“Victiman”

“Victiman” es el nuevo superhéroe del machismo, una especie de “primo de Zumosol” en versión “macho man” y con música de Village People de fondo. Ellos, tan acostumbrados a inventar nombres para sus miedos (“feminazi”, “hembrismo”, “mangina”…), han olvidado buscar uno para esa especie de héroe virtual que acude en su ayuda cuando la razón se pierde entre su impotencia.

El machismo está construido sobre una falacia, tan grande que hace normal la desigualdad y la violencia dentro de ella hasta el punto de invisibilizarlas y negarlas. De ese modo presenta la normalidad como algo neutral y adecuado para hombres y mujeres, y habla de todo lo que plantea corregirla como un ataque, de ahí que considere la Igualdad como una amenaza y la medidas desarrolladas en su nombre como una agresión.

Esa falacia sólo puede construirse sobre el valor y la credibilidad de la palabra y la voz de los hombres, capaces de ocultar la propia realidad tras su sonido y su monólogo, pues de lo contrario habría bastado una contra-argumentación crítica hacia ese modelo, o la simple descripción de una realidad caracterizada por la discriminación, el abuso y la violencia contra las mujeres para desmontar esa mentira irreal.

Pero a pesar de la solidez de esa estructura, el machismo ha tenido que cambiar de planes conforme la Igualdad ha avanzado y la sociedad se ha hecho más crítica con él. Y para ello, con independencia de contar con todo el arsenal de la cultura en forma de ideas, valores, creencias, mitos, estereotipos… ha introducido nuevas estrategias con las que contrarrestar las situaciones más delicadas, siempre contando con el peso y la gravedad de su palabra.

Una de esas estrategias es tomar una parte por el todo para esconder la realidad bajo el eco del relato que la acompaña, y transmitirla por el aire con la velocidad de la urgencia y la necesidad. Así, por ejemplo, para contrarrestar la violencia de género y sus homicidios, desde el machismo se dice que la mayoría de los casos conocidos son denuncias falsas o que las mujeres también maltratan; ante a las mayores tasas de paro femenino, afirma que se deben a que las mujeres prefieren quedarse en casa al cuidado de la familia; frente el bajo porcentaje de mujeres en puestos de decisión, indican que su biología las hace menos competitivas y que son ellas las que renuncian a asumir responsabilidades… De ese modo toman aquellos casos existentes bajo esas u otras razones, para a partir de ese pequeño margen de “verdad” construir toda la falacia que supone generalizarlos.

Pero esa estrategia no es suficiente. Al menos ya no es suficiente.

Antes podría serlo cuando su posición era incuestionada y todos los mecanismos de poder, desde la capacidad de influir al control social, reducían al mínimo su cuestionamiento. Pero ahora no sólo existe una conciencia crítica sobre las manifestaciones del machismo en todas sus formas, sino que también se conoce toda la estrategia desarrollada y el entramado social que hace de esa construcción cultura y normalidad. Por eso el machismo necesita algo más, y ese plus pasa por presentar a los hombres como víctimas de la situación que ellos mismos han creado y defienden. Y lo hacen, no para cuestionarla, sino todo lo contrario, para responsabilizar a las mujeres y quitar los argumentos que inciden en que la situación social de la desigualdad sólo les afecta ellas. De ese modo niegan el resultado y, sobre todo, niegan la desigualdad y el machismo como origen de estos resultados, al tiempo que sitúan las causas en las circunstancias aisladas de cada uno de los problemas, en lugar de incidir en los factores comunes que afectan a todos ellos.

Como ejemplo de la situación que los convierte en víctimas hablan de que los hombres, en general, sufren más violencia que las mujeres, que las custodias se las dan a las madres, que son ellos los que realizan los trabajos de más riesgo, que sufren más accidentes de tráfico y laborales, que tienen una menor esperanza de vida media… Pero esa lectura basada en la situación histórica no es suficiente, ya no les basta con presentarse como víctimas de la desigualdad, ahora lo amplían para mostrarse también como víctimas de la Igualdad, y aparecer como “doblemente víctimas”.

Y la explicación que dan para justificar que son víctimas de la Igualdad la estructuran sobre una doble referencia: por un lado afirman que el feminismo y la Igualdad niegan la realidad, y por otro que en esa negación se esconde la victimización de los hombres. Entre los argumentos que utilizan para presentar a los hombres como víctimas están todas las afirmaciones que repiten incansablemente en las redes sociales y allí por donde vayan. Algunos ejemplos son:

. Afirman que desde el feminismo se niega la existencia de denuncias falsas, cuando en realidad lo que se niega es que sean el 80%, como ellos afirman, y se reconoce que representan alrededor del 0’017%, dependiendo del año, tal y como recoge la FGE.

. Dicen que se niega la violencia contra los hombres, aunque tampoco se niega, sólo se insiste en que, al margen de su menor incidencia en las relaciones de pareja, no existe una construcción cultural alrededor de ella que lleve a responsabilizar a la víctima, a justificar al agresor, y a entenderla como algo “normal”, como sí ocurre con la violencia de  género.

. También afirman que la Igualdad está en contra de la custodia compartida, cuando de lo que está en contra es de la “custodia compartida impuesta” al margen de las circunstancias que han caracterizado la relación y la responsabilidad ejercida antes de la separación.

. Por lo tanto, la Igualdad y el feminismo no están a favor de que la custodia sea para las madres por ser mujeres, sino que sea para las mujeres cuando han ejercido de madres sin que los hombres hayan asumido su responsabilidad de padres.

