El Supremo y “La manada”

La sentencia “emanada” del Tribunal Supremo sobre el caso de “la manada” ha venido a corregir el desfase que se había producido entre el tiempo y la realidad, un tiempo lastrado por los prejuicios y estereotipos de quienes añoran unos años que quedaron atrás, y una realidad que avanza con la fuerza de la Igualdad y la mirada crítica de la conciencia para no olvidar que hasta 1989 la violencia sexual estaba considerada como “delitos contra el honor”, y que, en consecuencia, no había libertad si no había honor, situación que todavía condiciona el presente.

El Derecho ha cambiado, pero la idea de honor no tanto, por eso  muchos no entienden la libertad de una mujer para caminar con cinco hombres en la madrugada de una ciudad en fiestas, y sí ven la libertad de esos cinco hombres para interpretar y decidir sobre lo que la mujer decide o desea. Esa es la mirada con “perspectiva machista” que lleva a dudar de la credibilidad de la víctima o a darle un significado a los hechos a partir de la conducta de la mujer antes, durante y después de la agresión, al tiempo que ignora la conducta de los agresores y da fiabilidad a sus palabras, aunque no haya coherencia entre ellas ni con los elementos objetivos de lo ocurrido.

Todo el mundo acepta esa mirada, en cambio se rechaza corregir la distorsión que produce mediante el cambio de enfoque, y aplicar una perspectiva de género capaz de mostrar cómo la realidad se ha configurado bajo la luz de un “sol de justicia” que levantaba las sombras necesarias para ocultar el verdadero significado de los acontecimientos.

La sentencia del Tribunal Supremo no sólo pone justicia en el caso, sino que contribuye a mostrar esas sombras presentadas como luz ante el contraste con la oscuridad profunda de la negación, y a consolidar la base desde donde se aplica la justicia, que es la justicia social. Son tres los elementos que aporta:

  1. NO SON ABUSOS, ES VIOLACIÓN. En este sentido, da un nuevo significado a lo que ya la Audiencia Provincial de Navarra había recogido como hechos probados, y refleja el peso de uno de los instrumentos más valiosos de la cultura patriarcal, como es la capacidad de dar significado para, aun reconociendo hechos de manera objetiva, darle un sentido diferente. Es lo mismo que sucede ante los homicidios por violencia de género, que a pesar de producirse con una media de 64 al año, aún son presentados como “casos aislados” a través de un significado que mira a las circunstancias particulares de cada homicidio, en lugar de detenerse sobre los elementos comunes a todos ellos.
  2. NO ES UNA VIOLACIÓN CONTINUADA, SINO 10 VIOLACIONES. Ya no sólo es el significado global de lo ocurrido lo que corrige la sentencia del Tribunal Supremo, sino que muestra cómo ni siquiera se llegan a identificar las diferentes agresiones sexuales cometidas por los cinco agresores, y todo queda como si se hubiera tratado de una sola. De nuevo demuestra cómo la violencia de género no llega, si quiera, a ser percibida.
  3. NO SON VÁLIDAS LAS REFERENCIAS QUE INTERPRETAN LA REALIDAD DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO.  Si importantes son las dos aportaciones que hace la sentencia al caso, más trascendente, si cabe, lo es la referencia y el mensaje que manda a toda la sociedad, incluida la Administración de Justicia, a la hora de mostrar cómo se interpreta la violencia de género de manera habitual. La distorsión que introduce la “perspectiva machista” a la hora de dar significado a la violencia contra las mujeres es tan marcada, que unos “Hechos probados” por la Audiencia Provincial de Navarra son la base para llegar a conclusiones contrarias a lo demostrado. Por ejemplo, la sentencia concluye que se trata de abusos sexuales porque no hay intimidación, pero da por probado, y recoge literalmente con relación al momento en que la víctima, en un espacio de 3 metros cuadrados, es rodeada por los cinco agresores y comienzan a desnudarla, que “experimentó sensación de angustia”. Un párrafo más adelante describe que “la denunciante sintió un intenso agobio y desasosiego, que le produjo estupor y le hizo adoptar una actitud de sometimiento y pasividad, determinándole a hacer lo que los procesados le decían que hiciera, manteniendo la mayor parte del tiempo los ojos cerrados”.Y sobre las consecuencias de los hechos, en el momento del juicio oral reconoce que la víctima, dos años después de los hechos, padece un “trastorno por estrés postraumático” grave a pesar de haber estar bajo tratamiento. Si todo eso está presente y ha sido demostrado tiene que haber algo que lo haya causado, y ese factor capaz de producir todas esas consecuencias no puede ser un “error de consentimiento”, sino que tiene que ser una situación caracterizada por la violencia en alguna de sus múltiples formas. Esta circunstancia muestra cómo la Audiencia y el Tribunal de Justicia de Navarra a partir de elementos objetivos llegan a conclusiones contrarias, pero también revela esa misma actitud en la sociedad, incluso cómo una parte de ella insiste en que todo fue una “juerga y diversión”. Finalmente,  ha sido el Tribunal Supremo quien muestra la visión crítica cada vez más numerosa en la sociedad, que entiende que se trató de una violación.

