El playback de la ultraderecha

Lo que está sucediendo en la política es como una especie de onda sobre un estanque después de que haya caído la piedra de la ultraderecha en su “centro-derecha”, y se parece mucho a la “historia de playback” que cantaba Radio Futura. Como dice la canción, alguien mueve los labios mientras otros dictan en la sombra las palabras sobre Igualdad y las acciones para erradicar la violencia de género. Es lo que confirma el discurso de investidura de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Sorprende la facilidad con la que allí donde han pactado PP, Ciudadanos y Vox, se han admitido sus propuestas de ultraderecha en las cuestiones relacionadas con la Igualdad y la lucha contra la violencia que sufren las mujeres como consecuencia de la construcción cultural de los géneros, da lo mismo que hablemos de Andalucía, Murcia, Madrid o de donde sea. No hay que olvidar que para que un playback funcione hacen falta dos, quien pronuncia las palabras y quien mueve los labios, por lo tanto, la responsabilidad final es compartida, máxime cuando en esas tres comunidades se han producido homicidios por violencia de género desde que se han firmado esos pactos.

Lo que preocupa del discurso de Díaz Ayuso, además de ese playback pactado, es el gran desconocimiento que revela sobre la realidad, situación que siempre preocupa, pero mucho más en quien dirige una Comunidad como la de Madrid. No es admisible que diga que “los problemas de las mujeres en España son prácticamente iguales que los de los hombres: el empleo, la sanidad, el futuro…” No es así, puede consultar cualquiera de los estudios realizados, algunos de ellos en su propia Comunidad, donde se muestra que, aunque haya campos comunes para algunos de esos problemas, la dimensión de los mismos y las causas que dan lugar a ellos son completamente diferentes. Y mientras que los problemas de los hombres, centrándonos sólo en la cuestión económica, están relacionados fundamentalmente con las circunstancias actuales de la economía, los de las mujeres, además de verse afectados por dichas circunstancias, se deben fundamentalmente a los elementos estructurales de la desigualdad histórica, de ahí el mayor desempleo, la precariedad más alta, la menor representación en puestos de responsabilidad, la brecha salarial, la sobrecarga de trabajo dentro y fuera del hogar, la falta de reconocimiento, el menor tiempo libre diario… Por lo tanto, como dice la Presidenta Díaz Ayuso, hombres y mujeres pueden estar preocupados por el futuro, pero también debe decir que sólo las mujeres están lastradas por el pasado.

Cuando afirma, “yo lucharé contra el machismo y contra cualquier discriminación, pero no contra los hombres”, o lo de “enfrentar a hombres y mujeres es insensato”, reproduce con fidelidad uno de los argumentos típicos del machismo y la ultraderecha, que intenta confundir el hecho de que en violencia de género los autores son hombres con la idea de que todos los hombres son maltratadores. Es parte de la falacia non sequitur  que ya se utilizaba en la Antigua Grecia, y que tanto gusta al machismo (ya lo comentamos en “Machismo non sequitur” ). Sería como decir que como, por ejemplo,  en nuestro contexto los racistas que actúan contra personas negras o musulmanas son blancas, pues que todas las personas blancas son racistas; o que como todos los que votan al PP en las autonómicas están empadronados en la Comunidad de Madrid, todos los empadronados votan al PP. Y claramente no es así.

Cuando se actúa contra la desigualdad y contra la violencia de género nadie actúa contra los hombres, se actúa contra los hombres maltratadores y se critica a quienes desde su pasividad y silencio permiten que los que usan la violencia de género sigan haciéndolo al amparo de esa normalidad cómplice del machismo. Los hombres también queremos la Igualdad y la erradicación de la violencia contra las mujeres en todas sus expresiones, por lo tanto, y de vuelta a otra de sus manifestaciones, es cierto que “todas las personas pueden ser víctimas de maltrato”,pero cada grupo lo es por diferentes motivos, con la idea de alcanzar distintos objetivos, y en unas circunstancias con elementos propios para cada uno de esos maltratos, aunque pueda haber algunos comunes. Mezclarlos todos por el resultado, como pretende la ultraderecha con el beneplácito de la derecha bajo el concepto de “violencia intrafamiliar”, lo único que hace es que se pierda eficacia en la prevención, detección, atención, protección y reparación, además de dificultar la investigación de cada uno de ellos. ¿Entiende ahora la Presidenta por qué el machismo no quiere que se hable específicamente de la violencia estructural que ha instaurado contra las mujeres, con el objeto de mantener la desigualdad y los privilegios que para los hombres se derivan de ella? Estoy seguro de que no se le ocurriría decir que “todas las personas pueden ser víctimas de accidentes”, y que por tanto no hay que diferenciar entre accidentes de tráfico, laborales, deportivos, de ocio o domésticos.

El PP y Ciudadanos han tenido mucha prisa en tocar poder y gobernar, pero deberían tener mucho cuidado con sus pactos con la ultraderecha y con las exigencias impuestas en ellos. El tiempo político pasa rápido y la sociedad no olvida aquellas cuestiones que afectan a lo más básico de la dignidad y la convivencia, menos aún cuando cada semana hay un asesino empeñado en recordar la realidad de la violencia de género en su máxima expresión.

El machismo ha impuesto el relato histórico que ha invisibilizado, normalizado y justificado la violencia contra las mujeres, no vamos a permitir que después de la conciencia crítica despertada por el feminismo, la reacción machista intente imponer que erradicar la violencia de género y la desigualdad es ir contra los hombres. Los hombres que respetamos los Derechos Humanos y que creemos en la democracia y en la convivencia pacífica y en Igualdad alzaremos nuestra voz y actuaremos contra quienes instrumentalizan a todos los hombres para imponer sus ideas, y con ellas perpetuar los privilegios del machismo a costa de los derechos de las mujeres.

