No es tampoco

“No es no” y, por tanto, “no es tampoco” mientras no exista consentimiento por parte de una mujer a la hora de mantener una relación sexual. El límite no está en lo que el agresor interprete, sino en lo que la mujer decida, porque de lo que se habla no es de regular las relaciones sexuales, sino de actuar contra “violencia sexual” y la necesidad de adaptar la regulación existente, claramente insuficiente e ineficaz, a la realidad actual.

Es posible que muchos hombres “tengan dificultades” para ver la diferencia entre violencia sexual y relación sexual, pues para ellos sólo cuenta su voluntad, pero una sociedad democrática necesita establecer los límites de manera nítida para evitar las interpretaciones personales y las justificaciones sociales que existen alrededor de estas conductas criminales, las cuales siempre tienden a responsabilizar a las víctimas, como hemos visto durante el juicio y tras la sentencia de “la manada” en diversos foros, redes sociales, y hasta por parte de un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela.

Por eso sorprende la reacción de grandes juristas al mostrar su desconcierto ante la propuesta de reducir el margen de interpretación de los hechos en los casos de violencia sexual, sobre todo si se tiene en cuenta que dicha valoración se hace desde una subjetividad impuesta por una cultura machista llena de mitos y estereotipos que minimizan el significado, gravedad y consecuencias de la violencia sexual. En lugar de desconcierto podrían unirse a la necesidad de avanzar en ese sentido para evitar que unos hechos  como los que se dieron por probados en la sentencia de “la manada” sean considerados como “abusos sexuales”, o que drogar a una mujer para luego mantener relaciones sexuales con ella también se considere como algo menor y, por tanto, como “abuso”, y no como agresión sexual.

Y resulta sorprendente ese revuelo generado  sobre la necesidad de conseguir el consentimiento y evitar que “la duda beneficie al agresor”, cuando en otros ámbitos sí se vela para que conste el consentimiento, e incluso que se haga por escrito. Un ejemplo lo tenemos en la sanidad.

Un paciente tiene un problema de salud que requiere una intervención quirúrgica, se le  informa en ese sentido y se le comunica que tiene que operarse. El paciente acepta el tratamiento, pasa una serie de revisiones, acude la fecha prevista a realizarse las pruebas del preoperatorio, y el día fijado se presenta en el hospital en ayunas, tal y como se le pidió, para someterse a la operación. El enfermo es trasladado a planta, se le da una habitación, allí se cambia y se viste con una pequeña bata para facilitar la exposición del campo quirúrgico, y poco después es trasladado en una camilla al quirófano. Al llegar saluda al equipo médico-sanitario y tras un breve intercambio de comentarios sobre la actualidad del día y su estado de salud, es anestesiado para iniciar la intervención.

Todo el proceso está lleno de decisiones voluntarias y conscientes que confirman la voluntad y el “pacto consentido” entre el equipo médico y el paciente para someterse a la operación, pero si no consta el consentimiento por escrito, desde el punto de vista jurídico el acto no es válido y el equipo médico incurre en un delito. No bastan las suposiciones ni las deducciones a pesar de que todo va en beneficio del paciente, el consentimiento ha de ser objetivo.

Salvando todas las distancias, y sin que la propuesta sobre la nueva regulación de la violencia sexual exija un consentimiento por escrito ni nada parecido, como pronto han comentado algunas voces para ridiculizar el planteamiento y desviar la atención sobre el problema de fondo, lo único que se plantea es evitar que sea el agresor quien decida “cuál es la voluntad de la víctima”, pues lo curioso, y lo terrible, de todo este debate es que se sustenta sobre dos ideas básicas:

  1. La primera es que las mujeres denuncian falsamente a los hombres en violencia de género, bien sea dentro de la relación de pareja o como parte de las relaciones sexuales.
  2. La segunda, que  los hombres siempre mantienen un buen criterio y que sus decisiones son racionales y coherentes con la situación que viven.

Nadie pone en duda la decisión del hombre a pesar de que el 99% de las violaciones son cometidas por hombres (US Bureau of Justice Statistics, 1999), y en cambio sí se duda de la intención que puedan tener las mujeres y se habla de denuncias falsas, aunque en realidad sólo se denuncia un 15-20% de los casos (Walby y Allen, 2004)

La respuesta que tenemos ahora es inadecuada, y entre otras cosas se demuestra en la desconfianza de las mujeres en el sistema reflejada en ese bajo número de denuncias, y en lo “confiados” que se muestran los agresores con ese mismo sistema cuando se comprueba que sólo se condena al 1% (British Crime Report, 2008), y cuando vemos cómo las violaciones en grupo han aumentado a raíz del caso de “la manada”, incluso con un grupo autodenominándose “la nueva manada”.

La OMS define la violencia como “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”. Por lo tanto, la violencia sexual también es el resultado del uso del poder para llevar a cabo la conducta, no sólo el empleo de la fuerza física y la intimidación explícita. Entender que la violencia va más allá del uso de la fuerza física es algo que no se duda en otros contextos, como el juez Llarena ha hecho para justificar el delito de rebelión al recoger que hubo “demostración de fuerza y disposición a usarla”.

Cuando interesa todo está muy claro. Por lo tanto “no es no” y, en consecuencia, “no es tampoco” mientras no sea sí.