La sentencia del Tribunal Supremo pone mucha luz sobre las sombras que el machismo siempre ha levantado alrededor de la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones, especialmente en la que se lleva a cabo dentro de las relaciones de pareja y como violencia sexual. La sentencia demuestra cómo la clave que ha utilizado la sociedad a la hora de valorar y de responder profesionalmente desde distintos ámbitos no ha sido la negación de los hechos, sino su reinterpretación para darle el significado necesario que permitiera integrarlos como parte de la normalidad,  o como un hecho aislado y menor sin trascendencia ni significado social. Y para ello resulta fundamental cuestionar la conducta y la palabra de las mujeres víctimas, no la de los hombres agresores. Es lo que se ha visto también en la sentencia de “la manada”, cuando se cuestiona a la víctima porque hubo un beso con uno de los agresores antes de la violación, o cuando se intenta investigar en su vida privada tras el juicio. En cambio, esos mismos sectores no dicen nada de la conducta de los agresores antes de la agresión, de cómo la introdujeron en el portal tirando de ella, concretamente (según se escribe en la sentencia), dos de los agresores la cogieron de las manos y “ambos la apremiaron  a entrar en el portal tirando de “la denunciante”, quien de esa guisa entró en el recinto de modo súbito y repentino, sin violencia”. Y continúa después, “cuando la introdujeron en el portal, los procesados, le dijeron “calla””. Y tampoco dicen nada de la conducta de los cinco hombres y su relación con una teórica juerga cuando dejan a la mujer sola en el pequeño espacio, llorando y sin móvil, mientras ellos salen a la calle de uno en uno, no como los cinco amigos que se acaban de divertir tanto con una conocida.

No es algo puntual, sino generalizado. Si ante un caso como el de “la manada”, tan objetivo y corregido judicialmente todavía hay quien lo niega, imagínense la verdad que hay detrás sobre todo lo que desde el machismo dicen respecto a la violencia de género en la pareja, a las “denuncias falsas”, a la manipulación de los hijos e hijas por las madres, o al presentar los homicidios machistas como “casos aislados”… Todo forma parte de su estrategia de ocultación y confusión, por eso ahora intentan, una vez más, esconder la violencia de género dentro de la “violencia intrafamiliar”, para así facilitar todo este proceso y dar un nuevo significado a la realidad.

Nada es casual. La sentencia del Tribunal Supremo ha puesto luz, conocimiento y referencias para interpretar la realidad de la violencia de género.

 

“Por el hecho de ser hombre”

Muchos hombres se pierden en la expresión que resume la construcción cultural del género en la frase “por el hecho de ser mujer”. Dicen que es carente de sentido, que no significa nada, o que es como decir que “hay cosas que pasan porque pasan” o “cosas que son como son”. Parece que su superior capacidad intelectual, tal y como recogen los postulados machistas en boca de uno de sus portavoces, el eurodiputado Janusz Korwin-Mikke, no es capaz de llegar a la concreción, aunque quizás todo se deba a las interferencias que en sus cerebros producen palabras como “mujer”, “Igualdad” o “género”.

Lo digo porque esos mismos hombres y esas mismas posiciones machistas no tienen ningún problema, ni tampoco les genera duda alguna a la hora de entender su significado, cuando afirman que los hombres son denunciados falsamente por sus parejas “por el hecho de ser hombres”o que han perdido la presunción de inocencia “por el hecho de ser hombres”, o que tras separarse no les dan la custodia de sus hijos “por el hecho de ser hombres”, afirmando, curiosamente, que se las dan a las mujeres “por el hecho de ser mujeres”Aquí no tienen problema en emplear la frase, por lo visto todo lo que sea cuestionar o atacar a las mujeres es válido.

Esta situación refleja dos hechos:

  • El primero, el poder que le otorgan a su palabra para definir lo que es y no es de manera interesada. De ese modo, si ellos dicen que el argumento resumido en la frase “por el hecho de ser mujer” no tiene sentido, pues no lo tiene; y si afirman que la idea de que las cosas que les ocurren a ellos les pasan “por el hecho de ser hombres”, pues entonces sí tiene sentido y profundidad.
  • La segunda, es la demostración de que el machismo y su desigualdad actúa de forma que las mujeres, “por el hecho de ser mujeres”, sufren una serie de consecuencias negativas basadas en la construcción de la normalidad (discriminación, brecha salarial, precariedad laboral, acoso, abusos, violencia de género…), y que los hombres, “por el hecho de ser hombres”, tienen una serie de privilegios sostenidos sobre esa construcción..

Parte de la estrategia actual del machismo va dirigida a ocultar esta construcción tan ventajosa para los hombres, por eso no les gusta la expresión “por el hecho de ser mujer”, pues aceptarla significa entender que lo que le ocurre a millones de mujeres en sus relaciones personales, familiares, laborales, sociales… no es un problema particular de cada una de ellas ni de determinadas circunstancias, sino consecuencia de las referencias de una cultura machista que crea el marco y el contexto necesario para que luego puedan suceder dentro de esa normalidad cómplice. Pero, además, como se observa en sus propios argumentos cuando se refieren a las circunstancias que ellos afirman que les pasan a los hombres, reconocer que hay una desigualdad, discriminación y violencia contra las mujeres que forma parte estructural de la cultura machista y que, en consecuencia, se dirige contra ellas “por el hecho de ser mujeres”, supone aceptar que quienes ejercen esa discriminación y violencia para mantener la desigualdad inspiradora son hombres, y lo hacen “por el hecho de ser hombres”es decir, por seguir las referencias que esa cultura ha puesto a su alcance para llenarse de razones y argumentos a la hora de actuar se ese modo, y después encontrar justificaciones para minimizar sus consecuencias. Si no fuera así, el impacto que produce la violencia de género, con una media de 60 mujeres asesinadas al año, no permitiría que el debate estuviera en la derogación de la ley que la combate; si embargo, desde el machismo se permiten cuestionarla e intentar ocultar la violencia contra las mujeres entre otras violencias.

Y todo ello tiene una derivada más. Si los hombres “por el hecho de ser hombres” actúan contra las mujeres “por el hecho de ser mujeres” tiene que ser para algo. Ya sabemos que el “por algo”, esa motivación para actuar, surge de las referencias culturales, y ahora comprobamos que los objetivos pretendidos a partir de esos motivos también son inspirados por el mismo contexto, y son de dos tipos. Por un lado, defender su imagen y condición de hombre como expresión de lo que supone su orden jerarquizado, y por otro, mantener los privilegios que conlleva esa posición. Nada es casual, si el machismo se molesta tanto en atacar a la Igualdad y al feminismo es por algo y para algo.

