Custodia a la custodia

Cuando las mujeres salen a la calle y gritan hasta  escribir en el aire “JUANA SOMOS TODAS”, es porque cada una de ellas se siente Juana Rivas en lo que ha vivido. No entender la realidad no sólo lleva a la confusión y al conflicto, sino que conduce a la injusticia. Y una sociedad entretenida en la injustica no puede encontrar el futuro, como mucho logrará un mañana perecedero con aroma a naftalina, pero no un tiempo diferente al actual.

Al machismo le gusta el argumento del “todo o nada” porque se sabe con la ventaja del todo, por eso lo utiliza tanto para imponer su posición. Por ejemplo, cuando se habla de violencia de género, desde el machismo la cuestionan y dicen que “las mujeres también maltratan”, de manera que como no todo el maltrato es llevado a cabo por los hombres, no existe la violencia de género con sus raíces culturales y una normalidad que lleva a que las mujeres digan lo de “mi marido me pega lo normal”,a que las instituciones no den una respuesta proporcional cuando denuncian, a que mucha gente hable de denuncias falsas, o a que el homicidio sistemático de 60 mujeres al año por parte de los hombres con quienes compartían una relación sólo sea un problema grave para el 1% de la población (Barómetros del CIS). Nada de eso ocurre en otros tipos de maltrato, pero es válido para el argumento del “todo o nada” y hacer así que toda la realidad machista de la violencia sea nada. A nadie se le ocurriría decir que no existen bandas de narcotráfico porque ha habido policías implicados en algunas de ellas,  o porque en ocasiones también trafican con armas o personas, y que por tanto habría que hablar de “personas que trafican”. Sería absurda una afirmación de ese tipo, pero lo que es absurdo para otras situaciones, tiene mucho sentido bajo la estrategia machista.

Con Juana Rivas ocurre lo mismo, y como ha llevado a cabo conductas sancionadas por la ley, ya es culpable de todo. Por eso, nada que no encaje en esa construcción que se ha hecho de ella como la “mala madre que le quita los hijos al padre” tiene cabida.

Juana se trajo los hijos de Italia huyendo de la violencia, y luego retrasó la entrega a la Justicia para no volver a la violencia de la que huyó al entender que los recursos que había interpuesto aclararían la situación. Pero en lugar de acercarse a su posición e investigar todos sus elementos, el significado bajo la “ley del todo o nada machista” quedó sometido a una doble posibilidad: o el “todo” gira alrededor de la violencia, o lo hace sobre la sustracción de menores; un dilema trampa porque la interpretación de lo ocurrido se realiza a partir de los estereotipos sociales y mitos que dan sentido a la realidad, entre ellos el de la perversidad y la maldad de las mujeres. La solución al dilema bajo las propias referencias machistas es sencilla, y presenta a Juana como una mujer malvada que le “quita” los hijos a su padre y luego lo “denuncia falsamente”  para conseguir su objetivo.

Como se puede ver, la construcción machista y su “ley del todo o nada” lo tiene fácil: el “todo” es la maldad de las mujeres y la “nada” la violencia que sufren por parte de los hombres.

Las consecuencias son objetivas.

Juana Rivas es una mujer víctima de violencia de género, como ha reconocido la Justicia en la única ocasión que investigó una denuncia a través del sistema especializado que tiene para hacerlo. Las denuncias que ha interpuesto después, por diferentes motivos, nunca han sido investigadas en profundidad, pero ella ha seguido sufriendo la violencia hasta el punto de tener que salir huyendo de ella con sus hijos. La situación podría haber finalizado ahí, como en muchos de los casos de violencia de género, pero las circunstancias han llevado a un escenario tan surrealista que al final ha sido Juana quien ha terminado condenada a 5 años de presión y a 6 sin poder ejercer la patria potestad, como le ocurrió a María Salmerón y a otras muchas mujeres maltratadas.

Y estos hechos suceden en un contexto social en el que el “todo” es la idea machista de la realidad que lleva a decir y a defender que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”, y a que la violencia de género, con más de 800.000 niños y niñas sufriéndola cada año (Macroencuesta, 2011), no sea una causa para limitar la custodia ni la patria potestad en la práctica. La situación es tan grave, que en el último informe del CGPJ sobre las sentencias emitidas por homicidios en violencia de género, correspondiente al año 2016, se recoge que la pena accesoria de inhabilitación o suspensión de la patria potestad sólo se ha aplicado en el 25% de los homicidios, a pesar de que muchos de ellos se trataban de hombres que habían asesinado a las mujeres con quienes compartían una relación familiar.

Puede parecer simplista, pero los estudios arrojan resultados objetivos, y mientras que muchas mujeres que denuncian violencia y no encuentran respuesta a la realidad que viven, sufren consecuencias terribles por las decisiones que se ven obligadas a tomar al no ser analizadas dentro de sus circunstancias vitales, a los hombres violentos y asesinos no se les cuestiona la paternidad a pesar de lo terrible de su conducta y de su significado y consecuencias.

Es la “ley del  todo o nada” adaptada al machismo: los hombres lo son todo en su masculinidad, y las mujeres no son nada fuera del rol y del espacio que la cultura (machista) les ha dado junto a un hombre. Cuando están al lado de él lo son todo como parte suya, pero nada más.

Y el machismo que es consciente de esta situación, ahora busca atacar en las mujeres aquello que les ha dado reconocimiento y poder dentro de las funciones y los espacios que la propia cultura les había asignado, y sin duda el elemento más trascendente es el de la maternidad.

No es casualidad que los grupos machistas se estructuren alrededor de la custodia, especialmente exigiendo la “custodia compartida impuesta”, que hablen del “Síndrome de Alienación Parental” (SAP), y que sean esos mismos grupos quienes cuestionan la realidad de la violencia de género y se organicen contra la ley que lucha para erradicarla (Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género). Es parte de la estrategia machista para demostrar su poder, para reconquistar los espacios perdidos que se han logrado para la Igualdad, y para continuar con sus mensajes amenazantes, intimidatorios y disuasorios con el objetivo de que las mujeres no se separen aunque sean víctimas de la violencia, como de hecho ocurre en la actualidad, pues sólo la denuncian un 25% de las mujeres que la sufren.