. Tampoco está a favor de que los padres se queden sin hijos e hijas, ni de que los niños y niñas se queden sin padre, todo lo contrario, lo que se quiere desde la Igualdad es que esa paternidad sea ejercida desde el primer momento, no a partir del último.

. Del mismo modo, desde la Igualdad no se pide que se ponga a mujeres en puestos de responsabilidad por ser mujeres, sino que no se las excluya de esas posiciones por serlo, y que no se dé la duda por cierta cuando se trata de mujeres y la capacidad por segura cuando se trate de hombres. Por tanto, lo que se cuestiona es que el trabajo y sus responsabilidades se presenten como un derecho para los hombres y como una opción para las mujeres.

Y así podríamos continuar “hasta el infinito y más allá” con los argumentos falaces utilizados desde el machismo con el doble objetivo de generalizar situaciones puntuales para camuflar todas las manifestaciones de la desigualdad y el machismo, y para presentar a los hombres como víctimas de la desigualdad y de la Igualdad.

Esta estrategia no es gratuita ni inocente, pues en el fondo viene a reforzar toda la construcción de la desigualdad bajo la idea de la necesidad de protegerse ante los ataques que se hacen en nombre de la Igualdad, y a legitimar la violencia contra las mujeres como una conducta proporcionada y ajustada a la situación existente.

No es nada nuevo, sucede en todos los regímenes dictatoriales y en las estructuras de poder, las cuales aprovechan su posición para presentarse como víctimas de una amenaza concretada en sus “enemigos”, bien se trate de otras posiciones políticas, movimientos sociales, ideas… para de ese modo conseguir apoyo y cohesión entre los suyos, y justificar la violencia bajo el argumento de la amenaza y de la provocación de quien la sufre. Y hoy el machismo, que es poder, está utilizando la estrategia de presentar a los hombres como víctimas. Víctimas históricas de la desigualdad y víctimas presentes de la Igualdad.

Los hombres no son víctimas del machismo, sino su producto, y como tal modelo jerárquico de poder muchos hombres sufren consecuencias negativas del mismo, pero siempre junto a los beneficios que el sistema les aporta como hombres, por eso no se enfrentan a él. Y por ello la solución a los problemas que existen en la sociedad se solucionan con un nuevo modelo de convivencia basado en la Igualdad y con una nueva forma de entender la masculinidad, no reivindicando más machismo ni llamando a voces a “Victiman” para que acuda en su ayuda.

¿Por qué yihadismo sí y machismo no?

(POR UN “PACTO DE ESTADO CONTRA EL MACHISMO”)

La respuesta contra cada uno de los atentados del terrorismo yihadista es inmediata y contundente, no sólo contra el grupo, célula o persona que lo haya llevado a cabo, lo es contra todo lo que representa y frente a todos los que de una forma u otra amparan y justifican ese tipo de actos criminales.

Nadie interpreta que los autores sean hombres con problemas con el alcohol o las drogas, ni dicen que tengan un trastorno mental o enfermedad psíquica que anule o condicione su conducta. En ninguna ocasión se ha comentado que las organizaciones que trabajan para acabar con la instrumentalización de las ideas y las creencias que justifican los ataques o que ayudan a las víctimas, en realidad buscan beneficiarse económicamente con sus actividades y vivir de las subvenciones, ni menos aún dicen que estas personas en realidad lo que pretenden es atacar el orden existente y las referencias dadas para convivir en sociedad. Por eso tampoco se les ocurre plantear que cuando se toman medidas para abordar el problema del terrorismo yihadista o se llega a un pacto de Estado contra él, en realidad se trata de una discriminación frente a otras víctimas, otras violencias y otras formas de terrorismo.

Y si surgiera una voz con alguno de los argumentos anteriores, se encontraría de manera inmediata con una respuesta contundente criticándola y, posiblemente, con una serie de medidas policiales y judiciales para aclarar si forma parte de una acción de “apología del terrorismo”.

Todo el mundo entiende que cada uno de los atentados yihadistas es consecuencia del yihadismo que los envuelve a todos, pues es este el que permite que se inicie el proceso por el que cada autor planifica y lleva a cabo los ataques.

Con la violencia machista ocurre justo lo contrario, y todo se reduce a cada uno de los machistas que comete una agresión o un asesinato, como si fueran seres de otro planeta o cultura, y, además, con frecuencia son presentados como hombres con problemas con el alcohol o las drogas, o con algún tipo de trastorno o enfermedad mental. Y las personas que trabajan para erradicar esta violencia son atacadas, las llaman “feminazis” y las presentan como interesadas sólo en obtener beneficios económicos a través de ese trabajo. La crítica culmina al presentar el compromiso por la Igualdad como una especie de “adoctrinamiento” llevado a cabo desde la “ideología de género” para terminar con el orden, la moral, la familia, las creencias y, de alguna manera, los hombres “de verdad”.

Esta diferente percepción y posicionamiento ante el terrorismo yihadista y la violencia machista, forma parte de las ideas y valores de nuestra sociedad por ser producto de la cultura patriarcal que la define y condiciona. Ni siquiera el impacto de una y otra violencia son comparables en cuanto al daño que generan, tal y como demuestran los estudios y estadísticas, pero da lo mismo, el posicionamiento frente a una y a otra es completamente distinto.

Según los datos de diferentes organismos y organizaciones internacionales, recogidos por Datagrave y ESRI, el terrorismo yihadista llevó a cabo en 2016 un total de 1441 atentados por todo el planeta, ocasionando 14.356 víctimas. En 2015 cometió unos 16.000 atentados y el número de víctimas ascendió hasta 38.000, aproximadamente. Sin duda un grave problema que varía en su resultado en relación con las circunstancias geo-políticas de diferentes regiones, a pesar de lo cual está siendo combatido con cierta eficacia.

