Plácido domingo

Hoy es un plácido domingo, ha amanecido despacio, como si el sol se hubiera visto envuelto por la pereza festiva y la mañana despertara tranquila, consciente de que tiene todo el día por delante.

La ciudad también amanece con la placidez que da ser dueña, aunque sea por unas horas, del tiempo que el resto de los días le quitan. Hay campanas en el aire, olor a churros por las aceras, y calles solitarias llenas de tranquilidad sin horario ni destino.

Sin embargo, en muchos hogares, a pesar de las ventanas abiertas, la luz no termina de entrar en el silencio artificial del domingo, ni logra hacer pasar dentro la placidez que habita en el exterior.

Las explicaciones que Plácido Domingo dio en su comunicado tras las denuncias de abuso sexual, fueron muy significativas e ilustrativas de lo que es la normalidad construida por el machismo y su cultura. Dijo, “reconozco que las normas y estándares por los que se nos mide hoy son muy diferentes de lo que eran en el pasado…”

Curiosamente, lo que nos dice es que aquello que los hombres y sus normas y estándares consideran normal, es lo que se traslada como normal a toda la sociedad; mientras que las mujeres que viven las conductas de los hombres como violencia, no sólo no pueden trasladar ese significado a la sociedad, sino que, incluso, tienen que callarlo para evitar que junto a la violencia de la agresión sufran la violencia de la discriminación y el rechazo social, como hoy mismo, más de 20 años después, intentan hacer con las mujeres que han denunciado.

El argumento que da hoy Plácido Domingo podría ser utilizado para las conductas que eran cuestionadas cuando él se comportaba de forma “normal”. De manera que un hombre que en 1990 hubiera sido denunciado por violencia contra una mujer realizada 20 años antes, podría haber dicho entonces que los estándares de los 90 no eran los mismos que los de los 70. Justo igual que hace él hoy para las conductas “normalizadas” 20 años atrás.

Al final la situación resulta muy gráfica. La violencia contra las mujeres siempre está presente y lo que cambia no es su realidad, sino el umbral sobre el que se establece la crítica y la reprobación, pero sin que ello sea suficiente para que se acompañe de una respuesta legal, puesto que la ley no cambia, sólo lo hace la percepción de los hechos para integrarlos como consecuencia de las circunstancias, no para cuestionarlos como parte de una cultura que normaliza el abuso, y mucho menos para sancionarlos con una ley que debe ser modificada para poder hacerlo.

Pero si ya es triste la situación, aún resulta más terrible lo que revela de la posición de los hombres, no sólo por asumir que desde su status de poder pueden llevar a cabo conductas violentas sobre las mujeres al amparo de la normalidad, sino por la desconsideración y la falta de la más mínima empatía con las mujeres a las que ocasionan un grave daño con su violencia. Para ellos las mujeres quedan al margen, les da igual el daño que sufran como consecuencia de sus conductas, no es su problema. Ellos sólo se preocupan de cubrir sus deseos y de que las normas y estándares los cubran a ellos.

¿Se han preguntado alguna vez si las normas y los estándares eran suficientes para admitir en su día el derecho de pernada, los matrimonios de conveniencia, el débito conyugal, el acoso callejero…?

El cambio y la transformación de esa normalidad machista es la que están consiguiendo las mujeres y el feminismo, por eso no es casualidad que la crítica del machismo y de los sectores más conservadores de la sociedad se dirijan contra ellas y contra el feminismo. Si nada cambia todo sigue igual, y si no hay quien haga cambiar la desigualdad esta continuará lo mismo bajo “nuevas normas y estándares”.

Hoy es un plácido domingo, sí, pero no en todos los hogares. En muchos de ellos hay mujeres sufren la violencia que los hombres ejercen desde su placidez, para así llenar las semanas de tranquilos martes, miércoles y lunes, de apacibles viernes, jueves y sábados, y de plácidos domingos.

