Femicidio vinculado

La violencia de género es el resultado de todo lo que no se puede negar ni ocultar, aquello que no queda más remedio que admitir ante la evidencia de los hechos y la tozuda objetividad de la realidad, porque si hay opción para esconder algunas de sus manifestaciones, sin duda se hará.

Es lo que comprobamos cuando los datos sobre los homicidios por violencia de género de la Fiscalía General del Estado no coinciden y son más altos que los del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, una situación similar a lo que ocurre con las estadísticas de las organizaciones de mujeres. También sucede cuando el año termina con una serie de casos oficiales en investigación que de pronto “desaparecen” y no se vuelve a saber nada más de ellos, o lo que ha pasado ante determinados homicidios de mujeres con indicios objetivos de haber sido cometidos en un contexto de violencia de género, pero ni siquiera fueron considerados “en investigación”. Esta situación no es ajena a la actitud adoptada la pasada semana por el Ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, ante el caso de la mujer atropellada en la A-5. No le faltó tiempo para decir que la era víctima de un accidente de tráfico, cuando todo apuntaba por las declaraciones de las personas que presenciaron los hechos, que se trataba de un homicidio por violencia de género. Ni siquiera dijo lo de “no se descarta ninguna hipótesis”.

Como se puede ver, hay prisa para descartar la violencia de género y mucha lentitud para confirmarla.

Esta misma actitud también se aprecia con las personas del entorno de las mujeres que son asesinadas como consecuencia de la violencia de género. Ha ocurrido estos días en Castellón cuando el maltratador se ha dirigido a la casa de los padres de su expareja al no poder localizarla ella por estar en un centro de acogida, y ha asesinado al padre de la mujer. Pero sucedió también en Medina del Campo el pasado diciembre cuando su nueva pareja acompañó a la mujer al domicilio para recoger a la hija y fue asesinado. O como pasó en Cuenca con Laura del Hoyo, amiga de Marina Okarynska expareja de Sergio Morate, asesinada junto a ella al acompañarla a casa, sin embargo, nunca fue considerada víctima de la violencia de género, como si su homicidio hubiera sido consecuencia de un robo o por narcotráfico.

La fragmentación de la violencia de género es consecuencia de esa necesidad de restarle trascendencia para tranquilizar sobre las consecuencias, y pensar que no es una situación tan grave ni, sobre todo, producto de una decisión meditada y planificada por el agresor. De ese modo se hace valer el mito que la presenta como situaciones puntales producto de una “pérdida de control” propiciada por el alcohol, las drogas, la alteración psicológica o el resultado de una “fuerte discusión”. Y de alguna manera se logra ese efecto cuando los Barómetros del CIS recogen que sólo alrededor del 1% de la población considera esta violencia, con sus 60 homicidios de media al año, como un problema grave.

Y todo eso tiene sus consecuencias en el día a día, pues cuando la violencia de género se presenta como producto de las circunstancias, bien por el contexto de la relación o bien por las características del agresor, y se divide y separa entre cada uno de esos elementos, la respuesta se elabora sobre esos estereotipos que le restan gravedad y trascendencia. Es lo que sucedió con Andrea, asesinada en Benicàssim tras múltiples situaciones que reflejaban la grave violencia que sufría, y lo vemos cuando con frecuencia la primera referencia que se utiliza para ver lo ocurrido ante una denuncia es la sospecha. Se sospecha de la denuncia que hacen las mujeres y luego, cuando “aparecen muertas”, se llega a sospechar de que hayan sido asesinadas por violencia de género.

Y claro, si la situación es así con las mujeres que sufren esta violencia, con las personas de su entorno es mucho más grave.

¿Se imaginan que no se hubieran considerado víctimas de terrorismo de ETA a las personas civiles que murieron en atentados con coche bomba dirigidos a acabar con la vida de un militar o de un miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado? Nadie lo habría aceptado, es más, a nadie se le habría ocurrido hacerlo, como tampoco se dudó en considerar a los padres y madres de los asesinados por ETA como víctimas del terrorismo, mientras que en violencia de género las madres y padres de las víctimas han pasado a considerarse como tales en el reciente Pacto de Estado que aún no se aplica.

Una de las características diferenciales de la violencia de género respeto a otras violencias interpersonales es que se trata de una “violencia extendida”, es decir, que el agresor utiliza de manera estructural la violencia contra otras personas para dañar a la mujer y facilitar su control y sometimiento. Y lo hacen durante la relación de forma habitual, y lo pueden hacer con el homicidio. Es lo que en algunas legislaciones latinoamericanas, de las que tenemos mucho que aprender, se denomina “femicidio vinculado” o “femicidio ampliado”  para referirse al homicidio de personas relacionadas con las mujeres que sufren la violencia de género, a quienes el agresor asesina bajo una doble referencia y buscando dos objetivos.

Las referencias que utilizan para llevar a cabo este “femicidio vinculado” son, por un lado, el lazo afectivo con la mujer, y por otro considerar que la “han ayudado” o “han intervenido” en el proceso de separación desde el ejercicio profesional o como apoyo emocional o material. Y el objetivo también es doble, por una parte, dañar a la mujer por la pérdida de ese ser querido y hacerla responsable de su muerte, y por otra, lanzar el mensaje de que las personas que “ayuden” o “intervengan” ante la violencia de género pueden ser también víctimas de ella.

