La “falta de liderazgo”

El sistema tiene algo de perverso y no está precisamente en sus abusos, sino en la normalidad de un día a día que al final se convierte en el “todos los días”.

Vuelvo a leer un artículo en el que se responsabiliza de la situación de la pandemia en Latinoamérica a la “falta de liderazgo”, lo mismo que se ha dicho en España, o exactamente igual que se argumenta en otras circunstancias cuando se considera que no hay un “hombre de verdad” llevando las riendas de la situación y, sobre todo, el “látigo de las acciones” para que además de ser el líder lo parezca.

Ya se sabe que a la mujer del César se la valora por ese ser “mujer de” y parecerlo, pero se nos olvida que al César también se le valora por serlo y parecerlo. Y todo este juego de imágenes y percepciones es una trampa del sistema parta reforzar sus ideas, valores y modelos sobre los elementos que previamente lo definen, y que reflejan la cultura androcéntrica que los determina, o sea, que están basados en lo que los hombres han considerado que es la forma de actuar. Por eso el “hombre de verdad” lo tiene tan fácil, aunque lo haga mal, y las mujeres lo tienen tan complicado, aunque lo hagan bien.

Este modelo e idea de “liderazgo” es el que permite que líderes como Donald Trump en EE.UU., Jair Bolsonaro en Brasil, o Andrés Manuel López Obrador en México, Vladimir Putin en Rusia… a pesar de su mala gestión, de la distancia tan enorme que mantienen a la realidad, y de la terrible situación de sus países, continúen siendo reconocidos como “líderes”, y mantengan un importante apoyo social gracias a esos comportamientos y actitudes que les hacen  parecer hombres con criterio, determinación y valor. ¿Se imaginan que hubieran sido mujeres las que hubieran tomado esas decisiones? ¿Se las consideraría “lideresas” capaces de enfrentarse a la situación generada por sus propias decisiones?

Y por supuesto que hace falta dirigir y liderar un proyecto con los matices y aportaciones individuales propias de la persona responsable en llevarlo a cabo, pero como continuidad a todo lo que supone el compromiso democrático con quienes lo han situado en esa posición. No entender este compromiso inicial e, incluso, presentar la quiebra con el mismo como un ejemplo de liderazgo, tal y como vemos con frecuencia en los incumplimientos electorales o con la “mentiras piadosas” incluidas en los programas a sabiendas de que no se van a cumplir, es una trampa del propio modelo para que los elementos informales, esos que ejercen el poder a través de las influencias, las reuniones privadas y las condiciones creadas, tengan espacio y puedan imponer aquello que les viene bien a sus intereses particulares.

En una democracia no debe ser el liderazgo el elemento esencial de reconocimiento, este está bien para plantear las propuestas particulares que lleven a culminar el compromiso adquirido, y para tratar de desarrollar las estrategias dirigidas a convencer a la sociedad y a hacerla partícipe del proyecto. Pero no debe entenderse como una cuestión personal, sino como un proyecto amparado por las posiciones ideológicas que representa, y por las formaciones políticas que le dan un sentido histórico mucho más amplio que la visión estrictamente personal.

El modelo basado en las referencias androcéntricas sobre la gestión del poder, hace que dentro de las propias organizaciones políticas suceda lo mismo. La imagen del líder de un partido se levanta sobre la idea de “obediencia” o incluso “sumisión”, hasta el punto de perder, a veces, las referencias sobre el modelo de sociedad que pretende alcanzar el proyecto defendido por el partido, y por el que lleva trabajando muchos años. Al final, cuando prevalece el líder sobre el proyecto, todo queda como una suma de liderazgos individuales que en la práctica revelan una estela en forma de zigzag, más que un avance lineal y decidido. La situación es tan paradójica que puede llevar a que un líder hipoteque en cuatro años toda una posición histórica defendida por el partido que lo sostiene, y por la sociedad que lo ha apoyado a lo largo de todo el tiempo.

Liderar un proyecto no es poner una persona al frente del mismo para que lo cambie cuando decida, sino ser capaz de gestionar la participación y mantener el compromiso a la hora de resolver los problemas que surgen en su desarrollo.

Cuidado cuando nos hablen de “falta de liderazgo” en la política.

La ultraderecha y el odio a las mujeres

¿Cómo se puede odiar tanto a las mujeres como para hacer de la violencia que sufren indiferencia?, y, sobre todo, ¿cómo es posible que ese odio se haya mantenido a lo largo de una historia que ha cambiado en tantas cosas, sin que en ningún momento haya abandonado la misoginia? ¿No se cansan de tanto odiar?

Las palabras de la “portavox” de la ultraderecha, Macarena Olona, podrían estar equivocadas en su planteamiento, de hecho lo están, pero la ira con las que las acompaña no es un error, sino la confirmación de esa estela de odio que enlaza el momento actual con la historia de la humanidad y su violencia contra las mujeres.

Soy consciente de que es absurdo plantearlo, pero es inevitable hacerlo después de verla y escucharla. ¿Cómo es posible que ella, una mujer, haga ese alegato cuestionando la violencia que ella misma reconoce al dar la cifra de las 1053 mujeres asesinadas por el machismo desde 2003? ¿Por qué no utiliza la tribuna para plantear las medidas que, según ella, necesitan las otras violencias, en lugar de hacerlo para atacar a la violencia de género?

Pero, como he apuntado, no se trata de un error. Parte de su estrategia es hacer creer que la situación en España es diferente a otros países, y de ese modo reforzar el argumentario de su partido que lo reduce todo a una táctica para montar “chiringuitos feministas”. No tiene en cuenta, por ejemplo, que el último informe de Naciones Unidas sobre homicidios a nivel global (2019), recoge que cada año 50.000 mujeres son asesinadas por esa violencia que se produce en el contexto de las relaciones de pareja y familiares; 3000 de ellas en Europa. Una cifra global que supone un incremento del 11’1% en seis años, con Europa como única región donde han descendido los femicidios, y lo ha hecho un 9’1%, en gran parte debido a que las medidas españolas que ella critica han sido tomadas como modelo para el resto de los países y para el desarrollo de la normativa común.

