Conciencia ficción

Imaginemos un lugar donde un primero de octubre se celebrara un referéndum amparado por sus leyes, pero en contra de la Constitución del país que lo abraza. Imaginemos que el objetivo de ese referéndum es votar para decidir si quieren seguir formando parte de ese Estado o prefieren la independencia. Imaginemos que a pesar de todos los impedimentos para que se celebre esa votación, al final hay un número de personas que salva todos los obstáculos y logra votar, y que de las urnas sale un porcentaje suficiente que dice “sí”, que quiere ser independiente. A partir de ese resultado las instituciones del lugar continúan el proceso iniciado y declaran la independencia. E imaginemos que, por las circunstancias que sean, el Estado opositor hasta ese momento se rinde a los hechos y acepta la independencia, modificando su Constitución y todo lo necesario para convivir bajo la nueva situación.

El nuevo Estado, ya independiente, prosigue con sus cambios y pone en marcha unas elecciones para elegir su Parlamento desde la nueva soberanía. Y tras la celebración de esas primeras elecciones del nuevo país y en un ambiente festivo, una mayoría social respalda el resultado de la independencia y a los partidos que la promovieron, que ahora buscan afianzarla en lo local y reforzarla en lo internacional para alcanzar el ansiado y necesario reconocimiento. Pero imaginemos que en ese Parlamento salido de las urnas el número de escaños de los partidos que se oponían a esa forma de alcanzar la independencia y a seguir ahora en ella es mayor, y que dadas las nuevas circunstancias forman Gobierno y se agrupan en la cámara para poner en marcha una ley de retorno al Estado original, y un referéndum para lograrlo amparándose en que prácticamente la mitad de la población quiere pertenecer al Estado común. Con todos esos elementos, y con la confianza que da tener el voto de quienes no querían la independencia y el impacto de las campañas y argumentos que se lancen desde las propias instituciones, inician este nuevo proceso en contra del Tribunal Constitucional del nuevo país, que anula todas sus decisiones y acciones, aunque ellos prosiguen amparados por la soberanía popular que los ha elegido, y bajo el argumento de que “votar es democracia”.

¿Sería aceptado ese nuevo proceso y su resultado por parte de quienes lo hicieron en sentido contrario para lograr la independencia?

Las circunstancias me hacen pensar que no, que sería rechazado por ilegal y por instrumentalizar las instituciones a favor de unas determinadas ideas y posiciones políticas.

No estamos hablando de situaciones distintas ni de mundos diferentes, la conciencia es tan responsable de la realidad como de la ficción, y de llamar a cada una con el nombre que necesite en cada momento para hacerla real, pues una cosa es lo real y otra la verdad. Y en política con frecuencia se confunde la una con la otra, como se confunde el pensamiento con la imaginación y el deseo con el sueño, creando el problema de hacer a la política innecesaria, cuando es ella el instrumento que puede acercar y conectar esa imaginación con el pensamiento y el sueño con el deseo para lograr que se hagan realidad, no sólo verdad.

La situación que se ha creado alrededor del proceso iniciado en Cataluña sólo tiene como solución reflejar el deseo, el sueño, la voluntad… de cada persona en las urnas, y eso lo saben todas las partes involucradas. Pero del mismo modo que usar un bisturí no significa que se esté realizando un acto quirúrgico, usar las urnas no significa que sea un acto democrático, por eso es importante entender que es la solución la que debe llevar a las urnas, y no que son las urnas las que llevan a la solución. La solución que surja de unas urnas sin el proceso democrático que debe ponerlas en cada una de las mesas, será real, pero no verdad.

Y cuando hablo de “proceso democrático” no me refiero a la técnica jurídica y a la normativa que avale las decisiones y las acciones políticas, sino a la participación y al debate social amplio y mantenido para que sea ese pueblo el que tome la voz, no el que reproduzca el playback de cada una de las partes promotoras de las diferentes opciones, y viva las propuestas contrarias como un ataque. Es lo mínimo ante un hecho tan trascendente como decidir sobre la independencia.

Si todo se presenta como causa de una historia de agravio el resultado será un agravio histórico. Todavía no he escuchado lo suficiente ni he leído por qué la identidad catalana quiere la independencia como forma de expresarse y convivir, y por qué de esa nueva forma de relacionarse con España saldrán también lazos positivos por todo lo que hemos compartido a lo largo de la historia, y por todas las posibilidades que se abren en ese nuevo horizonte. Y sería algo esencial, pues condicionar el futuro sólo a las circunstancias del pasado suele llevar a retrocesos, no a avanzar en un mundo que acelera a diario.

La identidad no es un elemento estático y no sólo es lo que uno siente, sino que también es lo que los demás perciben a partir de ese sentimiento; y tan importante es para el futuro y las relaciones el componente subjetivo (la forma de sentirse), como el inter-subjetivo (la manera en que lo perciben los demás). Por ello la forma de alcanzar la independencia de los países marca para siempre su identidad dentro y fuera de sus fronteras. Una independencia surgida de un enfrentamiento en un contexto de paz llevará al conflicto. Un conflicto que quizás un día lleve a que unos partidos con mayoría parlamentaria inicien un proceso de reintegración en el país original en contra de una parte importante de la sociedad y de su Tribunal Constitucional.

No es ciencia ficción, es conciencia ficción, de momento con pocas probabilidades de ser real, pero no tan lejos de ser verdad.

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El “señoritismo”

SANTOS INOCENTESCon frecuencia se habla de “populismo”, pero nunca de “señoritismo”. 

Definir la realidad según la interpreta quien ocupa las posiciones de poder permite describirla de manera interesada a sus necesidades y conveniencia, y de ese modo perpetuar la desigualdad y las ventajas que les proporciona. El resultado es muy variado y diverso, lo hemos visto, entre otros escenarios, en las pasadas elecciones.

