“Victiman”

“Victiman” es el nuevo superhéroe del machismo, una especie de “primo de Zumosol” en versión “macho man” y con música de Village People de fondo. Ellos, tan acostumbrados a inventar nombres para sus miedos (“feminazi”, “hembrismo”, “mangina”…), han olvidado buscar uno para esa especie de héroe virtual que acude en su ayuda cuando la razón se pierde entre su impotencia.

El machismo está construido sobre una falacia, tan grande que hace normal la desigualdad y la violencia dentro de ella hasta el punto de invisibilizarlas y negarlas. De ese modo presenta la normalidad como algo neutral y adecuado para hombres y mujeres, y habla de todo lo que plantea corregirla como un ataque, de ahí que considere la Igualdad como una amenaza y la medidas desarrolladas en su nombre como una agresión.

Esa falacia sólo puede construirse sobre el valor y la credibilidad de la palabra y la voz de los hombres, capaces de ocultar la propia realidad tras su sonido y su monólogo, pues de lo contrario habría bastado una contra-argumentación crítica hacia ese modelo, o la simple descripción de una realidad caracterizada por la discriminación, el abuso y la violencia contra las mujeres para desmontar esa mentira irreal.

Pero a pesar de la solidez de esa estructura, el machismo ha tenido que cambiar de planes conforme la Igualdad ha avanzado y la sociedad se ha hecho más crítica con él. Y para ello, con independencia de contar con todo el arsenal de la cultura en forma de ideas, valores, creencias, mitos, estereotipos… ha introducido nuevas estrategias con las que contrarrestar las situaciones más delicadas, siempre contando con el peso y la gravedad de su palabra.

Una de esas estrategias es tomar una parte por el todo para esconder la realidad bajo el eco del relato que la acompaña, y transmitirla por el aire con la velocidad de la urgencia y la necesidad. Así, por ejemplo, para contrarrestar la violencia de género y sus homicidios, desde el machismo se dice que la mayoría de los casos conocidos son denuncias falsas o que las mujeres también maltratan; ante a las mayores tasas de paro femenino, afirma que se deben a que las mujeres prefieren quedarse en casa al cuidado de la familia; frente el bajo porcentaje de mujeres en puestos de decisión, indican que su biología las hace menos competitivas y que son ellas las que renuncian a asumir responsabilidades… De ese modo toman aquellos casos existentes bajo esas u otras razones, para a partir de ese pequeño margen de “verdad” construir toda la falacia que supone generalizarlos.

Pero esa estrategia no es suficiente. Al menos ya no es suficiente.

Antes podría serlo cuando su posición era incuestionada y todos los mecanismos de poder, desde la capacidad de influir al control social, reducían al mínimo su cuestionamiento. Pero ahora no sólo existe una conciencia crítica sobre las manifestaciones del machismo en todas sus formas, sino que también se conoce toda la estrategia desarrollada y el entramado social que hace de esa construcción cultura y normalidad. Por eso el machismo necesita algo más, y ese plus pasa por presentar a los hombres como víctimas de la situación que ellos mismos han creado y defienden. Y lo hacen, no para cuestionarla, sino todo lo contrario, para responsabilizar a las mujeres y quitar los argumentos que inciden en que la situación social de la desigualdad sólo les afecta ellas. De ese modo niegan el resultado y, sobre todo, niegan la desigualdad y el machismo como origen de estos resultados, al tiempo que sitúan las causas en las circunstancias aisladas de cada uno de los problemas, en lugar de incidir en los factores comunes que afectan a todos ellos.

Como ejemplo de la situación que los convierte en víctimas hablan de que los hombres, en general, sufren más violencia que las mujeres, que las custodias se las dan a las madres, que son ellos los que realizan los trabajos de más riesgo, que sufren más accidentes de tráfico y laborales, que tienen una menor esperanza de vida media… Pero esa lectura basada en la situación histórica no es suficiente, ya no les basta con presentarse como víctimas de la desigualdad, ahora lo amplían para mostrarse también como víctimas de la Igualdad, y aparecer como “doblemente víctimas”.

Y la explicación que dan para justificar que son víctimas de la Igualdad la estructuran sobre una doble referencia: por un lado afirman que el feminismo y la Igualdad niegan la realidad, y por otro que en esa negación se esconde la victimización de los hombres. Entre los argumentos que utilizan para presentar a los hombres como víctimas están todas las afirmaciones que repiten incansablemente en las redes sociales y allí por donde vayan. Algunos ejemplos son:

. Afirman que desde el feminismo se niega la existencia de denuncias falsas, cuando en realidad lo que se niega es que sean el 80%, como ellos afirman, y se reconoce que representan alrededor del 0’017%, dependiendo del año, tal y como recoge la FGE.

. Dicen que se niega la violencia contra los hombres, aunque tampoco se niega, sólo se insiste en que, al margen de su menor incidencia en las relaciones de pareja, no existe una construcción cultural alrededor de ella que lleve a responsabilizar a la víctima, a justificar al agresor, y a entenderla como algo “normal”, como sí ocurre con la violencia de  género.

. También afirman que la Igualdad está en contra de la custodia compartida, cuando de lo que está en contra es de la “custodia compartida impuesta” al margen de las circunstancias que han caracterizado la relación y la responsabilidad ejercida antes de la separación.

. Por lo tanto, la Igualdad y el feminismo no están a favor de que la custodia sea para las madres por ser mujeres, sino que sea para las mujeres cuando han ejercido de madres sin que los hombres hayan asumido su responsabilidad de padres.

. Tampoco está a favor de que los padres se queden sin hijos e hijas, ni de que los niños y niñas se queden sin padre, todo lo contrario, lo que se quiere desde la Igualdad es que esa paternidad sea ejercida desde el primer momento, no a partir del último.

. Del mismo modo, desde la Igualdad no se pide que se ponga a mujeres en puestos de responsabilidad por ser mujeres, sino que no se las excluya de esas posiciones por serlo, y que no se dé la duda por cierta cuando se trata de mujeres y la capacidad por segura cuando se trate de hombres. Por tanto, lo que se cuestiona es que el trabajo y sus responsabilidades se presenten como un derecho para los hombres y como una opción para las mujeres.

Y así podríamos continuar “hasta el infinito y más allá” con los argumentos falaces utilizados desde el machismo con el doble objetivo de generalizar situaciones puntuales para camuflar todas las manifestaciones de la desigualdad y el machismo, y para presentar a los hombres como víctimas de la desigualdad y de la Igualdad.