Sería bueno que desde el PP y Ciudadanos tomaran conciencia de la realidad y dejaran de mover los labios en playback, mientras la ultraderecha dicta las palabras a la sombra de los pactos.

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La familia es mía

Cuando alguien se sabe dueño de algo procura llevar cualquier debate, discusión o conflicto a ese terreno, para de ese modo utilizar todos los elementos de poder formales e informales a su favor. Es lo que hace el machismo y sus tres tenores de la política (da igual que canten o que muevan los labios en el playback pactado), cuando intentan derivar la violencia de género al contexto de la familia.

El debate sobre la paternidad y la violencia de género va mucho allá de las consecuencias que puede tener sobre los hijos e hijas. Lo realmente trascendente de él es la ocultación del significado de esa construcción de la intimidad como núcleo y pilar de la sociedad, tal y como lo comentamos en el anterior post (“Maltratador y padre”). Por eso, a diferencia de los argumentos que utilizan contra la violencia de género, no niegan la mayor sobre si un maltratador puede ser un buen padre, y tampoco acuden al mensaje de que la mayoría de las denuncias contra padres son falsas, ni que en comparación con el total de padres los que maltratan representan un porcentaje mínimo, o que se trata de padres con problemas con el alcohol o con algún trastorno psicológico… Cuando se habla de paternidad y violencia de género su respuesta es otra y su argumento es la familia.

El machismo quiere a la familia para sí, sabe que es el núcleo de su sociedad y donde la cultura no sólo incorpora pautas de comportamiento, sino que define la identidad y todo lo que ella conlleva en la construcción del género y sus roles para el ejercicio de las relaciones sociales. Por eso quiere la familia con sus tardes de cine, sus juegos, sus viajes, sus deberes, sus vacaciones… y su violencia.

La violencia estructural forma parte esencial a la hora definir la realidad, lo hace en el contexto social con la violencia de género frente a las mujeres, y contra cualquier expresión de la diversidad a través del odio; y lo hace también en el contexto de la familia para lograr distintos objetivos, pero, el más trascendente de todos ellos, sin duda, es el de mantener la desigualdad entre hombres mujeres como algo propio de su condición. De ahí que la violencia de género se desarrolle en gran medida dentro de las relaciones de pareja y familiares, y que incluso la “violencia doméstica” se ejerza fundamentalmente contra las mujeres, tal y como recoge un reciente informe del INE (28-5-19), que muestra que el porcentaje de víctimas mujeres es el 62’2%.

No hay que olvidar que primero fue el hombre y después la familia. Han sido los hombres y su cultura patriarcal los que han definido en cada momento histórico a la familia, y quienes la han adaptado a las necesidades de los hombres, siempre con el papel de la mujer como referencia esencial dentro de ella y, por tanto, con la necesidad de someterla a sus dictados y de controlarla en el desarrollo de la dinámica familiar. Y para ello es necesario el control social sobre la idea machista de lo que debe ser una “buena mujer, esposa, madre y ama de casa”, y el control directo de la violencia como realidad, amenaza o posibilidad. Estas dos referencias, la social y la familiar, actúan como elementos esenciales y enraizados en la propia “normalidad creada”, tanto que ni siquiera llega a ser rechazada, como manifiestan muchas víctimas al decir lo de “mi marido me pega lo normal”,o como expresan los entornos más cercanos ante algunos homicidios de mujeres al referir, “sabíamos que la maltrataba, pero no que la iba a matar”.

El padre capaz de utilizar la violencia contra la madre de sus hijos es un hombre que demuestra que no le importan nada sus hijos, como tampoco la madre de esos niños y niñas. Todo lo contrario, lo que revela es que el objetivo de su violencia incluye a los hijos como elemento de coacción y violencia contra la madre, y como reflejo del orden que quiere mantener e imponer, no sólo de puertas para dentro, sino también como miembros de una sociedad en los que la identidad y el comportamiento son consecuencia del mandato establecido a través de la educación y la transmisión de ideas, valores, principios…

La insistencia del machismo en defender que un maltratador puede ser un buen padre significa que, para ellos, un maltratador puede ser también un buen marido, un buen compañero o una buena pareja de la mujer maltratada. Aceptar la compatibilidad de la violencia de género con la paternidad es aceptarla en todo lo demás, de ahí su insistencia en querer dominar la familia y de hablar de “violencia intrafamiliar”.

Porque esa es la clave, reducir a la familia lo que es un problema social para interpretarlo con las claves de ese contexto particular, entre ellas ideas como que se trata de una “discusión de pareja”, que “en todas las familias hay conflictos”, que es un tema que “pertenece a la intimidad familiar”, que “los trapos sucios se lavan en casa”, que “bien está lo que bien acaba”… Y sobre todas esas referencias luego está la más relevante, la que sitúa al hombre como pater familias, ese “buen padre” al que se refiere el Derecho, encargado de decidir lo mejor para toda la familia, de manera que si él decide “violencia”, ¿quién es la sociedad para llevarle la contraria en “su familia”? Por eso también suelen culpar a la mujer de la violencia que sufre ella misma, y plantean la agresión como que la mujer ha hecho algo para que el marido “le haya tenido que pegar”. Es más, hasta la propia Ley de Enjuiciamiento Criminal con su artículo 416 permite una escapatoria para el marido y padre  que maltrata, a pesar de que la mujer lo haya denunciado previamente y se haya iniciado el proceso judicial.

