Conciencia ficción

Imaginemos un lugar donde un primero de octubre se celebrara un referéndum amparado por sus leyes, pero en contra de la Constitución del país que lo abraza. Imaginemos que el objetivo de ese referéndum es votar para decidir si quieren seguir formando parte de ese Estado o prefieren la independencia. Imaginemos que a pesar de todos los impedimentos para que se celebre esa votación, al final hay un número de personas que salva todos los obstáculos y logra votar, y que de las urnas sale un porcentaje suficiente que dice “sí”, que quiere ser independiente. A partir de ese resultado las instituciones del lugar continúan el proceso iniciado y declaran la independencia. E imaginemos que, por las circunstancias que sean, el Estado opositor hasta ese momento se rinde a los hechos y acepta la independencia, modificando su Constitución y todo lo necesario para convivir bajo la nueva situación.

El nuevo Estado, ya independiente, prosigue con sus cambios y pone en marcha unas elecciones para elegir su Parlamento desde la nueva soberanía. Y tras la celebración de esas primeras elecciones del nuevo país y en un ambiente festivo, una mayoría social respalda el resultado de la independencia y a los partidos que la promovieron, que ahora buscan afianzarla en lo local y reforzarla en lo internacional para alcanzar el ansiado y necesario reconocimiento. Pero imaginemos que en ese Parlamento salido de las urnas el número de escaños de los partidos que se oponían a esa forma de alcanzar la independencia y a seguir ahora en ella es mayor, y que dadas las nuevas circunstancias forman Gobierno y se agrupan en la cámara para poner en marcha una ley de retorno al Estado original, y un referéndum para lograrlo amparándose en que prácticamente la mitad de la población quiere pertenecer al Estado común. Con todos esos elementos, y con la confianza que da tener el voto de quienes no querían la independencia y el impacto de las campañas y argumentos que se lancen desde las propias instituciones, inician este nuevo proceso en contra del Tribunal Constitucional del nuevo país, que anula todas sus decisiones y acciones, aunque ellos prosiguen amparados por la soberanía popular que los ha elegido, y bajo el argumento de que “votar es democracia”.

¿Sería aceptado ese nuevo proceso y su resultado por parte de quienes lo hicieron en sentido contrario para lograr la independencia?

Las circunstancias me hacen pensar que no, que sería rechazado por ilegal y por instrumentalizar las instituciones a favor de unas determinadas ideas y posiciones políticas.

No estamos hablando de situaciones distintas ni de mundos diferentes, la conciencia es tan responsable de la realidad como de la ficción, y de llamar a cada una con el nombre que necesite en cada momento para hacerla real, pues una cosa es lo real y otra la verdad. Y en política con frecuencia se confunde la una con la otra, como se confunde el pensamiento con la imaginación y el deseo con el sueño, creando el problema de hacer a la política innecesaria, cuando es ella el instrumento que puede acercar y conectar esa imaginación con el pensamiento y el sueño con el deseo para lograr que se hagan realidad, no sólo verdad.

La situación que se ha creado alrededor del proceso iniciado en Cataluña sólo tiene como solución reflejar el deseo, el sueño, la voluntad… de cada persona en las urnas, y eso lo saben todas las partes involucradas. Pero del mismo modo que usar un bisturí no significa que se esté realizando un acto quirúrgico, usar las urnas no significa que sea un acto democrático, por eso es importante entender que es la solución la que debe llevar a las urnas, y no que son las urnas las que llevan a la solución. La solución que surja de unas urnas sin el proceso democrático que debe ponerlas en cada una de las mesas, será real, pero no verdad.

Y cuando hablo de “proceso democrático” no me refiero a la técnica jurídica y a la normativa que avale las decisiones y las acciones políticas, sino a la participación y al debate social amplio y mantenido para que sea ese pueblo el que tome la voz, no el que reproduzca el playback de cada una de las partes promotoras de las diferentes opciones, y viva las propuestas contrarias como un ataque. Es lo mínimo ante un hecho tan trascendente como decidir sobre la independencia.

Si todo se presenta como causa de una historia de agravio el resultado será un agravio histórico. Todavía no he escuchado lo suficiente ni he leído por qué la identidad catalana quiere la independencia como forma de expresarse y convivir, y por qué de esa nueva forma de relacionarse con España saldrán también lazos positivos por todo lo que hemos compartido a lo largo de la historia, y por todas las posibilidades que se abren en ese nuevo horizonte. Y sería algo esencial, pues condicionar el futuro sólo a las circunstancias del pasado suele llevar a retrocesos, no a avanzar en un mundo que acelera a diario.

La identidad no es un elemento estático y no sólo es lo que uno siente, sino que también es lo que los demás perciben a partir de ese sentimiento; y tan importante es para el futuro y las relaciones el componente subjetivo (la forma de sentirse), como el inter-subjetivo (la manera en que lo perciben los demás). Por ello la forma de alcanzar la independencia de los países marca para siempre su identidad dentro y fuera de sus fronteras. Una independencia surgida de un enfrentamiento en un contexto de paz llevará al conflicto. Un conflicto que quizás un día lleve a que unos partidos con mayoría parlamentaria inicien un proceso de reintegración en el país original en contra de una parte importante de la sociedad y de su Tribunal Constitucional.

No es ciencia ficción, es conciencia ficción, de momento con pocas probabilidades de ser real, pero no tan lejos de ser verdad.