Son homicidios que forman parte estructural de la violencia de género y, por tanto, deben ser considerados como parte de esta violencia, tanto por justicia como por el significado de una violencia que va dirigida contra las mujeres y su mundo. Y del mismo modo que esta violencia se inicia atacando ese mundo y rompiendo sus elementos de identidad y sus fuentes de apoyo externo (familia, amistades y trabajo), puede terminar acabando con esas otras vidas que toda persona vive junto a sus seres queridos. No son homicidios ajenos a la violencia de género, y en el momento actual son una posibilidad aún más cercana ante el cambio adoptado por los agresores para herir a las mujeres bajo estas nuevas referencias de extender la violencia asesina a otras personas de su entorno.

En violencia de género duelen más las cicatrices que los golpes, los maltratadores lo saben, el resto no podemos ignorarlo ni permitir que desde el machismo se continúe fragmentando y ocultando esta violencia.

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Madres asesinas y buenos padres que matan

Entre los hechos y la realidad está el significado, que es lo que permanece y da sentido a la historia de cada día. Los acontecimientos sólo son la inspiración para redactar el relato, las referencias necesarias que permiten escribir el tiempo con continuidad y sin sobresaltos que rompan el sentido de lo vivido hasta el presente y el mañana esperado.

Y esta situación que se observa en la forma de escribir la historia sobre el pasado y transmitirla, de manera especial a la hora de interpretar los conflictos, guerras, victorias y derrotas, sucede cada día en aquellos hechos que de una manera u otra tienen impacto directo en la forma de organizarnos y relacionarnos sobre las ideas, valores, creencias, mitos… que se han adoptado y considerado adecuadas para convivir.

Es lo que sucede con a violencia de género, una violencia estructural que surge de la propia “normalidad” que la cultura machista ha establecido y ha cargado de justificaciones para que sea interpretada como algo propio de las relaciones de pareja, no en el sentido de que sea una conducta “obligada”, pero sí bajo la idea de que “puede suceder”, y que si aparece es reflejo del “amor” y la “preocupación” que siente el hombre ante ciertas actitudes y conductas de la mujer que “pueden afectar a la pareja o a la familia”. Bajo esa idea, la violencia de género no se presenta con el objeto de dañar, sino de corregir algo que se ha alterado.

Lo vemos cuando la Macroencuesta de 2015 recoge que el 44% de las mujeres que no denuncian dicen no hacerlo porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”, cuando en el Eurobarómetro de 2010 un 3% de la población de la UE dice que hay motivos para agredir a las mujeres, o cuando el 30% de la adolescencia de nuestro país afirma que cuando una mujer es maltratada se debe a que “ella habrá hecho algo”.

Y hablamos de una violencia que cada año asesina a una media de 60 mujeres, maltrata a 600.000, y permite que unos 840.000 niños y niñas sufran su impacto al vivir expuestos en los hogares donde el padre la lleva a cabo, ¡un 10% de nuestra infancia! (Macroencuesta, 2011).

A pesar de esa terrible y dramática situación para una sociedad, sólo alrededor del 1% de la población considera que se trata de un problema grave (CIS). Y no es casualidad que sea tan bajo, sino consecuencia del significado que se da a esta violencia, la cual es presentada como un descontrol producto de hombres con problemas con el alcohol, las drogas, alguna enfermedad mental o un trastorno psíquico. Sobre esta situación estructural, además, desde la “normalidad” machista se lanza una estrategia de confusión que busca mezclar todas las violencias y reactualizar los mitos para seguir construyendo la realidad sobre el significado que ellos deciden.

El ejemplo más cercano lo tenemos en el asesinato cometido por Ana Julia Quezada sobre el niño Gabriel Cruz, un hecho terrible que comprensiblemente levanta todo el rechazo hacia su autora. La crítica, incluso en sus expresiones más emocionales, es perfectamente entendible como parte de los sentimientos que se han visto afectados por unos hechos y unas circunstancias tan dolorosas como las que se han vivido. Ese no es el problema, lo que sorprende es la bajeza de quienes lo utilizan y lo instrumentalizan para intentar, una vez más, confundir y cuestionar la violencia contra las mujeres a través de una doble estrategia:

  • Por un lado, generar confusión sobre las diferentes violencias y tratar de reducirlas sólo a su resultado, es decir, a las lesiones que ocasionan y a la muerte para concluir que todo lo que termina en el mismo final tiene el mismo sentido, algo que es absurdo. Sería como afirmar que todas las hepatitis son iguales y deben tratarse de la misma forma, sin considerar si son tóxicas o infecciosas, sin dentro de estas son producidas por bacterias o por virus, y dentro de las víricas si están ocasionadas por un tipo de virus u otro.
  • Y por otro lado, presentar la violencia que llevan a cabo las mujeres como consecuencia de la maldad y la perversidad que la cultura les ha otorgado con mitos como el de “Eva perversa” o “Pandora”. En cambio, con la violencia que llevan a cabo los hombres ocurre lo contrario, ellos son los “buenos padres” que utiliza el Derecho como referencia para aplicar la ley, y por lo tanto, cuando agreden o matan es por el alcohol, las drogas o los trastornos mentales.