Así de fácil, así de sencillo… No creo que los hombres, tan listos y racionales como para pedir en el Europarlamento por boca del eurodiputado polaco, Janusz Korwin Mikke, cobrar más que las mujeres por su mayor inteligencia, tengan dificultad para entenderlo.

 

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Mariposas y asesinos

Tres mujeres han sido asesinadas en 48 horas por sus parejas o exparejas (Madrid, Asturias y Lepe), en junio también hubo otros tres hombres que asesinaron a sus parejas o exparejas en Granada, Pontevedra y Barcelona en menos de dos días, como ha sucedido tantas otras veces. La violación en grupo de “la manada” ha dado lugar a la aparición de otras violaciones grupales con características similares: hombres jóvenes que agreden sexualmente, ambiente de ocio, mujer sola dentro del grupo, alcohol u otros tóxicos en el argumento… incluso uno de estos grupos se ha autodenominado “la nueva manada”… Las evidencias sobre la utilización de otros casos previos de violencia machista como argumento, referencia o refuerzo para llevar a cabo nuevas agresiones, no sólo es algo que se puede intuir, sino que diferentes estudios lo han demostrado, entre ellos el que se hizo desde la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género con la Universidad de Granada en 2011, demostrando que existe una asociación entre homicidios cercanos “no explicable por azar”, resultado que indica que los agresores utilizan los casos previos como elemento para avanzar en su conducta criminal. Los propios asesinos y mujeres sobrevivientes han descrito esta situación, y comentan cómo vivían bajo la amenaza de los agresores que aprovechaban las noticias para decirles, “¿ves lo que le ha pasado a esa mujer?, pues cualquier día de estos te va a pasar a ti lo mismo”…

Pero además de todas esas evidencias, dicha actitud basada en la toma de referencias  a partir de situaciones o conductas similares a la que una persona quiere hacer, es algo humano. Si los asesinos, violadores y maltratadores no utilizaran otros casos para reforzarse en sus intenciones deberíamos preguntarnos qué tienen de “excepcionales”  para no hacer lo que otras personas hacen a diario en otros contextos. Y si algo caracteriza a la violencia de género es su normalidad dentro de la cultura machista, no su excepcionalidad.

Sin embargo, siendo un tema que debe ayudar a la prevención y a la protección, genera cierto desasosiego y confusión bajo la idea de que hablar de esa reproducción de la violencia y asesinatos tras uno previo es como una forma de restarle responsabilidad a quien lo lleva a cabo, cuando su significado es todo lo contrario. Un hombre que mata, viola o maltrata a partir de lo que otro ha hecho demuestra su conciencia, voluntad y capacidad para elaborar su agresión a partir de la integración de  hechos anteriores de una misma realidad, así como su afirmación en la conducta al reproducirla bajo sus circunstancias particulares.

Plantear la influencia de esa experiencia no quiere decir que la violencia surge de la nada en alguien que no tenía pensado actuar de ese modo, como alguna gente ha llegado a decir para restar trascendencia a esta influencia criminal, siempre influye en quien previamente tiene pensado y decidido actuar de manera similar. Algunos de los elementos que la caracterizan son:

  • El agresor que actúa tras un caso similar ya tiene decidido hacerlo y se encuentra e un momento cercano a materializarlo, por lo que el caso previo le sirve como refuerzo y como facilitador del paso a la acción. La conducta criminal no aparece “ex novo”y lo más probable es que también se lleve a cabo al margen del caso previo, pero al conocerlo el proceso se acelera e impide que actúen factores protectores.
  • Por lo tanto, no surge de la nada, sino de la construcción violenta que el agresor ha elaborado con anterioridad.
  • En ningún caso es un “efecto imitación”, actúa más como “efecto paso a la acción”.
  • La referencia de un caso previo influye “un poco en algunos casos”, no actúa en todos y en los que lo hace sólo incide parcialmente.
  • Su impacto es mayor en “crímenes morales” como la violencia de género, que se llevan a cabo en nombre de los valores, ideas, posiciones… que se consideran propias de los hombres según las referencias culturales, y con ellos, además del daño sobre las mujeres, sus autores buscan el reconocimiento por parte de otros hombres, por eso se entregan voluntariamente en más del 75% de los casos.
  • El efecto tiene más de “imantación” que de imitación, es decir, de “pegar y unir” a los hombres en aquello que los identifica como “más hombres”, y en una cultura machista hay muchos hombres que creen que la violencia de género, en cualquiera de sus manifestaciones, es la respuesta adecuada a la conducta “inaceptable” o “provocadora” que antes han realizado las mujeres.

