Educación parenteral

Parece que desde las derechas quieren meter a la gente sus ideas y valores directamente en vena, como si fueran una especie de suero de la verdad para que sólo lo que ellos plantean sea cierto.

Nunca antes habían creído necesario que existiera un “pin parental” en la escuela, eran conscientes de que con la influencia de una “normalidad” construida sobre los valores de la cultura, con toda su tradición y machismo, bastaba para mantener su modelo de sociedad, las formas de relacionarse dentro de él, y la manera de entender la identidad sobre la referencia de lo que era ser hombre y ser mujer. No existía nada más, ni nadie más.

Por eso no es casualidad que sea ahora, conforme la sociedad ha adquirido una mayor conciencia crítica sobre la desigualdad, la discriminación, el abuso y la violencia de género que se ejercen desde esa “normalidad” impuesta, y después de que las políticas de Igualdad para resolver muchos de estos problemas hayan dado sus frutos, cuando aparezcan nuevas resistencias y ataques por parte de los sectores más conservadores. El objetivo es proteger su modelo de sociedad, y la Igualdad se vive como una amenaza que atenta contra el núcleo de su construcción.

Y para garantizar la continuidad del modelo tradicional dirigen sus acciones a la gente más joven con el objeto de que no cambien nada y sigan reproduciendo y transmitiendo su “modo de vida”. Por eso, lo primero que hizo el PP fue aplicar “Pin Parental Permanente” al suprimir la asignatura “Educación para la ciudadanía”, porque por lo visto eso de ser ciudadano en Igualdad es muy peligroso. Da igual que estudios como el del Centro Reina Sofía muestre que el 30% de los jóvenes piensa que cuando un hombre maltrata a su pareja es porque ella habrá hecho algo, o que el grupo de edad donde más aumenta esta violencia sea el de 15 a 18 años, o que la mayoría de las violaciones en grupo sean protagonizadas por jóvenes… ya tirarán de su manual educativo para decir que se ha debido a la provocación de las mujeres, que se trata de una “denuncia falsa”, o que todo se ha debido al alcohol o las drogas.

El problema con el que se ha encontrado el machismo y la derecha es que la sociedad ya ha tomado conciencia de la injusticia de la desigualdad, y no quiere que sus hijas sean discriminadas ni agredidas, ni tampoco que sus hijos abusen y agredan. Pero como el amor propio también vive de mitos románticos intentan resistirse con pines y noes que niegan la realidad.

El machismo, como decía, siempre ha sido partidario de la “educación parenteral”, es decir, de meter sus ideas, valores, creencias, mitos… directamente en vena para que no puedan ser digeridas por la reflexión ni metabolizadas por la crítica, y así llegar hasta los centros de decisión personal sin ser cuestionados. Era lo de “la letra con sangre entra”, el “te pego porque te quiero”, o el “quien bien te quiere te hará llorar”, que ahora se transforma en un “pin parental” para seguir imponiendo sus mandatos y sus formas.

Fracasará una vez más. Aunque tengan seguidores y partidarios que se hagan eco la Igualdad no es una elección, es un Derecho Humano, y nada ni nadie podrá evitar que la sociedad se articule sobre ella como lo hace sobre la Libertad, la Dignidad o la Justicia. Otra cosa es que también quieran poner un pin para el resto de los Derechos Humanos, pero quienes lo hagan fracasarán. Hoy por las venas y arterias de la gente corre la Democracia.

La familia es mía

Cuando alguien se sabe dueño de algo procura llevar cualquier debate, discusión o conflicto a ese terreno, para de ese modo utilizar todos los elementos de poder formales e informales a su favor. Es lo que hace el machismo y sus tres tenores de la política (da igual que canten o que muevan los labios en el playback pactado), cuando intentan derivar la violencia de género al contexto de la familia.

El debate sobre la paternidad y la violencia de género va mucho allá de las consecuencias que puede tener sobre los hijos e hijas. Lo realmente trascendente de él es la ocultación del significado de esa construcción de la intimidad como núcleo y pilar de la sociedad, tal y como lo comentamos en el anterior post (“Maltratador y padre”). Por eso, a diferencia de los argumentos que utilizan contra la violencia de género, no niegan la mayor sobre si un maltratador puede ser un buen padre, y tampoco acuden al mensaje de que la mayoría de las denuncias contra padres son falsas, ni que en comparación con el total de padres los que maltratan representan un porcentaje mínimo, o que se trata de padres con problemas con el alcohol o con algún trastorno psicológico… Cuando se habla de paternidad y violencia de género su respuesta es otra y su argumento es la familia.

El machismo quiere a la familia para sí, sabe que es el núcleo de su sociedad y donde la cultura no sólo incorpora pautas de comportamiento, sino que define la identidad y todo lo que ella conlleva en la construcción del género y sus roles para el ejercicio de las relaciones sociales. Por eso quiere la familia con sus tardes de cine, sus juegos, sus viajes, sus deberes, sus vacaciones… y su violencia.

La violencia estructural forma parte esencial a la hora definir la realidad, lo hace en el contexto social con la violencia de género frente a las mujeres, y contra cualquier expresión de la diversidad a través del odio; y lo hace también en el contexto de la familia para lograr distintos objetivos, pero, el más trascendente de todos ellos, sin duda, es el de mantener la desigualdad entre hombres mujeres como algo propio de su condición. De ahí que la violencia de género se desarrolle en gran medida dentro de las relaciones de pareja y familiares, y que incluso la “violencia doméstica” se ejerza fundamentalmente contra las mujeres, tal y como recoge un reciente informe del INE (28-5-19), que muestra que el porcentaje de víctimas mujeres es el 62’2%.

No hay que olvidar que primero fue el hombre y después la familia. Han sido los hombres y su cultura patriarcal los que han definido en cada momento histórico a la familia, y quienes la han adaptado a las necesidades de los hombres, siempre con el papel de la mujer como referencia esencial dentro de ella y, por tanto, con la necesidad de someterla a sus dictados y de controlarla en el desarrollo de la dinámica familiar. Y para ello es necesario el control social sobre la idea machista de lo que debe ser una “buena mujer, esposa, madre y ama de casa”, y el control directo de la violencia como realidad, amenaza o posibilidad. Estas dos referencias, la social y la familiar, actúan como elementos esenciales y enraizados en la propia “normalidad creada”, tanto que ni siquiera llega a ser rechazada, como manifiestan muchas víctimas al decir lo de “mi marido me pega lo normal”,o como expresan los entornos más cercanos ante algunos homicidios de mujeres al referir, “sabíamos que la maltrataba, pero no que la iba a matar”.

El padre capaz de utilizar la violencia contra la madre de sus hijos es un hombre que demuestra que no le importan nada sus hijos, como tampoco la madre de esos niños y niñas. Todo lo contrario, lo que revela es que el objetivo de su violencia incluye a los hijos como elemento de coacción y violencia contra la madre, y como reflejo del orden que quiere mantener e imponer, no sólo de puertas para dentro, sino también como miembros de una sociedad en los que la identidad y el comportamiento son consecuencia del mandato establecido a través de la educación y la transmisión de ideas, valores, principios…

La insistencia del machismo en defender que un maltratador puede ser un buen padre significa que, para ellos, un maltratador puede ser también un buen marido, un buen compañero o una buena pareja de la mujer maltratada. Aceptar la compatibilidad de la violencia de género con la paternidad es aceptarla en todo lo demás, de ahí su insistencia en querer dominar la familia y de hablar de “violencia intrafamiliar”.