Durante este tiempo hemos oído calificar de “populismo” todas aquellas propuestas que tienen un impacto directo, casi inmediato, sobre cuestiones y problemas que afectan a quienes cuentan con menos recursos y oportunidades para afrontarlos, especialmente si la propuesta, además, impacta en quienes ocupan las posiciones de poder y reconocimiento en nuestra sociedad. El mensaje que se manda con esa consideración “populista” suele ser doble: por un lado la imposibilidad de llevarla a cabo, y por otro la inconveniencia o inoportunidad de hacerlo, dadas las consecuencias negativas que tendría para el “sistema”.

De este modo la crítica es doble, por una parte sobre su mentira, y por otra sobre el hipotético daño que ocasionaría en caso de que se pudiera realizar, de ahí que la consecuencia inmediata sea presentar al populista como “mentiroso y peligroso”. A partir de ese momento ya no hace falta ningún otro argumento, se desacredita a la fuente por “populista” y se evita tener que contra-argumentar sobre lo propuesto, o tener que plantear iniciativas que resulten más prácticas o interesantes para la sociedad. Y quien actúa de ese modo es, precisamente, quien dispone de más medios y recursos para sacar adelante múltiples iniciativas para abordar las cuestiones que intentan resolver las propuestas consideradas “populistas”.

El populismo queda de ese modo identificado como el espacio al que recurren quienes no tienen la capacidad, la preparación o la responsabilidad para actuar con “sentido de Estado” y en nombre del “bien común”, y sólo lo harán en busca del interés personal, incluso sin importarle destruir el Estado si fuera necesario. El populismo, por tanto, no es sólo la propuesta puntual, sino que además se convierte en el espacio donde situar cualquier medida que actúe contra el orden social establecido sobre las referencias de una cultura desigual, machista y estructurada sobre referencias de poder levantadas a partir de determinadas, ideas, valores y creencias.

Nadie cuestiona ese orden dado como un contexto interesado que carga de significado a la realidad, cuando en verdad actúa de modo similar al espacio considerado como “populismo”, pero a partir de las ideas, valores, objetivos e intereses de quienes han tenido la posibilidad de decidir en su nombre qué era lo que más interesaba al conjunto de la sociedad, haciendo de sus posiciones la “normalidad” a través de la cultura. Y del mismo modo que se ha identificado con “lo del pueblo” aquello que de alguna manera se considera contrario al orden establecido, hasta el punto de considerarlo “populismo”, deberíamos aceptar como “señoritismo” el espacio y las referencias dadas en nombre de la cultura jerarquizada y desigual que define posiciones de poder sobre el sexo, las ideas, la diversidad sexual, el grupo étnico, las creencias, el origen, la diversidad funcional… Un “señoritismo” que juega con una imagen opuesta al “populismo” al presentar sus iniciativas como las únicas capaces de resolver los problemas, por ser propuestas y desarrolladas por personas preparadas y responsables. De ese modo se defiende la élite operativa y la esencia ideológica.

Las consecuencias son muy amplias y diversas, puesto que hablamos de la normalidad y la cultura, pero centrándonos en lo ocurrido en las elecciones, no sólo en estas últimas del 26J, pero sí sobre algunas de las cuestiones que se han planteado tras sus resultados, podemos ver cómo actúa el juego entre “populismo” y “señoritismo”.

Subir los impuestos a quienes más tienen y se aprovechan de la legislación para cotizar menos, cuestionar la precariedad laboral, pedir una educación y una sanidad públicas y de calidad, hablar de dependencia, exigir medidas contra la violencia de género, reclamar medios contra la corrupción… todo eso es populismo. En cambio, mantener un sistema fiscal que ahoga a clases medias y bajas, facilitar el desarrollo de la sanidad y la educación privada, incluso con segregación en las aulas, olvidarse de las personas mayores y dependientes más allá de la caridad, recortar los recursos para erradicar la violencia de género, permitir que la corrupción se resuelva por medio del olvido… todo ello no se considera “señoritismo”, aunque es reflejo de ese orden de ideas y valores en armonía con la parte conservadora que la propia cultura defiende como esencia de presencia y continuidad.

Y no sólo es que las políticas conservadoras y tradicionales no se ven como algo ajeno a la propia normalidad y cultura, sino que, además, cuando son descubiertas como algo contrario al interés común y cuando sus resultados son objetivamente negativos, la posición de quien las lleva a cabo y el significado que se les da no adquiere el nivel de rechazo y exigencia de responsabilidad, por haber sido realizadas por quienes tienen una cierta legitimidad para actuar de ese modo, y porque quedar integradas dentro de otras medidas y políticas que presentan como positivas para la sociedad y el sistema.

El ejemplo de esta situación lo tenemos en lo que ocurre cada día en muchos pueblos. Cuando el “señorito del pueblo” o un empresario se levanta a las 12 del mediodía y se va directamente a tomarse un vino al bar de la plaza del pueblo, nadie lo cuestiona porque se entiende que esa conducta forma parte de su condición, algo que no aceptarían en un trabajador. Algo parecido sucede, por ejemplo, ante las críticas a algún mensaje lanzado por representantes de la Iglesia (rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo, propuestas de salud sexual y reproductiva, impuestos que no paga…), que se consideran como un ataque a la libertad religiosa, pero cuando desde la Iglesia se cuestiona la política y se llama a la desobediencia civil a las leyes de Igualdad, se dice que es libertad de expresión.

Cada cosa tiene un significado diferente dependiendo de lo que afecte al modelo pero, además, si las propuestas coinciden con él son consideradas propias y adecuadas, y por tanto, no cuestionables ni motivo para exigir responsabilidad a quien las haga por entenderlas como parte de ese contexto de “señoritismo”.

Y no es que se acepte el resultado negativo cuando se produce, pero no se entiende con la suficiente entidad como para cuestionar al contexto o al partido político que la lleva a cabo. Es lo que hemos visto con los casos de corrupción en el PP, que no les pasa factura electoral por entender que son “cosas que suceden donde se mueve mucho dinero” y que “no es un problema del modelo de organización, aunque haya sido permisivo y ausente, sino de unos pocos que lo han traicionado”.