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Trump y los hombres “equi-equi”

TRUMP Y LOS HOMBRES “EQUI-EQUI” (Machistas de Playa -V-)

La genėtica lo tiene claro, los hombres son XY y las mujeres XX, sin embargo la cultura es capaz de revolucionar las referencias de la biología para, en una especie de mutación social, crear los “hombres equi-equi”.

Son los hombres equidistantes, hombres creados por el machismo para que defiendan sus valores e ideas intentando confundir al resto de la sociedad con el objeto de que no se posicione a favor de la Igualdad y, por tanto, en contra de sus intereses.

Es parte de la estrategia de quienes ocupan posiciones de poder, pues para conseguirlo necesitan contar con el contexto de la normalidad y la credibilidad en sus palabras. Lo hemos visto estos días pasados en Donald Trump cuando, al condenar el ataque neonazi  ocurrido en Charlottesville, mantuvo una equidistancia entre el agresor y su ideología fascista y los manifestantes progresistas atacados. La situación ha sido tan descarada y trascendente que las críticas surgidas a su actitud desde todos los frentes, algo habitual cuando se justifica la violencia que amenaza al conjunto de la sociedad, como suele ocurrir con el neonazismo, lo han obligado a rectificar y a condenar el atentado.

Lo que el machismo hace cada día es algo similar. Los machistas “equi-equi” lanzan siempre que pueden mensajes que equiparan la violencia que sufren las mujeres con las violencias dirigidas contra los niños, los ancianos, los hombres… atendiendo al resultando, pero ocultando las circunstancias y su significado; y luego justifican la violencia de género con argumentos que hablan de que se trata de algo “ocasional”, de unos pocos “hombres malos”, de casos “individuales” relacionados con el “alcohol, las drogas o los problemas mentales”… Cualquier razón es buena para ocultar la violencia de género entre las otras violencias, y así conseguir que no haya posicionamiento crítico frente a ella y que esa normalidad cómplice que crea la cultura no se vea alterada. Y en esa estrategia la equidistancia resulta especialmente útil al transmitir la idea de que importan “todas las violencias”, no sólo una, como intentan hacer creer para presentar al feminismo y la Igualdad como planteamientos egoístas sólo a favor de las mujeres y, en consecuencia, en contra de los hombres.

Y mientras cuenten con la complicidad de lo normal conseguirán que esa equidistancia sea distancia frente a la violencia de género, y proximidad contra el resto de las violencias, puesto que nadie las justifica, ni minimiza, ni tampoco habla de “agresores malos, borrachos, drogadictos, locos…” en esas otras violencias, algo que, como hemos comentado, sí sucede con la violencia dirigida contra las mujeres. Sin esa equidistancia falsa no sería posible que una violencia que ocasiona el 20% de los homicidios anuales en España, y que los produce en “dulces hogares”, fuera de cualquier escenario de delincuencia y criminalidad, sólo sea considerada como problema grave por el 1’4% de la población (CIS, julio 2017). Y eso es lo que ocurre con los 60 hombres que asesinan a sus mujeres desde la normalidad, hasta el punto que el 75-80% de ellas han vivido esa violencia hasta el asesinato sin llegarla a denunciar.

Una equidistancia tan falsa que mientras que no se cuestiona ninguna de las leyes ni medidas dirigidas a combatir el resto de las violencias, ni a sus agresores se les considera víctimas de ellas, la Ley Integral contra la Violencia de Género es atacada sistemáticamente desde la sociedad y algunos foros de la propia administración de justicia, y los hombres (todos) son presentados como víctimas de esa norma.

Esta situación es el resultado de esa aparente equidistancia de los “hombres equi-equi”, una posición nada casual ni accidental, sino una meditada estrategia del posmachismo para potenciar la confusión y con ella la pasividad. Por eso no piden medidas contra las otras violencias, sólo que se quiten las que ya se han establecido para avanzar en la erradicación de la violencia de género. Todo como parte de una manipulación tan burda, y al mismo tiempo creíble por contar con la autoridad de su palabra, que la propia violencia machista que ellos ejercen se presenta como fracaso de las leyes y recursos desarrollados para acabar con ella bajo el mensaje de “siguen matándolas”, como si la promulgación de leyes supusiera un cambio en la mentalidad y en la cultura que da lugar a ella.

El machismo y los hombres “equi-equi” no son capaces de ver lo que la sociedad ha avanzado en Igualdad, pero sí de afirmar que lo que ellos ocasionan con su violencia se debe a que los recursos son captados por el “lobby feminista”, y no por las “verdaderas víctimas”. Pues ellos son los que tienen la autoridad para decir quienes son las “verdaderas víctimas”, lo que es la “igualdad real”, cuál es el “auténtico concepto de violencia”, quién es un “buen padre” y una “mala madre”, cuándo una “denuncia es falsa y cuándo verdadera”…

Es la consecuencia de su falsa equidistancia, aquella que les lleva a afirmar que están en contra de la violencia de género y al mismo tiempo se oponen a las medidas dirigidas a combatirla; la que dice que feminismo es lo mismo que machismo; la que sitúa a un hombre maltratador a mitad de camino entre un buen padre y una mala paternidad; la que pide aplicar la ley con contundencia cuando se denuncia a una mujer, y la critica cuando se aplica ante hombres maltratadores; la que dice que los hombres condenados con sentencia por violencia de género son inocentes, y las mujeres son autoras de denuncias falsas sólo porque ellos lo dicen…

Ante la violencia de género no hay neutralidad ni puede existir equidistancia, o se está contra ella y en el lugar donde ese posicionamiento se traduzca en acción, o se está a favor de que todo siga bajo su realidad. Es así de sencillo.

