Conciencia ficción

Imaginemos un lugar donde un primero de octubre se celebrara un referéndum amparado por sus leyes, pero en contra de la Constitución del país que lo abraza. Imaginemos que el objetivo de ese referéndum es votar para decidir si quieren seguir formando parte de ese Estado o prefieren la independencia. Imaginemos que a pesar de todos los impedimentos para que se celebre esa votación, al final hay un número de personas que salva todos los obstáculos y logra votar, y que de las urnas sale un porcentaje suficiente que dice “sí”, que quiere ser independiente. A partir de ese resultado las instituciones del lugar continúan el proceso iniciado y declaran la independencia. E imaginemos que, por las circunstancias que sean, el Estado opositor hasta ese momento se rinde a los hechos y acepta la independencia, modificando su Constitución y todo lo necesario para convivir bajo la nueva situación.

El nuevo Estado, ya independiente, prosigue con sus cambios y pone en marcha unas elecciones para elegir su Parlamento desde la nueva soberanía. Y tras la celebración de esas primeras elecciones del nuevo país y en un ambiente festivo, una mayoría social respalda el resultado de la independencia y a los partidos que la promovieron, que ahora buscan afianzarla en lo local y reforzarla en lo internacional para alcanzar el ansiado y necesario reconocimiento. Pero imaginemos que en ese Parlamento salido de las urnas el número de escaños de los partidos que se oponían a esa forma de alcanzar la independencia y a seguir ahora en ella es mayor, y que dadas las nuevas circunstancias forman Gobierno y se agrupan en la cámara para poner en marcha una ley de retorno al Estado original, y un referéndum para lograrlo amparándose en que prácticamente la mitad de la población quiere pertenecer al Estado común. Con todos esos elementos, y con la confianza que da tener el voto de quienes no querían la independencia y el impacto de las campañas y argumentos que se lancen desde las propias instituciones, inician este nuevo proceso en contra del Tribunal Constitucional del nuevo país, que anula todas sus decisiones y acciones, aunque ellos prosiguen amparados por la soberanía popular que los ha elegido, y bajo el argumento de que “votar es democracia”.

¿Sería aceptado ese nuevo proceso y su resultado por parte de quienes lo hicieron en sentido contrario para lograr la independencia?

Las circunstancias me hacen pensar que no, que sería rechazado por ilegal y por instrumentalizar las instituciones a favor de unas determinadas ideas y posiciones políticas.

No estamos hablando de situaciones distintas ni de mundos diferentes, la conciencia es tan responsable de la realidad como de la ficción, y de llamar a cada una con el nombre que necesite en cada momento para hacerla real, pues una cosa es lo real y otra la verdad. Y en política con frecuencia se confunde la una con la otra, como se confunde el pensamiento con la imaginación y el deseo con el sueño, creando el problema de hacer a la política innecesaria, cuando es ella el instrumento que puede acercar y conectar esa imaginación con el pensamiento y el sueño con el deseo para lograr que se hagan realidad, no sólo verdad.

La situación que se ha creado alrededor del proceso iniciado en Cataluña sólo tiene como solución reflejar el deseo, el sueño, la voluntad… de cada persona en las urnas, y eso lo saben todas las partes involucradas. Pero del mismo modo que usar un bisturí no significa que se esté realizando un acto quirúrgico, usar las urnas no significa que sea un acto democrático, por eso es importante entender que es la solución la que debe llevar a las urnas, y no que son las urnas las que llevan a la solución. La solución que surja de unas urnas sin el proceso democrático que debe ponerlas en cada una de las mesas, será real, pero no verdad.

Y cuando hablo de “proceso democrático” no me refiero a la técnica jurídica y a la normativa que avale las decisiones y las acciones políticas, sino a la participación y al debate social amplio y mantenido para que sea ese pueblo el que tome la voz, no el que reproduzca el playback de cada una de las partes promotoras de las diferentes opciones, y viva las propuestas contrarias como un ataque. Es lo mínimo ante un hecho tan trascendente como decidir sobre la independencia.

Si todo se presenta como causa de una historia de agravio el resultado será un agravio histórico. Todavía no he escuchado lo suficiente ni he leído por qué la identidad catalana quiere la independencia como forma de expresarse y convivir, y por qué de esa nueva forma de relacionarse con España saldrán también lazos positivos por todo lo que hemos compartido a lo largo de la historia, y por todas las posibilidades que se abren en ese nuevo horizonte. Y sería algo esencial, pues condicionar el futuro sólo a las circunstancias del pasado suele llevar a retrocesos, no a avanzar en un mundo que acelera a diario.

La identidad no es un elemento estático y no sólo es lo que uno siente, sino que también es lo que los demás perciben a partir de ese sentimiento; y tan importante es para el futuro y las relaciones el componente subjetivo (la forma de sentirse), como el inter-subjetivo (la manera en que lo perciben los demás). Por ello la forma de alcanzar la independencia de los países marca para siempre su identidad dentro y fuera de sus fronteras. Una independencia surgida de un enfrentamiento en un contexto de paz llevará al conflicto. Un conflicto que quizás un día lleve a que unos partidos con mayoría parlamentaria inicien un proceso de reintegración en el país original en contra de una parte importante de la sociedad y de su Tribunal Constitucional.

No es ciencia ficción, es conciencia ficción, de momento con pocas probabilidades de ser real, pero no tan lejos de ser verdad.

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“Machismo antimachista”

El domingo 10-9-17, El País Semanal publicó un artículo de Javier Marías titulado “Feminismo antifeminista”, en el que muestra su enorme “preocupación” por las dificultades que tiene el feminismo para avanzar en la sociedad, y cuestiona por ello, paradójicamente, al propio feminismo y a muchas feministas, no al machismo ni a los machistas, cuyos planteamientos defiende y justifica cuando tiene ocasión.