La violencia machista, sólo en el seno de las relaciones de pareja y familiares, cada año asesina alrededor de 42.500 mujeres, tal y como recoge el “Informe Global sobre Homicidios” de Naciones Unidas (2013). Una cifra que además se mantiene relativamente constante y no depende de circunstancias pasajeras ni coyunturales, sino de las ideas amparadas por la cultura machista que integra la violencia de género como parte de la normalidad, y que luego se “sorprende” cuando “se le va de las manos”, y no siempre, pues como hemos apuntado, es frecuente la justificación del agresor y el cuestionamiento de la conducta realizada por la propia mujer que ha sido agredida o asesinada.

A pesar de esta realidad objetiva, la percepción es que el yihadismo es un problema grave y una amenaza, mientras que la violencia machista ni es grave ni es amenaza. Y no sólo eso, sino que es el propio machismo el que establece las referencias para convivir al amparo de las leyes, las política, las instituciones, y todo lo demás. Da igual que en Europa cada año sean asesinadas 3300 mujeres por violencia de género (Naciones Unidas, 2013) y que los atentados yihadistas, el año que más víctimas causaron en Europa (2004), asesinaran a 196 personas (192 de ellas en los atentados de Madrid).

La situación es tan perversa que se llega a responsabilizar a las mujeres y al feminismo hasta de la violencia de género, al afirmar que se trata de esa estrategia interesada para atacar a los hombres a través de las denuncias falsas para quedarse con “la casa, los niños y la paga”, conducta que en muchos casos los lleva al suicidio como consecuencia de toda esa manipulación interesada.

Esa idea de responsabilizar a las víctimas y de presentarlas como autoras de una provocación, es la misma que utiliza el yihadismo para justificar sus atentados, pues al final la violencia que se ejerce en nombre de las ideas, los valores y las creencias siempre cuenta con apoyos en la propia sociedad donde esas ideas, valores y creencias forman parte de la normalidad. Por ello siempre tienen a su lado una razón y un apoyo para ser utilizadas, ese es el motivo que lleva a considerarlos “crímenes morales”, puesto que cada uno de ellos no sólo aborda cuestiones particulares, sino que también da respuesta a elementos comunes a todas esas creencias, valores e ideas.

Y del mismo modo que se entiende que para acabar con los atentados del terrorismo hay que acabar con el yihadismo, debe entenderse que para acabar con la violencia de género y sus asesinatos hay que erradicar el machismo, no sólo cuestionar la violencia que se hace visible ni a los hombres que protagonizan estos casos públicos.

Los trabajos de la Subcomisión del Congreso y de la Ponencia del Senado deben concluir en un “Pacto de Estado contra el machismo”, no sólo contra la violencia de género. Es lo que en su día se hizo cuando se firmó un “pacto de Estado contra el terrorismo” para combatir a ETA, y más recientemente un “pacto de Estado contra el yihadismo”. En ningún caso se firmó un pacto “contra la violencia terrorista” ni “contra los atentados terroristas”, sino contra el contexto que los causaba. Si se hubiera hecho sólo sobre el resultado habría sido un error y nadie lo habría aceptado.

Si el machismo continúa con todo su espacio, poder, credibilidad en su palabra, hasta el punto de hacer pasar una realidad por otra y de presentar a los hombres como víctimas de la Igualdad, para así mantener una equidistancia con la que utilizar la “neutralidad” como cómplice, nunca acabaremos con la injusticia de la desigualdad ni con todas sus formas de violencia.

Los machistas quieren mantener la realidad bajo las referencias de siempre, incluso piden derogar la Ley Integral contra la violencia de género, ahora se trata de darle la razón al machismo o de quitársela y trabajar definitivamente por la Igualdad. Por eso presentan el yihadismo como una amenaza para la sociedad y no ven amenaza alguna en la violencia de género a pesar de ocasionar muchas más víctimas. Pero hasta en eso se delatan.

Si al machismo le preocupa la violencia en sociedad cuando afecta a hombres y mujeres, como ocurre con el yihadismo, y no le preocupa la violencia de género que sólo afecta a mujeres, lo que en verdad significa es que su preocupación por lo común se debe a que afecta a los hombres, no porque ataca a las mujeres, pues si les preocupara el impacto de la violencia sobre ellas tendrían que comprometerse decididamente para erradicar la violencia de género y el machismo. Y no lo hacen.

Ellos no lo van a hacer nunca, pero la sociedad sí, de hecho ya lo hace y  avanzamos de manera decidida. Ahora necesitamos más apoyos, medidas y recursos, y es lo que debe proporcionar el “pacto de Estado contra el machismo”.

Hombres incompletos

Pensar que la historia se repite es un exceso, casi una visión romántica de una realidad caracterizada por lo contrario, por una continuidad invariable que nos hace creer que cuando el problema no se manifiesta en toda su intensidad ha desaparecido. Pero en verdad está ahí, continúa porque las circunstancias que dan lugar a él permanecen, y lo único que cambia es su grado de expresión. Por eso la historia no se repite, simplemente no cambia.

Y eso es lo que ahora demuestran los argumentos que utiliza el posmachismo para atacar a las mujeres e intentar demostrar su inferioridad. El posmachismo no sólo continúa con la versión más tradicional del machismo exhibicionista con hombres como Donald Trump, el eurodiputado polaco, Janusz Korwin-Mikke, los empresarios de Chile y su muñeca hinchable, o muchos hombres anónimos cada día… sino que recupera ideas tradicionales con un argumento actual. Viene a ser lo que Claude Levi-Strauss llamaba la reactualización del mito, pero en este caso elevado a toda su potencia en lo que supone una “reactualización del machismo”.