Porque esa es la clave, reducir a la familia lo que es un problema social para interpretarlo con las claves de ese contexto particular, entre ellas ideas como que se trata de una “discusión de pareja”, que “en todas las familias hay conflictos”, que es un tema que “pertenece a la intimidad familiar”, que “los trapos sucios se lavan en casa”, que “bien está lo que bien acaba”… Y sobre todas esas referencias luego está la más relevante, la que sitúa al hombre como pater familias, ese “buen padre” al que se refiere el Derecho, encargado de decidir lo mejor para toda la familia, de manera que si él decide “violencia”, ¿quién es la sociedad para llevarle la contraria en “su familia”? Por eso también suelen culpar a la mujer de la violencia que sufre ella misma, y plantean la agresión como que la mujer ha hecho algo para que el marido “le haya tenido que pegar”. Es más, hasta la propia Ley de Enjuiciamiento Criminal con su artículo 416 permite una escapatoria para el marido y padre  que maltrata, a pesar de que la mujer lo haya denunciado previamente y se haya iniciado el proceso judicial.

De ahí el interés del machismo y la ultraderecha en defender ese modelo de familia, y que se hable de “violencia intrafamiliar”, porque con esa idea consiguen dos objetivos inmediatos y un tercero en forma de impedimento. Los objetivos inmediatos son:

  1. Negar la construcción cultural que normaliza, justifica e integra la violencia de género como una violencia diferente en sus objetivos y motivaciones al resto de las violencias interpersonales.
  2. Ocultar la violencia contra las mujeres, las niñas y los niños al presentarla como “problemas o conflictos familiares”que pertenecen a la propia intimidad de la familia, y sobre los que no hay que entrar salvo que el resultado sea grave. Para eso está el “pater familias”decidiendo y controlando.

Y el objetivo que pretenden evitar es que se llegue a conocer la violencia a través de la palabra de los menores, de esos niños y niñas que viven en el hogar y que, como la madre, la sufren a diario. El machismo se había protegido de este tipo de situaciones quitando valor a la palabra de las mujeres y al presentarlas cargadas de maldad y perversidad a través de sus mitos, de ahí la falta de credibilidad que todavía hoy tienen muchas de sus denuncias. Pero no había pensado en la palabra de los menores, de los hijos e hijas que ven como su padre maltrata a la madre y a ellos mismos, por eso no quiere que se reconozca que los menores sufren las consecuencias de la violencia de género ni que formen parte de las medidas ni de la investigación, porque de repente, ese contexto protector para los maltratadores que es el hogar, ajeno a testigos e intrusos, se llena de personas que saben lo que pasa y lo sufren. Y esos niños, con todas las limitaciones procesales existentes, sí son creíbles cuando hablan de violencia.

La situación es tan delicada para el machismo que han tenido que inventar nuevos argumentos, como el llamado “Síndrome de Alienación Parental”, conocido como SAP, y toda una serie de derivadas (interferencias parentales, reprogramación afectiva…) bajo la idea de que es la madre la que le dice a la hija o al hijo lo que tiene que manifestar en el proceso judicial. De ese modo la sinceridad de los niños pasa a ser palabra de mujer, y como tal cuestionada. Además, la presentan como una palabra que surge de un doble acto de maldad por parte de las mujeres, el de su perversidad propia y el del interés en hacerle daño al padre para beneficiarse ellas.

El machismo quiere la familia para sí por ser el contexto y el argumento más útil para defenderse contra la violencia de género a través de la negación y de su control “intrafamiliar”. Lo sorprendente es que el modelo de familia defendido por el machismo y la ultraderecha, como insisten en sus propios planteamientos, entiende la violencia como algo propio de las relaciones familiares, una situación que, al margen de su manipulación para cuestionar la violencia de género, no se debe admitir ni permitir. La familia no es violencia, la familia es amor, paz y seguridad en el más amplio de los sentidos. Aceptar que hay una parte de violencia inevitable en la familia es darle carta de naturaleza para luego ocultarla. Ya se llamaba “violencia intrafamiliar” o “violencia doméstica” antes de la Ley Integral contra la Violencia de Género y no hicieron nada para erradicar ninguna de las violencias. Y ahora tampoco lo harán porque su modelo de familia contempla la violencia como una posibilidad.

Si hay violencia no es una familia, y si la violencia la ejerce el padre no lo hace desde la paternidad, sino desde el egoísmo y el poder que la cultura le ha otorgado.

 

Maltratador y padre

Un maltratador siempre es un mal padre… Nadie entendería que un vecino que maltrata al resto fuera un buen vecino, por muy bien que cuide la comunidad, ni que un profesor que golpea a sus alumnos pueda ser un buen maestro, aunque aprendieran mucho con él, sin embargo, como podemos ver a diario, sorprenden las numerosas voces que niegan la idea de que un maltratador pueda ser un mal padre,  al tiempo que separan el ejercicio de la paternidad del maltrato, como si este fuera algo diferente o se desarrollara en contextos distintos.

Lo relevante de estas posiciones no es que nieguen la mayor, como suelen hacer en su argumentación sobre la violencia de género cuando recurren a las “denuncias falsas” y afirman que el 80% lo son, sino que en este caso tratan de justificar la compatibilidad del maltrato con la buena paternidad.

Según estas posiciones machistas se puede ser un buen padre y maltratador, o lo que es lo mismo, se puede ser maltratador y al mismo tiempo ejercer una buena paternidad. Para entender esta asociación utilizan diferentes ideas y razones, veamos algunas:

  1. Levantan un muro entre la madre y los hijos e hijas, como si fueran parte de mundos diferentes, y buscan hacer creer que la violencia sólo se ejerce sobre la madre, cuando en realidad también la aplican sobre los hijos como parte de sus ideas a la hora de resolver los problemas. La Macroencuesta de 2011 revela que hay 840.000 niños y niñas que viven en hogares donde el padre maltrata a la madre, de los cuales 517.000 sufren agresiones directas. Es decir, del total de menores expuestos a la violencia de género el 61’5 % sufre además ataques directos.
  2. Quieren hacer entender que violencia es agresión y que agresión es conducta física, de manera que como los golpes se dan a la madre los menores, dicen, no se ven afectados por ellos. No quieren reconocer que la exposición a la violencia, vivir en ese ambiente terrorífico de los golpes, pero también de los gritos, las amenazas, los gestos, la violencia simbólica… puede dañar más que una agresión física en sí. Y ese ambiente aterrador es la clave para imponer el control dentro de la relación y familia, y el responsable en gran medida de que no puedan salir de la relación violenta por el miedo a las consecuencias tras la constatación de la realidad violenta del día a día. Muchas madres dicen sobre la violencia que viven lo de “aguanto por mis hijos”, y los menores también refieren su experiencia de forma gráfica, como una niña de unos 6-7 años que decía: “Cuando estoy en casa con mi madre soy muy feliz, pero  cuando llega mi padre es como si entrara una corriente de aire frío”.
  3. Intentan hacer creer que una madre maltratada, con todo el daño físico y todas las consecuencias psicológicas que origina la violencia, con el miedo que vive a que se produzcan nuevas agresiones, y el pánico a que cada una de esos ataques se traduzca en una agresión hacia sus hijos e hijas, es capaz de mantener una actitud completamente normal, como si no sufriera violencia, y que la dinámica familiar tampoco se ve afectada por dicho ambiente violento.
  4. Pretenden que no nos detengamos ante los objetivos que buscan los padres maltratadores, entre ellos que su mujer sea una“buena esposa, madre y ama de casa”,y, en consecuencia, que la violencia no parezca imponer y mantener un orden en el que los menores son parte esencial, tanto como plasmación de que el objetivo se consigue, como argumento para atacar a la madre o como amenaza de hacerlo. En estas situaciones utilizan la violencia como castigo por lo que han hecho mal o no han hecho bien, y como mensaje para que sepan qué es lo que no tienen que hacer.