Y por si no quedara clara su intención, lo hace en un terreno “caracterizado por su compromiso con la Igualdad y la búsqueda de oportunidades para hombres y mujeres”: el deporte. El argumento no es nuevo, y lo que cuestiona son dos decisiones tomadas sobre la imagen de las mujeres que proyecta la competición, y lo hace a partir de la teórica libertad que tienen a la hora de elegir y decidir lo que ellas quieran. No estaría mal que leyera el libro de la profesora Ana de Miguel, “Neoliberalismo sexual”, sobre el mito de la libre elección; mientras tanto continuaré con mi exposición.

Uno de los dos ejemplos que toma es el de las azafatas de La Vuelta, después de que la organización haya decidido cambiar el protocolo y sus funciones. Para él, las azafatas en el ciclismo, e imagino que las animadoras en el baloncesto, las paragüeras en el motociclismo, las recogepelotas en el open de tenis de Madrid… son mujeres que deciden libremente hacer estas funciones tan trascendentes para esos deportes, que además no pueden hacer los hombres ni tampoco mujeres que no resulten sexis ni atractivas, por lo visto debe haber un extraño circuito cerebral que lleva a que las no cumplen ese canon estético no tengan capacidad para tomar ese tipo de decisiones, algo que no deja de ser curioso. La situación viene a ser similar a lo que ocurre con muchos trabajadores, que también “eligen libremente” firmar contratos de unas pocas horas por 400 €, y luego trabajar más de 10 horas cada día, o de aquellas otras mujeres que afirman lo de “mi marido me pega lo normal”. Para él, en ningún caso, ni en el de las azafatas ni en el de los trabajadores, el contexto y las circunstancias, cada uno con sus elementos y motivos, influye en ese tipo de decisiones.

Algo similar a lo ocurrido en el segundo ejemplo que utiliza Javier Marías. En él cuestiona la decisión de la Asociación Profesional de Mujeres Golfistas (LPGA), por establecer un código de vestimenta para sus jugadoras. No comenta nada el autor de la presión de las marcas comerciales sobre algunas jugadoras, curiosamente sólo aquellas que “dan la talla”, para que vistan ropa sexi y actúen como maniquís andantes por la hierba con sus prendas sin que les importe su juego, algo que sí preocupa a la Asociación de Golfistas, como no podía ser de otro modo. Parece que para Javier Marías la libertad pasa porque las mujeres hagan aquello que, ¡oh casualidad!, los hombres quieren que hagan. Y cita a la jugadora Paige Spiranac como precipitante de esta decisión, dada la envidia que levanta ante otras jugadoras por lo que gana y por lo famosa que es debido a su físico. Da la sensación que hablar de juego en el golf femenino no importa y, en cambio, sí que la atención se centre en las curvas de las jugadoras ensalzadas por la ropa de temporada que las marcas comerciales presentan para vender más, no para que jueguen mejor. Quizás proponga que en lugar de entrenar el “drive” o el “approach” lo que tienen que hacer es subir la falda o bajar el escote, seguro que algunas ganan más y son más famosas. Y si terminan el hoyo 18 con un estriptis, más aún.

Imagino que tampoco ha leído la entrevista en la que la propia Paige Spiranac se derrumba por el  ciberacoso machista que sufre … Eso no tiene importancia, ¿verdad?.

Coincido con Javier Marías en que el código de vestimenta y las multas no son la solución. La solución pasa por apartar las referencias del machismo a la hora de determinar la realidad. Pues es esa “normalidad” del machismo la que lleva a la cosificación de las mujeres, tanto de forma individual como en grupo, y a partir de ella a que muchos hombres desarrollen conductas violentas en sus diferentes formas: acoso, abuso, violencia sexual, violencia en la pareja… En todos estos casos la violencia se produce después de un proceso que los anglosajones denominan “deshumanización del objeto de la violencia”, y que aquí se conoce como “cosificación”. La conclusión es sencilla, cuanto más cosificadas estén las mujeres en la sociedad, más fácil resulta que los hombres que lo decidan libremente inicien su conducta violenta contra ellas.

La libertad que ha conseguido el feminismo a lo largo de la historia se traduce en capacidad de elegir, puesto que sin esa posibilidad para la elección la libertad se queda en el enunciado. Por eso es importante que no se confunda la libertad que tienen hoy las mujeres para decidir vestir y comportarse como quieran, con una obligada adaptación a los espacios y formas que impone el machismo para seguir reforzando la imagen tradicional de las mujeres.

Comparar, como hace Marías con insistencia, los planteamientos feministas con las posiciones religiosas del catolicismo y del islam demuestra algo más que desconocimiento, y pasa a ser un ataque directo al feminismo que él pretende defender y a las feministas que lo hacen verdad cada día. Y todo ello basado sólo en el relato de los hechos comentados, sin analizar su significado. A ver si resulta ahora que apoyar la sexualización de algunas jugadoras en el golf y besar a las azafatas al final de cada etapa es el “verdadero progresismo”.

Seguro que no habría dicho nada si la LPGA hubiera prohibido jugar a alguna golfista con velo o hijab, como tampoco dijo nada cuando el rector de la Universidad Libre de Bruselas sugirió a las estudiantes llevar “vestido o falda y un escote bonito” en la ceremonia de graduación.

La libertad sin Igualdad sólo permite que el machismo se mueva de forma libre por su territorio. La Igualdad no busca un retroceso, sino romper con las referencias del machismo que llevan a interpretar la realidad y darle significado según le interese.

Hoy hay un machismo revestido de aparente antimachismo. Ese “machismo antimachista” es el posmachismo, su nueva estrategia para generar confusión y que todo siga igual, como siempre.