Esta estrategia no es gratuita ni inocente, pues en el fondo viene a reforzar toda la construcción de la desigualdad bajo la idea de la necesidad de protegerse ante los ataques que se hacen en nombre de la Igualdad, y a legitimar la violencia contra las mujeres como una conducta proporcionada y ajustada a la situación existente.

No es nada nuevo, sucede en todos los regímenes dictatoriales y en las estructuras de poder, las cuales aprovechan su posición para presentarse como víctimas de una amenaza concretada en sus “enemigos”, bien se trate de otras posiciones políticas, movimientos sociales, ideas… para de ese modo conseguir apoyo y cohesión entre los suyos, y justificar la violencia bajo el argumento de la amenaza y de la provocación de quien la sufre. Y hoy el machismo, que es poder, está utilizando la estrategia de presentar a los hombres como víctimas. Víctimas históricas de la desigualdad y víctimas presentes de la Igualdad.

Los hombres no son víctimas del machismo, sino su producto, y como tal modelo jerárquico de poder muchos hombres sufren consecuencias negativas del mismo, pero siempre junto a los beneficios que el sistema les aporta como hombres, por eso no se enfrentan a él. Y por ello la solución a los problemas que existen en la sociedad se solucionan con un nuevo modelo de convivencia basado en la Igualdad y con una nueva forma de entender la masculinidad, no reivindicando más machismo ni llamando a voces a “Victiman” para que acuda en su ayuda.

¡Negro!… ¡Y tú blanco!

NEGRO Y BLANCONo es lo mismo llamar a un subsahariano, “negro”, que él llame a un occidental “blanco”; como no es igual decirle a un romaní, “gitano”, que este responda “y tú payo”; ni tampoco llamar a un joven, “marica, homosexual”, y que él diga “y tú heterosexual”…

Para que un insulto basado en las características de la persona pueda ser considerado como discriminación, la persona en cuestión debe pertenecer a un grupo históricamente discriminado, lo dice el Tribunal Constitucional y así lo recogen las Declaraciones Internacionales sobre Derechos Humanos… Y los hombres nunca han sido discriminados como hombres…

Sin embargo, los enemigos de la Igualdad, en su desesperado intento de generar confusión, curiosamente, recurren a ella para intentar reducir al absurdo las propuestas que buscan corregir la injusticia existente, presentando a los hombres como víctimas de estos cambios. Es la estrategia del posmachismo.

Por eso frente al machismo ellos hablan de “feminismo y de hembrismo”, con relación al patriarcado asesino que ocasiona más de 60 homicidios de mujeres al año, responden con el “matriarcado que da más años de vida media a las mujeres”; ante la violencia de género hablan de la “violencia que sufren los hombres y los suicidios que cometen empujados por las mujeres”; frente a la brecha salarial y la mayor ocupación laboral de los hombres, contestan con los “accidentes laborales y que son hombres los que bajan a la mina y suben a los andamios”… Ante cada manifestación de la desigualdad responden con una situación de la que responsabilizan a las mujeres, cuando en verdad son partes del mismo contexto violento creado por una sociedad competitiva y enfrentada.

De ese modo, todo queda cubierto por una aparente neutralidad que intenta presentar la realidad como una deriva involuntaria del tiempo, o como un accidente debido al exceso de velocidad que dicen propiciado por quienes buscan la Igualdad.

Es la esencia del posmachismo, crear confusión y con ella lograr un doble objetivo. Por un lado, desvincular la situación actual de las referencias históricas del machismo, para así quitarle el significado a la realidad y que no se entienda como consecuencia de la desigualdad, sino como una serie de conductas aisladas. Y por otro, desarticular las medidas dirigidas a corregir la desigualdad y a promocionar la Igualdad.

Como se puede ver, una estrategia interesada y elaborada. Si se logra cuestionar que la situación actual, donde existe violencia de género, discriminación, abusos… contra las mujeres por parte de los hombres se debe al modelo de sociedad desigual, es decir, al machismo, entonces cada uno de los casos perderá significado sobre esas referencias comunes impuestas por la cultura, y todo parecerá como un accidente de las circunstancias o como conductas aisladas de una serie de hombres.

Bajo esa idea, las medidas dirigidas a corregir la desigualdad no serían necesarias, puesto que para ellos no existe una base cultural ni ideológica detrás y, en consecuencia, lo que habría que hacer es, sencillamente, aplicar el mismo tipo de medidas a mujeres y hombres. Sin embargo, este planteamiento es una trampa, a pesar de sonar muy bien en nuestra sociedad al presentarse con el argumento de que la “igualdad real” es dar lo mismo a los hombres que a las mujeres. Ya lo comentamos en “El posmachismo y la igualdad punto cero”, pero la situación continúa bajo las mismas referencias.

Esta trampa tiene una doble consecuencia:

  1. No corrige la desigualdad existente. Si se da lo mismo a quien está en una posición de superioridad que a quien lo está en inferioridad, a partir de ese momento se podrá evolucionar al mismo ritmo, pero el primero desde una posición superior y el segundo desde una posición inferior.
  2. Si no se modifican las causas de esa desigualdad, es decir el machismo, sus ideas y valores continuarán actuando, y a pesar de dar lo mismo a las dos posiciones, la desigualdad se incrementará aún más al contar con un contexto (normalidad, orden natural, “lógica social”…) que beneficia a quienes ocupan la posición de poder que los ha llevado a la superioridad.

Por eso, de manera interesada, el machismo presenta las medidas dirigidas a corregir la desigualdad y a promocionar la Igualdad como un ataque y como “falsa igualdad”. Es lo que dicen respecto a las cuotas, a las medidas de acción positiva para facilitar que las mujeres lleguen donde les ha sido imposible por los obstáculos; lo que comentan de la Ley Integral que busca acabar con la violencia de género, lo que hablan de las medidas de conciliación que pretenden acercar la paternidad y la maternidad a hombres y mujeres… Todo se presenta como un ataque a los hombres y como una falsa igualdad, porque para ellos la igualdad es “que todo siga igual”, tal y como ha sido hasta ahora. Es absurdo, pero funciona porque es el machismo el que da significado a la realidad desde su posición referente.