Y del mismo modo que había confusión sobre el significado de la toma de conciencia y refuerzo en homicidios previos, también hubo confusión respecto al papel de los medios de comunicación, como si poner de manifiesto  esta realidad significara responsabilizar a los medios o pedir que no se informe, cuando el mensaje es el opuesto. Hay que informar siempre y mucho, pero con una visión crítica sobre el agresor y el machismo común a cada uno de los casos, pues mientras que no se desmonte la referencia cultural que permite a los asesinos y violadores revestirse de masculinidad, hombría y virilidad para actuar, y luego encontrar comprensión y justificación en la sociedad, como hemos visto en el caso de “la manada”, y como se comprueba en las redes sociales cuando minimizan y justifican los homicidios de mujeres bajo los argumentos más diversos y peregrinos, pero al fin y al cabo justificándolos, los femicidios y las violaciones continuarán. Por eso, ante una caso es importante titular “un hombre mata…”, en lugar de “una mujer muere a manos de…”y utilizar la palabra “asesinato” para hablar de un homicidio grave, y no quedarse en la excusa  de que se trata de un término jurídico, ¿si no llamamos asesinato a un homicidio grave, cómo lo llamamos?

Aunque nos parezca extraño, incluso una barbaridad, hay hombres que bajo sus motivaciones y justificaciones se sienten más hombres al utilizar la violencia contra las mujeres; y aunque nos parezca una barbaridad, incluso extraño, hay muchos hombres que los ven como “más hombres” cuando lo hacen, y no dudan en abrazar sus argumentos que refuerzan los mitos que presentan a las mujeres como malas y perversas, y a ellos como “pobres hombres” obligados a responder de esa forma.

Sorprende que ante el doble aviso que supone cada uno de los homicidios, un aviso sobre la continuidad de la violencia de género y el machismo que la hace posible, y un aviso sobre el siguiente caso que se va a producir, no se haga nada, y que en cambio haya mecanismos y alertas de todo tipo para prever los efectos negativos de unas finanzas y de una economía que se constipa cada vez que una mariposa mueve sus alas en oriente. La conciencia y consecuencia en el campo económico sobre la influencia de las situaciones previas sorprende con la inconsciencia e inconsecuencia en la violencia de género, pero no es un error, sólo es el reflejo del posicionamiento social ante lo que se considera grave e importante. Y la realidad nos dice que para una cultura machista la vida de las mujeres no es tan importante como para actuar sobre cada uno de los elementos que pueden conducir a su destrucción.

También hay que aplicar la perspectiva de género en estas situaciones para entender que el resultado final es la suma de una serie de factores, no la consecuencia de uno solo.

 

El machismo juez y parte

Quizás recuerden la anécdota que se contaba hace años de un maestro que ensañaba a leer a una clase de niños y niñas en un pueblo perdido de la sierra. Para ello escribía en la pizarra con letras grandes la sílaba “MO” y les pedía que la repitieran en voz alta, a lo que toda la clase decía al unísono “¡MO!”. Después escribía la otra sílaba de la palabra, también en letras mayúsculas, “TO”, y del mismo modo les decía que la dijeran en alto, a lo que el grupo respondía, “¡TO!”. El maestro, contento del resultado escribía entonces la palabra completa en la pizarra, “MOTO”, e indicaba al grupo que ahora debían leerlo todo junto; la clase, atenta a la pizarra, decía entonces en voz alta “¡A-MO-TO!”.

Y eso es lo que pasa cuando la idea que se tiene sobre el significado de la realidad es mucho más fuerte que los propios hechos que la definen.

El machismo es cultura, y como tal tiene dos grandes formas de condicionar la realidad, por un lado es capaz de determinar todo lo que sucede para hacer que las cosas sean “como tienen que ser” a partir de las ideas, valores, principios, costumbres… que define como normales; y por otro, da significado a todos los acontecimientos, especialmente cuando se alejan de lo que previamente ha determinado. De esa forma todo encaja, lo que es como tiene que ser porque lo es, y lo que se aparta de lo esperado porque se considera ajeno a la normalidad, y se presenta como producto de circunstancias excepcionales o patológicas. Lo vemos habitualmente en violencia de género. Cuando las lesiones no son graves se entiende como algo “normal” en las relaciones de pareja, y cuando es tan grave que termina por asesinar a la mujer, entonces se dice que es un problema debido al alcohol, las drogas o los trastornos mentales. Al final lo que sucede es que en ningún caso se cuestiona la realidad que da lugar a que esa violencia maltrate cada año a 600.000 mujeres, a más de 800.000 niños y niñas, y termine por asesinar a una media de 60 mujeres.

Con la violencia sexual sucede lo mismo, es una realidad que sufre el 11% de las mujeres de la UE (FRA, 20124), situación que lleva a que todos los años se interpongan miles de denuncias, aunque sólo representan un 15-20% del total y las condenas son mínimas, no muy distinto a lo que sucede con la violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja. Pero en lugar de abordar esta situación para corregir los problemas que dan lugar a sus consecuencias, se vuelve a recurrir al “manual” impuesto por la cultura machista para echar mano de los estereotipos y mitos, y se piensa que son denuncias falsas, que la mujer provoca, que dice no cuando en realidad significa sí, que no opuso resistencia, que el hombre no sabía que era no…

La educación con perspectiva de género abre la mirada para ver la realidad en sus tres dimensiones: la de los acontecimientos, la del significado y la de las justificaciones. El machismo es el tuerto en el reino de la ceguera, no porque la gente no pueda ver, sino porque ha ocultado esa realidad y la ha presentado plana y sin perspectiva para que tropecemos con ella una y otra vez. Es un problema de cultura, y por ello afecta a quien juzga, a quien cura, a quien hace leyes, a quien gobierna, a quien vende en un supermercado o a quien trabaja en la construcción… Por eso se trata de un problema social, como eran los mitos que  impedían a las mujeres realizar determinadas tareas y actividades cuando tenían la regla por las graves consecuencias que podían acarrear para su salud o la tarea, o lo mismo que ocurría cuando los valores de la sociedad presentaban la homosexualidad como un vicio y una desviación y la Medicina tomaba el testigo para decir que se trataba de una enfermedad… Todo lo impregnado por el machismo es más un problema de conciencia que de conocimiento técnico, aunque la primera debe llevar al segundo para evitar la subjetividad y romper con la voluntad de quienes quieren permanecer en sus posiciones de privilegio dadas por la desigualdad.