La idea de base sobre la que se levanta toda esta argumentación es la sempiterna inferioridad de las mujeres y su dependencia de los hombres, hoy recuperada sobre referencias concretas alrededor de la “debilidad física”, la “menor inteligencia” y la “incapacidad personal” para asumir ciertas responsabilidades. Ante este planteamiento la conclusión que utilizan para justificar su machismo no sólo insiste en la inferioridad de las mujeres, sino que tratan de destacar su maldad comparándolas con los peores hombres, y dicen que si las mujeres no maltratan más es porque tienen menos fuerza física, si no ocupan puestos de mayor responsabilidad y decisión se debe a que son menos inteligentes, y por tanto, si no se ven envueltas en temas de corrupción, no es porque entiendan el ejercicio del poder de otra manera, sino porque no están en las posiciones desde las que actuar de modo similar a los hombres. Y para demostrar su argumentación recurren a los típicos casos aislados para generalizarlos y dar por cerrada su argumentación teórico-práctica sobre la inferioridad y maldad de las mujeres.

El razonamiento es sencillo y sintónico con las ideas, valores y creencias tradicionales de la cultura machista, con lo cual aparecen cargados de razón y sentido, y a penas generan crítica y rechazo. Todo parte de tomar al hombre como referencia y de asignarle una serie de valores positivos a su condición, de manera que desde el bueno de Adán hasta el último hombre “denunciado falsamente” por violencia de género, la historia siempre ha sido así y con una mala mujer cerca para explicarla.

Bajo esa idea, como los hombres son fuertes, inteligentes y capaces, además de buenos, y las mujeres no son hombres, pues se toma como referencia el elemento que da objetividad al argumento, es decir, la fuerza física a partir del elemento biológico dado por el sexo, y se da por buena toda la argumentación en lo físico (hombres fuertes, mujeres débiles), en los psicológico (hombres más inteligentes, mujeres menos inteligentes), y en lo conductual (hombres capaces, mujeres incapaces). Y además, se le añade el otro argumento también por comparación, de manera que como el hombre es bueno, de hecho sólo hay que ver cómo el Derecho ha utilizado históricamente la figura del “buen padre de familia” para decidir sobre la conducta en términos de justicia, pues las mujeres que no llegan a lo de los hombres son malas, y además, perversas en su razonamiento.

Al final todo queda explicado bajo esa construcción y todo tiene sentido en esta sociedad para ocultar la desigualdad y su significado, y reducirlo todo a las consecuencias de la condición propia de hombres y mujeres o a determinadas circunstancias. Bajo esa idea no hay desigualdad ni machismo, sólo que los hombres son más fuertes, más inteligentes, más capaces y más buenos, y por tanto, las mujeres más débiles, menos inteligentes, más malas y menos capaces. Nada nuevo en el fondo, pues hasta la violencia de género la explican bajo la idea de que “algo habrá hecho la mujer (mala) para que el hombre (bueno)” le “haya tenido que pegar”.

Ya Sigmund Freud, a principios del siglo XX, lo explicó y le dio trascendencia psicodinámica al hablar de “complejo de castración” y de la “envidia de pene”, y tomar el falo como referencia y, en consecuencia, a los hombres como portadores de esa referencia de personalidad e identidad, y a las mujeres como unas eternas aspirantes en su frustrada búsqueda. De ese modo, las mujeres siempre estarán limitadas por ser “hombres incompletos”, y los hombres siempre están en riesgo ante esa “castración social” a la que puede llevar no ser hombre según el modelo tradicional, por lo que la Igualdad es presentada como la cuchilla afilada dispuesta a llevar a cabo esa “amputación social” de los hombres.

Que hoy, en pleno siglo XXI, todavía haya hombres y una cultura que considere que las mujeres son “hombres incompletos” y, por tanto, inferiores, débiles e incapaces, no demuestra ignorancia, sino cómo el conocimiento está sometido a la ideología de quienes prefieren mantener las posiciones de poder, antes que enfrentarse a su propia y limitada realidad, no como pérdida, sino como enriquecimiento para convivir en paz.

La única castración que existe es en los derechos de las mujeres y, por tanto, en la justicia social; por eso muchos hombres tienen miedo a la Igualdad, porque saben que el machismo, o sea, nuestra cultura, es una construcción levantada sobre el abuso y el poder, y no quieren perder sus privilegios en esa especie de “falocracia cultural y social” en la que viven.

 

Machismo y corrupción

Los hombres son el modelo ético en una cultura patriarcal que se ha levantado tomando lo masculino como universal, es decir, como referencia común para toda la sociedad, y lo femenino como particular y propio de determinados contextos, generalmente relacionados con lo familiar y lo doméstico.

Eso hace que la realidad venga condicionada por lo que los hombres consideran que debe formar parte de ella, que las leyes y el Derecho hayan tomado como modelo de comportamiento el representado por un “buen padre de familia”, que los tratos se cerraran con un “apretón de manos”, por supuesto de manos viriles, y que el sello más indeleble fuera la “palabra de hombre”, que permanecía en el aire como si fuera parte de su oxígeno, nitrógeno y argón.