Pedir la custodia compartida sin pedir la Igualdad es una trampa; la trampa del machismo y los machistas que quieren imponerla para continuar con su control sobre las mujeres a través de los hijos e hijas.

La lectura que están haciendo desde esas posiciones del caso de Juana Rivas y de otras situaciones relacionadas con la violencia de género y su impacto en los niños y en las niñas, muestran cómo entre sus nuevas tácticas el machismo quiere poner custodia a la custodia para seguir con el sometimiento de las mujeres.

Advertisements

Madres asesinas y buenos padres que matan

Entre los hechos y la realidad está el significado, que es lo que permanece y da sentido a la historia de cada día. Los acontecimientos sólo son la inspiración para redactar el relato, las referencias necesarias que permiten escribir el tiempo con continuidad y sin sobresaltos que rompan el sentido de lo vivido hasta el presente y el mañana esperado.

Y esta situación que se observa en la forma de escribir la historia sobre el pasado y transmitirla, de manera especial a la hora de interpretar los conflictos, guerras, victorias y derrotas, sucede cada día en aquellos hechos que de una manera u otra tienen impacto directo en la forma de organizarnos y relacionarnos sobre las ideas, valores, creencias, mitos… que se han adoptado y considerado adecuadas para convivir.

Es lo que sucede con a violencia de género, una violencia estructural que surge de la propia “normalidad” que la cultura machista ha establecido y ha cargado de justificaciones para que sea interpretada como algo propio de las relaciones de pareja, no en el sentido de que sea una conducta “obligada”, pero sí bajo la idea de que “puede suceder”, y que si aparece es reflejo del “amor” y la “preocupación” que siente el hombre ante ciertas actitudes y conductas de la mujer que “pueden afectar a la pareja o a la familia”. Bajo esa idea, la violencia de género no se presenta con el objeto de dañar, sino de corregir algo que se ha alterado.

Lo vemos cuando la Macroencuesta de 2015 recoge que el 44% de las mujeres que no denuncian dicen no hacerlo porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”, cuando en el Eurobarómetro de 2010 un 3% de la población de la UE dice que hay motivos para agredir a las mujeres, o cuando el 30% de la adolescencia de nuestro país afirma que cuando una mujer es maltratada se debe a que “ella habrá hecho algo”.

Y hablamos de una violencia que cada año asesina a una media de 60 mujeres, maltrata a 600.000, y permite que unos 840.000 niños y niñas sufran su impacto al vivir expuestos en los hogares donde el padre la lleva a cabo, ¡un 10% de nuestra infancia! (Macroencuesta, 2011).

A pesar de esa terrible y dramática situación para una sociedad, sólo alrededor del 1% de la población considera que se trata de un problema grave (CIS). Y no es casualidad que sea tan bajo, sino consecuencia del significado que se da a esta violencia, la cual es presentada como un descontrol producto de hombres con problemas con el alcohol, las drogas, alguna enfermedad mental o un trastorno psíquico. Sobre esta situación estructural, además, desde la “normalidad” machista se lanza una estrategia de confusión que busca mezclar todas las violencias y reactualizar los mitos para seguir construyendo la realidad sobre el significado que ellos deciden.

El ejemplo más cercano lo tenemos en el asesinato cometido por Ana Julia Quezada sobre el niño Gabriel Cruz, un hecho terrible que comprensiblemente levanta todo el rechazo hacia su autora. La crítica, incluso en sus expresiones más emocionales, es perfectamente entendible como parte de los sentimientos que se han visto afectados por unos hechos y unas circunstancias tan dolorosas como las que se han vivido. Ese no es el problema, lo que sorprende es la bajeza de quienes lo utilizan y lo instrumentalizan para intentar, una vez más, confundir y cuestionar la violencia contra las mujeres a través de una doble estrategia:

  • Por un lado, generar confusión sobre las diferentes violencias y tratar de reducirlas sólo a su resultado, es decir, a las lesiones que ocasionan y a la muerte para concluir que todo lo que termina en el mismo final tiene el mismo sentido, algo que es absurdo. Sería como afirmar que todas las hepatitis son iguales y deben tratarse de la misma forma, sin considerar si son tóxicas o infecciosas, sin dentro de estas son producidas por bacterias o por virus, y dentro de las víricas si están ocasionadas por un tipo de virus u otro.
  • Y por otro lado, presentar la violencia que llevan a cabo las mujeres como consecuencia de la maldad y la perversidad que la cultura les ha otorgado con mitos como el de “Eva perversa” o “Pandora”. En cambio, con la violencia que llevan a cabo los hombres ocurre lo contrario, ellos son los “buenos padres” que utiliza el Derecho como referencia para aplicar la ley, y por lo tanto, cuando agreden o matan es por el alcohol, las drogas o los trastornos mentales.

La crítica a la que está siendo sometida Ana Julia Quezada no se ha visto con ningún hombre asesino, ni siquiera con José Bretón, que asesinó a sus dos hijos y los quemó hasta casi hacerlos desaparecer dentro de un plan elaborado hasta el más mínimo detalle. Es más, incluso en el juicio hubo un informe pericial psiquiátrico y psicológico que lo presentaba como una “víctima”.

Con Ana Julia Quezada ocurre lo contrario, cada día se profundiza más en su “maldad y perversidad”, se ha viajado a República Dominicana para buscar referencias sobre su “perversidad original”, y para que su propia familia se pronuncie sobre la situación y su condición. Hasta el auto judicial se refiere a ella como la responsable de un “plan criminal” con “malvada voluntad”.

Y mientras que la crítica es entendible y las reacciones son comprensibles ante el dolor que ha generado el asesinato de Gabriel, lo que sorprende es que la reacción ante los asesinatos de otros niños no haya generado ese rechazo hacia los hombres que los asesinaron, ni se haya buscado testimonios críticos en sus entornos, todo lo contrario, aún permanecen en algunos casos las palabras de sus vecinos hablando de ellos como “hombres normales y buenos vecinos”.

Pero nada de eso es casual y por eso la situación va más allá en la instrumentalización que hace el machismo para hablar de mujeres asesinas, y especialmente de madres que asesinan. Esa es la razón que dio lugar a que desde los primeros días tras conocerse el asesinato de Gabriel salieran noticias y asaltaran las redes sociales con el argumento de que “las madres matan más que los padres”, y todo para atacar la Ley Integral contra la violencia de género y los avances en Igualdad. Una actitud que demuestra esa bajeza moral del machismo y su afán en escribir la realidad con el significado que los hombres han decidido.

