¡Pobres hombres!

Pobres hombres que se ven amenazados en un ascensor, en sus casas o en las calles; expuestos a cualquier mujer desaprensiva que los acuse de acosarlas al subir o bajar en el ascensor, de maltratarlas en el hogar o de violarlas en la calle o en un portal.

Qué duro tiene que ser eso de la masculinidad para ir zafándose de las mujeres y conseguir que al final de cada año no sean ellos los acosados, ni los maltratados, tampoco los violados ni asesinados. Sin duda todo un ejercicio de habilidad y escapismo que les evita caer en las redes que las mujeres tejen con su perversidad, y luego les lanzan con su maldad para atraparlos.

Y qué sangre fría deben mantener para que, a pesar de todas esa presión y amenazas a las que están sometidos, luego se les vea caminar por las calles con decisión y determinación como si fueran suyas, simular que no sienten miedo en los lugares de ocio, y que incluso se divierten y disimulan para acercarse a hablar con sus agresoras potenciales en mitad de la fiesta. Y cuánto valor debe correr por sus venas para luego llegar al hogar y sentirse como si fuera un lugar tranquilo y seguro para ellos, cuando en cualquier momento pueden ser denunciados falsamente.

Ese vivir como si no pasara nada ante a amenaza de las mujeres debe ser duro y exigente, algo que sólo un hombre hecho y derecho es capaz de soportar.

Porque todo eso es lo que se deduce de los argumentos que recogen los estudios científicos, como el ICM de 2005, que muestra cómo la sociedad piensa que la mujer es responsable de la agresión sexual que sufre por flirtear (33% de la población lo piensa), por vestir sexy (26%), o por haber tomado alcohol durante su tiempo de ocio (30%), nada dicen sobre la responsabilidad de los hombres que agreden. Algo parecido a lo que lleva, tal y como recoge el Barómetro del CIS de noviembre de 2012, a que el 0’9% de nuestra sociedad manifieste que es “aceptable forzar las relaciones sexuales en determinadas circunstancias”, y que el 7’9% diga que “no es aceptable, pero que no siempre debe ser castigada esa agresión por la ley”, es decir, que debe quedar como un tema de pareja. Pero, ¡oh casualidad!, una pareja en la que el hombre impone su voluntad y viola, y en la que la mujer es violada y debe callar. Como si la fuerza y la posición de poder no formaran parte también de la relación.

El machismo ha creado el marco para presentar a las propias víctimas como responsables de la violencia de género en cualquiera de sus expresiones, especialmente en la violencia sexual. Esa es la razón por la que se cuestiona su conducta antes de ser violadas y por la que también se cuestiona después de haber sufrido la violación, porque toda forma parte de la idea que las hace culpables “por el hecho de ser mujeres”. Quizás por ello hasta las campañas institucionales ante las fiestas de los pueblos y ciudades lanzan mensajes a las mujeres sobre lo que deben o no deben hacer para evitar las agresiones sexuales, mientras que no dicen nada a los hombres, que son quienes agreden y consienten con su silencio y distancia.

No es fortuito que el porcentaje de denuncias por violación se limite al 15-20%, y luego, cuando se lleva a cabo la investigación y se celebra el juicio bajo el peso de los mitos y estereotipos de la cultura machista, que el porcentaje de condenas sea sólo del 1% (Brtish Crime Report, 2008).

Vivimos en la “cultura de la violación”, es decir, en la cultura de la violencia de género, porque vivimos en la cultura del machismo, y eso significa que la realidad viene determinada por sus referencias androcéntricas, y que luego los hechos son integrados bajo el significado que otorgan esas mismas referencias. No hace falta negar lo ocurrido, sólo basta con cambiar su significado.

Lo que está sucediendo alrededor del juicio contra los integrantes de “La manada” por una presunta violación cometida en los San Fermines, y el intento de cuestionar a la víctima hasta con informes sobre su vida después de la agresión, es un ejemplo típico de esta situación creada por el machismo. Una situación en la que los hombres se presentan como víctimas por ser “presuntos inocentes”, y las mujeres como culpables por ser “presuntas víctimas”.

Lo dicho, ¡pobres hombres!

 

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Bienvenidos al machismo

¡Ahora se han dado cuenta!… Ha tenido que producirse la denuncia contra Harvey Weinstein para que, de repente, todo Hollywood se vea reflejado en el espejo del abuso sexual; y ha tenido que ser Hollywood, la ciudad de los sueños, para que el resto de la sociedad viva la pesadilla de la violencia de género en forma de abusos y agresiones sexuales.