La crítica a la que está siendo sometida Ana Julia Quezada no se ha visto con ningún hombre asesino, ni siquiera con José Bretón, que asesinó a sus dos hijos y los quemó hasta casi hacerlos desaparecer dentro de un plan elaborado hasta el más mínimo detalle. Es más, incluso en el juicio hubo un informe pericial psiquiátrico y psicológico que lo presentaba como una “víctima”.

Con Ana Julia Quezada ocurre lo contrario, cada día se profundiza más en su “maldad y perversidad”, se ha viajado a República Dominicana para buscar referencias sobre su “perversidad original”, y para que su propia familia se pronuncie sobre la situación y su condición. Hasta el auto judicial se refiere a ella como la responsable de un “plan criminal” con “malvada voluntad”.

Y mientras que la crítica es entendible y las reacciones son comprensibles ante el dolor que ha generado el asesinato de Gabriel, lo que sorprende es que la reacción ante los asesinatos de otros niños no haya generado ese rechazo hacia los hombres que los asesinaron, ni se haya buscado testimonios críticos en sus entornos, todo lo contrario, aún permanecen en algunos casos las palabras de sus vecinos hablando de ellos como “hombres normales y buenos vecinos”.

Pero nada de eso es casual y por eso la situación va más allá en la instrumentalización que hace el machismo para hablar de mujeres asesinas, y especialmente de madres que asesinan. Esa es la razón que dio lugar a que desde los primeros días tras conocerse el asesinato de Gabriel salieran noticias y asaltaran las redes sociales con el argumento de que “las madres matan más que los padres”, y todo para atacar la Ley Integral contra la violencia de género y los avances en Igualdad. Una actitud que demuestra esa bajeza moral del machismo y su afán en escribir la realidad con el significado que los hombres han decidido.

Cuando se toman estudios científicos amplios, es decir, no circunscritos a un tiempo reducido, que siempre se puede ver afectado por circunstancias del momento, se demuestra que los padres matan más que las madres, algo que tenemos la responsabilidad de conocer para adoptar medidas preventivas y no alimentar los mitos existentes. En el informe de Save the Children sobre los últimos 100 casos de muertes violentas no accidentales de niños y niñas, 36 fueron homicidios cometidos por los padres y 24 por las madres. Otros estudios internacionales que analizan un número amplio de casos recogen que mientras que los homicidios de las madres y madrastras tuvieron una tasa anual de 29’2 niños/niñas por millón, en los cometidos por los padres y padrastros la cifra fue de 67 niños/niñas por millón (V. Weekes-Shackeldford y T. Shackeldford, 2004); y en el trabajo de Harris et al. (2007) los padres asesinaron al 39’1% de los menores, mientras que las madres lo hicieron sobre el 33’6%. La propia OMS, en su Informe Mundial sobre Violencia (2002), recoge que los padres son los responsables de la violencia más grave y comenten más homicidios y violencia sexual sobre los hijos e hijas.

Lo hemos repetido multitud de veces y desde hace años, la violencia es llevada a cabo por hombres y mujeres, pero la construcción cultural que lleva a normalizar, invisibilizar y justificar la violencia bajo las referencias de la cultura, esa violencia conocida como “violencia de género”, es cometida por los hombres, unos “buenos padres” que “matan fuera de control”, según los mitos y estereotipos establecidos. Este significado no se le da a la violencia ejercida por las mujeres, ellas no son “buenas madres que matan”, todo lo contrario, se presenta como producto de la maldad y perversidad que llena la conciencia de las mujeres, tal y como vemos estos días.

Al final la historia se escribe sobre el significado que se da a los hechos, y para el machismo está claro, mientras que las madres asesinan desde su condición de maldad, los padres, que ya parten de la condición de “buena paternidad”, lo hacen porque hay algo que les hace perder su bondad y control.

 

Monstruos S.A.

Ya tenemos un nuevo monstruo en la sociedad, José Enrique Babuín Gey, conocido como “El Chicle” y detenido por el asesinato de Diana Quer, se ha incorporado a la lista de “monstruos” que cada año se elabora para tranquilizar conciencias y desviar miradas de las circunstancias comunes a todos los hombres que actúan con un objetivo similar, aunque las formas de alcanzarlo sean diferentes.

La primera en llamarlo de ese modo ha sido su madre, quizás la única persona legitimada para hacerlo por el impacto emocional que produce ser consciente de que el niño aquel ha sido el hombre ese que aparece en los medios de comunicación como autor de unos hechos tan terribles. Mirar a la vida y encontrar a ese hombre en cada recuerdo de aquel niño es “monstruoso” para una madre y para un padre.

Pero el resto de la sociedad rápidamente también lo ha considerado como un monstruo bajo un argumento diferente, pues mientras que la familia lo califica de ese modo por ser “uno de los nuestros”, la sociedad lo llama monstruo para decir que “no es uno de los nuestros”. Por ello no han perdido tiempo en acudir a todo tipo de personas expertas para que expliquen algunas de sus características y rasgos de personalidad sin conocer nada de él ni haberlo examinado, tan sólo con las informaciones y referencias que aparecen en los medios de comunicación, algunas de ellas claramente contradictorias. Pero todo eso da igual, lo importante no es que sea verdad lo de “El Chicle”, sino que sea mentira que se trataba de un hombre “normal”, como sí han coincidido en definirlo personas de su entorno laboral, social, relacional, amistades…

Los estudios forenses nos dirán cómo es “El Chicle”, cuáles son los rasgos de su personalidad y si tiene algún elemento que tenga un significado especial en su comportamiento, pero lo que sí sabemos ya es que se trata de un machista violento, igual que otros agresores que han cometido crímenes similares, incluso peores en sus formas y consecuencias por asesinar a varias víctimas, y ninguno de ellos era un enfermo mental ni tenía trastornos de personalidad, cómo tampoco ninguno de sus conocidos decía nada de ellos ni de “El Chicle” antes de que se conociera su responsabilidad en los hechos. En cambio, nadie ha dicho de él algo tan sencillo como que “es un machista violento” .