Cuando se toman estudios científicos amplios, es decir, no circunscritos a un tiempo reducido, que siempre se puede ver afectado por circunstancias del momento, se demuestra que los padres matan más que las madres, algo que tenemos la responsabilidad de conocer para adoptar medidas preventivas y no alimentar los mitos existentes. En el informe de Save the Children sobre los últimos 100 casos de muertes violentas no accidentales de niños y niñas, 36 fueron homicidios cometidos por los padres y 24 por las madres. Otros estudios internacionales que analizan un número amplio de casos recogen que mientras que los homicidios de las madres y madrastras tuvieron una tasa anual de 29’2 niños/niñas por millón, en los cometidos por los padres y padrastros la cifra fue de 67 niños/niñas por millón (V. Weekes-Shackeldford y T. Shackeldford, 2004); y en el trabajo de Harris et al. (2007) los padres asesinaron al 39’1% de los menores, mientras que las madres lo hicieron sobre el 33’6%. La propia OMS, en su Informe Mundial sobre Violencia (2002), recoge que los padres son los responsables de la violencia más grave y comenten más homicidios y violencia sexual sobre los hijos e hijas.

Lo hemos repetido multitud de veces y desde hace años, la violencia es llevada a cabo por hombres y mujeres, pero la construcción cultural que lleva a normalizar, invisibilizar y justificar la violencia bajo las referencias de la cultura, esa violencia conocida como “violencia de género”, es cometida por los hombres, unos “buenos padres” que “matan fuera de control”, según los mitos y estereotipos establecidos. Este significado no se le da a la violencia ejercida por las mujeres, ellas no son “buenas madres que matan”, todo lo contrario, se presenta como producto de la maldad y perversidad que llena la conciencia de las mujeres, tal y como vemos estos días.

Al final la historia se escribe sobre el significado que se da a los hechos, y para el machismo está claro, mientras que las madres asesinan desde su condición de maldad, los padres, que ya parten de la condición de “buena paternidad”, lo hacen porque hay algo que les hace perder su bondad y control.

 

Un hombre ejemplar

La ejemplaridad de los hombres no busca el valor ético de la sociedad, este ya lo tienen al haber creado la cultura a su imagen y semejanza, lo que en verdad busca es ser la referencia para otros hombres y defender de manera práctica los valores que los hacen hombres y los llevan a comportarse de manera ejemplar, aunque sea a través de la injusticia y el abuso.

La universalidad de la condición masculina permite que cualquier contexto sea adecuado para mostrar sus bondades, lo cual pone a disposición de los hombres una multiplicidad de escenarios en los que poder demostrarlas, pues en todo ellos actúan bajo las mismas referencias y sobre los valores comunes de su masculinidad. Da igual que sea en el trabajo, en el tiempo de ocio, en la familia, en las relaciones sociales… basta que un hombre destaque en algo para ser considerado un “buen hombre”, mientras que las mujeres tienen que destacar en todo para, simplemente, no ser cuestionadas, puesto que si no es así levantarán la crítica sobre su parte más débil. Es lo que ocurre con muchas mujeres trabajadoras, que son grandes profesionales pero luego las critican por ser malas madres al “dejar a sus hijos en la guardería todo el día”, por no pedirse una reducción de jornada, o por posponer la maternidad y la familia a su trabajo. Pero no sólo por eso, también las cuestionan por lo contrario, y cuando deciden cuidar y educar a sus hijos e hijas, las critican por la vida cómoda que han elegido y por “vivir a costa del marido”.

La ejemplaridad que se deduce de la condición de hombre y se induce de su demostración en cualquier escenario, es la que lleva a ser “buenos hombres” en toda circunstancia, como ocurre con los hombres que ejercen la violencia de género. Estos agresores son “tan buenos” que a pesar de ser violentos se presentan como buenos padres, y se sienten en tal posesión de la verdad que niegan la violencia incluso con sentencias condenatorias, hasta el punto de haber creado una asociación de “víctimas de la Ley Integral contra la Violencia de Género”, demostrando que para ellos su ideología está por encima de la democracia.

Y lo que son las casualidades de la vida, ahora, el “caso de Juana Rivas” que parte de una denuncia por violencia de género que no se investiga, a pesar de existir indicios y una condena anterior, es presentado como prueba de esa ejemplaridad masculina en la que un buen hombre y buen padre es víctima de una ley que no le han aplicado, y de unas instituciones y medios sólo por el hecho de entrar a opinar e informar sobre el caso y no darle la razón.

Por eso el machismo nunca hace propuestas constructivas, no plantea política alguna ni medida para afrontar aquello que considera inadecuado o susceptible de mejora. No le importan los hombres que sufren violencia por parte de otros hombres, ni los accidentes laborales, ni los problemas de salud que padecen… su único objetivo es que no se desarrollen políticas de Igualdad ni se corrijan las manifestaciones y consecuencias de la desigualdad. Es más, las propias iniciativas en este sentido son presentadas como un ataque a los hombres y como una discriminación positiva a favor de las mujeres, una situación tan absurda como presentar la política sanitaria como un ataque a las personas sanas y una discriminación hacia quien goza de buena salud.

Y en ese afán de mantener la desigualdad y la discriminación de las mujeres, y de ese modo proteger sus privilegios, no paran de compararse con las mujeres para ensalzar la bondad de los hombres sobre la maldad de las mujeres. Lo hemos visto de manera clara también en el caso de Juana Rivas, y mientras ha estado bajo la actuación judicial, Francesco Arcuri ha sido presentado como víctima de las “feminazis” (por cierto, muy “oportunos” los hombres con carteles con el lema “Stop feminazis” que aparecían tras él en televisión, ¿nadie hace nada contra esa apología del odio?), a pesar de lo cual él mostraba su bondad y magnanimidad repitiendo que quería la custodia compartida para que sus hijos pudieran estar con su madre. Pero la cosa no quedaba ahí, y desde el machismo se le canonizaba como un hombre aún más bueno y ejemplar que el resto, por mostrar esa condescendencia a pesar de haber convivido con una mala madre que se iba de juerga y volvía bebida de madrugada mientras él se quedaba con los niños, y con una mala mujer capaz de denunciarlo falsamente para quitarle los hijos y su dinero.

