Huelga de hambre. Huelga de hombre

mujeres-huelga-de-hambre-vgOcho mujeres (Gloria, Martina, Patricia, Marian, Susana, Sara, Sonia y Celia), están en huelga de hambre contra la violencia de género en la Puerta del Sol desde el día 9 de febrero.

Es terrible que ocho mujeres tengan que jugarse la vida para que no las maten, que necesiten llamar a la muerte para poder vivir, que tengan que detener sus vidas al Sol para que no les alcance la sombra de la violencia.

Y mientras todo eso sucede, cada hombre que las mira deja que todo transcurra como una anécdota, como si la desigualdad fuera una accidente y la violencia una sorpresa, como si nada de lo que está sucediendo fuera con él, como si su silencio ante el machismo y su violencia fuese suficiente, como si su voz no pudiera cambiar la realidad y sus palabras señalar a aquellos otros hombres que las utilizan para maltratar, o que las callan para que hable la complicidad.

La ausencia de los hombres en la lucha contra la violencia de género y la desigualdad no es un accidente, es la firme determinación de continuar con el modelo de sociedad machista que los sitúa en una posición de poder a costa de los derechos de las mujeres, de ahí la coherencia entre la ausencia de hombres en la solución del problema y su presencia protagonista en la violencia que ejercen contra las mujeres, y en la sociedad que convive con ella como parte de la normalidad.

Que 700.000 mujeres maltratadas y 60 asesinadas cada año sólo sea un problema grave para el 1’8% de la población, además de lo terrible del resultado es mentira, porque ese porcentaje no refleja el verdadero posicionamiento de la sociedad, sino la respuesta de las mujeres que se revelan frente a esa violencia. Pues son ellas quienes forman la mayoría de ese porcentaje mínimo, como son ellas las que llenan las calles contra la violencia, las que gritan con sus minutos de silencio, las que se revelan frente a la pasividad, la distancia y la desidia de una sociedad machista que no duda en dejar que los hombres llenen las redes de palabras contra las propias mujeres y las personas que se revelan frente a su modelo androcéntrico, al igual que lo hacen contra las leyes y medidas que buscan conseguir la Igualdad.

Y mientras ocho mujeres están en huelga de hambre para que el resto pueda vivir en paz y alimentarse de Igualdad, un oligoelemento esencial en la dieta de la democracia sin el cual resulta imposible la convivencia, la mayoría de los hombres están en huelga de brazos caídos y palabras alzadas para no hacer nada por la Igualdad.

La transformación social a favor de la Igualdad está siendo protagonizada y liderada por las mujeres, por ello muchos hombres se resisten y algunos reaccionan con más violencia para conseguir con ella lo que antes lograban por medio de la normalidad y el control social, de ahí que el resultado de este cambio haya sido más violencia. Así lo demuestran las Macroencuestas cuando recogen que en 2006 las mujeres que sufrían violencia eran 400.000 y en 2011 fueron 600.000.

El resultado es claro, la violencia de género aumenta porque los hombres están luchando de manera directa y activa contra la transformación de la sociedad que lleva a la Igualdad. Ese aumento de la violencia no es un fracaso de las medidas dirigidas a alcanzar la Igualdad, todo lo contrario, es una demostración de que ante ese éxito en el cambio, quienes han ocupado una posición de poder injusta construida con el recurso a la violencia, están aumentando su uso para intentar evitar esa transformación de la sociedad, al tiempo que desarrollan otras estrategias posmachistas para generar confusión e incidir por esa doble vía (violencia y confusión), en el objetivo último de impedir el cambio.

La realidad es clara: existe desigualdad, discriminación, abuso y violencia contra las mujeres, y mientras que ellas están en la acción y en la huelga para erradicar el machismo que defiende esa realidad, los hombres están en huelga para no cambiarla y en el activismo para perpetuarla.