El análisis de un caso no puede basarse en la repercusión que tenga en los medios de comunicación, ni concluir sobre sus elementos a partir de las informaciones, pues las conclusiones y la información con toda probabilidad serán erróneas.

¿Qué es lo que hace, según toda esa gente, que un hombre sea un monstruo?. Veámoslo.

Llevar a una mujer joven a un lugar apartado para agredirla sexualmente no debe serlo, puesto que, por ejemplo, es lo mismo que hicieron los integrantes de “la manada” y no sólo no los han considerado “monstruos”, sino que hay quien los defiende y culpabiliza a la víctima. Haberla asesinado tampoco debe ser la razón de la monstruosidad, porque cada año en España alrededor de 100 mujeres son asesinadas bajo las diferentes formas de violencia de género y no se refieren a sus asesinos como monstruos. Ocultar el cuerpo tras el homicidio, aunque sea menos frecuente, tampoco ha llevado a considerar monstruos a los asesinos de Marta del Castillo o al marido de María Puy en Navarra, que la asesinó, descuartizó y enterró durante meses.

Al final todo indica que se es monstruo por necesidad, por una combinación de circunstancias que van desde los propios hechos hasta la alarma social generada, situación esta que necesita una negación del machismo y su violencia al tiempo que una afirmación de lo ocurrido. Al final, tener un monstruo a mano ayuda mucho a distorsionar lo ocurrido y a tranquilizar muchas conciencias y algunos ánimos.

¿Cuántos monstruos hay ahora mismo en las calles, en sus casas, en hospitales, juzgados, empresas, comercios… que son considerados como buenos compañeros, buenos amigos, buenos vecinos, buenos trabajadores… y que mañana serán “monstruos”?

No son monstruos, sólo lo serán en nuestra imaginación, en esa realidad que necesitamos crear para que todo encaje dentro de la normalidad machista en la que convivimos cada día, sin que se alce la voz contra la injusticia social que supone y la violencia normalizada que queda integrada dentro de ella. Es mas fácil dejarse llevar y vivir al margen de esa realidad que aceptarla y enfrentarse a ella para cambiarla, sobre todo cuando hacerlo supone renunciar a los privilegios que el machismo otorga a los hombres.

El machismo es una fábrica de monstruos, es “Monstruos S.A.”, no una película, sino la historia real. Y es tan terrible, que crea hombres normales que maltratan, matan y violan desde la invisibilidad y la impunidad, y luego crea algunos monstruos con nombres, apellidos y apodos para exponerlos por todos los medios cuando son descubiertos y no pueden beneficiarse de algunas de las justificaciones que también prepara para que su monstruosidad no de miedo y sea apta para todos los públicos.

Es lo que hemos visto con José Enrique Babuín, “El Chicle”, aunque los intentos de minimizar siempre están presentes, como cuando se ha tratado de culpabilizar y responsabilizar a la propia Diana y a su familia, o como cuando ahora se buscan rasgos o trastornos en el “monstruo” para convertirlo en una especie de alienígena al margen de nuestra cultura y sociedad, para sí tranquilizar más y poner la mirada todavía a más distancia de nuestra realidad.

Vivimos en una fábrica de monstruos, el machismo es “Monstruos S.A”, pero no los busquen en lugares extraños ni con aspecto raro.

 

“No a la guerra”. “Sí al acoso”.

Nadie, ni en Hollywood ni en Europa, dijo que se podía caer en una especie de buenismo ni de debilidad general por defender la paz frente a la guerra. Ninguno de los actores y actrices que en su día ocuparon las plateas y escenarios protestando contra la guerra de Irak se encontraron con manifiestos pidiéndoles “prudencia”, o hablando del riesgo de caer en una especie “ñoñería global” que restara intensidad y sentido a las relaciones internacionales.

Nadie duda de que hablar de la guerra es diferente a hablar de lanzar misiles de prueba, a comentar el diámetro del botón nuclear o a lanzar amenazas sobre el estallido de un posible enfrentamiento. Y tampoco nadie deduce que hablar contra la guerra se va a traducir en un abuso por parte de los pacifistas para denunciar “falsas guerras” por todas las esquinas del planeta.

Y tampoco se entiende que situaciones previas a las guerras, como cuando se produce algún ataque aislado, o se lleva a cabo un bloqueo comercial, o se invade parte de un territorio… forman parte de una estrategia de “negociación” de buen rollo, de esas que “ponen cantidad” y despiertan el interés en quien en un principio no lo tenía, hasta finalmente llegar a un encuentro maravilloso entre las dos partes. Todo lo contrario, cada una de esas acciones se ven como actos violentos necesarios para desarrollar y avanzar en una violencia más grave, y serán reprobados individualmente con independencia de que tras algunas de estas acciones pueda surgir un acuerdo y una buena relación comercial entre los países implicados.