Hasta que no se ha conocido esta situación muchas personas han preferido mantenerse al margen y mirar al lado contrario cuando los hechos llamaban su atención. Da igual que en España asesinen a 60 mujeres de media cada año en el contexto de las relaciones de pareja, que 600.000 sean maltratadas, el machismo siempre ha sido capaz de solventar la situación y ocultar la realidad a través de su estrategia.

Siempre lo ha tenido fácil porque ha contado con los instrumentos necesarios para lograrlo. Y estos instrumentos son las “3 C”: credibilidad, culpabilidad y complicidad. Por un lado, la credibilidad de los hombres a través de su palabra inmaculada, por otro, la culpabilidad de las mujeres construida a partir del mito de su perversidad, y en tercer lugar, la complicidad del resto de la sociedad, pues sin ella no habría sido posible que tantos violentos lo hayan podido ser durante tanto tiempo, y aún hoy sigan siéndolo.

Las “3C” originan una credibilidad intermitente (al hombre sí me lo creo-a la mujer no, al hombre sí-a la mujer no, al hombre sí-a la mujer no…) que es la que permite que sólo se vea lo que interesa y que se crea todo lo demás, una situación que no se produce por accidente, sino por decisión de quienes tienen la capacidad de determinar la realidad para que no se vea afectado el orden dado ni descubiertos sus rincones de invisibilidad. De este modo, la violencia contra las mujeres en cualquiera de sus formas se puede ejercer a espaldas de la mirada social y reforzar así la identidad machista y los privilegios que conlleva, no sólo para los hombres que usan la violencia, también para el resto. Por eso la gran mayoría contribuye desde la complicidad, porque al final todos los hombres, violentos o no, se benefician de una sistema diseñado para ellos. No por casualidad, por ejemplo, sólo el 5% de los maltratadores termina siendo condenado, ni tampoco es fortuito que los hombres tengan mayor tasa de empleo, mejores condiciones laborales, mayor salario, más presencia en los puestos de dirección…

La normalidad impuesta es tan eficaz que lleva a momentos como el que de forma muy gráfica y directa ha relatado Leticia Dolera La actriz cuenta que estaba en un bar con cuatro hombres, y uno de ellos, director de cine, le pone la mano en el pecho mientras los otros disimulan. Ella le pregunta:

  • ¿Qué haces?
  • Te toco una teta; responde él
  • No puedes hacer eso; le dice de nuevo ella
  • Sí puedo, mira… y le vuelve a tocar

Eso es el machismo. No se trata sólo de asaltos y ataques en callejones oscuros, sino de una normalidad que lleva a abusar de las mujeres hasta en lugares públicos, delante de otras personas y después presumir de ella; y a pesar de todas esas circunstancias permanecer entre la invisibilidad y la negación. Pero todavía va más lejos, y cuando se llega a conocer, en lugar de entender que forma parte de esa normalidad que lleva a ocultar lo ocurrido, lo que se hace es culpabilizar a la víctima y ponerla a ella como responsable de los hechos.

El informe de la Agencia de Derechos Fundamentales (FRA) de la UE es muy revelador. El 55% de las mujeres europeas han sufrido acoso sexual en algún momento de sus vidas, pero más significativo resulta aún las referencias al contexto en el que se produce. El estudio recoge que conforme el nivel profesional es más alto el porcentaje de mujeres que han sufrido acoso es mayor (el 75%), un dato que indica que el destino y el camino para alcanzar esos espacios y funciones ocupados y dirigidos por hombres está lleno de acoso sexual.

Es la consecuencia de la estrategia de las “3C”, y por si todo ello fuera poco, además cuentan con una especie de “mecanismo de seguridad” por si falla alguna de las “Cs”, y es hacer creer que la violencia contra las mujeres no se produce en los lugares donde habitualmente ocurre. Es lo que hemos visto en el estudio del FRA respecto al acoso sexual, y mientras que la sociedad cree que sucede en trabajos no cualificados, en verdad ocurre más en los niveles más altos y en la universidad. Y llega a ser tan poderoso el argumento que se utiliza hasta en los juicios, ¿recuerdan el caso de Nevenka Fernández, concejala en el ayuntamiento de Ponferrada, cuando el Fiscal Jefe de Castilla y León decía que se “había dejado tocar el culo como una cajera del Hipercor”?. Lo mismo ocurre cuando se presenta la familia como un escenario idílico caracterizado por el amor, el respeto y la convivencia, sin cuestionar la construcción violenta de las relaciones y la instrumentalización de la familia por parte del machismo para defender sus ideas, valores y privilegios.