Y en contraste, las mujeres, desde la Eva del Paraíso hasta la última de sus hijas, son falsas, perversas, mentirosas, interesadas, traicioneras…

Y a pesar de esta construcción cultural nada desinteresada, nadie ha caído en el “pequeño detalle” de que las mayores traiciones, mentiras, falsedades, manipulaciones, perversidades y crueldades, ahora y a lo largo de la historia, han sido llevadas a cabo por esos hombres cabales, de palabra indeleble y apretones de mano que estrangulan la realidad entre sus dedos para hacerla favorable a sus intereses. Da igual que la realidad muestre que los hombres son quienes protagonizan la mayoría de las felonías, perversiones y crímenes, para la sociedad ellos continúan siguen siendo “buenos padres de familia”, hasta el punto de que cuando se conocen algunas de estas acciones todo se justifica al afirmar que se trata de una serie de “casos aislados”.

Todo ello demuestra que la clave de la realidad no está en su relato descriptivo, sino en el significado que se le da, y que una misma situación puede ser buena o mala dependiendo de quién la protagonice y del sentido que se le otorgue a partir de sus motivos o de los objetivos que pretende conseguir. Y claro, cuando la legitimidad para interpretar la realidad se le da a quien la hace verdad día a día, es decir, a los hombres, y cuando se les dice que la interpreten sobre el modelo de referencia, o sea, la cultura patriarcal, el resultado se presenta como adecuado a los ojos de esa sociedad machista que espera que todo siga igual a pesar de la injusticia.

Eso es corrupción y esa corrupción moral se llama machismo.

Porque corrupción es “vicio y abuso”, tal y como recoge la tercera acepción del DRAE. Y es “vicio” al construir una cultura sobre lo masculino que desprecia lo de las mujeres, y es “abuso” cuando esa construcción se ha llevado a cabo para crear una espacio de poder donde lo de los hombres y los hombres son beneficiarios de un contexto y unas relaciones que giran sobre lo masculino.

Si no fuera así no estaríamos en pleno siglo XXI reivindicando la Igualdad como forma de acabar con la discriminación de las mujeres, con la brecha salarial, económica y educativa que sufren por todo el planeta, y con los abusos, el acoso y una violencia de género que mata a 50.000 mujeres cada año, sólo en el contexto de las relaciones de pareja.

Y reivindicar la Igualdad no es un acto abstracto ni neutral, significa actuar para erradicar los privilegios que los hombres se han otorgado a sí mismos a costa de los derechos de las mujeres, significa acabar con las ventajas laborales, económicas, domésticas, educativas… Significa lograr que los hombres no abusen de las mujeres en los contextos más diversos, e impedir que las maltraten y asesinen con la normalidad como cómplice.

La corrupción es más poder desde el poder, y el machismo busca más poder desde el poder que ya le ha dado la desigualdad.

Pero las venas de la convivencia aún llevan el veneno original del machismo, de ahí que haya tantos frutos tóxicos en la sociedad, entre ellos una economía opresora, una política distante e insensible, unos organismos internacionales incapaces de mirar fuera de sus despachos, unas religiones que miran al más allá y ponen las injusticias del presente como camino a la otra vida… Y cada uno de esos contextos ha sido diseñado por hombres y es dirigido por hombres con el manual de instrucciones de sus ideas y valores.

La incorporación de las mujeres está permitiendo cambiar ese modelo, pero no se conseguirá sin una critica a su naturaleza de poder e injusticia, tan sólo lo irá adaptando a nuevas circunstancias, como ha ocurrido a lo largo de la historia.

Porque toda esa construcción está basada en una estructura de poder que originariamente se levantó sobre la referencia hombre-mujer, al ser esta la única que existía cuando la organización social se articuló sobre la acumulación de riqueza, y fue necesario garantizar la transmisión de los bienes a la descendencia de cada hombre poderoso para, de ese modo, acumular más poder. Con el paso del tiempo, conforme las sociedades ganaron en complejidad, los elementos de desigualdad y discriminación se fueron ampliando a partir del machismo original, pero en todo momento tomando a los hombres como referencia para unir después el color de la piel, el origen, las creencias… Las nuevas referencias de desigualdad no acabaron con el machismo, sino que lo consolidaron.

Reducir el machismo a las cuestiones entre hombres y mujeres es otra de sus trampas para que todos esos casos parezcan una anécdota y consecuencia de una cultura desigual, discriminatoria y violenta que afecta a las mujeres, pero también a los hombres. La sociedad es machista porque ha adoptado el machismo original para crear una posición de poder desde la que resolver los conflictos de manera ventajosa, lo cual lleva a generar más conflictos para acumular un mayor poder.

El poder de la desigualdad es consecuencia del machismo, no el machismo consecuencia de una desigualdad general.

Si el machismo sólo fuera una cuestión de hombres y mujeres, y no un modelo de convivencia e identidades para poder vivirlo, no habría tantas resistencias y ataques para evitar que cambie toda la construcción social, y el propio sistema sería el primero en intentar acabar con las manifestaciones más graves del modelo, como por ejemplo la violencia de género. Pero no lo hace, porque sabe que abordar de raíz estas manifestaciones exige, indefectiblemente, erradicar el modelo machista de convivencia e identidades.

El machismo es la corrupción de la propia sociedad a través del vicio de la desigualdad y del abuso de los hombres sobre el resto de las personas que consideran inferiores por ser diferentes a su identidad (mujeres, homosexuales, transexuales, intersexuales…), y ajenas a su contexto social (extranjeros, personas de diferente grupo étnico, creencias, ideologías…) A partir de esas referencias las combinaciones son infinitas en la interseccionalidad de las relaciones, pero el principio siempre es el mismo y está muy bien definido: discriminar, abusar y atacar desde la referencia de los hombres y desde lo de los hombres.

Acabar con la corrupción exige acabar con el machismo, que es la corrupción original.