Tan sencillo que cuando esa equidistancia se presenta frente a otra violencia, como ha sucedido con Donald Trump ante la violencia fascista ocurrida en Charlottesville, todo el mundo reaccionó para exigirle que abandonara esa equidistancia y condenara a los violentos. Si la sociedad fuera igual de exigente y responsable ante la violencia de género, los hombres “equi-equi” tendrían que abandonar su machismo y la estrategia del odio que promueven cada día.

Mientras no suceda seguiremos viendo a estos hombres “equi-equi” pasear su machismo por playas, redes, foros y medios, tal y como ha sucedido este verano.

La Haya, haya o no haya…

El Derecho está lleno de excepciones que evitan aplicar su literalidad en algunos casos, y más aún de manera automática sin atener a las circunstancias en las que han sucedido los hechos. Algunas de estas excepciones quedan recogidas en la propia ley, dada su frecuencia y significado, como por ejemplo ocurre con la legítima defensa, el miedo insuperable, el arrebato… mientras que otras se basan en la interpretación de la norma a partir de principios, la Jurisprudencia y demás referencias. El Derecho, y quien lo aplica, sabe que una persona puede llevar a cometer un ilícito penal bajo determinadas circunstancias que modifiquen su significado y responsabilidad y que, por tanto, la aplicación literal de la ley puede traducirse en una injusticia, de ahí la investigación primero, y su valoración y enjuiciamiento posterior, pues tampoco vale, una vez llevada a cabo la investigación, aplicar automáticamente el Derecho sobre los resultados obtenidos. Si fuera así lo que necesitaríamos serían potentes computadoras y personas expertas en informática, no juzgados ni jueces, juezas, Ministerio Fiscal, juristas…

La grandeza del Derecho es esa, aplicar la norma a las circunstancias de cada caso, lo mismo que sucede en otras disciplinas, como por ejemplo en Medicina, donde el conocimiento científico y los protocolos se adaptan a la situación de cada paciente, no se aplican de manera automática argumentando que eso es lo que dice la ciencia, pues hacerlo así podría suponer graves consecuencias sobre la salud en determinados casos.

Lo que ha sucedido con Juana Rivas se parece más a esa aplicación automática y literal del Derecho que a una respuesta en justicia desde el punto de vista social. Y no es un error, sino la respuesta consecuente a una forma de interpretar el Derecho y a la demanda pública que han hecho desde un determinado sector de la sociedad que no ha parado de pronunciarse a través de las redes y medios, incluyendo magistrados, magistradas, juristas, profesionales de la Psicología… y tantos otros.

Desde el primer momento, sin atender a las razones que daba Juana Rivas ni a la situación y consecuencias sobre sus hijos, un sector importante de la sociedad exigió la inmediata restitución de los niños a Italia, país donde residían, y la entrega al padre, nada importaba que la madre manifestara que su conducta y decisión de no entregar sus hijos se debía a una situación de violencia de género. Todo lo contrario, sólo por plantearlo, la intensidad de la crítica y la consideración de Juana como una mala mujer llena de perversidad, fue aumentando conforme pasaban los días; y sin ninguna prueba ni elemento objetivo, la propia denuncia de violencia de género para ese sector era la demostración objetiva de que no existía la violencia y que todo era una instrumentalización para quedarse con los niños, curiosamente el mismo argumento que repiten a diario desde el posmachismo ante la violencia de género que asesina cada año a 60 mujeres, para desviar la atención.

Todo forma parte de esa reacción contra la Igualdad y las personas que la defienden, y curiosamente, lo dicen las mismas personas que comentan que el padre nunca fue condenado por violencia de género, a pesar de que existe una sentencia en la que consta como hechos probados la agresión. ¿Qué credibilidad tienen los que niegan la violencia reconocida en una sentencia judicial cuando dicen sin investigar que ahora no hay violencia? Evidentemente ninguna, pero como hablan desde la voz del machismo resultan creíbles para muchas otras personas.

El machismo es la cultura, no la conducta cuando sobrepasa determinados límites y se convierte en algo “incómodo” o reprobable. Y como tal cultura determina la realidad y condiciona el significado que se da a los hechos que ocurren como parte de ella, puesto que son las ideas, valores, mitos, estereotipos… y las identidades definidas por esa cultura las que otorgan un sentido a la realidad que se considera adecuada para convivir y definir las relaciones en sociedad. Las personas, todas, se socializan sobre esas referencias como hombres y mujeres, y entienden que es normal lo que la cultura dice que es normal, por eso todavía hoy un 3% de personas en la UE entiende que la violencia de género está justificada en determinadas ocasiones (Eurobarómetro, 2010), y un 44% de las mujeres que no denuncian la violencia que ejercen sus maridos no lo hacen porque “no es lo suficientemente grave”, o sea, “normal” (Macroencuesta, 2015). Y como son referencias determinadas por la cultura, están presentes en todas las personas, da igual que ejerzan su profesión en medicina, en la judicatura, en fiscalía, en el derecho o en la educación… esa forma de entender la realidad no es consecuencia de la formación profesional, sino de la vida en sociedad. Y para desprenderse de esos mitos, prejuicios y estereotipos hace falta formarse, por eso tanto el CGPJ, como la FGE o el Consejo General de la Abogacía, por circunscribirnos al ámbito del Derecho, realizan múltiples cursos de formación en violencia de género, puesto que la respuesta ante los casos no es cuestión de opinión, sino de conocimiento.