Todo forma parte de su estrategia: Primero se niega y oculta con las “3C” (credibilidad del hombre, culpabilidad de la mujer y complicidad social), y luego, si a pesar de ello se conoce el problema, se presenta como imposible porque en la universidad, en la política, en el cine, en la alta dirección empresarial… no se dan conductas de acoso; como también se dice que en las familias de bien no existe la violencia de género, indicando que se trata de un problema de un hombre concreto con una mujer en particular para ocultar el machismo que hay detrás.

Bienvenidos al machismo, ha costado, el viaje ha sido largo y duro, diez mil años atravesando los desiertos del silencio, las montañas de la amenaza, mares y océanos embravecidos por la violencia, ríos de soledad y miradas de culpabilidad, pero al final se ha llegado al machismo.

De manera que bienvenidos, pero no se queden en la puerta, “pasen y vean”. Lo que acaban de conocer sólo es la pequeña parte que se ha colado por la puerta de un plató que alguien ha cerrado mal, pero los hogares, las empresas, la universidad, las calles… están llenas de machismo y su violencia.

 

La complicidad de las mujeres

La Audiencia Provincial de Córdoba ha condenado a una madre  por las agresiones sexuales que ha ejercido el padre sobre su hija y su hijo. Según la sentencia, el padre abusó de su hija de 6 años múltiples veces, a la que violó y desgarró la vagina al intentar penetrarla, y de su hijo de 5 años, a quien agredía aprovechando que salían a pasear el perro. El padre ha sido condenado a 27 años de prisión, y la madre a 3 años por “consentir la situación” a pesar de que el propio Tribunal refiere que “no reaccionaba para evitarlo por el poderoso miedo que sufría”, pues su marido “la tenía dominada, sometida y amenazada”.

No es el único caso, con demasiada frecuencia las madres son condenadas por la violencia que cometen los padres bajo un clima de terror y maltrato que no se reduce a los hijos y a las hijas, y que también se dirige contra ellas de forma directa a través de agresiones físicas, psíquicas y sexuales. Sin embargo, la Justicia todavía es incapaz de entender cómo esa violencia paraliza y distorsiona la realidad bajo el triple impacto de las alteraciones psicológicas, las amenazas directas y el sufrimiento que nace de la sensación de culpabilidad por no actuar a pesar de las circunstancias. Todos estos elementos atrapan más que impulsan, y hunden en la realidad de la que intentan salir más que empujan a hacerlo.

Como Médico Forense he vivido en diferentes ocasiones ese tipo de decisiones sin que el Tribunal fuera capaz de acercarse a la realidad ni entender la situación de esas madres destrozadas por la violencia sufrida en su cuerpo, y vivida de forma mucho más grave a través del daño ejercido sobre sus hijos e hijas.

Sin embargo, esa misma Justicia es capaz de entender la inocencia de los hombres cuando las mujeres son condenadas por maltratar o abandonar a sus hijos recién nacidos, y de otorgar credibilidad a los padres que afirman no saber nada cuando las mujeres relatan que ocultaron los embarazos y sus conductas criminales.

Sucedió, por ejemplo, en Coslada, donde Catalina arrojó a su bebé a un contenedor de basura, de donde fue rescatado al escuchar sus gemidos un vecino. Según el relato, la mujer ocultó el embarazo a su marido y a sus tres hijos, da igual que vivieran en un piso pequeño, que compartieran cama y cuarto de baño durante los nueve meses que se prolongó el embarazo. También resulta indiferente que la mujer diera a luz en el Hospital del Henares, que tras recibir el alta se fuera a su casa junto a su familia, y que los hechos ocurrieran nueve días después. Al final la única responsable fue la mujer, el padre no tuvo nada que ver ni tampoco “consintió” los hechos.

Algo parecido ocurrió en el municipio sevillano de Pilas, donde una mujer asesinó justo después de nacer a su hijo y lo guardó en un congelador, conducta que repitió en otro embarazo posterior. Según el relato y la investigación, el padre que convivía con ella junto a otros dos hijos nunca supo nada de ninguno de esos dos embarazos, ni tuvo nada que ver de forma directa o indirecta en los hechos, lo mismo que tampoco resultó cómplice por ocultar o no enfrentarse en algún momento a lo ocurrido, ni por no entender como “sospecha” o “indicios” determinadas situaciones que se produjeron durante todo ese tiempo.

Y como estos dos casos de Coslada y Pilas hay muchos que se valoran y juzgan bajo las mismas referencias: las mujeres resultan culpables y son condenadas por la violencia que ejercen sus maridos dentro del hogar, mientras que los hombres no sólo no son condenados cuando la violencia es ejercida por las mujeres, sino que ni siquiera se considera esa posibilidad.

