¿Por qué yihadismo sí y machismo no?

(POR UN “PACTO DE ESTADO CONTRA EL MACHISMO”)

La respuesta contra cada uno de los atentados del terrorismo yihadista es inmediata y contundente, no sólo contra el grupo, célula o persona que lo haya llevado a cabo, lo es contra todo lo que representa y frente a todos los que de una forma u otra amparan y justifican ese tipo de actos criminales.

Nadie interpreta que los autores sean hombres con problemas con el alcohol o las drogas, ni dicen que tengan un trastorno mental o enfermedad psíquica que anule o condicione su conducta. En ninguna ocasión se ha comentado que las organizaciones que trabajan para acabar con la instrumentalización de las ideas y las creencias que justifican los ataques o que ayudan a las víctimas, en realidad buscan beneficiarse económicamente con sus actividades y vivir de las subvenciones, ni menos aún dicen que estas personas en realidad lo que pretenden es atacar el orden existente y las referencias dadas para convivir en sociedad. Por eso tampoco se les ocurre plantear que cuando se toman medidas para abordar el problema del terrorismo yihadista o se llega a un pacto de Estado contra él, en realidad se trata de una discriminación frente a otras víctimas, otras violencias y otras formas de terrorismo.

Y si surgiera una voz con alguno de los argumentos anteriores, se encontraría de manera inmediata con una respuesta contundente criticándola y, posiblemente, con una serie de medidas policiales y judiciales para aclarar si forma parte de una acción de “apología del terrorismo”.

Todo el mundo entiende que cada uno de los atentados yihadistas es consecuencia del yihadismo que los envuelve a todos, pues es este el que permite que se inicie el proceso por el que cada autor planifica y lleva a cabo los ataques.

Con la violencia machista ocurre justo lo contrario, y todo se reduce a cada uno de los machistas que comete una agresión o un asesinato, como si fueran seres de otro planeta o cultura, y, además, con frecuencia son presentados como hombres con problemas con el alcohol o las drogas, o con algún tipo de trastorno o enfermedad mental. Y las personas que trabajan para erradicar esta violencia son atacadas, las llaman “feminazis” y las presentan como interesadas sólo en obtener beneficios económicos a través de ese trabajo. La crítica culmina al presentar el compromiso por la Igualdad como una especie de “adoctrinamiento” llevado a cabo desde la “ideología de género” para terminar con el orden, la moral, la familia, las creencias y, de alguna manera, los hombres “de verdad”.

Esta diferente percepción y posicionamiento ante el terrorismo yihadista y la violencia machista, forma parte de las ideas y valores de nuestra sociedad por ser producto de la cultura patriarcal que la define y condiciona. Ni siquiera el impacto de una y otra violencia son comparables en cuanto al daño que generan, tal y como demuestran los estudios y estadísticas, pero da lo mismo, el posicionamiento frente a una y a otra es completamente distinto.

Según los datos de diferentes organismos y organizaciones internacionales, recogidos por Datagrave y ESRI, el terrorismo yihadista llevó a cabo en 2016 un total de 1441 atentados por todo el planeta, ocasionando 14.356 víctimas. En 2015 cometió unos 16.000 atentados y el número de víctimas ascendió hasta 38.000, aproximadamente. Sin duda un grave problema que varía en su resultado en relación con las circunstancias geo-políticas de diferentes regiones, a pesar de lo cual está siendo combatido con cierta eficacia.

La violencia machista, sólo en el seno de las relaciones de pareja y familiares, cada año asesina alrededor de 42.500 mujeres, tal y como recoge el “Informe Global sobre Homicidios” de Naciones Unidas (2013). Una cifra que además se mantiene relativamente constante y no depende de circunstancias pasajeras ni coyunturales, sino de las ideas amparadas por la cultura machista que integra la violencia de género como parte de la normalidad, y que luego se “sorprende” cuando “se le va de las manos”, y no siempre, pues como hemos apuntado, es frecuente la justificación del agresor y el cuestionamiento de la conducta realizada por la propia mujer que ha sido agredida o asesinada.

A pesar de esta realidad objetiva, la percepción es que el yihadismo es un problema grave y una amenaza, mientras que la violencia machista ni es grave ni es amenaza. Y no sólo eso, sino que es el propio machismo el que establece las referencias para convivir al amparo de las leyes, las política, las instituciones, y todo lo demás. Da igual que en Europa cada año sean asesinadas 3300 mujeres por violencia de género (Naciones Unidas, 2013) y que los atentados yihadistas, el año que más víctimas causaron en Europa (2004), asesinaran a 196 personas (192 de ellas en los atentados de Madrid).

La situación es tan perversa que se llega a responsabilizar a las mujeres y al feminismo hasta de la violencia de género, al afirmar que se trata de esa estrategia interesada para atacar a los hombres a través de las denuncias falsas para quedarse con “la casa, los niños y la paga”, conducta que en muchos casos los lleva al suicidio como consecuencia de toda esa manipulación interesada.

Esa idea de responsabilizar a las víctimas y de presentarlas como autoras de una provocación, es la misma que utiliza el yihadismo para justificar sus atentados, pues al final la violencia que se ejerce en nombre de las ideas, los valores y las creencias siempre cuenta con apoyos en la propia sociedad donde esas ideas, valores y creencias forman parte de la normalidad. Por ello siempre tienen a su lado una razón y un apoyo para ser utilizadas, ese es el motivo que lleva a considerarlos “crímenes morales”, puesto que cada uno de ellos no sólo aborda cuestiones particulares, sino que también da respuesta a elementos comunes a todas esas creencias, valores e ideas.