Y no tiene sentido, porque no estamos hablando de “formas de relacionarse” en libertad e Igualdad, sino de agresiones y de guerra.

En cambio, cuando se habla de violencia sexual y de acoso, se plantea que de lo que se habla es de flirteo, y que no aceptar la violencia históricamente normalizada puede llegar a afectar a las relaciones hasta acabar en un “puritanismo sexual”.

Este planteamiento que, ¡oh casualidad!, una vez más surge de manera “espontánea” por parte de un grupo de mujeres que en todos estos años de acoso y violencia sexual no sólo no han sacado ningún manifiesto contra el machismo, sino que entre las firmantes hay quien ha apoyado a Roman Polansky tras reconocer la violación cometida sobre una menor, sólo tiene sentido si se dan por válidas dos premisas:

  1. La primera es situar los límites en el propio acosador, al entender que en una relación es normal la “insistencia” y el “exceso” intimidatorio y violento, siempre y cuando que quien lo lleve a cabo no lo vea así.
  2. La segunda es aceptar la idea de que las mujeres son “manipuladoras, perversas y poco inteligentes”, hasta el punto de no saber diferenciar una relación de una agresión, y de utilizar la situación para denunciar falsamente a los “pobres y bien intencionados hombres”.

Como se puede comprobar, ambos planteamientos son una trampa, pues, en definitiva, suponen aceptar lo que ya la cultura machista ha dicho que es normal bajo los mitos e ideas que llevan a entender que en un encuentro entre un hombre y una mujer, “no es sí tras la correspondiente insistencia”.

Todo está relacionado con una visión romántica del amor que acepta que la violencia forma parte de él, hasta el punto de plantearlo en frases como, “los celos son amor”, “quien bien te quiere te hará llorar”, “hay que aguantar y perdonar por amor”… Y esa misma visión romántica es la que lleva a presentar la guerra como un “acto de amor”: amor a la patria, a unas ideas o valores, a un modelo de sociedad, a la libertad… no como un instrumento de odio y poder de quienes pudiendo utilizar sus posiciones privilegiadas para negociar e influir, prefieren atacar, imponer y someter. Exactamente lo mismo que prefieren en las relaciones de pareja.

Todo forma parte del machismo omnipresente e invisible, por eso no es casualidad que esa misma cultura concluya que “en el amor y en la guerra todo vale”. Es justo lo que necesita para desarrollar sus estrategias.

El manifiesto de las actrices francesas es eso, poner de manifiesto las influencias y las largas manos de un machismo que dice a los hombres lo que tienen que hacer y a las mujeres cómo han de ser.

Como se puede observar, la utilidad de ese manifiesto no buscaba poner de relieve una forma diferente de ver las relaciones entre hombres y mujeres, ese era su enunciado, la verdadera utilidad era generar la duda, debilitar la respuesta global que se ha producido contra el acoso sexual, y otorgar al machismo el argumento de que las “propias mujeres” y el “propio feminismo” están en contra de lo que las “feminazis radicales” y su “feminazismo anti-hombres” proponen.

El machismo no está dispuesto a ceder su posición de poder ni a renunciar a sus privilegios, y todas las reacciones orquestadas son un ejemplo manifiesto de ello. Por muy intensa que sea la acción contra el machismo nunca se debe menospreciar su reacción.

 

El 016 y los hombres

Los hombres ya llaman al 016, no sé de qué se preocupa el Gobierno, concretamente el 25% de todas las llamadas que se realizan a ese número son llamadas insultantes, amenazantes, obscenas… realizadas fundamentalmente por hombres. Estas “llamadas maliciosas” suponen unas 416.000 en el periodo 2008-2015, según recoge el “IX Informe del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer 2015”.

Unas llamadas maliciosas que, por cierto, han disminuido de manera significativa tras la desaparición del Ministerio de Igualdad y de las políticas dirigidas a erradicar la violencia de género y la desigualdad, no a gestionar la desigualdad existente con sus diferentes manifestaciones. Durante los años del Ministerio de Igualdad (2008-2011), la media anual de estas llamadas insultantes fue de 80.212, y en los cuatro años siguientes de 24.948, es decir se produjo un descenso de 68’9% que demuestra cómo su origen está en el odio hacia esas políticas de Igualdad y lo que representan en cuanto a significado y cuestionamiento del machismo.

Pero hay otro dato muy interesante también sobre el posicionamiento de los hombres ante el 016, y nos lo da el dato sobre el porcentaje de hombres que llama cuando quien realiza la llamada no es la propia víctima. Porque cuando llaman personas del entorno de la mujer que sufre la violencia, el 74’9% son mujeres. Los hombres deben estar muy ocupados realizando llamadas obscenas e insultantes para detenerse un momento y llamar para intentar ayudar a una madre, hija, hermana, amiga o compañera maltratada por otro hombre. El dato es terrible, puesto que refleja el diferente significado que los hombres dan a la violencia de género a partir de las referencias que establece la cultura machista para presentar los casos como factores contextuales en los que la víctima actúa como propiciatoria de la violencia.