De ahí el interés del machismo y la ultraderecha en defender ese modelo de familia, y que se hable de “violencia intrafamiliar”, porque con esa idea consiguen dos objetivos inmediatos y un tercero en forma de impedimento. Los objetivos inmediatos son:

  1. Negar la construcción cultural que normaliza, justifica e integra la violencia de género como una violencia diferente en sus objetivos y motivaciones al resto de las violencias interpersonales.
  2. Ocultar la violencia contra las mujeres, las niñas y los niños al presentarla como “problemas o conflictos familiares”que pertenecen a la propia intimidad de la familia, y sobre los que no hay que entrar salvo que el resultado sea grave. Para eso está el “pater familias”decidiendo y controlando.

Y el objetivo que pretenden evitar es que se llegue a conocer la violencia a través de la palabra de los menores, de esos niños y niñas que viven en el hogar y que, como la madre, la sufren a diario. El machismo se había protegido de este tipo de situaciones quitando valor a la palabra de las mujeres y al presentarlas cargadas de maldad y perversidad a través de sus mitos, de ahí la falta de credibilidad que todavía hoy tienen muchas de sus denuncias. Pero no había pensado en la palabra de los menores, de los hijos e hijas que ven como su padre maltrata a la madre y a ellos mismos, por eso no quiere que se reconozca que los menores sufren las consecuencias de la violencia de género ni que formen parte de las medidas ni de la investigación, porque de repente, ese contexto protector para los maltratadores que es el hogar, ajeno a testigos e intrusos, se llena de personas que saben lo que pasa y lo sufren. Y esos niños, con todas las limitaciones procesales existentes, sí son creíbles cuando hablan de violencia.

La situación es tan delicada para el machismo que han tenido que inventar nuevos argumentos, como el llamado “Síndrome de Alienación Parental”, conocido como SAP, y toda una serie de derivadas (interferencias parentales, reprogramación afectiva…) bajo la idea de que es la madre la que le dice a la hija o al hijo lo que tiene que manifestar en el proceso judicial. De ese modo la sinceridad de los niños pasa a ser palabra de mujer, y como tal cuestionada. Además, la presentan como una palabra que surge de un doble acto de maldad por parte de las mujeres, el de su perversidad propia y el del interés en hacerle daño al padre para beneficiarse ellas.

El machismo quiere la familia para sí por ser el contexto y el argumento más útil para defenderse contra la violencia de género a través de la negación y de su control “intrafamiliar”. Lo sorprendente es que el modelo de familia defendido por el machismo y la ultraderecha, como insisten en sus propios planteamientos, entiende la violencia como algo propio de las relaciones familiares, una situación que, al margen de su manipulación para cuestionar la violencia de género, no se debe admitir ni permitir. La familia no es violencia, la familia es amor, paz y seguridad en el más amplio de los sentidos. Aceptar que hay una parte de violencia inevitable en la familia es darle carta de naturaleza para luego ocultarla. Ya se llamaba “violencia intrafamiliar” o “violencia doméstica” antes de la Ley Integral contra la Violencia de Género y no hicieron nada para erradicar ninguna de las violencias. Y ahora tampoco lo harán porque su modelo de familia contempla la violencia como una posibilidad.

Si hay violencia no es una familia, y si la violencia la ejerce el padre no lo hace desde la paternidad, sino desde el egoísmo y el poder que la cultura le ha otorgado.

 

“Machis learning”

Si una máquina es capaz de aprender de sí misma a través de lo que se conoce como “machine learning”, imaginen lo que puede llegar a aprender un machista de otro con ese pensamiento rígido e irreflexivo que el machismo impone como cultura e identidad.

El machismo es algo parecido a “HAL 9000”, el ordenador de la nave Discovery de “2001: Odisea en el espacio”, y poco a poco ha tomado el mando de la realidad, no desde el azar, sino desde la conciencia de poder para imponer sus directrices.

El machismo, como sistema cultural, está construido sobre el conocimiento nacido de la integración de aquellos elementos elegidos para crear el universo de las relaciones, y las identidades que deben llevarlas a cabo bajo una serie de referencias, roles y funciones que permitan dar sentido, consolidar y hacer crecer a dicha construcción de la normalidad. No es un diseño en su origen, sino la traducción práctica de los elementos necesarios para mantener el control inmediato, y a partir de ese conocimiento y toma de conciencia desarrollar los instrumentos para garantizar y facilitar el poder a partir de los valores, ideas, creencias, mitos… que definen la normalidad.

Para conseguirlo cuenta con dos referencias básicas que se retroalimentan y potencian entre sí. Por un lado la individual, definida por la identidad de las personas de esa cultura, originariamente centrada en la dualidad hombre-mujer, y por tanto desarrollada sobre lo que se entiende que es “ser hombre” y ser reconocido como tal,  y la manera de “ser mujer” y de ser reconocida como tal . Y por otro la social, es decir, la estructuración de las relaciones en sociedad, sus instituciones, los valores que acompañan y que son defendidos desde ellas, las ideas consideradas superiores, la religión tomada como propia… así como aquellos elementos funcionales que facilitan la integración consciente e inconsciente dentro de la convivencia, como son los mitos, los estereotipos, las costumbres, la tradición…

Todo este sistema hace que tanto a nivel individual como en el plano social, el conocimiento que se adquiere venga caracterizado por lo que la cultura exige para que la persona sea parte de la misma, y, en consecuencia, ser reconocida por ella.