Y ese activismo machista existe por acción y omisión, pues todos los hombres que se justifican con el “yo no soy machista” y el “yo no soy maltratador”, están permitiendo que otros lo sigan siendo bajo la normalidad y la impunidad. Su pasividad es la constatación de su “huelga de hombre” en un cambio que empieza por uno mismo. Si cada hombre espera a que cambien “los hombres” para entonces cambiar ellos también, nunca habrá una masculinidad diferente a la tradicional. Ese primer paso es individual y hay que darlo con la determinación de hacer de la sociedad un lugar más justo, como ya lo han hecho muchos de ellos con la intención de ser hombres con la Igualdad como parte de su identidad, no sólo de su vocabulario.

Las mujeres y el feminismo nos muestran cada día el camino, sólo tenemos que seguirlas. Hoy las ocho mujeres que están en huelga de hambre para erradicar la violencia de género, son un ejemplo más de su firme determinación en conseguir la Igualdad para toda la sociedad, también para los hombres ajenos a ese objetivo.

Hoy, de nuevo, las mujeres, representadas por estas ocho compañeras (Gloria, Martina, Patricia, Marian, Susana, Sara, Sonia y Celia), son un ejemplo de su apuesta por la convivencia y la democracia. Gracias y toda mi solidaridad, compromiso y admiración por cada día.

 

La calle

LA CALLE
La calle se fue quedando vacía conforme se llenó de gente y los coches levantaron murallas intermitentes como puntos suspensivos. Ahora cruzamos de acera como otros cruzaron el mar Rojo, cuando el toque mágico de la luz abre camino entre la marea metálica y ruidosa, afluente de afluentes.

La calle ya no es destino, sólo es tránsito ya. Los niños no se van a la calle,  pisan las aceras como quien pisa las piedras para cruzar un arroyo. Recuerdo cuando salíamos de casa sin más objetivo que alcanzar ese otro hogar de las calles del pueblo para allí encontrar a sus huéspedes, que como en una pensión deambulaban por esos pasillos en busca de una razón para entrar en una de las habitaciones, o de una excusa para no hacerlo.

La calle era el lugar de encuentro. No había que llamar a nadie, era ella quien convocaba y no había hora ni destino que no viniera marcado por la propia cita. Era la calle quien nos decía dónde ir y qué hacer.

Ahora los niños juegan en casa a estar en la calle. Cogen las videoconsolas y se consuelan en una soledad compartida y retransmitida “on line” a través de toda una serie de artilugios, que lo único que dicen es que están solos y encerrados. Nos hemos vuelto nómadas del sedentarismo porque nos da miedo perdernos en la imaginación.

Pero las paradojas de un tiempo que suele volver al lugar del crimen, han hecho que los adultos regresemos al sitio donde los años mataron nuestra infancia, y nos encontremos de nuevo con los fantasmas que entonces nos asustaban: la incertidumbre, el futuro distante, la edad traidora, la responsabilidad obligada, las expectativas de diseño… Pero ahora los miedos nacen de su verdad, de esa mentira que alguien que nunca pisó la calle ha levantado como escenario en el que representar su política ficción, y llevarnos hasta otro mundo en el que todo parezca cierto. Se trata de una nueva versión del mito de la caverna en el que la realidad son las sombras y la mentira quienes las proyectamos sobre la pared manchada por el dolor, de quienes tuvieron que salir a la calle en busca de la dignidad que el video mató una noche que volvía escuchando la radio.

Hoy la calle es el lugar de encuentro de la indignación, de los desahuciados de sus casas y  de los que han sido expulsados de sus vidas, del movimiento de los parados y de la pausa del tiempo. El lugar donde los estudiantes van a clase y los médicos pasan consulta, el fuego que apagan los bomberos y el campo donde siembran su cosecha los agricultores. Hoy la calle se ha convertido en la fábrica de la sociedad y en la academia donde los hombres y mujeres aprendemos a convivir.