Todo ello refleja cómo el mito de la “perversidad de las mujeres” invade la percepción de los hechos para darle un significado acorde con la construcción cultural, mientras que el mito del “buen padre de familia” actúa de forma similar al influir sobre el sentido de lo sucedido, pero de manera contraria para proteger a los hombres. Da igual que los hechos digan lo contrario y que la realidad social venga caracterizada por una violencia de género dirigida contra las mujeres que las paraliza tanto, que el 75-80% de las asesinadas lo son sin ni siquiera haber denunciado que vivían en esa situación de violencia que termina por costarles la vida.

La injusticia de esta sociedad comienza en su normalidad, lo demás sólo son los “accidentes” que las circunstancias no han podido evitar. Y esa normalidad injusta es la desigualdad y el machismo que la ha tomado como referencia para esconder que la respuesta puntual ante sus manifestaciones especialmente graves, como ocurre con los casos más intensos de la violencia de género, sólo es un espejismo que entretiene y una pantalla que permite ocultar la realidad que cree resolver.

Mientras no nos liberemos de esta construcción cultural, las mujeres siempre serán cómplices de todo lo que se realice bajo los parámetros de la maldad y la perversión que la cultura impone, aunque sea llevado a cabo por hombres.

Y es que la culpa de las mujeres es la liberación de responsabilidad de los hombres.

 

PD. Otro día hablaremos de la “complicidad de los hombres”

Modelo machista de resolución de conflictos

El modelo machista para resolver los conflictos entre dos partes basa su estrategia en generar más conflicto, no en el diálogo ni en el consenso.

El planteamiento es sencillo y surge de la construcción patriarcal de la cultura y de la sociedad que tenemos como consecuencia. Esta construcción toma como referencia universal lo masculino y sitúa a los hombres en una posición de superioridad respecto a las mujeres, de manera que establece la desigualdad de género como esencia de estructuración social, y a partir de ella ha ido tomando otros elementos para extender y ampliar la desigualdad a otras circunstancias y características de las personas que forman parte de esa sociedad. El resultado es un sistema jerarquizado de poder, o lo que es lo mismo, una sociedad en la que determinadas personas por su sexo, sus ideas, sus creencias, su color de piel, su status, su origen, su orientación sexual… tienen una serie de privilegios y ventajas respecto a aquellas otras cuyas características son consideradas inferiores por esa cultura y sociedad.

Cuando se produce un conflicto entre personas en diferente nivel dentro de esa estructura jerarquizada, a quien se encuentra en una posición de superioridad no le interesa dialogar o consensuar para solucionar el conflicto, porque ha de hacerlo a partir de argumentos y razones, y puede que no las tenga o que sean menos sólidas que las de la otra parte. Por eso le interesa agravar el conflicto, avivarlo con elementos que generen más enfrentamiento para de ese modo justificarse en el uso de los instrumentos propios de su posición de poder, y que la otra parte no tiene por encontrarse en un nivel inferior.

Con esa estrategia el conflicto va aumentando hasta llegar el momento del “hasta aquí hemos llegado”, a partir del cual se pone en marcha todo el arsenal de instrumentos que guarda en su posición de poder, bajo la justificación de que el conflicto es insostenible, y como si hubiera sido generado en exclusiva por la otra parte.

Este es el modelo machista de resolver los conflictos, y el que usan los hombres desde sus posiciones de poder con las mujeres, algunos llegando a la violencia, otros a la amenaza, y otros simplemente recurriendo a la escenificación del conflicto para que la mujer entienda que debe ceder ante su autoridad. Y como son los hombres y las referencias de la masculinidad las que impregnan la cultura y el significado de lo que acontece en la sociedad, el modelo se extiende a otros escenarios bajo los mismos planteamientos de la desigualdad y el poder, como ocurre en las relaciones laborales entre empresarios y trabajadores, en las relaciones dentro de los partidos políticos y en el ejercicio de la política, en las relaciones nacionales y en las internacionales… Cualquier escenario en el que se entienda que el conflicto es un ataque a la posición de poder y un pulso a la persona que responde desde ella, el resultado será un aumento del conflicto que lleve a vencer más que a convencer.

Porque el objetivo de la resolución de conflictos bajo esta estrategia machista es doble, por un lado resolver la cuestión formal que se ha planteado, sea esta personal, familiar, laboral, política, nacional o internacional; y por otro, ser reconocido como “vencedor” y salir reforzado en su posición de poder, aunque haya sido a través de una injusticia. Lo importante es vencer y aumentar el poder.

Este modelo de resolución de conflictos habitualmente reporta muchos éxitos a quienes están esas posiciones de privilegio, de ahí su refuerzo y su permanencia a lo largo de la historia, y su extensión a los ámbitos y contextos más diversos con ligeras variaciones. Pero siempre con la estrategia de resolver el conflicto generando más conflicto.