Por eso el machismo es cultura, no conducta, porque no necesita expresarse para ser, puesto que lo que lo define no es la acción sino los argumentos, las circunstancias, las razones… para la acción, así como las referencias compartidas por esa sociedad para darle significado a esa acción, sea individual o grupal. Un ejemplo cercano lo tenemos en la violencia de género, la cual, a pesar de los 600.000 casos que se producen en España cada año y de los 60 homicidios de media, queda minimizada ante el debate sobre las “denuncias falsas” y la propuesta de derogar las medidas específicas para actuar frente a ella, como plantea desde la política la ultraderecha con el silencio participativo de la derecha.

El continuo aprendizaje del machismo a través del “machis learning” cultural, le permite adaptarse a las nuevas realidades sin renunciar a las referencias que sitúan el poder en los hombres y sobre lo masculino, y no cambiar nada de aquello que logra dar significado a la realidad escondiendo el machismo original, al tiempo que destaca las circunstancias particulares de cada caso como algo ajeno al modelo cultural.

Se trata de un aprendizaje doble porque, por un lado, se manda el contenido de lo que se debe aprender, y por otro, la expresión de dicho contenido por parte de cada persona, especialmente en los hombres como guardianes y galanes del sistema, se controla por el resto de las personas del entorno. Esta dinámica permite establecer un mayor o menor grado de reconocimiento o crítica, y de ese modo acceder más o menos a los privilegios y premios que establece el sistema para sus “buenos alumnos”.

Pero también es un aprendizaje dirigido, puesto que sólo se aprende en la dirección que lleva a reforzar la “con-ciencia” machista. Por esa razón, a pesar de la crítica social hacia el maltrato y su violencia, y las consecuencias negativas que sobre los autores se ven en los medios de comunicación, la programación del “machis learning”es tan poderosa con su lenguaje de “ceros”, “unos” y “otros” que no sólo lleva a repetir conductas similares (agresiones, homicidios, violaciones…), sino que facilita que el aprendizaje llegue a imitar algunos de los hechos conocidos previamente, como se ve en algunos homicidios por violencia de género, o como se comprueba con el modelo de violación en grupo “popularizado” por los agresores de “la manada”, ante la justificación y la negación de una parte significativa de la sociedad.

El “machis learning”  quiere devolver el mando al machismo. Hoy, en 2019, la odisea no está en el espacio, sino en la Tierra; y el destino que quiere evitar la nave del tiempo manipulada por los machistas es la Igualdad, pero no lo van a conseguir. Y para ello no sólo debemos programar un nuevo lenguaje, también hay que desprogramar el “HAL 9000” del “machis learning”a través de la educación y la concienciación crítica.

Machismo gratis total

Con frecuencia los machistas actúan como los niños cuando hacen alguna travesura que quieren ocultar. Se oye un ruido en el salón donde un niño anda jugando, entra el padre o la madre para averiguar qué ha ocurrido, ve que hay un jarrón roto en el suelo, y lo primero que dice el niño mientras intenta ocultar el balón tras su cuerpo, es “yo no he sido…” Y lo hace porque en verdad cree que en su mundo esa explicación es suficiente para alejar las dudas y llevarse la sospecha.

Los machistas que saltan a las redes como si estas fueran la arena del coso, no hablan desde la inocencia infantil, sino desde la falta de costumbre de siglos de impunidad. No están acostumbrados a que se les exija por todos los “jarrones rotos” de su violencia ni a dar explicación alguna por nada, por eso intentan lo del “yo no he sido” negando la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones. Pero como observan que ya no tienen éxito y sólo se lo creen ellos mismos, ahora tratan de incorporar algún argumento nuevo  para intentar pasar desapercibidos, a pesar de que las consecuencias de su violencia son objetivas.

La última estrategia del machismo es hacer creer que el trabajo contra su modelo y la violencia de género no es legítimo, y que las acciones realizadas desde el feminismo y las instituciones que abordan estos casos de violencia, se llevan a cabo por los beneficios económicos de quienes defienden y trabajan por la Igualdad. Por eso, entre otras iniciativas, desde la ultraderecha han pedido conocer la identidad de trabajadoras y trabajadores bajo un primer argumento que hablaba de “ideología”, aunque después hayan cambiado sus razones, aunque no las acciones. Para ellos la derecha ni el machismo son ideología.

Lo que busca el machismo con ese argumento es un doble efecto, por un lado presentar ese trabajo como las tareas de una especie de mercenarios que sólo buscan un interés material; y por otro, hacer creer que dichas personas necesitan aumentar el número de casos de violencia de género, y con ellos el ataque a los hombres, la familia, el orden social…  para enriquecerse mucho más a costa del sufrimiento de quienes sufren la injusticia de esa estrategia, que son los hombres “denunciados falsamente”.

La estrategia no es nueva, si se revisa la hemeroteca, al argumento económico es el que más se utiliza contra las personas a quienes se busca criticar, y presentarlas como interesadas en su trabajo y compromiso sólo por el interés económico. Un ejemplo cercano lo tenemos en la visión estereotipada de la política que se suele dar desde estas posiciones, sobre todo cuando se actúa contra personas y los partidos de izquierdas, porque en su modelo de sociedad la derecha representa el status y la riqueza, y es legítimo, según sus argumentos, que tengan dinero y que realicen actividades de todo tipo para conseguir más ganancias a título personal, además de gestionar la política. Por el contrario, la izquierda es presentada como un grupo de personas que llegan a la política para enriquecerse y con la revancha de “quitarle a los ricos” lo que tienen; y todo ello porque son incapaces de ganarse un sueldo por méritos propios.