Justo lo contrario a lo que hemos visto en el caso de Juana Rivas, mucha opinión y poco conocimiento técnico para abarcar todas las circunstancias que tiene el caso, puesto que para aplicar la literalidad del Convenio de La Haya sólo hace falta saber leer, y no me refiero con ello a las decisiones puntuales, sino al debate general.

Por lo tanto, afirmar que el machismo no influye en lo que ha sucedido es la forma más clara de demostrar que lo ha hecho, puesto que quien lo dice ignora el contexto de significado creado por la cultura y su normalidad machista, y cree que machismo sólo es una conducta aislada cuando sobrepasa el umbral considerado como adecuado en cada momento. Y es ese machismo normalizado, aparentemente invisible y teóricamente anónimo, el que históricamente ha desarrollado un Derecho que ha desconsiderado la violencia contra las mujeres, llegando a incluir el delito de uxoricidio por el que el homicidio de la mujer resultaba prácticamente impune, o el que hasta 1989 consideraba la violación como un delito contra el honor, no contra la libertad sexual, o el que establecía normas para que las mujeres tuvieran que pedir permiso a sus maridos para trabajar o viajar al extranjero… y en todos esos momentos había magistrados, fiscales y grandes juristas que decían que eso no era machismo, que era producto de la racionalidad humana, o sea, masculina. Justo lo mismo que dicen hoy ante el Derecho actual.

Por eso es el machismo quien niega la violencia de género que denuncia Juana Rivas, pero sin investigarla a fondo, y el que pone como ejemplos de que no existe dicha violencia manifestaciones que forman parte habitual de ella, como ocurre con las mujeres que regresan con el maltratador, con las que no lo denuncian, o con las que lo hacen una vez que se sienten seguras y protegidas, con las que después de denunciarlo la retiran días más tarde…

Y desde esa misma visión machista de la normalidad dicen que la justicia ha de aplicar la ley, es decir, el Convenio de La Haya, sin atender a las circunstancias, sino a su literalidad. Una rigidez que sorprende, puesto que no es la que se mantiene en muchos otros casos y situaciones, hasta el punto de que el Estado español ha sido condenado por Tribunales y organismos internacionales tanto por aplicar la ley atendiendo a circunstancias particulares, como sucedió con la condena del Tribunal Europeo de Derechos Humanos por la llamada “doctrina Parot”, como por no aplicar la ley atendiendo a las especiales circunstancias de los hechos denunciados, como ha ocurrido en el caso de Ángela González y la condena del comité de la CEDAW de Naciones Unidas. Dos casos, cada uno en un sentido, que muestran que la literalidad de la ley no es el único elemento a tener en cuenta para hacer justicia.

Pero la situación del caso de Juana Rivas es aún más sorprendente, puesto que esa literalidad en el Convenio de La Haya dice en su artículo 13.b: “la autoridad del Estado requerida no está obligada a ordenar la restitución de la persona… si existe un grave riesgo de que la restitución del menor le exponga a un peligro grave físico o psíquico o que de cualquier otra manera ponga al menor en una situación intolerable”, y por lo tanto, el propio enunciado del Convenio de La Haya da pie para que la restitución no se haga de manera automática, y que se atiendan las circunstancias para evitar un riesgo para los menores.

La pregunta es sencilla, si el Derecho se debe aplicar atendiendo a las circunstancias, si el propio Convenio de La Haya recoge como circunstancias a tener en cuenta un posible peligro para los menores, si la violencia de género implica una situación de riesgo para los niños, y si Juana Rivas, la madre de esos niños, denuncia una situación de violencia de género actual, existiendo, además, el antecedente de una condena contra el marido por maltrato y situaciones compatibles con dicha violencia, ¿por qué no se ha investigado a fondo la denuncia y se ha procedido a realizar una valoración científica del riesgo sobre los niños?.

No se ha hecho, lo cual indica que para muchos prevalece el regreso sobre el riesgo, ante lo cual sólo caben dos posibilidades, o no se ha creído la denuncia interpuesta por Juana Rivas, o no se considera que la violencia de género suponga un riesgo para los niños, y las dos son un grave error, sobre todo cuando la solución es tan sencilla y asequible como investigar unos hechos, tal y como se hace a diario en nuestro país, y luego decidir en consecuencia sobre la protección de los menores, no sobre los hechos y si deben ser investigados en Italia. La decisión podría haber sido la misma, pero las garantías no.

Que la defensa que hemos visto estos días por parte de profesionales del Derecho, la Psicología, y de un amplio sector social haya sido aplicar el instrumento que permite devolver los hijos de manera automática a un padre condenado y denunciado por maltrato sin aclarar si esa decisión conlleva un riesgo para ellos, demuestra que para esa parte de la sociedad que defiende lo que el machismo ha establecido, lo importante es La Haya, haya o no haya justicia, pues en definitiva supone proteger la realidad que el machismo ha creado, esa que habla de que las mujeres son “malas y perversas” y que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”, y los instrumentos desarrollados para lograrlo.

Lo dije hace muchos años, no se puede establecer la Justicia desde la injusticia, y una sociedad machista y sin Igualdad no es justa.

 

Iris arcoíris

Hay quien todavía ve la realidad en blanco y negro, como si fuera el NODO de una España caducada que aún espera el comienzo de una película en tecnicolor en la que los héroes terminan por salvar a la patria de los malos. En las películas de mi infancia no hacía falta calificar al otro, bastaba con llamarlo “el malo”, daba igual que fuera un indio, un negro, un moro, un gánster o un soldado nazi o japonés, al final lo importante es que eran “los malos”, porque lo que se quería destacar es que “nosotros” éramos los buenos.

