Violencia doméstica machista

“La violencia no tiene género, pero sí tiene casa”, ese parece ser el mensaje repetitivo del machismo para llevar la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres al lugar de donde nunca debería haber salido, según ellos: el hogar, lo doméstico, la familia, para así poder ocultarla entre todos los muebles, adornos y personas que lo forman.

La situación es objetiva, hablar de violencia de género significa sacar la violencia del “domus” u hogar y situar el protagonismo en el hombre que la ejerce a partir de las referencias que ha establecido una cultura androcéntrica, de manera que el argumento de lo doméstico y lo familiar no actúe como parapeto para detener el impacto de los golpes y ocultar de puertas para dentro a las personas que los sufren y los dan.

Por eso quienes viven del machismo nunca se han preocupado de la violencia sufrida por los menores, ancianos, mujeres, hombres… pero en cuanto se vio la necesidad de abordar las violencias con especificidad y atendiendo a sus circunstancias, y se promulgó la Ley Integral contra la Violencia de Género para romper con la normalidad que la envuelve y con la culpabilización de la víctima, entonces a esas mismas posiciones pasivas y distantes con la violencia les entró la prisa para que toda violencia volviera al redil de lo “doméstico y familiar”. Es la forma de ocultar la construcción cultural que normaliza, minimiza y justifica la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres, hasta el punto de que la crítica se establece sobre la intensidad de la violencia ejercida, no sobre su uso en sí, tal y como revela la Macroencuesta de 2015 cuando el 44% de las mujeres que sufren violencia y no denuncia dicen no hacerlo porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”.

Por eso lanzan la idea de que lo importante es la violencia doméstica y de que “violencia es violencia”, y que por tanto no hay que hacer diferencias entre ellas. Pero su objetivo no es sólo confundir con el significado de las diferentes violencias, sino que también buscan crear la imagen de que las mujeres son tan violentas como los hombres, y que ellas son las máximas responsables de la violencia que se vive en el ambiente doméstico.

El informe presentado por el INE el 28-5-19, sobre la violencia incluida en el “Registro Central para la Protección de las Víctimas de la Violencia Doméstica y de Género”, aporta datos muy significativos sobre la realidad de estas violencias.

Centrándonos en la violencia doméstica, se observa que los hombres son el 72’6% de las personas que llevan a cabo estas agresiones y las mujeres el 27’4%, mientras que entre las víctimas los hombres son el 37’8% y las mujeres el 62’2%. Es decir, dentro de la violencia doméstica los hombres también son los más violentos, y lo son fundamentalmente contra las mujeres con las que conviven: madres, hermanas, hijas, nietas, abuelas… aunque tampoco se escapan de sus golpes otros hombres del contexto familiar.

El ambiente doméstico reproduce la construcción machista de la sociedad impuesta por una cultura que entiende que los hombres pueden recurrir, si así lo deciden, a la violencia contra las mujeres para mantener el orden decidido por ellos, y a partir de ahí ampliar las agresiones a otras personas.

El modelo machista lo impregna todo, por eso la violencia doméstica es machista, como lo es la violencia de género, aunque en cada uno de los espacios haya margen de sobra para que se introduzcan otras formas de violencia, que no por compartir el mismo escenario tienen el mismo significado. Es lo que muestra el informe del INE respecto a la violencia doméstica al presentarla como una violencia fundamentalmente de hombres contra mujeres.

Pero también se observa otro hecho relevante en el informe, en este caso relacionado con la estrategia reactiva del machismo para intentar defender sus privilegios y detener el avance de la Igualdad. Me refiero a la instrumentalización de las denuncias en un doble sentido:

  1. Por un lado está el argumento de las “denuncias falsas” realizadas por las mujeres bajo la idea de que lo hacen para “quedarse con los niños, la paga y la casa”, y de ese modo reducir la credibilidad de las mujeres potenciando los mitos sobre su perversidad y maldad. Una falacia que demuestran los datos de la FGE al situar las “denuncias falsas” en cifras alrededor del 0’0075%
  2. Por otro, aumentar el número de denuncias contra las mujeres para concluir que son tan violentas como los hombres. Aunque en este sentido, del informe del INE se deduce que las denuncias interpuestas contra las mujeres son más infundadas, puesto que las mujeres son condenadas en el 80’8% de los casos, mientras que los hombres lo son en el 82’7%, en cambio las mujeres son absueltas en el 19’2% y los hombres en el 17’3%.

La violencia doméstica es machista en un doble sentido, por la conducta de hombres que agreden a mujeres para imponer el orden que ellos deciden, y por el intento de utilizar lo doméstico como cajón donde mezclarlo todo hasta esconder el origen de esta construcción violenta, que es lo que en verdad pretende el machismo, trasladar el debate social sobre el origen cultural de la violencia contra las mujeres al escenario particular e individual de cada uno de los hogares donde se produce la violencia. Pero ya no engañan a nadie.

 

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Hombres “protagoristas”

El machismo lo tiene claro: el hombre es la referencia y lo masculino la razón. En eso son “protagorístas”, no sólo protagonistas de la vida en sociedad con su poder y sus privilegios, sino que se sitúan a sí mismos en el centro de la realidad, de ahí que cuando se ha cuestionado esa construcción han sacado su vis “protagorísta” para volver a reivindicarse.

