No es tampoco

“No es no” y, por tanto, “no es tampoco” mientras no exista consentimiento por parte de una mujer a la hora de mantener una relación sexual. El límite no está en lo que el agresor interprete, sino en lo que la mujer decida, porque de lo que se habla no es de regular las relaciones sexuales, sino de actuar contra “violencia sexual” y la necesidad de adaptar la regulación existente, claramente insuficiente e ineficaz, a la realidad actual.

Es posible que muchos hombres “tengan dificultades” para ver la diferencia entre violencia sexual y relación sexual, pues para ellos sólo cuenta su voluntad, pero una sociedad democrática necesita establecer los límites de manera nítida para evitar las interpretaciones personales y las justificaciones sociales que existen alrededor de estas conductas criminales, las cuales siempre tienden a responsabilizar a las víctimas, como hemos visto durante el juicio y tras la sentencia de “la manada” en diversos foros, redes sociales, y hasta por parte de un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela.

Por eso sorprende la reacción de grandes juristas al mostrar su desconcierto ante la propuesta de reducir el margen de interpretación de los hechos en los casos de violencia sexual, sobre todo si se tiene en cuenta que dicha valoración se hace desde una subjetividad impuesta por una cultura machista llena de mitos y estereotipos que minimizan el significado, gravedad y consecuencias de la violencia sexual. En lugar de desconcierto podrían unirse a la necesidad de avanzar en ese sentido para evitar que unos hechos  como los que se dieron por probados en la sentencia de “la manada” sean considerados como “abusos sexuales”, o que drogar a una mujer para luego mantener relaciones sexuales con ella también se considere como algo menor y, por tanto, como “abuso”, y no como agresión sexual.

Y resulta sorprendente ese revuelo generado  sobre la necesidad de conseguir el consentimiento y evitar que “la duda beneficie al agresor”, cuando en otros ámbitos sí se vela para que conste el consentimiento, e incluso que se haga por escrito. Un ejemplo lo tenemos en la sanidad.

Un paciente tiene un problema de salud que requiere una intervención quirúrgica, se le  informa en ese sentido y se le comunica que tiene que operarse. El paciente acepta el tratamiento, pasa una serie de revisiones, acude la fecha prevista a realizarse las pruebas del preoperatorio, y el día fijado se presenta en el hospital en ayunas, tal y como se le pidió, para someterse a la operación. El enfermo es trasladado a planta, se le da una habitación, allí se cambia y se viste con una pequeña bata para facilitar la exposición del campo quirúrgico, y poco después es trasladado en una camilla al quirófano. Al llegar saluda al equipo médico-sanitario y tras un breve intercambio de comentarios sobre la actualidad del día y su estado de salud, es anestesiado para iniciar la intervención.

Todo el proceso está lleno de decisiones voluntarias y conscientes que confirman la voluntad y el “pacto consentido” entre el equipo médico y el paciente para someterse a la operación, pero si no consta el consentimiento por escrito, desde el punto de vista jurídico el acto no es válido y el equipo médico incurre en un delito. No bastan las suposiciones ni las deducciones a pesar de que todo va en beneficio del paciente, el consentimiento ha de ser objetivo.

Salvando todas las distancias, y sin que la propuesta sobre la nueva regulación de la violencia sexual exija un consentimiento por escrito ni nada parecido, como pronto han comentado algunas voces para ridiculizar el planteamiento y desviar la atención sobre el problema de fondo, lo único que se plantea es evitar que sea el agresor quien decida “cuál es la voluntad de la víctima”, pues lo curioso, y lo terrible, de todo este debate es que se sustenta sobre dos ideas básicas:

  1. La primera es que las mujeres denuncian falsamente a los hombres en violencia de género, bien sea dentro de la relación de pareja o como parte de las relaciones sexuales.
  2. La segunda, que  los hombres siempre mantienen un buen criterio y que sus decisiones son racionales y coherentes con la situación que viven.

Nadie pone en duda la decisión del hombre a pesar de que el 99% de las violaciones son cometidas por hombres (US Bureau of Justice Statistics, 1999), y en cambio sí se duda de la intención que puedan tener las mujeres y se habla de denuncias falsas, aunque en realidad sólo se denuncia un 15-20% de los casos (Walby y Allen, 2004)

La respuesta que tenemos ahora es inadecuada, y entre otras cosas se demuestra en la desconfianza de las mujeres en el sistema reflejada en ese bajo número de denuncias, y en lo “confiados” que se muestran los agresores con ese mismo sistema cuando se comprueba que sólo se condena al 1% (British Crime Report, 2008), y cuando vemos cómo las violaciones en grupo han aumentado a raíz del caso de “la manada”, incluso con un grupo autodenominándose “la nueva manada”.

La OMS define la violencia como “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”. Por lo tanto, la violencia sexual también es el resultado del uso del poder para llevar a cabo la conducta, no sólo el empleo de la fuerza física y la intimidación explícita. Entender que la violencia va más allá del uso de la fuerza física es algo que no se duda en otros contextos, como el juez Llarena ha hecho para justificar el delito de rebelión al recoger que hubo “demostración de fuerza y disposición a usarla”.

Cuando interesa todo está muy claro. Por lo tanto “no es no” y, en consecuencia, “no es tampoco” mientras no sea sí.