Esa valoración y justificación es imposible en otros partidos y contextos en los que los casos de corrupción no forman parte de las posibilidades que les otorga el reconocimiento de su normalidad. Es lo del señorito del pueblo y el trabajador, si un trabajador se levanta a las 12 y se va al bar de la plaza a tomarse un vino es considerado un gandul o un borracho, algo que nunca se dirá del señorito.

¿Alguien ha hablado en esta legislatura de los coches oficiales, del número de asesores de Moncloa, del inglés de Rajoy, de la ropa o las parejas de las ministras del Gobierno, de las colocaciones de los ex-ministros, como por ejemplo Wert en Paris…? Todo eso forma parte del “señoritismo”, y mientras no se modifiquen las referencias de una cultura desigual y machista, una gran parte de la sociedad siempre será condescendiente con el poderoso, con sus ideas, valores y creencias que configuran el “señoritismo”.

 

La investidura en clave machista

CONGRESO-ESFERASin lugar a dudas, la política es uno de los principales escenarios del machismo, y no porque sea una espacio diferente al resto de la sociedad, sino por lo contrario, porque forma parte de ella y porque, además, está aderezada con el condimento del poder, esa pócima mágica en la que cayó el primer macho y que, por transmisión o invitación, comparte con el resto de los asistentes, al tiempo que se difunde por el aire de la cultura, como si fuera uno de esos ambientadores modernos que nada más moverte lanza su spray al ambiente.

Que las diputadas representen el 40% se ve como un logro, pero que el 60% del Congreso sean diputados hay quien lo percibe como una pérdida. Que una diputada vaya con su bebé al escaño se toma en broma, pero que el 80% de los trabajos a tiempo parcial sea desarrollado por mujeres para poder cuidar a sus familiares se ve como algo serio. Que dos diputados se besen en los labios en este comienzo de legislatura a algunos les genera impudor, pero que cuando comenzaba la anterior una diputada dijera aquello del “que se jodan”, para besar las medidas laborales que han oprimido a la sociedad, generó solidaridad y cierre de filas. Que un diputado lleve rastas se considera sucio, pero que cabezas recién peinadas y engominadas hayan amasado fortunas sobre la corrupción, se toma como “juego limpio” y elegante.

Todo eso podría formar parte de la escenificación de los días en un ambiente que imprime carácter en 3D, pero si nos vamos a la esencia de lo ocurrido en el “palacio de congresos y festivales de España”, la cosa es más preocupante.

Lo que ha sucedido con la candidatura de Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno, ha parecido más un juego de patio de colegio que uno de los actos trascendentales de la democracia.

El debate de investidura se ha tomado como si dos cursos de la escuela (2º y 4º de ESO o de lo otro), se hubieran juntado para echarle un partido a los de 1º, 3º, 5º… y al resto. Desde el principio, la reacción que hemos visto en el hemiciclo ha sido la típica de los gallitos en los recreos: unos decían, “a que no tenéis huevos”, otros, “pero qué se habrán creído estos”, muchos, “pero si sólo son una pandilla de perdedores”, algunos se enfadaban y decían, “ya no te hablo porque no te has juntado conmigo”, y unos cuantos saltaban con lo de, “el patio es mío, y sólo yo puedo jugar”… Y claro, con estos antecedentes el final no podía ser otro que ridiculizar al osado por intentar resolver el problema que el resto ni intenta, y presentarlo como un “perdedor”.

Esta actitud es muy típica del machismo, plantear la vida como una competición en la que sólo los “elegidos” deben optar a ganar determinadas posiciones, y presentar al resto como “perdedores”, no tanto por el resultado como por el intento. Por eso reírse del perdedor es una constante del machismo que empieza en la infancia y llega hasta las instancias más altas de la política y la empresa, como una forma de intimidar para que nadie intente disputar los espacios a quien se cree con la legitimidad natural de usarlos. No es de extrañar, por tanto, que sean los hombres los primeros en abandonar a otro hombre que pierde. Los mismos compañeros que lo siguen como su sombra y que no dejan de llamarlo o de mandarle mensajes cuando lo ven como ganador, son los primeros en apartarse de él al comenzar a oír el crujir de las ramas de su poder, para terminar luego haciendo leña, cuando ya ha caído.

Para ellos todo es competición, pero la competición del machismo está llena de trampas porque parte de la desigualdad para dar ventajas a los hombres respecto a las mujeres, y luego a unos hombres sobre otros, y porque está diseñada para vencer, no para ganar. Ganar es hacerlo en unas circunstancias objetivas sobre los demás, pero vencer tiene como objetivo principal la derrota del otro. Por eso fueron hombres quienes dijeron eso de que “en el amor y en la guerra todo vale”, para así justificar la violencia de género en las relaciones de pareja, y el uso de cualquier estratagema en su lucha de poder contra otros hombres. Sólo cuando las circunstancias dificultan las trampas es cuando se llenan de trascendencia para decir aquello de “lo importante es participar”, y así justificar la derrota de todos menos uno.

Las sonrisas hacia el perdedor que han mostrado muchos de los diputados que ni siquiera han “participado” para intentar “ganar” el Gobierno, sólo es comparable a las risas que se oyen en cualquier otro escenario cuando aquel que lo intenta fracasa. La ridiculización del “vencido” refuerza la idea de desigualdad, su estructura de poder y el ego de los que entienden que quien no resulta derrotado por no participar es un ganador, cuando en verdad pierde hasta la credibilidad.

Pero esa estrategia no es producto de un “juego de niños”, sino que forma parte de la esencia del machismo. Si se lanza el mensaje de que “quien no participa es un vencedor”, al final se toma la inacción como una victoria al no resultar vencido, y la sociedad adquiere una actitud pasiva y distante a la participación, unas veces como ausencia otras en forma de neutralidad, pero siempre ajena al compromiso democrático. Y es esa pasividad la que utiliza el machismo y sus estructuras de poder para llevar a cabo sus iniciativas con los hombres machistas que sí dan el paso para beneficiarse de ellas, y de ese modo mantener la desigualdad como referencia y el machismo como inspiración.