La pregunta es sencilla, ¿qué clase de referencias manejan estos hombres para estar tan lejos de la realidad de la desigualdad y su violencia, y tan cerca al silencio ante esta cruel y dramática expresión?. ¿Qué masculinidad u hombría hace que se prefiera callar y dejar que continúe la violencia dirigida contra una madre, una hermana, una hija, una amiga o una compañera?. ¿Es más importante defender a otro hombre, que además es maltratador, que a una mujer que sufre su violencia?.

Todo eso es lo que es capaz de generar el machismo como parte de la normalidad, tan normal la situación que el mismo Gobierno que tiene dificultad para sumar los casos de mujeres asesinadas y deja algunos en investigación, o no incluye dentro de las estadísticas de violencia de género asesinatos como el de Laura del Hoyo, asesinada por Sergio Morate junto a su exnovia Marina Okarynska en Cuenca en agosto de 2015, no tiene dificultad alguna para presentar y unir junto a la violencia de género otro tipo de iniciativas, como las que ahora plantea para el 016.

¿Se imaginan que el teléfono de emergencias 112 incorpore ahora información sobre cuestiones generales que puedan estar en relación con alguna posible emergencia futura, como por ejemplo un servicio de asesoramiento sobre el tipo de neumático más conveniente para los coches a partir del uso que se vaya a hacer de ellos, o sobre el tipo de calzado a la hora de practicar determinados deportes…?

¿Creen ustedes que el Gobierno se atrevería a unificar en el teléfono de la DGT toda la información sobre aeropuertos, trenes y barcos, bajo el argumento de que “todo es tráfico”?…

Es tan absurdo como mezclar cuestiones generales sobre Igualdad que afectan a hombres con la atención e información sobre violencia de género. Pero siendo absurdo no es un error, sino parte de su estrategia.

Porque el Gobierno del PP, según se desprende de sus decisiones, desde que llegó al poder intentó dejar atrás la idea de “violencia de género” para acercarse a la de “violencia doméstica”, y de esa manera ocultar las circunstancias específicas que tiene al violencia dirigida contra las mujeres y la construcción cultural que da lugar a ella. Se vio nada más empezar en la condena que hizo la ministra Ana Mato tras los primeros homicidios cometidos con ella al frente del Ministerio, que habló de “homicidios en el entorno familiar”. Lo tuvo que dejar ante las críticas que se levantaron contra ella, pero rápidamente trabajaron para incluir como víctimas directas de la violencia de género a los niños y niñas, cuando la Ley Integral ya lo contemplaba, pero no en su artículo primero para evitar confundir con el significado de la violencia de género, que se dirige contra las mujeres, aunque también se pueda hacer a través de los hijos e hijas. Y ahora lo han vuelto a intentar al incorporar como usuarios a los hombres en un teléfono dirigido a atender a las mujeres que sufren la violencia machista, pues si logran superar este primer obstáculo, el siguiente paso será incluir a los hombres como víctimas de la “violencia doméstica”, y completar de ese modo la desnaturalización del 016 y de la propia violencia de género, que volvería a ser “doméstica o familiar”.

Y todo ello al más puro estilo posmachista, argumentando que se hace en nombre de la “verdadera Igualdad”, no la que plantea el feminismo que “sólo busca ayudar a las mujeres para enriquecerse con las subvenciones”.

Que se trata de un error es indudable, la única duda que tengo en este momento es si se debe a un desconocimiento profundo sobre lo que es y significa la violencia de género, o si parte de esa estrategia perversa para desnaturalizar la violencia de género y transformarla en “violencia familiar o doméstica”. Aunque ahora que lo pienso, las dos opciones no son incompatibles.

Y todavía hay quien no entiende por qué pedíamos un pacto de Estado contra el machismo, no sólo contra la violencia de género.

 

“Mi asesino y yo”

La violencia de género ni siquiera termina con el homicidio de las mujeres que la sufren, aún tienen que soportar determinadas conductas y comentarios que agreden su recuerdo y hacen aumentar el dolor en sus familias, al tiempo que justifican en mayor o menor grado la posición de sus asesinos.

Y una de las formas de continuar con la violencia es la utilización de la imagen de las mujeres asesinadas y la de sus agresores, la cual se hace reproduciendo los estereotipos y mitos que la cultura ha situado como argumentos para darle sentido a la violencia de género dentro de la normalidad, cuando su intensidad no es especialmente marcada en el resultado, o bajo la excepcionalidad cuando aparece de forma intensa, como sucede en el femicidio.

La cultura ha hecho creer que cuando una mujer de cierta edad es asesinada por su pareja o expareja es porque se trata de un “machista en sentido tradicional”, es decir, de un hombre con toda una “historia llena de machismo que en un momento determinado, bien por el alcohol, los problemas mentales o un arrebato surgido en una “fuerte discusión”, pierde el control y la mata”. En estos casos no es tan necesario acompañar de imágenes para integrar lo ocurrido y tranquilizar las conciencias para que no miren alrededor, y puedan cuestionar el modelo de sociedad machista en que vivimos.

Pero cuando se trata de mujeres jóvenes esos mitos levantados alrededor del agresor no son lo suficiente eficaces, y se echa mano de los que se han construido sobre las mujeres y la relación de pareja según las referencias que ha puesto el machismo bajo la idea del amor romántico.