En definitiva, vemos que con su estrategia consiguen tres grandes objetivos:

  1. Confundir sobre el significado de la realidad y su sentido para que todo parezca un accidente, y que la sociedad se mantenga distante al problema y no se posicione.
  2. Atacar a quien busca la Igualdad para no tener que contrarrestar sus ideas y propuestas. Si quien las dice está desacreditado, inventando intereses económicos o de otro tipo, no hace falta argumentar sobre sus razones, tan sólo hacer referencia a esas criticas creadas ad hoc.
  3. Presentarse como víctimas inocentes de quienes buscan intereses y beneficios particulares, y de ese modo justificar el tono agresivo y violento de sus acciones como respuesta a los ataques previos.

Por eso el machismo insiste en hacer borrón y cuenta nueva cuando se habla del pasado, porque el borrón oculta el significado de la violencia machista y la desigualdad que la envuelve, y porque en la cuenta nueva siempre aparecen cuantiosos beneficios.

Por más que se empeñen muchos hombres, no es igual el machismo que el feminismo, del mismo modo que no es lo mismo llamar a un subsahariano, “negro”, a que él te llame “blanco”, como tampoco tiene el mismo significado insultar con un “hijo de puta” que con un “hijo de gigoló”… Sólo las mujeres, la raza negra y las mujeres que ejercen la prostitución han estado históricamente discriminadas.

Los hombres nunca han sido discriminados como hombres. Ha habido y hay muchos hombres oprimidos y sometidos, pero lo son por otros hombres que abusan de un poder y una superioridad construidos originariamente sobre la desigualdad de las mujeres.

 

Personas

PERSONASQuienes están en contra de que se aborden los problemas específicos de las mujeres, y de manera muy especial de las medidas dirigidas a erradicar la violencia de género, dicen que “no hay que hablar de mujeres ni de hombres, sino de personas”. 

Los mismos que durante siglos sólo han hablado en primera persona para imponer y mantener sus referencias masculinas, ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que durante siglos han utilizado como referencia la fisiología y psicología de los hombres para decidir qué era normal y qué patológico, ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que durante siglos han considerado a las mujeres como esclavas, desalmadas y seres inferiores e incapaces, ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que durante siglos han cosificado a las mujeres para hacerlas objetos de su propiedad, ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que han convertido a las mujeres en instrumentos para satisfacer sus deseos a través de la prostitución, la trata, el abuso, la discriminación… ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que durante siglos han utilizado la violencia contra las mujeres en sus múltiples formas y han callado ante quienes la usaban, permitiendo la sumisión y el control en lo doméstico, y el acoso, abuso, la violación… en lo público, ahora dicen que hay que hablar de personas. Los mismos que hoy muestran su rechazo a las medidas que buscan acabar con la desigualdad y la violencia que genera para que, sencillamente, mujeres y hombres puedan convivir en paz y en libertad como personas con los mismos derechos y oportunidades, ahora dicen que hay que hablar de personas.

Y no es casualidad… El posmachismo se ha ungido con la capacidad para gestionar la “igualdad real”, como si sus dioses e ideas se la hubieran revelado en lo alto de los altares donde viven, muy por encima del resto de los mortales y de sus víctimas mortales. De ese modo son ellos, los mismos que han creado un orden social sobre la desigualdad, los que desde su “autoridad histórica” y su “superioridad moral” deciden qué es Igualdad y qué medidas son adecuadas para ella.

Y dentro de esa estrategia, una de sus tácticas es utilizar ese lenguaje neutral que dice que se hable de “personas”, no de hombres ni de mujeres, que pide la imposición de la “custodia compartida” sin tener en cuenta las circunstancias en el ejercicio de la maternidad y paternidad, que afirma que todas las violencias son importantes, pero sólo ataca a las violencia de género al hablar de “denuncias falsas”… pues esa teórica neutralidad genera la confusión necesaria para que la sociedad dude ante la aparente corrección de ese lenguaje “machismáticamente correcto”, y ante la “inmoralidad” que para ellos representa todo lo que la Igualdad y el feminismo cuestiona y pide cambiar. No hay que olvidar que la violencia de género es normalizada por la cultura, al igual que la perversidad y maldad de las mujeres.

Ya hemos repetido en otras ocasiones que el objetivo del machismo a través de su posmachismo es que todo continúe tal y como está (“El posmachismo”), es decir, tal y como ha sido a lo largo de la historia. Por eso la confusión es suficiente, pues con ella se genera duda sobre el tema planteado, sea la violencia o cualquier otra cuestión derivada de la desigualdad que afecte a las mujeres, la duda hace que la gente se mantenga distante al problema, esa distancia se traduce en pasividad, y la pasividad hace que todo permanezca bajo las mismas referencias. O sea, bajo el machismo.

Por eso, cuando piden hablar de “personas” y no de “mujeres y hombres”, en realidad lo que están pidiendo es que no se hable de los hombres, puesto que las mujeres y “lo de las mujeres” siempre han estado en un lugar secundario. Si ahora hablamos de ellas como víctimas y supervivientes de la violencia de género, antes o después tenemos que hablar de los hombres que la ocasionan. Por eso insisten tanto en ocultar a los hombres, e incluso cuando ya se ha producido la violencia de género, la presentan como un problema de mujeres a través de un relato que gira alrededor de la idea de, “una mujer muere a manos de…” en lugar de “un hombre que mata a…” pues de ese modo se resalta el mito de que “algo habrá hecho ella”, y que esas agresiones sólo se producen sobre las “malas mujeres”.

Hablar de “personas” no es otra cosa que ocultar a los hombres violentos que maltratan y matan, y ocultar la construcción de los hombres que dan los privilegios de permanecer invisibles e impunes ante la violencia que generan (“Machismo impune”), hasta el punto de dar lugar a una reacción crítica contra las mujeres que la sufren, en lugar de contra los hombres que la ocasionan. Por eso quieren hablar de “personas”, no de hombres y mujeres, porque si se habla de hombres y de mujeres se tiene que explicar lo que hacen unos y lo que sufren otras, y por qué y para qué lo hacen, algo que mostraría tal y como es a la cultura machista y el significado que guarda tras de sí.