Dejar que todo siga tal y como está ahora es posicionarse a favor de las referencias y el significado que el machismo ha establecido para definir la realidad, y permitir que sean sus mitos, estereotipos, ideas, valores… los que juzguen los hechos desde su perspectiva. No hay neutralidad, no modificar estos elementos es hacer del machismo “juez y parte”, pues será la interpretación dada por sus referencias las que se utilicen para definir la realidad, tanto a la hora de probar los hechos como en el momento de otorgar trascendencia y gravedad a lo sucedido, tal y como se observa en la sentencia de “la manada”.

Pero no es sólo un problema de esta sentencia, lo venimos viendo todos estos años atrás cuando, por ejemplo, entre un 20-30% de las mujeres asesinadas por violencia de género lo son tras denunciar, cuando algunas de ellas son asesinadas sin haber adoptado los instrumentos existentes para protegerlas, cuando todavía se duda de su palabra… o cuando se vuelve a presentar, como se ha conocido estos días, que el estado de shock de una menor no es razón para entender una posible intimidación en el agresor sexual que mantuvo relaciones con ella, y se le condena por abuso, no por violación.

Los responsables políticos de la Administración de Justicia, el CGPJ, la FGE y demás operadores jurídicos deben entender que la sociedad ha cambiado gracias al feminismo y al movimiento de mujeres, y que ese cambio ha introducido la Igualdad en las calles y en las conciencias para hacer la convivencia más justa. La consecuencia es directa: si la sociedad es más justa la Justicia no puede ser más injusta.

Si yo fuera juez exigiría formación en género, no trataría de enrocarme en mis circunstancias, pues la independencia no significa conocimiento, ni la separación de poderes debe traducirse en distancia a la realidad.

 

Si los hombres se paran, el machismo se para…

Si los hombres se paran el machismo se para, de eso no hay duda… pero los hombres no se van a parar.

La huelga feminista del 8M/18 no sólo ha parado al mundo, sino que además ha detenido la historia. Una historia donde los hombres han empujado al tiempo para que siga adelante bajo sus dictados y zarandeos, daban igual las consecuencias que producía su injusticia social y el daño que padecían las mujeres, lo importante era mañana, porque ese mañana ha sido exactamente igual a cada hoy desde el principio de la historia.

El futuro siempre ha actuado como una de las principales trampas del machismo, “dejar que el tiempo pase sin que nada más pase”. Dejar los días vacíos de acciones para que sólo contaran sus horas y sus minutos, y que el porvenir sólo fuera un momento posterior del mismo escenario y bajo los mismos argumentos. Un “futuro de cumpleaños” que no ha cumplido con el compromiso social de la Igualdad.

El futuro no es ese paso vacío del tiempo, sino una nueva realidad surgida de la transformación del presente, y cuando la historia es machismo y desigualdad, el futuro sólo puede ser la Igualdad. Por eso las posiciones conservadoras temen tanto a la Igualdad, no lo han hecho a la Libertad, ni a la Justicia, ni a la Dignidad, aunque siempre intentan controlarlas y limitarlas, pero la Igualdad supone una desestructuración de su modelo jerárquico de poder y privilegios. Por eso los hombres no se paran.

Y por esa misma razón la Huelga Feminista del 8M/18, además de mostrar las múltiples consecuencias de la desigualdad en cualquiera de los ámbitos de la sociedad, lo que ha puesto de manifiesto es que nada de eso es casualidad ni un error, tampoco una deriva del tiempo, sino una construcción de los hombres para obtener beneficios a través de la imposición de lo que ellos han considerado adecuado para organizar la convivencia y  las relaciones en los distintos contextos de la sociedad. De ese modo, las referencias masculinas son tomadas como universales, es decir, válidas para toda la sociedad, sin contar con lo que las mujeres han considerado importante y necesario para la convivir en ese espacio común de la sociedad.

La situación tiene un doble significado. Lo primero, que se trata de una construcción interesada, no un accidente ni un producto del azar, aquí nadie echó una moneda al aire y salió desigualdad, como podría haber salido igualdad. Y lo segundo, que hablamos de una construcción de poder, es decir, que la adopción de las referencias masculinas como universales no fue para darle a la realidad un decorado más viril, sino para otorgar a los hombres una serie de privilegios sobre la ausencia o limitación de derechos en las mujeres.