Todo ello nos indica que para el machismo la paternidad en gran medida es un ejercicio de poder dirigido a mantener el orden familiar, que cada hombre impone a partir de la interpretación personal que hace de las referencias dadas por la cultura androcéntrica. Y como orden fundado en la sociedad, exige que las referencias impuestas sean útiles en una doble dimensión: por una lado, para la dinámica interna de la familia, y por otro, para el desarrollo de las relaciones de hombres y mujeres en sociedad, lo cual necesita que la educación incida en las conductas y en la identidad para que los hijos e hijas sean en el futuro buenos hombres y buenas mujeres. Si como consecuencia de la experiencia basada en la violencia y de exponer a sus hijos e hijas a ese ambiente, en el día de mañana esos “buenos hombres” son maltratadores y esas “buenas mujeres” son maltratadas, el problema se ve como algo menor, puesto que se entiende como algo puntual y que el orden logrado y las identidades adquiridas son valores superiores y positivos para la familia y la sociedad.

No es casualidad que uno de los argumentos más utilizados por el machismo a la hora de criticar la Igualdad y las medidas contra la violencia de género, sea el del “adoctrinamiento” y el de la “ideología de género”, revelando que en verdad su proceso es un “adoctrinamiento” desarrollado a partir de una “ideología machista”, que intenta ocultar la construcción cultural y social de los roles y funciones, a partir de lo que desde ella se entiende que es un hombre y una mujer.

El peso de esa construcción de la sociedad y la familia bajo la mirada y la conducta vigilante del machismo es tal, que se habla de ella y de la propia violencia de género como “normalidad” y desde una posición neutral. Y no hay normalidad en la violencia como tampoco neutralidad en la construcción que da lugar a ella. Educar en la desigualdad no es el modelo de referencia ni el punto de partida para convivir en sociedad, sino el objetivo alcanzado a lo largo de siglos de machismo para mantener una posición de poder, y con ella los privilegios masculinos. Unos privilegios que, entre otros beneficios, hacen que  a pesar de los datos y las estadísticas sobre violencia de género, se dude y se cuestione más a la mujer que denuncia que al hombre que agrede, y que, por ejemplo, pueda haber una orden de alejamiento de la madre al tiempo que un régimen de visitas con el padre, porque todavía se entiende que “un maltratador puede ser un buen padre”.

Todo forma parte de la construcción social del machismo, pero si hemos llegado a cuestionar y rechazar argumentos de base cultural, como el que decía que “la letra con sangre entra”, deberíamos comprender y rechazar aún con más intensidad los mitos del amor romántico que hacen compatible amor y violenciaDonde hay violencia no hay amor, y si una paternidad se ejerce con violencia contra la madre o los hijos, no es paternidad.

Las mentiras necesarias del machismo

El machismo es una falacia en sí mismo, partir de la idea de que los hombres y lo de los hombres tiene un valor superior a las mujeres y a lo de las mujeres para organizar las relaciones sociales, establecer la estructura de la convivencia a través de la cultura, y definir las identidades de unos y otras con el objeto de distribuir los roles, tiempos, espacios y funciones de manera diferente entre mujeres y hombres, es una mentira necesaria para hacer de ella la normalidad cómplice con su injusticia.

Gracias a esa construcción se ha dado un significado interesado a la realidad, de manera que la discriminación histórica de las mujeres para desempeñar determinadas funciones e impedir la realización de los trabajos remunerados que daban reconocimiento y poder, no haya visto como una desigualdad, sino como una consecuencia de las diferencias “insalvables” entre hombres y mujeres.  Una situación similar a lo que hoy sucede con la brecha salarial, la violencia de género o la dedicación a las tareas de cuidado, que se perciben como producto de las circunstancias particulares, no como consecuencia de los factores estructurales de una cultura hecha a imagen y semejanza de los hombres.

Conforme el feminismo ha ido desmontando esa falacia, ha quedado al descubierto tanto su mentira como la falsedad de las razones que han permitido construirla, por eso desde el machismo son tan críticos con las políticas de Igualdad y con los instrumentos que corrigen la desigualdad incidiendo en los elementos de la estructura que dan lugar a ella. Es lo que sucede con la Ley Integral contra la Violencia de Género, que no sólo aborda los casos que se conocen, sino que además actúa contra las circunstancias que la originan.

Pero como su razón es el poder y su instrumento la mentira, necesitan mantenerla a toda costa para que no se venga abajo su burbuja cultural y pierdan los privilegios que viven bajo ella. Por esa razón manipulan la realidad sobre una doble referencia: Por un lado con lo que ellos dicen e instrumentalizan para reforzar su normalidad cómplice, y por otro, con lo que ellos refieren que dicen las personas que trabajan por la Igualdad, a quienes atribuyen ideas y planteamientos que no son ciertos.

Ejemplos de esta doble manipulación los tenemos en las siguientes y habituales referencias argumentales:

  • Desde el machismo comentan que las denuncias falsas por violencia de género suponen un 80%, y que desde las posiciones de Igualdad se niega su realidad, cuando se trata de una doble mentira, porque según la FGE suponen menos de 0’1%, y lo que se dice dese las posiciones de Igualdad es que existen, pero en esa baja proporción.
  • También comentan que se niega la existencia de otras violencias diferentes a la violencia de género, afirmación falsa, porque no sólo no se niega, sino que precisamente por ser conscientes de que hay otras violencias, incluida la violencia que sufren los hombres, se desarrolla una ley específica para la violencia de género por sus características y circunstancias distintas a las otras violencias, no por sólo por sus resultados.
  • A partir de esa idea juegan con la referencia de que desde la Igualdad se habla de “mujeres buenas” y de “hombres malos”, planteamiento falso puesto que la Igualdad implica la incorporación de los hombres a sus referencias.
  • Desde ese planteamiento intentan hacer ver que las políticas de Igualdad presentan a todos los hombres como maltratadores, lo cual no sólo es incierto, sino que significaría que el problema estaría en su condición masculina, no en su decisión libre y voluntaria desde ella, que es lo que en verdad se dice desde la Igualdad.
  • También afirman que no se reconoce la violencia que ejercen las mujeres, cuando en lo que se insiste es en la base cultural y la normalización que existe alrededor de la violencia de género, no en que las mujeres no la ejerzan ni que toda violencia que apliquen los hombres sea de género.
  • Esas mismas referencias las trasladan a la maternidad y paternidad para decir que el planteamiento desde la Igualdad afirma que las mujeres son buenas madres y los hombres malos padres, falacia que trata de desviar la atención sobre la realidad que muestra cómo son las madres las que asumen la mayoría de las tareas de cuidado y afecto, tal y como reflejan los estudios sociológicos, incluidos los del CIS.
  • A partir de esa realidad, como el argumento es falaz y no funciona, enfatizan toda la violencia que ejercen las mujeres (mujeres que matan a sus parejas, a sus hijos o hijas, a familiares…) para buscar contrarrestar la violencia de género, intentando de nuevo reducir el problema a una cuestión cuantitativa, cuando la clave está en el significado y en las diferentes circunstancias de las distintas violencias, todas ellas reales con sus diferentes elementos y circunstancias.
  • Sin salir de los temas familiares, dan por hecho que la Igualdad está en contra de la custodia compartida, otra falsedad que intenta ocultar que las críticas van hacia la custodia compartida impuesta, sobre todo cuando las Macroencuestas indican que más del 70% de las mujeres que sufren violencia salen de ella a través de la separación.
  • Otra de sus grandes falacias de ayer y de hoy, es plantear que las políticas de Igualdad y la medidas contra la violencia de género van contra las hombres, cuando la Igualdad busca que se incorporen a ella, y las normas contra la violencia de género actúan contra los maltratadores, no contra los hombres. Como se puede ver es el machismo quien presenta a todos los hombres como maltratadores.
  • De ahí que otra de sus mentiras, como es decir que los hombres “han perdido la presunción de inocencia”, se desmonte de forma tan sencilla al comprobar que las condenas representan el 20% de las denuncias. Si no tuvieran presunción de denuncia el porcentaje de condenas sería mucho más elevado.
  • Como se dan cuenta de que con ese argumento no van muy lejos, unen que con la denuncia basta la palabra de la mujer para que detengan a un hombre y lo metan en el calabozo, y además lo adornan afirmando que las mujeres denuncian los viernes para que pase el fin de semana encerrado. Quien decide si tras una denuncia el denunciado es detenido o no, es la policía o Guardia Civil (por cierto, la mayoría hombres), no las mujeres, por lo que deberían recriminarle a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad su actuación. Pero no lo hacen porque si lo hicieran su falacia quedaría al descubierto.