“15 años…”

Uno de los jugadores de la Arandina ha sido muy claro en la interpretación de lo ocurrido, cuando tras conocer la sentencia ha manifestado, “esto hace 15 años estoy en mi casa echando un parchís”, justo la misma idea que expresó Plácido Domingo en su comunicado al hacer referencia a que las normas y los estándares cambian. Para ambos esa falta de uniformidad no puede ser utilizada para cuestionar nada ni para condenar a nadie.

Una de las claves del machismo y de su visión conservadora de la realidad es hacer creer que el futuro sólo es definido por el paso del tiempo para que nada cambie con el transcurso de los días, y que los retoques necesarios para la adaptación puedan integrarse poco a poco en una sociedad que avanza al ritmo del letargo. No importa que la parafernalia de la tecnología y los colores de la superficialidad cambien con las temporadas y las circunstancias, lo importante es que la esencia de los valores, las ideas, las creencias, y todos los mitos y estereotipos que surgen de ellos permanezcan como faro que guíe esa deriva social para que no deje de girar alrededor del punto de partida.

Y en ese momento sempiterno del machismo, el sentido dado a la identidad de las mujeres se ha construido a partir de su vinculación a los hombres, bien como “mujeres de…” o como “mujeres para…”. Un planteamiento que limita su autonomía esencial y, sobre todo, su libertad social, al tiempo que impone una especie de control sobre ellas para evitar daños mayores, hasta tal punto que el propio Código Civil anterior a la democracia les exigía el permiso del marido para trabajar o viajar al extranjero.

El control de las mujeres se justifica desde la doble referencia que lleva a entender que “no son capaces”, y que sin él actuarían en contra de los hombres debido a la carga de perversidad que, según la receta del machismo, contiene su identidad.

Sobre esta idea, las mujeres pueden hacer el mal por acción o por omisión a través de un sí o de un no, una situación que lleva a los hombres a tener que interpretar el verdadero significado de sus palabras, de su actitud y de sus decisiones para así poner orden. De ese modo, cuando un hombre interpreta que “un sí es un no”, por ejemplo, cuando la mujer decide dejar la relación y él considera que “en verdad” no quiere hacerlo, si ella continúa empeñada en su “error”, el hombre se ve obligado a corregirla y castigarla. Cuando nos encontramos en la situación contraria y concluye que “un no es un sí”, entonces actúa en consecuencia hasta el final, y si la mujer dice que no quiere mantener relaciones sexuales y él interpreta que sí quiere, prevalece la verdad de su conclusión y lo que él impone y, por tanto, las relaciones deben mantenerse sin ninguna consecuencia para él, aunque ella se resista o se vea intimidada.

Y todo ello viene sellado por la costumbre con sus normas y estándares para que el tiempo pase sin que nada más pase, y todo continúe igual. No hay futuro, todo es una prolongación del presente, una especie de pasado continuo.

Pero la sociedad está cambiando, y cambia porque las mujeres cambian, no porque los hombres lo hagan de la misma forma, ni porque las referencias sociales que llevan a la justificación y normalización de determinadas conductas violentas lo hayan hecho. Los hombres siguen siendo los dueños del significado de la realidad, y cuando los hechos les llevan la contraria recurren al argumento del tiempo para decir, como hemos visto, “esto hace 15 años no era nada”, o sea, es “normal”.

Por eso no es de extrañar que el machismo y su ultraderecha reivindiquen ese tiempo cómplice, lleno de días cómplices y de sombras de complicidad. No piden que cambien las cosas para solucionar los problemas, sino que no cambien para que no sean problemas y no haya nada que solucionar.

Los ejemplos son cercanos, a la violencia de género quieren llamarla “violencia intrafamiliar”, que es como se ha llamado siempre para ocultar la violencia específica que sufren las mujeres. Las diferentes identidades y orientaciones que forman parte de la diversidad de una sociedad plural, quieren devolverlas a las consultas médicas y psicológicas para que su normalidad no se vea cuestionada. La educación en Igualdad pretenden convertirla en “educación para la desigualdad” por medio de la segregación de niños y niñas en aulas separadas… Y así con todo.