Ahora las circunstancias han cambiado, y cuando ha conseguido el objetivo de que los niños regresen a Italia por no haberse investigado la denuncia por violencia de género, su ejemplaridad cambia para que los hombres sean “hombres de verdad”, y se traduce, por un lado, en una actitud agresiva y beligerante contra la Ley Integral, las instituciones y los medios españoles, y por otro, con una negativa a que la madre de sus hijos pueda, siquiera, hablar con ellos.

Ese es el poder de los hombres, que pueden hacer una cosa y la contraria y ser coherentes y consecuentes en ambos casos, puesto que la ejemplaridad está en su condición masculina, no en las circunstancias ni en el significado de sus acciones y decisiones. Justo lo contrario de lo que dice el machismo de las mujeres, que son una “pura contradicción” y “ejemplo de nada bueno” salvo que tengan la supervisión de un hombre”, de ahí que aún hoy hablen de su incapacidad y maldad.

 

Trump y los hombres “equi-equi”

TRUMP Y LOS HOMBRES “EQUI-EQUI” (Machistas de Playa -V-)

La genėtica lo tiene claro, los hombres son XY y las mujeres XX, sin embargo la cultura es capaz de revolucionar las referencias de la biología para, en una especie de mutación social, crear los “hombres equi-equi”.

Son los hombres equidistantes, hombres creados por el machismo para que defiendan sus valores e ideas intentando confundir al resto de la sociedad con el objeto de que no se posicione a favor de la Igualdad y, por tanto, en contra de sus intereses.

Es parte de la estrategia de quienes ocupan posiciones de poder, pues para conseguirlo necesitan contar con el contexto de la normalidad y la credibilidad en sus palabras. Lo hemos visto estos días pasados en Donald Trump cuando, al condenar el ataque neonazi  ocurrido en Charlottesville, mantuvo una equidistancia entre el agresor y su ideología fascista y los manifestantes progresistas atacados. La situación ha sido tan descarada y trascendente que las críticas surgidas a su actitud desde todos los frentes, algo habitual cuando se justifica la violencia que amenaza al conjunto de la sociedad, como suele ocurrir con el neonazismo, lo han obligado a rectificar y a condenar el atentado.

Lo que el machismo hace cada día es algo similar. Los machistas “equi-equi” lanzan siempre que pueden mensajes que equiparan la violencia que sufren las mujeres con las violencias dirigidas contra los niños, los ancianos, los hombres… atendiendo al resultando, pero ocultando las circunstancias y su significado; y luego justifican la violencia de género con argumentos que hablan de que se trata de algo “ocasional”, de unos pocos “hombres malos”, de casos “individuales” relacionados con el “alcohol, las drogas o los problemas mentales”… Cualquier razón es buena para ocultar la violencia de género entre las otras violencias, y así conseguir que no haya posicionamiento crítico frente a ella y que esa normalidad cómplice que crea la cultura no se vea alterada. Y en esa estrategia la equidistancia resulta especialmente útil al transmitir la idea de que importan “todas las violencias”, no sólo una, como intentan hacer creer para presentar al feminismo y la Igualdad como planteamientos egoístas sólo a favor de las mujeres y, en consecuencia, en contra de los hombres.

Y mientras cuenten con la complicidad de lo normal conseguirán que esa equidistancia sea distancia frente a la violencia de género, y proximidad contra el resto de las violencias, puesto que nadie las justifica, ni minimiza, ni tampoco habla de “agresores malos, borrachos, drogadictos, locos…” en esas otras violencias, algo que, como hemos comentado, sí sucede con la violencia dirigida contra las mujeres. Sin esa equidistancia falsa no sería posible que una violencia que ocasiona el 20% de los homicidios anuales en España, y que los produce en “dulces hogares”, fuera de cualquier escenario de delincuencia y criminalidad, sólo sea considerada como problema grave por el 1’4% de la población (CIS, julio 2017). Y eso es lo que ocurre con los 60 hombres que asesinan a sus mujeres desde la normalidad, hasta el punto que el 75-80% de ellas han vivido esa violencia hasta el asesinato sin llegarla a denunciar.

Una equidistancia tan falsa que mientras que no se cuestiona ninguna de las leyes ni medidas dirigidas a combatir el resto de las violencias, ni a sus agresores se les considera víctimas de ellas, la Ley Integral contra la Violencia de Género es atacada sistemáticamente desde la sociedad y algunos foros de la propia administración de justicia, y los hombres (todos) son presentados como víctimas de esa norma.

Esta situación es el resultado de esa aparente equidistancia de los “hombres equi-equi”, una posición nada casual ni accidental, sino una meditada estrategia del posmachismo para potenciar la confusión y con ella la pasividad. Por eso no piden medidas contra las otras violencias, sólo que se quiten las que ya se han establecido para avanzar en la erradicación de la violencia de género. Todo como parte de una manipulación tan burda, y al mismo tiempo creíble por contar con la autoridad de su palabra, que la propia violencia machista que ellos ejercen se presenta como fracaso de las leyes y recursos desarrollados para acabar con ella bajo el mensaje de “siguen matándolas”, como si la promulgación de leyes supusiera un cambio en la mentalidad y en la cultura que da lugar a ella.

El machismo y los hombres “equi-equi” no son capaces de ver lo que la sociedad ha avanzado en Igualdad, pero sí de afirmar que lo que ellos ocasionan con su violencia se debe a que los recursos son captados por el “lobby feminista”, y no por las “verdaderas víctimas”. Pues ellos son los que tienen la autoridad para decir quienes son las “verdaderas víctimas”, lo que es la “igualdad real”, cuál es el “auténtico concepto de violencia”, quién es un “buen padre” y una “mala madre”, cuándo una “denuncia es falsa y cuándo verdadera”…

Es la consecuencia de su falsa equidistancia, aquella que les lleva a afirmar que están en contra de la violencia de género y al mismo tiempo se oponen a las medidas dirigidas a combatirla; la que dice que feminismo es lo mismo que machismo; la que sitúa a un hombre maltratador a mitad de camino entre un buen padre y una mala paternidad; la que pide aplicar la ley con contundencia cuando se denuncia a una mujer, y la critica cuando se aplica ante hombres maltratadores; la que dice que los hombres condenados con sentencia por violencia de género son inocentes, y las mujeres son autoras de denuncias falsas sólo porque ellos lo dicen…

Ante la violencia de género no hay neutralidad ni puede existir equidistancia, o se está contra ella y en el lugar donde ese posicionamiento se traduzca en acción, o se está a favor de que todo siga bajo su realidad. Es así de sencillo.