Lo ocurrido en el Congreso estos días ha sido muy revelador, pues con independencia de las ideologías enunciadas por cada partido, hemos visto quienes sólo juegan a vencer y quienes juegan a través de la participación con independencia del resultado, y ello, además de otras razones, también está relacionado con las formas del machismo.

Ya lo hemos dicho en otras ocasiones, la diferencia principal entre un partido de izquierdas y uno de derechas no está en el número de machistas, sino en el número de feministas. Si las ideas de izquierdas no se desprenden de los valores machistas que buscan el sentido de la realidad en el ejercicio del poder, el resultado será que no habrá Igualdad, habrá políticas diferentes, pero sin Igualdad.

Los hombres están acostumbrados a negociar y pactar cuando tienen algo que repartirse, no cuando deben ceder y aportar. Por dicha razón, y a raíz de lo visto, volviendo con el tema de la investidura, si se quieren resultados no estaría mal que las comisiones negociadoras de cada partido estuvieran formadas por mujeres. Si lo hubieran hecho desde el principio, probablemente, ya tendríamos Gobierno.

 

La solidez gremial de la injusticia (O por qué los machistas no son machistas)

GREMIO

Los racistas no son racistas, sencillamente afirman que los negros, los árabes, los gitanos… tienen una serie de características y limitaciones que los hacen inferiores a los blancos. Los xenófobos no son xenófobos, sólo dicen que los extranjeros vienen a España para beneficiarse de las ayudas sociales y de la sanidad de nuestro país. Los homófobos tampoco son homófobos, simplemente consideran que quien ama a las personas de su mismo sexo son enfermos que van contra las leyes de la naturaleza… Y los machistas no son machistas, sólo aseguran que los hombres tienen una serie de condiciones, desde la “superioridad intelectual” a la fuerza física, que los llevan a asumir una posición de referencia y control sobre quienes por sus características (debilidad física, labilidad emocional, cierta maldad y perversidad innata…) han de ser controladas; es decir, sobre las mujeres.

De ese modo el individuo se diluye en el grupo, y como las referencias comunes del grupo coinciden con las de cada uno de sus miembros, ninguno de ellos destaca sobre la armonía del conjunto. Y esa normalidad actúa como razón para mantener sus valores e ideas, y como justificación cuando en nombre de ellas el resultado escapa de los límites establecidos por el modelo, bien sea porque se ha roto el silencio impuesto, o bien porque el impacto del daño ocasionado supera todos los amortiguadores que el propio sistema coloca para aminorarlo.

Es lo que ocurre en violencia de género, a pesar de que cada año más de 700.000 mujeres la sufren, sólo el 20% denuncia. Es decir, el 80% se mantiene en la invisibilidad y en el silencio, y lo hace porque, tal y como recoge la Macroencuesta de 2015, considera que la violencia sufrida es “normal” (un 44% lo afirma), o siente vergüenza al denunciarla (un 21% lo refiere). Pero esta situación, lo que en verdad nos indica es que la sociedad ha adoptado unas referencias para convivir que llevan a que unos 700.000 hombres maltraten cada año a las mujeres con las que comparten una relación de pareja en nombre de esa normalidad, que lo hagan jugando con el silencio y con la culpa de las propias mujeres maltratadas y avergonzadas, y con un sistema que no hace lo suficiente para abordar de raíz una realidad tan terrible y dramática como la violencia de género, hasta el punto de que el total de maltratadores sólo termina con condena un 4’8% (“Machismo impune”). De este modo, la impunidad se une a la invisibilidad para que el sistema y sus valores e ideas continúen como referencia de una sociedad que lleva a pensar que “los machistas no son machistas”, como cree que “los racistas no son racistas”, los “xenófobos no son xenófobos”, los “homófobos no son homófobos”… salvo que las consecuencias de ese machismo, racismo, xenofobia… o cualquier otra situación basada en el odio y la discriminación, no se puedan ocultar bajo la alfombra roja de la normalidad y su violencia.

No se trata sólo de conductas individuales, hacérnoslo creer es la trampa que la propia cultura ha introducido para cuando los hechos transcurren fuera de los límites de la normalidad, sino de la injusticia del propio sistema construido sobre las referencias de una desigualdad, que lleva a situar a blancos por encima de otros grupos de población, a las personas nacidas en el país como más valiosas que las extranjeras, a las heterosexuales como referencia ética y conductual sobre las homosexuales… y a los hombres como superiores a las mujeres.

La injusticia, la discriminación, la desigualdad… siempre son sociales; necesitan ese contexto social que de sentido a sus conductas y las integre con un determinado significado, bien dentro de la normalidad o, cuando se exceden en sus consecuencias, como ejemplo de anormalidad, hablando entonces de “trastorno mental, de acción de sustancias tóxicas, de pérdida de control…” para proteger y no cuestionar el modelo que introduce las referencias que llevan a muchos hombres a ejercer la violencia de género con invisibilidad e impunidad, al igual que otros lo hacen sobre elementos racistas, homófobos, xenófobos…

Es la “solidez gremial de la injusticia” a la que se refería el imborrable José Ángel Valente en su poema “No inútilmente”, y la clave para que podamos afrontar una solución definitiva a sus manifestaciones por medio de la erradicación de las ideas y valores que las ocasionan. La fuerza del machismo no está en los 700.000 hombres que maltratan, ni tampoco en los 60-70 que asesinan cada año; la fuerza del machismo radica en esa “solidez gremial” de los hombres y de los valores, ideas y creencias que han situado en la esencia de una cultura para que la convivencia en sociedad siempre gire sobre ellos.

Las reacciones ante cada uno de los crímenes de la violencia de género muestran el rechazo de una parte de la sociedad (minoritaria, por cierto, y del lugar donde fue cometido el homicidio), pero sobre todo, lo que revelan es la normalidad con su silencio e invisibilidad que existía hasta el momento justo en que los golpes se convirtieron en mortales.

