Cacho, muy querida amiga, tuvimos la posibilidad de compartir y analizar cómo las mayores falsedades, las mentiras más elaboradas, las tramas históricas llenas de traiciones… han sido protagonizadas por hombres y, sin embargo, nunca la palabra de un solo hombre ha sido puesta en cuestión a priori, ni la masculinidad ha visto debilitada su credibilidad. En cambio, las mujeres son presentadas como seres falsos, mentirosos, manipuladores… en los que no se puede confiar y a quienes no se debe creer.

La razón fundamental de esta situación viene dada por el marco de significado que se ha creado sobre la palabra de los hombres (y su espacio) y la de las mujeres (y su espacio). Y ese significado sobre la autenticidad de la palabra de los hombres y la falsedad de las mujeres sólo lo puede construir quien cuenta con una posición de poder para definirlo, imponerlo y difundirlo. Y quienes han contado con el poder históricamente han sido los hombres y su modelo social y cultural de convivencia. Por eso, por ejemplo, es tan fácil hacer dudar de la realidad de la violencia de género diciendo que hay muchas “denuncias falsas”, y tan complicado que se acepte como un problema grave a pesar de que cada año asesinan a 60 mujeres de media y más de 600.000 son maltratadas.

En política ocurre lo mismo. Dar carta libre a la mentira en forma de “postverdad” o “fake news” con la idea de compensar la situación actuando del mismo modo, pero en sentido contrario, es otra trampa del poder conservador androcéntrico, puesto que el impacto de uno y otro planteamiento es completamente diferente. Decir que los extranjeros vienen a España a “robar y violar” tiene un efecto inmediato y una aceptación amplia; en cambio, comentar que los partidos que lanzan esos mensajes son racistas y xenófobos a penas tiene impacto, y rápidamente surgen justificaciones, o, sencillamente, niegan que lo hayan dicho, aunque haya pruebas de que lo han hecho, pues la negación de la realidad es otra forma de mentira.

Sólo el poder de la “normalidad” puede mentir con aspecto de verdad. La derecha y el sector conservador de la sociedad lo saben y por eso juegan con la mentira, el ataque/insulto y el miedo, para luego presentarse como víctimas de la reacción y rescatadores de la situación que ellos han hecho creer.

El momento actual, con el mensaje de que se ha traicionado a España, de que se va a romper la Nación, de que se ha dado un golpe de Estado, de que se trata de un Gobierno ilegítimo… refleja muy bien esa instrumentalización de la mentira, y los ataques e insultos en busca del miedo y el enfrentamiento. Y lo hacen porque saben que, aunque es mentira, no les va a pasar nada, ni en lo inmediato ni en lo referente a su credibilidad, que continuará intacta.

Sólo hay que echar la vista atrás para comprobarlo. Con la llegada de la Democracia dijeron que todo iba a ser un caos social y que se iban a perder los valores. Después, cuando el PSOE ganó las elecciones en 1982, lanzaron el mensaje de que iban a llevarse los ahorros de los bancos, las casas iban a ser expropiadas, especialmente los apartamentos de la playa, las iglesias arderían, las fincas se iban a ocupar y repartir entre los obreros del campo… Nada de eso pasó. Pero años más tarde, en 2004, desde esas mismas posiciones no pararon de repetir que la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero fue debida a la conspiración del PSOE con ETA, para llevar a cabo los atentados del 11M e impedir que el PP ganara las elecciones, lo cual también convertía a su Gobierno en ilegítimo. Una estrategia que luego continuó llamando al Gobierno traidor durante las negociaciones para acabar con la banda terrorista, y, que al final, visto que por esa vía no hacían mucho daño, terminaron responsabilizándolo de la crisis económica mundial. Nada de eso fue así.

Ahora repiten sus tácticas con la victoria del PSOE y el Gobierno de Pedro Sánchez.

La pregunta es sencilla, ¿por qué si nada de todo lo que se ha dicho desde la derecha y los sectores conservadores ha sido cierto, y sólo buscaron generar enfrentamiento, desprestigio y miedo para beneficiarse a través de él de lo que fueron incapaces de conseguir con sus propuestas y gestión, se le da credibilidad y recorrido a lo que dicen ahora con el mismo argumento y objetivo?

En Medicina, a principios de los 90, se desarrolló la llamada “Medicina Basada en la Evidencia” (MBE), para evitar las posiciones individuales derivadas de experiencias personales, y la influencia de elementos externos que pudieran estar interesados en determinadas pautas diagnósticas o terapéuticas, situación que llevaba a una serie de decisiones sin ningún fundamento científico. Algo así habría que introducir en la política,, una “Política Basada en la Evidencia”, al menos en algunas de sus partes, para impedir la falta de rigor y la instrumentalización de la mentira con la complicidad de algunos medios e instrumentos de comunicación.