El machismo se siente dueño de la palabra, por eso se permite darle el significado que beneficia a muchos hombres, y para ello no dudan en decir lo mismo y lo contrario, por eso no dudan en negar que las agresiones y los asesinatos de mujeres por violencia de género no se dirigen contra ellas “por el hecho de ser mujeres”, sino por determinadas circunstancias; y, sin embargo, lo que les pasa a los hombres, sea lo que sea, les ocurre “por el hecho de ser hombres”.  Muchos creen que hacerse pasar por víctimas de la realidad oculta su responsabilidad como autores de ella, y que esconder las motivaciones que surgen al amparo de la cultura del machismo a la hora de agredir a las mujeres, hace desaparecer su responsabilidad como agresores. Pero se equivocan, ya no engañan a nadie.

La realidad que ha creado el machismo ha actuado a lo largo de toda la historia contra las mujeres, y hoy tenemos una doble referencia que lo demuestra: que los hombres se han comportado de ese modo “por el hecho de ser hombres”y que esa realidad está llena de ejemplos y casos de lo que “muchos hombres han hecho”.

 

Monstruos S.A.

Ya tenemos un nuevo monstruo en la sociedad, José Enrique Babuín Gey, conocido como “El Chicle” y detenido por el asesinato de Diana Quer, se ha incorporado a la lista de “monstruos” que cada año se elabora para tranquilizar conciencias y desviar miradas de las circunstancias comunes a todos los hombres que actúan con un objetivo similar, aunque las formas de alcanzarlo sean diferentes.

La primera en llamarlo de ese modo ha sido su madre, quizás la única persona legitimada para hacerlo por el impacto emocional que produce ser consciente de que el niño aquel ha sido el hombre ese que aparece en los medios de comunicación como autor de unos hechos tan terribles. Mirar a la vida y encontrar a ese hombre en cada recuerdo de aquel niño es “monstruoso” para una madre y para un padre.

Pero el resto de la sociedad rápidamente también lo ha considerado como un monstruo bajo un argumento diferente, pues mientras que la familia lo califica de ese modo por ser “uno de los nuestros”, la sociedad lo llama monstruo para decir que “no es uno de los nuestros”. Por ello no han perdido tiempo en acudir a todo tipo de personas expertas para que expliquen algunas de sus características y rasgos de personalidad sin conocer nada de él ni haberlo examinado, tan sólo con las informaciones y referencias que aparecen en los medios de comunicación, algunas de ellas claramente contradictorias. Pero todo eso da igual, lo importante no es que sea verdad lo de “El Chicle”, sino que sea mentira que se trataba de un hombre “normal”, como sí han coincidido en definirlo personas de su entorno laboral, social, relacional, amistades…

Los estudios forenses nos dirán cómo es “El Chicle”, cuáles son los rasgos de su personalidad y si tiene algún elemento que tenga un significado especial en su comportamiento, pero lo que sí sabemos ya es que se trata de un machista violento, igual que otros agresores que han cometido crímenes similares, incluso peores en sus formas y consecuencias por asesinar a varias víctimas, y ninguno de ellos era un enfermo mental ni tenía trastornos de personalidad, cómo tampoco ninguno de sus conocidos decía nada de ellos ni de “El Chicle” antes de que se conociera su responsabilidad en los hechos. En cambio, nadie ha dicho de él algo tan sencillo como que “es un machista violento” .

El análisis de un caso no puede basarse en la repercusión que tenga en los medios de comunicación, ni concluir sobre sus elementos a partir de las informaciones, pues las conclusiones y la información con toda probabilidad serán erróneas.

¿Qué es lo que hace, según toda esa gente, que un hombre sea un monstruo?. Veámoslo.

Llevar a una mujer joven a un lugar apartado para agredirla sexualmente no debe serlo, puesto que, por ejemplo, es lo mismo que hicieron los integrantes de “la manada” y no sólo no los han considerado “monstruos”, sino que hay quien los defiende y culpabiliza a la víctima. Haberla asesinado tampoco debe ser la razón de la monstruosidad, porque cada año en España alrededor de 100 mujeres son asesinadas bajo las diferentes formas de violencia de género y no se refieren a sus asesinos como monstruos. Ocultar el cuerpo tras el homicidio, aunque sea menos frecuente, tampoco ha llevado a considerar monstruos a los asesinos de Marta del Castillo o al marido de María Puy en Navarra, que la asesinó, descuartizó y enterró durante meses.

Al final todo indica que se es monstruo por necesidad, por una combinación de circunstancias que van desde los propios hechos hasta la alarma social generada, situación esta que necesita una negación del machismo y su violencia al tiempo que una afirmación de lo ocurrido. Al final, tener un monstruo a mano ayuda mucho a distorsionar lo ocurrido y a tranquilizar muchas conciencias y algunos ánimos.

¿Cuántos monstruos hay ahora mismo en las calles, en sus casas, en hospitales, juzgados, empresas, comercios… que son considerados como buenos compañeros, buenos amigos, buenos vecinos, buenos trabajadores… y que mañana serán “monstruos”?

No son monstruos, sólo lo serán en nuestra imaginación, en esa realidad que necesitamos crear para que todo encaje dentro de la normalidad machista en la que convivimos cada día, sin que se alce la voz contra la injusticia social que supone y la violencia normalizada que queda integrada dentro de ella. Es mas fácil dejarse llevar y vivir al margen de esa realidad que aceptarla y enfrentarse a ella para cambiarla, sobre todo cuando hacerlo supone renunciar a los privilegios que el machismo otorga a los hombres.