Protágoras de Abdera fue un filósofo sofista que vivió en el siglo V antes de nuestra era, y conocido, entre otros pensamientos, por su “homo mensura”, la idea que resumía su filosofía de que “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuento que no son”, y claro, con una propuesta tan explícita el machismo no ha dudado en hacerla suya de forma literal. Es lo más parecido a un dios terrenal con su omnipresencia más allá de lo que es, su omnisciencia capaz de conocer lo más íntimo y lo más trascendental, y su capacidad todopoderosa para hacer y deshacer según le convenga en todo momento y lugar.

Desde esa posición ha utilizado su poder para condicionar la realidad de manera que cambiaran las circunstancias y protagonistas, pero no el poder de los hombres ni la referencia de los hombres en el poder. Cuando había un tirano no importaba que llegaran otros hombres y lo derrocaran; cuando era un rey, los hombres que llegaban lo quitaban e incluso podían cambiar el modelo de Estado para instaurar una república donde otros hombres mandaban. Cuando la esclavitud impuesta por hombres protagonizó la historia, llegaron hombres y mujeres para abolirla, pero luego sólo fueron hombres los que dominaron en la nueva sociedad; y cuando tiempo después se instauró el apartheid y el racismo en algunos países, también fueron hombres y mujeres de todos los colores quienes consiguieron abolirlos para que fueran hombres de todos los colores quienes lideraran la nueva época. La estrategia era simple: enfrentar a hombres contra hombres siempre daba vencedor a hombres, la derrota forma parte de su modelo de poder y es un estímulo para que los hombres lo asuman con la violencia que conlleva  como parte esencial del mismo.

Con la Igualdad cambia la situación  y el escenario. Ahora se trata de acabar con esa cultura creada sobre la referencia de los hombres, no se trata de cambiar circunstancias y protagonistas dentro del marco cultural, sino de cambiar la cultura rompiendo con su machismo funcional.

Ante esta nueva realidad, la percepción que tienen los hombres “protagorístas” es de pérdida y ataque, porque ya no serían la medida de todas las cosas.  De manera que han reaccionado con todos sus instrumentos a través de tres vías: premiar a los suyos, castigar a los contrarios e influir en el resto para que sean afines y dóciles a sus propuestas. Por eso su crítica a la Igualdad, su ataque a todas las políticas de género, su miedo al diálogo, y la necesidad de manipular y atacar a quien cuestiona la falacia de una construcción que parte de la idea de superioridad masculina, tan gráficamente expresada recientemente por el eurodiputado Yanusz Korwin-Mikke cuando dijo que las mujeres deben cobrar menos por ser “más débiles y menos inteligentes”.

Esta situación es la que ha llevado, como apuntaba, a que nunca haya habido reparo en adoptar medidas y leyes contra el racismo, la xenofobia, el terrorismo… es cierto que algunas les ha costado mucho, sobre todo las que protegen los derechos de quienes desde el machismo consideran “diferentes e inferiores”, pero las han respetado en su formalidad porque las personas que pueden ser condenadas en caso de delinquir incluyen tanto a hombres como a mujeres.

Lo que no soportan ni aceptan son las medidas para avanzar en Igualdad y para erradicar la violencia de género porque hacen una distinción sobre los hombres debido a que son ellos quienes marcan la diferencia. La violencia de género es una violencia desarrollada por los hombres sobre las mujeres y las niñas al amparo de una cultura machista que la normaliza, la minimiza y la justifica, al tiempo que responsabiliza a las propias mujeres que la sufren. Por eso no es casualidad que a pesar de su presencia histórica y del impacto tan grave que ha tenido en número de mujeres maltratadas, violadas y asesinadas, no haya sido regulada atendiendo a sus características específicas y a sus circunstancias particulares hasta hace unos años.

Y no lo soportan porque la conocida como Ley Integral contra la Violencia de Género  tiene un doble impacto: incide sobre cada uno de los maltratadores, pero también sobre todas las circunstancias que permiten actuar a los hombres que lo decidan desde esa impunidad que da el abrigo de la normalidad, lo cual hace que sólo se denuncie un 25% de toda la violencia de género que existe, y que sólo el 5% de todos los maltratadores sea condenado.

De repente, el hombre que era medida de todas las cosas para repartir culpas entre hombres y mujeres, lo cual le ha permitido caminar por la historia ejerciendo la violencia contra ellas sin apenas consecuencias, ha pasado a ser la referencia exclusiva de la violencia de género, tanto por ejercerla como por crear una cultura que entiende que es “normal”, tal y como reveló el Eurobarómetro de 2010 al mostrar que un 3% de la población de la UE piensa que hay motivos para que los hombres ejerzan la violencia contra las mujeres.