Cambiar de opinión puede ser cuestionable, pero no es mentira. Mentir siempre es cuestionable, sobre todo cuando se hace para cambiar la opinión de la gente sobre la falacia, y así aumentar la crispación y el enfrentamiento social.

Una sociedad dividida y enfrentada puede dar votos, pero no victorias. La sociedad siempre pierde en esas circunstancias.

60 hombres nuevos

Hoy empezamos a contar ausencias y silencios, y a levantar muros allí donde las paredes nos dicen que hay ventanas.

Hoy, día 1 de enero de un año cualquiera, por ejemplo 2020, el contador de argumentos empieza a elaborar las 50-60 razones que llevarán a explicar los 50-60 asesinatos de mujeres que se producirán a lo largo del año, si no cambia el guion.

Porque serán esos argumentos los que utilicen los hombres que las asesinen. Argumentos que hablarán de que “ella se lo ha buscado”, de que “se creería que iba a salirse con la suya”, de que “de mí no te ríes”, o de que “eres mía o de nadie”… todos son argumentos para los demás, no para el asesino; el asesino lo tiene claro, tanto que lleva a cabo el homicidio tal y como se había prometido a sí mismo. Porque su crimen también es para los demás, para que todos entiendan lo hombre que es (por eso la mayoría de ellos se entrega voluntariamente tras el homicidio y aproximadamente un 20% se suicida, asumiendo en ambos casos las consecuencias de su conducta), y para que vean que hay hombres dispuestos a defender su modelo de relación, de identidad y de sociedad a través a través de los recursos que les otorga la construcción social, de la violencia normalizada que aún lleva a que el 44% de las mujeres que la sufren no denuncien, porque “no es lo suficientemente grave” (Macroencuesta, CIS 2015). Una situación trampa que hace que el 75-80% de las mujeres asesinadas nunca haya denunciado la violencia que llevó hasta su homicidio.

Y claro, ante este gesto de los asesinos de dirigirse a los demás, estos les responden diciendo que ha sido el alcohol, las drogas, los celos o los trastornos mentales, pero que los hombres no hacen esas cosas, porque si las hicieran no serían 60 los asesinos, sino miles. Una idea que suena más a amenaza que a justificación, pero el machismo es así, se mueve entre la amenaza y la negación para que unas por miedo y otros por fe, todo siga igual.

Porque lo que el machismo no quiere ver ni aceptar es que vivimos bajo unas referencias culturales que llevan a  que cada año 60 hombres de media asesinen a las mujeres con las que comparten o han compartido una relación de pareja, y que lo hacen bajo el argumento de la “normalidad”. O lo que es lo mismo, que cada año alrededor del 20% de todos los homicidios que se producen en nuestro país son cometidos por hombres “normales”, sin ningún vínculo previo con actividades delincuenciales ni criminales, y que, por tanto, vivimos en una sociedad con unas referencias culturales capaces de generar cada año 60 asesinos nuevos desde la normalidad que caracteriza las relaciones de pareja y familiares. Porque los asesinos que matan un año no matan al siguiente y, sin embargo, a lo largo del nuevo año las cifras son muy similares debido a los mensajes y dictados que aparecen entre las páginas de la cultura.

El machismo es la fábrica de hombres violentos; asesina el machismo, los machistas sólo ejecutan los mandatos que interpretan a partir de los dictados de una cultura que no sólo no rechaza la violencia contra las mujeres, sino que la normaliza para que pueda ejercerse bajo el umbral de la intimidad, y luego, cuando supera esos límites, la intenta ocultar al mezclarla y confundirla con otras violencias que no cuentan con esa construcción de género en su estructura. Una estrategia interesada para que de ese modo no se modifique la construcción cultural que da privilegios a los hombres, entre ellos poder utilizar la violencia contra las mujeres desde la normalidad, y que  a pesar de los 60 asesinatos de media y de los 600.000 casos, el debate social se centre más en el cuestionamiento a las víctimas que en la crítica a los agresores.

La transformación social y el movimiento feminista han conseguido que la Igualdad sea imparable y la erradicación del machismo irrenunciable, por eso desde los sectores más conservadores de la sociedad atacan los instrumentos que lo están consiguiendo, y se presentan como víctimas de esta nueva realidad, de ahí que continúen alimentando el clima violento que hace que luego 60 hombres den los pasos hasta los asesinatos de género. Son sus chivos expiatorios con los que continuar el relato.