El machismo es una fábrica de monstruos, es “Monstruos S.A.”, no una película, sino la historia real. Y es tan terrible, que crea hombres normales que maltratan, matan y violan desde la invisibilidad y la impunidad, y luego crea algunos monstruos con nombres, apellidos y apodos para exponerlos por todos los medios cuando son descubiertos y no pueden beneficiarse de algunas de las justificaciones que también prepara para que su monstruosidad no de miedo y sea apta para todos los públicos.

Es lo que hemos visto con José Enrique Babuín, “El Chicle”, aunque los intentos de minimizar siempre están presentes, como cuando se ha tratado de culpabilizar y responsabilizar a la propia Diana y a su familia, o como cuando ahora se buscan rasgos o trastornos en el “monstruo” para convertirlo en una especie de alienígena al margen de nuestra cultura y sociedad, para sí tranquilizar más y poner la mirada todavía a más distancia de nuestra realidad.

Vivimos en una fábrica de monstruos, el machismo es “Monstruos S.A”, pero no los busquen en lugares extraños ni con aspecto raro.

 

“Mi asesino y yo”

La violencia de género ni siquiera termina con el homicidio de las mujeres que la sufren, aún tienen que soportar determinadas conductas y comentarios que agreden su recuerdo y hacen aumentar el dolor en sus familias, al tiempo que justifican en mayor o menor grado la posición de sus asesinos.

Y una de las formas de continuar con la violencia es la utilización de la imagen de las mujeres asesinadas y la de sus agresores, la cual se hace reproduciendo los estereotipos y mitos que la cultura ha situado como argumentos para darle sentido a la violencia de género dentro de la normalidad, cuando su intensidad no es especialmente marcada en el resultado, o bajo la excepcionalidad cuando aparece de forma intensa, como sucede en el femicidio.

La cultura ha hecho creer que cuando una mujer de cierta edad es asesinada por su pareja o expareja es porque se trata de un “machista en sentido tradicional”, es decir, de un hombre con toda una “historia llena de machismo que en un momento determinado, bien por el alcohol, los problemas mentales o un arrebato surgido en una “fuerte discusión”, pierde el control y la mata”. En estos casos no es tan necesario acompañar de imágenes para integrar lo ocurrido y tranquilizar las conciencias para que no miren alrededor, y puedan cuestionar el modelo de sociedad machista en que vivimos.

Pero cuando se trata de mujeres jóvenes esos mitos levantados alrededor del agresor no son lo suficiente eficaces, y se echa mano de los que se han construido sobre las mujeres y la relación de pareja según las referencias que ha puesto el machismo bajo la idea del amor romántico.

Las consecuencias directas sobre las víctimas más jóvenes y, en consecuencia, sobre hechos que impactan más y requieren una mayor “justificación” son tres, seguidas luego de comentarios en el mismo sentido.

  • La primera de ellas es la exposición de la mujer asesinada con imágenes en circunstancias de ocio, diversión, viajes, con grupos de amigas y amigos (que aparecen con la cara difuminada)… revelando y transmitiendo una “normalidad” en su vida “incompatible” con una situación de violencia que la controlaba y la sometía a través de la violencia de género.
  • La segunda consecuencia se produce cuando está imagen de ocio llega a prolongarse hasta la representación de las víctimas dentro de los estereotipos usados para justificar y explicar la violencia contra las mujeres. En esos casos las víctimas son presentadas con ropa “sexy” o en actitudes relacionadas con esa forma de vestir, para jugar con la idea de “provocación” de las mujeres que lleva a los hombres a tener que controlarlas, atarlas en corto, o directamente a corregirlas y castigarlas por sus conductas.
  • La tercera, y más terrible aún, es la de mostrar a la víctima al lado de su asesino como una “pareja normal” llena de vida, de proyectos e ilusión, casi siempre en contextos de ocio compartido como ejemplo de esa “buena relación” y de su “amor”. Esta representación de la pareja actúa como una prolongación de los deseos del asesino, como él, si pudiera, decidiría representar lo ocurrido para gritarle a la sociedad que ella “era suya y que sólo será suya”. Que sean estas fotos la rúbrica de la historia que el asesino ha decidido y ha protagonizado criminalmente hasta su final es terrible y un ejemplo mas del fracaso de la sociedad ante la violencia de genero.

Será esa imagen la que quede grabada en el lugar de la retina donde habita el recuerdo, y la que mantendrá el dolor en la familia de ella y la justificación en una sociedad que contempla lo ocurrido como “algo excepcional o patológico en una pareja normal”.

La combinación de esas imágenes y de los comentarios que las acompañan al final reproducen los estereotipos y mitos que sitúan la violencia de género en determinadas circunstancias y momentos que pueden envolver a las parejas normales, y que por algún hecho puntual pueden hacer que el hombre pierda el control bajo los efectos del alcohol, de alguna droga, de un trastorno mental o por la intensidad de un “amor” que lleva a la pasión y al oscurecimiento de la razón.

Y todo ello, además, habitualmente se acompaña con una ausencia de imágenes individuales de los agresores, y cuando lo hacen las suelen mostrar con algún elemento que oculta su identidad, especialmente en los momentos iniciales del caso. Por eso sus fotografías sólo suelen mostrarse cuando el caso es tan impactante que las informaciones se prolongan cierto tiempo, y cuando los hechos aparecen con “pocas dudas” o directamente son reconocidos por algunos de sus protagonistas (confesión, suicidio, testigos, cámaras de seguridad…)

En los homicidios cometidos estas últimas semanas hemos visto ejemplos de este mal uso de las imágenes, que son el factor que más impacta en la toma de conciencia de lo ocurrido. Ha sucedido en Elda con Jéssica, en Benicàssim con Andrea, en Sant Adrià del Besós con Kenia, en Azuqueca de Henares con Arancha, y con tantas otras mujeres asesinadas. Y sucede también estos días con Diana Quer en otra forma de violencia de género como es la violencia sexual.