Podríamos poner muchos más ejemplos de la doble manipulación falaz que hacen desde el machismo, tanto en lo que mienten directamente como en la mentira que supone decir lo que los demás afirman o piensan sin ajustarse a la realidad.

El machismo es mentira en su construcción androcéntrica y falaz en la defensa de sus mentiras.

Todavía no he visto a nadie en las redes ni en ningún lugar que a raíz de los argumentos machistas o de los datos que manejan, haya manifestado que estaba confundido y que gracias a esa “información” ha tomado conciencia de la realidad. Sólo los creen y aceptan quienes ya forman parte de su grupo. En cambio, cada vez hay más gente a favor de la Igualdad y consciente de la falacia que supone una cultura construida sobre la referencia de los hombres y la desigualdad.

 

“Por el hecho de ser hombre”

Muchos hombres se pierden en la expresión que resume la construcción cultural del género en la frase “por el hecho de ser mujer”. Dicen que es carente de sentido, que no significa nada, o que es como decir que “hay cosas que pasan porque pasan” o “cosas que son como son”. Parece que su superior capacidad intelectual, tal y como recogen los postulados machistas en boca de uno de sus portavoces, el eurodiputado Janusz Korwin-Mikke, no es capaz de llegar a la concreción, aunque quizás todo se deba a las interferencias que en sus cerebros producen palabras como “mujer”, “Igualdad” o “género”.

Lo digo porque esos mismos hombres y esas mismas posiciones machistas no tienen ningún problema, ni tampoco les genera duda alguna a la hora de entender su significado, cuando afirman que los hombres son denunciados falsamente por sus parejas “por el hecho de ser hombres”o que han perdido la presunción de inocencia “por el hecho de ser hombres”, o que tras separarse no les dan la custodia de sus hijos “por el hecho de ser hombres”, afirmando, curiosamente, que se las dan a las mujeres “por el hecho de ser mujeres”Aquí no tienen problema en emplear la frase, por lo visto todo lo que sea cuestionar o atacar a las mujeres es válido.

Esta situación refleja dos hechos:

  • El primero, el poder que le otorgan a su palabra para definir lo que es y no es de manera interesada. De ese modo, si ellos dicen que el argumento resumido en la frase “por el hecho de ser mujer” no tiene sentido, pues no lo tiene; y si afirman que la idea de que las cosas que les ocurren a ellos les pasan “por el hecho de ser hombres”, pues entonces sí tiene sentido y profundidad.
  • La segunda, es la demostración de que el machismo y su desigualdad actúa de forma que las mujeres, “por el hecho de ser mujeres”, sufren una serie de consecuencias negativas basadas en la construcción de la normalidad (discriminación, brecha salarial, precariedad laboral, acoso, abusos, violencia de género…), y que los hombres, “por el hecho de ser hombres”, tienen una serie de privilegios sostenidos sobre esa construcción..

Parte de la estrategia actual del machismo va dirigida a ocultar esta construcción tan ventajosa para los hombres, por eso no les gusta la expresión “por el hecho de ser mujer”, pues aceptarla significa entender que lo que le ocurre a millones de mujeres en sus relaciones personales, familiares, laborales, sociales… no es un problema particular de cada una de ellas ni de determinadas circunstancias, sino consecuencia de las referencias de una cultura machista que crea el marco y el contexto necesario para que luego puedan suceder dentro de esa normalidad cómplice. Pero, además, como se observa en sus propios argumentos cuando se refieren a las circunstancias que ellos afirman que les pasan a los hombres, reconocer que hay una desigualdad, discriminación y violencia contra las mujeres que forma parte estructural de la cultura machista y que, en consecuencia, se dirige contra ellas “por el hecho de ser mujeres”, supone aceptar que quienes ejercen esa discriminación y violencia para mantener la desigualdad inspiradora son hombres, y lo hacen “por el hecho de ser hombres”es decir, por seguir las referencias que esa cultura ha puesto a su alcance para llenarse de razones y argumentos a la hora de actuar se ese modo, y después encontrar justificaciones para minimizar sus consecuencias. Si no fuera así, el impacto que produce la violencia de género, con una media de 60 mujeres asesinadas al año, no permitiría que el debate estuviera en la derogación de la ley que la combate; si embargo, desde el machismo se permiten cuestionarla e intentar ocultar la violencia contra las mujeres entre otras violencias.

Y todo ello tiene una derivada más. Si los hombres “por el hecho de ser hombres” actúan contra las mujeres “por el hecho de ser mujeres” tiene que ser para algo. Ya sabemos que el “por algo”, esa motivación para actuar, surge de las referencias culturales, y ahora comprobamos que los objetivos pretendidos a partir de esos motivos también son inspirados por el mismo contexto, y son de dos tipos. Por un lado, defender su imagen y condición de hombre como expresión de lo que supone su orden jerarquizado, y por otro, mantener los privilegios que conlleva esa posición. Nada es casual, si el machismo se molesta tanto en atacar a la Igualdad y al feminismo es por algo y para algo.

El machismo se siente dueño de la palabra, por eso se permite darle el significado que beneficia a muchos hombres, y para ello no dudan en decir lo mismo y lo contrario, por eso no dudan en negar que las agresiones y los asesinatos de mujeres por violencia de género no se dirigen contra ellas “por el hecho de ser mujeres”, sino por determinadas circunstancias; y, sin embargo, lo que les pasa a los hombres, sea lo que sea, les ocurre “por el hecho de ser hombres”.  Muchos creen que hacerse pasar por víctimas de la realidad oculta su responsabilidad como autores de ella, y que esconder las motivaciones que surgen al amparo de la cultura del machismo a la hora de agredir a las mujeres, hace desaparecer su responsabilidad como agresores. Pero se equivocan, ya no engañan a nadie.

La realidad que ha creado el machismo ha actuado a lo largo de toda la historia contra las mujeres, y hoy tenemos una doble referencia que lo demuestra: que los hombres se han comportado de ese modo “por el hecho de ser hombres”y que esa realidad está llena de ejemplos y casos de lo que “muchos hombres han hecho”.

 

Hombres al borde de un ataque de nervios

Muchos hombres están de los nervios, eso de ver cuestionados sus privilegios y de poner en evidencia que toda su fortaleza, racionalidad, entereza, criterio y valor era el cuento que ellos mismos habían inventado para impedir que las mujeres pudieran demostrar que era falso, lo llevan fatal y no saben muy bien qué hacer. Por eso mientras que muchos hombres, conscientes de esa injusticia, están saliendo del redil de la desigualdad, otros prefieren vivir acorralados en el machismo y desde allí tratar de lanzar sus mensajes y agresividad para mantener sus posiciones de poder.

Es un ejercicio de resistencia y contraataque.