En definitiva, quieren que regrese el bucle del tiempo que hace que cada día amanezca justo por donde se quedó el anterior, y así negar el futuro. Porque el futuro es transformación, no sólo el paso del tiempo. Si nada cambia excepto el tiempo, todo sigue igual. El futuro no está en un momento posterior, sino en una realidad diferente, y a ese futuro, cuando se parte de la desigualdad, sólo se puede llegar de la mano de la Igualdad, por eso la rechazan.

Hace 15 años muchas cosas no eran nada porque las mujeres no tenían voz ni experiencia reconocida, pero hoy la tienen porque la han conquistado, y con ella gritan la Igualdad que critica al machismo y sus violencias. Por eso no debemos esperar. En desigualdad el tiempo no pasa en días, sino en vidas, en las vidas de mujeres que son destruidas, limitadas o arrebatadas por hombres que llevan a la práctica lo que la cultura machista les hace creer y querer.

El problema no está en los años que pasan, sino en el machismo que permanece.

 

“Descabronizar” el planeta

El mayor cambio que se vive hoy en al ambiente es el de la Igualdad, tanto que los pilares sobre los que se levanta la estructura de nuestra sociedad se están derritiendo. Y como sucede con el cambio climático, hay quien lo niega para no enfrentarse a la verdad incómoda que amenaza su poder y privilegios.

El ejemplo lo tenemos cerca, en la Cumbre del Clima celebrada estos días en Madrid, una de las propuestas más destacadas es la de “descarbonizar” el planeta para disminuir las emisiones de carbono, especialmente en forma de dióxido de carbono. Un concepto novedoso, ese de “descarbonizar”, cuya validez ha sido aceptada por la Fundéu al ser construido a partir de la palabra “carbono”.

El machismo por su parte ha intoxicado la convivencia social y democrática con la emisión de sus malos humos y sus gajes tóxicos a lo largo de toda la historia, tanto que ha contaminado el aire que respiramos y ha impregnado con el hollín de su ceniza las miradas e identidades, para establecer con sus emisiones una especie de clima regulado por el termostato de sus intereses.

Ante esta situación el razonamiento es sencillo, si “descarbonizar” es reducir las emisiones de carbono, y “cabrón”, tal y como recoge la primera acepción del Diccionario de la RAE, es quien “hace malas pasadas o resulta molesto, “descabronizar” es reducir la realización y emisión al ambiente de esas malas conductas y molestias que, incluso, llegan hasta la violencia. Un comportamiento característico del machismo para lograr imponer la desigualdad con la que defender sus privilegios, y para someter a las mujeres a los espacios y funciones que la cultura machista ha decidido.

El machismo es tóxico, y el ambiente milenario de “encabronamiento” que genera es el responsable de las olas de acaloramiento público y privado, de las inundaciones de la intimidad, y de las DANAS (“Depresiones Afectivas en los Niveles del Amor”) cíclicas que aparecen de manera sorpresiva con todo su daño y destrucción.  Por lo tanto, la solución a esos problemas sociales pasa por actuar sobre ese ambiente tóxico, no sólo sobre el resultado de sus catástrofes.

El problema es más serio de lo que parece, por eso quienes “emiten” la violencia machista buscan negarla, si no fuera tan grave no se molestarían en intentarlo. La OMS (2013) recoge que el 30’1% de las mujeres del planeta sufrirán en algún momento de sus vidas violencia por parte de sus parejas o exparejas, y Naciones Unidas (2015) indica que entre 40.000 y 45.000 mujeres son asesinadas en el planeta cada año en el contexto de las relaciones de pareja y familia. Por su parte, la Agencia de Derechos Fundamentales (FRA, 2014) concluye en su informe que el 20% de las mujeres de la UE han sufrido violencia física en las relaciones de pareja, el 43% violencia psicológica, el 6% violencia sexual y el 55% acoso sexual. Y si nos acercamos a nuestras costas, las Macroencuestas (2011, 2015) y los datos de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género nos indican que cada año unas 600.000 mujeres son maltratadas y unas 60 asesinadas. Y a pesar de esta objetividad en el resultado y de vivir la experiencia de cada día que conduce al mismo, el “encabronamiento” machista lo ignora y lo intenta negar.