Hemos recuperado la inocencia de la infancia después de que alguien nos acusara de culpabilidad, y es con esa inocencia responsable que da la experiencia con la que volveremos a hacer de la calle el foro de la democracia. Porque es la calle lo que más nos identifica como sociedad y lo que más compartimos.

Ahora muchos quieren presentarla como la residencia del miedo, la pensión de los peligros conocidos o el recorrido del riesgo traicionero, y de este modo callar la llamada de la calle.  "¡La calles es mía!", nos dijeron, y luego colgaron el cartel de “reservado el derecho de admisión”.

El asfalto cubrió la tierra y trajo los coches, los coches echaron primero a  los pájaros y después a los niños y a las niñas, para convertirla en ese laberinto en blanco y negro con luces de neón. Hoy la calle se ha vuelto a humanizar como destino, han vuelto las personas, pasan las bicicletas, regresarán los niños y retornarán los pájaros. 

El asfalto también puede ser una alfombra cuando se busca un futuro mejor.

Mínimo común múltiplo


MINIMO COMUN MULTIPLO
Si pusiésemos juntas las principales medidas que ha aprobado el Gobierno de Mariano Rajoy,
nos encontraríamos que el elemento más destacado presente en todas ellas, esa especie de mínimo común múltiplo de su política, es el endurecimiento de las condiciones para sus destinatarios.

Ha endurecido la situación de los trabajadores al facilitar las condiciones de despido, ha endurecido las ayudas laborales y a las personas desempleadas, ha endurecido la asistencia a las personas con dependencia, ha endurecido las políticas y medidas de salud y con ellas la vida de los enfermos, ha endurecido la educación, tanto en sus contenidos y reválidas como en las ayudas, y ahora endurece las penas para determinados delitos. Parece que con ese camino lleno de obstáculos y accidentes se quiere regresar a la idea bíblica de que “la vida es un valle de lágrimas”, aunque nadie se acuerda de que en esa misma vida hay quien vive en lujosas mansiones de montaña, lejos de esas lágrimas y de los problemas que las originan. 

No es nada nuevo, todo lo contrario, es algo común en los regímenes que abusan de la autoridad. El tratamiento quirúrgico de los problemas siempre ha sido una tentación, esa idea de “cortar por lo sano” se acompaña de una imagen de criterio, conocimiento, determinación, eficacia… que de por sí ya la presenta como más valiosa que la conducta dirigida a resolver el problema, sin prescindir de los elementos que se ven afectados por él. Sólo se necesita un argumento y una justificación. 

La justificación está en la crisis, y los argumentos no faltan: “no hay más remedio”, “todo es consecuencia de la herencia”, “no me gusta hacerlo pero es lo que tengo que hacer”… Y todo se presenta para que la sociedad entienda que ese “cortar por lo sano” y “recortar por donde se pille” es sinónimo de rigor, de solvencia, de decisión y de éxito, cuando con frecuencia es lo más fácil y casi siempre lo más cómodo. Lo complicado es tratar de salvar la situación para todos, no sólo para unos pocos, y menos aún cuando se hace a costa de muchos. 

Parece que la idea va por ahí, y se asume que los nuevos tiempos nos llevan a la vieja situación en la que sólo unos pocos disfrutaban de salud, de educación, de trabajo, de ayudas, de libertad… Es la teoría del “que cada palo aguante su vela”, del “más vale pájaro en mano”, de la compasión en lugar de la solidaridad, del egoísmo en vez de lo común, y de la desigualdad traslada a la acción a través del “yo primero” y el “sálvese quien pueda”. Todo ello debilita a la sociedad, le hace perder su cohesión, su proyecto compartido, la confianza… y lleva a ver al otro como responsable, cuando no como culpable. Es la sociedad de “bajas expectativas”, en la que la realidad se ve como un riesgo y la solución se presenta en el repliegue sobre lo individual y en un alejamiento de lo público: cada ciudadano y ciudadana en sus casas sin nada que hacer, el Estado en las instituciones haciendo y deshaciendo, y los servicios en manos privadas ganando dinero… Y “que cada palo aguante su vela”. 