Por eso sus argumentos son tan gráficos y reveladores cuando dicen que la Ley Integral contra la Violencia de Género, al centrarse en los hombres como agresores, es como si se tomara a los musulmanes como terroristas yihadistas o los vascos como terroristas de ETA. Pero se equivocan y desenmascaran porque las leyes contra el terrorismo se centran en quien está alrededor de las posiciones y estrategias terroristas y, por tanto, van contra las personas que forman parte de esos grupos y actúan en su nombre. Cuando esas personas son condenadas lo son por ser terroristas, no por ser musulmanes o vascos. Y la ley contra la violencia de género actúa contra las personas que la ejercen, que son aquellos hombres que de manera voluntaria deciden acudir a ella desde su masculinidad y bajo las referencias de una cultura que la ha normalizado, tanto que según la Macroencuesta de 2015 el 44% de las mujeres que la sufren no la denuncian porque a violencia vivida “no es lo suficientemente grave”,o sea, porque la consideran “normal”, lo cual no es una decisión individual, sino una idea impuesta por la cultura machista. Por o tanto la Ley Integral contra la Violencia de Género  no condena a hombres por ser hombres, sino por ser maltratadores o asesinos.

Si una mujer u otro hombre ejerce una violencia en contextos similares, pero sin el amparo de una cultura que la normaliza, la respuesta de la ley es la misma, pero no por ello forma parte del mismo tipo de violencia y de sus circunstancias, como si un budista o un musulmán al margen de un grupo terrorista ponen una bomba en un lugar público, serían unos asesinos, pero no unos terroristas, porque el terrorismo no está definido por la condición de quien lo lleva a cabo, sino por la ideología criminal que lo sustenta. En cambio, la violencia de género sí se define sobre su autor: aquel hombre que a partir de la cultura machista decide desarrollar una conducta violenta sobre las mujeres, porque es esa condición la referencia que históricamente ha creado la cultura para ejercerla desde la normalidad. Pero la condena es por ser violento, no por ser hombre.

A muchos hombres les cuesta aceptarlo, aunque lo entienden tan bien que no quieren perder el privilegio de acudir a esta violencia para imponer sus criterios dentro de la relación de pareja. Por eso “su lucha” es para derogar la Ley Integral, no para pedir más medios y recursos con las “otras violencias”.

El machismo está nervioso porque su androcentrismo “protagorista” se viene abajo con la Igualdad. Los hombres ya no son la medida de todas las cosas, ni de las que son en cuanto que son, ni de las que no son en cuanto que no son. Los hombres ya no son la única referencia ni medida, son lo que deberían haber sido, una persona más.

 

 

 

 

“Supremachismo”

La terminología que habitualmente utilizan desde el machismo revela de forma gráfica cuáles son sus fuentes de conocimiento e inspiración. Es el machismo quien recurre al nazismo para llamar “feminazis” a las feministas y “feminazismo” al feminismo, es el machismo quien llama “adoctrinamiento” a la educación en Igualdad como si fuera una religión, es el machismo el que considera parte de una “ideología”, la denominada “ideología de género”, proponer acabar con la violencia de género y la injusticia de la desigualdad, no como una defensa de los Derechos Humanos… Y ahora es el machismo el que recurre al concepto racista del “supremacismo”.

Con todas esas referencias no podía tardar mucho en llegar a la idea que aglutina todos esas ideas y hablar de  la “supremacía” de las mujeres, del feminismo o de género para levantar la crítica y el rechazo a quien cuestiona su modelo de sociedad.

Nada sorprendente. El machismo es muy previsible porque se mueve en una realidad histórica que no quiere cambiar, lo cual hace que las referencias se le queden pequeñas y que tenga que recurrir a las palabras para modificar el enunciado sin que cambien las ideas. Por eso sus conceptos son tan mutantes, como por ejemplo ocurre con el llamado SAP (Síndrome de Alienación Parental), que primero hablaron de “alienación”, luego de “interferencias parentales”, después de “programación afectiva”… y así cambiarán todas las veces que hagan falta para decir lo mismo: que las mujeres son malas y perversas, y que manipulan a los hijos contra los padres tras la separación.

Esa misma necesidad de cambiar para seguir igual y de ocultar los nombres con otros nuevos, ya refleja la falacia que esconde su actitud, pero como hablan desde posiciones de poder y juegan con el favor de la normalidad y todos sus mitos y estereotipos, sus argumentos resultan creíbles, al menos durante el tiempo suficiente para generar algo de confusión, y con ella distancia al problema y pasividad en la implicación social para poder resolverlo. Por eso aún estamos donde estamos.

El supremacismo surgió como un posicionamiento racista basado en el llamado “racismo científico” del siglo XVII, que a través de la manipulación de la ciencia y con argumentos pseudo-científicos, estableció la superioridad de la “raza” blanca sobre la negra y el resto de grupos étnicos. Como se puede ver, no muy diferente a lo que ahora, en pleno siglo XXI, algunos “científicos” quieren hacer con el SAP y sus pseudónimos. Ya les he dicho que el machismo es previsible, reincidente y redundante.

El supremacismo liga la superioridad a la condición, de manera que es la persona por sus características la que resulta superior a las otras que no tienen esos elementos al no formar parte de su condición. No se trata de que determinadas circunstancias o factores les den ventaja, sino que esta se debe a su superioridad, y esa superioridad a su naturaleza.

Mucho antes del siglo XVII, en este caso bajo argumentos y posicionamientos que nada tienen que ver con la ciencia, concretamente 10.000 años atrás, justo en el Neolítico, los hombres decidieron que su condición era superior a la de las mujeres. Y bajo ese argumento organizaron la convivencia, distribuyeron los roles, los tiempos y los espacios, y establecieron unas formas de relación y dinámicas sociales que alimentaban y reforzaban esa construcción machista basada en la “superioridad” de los hombres.