Por ello necesitamos el aire fresco de la Igualdad con un doble objetivo. Por un lado, descontaminar y limpiar la atmósfera de la cultura de todos los gases tóxicos emanados de las ideas, valores, creencias, mitos… machistas. Y por otro, abrir la ventana del conocimiento para que entre el oxígeno de la Igualdad y haga respirable el ambiente. Sólo así podrán desaparecer los efectos tóxicos que ocasionan esa mirada borrosa que difumina la realidad, las alucinaciones del machismo, y los delirios de grandeza que muchos toman como verdad.

No es sencillo, son muchos los hombres que viven de esos malos humos, y algunos son verdaderos adictos al machismo, como los hay a las emisiones de dióxido de carbono, en una dependencia que no es física ni psicológica, sino social. Es la dependencia al poder y a los privilegios, y se ve reforzada bajo la conciencia de que cuanto más injusta son las decisiones, más poder se tiene. Y aunque el resultado sea dañino, hay quien prefiere morir de éxito en una sociedad injusta que vivir feliz y en paz en Igualdad.

La sociedad ya ha cambiado y su avance es imparable, pero las reacciones de quienes viven bajo el poder de sus emisiones también está presente para intentar asfixiar al planeta y a la Igualdad. No es casualidad esta reacción, ni tampoco que sólo sea el feminismo quien tenga una respuesta global a toda la construcción tóxica y violenta del machismo para “descabronizar” el planeta por tierra, mar y aire. El machismo es cultura, no conducta, y el feminismo busca una nueva cultura levantada sobre la Igualdad, no corregir algunos de los resultados y consecuencias.

Porque el feminismo es “cultura de Igualdad”.

Un hombre solo, una mujer sola

Según la sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona, se absuelve al hombre que se masturbó mientras otros cinco hombres agredían sexualmente a la víctima, porque “no podría haber hecho nada efectivo para evitar los delitos, cometidos por una pluralidad de hombres y en un descampado alejado de zonas habitadas donde poder encontrar auxilio, fuera para detener los ataques a la víctima o en caso de enfrentarse solo a los ataques, evitar la posible reacción agresiva contra él”.

Es decir, la actitud pasiva de un hombre solo ante la escena de la violencia ejercida por cinco hombres, justifica su inacción ante la posibilidad de que la conducta violenta de los cinco se volviera contra él, mientras que la actitud “pasiva” de una mujer bajo los efectos del alcohol y el hachís que está siendo agredida físicamente y sufriendo violencia sexual por esos cinco hombres, con la suficiente consciencia como para, según se deduce de la sentencia y de los hechos, obligarla a practicar dos felaciones tras las múltiples relaciones sexuales contra su voluntad, y poder expresar quejas durante los hechos (como dicen los propios agresores por Whatsapp), no justifica su “teórica pasividad”, hasta el punto de que los hechos han sido considerados como abuso sexual, en lugar de “violación” (agresión sexual).

O sea, según se concluye la sentencia, un hombre solo que contempla unos hechos violentos protagonizados por cinco hombres puede ser intimidado por la posibilidad de que esa violencia se vuelva contra él, mientras que la mujer que está sufriendo esa violencia por los mismos cinco hombres no es intimidada, ni por dicha conducta violenta ni por la posibilidad de que se agrave ante sus resistencia, como por desgracia ha ocurrido con otras mujeres como Laura Luelmo, Diana Quer o Leticia Resino en un pueblo de Zamora.