Y del mismo modo que se entiende que para acabar con los atentados del terrorismo hay que acabar con el yihadismo, debe entenderse que para acabar con la violencia de género y sus asesinatos hay que erradicar el machismo, no sólo cuestionar la violencia que se hace visible ni a los hombres que protagonizan estos casos públicos.

Los trabajos de la Subcomisión del Congreso y de la Ponencia del Senado deben concluir en un “Pacto de Estado contra el machismo”, no sólo contra la violencia de género. Es lo que en su día se hizo cuando se firmó un “pacto de Estado contra el terrorismo” para combatir a ETA, y más recientemente un “pacto de Estado contra el yihadismo”. En ningún caso se firmó un pacto “contra la violencia terrorista” ni “contra los atentados terroristas”, sino contra el contexto que los causaba. Si se hubiera hecho sólo sobre el resultado habría sido un error y nadie lo habría aceptado.

Si el machismo continúa con todo su espacio, poder, credibilidad en su palabra, hasta el punto de hacer pasar una realidad por otra y de presentar a los hombres como víctimas de la Igualdad, para así mantener una equidistancia con la que utilizar la “neutralidad” como cómplice, nunca acabaremos con la injusticia de la desigualdad ni con todas sus formas de violencia.

Los machistas quieren mantener la realidad bajo las referencias de siempre, incluso piden derogar la Ley Integral contra la violencia de género, ahora se trata de darle la razón al machismo o de quitársela y trabajar definitivamente por la Igualdad. Por eso presentan el yihadismo como una amenaza para la sociedad y no ven amenaza alguna en la violencia de género a pesar de ocasionar muchas más víctimas. Pero hasta en eso se delatan.

Si al machismo le preocupa la violencia en sociedad cuando afecta a hombres y mujeres, como ocurre con el yihadismo, y no le preocupa la violencia de género que sólo afecta a mujeres, lo que en verdad significa es que su preocupación por lo común se debe a que afecta a los hombres, no porque ataca a las mujeres, pues si les preocupara el impacto de la violencia sobre ellas tendrían que comprometerse decididamente para erradicar la violencia de género y el machismo. Y no lo hacen.

Ellos no lo van a hacer nunca, pero la sociedad sí, de hecho ya lo hace y  avanzamos de manera decidida. Ahora necesitamos más apoyos, medidas y recursos, y es lo que debe proporcionar el “pacto de Estado contra el machismo”.

“Yes we Trump”

trump-genteHemos pasado del “Yes we can” al “Yes we Trump” como el que pasa la hoja de un libro o cambia de canal o emisora de radio. La misma sociedad que creía en sí misma para alcanzar el futuro, al final ha creado un ídolo de 14 quilates al que adorar para liberarse así de la culpa y la responsabilidad, aunque sea pagando la debida penitencia.

Trump ha traído a la sociedad americana lo que ningún otro presidente ha sido capaz, y mientras todos han insistido en su grandeza, algo que también ha hecho Trump, éste ha unido a su discurso la “otredad del pueblo americano”, es decir, la conciencia del otro como alguien diferente.

Trump ha sido hábil, y en un momento de confusión global como consecuencia de los importantes cambios y de la lectura neoliberal que ha llevado a reducir el anhelo y las aspiraciones humanas a la economía y lo material, se ha aprovechado de la interpretación que se hace de la realidad, la cual gira más alrededor de la amenaza que de la oportunidad. Esta especie de “calentamiento social” al final destiñe y encoge las identidades hasta dejarlas reducidas a lo que un día fueron, no a lo que han seguido siendo desde entonces, como si ese momento original fuera la razón de ser para un futuro que no se reconoce en cuanto se hace presente.

Y un pueblo como el norteamericano siempre es un terreo propicio para lo más y para lo menos, al tener más sueños que memoria y más historias que historia. No es fácil encontrar un relato sobre los elementos que definen la identidad del pueblo americano, salvo su anhelo de alcanzarla y de ser pueblo por encima de sus orígenes tan diversos, por eso necesitan repetirse a sí mismos lo grandes que son y la trascendencia de su política y su economía. Y pueden ser grandes en lo que hacen, pero eso no los lleva a saber lo que son.

Basta con escuchar el mensaje de Obama y el de Trump para pensar que no estamos ante un mismo pueblo ni una misma nación, la simple descripción de la realidad que expone cada uno de ellos ya nos lleva a concluir que se trataría de dos países y sociedades, no sólo diferentes, sino opuestas. Y mientras Obama hablaba de esperanza y futuro, de confianza en lo que son como nación, Trump afirma lo que han sido en el pasado y duda de esa nación plural y diversa de hoy para presentar la realidad como una amenaza apunto de suceder, de ahí su “nosotros primero”.

Pero como no pueden decir lo que significa “ser americano de Estados Unidos”, echan mano de esas ideas sobre la identidad que guardan como muestra para encargar un traje a medida y de color original, después de que el proceso del tiempo lo haya encogido y desteñido, aunque ya no sea la prenda adecuada para este momento de la historia. Y ahí es donde las personas como Trump juegan con ventaja al defender una idea de “identidad por contraste”.

Para Trump y la gente como él no se sabe muy bien lo que es ser americano, pero sí saben perfectamente lo que para ellos es no ser americano. Esa es la identidad por contraste, aquella que se construye sobre lo que no se quiere ser, no tanto sobre lo que se es, que queda limitado a los lugares comunes de la historia.