Pero los machistas también quieren hablar de “personas” para situar a un mismo nivel y situación a los hombres y a las mujeres, sin reconocer la desigualdad que los coloca a ellos en una posición de poder, ni todos los mecanismos utilizados para mantenerla e aumentarla (El posmachismo (III), y la igualdad “punto cero”). Es más, incluso prefieren no reconocer esa injusticia y el daño que también ocasiona sobre los propios hombres (recordemos que el 95% de los homicidios los comenten hombres, y que la inmensa mayoría de los hombres asesinados lo son por otros hombres), y presentarse como víctimas del propio sistema que han creado, pero con el pequeño matiz de culpabilizar de esas consecuencias del machismo a las mujeres, y de paso reforzar así el mito de su perversidad y maldad.

Hablar de personas es ocultar a los hombres y su poder e una teórica igualdad que las mujeres no tienen.

Como se puede apreciar, no es casualidad que quienes piden hablar de “personas” no duden en hablar de mujeres para, directamente, manipular y hacerlas responsables de todas las muertes de hombres por violencia doméstica, cuando la mayoría de las muertes que se producen en el entorno familiar las llevan a cabo otros hombres (padres que matan a hijos, hijos a padres, homicidios entre hermanos y otros familiares…) Tampoco dudan en dejar de hablar de “personas” y hacerlo de mujeres, para presentarlas como “madres asesinas” sin tener en cuenta las circunstancias de esos homicidios, ni hablar de la crueldad de los padres que asesinan a sus hijos e hijas como parte de la violencia de genero contra sus parejas, y mucho menos de los más de 900.000 menores que están sufriendo de sus padres la violencia que ejercen contra las madres. Y no dudan en evitar hablar de “personas”, pero sí de mujeres, para “responsabilizarlas” de los suicidios de los hombres, llegando a presentar, incluso, los “divorcios abusivos” como una de sus razones, cuando la OMS y los estudios científicos ha identificado las causas de los suicidios masculinos en otros elementos, algunos de ellos relacionados con esa masculinidad tradicional, rígida y acrítica que defiende el machismo.

La reacción del machismo a través de la conducta y hábitos tradicionales, y de la nueva estrategia del posmachismo, es muy clara. Harán todo lo que tengan que hacer para ocultar, como lo han hecho durante siglos, la desigualdad, el abuso, la discriminación y la violencia que los hombres han utilizado contra las mujeres a través de su conducta y de su cultura, y para ello no dudarán en esconder la responsabilidad de los hombres que deciden seguir esos dictados, llamando al verdugo y a la víctima “personas”.

Personas somos todos los hombres y todas las mujeres, pero del mismo modo que las circunstancias hacen que haya personas sanas y enfermas, trabajadoras y desempleadas, con un color de piel y otro, de un origen geográfico y otros muy distintos… y todo ello tiene consecuencias y requiere la adopción de medidas para solucionar los problemas o cuestiones de todo tipo que se presentan a partir de esas referencias, los problemas de la desigualdad y el machismo deben ser abordados de manera diferente teniendo en cuenta el diferente papel que juegan los hombres y las mujeres.

Lo que pretende alcanzar la Igualdad y el feminismo es que seamos esas “personas” como iguales, con los mismos derechos, obligaciones y oportunidades, no como el machismo, que quiere hablar de “personas que matan y ejercen la violencia de género”, y de “personas que la sufren y son asesinadas” para “igualar” el resultado de todas las violencias, y dejar sin significado a la violencia de género.

Es bueno recordar la conocida frase de Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia”, que resumía la diferente situación de las personas; aunque el machismo y su posmachismo piensa que para los hombres la frase queda en: “Yo soy yo. Y mi circunstancia será la que diga yo; ¿verdad cariño?”

“Sr. Padre y Mr. Violento”

DR JEKYLL-MR HYDENos han enseñado vivir de perfil para que todo el mundo crea que miramos al frente, pero sobre todo para ocultar la otra cara que la identidad nos ha dado, no tanto como repuesto en caso de pérdida o rotura de la primera, sino como escondite de todo lo que debe permanecer oculto para que lo visible no sea cuestionado.

Así nos hemos acostumbrado a esa dualidad cómplice que en ocasiones actúa como razón y otras como justificación.

Es parte de una cultura que juega al despiste y a la intriga. Tenemos la cara oculta de la luna, también la cruz de la cara y la cara de la cruz en el azar, la otra orilla del rio o del mar, la cara B de los discos que tenían cara A, la otra vida con su más allá… La realidad se ha configurado con un lado aparentemente ajeno e inaccesible, pero al mismo tiempo capaz de condicionar los acontecimientos que suceden a este lado, por eso la Tierra también tiene una cara oculta como su satélite, pero no se sitúa en la geografía del planeta, sino en la cultura androcéntrica que llena su atmósfera.

Y cuanto más grande es la imagen pública y conocida en un determinado contexto, mayor ha de ser la cara oculta donde depositar todo lo que ha de esconderse, es lo que tiene el hecho de “ir de perfil”, que al otro lado siempre hay un espacio similar al visible. De ahí que los hombres, con una masculinidad expansiva y pública que recorre las calles de la sociedad a diario, tengan en el otro perfil una profundidad capaz de albergar las circunstancias y conductas más insospechadas.

Y muchos de esos hombres lo que guardan es una violencia que los llevan a comportarse como el personaje de “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” de Robert Louis Stevenson, pero en versión de andar por casa, en lo que sería una especie de “Sr. Padre y Mr. Violento”.

En España unos 700.000 hombres, según la Macroencuesta de 2015, maltratan a las mujeres con las que comparten una relación. Como consecuencia de esa violencia de género, alrededor de 900.000 niños y niñas viven expuestos a ella sufriendo importantes consecuencias sobre su salud y comportamiento, al normalizar la violencia como una forma de resolver conflictos. De entre esos menores, unos 600.000 sufren además violencia directa, puesto que el padre que entiende que la violencia es una forma adecuada de resolver los problemas, también la utiliza contra sus hijos e hijas. Y la convivencia con la violencia de género es tan terrible, que en la última década 44 niños y niñas han sido asesinados por esos padres violentos, y 60 mujeres son asesinadas cada año.

Y la inmensa mayoría de estos hombres asesinos son considerados por el vecindario y sus entornos como “muy buenas personas”, “muy cordiales”, “muy buenos padres”, “maridos estupendos”, “grandes amigos”, “vecinos muy atentos y considerados”, “muy trabajadores”… tal y como muestran las informaciones cuando tras un femicidio entrevistan a la gente que tenía alguna relación con los agresores.

