Machismo y corrupción

Los hombres son el modelo ético en una cultura patriarcal que se ha levantado tomando lo masculino como universal, es decir, como referencia común para toda la sociedad, y lo femenino como particular y propio de determinados contextos, generalmente relacionados con lo familiar y lo doméstico.

Eso hace que la realidad venga condicionada por lo que los hombres consideran que debe formar parte de ella, que las leyes y el Derecho hayan tomado como modelo de comportamiento el representado por un “buen padre de familia”, que los tratos se cerraran con un “apretón de manos”, por supuesto de manos viriles, y que el sello más indeleble fuera la “palabra de hombre”, que permanecía en el aire como si fuera parte de su oxígeno, nitrógeno y argón.

Y en contraste, las mujeres, desde la Eva del Paraíso hasta la última de sus hijas, son falsas, perversas, mentirosas, interesadas, traicioneras…

Y a pesar de esta construcción cultural nada desinteresada, nadie ha caído en el “pequeño detalle” de que las mayores traiciones, mentiras, falsedades, manipulaciones, perversidades y crueldades, ahora y a lo largo de la historia, han sido llevadas a cabo por esos hombres cabales, de palabra indeleble y apretones de mano que estrangulan la realidad entre sus dedos para hacerla favorable a sus intereses. Da igual que la realidad muestre que los hombres son quienes protagonizan la mayoría de las felonías, perversiones y crímenes, para la sociedad ellos continúan siguen siendo “buenos padres de familia”, hasta el punto de que cuando se conocen algunas de estas acciones todo se justifica al afirmar que se trata de una serie de “casos aislados”.

Todo ello demuestra que la clave de la realidad no está en su relato descriptivo, sino en el significado que se le da, y que una misma situación puede ser buena o mala dependiendo de quién la protagonice y del sentido que se le otorgue a partir de sus motivos o de los objetivos que pretende conseguir. Y claro, cuando la legitimidad para interpretar la realidad se le da a quien la hace verdad día a día, es decir, a los hombres, y cuando se les dice que la interpreten sobre el modelo de referencia, o sea, la cultura patriarcal, el resultado se presenta como adecuado a los ojos de esa sociedad machista que espera que todo siga igual a pesar de la injusticia.

Eso es corrupción y esa corrupción moral se llama machismo.

Porque corrupción es “vicio y abuso”, tal y como recoge la tercera acepción del DRAE. Y es “vicio” al construir una cultura sobre lo masculino que desprecia lo de las mujeres, y es “abuso” cuando esa construcción se ha llevado a cabo para crear una espacio de poder donde lo de los hombres y los hombres son beneficiarios de un contexto y unas relaciones que giran sobre lo masculino.

Si no fuera así no estaríamos en pleno siglo XXI reivindicando la Igualdad como forma de acabar con la discriminación de las mujeres, con la brecha salarial, económica y educativa que sufren por todo el planeta, y con los abusos, el acoso y una violencia de género que mata a 50.000 mujeres cada año, sólo en el contexto de las relaciones de pareja.

Y reivindicar la Igualdad no es un acto abstracto ni neutral, significa actuar para erradicar los privilegios que los hombres se han otorgado a sí mismos a costa de los derechos de las mujeres, significa acabar con las ventajas laborales, económicas, domésticas, educativas… Significa lograr que los hombres no abusen de las mujeres en los contextos más diversos, e impedir que las maltraten y asesinen con la normalidad como cómplice.

La corrupción es más poder desde el poder, y el machismo busca más poder desde el poder que ya le ha dado la desigualdad.

Pero las venas de la convivencia aún llevan el veneno original del machismo, de ahí que haya tantos frutos tóxicos en la sociedad, entre ellos una economía opresora, una política distante e insensible, unos organismos internacionales incapaces de mirar fuera de sus despachos, unas religiones que miran al más allá y ponen las injusticias del presente como camino a la otra vida… Y cada uno de esos contextos ha sido diseñado por hombres y es dirigido por hombres con el manual de instrucciones de sus ideas y valores.

La incorporación de las mujeres está permitiendo cambiar ese modelo, pero no se conseguirá sin una critica a su naturaleza de poder e injusticia, tan sólo lo irá adaptando a nuevas circunstancias, como ha ocurrido a lo largo de la historia.

Porque toda esa construcción está basada en una estructura de poder que originariamente se levantó sobre la referencia hombre-mujer, al ser esta la única que existía cuando la organización social se articuló sobre la acumulación de riqueza, y fue necesario garantizar la transmisión de los bienes a la descendencia de cada hombre poderoso para, de ese modo, acumular más poder. Con el paso del tiempo, conforme las sociedades ganaron en complejidad, los elementos de desigualdad y discriminación se fueron ampliando a partir del machismo original, pero en todo momento tomando a los hombres como referencia para unir después el color de la piel, el origen, las creencias… Las nuevas referencias de desigualdad no acabaron con el machismo, sino que lo consolidaron.