Y el último ejemplo lo hemos visto en las reacciones a las críticas a la sentencia del Tribunal Supremo, que obliga a una madre y a sus hijos a abandonar el domicilio donde vivían tras la separación, por haber iniciado una relación de pareja con otro hombre. Nada nuevo, salvo la decisión del Supremo, puesto que se trata de una antigua reivindicación del machismo después de fracasar en su estrategia de control histórica. No olvidemos que todo esto viene de una realidad en la que la ley obligaba a las mujeres a pedir permiso al marido para cualquier cosa que hicieran en la vida pública. La misma realidad en la que les resultaba prácticamente imposible divorciarse  hasta que llegaron las llamadas “leyes de divorcio no culpable” en los 70, pero después, aunque lograban divorciarse, su vida seguía dependiendo de su ex marido porque él decidía cuando y cuánto dinero pasar para que sus hijos pudieran cubrir las necesidades básicas, una situación de abuso tan evidente y grave que se tuvo que desarrollar una normativa específica para obligar a pagar lo que sólo era parte de la responsabilidad de esos “buenos padres”. Pero como la situación no era un problema de legalidad sino de mentalidad, esos “buenos padres” inventaron estrategias para seguir hasta hoy sin pagar lo que se derivaba de sus responsabilidades, por eso han utilizado otras vías para continuar con el control de las mujeres y castigarlas por su decisión de separarse, sin importarles el daño causado a sus hijos.  

Por eso ahora están tan contentos de que el Tribunal Supremo les “haya dado la razón”, y se ponen tan nerviosos cuando se critica esa decisión y, sobre todo, su significado. Gracias a esa sentencia pueden volver a mandar un mensaje de fondo muy claro y directo hacia sus ex mujeres: “Si te quedas en casa cuidado de mis hijos no tendrás problemas, pero si metes a otro hombre en casa te irás a la calle con tus hijos”.

Esas referencias demuestran que muchos hombres construyen la familia sobre la idea de posesión, no sobre el compromiso, la responsabilidad y el amor,  de lo contrario no tendría sentido que la decisión para que sus hijos y la ex mujer salgan de la casa se base en que ella inicie una nueva relación de pareja. Es la idea del “tú eres mía o de nadie”trasladada a la familia y resuelta de diferente forma, pero siempre bajo el criterio de la posesión y de la legitimidad para “romper” aquello que consideran propio.

Las consecuencias para los hijos y las hijas es una especie de “daño colateral” del que siempre será responsable la madre por meter a otro hombre en la casa. Es el argumento habitual de los hombres y su Derecho para resolverlo todo con la culpa de las mujeres, y en este caso si ella no hubiera metido a nadie en casa sus hijos seguirían viviendo en ella. Ocurre como en la violencia de género, en la que a pesar del daño que sufren los hijos e hijas por vivir en ese contexto donde el padre maltrata sistemáticamente a la madre, la mayoría de las veces delante de ellos, como demuestran los estudios, el último de ellos la tesis doctoral “Menores y violencia de género: Nuevos paradigmas”, defendida el 30-11-18 por la ya doctora Paula Reyes y dirigida por la catedrática Juana Gil, el Derecho y la Administración de Justicia miran para otro lado y son capaces de “abstraer” de ese hogar violento a los niños para decir que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”y otorgar custodia y visitas sin problema. Y si los niños y las niñas se rebelan frente a esa decisión y no quieren ver al padre maltratador, pues tiran de manual, echan la culpa a las madres y les aplican el inexistente SAP (Síndrome de Alienación Parental).

Que el 83% de las familias monoparentales sean “monomarentales”, es decir, formadas por madres y sus hijos e hijas, parece que no significa nada, como tampoco parece tener nada que ver a la hora de que las mujeres tengan menos independencia y oportunidades el contexto social que las lleva a sufrir más paro, a ocupar los trabajos peor pagados y más precarios, a soportar la brecha salarial, y a que sean ellas las que reduzcan sus jornadas laborales o pidan excedencias para cuidar a sus hijos. Todo ello bajo unas circunstancias en las que desde siempre los hombres han intentado controlar a las mujeres impidiéndoles y dificultándoles la libertad a través del divorcio, como hemos explicado antes. La sentencia del Supremo es plenamente coherente y consecuente con este escenario, porque este escenario es el machismo. El machismo es cultura, no conducta.

Y por eso dice tanto ese nerviosismo violento de los hombres cuando ven que se critica una decisión como la recogida en la “sentencia suprema”, porque en el fondo observan, una vez más, cómo queda al descubierto toda su estrategia de poder e injusticia que les hace disfrutar de los privilegios auto-otorgados, y poder decir cuando las mujeres se enfrentan a ella que lo hacen para quitarles “la casa, los niños y la paga”.

 

La casa por el tejado

El Tribunal Supremo ha resuelto que una madre y sus hijos abandonen la casa donde vivían tras el divorcio, porque en ella vive también su nueva pareja. Argumenta que el domicilio donde antes vivía con su exmarido deja de ser “familiar” cuando se forma una nueva relación de convivencia.

La sentencia responde a una demanda histórica promovida fundamentalmente por padres que tras el divorcio no aceptaban que sus exparejas rehagan su vida afectiva, y que entienden la separación como un nuevo escenario de control y poder sobre la mujer, para lo cual es importante que sea ella quien tenga la custodia de los hijos e hijas, puesto que consideran que actúa como una dificultad para rehacer sus relaciones afectivas.

Esta percepción clásica ha cambiado bastante, pero las ideas que la sustentan no tanto. Quizás muchos de los que ahora se felicitan por la decisión del Supremo desconozcan la evolución seguida en esta materia, y no recuerden una época no muy lejana cuando los exmaridos se negaban a pagar la pensión por alimentos y no había manera en la práctica de actuar contra ellos. Después la ley cambió para obligarlos y facilitar el embargo de sus cuentas o bienes si no lo hacían, pero muchos de ellos, en lugar de entender su error, lo que hicieron fue simular que estaban en paro, cobrar de manera “no visible”, justificar un salario inferior para pasar menos cantidad de dinero… todo lo que hiciera falta menos asumir sus responsabilidades como padres, una situación que no ha desaparecido en la actualidad. Y claro, para todo ello el argumento no puede ser que les importa muy poco que sus hijos tengan dificultades, sino que se justifican al decir que lo hacen porque “la mala de su exmujer”  se gasta su dinero en zapatos, ropa o con su nueva pareja.

Si tenemos en cuenta estos antecedentes y la estrategia que sigue el machismo para ocultar la realidad de la violencia de género, al tiempo que busca imponer la custodia compartida en cualquier circunstancia y de espaldas al interés de esos hijos e hijas, que según dicen es lo que les mueve, la pregunta que surge es sencilla. ¿Si no fueran mujeres quienes están a cargo de la mayoría de las familias tras la separación, habría sido igual la sentencia del Tribunal Supremo?

Según la Encuesta Continua de Hogares de 2017, realizada por el INE, hay 1.529.900 familias formadas por madres y sus hijos e hijas, frente a las 312.600 constituidas por padres con sus hijas e hijos; es decir, el 83% de las familias monoparentales en realidad son “monomarentales”. Y esto no es por casualidad.

Desde el machismo se dice que en los Juzgados se les da la custodia a las madres “de forma automática” “por ser mujeres”, cuando en realidad las decisiones judiciales se adoptan en interés del menor a partir de la experiencia y de las responsabilidades asumidas durante la convivencia por cada uno de los progenitores. La paternidad empieza durante la convivencia, no tras la separación, y además de las averiguaciones judiciales que se realizan en cada caso, todos los estudios demuestran que, cada día, las mujeres dedican más tiempo que los hombres a las tareas domésticas y al cuidado de los hijos e hijas, lo mismo que son ellas las que piden reducción de jornada para esas tareas de cuidado, y solicitan días u horas libres para poder atender situaciones imprevistas relacionadas con la educación o la salud de los niños y niñas. Y todo eso sucede cada día, es decir, todos los días, no sólo cuando se produce la separación.