Y con todo ello Trump ha jugado para traer la “otredad americana”, el ser en el no-ser de los otros que lleva a percibir al otro como diferente, inferior y al margen de su comunidad, lo cual en términos prácticos significa al margen de su sociedad. Trump se ha puesto a sí mismo como modelo y todo lo que no se ajuste a él, bien como concepto o en la forma de convivencia que exige, simplemente no es americano. De alguna manera, hemos pasado del “conmigo o contra mí” de George W. Bush, al “o como yo o nadie” de Donald Trump.

El problema no es Trump, sino que ha sido elegido en una democracia por lo que dice, por lo que hace, y por cómo lo dice y lo hace. La sorpresa de Trump no está en que “no cumple su palabra”, como sucede habitualmente en política tras unas elecciones, sino en que la cumple. Trump no es un accidente, sino el candidato y ahora presidente de una parte de la sociedad que defiende esas ideas, valores y creencias construidas sobre el machismo, la xenofobia, el racismo, la homofobia… en definitiva, construidas sobre quien se cree superior y la otredad del resto.

Y Trump no está sólo, hay mucha gente en EEUU y en Europa que gritan de forma decida y con pleno convencimiento, “yes we Trump”, porque defienden esas ideas y valores que han crecido en la sociedad porque otros han dejado marchitar los valores de Igualdad, la Libertad, la Justicia, la Dignidad… en los jarrones de los despachos de la política y las instituciones, donde sólo decoraban, en lugar de haberlos plantado en los jardines de la convivencia, y de haber evitado que cuando alguien lo ha hecho llegaran los “yes we Trump” y los pisotearan o pasaran por encima de ellos con un autobús.

Si Trump ha ganado y la ultraderecha puede ganar en diferentes países de la UE es porque hay más gente que los vota. Juegan con la ventaja de la historia y con una cultura desigual donde las jerarquías son un valor y la opresión del diferente y del inferior un forma de reconocimiento, o cambiamos ese modelo de sociedad con al cultura de la Igualdad, o seguirán golpeando con políticas y guerras que aún no existen, pero que ellos provocarán dentro y fuera de cada país para ganarlas y hacer así que venzan sus ideas.

 

La trampa del odio fragmentado

LOVE-HATEFragmentar el odio es una razón más para que continúe.

La necesidad de conocer a veces choca con la necesidad de creer, y con frecuencia ante un conflicto entre la creencia y el conocimiento se tiende a dar prioridad a la creencia, puesto que esos sentimientos y valores impregnan la propia vida y la identidad de quien se enfrenta a la elección y, en consecuencia, su posicionamiento ante la realidad.

El conocimiento, por su parte, sitúa a la persona ante el escenario habitual con algunos elementos nuevos producto de ese saber, como si se hubiera enfocado mejor la lente con que se mira, pero sin cuestionar a la persona, tan sólo a ese entorno a partir de los nuevos elementos adquiridos.

La manera de evitar gran parte de los conflictos y de no tener que posicionarse ante cada situación, es adoptar una especie de automatismos a partir de la experiencia individual y las referencias sociales, y asociar determinados elementos independientes como parte de una sola realidad que la cultura presenta como adecuada, correcta o armónica con los valores que defiende. A la postre, las personas incorporan una especie de “packs” o elementos comunes según su posicionamiento ante determinadas cuestiones, como si fuera una especie de lista cerrada en la que los márgenes de elección en la práctica se reducen bastante.

En teoría cualquier asociación es válida y hay libertad para hacerla, pero en la práctica resulta muy difícil. Primero porque la referencia social y cultural no presenta como adecuadas o correctas determinadas combinaciones, y en segundo lugar, porque si se realizan sin esa aprobación social se produce una crítica por parte del entorno, cuando no un rechazo directo.

Y sucede con los aspectos más superficiales y más nucleares, con frecuencia nada más ver a una persona y escuchar cómo se posiciona ante uno tema como la inmigración, los desahucios, el matrimonio homosexual… ya se puede deducir cuál será su posición sobre el resto de ellos. Sus principios e ideas están reforzados por una serie de valores y referencias culturales, y con frecuencia apoyadas por las religiones que defienden ese mismo orden, de ahí ese posicionamiento encadenado frente a temas diversos.

Todo ello es consecuencia en gran medida de la ideología, es decir de la forma en que las personas organizan las ideas y valores sobre cómo debe organizarse la sociedad; una ideología teóricamente propia que cuenta con un componente externo basado en la identificación con otras personas, ideas y valores que comparten una misma forma de ver y entender la realidad. Lo que define a las ideologías es la estructuración de las ideas sobre lo que es su modelo de organización social, los elementos comunes con otras personas, ideas y valores, el grado de tolerancia hacia otras ideologías, y el grado de compromiso emocional que se espera y exige a quien se identifica con ellas. Como muy bien sabemos, no todas las ideologías son iguales en sus ideas, valores, tolerancia y compromiso exigido.

El machismo es la ideología de las ideologías, es la propia cultura que lo impregna todo, desde la identidad hasta las referencias que condicionan la realidad y permiten darle un significado u otro según interese. El machismo no es una cuestión entre hombres y mujeres, ahí es donde se manifiesta con especial intensidad por ser el origen de esa cultura, y por haber organizado la sociedad tomando su modelo de familia como núcleo, pero va mucho más allá y siempre con el hombre y lo masculino como referencia y en posesión del poder para influir, premiar y castigar según el grado de ajuste al modelo.

Y todo ello exige una identidad masculina basada en la heterosexualidad, para de ese modo estar cerca y dominar a las mujeres, garantizar su unión en familias tradicionales, y mantener el control sobre el sometimiento a las referencias culturales y el uso de la violencia en caso de que se aparten de ellas.