Los medios de comunicación son los que actúan como fuente de conocimiento en violencia de género para la sociedad, así lo revelan los estudios realizados en España y en la UE, en los que alrededor del 90% de la población refiere conocer la violencia contra las mujeres a través de los medios de comunicación. La consecuencia es directa, la forma en la que los medios recojan la violencia de género será la referencia que la sociedad utilice para adquirir conciencia crítica y posicionarse sobre ella. De ahí la doble responsabilidad de los medios de comunicación, por un lado como una cuestión de profesionalidad que debe llevar a hacer bien el trabajo con independencia de sus consecuencias, y por otro, por ser el instrumento que permite adquirir conocimiento y generar conciencia crítica en un tema tan trascendente como el de la violencia de género, en el que sólo la respuesta social frente al machismo podrá hacer que desaparezca. Y cuando sólo el 1-2% de la población considera que se trata de un problema grave (CIS), quiere decir que hay algo que no estamos haciendo bien.

La información sobre la violencia de género ha mejorado mucho en estos años, pero aún falta romper con las influencias que generan todos los mitos y estereotipos que la cultura sitúa ante la mirada para condicionar el trabajo informativo, al igual que lo hacen en los juzgados, en los hospitales, en las comisarías, en las escuelas… y en cualquier ámbito, porque esos mitos y estereotipos son parte de la “normalidad” del machismo.

Y la información es palabra e imagen. Por lo tanto, una mala imagen siempre valdrá más y hará más daño que mil buenas palabras.

“Machismo antimachista”

El domingo 10-9-17, El País Semanal publicó un artículo de Javier Marías titulado “Feminismo antifeminista”, en el que muestra su enorme “preocupación” por las dificultades que tiene el feminismo para avanzar en la sociedad, y cuestiona por ello, paradójicamente, al propio feminismo y a muchas feministas, no al machismo ni a los machistas, cuyos planteamientos defiende y justifica cuando tiene ocasión.

Y por si no quedara clara su intención, lo hace en un terreno “caracterizado por su compromiso con la Igualdad y la búsqueda de oportunidades para hombres y mujeres”: el deporte. El argumento no es nuevo, y lo que cuestiona son dos decisiones tomadas sobre la imagen de las mujeres que proyecta la competición, y lo hace a partir de la teórica libertad que tienen a la hora de elegir y decidir lo que ellas quieran. No estaría mal que leyera el libro de la profesora Ana de Miguel, “Neoliberalismo sexual”, sobre el mito de la libre elección; mientras tanto continuaré con mi exposición.

Uno de los dos ejemplos que toma es el de las azafatas de La Vuelta, después de que la organización haya decidido cambiar el protocolo y sus funciones. Para él, las azafatas en el ciclismo, e imagino que las animadoras en el baloncesto, las paragüeras en el motociclismo, las recogepelotas en el open de tenis de Madrid… son mujeres que deciden libremente hacer estas funciones tan trascendentes para esos deportes, que además no pueden hacer los hombres ni tampoco mujeres que no resulten sexis ni atractivas, por lo visto debe haber un extraño circuito cerebral que lleva a que las no cumplen ese canon estético no tengan capacidad para tomar ese tipo de decisiones, algo que no deja de ser curioso. La situación viene a ser similar a lo que ocurre con muchos trabajadores, que también “eligen libremente” firmar contratos de unas pocas horas por 400 €, y luego trabajar más de 10 horas cada día, o de aquellas otras mujeres que afirman lo de “mi marido me pega lo normal”. Para él, en ningún caso, ni en el de las azafatas ni en el de los trabajadores, el contexto y las circunstancias, cada uno con sus elementos y motivos, influye en ese tipo de decisiones.

Algo similar a lo ocurrido en el segundo ejemplo que utiliza Javier Marías. En él cuestiona la decisión de la Asociación Profesional de Mujeres Golfistas (LPGA), por establecer un código de vestimenta para sus jugadoras. No comenta nada el autor de la presión de las marcas comerciales sobre algunas jugadoras, curiosamente sólo aquellas que “dan la talla”, para que vistan ropa sexi y actúen como maniquís andantes por la hierba con sus prendas sin que les importe su juego, algo que sí preocupa a la Asociación de Golfistas, como no podía ser de otro modo. Parece que para Javier Marías la libertad pasa porque las mujeres hagan aquello que, ¡oh casualidad!, los hombres quieren que hagan. Y cita a la jugadora Paige Spiranac como precipitante de esta decisión, dada la envidia que levanta ante otras jugadoras por lo que gana y por lo famosa que es debido a su físico. Da la sensación que hablar de juego en el golf femenino no importa y, en cambio, sí que la atención se centre en las curvas de las jugadoras ensalzadas por la ropa de temporada que las marcas comerciales presentan para vender más, no para que jueguen mejor. Quizás proponga que en lugar de entrenar el “drive” o el “approach” lo que tienen que hacer es subir la falda o bajar el escote, seguro que algunas ganan más y son más famosas. Y si terminan el hoyo 18 con un estriptis, más aún.

Imagino que tampoco ha leído la entrevista en la que la propia Paige Spiranac se derrumba por el  ciberacoso machista que sufre … Eso no tiene importancia, ¿verdad?.