Un Gobierno que juega a esa estrategia lo que pretende es un poder que vaya más allá de la mayoría que representa. Quiere la razón del poder, no el poder de las razones. Por eso no busca el diálogo ni pretende el consenso, por ello el Parlamento se ha silenciado y se ha convertido en un muro de lamentaciones, y por dicha razón juega a lo divino y lo humano “premiando a los buenos y castigando a los malos”. El Gobierno no debería olvidar que la mayoría absoluta da más votos, no más razón.

Y en toda esta estrategia sobra el pueblo, al menos en primera línea. La sociedad de bajas expectativas es la sociedad del miedo, la del “más vale malo conocido que bueno por conocer”, y el Gobierno y sus ideólogos lo saben. En estas circunstancias la política tiene dos grandes objetivos: por un lado asustar para mantener o incrementar el miedo, y por otro tranquilizar con cuestiones puntuales que no resuelven el problema general, pero dan la sensación de seguridad. Esta estrategia es la que se ve con claridad en estos últimos días. Por un lado sigue la amenaza de los hombres del saco de negro con el anuncio de nuevos recortes, y por otro se presenta la medida tranquilizadora de ver cómo unos pocos delincuentes y criminales recibirán un castigo más prolongado para disfrute de mucha gente.

Las dos forman parten de ese mínimo común múltiplo de la política del Gobierno, y trasladan la idea de eficacia y solvencia en la contundencia de las propuestas, al margen de su resultado y de otras consecuencias que puedan producir en la sociedad. Por cierto, el Ministro de Justicia, Ruiz Gallardón ya explicó en el Parlamento su teoría sobre cómo las medidas sociales y económicas ayudarían a las mujeres a no abortar, sería interesante saber qué piensa sobre cómo pueden afectar los recortes en la educación, la precariedad laboral, el empobrecimiento de la población… en la prevención o potenciación de las conductas delictivas. 

El problema no está en las personas, pero las medidas que se están adoptando y el endurecimiento de la situación sí juegan contra las personas. El Gobierno debería saber que no es posible “cortar por lo sano” cuando no hay salud en el entorno, y que la gente se manifiesta hoy (15-9-12) por que se siente engañada, manipulada y víctima de una felonía.

Minas y otros agujeros negros

MINAS
Todos somos un poco mineros,
 si miramos un mapa con los yacimientos minerales de nuestro país, sobre todo si nos alejamos unos años en el tiempo, dudo que hubiera alguna población sin una explotación minera en menos de 50 km a la redonda, por eso todos aprendimos a respetar un trabajo envuelto por el misterio del azar. Si el universo se creó en un agujero negro del espacio, la vida continuó gracias a los muchos agujeros negros que se hicieron en el terreno. 

El ser humano miró antes al suelo que al cielo, y aprendió pronto que para mantenerse en la superficie de la evolución tenía que profundizar en la tierra y sacarle el jugo mineral que contenía, era la forma de darle consistencia al mundo que empezaba a levantar, y de aportar energía para mantener el invernadero de la cultura a la temperatura adecuada para que creciera la humanidad que nos caracterizaba. Y creció y se extendió, es cierto que también lo hizo la inhumanidad y que en su nombre se han cometido las peores barbaridades, pero en todo momento la tierra fue leal y dio antes que el cielo aquello que se pedía a las alturas. Hemos ido superando épocas y etapas, pero aún no hemos sobrepasado ninguno de los periodos minerales que un día alcanzamos: seguimos en la edad del bronce, en la del cobre, en la del hierro… y hemos vuelto a la edad de las piedras en al camino. Nunca tuvimos una “edad del carbón”, aunque no dudamos en llamar a su consecuencia “Revolución Industrial”, quizás por esa prepotencia ganada con el tiempo de querer destacar más lo artificial que lo natural. 