El machismo impone la identidad masculina sobre esas referencias de poder, y la heterosexualidad es una parte nuclear de la misma. Actúa como un doble referente simbólico que da fuerza a la construcción social y a la individual de cada uno de esos hombres: el hombre como reproductor del machismo, y el machismo como ese hombre modelo. Y ese diseño tiene sus recompensas, pues la propia organización social basada del machismo establece una estructura jerarquizada con una serie de características en términos de privilegios, beneficios y ventajas, entre ellos, por ejemplo: ser hombre tiene más valor que ser mujer, ser heterosexual más que ser homosexual o cualquier otra opción dentro de la diversidad sexual, ser del grupo étnico mayoritario, más que ser de otro grupo, ser nacional, más que ser extranjero, compartir la ideología dominante (machista), más que no compartirla, profesar la religión predominante, más que no hacerlo… y así podríamos continuar.

Y mientras que algunas de esas características son circunstanciales, y por tanto modificables, como ocurre con ser extranjero, de una determinada religión, incluso de un determinado grupo de población… y podrían cambiar sólo con trasladarse a otro país; otras de ellas forman parte de la esencia y de la identidad de los hombres construida por la cultura machista, y no varían en ningún lugar. Estos elementos esenciales son la posición de superioridad de los hombres respecto a las mujeres y la heterosexualidad, pues representan el pilar sobre el que se ha levantado la cultura patriarcal. De ahí que también nos podamos referir a la cultura patriarcal como “heteropatriarcado”.

Cuando se es machista se comparten el resto de los elementos culturales que vinculan la ideología a la condición de “ser machista”, algo que incide especialmente en los hombres por su papel simbólico y guardián. Por lo tanto, desde el punto de vista práctico, el machista es homófobo y muestra su odio al resto de las diferentes opciones de la diversidad sexual (LGTTIBQ), es racista, es xenófobo… y así con el resto de elementos asociados a una identidad distinta a la suya. Porque el machista no sólo los considera diferentes, sino que además, y sobre todo, los considera inferiores. Otra cosa es cómo cada machista manifiesta esos rechazos según su experiencia, contexto, oportunidad, redes, relaciones…

El machismo y su cultura ha creado ese odio común hacia todos los que no se ajusten a sus referencias en cada contexto social concreto. Mientras que ellos son sólo uno con su cultura homogeneizada, el resto son “muchos y pocos” al mismo tiempo. Los presentan como muchos al hablar de amenaza y pocos al dividirlos en grupos separados e inconexos (mujeres, homosexuales, extranjeros, de otro grupo étnico, con otras creencias…) para que no se perciba la crítica común al machismo. Es parte de su “divide y vencerás”.

No podemos caer en su estrategia cuando fragmentan el odio como si fueran cuestiones independientes y a cargo de personas distintas en su ideología, cuando en realidad todas tienen en común la ideología del machismo.

¿Ustedes creen que el hombre que maltrata a su mujer respeta a un homosexual, creen que quien odia a los negros acepta la igualdad entre hombres y mujeres, creen que quien ataca a otras religiones respeta a las mujeres que su religión discrimina y a los homosexuales que no acepta?…

Todo forma parte de la identidad machista y del rechazo a quien la propia cultura sitúa como diferente y como inferior. El atentado en Orlando contra gays y lesbianas fue un crimen machista, como lo ha sido el asesinato de la diputada laborista Jo Cox, y como lo son otros tantos bajo los dictados de ese machismo hecho cultura.

No debemos caer en la trampa de la fragmentación ni dejarnos atrapar por los argumentos que tienden a contextualizar y dividir las expresiones del odio, para así ocultar los elementos comunes de una cultura que está en todos ellos. Y no debemos hacerlo en una época en la que dos de los elementos de las ideologías se están acentuando de manera interesada por parte del poder que nace de la cultura patriarcal, por un lado el grado de rechazo a otras ideologías, y por otro, el nivel de compromiso emocional e implicación exigido a quienes forman parte de la ideología machista. Ambos elementos están aumentando a través de las palabras y de los hechos, y su consecuencia es clara y directa: Un incremento del odio y la violencia.

Si caemos en la trampa y fragmentamos el odio común (machismo) en sus diferentes formas de expresión (misoginia, homofobia, racismo, xenofobia…), el odio continuará y la cultura machista con él.

 

¿Es machista Dios?

IGLESIA-LUZSabemos que le Iglesia es machista, pero ¿y su Dios?

Las religiones monoteístas, y en el especial la cristiana, presentan a Dios como una abstracción caracterizada por la bondad, la comprensión, la sabiduría, la presencia… y con la capacidad de incidir sobre la realidad de forma directa o indirecta para contrarrestar desde el bien toda la influencia negativa del mal, de ahí su identificación con el “Todopoderoso”.

Y la Iglesia se muestra a sí misma como la representación de Dios en la Tierra, gestora e intérprete de su palabra y voluntad para que las personas sigan el camino trazado como forma de llegar hasta él.

Del mismo modo que alguien puede dudar sobre si Dios existe y se hizo hombre, de lo que no hay duda es de que la Iglesia es real y está formada y dirigida por hombres, y que por ello la palabra divina adquiere el tono, la gravedad y el significado de lo que sus hombres interpretan. Cuando las manifestaciones, cada vez más frecuentas y graves, de cardenales, arzobispos, sacerdotes y obispos, es decir, de los portavoces de la palabra de Dios, insisten sistemáticamente en su crítica a la Igualdad y a las políticas e iniciativas que buscan promocionarla y corregir la desigualdad, y en especial contra algunas de ellas, como el matrimonio entre parejas del mismo sexo y todo lo relacionado con el género, lo que hacen es presentar a un Dios machista y homófobo, no sólo a una Iglesia con esas características.