Así de fácil, así de sencillo… No creo que los hombres, tan listos y racionales como para pedir en el Europarlamento por boca del eurodiputado polaco, Janusz Korwin Mikke, cobrar más que las mujeres por su mayor inteligencia, tengan dificultad para entenderlo.

 

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Mariposas y asesinos

Tres mujeres han sido asesinadas en 48 horas por sus parejas o exparejas (Madrid, Asturias y Lepe), en junio también hubo otros tres hombres que asesinaron a sus parejas o exparejas en Granada, Pontevedra y Barcelona en menos de dos días, como ha sucedido tantas otras veces. La violación en grupo de “la manada” ha dado lugar a la aparición de otras violaciones grupales con características similares: hombres jóvenes que agreden sexualmente, ambiente de ocio, mujer sola dentro del grupo, alcohol u otros tóxicos en el argumento… incluso uno de estos grupos se ha autodenominado “la nueva manada”… Las evidencias sobre la utilización de otros casos previos de violencia machista como argumento, referencia o refuerzo para llevar a cabo nuevas agresiones, no sólo es algo que se puede intuir, sino que diferentes estudios lo han demostrado, entre ellos el que se hizo desde la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género con la Universidad de Granada en 2011, demostrando que existe una asociación entre homicidios cercanos “no explicable por azar”, resultado que indica que los agresores utilizan los casos previos como elemento para avanzar en su conducta criminal. Los propios asesinos y mujeres sobrevivientes han descrito esta situación, y comentan cómo vivían bajo la amenaza de los agresores que aprovechaban las noticias para decirles, “¿ves lo que le ha pasado a esa mujer?, pues cualquier día de estos te va a pasar a ti lo mismo”…

Pero además de todas esas evidencias, dicha actitud basada en la toma de referencias  a partir de situaciones o conductas similares a la que una persona quiere hacer, es algo humano. Si los asesinos, violadores y maltratadores no utilizaran otros casos para reforzarse en sus intenciones deberíamos preguntarnos qué tienen de “excepcionales”  para no hacer lo que otras personas hacen a diario en otros contextos. Y si algo caracteriza a la violencia de género es su normalidad dentro de la cultura machista, no su excepcionalidad.

Sin embargo, siendo un tema que debe ayudar a la prevención y a la protección, genera cierto desasosiego y confusión bajo la idea de que hablar de esa reproducción de la violencia y asesinatos tras uno previo es como una forma de restarle responsabilidad a quien lo lleva a cabo, cuando su significado es todo lo contrario. Un hombre que mata, viola o maltrata a partir de lo que otro ha hecho demuestra su conciencia, voluntad y capacidad para elaborar su agresión a partir de la integración de  hechos anteriores de una misma realidad, así como su afirmación en la conducta al reproducirla bajo sus circunstancias particulares.

Plantear la influencia de esa experiencia no quiere decir que la violencia surge de la nada en alguien que no tenía pensado actuar de ese modo, como alguna gente ha llegado a decir para restar trascendencia a esta influencia criminal, siempre influye en quien previamente tiene pensado y decidido actuar de manera similar. Algunos de los elementos que la caracterizan son:

  • El agresor que actúa tras un caso similar ya tiene decidido hacerlo y se encuentra e un momento cercano a materializarlo, por lo que el caso previo le sirve como refuerzo y como facilitador del paso a la acción. La conducta criminal no aparece “ex novo”y lo más probable es que también se lleve a cabo al margen del caso previo, pero al conocerlo el proceso se acelera e impide que actúen factores protectores.
  • Por lo tanto, no surge de la nada, sino de la construcción violenta que el agresor ha elaborado con anterioridad.
  • En ningún caso es un “efecto imitación”, actúa más como “efecto paso a la acción”.
  • La referencia de un caso previo influye “un poco en algunos casos”, no actúa en todos y en los que lo hace sólo incide parcialmente.
  • Su impacto es mayor en “crímenes morales” como la violencia de género, que se llevan a cabo en nombre de los valores, ideas, posiciones… que se consideran propias de los hombres según las referencias culturales, y con ellos, además del daño sobre las mujeres, sus autores buscan el reconocimiento por parte de otros hombres, por eso se entregan voluntariamente en más del 75% de los casos.
  • El efecto tiene más de “imantación” que de imitación, es decir, de “pegar y unir” a los hombres en aquello que los identifica como “más hombres”, y en una cultura machista hay muchos hombres que creen que la violencia de género, en cualquiera de sus manifestaciones, es la respuesta adecuada a la conducta “inaceptable” o “provocadora” que antes han realizado las mujeres.

Y del mismo modo que había confusión sobre el significado de la toma de conciencia y refuerzo en homicidios previos, también hubo confusión respecto al papel de los medios de comunicación, como si poner de manifiesto  esta realidad significara responsabilizar a los medios o pedir que no se informe, cuando el mensaje es el opuesto. Hay que informar siempre y mucho, pero con una visión crítica sobre el agresor y el machismo común a cada uno de los casos, pues mientras que no se desmonte la referencia cultural que permite a los asesinos y violadores revestirse de masculinidad, hombría y virilidad para actuar, y luego encontrar comprensión y justificación en la sociedad, como hemos visto en el caso de “la manada”, y como se comprueba en las redes sociales cuando minimizan y justifican los homicidios de mujeres bajo los argumentos más diversos y peregrinos, pero al fin y al cabo justificándolos, los femicidios y las violaciones continuarán. Por eso, ante una caso es importante titular “un hombre mata…”, en lugar de “una mujer muere a manos de…”y utilizar la palabra “asesinato” para hablar de un homicidio grave, y no quedarse en la excusa  de que se trata de un término jurídico, ¿si no llamamos asesinato a un homicidio grave, cómo lo llamamos?