Coincido con Javier Marías en que el código de vestimenta y las multas no son la solución. La solución pasa por apartar las referencias del machismo a la hora de determinar la realidad. Pues es esa “normalidad” del machismo la que lleva a la cosificación de las mujeres, tanto de forma individual como en grupo, y a partir de ella a que muchos hombres desarrollen conductas violentas en sus diferentes formas: acoso, abuso, violencia sexual, violencia en la pareja… En todos estos casos la violencia se produce después de un proceso que los anglosajones denominan “deshumanización del objeto de la violencia”, y que aquí se conoce como “cosificación”. La conclusión es sencilla, cuanto más cosificadas estén las mujeres en la sociedad, más fácil resulta que los hombres que lo decidan libremente inicien su conducta violenta contra ellas.

La libertad que ha conseguido el feminismo a lo largo de la historia se traduce en capacidad de elegir, puesto que sin esa posibilidad para la elección la libertad se queda en el enunciado. Por eso es importante que no se confunda la libertad que tienen hoy las mujeres para decidir vestir y comportarse como quieran, con una obligada adaptación a los espacios y formas que impone el machismo para seguir reforzando la imagen tradicional de las mujeres.

Comparar, como hace Marías con insistencia, los planteamientos feministas con las posiciones religiosas del catolicismo y del islam demuestra algo más que desconocimiento, y pasa a ser un ataque directo al feminismo que él pretende defender y a las feministas que lo hacen verdad cada día. Y todo ello basado sólo en el relato de los hechos comentados, sin analizar su significado. A ver si resulta ahora que apoyar la sexualización de algunas jugadoras en el golf y besar a las azafatas al final de cada etapa es el “verdadero progresismo”.

Seguro que no habría dicho nada si la LPGA hubiera prohibido jugar a alguna golfista con velo o hijab, como tampoco dijo nada cuando el rector de la Universidad Libre de Bruselas sugirió a las estudiantes llevar “vestido o falda y un escote bonito” en la ceremonia de graduación.

La libertad sin Igualdad sólo permite que el machismo se mueva de forma libre por su territorio. La Igualdad no busca un retroceso, sino romper con las referencias del machismo que llevan a interpretar la realidad y darle significado según le interese.

Hoy hay un machismo revestido de aparente antimachismo. Ese “machismo antimachista” es el posmachismo, su nueva estrategia para generar confusión y que todo siga igual, como siempre.

 

 

Educación para la feligresía y segregación en las aulas (y II)


SEGREGACION-1La historia no se repite, simplemente no cambia,
son las personas que se acercan a ella las que descubren como nuevo aquello que no ha dejado de estar ahí, aunque es cierto que no siempre con la misma visibilidad.

Mucho de lo que está pasando tiene que ver con el posconservadurismo y el posmachismo, un día me detendré más despacio en ellos, pero hoy sólo me centraré en dos de sus  principales características: la aparente neutralidad y el cientificismo

Los planteamientos que se hacen desde estos nuevos púlpitos laicos parten de la base de que todas las propuestas e iniciativas que se han realizado para modificar las referencias tradicionales, nacen de ideologías cerradas y limitadas que quieren imponer sus valores a toda la sociedad en contra del orden establecido, que es presentado como neutral y descargado de ideología, de ahí que a lo de los demás lo llamen adoctrinamiento y a lo suyo educación. Pero como este planteamiento es limitado y choca frontalmente con posiciones socialmente aceptadas (matrimonio entre personas del mismo sexo, políticas de igualdad, lucha contra la violencia de género sin culpabilizar a las mujeres ni presentarlas como autoras de denuncias falsas, nuevos modelos de familia, utilización de anticonceptivos, recurso a técnicas de reproducción asistida, aborto, nuevas formas de vivir la sexualidad…), se recurre al cientificismo, es decir, a la utilización de datos e informaciones provenientes de trabajos científicos o pseudo-científicos para, de este modo, justificar sus planteamientos. Algunos de estos ejemplos de manipulación lo tenemos en afirmaciones como “el 70% de las sentencias por violencia de género no son condenatorias, lo cual significa que el 70% de las denuncias son falsas”, “el 80% de la sociedad está a favor de la custodia compartida, por lo que el 80% de la sociedad está en contra de otros modelos de custodia y a favor de la compartida en cualquier circunstancia”, o hace tan sólo unos días con las declaraciones del congresista Todd Akin al afirmar que “como en la mayoría de las violaciones no se produce un embarazo, el hecho de que la mujer esté embarazada demuestra que no se ha producido una violación”. Casi siempre actúan del mismo modo, se trata de coger un dato aparentemente científico y darle una interpretación interesada para justificar sus planteamientos, otras veces el propio estudio ya parte con el sesgo de la ideología, pero el resultado es el mismo. Es la forma de proceder desde el posconservadurismo y su “neoadoctrinamiento”.

La propuesta y defensa de segregar a niñas y niños en las escuelas, y de hacerlo con dinero público entra de lleno en esta estrategia, incluso muchos la intentan presentar como un nuevo descubrimiento capaz de resolver todos los problemas que existen en la sociedad. Sin embargo, algunos olvidan que la canción de “los niños con los niños y las niñas con las niñas” no es nueva, y que venimos de un modelo educativo donde la separación de niños y niñas era lo habitual, por eso han cambiado de táctica y han pasado a  utilizar los razonamientos posmachistas del posconservadurismo.
SEGREGACION-2

Los planteamientos para defender la segregación en la educación parten de dos grandes argumentos, por una parte los científicos, y por otra los formales o legales, pero en verdad ambos son parte de la manipulación.