El machismo es “supremachismo” porque los machistas son “supremachistas”. Se trata de hombres que se consideran superiores a las mujeres por su condición masculina y al margen de cualquier otra circunstancia. Da igual el status, el trabajo que tengan, los ingresos económicos… desde esa concepción el hombre siempre tiene un plus de racionalidad que lo hace superior, y un plus de fuerza por si alguien lo pone en duda, especialmente si quien lo hace es alguna mujer.

Lo que sucede estos días con la irrupción en la política de los argumentos machistas explícitos, y su continuidad en un sector de la sociedad, sólo es reflejo de ese “supremachismo” fracasado, pues a pesar de todo su poder, debemos ser conscientes de que ha contado con la cultura como inductora, con la normalidad como cómplice, con la inercia de la historia como motor, y con todos los instrumentos institucionales de una sociedad: educación, Derecho, Administración de Justicia, religiones… y ha fracasado. No ha sido capaz de mantener esa superioridad falaz sobre la figura de los hombres. Es cierto que muchos hombres están dispuestos a renunciar a la Igualdad para mantener esas ventajas levantadas sobre la injusticia de la desigualdad, pero también es verdad que la transformación que vive la sociedad, liderada y protagonizada por las mujeres, ya ha producido un cambio que  aglutina cada día a más mujeres y a más hombres, conscientes de que nada hay mejor que vivir en una sociedad que cuente con el “privilegio de la Igualdad”, y así hacer de la convivencia identidad.

La realidad demuestra que el machismo no quiere entender que el ideal de Igualdad es algo inalienable a la persona, y se encuentra en la conciencia de cada hombre y de cada mujer, por eso la Igualdad avanza y avanzará en las circunstancias más difíciles, y lo hará gracias al feminismo y a través de todos los campos minados que con sus mentiras, amenazas y violencia coloque el machismo “supremachista” para defender sus privilegios.

Nada ni nadie va a detener al feminismo ni a la Igualdad.

Vox y la Tercera Ley de Newton

La cultura es el hábitat de la convivencia como la naturaleza es el de la vida. Entre las dos hay elementos comunes y diferencias importantes basadas en el distinto significado de cada una; así, mientras que la naturaleza es un proceso “natural” sometido a las leyes del universo, la cultura es una construcción artificial bajo las leyes de los hombres, unos hombres que en su día decidieron lo que es bueno y necesario para organizarse y relacionarse, es decir, para vivir en desigualdad y con una serie de privilegios sobre las mujeres y cualquier otra persona a la que consideren inferior.

El aprendizaje y la interrelación entre naturaleza y cultura a través del mandato de los hombres ha llevado a entender que gran parte de las claves del poder está en la dominación, y que su estrategia debe basarse en la adopción de sus leyes para adaptarlas a las de la cultura, desde la Ley de la Gravedad que da peso a lo cuantitativo, a la Teoría de la Relatividad que luego se lo quita según interese al poder. Y entre ellas no falta la “Tercera ley de Newton”, conocida como “principio de acción-reacción”.

Sorprende que en este contexto, desde la política y los muchos análisis que se han hecho estos días no se vea esta dinámica, y se crea que la causalidad sólo está en el valor de las acciones, como si toda la sociedad fuera homogénea y como si desde la diversidad y pluralidad que la caracteriza se reaccionara siempre del mismo modo frente a propuestas e iniciativas. Se entiende, por ejemplo, que “nunca llueve a gusto de todos”, por muy necesaria que sea la lluvia y por muy suave que caiga para que no se produzcan daños, pero, en cambio, no se entiende que ante las políticas que garantizan  derechos, corrigen injusticias y mejoran la convivencia, haya quien las interprete como una “inundación” de sus ideas, valores, creencias, costumbres… y se reaccione con la misma agresividad y violencia que interpretan en esas medidas “invasoras” a favor de los Derechos Humanos.

La convivencia se basa en trabajar por lo común, no sólo proponer medidas al espacio compartido desde cada una de las posiciones. Convivir en un pueblo no es encontrarse en la plaza pública, sino lograr vivir la idea de pueblo en cada calle y en cada casa.

El auge de la ultraderecha y la llegada de Vox al Parlamento de Andalucía tiene varias causas, pero creo que la primera es esa “Tercera ley de Newton” ante situaciones, iniciativas, políticas… en definitiva, ante determinadas acciones que se han desarrollado, y que desde esa extrema derecha se consideran como un ataque a sus ideales y a su ideología.

Esta reacción a determinadas acciones concretas la vemos en sus propios argumentos y en las razones dadas por los dirigentes de Vox para justificar sus propuestas y su “necesaria presencia”. Todo gira alrededor de esa idea “trumpiana” de “lo mío primero”, y lo mío no es solo la idea de territorio o país, sino que quien piensa de ese modo sobre el territorio piensa también que “mis valores son primero”, “mis ideas primero”, “mis creencias primero”, “mi color de piel primero”, “mi sexo primero”… y por lo tanto, cuando se produce una acción diferente a esa visión egocéntrica, androcéntrica, etnocéntrica, geocéntrica… ellos reaccionan y apoyan a quienes defienden esas ideas y valores.

Esa es la fuerza de Vox, dividirlo todo en cuestiones particulares y unirlas bajo elementos simbólicos cargados de romanticismo, o sea, de subjetividad y de las referencias seguras del pasado.