Aunque nos parezca extraño, incluso una barbaridad, hay hombres que bajo sus motivaciones y justificaciones se sienten más hombres al utilizar la violencia contra las mujeres; y aunque nos parezca una barbaridad, incluso extraño, hay muchos hombres que los ven como “más hombres” cuando lo hacen, y no dudan en abrazar sus argumentos que refuerzan los mitos que presentan a las mujeres como malas y perversas, y a ellos como “pobres hombres” obligados a responder de esa forma.

Sorprende que ante el doble aviso que supone cada uno de los homicidios, un aviso sobre la continuidad de la violencia de género y el machismo que la hace posible, y un aviso sobre el siguiente caso que se va a producir, no se haga nada, y que en cambio haya mecanismos y alertas de todo tipo para prever los efectos negativos de unas finanzas y de una economía que se constipa cada vez que una mariposa mueve sus alas en oriente. La conciencia y consecuencia en el campo económico sobre la influencia de las situaciones previas sorprende con la inconsciencia e inconsecuencia en la violencia de género, pero no es un error, sólo es el reflejo del posicionamiento social ante lo que se considera grave e importante. Y la realidad nos dice que para una cultura machista la vida de las mujeres no es tan importante como para actuar sobre cada uno de los elementos que pueden conducir a su destrucción.

También hay que aplicar la perspectiva de género en estas situaciones para entender que el resultado final es la suma de una serie de factores, no la consecuencia de uno solo.

 

Machismo mundial

La llegada de Trump a la Presidencia de los Estados Unidos, además de tantas cosas que se ha llevado, también ha traído nuevos miedos y amenazas, y una forma de egoísmo que rápidamente ha cuajado en quienes tienen la posibilidad de reivindicarse a sí mismos sobre los demás, es decir, en quienes se encuentran en posiciones de poder. Y dijo eso de “America first” para imponer sus condiciones al resto de los países, algo que difícilmente, por ejemplo, podría haber hecho Haití para reivindicarse con un “Haiti first”, pero además lo hizo para reivindicar una forma diferente de gestionar su posición de poder con el doble objetivo de disfrutar de sus privilegios y de restringir de manera directa al resto sus derechos y oportunidades, al tener que plegarse ante lo prioritario de su afirmación. Es la ostentación intimidatoria que da y quita al mismo tiempo.

Y como el machismo es la posición de poder construida sobre la identidad y la condición de los hombres, pues ahora imitan al líder y dicen “Men first” para exigir que “los hombres son primero” y después, si acaso, las mujeres. En su día lo denominé “machismo exhibicionista” para indicar que lo que ahora interesa es presumir de ese machismo y exhibirlo para delimitar el terreno propio, que es aquel que se pisa y lleva allí donde cada hombre va, porque el machismo no tiene fronteras.

Y como tal privilegio hay que presumir de él, pues de lo contrario, esa posición de  poder se puede confundir con el ejercicio de las funciones propias de determinadas circunstancias, no con la condición, algo que restaría “imagen” y capacidad de influir en el resto. Por eso el poder conlleva el abuso como demostración y como reivindicación, puesto que es en él donde se deja constancia de la verdadera capacidad, no en hacer o mandar aquello que corresponde en determinados contextos. Un jefe demuestra su poder cuando le dice a un trabajador o trabajadora de la empresa, “baja al bar de la esquina y súbeme un café”, no cuando dice “hazme una fotocopia de este informe”; las dos son órdenes, pero la primera es injusta y sustentada en el abuso y en la amenaza implícita en caso de no cumplirla.

Por eso, ante el avance de la Igualdad y la movilización feminista de las mujeres, el machismo ha dicho lo de “Men first”, y reivindica su posición a través del exhibicionismo machista para hacer ostentación de su posición y privilegios, y para advertir de los límites y de las consecuencias que pueden sufrir las mujeres en caso de superarlos.

Y si eso que es algo habitual en el día a día, un Mundial del fútbol se presenta como el mejor escaparate para mostrarlo y demostrarlo. Lo hemos visto en los anuncios y en los episodios de violencia entre aficiones para que no se olvide que es un “tema de hombres” y que la hombría es parte esencial del mismo, se observa en la movilización de prostitutas que acompaña a una competición de este tipo para que luego esos hombres “demuestren su virilidad”, se comprueba en las continuas referencias a las mujeres más sexis de los jugadores convocados, con alineaciones y convocatorias como si se tratara del equipo de gala; o en los abusos que están sufriendo muchas reporteras mientras hacen su trabajo. Y todo ello se refuerza cuando vemos a hombres de distintos países que humillan a mujeres al hacerle repetir ante sus teléfonos palabras de contenido sexual mientras las graban. Aquí hemos conocido algunas de las que han hecho en castellano aficionados de Colombia, Perú y Argentina, pero dudo que se hayan limitado a esos casos.