 

 

La Haya, haya o no haya…

El Derecho está lleno de excepciones que evitan aplicar su literalidad en algunos casos, y más aún de manera automática sin atener a las circunstancias en las que han sucedido los hechos. Algunas de estas excepciones quedan recogidas en la propia ley, dada su frecuencia y significado, como por ejemplo ocurre con la legítima defensa, el miedo insuperable, el arrebato… mientras que otras se basan en la interpretación de la norma a partir de principios, la Jurisprudencia y demás referencias. El Derecho, y quien lo aplica, sabe que una persona puede llevar a cometer un ilícito penal bajo determinadas circunstancias que modifiquen su significado y responsabilidad y que, por tanto, la aplicación literal de la ley puede traducirse en una injusticia, de ahí la investigación primero, y su valoración y enjuiciamiento posterior, pues tampoco vale, una vez llevada a cabo la investigación, aplicar automáticamente el Derecho sobre los resultados obtenidos. Si fuera así lo que necesitaríamos serían potentes computadoras y personas expertas en informática, no juzgados ni jueces, juezas, Ministerio Fiscal, juristas…

La grandeza del Derecho es esa, aplicar la norma a las circunstancias de cada caso, lo mismo que sucede en otras disciplinas, como por ejemplo en Medicina, donde el conocimiento científico y los protocolos se adaptan a la situación de cada paciente, no se aplican de manera automática argumentando que eso es lo que dice la ciencia, pues hacerlo así podría suponer graves consecuencias sobre la salud en determinados casos.

Lo que ha sucedido con Juana Rivas se parece más a esa aplicación automática y literal del Derecho que a una respuesta en justicia desde el punto de vista social. Y no es un error, sino la respuesta consecuente a una forma de interpretar el Derecho y a la demanda pública que han hecho desde un determinado sector de la sociedad que no ha parado de pronunciarse a través de las redes y medios, incluyendo magistrados, magistradas, juristas, profesionales de la Psicología… y tantos otros.

Desde el primer momento, sin atender a las razones que daba Juana Rivas ni a la situación y consecuencias sobre sus hijos, un sector importante de la sociedad exigió la inmediata restitución de los niños a Italia, país donde residían, y la entrega al padre, nada importaba que la madre manifestara que su conducta y decisión de no entregar sus hijos se debía a una situación de violencia de género. Todo lo contrario, sólo por plantearlo, la intensidad de la crítica y la consideración de Juana como una mala mujer llena de perversidad, fue aumentando conforme pasaban los días; y sin ninguna prueba ni elemento objetivo, la propia denuncia de violencia de género para ese sector era la demostración objetiva de que no existía la violencia y que todo era una instrumentalización para quedarse con los niños, curiosamente el mismo argumento que repiten a diario desde el posmachismo ante la violencia de género que asesina cada año a 60 mujeres, para desviar la atención.

Todo forma parte de esa reacción contra la Igualdad y las personas que la defienden, y curiosamente, lo dicen las mismas personas que comentan que el padre nunca fue condenado por violencia de género, a pesar de que existe una sentencia en la que consta como hechos probados la agresión. ¿Qué credibilidad tienen los que niegan la violencia reconocida en una sentencia judicial cuando dicen sin investigar que ahora no hay violencia? Evidentemente ninguna, pero como hablan desde la voz del machismo resultan creíbles para muchas otras personas.

El machismo es la cultura, no la conducta cuando sobrepasa determinados límites y se convierte en algo “incómodo” o reprobable. Y como tal cultura determina la realidad y condiciona el significado que se da a los hechos que ocurren como parte de ella, puesto que son las ideas, valores, mitos, estereotipos… y las identidades definidas por esa cultura las que otorgan un sentido a la realidad que se considera adecuada para convivir y definir las relaciones en sociedad. Las personas, todas, se socializan sobre esas referencias como hombres y mujeres, y entienden que es normal lo que la cultura dice que es normal, por eso todavía hoy un 3% de personas en la UE entiende que la violencia de género está justificada en determinadas ocasiones (Eurobarómetro, 2010), y un 44% de las mujeres que no denuncian la violencia que ejercen sus maridos no lo hacen porque “no es lo suficientemente grave”, o sea, “normal” (Macroencuesta, 2015). Y como son referencias determinadas por la cultura, están presentes en todas las personas, da igual que ejerzan su profesión en medicina, en la judicatura, en fiscalía, en el derecho o en la educación… esa forma de entender la realidad no es consecuencia de la formación profesional, sino de la vida en sociedad. Y para desprenderse de esos mitos, prejuicios y estereotipos hace falta formarse, por eso tanto el CGPJ, como la FGE o el Consejo General de la Abogacía, por circunscribirnos al ámbito del Derecho, realizan múltiples cursos de formación en violencia de género, puesto que la respuesta ante los casos no es cuestión de opinión, sino de conocimiento.

Justo lo contrario a lo que hemos visto en el caso de Juana Rivas, mucha opinión y poco conocimiento técnico para abarcar todas las circunstancias que tiene el caso, puesto que para aplicar la literalidad del Convenio de La Haya sólo hace falta saber leer, y no me refiero con ello a las decisiones puntuales, sino al debate general.

Por lo tanto, afirmar que el machismo no influye en lo que ha sucedido es la forma más clara de demostrar que lo ha hecho, puesto que quien lo dice ignora el contexto de significado creado por la cultura y su normalidad machista, y cree que machismo sólo es una conducta aislada cuando sobrepasa el umbral considerado como adecuado en cada momento. Y es ese machismo normalizado, aparentemente invisible y teóricamente anónimo, el que históricamente ha desarrollado un Derecho que ha desconsiderado la violencia contra las mujeres, llegando a incluir el delito de uxoricidio por el que el homicidio de la mujer resultaba prácticamente impune, o el que hasta 1989 consideraba la violación como un delito contra el honor, no contra la libertad sexual, o el que establecía normas para que las mujeres tuvieran que pedir permiso a sus maridos para trabajar o viajar al extranjero… y en todos esos momentos había magistrados, fiscales y grandes juristas que decían que eso no era machismo, que era producto de la racionalidad humana, o sea, masculina. Justo lo mismo que dicen hoy ante el Derecho actual.