Por eso, frente a la situación en Cataluña generada por el independentismo reacciona y alza la idea de una España “grande y libre”, ante la ley de Memoria Histórica reacciona y pide el olvido interesado, frente a las autonomías reacciona y plantea el Estado centralizado del pasado, ante Europa reacciona y copia aquello de “España primero”, frente a la “izquierda bolivariana de los <<Podemitas>>”reacciona y presenta su ultraderecha franquista, y ante la Igualdad reacciona y reivindica el machismo formal (no sólo funcional), y dominador de las esferas públicas y privadas…

Todas son cuestiones concretas sazonadas con los problemas económicos de ahora, y acompañadas de los elementos de temporada (corrupción política, desesperanza, percepción de amenaza, de que no hay salida…) y sobre todo miedo, mucho miedo, pues el miedo es el ruido de la política. Como se puede observar, no se trata sólo de una reacción global que sucede en toda Europa, el auge de la ultraderecha europea y Vox ya existían hace 4 años y entonces no hubo un apoyo en las urnas. Toda reacción necesita un enganche con la realidad, y Vox ha sabido canalizar los miedos y la preocupación sobre las acciones concretas que se han llevado a cabo estos últimos años y algunos acontecimientos ocurridos, para aglutinar la reacción en sentido contrario, además de aprovechar la visibilidad que se le ha dado y la pesca de insatisfacción a través de las “redes sociales de arrastre”.

A diferencia de muchas de las propuestas de los otros partidos, que parten de un diagnóstico más general y proponen soluciones más difusas (mejorar la educación, mejorar la sanidad, desarrollar la Ley de Dependencia…) el mensaje de Vox no es nada abstracto, todo lo contrario, es pura concreción sobre la destrucción: hacer desaparecer las Comunidades Autónomas, acabar con la Ley de Memoria Histórica, quitarle la autonomía a Cataluña, derogar la Ley Integral contra la Violencia de Género, echar a los inmigrantes…, pues parte de unos hechos objetivos sobre los que reacciona para alcanzar situaciones que ya han existido en el pasado. La referencia objetiva es doble, tanto en la causa como en la solución.

La situación se complica a partir de ahora. Ya se ha roto el miedo a identificarse con sus ideas y propuestas, o simplemente a aceptar su diagnóstico de la situación, lo vemos en las matizaciones que hacen desde el PP y Ciudadanos, pero sobre todo en algunos tertulianos que refuerzan sus argumentos sin pudor en los debates. No hay que olvidar que Vox juega con toda la construcción cultural histórica que ha mantenido como referencias sus postulados: machismo, centralismo, xenofobia, homofobia… No necesitan cambiar nada, sólo generar duda para que la gente se quede donde ha estado. A Vox no se le puede vencer en una especie de partida de partidos, la forma de lograr que la democracia vuelva a los valores comunes recogidos en la Constitución es convencer a la gente para que los apoye desde el compromiso, no sólo con los votos.

Creer que las manifestaciones, críticas, campañas… los puede debilitar es desconocer las razones por las que han llegado al Parlamento andaluz, cuanto más se les ataque más sólida será su reacción y más numerosos los apoyos, pues en definitiva se les estará dando la razón al demostrar que los sectores que ellos presentan como ilegítimos e interesados, y que consideran que se están enriqueciendo con el dinero de todos para intereses particulares (izquierda radical, feministas, animalistas, ecologistas, extranjeros…), están preocupados por su llegada. En definitiva, la “prueba del nueve” para Vox.

Vox significa menos democracia, por lo tanto la solución es más democracia, y hoy por hoy eso supone más Igualdad y definir un modelo de sociedad basado en el respeto y la convivencia, no sólo poner en marcha medidas para alejarnos de la desigualdad y su injusticia.

 

 

The nothing box

Quizás recuerden el monólogo de Mark Gungor en el que describe con ironía las diferencias entre el cerebro masculino y el femenino. En él explica que el cerebro de los hombres tiene una caja específica e independiente para cada cosa: una para el coche, otra para la casa, una para la familia, otra para el trabajo… y así para cualquier tema, mientras que en el femenino todo está interconectado y relacionado. El funcionamiento del cerebro masculino es muy sencillo, cuando necesita pensar en algún tema acude a su caja correspondiente, entra en ella y lo analiza al margen de todas las demás. Sin embargo, a pesar de tener una caja para cada cosa y cada cosa en una caja, algo que le da una gran potencialidad a la hora de resolver los problemas, el autor destaca que la caja más importante de ese cerebro masculino es la “nothing box”. Sí, una caja vacía llena de nada a la que se acude como refugio o escondite cuando surgen problemas que no se pueden resolver desde alguna de las cajas sencillas o cuando predomina el estrés.

Y claro, una sociedad machista construida a imagen y semejanza de los hombres, ha adoptado el modelo masculino de reflexión y toma de decisiones. Y para ello cuenta con una especie de cajas específicas donde sitúa cada uno de los temas sociales, de manera que cuando se tiene que resolver un problema relacionado se acude a la caja correspondiente. Así, por ejemplo, ha creado una caja para la economía, otra para el paro, una para la inmigración, otra para la educación, una para la sanidad, otra para la ordenación territorial… y bajo ese criterio crea todas las que sean necesarias para que no haya problema sin caja a la que ir ante las diferentes cuestiones que se suscitan en el día a día.