Cuatro son las características de estas actuaciones machistas:

  1. Un hombre presume de una mujer por el aspecto físico de ella.
  2. Demuestra su hombría al hacerle repetir frases de contenido sexual hacia él o sus amigos.
  3. Lo hace a través de la humillación y riéndose de la mujer, a la que suele intentar besar al final.
  4. Todo queda grabado para poder compartirlo y demostrar su “gesta”, pues el machismo se “demuestra andando” por la senda machista. De ese modo reciben el reconocimiento por parte de sus pares, y suben en consideración dentro del grupo como “más hombres”.

Lo terrible de toda esta situación, aunque no se hable tanto de ello, es que junto a este machismo exhibicionista también está la “exhibición del machismo” en forma de violencia. Una violencia que durante estos días violará a muchas mujeres y terminará asesinando a tantas otras por todo el planeta, como demuestran algunos estudios que vinculan el aumento de femicidios en algunos países con las competiciones deportivas televisadas.

El “machismo es mundial”, no cada cuatro años, sino todos los días.

 

La estampida

Cuando le abren las puertas a una manada se produce una estampida… los valores salen corriendo, los principios huyen asustados, la esperanza busca un refugio para no ser devorada por esa manada de significado que sale a las mismas calles donde ya antes había atacado a sus presas, y a la convivencia de una sociedad democrática que entiende que la libertad no puede ser utilizada para ejercer la violencia sexual.

Y no es de extrañar que en esa estampida de sentimientos e impotencia, la confianza sea arrollada y se levante una polvareda de indignación para llenar el ambiente donde todo aparece confuso y borroso.

La Justicia no es un valor individual, el Derecho se aplica sobre casos particulares para que prevalezca el valor de la Justicia, pero el Derecho no es la Justicia. Y es esa dimensión social la que debe tenerse en cuenta a la hora de tomar determinadas decisiones, algo que el derecho sabe de sobra cuando no duda en recurrir con frecuencia a conceptos como el de la “alarma social”, “condena ejemplar”, “principio de realidad”… para justificar sus decisiones más allá de los elementos particulares de un determinado caso.

Y lo que sorprende en el caso de la manada es la visión sesgada que se tiene de la realidad y de la sociedad al contemplarla con la visión monocular del machismo, que convierte el paisaje en un escenario plano, gris y parcial. La perspectiva de género no es mirar con un tercer ojo, como si se tratara de una capacidad reservada a quienes se asemejan a cíclopes, sino abrir los dos ojos e incorporar la realidad de las mujeres, y entender cómo esa visión en blanco y negro del machismo genera demasiados claroscuros para ocultar todo lo que le afecta a ellas. Si no fuera de ese modo, sería imposible que sólo el 1% de la sociedad considere que asesinar a 60 mujeres cada año es un problema grave (CIS), y que el 11% de las mujeres de la UE haya sufrido violencia sexual (FRA, 2014), con un porcentaje mínimo de condenas.

La liberación de los miembros de la manada puede ajustarse a Derecho, nadie lo duda, como también se ajusta a Derecho la sentencia que los condena, pero ese Derecho anda desajustado de la realidad y del ideal de Justicia de una sociedad que no acepta que la desigualdad reinante y su machismo inspirador sitúen a las mujeres en el objetivo de la violencia de género.

Porque esa liberación no se produce en un contexto neutral, sino que lo hace en una sociedad que con el Derecho en una mano y los hechos probados en otra entiende que el fallo ha fallado al considerar los hechos como abusos sexuales, mientras que otra parte de esa misma sociedad se dedica en medios y redes sociales a defender a los agresores y a atacar a la víctima, negando lo que la propia sentencia da por probado; tanto que un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, sin más criterio que sus propias ideas y sin haber leído la sentencia ni haber visto pruebas ni indicios, se atreve a hacer público en un vídeo su ataque a la víctima y la defensa a los agresores.

Y todo ese revuelo no es inocente ni casual. Si analizamos lo ocurrido en todo este tiempo podríamos preguntarnos, ¿quién ha salido victorioso de toda la situación generada, la mujer que ha sufrido la agresión y quienes la apoyan, o la manada y quienes los defienden? Veámoslo en tres referencias:

  1. Toda la movilización en apoyo de la víctima y lo que decían que era un intento de presionar al tribunal para que condenara, además de  afirmar que se trataba de una “pena de telediario”, al final lo que “ha conseguido” es que unos hechos probados compatibles con una violación hayan sido condenados como abusos sexuales.
  2. La mujer que ha sufrido la agresión ha sido cuestionada y atacada en su intimidad y privacidad, antes y después del juicio, y ha quedado expuesta a futuros ataques y a críticas permanentes.
  3. Los miembros de la manada, condenados a más de 9 años por abusos sexuales, han salido en libertad provisional por “cuestiones que se ajustan a Derecho”.