Por eso es el machismo quien niega la violencia de género que denuncia Juana Rivas, pero sin investigarla a fondo, y el que pone como ejemplos de que no existe dicha violencia manifestaciones que forman parte habitual de ella, como ocurre con las mujeres que regresan con el maltratador, con las que no lo denuncian, o con las que lo hacen una vez que se sienten seguras y protegidas, con las que después de denunciarlo la retiran días más tarde…

Y desde esa misma visión machista de la normalidad dicen que la justicia ha de aplicar la ley, es decir, el Convenio de La Haya, sin atender a las circunstancias, sino a su literalidad. Una rigidez que sorprende, puesto que no es la que se mantiene en muchos otros casos y situaciones, hasta el punto de que el Estado español ha sido condenado por Tribunales y organismos internacionales tanto por aplicar la ley atendiendo a circunstancias particulares, como sucedió con la condena del Tribunal Europeo de Derechos Humanos por la llamada “doctrina Parot”, como por no aplicar la ley atendiendo a las especiales circunstancias de los hechos denunciados, como ha ocurrido en el caso de Ángela González y la condena del comité de la CEDAW de Naciones Unidas. Dos casos, cada uno en un sentido, que muestran que la literalidad de la ley no es el único elemento a tener en cuenta para hacer justicia.

Pero la situación del caso de Juana Rivas es aún más sorprendente, puesto que esa literalidad en el Convenio de La Haya dice en su artículo 13.b: “la autoridad del Estado requerida no está obligada a ordenar la restitución de la persona… si existe un grave riesgo de que la restitución del menor le exponga a un peligro grave físico o psíquico o que de cualquier otra manera ponga al menor en una situación intolerable”, y por lo tanto, el propio enunciado del Convenio de La Haya da pie para que la restitución no se haga de manera automática, y que se atiendan las circunstancias para evitar un riesgo para los menores.

La pregunta es sencilla, si el Derecho se debe aplicar atendiendo a las circunstancias, si el propio Convenio de La Haya recoge como circunstancias a tener en cuenta un posible peligro para los menores, si la violencia de género implica una situación de riesgo para los niños, y si Juana Rivas, la madre de esos niños, denuncia una situación de violencia de género actual, existiendo, además, el antecedente de una condena contra el marido por maltrato y situaciones compatibles con dicha violencia, ¿por qué no se ha investigado a fondo la denuncia y se ha procedido a realizar una valoración científica del riesgo sobre los niños?.

No se ha hecho, lo cual indica que para muchos prevalece el regreso sobre el riesgo, ante lo cual sólo caben dos posibilidades, o no se ha creído la denuncia interpuesta por Juana Rivas, o no se considera que la violencia de género suponga un riesgo para los niños, y las dos son un grave error, sobre todo cuando la solución es tan sencilla y asequible como investigar unos hechos, tal y como se hace a diario en nuestro país, y luego decidir en consecuencia sobre la protección de los menores, no sobre los hechos y si deben ser investigados en Italia. La decisión podría haber sido la misma, pero las garantías no.

Que la defensa que hemos visto estos días por parte de profesionales del Derecho, la Psicología, y de un amplio sector social haya sido aplicar el instrumento que permite devolver los hijos de manera automática a un padre condenado y denunciado por maltrato sin aclarar si esa decisión conlleva un riesgo para ellos, demuestra que para esa parte de la sociedad que defiende lo que el machismo ha establecido, lo importante es La Haya, haya o no haya justicia, pues en definitiva supone proteger la realidad que el machismo ha creado, esa que habla de que las mujeres son “malas y perversas” y que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”, y los instrumentos desarrollados para lograrlo.

Lo dije hace muchos años, no se puede establecer la Justicia desde la injusticia, y una sociedad machista y sin Igualdad no es justa.

 

Juana y Juan

El machismo siempre es muy gráfico en sus juicios, de hecho gran parte de su capacidad se basa en los prejuicios creados con su cultura, los cuales anticipan la realidad deseada para garantizar el resultado.

Por eso sabemos que Juana Rivas está condenada desde el primer día, lo vemos a diario cuando desde el machismo ya la consideran autora de cualquier delito que se le pueda imputar sin necesidad de que haya sentencia alguna ni presunción de inocencia que la ampare. Juana ya es culpable de “sustracción de menores”, “secuestro”, “obstrucción a la Justicia”, “denuncia falsa”… y no sé de cuantas cosas más. De todo ello se encarga el machismo y sus secuaces en una sociedad que interpreta la realidad sobre las referencias, los mitos y los estereotipos que crea el machismo, y que luego lleva hasta un Derecho que no tiene prisa en adaptarse a las nuevas circunstancias sociales, ni en lo formal ni en su espíritu.

Por eso los mismos machistas que no se cansan de afirmar que los hombres no tienen presunción de inocencia ante una denuncia por violencia de género, aunque en la práctica sólo condenen al 5% de todos los maltratadores que existen en España, tal y como explicamos en “Machismo impune”, y que niega la violencia que ejercen los hombres incluso cuando hay sentencia condenatoria, son los que ya han condenado a Juana Rivas sin necesidad de probar nada ni sentencia alguna. Lo dicen ellos y basta.