Sin embargo, al igual que le ocurre al cerebro masculino, en esta sociedad machista y en la política que aborda los problemas que surgen en ella,  cuando lo necesita recurre a la “nothing box”. Una caja vacía a la que se llega para esconderse de la realidad y soñar con tiempos pasados o momentos por venir bajo la luz de los símbolos, pues en la oscuridad de la caja hueca son ellos la única vía de dar forma a la imaginación, y de hacer que en esa nada encajada adquiera apariencias de verosimilitud.

La estrategia también es simple, primero se reduce a nada todo lo que se hace, bien porque lo hecho hasta el presente no gusta y se dice que “no vale nada”, o bien porque lo que se plantea no se comparte y se afirma que “no servirá para nada”,  después se abre la caja de los truenos de la “nothing box” para dar salida a su imaginación y se habla de racismo, de machismo, de xenofobia, LGTBfobia…

El problema para quienes prefieren acudir a la “nothing box” es que olvidan que la realidad es todo lo que sucede fuera de ella mientras ellos están en su interior, por eso cuando se asoman al salir se muestran desorientados y desfasados en un tiempo que no ha parado de suceder. Esta es la razón, volviendo al monólogo de Mark Gugor, por la que se hace tan importante tomar como referencia el modelo de cerebro femenino que plantea en su charla. Un modelo repleto de interconexiones que permiten relacionar cada una de las cuestiones individuales con todas las demás, para darle un sentido global a la realidad con su diferente problemática, y a la convivencia desde la pluralidad. Y todo ello, como dice el autor, movido por la energía de las emociones, a la cual yo también añadiría la de la Igualdad, única forma de no caer en la trampa de la “nothing box”.

La solución, como se puede ver, es sencilla, quien busque respuestas en la “nothing box” encontrará la nada como salida, por mucha resonancia y por mucho eco que sea capaz de producir el sonido hueco de sus palabras. Al final sólo es el quejido de la “nothing box” en una sociedad que necesita el compromiso común para mejorar la convivencia sobre el respeto y la diversidad, no crear cajas vacías o llenas de nada.

Serás hombre… o no serás

Identificar a una persona parece algo sencillo, basta con describir cómo es su aspecto, el color de sus ojos, cómo tiene el pelo, la forma de su nariz… para llegar a saber quién es. Pero cuando todo eso es falso o puede ser escondido tras características que no se corresponden con la realidad, entonces hay que irse a elementos profundos y ocultos a las miradas para saber de quién se trata. Así ocurre cuando los acontecimientos han hecho desaparecer esos elementos externos o cuando se ocultan detrás de disfraces preparados para la ocasión, y tenemos que acudir a una referencia inamovible como puede ser analizar el esqueleto, bien de forma directa o por medio de radiografías que lleven la mirada detrás de las barreras intercambiables. Es desde esa referencia estable desde la que luego se puede reconstruir la identidad de la persona estudiada.

Pero la identidad no sólo es el soporte biológico que individualiza a la persona del resto del grupo, la vida en sociedad también aporta un componente cultural y relacional a la identidad que permite conocer su vinculación a las referencias que esa sociedad ha establecido para las personas que la forman. Y del mismo modo que existe una parte variable que se puede adaptar a las circunstancias, también hay elementos que forman parte estructural de su esencia que sostienen la identidad social y cultural, una especie de esqueleto sobre el que descansan los elementos que le hacen sentirse parte del grupo y ser reconocido como tal por el resto.

El documental de Isabel de Ocampo, “Serás hombre”, nos muestra parte de ese esqueleto de la identidad social de los hombres.

Isabel de Ocampo ha sabido prescindir de lo superficial, de aquello que es fácil de disimular, esconder y negar, y ha diseccionado la masculinidad hasta llegar a esos “huesos” que sostienen la construcción de la identidad de los hombres. Una identidad que, bajo sus redes, ha llevado a prostituir a las mujeres a lo largo de toda la historia, y a ofrecérselas a otros hombres para que hagan uso de ellas para  reforzar su hombría en gestos que van desde el padre o el familiar que lleva a su hijo a “acostarse con una puta” para que “se haga hombre”, hasta aquel otro hombre que acude a ella para sentir el poder de una identidad levantada sobre el sometimiento de las mujeres.

El documental nos da tres claves para entender que “serás hombre o no serás nadie”, que en un mundo de hombres es mucho peor que no ser nada.

La primera clave se centra en mostrar la identidad masculina que se revela en el consumo de prostitución. Isabel de Ocampo establece un diálogo entre dos hombres, uno de ellos un antiguo putero o “prostituyente”, y otro el hijo de una prostituta que quedó embarazada de un cliente del que nunca supo nada más, y al que busca para intentar encontrarse a sí mismo.

Es un diálogo al que se incorporan otras voces de hombres como si fueran un coro, y que muestran diferentes elementos de una vida en la que los hombres se desenvuelven sin problemas a pesar de todas las contradicciones del día a día gracias a la “coherencia” de su identidad. Es un diálogo muy de hombres, de sus complicidades, sus jerarquías y su poder, que comienza de forma muy gráfica cuando el putero acude a su antiguo club y otro hombre se dirige a él como “Don Rafael”.