1. ARGUMENTOS CIENTÍFICOS

El razonamiento es superficial y lineal, de ahí que aparezca tan obvio: Se recurre al dato científico de que el cerebro femenino evoluciona de manera distinta al masculino, especialmente en lo referente al lenguaje, a la expresión de las emociones y a la audición, y que todo ello repercute en el aprendizaje, y a partir de ahí se dice que es mejor educar separadamente a niños y niñas. El mayor defensor de estas propuestas es Leonard Sax, médico y psicólogo estadounidense, que curiosamente ha montado todo un negocio alrededor de la educación diferenciada para niños y niñas. Esto no es un problema en sí mismo, salvo por los estudios y trabajos verdaderamente científicos que critican sus conclusiones y propuestas, entre los que destacan los realizados por Mark Liberman, profesor de Lingüística y Ciencias Informáticas de la Universidad de Pennsylvania. Estos estudios han demostrado que las informaciones de Sax no se sostienen desde el punto de vista científico, y que los trabajos que defienden la separación de niños y niñas no se han diseñado teniendo en cuenta las diferentes variables que influyen en el aprendizaje, ni han sido realizados sobre una muestra amplia y adecuada. Cuando se han llevado a cabo siguiendo el método científico han  concluido que las diferencias que aparecen en los distintos grupos son interindividuales, no intersexos. Es decir, demuestran que las distintas personas, con independencia de si son niños o niñas, poseen características diferentes y siguen un ritmo de aprendizaje variable, pero no que dichas diferencias se deban al hecho de pertenecer al grupo de las niñas o de las niños.

Las diferencias existentes entre niños y niñas (anatómicas, funcionales, neurológicas, conductuales…) no son suficientes para establecer una distinción entre niños y niñas, tampoco para justificar la segregación en las aulas, y menos aún pueden considerarse de manera aislada a los factores sociales y culturales, que son las que le dan significado y los que permiten dirigir el comportamiento de chicos y chicas de manera distinta.

Los razonamientos de Leonard Sax y la justificación para segregar a niños y niñas, como podemos comprobar, no se sostienen desde el punto de vista científico.

2. ARGUMENTOS FORMALES

El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, y el ministro Wert como máximo responsable,  se agarran a la Convención de la UNESCO para defender la educación segregada, al recoger en su artículo 2 que esta práctica no debe considerarse como discriminación. El debate puede ser largo y extenso, pero desde el Ministerio no tienen en cuenta un par de detalles. Por un lado, puede haber coincidencia en que no sea discriminatoria si se garantiza el acceso en igualdad a la educación y si la segregación parte de una decisión particular de las familias dentro de un marco educativo general, que impida que cualquier niño o niña pueda verse afectado por no poder acceder en igualdad a la educación, como consecuencia de la existencia de colegios o aulas segregadas. De hecho nunca se ha prohibido en España ni se ha planteado suprimirla, lo que se plantea es que si se trata de una decisión particular que no tiene ventajas formativas, como han demostrado los estudios, y en cambio sí puede influir en la convivencia, no sea sufragada con el dinero público, máxime cuando en los colegios de educación segregada, más que en el aprendizaje académico, en lo que se insiste es en la transmisión de unos determinados valores, ideas y creencias, totalmente respetables en una democracia, pero ajenos a lo que desde los presupuestos del Estado se debe promover

Por otro lado, lo que olvida el Ministerio y el ministro es que la Convención de la UNESCO, al hacerse desde Naciones Unidas debe tener en cuenta la situación de la educación a nivel global. Y la situación a lo largo y ancho del planeta  muestra que en determinadas culturas, y debido a la influencia de algunas religiones, la única forma de permitir el acceso a la educación de las mujeres es a través de su separación en aulas o colegios diferentes. Naciones Unidas no puede dificultar la educación sobre una cuestión que necesita del primer paso de la escolarización, puesto que el resultado ya es conocido: Las niñas no accederían a la escuela. Que este argumento sea utilizado por el Gobierno de España en 2012 resulta bastante pobre y preocupante.


SEGREGACION-3Como se puede observar no hay razones serias para mantener la segregación en la educación con dinero público, salvo las que legítimamente parten de la ideología y las creencias. Por eso sorprende que desde las posiciones que menos han hecho por promover la Igualdad y acabar con la situación de discriminación social de las mujeres, que manifiestan que no deben ser ellas las que decidan sobre las cuestiones que le afectan de manera íntima, personal y directa, que históricamente han pedido paciencia y resignación para afrontar los problemas que le afectan, que en muchos casos han retrasado la solución de esos problemas a otra vida… ahora defiendan la segregación por el bien de las mujeres, para que las chicas no se vean lastradas por el retraso en el desarrollo de determinadas capacidades de los chicos, y para que estos no se sientan acomplejados ante el avance de ellas. No es muy coherente, y cuando la coherencia está ausente la duda se convierte en sospecha.

La idea de mujer como complemento del hombre y volcada al cuidado a través de los roles de madre, esposa y ama de casa, como decíamos en el post anterior, podrá hacer de ellas muy buenas feligresas, pero la ciudadanía se vive en términos de derechos, y estos han de ser iguales para hombres y mujeres.

 

Educación para la feligresía y segregación en las aulas (I)

FELIGRESIA Y SEGREGACION
Lo de “juntos como hermanos…” que cantábamos en misa de doce, a pesar de las críticas y de las risitas que se han hecho sobre el lenguaje no sexista,  debería ser sustituido por “juntos como hermanos y juntas como hermanas…” para adaptarlo a la propuesta de separar a los niños y a las niñas en aulas diferentes, y así evitar posibles confusiones (y mezclas).

En esta fina lluvia postconservadora que está cayendo, aunque tampoco faltan las tormentas, cada día llegan nuevas propuestas e iniciativas para alcanzar ese “volver a empezar” tan deseado. Da igual el ámbito en que nos encontremos (económico, laboral, sanitario, social, inmigración…), la idea es regresar a tiempos anteriores donde además de diferencias había distancia entre cada una de las partes y elementos implicados. Y si la intención es esa en ámbitos fríos e impersonales como los apuntados, lo relacionado con la Igualdad y la posición de las mujeres en la sociedad se ha convertido en la piedra angular sobre la que hacer descansar el modelo que se quiere imponer. La situación es muy sencilla, nada puede sostenerse en el nuevo diseño si no es con el regreso de las mujeres al desempeño de sus roles tradicionales de esposas, amas de casa y madres; podrán trabajar, por supuesto, pero sin abandonar esas tareas esenciales ni comprometer a los hombres más allá de la ayuda. El nuevo “estado del bienestar” pasa por la vuelta de las mujeres a la cocina y al cuarto de estar.