Y aunque la película ha cambiado, aún hay quien sigue el mismo guión y no entiende que la diferencia ya no es inferioridad, sino que forma parte de la igualdad, o sea, parte nuestra a través de una identidad que ya no se construye por contraste con las otras, ni tampoco resulta excluyente. Hoy ser hombre también es ser mujer, al igual que sucede con ser homosexual, trans o de cualquier otra identidad vivida, ninguna de ellas es excluyente en cuanto a los elementos identitarios, aunque cada apersona la viva y se comporte como considere a partir de ellas.

Y eso es lo que les molesta, porque antes ser hombre era no ser mujer, y ser mujer era tener una serie de características propias que los hombres no podían tener. Y a partir de esas identidades rígidas y acríticas, puesto que eran impuestas y aceptadas como parte del orden natural, se distribuían los roles, funciones, tiempos y espacios de unos y otros para hacer de la desigualdad condición y de la habitualidad normalidad. Desde esa construcción no es que los hombres y las mujeres hacían cosas distintas, es que los hombres hacían lo de los hombres y las mujeres lo de las mujeres.

Y no había nada más, puesto que todo lo que no encajaba en ese modelo era considerado patológico, aberrante, delictivo o vicio.

El movimiento LGTBI+ ha conseguido a través de una reivindicación cargada de civismo que la sociedad cuestione ese modelo tradicional, y acepte la diversidad y la pluralidad como una referencia más para la convivencia. No ha habido violencia, ni atentados, ni ataques a nadie, y todo ello a pesar de haber sido perseguidos, encarcelados, agredidos y condenados a una especie de cadena perpetua social como seres enfermos, perversos y viciosos, que amenazaban la vida en sociedad y sus valores de siempre, aunque nunca haya sido un verdadero espacio de convivencia.

A veces es más verdad y dice más de una persona o grupo lo que se niega que aquello que se reconoce. Nadie cree en lo que no necesita, y la mirada también es un acto de fe cuando se busca una confirmación de las ideas, los valores o las creencias. Por eso la realidad sólo es un ejemplo, una especie de hipótesis para confirmar lo que previamente se ha decidido que sea verdad con independencia de cualquier referencia.

De lo contrario no podría entenderse que una persona homosexual sea considerada como una persona enferma, viciosa o anormal, del mismo modo que no habría tanta pasividad y distancia a la violencia de género, con 60 mujeres asesinadas de medida cada año y 600 mil maltratadas.

El significado que se da a la realidad depende de la mirada, la mirada de la conciencia, y la conciencia de las referencias utilizadas para dar sentido a todo aquello que se percibe. Y cuando esas referencias vienen impuestas por el machismo, al final todo se interpreta por lo que los hombres han considerado que es lo correcto y lo necesario para que el mundo construido a su imagen y semejanza funcione. Por eso todo lo que no sea masculino no sólo es diferente, sino que además es inferior. Y por ello todo lo femenino es una amenaza y una especie de ataque a su posición de poder y a la identidad sobre la que se sustenta, aquella que hace que la realidad se interprete sobre la condición otorgada, no sobre Derechos Humanos. Según la construcción machista, primero está la persona con su condición, y luego los Derechos.

Esa es la razón por la que los hombres son tan violentos con los hombres homosexuales, mientras que las mujeres no lo son frente a otras mujeres lesbianas, porque la homosexualidad masculina cuestiona lo individual y lo social, y hace que los hombres se sientan atacados y cuestionados en su identidad sobre la que se sustenta todo su poder personal y público Y por ello también, la forma de cuestionar a los gays es llamarlos “afeminados”, puesto que esa superioridad de los hombres en esencia está construida sobre la inferioridad de la mujer.

Hoy debemos estar muy orgullosos y muy orgullosas de los movimientos y las personas que nos han enseñado a convivir en paz con la diversidad y la pluralidad, a pesar de todos aquellos que presentaban cada paso hacia la Igualdad como un salto al vacío, y de quienes aún viven la libertad como una amenaza y la diversidad como un ataque.

Hoy la sociedad es mejor, no porque permite que haya diferentes identidades que viven sobre el mismo espacio común, sino porque la mayoría de las personas formamos parte de esa comunidad diversa y plural, y miramos la realidad y el futuro con un “iris arcoíris”.

 

“Tras una fuerte discusión”

Detrás de una fuerte discusión se esconde un débil argumento, aquel que trata de reducir la violencia de género a una suma de agresiones, y el homicidio a una cuestión cuantitativa como resultado de un contexto violento y neutral, la discusión, en la que dos personas se enfrentan con las palabras, la agresividad y la conducta hasta que una de ellas acaba con la vida de la otra… Por eso “las mujeres mueren en el seno de una fuerte discusión”, tal y como con frecuencia recogen titulares y sentencias, y, en cambio, “los hombres no matan a sus mujeres”, pues ellos solos no lo hacen, para que ocurra el homicidio se necesitan dos elementos: el hombre por un lado, y la fuerte discusión por otro.