Dos son los elementos que deben tenerse en cuenta a la hora de valorar unos hechos de este tipo:

  1. El primero de ellos es la necesidad de ajustar el Código Penal a lo que dice el propio Código Penal. Si se trata de “delitos contra la libertad sexual”, la circunstancia que define el hecho es el consentimiento para mantener la relación sexual, no la forma de quebrar el consentimiento o de evitarlo. El modo en que se haga podrá matizar y agravar más o menos la pena, pero no definir la existencia de un delito que viene conceptualizado por la necesidad de contar con dicho consentimiento como reflejo de la libertad de la persona para mantener o no relaciones sexuales.
  2. El segundo se trata de acercar la realidad teórica del enunciado de la ley a las circunstancias concretas de unos hechos. La manera de expresar el rechazo a las relaciones sexuales y la negativa del consentimiento a mantenerlas no es una cuestión teórica y rígida, sino que ha de ajustarse al contexto en el que se producen los hechos, desde una doble perspectiva: la situación de la víctima y las características de del entorno. Y si una víctima está intoxicada, al margen de que ya es una situación que no cuenta con su consentimiento, tal y como hemos recogido en el punto anterior, hay que tener en cuenta las formas en que ese rechazo se puede expresar. En el caso analizado, las “quejas” que los propios agresores recogen en su Whatsapp ya son indicios suficientes para demostrar que no había consentimiento. Pero si, además, se tiene en cuenta el otro elemento, las características de un contexto solitario y aislado capaz de intimidar a un hombre que contempla la violencia que ella sufre, la manera de expresar el rechazo debe ajustarse a ese contexto, y la no expresión no puede significar nunca la existencia de un consentimiento o la ausencia de violencia. Pero si persisten las dudas sobre el significado de lo ocurrido, hay que tener en cuenta el resultado de lo ocurrido y su impacto psicológico sobre la víctima. Y cuando unos hechos y el escenario que originan no son traumáticos, no tienen por qué generar un “trastorno ansioso-depresivo” que tres años después de la agresión aún requiere terapia.

Los agresores sabían que iban a violar a la menor, por eso esperaron el momento en que estuviera lo suficientemente intoxicada para manipularla y trasladarla sin excesivos problemas hasta la nave del descampado, una vez allí se organizaron para agredirla sexualmente por turnos, y luego, a pesar de las quejas mostradas durante las relaciones por vía vaginal, obligarla a que le practicara una felación a dos de los agresores. Y mientras que la conducta de los agresores es perfectamente coherente con el objetivo criminal buscado, a la víctima se le exige que exprese su consentimiento o su rechazo de una forma que las propias condiciones en que se encuentra le imposibilitan expresar, y no se tienen en cuanta las “quejas” y el silencio derivado de una situación capaz de intimidar a un hombre que participaba en la escena, aunque según la sentencia no en los hechos. En cambio, sí se tiene en cuenta que “sólo recuerda flashes” de la agresión, como si la memoria tuviera que ir siempre ligada a la realidad de lo ocurrido, máxime cuando las propias circunstancias de los hechos dificultan e impiden la fijación de los recuerdos.

La OMS define la violencia como, “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”. Es decir, la violencia viene definida por el uso de la fuerza física o el poder, no sólo de la fuerza física

¿Alguien cree que los cinco agresores no eran conscientes de la situación de poder que les daba abordar en la fiesta a una menor intoxicada, trasladarla a un lugar solitario y alejado, y allí forzarla a mantener relaciones sexuales con los cinco, y a practicarle una felación a dos de ellos?

Hay que cambiar el Código Penal, pero sobre todo hay que cambiar la mentalidad y las referencias de una cultura machista que interpreta la realidad de manera coherente con lo que hace que sea de ese modo, para luego negarla.