Claramente, quien ha salido victorioso, una vez más, es el machismo, los machistas y su idea de Justicia que minimiza las consecuencias sobre las mujeres víctimas de la violencia de género, y sobre el ideal de Justicia de una sociedad que cree en la Igualdad pero que le impiden alcanzarla. Ya el hecho de que la violencia sexual siga siendo considerada como un delito semi-público, como si no afectara a los valores de toda la sociedad, dice mucho de esa idea de Justicia.

No nos deben confundir, si la Audiencia Provincial de Pamplona hubiera mantenido la prisión de los miembros de la manada también se habría ajustado a Derecho, y al hacerlo se habría defendido otra idea de Justicia y de entender la convivencia en sociedad. Por eso sorprende que quienes antes no paraban de recurrir al argumento del voto particular que negaba los hechos para defender la inocencia de la manada, ahora no digan nada del voto particular de un miembro del tribunal en contra de la libertad provisional. A ellos les da igual, lo único que les interesa es su “visión particular” de la realidad para imponerla al resto por medio de la desigualdad, el poder que les otorga y la violencia necesaria.

La liberación de la manada ha producido una estampida, pero que no se confunda nadie, es una estampida de una sociedad que corre veloz hacia la Igualdad y su ideal de Justicia.

 

El machismo juez y parte

Quizás recuerden la anécdota que se contaba hace años de un maestro que ensañaba a leer a una clase de niños y niñas en un pueblo perdido de la sierra. Para ello escribía en la pizarra con letras grandes la sílaba “MO” y les pedía que la repitieran en voz alta, a lo que toda la clase decía al unísono “¡MO!”. Después escribía la otra sílaba de la palabra, también en letras mayúsculas, “TO”, y del mismo modo les decía que la dijeran en alto, a lo que el grupo respondía, “¡TO!”. El maestro, contento del resultado escribía entonces la palabra completa en la pizarra, “MOTO”, e indicaba al grupo que ahora debían leerlo todo junto; la clase, atenta a la pizarra, decía entonces en voz alta “¡A-MO-TO!”.

Y eso es lo que pasa cuando la idea que se tiene sobre el significado de la realidad es mucho más fuerte que los propios hechos que la definen.

El machismo es cultura, y como tal tiene dos grandes formas de condicionar la realidad, por un lado es capaz de determinar todo lo que sucede para hacer que las cosas sean “como tienen que ser” a partir de las ideas, valores, principios, costumbres… que define como normales; y por otro, da significado a todos los acontecimientos, especialmente cuando se alejan de lo que previamente ha determinado. De esa forma todo encaja, lo que es como tiene que ser porque lo es, y lo que se aparta de lo esperado porque se considera ajeno a la normalidad, y se presenta como producto de circunstancias excepcionales o patológicas. Lo vemos habitualmente en violencia de género. Cuando las lesiones no son graves se entiende como algo “normal” en las relaciones de pareja, y cuando es tan grave que termina por asesinar a la mujer, entonces se dice que es un problema debido al alcohol, las drogas o los trastornos mentales. Al final lo que sucede es que en ningún caso se cuestiona la realidad que da lugar a que esa violencia maltrate cada año a 600.000 mujeres, a más de 800.000 niños y niñas, y termine por asesinar a una media de 60 mujeres.

Con la violencia sexual sucede lo mismo, es una realidad que sufre el 11% de las mujeres de la UE (FRA, 20124), situación que lleva a que todos los años se interpongan miles de denuncias, aunque sólo representan un 15-20% del total y las condenas son mínimas, no muy distinto a lo que sucede con la violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja. Pero en lugar de abordar esta situación para corregir los problemas que dan lugar a sus consecuencias, se vuelve a recurrir al “manual” impuesto por la cultura machista para echar mano de los estereotipos y mitos, y se piensa que son denuncias falsas, que la mujer provoca, que dice no cuando en realidad significa sí, que no opuso resistencia, que el hombre no sabía que era no…

La educación con perspectiva de género abre la mirada para ver la realidad en sus tres dimensiones: la de los acontecimientos, la del significado y la de las justificaciones. El machismo es el tuerto en el reino de la ceguera, no porque la gente no pueda ver, sino porque ha ocultado esa realidad y la ha presentado plana y sin perspectiva para que tropecemos con ella una y otra vez. Es un problema de cultura, y por ello afecta a quien juzga, a quien cura, a quien hace leyes, a quien gobierna, a quien vende en un supermercado o a quien trabaja en la construcción… Por eso se trata de un problema social, como eran los mitos que  impedían a las mujeres realizar determinadas tareas y actividades cuando tenían la regla por las graves consecuencias que podían acarrear para su salud o la tarea, o lo mismo que ocurría cuando los valores de la sociedad presentaban la homosexualidad como un vicio y una desviación y la Medicina tomaba el testigo para decir que se trataba de una enfermedad… Todo lo impregnado por el machismo es más un problema de conciencia que de conocimiento técnico, aunque la primera debe llevar al segundo para evitar la subjetividad y romper con la voluntad de quienes quieren permanecer en sus posiciones de privilegio dadas por la desigualdad.

Dejar que todo siga tal y como está ahora es posicionarse a favor de las referencias y el significado que el machismo ha establecido para definir la realidad, y permitir que sean sus mitos, estereotipos, ideas, valores… los que juzguen los hechos desde su perspectiva. No hay neutralidad, no modificar estos elementos es hacer del machismo “juez y parte”, pues será la interpretación dada por sus referencias las que se utilicen para definir la realidad, tanto a la hora de probar los hechos como en el momento de otorgar trascendencia y gravedad a lo sucedido, tal y como se observa en la sentencia de “la manada”.