Quien mata es el machismo que hay en la sociedad, es cierto que lo hace a través de cada uno de los hombres que deciden dar ese salto mortal, no al vacío, sino al seno de sus ideas y valores para que, como los ángeles bíblicos, los recojan y amortigüen su caída, pero son esas referencias patriarcales las que alimentan a cada uno de los agresores. Si se tratara de un grupo limitado de hombres machistas y violentos, como algunos tratan de presentar, los homicidios de género ya se habrían acabado y los agresores no serían tan jóvenes como comprobamos en la actualidad, pues conforme ha transcurrido el tiempo y han sucedido los homicidios, se habrían agotado sus autores. Pero no es así, los homicidios por violencia de género continúan, y lo hacen con nuevas formas (matando a hijos e hijas y otras personas cercanas a la mujer, simulando el homicidio para no ser detenidos, suicidándose después para no verse cuestionados…) y continúan con agresores jóvenes, muchos de ellos apenas adolescentes cuando se aprobó la Ley Integral.

Y todo ello ocurre porque el machismo con sus ideas, valores, creencias y referencias ha estado presente en todo momento, y ha ido alimentando a los nuevos agresores, tal y como lo hace en este mismo instante.

El machismo es fuerte como grupo, no como individuos aislados, el hecho de que  haya algunos muy violentos da igual. El machismo como cultura puede prescindir de ellos, y de hecho lo hace cuando “los entrega” tras cada homicidio, es cierto que presentándolos en algunos contextos como una especie de “mártires” por la causa, pero siempre dispuesto a sustituirlos por otros.

Es lo que vemos a diario con el posmachismo  y con su movilización ante cada homicidio por violencia de género. El ritual no falla: hablan de denuncias falsas, de que las mujeres también matan, de los hombres que se suicidan por culpa de las mujeres, de que todas las violencias son importantes… Y como ven que quien tienen la obligación de responder desde las instituciones no lo hace, cada vez dan un paso más; y ahora, tras el homicidio de Marina y Laura en Cuenca, aplauden que su alcalde condenara estos asesinatos por violencia de género refiriéndose a “cualquier tipo de violencia”, y que el crimen de Laura, amiga de Marina, no sea computado como violencia de género, como si hubiera ocurrido “por accidente” o al margen de esta violencia.

La solidez gremial de la injusticia impregna toda la sociedad, lo hace a quienes matan, a los que maltratan, a quienes cuestionan la Igualdad y sus acciones para acabar con esta violencia, a quienes creen que la neutralidad es suficiente, y a quienes no actúan desde las instituciones para erradicar esta realidad criminal de una vez por todas…

El gremio de la injusticia son los machistas, y machistas son quienes defienden una sociedad jerarquizada donde el poder es situado en determinadas personas por su status y condición, según el modelo patriarcal que partió de la desigualdad hombre-mujer, y después la fue ampliando según las circunstancias, sin renunciar en ningún momento a esta, puesto que es el pilar que sostiene todas las demás en cualquier lugar del planeta.

El machismo es una posición conservadora previa a las ideologías, y las ideologías progresistas que realmente lo sean tienen que romper definitiva y explícitamente con el machismo, de lo contrario éste y el conservadurismo que lo define se beneficiarán de la indefinición y de las medidas parciales dirigidas a las manifestaciones consideradas inaceptables por el momento y el lugar.

Y todo ello exige más feminismo sin complejos, así de sencillo, pues la “solidez gremial de la injusticia” sólo puede finalizar con la solidez gremial de la Justicia, y ésta sólo puede alcanzarse a partir de la Igualdad.

 

Caos y orden

CAOS Y ORDEN-FEl poder es falaz y siempre juega a la confusión para sacar beneficio de las “aguas revueltas” de la realidad. El poder se presenta como orden y el orden como previsible, y esa previsión le otorga credibilidad a quien lo plantea… Todo sucede tal y como está previsto, y todo el mundo ocupa el lugar que le corresponde en la estructura diseñada por el poder para llevar a cabo las funciones asignadas. Esta misma organización ya nos indica que el poder parte del “a priori” y el convencimiento de que no todo el mundo puede hacer todo, y que aquellos que hacen algo, no lo pueden realizar en cualquier lugar y circunstancia. Y no pueden porque el poder se basa en que hay capacidades vinculadas a la condición de las personas que él luego gestiona a través de las casillas del tiempo y de los espacios. Pero el poder no puede presentarse con ese argumento ni reivindicando el logro del orden que exige, si lo hiciera se mostraría a sí mismo como un fracaso, pues la propia diversidad y pluralidad de opciones de esta época “post e intra-globalización”, demostrarían su ineficacia ante el “desorden funcional” existente. El poder hoy es “promesa de orden”, no orden en sí mismo. El poder se presenta hoy con el argumento de que sólo desde las posiciones respaldadas por la tradición y los valores conservadores de la derecha se puede alcanzar el orden necesario para convivir, y que dicha convivencia sólo se puede garantizar según su modelo. Por eso el poder se reafirma en la idea de, “o yo el caos”. En todo este juego, hay dos cuestiones importantes:

  1. El poder juega con ventaja al partir de la idea de orden construida sobre el modelo conservador que ya está instaurado en lo funcional (convivencia, tipo de relaciones, jerarquías, valores, roles, espacios…) De manera que el peso de la historia se presenta como argumento de veracidad y evidencia de eficacia, afirmando que “si hemos llegado hasta aquí con ese modelo, el modelo funciona”. De ese modo, la realidad refuerza su estructura y descarta cualquier otra alternativa, que es presentada como un caos y un viaje a lo desconocido.
  2. Al contrario de lo que pueda parecer, al poder y a la derecha ejecutora del mismo le interesa el caos, no el orden. Si el poder es hoy “promesa de orden”, dado que el orden que venden es imposible, cuanto más caos, más necesidad de que actúe el poder y sus instrumentos conservadores para caminar hacia el orden prometido.