Hablar del homicidio de una mujer bajo la referencia de haber sucedido “tras una fuerte discusión”, esconde todo lo que hay delante de esa discusión; esos días más o menos lejanos en los que el agresor prometía amor eterno, las imposiciones que le hacía en nombre de la relación y del compromiso, los primeros golpes que dictaba el amor con su “te pego porque te quiero”, los arrepentimientos como estrategia para dominarla con las amenazas y con los sentimientos, la culpabilización de la mujer para agredirla de nuevo… Todo eso es la violencia de género, no sólo las discusiones puntuales que se producen ni los gritos que se oyen más allá de las paredes.

La violencia de género es el silencio entre cada golpe, el silencio de una sociedad que sabe que ahora mismo hay más de 1600 mujeres que son maltratadas cada día y no dice nada hasta que no haya una fuerte discusión, el silencio de las familias y los entornos que conocen la violencia que sufre su hija, su hermana, su amiga, su madre… y no comentan nada porque es un tema de pareja, el silencio de las instituciones que ante una víctima manifiestan que “no es creíble”, cuando ni siquiera saben cómo se manifiesta la violencia de género para dar crédito o quitarlo, o que argumentan que “no queda suficientemente probada” sin haber puesto todos los medios a su alcance para probarla y demostrarla.

Y mientras la sociedad calla, el machismo y los machistas toman la palabra en Parlamentos, redes, columnas y púlpitos para situar el problema en el exceso que supone la Igualdad. Por que para ellos la Igualdad es vivir por encima de nuestras posibilidades, ellos afirman que el mundo fue organizado de manera jerárquica con lo masculino como referencia universal, y que si las mujeres pudieran ser iguales a los hombres, la naturaleza las habría hecho como ellos, no “menos fuertes”, “menos inteligentes”, “más afectivas y maternales”, y con “mayor maldad y perversidad”. Esa combinación que hace el machismo de ellas, mezclando la “menor inteligencia con la mayor debilidad y una maldad elevada”, es la que exige, según esa construcción machista, controlarlas para que el “hombre bueno” que está junto a ellas no resulte engañado al ser abandonado por otro hombre o al quitarle la casa, los niños y la paga, y lo que es peor, su dignidad como hombre por no haber sido capaz de controlarlas.

Esa es la “fuerte discusión” que trata de mantener el machismo al hablar de denuncias falsas, de que “violencia es violencia”, de que las mujeres también maltratan, del suicidio de hombres propiciado por la conducta de las mujeres… mientras callan sobre la desigualdad, la discriminación y la violencia que lleva a una medida de 60 homicidios de mujeres cada año. Homicidios que luego, uno a uno, son utilizados para esconder todo lo que los precede, no para ponerlo de manifiesto y evitar que sea utilizado para otras mujeres sean asesinadas.

Mientras que la sociedad continúe cayendo en las trampas que el machismo pone para ocultar toda la construcción socio-cultural y la normalidad que la ratifica, volveremos a perdernos entre los gritos y los golpes de cada última fuerte discusión, y el punto final que pone el homicidio al relato que aparentemente no existió, pero que fue posible desde su silencio.

Todo es tan triste y tan perverso que, al final, la respuesta de esa sociedad frente a la fuerte discusión y al silencio que la anticipa es “un minuto de silencio”. 

Frente a la violencia de género “ni un minuto de silencio”.

Días malos

Vladimir Putin afirma que no tiene días malos porque no es mujer, algo similar a lo que piensan muchos hombres en cualquier lugar del planeta, y que viene a significar que ellos, como hombres, sólo tienen días buenos.

La realidad es diferente y nos muestra que hay días buenos, malos y regulares, y que los hombres al igual que las mujeres tienen días buenos, días malos y días regulares. La diferencia entre los días de unos y de otras es que, mientras que en los hombres lo de los días malos se ve como una posibilidad, en las mujeres se dan por seguro al estar enraizados en su fisiología, de hecho en esos días dicen de ellas que “están malas”. Bajo esta idea, el machismo aplica su lógica y justifica su modelo sobre la superioridad de aquellas personas que “no tienen días malos”, o sea, los hombres, respecto a la inferioridad de aquellas otras que sí los tienen, es decir, las mujeres, pues siempre será mejor para la sociedad depositar la confianza y la responsabilidad sobre quienes no tienen días malos. Todo, como se puede ver, “muy coherente y neutral”.

La primera conclusión del machismo a partir de esta construcción de los “días malos” de las mujeres, es que estos forman parte de su condición, lo cual permite estructurar esas “malas jornadas” de una manera amplia sobre el hecho de ser mujer, no sólo sobre circunstancias concretas. Y la segunda, es que, con independencia del momento y de los acontecimientos, el machismo siempre tiene a mano como recurso el argumento de los “días malos” para cuestionarlas, criticarlas o directamente atacarlas. Da igual qué es lo que haya sucedido, cuando un hombre dice de una mujer, “eso es que tiene la regla”, ya todo el mundo entiende que se está ante uno de esos días malos propios de las mujeres y que todo se convierte en inevitable. Al final, la construcción se cierra con el resto de mitos que la cultura patriarcal introduce para concluir de manera rotunda sobre su maldad: “las mujeres son malas y tienen días malos por estar malas”. Más maldad imposible.

Los hombres, tal y como dice Putin, no tienen días malos, como mucho pueden tener “un mal día”, algo muy diferente, pues con ese concepto se insiste en la idea de que son las circunstancias las que pueden propiciarlo, no su condición masculina . Y no es de extrañar que pueda presentarse algún mal día en los hombres dada la “enorme presión” que tienen que soportar a diario para impedir que alguna de esas jornadas termine por llegar a ser un día malo, sobe todo si se tiene en cuenta que con frecuencia esa presión se ve agravada por la tensión provocada por las mujeres con las que comparten una relación, bien sea familiar, de pareja, laboral… debido a esa maldad estándar que hemos comentado, la cual puede verse aumentada por uno de sus días malos.