Tan sencillo que cuando esa equidistancia se presenta frente a otra violencia, como ha sucedido con Donald Trump ante la violencia fascista ocurrida en Charlottesville, todo el mundo reaccionó para exigirle que abandonara esa equidistancia y condenara a los violentos. Si la sociedad fuera igual de exigente y responsable ante la violencia de género, los hombres “equi-equi” tendrían que abandonar su machismo y la estrategia del odio que promueven cada día.

Mientras no suceda seguiremos viendo a estos hombres “equi-equi” pasear su machismo por playas, redes, foros y medios, tal y como ha sucedido este verano.

Juana y Juan

El machismo siempre es muy gráfico en sus juicios, de hecho gran parte de su capacidad se basa en los prejuicios creados con su cultura, los cuales anticipan la realidad deseada para garantizar el resultado.

Por eso sabemos que Juana Rivas está condenada desde el primer día, lo vemos a diario cuando desde el machismo ya la consideran autora de cualquier delito que se le pueda imputar sin necesidad de que haya sentencia alguna ni presunción de inocencia que la ampare. Juana ya es culpable de “sustracción de menores”, “secuestro”, “obstrucción a la Justicia”, “denuncia falsa”… y no sé de cuantas cosas más. De todo ello se encarga el machismo y sus secuaces en una sociedad que interpreta la realidad sobre las referencias, los mitos y los estereotipos que crea el machismo, y que luego lleva hasta un Derecho que no tiene prisa en adaptarse a las nuevas circunstancias sociales, ni en lo formal ni en su espíritu.

Por eso los mismos machistas que no se cansan de afirmar que los hombres no tienen presunción de inocencia ante una denuncia por violencia de género, aunque en la práctica sólo condenen al 5% de todos los maltratadores que existen en España, tal y como explicamos en “Machismo impune”, y que niega la violencia que ejercen los hombres incluso cuando hay sentencia condenatoria, son los que ya han condenado a Juana Rivas sin necesidad de probar nada ni sentencia alguna. Lo dicen ellos y basta.

El contexto de significado que crea el machismo hace que Juana Rivas sea considerada como una mala madre y una mujer perversa por intentar alejar a sus hijos de un padre maltratador, y que su exmarido, Francesco Arcuri, condenado por violencia de género y vuelto a denunciar en el presente por la misma razón, sea un buen padre sin necesidad de investigar nada, pues se parte de la base de que Juana está dispuesta a utilizar e instrumentalizar cualquier cosa y a todo el mundo con tal de conseguir su objetivo, que para ellos no es otro que “quitarle los hijos a su padre”.

Todo lo que se diga desde la autoridad de la palabra del machismo resulta creíble, aunque sea contradictorio. Y aunque el peso de su palabra es lo suficientemente elevado como para convertirlas en verdades, para evitar conflictos el machismo habitualmente recurre a los estereotipos que él mismo ha creado sobre las mujeres y la violencia de género para demostrar que lo que dice es cierto y verdadero.

Entre las falacias del caso de Juana Rivas que han montado a lomos de los estereotipos y mitos, nos encontramos los siguientes:
. Juana Rivas ha interpuesto una denuncia falsa para “beneficiarse”. Ante esta afirmación nos hacemos la pregunta de cuál es el beneficio que puede obtener Juana con esa conducta, puesto que de una manera u otra ella tendría también la custodia tras la separación. Si ella tendría la custodia, al final la conclusión es sencilla, y quienes afirman que ha denunciado falsamente a su exmarido presentan el “beneficio” de Juana en el daño que pueda hacerle al padre quitándole los hijos. Nunca piensan que el beneficio podría ser separar a unos hijos de un contexto de violencia, y todo ello porque la situación se analiza bajo el mito de la perversidad y maldad de las mujeres.

. No hay violencia porque “Juana volvió con su marido tras la condena por maltrato”. Una afirmación de este tipo demuestra un gran desconocimiento de la violencia de género y del impacto psicológico que produce en las mujeres que la sufren. Un daño que facilita el regreso con el agresor, y dentro del cual puede producirse un embarazo, puesto que tal y como recoge la OMS, entre otros factores que pueden dar lugar al embarazo, en el 45% de los casos de violencia de género se producen agresiones sexuales por parte del agresores, que obligan a las víctimas a mantener relaciones sexuales cuando ellos deciden y como ellos quieren. Los juzgados en España están llenos de diligencias por el reinicio de relaciones tras una sentencia condenatoria, algunas incluso con orden de alejamiento en vigor, y en muchos casos el homicidio se ha producido tras ese reinicio de la convivencia. ¿Tampoco existía violencia en esos casos?

. También dicen que no había violencia porque “no denunció antes”, otro ejemplo manifiesto del gran desconocimiento de la dinámica de la violencia de género, que aísla a las mujeres que la sufren, las hace sentirse culpables, y las atrapa en la propia relación violenta. La situación es tan grave que a pesar de los 60 homicidios anuales sólo se denuncian alrededor del 75-80% de los casos, y muchas mujeres permanecen en la relación sin interponer denuncia alguna en situaciones de violencia tan graves que terminan en el asesinato, como sucedió en el 76% de los homicidios de 2016.

. Niegan la violencia por la conducta y actitud de Juana, y no se cortan en juzgar sus decisiones y su vestimenta, cuestionándola porque aparece “arreglada y maquillada”… Resulta difícil entender que tras tantos años volvamos a los argumentos que dieron ante la denuncia de Carmina Ordoñez, cuando el juez dijo que no tenía “perfil” de mujer maltratada, o como aquel otro juez de Barcelona.  , que entre los argumentos que utilizó para negar la existencia de violencia dijo que la víctima se presentó en el juicio (¡dos años después de los hechos!), “vestida a la moda” . La imagen estereotipada de las mujeres maltratadas aún prevalece sobre la realidad. Por lo visto las ojeras de Juana, sus lágrimas y sus palabras entrecortadas no cuentan, pues para el machismo forman parte de las armas y la mentira perversa de las mujeres. De todas formas, si hubiera aparecido sin arreglar y maquillar dirían que es una manipuladora y que lo hizo para dar lástima “porque sabe que  no tiene razón”.