Cuando ella sube al estrado y lanza su mensaje, ¿se cree superior al resto de las mujeres, se ve diferente a ellas? ¿Qué piensa de sus compañeros de partido que han sido denunciados por violencia de género, qué opina de sus compañeras que han denunciado violencia de género? ¿cree que son “feministas con piel de ultraderecha” que se han infiltrado en su formación para atacarla, o que se trata de “mujeres del montón” y, por tanto, “malas y perversas”?

Quizás no sea consciente de que ella, Macarena Olona, está ahí, en la tribuna del Congreso, diciendo lo que dice gracias al feminismo que ataca. Ella está ahí lanzando sus gritos porque otras mujeres fueron calladas por el machismo al que apoya y defiende con sus palabras, su tono y sus gestos. Ella está ahí porque la cobardía de los hombres de su partido hace que no se atrevan a subir y decir lo que ella repite con ese “valor impostado” tan machista… Sólo le ha faltado gritar lo de “¡dejadme sola, dejadme sola!” y habría culminado su vergonzoso mensaje “como un hombre de verdad”.

A lo mejor incluso piensa que resulta original, pero ni siquiera lo es. No debe olvidar que en esa misma cámara se aprobaron leyes como el Código Penal que recogía el uxoricidio, figura por la que prácticamente quedaba impune el homicidio de la mujer, o el Código Civil que obligaba a mujeres como ella a pedir permiso al marido para poder trabajar o viajar fuera de España.

No es sólo odio lo que reflejan situaciones como las que ha protagonizado esta diputada, también hay mucho interés en mantener su modelo androcéntrico de poder, el mismo del que ella sólo es una “pieza más” hasta que sea una “pieza menos” cuando ya no la necesiten, y le digan que se vuelva a casa. El odio es la razón y el instrumento, pero el objetivo es el poder, que es mucho más que lo que da es espacio de gobierno. No lo olvidemos

El día de la “marzota”

Hoy es día 8 de marzo de 2020, lo sé porque ayer fue 8 de marzo y porque mañana será 8 de marzo de 2020… Da igual la de veces que se ponga el sol y vuelva a salir, o la de días que hayan pasado página en el calendario, para la derecha y la ultraderecha todos los días son 8 de marzo, porque a pesar de los tres meses transcurridos desde entonces, para ellos aún no han terminado las 24 horas de aquel domingo.

El interés en relacionar las manifestaciones feministas conmemorativas del “Día Internacional de las Mujeres”, de todas las mujeres, también de las de derechas y ultraderecha, demuestra que su estrategia política y social no es abordar la situación de crisis sanitaria, económica y social, sino buscar culpables y enfrentar para defender su ideología y su modelo de sociedad. Ni siquiera disimulan intentando cuestionar todas las concentraciones que se celebraron ese fin de semana, puesto que la única que pueden utilizar en su doble ataque, al Gobierno por un lado, y al feminismo y la Igualdad por otro, es la del 8M.

Y lo sorprendente es que lo hagan cuando según los datos oficiales, la evolución de la curva de casos no se ve modificada a los 15 días de estas manifestaciones, ni hay una mayor incidencia de casos en mujeres, como se supone que debería haber ocurrido tras su participación en una concentración que actuó como germen de la expansión del virus.

Pero no hay que extrañarse, para quienes defienden una cultura que entiende que Eva fue la culpable de la deriva pecadora de la humanidad, decir que el feminismo y las mujeres son las responsables de la evolución de la pandemia en España es algo lógico y consecuente con la defensa de sus ideas y valores, que siempre juegan con el binomio “culpa-salvación”. Su aplicación es muy fácil: las mujeres son las culpables de los males de la Tierra, y los hombres se presentan como salvadores; la izquierda es la responsable de las crisis que periódicamente nos golpean, y la derecha llega para salvarnos… Así siempre.

Ya hemos visto ese tipo de razonamiento en las conversaciones del día a día, y cómo a base de repetirlo se llega a crear un marco que define y da significado a la realidad, de ese modo “las mujeres siempre son malas”, hasta el punto de que cuando se habla de violencia de género presentan como problema las “denuncias falsas” llevadas a cabo por las “malas mujeres”, no los 60 hombres que asesinan de media cada año ni las 600.000 maltratadas; y cuando se habla de política el problema está en la llegada al Gobierno de la izquierda, a quien siempre consideran un “Gobierno ilegítimo” por las razones que sean (11M, moción de censura, pactos con partidos que quieren destruir España, “Gobierno criminal” por sus decisiones ante la Covid-19…).

Por eso necesitan el 8M como argumento, porque unifica la crítica hacia las mujeres (que según el modelo cultural son “malas y perversas”), hacia la Igualdad (que es el antídoto de su modelo jerarquizado de poder construido sobre la desigualdad), y hacia la izquierda (que es presentada como una fuerza adoctrinadora y alienadora, no como una posición de libertad en busca del bien común, la Igualdad y la justicia social).

Podrían cuestionar elementos objetivos de la gestión de la crisis que han podido influir de forma más directa en la evolución de la pandemia, como la falta de EPIs, las primeras compras fraudulentas, el engaño en el material adquirido, los retrasos en los envíos… elementos de una actuación política que pueden valorarse de manera diferente y facilitar la crítica a las decisiones tomadas en su momento. Pero no lo hacen porque lo que le interesa a la derecha y a la ultraderecha es atacar al 8M por todo lo que significa. Por eso también lo criticaron el año pasado y lo han hecho otros años, cambian los argumentos pero no las críticas. Ellos viven en el “día de la marzota”.

La derecha y la ultraderecha olvidan que si hoy cuentan con diputadas en sus grupos y con votos de mujeres que los apoyan, es porque el feminismo lo ha hecho posible, que si la sociedad es más justa y la democracia más rica gracias a la participación de muchas mujeres anónimas, es porque el feminismo lo ha hecho posible. Y que si todo eso ha ocurrido ha sido porque el feminismo y muchas mujeres llevan siglos trabajando para hacerlo verdad, y manifestándose en las calles contra el abuso, la injusticia y la violencia que hay detrás del  modelo de sociedad machista que hoy defiende la derecha y la ultraderecha.