Las consecuencias directas sobre las víctimas más jóvenes y, en consecuencia, sobre hechos que impactan más y requieren una mayor “justificación” son tres, seguidas luego de comentarios en el mismo sentido.

  • La primera de ellas es la exposición de la mujer asesinada con imágenes en circunstancias de ocio, diversión, viajes, con grupos de amigas y amigos (que aparecen con la cara difuminada)… revelando y transmitiendo una “normalidad” en su vida “incompatible” con una situación de violencia que la controlaba y la sometía a través de la violencia de género.
  • La segunda consecuencia se produce cuando está imagen de ocio llega a prolongarse hasta la representación de las víctimas dentro de los estereotipos usados para justificar y explicar la violencia contra las mujeres. En esos casos las víctimas son presentadas con ropa “sexy” o en actitudes relacionadas con esa forma de vestir, para jugar con la idea de “provocación” de las mujeres que lleva a los hombres a tener que controlarlas, atarlas en corto, o directamente a corregirlas y castigarlas por sus conductas.
  • La tercera, y más terrible aún, es la de mostrar a la víctima al lado de su asesino como una “pareja normal” llena de vida, de proyectos e ilusión, casi siempre en contextos de ocio compartido como ejemplo de esa “buena relación” y de su “amor”. Esta representación de la pareja actúa como una prolongación de los deseos del asesino, como él, si pudiera, decidiría representar lo ocurrido para gritarle a la sociedad que ella “era suya y que sólo será suya”. Que sean estas fotos la rúbrica de la historia que el asesino ha decidido y ha protagonizado criminalmente hasta su final es terrible y un ejemplo mas del fracaso de la sociedad ante la violencia de genero.

Será esa imagen la que quede grabada en el lugar de la retina donde habita el recuerdo, y la que mantendrá el dolor en la familia de ella y la justificación en una sociedad que contempla lo ocurrido como “algo excepcional o patológico en una pareja normal”.

La combinación de esas imágenes y de los comentarios que las acompañan al final reproducen los estereotipos y mitos que sitúan la violencia de género en determinadas circunstancias y momentos que pueden envolver a las parejas normales, y que por algún hecho puntual pueden hacer que el hombre pierda el control bajo los efectos del alcohol, de alguna droga, de un trastorno mental o por la intensidad de un “amor” que lleva a la pasión y al oscurecimiento de la razón.

Y todo ello, además, habitualmente se acompaña con una ausencia de imágenes individuales de los agresores, y cuando lo hacen las suelen mostrar con algún elemento que oculta su identidad, especialmente en los momentos iniciales del caso. Por eso sus fotografías sólo suelen mostrarse cuando el caso es tan impactante que las informaciones se prolongan cierto tiempo, y cuando los hechos aparecen con “pocas dudas” o directamente son reconocidos por algunos de sus protagonistas (confesión, suicidio, testigos, cámaras de seguridad…)

En los homicidios cometidos estas últimas semanas hemos visto ejemplos de este mal uso de las imágenes, que son el factor que más impacta en la toma de conciencia de lo ocurrido. Ha sucedido en Elda con Jéssica, en Benicàssim con Andrea, en Sant Adrià del Besós con Kenia, en Azuqueca de Henares con Arancha, y con tantas otras mujeres asesinadas. Y sucede también estos días con Diana Quer en otra forma de violencia de género como es la violencia sexual.

Los medios de comunicación son los que actúan como fuente de conocimiento en violencia de género para la sociedad, así lo revelan los estudios realizados en España y en la UE, en los que alrededor del 90% de la población refiere conocer la violencia contra las mujeres a través de los medios de comunicación. La consecuencia es directa, la forma en la que los medios recojan la violencia de género será la referencia que la sociedad utilice para adquirir conciencia crítica y posicionarse sobre ella. De ahí la doble responsabilidad de los medios de comunicación, por un lado como una cuestión de profesionalidad que debe llevar a hacer bien el trabajo con independencia de sus consecuencias, y por otro, por ser el instrumento que permite adquirir conocimiento y generar conciencia crítica en un tema tan trascendente como el de la violencia de género, en el que sólo la respuesta social frente al machismo podrá hacer que desaparezca. Y cuando sólo el 1-2% de la población considera que se trata de un problema grave (CIS), quiere decir que hay algo que no estamos haciendo bien.

La información sobre la violencia de género ha mejorado mucho en estos años, pero aún falta romper con las influencias que generan todos los mitos y estereotipos que la cultura sitúa ante la mirada para condicionar el trabajo informativo, al igual que lo hacen en los juzgados, en los hospitales, en las comisarías, en las escuelas… y en cualquier ámbito, porque esos mitos y estereotipos son parte de la “normalidad” del machismo.

Y la información es palabra e imagen. Por lo tanto, una mala imagen siempre valdrá más y hará más daño que mil buenas palabras.

Hombres “presumidos”

Muchos hombres son presumidos, tienen tan alto concepto de sí mismos que presumen de inocencia en cualquier circunstancia, da igual las evidencias que haya, ellos son inocentes desde la irresponsabilidad colectiva de verse beneficiados (por supuesto “sin querer”), por la construcción cultural que ellos mismos han diseñado desde su “neutralidad umbilical”; y desde la irresponsabilidad individual que los lleva a entender que las decisiones judiciales están basadas en la animadversión hacia los hombres, no en los indicios y pruebas que puedan existir para tomar las medidas que se aplican.