Pero no es sólo un problema de esta sentencia, lo venimos viendo todos estos años atrás cuando, por ejemplo, entre un 20-30% de las mujeres asesinadas por violencia de género lo son tras denunciar, cuando algunas de ellas son asesinadas sin haber adoptado los instrumentos existentes para protegerlas, cuando todavía se duda de su palabra… o cuando se vuelve a presentar, como se ha conocido estos días, que el estado de shock de una menor no es razón para entender una posible intimidación en el agresor sexual que mantuvo relaciones con ella, y se le condena por abuso, no por violación.

Los responsables políticos de la Administración de Justicia, el CGPJ, la FGE y demás operadores jurídicos deben entender que la sociedad ha cambiado gracias al feminismo y al movimiento de mujeres, y que ese cambio ha introducido la Igualdad en las calles y en las conciencias para hacer la convivencia más justa. La consecuencia es directa: si la sociedad es más justa la Justicia no puede ser más injusta.

Si yo fuera juez exigiría formación en género, no trataría de enrocarme en mis circunstancias, pues la independencia no significa conocimiento, ni la separación de poderes debe traducirse en distancia a la realidad.

 

Femicidio vinculado

La violencia de género es el resultado de todo lo que no se puede negar ni ocultar, aquello que no queda más remedio que admitir ante la evidencia de los hechos y la tozuda objetividad de la realidad, porque si hay opción para esconder algunas de sus manifestaciones, sin duda se hará.

Es lo que comprobamos cuando los datos sobre los homicidios por violencia de género de la Fiscalía General del Estado no coinciden y son más altos que los del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, una situación similar a lo que ocurre con las estadísticas de las organizaciones de mujeres. También sucede cuando el año termina con una serie de casos oficiales en investigación que de pronto “desaparecen” y no se vuelve a saber nada más de ellos, o lo que ha pasado ante determinados homicidios de mujeres con indicios objetivos de haber sido cometidos en un contexto de violencia de género, pero ni siquiera fueron considerados “en investigación”. Esta situación no es ajena a la actitud adoptada la pasada semana por el Ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, ante el caso de la mujer atropellada en la A-5. No le faltó tiempo para decir que la era víctima de un accidente de tráfico, cuando todo apuntaba por las declaraciones de las personas que presenciaron los hechos, que se trataba de un homicidio por violencia de género. Ni siquiera dijo lo de “no se descarta ninguna hipótesis”.

Como se puede ver, hay prisa para descartar la violencia de género y mucha lentitud para confirmarla.

Esta misma actitud también se aprecia con las personas del entorno de las mujeres que son asesinadas como consecuencia de la violencia de género. Ha ocurrido estos días en Castellón cuando el maltratador se ha dirigido a la casa de los padres de su expareja al no poder localizarla ella por estar en un centro de acogida, y ha asesinado al padre de la mujer. Pero sucedió también en Medina del Campo el pasado diciembre cuando su nueva pareja acompañó a la mujer al domicilio para recoger a la hija y fue asesinado. O como pasó en Cuenca con Laura del Hoyo, amiga de Marina Okarynska expareja de Sergio Morate, asesinada junto a ella al acompañarla a casa, sin embargo, nunca fue considerada víctima de la violencia de género, como si su homicidio hubiera sido consecuencia de un robo o por narcotráfico.

La fragmentación de la violencia de género es consecuencia de esa necesidad de restarle trascendencia para tranquilizar sobre las consecuencias, y pensar que no es una situación tan grave ni, sobre todo, producto de una decisión meditada y planificada por el agresor. De ese modo se hace valer el mito que la presenta como situaciones puntales producto de una “pérdida de control” propiciada por el alcohol, las drogas, la alteración psicológica o el resultado de una “fuerte discusión”. Y de alguna manera se logra ese efecto cuando los Barómetros del CIS recogen que sólo alrededor del 1% de la población considera esta violencia, con sus 60 homicidios de media al año, como un problema grave.

Y todo eso tiene sus consecuencias en el día a día, pues cuando la violencia de género se presenta como producto de las circunstancias, bien por el contexto de la relación o bien por las características del agresor, y se divide y separa entre cada uno de esos elementos, la respuesta se elabora sobre esos estereotipos que le restan gravedad y trascendencia. Es lo que sucedió con Andrea, asesinada en Benicàssim tras múltiples situaciones que reflejaban la grave violencia que sufría, y lo vemos cuando con frecuencia la primera referencia que se utiliza para ver lo ocurrido ante una denuncia es la sospecha. Se sospecha de la denuncia que hacen las mujeres y luego, cuando “aparecen muertas”, se llega a sospechar de que hayan sido asesinadas por violencia de género.

Y claro, si la situación es así con las mujeres que sufren esta violencia, con las personas de su entorno es mucho más grave.