El contexto de significado que crea el machismo hace que Juana Rivas sea considerada como una mala madre y una mujer perversa por intentar alejar a sus hijos de un padre maltratador, y que su exmarido, Francesco Arcuri, condenado por violencia de género y vuelto a denunciar en el presente por la misma razón, sea un buen padre sin necesidad de investigar nada, pues se parte de la base de que Juana está dispuesta a utilizar e instrumentalizar cualquier cosa y a todo el mundo con tal de conseguir su objetivo, que para ellos no es otro que “quitarle los hijos a su padre”.

Todo lo que se diga desde la autoridad de la palabra del machismo resulta creíble, aunque sea contradictorio. Y aunque el peso de su palabra es lo suficientemente elevado como para convertirlas en verdades, para evitar conflictos el machismo habitualmente recurre a los estereotipos que él mismo ha creado sobre las mujeres y la violencia de género para demostrar que lo que dice es cierto y verdadero.

Entre las falacias del caso de Juana Rivas que han montado a lomos de los estereotipos y mitos, nos encontramos los siguientes:
. Juana Rivas ha interpuesto una denuncia falsa para “beneficiarse”. Ante esta afirmación nos hacemos la pregunta de cuál es el beneficio que puede obtener Juana con esa conducta, puesto que de una manera u otra ella tendría también la custodia tras la separación. Si ella tendría la custodia, al final la conclusión es sencilla, y quienes afirman que ha denunciado falsamente a su exmarido presentan el “beneficio” de Juana en el daño que pueda hacerle al padre quitándole los hijos. Nunca piensan que el beneficio podría ser separar a unos hijos de un contexto de violencia, y todo ello porque la situación se analiza bajo el mito de la perversidad y maldad de las mujeres.

. No hay violencia porque “Juana volvió con su marido tras la condena por maltrato”. Una afirmación de este tipo demuestra un gran desconocimiento de la violencia de género y del impacto psicológico que produce en las mujeres que la sufren. Un daño que facilita el regreso con el agresor, y dentro del cual puede producirse un embarazo, puesto que tal y como recoge la OMS, entre otros factores que pueden dar lugar al embarazo, en el 45% de los casos de violencia de género se producen agresiones sexuales por parte del agresores, que obligan a las víctimas a mantener relaciones sexuales cuando ellos deciden y como ellos quieren. Los juzgados en España están llenos de diligencias por el reinicio de relaciones tras una sentencia condenatoria, algunas incluso con orden de alejamiento en vigor, y en muchos casos el homicidio se ha producido tras ese reinicio de la convivencia. ¿Tampoco existía violencia en esos casos?

. También dicen que no había violencia porque “no denunció antes”, otro ejemplo manifiesto del gran desconocimiento de la dinámica de la violencia de género, que aísla a las mujeres que la sufren, las hace sentirse culpables, y las atrapa en la propia relación violenta. La situación es tan grave que a pesar de los 60 homicidios anuales sólo se denuncian alrededor del 75-80% de los casos, y muchas mujeres permanecen en la relación sin interponer denuncia alguna en situaciones de violencia tan graves que terminan en el asesinato, como sucedió en el 76% de los homicidios de 2016.

. Niegan la violencia por la conducta y actitud de Juana, y no se cortan en juzgar sus decisiones y su vestimenta, cuestionándola porque aparece “arreglada y maquillada”… Resulta difícil entender que tras tantos años volvamos a los argumentos que dieron ante la denuncia de Carmina Ordoñez, cuando el juez dijo que no tenía “perfil” de mujer maltratada, o como aquel otro juez de Barcelona.  , que entre los argumentos que utilizó para negar la existencia de violencia dijo que la víctima se presentó en el juicio (¡dos años después de los hechos!), “vestida a la moda” . La imagen estereotipada de las mujeres maltratadas aún prevalece sobre la realidad. Por lo visto las ojeras de Juana, sus lágrimas y sus palabras entrecortadas no cuentan, pues para el machismo forman parte de las armas y la mentira perversa de las mujeres. De todas formas, si hubiera aparecido sin arreglar y maquillar dirían que es una manipuladora y que lo hizo para dar lástima “porque sabe que  no tiene razón”.

Y todos estos elementos influyen en la sociedad y en quien aplica el Derecho, pues forman parte de esa misma sociedad que el machismo ha hecho normal. Lo hemos visto en algunas de las frases recogidas en las resoluciones judiciales que se han dictado estos días.

Quizás por ello el Derecho no tenga prisa en cambiar y dejar atrás aquellas referencias que se vuelven en contra de quien sufre la violencia de género. Es lo que ha sucedido en el acuerdo sobre el “Pacto de Estado contra la violencia de género”, donde no se ha incluido impedir que se aplique en estos casos el artículo 416 LECrim, un artículo del siglo XIX que no tiene sentido alguno en la violencia de género y que, sin embargo, se mantiene a pesar del grave daño que produce en las mujeres al facilitar que no declaren contra su agresor y que se archiven los casos.

Y también tenemos esa falta de voluntad en adaptar el Derecho a la realidad cuando se mantiene sin modificar el Convenio de La Haya, que obliga a la restitución de los menores a su país de residencia. Un convenio de 1980, cuando la violencia de género era ignorada a nivel institucional, que se aplica de manera automática 37 años más tarde sin tener en cuenta las circunstancias del momento actual, y sin considerar el espíritu del propio Convenio cuando habla de que no se aplique en caso de riesgo para los menores. Claro, que cuando la violencia de género no se ve como riesgo no hay por qué dejar de aplicarlo.

Todo esto ocurre por tomar como referencia a los hombres y a lo que ellos han considerado justo para organizar la convivencia y resolver los conflictos. Si en lugar de esa visión masculina existiera una mirada desde la Igualdad, en el caso de Juana Rivas lo primero que se haría sería investigar a fondo los hechos denunciados por la madre, no verla como una persona interesada dispuesta a denunciar al padre para hacerle todo el daño posible. Y lo segundo sería tomar las decisiones sobre el resultado de esa investigación, no decidir no hacerla porque si se hace significaría “entrar en el juego de esa mala mujer”.