 

“No había denuncias previas”

No termino de entender por qué se recurre al dato sobresi había o no denuncias previas en el momento de informar sobre el homicidio de una mujer por violencia de género. Se imaginan que al dar la noticia de alguien que ha fallecido por infarto de miocardio dijeran que nunca había acudido a urgencias o al hospital, o que al informar sobre alguien que acaba de morir en un accidente de tráfico comentaran que no había llevado el coche a la ITV… no se entendería que esa primera información viniera acompañada de detalles que generan dudas sobre el sentido de lo ocurrido. En cambio, en violencia de género el dato sobre las denuncias previas ante los asesinatos es habitual, tal y como hemos comprobado, una vez más, en las informaciones sobre los últimos casos de Vic y Granada.

Sin duda es un elemento importante a la hora de analizar las circunstancias del crimen, pero comentarlo justo en el instante en que se da la noticia del asesinato genera confusión sobre dos tipos de ideas:

  • La primera es poner una cierta responsabilidad en la víctima por no haber denunciado la violencia que ha terminado por matarla.
  • La segunda se mueve en sentido contrario, y transmite la imagen que niega que haya una violencia previa en la pareja, como si todo hubiera sido consecuencia de una situación puntual e inesperada. Es lo que se refleja en frases como, “tras una fuerte discusión”, “en el seno de un conflicto familiar”… que tanto se utilizan para contextualizar los homicidios de las mujeres.

En cualquier caso, recibir esa información sobre la ausencia de denuncias previas junto a la notica del asesinato de una mujer, genera distorsión sobre lo ocurrido y confusión sobre la realidad de este tipo de violencia, al situar el significado de lo sucedido alrededor de lo que la víctima ha hecho o ha dejado de hacer, en lugar de hacerlo sobre lo que el hombre que la ha asesinado acaba de llevar a cabo.

Con independencia de desviar la conciencia crítica sobre la esencia de una violencia construida desde dentro de las referencias culturales, materializada por los hombres bajo la normalidad, y llevada hasta el homicidio desde una posición moral que no acepta que la mujer se revele a sus imposiciones y dominio, lo que también se produce con ese tipo de planteamientos es el refuerzo de los mitos que existen para explicar porqué las mujeres son asesinadas por sus parejas. Y entre esos mitos la idea de que el hombre “pierde el control” por estar bajo los efectos del alcohol, las drogas o algún trastorno mental, es uno de los argumentos más potentes y directos, que se ve confirmado con comentarios informativos de ese tipo.

Si la violencia contra las mujeres no hubiera contado en su resultado con las mismas justificaciones que la cultura machista sitúa en su origen, habría sido imposible que una historia y una convivencia caracterizada por su realidad objetiva, hubiera podido superar los plazos del tiempo sin rechazarla. En algún momento, antes o después, el conocimiento sobre su significado y circunstancias habría levantado la crítica y conducido a su erradicación, al igual que ocurre ahora cuando la sociedad ha adquirido conciencia crítica gracias al feminismo.

No es casualidad que desde la posiciones más conservadoras y los partidos de ultraderecha con la connivencia de la derecha, se intente ocultar ese significado de la violencia de género, porque al hacerlo se defiende el modelo de sociedad levantado sobre la desigualdad, y con los hombres y lo masculino como jueces y parte.

Cuando una mujer es asesinada por violencia de género, la información debe centrarse en lo terrible que supone que ese asesinato se haya cometido en un contexto social que a pesar de los 60 homicidios de media que se comenten cada año, niega el significado de la violencia de género, minimiza su dimensión, cuestiona a la víctima y duda de su palabra, contextualiza las agresiones y homicidios sobre determinadas circunstancias, y llega a justificar a los agresores al quitarle responsabilidad bajo la idea de que han actuado bajo los efectos del alcohol, las drogas o algún trastorno psicológico.

Por eso resulta clave hablar del hombre que asesina y de la sociedad que trata de apartar la mirada de la realidad de la violencia que sufren las mujeres, sin dudar para ello en utilizar la política, algunas informaciones y las redes sociales contra las medidas y políticas destinadas a erradicarla.