Y todos estos elementos influyen en la sociedad y en quien aplica el Derecho, pues forman parte de esa misma sociedad que el machismo ha hecho normal. Lo hemos visto en algunas de las frases recogidas en las resoluciones judiciales que se han dictado estos días.

Quizás por ello el Derecho no tenga prisa en cambiar y dejar atrás aquellas referencias que se vuelven en contra de quien sufre la violencia de género. Es lo que ha sucedido en el acuerdo sobre el “Pacto de Estado contra la violencia de género”, donde no se ha incluido impedir que se aplique en estos casos el artículo 416 LECrim, un artículo del siglo XIX que no tiene sentido alguno en la violencia de género y que, sin embargo, se mantiene a pesar del grave daño que produce en las mujeres al facilitar que no declaren contra su agresor y que se archiven los casos.

Y también tenemos esa falta de voluntad en adaptar el Derecho a la realidad cuando se mantiene sin modificar el Convenio de La Haya, que obliga a la restitución de los menores a su país de residencia. Un convenio de 1980, cuando la violencia de género era ignorada a nivel institucional, que se aplica de manera automática 37 años más tarde sin tener en cuenta las circunstancias del momento actual, y sin considerar el espíritu del propio Convenio cuando habla de que no se aplique en caso de riesgo para los menores. Claro, que cuando la violencia de género no se ve como riesgo no hay por qué dejar de aplicarlo.

Todo esto ocurre por tomar como referencia a los hombres y a lo que ellos han considerado justo para organizar la convivencia y resolver los conflictos. Si en lugar de esa visión masculina existiera una mirada desde la Igualdad, en el caso de Juana Rivas lo primero que se haría sería investigar a fondo los hechos denunciados por la madre, no verla como una persona interesada dispuesta a denunciar al padre para hacerle todo el daño posible. Y lo segundo sería tomar las decisiones sobre el resultado de esa investigación, no decidir no hacerla porque si se hace significaría “entrar en el juego de esa mala mujer”.

Por eso el machismo, en lugar de facilitar ese tipo de decisiones que deberían aclarar la verdad, las intenta evitar para que no quede de manifiesto toda la estrategia levantada sobre los mitos, los estereotipos y sus prejuicios con sentencia condenatoria. Por eso avivan la llama contra Juana y dicen eso de “si Juana fuera Juan ya estaría en la cárcel”, y de ese modo intentar poner de manifiesto que el Derecho en realidad va contra los hombres, y potenciar su mensaje de victimismo para que se compense con una “sentencia ejemplar” contra Juana.

El ejemplo más claro de esta diferente forma de interpretar y dar significado a la realidad nos lo ha traído la actualidad. El pasado día 23-8-17 un hombre asesinó a su suegra en Galicia y se llevó a un hijo de 21 meses, dejando al otro. Nadie habla de maldad, ni de la perversidad de ese hombre ni de otros muchos maltratadores que cada año rompen la vida de sus hijos e hijas con la violencia de género (840.000 cada año según la Macroencuesta, 2011), y que en este 2017 ya han asesinado a 6 hijos e hijas.

Juana debe ser muy mala por querer apartar a sus hijos de su padre maltratador, Juan, ese hombre que maltrata a diario y que incluso llega a matar a sus hijos, es un buen padre. Es lo que nos dice el machismo.

 

 

.

La casa de Juana

Juana Rivas está en la calle, no está en casa de nadie. Es cierto que cada día duerme en el hogar y en el corazón de tantas y tantas personas que han entendido su decisión antes que la aplicación literal de un convenio de hace 37 años, pero ella está en la calle, porque cuando una persona víctima de violencia tiene miedo de acudir a la Justicia significa que queda a la intemperie del Estado y desamparada en sus derechos. Y si esto ocurre, el problema está en la Justicia, no en la persona que duda de ella.

Resulta muy significativo que desde las posiciones del machismo se pida la aplicación directa y automática del Derecho, como si fuera un frío bisturí que viniera a seccionar las circunstancias de estos días, sin entrar en el “pequeño detalle” de que el padre que reclama la devolución de sus hijos ha sido condenado por violencia de género, que Juana Rivas denuncia que la situación de violencia ha continuado hasta el punto de tener que salir huyendo con sus hijos, y que el regreso de los niños con el padre conlleva un riesgo mientras no se resuelvan las circunstancias actuales. Esta situación defendida públicamente por muchas personas y asociaciones que hablan a diario de que el 80% de las denuncias en violencia de género son falsas, sin más razón que sus propias manipulaciones, que afirman que las mujeres hacen esas denuncias para quedarse con “la casa, los niños y la paga”, que dicen que las mujeres son tan maltratadoras como los hombres… no es casual, no es nada casual, puesto que lo que pretende es mantener los privilegios de los hombres y potenciar los mitos que facilitan la sumisión de las mujeres. Unos privilegios que, entre otras cosas, llevan a que sólo el 5% de los maltratadores sea condenado, y a que un padre maltratador se presente como víctima y la mujer como delincuente.

Toda esa reacción machista se sustenta sobre dos mitos fundamentales, el primero dice que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”, y el segundo, que “las mujeres son malas y perversas” desde Eva, y como consecuencia de esa maldad innata denuncian a los hombres para hacerles daño y beneficiarse desde el punto de vista material.

Si la sociedad y la Justicia entendieran que la violencia de género produce un impacto grave en la salud y en el desarrollo de los niños y niñas que la viven, como demuestran los estudios científicos, no se entendería que la demanda del padre condenado por maltrato conllevara la aplicación automática de una convenio de 1980, cuando no se hablaba de violencia de género, y menos en el ámbito del Derecho. Y si la sociedad entendiera que las mujeres no denuncian falsamente para fastidiar a los hombres, de hecho ocurre lo contrario y sólo se denuncia un 20% del total de casos de violencia de género, tampoco hablaría de Juana como de una madre que “ha secuestrado” a sus hijos.