Por eso el machismo, en lugar de facilitar ese tipo de decisiones que deberían aclarar la verdad, las intenta evitar para que no quede de manifiesto toda la estrategia levantada sobre los mitos, los estereotipos y sus prejuicios con sentencia condenatoria. Por eso avivan la llama contra Juana y dicen eso de “si Juana fuera Juan ya estaría en la cárcel”, y de ese modo intentar poner de manifiesto que el Derecho en realidad va contra los hombres, y potenciar su mensaje de victimismo para que se compense con una “sentencia ejemplar” contra Juana.

El ejemplo más claro de esta diferente forma de interpretar y dar significado a la realidad nos lo ha traído la actualidad. El pasado día 23-8-17 un hombre asesinó a su suegra en Galicia y se llevó a un hijo de 21 meses, dejando al otro. Nadie habla de maldad, ni de la perversidad de ese hombre ni de otros muchos maltratadores que cada año rompen la vida de sus hijos e hijas con la violencia de género (840.000 cada año según la Macroencuesta, 2011), y que en este 2017 ya han asesinado a 6 hijos e hijas.

Juana debe ser muy mala por querer apartar a sus hijos de su padre maltratador, Juan, ese hombre que maltrata a diario y que incluso llega a matar a sus hijos, es un buen padre. Es lo que nos dice el machismo.

 

 

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Iris arcoíris

Hay quien todavía ve la realidad en blanco y negro, como si fuera el NODO de una España caducada que aún espera el comienzo de una película en tecnicolor en la que los héroes terminan por salvar a la patria de los malos. En las películas de mi infancia no hacía falta calificar al otro, bastaba con llamarlo “el malo”, daba igual que fuera un indio, un negro, un moro, un gánster o un soldado nazi o japonés, al final lo importante es que eran “los malos”, porque lo que se quería destacar es que “nosotros” éramos los buenos.

Y aunque la película ha cambiado, aún hay quien sigue el mismo guión y no entiende que la diferencia ya no es inferioridad, sino que forma parte de la igualdad, o sea, parte nuestra a través de una identidad que ya no se construye por contraste con las otras, ni tampoco resulta excluyente. Hoy ser hombre también es ser mujer, al igual que sucede con ser homosexual, trans o de cualquier otra identidad vivida, ninguna de ellas es excluyente en cuanto a los elementos identitarios, aunque cada apersona la viva y se comporte como considere a partir de ellas.

Y eso es lo que les molesta, porque antes ser hombre era no ser mujer, y ser mujer era tener una serie de características propias que los hombres no podían tener. Y a partir de esas identidades rígidas y acríticas, puesto que eran impuestas y aceptadas como parte del orden natural, se distribuían los roles, funciones, tiempos y espacios de unos y otros para hacer de la desigualdad condición y de la habitualidad normalidad. Desde esa construcción no es que los hombres y las mujeres hacían cosas distintas, es que los hombres hacían lo de los hombres y las mujeres lo de las mujeres.

Y no había nada más, puesto que todo lo que no encajaba en ese modelo era considerado patológico, aberrante, delictivo o vicio.

El movimiento LGTBI+ ha conseguido a través de una reivindicación cargada de civismo que la sociedad cuestione ese modelo tradicional, y acepte la diversidad y la pluralidad como una referencia más para la convivencia. No ha habido violencia, ni atentados, ni ataques a nadie, y todo ello a pesar de haber sido perseguidos, encarcelados, agredidos y condenados a una especie de cadena perpetua social como seres enfermos, perversos y viciosos, que amenazaban la vida en sociedad y sus valores de siempre, aunque nunca haya sido un verdadero espacio de convivencia.

A veces es más verdad y dice más de una persona o grupo lo que se niega que aquello que se reconoce. Nadie cree en lo que no necesita, y la mirada también es un acto de fe cuando se busca una confirmación de las ideas, los valores o las creencias. Por eso la realidad sólo es un ejemplo, una especie de hipótesis para confirmar lo que previamente se ha decidido que sea verdad con independencia de cualquier referencia.

De lo contrario no podría entenderse que una persona homosexual sea considerada como una persona enferma, viciosa o anormal, del mismo modo que no habría tanta pasividad y distancia a la violencia de género, con 60 mujeres asesinadas de medida cada año y 600 mil maltratadas.

El significado que se da a la realidad depende de la mirada, la mirada de la conciencia, y la conciencia de las referencias utilizadas para dar sentido a todo aquello que se percibe. Y cuando esas referencias vienen impuestas por el machismo, al final todo se interpreta por lo que los hombres han considerado que es lo correcto y lo necesario para que el mundo construido a su imagen y semejanza funcione. Por eso todo lo que no sea masculino no sólo es diferente, sino que además es inferior. Y por ello todo lo femenino es una amenaza y una especie de ataque a su posición de poder y a la identidad sobre la que se sustenta, aquella que hace que la realidad se interprete sobre la condición otorgada, no sobre Derechos Humanos. Según la construcción machista, primero está la persona con su condición, y luego los Derechos.

Esa es la razón por la que los hombres son tan violentos con los hombres homosexuales, mientras que las mujeres no lo son frente a otras mujeres lesbianas, porque la homosexualidad masculina cuestiona lo individual y lo social, y hace que los hombres se sientan atacados y cuestionados en su identidad sobre la que se sustenta todo su poder personal y público Y por ello también, la forma de cuestionar a los gays es llamarlos “afeminados”, puesto que esa superioridad de los hombres en esencia está construida sobre la inferioridad de la mujer.