El machismo ha recuperado esta estrategia para defender su posición porque sabe que genera ese doble impacto: la crítica a través de la idea de instrumentalización de las propuestas a favor de la Igualdad, y el odio contra todas las personas que las secundan y desarrollan al mandar el mensaje de que lo hacen para enriquecerse (asociaciones, organizaciones, profesionales…) sobre el dolor de quienes sufren las consecuencias negativas de esas iniciativas, que para ellos, como hemos apuntado, son los hombres buenos y honrados “denunciados falsamente”.

Y no es casualidad. En el machismo perciben que toda la transformación que vive la sociedad a favor de la Igualdad, además del cambio cultural que conlleva, supone una pérdida de los beneficios que la desigualdad otorga a los hombres.

Los privilegios de los hombres debidos al machismo son “gratis total”, no necesitan subvenciones, ni ayudas, tampoco iniciativas parlamentarias ni planes de acción, ya cuentan con los Presupuestos Generales del Estado como financiación, con la cultura como marco, y la normalidad como protocolo de actuación. Los hombres ya disfrutan de una brecha salarial a su favor, de una mayor ocupación laboral, de mejores puestos en el trabajo y en los espacios de decisión, de mayor tiempo de ocio, concretamente un 34% más cada día, mientras que las mujeres se tienen que dedicar un 96% más a las tareas domésticas, y un 26% más al cuidado de hijos e hijas (CIS, marzo 2014). El último ejemplo lo tenemos en la decisión del Tribunal Constitucional de declarar inconstitucional el cálculo de las pensiones en los puestos de trabajo a tiempo parcial, entre otras razones por existir una discriminación de género en este tipo de actividades laborales que lleva a que el 75% del mismo sea desarrollado por mujeres.

El machismo no da puntadas sin hilo, y cuando recurre al argumento de los beneficios económicos y los “chiringuitos” del feminismo y de quienes trabajan por la Igualdad, además del ataque, lo hace porque perciben que sus beneficios y privilegios se están resintiendo, de ahí su resistencia y ataque. Porque quieren mantener los privilegios de la desigualdad y el “gratis total” que les proporciona el machismo.

La negación de la identidad como identidad (El “hombre invisible”)

Cuando se comienza afirmando con una negación se suele terminar negando con afirmaciones que no son verdad, es la única manera de encajar la incongruencia de quien busca algo sin mirar a los ojos de la gente ni a la realidad social.

La masculinidad define que “ser hombre es no ser mujer”, y, claro, con ese principio no se puede ir muy lejos sin tropezar en las propias incongruencias de quienes niegan la evidencia con falsas afirmaciones que presentan a las mujeres como inferiores, incapaces, menos inteligentes, más perversas… para así situarse ellos en una posición superior y justificar los privilegios que disfrutan, no como una injusticia, sino como algo consecuente a unas diferencias que inventan y amplían hasta convertirlas en desigualdad social.

Lo que sorprende es que cuando se está dispuesto a elaborar toda una cultura desde esa visión masculina para organizar la sociedad y la convivencia dentro de ella, y cuando después se crean estructuras, partidos, instituciones… para defender su creación, al final se niegue esa posición ideológica y vital que da sentido a toda esa construcción que se aplica a diario y se reivindica cada día.

Es lo que ocurre con el machismo, que defiende toda su elaboración cultural y las identidades de hombres y mujeres definidas sobre ella (siempre con la condición masculina como referencia y pivote para todas las demás), pero luego sus protagonistas niegan ser machistas, incluso se muestran ofendidos cuando se dice que ese planteamiento que defienden y aplican es machismo. Ocurre igual, por ejemplo, con la derecha y la ultra-derecha, posiciones que comparten una serie de ideas, valores, creencias, estrategias, prioridades, visiones… dentro de un planteamiento conservador en el que los elementos y las propuestas alcanzan una mayor o menor intensidad, pero siempre dentro de esa posición ideológica de derechas, pero luego la niegan para decir que la derecha no es derecha, sino “centro-derecha”, y la extrema derecha no es extrema derecha, sino simplemente derecha, o sea, “centro-derecha”.

La situación es tan absurda que, además, la negación es múltiple, pues es desde esas posiciones conservadoras desde las que más se crítica la Igualdad y las políticas de género, lo cual conduce a una doble negación que lleva a muchos a no reconocerse como “machistas de derechas”, ni como “ultra-machistas de extrema derecha”, como luego se aprecia de forma nítida en sus planteamientos políticos y en su posicionamiento social. Y para que no parezca que lo son, como cuentan con el poder que les ha dado la historia, son capaces de crear otros espacios de disimulo para esconder sus planteamientos, por eso hablan de “masculinismo” en vez de machismo, o de “igualdad real” en lugar de Igualdad, o, como hemos indicado, de centro-derecha en vez de derecha.

Y como tercer paso de su estrategia, el primero es la “negación” y el segundo el “disimulo”, está el “ataque directo” a las ideas, posiciones y planteamientos que cuestionan su identidad ocultada. Y para ello intentan utilizar el mismo tipo de elementos que se dirigen de forma crítica hacia su posición, pero en sentido contrario. Esa es la razón para que desde el machismo hablen de “hembrismo” o que desde la derecha y la extrema derecha llamen a las posiciones progresistas como “extrema izquierda” o “izquierda radical”. Evidentemente, no se quedan ahí e incorporan otros calificativos a su ataque, como escuchamos a diario cuando hablan de “feminazis” o de “destructores de la patria, la familia, el orden natural”…

Es la estrategia que han impuesto quienes cuentan con espacios de poder: “negación, disimulo y ataque”. Primero niegan que ellos son lo que son, después, ante la evidencia de sus posiciones, ideas, prioridades… disimulan creando nuevos espacios que ayudan a camuflarlas y a confundir para que la normalidad creada sobre sus referencias continúe como tal. Y, finalmente, atacan de forma directa a las posiciones contrarias utilizando, paradójicamente, los argumentos críticos frente a las suyas pero en sentido contrario y agresivo.