Y entre esas manifestaciones siempre ha estado presente la del 8 de marzo de cada año. Como decimos en la Universidad de Granada, es “Infinito marzo”.

 

No somos héroes ni heroínas

No somos héroes ni heroínas, sólo somos responsables. Hacer de la responsabilidad heroicidad, es el primer paso para ocultar tras la excepcionalidad el compromiso individual y el deber ético con lo público. Y no podemos caer en ese error.

Es cierto que el comportamiento de quienes desde las profesiones sanitarias y el resto de trabajos que mantienen a diario los “cuidados paliativos” de una sociedad enferma de coronavirus, resulta admirable y debemos reconocerlo, pero entendiendo que se debe a la responsabilidad adquirida con los valores de sus profesiones, y a su compromiso con el bienestar de la sociedad. Y esos valores y actitud son los mimos que prevalecen cuando no hay crisis y muchos tienen que realizar algunas de las actuaciones que llevan a cabo en el momento actual sin el foco de lo noticiable. Porque todos los días hay profesionales que doblan guardias, que realizan su trabajo sin el material idóneo, que tienen que tomar una decisión que conlleva un riesgo de agravamiento en el proceso que sufre la persona enferma… Ahora todo es más grave por el impacto de la dimensión cuantitativa de la pandemia, y por el aspecto cualitativo  que origina la carga emocional de su significado, pero su presencia no es ajena al día a día de estas profesiones.

Y ocurre lo mismo con quienes llaman a la heroicidad para reconocer el esfuerzo que supone el confinamiento. ¿Hay que ser héroe para ser responsable?, ¿es la responsabilidad individual una cuestión de heroicidad?. ¿No hay una responsabilidad social más allá de la decisión individual?, ¿o es que una sociedad sólo es el resultado de la suma de personas, y no de los valores, derechos y referencias que dan sentido a la convivencia para formar parte de un proyecto común?

El lenguaje define la realidad y construye el recuerdo para hacer de él historia, y gran parte del relato sobre la situación que ha generado la pandemia del Covid-19, se está escribiendo con un lenguaje bélico que habla de excepcionalidad y de lucha, con lo cual la historia se construirá sólo sobre los meses que dure la “batalla del confinamiento”. Una batalla que se narrará con todos los ingredientes de las historias de Hollywood para explicar cómo los abnegados héroes y heroínas combatieron cuerpo a cuerpo (nunca mejor dicho) frente al virus, y en la que unos “incapaces gobernantes” no supieron planificar la estrategia para evitar el dolor vivido, al tiempo que permitieron que el feminismo y sus manifestaciones actuaran como un caballo -o yegua- de Troya para aumentar el daño desde dentro.

Ese es el discurso que están elaborando quienes quieren utilizar las circunstancias para defender sus ideas, valores y modelo de sociedad. La simple trampa de utilizar su terminología bélica y accidental ya lo refuerza, aunque no se reproduzca la literalidad del relato.

Porque todo parecerá como una disrupción entre dos fragmentos de normalidad, el previo y el posterior al confinamiento, no como la reacción de una sociedad en la que no había héroes ni heroínas, todo lo contrario, de la que se decía que estaba formada por una gente irresponsable por “vivir por encima de sus posibilidades”. Una sociedad anterior a la pandemia en la que nadie recordará los recortes para la dependencia y la sanidad, y en la que se olvidarán de los “contratos basura” de quienes trabajaban en sanidad, antes menospreciada y hoy cargada de heroísmo. Del mismo modo que tampoco se hablará de las facilidades para el crecimiento del sector privado al tiempo que florecían compañías y seguros sanitarios… Nada de eso parecerá haber existido ante la heroicidad de tanta gente durante la excepcionalidad de estos días.

Pero no, no son ni somos héroes ni heroínas, somos ciudadanos y ciudadanas responsables; lo cual, para quienes no creen en lo público ni en lo común, supone una amenaza mayor que un ejército armado repleto de sus héroes y heroínas.

La espera entre cada crisis

Recuerdo una crónica para la SER de Francisco Peregil, corresponsal de El País en la guerra de Irak, en la que hablaba del silencio entre cada una de las bombas, mucho más inquietante en su indefinición que la realidad alejada del estruendo da cada una de las explosiones.

Con las crisis (sanitarias, económicas, financieras, humanitarias, ambientales…) ocurre algo parecido, y a muchas personas nos preocupan más por el silencio de tantos ante la injusticia que supone esa pausa entre cada una de ellas, nos asustan por la amenaza que supone para quienes sufren el abuso de la normalidad, y nos inquietan porque se desconoce dónde “explotará” la siguiente bomba-crisis y si lo hará por oriente o por occidente, por el Norte o por el Sur, si será cerca o lejos; y porque no se sabe si será económica o sanitaria, humanitaria o ambiental. Lo único seguro es la certeza de que aparecerá y la incerteza que la acompaña hasta ese momento.

Porque el caos de las crisis es parte del orden de la desigualdad y de un modelo que cuenta con ellas como un factor más, no deseado ni buscado, pero sí integrado para salir reforzado de ella. Durante las crisis, dentro de unos límites, se sabe cómo actuar, pero entre cada una de ellas todo gira sobre la amenaza fantasma de que una crisis global puede suceder, mientras mucha gente sufre las mismas manifestaciones de la crisis en el contexto individual ante la pasividad de la sociedad.

Es parte del modelo de poder androcéntrico en el que la legitimidad moral radica en el papel del sistema para proteger a la misma sociedad de la que abusa el resto del tiempo, y la legitimidad práctica se traduce en una especie de pacto feudal que impone “sumisión” a cambio de protección.

Es lo mismo que ocurre en el plano personal con muchos hombres, que construyen su relación sobre la desigualdad a partir de la legitimidad moral que les da su rol basado en el sustento y la protección, y la legitimidad práctica en su compromiso de llevar a cabo dichas funciones “hasta las últimas consecuencias”.