Estas dos cuestiones hacen que el poder ejecutor en la política y en lo social sea fluctuante, necesita ceder para luego recuperar más; no es un error, sino parte de su estrategia. Ya no es posible un poder continuado como ocurría con las dictaduras o con las sociedades democráticas desinformadas, aunque aún se intente jugar con estos dos elementos para acaparar más poder funcional. El juego democrático lleva a la fluctuación y a la cesión, algo que es asumido y forma parte de la táctica que lleva a que a la larga siempre gane; es como en la bolsa, los valores de las grandes empresas unos días suben otros bajan, pero al final el balance de resultados siempre arroja beneficios. El verdadero poder, ese poder abstracto, no está en las personas, en los bancos, en las empresas, y menos aún en los gobiernos. El poder abstracto es el sistema que permite que todo suceda de modo que resulte beneficiado quien forma parte del ejercicio político y social que reproduce sus valores, ideas, creencias… consiguiendo de ese modo reducir todo lo posible a una única opción. Y ese sistema de poder abstracto se está adaptando a las nuevas circunstancias. Ahora juega con los acontecimientos que él ha provocado para controlar a las propias democracias con estructuras supranacionales e instrumentos económicos y financieros que escapan a los controles establecidos. Todo ello le permite agitar la realidad y generar un “caos controlado” para que no se le vaya de las manos, y para que la opción siempre sea volver a la mano del poder, no agarrarse definitivamente a ella. Eso no interesa. La situación se ha potenciado en estos últimos tiempos debido a varias razones, entre ellas tenemos:

  • El mecanismo de agitación utilizado en esta última fase, la llamada “crisis económica”, ha impactado sobre cuestiones esenciales de la vida y sobre la dignidad de las personas, lo cual ha generado miedo en una parte de la sociedad, pero también un rechazo de la injusticia social que hay detrás.
  • Existe una mayor conciencia crítica por parte de la sociedad sobre los problemas existentes y su significado.
  • Tenemos una mayor diversidad y pluralidad social, circunstancia que dificulta que un modelo de valores sea aceptado como único e incuestionable.
  • Hay un mayor conocimiento sobre posibles alternativas.
  • Todo ello ha llevado a un cuestionamiento de la esencia del propio poder y de la injusticia que genera, no sólo de las formas, los tiempos y los espacios, como ocurría antes. Para una parte significativa de la sociedad hoy es más importante salir de ese modelo que continuar en él, y no lo vive tanto desde el punto de vista del resultado en lo material, sino como posición ética.

Ante estas circunstancias críticas con el poder, él lo tiene fácil: Generar más caos y amplificar su significado a través del miedo, para hacer que su “promesa de orden” sea más querida y seguida. Está ocurriendo con Grecia y la UE, pero también en España tras los resultados de las últimas elecciones municipales y autonómicas. La cesión del poder tradicional que se ha conseguido no se puede entender como una victoria de la izquierda ni como alternativa alguna, si no se fundamenta en un modelo de sociedad diferente, más allá de las propuestas urgentes que se hagan, por muy “revolucionarias y radicales” que sean, y por muchos cambios que se produzcan en las formas de ejercer la política. El poder conservador de la derecha es adaptativo, hará lo que tenga que hacer para seguir igual. Su poder no está en las corbatas ni viaja en los coches oficiales, los símbolos son importantes, pero el cambio de rito no cambia el mito… Sobre todo cuando comprobamos que quien más está renunciando a su esencia y símbolos es la propia alternativa de la izquierda. La izquierda tiene que dejar de ser sólo reactiva y pasar a ser más proactiva. Es la forma de alcanzar un nuevo orden social que no llame caos a la diversidad y a la pluralidad, y que radique en las personas, no en determinados partidos políticos.

Sin corbatas y sin mujeres

TSIPRAS-GobiernoEn política nadie da puntadas sin hilo ni deja pasar de largo un buen titular, tampoco permite que se pierda una foto impactante… En el mundo de la política a penas hay espacio para la espontaneidad o la naturalidad, todo esta muy estudiado por equipos especializados en hacer de la percepción realidad, y en conseguir que el estímulo llegue con un significado concreto que impida la interpretación subjetiva.

Por eso no es casualidad que el Gobierno de Tsipras se haya quitado las corbatas como signo de rebeldía ante la encorbatada Unión Europea, y frente a un poder económico que le gusta atar en corto a la ciudadanía con sus lazos de seda y sus nudos Windsor. Y para poder quitarse la corbata la primera condición es poder llevarla, situación que nos sitúa directamente ante las personas cuya vestimenta incluye habitualmente esta prenda, es decir, ante los hombres.

Sorprende que un Gobierno de izquierdas defensor de la Igualdad falte contra su primer mandamiento, que es la “Igualdad entre hombres y mujeres”, y desde ella a todas las demás. Incluso ha sido capaz de ceder ante las corbatas y permitir que algunos de sus miembros la vistan, antes que incluir a alguna mujer en la primera línea de responsabilidad. Recuerda a la frase bíblica que decía aquello de “es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, que entre un rico en el reino de los cielos”… El reino de los cielos, como esta tierra de repúblicas y monarquías, debe estar lleno de pobres sin corbata, pero en ninguno de los dos hay suficientes mujeres en puestos de responsabilidad, ni celestiales ni terrenales.

La pregunta es bastante sencilla, ¿qué ocurre con la Igualdad para que tanto en la izquierda como en la derecha sea un tema incómodo al que se está dispuesto a renunciar ante cualquier excusa o circunstancia?

La respuesta es aún más fácil: Hombres. Son hombres y sobre esquemas masculinos de poder los que deciden y consideran concienzudamente que las decisiones que toman son las mejores. No siempre hay mala intención ni desprecio consciente a las mujeres y a la Igualdad, simplemente se dejan llevar por el criterio que ha prevalecido a lo largo de la historia, el cual sitúa en hombres la idea de capacidad y luego justifica con hechos el resultado de su “experiencia y preparación”, como si todo ello fuera una decisión neutral. No ven, es decir, no quieren ver, que las mujeres no han tenido las mismas oportunidades para prepararse y alcanzar esa experiencia que valoran en los hombres, y que ello es debido a un prejuicio de partida que establece que las mujeres no son capaces de alcanzar los destinos que los hombres logran, de ahí que no se apueste por ellas ni de entrada ni de salida. Lo podríamos explicar de muchas formas, pero ya lo hizo mejor el actual comisario de la UE y exministro español, Arias Cañete, cuando afirmó lo de la superioridad intelectual de los hombres. Si los hombres están dotados por la naturaleza de una “mayor inteligencia”, y encima poseen una “mayor preparación y experiencia”, para qué jugársela con mujeres menos capaces y experimentadas… La Igualdad, para muchos hombres, es un capricho inasumible en tiempos de crisis, aunque sean tiempos de crisis provocados por la “inteligencia y capacidad masculinas”.