Los maravillosos hombres, amigos, vecinos… pasan de repente a terribles criminales, cambian de ese Sr. Padre al Mr. Violento desconocido. Pero lo más grave es que esta reacción no es una anécdota, sino que forma parte de la estrategia de la misma cultura que con sus claroscuros entiende que la violencia de género puede ser normal. Cuando los hombres agresores y asesinos son presentados en sociedad como “buenos hombres”, se pone en marcha una de las trampas más eficaces y extendidas para ocultar la realidad, concretamente la que lleva a interpretar que “aquello que no se ve no existe”, confundiendo de manera interesada la invisibilidad con la inexistencia.

De ese modo, para el machismo la cara oculta de la violencia de género, lugar donde transcurre el 80% de ella, no es que no se vea, sino que no existe. Y si la violencia de género no existe, pero es denunciada, ¿cuál es la interpretación que da la cultura machista?… Muy fácil, pues que se trata de “denuncias falsas”. Así todo encaja.

Algo parecido ocurre con los asesinos: si son magníficos maridos, padres, vecinos, trabajadores… y acaban de matar a la mujer o a los hijos, ¿cuál es la interpretación?… Muy sencilla también, pues que “se les ha ido la cabeza” o “les ha venido una elevada ingesta de alcohol o drogas”. De nuevo todo encaja.

Bajo esas referencias todo se ajusta a la construcción de una sociedad perfecta en la que lo bueno y positivo transcurre por las aceras céntricas de la convivencia, y la malo y negativo se esconde en rincones, suburbios y ambientes oscuros donde las miradas no llegan. Esa es la trampa, no la negación de aquello que objetivamente es malo y negativo, sino la creación de una espacio para ocultarlo, de manera que su aparición no se entienda ni interprete como una consecuencia de las circunstancias perversas que la propia cultura ha creado y mantiene en la reserva para casos de necesidad, sino como un accidente, una anormalidad y una patología.

Para el machismo lo importante es que el sistema continúe, aunque caiga el individuo que lleva a cabo una conducta contraria a las referencias que definen la cara visible de la realidad, de ahí el repudio y los insultos aislados a cada uno de los que “caen”. Aunque al mismo tiempo se presente lo ocurrido como algo extraño por su significado (la locura o el alcohol) y extraordinario en su expresión, por su baja frecuencia.

Esa es la razón para que las justificaciones, la sorpresa, la incredulidad… cubran las portadas en los primeros momentos. Y por eso no tardan las reacciones desde los sectores machistas en busca de la confusión necesaria para que a nadie se le ocurra dar la vuelta a la realidad y observar esa cara oculta, donde esconden todas las estrategias de poder y violencia propias del status y la condición de los hombres.

Es lo que hace el posmachismo cuando tras el homicidio de una mujer por violencia de género salta a las redes sociales hablando de que “todas las violencias son importantes”, que “las mujeres también agreden y matan”, que “la mayoría de las denuncias son falsas y eso quita recursos para proteger a las que “de verdad” sufren la violencia”, al hablar del “suicidio de hombres, dando por hecho que se debe a que las mujeres los incitan a cometerlo”, ignorando todos los estudios científicos que hay sobre el tema… Y así ha sucedido tras el doble asesinato de las niñas por su padre en Moraña, lo cual demuestra que no es casualidad nada de lo que ocurre. Es cierto que no es accesible a primera vista, pero está muy claro en esa cara oculta de la sociedad creada por la cultura machista.

Ya no hay excusas, los hechos se repiten con dramática frecuencia para que se siga pensando que lo invisible no existe. La violencia de género existe y está muy cerca, ha sido ocultada en muchos hogares y relaciones bajo el argumento de la normalidad, hasta el punto de hacer que las propias mujeres que la sufren contribuyan a su ocultación, tal y como refleja la Macroencuesta de 2015 al recoger que el 44% de ellas no denuncia por que cree que la violencia sufrida no es lo suficientemente grave, o cuando el 21% afirma que no lo hace por “vergüenza”. ¿Quién le dice a las mujeres que es “normal” cierto grado de violencia?, ¿quién les hace sentir vergüenza por sufrir la violencia de sus parejas?… La cultura machista es la responsable, y por ello a pesar de llevar siglos bajo esta violencia, aún no somos capaces de sacarla a la luz en toda su magnitud ni de desenmascarar a los machistas que la propician y la ejercen.

Sólo la luz del conocimiento y la conciencia crítica puede disipar las sombras y abrir los rincones que aún utiliza el machismo para perpetuarse con su violencia y sus privilegios, por ello debemos cambiar de referencias y alcanzar la Igualdad real y funcional. Y para ello, en lugar de cuestionar los casos cuando ya se han producido, lo que debemos criticar son las causas y el contexto social que da lugar a ellos antes de que se produzcan.

¿A cuántas mujeres, niños y niñas más debe asesinar la violencia de género para que se entienda y se adopten las medidas acordes a la realidad que tenemos?, ¿cómo es posible que aún se siga pensando que “un maltratador puede ser un buen padre”?… Desde el posmachismo dicen que plantear estos temas es “criminalizar a los hombres”, pero quien en verdad criminaliza a los hombres es quien calla ante la desigualdad y su violencia, y quien defiende una masculinidad en la que agredir a la mujer, a los hijos e hijas y a otros hombres se presenta como una forma de “ser más hombre”.

Mientras no cambiemos las referencias de la cultura, el caso de “Sr. Padre y Mr. Violento”, a diferencia del escrito por Robert Louis Stevenson, no tiene nada de extraño.

 

Diez mentiras del machismo

MENTIRASTodo lo que se presenta como absoluto suele ser mentira. La estrategia no falla, primero se construye una realidad única, después se impone a la fuerza, y luego esa misma realidad se presenta como demostración de su verdad ante la ausencia de las alternativas que impide.

El machismo actúa de ese modo, lo cual demuestra que es mentira. Una mentira interesada, porque cuando las mentiras se construyen, se refuerzan poco a poco con la práctica, se mantienen en el tiempo, y se defienden ante su cuestionamiento, es porque interesan a alguien. Y ese alguien interesado en mantener “su verdad” sólo puede ser quien se beneficia de ella, es decir, los hombres-machos que aparecen como referencia ejemplar, como intérpretes de la realidad, jueces en los conflictos y dueños de lo correcto.