Y lo grave es que esa misma Iglesia de palabra divina y humana ha callado la desigualdad histórica que ha llevado a la pobreza y a la exclusión, a la violencia de género, a la discriminación y al abuso, y con ello ha reforzado una cultura construida sobre valores e ideas que necesitaban sustentarse en esas creencias para elevar sus propuestas hasta la divinidad. Ante todo ello lo único que ha dicho ha sido aquello de “resignación cristiana”, “compasión y limosna”, y “bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de Dios…”, sin llamar la atención con rotundidad a los ricos abusadores, a los maltratadores, a los explotadores… más allá de la reincidente confesión y del perdón liberador. Esta situación demuestra que la actitud de la Iglesia no es casualidad, y que forma parte de esa construcción patriarcal que utiliza un Dios machista y homófobo para darle trascendencia, significado y sentido a la realidad más allá de lo material y lo humano. De se modo se deja para la otra vida cualquier posicionamiento en términos de justicia, y todo continúa bajo el machismo de la ley de los hombres.

Y no creo que deba ser así.

Con sólo lo que he podido observar a lo largo de mi vida, he comprobado cómo la Iglesia ha cambiado hacia posiciones mucho más rígidas e intransigentes con todo aquel o aquello que no comulgue con sus ideas, cómo ha abandonado el terreno de la fe para invadir lo político, y de cómo ha dejado púlpitos y homilías para meterse en los telediarios, y no precisamente para hablar de la fe y las creencias.

La Ministra Bibiana Aído fue muy clara cuando en pleno debate sobre la reforma de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, respondió a las críticas que se habían hecho por parte de algunos obispos, y comentó: “La Iglesia podrá decir lo que es pecado, pero no lo que es delito”. Y así debe ser, a ella le corresponde decir lo que desde el punto de vista de la religión católica se considera bien o mal, y adoptar las medidas religiosas consecuentes a sus planteamientos, pero la ley es competencia del Parlamento.

No todo está justificado en nombre de Dios, y la llamada de Monseñor Cañizares (http://www.huffingtonpost.es/2016/05/30/canizares-desobedecer-leyes_n_10209644.html) a la desobediencia de la ley democrática en nombre de un Dios que presentan como machista y homófobo, además hace que se convierta en un Dios tirano, algo que no debe ser permitido por la propia Iglesia.

El silencio del resto de la jerarquía y de muchos de sus fieles, la mayoría de los cuales no comparten esas manifestaciones ni ideas, tiene consecuencias. Las tiene dentro, con unos templos cada vez más vacíos, y las tiene fuera, porque muchos hombres violentos justifican en nombre de Dios su machismo, su homofobia ampliada a la “LGTB-fobia” y la violencia ejercida bajo esas razones.

El silencio es acción cuando ampara posiciones y conductas que continúan bajo él. Y las palabras cargadas de odio son acción, por eso también deben ser rechazadas y criticadas con acciones claras desde dentro de la misma Iglesia, de lo contrario se entenderá que es toda ella quien las comparte y quien calla.

Y lo más triste, conseguirán que Dios, ese Dios al que ellos ponen voz, no se entienda como amor, ni sabiduría, ni presencia…

 

Ni un minuto de silencio

N1MDS-FotoPoner silencio al silencio es como cerrar los ojos en la oscuridad… Nada cambia y de nada sirve.

La violencia de género ha venido amparada por el silencio de quien oía y callaba, por el dolor de quien la sufría y era silenciada, por la impotencia de quien hablaba y no era creída… Hay silencio en la voz y silencio en la escucha conforme se desmorona la vida de las mujeres bajo los golpes de los violentos.

Quien posee autoridad tiene el relato en una mano y el silencio en la otra para usarlos a su conveniencia, por eso el machismo y los agresores han podido contar sus historias y presumir de hombría con palabras que la sociedad ha integrado como parte de la normalidad. En cambio las mujeres que las sufrían nunca han podido ir más allá del sonido del llanto ni de los barrotes hechos de lágrimas.

Todavía en la actualidad, el 21% de las mujeres que no denuncian no lo hacen por vergüenza y el 27% por miedo (Macroencuesta 2015), porque el silencio es miedo, pasividad, distancia, vergüenza, concesión… y todo ello se traduce en más violencia. Si no hubiera silencio entre cada uno de los golpes machistas que asesinan, sus autores no podrían cruzar la distancia que los separa de sus víctimas entre la impunidad y la invisibilidad.

El silencio mata más que los golpes, y no queremos que continúe ni vamos a callar un minuto más… ¡Se acabaron los “minutos de silencio”!… Ahora se oirán nuestras voces, nuestra acción contra los violentos y el machismo que los mueve como marionetas.

Vamos a cambiar el silencio por palabras, la ausencia por presencia, la pasividad por acción, la distancia por cercanía. Sustituiremos la posibilidad por realidad, la injusticia por justicia, la soledad por compañía, la mentira por verdad. Haremos de la teoría práctica, del guiño mirada, de la renuncia denuncia, de la pesadilla sueño, y de la desigualdad Igualdad. Traeremos la paz y expulsaremos la violencia, devolveremos el calor robado y sacaremos la fría amenaza, pondremos luz y apagaremos las sombras, y será la ilusión quien sustituya a la tristeza de la desesperanza.