Hoy debemos estar muy orgullosos y muy orgullosas de los movimientos y las personas que nos han enseñado a convivir en paz con la diversidad y la pluralidad, a pesar de todos aquellos que presentaban cada paso hacia la Igualdad como un salto al vacío, y de quienes aún viven la libertad como una amenaza y la diversidad como un ataque.

Hoy la sociedad es mejor, no porque permite que haya diferentes identidades que viven sobre el mismo espacio común, sino porque la mayoría de las personas formamos parte de esa comunidad diversa y plural, y miramos la realidad y el futuro con un “iris arcoíris”.

 

60 homicidios

60 joyeros asaltados y asesinados en sus joyerías, 60 taxistas mientras hacen carreras por las calles y polígonos industriales de nuestras ciudades, 60 médicos en consultas llenas de pacientes enfermos con el sistema, 60 profesores que parecen no haber aprendido, 60 sufragistas por la independencia, 60 críticos con los votos y las votaciones. 60 banqueros que no dan crédito a la realidad, 60 trabajadores en manifestaciones por un salario digno, 60 parados reivindicando “pan y justicia”, 60 empresarios de cara a la pared de sus despachos, 60 deportistas en busca de un record, 60 aficionados envueltos en bufandas y colores…

60 políticos de derechas justificando recortes y aportes, 60 políticos de izquierdas enfrentados contra todo y contra todos, 60 jueces que sentencian y condenan cada día, 60 fiscales que acusan antes para que otros condenen, 60 policías que detienen sin parar, 60 guardias civiles que no se paran para detener. 60 bomberos que apagan lo que otros encienden, 60 periodistas que horadan cada día la mentira, 60 funcionarios que hacen que funcione lo que no funciona, 60 presos con barras y sin estrellas, 60 ladrones con su cueva y sin su Alí Babá…

60 extranjeros sin patria, 60 personas con color, 60 inmigrantes en busca de una ciudad con nombre, 60 activistas sin fronteras, 60 refugiados con muros y fronteras, 60 animalistas rodeados de animales, 60 ecologistas sin planeta…

60 pescadores sin mar, 60 agricultores con tierra sólo en las manos, 60 científicos sin fondos, 60 ingenieros perdidos en sus caminos, 60 brokers con bolsas de plástico, 60 arquitectos sin cimientos ni tejados…

Ni uno sólo de esos escenarios sería admitido por la sociedad, ni se sucedería de la pasividad de quienes tienen alguna responsabilidad política. Si un grupo de población definido sufriera 60 homicidios en circunstancias comunes, con independencia del contexto en el que ocurriera, habría una reacción crítica e intensa para exigir medidas de cara al futuro y responsabilidades por lo ocurrido.

En cambio, el homicidio de 60 mujeres cometido por los hombres con quienes comparten o habían compartido una relación de pareja, cifra que supone el 20% de todos los homicidios del país, ni levanta esa reacción social, ni tampoco da lugar a una respuesta política. Y son 60 homicidios cada año, no una situación aislada ni excepcional, a los que se suman los de sus hijos e hijas.

Es más, sólo el 1-2% de la población considera que se trata de un problema grave, al tiempo que una parte de la sociedad sale a las redes sociales y a los medios de comunicación para decir que la mayoría de las mujeres denuncian falsamente, que todas las violencias son iguales, que los hombres también sufren agresiones y se suicidan por culpa de ellas… cualquier cosa con tal de generar confusión y desviar la atención del resultado de la violencia de género y, sobre todo, de sus causas. Unos lo hacen con la voz y otros con el silencio necesario.

Esa miseria humana se llama machismo, y mientras no hagamos nada para acabar con ella, viviremos en la miseria.

¿Por qué yihadismo sí y machismo no?

(POR UN “PACTO DE ESTADO CONTRA EL MACHISMO”)

La respuesta contra cada uno de los atentados del terrorismo yihadista es inmediata y contundente, no sólo contra el grupo, célula o persona que lo haya llevado a cabo, lo es contra todo lo que representa y frente a todos los que de una forma u otra amparan y justifican ese tipo de actos criminales.

Nadie interpreta que los autores sean hombres con problemas con el alcohol o las drogas, ni dicen que tengan un trastorno mental o enfermedad psíquica que anule o condicione su conducta. En ninguna ocasión se ha comentado que las organizaciones que trabajan para acabar con la instrumentalización de las ideas y las creencias que justifican los ataques o que ayudan a las víctimas, en realidad buscan beneficiarse económicamente con sus actividades y vivir de las subvenciones, ni menos aún dicen que estas personas en realidad lo que pretenden es atacar el orden existente y las referencias dadas para convivir en sociedad. Por eso tampoco se les ocurre plantear que cuando se toman medidas para abordar el problema del terrorismo yihadista o se llega a un pacto de Estado contra él, en realidad se trata de una discriminación frente a otras víctimas, otras violencias y otras formas de terrorismo.

Y si surgiera una voz con alguno de los argumentos anteriores, se encontraría de manera inmediata con una respuesta contundente criticándola y, posiblemente, con una serie de medidas policiales y judiciales para aclarar si forma parte de una acción de “apología del terrorismo”.

Todo el mundo entiende que cada uno de los atentados yihadistas es consecuencia del yihadismo que los envuelve a todos, pues es este el que permite que se inicie el proceso por el que cada autor planifica y lleva a cabo los ataques.

Con la violencia machista ocurre justo lo contrario, y todo se reduce a cada uno de los machistas que comete una agresión o un asesinato, como si fueran seres de otro planeta o cultura, y, además, con frecuencia son presentados como hombres con problemas con el alcohol o las drogas, o con algún tipo de trastorno o enfermedad mental. Y las personas que trabajan para erradicar esta violencia son atacadas, las llaman “feminazis” y las presentan como interesadas sólo en obtener beneficios económicos a través de ese trabajo. La crítica culmina al presentar el compromiso por la Igualdad como una especie de “adoctrinamiento” llevado a cabo desde la “ideología de género” para terminar con el orden, la moral, la familia, las creencias y, de alguna manera, los hombres “de verdad”.