Nací en Serón, en la provincia de Almería, un pueblo con minas de hierro (Las Menas), que trajeron riqueza y prosperidad a toda la comarca. Cerca estaban las minas de mercurio en Bayarque y las de talco en Somontín, y un poco más al Este las canteras de mármol de Macael, todo a menos de 20 km. El cultivo de la tierra se prolongaba con la minería, por eso el mundo rural, por mucho asfalto que le pusieran a sus calles y por muchos pabellones deportivos que levantaran, siempre permaneció unido a la tierra, y su gente prefería tener antes los ahorros invertidos en tierra que metidos en un banco. Ya no hay ahorros, los bancos no son de fiar y la tierra está abandonada

Las minas de hierro de Serón se cerraron en 1968, después le siguieron las de Bayarque y las de Somontín, el mármol se resiste, pero la crisis se está comiendo la esperanza como las polillas acaban con la madera. Cada vez que una mina se cierra los papeles se invierten, es como si la oscuridad que guarda en su interior saliera e invadiera toda la zona, y como si la ilusión y la alegría de su gente cayera por su boca hasta la profundidad más irrecuperable. En Serón, nada más cerrar las minas, la gente empezó a huir de la desesperanza y de la frustración. Comenzó una migración que se llevó lo mejor de nuestra tierra, que no era el hierro ni el mármol, tampoco el mercurio o el talco, a otros lugares de España y de Europa que crecieron con la iniciativa, la decisión, la determinación y la fuerza que nos faltó para salir de ese otro pozo que apareció en el lugar cuando se cerraron los de las minas. Atrás dejaron la soledad y las lágrimas, y unas casas cerradas a las que sabían que no regresarían nunca. 

En tan sólo dos años la población de Serón descendió un 30%, y en 15 años un 51%. Hoy, más de 40 años después, aún sigue descendiendo a pesar del gran esfuerzo y trabajo que se realiza desde el municipio. 

El cierre de las minas de carbón, tal y como se presenta, supone liberar esa oscuridad para hacer de sus comarcas un paisaje tenebrista y acabar con la vida que hoy las habita. Todo el mundo lo sabe porque, por desgracia, es parte del proceso histórico que viene sufriendo la minería con el argumento de la “rentabilidad” centrada en lo económico. Sólo recuerdo noticias de cierre de minas bajo la misma justificación, sin que haya dejado de ser necesario el mineral que se saca de ellas. Y cuando la mirada se aparta de las personas el significado es doble: Por un lado quiere decir que importan más los números, y por otro, que el olvido de las personas tiene dos protagonistas: no importa lo que ocurra con la vida de quienes salen de la mina, y no importa lo que ocurra con la vida de quienes entran en la mina en otros países donde no existen derechos ni protección suficiente de los trabajadores. 

La marcha minera que finaliza este miércoles en Madrid (11-7-12) no pide ningún privilegio, tan sólo continuar con uno de los trabajos más duros y de más riesgo, eso ya debería ser suficiente para que nos detuviéramos a pensar lo que hay detrás, y para entender la injusticia que se puede llegar a cometer si se saca la oscuridad de unas minas con la única opción de empujarla, como si fueran vagonetas cargadas de carbón, hacia un futuro aún más negro.

Aborto, huelga y libertad

La reforma laboral ha sido la confirmación de una estrategia basada en la altivez. Pocos dudan de la necesidad de reformas y de la urgencia de adoptar medidas para salir de la crisis y mejorar la economía, pero sí se cuestiona que sólo haya una forma de abordar los cambios y una única salida a la que dirigirse. La reforma laboral ha sido la demostración de una estrategia construida sobre el engaño, de hecho, si sólo existiera una forma de afrontar la situación no habría sido necesario mentir, y todo lo que ahora se ha llevado a cabo se habría planteado tranquilamente desde el principio, antes de las elecciones del 20N. El hecho de decir primero una cosa y después hacer otra es una clara demostración de la conciencia y necesidad del engaño.