Y todo ello sin reconocerse como machistas ni como de derechas o de extrema derecha. Si tan convencidos están de sus ideas y valores, ¿por qué no los reivindican con claridad y desde esas posiciones que tanta importancia tienen, según ellos, para el bien de la sociedad? No lo hacen porque saben que son posiciones injustas de poder desde las que se beneficia a una parte de la sociedad a costa de la otra, por eso entienden que las críticas cambiadas de signo son válidas como insulto y como ataque, porque su propia posición levantada sobre la desigualdad insulta y ataca a la convivencia y a la democracia. El ejemplo es claro, si no entendieran que “machismo” es una crítica basada en la realidad social, no intentarían utilizar “hembrismo” como ataque.

Es parte de la realidad-ficción que vivimos, mucho más sorprendente que la ciencia-ficción de las películas y novelas, pues en esta sociedad no hace falta desaparecer para ser “hombre invisible”. ¿Qué mayor negación de la realidad que esa?: lo que se ve es mentira, y lo que no se ve también.

 

Mentiras de verdad

La mentira, además de no corresponderse con la realidad, implica la conciencia de que dicha afirmación no es cierta, pues de lo contrario se trataría de un error o de una simple incorrección. La mentira, por tanto, exige intención, y la intención se mueve por la voluntad de alcanzar algún objetivo, bien para obtener un beneficio a través de la falacia empleada, o bien para hacer un daño a alguien.

Cuando la sabiduría popular dijo aquello de que “la mentira tiene las piernas muy cortas”o que “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”, tomaba como referencia una sociedad en la que la palabra tenía un valor superior, y quienes eran responsables de gestionarla se sabían con el compromiso social de evitar que fuera tomado en vano. Esta situación facilitaba que, más antes que después, en un escenario de verdades la mentira fuera descubierta y el mentiroso señalado.

Utilizar la mentira con frecuencia y sin consecuencias es propio de quien ocupa posiciones de poder, pues de lo contrario esas “extremidades inferiores tan cortas” o la “cojera padecida” les impedirían avanzar por un terreno lleno de los obstáculos y dificultades que forman cada una de las verdades que intentan sortear.

La defensa de las ideas y valores tradicionales se basa en lo que los hombres han considerado a lo largo de la historia que eran los valores y las ideas que debían ser defendidos, pues han sido ellos quienes han ocupado las posiciones de poder para decidirlo e imponerlo. El machismo es eso, la construcción de una cultura, es decir, del conocimiento y las referencias que conlleva para definir las identidades, los roles y funciones de cada persona, y los tiempos y espacios que deben ocupar en la sociedad dependiendo de su condición, y de ese modo, establecer el tipo de relaciones que han de mantener esas personas según esa “normalidad”.

Las posiciones conservadoras y tradicionales defienden los elementos que desde esa construcción androcéntrica se han considerado adecuados para la convivencia, y así la han recogido en el Derecho, en la educación, en los temas laborales, en la política, en la salud… que a lo largo de toda la historia han quedado impregnados de esos valores y de esa forma de entender la realidad. Nada diferente a lo que hemos visto también a lo largo de esta campaña electoral en los temas relacionados con la Igualdad y las mujeres, especialmente en cuestiones como la violencia de género y el aborto, pero también en muchas otras derivadas. Y el problema no está sólo en las propuestas y decisiones particulares que se adopten en un momento determinado, sino en la concepción global de la que parten.

Y para poder mantener su construcción androcéntrica cediendo lo justo para que no se desestabilice, necesitan imponer sus ideas y valores a través de los instrumentos que la posición de poder ocupada a lo largo de toda la historia les ha permitido. Antes era la propia determinación de la realidad para que las cosas fueran como tenían que ser, tanto en su resultado como en el significado que se le daba. Así por ejemplo, a la violencia contra las mujeres se le ha dado un sentido de “normalidad”, como algo propio que puede pasar en las relaciones de pareja, y de hecho se la ha invisibilizado en mitad de la violencia doméstica y familiar para que no se pudieran conocer sus características específicas. Y cuando la situación es tan grave que se produce el homicidio de la mujer, entonces se dice que el hombre estaba bajo los efectos del alcohol, de alguna sustancia tóxica, con algún problema mental, o que es extranjero.

Pero ahora la situación ha cambiado gracias a la crítica que ha hecho el feminismo y al conocimiento social que ha surgido de la misma, de manera que se han visto obligados a cambiar de estrategia para continuar igual. Y si antes su táctica estaba en imponer una “única verdad”, es decir, hacer de sus posiciones y con todos sus instrumentos la única verdad, ahora se trata de utilizar los mismos instrumentos para llevar a cabo justo lo contrario, pero con el mismo objetivo.

Ahora se trata de conseguir que no haya bases sólidas para que la sociedad no pueda posicionarse sobre ellas, y de esa manera facilitar que lo que ya existe como referencia, que son sus ideas, valores, creencias, tradiciones… continúen como elementos comunes para toda la sociedad. Por lo tanto, ahora no se trata de que haya una sola verdad, sino de que todo sea mentira para que los elementos que caracterizan la realidad no puedan ser identificados como tales, y se evite el posicionamiento crítico de la sociedad frente a ese problema.