Y al igual que los Estados protectores se pasan la vida alimentando la desigualdad y las desigualdades bajo la promesa de responder ante una guerra o una crisis, muchos hombres se pasan la vida disfrutando de unos privilegios en el hogar bajo el compromiso de que si “entra un ladrón” o hay un “problema serio que exija el uso de la fuerza física”, ellos responderán. De esa forma, la vida transcurre con una normalidad aceptada en la que las mujeres y los grupos de población situados en las posiciones inferiores de la jerarquía patriarcal, sufren las injusticias y dificultades que mantienen el modelo de poder sobre los elementos que deciden quienes tienen la posibilidad de tomar las decisiones.

Por eso el modelo se prepara para la excepción a costa de la normalidad, y es capaz de mantener un Ejército para defender al país en caso de guerra sin dudar del coste que supone, y se olvida, por ejemplo, de un sistema sanitario que en los próximos años (y en los pasados), tendrá que responder ante más crisis y problemas sanitarios que el Ejército frente misiones y guerras.

Y no es que el Ejército no sea necesario dentro de un contexto internacional como el que alimenta el sistema, pero sí que hay que relacionar y entender cuáles son las prioridades y la forma de organizar las relaciones internacionales y las relaciones humanas cada día. Porque no se trata de actuar contra las crisis, sino de hacer que la sociedad sea la fortaleza desde la que responder ante los problemas que le lleguen. Y eso exige salud pública, no sólo hospitales y UCIs; educación y formación, no sólo protocolos y coordinación; profesionales reconocidos dentro de un contexto profesional digno, no precario y a la espera de que las circunstancias no lo pongan de manifiesto.

Creer que la economía es la que debe decidir el tipo de sociedad y la forma de convivir en ella es la gran trampa del sistema, su gran mentira, la gran justificación para defender sus ideas y valores, puesto que es el argumento que legitima toda la injusticia y la desigualdad. La clave no es preguntarnos qué tipo de sociedad podemos hacer con esta economía, sino definir la sociedad que queremos y entonces diseñar la economía necesaria para sostenerla.

Si nos preparamos para las guerras y las crisis tendremos guerras y crisis, aunque haya tiempos de normalidad y espera más o menos prolongados que estarán llenos de injusticias, como lo están hoy. Si nos preparamos para convivir en paz y con Igualdad, evitaremos que las personas queden sometidas a los intereses de un modelo que prioriza el poder de lo material y lo económico. Y si llega una crisis en estas circunstancias, lo público y lo común previamente consolidado será su principal y más valioso “cordón sanitario”.

 

“Un virus como todos los virus”

La estrategia de la derecha y del machismo vuelve a ser hoy la misma que en otras ocasiones: generalizar para ocultar la esencia de cada problema e intentar sacar ventaja de las circunstancias, por eso dicen lo de “todas las violencias son iguales”, y ahora parecen decir que “todos los virus son iguales”.

Recuerdo una anécdota que cuenta mi suegro de su época adolescente, cuando apenas se viajaba y cada destino era toda una aventura. El padre de uno de sus amigos era “viajante”, y de vez en cuando se llevaba al hijo con él para que conociera un poco de España. En una ocasión, aprovechando el viaje a Madrid, le pidió al hijo que lo acompañara para ir a ver El Escorial, algo que causó gran expectación en el resto de los amigos. Nada más regresar, todos los amigos se acercaron a él para preguntarle cómo era ese grandioso monumento que tanto habían estudiado y visto en las fotos de los libros de historia. El amigo, que presumía de ser un hombre de mundo, se hizo el interesante ante el entusiasmo generado por su viaje, y tras una pausa contestó, “pues un Escorial como todos los Escoriales”.

Da la sensación de que esa es la idea que la derecha y el machismo tienen de la realidad y de sus problemas y, como pueden ver, por ahí andan sus argumentos: “la violencia de género es una violencia como todas las violencias”, por eso no hay que tomar medidas específicas;las mujeres que denuncian son mujeres como todas las mujeres”, es decir, definidas por mito de “Eva perversa”, y denuncian falsamente; “un extranjero es como todos los extranjeros”, y hay que protegerse de ellos; “un Gobierno de izquierdas es tan “incapaz” como todos los Gobiernos de izquierdas”, por eso hay que mandarlo a la oposición; y “el virus Covid-19 es un virus como todos los virus”…

Y como cada argumento conlleva una estrategia para lograr el objetivo último de atacar al Gobierno y al modelo de sociedad que representan sus ideas y políticas, parte de los ataques que realizan se basan en la demostración contraria, es decir, en la capacidad y buena gestión de sus Gobiernos. Y para ello ahora toman como ejemplo lo ocurrido con la epidemia del Ébola del año 2014, y lo comparan con lo que está sucediendo en la gestión de la pandemia del coronavirus.

Pero nada de lo que dicen es igual: ni la violencia de género es igual al resto de violencias interpersonales, ni todas las mujeres son iguales y perversas, ni las circunstancias y características de las personas extranjeras son iguales, ni los Gobiernos de izquierdas son iguales, y, por supuesto, el virus Covid-19 tampoco es igual al virus del Ébola.

Veamos algunas diferencias de estas infecciones. El brote del Ébola de 2014 se consideró finalizado en 2016, es decir, dos años después. En ese tiempo el número total de personas infectadas en el planeta fue de 28.646, y fallecieron 11.323, es decir, un 39’5%. Fuera de África el número de infectados en esos dos años fue de 7 (4 en EE.UU., 1 en España, 1 en Italia y 1 en Reino Unido).

Por su parte, en cinco meses de evolución la infección por el Covid-19 se ha convertido en una pandemia que, según los datos de la Universidad de Hopkins a día 30-3-20, ha alcanzado un número de personas afectadas de 177 países de 732.153, y el de fallecidas 34.686, representando un porcentaje del 4’7%.