Pero la cosa va más lejos aún. Si esa misma sociedad entendiera lo que es la violencia de género, no podría caer en la trampa que lleva a recurrir a un Derecho de otra época (1980) para decir que la solución habría sido “pedir permiso” al padre para traerse los hijos a España. ¿Alguien que conozca la violencia de género puede considerar que la mujer que la sufre debe pedir permiso al maltratador? ¿Alguien cree que le daría ese permiso cuando el objeto de la violencia de género es someter y retener a la mujer a su lado? ¿Alguien piensa que al hacerlo y plantearle su decisión al maltratador no se dispararía el riesgo de una agresión grave o mortal, como indican los instrumentos de valoración del riesgo?

Lo que ha sucedido con Juana es lo mismo que ocurre con las mujeres víctimas de violencia de género a diario. Más del 70% de ellas salen de la violencia a través de la separación, y lo hacen dejando al maltratador atrás y huyendo con sus hijos para poder escapar de la violencia, pero a diferencia de Juana, esas mujeres viven en el mismo país que sus maltratadores y no se aplica el convenio de La Haya, pero, como se puede ver, su reacción no es muy diferente a la de Juana.

El Derecho debe tener en cuenta las circunstancias sobre las que se aplica, de lo contrario no será Justicia. No debemos confundir lo legal con lo justo, el machismo quiere la ley sin adaptarla a las circunstancias porque el propio machismo es la ley. Y lo es en sus conductas al actuar “por norma”, y en la aplicación de las leyes redactadas históricamente desde su visión de la realidad. Unas leyes que hasta entrada la Democracia exigían a las mujeres pedir permiso al marido para trabajar o viajar al extranjero, situación que ha cambiado en lo formal, pero que, como se observa, continúa en las mentalidades que el machismo conserva vigentes.

Por eso el machismo está tranquilo, sabe que la realidad le da la razón porque es él quien la determina y quien luego le da significado. Lo hemos visto recientemente en la aprobación del Pacto de Estado contra la Violencia de Género, un acuerdo que recoge múltiples medidas para las víctimas, pero al mismo tiempo mantiene el artículo 416 de la LECrim que permite que el 70% de los pocos casos denunciados no llegue a juicio. Y lo vemos ahora en el caso de Juana Rivas, en el que se pide aplicar un convenio de hace 37 años bajo la referencia de su solidez histórica, pero, ¡oh casualidad!, cuando hablamos de casos como el de Juana dentro de nuestro país, las mismas voces que defienden el Derecho histórico se olvidan de él, y no dudan en aplicar el invento del SAP (Síndrome de Alienación Parental) para quitarle los hijos e hijas a las madres, cuando ni siquiera la ciencia ha reconocido ese mal llamado síndrome, y cuando la causa más frecuente del rechazo de los hijos al padre tras la separación es la violencia de género durante la convivencia, una situación nada improbable de ver en los Juzgados de Familia cuando, como hemos apuntado, más del 70% de las mujeres maltratadas salen de la violencia por la separación, no por la denuncia.

Al final el machismo y su Derecho lo tienen claro, bien por el peso histórico o bien por la realidad virtual que crea, la mujer es mala y los niños deben ir con el padre maltratador. La construcción machista es tan perversa, que incluso el hecho de que la mujer sea maltratada ya la presenta como una mala madre, puesto que para el machismo sólo las “malas mujeres” sufren violencia.

La Justicia también debe de reflexionar sobre sus respuestas ante la violencia de género, una Justicia desde la que jueces y juezas, la mayoría aún ejerciendo, elevaron más de 500 demandas de amparo al Tribunal Constitucional tras la aprobación de la Ley Integral, y que no da la respuesta que requieren las víctimas cuando el año pasado el 36% de las mujeres asesinadas había denunciado previamente sin obtener la protección que pedían y necesitaban. Desde los Tribunales y Juzgados deben pensar a quién hacer caso, si al machismo que llama a todas estas normas democráticas “leyes feminazis” o a quien sólo quiere Igualdad y Justicia

Juana está a la intemperie, y eso significa que está bajo las inclemencia del machismo, pues el machismo actúa cada día, a todas horas, desde la normalidad. No necesita circunstancias extraordinarias.

Acabar con esta realidad exige erradicar al machismo, no le demos más vueltas. Confiemos en que la Administración de Justicia sea consciente de las circunstancias que envuelven al caso de Juana Rivas y sus hijos, y resuelva en justicia.

 

“Victiman”

“Victiman” es el nuevo superhéroe del machismo, una especie de “primo de Zumosol” en versión “macho man” y con música de Village People de fondo. Ellos, tan acostumbrados a inventar nombres para sus miedos (“feminazi”, “hembrismo”, “mangina”…), han olvidado buscar uno para esa especie de héroe virtual que acude en su ayuda cuando la razón se pierde entre su impotencia.

El machismo está construido sobre una falacia, tan grande que hace normal la desigualdad y la violencia dentro de ella hasta el punto de invisibilizarlas y negarlas. De ese modo presenta la normalidad como algo neutral y adecuado para hombres y mujeres, y habla de todo lo que plantea corregirla como un ataque, de ahí que considere la Igualdad como una amenaza y la medidas desarrolladas en su nombre como una agresión.

Esa falacia sólo puede construirse sobre el valor y la credibilidad de la palabra y la voz de los hombres, capaces de ocultar la propia realidad tras su sonido y su monólogo, pues de lo contrario habría bastado una contra-argumentación crítica hacia ese modelo, o la simple descripción de una realidad caracterizada por la discriminación, el abuso y la violencia contra las mujeres para desmontar esa mentira irreal.

Pero a pesar de la solidez de esa estructura, el machismo ha tenido que cambiar de planes conforme la Igualdad ha avanzado y la sociedad se ha hecho más crítica con él. Y para ello, con independencia de contar con todo el arsenal de la cultura en forma de ideas, valores, creencias, mitos, estereotipos… ha introducido nuevas estrategias con las que contrarrestar las situaciones más delicadas, siempre contando con el peso y la gravedad de su palabra.