La construcción cultural al final permite, incluso, otra referencia más. Y es que los hombres como Putin, Trump y todos los que siguen esas ideas, piensan que la presión que soportan y ante la que responden “con su maestría y hombría”, evita que el resto de las personas sufran las consecuencias negativas de esas circunstancias que llevarían a que todo el mundo tuviera también un mal día. Mientras que en el caso de las mujeres y sus días malos, lo que sucede es lo contrario, y son ellas las que generan un ambiente negativo que lleva a que cualquier persona que se encuentre cerca quede atrapada en la oscuridad de esa jornada, y sufra también ese día malo genéticamente femenino.

La valoración final es sencilla, los hombres actúan como guardianes de la normalidad y trabajan como rescatadores para evitar que el resto de la sociedad tenga días malos, y las mujeres se comportan como matrices de días malos que terminan por afectar la convivencia y las relaciones, a pesar del esfuerzo masculino. De ahí que Putin y tantos otros hombres manifiesten su desconfianza en las mujeres, bien sea por sus “días malos”, por su “menor inteligencia” o por su “menor fuerza física”, esa que dicen que las lleva a maltratar más que los hombres, pero “psicológicamente”. A la postre, la desconfianza está construida no por lo que tienen de menos, sino por lo que tienen de más, por esa “mayor maldad” propia de su condición, y que va desde lo físico a lo psíquico.

Para los hombres resulta muy sencillo vivir bajo esas construcciones propias del machismo, pues lo único que tienen que hacer es gestionar la culpa de manera centrífuga para situarla, bien en las circunstancias o bien en las mujeres. Ni siquiera son capaces de identificar los graves problemas que existen en la política, en la economía, en las finanzas, en la criminalidad… como conductas protagonizadas por otros hombres y relacionadas con el machismo común a todos ellos. Incluso en esos contextos no hablan de hombres, sino de bandas, grupos, partidos, empresas… o sea, de circunstancias. Esa es al razón, entre otras, que lleva a que no les preocupe el 95% de los homicidios que sufren, puesto que son homicidios producidos por otros hombres, y que, en cambio, no paren de hablar de los homicidios cometidos por mujeres, por supuesto, “desde su maldad esencial”, nunca en uno de sus “días malos”, aunque su número sea mínimo en comparación con los cometidos por hombres contra otros hombres.

Hoy por hoy, la mayoría de los males que tenemos como sociedad se deben a conductas y decisiones protagonizadas por hombres a partir de un machismo que actúa en diferentes contextos y ámbitos. El presidente Putin y tantos otros como él deberían revisar su agenda, a lo mejor llegan a entender que la mejor fuente de días buenos para hombres y mujeres es la Igualdad, y que esta se encuentra accesible en cada amanecer.

¿Por qué yihadismo sí y machismo no?

(POR UN “PACTO DE ESTADO CONTRA EL MACHISMO”)

La respuesta contra cada uno de los atentados del terrorismo yihadista es inmediata y contundente, no sólo contra el grupo, célula o persona que lo haya llevado a cabo, lo es contra todo lo que representa y frente a todos los que de una forma u otra amparan y justifican ese tipo de actos criminales.

Nadie interpreta que los autores sean hombres con problemas con el alcohol o las drogas, ni dicen que tengan un trastorno mental o enfermedad psíquica que anule o condicione su conducta. En ninguna ocasión se ha comentado que las organizaciones que trabajan para acabar con la instrumentalización de las ideas y las creencias que justifican los ataques o que ayudan a las víctimas, en realidad buscan beneficiarse económicamente con sus actividades y vivir de las subvenciones, ni menos aún dicen que estas personas en realidad lo que pretenden es atacar el orden existente y las referencias dadas para convivir en sociedad. Por eso tampoco se les ocurre plantear que cuando se toman medidas para abordar el problema del terrorismo yihadista o se llega a un pacto de Estado contra él, en realidad se trata de una discriminación frente a otras víctimas, otras violencias y otras formas de terrorismo.

Y si surgiera una voz con alguno de los argumentos anteriores, se encontraría de manera inmediata con una respuesta contundente criticándola y, posiblemente, con una serie de medidas policiales y judiciales para aclarar si forma parte de una acción de “apología del terrorismo”.

Todo el mundo entiende que cada uno de los atentados yihadistas es consecuencia del yihadismo que los envuelve a todos, pues es este el que permite que se inicie el proceso por el que cada autor planifica y lleva a cabo los ataques.

Con la violencia machista ocurre justo lo contrario, y todo se reduce a cada uno de los machistas que comete una agresión o un asesinato, como si fueran seres de otro planeta o cultura, y, además, con frecuencia son presentados como hombres con problemas con el alcohol o las drogas, o con algún tipo de trastorno o enfermedad mental. Y las personas que trabajan para erradicar esta violencia son atacadas, las llaman “feminazis” y las presentan como interesadas sólo en obtener beneficios económicos a través de ese trabajo. La crítica culmina al presentar el compromiso por la Igualdad como una especie de “adoctrinamiento” llevado a cabo desde la “ideología de género” para terminar con el orden, la moral, la familia, las creencias y, de alguna manera, los hombres “de verdad”.