Son muchas las mentiras que forman parte del machismo, tantas como las que cada uno decida que forman parte de su verdad, pero hoy nos vamos a detener en diez mentiras esenciales del machismo; no son las únicas, pero sí resultan básicas.

La primera de esas mentiras es tomar lo masculino como referencia común en una vida de hombres y mujeres; la segunda, elevarlo al ámbito de los valores para que ante un conflicto tenga una consideración preferente; la tercera, creerse superiores por todo ello cuando en realidad demuestra una gran bajeza moral; la cuarta, presentar ese proceso como un orden natural guiado por la sabia Naturaleza y la divina sabiduría de los dioses hombres, que previamente se han encargado de colocar en las hornacinas de su olimpo cultural. La quinta, recurrir a la violencia como instrumento para defender el orden y a sus dioses; la sexta, presentar el tiempo secuestrado como razón de su verdad; la séptima darle presencia a las mujeres en forma de esa amenaza propia del súbdito que se rebela contra el bondadoso señor, simplemente por no poder ser como él. La octava, es haber hecho de esa operación interesada referencia de identidad, para que quien no se ajuste a ella sea un “mal hombre” y una “mala mujer” merecedor de todo el castigo divino y humano; la novena es haber ocultado la objetividad de la violencia y el daño causado, y haber mostrado los silencios y la distancia como explicación de su inexistencia. Y la décima, culpar a quien se rebela contra la injusticia de ese orden desigual y violento.

Estas mentiras, como casi todo lo que implica un mandamiento, a su vez se encierran en dos, una humana: la normalidad; y otra divina: la fe. De ese modo, el reino de los hombres es divino porque es “lo normal”, y lo divino se humaniza al darle a la palabra voz de hombre y hacer que resulte creíble aquello que los hombres dicen, y no lo que las mujeres hagan o digan.

El machismo presume de inocencia porque todo lo que ha hecho es mentira en su fundamento y en su articulación práctica como realidad, y nunca hasta ahora se ha cuestionado de manera amplia y decidida: No es cierto que los hombres sean superiores, ni más inteligentes, ni que la fuerza supla a la habilidad, ni que el afecto sea debilidad… Por eso el argumento que lanzan ante las críticas es la falta de credibilidad de las mujeres, y de quienes se ponen a su lado para erradicar la desigualdad, porque no puede haber dos verdades sobre una misma realidad, y ellos no están dispuestos a renunciar a lo que han conseguido de manera injusta.

A ellos les interesa esa duda, puesto que su orden está construido sobre referencias trascendentales, no sólo humanas; y si en el mundo de lo humano la duda es favorable a los hombres que tienen el poder, en el mundo divino la duda ofende y es pecado sencillamente por demostrar una falta de fe. Por eso las mujeres, bien en lo divino o en lo humano, siempre salen perdiendo.

Un ejemplo de este juego de claroscuros del conocimiento lo tenemos en la violencia de género. Todo lo que sabemos de esta violencia es que sus manifestaciones en realidad son reflejo de la gran mentira que intentan presentar por verdad, al decir que no existe y que se trata de casos aislados. Veamos algunas referencias:

  • Sólo se conoce un 20% de la realidad de todos los casos que se producen, tal y como indican las Macroencuestas y las denuncias que se formulan.
  • Las limitaciones del sistema, la falta de recursos para investigar, y el constante cuestionamiento de la palabra de las mujeres, hace que se condene un 70% de lo denunciado.
  • Se obvia y se silencia que esa situación hace que las condenas representen un 4’8% del total de casos, mostrando la gran impunidad existente ante la violencia de género, no su mentira.
  • Todo lo que no termina en sentencia condenatoria se toma como “denuncia falsa”, entre ellas las denuncias que retiran las propias mujeres como consecuencia de la “vergüenza que supone en esta sociedad ser víctima de violencia de género, y del miedo”, tal y como recoge la Macroencuesta de 2015.
  • En lugar de cuestionar al sistema por su “ineficacia”, se utiliza como demostración de “la verdad del planteamiento machista”, y de la mentira que suponen las críticas y los intentos de rebelión.
  • Presentan las medidas para combatir la violencia que ejercen los hombres violentos como un argumento para afirmar que se criminaliza a “todos los hombres”, lo cual demuestra que para ellos la diferencia entre “hombres en general” y “hombres violentos” no existe. Para el resto esta diferencia es muy clara.
  • Toman la excepción de situaciones contrarias como una generalidad para defender su posición (ocurre con los casos existentes de “denuncias falsas” y de “violencia de mujeres contra hombres”), pero niegan la realidad que revela la falsedad de su planteamiento.

Toda esta construcción tiene sus consecuencias, lo vemos a diario, pero de forma especialmente  impactante estos días en dos casos. Uno de ellos ha ocurrido en Orense (8-5-15), donde un hombre agrede de forma tan violenta a su mujer que le produce un coma debido a los intensos traumatismos craneoencefálicos sufridos; el hombre lo explica al decir que han entrado en la casa a robar y que él no se ha enterado de nada, su explicación resulta tan “creíble”, a pesar de las evidencias a favor de la violencia de género y de la ausencia de indicios compatibles con la hipótesis del robo, que no se adopta ninguna medida de protección. Al final, la pasividad generada por las referencias de un sistema que se resiste a aceptar la realidad, permite que el agresor siga cerca de su mujer y que aproveche las circunstancias para asesinarla en el hospital donde estaba ingresada. El segundo caso ha sucedido en Denia (14-5-15), allí otro hombre ha asesinado a su mujer con la que convivía a pesar de tener una orden de alejamiento. Es decir, se reconoce la existencia de un riesgo objetivo hasta el punto de ver necesario adoptar una medida de alejamiento para evitar una nueva agresión, pero no se lleva a cabo actuación alguna para garantizar su cumplimiento, dejando todo el peso en la propia mujer víctima de la violencia y de una cultura machista que “normaliza” la violencia vivida y minimiza el riesgo generado.

Mientras no se tome conciencia de la gran mentira interesada que es el machismo y de las numerosas mentiras que utiliza para reforzarse a diario, cada iniciativa que demuestre esa falsedad construida de manera interesada no sólo será rechazada, sino que será presentada como un ataque al modelo y al orden existente, y será utilizada como demostración de su verdad y de la “falacia de las alternativas” que se plantean desde la Igualdad. Es lo que vemos con el posmachismo cada uno de los días y todos los demás.