Como se puede deducir de los datos, el virus del Ébola no tiene nada que ver con el Covid-19, entre otras cosas porque el primero necesita un contacto “estrecho” con la persona enferma o con algún objeto contaminado, para que se pueda producir la infección, algo que no ocurre con el coronavirus, para el que basta un contacto más distante e indirecto.

Las críticas al Gobierno de Rajoy en aquel momento no se hicieron por la gestión de una enfermedad que afectaba a más de 85.000 españoles y españolas como ocurre con el Covid-19, sino por su decisión de repatriar a un religioso enfermo en unas circunstancias muy complicadas de salud (falleció 4 días después de su ingreso en el hospital Carlos III de Madrid), y de alto riesgo epidemiológico. Tal era el riesgo que se produjo el contagio de una Auxiliar de Enfermería, Teresa Romero, infección que supuso el primer caso de la enfermedad fuera de África, con la “suerte” de que desde el momento en que presentó los primeros síntomas hasta que fue hospitalizada y aislada, no contagió a nadie por esa necesidad de contacto estrecho que exige el virus del Ébola.

Manipular, como se está haciendo, al comparar la imprudente “buena gestión” del Gobierno del PP con la “incapacidad del Gobierno socialista-comunista de Pedro Sánchez”, al que llegan a llamar “Gobierno criminal”, al tiempo que se ataca a toda la izquierda y al feminismo, sólo es reflejo del odio que cultivan y extienden algunas personas desde sus ideologías excluyentes. No quiero ni pensar cuál habría sido la respuesta del Gobierno de Rajoy, si en aquel entonces hubieran pedido repatriar por ébola a una cooperante de una ONG feminista que estuviera trabajando en África.

La gestión que hizo el Gobierno del PP con el brote de ébola tuvo como resultado que España tuviera el primer caso de ébola fuera de África. Por su parte, la gestión de la crisis del Covid-19 por el Gobierno socialista y de Unidas-Podemos, con sus aciertos y errores, forma parte de una situación excepcional que ha superado las expectativas y la capacidad de respuesta en todos los países.

No se debería olvidar que cuando termine el confinamiento y la pandemia haya desaparecido tendremos que continuar con la convivencia en sociedad. Alimentar el odio como muchos hacen durante estos días pensando que a la vuelta será más fácil recuperar el poder, además de ser un error, va en contra de los valores democráticos, y quienes creen que al permitirlo con sus silencios y pasividad obtendrán algún beneficio, se equivocan.

El Gobierno es quien decide y, por tanto, el que se equivoca o acierta, y todo ello se conocerá y sabrá con detalle cuando desde las Cortes, las instituciones, las universidades, los medios de comunicación… se analice este periodo. Ahora es tiempo de trabajar de manera solidaria para superar esta situación, con críticas y exigencias, pero no con ataques y manipulaciones. Porque ahora también es el momento para construir las bases de la convivencia que necesitaremos para crecer y reforzarnos como sociedad, con todas nuestras diferencias y diversidad, pero siempre como partes de un mismo proyecto.

Querer a España no es saberse los límites de su territorio y su historia. Conocer y querer a España significa conocer cómo es su gente en su diversidad y quererla tal y como es.

El soldado Dreyfus, el virus y el 8M

Una de las características de los bulos y las “fake news” es su capacidad integradora de todo lo que se argumente una vez lanzada la primera mentira, y lo consiguen por dos razones básicas:

  • La primera, porque el bulo se lanza con un enganche en la realidad centrado en un hecho objetivo.
  • La segunda, porque va dirigido a quien necesita creer esa falacia. No es información, sino doctrina para que la gente que ya comparte las ideas defendidas a través del bulo se mantenga en su residencia ideológica, y a ser posible sin abrir las ventanas.

Es lo que ocurre con la responsabilización que el machismo y la derecha hacen del 8M en el desarrollo de la pandemia por el coronavirus.

Nada nuevo. El nivel de manipulación de este tipo de estrategias es tal que a partir de la mentira original todo se refuerza, como ocurrió con el caso del soldado Dreyfus en la Francia del siglo XIX, tal y como recogió Kate Zernike en un artículo de The New York Times publicado el 30-4-11. Alfred Dreyfus era un joven judío capitán de artillería que en 1894 fue hecho prisionero acusado de traición. Los militares utilizaron como prueba varios documentos en los que existían anotaciones a mano incriminatorias atribuidas al soldado Dreyfus, él lo negaba y afirmaba que esa letra no era suya. Cuando se realizaron las pruebas caligráficas y se demostró que en realidad los documentos no se correspondían con la escritura del soldado Dreyfus, las autoridades, en lugar de rectificar concluyeron que la prueba caligráfica demostraba aún más la traición, porque ponía en evidencia que Dreyfus había alterado voluntariamente su propia forma de escribir para no poder ser acusado en caso de ser descubierto. De manera que la objetividad de la prueba exculpatoria fue utilizada como demostración de su culpabilidad a partir de los prejuicios y la posición de poder que ocupaban quienes lo manipularon todo a su conveniencia.

Otro ejemplo lo tenemos en la estrategia seguida en su día por Donald Trump con el presidente Barak Obama. Cuando Trump “sólo era” un poderoso empresario con imperio mediático a sus espaldas lanzó el bulo de que Obama no era americano y que no había nacido en Estados Unidos, a lo que Obama no respondió y estuvo sin hacerle caso durante mucho tiempo, a pesar de la insistencia de Trump. Al final, imagino que cansado de la situación y de cómo crecía el bulo, mostró su partida de nacimiento para aclararlo todo. ¿Lo consiguió? Evidentemente no, todo lo contrario, a partir de ese momento el bulo creció porque Trump dijo que había falsificado la partida, y que no la había enseñado antes porque había estado preparándolo todo.

Con la estrategia que ha lanzado la derecha y el machismo sobre la manifestación del 8M ocurre igual. Primero dicen que la concentración fue clave para la expansión del coronavirus, después, cuando se muestra que ese fin de semana hubo miles de concentraciones de todo tipo, comentan que deberían haberse suprimido todas, pero curiosamente sólo critican la del 8M. Cuando se les deja en evidencia por esa crítica centrada sólo en el feminismo, tiran de conspiración para insistir en lo malo del 8M, y argumentan que no se suspendió ninguna manifestación para no tener que suspender el 8M.