 

Todo esto no es casualidad, y parte del esquema utilizado por las posiciones más conservadoras de la sociedad. Un esquema ideológico basado en la existencia de un orden natural construido sobre sus valores tradicionales, y en considerar dicha organización social superior a otras opciones y alternativas. Desde esa concepción, cualquier variación que modifique las referencias clásicas es considerada como un desorden que necesita ser corregido, y cualquier cuestionamiento un ataque que debe ser reprimido.

Se trata de un esquema de pensamiento que es aplicable a cualquier situación, como de hecho hemos visto en estas últimas semanas.

La crítica al matrimonio entre parejas del mismo sexo, que rápidamente apareció en la agenda política tras las elecciones,  lo que demuestra es el rechazo a la igualdad, algo propio en quien considera que su posición, ideas y valores son superiores, y que, por tanto, el resto no sólo son distintos, sino que, sobre todo, son inferiores. Para estas posiciones, los homosexuales no son “homo”, no son iguales a los heterosexuales y, en consecuencia, su unión no puede llamarse de la misma forma que la que vincula o consagra a un hombre y a una mujer, que es el único modelo válido para sus planteamientos.

Con el aborto hemos visto un esquema ideológico y argumental similar en las palabras del Ministro de Justicia, Ruíz Gallardón. No se ha discutido, como se hizo en otros momentos, sobre el embrión, el inicio de la vida, el día 14 o la semana 22, de lo que se ha hablado es de lo que significa ser mujer y cómo para la concepción conservadora llegar a ser “auténticamente mujeres” significa pasar por la maternidad,  de ahí que haya que hacer todo lo posible para que lo sean: sí a las ayudas, pero no al preservativo y a la píldora.

El planteamiento que se defiende no es que la mujer decida, sino hacerle entender que no hay alternativa y llevarla hasta el destino de la maternidad, que es su verdadera (y única) meta. Todo lo que no sea así es una “violencia de género estructural” que las obliga a abortar, como si su decisión fuera producto de la alienación producida por el feminismo.

Con la huelga del 29M se ha reproducido el esquema de pensamiento. Se ha dicho y repetido por parte de los Ministros y la Ministra del ramo que la huelga era una tontería y que no tenía sentido porque no se iba a modificar nada de la reforma laboral, demostrando una vez más cómo se parte de una posición de superioridad que niega al otro y las alternativas, en este caso a los trabajadores y a la adopción de otras medidas que protejan mejor sus derechos. Los trabajadores son presentados, una vez más, como esas personas que no saben lo que es mejor para sí mismos, y para ello se recurre a la idea tradicional de trabajador como persona sometida al patrón. El trabajador lo que tiene que hacer, según esta concepción, es obedecer y cumplir, no opinar, y menos reivindicar. Esa es la forma de ser “auténticamente trabajador”. Y como el esquema de pensamiento es el mismo, también aquí aparece un enemigo identificado. Del mismo modo que en los temas de igualdad y mujeres el feminismo es presentado como un elemento alienante, en el escenario laboral el movimiento obrero es exhibido como responsable de una “violencia sindical estructural” que lleva a los trabajadores y trabajadoras a la huelga que no desean, lo mismo que las mujeres llegan al aborto sin querer.

Cuando hay problemas la huelga no aparece como primera opción, lo mismo que no suele hacerlo el aborto, pero ambas conductas son consecuencia de la libertad de las personas que deciden atendiendo a las circunstancias que viven, las cuales nunca son accesibles del todo a través de los ojos ajenos. Si en lugar de criticar los resultados según afecten más o menos a las posiciones particulares se hiciera el esfuerzo de entender las motivaciones que llevan hasta ellos, seguro que estaríamos más cerca y podríamos ver lo mismo con nuestras miradas y, en consecuencia, encontrar un elemento de encuentro y una palabra para compartir.

Para quien parte de esa idea de superioridad y poder es más fácil criticar y reprimir, no sólo porque cree que resuelve su problema, sino porque se refuerza aún más en sus valores.