Para esa parte de la sociedad lo importante es continuar con las referencias que presentan al machismo como normalidad, y a la desigualdad con lo masculino en la cúspide como orden natural. Por eso, como ya no pueden ocultar ni negar la violencia que sufren las mujeres, intentan mezclarla con otras violencias al llamarla “violencia intrafamiliar”.

Ya se sabe que “quien hace la ley hace la trampa”. El machismo hizo la “ley del más fuerte” y luego “la trampa de la violencia de género” para mantener su modelo y privilegios. No podemos caer en sus engaños.

La “cara B” del machismo

El machismo muestra una cara para luego imponer otra, si hubiera ido de frente, como tanto le gusta decir de los hombres, habría tropezado con su propia sombra y no habría avanzado ni uno solo de sus muchos siglos.

El machismo es la primera “postverdad” y la última mentira, a partir de su idea de cultura construida sobre la referencia androcéntrica, y de su desarrollo como una “normalidad” que toma lo masculino como universal, ya no ha hecho falta mentir ni ocultar nada, la simple asunción de ese modelo lleva a entender que la desigualdad y la jerarquización levantada sobre los hombres es la forma de organizarse más conveniente para el desarrollo de la sociedad, de manera que lo que ocurra bajo esas referencias no será nada extraño, sino parte de las diferentes alternativas que se pueden presentar.

La conciencia crítica que el feminismo ha creado sobre este modelo ha llevado a la reacción machista para mantener unos privilegios que dicen desconocer, pero que, curiosamente, ante cualquier política dirigida a establecer la Igualdad mediante la corrección de esas ventajas injustas que la cultura ha creado para los hombres, el machismo muestra su oposición y rechazo por considerarla innecesaria y un  “ataque a los hombres”. Es lo mismo que decían los esclavistas contra las leyes que abolían la esclavitud bajo el argumento de que su posición era “lo natural”.

Hoy ya no pueden criticar directamente las políticas  de Igualdad sin encontrar una respuesta contundente sobre la necesidad de las mismas, pero las razones utilizadas en las críticas que lanzan desde una aparente neutralidad ponen de manifiesto la “cara B” del machismo, mucho más oscura y profunda que la de la propia luna, aunque no tan lejana.

Los principales argumentos que utilizan sobre la violencia de genero giran alrededor de estas ideas:

  1. La violencia sufrida por las mujeres no es “de género”, es violencia intrafamiliar.
  2. Las medidas contra la violencia de género no van a favor de las mujeres, sino contra los hombres.
  3. La dimensión de la violencia contra las mujeres no es real, la mayoría de las denuncias son falsas.
  4. No hay un verdadero compromiso ni objetivo social en quienes trabajan contra esta violencia, sino un interés económico.
  5. El feminismo en verdad es “feminazismo” porque no busca la Igualdad, sino imponer un modelo de sociedad basado en la superioridad de las mujeres.

Y son precisamente esos argumentos los que revelan su forma de pensar, con qué o quienes se identifican, y los verdaderos objetivos que hay en su resistencia a trabajar por la Igualdad y para la erradicación de la violencia de género. Veámoslos.