 

“Yes we Trump”

trump-genteHemos pasado del “Yes we can” al “Yes we Trump” como el que pasa la hoja de un libro o cambia de canal o emisora de radio. La misma sociedad que creía en sí misma para alcanzar el futuro, al final ha creado un ídolo de 14 quilates al que adorar para liberarse así de la culpa y la responsabilidad, aunque sea pagando la debida penitencia.

Trump ha traído a la sociedad americana lo que ningún otro presidente ha sido capaz, y mientras todos han insistido en su grandeza, algo que también ha hecho Trump, éste ha unido a su discurso la “otredad del pueblo americano”, es decir, la conciencia del otro como alguien diferente.

Trump ha sido hábil, y en un momento de confusión global como consecuencia de los importantes cambios y de la lectura neoliberal que ha llevado a reducir el anhelo y las aspiraciones humanas a la economía y lo material, se ha aprovechado de la interpretación que se hace de la realidad, la cual gira más alrededor de la amenaza que de la oportunidad. Esta especie de “calentamiento social” al final destiñe y encoge las identidades hasta dejarlas reducidas a lo que un día fueron, no a lo que han seguido siendo desde entonces, como si ese momento original fuera la razón de ser para un futuro que no se reconoce en cuanto se hace presente.

Y un pueblo como el norteamericano siempre es un terreo propicio para lo más y para lo menos, al tener más sueños que memoria y más historias que historia. No es fácil encontrar un relato sobre los elementos que definen la identidad del pueblo americano, salvo su anhelo de alcanzarla y de ser pueblo por encima de sus orígenes tan diversos, por eso necesitan repetirse a sí mismos lo grandes que son y la trascendencia de su política y su economía. Y pueden ser grandes en lo que hacen, pero eso no los lleva a saber lo que son.

Basta con escuchar el mensaje de Obama y el de Trump para pensar que no estamos ante un mismo pueblo ni una misma nación, la simple descripción de la realidad que expone cada uno de ellos ya nos lleva a concluir que se trataría de dos países y sociedades, no sólo diferentes, sino opuestas. Y mientras Obama hablaba de esperanza y futuro, de confianza en lo que son como nación, Trump afirma lo que han sido en el pasado y duda de esa nación plural y diversa de hoy para presentar la realidad como una amenaza apunto de suceder, de ahí su “nosotros primero”.

Pero como no pueden decir lo que significa “ser americano de Estados Unidos”, echan mano de esas ideas sobre la identidad que guardan como muestra para encargar un traje a medida y de color original, después de que el proceso del tiempo lo haya encogido y desteñido, aunque ya no sea la prenda adecuada para este momento de la historia. Y ahí es donde las personas como Trump juegan con ventaja al defender una idea de “identidad por contraste”.

Para Trump y la gente como él no se sabe muy bien lo que es ser americano, pero sí saben perfectamente lo que para ellos es no ser americano. Esa es la identidad por contraste, aquella que se construye sobre lo que no se quiere ser, no tanto sobre lo que se es, que queda limitado a los lugares comunes de la historia.

Y con todo ello Trump ha jugado para traer la “otredad americana”, el ser en el no-ser de los otros que lleva a percibir al otro como diferente, inferior y al margen de su comunidad, lo cual en términos prácticos significa al margen de su sociedad. Trump se ha puesto a sí mismo como modelo y todo lo que no se ajuste a él, bien como concepto o en la forma de convivencia que exige, simplemente no es americano. De alguna manera, hemos pasado del “conmigo o contra mí” de George W. Bush, al “o como yo o nadie” de Donald Trump.

El problema no es Trump, sino que ha sido elegido en una democracia por lo que dice, por lo que hace, y por cómo lo dice y lo hace. La sorpresa de Trump no está en que “no cumple su palabra”, como sucede habitualmente en política tras unas elecciones, sino en que la cumple. Trump no es un accidente, sino el candidato y ahora presidente de una parte de la sociedad que defiende esas ideas, valores y creencias construidas sobre el machismo, la xenofobia, el racismo, la homofobia… en definitiva, construidas sobre quien se cree superior y la otredad del resto.

Y Trump no está sólo, hay mucha gente en EEUU y en Europa que gritan de forma decida y con pleno convencimiento, “yes we Trump”, porque defienden esas ideas y valores que han crecido en la sociedad porque otros han dejado marchitar los valores de Igualdad, la Libertad, la Justicia, la Dignidad… en los jarrones de los despachos de la política y las instituciones, donde sólo decoraban, en lugar de haberlos plantado en los jardines de la convivencia, y de haber evitado que cuando alguien lo ha hecho llegaran los “yes we Trump” y los pisotearan o pasaran por encima de ellos con un autobús.

Si Trump ha ganado y la ultraderecha puede ganar en diferentes países de la UE es porque hay más gente que los vota. Juegan con la ventaja de la historia y con una cultura desigual donde las jerarquías son un valor y la opresión del diferente y del inferior un forma de reconocimiento, o cambiamos ese modelo de sociedad con al cultura de la Igualdad, o seguirán golpeando con políticas y guerras que aún no existen, pero que ellos provocarán dentro y fuera de cada país para ganarlas y hacer así que venzan sus ideas.

 

Si Valentín hubiera sido Valentina

corazon-valentinaSorprende que la misma sociedad machista que utiliza la normalidad para discriminar, abusar y agredir a las mujeres se detenga un día a celebrar el amor, mientras deja que el resto del tiempo pase con la misma violencia que la historia ha hecho posible con cada uno de sus días.