Una de esas estrategias es tomar una parte por el todo para esconder la realidad bajo el eco del relato que la acompaña, y transmitirla por el aire con la velocidad de la urgencia y la necesidad. Así, por ejemplo, para contrarrestar la violencia de género y sus homicidios, desde el machismo se dice que la mayoría de los casos conocidos son denuncias falsas o que las mujeres también maltratan; ante a las mayores tasas de paro femenino, afirma que se deben a que las mujeres prefieren quedarse en casa al cuidado de la familia; frente el bajo porcentaje de mujeres en puestos de decisión, indican que su biología las hace menos competitivas y que son ellas las que renuncian a asumir responsabilidades… De ese modo toman aquellos casos existentes bajo esas u otras razones, para a partir de ese pequeño margen de “verdad” construir toda la falacia que supone generalizarlos.

Pero esa estrategia no es suficiente. Al menos ya no es suficiente.

Antes podría serlo cuando su posición era incuestionada y todos los mecanismos de poder, desde la capacidad de influir al control social, reducían al mínimo su cuestionamiento. Pero ahora no sólo existe una conciencia crítica sobre las manifestaciones del machismo en todas sus formas, sino que también se conoce toda la estrategia desarrollada y el entramado social que hace de esa construcción cultura y normalidad. Por eso el machismo necesita algo más, y ese plus pasa por presentar a los hombres como víctimas de la situación que ellos mismos han creado y defienden. Y lo hacen, no para cuestionarla, sino todo lo contrario, para responsabilizar a las mujeres y quitar los argumentos que inciden en que la situación social de la desigualdad sólo les afecta ellas. De ese modo niegan el resultado y, sobre todo, niegan la desigualdad y el machismo como origen de estos resultados, al tiempo que sitúan las causas en las circunstancias aisladas de cada uno de los problemas, en lugar de incidir en los factores comunes que afectan a todos ellos.

Como ejemplo de la situación que los convierte en víctimas hablan de que los hombres, en general, sufren más violencia que las mujeres, que las custodias se las dan a las madres, que son ellos los que realizan los trabajos de más riesgo, que sufren más accidentes de tráfico y laborales, que tienen una menor esperanza de vida media… Pero esa lectura basada en la situación histórica no es suficiente, ya no les basta con presentarse como víctimas de la desigualdad, ahora lo amplían para mostrarse también como víctimas de la Igualdad, y aparecer como “doblemente víctimas”.

Y la explicación que dan para justificar que son víctimas de la Igualdad la estructuran sobre una doble referencia: por un lado afirman que el feminismo y la Igualdad niegan la realidad, y por otro que en esa negación se esconde la victimización de los hombres. Entre los argumentos que utilizan para presentar a los hombres como víctimas están todas las afirmaciones que repiten incansablemente en las redes sociales y allí por donde vayan. Algunos ejemplos son:

. Afirman que desde el feminismo se niega la existencia de denuncias falsas, cuando en realidad lo que se niega es que sean el 80%, como ellos afirman, y se reconoce que representan alrededor del 0’017%, dependiendo del año, tal y como recoge la FGE.

. Dicen que se niega la violencia contra los hombres, aunque tampoco se niega, sólo se insiste en que, al margen de su menor incidencia en las relaciones de pareja, no existe una construcción cultural alrededor de ella que lleve a responsabilizar a la víctima, a justificar al agresor, y a entenderla como algo “normal”, como sí ocurre con la violencia de  género.

. También afirman que la Igualdad está en contra de la custodia compartida, cuando de lo que está en contra es de la “custodia compartida impuesta” al margen de las circunstancias que han caracterizado la relación y la responsabilidad ejercida antes de la separación.

. Por lo tanto, la Igualdad y el feminismo no están a favor de que la custodia sea para las madres por ser mujeres, sino que sea para las mujeres cuando han ejercido de madres sin que los hombres hayan asumido su responsabilidad de padres.

. Tampoco está a favor de que los padres se queden sin hijos e hijas, ni de que los niños y niñas se queden sin padre, todo lo contrario, lo que se quiere desde la Igualdad es que esa paternidad sea ejercida desde el primer momento, no a partir del último.

. Del mismo modo, desde la Igualdad no se pide que se ponga a mujeres en puestos de responsabilidad por ser mujeres, sino que no se las excluya de esas posiciones por serlo, y que no se dé la duda por cierta cuando se trata de mujeres y la capacidad por segura cuando se trate de hombres. Por tanto, lo que se cuestiona es que el trabajo y sus responsabilidades se presenten como un derecho para los hombres y como una opción para las mujeres.

Y así podríamos continuar “hasta el infinito y más allá” con los argumentos falaces utilizados desde el machismo con el doble objetivo de generalizar situaciones puntuales para camuflar todas las manifestaciones de la desigualdad y el machismo, y para presentar a los hombres como víctimas de la desigualdad y de la Igualdad.

Esta estrategia no es gratuita ni inocente, pues en el fondo viene a reforzar toda la construcción de la desigualdad bajo la idea de la necesidad de protegerse ante los ataques que se hacen en nombre de la Igualdad, y a legitimar la violencia contra las mujeres como una conducta proporcionada y ajustada a la situación existente.

No es nada nuevo, sucede en todos los regímenes dictatoriales y en las estructuras de poder, las cuales aprovechan su posición para presentarse como víctimas de una amenaza concretada en sus “enemigos”, bien se trate de otras posiciones políticas, movimientos sociales, ideas… para de ese modo conseguir apoyo y cohesión entre los suyos, y justificar la violencia bajo el argumento de la amenaza y de la provocación de quien la sufre. Y hoy el machismo, que es poder, está utilizando la estrategia de presentar a los hombres como víctimas. Víctimas históricas de la desigualdad y víctimas presentes de la Igualdad.

Los hombres no son víctimas del machismo, sino su producto, y como tal modelo jerárquico de poder muchos hombres sufren consecuencias negativas del mismo, pero siempre junto a los beneficios que el sistema les aporta como hombres, por eso no se enfrentan a él. Y por ello la solución a los problemas que existen en la sociedad se solucionan con un nuevo modelo de convivencia basado en la Igualdad y con una nueva forma de entender la masculinidad, no reivindicando más machismo ni llamando a voces a “Victiman” para que acuda en su ayuda.