  1. Reivindicar la “violencia intrafamiliar” como referencia indica que su modelo de familia contempla la violencia como parte de las instrumentos para conseguir los objetivos vinculados a su idea de educar. Querer llevar la violencia contra las mujeres a la familia no es buscar acabar con ella, sino devolverla al lugar donde ha estado históricamente  bajo el nombre de “violencia doméstica o familiar”, sin que este hecho la haya visibilizado ni generado una conciencia crítica capaz de desarrollar medidas específicas para prevenirla. Además, tal y como refleja el informe del INE, también son las mujeres las principales víctimas de esta violencia doméstica, concretamente un 62’2%; además de ser el 100% de las víctimas de la violencia de género.
  2. Presentar a los hombres como víctimas de una ley es admitir que todos los hombres son delincuentes, y eso lo dice el machismo, no la Ley Integral contra la Violencia de Género, que sólo actúa contra los hombres que maltratan. El machismo con este argumento muestra dos hechos: uno, la gran desconfianza en los hombres, a los que ve como “maltratadores”, y el otro, la idea de que el uso de la violencia contra las mujeres es algo que forma parte de los hombres como elemento de la identidad otorgada por la cultura androcéntrica.
  3. Hablar de “denuncias falsas” en violencia de género cuando los datos muestran que sólo se denuncia un 20-25%, y que la mayoría de las mujeres asesinadas lo son sin haber interpuesto nunca una denuncia, es presentar a las mujeres bajo los mitos históricos de la maldad y la perversidad; una maldad y perversidad dirigida de manera especial contra los hombres, hasta el punto de que no les importa “denunciarlos falsamente”.
  4. Intentar hacer creer que el interés en lograr la Igualdad y acabar con la violencia dirigida a las mujeres es un supuesto beneficio económico, cuando sólo es el desempeño de actividades profesionales desde diferentes ámbitos, bien sea desde la administraciones, las instituciones u organizaciones sometidas a todos los controles y justificaciones legales, revela de manera directa la preocupación que tiene el machismo por perder su espacio de poder, los privilegios que aporta a los hombres, y los beneficios económicos que suponen. La situación es tan gráfica que, por ejemplo, la UE gasta cada año más de 100 mil millones de Euros en violencia de genero, y nadie plantea la necesidad de ahorrar ese gasto a través de la prevención.
  5. Presentar al feminismo como “feminazismo”revela la proximidad ideológica del machismo con el nazismo y con aquellas ideologías que parten de la condición superior de determinadas personas sobre otras, y la consecuente construcción de sus identidades y su posterior desarrollo social a través del género sobre la base de dichos planteamientos. El machismo ha establecido esa superioridad en la condición de hombre, y entiende la crítica como un intento de cambiar de referencia, no de abolir dicha injusticia. Es lo que gráficamente dice la sabiduría popular con lo de “piensa el ladrón que todos son de su condición”.

Lo que el machismo intenta ocultar desde su posición de poder y la aparente neutralidad y credibilidad que conlleva, queda de manifiesto en las críticas que hacen frente a quienes buscamos la implantación del Derecho Humano de la Igualdad más allá de la inevitable formalidad. Por lo tanto, el machismo busca que en la familia, la llamada “célula de la sociedad”,  haya un espacio para la violencia, y de manera especial contra las mujeres, para que de ese modo las identidades y el orden social que empieza por casa se mantenga sobre sus dictados y dentro de su normalidad. Así lo ha hecho históricamente. Ve a todos los hombres como maltratadores por condición o por conducta, a las mujeres, por el contrario, las presenta como malas y perversas y, en consecuencia, como susceptibles de ser controladas, corregidas y castigadas a través de la violencia. Todo ello como consecuencia de unas ideas, valores, creencias… que consideran al hombre superior a las mujeres, y a la condición masculina como la referencia universal para toda la sociedad, planteamiento similar al defendido por el nazismo y el fascismo sobre otras referencias, también androcéntricas. Por eso cuestionan las medidas y a las personas que buscan transformar esta realidad y utilizan el argumento económico de los “chiringuitos”, pues no sólo defienden ideas y valores en abstracto, sino que también lo hacen del modelo de sociedad que da privilegios y beneficios económicos a los hombres.

El machismo es como un disco rayado en la forma y descarado en su posicionamiento. Tiene una “cara A” de aparente neutralidad y materializada desde la normalidad impuesta, y una “cara B” donde esconde todo su significado para pasarlo poco a poco al frente del escenario social y político. Conocer esas referencias ocultas es esencial para poder desenmascararlo, y para contrarrestar el espacio de influencia que manejan a nivel social, y ahora también en el espacio político con la llegada de la ultraderecha y la connivencia de la derecha.