El silencio es el ruido de fondo del machismo y su violencia, y ahora lo vamos a callar con el “ruido” de la democracia y la convivencia, con el sonido de la acción frente a la injusticia sangrienta de las violencias machistas… No se trata de una iniciativa más, se trata de un posicionamiento firme y decidido para hacer de cada día razón, y de cada razón un motivo para la Igualdad. Desde la “Marcha del 7N contra las violencias machistas”, el machismo y sus violentos han asesinado a 7 mujeres y a un hombre (pareja de la ex-mujer del asesino). En tan sólo 24 horas asesinó a 3 mujeres entre “minutos de silencio”. El machismo no se va a detener ni va a silenciar su lenguaje habitual de la violencia, pero la sociedad sí puede hacer que se calle gritando más fuerte que él los valores de la democracia. Por eso te necesitamos.

No podemos responder ante cada homicidio ni ante cada día de desigualdad con más silencio, ni tampoco esperar a cada homicidio para responder… Son ya demasiados siglos de silencio y pasividad.

Quien calla otorga y no le vamos a otorgar más días al machismo. Vamos a acabar con el cómplice de los violentos, con ese silencio que imponen a sus víctimas y con el que guarda la sociedad ante el drama de la violencia de género.

Necesitamos   tu voz,    tu palabra,    tus gritos,    tus sonidos,     tu ruido,    tu “no-silencio”… Machismo es tiempo y silencio, y desde la Unidad de Igualdad de la Universidad de Granada hemos decidido no darle ni un minuto de silencio más…

Yo no me callo, ¿tú que decides?

 

* El 25 de noviembre a las 13’00 horas, en la Plaza de la Universidad (Plaza de la Facultad de Derecho), hemos convocado una primera concentración para guardar los minutos de silencio y sustituirlos por “minutos de ruido”, de sonido democrático contra el machismo y su violencia. La intención es que todo el mundo se una y reproduzca la campaña allí donde considere que haya necesidad de posicionarse frente al silencio impuesto por los violentos.

Caos y orden

CAOS Y ORDEN-FEl poder es falaz y siempre juega a la confusión para sacar beneficio de las “aguas revueltas” de la realidad. El poder se presenta como orden y el orden como previsible, y esa previsión le otorga credibilidad a quien lo plantea… Todo sucede tal y como está previsto, y todo el mundo ocupa el lugar que le corresponde en la estructura diseñada por el poder para llevar a cabo las funciones asignadas. Esta misma organización ya nos indica que el poder parte del “a priori” y el convencimiento de que no todo el mundo puede hacer todo, y que aquellos que hacen algo, no lo pueden realizar en cualquier lugar y circunstancia. Y no pueden porque el poder se basa en que hay capacidades vinculadas a la condición de las personas que él luego gestiona a través de las casillas del tiempo y de los espacios. Pero el poder no puede presentarse con ese argumento ni reivindicando el logro del orden que exige, si lo hiciera se mostraría a sí mismo como un fracaso, pues la propia diversidad y pluralidad de opciones de esta época “post e intra-globalización”, demostrarían su ineficacia ante el “desorden funcional” existente. El poder hoy es “promesa de orden”, no orden en sí mismo. El poder se presenta hoy con el argumento de que sólo desde las posiciones respaldadas por la tradición y los valores conservadores de la derecha se puede alcanzar el orden necesario para convivir, y que dicha convivencia sólo se puede garantizar según su modelo. Por eso el poder se reafirma en la idea de, “o yo el caos”. En todo este juego, hay dos cuestiones importantes:

  1. El poder juega con ventaja al partir de la idea de orden construida sobre el modelo conservador que ya está instaurado en lo funcional (convivencia, tipo de relaciones, jerarquías, valores, roles, espacios…) De manera que el peso de la historia se presenta como argumento de veracidad y evidencia de eficacia, afirmando que “si hemos llegado hasta aquí con ese modelo, el modelo funciona”. De ese modo, la realidad refuerza su estructura y descarta cualquier otra alternativa, que es presentada como un caos y un viaje a lo desconocido.
  2. Al contrario de lo que pueda parecer, al poder y a la derecha ejecutora del mismo le interesa el caos, no el orden. Si el poder es hoy “promesa de orden”, dado que el orden que venden es imposible, cuanto más caos, más necesidad de que actúe el poder y sus instrumentos conservadores para caminar hacia el orden prometido.

Estas dos cuestiones hacen que el poder ejecutor en la política y en lo social sea fluctuante, necesita ceder para luego recuperar más; no es un error, sino parte de su estrategia. Ya no es posible un poder continuado como ocurría con las dictaduras o con las sociedades democráticas desinformadas, aunque aún se intente jugar con estos dos elementos para acaparar más poder funcional. El juego democrático lleva a la fluctuación y a la cesión, algo que es asumido y forma parte de la táctica que lleva a que a la larga siempre gane; es como en la bolsa, los valores de las grandes empresas unos días suben otros bajan, pero al final el balance de resultados siempre arroja beneficios. El verdadero poder, ese poder abstracto, no está en las personas, en los bancos, en las empresas, y menos aún en los gobiernos. El poder abstracto es el sistema que permite que todo suceda de modo que resulte beneficiado quien forma parte del ejercicio político y social que reproduce sus valores, ideas, creencias… consiguiendo de ese modo reducir todo lo posible a una única opción. Y ese sistema de poder abstracto se está adaptando a las nuevas circunstancias. Ahora juega con los acontecimientos que él ha provocado para controlar a las propias democracias con estructuras supranacionales e instrumentos económicos y financieros que escapan a los controles establecidos. Todo ello le permite agitar la realidad y generar un “caos controlado” para que no se le vaya de las manos, y para que la opción siempre sea volver a la mano del poder, no agarrarse definitivamente a ella. Eso no interesa. La situación se ha potenciado en estos últimos tiempos debido a varias razones, entre ellas tenemos:

  • El mecanismo de agitación utilizado en esta última fase, la llamada “crisis económica”, ha impactado sobre cuestiones esenciales de la vida y sobre la dignidad de las personas, lo cual ha generado miedo en una parte de la sociedad, pero también un rechazo de la injusticia social que hay detrás.
  • Existe una mayor conciencia crítica por parte de la sociedad sobre los problemas existentes y su significado.
  • Tenemos una mayor diversidad y pluralidad social, circunstancia que dificulta que un modelo de valores sea aceptado como único e incuestionable.
  • Hay un mayor conocimiento sobre posibles alternativas.
  • Todo ello ha llevado a un cuestionamiento de la esencia del propio poder y de la injusticia que genera, no sólo de las formas, los tiempos y los espacios, como ocurría antes. Para una parte significativa de la sociedad hoy es más importante salir de ese modelo que continuar en él, y no lo vive tanto desde el punto de vista del resultado en lo material, sino como posición ética.

Ante estas circunstancias críticas con el poder, él lo tiene fácil: Generar más caos y amplificar su significado a través del miedo, para hacer que su “promesa de orden” sea más querida y seguida. Está ocurriendo con Grecia y la UE, pero también en España tras los resultados de las últimas elecciones municipales y autonómicas. La cesión del poder tradicional que se ha conseguido no se puede entender como una victoria de la izquierda ni como alternativa alguna, si no se fundamenta en un modelo de sociedad diferente, más allá de las propuestas urgentes que se hagan, por muy “revolucionarias y radicales” que sean, y por muchos cambios que se produzcan en las formas de ejercer la política. El poder conservador de la derecha es adaptativo, hará lo que tenga que hacer para seguir igual. Su poder no está en las corbatas ni viaja en los coches oficiales, los símbolos son importantes, pero el cambio de rito no cambia el mito… Sobre todo cuando comprobamos que quien más está renunciando a su esencia y símbolos es la propia alternativa de la izquierda. La izquierda tiene que dejar de ser sólo reactiva y pasar a ser más proactiva. Es la forma de alcanzar un nuevo orden social que no llame caos a la diversidad y a la pluralidad, y que radique en las personas, no en determinados partidos políticos.

Terrorismo y “Alianza de Civilizaciones”

ALIANZA DE CIVILIZACIONESTras los atentados terroristas de Paris por parte de yihadistas islámicos de nuevo han sonado los tambores de guerra y se habla más de la amenaza de siempre, que de la convivencia inexistente y de la paz perdida. Y nos equivocamos otra vez al plantear el problema que existe, (nadie lo niega), como un conflicto bélico librado por dos partes y limitado a la dictadura de lo inmediato. “Guerra” fue lo que pronunció George W. Bush tras el 11S, y “guerra” es lo que ha dicho ahora el primer ministro galo, Manuel Valls.

La pregunta es simple, ¿está Occidente en guerra contra el Islam? La respuesta también es fácil, no lo está. Ante esa ese escenario la deducción resulta bastante sencilla: Del mismo modo que Occidente no está en guerra contra el Islam, aunque hay quien dice que sí lo está y quien presenta determinados conflictos y acciones como una demostración, el Islam no está en guerra contra Occidente, aunque haya ataques y atentados desde determinadas posiciones, que alguien utiliza para presentarlos como parte de una contienda contra el mundo occidental.

La paz exige más lucha que la guerra. La paz no es lo que sucede al final de los conflictos, sino el espacio que logra evitarlos.

En la actualidad  existe un riesgo real desde el yihadismo, pero esa amenaza no ha surgido de la nada. Todo lo contrario, es el fruto de una estrategia violenta que lleva años desarrollándose, y mientras hay quien está preparando seriamente esa violencia, desde otras posiciones no se está trabajando suficientemente la paz.

La estrategia del yihadismo es “educar en el odio y la guerra”, y ello supone transmitir una serie de ideas a partir de ciertos hechos, darle un significado para que se vean como un ataque a la identidad, cultura, creencia… de esa población, y otorgarle un valor para que la acción violenta tenga sentido y se entienda como una necesidad proporcional al ataque sufrido por la otra parte. Una vez que se ha conseguido este clima social más o menos amplio, se trabaja individualmente con determinados grupos, después se pasa al entrenamiento de algunas personas en el uso de las armas y en las estrategias bélicas, y finalmente se llega a la acción por parte de estos “guerreros”, que es lo que impacta en la sociedad y ante lo que surge la preocupación y la amenaza. Pero no debemos olvidar que sin esa primera “educación” en el odio y la violencia, la pistola no se dispararía ni las bombas explotarían.

Si se quieren evitar los atentados, la estrategia de fondo por parte de los no violentos debe ser trabajar para la paz y la convivencia, así de simple, aunque no es fácil. Presentar a todo el Islam como un cómplice de los terroristas y a cualquier musulmán como una amenaza, además de ser falso, no ayuda a resolver el problema y sí contribuye a agravarlo al potenciar el mensaje que los violentos dan para justificarse.