Ocurrió tras la grave crisis de la década de los 20 en el siglo pasado y el denominado “New deal”. El pacto, como han puesto de manifiesto Mink y Coontz,  se basó en la promoción de los empleos destinados a los hombres para mantener el modelo de familia tradicional, y obligó a que muchas mujeres permanecieran en el hogar sin poder desarrollarse profesionalmente. Y en 2012 ocurre de nuevo algo parecido con esta “crisis tan oportuna” y el replanteamiento del papel de las mujeres. Pero claro, ahora que no hay una diferenciación de puestos de trabajo entre hombres y mujeres no basta con promocionar determinados empleos. Ahora los esfuerzos se dirigen hacia otro objetivo, y todo indica que lo que se pretende es cambiar las mentalidades para que se presenten de manera diferente en los chicos y en las chicas, y que cada grupo asuma y elija desarrollar un papel distinto. Por eso la educación es tan importante, porque actúa como el vehículo transmisor de las referencias y valores que permiten marcar las identidades sobre la asunción de roles diferentes y específicos para cada sexo.

Hace unas semanas el ministro Wert anunció un cambio en el programa de Educación para la Ciudadanía, y ahora ha mostrado su oposición (con el debido respeto) a la sentencia del Tribunal Supremo que avala que el dinero público no se destine a educar separadamente a quien luego ha de convivir. Y, curiosamente, la modificación del programa de Educación para la Ciudadanía ha incidido en las cuestiones que la Iglesia Católica más ha cuestionado, y los colegios de educación segregada pertenecen a organizaciones religiosas de la Iglesia Católica.

El ministro Wert y el PP se equivocan al considerar que las personas son antes feligreses que ciudadanos, y la Iglesia se confunde al pensar que los feligreses en términos de creencias son buenos ciudadanos en términos de derechos, y que basta cumplir los mandamientos que llevan a otro mundo para vivir en este.

El Estado no puede permitir que las personas sean siluetas ciudadanas con apariencia correcta, pero vacías en cuanto a los valores de convivencia y respeto que parten de lo común y del marco constitucional que nos hemos dado. Habrá valores diferentes entre las distintas creencias, educaciones, culturas, costumbres, ideas… pero la fortaleza de la sociedad nace de ese interior ciudadano que lleva a convivir y a compartir lo común en el encuentro, no de la apariencia formal, y la educación debe potenciar ese encuentro, no dificultarlo. Lo demás, esos valores particulares, podrán dar mucha cohesión interna dentro de cada grupo, pero si no incorporan lo común terminarán en conflicto con los demás.

La última decisión que se maneja estos días no sólo pasa por el cambio de programa de la asignatura Educación para la ciudadanía, sino que busca (no sé si potencia) mantener la segregación de niños y niñas dentro de la educación con dinero público.

Al margen de no entender que la educación no sólo es la trasmisión de conocimientos y habilidades, y que su objetivo debe ser hacer de los chavales y las chavalas buenos ciudadanos con conocimiento y formación académica y profesional, por supuesto, pero también entendiendo y respetando la Igualdad y las diferencias existentes, especialmente las que históricamente han sido utilizadas como justificación de la desigualdad y de la distinta posición de hombres y mujeres, para que nunca sean base ni argumento para la discriminación. Y este objetivo se consigue mejor a través de compartir espacios, inquietudes, ilusiones, problemas, ayudas… en lugar de mantenerlos como seres extraños que permanecen separados como si cada uno fuera un problema para el otro, hasta que un día se encuentran en la plaza de un pueblo, en un parque o en un centro comercial. Los estudios realizados en adolescentes (entre ellos el más amplio llevado a cabo hasta ahora y   elaborado por el Ministerio de Igualdad en 2009), ponen de manifiesto que la alta incidencia de violencia de género de los 15 a los 18 años (9’2% de las chicas reconocen haberla sufrido y 13’1% de los chicos reconocen haberla ejercido), y lo que es más grave, la presencia de los valores y actitudes que justifican estas conductas. Pero también han revelado que las chicas y chicos con más formación y conocimiento en igualdad son las que menos violencia sufren, los que menos la ejercen, y los que resuelven los conflictos de manera pacífica, todo ello a pesar de que tanto el alumnado como el profesorado reconocen que apenas tienen oportunidad para abordar estos temas en clase. 

La solución no es, por tanto, cambiar el programa en lo referente a la igualdad (la tan criticada “ideología de género”, como la han llamado muchos), ni separar a los niños y las niñas en aulas distintas. Todo lo contrario, la solución para por seguir trabajando sobre la igualdad y en potenciar los programas que ayuden a entender que las diferencias no nos hacen mejores o peores, ni capacitados o incapacitados para desarrollar determinadas tareas y expresar ciertas emociones y sentimientos.

Pero está claro que no hay voluntad de trabajar en esa línea. Quienes defienden las posiciones tradicionales dicen que hablar de igualdad, de sexualidad, de género… es adoctrinar, mientras que lo que ellos proponen es educar. Y lo dicen quienes más han criticado al sistema educativo español, quienes no se han cansado de decir que con este sistema el alumnado no aprende lengua, matemáticas, historia, geografía… en cambio temen a lo mucho que pueden aprender con una simple asignatura que se imparte unas cuantas horas a la semana…

No dejar de ser curiosa esta forma de entender la realidad, ¿verdad?