Aunque parezca paradójico, la única institución que lleva varios días de huelga es el Gobierno, que tiene la obligación y la responsabilidad de escuchar y de dialogar, aunque luego haga lo que estime oportuno, y no lo ha hecho. Lo dije y lo repito: “la mayoría absoluta da más votos, no más razón”.

EL ” PLAN T “

La situación económica y social es grave y cada vez se alarga más, como la sombra de la duda al atardecer. Si ante cada opción para abordarla se hubiera propuesto un plan, comenzando por el “Plan A”, probablemente  ya habríamos dado varias vueltas al abecedario sin haber salido de un laberinto del que otros tienen la llave, salvo que hubiéramos decidido romper los muros que nos atrapan en esa espiral de razones y justificaciones. Pero cada mañana despertamos como marmotas ante los mismos argumentos y con la misma ausencia de soluciones, parece que sólo es posible el “Plan A” adoptado, y como mucho se pregunta por un posible “Plan B” que nadie  conoce.
Todo parece consecuencia de una especie de determinismo político en el que sólo se puede hacer lo que se puede hacer, más o menos fue lo que dijo Rajoy cuando manifestó que “hay que hacer lo que hemos hecho” (19-2-12), o lo que es lo mismo, que se ha hecho lo que hay que hacer, algo similar a las palabras del Ministro de Economía y Competitividad, Luís de Guindos el pasado 2-1-12, refiriéndose a las medidas adoptadas en el Consejo de Ministros anterior: “si no hubiéramos aprobado las medidas, nos las habrían impuesto otros”. No hay más opciones y cualquier alternativa es presentada como una irresponsabilidad y como un ataque contra el Gobierno, contra España (porque damos mala imagen), y contra, lo que me parece más grave, quienes están sufriendo de manera más intensa los golpes de la crisis.
No creo que la falta de una reforma laboral haya sido la responsable de la crisis financiera mundial ni de que los bancos españoles no tuvieran capital para créditos, tampoco creo que pueda explicar por qué la crisis y el paro han afectado a toda Europa y a las economías más ricas del planeta, ni entiendo que se pueda hablar de la situación del desempleo en España sin hacer mención a que la mayoría de los puestos de trabajo que existían (y que se han perdido) estaban sobre un andamio y en equilibrio inestable, de manera que cuando se le ha quitado uno de los puntos de apoyo todo se ha venido abajo. Olvidar esas obviedades para presentar un “Plan A” como única opción conduce al conflicto,  pues por muy coherente que sea y por muy claro que se tenga, al final no deja de ser la visión de una parte de la sociedad y del problema, y por tanto incompleta. La mayoría absoluta da más votos, pero no más razón.
La reacción de los sindicatos ha sido proponer alternativas, primero un Plan B, después un Plan C, le siguió un Plan D, luego el Plan E… pero no han conseguido nada. Ahora plantean un nuevo plan, un plan que ante la falta de alternativas y de diálogo han llamado “Plan T”, o lo que es lo mismo, un “plante”, un plante global o huelga general que, según las informaciones, no tiene como objetivo parar a España, sino sentarse para evitar, precisamente, que se pare.
No creo que el gobierno mueva ficha más allá de la escenificación, una huelga general es una especie de reconocimiento para determinadas posiciones, algo de lo que presumir ante sus socios, de hecho ya lo hizo Rajoy en Bruselas antes de cualquier insinuación sindical (31-1-12).  Y tiene razón cuando dice que no va a servir para nada ni que es lo que necesita España, ningún país necesita una huelga general nunca, pero se equivocan si piensan que todo este malestar se debe a la política de salón de una izquierda para ocupar la calle, las manifestaciones del 11M han sido muy significativas y demuestran lo contrario.
El consenso siempre es un éxito, no un fracaso. No se es más débil por alcanzar un acuerdo ni más fuerte por imponer una posición.