El problema se presenta cuando el modelo se utiliza frente a quien se piensa que está en una posición inferior y no lo está, o cuando lo está pero cuenta con otros mecanismo de apoyo informal que contrarrestan en parte el poder inicial de la otra posición, pero también cuando cada una de las partes cree que está en una posición de poder, y que debe potenciar el conflicto desde su lado para de ese modo poder utilizar su “carta secreta” y todos aquellos elementos propios a su posición que le permitirían vencer sin convencer. Al final, este tipo de planteamientos son los mismos que dicen eso de que “la historia la escriben los vencedores”, por eso lo importante es derrotar al otro del modo que sea, porque después lo suavizarán y endulzaran con su relato.

Lo estamos viendo estos días en diferentes contextos, pero es obvio que el más cercano y trascendente es el “conflicto” surgido con el proceso sobre el referéndum de autodeterminación de Cataluña del 1 de octubre. Al margen de los elementos formales sobre su legalidad y las motivaciones y razones de quienes quieren votar, de sobra conocidas y comentadas, lo que se está viendo es el típico conflicto al modo machista. Una especie de pulso que, como muy bien se ha dicho estos días recurriendo a la canción de Joan Manuel Serrat, parece que están a ver “quien la tiene más larga”. Lo único que le falta es ver a Rajoy decir “por mis cojones que no se vota”, y a Puigdemont responder, “por mis cojons que votamos”. Si lo dijeran quizás se entendería todo mejor.

La prueba de que realmente se trata de un modelo machista de afrontar el conflicto es su retroalimentación, es decir, la utilización de las consecuencias que se producen como resultado de las decisiones dirigidas a potenciar el conflicto como razones para mantener el conflicto y aumentar así su intensidad. Todo lo que está sucediendo estos días con las decisiones y acciones de unos y otros se está utilizando como justificación de las posiciones iniciales, cuando son un resultado de los problemas surgidos durante el conflicto, no causa del mismo. Pero eso no importa para las partes, lo que interesa es el conflicto en sí mismo y los apoyos para que quien dirige cada una de las posiciones sea reconocido por los suyos como ese macho-alfa capaz de dirigir al grupo.

También se ha comentado, y es cierto, que si en lugar de dos hombres al frente de cada parte hubiera dos mujeres y un modelo feminista de resolución de conflictos basado en la Igualdad, la empatía, el bien común… la situación actual sería completamente diferente.

En estas circunstancias el conflicto ya no se puede resolver, pero sí se puede detener y replantear de nuevo toda la situación. Esperemos que alguien saque el lado femenino que todos tenemos.

 

Machistas sentados en el muelle de la bahía

Ha terminado el verano, pero el machismo continúa y ya mira cómo caen las primeras hojas de los arboles sobre las aceras. Tras la desenfrenada actividad estival de los “machistas de playa” (“Los Chupaycalla”, “Los Feminarcis”, “Los Machiringuitos”, “Los Machonautas”, “Los hombres equi-equi”), ahora se toman una especie de tiempo de reflexión mientras hacen las maletas y regresan al asfalto de sus ideas. Y para ello, tratándose de días todavía cercanos al verano, no hay nada como sentarse frente al atardecer y tararear la canción de Otis Redding, “Sitting on the dock of the bay”, dejándose llevar por el vuelo de los pensamientos mientras se imagina una especie de caña entre las manos para pescar cualquier argumento que se acerque a su anzuelo.

Y en esa doble actividad sobre el muelle de la bahía, la reflexión y la pesca, los machistas obtienen diferentes resultados.

La reflexión no da para mucho a tenor de lo que se observa en sus manifestaciones y comentarios, lo cual es propio de quien tiene las ideas atadas a su mundo con las cadenas de los prejuicios, los mitos y los estereotipos. Una situación que los convierte en una especie de “rumiantes funcionales”, que vomitan sus ideas y luego las tragan de nuevo para volver a masticarlas un tiempo después, y así repetir el argumento como si fuera diferente, cuando en verdad es el mismo, sólo que triturado para que sea más fácil de digerir por quien lo escuche.

Este proceso es el que hace que en los últimos 13 años, justo desde la aprobación de la Ley Integral contra la Violencia de Género, nunca antes dijeron nada al no ver sus privilegios cuestionados, lo único que hayan repetido para defender su posición es lo de las “denuncias falsas”, que las “mujeres también maltratan”, y que “los hombres no tienen presunción de inocencia”. Sobre esos tres ejes a veces introducen alguna variación, pero sólo para reforzar alguno de ellos y hacer más digerible su argumento, no para ampliar su planteamiento. Por eso, en el fondo, los machistas son una especie de ecologistas de sus ideas, pues reducen el uso de otras, reutilizan las mimas una y otra vez, y reciclan otras para sacar alguna vriación nueva, como por ejemplo ocurre con el “suicidio de los hombres por divorcios abusivos” a partir de la idea de maldad de las mujeres, o el supuesto SAP para apoyar las denuncias falsas bajo la razón de que van dirigidas a “quedarse con la casa, los niños y la paga”. Si no fuera porque se trata de ideas tóxicas y contaminantes, serían un gran ejemplo de “ecología cognitiva”.