Sin duda el ejemplo más paradigmático, y no por casualidad, es la estrategia y actitud que mantienen ante la realidad de la violencia de género con sus 60 homicidios de media al año, los 600.000 casos de maltrato identificados por las Macroencuestas, los más de 800.000 niños y niñas viviendo en los hogares donde se lleva a cabo, y las agresiones y homicidios que también sufren por parte de sus padres violentos. A pesar de la objetividad y las evidencias diarias de su realidad, desde el machismo lo único que contemplan son las “denuncias falsas” y logran hacer creer que toda denuncia que no termina en condena es falsa en su origen, cuando la propia Fiscalía General del Estado recoge en sus memorias que representan menos del 1%. La capacidad de jugar con el machismo hecho cultura para hacer de la normalidad razón y justificación, y el peso que le da la autoridad “autoconcedida” a sus palabras, permite que a pesar de esa objetividad y de que el 75% de la violencia de género no se denuncia, se siga creando confusión con ese argumento.

Pero como también perciben que a pesar  de las “denuncias falsas” ya no consiguen los mismos objetivos ni la misma pasividad que antes, ahora incorporan nuevas mentiras para generar más confusión y para armar el argumento de que “todas las violencias son iguales”, de manera que no nos detengamos ante las circunstancias específicas de la violencia de género que revelan la construcción machista que da lugar a ella y a los privilegios masculinos que ven amenazados. Y entre esas nuevas mentiras de diseño están la “lista de hombres asesinados”, la “lista de mujeres asesinas”,y la “lista de niños asesinados por sus madres”. Son listas que se repiten y multiplican el mensaje que muestra a las mujeres como asesinas de hombres y niños, bien de forma separada o mezclando víctimas en la misma lista, pero lo sorprendente es que son falsas y que la falsedad se puede ver en las noticias que anexan como justificación de los casos que presentan. Su manipulación es tan burda que muchas de los casos que recogen como homicidios llevados a cabo por mujeres en verdad se trata de lesiones sin resultado de muerte, o han sido otras personas las que han cometido el homicidio, o ni siquiera se conocen las circunstancias de la muerte.  Es tan grosera su estrategia que llevan a cabo que la propia noticia donde hacen referencia a la lista de mujeres asesinas la titulan como “79 víctimas de asesinatos y homicidios cometidos por mujeres en España en sus distintas formas. Año 2018”, y después recogen en el mismo texto, “40 mortales (31 dolosos, 7 culposos y 2 pendientes de clasificación), y 39 intentos frustrados”. Todo ello sin sentencia, sólo con lo que ellos consideran a partir de unas noticias en las que en algunos casos se puede leer que las mujeres a las que ya consideran asesinas es muy posible que no hayan participado.

Al final consiguen el objetivo de que en las redes y en muchos espacios se hable de las “79 víctimas”y que aumente el odio contra las mujeres, para lo cual, además, se incide en argumentos como que “los hombres han perdido la presunción de inocencia”y que “son detenidos sólo con la palabra de la mujer”, aunque esas afirmaciones sean incompatibles con la realidad que muestra que el 80% de los hombres no son condenados tras la denuncia, y con la profesionalidad de la Policía y Guardia Civil que detienen cuando las circunstancias lo requieren. Lo terrible es que, además, haya partidos de ultraderecha que utilicen estos datos para justificar sus políticas y propuestas, puede parecer extraño, pero lo triste es que todo resulta muy coherente.

Son las mentiras de verdad que se lanzan desde el poder para defender este machismo hecho cultura y todo lo que conlleva, desde la idea de orden social hasta los privilegios individuales para sus guardianes y defensores.

Hombres “protagoristas”

El machismo lo tiene claro: el hombre es la referencia y lo masculino la razón. En eso son “protagorístas”, no sólo protagonistas de la vida en sociedad con su poder y sus privilegios, sino que se sitúan a sí mismos en el centro de la realidad, de ahí que cuando se ha cuestionado esa construcción han sacado su vis “protagorísta” para volver a reivindicarse.

Protágoras de Abdera fue un filósofo sofista que vivió en el siglo V antes de nuestra era, y conocido, entre otros pensamientos, por su “homo mensura”, la idea que resumía su filosofía de que “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuento que no son”, y claro, con una propuesta tan explícita el machismo no ha dudado en hacerla suya de forma literal. Es lo más parecido a un dios terrenal con su omnipresencia más allá de lo que es, su omnisciencia capaz de conocer lo más íntimo y lo más trascendental, y su capacidad todopoderosa para hacer y deshacer según le convenga en todo momento y lugar.

Desde esa posición ha utilizado su poder para condicionar la realidad de manera que cambiaran las circunstancias y protagonistas, pero no el poder de los hombres ni la referencia de los hombres en el poder. Cuando había un tirano no importaba que llegaran otros hombres y lo derrocaran; cuando era un rey, los hombres que llegaban lo quitaban e incluso podían cambiar el modelo de Estado para instaurar una república donde otros hombres mandaban. Cuando la esclavitud impuesta por hombres protagonizó la historia, llegaron hombres y mujeres para abolirla, pero luego sólo fueron hombres los que dominaron en la nueva sociedad; y cuando tiempo después se instauró el apartheid y el racismo en algunos países, también fueron hombres y mujeres de todos los colores quienes consiguieron abolirlos para que fueran hombres de todos los colores quienes lideraran la nueva época. La estrategia era simple: enfrentar a hombres contra hombres siempre daba vencedor a hombres, la derrota forma parte de su modelo de poder y es un estímulo para que los hombres lo asuman con la violencia que conlleva  como parte esencial del mismo.