Como pueden ver, siempre darán una vuelta más para mantener su “mentira necesaria” y atacar a las posiciones diferentes a sus ideas y valores, que es de lo que se trata.

Los datos de la Comunidad de Madrid indican que el número de mujeres infectadas no es muy diferente al de hombres, lo cual está en contra de que el 8M haya sido un factor determinante en la expansión del virus, como afirman. Pero no se preocupen, seguro que le darán otra vuelta a la conspiración, y no me extraña que digan que el Gobierno previamente inmunizó con una “vacuna secreta” que sólo tienen para la gente de izquierdas, a las feministas que fueron a la manifestación para que ellas no se infectaran pero pudieran extender el virus entre la gente de la Comunidad y así arrebatarle el Gobierno a las derechas. Del mismo modo que, tirando de la maldad y perversidad propia de las mujeres, tampoco sería raro que puedan llegar a decir que enviaron a algunas de ellas a las residencias de mayores para que enfermaran y así ahorrar en ayudas, como dijeron de la propuesta legislativa sobre la eutanasia.

Recuerden que quienes atacan al 8M y al feminismo son las mismas voces que dicen que la mayor parte de las mujeres que denuncian violencia de género ponen “denuncias falsas” para dañar a los hombres y “quedarse con la casa, los niños y la paga”; y que la mayoría de los suicidios masculinos son consecuencia de “divorcios abusivos”.

Los bulos y la conspiración comienzan, pero no tienen final.

La imprudencia de quienes desde posiciones de responsabilidad social y política dan recorrido a estos bulos o guardan silencio tendrá consecuencias políticas y sociales, aunque no sean inmediatas. Deberían dedicarse a estudiar la situación cuando sucede y a plantear alternativas constructivas, en lugar de dedicarse a interpretar los hechos una vez que ya han ocurrido para decir entonces lo que está bien y lo que está mal.  Aunque algunos ni siquiera aciertan en esas circunstancias.

Virus frente a viral: El machismo y sus bulos

Los sectores conservadores de nuestra sociedad, los mismos que ven un riesgo en lo público y “confinan” en aulas separadas a niños y niñas para que no se contagien de Igualdad, intentan sacar partido de los efectos del virus contaminando el ambiente con manipulaciones y mensajes virales. En esto parece que siguen el principio hipocrático del “similia similibus curantur”, según el cual los problemas ocasionados por un humor se curan con aportaciones del mismo humor, de manera que, según esta ideología y su adoctrinamiento, lo que hay que hacer es aplicar lo viral frente al virus, y frente a la incertidumbre de la realidad la manipulación de los hechos.

El objetivo es claro y así lo plantean en sus “video-virus” y “mensaje-virus”, hacer responsable de la pandemia al Gobierno de Pedro Sánchez, como hicieron en su día responsable de la crisis económica mundial a Rodríguez Zapatero.

Y para ello hacen un collage interesado de trozos de verdad para crear una gran mentira, haciendo creer que la suma de verdades sólo puede ser otra verdad. No elaboran una crítica basada en distintas ideas ni aportan otras alternativas, se quedan en el cuestionamiento a tiempo pasado de las decisiones que en su día se adoptan sobre la base de los datos existentes, algo que siempre es fácil de utilizar para manipular a partir de su componente de objetividad.

Lo que se pretende es culpabilizar a los responsables gubernamentales para que haya un rechazo y un ataque directo hacia ellos y a las ideas que los sustentan. Y los elementos que utilizan para llevar a cabo la manipulación buscan la integración de tres referencias:

  1. Destacar elementos esenciales de su ideología conservadora para fundamentar las críticas sobre ellos. Lo hemos visto en la crítica al feminismo y a la Igualdad al achacar los problemas de la pandemia a la manifestación del 8M.
  2. Utilizar elementos del pasado que se puedan usar para reforzar el razonamiento el presente, es lo que ocurre al comparar la gestión de la crisis sanitaria actual con la gestión de la crisis económica de 2008.
  3. Empleo de los elementos propios de la situación actual para integrarlos en el contexto generado sobre los dos elementos anteriores.

La estrategia busca manipular la realidad a través de la integración de esos tres elementos, con el objeto de atacar a la posición interesada, en este caso al Gobierno y al feminismo, pero también a todas las ideas, valores, referencias o planteamientos que no coinciden con su ideología.

En la situación actual vemos que los elementos de los ataques se centran en los elementos antes citados:

  • Manifestaciones del 8M: Intentan responsabilizar de manera insistente de lo ocurrido a las manifestaciones del 8M, sobre todo en la Comunidad de Madrid, achacando casi en exclusividad la diseminación del virus a la conmemoración del Día Internacional de las Mujeres. No dicen nada de los 4000 partidos de fútbol que se celebraron ese fin de semana, ni de los 680 de baloncesto, ni de los 1000 encuentros de otros deportes. Tampoco de las 18.000 misas, de la congregación de gente en cines, teatros y centros comerciales, y mucho menos del mitin de Vox en Vistalegre con dirigentes claramente bajo una sintomatología compatible con la infección por Covid-19. Lo importante es hacer creer que el problema fue el 8M para de ese modo reforzar el odio al feminismo, a las mujeres y a la Igualdad. Su estrategia es tan manifiesta, que cuando se les dan estos datos para explicar que en ese momento las referencias no planteaban suspender estas actividades, dicen que se permitieron todas las demás para de ese modo poder celebrar las manifestaciones del 8M. No importa la realidad, lo importante es imponer su visión.
  • Elementos del pasado: El objetivo que pretenden con sus estrategias virales es el ataque, no entrar en el debate cuestionando determinadas decisiones por medio de un razonamiento fundamentado y aportando alternativas. No plantean propuestas en el momento de tomar las decisiones, tan sólo critican los hechos cuando ya han ocurrido. Su lugar es el pasado y por eso se mueven bien en ese tipo de argumentos, y para ello recurren a hechos anteriores que son presentados como eslabón para darle continuidad a su estrategia. Por eso, ante la crisis sanitaria del coronavirus, han recuperado a la crisis económica de 2008 bajo un mismo planteamiento: la incapacidad del Presidente del Gobierno del momento, antes Rodríguez Zapatero y ahora Pedro Sánchez, como responsable del problema, da igual que sea global, porque lo que se busca no sólo es la crítica personal, sino relacionar la incapacidad individual con las posiciones ideológicas de esas personas, y hacer creer que el problema de fondo está en el socialismo y en la izquierda.
  • Elementos del problema presente: Para completar su ataque y su collage viral lo que hacen es tomar algún ejemplo de su capacidad de gestión y lo relacionan con la situación actual. Con la pandemia del Covid-19 ha sucedido al utilizar como ejemplo de buena gestión la respuesta ante la epidemia del Ébola del Gobierno de Mariano Rajoy, cuando son realidades completamente diferentes desde el punto de vista epidemiológico. Y mientras que en el coronavirus de lo que se trata es de responder sanitariamente para tratar y detener una pandemia que afecta a la población española, en la del Ébola se trataba, básicamente, de decidir si repatriar a personas y cadáveres para evitar que la infección llegara a España. Y todo ello se refuerza con datos sueltos de la crisis actual, como ha sido la diferente tasa de mortalidad en España y en Alemania, sin tener en cuenta las diferencias demográficas entre los países, o el especial impacto de la infección en algunas residencias de ancianos en nuestro país, ni los distintos tiempos de evolución de la pandemia; y hablan ese mayor porcentaje de mortalidad en España, pero no dicen nada de que el porcentaje de curaciones a día 24-3-20 es inferior en Alemania.

Y con ese tipo de argumentos manipuladores se llega al objetivo final, que no es la legítima y necesaria crítica al Gobierno, sino su ataque sobre una doble idea: por un lado la incapacidad esencial de las personas por formar parte del grupo del socialismo y la izquierda, y por otro, la responsabilidad directa en el resultado, como si hubiera sido algo buscado apropósito o por “imprudencia manifiesta”, llegando a hablar de “Gobierno criminal”.

Si se dan cuenta, hemos pasado de un “Gobierno ilegítimo” del 14M, repetido después con la moción de censura a Mariano Rajoy, a un “Gobierno Frankenstein” nacido del pacto del PSOE con Unidad Podemos, y ahora a un “Gobierno Criminal”. Toda una evolución argumental que revela de forma gráfica la estrategia de los sectores conservadores y machistas de nuestra sociedad, los mismos que no aceptan las diferencias sociales, salvo que estas se traduzcan en jerarquía y en la sumisión de los otros.

Estas estrategias llenas de silencios cómplices y pasividad recuerdan lo de “unos mueven el árbol y otros recogen las nueces”, y reflejan la falta de valores democráticos en quienes se consideran los únicos legitimados para ostentar el poder y el Gobierno. Sin duda un error que puede dar rédito a corto plazo, pero que al final se traduce en distancia y abandono por parte de una sociedad que cree en la Democracia y en la Igualdad. Sólo hay que ver cómo estaba la derecha hace unos años y cómo está ahora.

El problema añadido está en que esos mensajes virales aumentan el odio y la virulencia en mucha gente, y todo ello es el cultivo del enfrentamiento y la violencia. El lenguaje belicista que se está utilizando también es un ejemplo de toda esta visión, y es algo que debemos evitar para que todo se resuelva por los cauces democráticos, y con el necesario debate y las oportunas críticas a las decisiones bajo argumentos y propuestas constructivas. Sólo de esa manera superaremos la situación y creceremos como sociedad.

 

“Infinito Marzo”

Por Miguel Lorente  Acosta y Carolina Martín Martín

No sabemos con exactitud cómo empezó la vida, pero sí que lo hizo un mes de marzo; y lo hizo en cada uno de los lugares donde las voces de las mujeres se levantaron por sus derechos y por los de una sociedad justa y libre de machismo.

Porque no fue en una laguna original donde se formó la vida hace cuatro mil millones de años, ni ha sido la evolución la que ha dado origen a la vida capaz de trascender el instante y liberarse de las cadenas del tiempo, para de ese modo prolongarse sin límites a través del recuerdo y los sueños. Han sido los ideales de quienes entendieron que las circunstancias no pueden ser la razón del mañana, porque la humanidad es esperanza.

Por eso la vida humana comienza cuando la conciencia toma el mando de la biología para dar sentido y romper los límites que la naturaleza sitúa en cada persona, y hacer de todas ellas la referencia común que da significado a la humanidad. Porque una humanidad sin Dignidad es un accidente más del paisaje, una humanidad sin Libertad es un rebaño, una humanidad sin Justicia es una jauría, y una humanidad sin Igualdad es, sencillamente, inhumana.

Y aunque hemos sido una sociedad de personas con Dignidad, de individuos con Libertad, de comunidades con Justicia, seguimos siendo inhumanos bajo los dictados del más fuerte, del más rico, del más creyente, del más nacionalista, del más hombre…

Por eso la vida comenzó a ser humanidad un mes de marzo, y lo mismo que la Revolución Francesa se fraguó una primavera de 1789, la revolución feminista también se hizo verdad un mes de marzo en el que se pasó de la metáfora a la realidad.

Es el “infinito marzo” que nos habita para que cada día dejemos constancia de su existencia. No es un día ni un mes, es el sentido para cada día. Por ello el 8M es el núcleo donde se guarda la esencia de su significado, la referencia donde confluye la infinitud de los anhelos de tantas y tantas mujeres que desde siempre han buscado la Igualdad. Porque el feminismo no ha inventado la Igualdad, como quieren hacer creer quienes se oponen a ella, del mismo modo que la Revolución Francesa no inventó los derechos ciudadanos, uno y otra hicieron verdad la demanda de las mujeres y de la sociedad desde una posición crítica y constructiva, pero no la inventaron.