Por eso no se cortan en decir que “no existe presunción de inocencia para los hombres”, y que basta que una mujer los denuncie para que los detengan primero, los manden al calabozo después, y, finalmente, pasen meses en prisión provisional; todo porque la palabra de la mujer, afirman, tiene más peso que la suya. No caen en el pequeño detalle de que la palabra habitual de las mujeres es el silencio, que las denuncias por violencia de género sólo representan un 23% del total de casos, y que de esas denuncias sólo se condena un 24%, lo cual hace que la impunidad en la violencia ejercida por los hombres en el seno de las relaciones de pareja (considerando los casos denunciados y los silenciados), sea del 95%. Una situación terrible por su significado y por sus consecuencias, pero sin duda mejor que la de las agresiones sexuales, donde la impunidad llega al 99%. Y todo ello “sin tener presunción de inocencia”, que si llegan a tenerla no sé en qué se traduciría la situación. Todo ello demuestra que los hombres no sólo tienen presunción de inocencia, sino que además cuentan con “presunción de no culpabilidad”.

Pero sorprende que esta crítica a las actuaciones judiciales “contra los hombres” sólo se haga cuando hablamos de violencia de género, porque no dicen nada de eso cuando detienen a un narcotraficante, a un terrorista, a un secuestrador… por supuesto todos presuntos, pero en estos casos “sin presunción” que valga. Es lo que hemos visto estas semanas en el juicio contra los integrantes de “la manada”, cuando decían que se han pasado más de un año en prisión “sólo por la denuncia de una mujer”, o lo que observamos estos días tras la denuncia de una menor a tres jugadores del equipo de futbol de la Arandina, donde el respaldo a los “presuntos agresores” se ha traducido en una manifestación de apoyo en la que todo giraba sobre la falta de presunción de inocencia en los hombres.

Todas estas respuestas ponen de manifiesto la lectura que hace el machismo de la realidad, y la necesidad de presentar a las mujeres como culpables de todo lo malo que le pasa a los hombres para así insistir en la necesidad de controlarlas. La misma sociedad que lleva a que el 95% de los homicidios sean cometidos por hombres contra otros hombres, sin que ninguno de ellos ponga el grito en el cielo ni en la tierra para acabar con estos homicidios que los hombres comenten alrededor de la criminalidad, disputas de lo más diverso, conflictos de todo tipo, delincuencia mayor y menor, ajustes de cuentas… porque, en cierto modo, todo se presenta como enfrentamientos “muy de machos”, es la misma sociedad que protesta ante la violencia que ejercen las mujeres sobre los hombres.

Y del mismo modo que no cuestionan esta violencia “inter e intra-masculina”, tampoco se quejan ni dicen nada de que no haya presunción de inocencia cuando se toman medidas cautelares frente a hombres dentro de ese contexto, pero no admiten que lo hagan cuando un hombre agrede a una mujer.

Esta forma tan diferente de responder demuestra la construcción machista y dos consecuencias directas. Por un lado, comprobar una vez más cómo la identidad masculina está levantada sobre la idea esencial de que “ser hombre es no ser mujer”, y que, por tanto, todo se mueve para que las mujeres no se “beneficien” de las presunciones y asunciones que se aplican a los hombres, y de ese modo defender, no al hombre en particular, sino la identidad general y los privilegios comunes a todos ellos. Y por otro, construir la inocencia de los hombres (presumida o consabida) sobre la culpabilidad de las mujeres (dada por segura), puesto que lo que se afirma al decir que los hombres son inocentes en las denuncias que les hacen las mujeres, bien sea por violencia en la pareja o por violencia sexual, es que dichas denuncias son mentira y que las mujeres son culpables de un delito de denuncia falsa.

Al final, como el instrumento con el que se decide la veracidad y credibilidad de ambas situaciones es la balanza del machismo, el resultado es que el fiel bascular se mantiene fiel a los dictados en origen, e inclina la presunción a favor de los hombres con esa doble consecuencia inmediata: los hombres son inocentes y las mujeres culpables. Lo estamos viendo estas fechas, como decía, en los comentarios que aparecen en las noticias sobre la menor que ha denunciado a los jugadores de la Arandina, y también en las críticas y sospechas vertidas sobre la víctima de “la manada”. Todo ello es consecuencia de un contexto social que hace que en España exista, incluso, una “asociación de afectados por la Ley de Violencia de Género”. Como se puede ver, todo lo que afecta a los hombres se le da un carácter social, mientras que lo que le pasa a las mujeres “o es mentira o es privado, asilado y particular”. No creo que haya otro país democrático en el planeta donde exista una asociación contra una ley orgánica que, además, fue aprobada por unanimidad.

El machismo es capaz de eso y de más porque ha hecho creer a los hombres que el espejo está en su ombligo, por eso no paran de mirárselo, aunque la imagen que obtienen aparece distorsionada y abigarrada. Si fueran capaces de levantar la mirada y contemplar la realidad, quizás no presumirían tanto de lo que ahora hacen, y sí empezarían a abandonar esa “neutralidad umbilical” que les resulta tan cómoda y tan cómplice por necesaria.