Reducir el machismo a las cuestiones entre hombres y mujeres es otra de sus trampas para que todos esos casos parezcan una anécdota y consecuencia de una cultura desigual, discriminatoria y violenta que afecta a las mujeres, pero también a los hombres. La sociedad es machista porque ha adoptado el machismo original para crear una posición de poder desde la que resolver los conflictos de manera ventajosa, lo cual lleva a generar más conflictos para acumular un mayor poder.

El poder de la desigualdad es consecuencia del machismo, no el machismo consecuencia de una desigualdad general.

Si el machismo sólo fuera una cuestión de hombres y mujeres, y no un modelo de convivencia e identidades para poder vivirlo, no habría tantas resistencias y ataques para evitar que cambie toda la construcción social, y el propio sistema sería el primero en intentar acabar con las manifestaciones más graves del modelo, como por ejemplo la violencia de género. Pero no lo hace, porque sabe que abordar de raíz estas manifestaciones exige, indefectiblemente, erradicar el modelo machista de convivencia e identidades.

El machismo es la corrupción de la propia sociedad a través del vicio de la desigualdad y del abuso de los hombres sobre el resto de las personas que consideran inferiores por ser diferentes a su identidad (mujeres, homosexuales, transexuales, intersexuales…), y ajenas a su contexto social (extranjeros, personas de diferente grupo étnico, creencias, ideologías…) A partir de esas referencias las combinaciones son infinitas en la interseccionalidad de las relaciones, pero el principio siempre es el mismo y está muy bien definido: discriminar, abusar y atacar desde la referencia de los hombres y desde lo de los hombres.

Acabar con la corrupción exige acabar con el machismo, que es la corrupción original.

 

La trampa del odio fragmentado

LOVE-HATEFragmentar el odio es una razón más para que continúe.

La necesidad de conocer a veces choca con la necesidad de creer, y con frecuencia ante un conflicto entre la creencia y el conocimiento se tiende a dar prioridad a la creencia, puesto que esos sentimientos y valores impregnan la propia vida y la identidad de quien se enfrenta a la elección y, en consecuencia, su posicionamiento ante la realidad.

El conocimiento, por su parte, sitúa a la persona ante el escenario habitual con algunos elementos nuevos producto de ese saber, como si se hubiera enfocado mejor la lente con que se mira, pero sin cuestionar a la persona, tan sólo a ese entorno a partir de los nuevos elementos adquiridos.

La manera de evitar gran parte de los conflictos y de no tener que posicionarse ante cada situación, es adoptar una especie de automatismos a partir de la experiencia individual y las referencias sociales, y asociar determinados elementos independientes como parte de una sola realidad que la cultura presenta como adecuada, correcta o armónica con los valores que defiende. A la postre, las personas incorporan una especie de “packs” o elementos comunes según su posicionamiento ante determinadas cuestiones, como si fuera una especie de lista cerrada en la que los márgenes de elección en la práctica se reducen bastante.

En teoría cualquier asociación es válida y hay libertad para hacerla, pero en la práctica resulta muy difícil. Primero porque la referencia social y cultural no presenta como adecuadas o correctas determinadas combinaciones, y en segundo lugar, porque si se realizan sin esa aprobación social se produce una crítica por parte del entorno, cuando no un rechazo directo.

Y sucede con los aspectos más superficiales y más nucleares, con frecuencia nada más ver a una persona y escuchar cómo se posiciona ante uno tema como la inmigración, los desahucios, el matrimonio homosexual… ya se puede deducir cuál será su posición sobre el resto de ellos. Sus principios e ideas están reforzados por una serie de valores y referencias culturales, y con frecuencia apoyadas por las religiones que defienden ese mismo orden, de ahí ese posicionamiento encadenado frente a temas diversos.

Todo ello es consecuencia en gran medida de la ideología, es decir de la forma en que las personas organizan las ideas y valores sobre cómo debe organizarse la sociedad; una ideología teóricamente propia que cuenta con un componente externo basado en la identificación con otras personas, ideas y valores que comparten una misma forma de ver y entender la realidad. Lo que define a las ideologías es la estructuración de las ideas sobre lo que es su modelo de organización social, los elementos comunes con otras personas, ideas y valores, el grado de tolerancia hacia otras ideologías, y el grado de compromiso emocional que se espera y exige a quien se identifica con ellas. Como muy bien sabemos, no todas las ideologías son iguales en sus ideas, valores, tolerancia y compromiso exigido.

El machismo es la ideología de las ideologías, es la propia cultura que lo impregna todo, desde la identidad hasta las referencias que condicionan la realidad y permiten darle un significado u otro según interese. El machismo no es una cuestión entre hombres y mujeres, ahí es donde se manifiesta con especial intensidad por ser el origen de esa cultura, y por haber organizado la sociedad tomando su modelo de familia como núcleo, pero va mucho más allá y siempre con el hombre y lo masculino como referencia y en posesión del poder para influir, premiar y castigar según el grado de ajuste al modelo.