El silencio es cómplice de los violentos, cierto; pero las palabras manipuladoras del posmachismo lo es aún más.

 

Las partes nobles

BARRERA FALTAEn estos días de Champions no podían faltar los campeones, por eso ante la vuelta de la eliminatoria entre el Bayern y el Oporto, Guardiola, entrenador del primer equipo, declaró (20-4-15) que era un partido que no se podía jugar con “las partes nobles”…

Otorgar nobleza a los genitales masculinos tiene consecuencias que van más allá de lo previsible, y sin duda refleja de forma clara la visión que tienen muchos hombres de sí mismos y de la realidad.

No es casualidad que a la hora de situar la “aristocracia masculina” en la anatomía se hayan elegido los genitales como destino, no el cerebro, el corazón o el páncreas con su insulina y glucagón; y que las mujeres, también parte de la aristocracia social como duquesas, marquesas, baronesas… no suelan tener título alguno que les conceda nobleza a sus genitales ni, por supuesto, a cualquier otra parte de su anatomía; más bien lo contrario, sus genitales son el argumento de la “intimidad” y la fuente de perdición de muchos hombres, que ven en ellos el remolino de la tempestad que los atormenta y al que se ven atraídos sin poder resistirse.

Para muchos hombres y su cultura androcéntrica, los testículos son un valor añadido para resolver conflictos cuando todo lo demás escasea o ha desaparecido, mientras que los genitales femeninos son una fuente de problemas y un instrumento de perversión capaz de acabar, incluso, con la más alta nobleza testicular.

Uno podría entender que el carácter hereditario de los títulos nobiliarios y la prioridad histórica del varón sobre la mujer, ya sea para ser varón barón, varón conde, varón marqués o cualquier otro título varonil, le diera ese carácter noble a sus atributos, pero por ese mismo argumento, los genitales femeninos, encargados de culminar el proceso y de hacerlo realidad, no sólo deberían de disfrutar de la nobleza de la aristocracia, sino que deberían llegar a la realeza.

Pero parece que no es por ahí por donde van los “tiras y aflojas” ni por donde vuelven las razones, sino por otros vericuetos relacionados con la complicada construcción que muchos hombres hacen de su propia identidad, para así perderse ante cualquier intento de salida. No se trata tanto de nada relacionado con la “Ley Sálica”, si no más bien con una especie de “ley fálica”.

La identidad masculina tradicional está levantada por contraste. De este modo, con unas cuantas referencias en positivo lo que se pretende es conseguir que el hombre sea de una determinada forma, y que, sobre todo, que no sea de otras muchas. Desde esa perspectiva, lo importante para ser hombre es “no ser mujer”, por eso desde la infancia se insiste tanto en esos mensajes machotes como “los niños no lloran”, “los niños no son quejicas”, “los niños no son chivatos”, “los niños no juegan con muñecas o a las cocinas”… Y por ello se identifica a los hombres con referencias tradicionales que no podían ser femeninas, por ejemplo, “el hombre de pelo en pecho”, “que se viste por los pies”, “de barba y bigote”, o con el énfasis de su propia condición: el hombre hombre o el hombre de verdad Y claro con esa idea y con esas referencias, lo que más identifica a los hombres respecto a las mujeres, y lo que les aporta un carácter inconfundible, son los genitales, de ahí que el tamaño importe en esa idea de asociar la hombría con lo genital, y de situar la nobleza de la primera en lo material de los segundos. Según esa asociación, cuanto más grande sean, más nobles serán las partes y más masculina resultará la construcción.

De este modo, los genitales se convierten en una realidad dual, ya no sólo por la duplicidad testicular, sino por su implicaciones funcionales. Por un lado sirven como fuente de acción en su parte mas primitiva y anatómica, que actúa ante situaciones límites y desesperadas al grito de “por huevos”, o en su versión referencial “por mis cojones”, como ya explicamos en post anteriores (https://miguelorenteautopsia.wordpress.com/2015/02/16/la-cultura-y-sus-testiculos/,   https://miguelorenteautopsia.wordpress.com/2014/03/20/por-mis-cojones/). Y por otro, en una versión más refinada y creativa, actúan como fuente de inspiración para otorgar un valor añadido y de significado trascendente a todo aquello que surge de la nobleza propia de los hombres.

Esa dualidad es la que permite que incluso la conducta más bruta siempre tenga una parte noble que actúa como justificación, de ahí que se llegue a hablar de la “violencia por amor” o de “crímenes pasionales”.

Nada de eso puede ser atribuido a las mujeres en su “carencia de referencias objetivas”, más bien lo contrario, su anatomía refleja para ellos el carácter oscuro de sus decisiones y la perversidad que las acompaña, hasta el punto de que algunos planteamientos psicológicos enraizaban los problemas femeninos en el “complejo de castración”. Es la misma idea de “ser en negativo”, pero en este caso como frustración, no como elección, y ser mujer para esa concepción machista significa “no poder ser hombre”.

“Sin acción, sin inspiración y sin nobleza”, no es de extrañar que muchos hombres se sientan superiores a las mujeres, “intelectual y aristocráticamente”, y que se resistan a cualquier cambio que pueda afectar la estafa piramidal de una cultura machista que los sitúa en la cúspide sólo por su “nobleza”.

 

El “hombrigo”

HOMBRIGO-DA VINCI

La cultura tiene cuerpo de hombre, voz de hombre, un solo ojo de cíclope macho, brazos y piernas de hombre… y su centro, como no podía ser de otro modo, está en el ombligo.

El ombligo de esa cultura musculada, de voz grave y mirada plana se convierte así en “hombrigo”, un punto abstracto e invisible en el espacio de la convivencia en el que todo comienza y termina. El “hombrigo” viene a ser a la cultura como el “Big Bang” al universo, el lugar de donde surgió la vida tal y como la entendemos, y la cultura tal y como la vivimos; pero también donde se esconden las claves de la “materia oscura” de la realidad invisible que, aun así, influye en la organización de la parte material del cosmos y de la convivencia en sociedad.

No es casualidad que los científicos busquen acelerar las partículas para alcanzar la anti-materia, y que sea la sociedad acelerada del siglo XXI la que esté empezando a mostrar el lado oscuro de un machismo que ha dejado de moverse en la lentitud conservadora impuesta para que “todo fuera como siempre”, y que ahora vive el vértigo del progreso y el cambio.