Con la Igualdad cambia la situación  y el escenario. Ahora se trata de acabar con esa cultura creada sobre la referencia de los hombres, no se trata de cambiar circunstancias y protagonistas dentro del marco cultural, sino de cambiar la cultura rompiendo con su machismo funcional.

Ante esta nueva realidad, la percepción que tienen los hombres “protagorístas” es de pérdida y ataque, porque ya no serían la medida de todas las cosas.  De manera que han reaccionado con todos sus instrumentos a través de tres vías: premiar a los suyos, castigar a los contrarios e influir en el resto para que sean afines y dóciles a sus propuestas. Por eso su crítica a la Igualdad, su ataque a todas las políticas de género, su miedo al diálogo, y la necesidad de manipular y atacar a quien cuestiona la falacia de una construcción que parte de la idea de superioridad masculina, tan gráficamente expresada recientemente por el eurodiputado Yanusz Korwin-Mikke cuando dijo que las mujeres deben cobrar menos por ser “más débiles y menos inteligentes”.

Esta situación es la que ha llevado, como apuntaba, a que nunca haya habido reparo en adoptar medidas y leyes contra el racismo, la xenofobia, el terrorismo… es cierto que algunas les ha costado mucho, sobre todo las que protegen los derechos de quienes desde el machismo consideran “diferentes e inferiores”, pero las han respetado en su formalidad porque las personas que pueden ser condenadas en caso de delinquir incluyen tanto a hombres como a mujeres.

Lo que no soportan ni aceptan son las medidas para avanzar en Igualdad y para erradicar la violencia de género porque hacen una distinción sobre los hombres debido a que son ellos quienes marcan la diferencia. La violencia de género es una violencia desarrollada por los hombres sobre las mujeres y las niñas al amparo de una cultura machista que la normaliza, la minimiza y la justifica, al tiempo que responsabiliza a las propias mujeres que la sufren. Por eso no es casualidad que a pesar de su presencia histórica y del impacto tan grave que ha tenido en número de mujeres maltratadas, violadas y asesinadas, no haya sido regulada atendiendo a sus características específicas y a sus circunstancias particulares hasta hace unos años.

Y no lo soportan porque la conocida como Ley Integral contra la Violencia de Género  tiene un doble impacto: incide sobre cada uno de los maltratadores, pero también sobre todas las circunstancias que permiten actuar a los hombres que lo decidan desde esa impunidad que da el abrigo de la normalidad, lo cual hace que sólo se denuncie un 25% de toda la violencia de género que existe, y que sólo el 5% de todos los maltratadores sea condenado.

De repente, el hombre que era medida de todas las cosas para repartir culpas entre hombres y mujeres, lo cual le ha permitido caminar por la historia ejerciendo la violencia contra ellas sin apenas consecuencias, ha pasado a ser la referencia exclusiva de la violencia de género, tanto por ejercerla como por crear una cultura que entiende que es “normal”, tal y como reveló el Eurobarómetro de 2010 al mostrar que un 3% de la población de la UE piensa que hay motivos para que los hombres ejerzan la violencia contra las mujeres.

Por eso sus argumentos son tan gráficos y reveladores cuando dicen que la Ley Integral contra la Violencia de Género, al centrarse en los hombres como agresores, es como si se tomara a los musulmanes como terroristas yihadistas o los vascos como terroristas de ETA. Pero se equivocan y desenmascaran porque las leyes contra el terrorismo se centran en quien está alrededor de las posiciones y estrategias terroristas y, por tanto, van contra las personas que forman parte de esos grupos y actúan en su nombre. Cuando esas personas son condenadas lo son por ser terroristas, no por ser musulmanes o vascos. Y la ley contra la violencia de género actúa contra las personas que la ejercen, que son aquellos hombres que de manera voluntaria deciden acudir a ella desde su masculinidad y bajo las referencias de una cultura que la ha normalizado, tanto que según la Macroencuesta de 2015 el 44% de las mujeres que la sufren no la denuncian porque a violencia vivida “no es lo suficientemente grave”,o sea, porque la consideran “normal”, lo cual no es una decisión individual, sino una idea impuesta por la cultura machista. Por o tanto la Ley Integral contra la Violencia de Género  no condena a hombres por ser hombres, sino por ser maltratadores o asesinos.

Si una mujer u otro hombre ejerce una violencia en contextos similares, pero sin el amparo de una cultura que la normaliza, la respuesta de la ley es la misma, pero no por ello forma parte del mismo tipo de violencia y de sus circunstancias, como si un budista o un musulmán al margen de un grupo terrorista ponen una bomba en un lugar público, serían unos asesinos, pero no unos terroristas, porque el terrorismo no está definido por la condición de quien lo lleva a cabo, sino por la ideología criminal que lo sustenta. En cambio, la violencia de género sí se define sobre su autor: aquel hombre que a partir de la cultura machista decide desarrollar una conducta violenta sobre las mujeres, porque es esa condición la referencia que históricamente ha creado la cultura para ejercerla desde la normalidad. Pero la condena es por ser violento, no por ser hombre.

A muchos hombres les cuesta aceptarlo, aunque lo entienden tan bien que no quieren perder el privilegio de acudir a esta violencia para imponer sus criterios dentro de la relación de pareja. Por eso “su lucha” es para derogar la Ley Integral, no para pedir más medios y recursos con las “otras violencias”.

El machismo está nervioso porque su androcentrismo “protagorista” se viene abajo con la Igualdad. Los hombres ya no son la medida de todas las cosas, ni de las que son en cuanto que son, ni de las que no son en cuanto que no son. Los hombres ya no son la única referencia ni medida, son lo que deberían haber sido, una persona más.