Parece como una excusa, como una sinrazón para darle razón al amor, como una especie de borrón donde lo que importa es la cuenta nueva y no lo vivido hasta ese momento. Soy consciente de que no siempre es así, pero sorprende esa celebración del amor en un día donde lo que se proclama es el gesto y la escenificación del momento sobre el compromiso de la relación.

Quizás si nos vamos al origen de este “día de los enamorados” entendamos mejor su significado “en masculino”.

Antes de nuestra era, en la Antigua Roma, se celebraba la fiesta de Lupercalia dirigida a estimular la fertilidad de las mujeres, la de los hombres, como tantas otras cosas de la masculinidad, no se cuestionaba ni necesitaba estímulo alguno. La celebración consistía en golpear a las mujeres con látigos de piel de cabra y de perro mojados en sangre de esos mismos animales para, de ese modo, aumentar su fertilidad, aunque más bien parecía un rito de iniciación para indicarles que la vida en familia vendría acompañada de esos latigazos verbales y físicos. En el proceso de asimilación de las fiestas paganas que desarrolló el cristianismo, allá por el año 496, el papa Gelasius I prohibió esa fiesta e instauró el 14 de febrero como día de San Valentín, fecha que con el tiempo fue asociada al amor y a la amistad. Sin embargo, no queda claro que la figura del santo existiera en realidad, se dice que fue uno de los mártires de Roma ejecutado por casar a los soldados del imperio, a pesar de que el emperador Claudio “El Gótico” lo había prohibido por considerar incompatible la carrera de las armas con el matrimonio, aunque no hay una confirmación histórica sobre la vida del santo.

La relación de ese día con el amor se reforzó en 1400, cuando el rey Carlos VI de Francia creó la “Corte del amor”, bajo la cual organizaba competiciones cada primer domingo de mes y en el día de San Valentín para que los hombres participantes consiguieran pareja. A partir de ese siglo XV se extendió la costumbre de escribir poemas o “valentinas” entre los enamorados, y en el siglo XIX, en pleno romanticismo, se popularizó en Gran Bretaña la comercialización de tarjetas para las parejas de enamorados, extendiéndose rápidamente a todo el mundo anglosajón.

Como se puede apreciar, el origen del día de san Valentín no deja de ser curioso en su vinculación al amor, pues por un lado aparece asociado a la violencia contra las mujeres, y por otro a su cosificación como trofeos en las “competiciones del amor”, siempre con la satisfacción de los hombres como objetivo. Y todo ello ha quedado oculto por las palabras huecas y el eco oscuro que levantan al pasar por la gruta labrada en nombre del amor, un 14 de febrero.

No es casualidad que cuando el feminismo comenzaba a impactar sobre la sociedad convulsa del XIX y reivindicaba la emancipación de las mujeres, la respuesta de la sociedad machista fuese contrarrestar la crítica recurriendo a los sentimientos, y potenciar la idea del amor romántico para consolidar en nombre de la identidad y las emociones lo que hasta ese momento había sido costumbre y tradición. De ese modo, el papel de las mujeres en las relaciones de pareja pasó de ser presentado como una cuestión de “necesidad y dependencia”, a una decisión tomada por las mujeres desde su teórica libertad y dentro de un proceso natural que el propio romanticismo se encargaba de destacar. Una deriva que culminó luego con la exaltación de esas ideas y valores en la celebración de san Valentín como día, no de las personas enamoradas, sino como día del “amor romántico” con todos sus mitos y trucos, como muy bien nos contó Carolina Martín en su “San Valentín hace trampas”

El problema no es la celebración del amor, sino el significado que se da al mismo y cómo esos mitos construidos sobre la idea romántica del amor y de la relación, con su “media naranja”, con sus “celos son amor”, con “el amor todo lo puede”, con “los polos opuestos se atraen”, con la “ausencia de intimidad y espacio propio”... son los mismos que hoy llevan a normalizar la violencia de género bajo el mito de que “quien bien te quiere te hará llorar”, y hacen a las víctimas responsables de lo que sufren y de tener que resolverlo. Y todo en nombre del amor mientras los hombres siguen con su poder y violencia, eso sí, muy románticos y cargados de flores para la ocasión.

Si Valentín hubiera sido Valentina, es decir, si la celebración del amor sobre el significado que el feminismo y muchas mujeres daban a la realidad en el XIX, cuestionando la falacia de una normalidad de familias perfectas y relaciones idílicas, a pesar de que la violencia formaba parte de ellas, las relaciones se habrían configurado de otro modo y hoy celebraríamos el amor, pero no la idea de un amor romántico y tóxico que tanto daño ha hecho a las mujeres.

Si Valentín hubiera sido Valentina hoy celebraríamos el amor y la relación basada en el compromiso, en el respeto, en la convivencia, en la corresponsabilidad, en la libertad, en la felicidad como proyecto común y lo común como encuentro de subjetividades… porque hoy sería la Igualdad quien definiría esas relaciones.

Algo falla en el modelo de amor romántico, como también escribe Carolina Martín, cuando el 30% de las mujeres del planeta sufrirán violencia por parte de sus parejas (OMS, 2013). Y algo falta en ese modelo de amor cuando en la sociedad y entre la juventud aún prevalece esa idea de amor romántico con todos los mitos que permiten establecer relaciones de poder en las que la violencia forma parte de su normalidad, hasta el punto de que muchas mujeres maltratadas llegan a decir lo de, “mi marido me pega, pero por lo menos le importo”.

Y lo que en verdad falta es Igualdad para disolver hasta la nada el modelo machista de relación y las identidades que llevan a él. Si Valentín hubiera sido Valentina ya lo habríamos conseguido.