El machismo es perfectamente consciente de su injusticia y de las consecuencias dramáticas que ocasiona, por ello dispone de toda una serie de estrategias para justificarlas de manera que puedan ser integradas como parte de determinados contextos o circunstancias, y evitar que sean identificadas como un problema estructural. Por ello juega con los mitos, los estereotipos, los prejuicios, la costumbre… para que todo sea compatible dentro de “su normalidad”. Y así lo ha hecho a lo largo de la historia, ha cedido espacio y cambiado en las formas para no renunciar nunca al poder de su construcción cultural, y ahora no va a ser diferente.

El 8M/18 ha permitido que una gran parte de la sociedad tome conciencia de lo que hay detrás de las múltiples manifestaciones de la desigualdad, de eso no hay duda, pero también ha posibilitado que el machismo tome conciencia a su vez de toda esa movilización crítica y de lo que significa. Y este “darse cuenta” de la realidad implica que van a pasar a la acción para tratar de mantener su espacio de poder en las nuevas circunstancias. Una vez más, como han hecho siempre, cederán en algo con tal de conservar la estructura de poder que les genera los privilegios y beneficios.

El machismo no es un problema de falta de conciencia, sino de falta de voluntad para erradicarlo. Ya hemos dicho que desde su posición son plenamente conscientes del daño que ocasiona su injusticia social. La desigualdad no se debe a que se desconozcan sus causas y muchos de sus resultados, sino a todo lo contrario, a la falta de voluntad para adoptar medidas que corrijan la injusticia social que supone el machismo a pesar de todo el daño y dolor que ocasiona. ¿Es que no se sabe que en España asesinan de media a 60 mujeres por violencia de género cada año?, ¿es que no se conoce que las mujeres tienen mayor dificultad de conseguir un trabajo, que cuando lo logran es más precario, y cuando no es tan precario cobran menos que los hombres?…

Y esta situación no va a cambiar de repente porque la crítica se haya organizado para adquirir una dimensión global, y haya ocupado el espacio público por medio de las manifestaciones del 8M/18.

Si los hombres se paran el machismo se para… pero los hombres no se van a parar; al menos de manera voluntaria e inmediata.

El machismo ya está organizando su reacción, como lo ha hecho en otros momentos. De momento, además de un silencio sospechoso, ya surgen las primeras voces dentro de una estrategia montada sobre tres grandes líneas:

  • La primera es unirse al éxito de las manifestaciones y apuntarse el tanto con argumentos que afirman que quieres de verdad han hecho cosas por las mujeres han sido las políticas conservadoras.
  • La segunda busca la típica confusión que utiliza el posmachismo a través de la desnaturalización del significado de lo ocurrido, idea que necesita quitarle sentido a la palabra “feminismo” para apartarla de toda la reacción social. Y para ello siguen dos tácticas, una apropiarse del nombre para decir que son feministas y que feminismo es lo que ellos hacen, reforzando de ese modo la primera línea argumental; y la otra, proponer nuevas medidas para demostrar su compromiso con la Igualdad, que es justo lo que ha hecho el PP al anunciar el día 10M un “plan en favor de la mujer”.
  • La tercera se dirige a destacar la “manipulación” de lo ocurrido y la falsedad de los hechos. Es el argumento clásico basado en la idea de la maldad de las mujeres y en el mito de la “Eva perversa”, que lleva, por ejemplo, a hablar de “denuncias falsas” cuando nos referimos a la violencia de género o la inexistencia de la brecha salarial. Para ello argumentan que se trataba de una manifestación “transversal” donde no había ideología ni críticas a nada ni a nadie, sólo demanda de acciones para abordar “temas que afectan a las mujeres”. Bajo esta línea “el feminismo y las feministas” son presentadas como las manipuladoras por excelencia, capaces de instrumentalizar una respuesta como la vivida desde su “elitismo y su ataque a las propias mujeres”. El argumento se cierra con referencias al “ataque del feminismo” contra los hombres, la familia, la Iglesia, las economía, el orden de Occidente… o cualquier cosa que se les ocurra.

Es la reacción del machismo para defender su poder. De momento estamos en sus fase inicial, pero continuará y debemos prestar toda la atención que requiere la situación para que la conciencia surgida del 8M/18 no se hunda frente a las costas de la Igualdad con los torpedos que ya lanza el machismo.

Nada nuevo, como sabemos, pero otra vez diferente sobre las circunstancias para adaptarse al nuevo tiempo de siempre, sin transformar la desigualdad en Igualdad.

El 016 y los hombres

Los hombres ya llaman al 016, no sé de qué se preocupa el Gobierno, concretamente el 25% de todas las llamadas que se realizan a ese número son llamadas insultantes, amenazantes, obscenas… realizadas fundamentalmente por hombres. Estas “llamadas maliciosas” suponen unas 416.000 en el periodo 2008-2015, según recoge el “IX Informe del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer 2015”.

Unas llamadas maliciosas que, por cierto, han disminuido de manera significativa tras la desaparición del Ministerio de Igualdad y de las políticas dirigidas a erradicar la violencia de género y la desigualdad, no a gestionar la desigualdad existente con sus diferentes manifestaciones. Durante los años del Ministerio de Igualdad (2008-2011), la media anual de estas llamadas insultantes fue de 80.212, y en los cuatro años siguientes de 24.948, es decir se produjo un descenso de 68’9% que demuestra cómo su origen está en el odio hacia esas políticas de Igualdad y lo que representan en cuanto a significado y cuestionamiento del machismo.