¿Se imaginan que no se hubieran considerado víctimas de terrorismo de ETA a las personas civiles que murieron en atentados con coche bomba dirigidos a acabar con la vida de un militar o de un miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado? Nadie lo habría aceptado, es más, a nadie se le habría ocurrido hacerlo, como tampoco se dudó en considerar a los padres y madres de los asesinados por ETA como víctimas del terrorismo, mientras que en violencia de género las madres y padres de las víctimas han pasado a considerarse como tales en el reciente Pacto de Estado que aún no se aplica.

Una de las características diferenciales de la violencia de género respeto a otras violencias interpersonales es que se trata de una “violencia extendida”, es decir, que el agresor utiliza de manera estructural la violencia contra otras personas para dañar a la mujer y facilitar su control y sometimiento. Y lo hacen durante la relación de forma habitual, y lo pueden hacer con el homicidio. Es lo que en algunas legislaciones latinoamericanas, de las que tenemos mucho que aprender, se denomina “femicidio vinculado” o “femicidio ampliado”  para referirse al homicidio de personas relacionadas con las mujeres que sufren la violencia de género, a quienes el agresor asesina bajo una doble referencia y buscando dos objetivos.

Las referencias que utilizan para llevar a cabo este “femicidio vinculado” son, por un lado, el lazo afectivo con la mujer, y por otro considerar que la “han ayudado” o “han intervenido” en el proceso de separación desde el ejercicio profesional o como apoyo emocional o material. Y el objetivo también es doble, por una parte, dañar a la mujer por la pérdida de ese ser querido y hacerla responsable de su muerte, y por otra, lanzar el mensaje de que las personas que “ayuden” o “intervengan” ante la violencia de género pueden ser también víctimas de ella.

Son homicidios que forman parte estructural de la violencia de género y, por tanto, deben ser considerados como parte de esta violencia, tanto por justicia como por el significado de una violencia que va dirigida contra las mujeres y su mundo. Y del mismo modo que esta violencia se inicia atacando ese mundo y rompiendo sus elementos de identidad y sus fuentes de apoyo externo (familia, amistades y trabajo), puede terminar acabando con esas otras vidas que toda persona vive junto a sus seres queridos. No son homicidios ajenos a la violencia de género, y en el momento actual son una posibilidad aún más cercana ante el cambio adoptado por los agresores para herir a las mujeres bajo estas nuevas referencias de extender la violencia asesina a otras personas de su entorno.

En violencia de género duelen más las cicatrices que los golpes, los maltratadores lo saben, el resto no podemos ignorarlo ni permitir que desde el machismo se continúe fragmentando y ocultando esta violencia.

Madres asesinas y buenos padres que matan

Entre los hechos y la realidad está el significado, que es lo que permanece y da sentido a la historia de cada día. Los acontecimientos sólo son la inspiración para redactar el relato, las referencias necesarias que permiten escribir el tiempo con continuidad y sin sobresaltos que rompan el sentido de lo vivido hasta el presente y el mañana esperado.

Y esta situación que se observa en la forma de escribir la historia sobre el pasado y transmitirla, de manera especial a la hora de interpretar los conflictos, guerras, victorias y derrotas, sucede cada día en aquellos hechos que de una manera u otra tienen impacto directo en la forma de organizarnos y relacionarnos sobre las ideas, valores, creencias, mitos… que se han adoptado y considerado adecuadas para convivir.

Es lo que sucede con a violencia de género, una violencia estructural que surge de la propia “normalidad” que la cultura machista ha establecido y ha cargado de justificaciones para que sea interpretada como algo propio de las relaciones de pareja, no en el sentido de que sea una conducta “obligada”, pero sí bajo la idea de que “puede suceder”, y que si aparece es reflejo del “amor” y la “preocupación” que siente el hombre ante ciertas actitudes y conductas de la mujer que “pueden afectar a la pareja o a la familia”. Bajo esa idea, la violencia de género no se presenta con el objeto de dañar, sino de corregir algo que se ha alterado.

Lo vemos cuando la Macroencuesta de 2015 recoge que el 44% de las mujeres que no denuncian dicen no hacerlo porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”, cuando en el Eurobarómetro de 2010 un 3% de la población de la UE dice que hay motivos para agredir a las mujeres, o cuando el 30% de la adolescencia de nuestro país afirma que cuando una mujer es maltratada se debe a que “ella habrá hecho algo”.

Y hablamos de una violencia que cada año asesina a una media de 60 mujeres, maltrata a 600.000, y permite que unos 840.000 niños y niñas sufran su impacto al vivir expuestos en los hogares donde el padre la lleva a cabo, ¡un 10% de nuestra infancia! (Macroencuesta, 2011).

A pesar de esa terrible y dramática situación para una sociedad, sólo alrededor del 1% de la población considera que se trata de un problema grave (CIS). Y no es casualidad que sea tan bajo, sino consecuencia del significado que se da a esta violencia, la cual es presentada como un descontrol producto de hombres con problemas con el alcohol, las drogas, alguna enfermedad mental o un trastorno psíquico. Sobre esta situación estructural, además, desde la “normalidad” machista se lanza una estrategia de confusión que busca mezclar todas las violencias y reactualizar los mitos para seguir construyendo la realidad sobre el significado que ellos deciden.