No deja de sorprender que los argumentos del machismo cuestionen la violencia de género cuando se dice que las mujeres son maltratadas y asesinadas “por el hecho de ser mujeres”, que nieguen el acoso cuando son hostigadas “por el hecho de ser mujeres”, que duden de la discriminación y la brecha salarial cuando se demuestra que les ponen dificultades y les pagan menos “por el hecho de ser mujeres”,o que ataquen las políticas de acción positiva para corregir su infra-representación en puestos de responsabilidad debido a los obstáculos y exigencias que les hacen “por el hecho de ser mujeres”. Para el machismo esa referencia de que determinadas conductas y situaciones se producen “por el hecho de ser mujeres” les resulta una tontería o una simpleza, pero en este caso son esos mismos argumentos machistas los que dicen que en los juzgados les entregan la custodia de los hijos y de las hijas “por el hecho de ser mujeres”. Nada coherente, como el machismo mismo, pero ya se sabe que la “palabra de hombre” siempre tiene el acompañamiento de la credibilidad.

Por eso no deja de sorprender el razonamiento de la sentencia del Tribunal Supremo, pues da la sensación de que más que mirar por el interés de los menores en verdad refleja ese malestar hacia la mujer que rehace su vida e inicia una nueva relación de pareja, y la “comprensión” del mosqueo del hombre que ve que todo eso sucede “en su casa”. Si el padre tiene una responsabilidad con sus hijos e hijas y como consecuencia de ella ha de pasar una cantidad de dinero para su cuidado y necesidades, el hecho de que la mujer viva o no con su pareja en el mismo domicilio es intrascendente sobre las responsabilidades del padre. Y si el padre, como consecuencia de que la decisión judicial que ha otorgado el uso del domicilio a la madre por ser ella quien obtiene la custodia, tiene que buscar una nueva residencia y asumir un alquiler, además de pagar la hipoteca de una casa que es suya, aunque ahora la usen sus hijos y su madre con ellos, también es independiente de que la pareja de la mujer viva en la casa o no.

Aunque todas estas situaciones tras las separaciones y divorcios han de resolverse mejor, no lo dudo, lo que resulta sorprendente es que se traten de presentar como consecuencia de la “maldad de las mujeres”, y que se vea a la Igualdad como responsable de la “injusticia” que viven los hombres. La Igualdad es la solución, no el problema, si los padres asumieran sus responsabilidades en igualdad desde el principio, dedicaran el mismo tiempo que las madres al cuidado y al afecto, dieran prioridad a sus hijos e hijas sobre otras responsabilidades del trabajo o de ocio… la custodia la tendrían ellos, bien de manera exclusiva o de forma compartida, sin necesidad de imponerla, tan sólo continuando con lo que hacían durante la convivencia.

Que el 83% de las familias formadas por un solo progenitor con sus hijos e hijas las formen las madres no es casualidad ni producto del azar, sino la consecuencia de una sociedad impregnada por la cultura del machismo que lleva a los resultados que luego critican sin pararse a cuestionar las causas. Resolverla exige levantar la Igualdad desde los cimientos de la identidad y la convivencia, no empezar la casa por el tejado.

 

Custodia a la custodia

Cuando las mujeres salen a la calle y gritan hasta  escribir en el aire “JUANA SOMOS TODAS”, es porque cada una de ellas se siente Juana Rivas en lo que ha vivido. No entender la realidad no sólo lleva a la confusión y al conflicto, sino que conduce a la injusticia. Y una sociedad entretenida en la injustica no puede encontrar el futuro, como mucho logrará un mañana perecedero con aroma a naftalina, pero no un tiempo diferente al actual.

Al machismo le gusta el argumento del “todo o nada” porque se sabe con la ventaja del todo, por eso lo utiliza tanto para imponer su posición. Por ejemplo, cuando se habla de violencia de género, desde el machismo la cuestionan y dicen que “las mujeres también maltratan”, de manera que como no todo el maltrato es llevado a cabo por los hombres, no existe la violencia de género con sus raíces culturales y una normalidad que lleva a que las mujeres digan lo de “mi marido me pega lo normal”,a que las instituciones no den una respuesta proporcional cuando denuncian, a que mucha gente hable de denuncias falsas, o a que el homicidio sistemático de 60 mujeres al año por parte de los hombres con quienes compartían una relación sólo sea un problema grave para el 1% de la población (Barómetros del CIS). Nada de eso ocurre en otros tipos de maltrato, pero es válido para el argumento del “todo o nada” y hacer así que toda la realidad machista de la violencia sea nada. A nadie se le ocurriría decir que no existen bandas de narcotráfico porque ha habido policías implicados en algunas de ellas,  o porque en ocasiones también trafican con armas o personas, y que por tanto habría que hablar de “personas que trafican”. Sería absurda una afirmación de ese tipo, pero lo que es absurdo para otras situaciones, tiene mucho sentido bajo la estrategia machista.

Con Juana Rivas ocurre lo mismo, y como ha llevado a cabo conductas sancionadas por la ley, ya es culpable de todo. Por eso, nada que no encaje en esa construcción que se ha hecho de ella como la “mala madre que le quita los hijos al padre” tiene cabida.

Juana se trajo los hijos de Italia huyendo de la violencia, y luego retrasó la entrega a la Justicia para no volver a la violencia de la que huyó al entender que los recursos que había interpuesto aclararían la situación. Pero en lugar de acercarse a su posición e investigar todos sus elementos, el significado bajo la “ley del todo o nada machista” quedó sometido a una doble posibilidad: o el “todo” gira alrededor de la violencia, o lo hace sobre la sustracción de menores; un dilema trampa porque la interpretación de lo ocurrido se realiza a partir de los estereotipos sociales y mitos que dan sentido a la realidad, entre ellos el de la perversidad y la maldad de las mujeres. La solución al dilema bajo las propias referencias machistas es sencilla, y presenta a Juana como una mujer malvada que le “quita” los hijos a su padre y luego lo “denuncia falsamente”  para conseguir su objetivo.

Como se puede ver, la construcción machista y su “ley del todo o nada” lo tiene fácil: el “todo” es la maldad de las mujeres y la “nada” la violencia que sufren por parte de los hombres.

Las consecuencias son objetivas.

Juana Rivas es una mujer víctima de violencia de género, como ha reconocido la Justicia en la única ocasión que investigó una denuncia a través del sistema especializado que tiene para hacerlo. Las denuncias que ha interpuesto después, por diferentes motivos, nunca han sido investigadas en profundidad, pero ella ha seguido sufriendo la violencia hasta el punto de tener que salir huyendo de ella con sus hijos. La situación podría haber finalizado ahí, como en muchos de los casos de violencia de género, pero las circunstancias han llevado a un escenario tan surrealista que al final ha sido Juana quien ha terminado condenada a 5 años de presión y a 6 sin poder ejercer la patria potestad, como le ocurrió a María Salmerón y a otras muchas mujeres maltratadas.

Y estos hechos suceden en un contexto social en el que el “todo” es la idea machista de la realidad que lleva a decir y a defender que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”, y a que la violencia de género, con más de 800.000 niños y niñas sufriéndola cada año (Macroencuesta, 2011), no sea una causa para limitar la custodia ni la patria potestad en la práctica. La situación es tan grave, que en el último informe del CGPJ sobre las sentencias emitidas por homicidios en violencia de género, correspondiente al año 2016, se recoge que la pena accesoria de inhabilitación o suspensión de la patria potestad sólo se ha aplicado en el 25% de los homicidios, a pesar de que muchos de ellos se trataban de hombres que habían asesinado a las mujeres con quienes compartían una relación familiar.