Otro de los pilares de ese diálogo y del documental es el uso de un lenguaje que representa una realidad “normalizada” gracias al camuflaje de las palabras, capaz de esconder significados y revelar consecuencias de todo tipo, desde ese respeto tan masculino que se guardan entre sí los hombres hasta las amenazas implícitas, desde las eufemismos que llevan a presentarse como “empresario de la noche” hasta la crítica a las mujeres al hacerlas responsables de su situación y afirmar que hay que “putearlas”… Putear a las putas.

La segunda clave es el modelo de sociedad y cultura que da sentido a esa masculinidad putera y “prostituyente” capaz de esclavizar a las mujeres para empoderar aún más a los hombres. Las “mujeres son billetes”afirma el protagonista en un momento del documental, expresión que refleja a la perfección la doble condición que le otorgan a las mujeres: la de objeto y la de mercancía. Son personas que pueden ser usadas y explotadas para obtener beneficios, tanto materiales con el dinero que obtienen a través de su esclavización, como personales en el reconocimiento que nace del ejercicio de la masculinidad. Porque el poder no lo da el escenario, sino la escenificación de la identidad.

Bajo esa idea, el protagonista comenta que las mujeres son las primeras interesadas en la prostitución y que los hombres acuden como el que va a un cepillo y echa una limosna. Todo forma parte del juego de la normalidad que impide que los hombres se cuestionen nada que pueda hacerlos dudar de su masculinidad, ni de un modelo de sociedad tan rentable para ellos, aunque luego tengan que colorear la realidad en blanco y negro con luces de neón. Es lo que un día me comentó el poeta Luis García Montero cuando hablábamos de cómo los jóvenes ahora prefieren irse de putas porque “ahorran dinero”,Luis me dijo, “ahorran dinero y ahorran sentimientos”.Y esa es otra parte esencial de esta masculinidad machista que desvincula a los hombres de las emociones: alejarlos de los sentimientos y esconder la injusticia y todo el daño que produce bajo la normalidad y la teórica libertad de las mujeres.

Es lo que lleva al otro protagonista, a pesar de toda su rabia,  a “respetar” al putero, porque al final hay algo que hace sentir que es más importante ser hombre ante otros hombres, que ser hijo, o padre, o hermano, o amigo…

Y la tercera clave que nos aporta Isabel de Ocampo es la representación de las mujeres que hace la cultura machista a través de la prostitución.

Las mujeres son creadas, definidas y utilizadas por los hombres, su voz sale del silencio y lo hace para volver a él a través de la asunción de su realidad. Y mientras que los hombres aparecen presentados bajo diferentes formas de entender la masculinidad, planteando una distinción y una graduación antitética que lleva a entender que lo malo y lo negativo no es consecuencia de los hombres, sino de determinadas circunstancias, las mujeres son presentadas por la cultura como una misma realidad y condición que luego se manifiesta de forma diferente en cada una de ellas. Y es desde esa condición desde la que se decide ser puta o “decente”, esposa o amante, pecadora o santa… pero siempre como mujeres que deciden ser de una forma u otra porque todas están en ellas.

El documental nos lleva por esas noches de neón que iluminan las mañanas de cada día, y en las que los hombres se visten de empresarios, de amigos, de hijos o de padres, en busca de mujeres a las que poder someter bajo precio para que otros hombres vean lo hombres que son al hacerlo, y así todos juntos sostener el modelo que les da la identidad y el poder.

Isabel de Ocampo lo ha reflejado a la perfección: “o serás hombre… o no serás”.

 

Polvos, lodos y machismo

De “aquellos polvos vienen estos lodos”…La sabiduría popular sabe más por vieja que por popular, la experiencia la hace sabia a través de las vivencias protagonizadas, aunque no siempre aprende de lo vivido.

En algunos de los acontecimientos que ocurren en nuestros días sólo falta escuchar de fondo esa frase que muchos padres y madres repetían ante los problemas de alguno de sus hijos, “es que no aprendes”, decían recriminándoles su responsabilidad en lo ocurrido. Pero el problema del aprendizaje no sólo está en la incapacidad de adquirir conocimiento, sino que con frecuencia radica en la falta de voluntad para aplicarlo. Y lo que nos dice la experiencia ante determinados sucesos no es que la sociedad sea incapaz de aprender, sino que dentro de ella hay quien no está dispuesto a renunciar a determinados beneficios y privilegios, aunque se a costa de generar un riesgo que por lo general afectará a otras personas.

Cuando decimos que “el machismo es cultura, no conducta”, hay quien reacciona con cierta confusión, pero también hay quien responde con beligerancia desde posiciones machistas diciendo eso de que “ahora resulta que todo va a ser machismo. Y sí, todo es machismo porque la cultura, ese conocimiento que permite organizar la convivencia y definir las identidades, está construido sobre lo que los hombres han considerado oportuno a lo largo de la historia para articular las relaciones, distribuir roles, tiempos y espacios, y definir la identidad de las personas que la forman. No hace falta esperar un resultado para considerar la existencia del machismo, el machismo no es el resultado, sino lo que hace posible ese resultado y luego le da significado para que sea coherente con sus ideas, valores y creencias. Por eso la Igualdad es la gran deuda de la historia y las mujeres las grandes discriminadas, y lo son más que las “razas”, castas, orígenes o procedencia de las personas, pues ellas, además de esas discriminaciones estructurales, están discriminadas en cada uno de esos grupos respecto a  los hombres.