El ejemplo más cercano lo tenemos en el asesinato cometido por Ana Julia Quezada sobre el niño Gabriel Cruz, un hecho terrible que comprensiblemente levanta todo el rechazo hacia su autora. La crítica, incluso en sus expresiones más emocionales, es perfectamente entendible como parte de los sentimientos que se han visto afectados por unos hechos y unas circunstancias tan dolorosas como las que se han vivido. Ese no es el problema, lo que sorprende es la bajeza de quienes lo utilizan y lo instrumentalizan para intentar, una vez más, confundir y cuestionar la violencia contra las mujeres a través de una doble estrategia:

  • Por un lado, generar confusión sobre las diferentes violencias y tratar de reducirlas sólo a su resultado, es decir, a las lesiones que ocasionan y a la muerte para concluir que todo lo que termina en el mismo final tiene el mismo sentido, algo que es absurdo. Sería como afirmar que todas las hepatitis son iguales y deben tratarse de la misma forma, sin considerar si son tóxicas o infecciosas, sin dentro de estas son producidas por bacterias o por virus, y dentro de las víricas si están ocasionadas por un tipo de virus u otro.
  • Y por otro lado, presentar la violencia que llevan a cabo las mujeres como consecuencia de la maldad y la perversidad que la cultura les ha otorgado con mitos como el de “Eva perversa” o “Pandora”. En cambio, con la violencia que llevan a cabo los hombres ocurre lo contrario, ellos son los “buenos padres” que utiliza el Derecho como referencia para aplicar la ley, y por lo tanto, cuando agreden o matan es por el alcohol, las drogas o los trastornos mentales.

La crítica a la que está siendo sometida Ana Julia Quezada no se ha visto con ningún hombre asesino, ni siquiera con José Bretón, que asesinó a sus dos hijos y los quemó hasta casi hacerlos desaparecer dentro de un plan elaborado hasta el más mínimo detalle. Es más, incluso en el juicio hubo un informe pericial psiquiátrico y psicológico que lo presentaba como una “víctima”.

Con Ana Julia Quezada ocurre lo contrario, cada día se profundiza más en su “maldad y perversidad”, se ha viajado a República Dominicana para buscar referencias sobre su “perversidad original”, y para que su propia familia se pronuncie sobre la situación y su condición. Hasta el auto judicial se refiere a ella como la responsable de un “plan criminal” con “malvada voluntad”.

Y mientras que la crítica es entendible y las reacciones son comprensibles ante el dolor que ha generado el asesinato de Gabriel, lo que sorprende es que la reacción ante los asesinatos de otros niños no haya generado ese rechazo hacia los hombres que los asesinaron, ni se haya buscado testimonios críticos en sus entornos, todo lo contrario, aún permanecen en algunos casos las palabras de sus vecinos hablando de ellos como “hombres normales y buenos vecinos”.

Pero nada de eso es casual y por eso la situación va más allá en la instrumentalización que hace el machismo para hablar de mujeres asesinas, y especialmente de madres que asesinan. Esa es la razón que dio lugar a que desde los primeros días tras conocerse el asesinato de Gabriel salieran noticias y asaltaran las redes sociales con el argumento de que “las madres matan más que los padres”, y todo para atacar la Ley Integral contra la violencia de género y los avances en Igualdad. Una actitud que demuestra esa bajeza moral del machismo y su afán en escribir la realidad con el significado que los hombres han decidido.

Cuando se toman estudios científicos amplios, es decir, no circunscritos a un tiempo reducido, que siempre se puede ver afectado por circunstancias del momento, se demuestra que los padres matan más que las madres, algo que tenemos la responsabilidad de conocer para adoptar medidas preventivas y no alimentar los mitos existentes. En el informe de Save the Children sobre los últimos 100 casos de muertes violentas no accidentales de niños y niñas, 36 fueron homicidios cometidos por los padres y 24 por las madres. Otros estudios internacionales que analizan un número amplio de casos recogen que mientras que los homicidios de las madres y madrastras tuvieron una tasa anual de 29’2 niños/niñas por millón, en los cometidos por los padres y padrastros la cifra fue de 67 niños/niñas por millón (V. Weekes-Shackeldford y T. Shackeldford, 2004); y en el trabajo de Harris et al. (2007) los padres asesinaron al 39’1% de los menores, mientras que las madres lo hicieron sobre el 33’6%. La propia OMS, en su Informe Mundial sobre Violencia (2002), recoge que los padres son los responsables de la violencia más grave y comenten más homicidios y violencia sexual sobre los hijos e hijas.

Lo hemos repetido multitud de veces y desde hace años, la violencia es llevada a cabo por hombres y mujeres, pero la construcción cultural que lleva a normalizar, invisibilizar y justificar la violencia bajo las referencias de la cultura, esa violencia conocida como “violencia de género”, es cometida por los hombres, unos “buenos padres” que “matan fuera de control”, según los mitos y estereotipos establecidos. Este significado no se le da a la violencia ejercida por las mujeres, ellas no son “buenas madres que matan”, todo lo contrario, se presenta como producto de la maldad y perversidad que llena la conciencia de las mujeres, tal y como vemos estos días.

Al final la historia se escribe sobre el significado que se da a los hechos, y para el machismo está claro, mientras que las madres asesinan desde su condición de maldad, los padres, que ya parten de la condición de “buena paternidad”, lo hacen porque hay algo que les hace perder su bondad y control.