Pero hay otro dato muy interesante también sobre el posicionamiento de los hombres ante el 016, y nos lo da el dato sobre el porcentaje de hombres que llama cuando quien realiza la llamada no es la propia víctima. Porque cuando llaman personas del entorno de la mujer que sufre la violencia, el 74’9% son mujeres. Los hombres deben estar muy ocupados realizando llamadas obscenas e insultantes para detenerse un momento y llamar para intentar ayudar a una madre, hija, hermana, amiga o compañera maltratada por otro hombre. El dato es terrible, puesto que refleja el diferente significado que los hombres dan a la violencia de género a partir de las referencias que establece la cultura machista para presentar los casos como factores contextuales en los que la víctima actúa como propiciatoria de la violencia.

La pregunta es sencilla, ¿qué clase de referencias manejan estos hombres para estar tan lejos de la realidad de la desigualdad y su violencia, y tan cerca al silencio ante esta cruel y dramática expresión?. ¿Qué masculinidad u hombría hace que se prefiera callar y dejar que continúe la violencia dirigida contra una madre, una hermana, una hija, una amiga o una compañera?. ¿Es más importante defender a otro hombre, que además es maltratador, que a una mujer que sufre su violencia?.

Todo eso es lo que es capaz de generar el machismo como parte de la normalidad, tan normal la situación que el mismo Gobierno que tiene dificultad para sumar los casos de mujeres asesinadas y deja algunos en investigación, o no incluye dentro de las estadísticas de violencia de género asesinatos como el de Laura del Hoyo, asesinada por Sergio Morate junto a su exnovia Marina Okarynska en Cuenca en agosto de 2015, no tiene dificultad alguna para presentar y unir junto a la violencia de género otro tipo de iniciativas, como las que ahora plantea para el 016.

¿Se imaginan que el teléfono de emergencias 112 incorpore ahora información sobre cuestiones generales que puedan estar en relación con alguna posible emergencia futura, como por ejemplo un servicio de asesoramiento sobre el tipo de neumático más conveniente para los coches a partir del uso que se vaya a hacer de ellos, o sobre el tipo de calzado a la hora de practicar determinados deportes…?

¿Creen ustedes que el Gobierno se atrevería a unificar en el teléfono de la DGT toda la información sobre aeropuertos, trenes y barcos, bajo el argumento de que “todo es tráfico”?…

Es tan absurdo como mezclar cuestiones generales sobre Igualdad que afectan a hombres con la atención e información sobre violencia de género. Pero siendo absurdo no es un error, sino parte de su estrategia.

Porque el Gobierno del PP, según se desprende de sus decisiones, desde que llegó al poder intentó dejar atrás la idea de “violencia de género” para acercarse a la de “violencia doméstica”, y de esa manera ocultar las circunstancias específicas que tiene al violencia dirigida contra las mujeres y la construcción cultural que da lugar a ella. Se vio nada más empezar en la condena que hizo la ministra Ana Mato tras los primeros homicidios cometidos con ella al frente del Ministerio, que habló de “homicidios en el entorno familiar”. Lo tuvo que dejar ante las críticas que se levantaron contra ella, pero rápidamente trabajaron para incluir como víctimas directas de la violencia de género a los niños y niñas, cuando la Ley Integral ya lo contemplaba, pero no en su artículo primero para evitar confundir con el significado de la violencia de género, que se dirige contra las mujeres, aunque también se pueda hacer a través de los hijos e hijas. Y ahora lo han vuelto a intentar al incorporar como usuarios a los hombres en un teléfono dirigido a atender a las mujeres que sufren la violencia machista, pues si logran superar este primer obstáculo, el siguiente paso será incluir a los hombres como víctimas de la “violencia doméstica”, y completar de ese modo la desnaturalización del 016 y de la propia violencia de género, que volvería a ser “doméstica o familiar”.

Y todo ello al más puro estilo posmachista, argumentando que se hace en nombre de la “verdadera Igualdad”, no la que plantea el feminismo que “sólo busca ayudar a las mujeres para enriquecerse con las subvenciones”.

Que se trata de un error es indudable, la única duda que tengo en este momento es si se debe a un desconocimiento profundo sobre lo que es y significa la violencia de género, o si parte de esa estrategia perversa para desnaturalizar la violencia de género y transformarla en “violencia familiar o doméstica”. Aunque ahora que lo pienso, las dos opciones no son incompatibles.

Y todavía hay quien no entiende por qué pedíamos un pacto de Estado contra el machismo, no sólo contra la violencia de género.

 

Una violación no es cuestión de fe

Creer es saber, no profesar; y cuando hablamos de creer en la palabra de alguien es porque entendemos que hay algo de cierto en ella y en su relato que la hace verdad y, por tanto, creíble sobre la certeza, no sobre la suposición. Por lo tanto, su integración como parte de unos hechos debe llevar a encontrar los elementos objetivos que permitan identificar los diferentes elementos de lo ocurrido y sacarlo del terreno subjetivo, así como definir las circunstancias de los sucesos que dieron lugar al relato.

Sin esa condición previa de tomar por cierto el testimonio la investigación será compleja y, con frecuencia, ineficaz, pues ante la más mínima dificultad será la duda o la negación de la palabra quienes tomen las riendas para detenerse en ese punto, en lugar de avanzar hasta el final.