El machismo es una construcción de poder, es decir, se ha hecho de manera interesada para que quien “parte y reparte se lleve la mejor parte”, y estas personas que cortan y reparten en nuestra sociedad son los hombres. Y para conseguir los beneficios materiales que les permitan cobrarse su compromiso con el sistema utilizan lo privado y lo público, el “amor romántico” y la violencia, la política y el conflicto, la salud y la enfermedad… Utilizan todo lo que sea necesario y lo hacen cada vez más, puesto que cualquier modelo de poder está pensado para crecer, no sólo para permanecer, de ahí que no haya espacio para el autocontrol ni la renuncia, puesto que su propia existencia sería considerada en sí misma como un fracaso.

Y el modelo de poder machista no sólo se basa en la obtención de beneficios y privilegios como resultado, sino que gran parte de su estrategia se fundamenta en las formas de lograr esos objetivos. Por eso al machismo no le basta con haber establecido una jerarquía en lo que lo masculino marca las diferencias y los hombres ocupan el poder, sino que, además, exige que quien actúe en su nombre debe expresarlo en la práctica a través del uso de la fuerza y la violencia, en dominar y someter, para de ese modo hacer de la realidad su principal instrumento, y así reafirmar y retroalimentar su carrera sin límites por medio de cada una de sus acciones y logros.

La naturaleza no es diferente al resto de los elementos que el machismo utiliza para y crecer en poder. La naturaleza queda sometida al machismo, la hace suya a través de la fuerza, la violencia, la invasión de sus espacios y su posterior conquista para sus intereses. Todo ello con el objeto de expandir su poder y recompensar a quienes lo secundan por medio del dinero, del status, de las influencias…. en definitiva, del reconocimiento.

El razonamiento es sencillo. Los edificios se construyen y el urbanismo de las ciudades se diseña tal y como se piensan, y se piensan según la cultura machista entiende que deben ser esas ciudades a partir de las necesidades y de la mirada de los hombres, y del uso que ellos vayan a hacer de ellas. Si ese diseño crea espacios donde las mujeres pueden sufrir la violencia de otros hombres, da igual; y si la naturaleza, su medio y sus ríos se ven sometidos y expulsados de su territorio, a ellos les da lo mismo. Lo importante son los beneficios y el reconocimiento obtenido por sus grandes construcciones.

El feminismo ha puesto de manifiesto esta realidad (como también lo ha hecho en cada uno de los diferentes ámbitos de la sociedad), y plantea alternativas para mejorar las ciudades, su desarrollo y su relación con la naturaleza. A pesar de ello, desde el machismo lo ven como una “exageración” y como un planteamiento absurdo, pues desde la visión androcéntrica todo se soluciona con más “fuerza”. Y si se dice que los pilares de un puente no aguantarían una riada, su solución es construir otros más sólidos, no evitar el problema de la ocupación del curso fluvial;  y si se plantea que un muro puede ceder ante una tormenta intensa, en lugar de buscar una alternativa responde que se levanta uno más ancho y más alto. La clave está en imponer su visión y demostrar su poder.

Los estudios urbanísticos con perspectiva de género llevan muchos años trabajando todas estas cuestiones e identificando los factores de riesgo para la convivencia en el día a día y en situaciones excepcionales, pero el machismo, esa “normalidad con perspectiva masculina”, los ignora y los presenta como “sinrazones” dirigidas a cuestionar a los hombres y a plantear temas menores, puesto que las mujeres, dicen, son incapaces de competir con los hombres en los “grandes temas”.

Lo ocurrido en las últimas riadas que hemos sufrido tiene parte de responsabilidad en el modelo machista de urbanismo, y en la prepotencia que muestran ante el riesgo, pues para el machismo el riesgo sólo es una oportunidad para demostrar su valor, aunque sea con el sufrimiento ajeno. Y la responsabilidad se inicia en las construcciones que se hicieron, pero antes lo estuvo en el diseño del plan de ordenación urbana del lugar, y todavía antes en las agresiones que se ejercen sobre la naturaleza a través de su ocupación y de toda la contaminación que se vierte sobre ella.

No es un problema nuevo ni propio de determinados lugares debido a sus especiales circunstancias, es un problema de siempre que cada vez se repite y se agrava más por esa forma de entender el urbanismo y las relaciones con la naturaleza. No se puede jugar a la ruleta rusa con el clima ni con nada, y el machismo lo hace esperando que no le toque a alguien, pero a sabiendas que siempre habrá quien se vea afectado por su juego y su riesgo.

El machismo ha creído que después de diez mil años su poder era ilimitado, pero se equivocó al principio cuando creó una cultura desigual e injusta, y se equivoca ahora cuando cree que su razón pasada es motivo suficiente para perdurar. No se da cuenta de que todo está en su contra, y que la naturaleza se revela contra su dominio al igual que lo hace la sociedad. Y mientras que la primera llena las calles de su injusticia de agua, la segunda lo hace con mujeres (y cada vez más hombres), ambas exigiendo respeto, convivencia e Igualdad.