El machismo nació para permanecer, no para perdurar. Nació para permanecer en sí mismo, no para perdurar en el cambio a través de una sucesiva transformación, por eso el objetivo siempre ha sido defender sus valores y referencias por medio de todo ese ajuste al orden y de que todos cumplan sus órdenes. Si no se cumplen los dictados aparece la amenaza del castigo y la violencia como pena o “esperanza” de superación, de ahí que muchas víctimas la entiendan como una especie de vía crucis destinado a su liberación por “no haber sido buenas mujeres”.

Y todo ello se debe a que el hombre creó la cultura a su imagen y semejanza, después la hizo universal, y luego él mismo se convirtió en la medida de todas las cosas. Ese es el “hombrigo”, la referencia práctica y funcional que toma al hombre como unidad del “sistema métrico cultural”.

La realidad nos muestra esa reacción en muchos aspectos del día a día, especialmente en lo relacionado con la defensa directa de sus privilegios a través de la violencia de género, ese arma de destrucción masiva en situaciones de paz que a lo largo de la historia ha causado más daño y dolor que muchas de las armas de guerra tradicionales.

Los hombres nunca se han quejado ni han visto un agravio en cualquier medida o iniciativa que supusiera un trato diferenciado entre distintas personas o poblaciones cuando el objetivo era corregir una injusticia social. No ha habido oposición, por ejemplo, contra las leyes que castigan más la violencia racista, tampoco contra la xenófoba, ni ha habido críticas de los hombres contra el agravamiento de las conductas terroristas, ni cuando se exige la condición de funcionario para que la violencia en determinadas circunstancias sea considerada tortura. Todas son medidas dirigidas a combatir el problema subyacente del racismo, la xenofobia, el terrorismo, la tortura… y todas esas conductas pueden ser llevadas a cabo por hombres y mujeres, aunque en la práctica la inmensa mayoría sean cometidas por hombres.

Tampoco han dicho nada los hombres contra la violencia que sufren por parte de otros hombres, ni contra la que sufren los niños y niñas, menos aún contra la que viven los ancianos. Ni siquiera han levantado históricamente la voz contra la que ejercían las mujeres contra ellos, estas situaciones formaban parte de la construcción que ellos mismos habían creado en forma de cultura universal, por lo que de algún modo, aunque no fueran deseadas tampoco eran ajenas al propio sistema.

Todo ello nos indica que el problema que ahora sitúan en la “Ley Integral contra la Violencia de Género” (LIVG), no está en el trato diferente que se da ante determinadas circunstancias sociales, que desde el punto de vista de la política criminal requieren ser abordadas con un trato distinto a otras violencias con un significado y circunstancias diferentes, aunque también producen lesiones y muertes. Lo hemos visto con el racismo, la xenofobia, el terrorismo, la tortura… y tantas otras situaciones. Tampoco está el problema en que haya víctimas diferentes (mujeres, niños y niñas, hombres, ancianos), ni agresores diversos (también hombres, mujeres, jóvenes y ancianos), el problema está en tomar como referencia para desarrollar determinadas políticas criminales a los hombres, aunque vayan dirigidas a luchar contra una violencia que llevan a cabo ellos. Hacerlo es como mandar una nave espacial al agujero negro donde surgió el universo y con él la vida, y poder desvelar secretos para entender la realidad patriarcal.

Y es lo que ha ocurrido con la LIVG y con las medidas y políticas dirigidas a erradicar la desigualdad y a promocionar la Igualdad, que vienen a ser como bombillas de colores en el oscuro pozo del “hombrigo”.

Ahora muchos hombres, aquellos que defienden ese sistema umbilical que une la masculinidad con el tiempo para así hacer de cada día eternidad, y justificar su creación por la vía de los hechos y de los deshechos, curiosamente se sienten atacados sólo por ser referencia y medida de una conducta protagonizada por ellos mismos. Por eso se quejan de una ley dirigida contra la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres, porque entienden que ellos no se pueden beneficiar. No les importa que haya leyes que castiguen a hombres, nunca les ha importado ni han hecho nada por erradicar la violencia asociada a la conducta masculina, lo que les molesta es que la LIVG no sea también para hombres y, sobre todo, que queden al descubierto los hombres que la ejercen y los valores e ideas que llevan a usarla, pues forman parte de ese núcleo oscuro que han escondido tras las paredes del hogar y en la intermitencia de los comportamientos normalizados con su “ahora sí”, “ahora no”…

Se lamentan también de que no son considerados “en igualdad” con las mujeres a la hora de reconocer el ejercicio de la paternidad con sus hijos e hijas tras la separación, pero en cambio no se quejan de las referencias de una cultura androcéntrica creada por ellos mismos que identifica a las mujeres con la maternidad y el cuidado, y a los hombres con la protección y el sustento. Y tampoco lo hacen cuando cada día las madres dedican un 97% más de tiempo a la realización de tareas domésticas, y un 26% más que los padres al cuidado de los hijos e hijas (Barómetro del CIS, abril 2014).

Se quejan de todo aquello que según su unidad de medida no les aporta ventajas manifiestas, pero no lo hacen de los privilegios y beneficios que les proporciona la construcción patriarcal surgida de ese “hombrigo” sideral para hacer de la cultura universo.

Todo lo anterior explica por qué ven las naves de la Igualdad como una invasión y una amenaza, y por qué muchos hombres están respondiendo con más violencia, tal y como demuestran las Macroencuestas. Estos guerreros de la desigualdad no quieren que nada cambie, y para conseguirlo están dispuestos a enfrentarse con quien sea necesario.

Deberían entender que la Igualdad resuelve todos los problemas de la desigualdad, así de sencillo. Otra cosa muy distinta es que vivan la Justicia, la Paz y la convivencia como un problema, pero eso no es culpa de las mujeres ni de los hombres que queremos la Igualdad para toda la sociedad, la única responsabilidad de esa idea está en aquellos hombres que quieren mantener la desigualdad en beneficio propio, y el “hombrigo” como centro del universo de su cultura.

Muchos de esos hombres consideran que sus ideas son el ombligo del mundo, pero en verdad sólo son la cicatriz que demuestra que parte de la desigualdad y de la injusticia que generaba ya ha sido extirpada