Y en cuanto a la otra actividad, la pesca, aunque siempre echan la caña con sus razones para ver si pica alguien, algo que hacen todos los días utilizando como cebo trozos de realidad manipulada o los fragmentos de la masculinidad que ocasionan los “ataques feminazis”, la pesca que más practican es la “pesca de arrastre con redes sociales”. Un tipo de pesca propio de quien no respeta nada ni a nadie, y que lo único que busca es beneficiarse a cualquier precio.

Ellos acuden a las redes con el objeto de atacar y destruir, de arrasar el entorno para que como decíamos de “Los Chupaycalla”, no crezca la hierba ni voluntad alguna por donde ellos pasan. Por eso se muestran tan violentos y agresivos y nunca falta el ataque personal en sus “redes de arrastre”.

Al final, con estos machistas que acuden a sentarse al muelle de la bahía sucede como con los malos pescadores y cazadores, que todo lo basan en la mentira y en la manipulación. Siempre dicen que lo suyo es más grande de lo que realmente es, cuando lo que interesa es un tamaño importante, o mucho más pequeño cuando lo que cotiza es lo mínimo. Por eso son capaces de convertir el pez de las denuncias falsas, que es del 0’01% en una especie de cachalote del 80%, o afirmar que 60 homicidios de mujeres cada año son una serie de casos aislados.

En su día creyeron que todo el pescado del machismo estaba vendido y que nadie cambiaría su dieta, pero no contaron con que la injusticia, el abuso, la mentira y la violencia, o sea el machismo, estaba contaminado por la desigualdad, y esa situación es insostenible en las democracias modernas.

Por eso, a pesar de su violencia, cuando uno los ve sentados en el muelle de la bahía mientras tararean la canción de Otis Redding, se aprecia una especie de melancolía en el ambiente. No sé si será el verano que se aleja en ese atardecer o la memoria de un mundo que les dice que el tiempo pasado fue mejor, y que ellos pertenecen a él.

 

Conciencia ficción

Imaginemos un lugar donde un primero de octubre se celebrara un referéndum amparado por sus leyes, pero en contra de la Constitución del país que lo abraza. Imaginemos que el objetivo de ese referéndum es votar para decidir si quieren seguir formando parte de ese Estado o prefieren la independencia. Imaginemos que a pesar de todos los impedimentos para que se celebre esa votación, al final hay un número de personas que salva todos los obstáculos y logra votar, y que de las urnas sale un porcentaje suficiente que dice “sí”, que quiere ser independiente. A partir de ese resultado las instituciones del lugar continúan el proceso iniciado y declaran la independencia. E imaginemos que, por las circunstancias que sean, el Estado opositor hasta ese momento se rinde a los hechos y acepta la independencia, modificando su Constitución y todo lo necesario para convivir bajo la nueva situación.

El nuevo Estado, ya independiente, prosigue con sus cambios y pone en marcha unas elecciones para elegir su Parlamento desde la nueva soberanía. Y tras la celebración de esas primeras elecciones del nuevo país y en un ambiente festivo, una mayoría social respalda el resultado de la independencia y a los partidos que la promovieron, que ahora buscan afianzarla en lo local y reforzarla en lo internacional para alcanzar el ansiado y necesario reconocimiento. Pero imaginemos que en ese Parlamento salido de las urnas el número de escaños de los partidos que se oponían a esa forma de alcanzar la independencia y a seguir ahora en ella es mayor, y que dadas las nuevas circunstancias forman Gobierno y se agrupan en la cámara para poner en marcha una ley de retorno al Estado original, y un referéndum para lograrlo amparándose en que prácticamente la mitad de la población quiere pertenecer al Estado común. Con todos esos elementos, y con la confianza que da tener el voto de quienes no querían la independencia y el impacto de las campañas y argumentos que se lancen desde las propias instituciones, inician este nuevo proceso en contra del Tribunal Constitucional del nuevo país, que anula todas sus decisiones y acciones, aunque ellos prosiguen amparados por la soberanía popular que los ha elegido, y bajo el argumento de que “votar es democracia”.

¿Sería aceptado ese nuevo proceso y su resultado por parte de quienes lo hicieron en sentido contrario para lograr la independencia?