Puede parecer simplista, pero los estudios arrojan resultados objetivos, y mientras que muchas mujeres que denuncian violencia y no encuentran respuesta a la realidad que viven, sufren consecuencias terribles por las decisiones que se ven obligadas a tomar al no ser analizadas dentro de sus circunstancias vitales, a los hombres violentos y asesinos no se les cuestiona la paternidad a pesar de lo terrible de su conducta y de su significado y consecuencias.

Es la “ley del  todo o nada” adaptada al machismo: los hombres lo son todo en su masculinidad, y las mujeres no son nada fuera del rol y del espacio que la cultura (machista) les ha dado junto a un hombre. Cuando están al lado de él lo son todo como parte suya, pero nada más.

Y el machismo que es consciente de esta situación, ahora busca atacar en las mujeres aquello que les ha dado reconocimiento y poder dentro de las funciones y los espacios que la propia cultura les había asignado, y sin duda el elemento más trascendente es el de la maternidad.

No es casualidad que los grupos machistas se estructuren alrededor de la custodia, especialmente exigiendo la “custodia compartida impuesta”, que hablen del “Síndrome de Alienación Parental” (SAP), y que sean esos mismos grupos quienes cuestionan la realidad de la violencia de género y se organicen contra la ley que lucha para erradicarla (Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género). Es parte de la estrategia machista para demostrar su poder, para reconquistar los espacios perdidos que se han logrado para la Igualdad, y para continuar con sus mensajes amenazantes, intimidatorios y disuasorios con el objetivo de que las mujeres no se separen aunque sean víctimas de la violencia, como de hecho ocurre en la actualidad, pues sólo la denuncian un 25% de las mujeres que la sufren.

Pedir la custodia compartida sin pedir la Igualdad es una trampa; la trampa del machismo y los machistas que quieren imponerla para continuar con su control sobre las mujeres a través de los hijos e hijas.

La lectura que están haciendo desde esas posiciones del caso de Juana Rivas y de otras situaciones relacionadas con la violencia de género y su impacto en los niños y en las niñas, muestran cómo entre sus nuevas tácticas el machismo quiere poner custodia a la custodia para seguir con el sometimiento de las mujeres.

Madres asesinas y buenos padres que matan

Entre los hechos y la realidad está el significado, que es lo que permanece y da sentido a la historia de cada día. Los acontecimientos sólo son la inspiración para redactar el relato, las referencias necesarias que permiten escribir el tiempo con continuidad y sin sobresaltos que rompan el sentido de lo vivido hasta el presente y el mañana esperado.

Y esta situación que se observa en la forma de escribir la historia sobre el pasado y transmitirla, de manera especial a la hora de interpretar los conflictos, guerras, victorias y derrotas, sucede cada día en aquellos hechos que de una manera u otra tienen impacto directo en la forma de organizarnos y relacionarnos sobre las ideas, valores, creencias, mitos… que se han adoptado y considerado adecuadas para convivir.

Es lo que sucede con a violencia de género, una violencia estructural que surge de la propia “normalidad” que la cultura machista ha establecido y ha cargado de justificaciones para que sea interpretada como algo propio de las relaciones de pareja, no en el sentido de que sea una conducta “obligada”, pero sí bajo la idea de que “puede suceder”, y que si aparece es reflejo del “amor” y la “preocupación” que siente el hombre ante ciertas actitudes y conductas de la mujer que “pueden afectar a la pareja o a la familia”. Bajo esa idea, la violencia de género no se presenta con el objeto de dañar, sino de corregir algo que se ha alterado.

Lo vemos cuando la Macroencuesta de 2015 recoge que el 44% de las mujeres que no denuncian dicen no hacerlo porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”, cuando en el Eurobarómetro de 2010 un 3% de la población de la UE dice que hay motivos para agredir a las mujeres, o cuando el 30% de la adolescencia de nuestro país afirma que cuando una mujer es maltratada se debe a que “ella habrá hecho algo”.

Y hablamos de una violencia que cada año asesina a una media de 60 mujeres, maltrata a 600.000, y permite que unos 840.000 niños y niñas sufran su impacto al vivir expuestos en los hogares donde el padre la lleva a cabo, ¡un 10% de nuestra infancia! (Macroencuesta, 2011).

A pesar de esa terrible y dramática situación para una sociedad, sólo alrededor del 1% de la población considera que se trata de un problema grave (CIS). Y no es casualidad que sea tan bajo, sino consecuencia del significado que se da a esta violencia, la cual es presentada como un descontrol producto de hombres con problemas con el alcohol, las drogas, alguna enfermedad mental o un trastorno psíquico. Sobre esta situación estructural, además, desde la “normalidad” machista se lanza una estrategia de confusión que busca mezclar todas las violencias y reactualizar los mitos para seguir construyendo la realidad sobre el significado que ellos deciden.

El ejemplo más cercano lo tenemos en el asesinato cometido por Ana Julia Quezada sobre el niño Gabriel Cruz, un hecho terrible que comprensiblemente levanta todo el rechazo hacia su autora. La crítica, incluso en sus expresiones más emocionales, es perfectamente entendible como parte de los sentimientos que se han visto afectados por unos hechos y unas circunstancias tan dolorosas como las que se han vivido. Ese no es el problema, lo que sorprende es la bajeza de quienes lo utilizan y lo instrumentalizan para intentar, una vez más, confundir y cuestionar la violencia contra las mujeres a través de una doble estrategia:

  • Por un lado, generar confusión sobre las diferentes violencias y tratar de reducirlas sólo a su resultado, es decir, a las lesiones que ocasionan y a la muerte para concluir que todo lo que termina en el mismo final tiene el mismo sentido, algo que es absurdo. Sería como afirmar que todas las hepatitis son iguales y deben tratarse de la misma forma, sin considerar si son tóxicas o infecciosas, sin dentro de estas son producidas por bacterias o por virus, y dentro de las víricas si están ocasionadas por un tipo de virus u otro.
  • Y por otro lado, presentar la violencia que llevan a cabo las mujeres como consecuencia de la maldad y la perversidad que la cultura les ha otorgado con mitos como el de “Eva perversa” o “Pandora”. En cambio, con la violencia que llevan a cabo los hombres ocurre lo contrario, ellos son los “buenos padres” que utiliza el Derecho como referencia para aplicar la ley, y por lo tanto, cuando agreden o matan es por el alcohol, las drogas o los trastornos mentales.

La crítica a la que está siendo sometida Ana Julia Quezada no se ha visto con ningún hombre asesino, ni siquiera con José Bretón, que asesinó a sus dos hijos y los quemó hasta casi hacerlos desaparecer dentro de un plan elaborado hasta el más mínimo detalle. Es más, incluso en el juicio hubo un informe pericial psiquiátrico y psicológico que lo presentaba como una “víctima”.

Con Ana Julia Quezada ocurre lo contrario, cada día se profundiza más en su “maldad y perversidad”, se ha viajado a República Dominicana para buscar referencias sobre su “perversidad original”, y para que su propia familia se pronuncie sobre la situación y su condición. Hasta el auto judicial se refiere a ella como la responsable de un “plan criminal” con “malvada voluntad”.

Y mientras que la crítica es entendible y las reacciones son comprensibles ante el dolor que ha generado el asesinato de Gabriel, lo que sorprende es que la reacción ante los asesinatos de otros niños no haya generado ese rechazo hacia los hombres que los asesinaron, ni se haya buscado testimonios críticos en sus entornos, todo lo contrario, aún permanecen en algunos casos las palabras de sus vecinos hablando de ellos como “hombres normales y buenos vecinos”.