Lo que está sucediendo alrededor del juicio a los integrantes de “La manada” por la violación denunciada, refleja esta situación que trata de potenciar la idea de “creer en lo ocurrido” en lugar de “conocer lo que ocurrió”, puesto que las vías para llegar a uno u otro lado son muy distintas y están llenas de trampas, como ya vemos incluso antes de iniciar el trayecto.

El machismo ha jugado con la “palabra de los hombres” como el gran instrumento capaz de modelar la realidad aun en las condiciones más difíciles. Y para evitar conflictos y disputas interminables con quienes consideran y sitúan en un plano inferior, las mujeres, han completado su construcción con una doble merma en la palabra de ellas: por un lado le restan credibilidad por esa “incapacidad y debilidad intelectiva” que les atribuyen, y por otro, le suman perversidad y maldad para que junto al rechazo de su voz se una la crítica a su intención.

Tres son los elementos principales que forman parte del mensaje sobre los que se construye su aceptación o su rechazo. Por una parte, la persona que lo emite, por otra las circunstancias, y en tercer lugar, el propio relato o mensaje.

Cuando nos enfrentamos a casos de violencia de género en sus distintas expresiones, entre ellas la violencia en las relaciones de pareja y la violencia sexual, las circunstancias juegan en contra de las mujeres que la sufren en sus tres componentes:

. En primer lugar, porque la voz del hombre cuenta con la autoridad que se han dado a sí mismos a través de la cultura del machismo. La “palabra de hombre” ha sustentado tratos y acuerdos a lo largo de la historia y es presentada con solvencia y solidez, mientras que la de las mujeres se toma como falaz y egoísta. Da igual que la mayoría de las grandes traiciones, conspiraciones, corrupciones, estafas o felonías hayan surgido de la voz de los hombres para buscar su propio interés, al final las mujeres no tienen palabra y ellos las tienen todas, de la A a la Z.

. En segundo lugar, las circunstancias que envuelven el relato de la violencia de género ya hacen aumentar el nivel de duda bajo el mito de la perversidad de las mujeres, el cual lleva a entender que este tipo de denuncias y el relato que las acompaña están cargadas de mentira y maldad con el objeto de dañar al hombre con el que comparten una relación, o al que encuentran en la calle en una noche de fiesta, y sin son cinco, pues con más motivo, puesto que “con una sola denuncia puede causar ese daño a varios hombres a la vez”. El planteamiento puede parecer exagerado, pero es lo que vemos a diario bajo el argumento de las denuncias falsas.

. Y en tercer lugar, los propios hechos (la violencia de género), también se vuelve en su contra, puesto que las circunstancias en que se produce, generalmente en el ámbito privado del hogar o en lugares oscuros y solitarios sin testigos que puedan aportar referencias objetivas, unido a la importante carga emocional con la que se viven esas agresiones y al trauma que originan, hace que se produzca una dificultad a la hora de fijar los recuerdos y de ordenar lo sucedido. Estas características se reflejan en la propia declaración y son una evidencia de la violencia y del trauma ocasionado, pero en lugar de entenderse de ese modo, se interpreta en sentido contrario para decir que es “inconsistente” y que “se lo inventa sobre la marcha”.

La estrategia es perfecta y lo vemos estos días. La simple denuncia ya es interpretada por una parte de la sociedad como un acto de mala fe, de hecho, el 0’9% de la población considera que forzar una relación sexual es aceptable en algunas ocasiones, y el 7’9% piensa que no es aceptable, pero que no siempre debe sancionarse a través de la ley (CIS, noviembre 2012). Y a partir de ahí, cada paso es interpretado sobre el significado que se da desde la construcción cultural que presenta a las mujeres como malvadas y mentirosas, y a los hombres “con palabra” y víctimas potenciales de las mujeres.

Si no fuera así resultaría imposible el cuestionamiento sistemático de la palabra de las mujeres y la afirmación habitual sobre la mala fe de su comportamiento. Y sería imposible que dicho razonamiento se llevara a juicio, incluso con informes que “dicen demostrarlo”.

Demostrar la violencia de género y las agresiones sexuales no es una cuestión de fe, sino de prueba, y para ello la investigación debe partir de los elementos aportados, entre ellos, y como referencia principal en un delito que se produce en la intimidad o en lugares solitarios, el testimonio de quien sufre esa violencia. Sorprende que se dude de la palabra de una mujer cuando denuncia, que procesalmente no puede mentir, y que no se dude de los denunciados cuando lo niegan cuando ellos “sí pueden mentir” dentro del proceso.

Ante una violación no es cuestión de creer o no creer, sino de trabajar e investigar sin cuestionar la palabra de las mujeres ni criticarlas a ellas..

 

Rebelión, violencia y género

El auto del magistrado del Tribunal Supremo, Pablo Llanera, ha sido claro al mantener la acusación de rebelión contra Carme Forcadell y los miembros de la mesa del Parlamento de Cataluña. Entiende que hay rebelión porque hay violencia, y que hay violencia porque se hizo “ostentación de la fuerza y disposición a usarla”.