Los problemas que generan los hombres son accidentes, en cambio los que ocasionan las mujeres son la constatación de un error advertido… Así todo es sencillo para quien “parte” de la desigualdad y “reparte” oportunidades, de ahí que siempre sean ellos quienes se lleven la mejor parte.

La revolución de Syriza y su líder Alexis Tsipras se ha quedado, una vez más, a las puertas de la Igualdad; así de “puertas a fuera” permanecerá la desigualdad y de “puertas adentro” la violencia contra las mujeres. No es casualidad que en el Eurobarómetro de la UE sobre “Violencia Doméstica contra las Mujeres” (2010), el porcentaje de población griega que la considera “Aceptable en todas las circunstancias” sea el 2%, con sólo tres países con cifras superiores o iguales, cuando la media de la UE está en el 1%. Tampoco debe extrañar que a la hora de justificar la violencia de género con la excusa del alcohol, las drogas, la pobreza y el desempleo la media de población que lo hace en Grecia sea del 90’2%, mientras que en la UE es del 84’7%.

La situación no es nueva, históricamente las mujeres han estado ausentes de la política griega. En el momento actual representan el 29’5% del Parlamento, un porcentaje ligeramente superior a la media de años atrás, que era 22’6%, pero muy lejos del mínimo del 40% que se pide para cualquiera de los sexos. Sin embargo, el Gobierno de Tsipras ha perdido la ministra que tenía el gabinete de Antonis Samaras, y queda muy lejos de las 5 ministras que tuvo el gobierno socialista de Yorgos Papandreu. Quizás si las mujeres hubieran estado más presentes la situación de Grecia no sería tan desesperada como lo es ahora, y la Igualdad no sólo sería una cuestión de Justicia, sino que también podría ser motor para recuperar una sociedad fragmentada en “amaneceres y atardeceres” de insomnio y valerianas.

Lo he afirmado en otras ocasiones: la diferencia entre la derecha y la izquierda no está en el número de machistas, sino en el número de feministas. Y las feministas son mayoritariamente mujeres, por eso la izquierda debe darle voz y mando a quienes desde siglos atrás vienen luchando y entregando sus propias vidas para que hombres y mujeres podamos convivir sobre la referencia de la Paz y la Igualdad.

El último dato sobre Grecia es en primera persona y nos lo da el estudio “Violencia de género contra las mujeres: una encuesta a escala de la UE”, realizada por la Agencia de Derechos Fundamentales (FRA, 2014); que revela que el 67% de las mujeres griegas refiere sufrir violencia por parte de los hombres de forma frecuente.

El problema no es sólo de Grecia. Mientras que en cualquier país las mujeres están presentes en la discriminación, en los ataques, en las agresiones… en ninguno de ellos están en los puestos de responsabilidad y decisión, y así difícilmente se saldrá de ninguna crisis…

Sorprende el interés en cuadrar las cuentas, y el desinterés en cuadrar la Justicia a través de la Igualdad… Sólo hay que ver quién se beneficia de la situación para entenderlo.

 

Terrorismo y “Alianza de Civilizaciones”

ALIANZA DE CIVILIZACIONESTras los atentados terroristas de Paris por parte de yihadistas islámicos de nuevo han sonado los tambores de guerra y se habla más de la amenaza de siempre, que de la convivencia inexistente y de la paz perdida. Y nos equivocamos otra vez al plantear el problema que existe, (nadie lo niega), como un conflicto bélico librado por dos partes y limitado a la dictadura de lo inmediato. “Guerra” fue lo que pronunció George W. Bush tras el 11S, y “guerra” es lo que ha dicho ahora el primer ministro galo, Manuel Valls.

La pregunta es simple, ¿está Occidente en guerra contra el Islam? La respuesta también es fácil, no lo está. Ante esa ese escenario la deducción resulta bastante sencilla: Del mismo modo que Occidente no está en guerra contra el Islam, aunque hay quien dice que sí lo está y quien presenta determinados conflictos y acciones como una demostración, el Islam no está en guerra contra Occidente, aunque haya ataques y atentados desde determinadas posiciones, que alguien utiliza para presentarlos como parte de una contienda contra el mundo occidental.

La paz exige más lucha que la guerra. La paz no es lo que sucede al final de los conflictos, sino el espacio que logra evitarlos.

En la actualidad  existe un riesgo real desde el yihadismo, pero esa amenaza no ha surgido de la nada. Todo lo contrario, es el fruto de una estrategia violenta que lleva años desarrollándose, y mientras hay quien está preparando seriamente esa violencia, desde otras posiciones no se está trabajando suficientemente la paz.

La estrategia del yihadismo es “educar en el odio y la guerra”, y ello supone transmitir una serie de ideas a partir de ciertos hechos, darle un significado para que se vean como un ataque a la identidad, cultura, creencia… de esa población, y otorgarle un valor para que la acción violenta tenga sentido y se entienda como una necesidad proporcional al ataque sufrido por la otra parte. Una vez que se ha conseguido este clima social más o menos amplio, se trabaja individualmente con determinados grupos, después se pasa al entrenamiento de algunas personas en el uso de las armas y en las estrategias bélicas, y finalmente se llega a la acción por parte de estos “guerreros”, que es lo que impacta en la sociedad y ante lo que surge la preocupación y la amenaza. Pero no debemos olvidar que sin esa primera “educación” en el odio y la violencia, la pistola no se dispararía ni las bombas explotarían.