Pero nada de eso es casual y por eso la situación va más allá en la instrumentalización que hace el machismo para hablar de mujeres asesinas, y especialmente de madres que asesinan. Esa es la razón que dio lugar a que desde los primeros días tras conocerse el asesinato de Gabriel salieran noticias y asaltaran las redes sociales con el argumento de que “las madres matan más que los padres”, y todo para atacar la Ley Integral contra la violencia de género y los avances en Igualdad. Una actitud que demuestra esa bajeza moral del machismo y su afán en escribir la realidad con el significado que los hombres han decidido.

Cuando se toman estudios científicos amplios, es decir, no circunscritos a un tiempo reducido, que siempre se puede ver afectado por circunstancias del momento, se demuestra que los padres matan más que las madres, algo que tenemos la responsabilidad de conocer para adoptar medidas preventivas y no alimentar los mitos existentes. En el informe de Save the Children sobre los últimos 100 casos de muertes violentas no accidentales de niños y niñas, 36 fueron homicidios cometidos por los padres y 24 por las madres. Otros estudios internacionales que analizan un número amplio de casos recogen que mientras que los homicidios de las madres y madrastras tuvieron una tasa anual de 29’2 niños/niñas por millón, en los cometidos por los padres y padrastros la cifra fue de 67 niños/niñas por millón (V. Weekes-Shackeldford y T. Shackeldford, 2004); y en el trabajo de Harris et al. (2007) los padres asesinaron al 39’1% de los menores, mientras que las madres lo hicieron sobre el 33’6%. La propia OMS, en su Informe Mundial sobre Violencia (2002), recoge que los padres son los responsables de la violencia más grave y comenten más homicidios y violencia sexual sobre los hijos e hijas.

Lo hemos repetido multitud de veces y desde hace años, la violencia es llevada a cabo por hombres y mujeres, pero la construcción cultural que lleva a normalizar, invisibilizar y justificar la violencia bajo las referencias de la cultura, esa violencia conocida como “violencia de género”, es cometida por los hombres, unos “buenos padres” que “matan fuera de control”, según los mitos y estereotipos establecidos. Este significado no se le da a la violencia ejercida por las mujeres, ellas no son “buenas madres que matan”, todo lo contrario, se presenta como producto de la maldad y perversidad que llena la conciencia de las mujeres, tal y como vemos estos días.

Al final la historia se escribe sobre el significado que se da a los hechos, y para el machismo está claro, mientras que las madres asesinan desde su condición de maldad, los padres, que ya parten de la condición de “buena paternidad”, lo hacen porque hay algo que les hace perder su bondad y control.

 

Un hombre ejemplar

La ejemplaridad de los hombres no busca el valor ético de la sociedad, este ya lo tienen al haber creado la cultura a su imagen y semejanza, lo que en verdad busca es ser la referencia para otros hombres y defender de manera práctica los valores que los hacen hombres y los llevan a comportarse de manera ejemplar, aunque sea a través de la injusticia y el abuso.

La universalidad de la condición masculina permite que cualquier contexto sea adecuado para mostrar sus bondades, lo cual pone a disposición de los hombres una multiplicidad de escenarios en los que poder demostrarlas, pues en todo ellos actúan bajo las mismas referencias y sobre los valores comunes de su masculinidad. Da igual que sea en el trabajo, en el tiempo de ocio, en la familia, en las relaciones sociales… basta que un hombre destaque en algo para ser considerado un “buen hombre”, mientras que las mujeres tienen que destacar en todo para, simplemente, no ser cuestionadas, puesto que si no es así levantarán la crítica sobre su parte más débil. Es lo que ocurre con muchas mujeres trabajadoras, que son grandes profesionales pero luego las critican por ser malas madres al “dejar a sus hijos en la guardería todo el día”, por no pedirse una reducción de jornada, o por posponer la maternidad y la familia a su trabajo. Pero no sólo por eso, también las cuestionan por lo contrario, y cuando deciden cuidar y educar a sus hijos e hijas, las critican por la vida cómoda que han elegido y por “vivir a costa del marido”.

La ejemplaridad que se deduce de la condición de hombre y se induce de su demostración en cualquier escenario, es la que lleva a ser “buenos hombres” en toda circunstancia, como ocurre con los hombres que ejercen la violencia de género. Estos agresores son “tan buenos” que a pesar de ser violentos se presentan como buenos padres, y se sienten en tal posesión de la verdad que niegan la violencia incluso con sentencias condenatorias, hasta el punto de haber creado una asociación de “víctimas de la Ley Integral contra la Violencia de Género”, demostrando que para ellos su ideología está por encima de la democracia.

Y lo que son las casualidades de la vida, ahora, el “caso de Juana Rivas” que parte de una denuncia por violencia de género que no se investiga, a pesar de existir indicios y una condena anterior, es presentado como prueba de esa ejemplaridad masculina en la que un buen hombre y buen padre es víctima de una ley que no le han aplicado, y de unas instituciones y medios sólo por el hecho de entrar a opinar e informar sobre el caso y no darle la razón.

Por eso el machismo nunca hace propuestas constructivas, no plantea política alguna ni medida para afrontar aquello que considera inadecuado o susceptible de mejora. No le importan los hombres que sufren violencia por parte de otros hombres, ni los accidentes laborales, ni los problemas de salud que padecen… su único objetivo es que no se desarrollen políticas de Igualdad ni se corrijan las manifestaciones y consecuencias de la desigualdad. Es más, las propias iniciativas en este sentido son presentadas como un ataque a los hombres y como una discriminación positiva a favor de las mujeres, una situación tan absurda como presentar la política sanitaria como un ataque a las personas sanas y una discriminación hacia quien goza de buena salud.

Y en ese afán de mantener la desigualdad y la discriminación de las mujeres, y de ese modo proteger sus privilegios, no paran de compararse con las mujeres para ensalzar la bondad de los hombres sobre la maldad de las mujeres. Lo hemos visto de manera clara también en el caso de Juana Rivas, y mientras ha estado bajo la actuación judicial, Francesco Arcuri ha sido presentado como víctima de las “feminazis” (por cierto, muy “oportunos” los hombres con carteles con el lema “Stop feminazis” que aparecían tras él en televisión, ¿nadie hace nada contra esa apología del odio?), a pesar de lo cual él mostraba su bondad y magnanimidad repitiendo que quería la custodia compartida para que sus hijos pudieran estar con su madre. Pero la cosa no quedaba ahí, y desde el machismo se le canonizaba como un hombre aún más bueno y ejemplar que el resto, por mostrar esa condescendencia a pesar de haber convivido con una mala madre que se iba de juerga y volvía bebida de madrugada mientras él se quedaba con los niños, y con una mala mujer capaz de denunciarlo falsamente para quitarle los hijos y su dinero.

Ahora las circunstancias han cambiado, y cuando ha conseguido el objetivo de que los niños regresen a Italia por no haberse investigado la denuncia por violencia de género, su ejemplaridad cambia para que los hombres sean “hombres de verdad”, y se traduce, por un lado, en una actitud agresiva y beligerante contra la Ley Integral, las instituciones y los medios españoles, y por otro, con una negativa a que la madre de sus hijos pueda, siquiera, hablar con ellos.

Ese es el poder de los hombres, que pueden hacer una cosa y la contraria y ser coherentes y consecuentes en ambos casos, puesto que la ejemplaridad está en su condición masculina, no en las circunstancias ni en el significado de sus acciones y decisiones. Justo lo contrario de lo que dice el machismo de las mujeres, que son una “pura contradicción” y “ejemplo de nada bueno” salvo que tengan la supervisión de un hombre”, de ahí que aún hoy hablen de su incapacidad y maldad.