Las circunstancias me hacen pensar que no, que sería rechazado por ilegal y por instrumentalizar las instituciones a favor de unas determinadas ideas y posiciones políticas.

No estamos hablando de situaciones distintas ni de mundos diferentes, la conciencia es tan responsable de la realidad como de la ficción, y de llamar a cada una con el nombre que necesite en cada momento para hacerla real, pues una cosa es lo real y otra la verdad. Y en política con frecuencia se confunde la una con la otra, como se confunde el pensamiento con la imaginación y el deseo con el sueño, creando el problema de hacer a la política innecesaria, cuando es ella el instrumento que puede acercar y conectar esa imaginación con el pensamiento y el sueño con el deseo para lograr que se hagan realidad, no sólo verdad.

La situación que se ha creado alrededor del proceso iniciado en Cataluña sólo tiene como solución reflejar el deseo, el sueño, la voluntad… de cada persona en las urnas, y eso lo saben todas las partes involucradas. Pero del mismo modo que usar un bisturí no significa que se esté realizando un acto quirúrgico, usar las urnas no significa que sea un acto democrático, por eso es importante entender que es la solución la que debe llevar a las urnas, y no que son las urnas las que llevan a la solución. La solución que surja de unas urnas sin el proceso democrático que debe ponerlas en cada una de las mesas, será real, pero no verdad.

Y cuando hablo de “proceso democrático” no me refiero a la técnica jurídica y a la normativa que avale las decisiones y las acciones políticas, sino a la participación y al debate social amplio y mantenido para que sea ese pueblo el que tome la voz, no el que reproduzca el playback de cada una de las partes promotoras de las diferentes opciones, y viva las propuestas contrarias como un ataque. Es lo mínimo ante un hecho tan trascendente como decidir sobre la independencia.

Si todo se presenta como causa de una historia de agravio el resultado será un agravio histórico. Todavía no he escuchado lo suficiente ni he leído por qué la identidad catalana quiere la independencia como forma de expresarse y convivir, y por qué de esa nueva forma de relacionarse con España saldrán también lazos positivos por todo lo que hemos compartido a lo largo de la historia, y por todas las posibilidades que se abren en ese nuevo horizonte. Y sería algo esencial, pues condicionar el futuro sólo a las circunstancias del pasado suele llevar a retrocesos, no a avanzar en un mundo que acelera a diario.

La identidad no es un elemento estático y no sólo es lo que uno siente, sino que también es lo que los demás perciben a partir de ese sentimiento; y tan importante es para el futuro y las relaciones el componente subjetivo (la forma de sentirse), como el inter-subjetivo (la manera en que lo perciben los demás). Por ello la forma de alcanzar la independencia de los países marca para siempre su identidad dentro y fuera de sus fronteras. Una independencia surgida de un enfrentamiento en un contexto de paz llevará al conflicto. Un conflicto que quizás un día lleve a que unos partidos con mayoría parlamentaria inicien un proceso de reintegración en el país original en contra de una parte importante de la sociedad y de su Tribunal Constitucional.

No es ciencia ficción, es conciencia ficción, de momento con pocas probabilidades de ser real, pero no tan lejos de ser verdad.

“Machismo antimachista”

El domingo 10-9-17, El País Semanal publicó un artículo de Javier Marías titulado “Feminismo antifeminista”, en el que muestra su enorme “preocupación” por las dificultades que tiene el feminismo para avanzar en la sociedad, y cuestiona por ello, paradójicamente, al propio feminismo y a muchas feministas, no al machismo ni a los machistas, cuyos planteamientos defiende y justifica cuando tiene ocasión.

Y por si no quedara clara su intención, lo hace en un terreno “caracterizado por su compromiso con la Igualdad y la búsqueda de oportunidades para hombres y mujeres”: el deporte. El argumento no es nuevo, y lo que cuestiona son dos decisiones tomadas sobre la imagen de las mujeres que proyecta la competición, y lo hace a partir de la teórica libertad que tienen a la hora de elegir y decidir lo que ellas quieran. No estaría mal que leyera el libro de la profesora Ana de Miguel, “Neoliberalismo sexual”, sobre el mito de la libre elección; mientras tanto continuaré con mi exposición.