La pregunta es sencilla, ¿por qué no se aplica ese criterio en violencia de género en lugar de admitirla, prácticamente, sólo cuando hay lesiones físicas?

En violencia de género el maltratador ocupa la casa y la vida de las mujeres por medio de la ostentación de la fuerza, por su “disposición a usarla” a través de advertencias y amenazas, y por emplearla directamente en las agresiones físicas, psíquicas y sexuales que llevan a cabo. Sin embargo, los juzgados niegan o minimizan con demasiada frecuencia esa violencia, a pesar de las múltiples referencias que habitualmente existen sobre el control violento y amenazante que desarrolla el agresor, y para admitirla se centran, fundamentalmente, en la existencia de lesiones físicas, pues ni siquiera las alteraciones psicológicas ni su impacto en la salud de las mujeres se admiten con facilidad como demostración de la violencia sufrida a lo largo de la relación.

Estas circunstancias, en parte, son las que llevan a que el porcentaje de condenas en las Audiencias Provinciales sea del 81%, en los Juzgados de Violencia sobre la Mujer del 82%, mientras que en los Juzgados de lo Penal sólo sea del 54% (CGPJ, 2016). Una situación que refleja que cuando hay lesiones graves, que son los casos que llegan a las Audiencias, la violencia se demuestra con facilidad, igual que sucede en los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, donde las lesiones son más leves, pero se denuncian de inmediato y el juicio se celebra en un tiempo muy cercano a los hechos, con lo cual los elementos objetivos se aprecian de forma directa. En cambio, en la zona de intensidad intermedia de la violencia, y en la que el impacto psicológico suele ser más trascendente que el físico, la violencia no se considera por no contar con los elementos objetivos de las lesiones físicas, a pesar de que en la mayoría de los casos hay claras referencias al clima generado por el agresor a través de la “ostentación de la fuerza y su disposición a usarla”.

La violencia de género es mucho más que la suma de todos sus golpes. Su objetivo no es el daño, sino el control, y para ello cuenta con dos grandes complicidades. Por un lado con la de la construcción social que banaliza esta violencia y la integra como parte de la normalidad, llegando, incluso, a recurrir al control social para hacer entender que sólo las “malas mujeres” la sufren, de ahí que el 26% de las víctimas no denuncien “por vergüenza”, porque hacerlo es reconocer públicamente que son unas “malas mujeres” (Macroencuesta, 2015). Y por otro, la actuación desarrollada por cada agresor desde esa normalidad tras interpretar el mandato cultural, y aplicarlo sobre la mujer atendiendo a sus circunstancias específicas.

¿Qué más fuerza y disposición a usarla necesitan jueces y juezas, fiscales, forenses, policías, guardias civiles… cuando el 75-80% de las mujeres que sufren esta violencia no la denuncian, y continúan bajo su dominio y control hasta ser asesinadas? El dato es claro, el 60-70% de las mujeres asesinadas nunca habían denunciado.

La sociedad y la Justicia deben acercarse a la violencia de género para conocer sus características específicas y los elementos que la diferencian del resto de violencias interpersonales, tanto en sus objetivos, motivaciones y formas de llevarse a cabo, como en la reacción social ante ella. ¿Qué otra violencia con 60 homicidios al año haría que sólo el 1% de la población (CIS, septiembre 2017) la considerara grave? ¿Qué otra violencia, a pesar de esa gravedad objetiva cuenta con una reacción que intenta minimizarla hablando de denuncias falsas? ¿En qué otra violencia se presenta al agresor como víctima de la respuesta social e institucional?

¿Se imaginan una campaña continuada en redes y medios que hablara de que el 80% de la droga incautada no es droga, sino azúcar o harina que ponen para de ese modo justificar la necesidad de contar con unidades especializadas contra el tráfico de drogas, y para que las asociaciones de ayuda se beneficien con subvenciones?… Sería inadmisible, pero eso es lo que hace el posmachismo con la violencia de género cada día sin que nadie lo evite.

Mientras que para demostrar la violencia contra las mujeres se exijan pruebas e indicios que no suelen estar presentes en muchos de los sucesos denunciados, y no se acepten los elementos que forman parte de la violencia de género y que, por tanto, aparecen en la gran mayoría de los casos, será imposible romper la capa de invisibilidad que aún protege a los agresores y atrapa a las víctimas.

La solución es sencilla, y pasa por analizar en profundidad los elementos que configuran esta violencia. Si para entender que los responsables políticos en Cataluña han cometido un delito de rebelión se considera que la violencia está en el “ostentación de la fuerza y su disposición a usarla”, de manera más inmediata y directa debería aceptarse la violencia en los casos de género, pues lo que caracteriza al agresor y al ambiente en el que se desenvuelve la relación es esa ostentación manifiesta de la fuerza, su disposición a usarla, y su empleo directo en cada agresión.

La respuesta social frente al machismo es una auténtica “rebelión de genero” con el único objetivo de alcanzar la Igualdad para toda la sociedad, pero mientras que una mujer tiene que demostrar lesiones físicas de cierta intensidad para evidenciar la violencia, un Estado sólo tiene que interpretar que ha habido ostentación de fuerza y disposición a usarla. Una situación que demuestra que el machismo está más protegido y tiene aún más poder que el propio Estado.