Esta diferente percepción y posicionamiento ante el terrorismo yihadista y la violencia machista, forma parte de las ideas y valores de nuestra sociedad por ser producto de la cultura patriarcal que la define y condiciona. Ni siquiera el impacto de una y otra violencia son comparables en cuanto al daño que generan, tal y como demuestran los estudios y estadísticas, pero da lo mismo, el posicionamiento frente a una y a otra es completamente distinto.

Según los datos de diferentes organismos y organizaciones internacionales, recogidos por Datagrave y ESRI, el terrorismo yihadista llevó a cabo en 2016 un total de 1441 atentados por todo el planeta, ocasionando 14.356 víctimas. En 2015 cometió unos 16.000 atentados y el número de víctimas ascendió hasta 38.000, aproximadamente. Sin duda un grave problema que varía en su resultado en relación con las circunstancias geo-políticas de diferentes regiones, a pesar de lo cual está siendo combatido con cierta eficacia.

La violencia machista, sólo en el seno de las relaciones de pareja y familiares, cada año asesina alrededor de 42.500 mujeres, tal y como recoge el “Informe Global sobre Homicidios” de Naciones Unidas (2013). Una cifra que además se mantiene relativamente constante y no depende de circunstancias pasajeras ni coyunturales, sino de las ideas amparadas por la cultura machista que integra la violencia de género como parte de la normalidad, y que luego se “sorprende” cuando “se le va de las manos”, y no siempre, pues como hemos apuntado, es frecuente la justificación del agresor y el cuestionamiento de la conducta realizada por la propia mujer que ha sido agredida o asesinada.

A pesar de esta realidad objetiva, la percepción es que el yihadismo es un problema grave y una amenaza, mientras que la violencia machista ni es grave ni es amenaza. Y no sólo eso, sino que es el propio machismo el que establece las referencias para convivir al amparo de las leyes, las política, las instituciones, y todo lo demás. Da igual que en Europa cada año sean asesinadas 3300 mujeres por violencia de género (Naciones Unidas, 2013) y que los atentados yihadistas, el año que más víctimas causaron en Europa (2004), asesinaran a 196 personas (192 de ellas en los atentados de Madrid).

La situación es tan perversa que se llega a responsabilizar a las mujeres y al feminismo hasta de la violencia de género, al afirmar que se trata de esa estrategia interesada para atacar a los hombres a través de las denuncias falsas para quedarse con “la casa, los niños y la paga”, conducta que en muchos casos los lleva al suicidio como consecuencia de toda esa manipulación interesada.

Esa idea de responsabilizar a las víctimas y de presentarlas como autoras de una provocación, es la misma que utiliza el yihadismo para justificar sus atentados, pues al final la violencia que se ejerce en nombre de las ideas, los valores y las creencias siempre cuenta con apoyos en la propia sociedad donde esas ideas, valores y creencias forman parte de la normalidad. Por ello siempre tienen a su lado una razón y un apoyo para ser utilizadas, ese es el motivo que lleva a considerarlos “crímenes morales”, puesto que cada uno de ellos no sólo aborda cuestiones particulares, sino que también da respuesta a elementos comunes a todas esas creencias, valores e ideas.

Y del mismo modo que se entiende que para acabar con los atentados del terrorismo hay que acabar con el yihadismo, debe entenderse que para acabar con la violencia de género y sus asesinatos hay que erradicar el machismo, no sólo cuestionar la violencia que se hace visible ni a los hombres que protagonizan estos casos públicos.

Los trabajos de la Subcomisión del Congreso y de la Ponencia del Senado deben concluir en un “Pacto de Estado contra el machismo”, no sólo contra la violencia de género. Es lo que en su día se hizo cuando se firmó un “pacto de Estado contra el terrorismo” para combatir a ETA, y más recientemente un “pacto de Estado contra el yihadismo”. En ningún caso se firmó un pacto “contra la violencia terrorista” ni “contra los atentados terroristas”, sino contra el contexto que los causaba. Si se hubiera hecho sólo sobre el resultado habría sido un error y nadie lo habría aceptado.

Si el machismo continúa con todo su espacio, poder, credibilidad en su palabra, hasta el punto de hacer pasar una realidad por otra y de presentar a los hombres como víctimas de la Igualdad, para así mantener una equidistancia con la que utilizar la “neutralidad” como cómplice, nunca acabaremos con la injusticia de la desigualdad ni con todas sus formas de violencia.

Los machistas quieren mantener la realidad bajo las referencias de siempre, incluso piden derogar la Ley Integral contra la violencia de género, ahora se trata de darle la razón al machismo o de quitársela y trabajar definitivamente por la Igualdad. Por eso presentan el yihadismo como una amenaza para la sociedad y no ven amenaza alguna en la violencia de género a pesar de ocasionar muchas más víctimas. Pero hasta en eso se delatan.

Si al machismo le preocupa la violencia en sociedad cuando afecta a hombres y mujeres, como ocurre con el yihadismo, y no le preocupa la violencia de género que sólo afecta a mujeres, lo que en verdad significa es que su preocupación por lo común se debe a que afecta a los hombres, no porque ataca a las mujeres, pues si les preocupara el impacto de la violencia sobre ellas tendrían que comprometerse decididamente para erradicar la violencia de género y el machismo. Y no lo hacen.

Ellos no lo van a hacer nunca, pero la sociedad sí, de hecho ya lo hace y  avanzamos de manera decidida. Ahora necesitamos más apoyos, medidas y recursos, y es lo que debe proporcionar el “pacto de Estado contra el machismo”.