Esta diferente percepción y posicionamiento ante el terrorismo yihadista y la violencia machista, forma parte de las ideas y valores de nuestra sociedad por ser producto de la cultura patriarcal que la define y condiciona. Ni siquiera el impacto de una y otra violencia son comparables en cuanto al daño que generan, tal y como demuestran los estudios y estadísticas, pero da lo mismo, el posicionamiento frente a una y a otra es completamente distinto.

Según los datos de diferentes organismos y organizaciones internacionales, recogidos por Datagrave y ESRI, el terrorismo yihadista llevó a cabo en 2016 un total de 1441 atentados por todo el planeta, ocasionando 14.356 víctimas. En 2015 cometió unos 16.000 atentados y el número de víctimas ascendió hasta 38.000, aproximadamente. Sin duda un grave problema que varía en su resultado en relación con las circunstancias geo-políticas de diferentes regiones, a pesar de lo cual está siendo combatido con cierta eficacia.

La violencia machista, sólo en el seno de las relaciones de pareja y familiares, cada año asesina alrededor de 42.500 mujeres, tal y como recoge el “Informe Global sobre Homicidios” de Naciones Unidas (2013). Una cifra que además se mantiene relativamente constante y no depende de circunstancias pasajeras ni coyunturales, sino de las ideas amparadas por la cultura machista que integra la violencia de género como parte de la normalidad, y que luego se “sorprende” cuando “se le va de las manos”, y no siempre, pues como hemos apuntado, es frecuente la justificación del agresor y el cuestionamiento de la conducta realizada por la propia mujer que ha sido agredida o asesinada.

A pesar de esta realidad objetiva, la percepción es que el yihadismo es un problema grave y una amenaza, mientras que la violencia machista ni es grave ni es amenaza. Y no sólo eso, sino que es el propio machismo el que establece las referencias para convivir al amparo de las leyes, las política, las instituciones, y todo lo demás. Da igual que en Europa cada año sean asesinadas 3300 mujeres por violencia de género (Naciones Unidas, 2013) y que los atentados yihadistas, el año que más víctimas causaron en Europa (2004), asesinaran a 196 personas (192 de ellas en los atentados de Madrid).

La situación es tan perversa que se llega a responsabilizar a las mujeres y al feminismo hasta de la violencia de género, al afirmar que se trata de esa estrategia interesada para atacar a los hombres a través de las denuncias falsas para quedarse con “la casa, los niños y la paga”, conducta que en muchos casos los lleva al suicidio como consecuencia de toda esa manipulación interesada.

Esa idea de responsabilizar a las víctimas y de presentarlas como autoras de una provocación, es la misma que utiliza el yihadismo para justificar sus atentados, pues al final la violencia que se ejerce en nombre de las ideas, los valores y las creencias siempre cuenta con apoyos en la propia sociedad donde esas ideas, valores y creencias forman parte de la normalidad. Por ello siempre tienen a su lado una razón y un apoyo para ser utilizadas, ese es el motivo que lleva a considerarlos “crímenes morales”, puesto que cada uno de ellos no sólo aborda cuestiones particulares, sino que también da respuesta a elementos comunes a todas esas creencias, valores e ideas.

Y del mismo modo que se entiende que para acabar con los atentados del terrorismo hay que acabar con el yihadismo, debe entenderse que para acabar con la violencia de género y sus asesinatos hay que erradicar el machismo, no sólo cuestionar la violencia que se hace visible ni a los hombres que protagonizan estos casos públicos.

Los trabajos de la Subcomisión del Congreso y de la Ponencia del Senado deben concluir en un “Pacto de Estado contra el machismo”, no sólo contra la violencia de género. Es lo que en su día se hizo cuando se firmó un “pacto de Estado contra el terrorismo” para combatir a ETA, y más recientemente un “pacto de Estado contra el yihadismo”. En ningún caso se firmó un pacto “contra la violencia terrorista” ni “contra los atentados terroristas”, sino contra el contexto que los causaba. Si se hubiera hecho sólo sobre el resultado habría sido un error y nadie lo habría aceptado.

Si el machismo continúa con todo su espacio, poder, credibilidad en su palabra, hasta el punto de hacer pasar una realidad por otra y de presentar a los hombres como víctimas de la Igualdad, para así mantener una equidistancia con la que utilizar la “neutralidad” como cómplice, nunca acabaremos con la injusticia de la desigualdad ni con todas sus formas de violencia.

Los machistas quieren mantener la realidad bajo las referencias de siempre, incluso piden derogar la Ley Integral contra la violencia de género, ahora se trata de darle la razón al machismo o de quitársela y trabajar definitivamente por la Igualdad. Por eso presentan el yihadismo como una amenaza para la sociedad y no ven amenaza alguna en la violencia de género a pesar de ocasionar muchas más víctimas. Pero hasta en eso se delatan.

Si al machismo le preocupa la violencia en sociedad cuando afecta a hombres y mujeres, como ocurre con el yihadismo, y no le preocupa la violencia de género que sólo afecta a mujeres, lo que en verdad significa es que su preocupación por lo común se debe a que afecta a los hombres, no porque ataca a las mujeres, pues si les preocupara el impacto de la violencia sobre ellas tendrían que comprometerse decididamente para erradicar la violencia de género y el machismo. Y no lo hacen.

Ellos no lo van a hacer nunca, pero la sociedad sí, de hecho ya lo hace y  avanzamos de manera decidida. Ahora necesitamos más apoyos, medidas y recursos, y es lo que debe proporcionar el “pacto de Estado contra el machismo”.