Uno de los dos ejemplos que toma es el de las azafatas de La Vuelta, después de que la organización haya decidido cambiar el protocolo y sus funciones. Para él, las azafatas en el ciclismo, e imagino que las animadoras en el baloncesto, las paragüeras en el motociclismo, las recogepelotas en el open de tenis de Madrid… son mujeres que deciden libremente hacer estas funciones tan trascendentes para esos deportes, que además no pueden hacer los hombres ni tampoco mujeres que no resulten sexis ni atractivas, por lo visto debe haber un extraño circuito cerebral que lleva a que las no cumplen ese canon estético no tengan capacidad para tomar ese tipo de decisiones, algo que no deja de ser curioso. La situación viene a ser similar a lo que ocurre con muchos trabajadores, que también “eligen libremente” firmar contratos de unas pocas horas por 400 €, y luego trabajar más de 10 horas cada día, o de aquellas otras mujeres que afirman lo de “mi marido me pega lo normal”. Para él, en ningún caso, ni en el de las azafatas ni en el de los trabajadores, el contexto y las circunstancias, cada uno con sus elementos y motivos, influye en ese tipo de decisiones.

Algo similar a lo ocurrido en el segundo ejemplo que utiliza Javier Marías. En él cuestiona la decisión de la Asociación Profesional de Mujeres Golfistas (LPGA), por establecer un código de vestimenta para sus jugadoras. No comenta nada el autor de la presión de las marcas comerciales sobre algunas jugadoras, curiosamente sólo aquellas que “dan la talla”, para que vistan ropa sexi y actúen como maniquís andantes por la hierba con sus prendas sin que les importe su juego, algo que sí preocupa a la Asociación de Golfistas, como no podía ser de otro modo. Parece que para Javier Marías la libertad pasa porque las mujeres hagan aquello que, ¡oh casualidad!, los hombres quieren que hagan. Y cita a la jugadora Paige Spiranac como precipitante de esta decisión, dada la envidia que levanta ante otras jugadoras por lo que gana y por lo famosa que es debido a su físico. Da la sensación que hablar de juego en el golf femenino no importa y, en cambio, sí que la atención se centre en las curvas de las jugadoras ensalzadas por la ropa de temporada que las marcas comerciales presentan para vender más, no para que jueguen mejor. Quizás proponga que en lugar de entrenar el “drive” o el “approach” lo que tienen que hacer es subir la falda o bajar el escote, seguro que algunas ganan más y son más famosas. Y si terminan el hoyo 18 con un estriptis, más aún.

Imagino que tampoco ha leído la entrevista en la que la propia Paige Spiranac se derrumba por el  ciberacoso machista que sufre … Eso no tiene importancia, ¿verdad?.

Coincido con Javier Marías en que el código de vestimenta y las multas no son la solución. La solución pasa por apartar las referencias del machismo a la hora de determinar la realidad. Pues es esa “normalidad” del machismo la que lleva a la cosificación de las mujeres, tanto de forma individual como en grupo, y a partir de ella a que muchos hombres desarrollen conductas violentas en sus diferentes formas: acoso, abuso, violencia sexual, violencia en la pareja… En todos estos casos la violencia se produce después de un proceso que los anglosajones denominan “deshumanización del objeto de la violencia”, y que aquí se conoce como “cosificación”. La conclusión es sencilla, cuanto más cosificadas estén las mujeres en la sociedad, más fácil resulta que los hombres que lo decidan libremente inicien su conducta violenta contra ellas.

La libertad que ha conseguido el feminismo a lo largo de la historia se traduce en capacidad de elegir, puesto que sin esa posibilidad para la elección la libertad se queda en el enunciado. Por eso es importante que no se confunda la libertad que tienen hoy las mujeres para decidir vestir y comportarse como quieran, con una obligada adaptación a los espacios y formas que impone el machismo para seguir reforzando la imagen tradicional de las mujeres.

Comparar, como hace Marías con insistencia, los planteamientos feministas con las posiciones religiosas del catolicismo y del islam demuestra algo más que desconocimiento, y pasa a ser un ataque directo al feminismo que él pretende defender y a las feministas que lo hacen verdad cada día. Y todo ello basado sólo en el relato de los hechos comentados, sin analizar su significado. A ver si resulta ahora que apoyar la sexualización de algunas jugadoras en el golf y besar a las azafatas al final de cada etapa es el “verdadero progresismo”.

Seguro que no habría dicho nada si la LPGA hubiera prohibido jugar a alguna golfista con velo o hijab, como tampoco dijo nada cuando el rector de la Universidad Libre de Bruselas sugirió a las estudiantes llevar “vestido o falda y un escote bonito” en la ceremonia de graduación.

La libertad sin Igualdad sólo permite que el machismo se mueva de forma libre por su territorio. La Igualdad no busca un retroceso, sino romper con las referencias del machismo que llevan a interpretar la realidad y darle significado según le interese.

Hoy hay un machismo revestido de aparente antimachismo. Ese “machismo antimachista” es el posmachismo, su nueva estrategia para generar confusión y que todo siga igual, como siempre.