Son todas esas mujeres anónimas y con más silencio que voz, como tuve la oportunidad de escribir en “Feminismo rural en Andalucía: La historia de mis abuelas” (Carolina Martín, 2019), las que “sin saberlo representan un feminismo práctico y reflexivo, un feminismo que se hace desde las tripas, creando sus propias luchas y resistencias. También desde la alegría y el arte…” Todas ellas guardaron el calor de la Igualdad, como antes otras mantuvieron el fuego en las cuevas, para que un día la equidad calentara la convivencia agotada en la sociedad del poder patriarcal, ajena a la injusticia de una desigualdad que no para de mirar al “brilli-brilli” de sus privilegios para luego presentarlos como algo común, cuando en realidad sólo eran para los hombres.

En la Unidad de Igualdad de la Universidad de Granada hemos querido recoger toda esa realidad y representarla en “Infinito Marzo”, para hacer de la infinitud del anhelo de Igualdad que tantas mujeres han cultivado en el huerto particular de su conciencia emocional, la cosecha que alimente a una democracia famélica de Igualdad.

“Infinito es marzo” porque infinita es la vida en Igualdad junto al resto de los Derechos Humanos. La Igualdad no tiene final, pero sí camino, y marzo es una posada donde tomar conciencia y aliento para continuar, pero no es estación terminal.

Ya lo dice el diccionario de la RAE, infinito es aquello “que no tiene ni puede tener final ni término”, y frente a los límites obligados del machismo se impone la Igualdad, porque la Igualdad no es un destino, es esencia de vida, cultura y sociedad.

Lo dicho, “Infinito Marzo” en la primavera de la Igualdad.

La plácida palabra de los hombres

La hombría va unida a las palabras, desde el “verbo se hizo hombre” hasta el “hombre de palabra”, ha sido la palabra la que ha definido la realidad y los hombres quienes la han pronunciado.

Las mayores traiciones de la historia, las mentiras más grandes, las falsedades más increíbles han sido realizadas por hombres, sin embargo, su palabra nunca se ha puesto en cuestión. Ha seguido ahí, en el límite de sus labios aguardando el momento para ser pronunciadas y romper con su ley la indeterminación del silencio.

En cambio, las mujeres, negadas de palabra y recluidas en el susurro de la oración, son consideradas las reinas de la mentira y del apaño de la traición. Da igual que no lo hayan hecho, del mismo modo que un hombre, por el hecho de serlo, ya es un “hombre de palabra”, una mujer por el hecho de serlo, es decir, por el hecho de no ser hombre, ya es una persona sin palabra y sin más argumento que la mentira, especialmente si sus afirmaciones son contra un hombre o lo masculino.

Esta construcción permite a los hombres decir lo mimo y lo contrario y no ser considerados “mentirosos” en ninguna de las dos ocasiones, y a las mujeres ser consideradas mentirosas digan lo que digan, si aquello que dicen se encuentra con la palabra de un hombre que afirme lo contrario, como ocurre cuando hablan de “denuncias falsas” en violencia de género.

Lo acabamos de ver con las declaraciones de Plácido Domingo sobre el acoso y abuso sexual que llevó a cabo. Hace unos meses negó los hechos y su palabra fue tomada como verdad, al tiempo que se criticaba a las mujeres que lo denunciaron y se las presentaba como mujeres que buscaban hacerle daño en un ejercicio de maldad difícil de entender, pero también como una vía para conseguir algún beneficio económico a cambio, pues la maldad instrumental siempre se ve como más creíble y cercana que la maldad en abstracto.

Hoy dice lo contrario, reconoce los hechos y pide perdón por lo que hizo, pero ninguna de las personas que lo apoyaron dicen que mintió antes o que miente ahora por alguna extraña razón, ni tampoco dicen nada sobre la verdad de las mujeres que fueron presentadas como mentirosas y perversas. Ellas siguen siendo malas, antes por mentir y ahora por “haber obligado” a Plácido Domingo a reconocer los hechos, y haber atacado su carrera al final de su recorrido, permitiendo que su recuerdo quede impregnado por algo ocurrido en el pasado.

Ser consciente de esta realidad es poder. Saber que tu palabra vale más, que tus argumentos son más creíbles, que tu arrepentimiento demuestra bondad y sinceridad, que decir lo mismo y lo contrario se toma por cierto en las dos ocasiones… todo ello da mucha confianza y seguridad a la hora de enfrentarse al día a día y sus problemas. Y cuando, además, está construido sobre la idea de que las mujeres no son de fiar, la percepción y necesidad de control sobre ellas se presenta como una necesidad.

Por eso la violencia de género sigue siendo una realidad, porque los hombres la ejercen con la conciencia de que no va a ser cuestionados por esa normalidad que la acompaña, que si son cuestionados y denunciados las mujeres no van a ser creídas, que si son creídas no lo van a ser lo suficiente para vencer a las justificaciones y ellos no van a ser condenados, y que si son condenados el mensaje último será el que ellas han sido las “malas” por no haber “lavado los trapos sucios en casa”, o por haber engañado a quien juzga lo ocurrido. Lo hemos visto en casos tan graves como el de “la manada” o el de los “jugadores de la Arandina”.

Ninguna violencia asesina a 60 personas del mismo grupo de población cada año, salvo la violencia de género; y en ninguna violencia, salvo en la violencia de género, los asesinos forman parte de un grupo tan definido y homogéneo: hombres no vinculados a otras formas de criminalidad que mantienen o han mantenido una relación de pareja con las mujeres asesinadas. Y a pesar de esa construcción y de su constancia social, todavía se niega la realidad y se duda de la palabra de las mujeres, nada extraño cuando el relato de esa historia está narrado con voz masculina.

Los “hombres no mienten”, sólo se equivocan o no se expresan bien, las mujeres, en cambio, “mienten siempre”, aunque a veces no sean capaces de engañar a la realidad y parezca que dicen la verdad. Por eso para ellos Plácido Domingo no ha mentido, debe ser que no lo tenía claro por aquello de los “estándares que cambian con el tiempo”.