Todo ello demuestra que muchos siguen bajo esquemas del siglo XIX, con un mundo donde los mapas describían la realidad y las fronteras eran verdaderos  abismos. En el mundo del siglo XXI hemos pasado de un globo terráqueo a una tierra globalizada en la que las fronteras actúan más como lugares para guardar los recuerdos que como espacios para construir la realidad. La colonización y las misiones que llevaron las ideas y creencias muy lejos de Occidente en un viaje de ida, ahora han regresado en forma de una nueva sociedad y ciudadanía. Sin embargo, toda esta transformación  incomoda a los sectores más tradicionales de las culturas, por ello en lugar de aceptar la nueva realidad tratan de recuperar los escenarios de antes. Unos resituando las fronteras en barrios marginales, o dibujándolas con el color de la piel, las ideas o las creencias… Pretenden así trasladar las antiguas fronteras de los mapas a las personas, para que estén donde estén siempre sean “ese pueblo sometido e inferior” que un día conquistaron o tomaron. Los otros intentando encerrar a las personas en el aire limitado de sus ideas.

Hemos aprendido a vivir, incluso a vivir juntos, pero no a convivir, y tenemos que lograr esa convivencia en paz y en igualdad.

La cultura no puede ser un argumento para someter a nadie, ni dentro de una cultura, ni enfrentando una cultura contra otra. En todas las culturas hay quien las instrumentaliza para mantener espacios de poder en nombre de los valores, las ideas, la fe, la tradición o la costumbre, pero sólo son visiones particulares e interesadas para defender privilegios y beneficios. Nos es casualidad que nadie recurra a la cultura para ceder y compartir, y que siempre se acuda a ella en nombre de unos privilegios que presentan como parte de ese orden natural que les da ventaja respecto al resto del grupo o frente a otras culturas.

Ahora hemos conocido la historia de los hermanos Kouachi y de Amedy Coulibaly, los yihadistas autores de los atentados en Paris. Una historia que no se limita a estos 3 días de enero, sino que viene de años atrás como hemos sabido. ¿Qué hemos hecho para evitar esa historia antes de que se convirtiera en una amenaza y golpeara con la muerte?, ¿qué estamos haciendo para que otros jóvenes que están empezando a ser educados en el odio no lleguen a la violencia?

Convivir sobre las mismas referencias y el respeto a los Derechos Humanos exige liberarse de los miedos y la desconfianza; no hay enfrentamiento entre culturas, hay personas que buscan enfrentar a las culturas para obtener rédito. Ninguna cultura existe desde el inicio de los tiempos ni surgió del modo en que ahora vive, todas son producto de la evolución y del conocimiento e interacción con el resto de culturas, unas veces para compartir, otras para replegarse en la diferencia, pero ninguna ajena al resto. Pero hoy, a diferencia de lo que ocurría tiempo atrás, la referencia del territorio ha entrado en una deriva inversa que hace del planeta una verdadera Pangea de ciudadanía en la que las referencias geográficas matizan en lugar de separar. Hoy el planeta es una Pangea virtual y no bastan las barreras ni los controles para detener las ideas ni las personas. Nada nuevo por otra parte, siempre ha sido así: “o se va a la montaña, o es ella la que viene”, y ahora no va a ser diferente; de manera que si el objetivo pretendido es unir  “la persona y  la montaña”, antes o después se juntarán. Otra cosa es cómo lo hagan, y si lo hacen en términos de respeto o de enfrentamiento.

Lo vemos en otros ámbitos cuando se repite con insistencia que el final de la violencia de género está en la educación para acabar con el machismo, al igual que para terminar con el racismo, la xenofobia… o con cualquier otra violencia surgida del miedo al otro y de la amenaza de la diferencia; todo ello pasa por educar para convivir. La situación terrorista actual no es distinta, y del mismo modo que se entiende que la solución definitiva a otras violencias pasa por un cambio cultural que termine con esas ideas y valores violentos, la violencia yihadista terminará definitivamente cuando se acabe con las referencias instrumentalizadas que usan la cultura como razón para atentar contra otros.

No se trata de acciones sobre determinados individuos, sino sobre toda la sociedad y la cultura, y ello exige mucho trabajo a lo largo de un tiempo que nunca será reducido. Por eso es urgente hacerlo de inmediato, y por ello resulta fundamental la crítica a la violencia y el respaldo a la convivencia demostrado estos días por los propios musulmanes.

El 26 de enero de 2007 Naciones Unida adoptó el programa de la “Alianza de Civilizaciones” tras la propuesta que hizo el entonces Presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, en la 59ª Asamblea General, allá por 2004. Las bromas y risas sobre la iniciativa que muchos lanzaron en aquel tiempo, aún resuenan por las calles solitarias que hoy nadie quiere transitar por miedo a un ataque yihadista.

Si desde entonces se hubiera trabajado en esa Alianza con la misma determinación que se hace en protección y seguridad, también esenciales, estaríamos en un escenario completamente distinto y más cerca de una solución definitiva, hoy ajena incluso a la imaginación.

No es de extrañar que las culturas acostumbradas a la desigualdad y al poder se sientan más tranquilas en el enfrentamiento y gestionando la amenaza, que en la convivencia y en la gestión de la paz; pero hoy las referencias son otras.

Tenemos el marco de Naciones Unidas y su programa de la “Alianza de Civilizaciones” con más de 130 países formando parte de ella, y tenemos también la información y el conocimiento de cuál es la estrategia de los violentos. Los yihadistas están educando para la violencia, desde la Alianza, que también incluye países musulmanes, hay que educar para la paz y la convivencia.

Lo que nos falta por conseguir no debe ser el argumento para no intentar lograrlo. Ninguna guerra ha vencido a la paz, no dejemos que ahora la venza el miedo.