Si se quieren evitar los atentados, la estrategia de fondo por parte de los no violentos debe ser trabajar para la paz y la convivencia, así de simple, aunque no es fácil. Presentar a todo el Islam como un cómplice de los terroristas y a cualquier musulmán como una amenaza, además de ser falso, no ayuda a resolver el problema y sí contribuye a agravarlo al potenciar el mensaje que los violentos dan para justificarse.

Todo ello demuestra que muchos siguen bajo esquemas del siglo XIX, con un mundo donde los mapas describían la realidad y las fronteras eran verdaderos  abismos. En el mundo del siglo XXI hemos pasado de un globo terráqueo a una tierra globalizada en la que las fronteras actúan más como lugares para guardar los recuerdos que como espacios para construir la realidad. La colonización y las misiones que llevaron las ideas y creencias muy lejos de Occidente en un viaje de ida, ahora han regresado en forma de una nueva sociedad y ciudadanía. Sin embargo, toda esta transformación  incomoda a los sectores más tradicionales de las culturas, por ello en lugar de aceptar la nueva realidad tratan de recuperar los escenarios de antes. Unos resituando las fronteras en barrios marginales, o dibujándolas con el color de la piel, las ideas o las creencias… Pretenden así trasladar las antiguas fronteras de los mapas a las personas, para que estén donde estén siempre sean “ese pueblo sometido e inferior” que un día conquistaron o tomaron. Los otros intentando encerrar a las personas en el aire limitado de sus ideas.

Hemos aprendido a vivir, incluso a vivir juntos, pero no a convivir, y tenemos que lograr esa convivencia en paz y en igualdad.

La cultura no puede ser un argumento para someter a nadie, ni dentro de una cultura, ni enfrentando una cultura contra otra. En todas las culturas hay quien las instrumentaliza para mantener espacios de poder en nombre de los valores, las ideas, la fe, la tradición o la costumbre, pero sólo son visiones particulares e interesadas para defender privilegios y beneficios. Nos es casualidad que nadie recurra a la cultura para ceder y compartir, y que siempre se acuda a ella en nombre de unos privilegios que presentan como parte de ese orden natural que les da ventaja respecto al resto del grupo o frente a otras culturas.

Ahora hemos conocido la historia de los hermanos Kouachi y de Amedy Coulibaly, los yihadistas autores de los atentados en Paris. Una historia que no se limita a estos 3 días de enero, sino que viene de años atrás como hemos sabido. ¿Qué hemos hecho para evitar esa historia antes de que se convirtiera en una amenaza y golpeara con la muerte?, ¿qué estamos haciendo para que otros jóvenes que están empezando a ser educados en el odio no lleguen a la violencia?

Convivir sobre las mismas referencias y el respeto a los Derechos Humanos exige liberarse de los miedos y la desconfianza; no hay enfrentamiento entre culturas, hay personas que buscan enfrentar a las culturas para obtener rédito. Ninguna cultura existe desde el inicio de los tiempos ni surgió del modo en que ahora vive, todas son producto de la evolución y del conocimiento e interacción con el resto de culturas, unas veces para compartir, otras para replegarse en la diferencia, pero ninguna ajena al resto. Pero hoy, a diferencia de lo que ocurría tiempo atrás, la referencia del territorio ha entrado en una deriva inversa que hace del planeta una verdadera Pangea de ciudadanía en la que las referencias geográficas matizan en lugar de separar. Hoy el planeta es una Pangea virtual y no bastan las barreras ni los controles para detener las ideas ni las personas. Nada nuevo por otra parte, siempre ha sido así: “o se va a la montaña, o es ella la que viene”, y ahora no va a ser diferente; de manera que si el objetivo pretendido es unir  “la persona y  la montaña”, antes o después se juntarán. Otra cosa es cómo lo hagan, y si lo hacen en términos de respeto o de enfrentamiento.

Lo vemos en otros ámbitos cuando se repite con insistencia que el final de la violencia de género está en la educación para acabar con el machismo, al igual que para terminar con el racismo, la xenofobia… o con cualquier otra violencia surgida del miedo al otro y de la amenaza de la diferencia; todo ello pasa por educar para convivir. La situación terrorista actual no es distinta, y del mismo modo que se entiende que la solución definitiva a otras violencias pasa por un cambio cultural que termine con esas ideas y valores violentos, la violencia yihadista terminará definitivamente cuando se acabe con las referencias instrumentalizadas que usan la cultura como razón para atentar contra otros.

No se trata de acciones sobre determinados individuos, sino sobre toda la sociedad y la cultura, y ello exige mucho trabajo a lo largo de un tiempo que nunca será reducido. Por eso es urgente hacerlo de inmediato, y por ello resulta fundamental la crítica a la violencia y el respaldo a la convivencia demostrado estos días por los propios musulmanes.

El 26 de enero de 2007 Naciones Unida adoptó el programa de la “Alianza de Civilizaciones” tras la propuesta que hizo el entonces Presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, en la 59ª Asamblea General, allá por 2004. Las bromas y risas sobre la iniciativa que muchos lanzaron en aquel tiempo, aún resuenan por las calles solitarias que hoy nadie quiere transitar por miedo a un ataque yihadista.

Si desde entonces se hubiera trabajado en esa Alianza con la misma determinación que se hace en protección y seguridad, también esenciales, estaríamos en un escenario completamente distinto y más cerca de una solución definitiva, hoy ajena incluso a la imaginación.

No es de extrañar que las culturas acostumbradas a la desigualdad y al poder se sientan más tranquilas en el enfrentamiento y gestionando la amenaza, que en la convivencia y en la gestión de la paz; pero hoy las referencias son otras.

Tenemos el marco de Naciones Unidas y su programa de la “Alianza de Civilizaciones” con más de 130 países formando parte de ella, y tenemos también la información y el conocimiento de cuál es la estrategia de los violentos. Los yihadistas están educando para la violencia, desde la Alianza, que también incluye países musulmanes, hay que educar para la paz y la convivencia.

Lo que nos falta por conseguir no debe ser el argumento para no intentar lograrlo. Ninguna guerra ha vencido a la paz, no dejemos que ahora la venza el miedo.