 

“Masculinismo”

hombres-masculinismoSi el machismo defiende al macho, el “masculinismo” defiende lo masculino como referencia identitaria de los hombres, es decir, defiende al machismo, que es lo que define y ha definido históricamente la identidad de los hombres bajo la referencia de la cultura patriarcal que ellos crearon, para que “lo masculino” fuera el modelo universal de toda la sociedad y “lo femenino” quedara reducido a los ámbitos de lo doméstico y supeditado a lo de los hombres.

Pero el machismo es mutante en sus formas para adaptarse a cada momento histórico sin renunciar a sus posiciones de poder y privilegios, de ahí su estrategia de “cambiar para seguir igual” que le ha permitido adaptarse sin transformarse, y luego hacer creer con su influencia que los cambios adaptativos en verdad eran transformadores de su identidad. La estrategia actual del machismo es el posmachismo, ese intento de revestir de neutralidad sus exigencias y planteamientos para generar la confusión necesaria que lleve a la duda, a la pasividad y a que todo siga igual. Y el posmachismo sabe que la batalla del lenguaje es clave para afianzar posiciones y definir realidades, por eso su interés desde el principio de contrarrestar el feminismo diciendo que era lo mismo que el machismo. Cuando fracasaron en esa burda comparación inventaron la palabra “hembrismo” para que la etimología no fuera obstáculo en la crítica de las propuestas a favor de la Igualdad que se hacían desde el feminismo, y al mismo tiempo la acompañaron de palabras como “feminazi” y “mangina” para que la crítica no se quedara en las ideas y llegara a las personas que las proponían. Pero como han comprobado que el discurso “machismo” versus “hembrismo” se presenta como conflictivo y cargado de agresividad y violencia por su parte, algo que refleja su machismo latente, han dado un paso más en busca del camuflaje de la neutralidad a través del lenguaje y ahora hablan de “masculinismo”, el cual aparece con “Ph neutro” y comparable en sentido al concepto de “feminismo”. De este modo, aunque sus palabras cargadas de ataques contra la Igualdad son las mismas su imagen es diferente, y se presentan como más proactivas en busca de esa “igualdad real” que suponga dirigir las mismas acciones para hombres y mujeres y, de ese modo, mantener la desigualdad existente sin entrar en el significado histórico que ha dado origen a la misma.

El “masculinismo”, tal y como se aprecia en las redes sociales en palabras de sus “porta a voces”, porque hablan a base de ataques y cargados de agresividad, no reivindica la Igualdad, aunque habla de ella para que la Igualdad sea lo que ellos decidan que debe ser la Igualdad. Es lo que han hecho los hombres a lo largo de toda la historia al tutelar a las mujeres y lo de las mujeres, y que ahora pretenden seguir haciendo en lo social y en lo individual, como cuando el marido dice en nombre de la libertad y de su igualdad, “yo dejo que mi mujer haga lo que quiera”.

La propia estrategia del “masculinismo” demuestra el fracaso de la posición machista en la sociedad, a pesar de que aún mantienen mucho poder y toda la violencia para hacer daño, pero como en verdad van perdiendo espacio. Ahora necesitan exhibir su machismo y elegir presidentes como Donald Trump y contar con columnistas y locutores que se hagan eco de sus palabras, para que la parte nostálgica de la sociedad se de cuenta de que ellos y su machismo siguen presentes en una nueva realidad cada vez más crítica con la desigualdad y el machismo.

El error del machismo y de su “masculinismo” es no ver que el feminismo defiende la Igualdad, no a las mujeres contra los hombres, sino la Igualdad sobre la injusticia histórica que ha creado la desigualdad, y con ella la discriminación, el abuso, la violencia… que las han apartado de las posiciones donde deberían haber estado para que la convivencia y las relaciones se construyeran y desarrollaran con las aportaciones de hombres y mujeres. Por ello el feminismo parte de la visión crítica de las mujeres y reivindica su presencia y protagonismo, porque los hombres nunca se han preocupado de hacerlo en los miles de años que llevan dirigiendo la sociedad desde sus posiciones de poder. El resultado final, por tanto, será la Igualdad para toda la sociedad, y ello exige corregir la desigualdad en quien la sufre, o sea, en las mujeres.

El “masculinismo” es “lo de los hombres”, “para los hombres”, “desde los hombres” y “con los hombres”, por eso recurren a los mismos argumentos de las denuncias falsas en violencia de género, a que las mujeres también son violentas, a la custodia compartida impuesta con independencia de las circunstancias de la relación de pareja, a que las mujeres son malas y perversas y alienan a sus hijos e hijas contra los padres a través del SAP… es decir, las mismas razones del machismo y las mismas que el posmachismo maquilla, pero ahora como si sugieran de un planteamiento reflexivo nacido del “ataque” que la Igualdad y sus medidas suponen contra los hombres y su masculinidad.

El “masculinismo” es la plasmación social de una de las estrategias que más utiliza el posmachismo al presentar a los hombres como víctimas de las mujeres y de la situación social: víctimas de denuncias falsas, de suicidios, de mayor tasa de accidentes de tráfico y laborales, de menor vida media… El “masculinismo” es la elevación a lo social del “hombre víctima de la Igualdad”, bien por acción o por desconsideración, y por lo tanto, se presenta como “victimismo masculino” para fijar la atención sobre los hombres sin cambiar nada en los hombres.

Y es cierto que los hombres tienen muchos problemas, nunca ni nadie los ha ocultado ni cuestionado, pero la solución está en la Igualdad, no en más desigualdad. O lo que es lo mismo, la respuesta es el feminismo, no el “masculinismo”.