Y todo ello exige una identidad masculina basada en la heterosexualidad, para de ese modo estar cerca y dominar a las mujeres, garantizar su unión en familias tradicionales, y mantener el control sobre el sometimiento a las referencias culturales y el uso de la violencia en caso de que se aparten de ellas.

El machismo impone la identidad masculina sobre esas referencias de poder, y la heterosexualidad es una parte nuclear de la misma. Actúa como un doble referente simbólico que da fuerza a la construcción social y a la individual de cada uno de esos hombres: el hombre como reproductor del machismo, y el machismo como ese hombre modelo. Y ese diseño tiene sus recompensas, pues la propia organización social basada del machismo establece una estructura jerarquizada con una serie de características en términos de privilegios, beneficios y ventajas, entre ellos, por ejemplo: ser hombre tiene más valor que ser mujer, ser heterosexual más que ser homosexual o cualquier otra opción dentro de la diversidad sexual, ser del grupo étnico mayoritario, más que ser de otro grupo, ser nacional, más que ser extranjero, compartir la ideología dominante (machista), más que no compartirla, profesar la religión predominante, más que no hacerlo… y así podríamos continuar.

Y mientras que algunas de esas características son circunstanciales, y por tanto modificables, como ocurre con ser extranjero, de una determinada religión, incluso de un determinado grupo de población… y podrían cambiar sólo con trasladarse a otro país; otras de ellas forman parte de la esencia y de la identidad de los hombres construida por la cultura machista, y no varían en ningún lugar. Estos elementos esenciales son la posición de superioridad de los hombres respecto a las mujeres y la heterosexualidad, pues representan el pilar sobre el que se ha levantado la cultura patriarcal. De ahí que también nos podamos referir a la cultura patriarcal como “heteropatriarcado”.

Cuando se es machista se comparten el resto de los elementos culturales que vinculan la ideología a la condición de “ser machista”, algo que incide especialmente en los hombres por su papel simbólico y guardián. Por lo tanto, desde el punto de vista práctico, el machista es homófobo y muestra su odio al resto de las diferentes opciones de la diversidad sexual (LGTTIBQ), es racista, es xenófobo… y así con el resto de elementos asociados a una identidad distinta a la suya. Porque el machista no sólo los considera diferentes, sino que además, y sobre todo, los considera inferiores. Otra cosa es cómo cada machista manifiesta esos rechazos según su experiencia, contexto, oportunidad, redes, relaciones…

El machismo y su cultura ha creado ese odio común hacia todos los que no se ajusten a sus referencias en cada contexto social concreto. Mientras que ellos son sólo uno con su cultura homogeneizada, el resto son “muchos y pocos” al mismo tiempo. Los presentan como muchos al hablar de amenaza y pocos al dividirlos en grupos separados e inconexos (mujeres, homosexuales, extranjeros, de otro grupo étnico, con otras creencias…) para que no se perciba la crítica común al machismo. Es parte de su “divide y vencerás”.

No podemos caer en su estrategia cuando fragmentan el odio como si fueran cuestiones independientes y a cargo de personas distintas en su ideología, cuando en realidad todas tienen en común la ideología del machismo.

¿Ustedes creen que el hombre que maltrata a su mujer respeta a un homosexual, creen que quien odia a los negros acepta la igualdad entre hombres y mujeres, creen que quien ataca a otras religiones respeta a las mujeres que su religión discrimina y a los homosexuales que no acepta?…

Todo forma parte de la identidad machista y del rechazo a quien la propia cultura sitúa como diferente y como inferior. El atentado en Orlando contra gays y lesbianas fue un crimen machista, como lo ha sido el asesinato de la diputada laborista Jo Cox, y como lo son otros tantos bajo los dictados de ese machismo hecho cultura.

No debemos caer en la trampa de la fragmentación ni dejarnos atrapar por los argumentos que tienden a contextualizar y dividir las expresiones del odio, para así ocultar los elementos comunes de una cultura que está en todos ellos. Y no debemos hacerlo en una época en la que dos de los elementos de las ideologías se están acentuando de manera interesada por parte del poder que nace de la cultura patriarcal, por un lado el grado de rechazo a otras ideologías, y por otro, el nivel de compromiso emocional e implicación exigido a quienes forman parte de la ideología machista. Ambos elementos están aumentando a través de las palabras y de los hechos, y su consecuencia es clara y directa: Un incremento del odio y la violencia.

Si caemos en la trampa y fragmentamos el odio común (machismo) en sus diferentes formas de expresión (misoginia, homofobia, racismo, xenofobia…), el odio continuará y la cultura machista con él.

 

¿Es machista Dios?

IGLESIA-LUZSabemos que le Iglesia es machista, pero ¿y su Dios?

Las religiones monoteístas, y en el especial la cristiana, presentan a Dios como una abstracción caracterizada por la bondad, la comprensión, la sabiduría, la presencia… y con la capacidad de incidir sobre la realidad de forma directa o indirecta para contrarrestar desde el bien toda la influencia negativa del mal, de ahí su identificación con el “Todopoderoso”.

Y la Iglesia se muestra a sí misma como la representación de Dios en la Tierra, gestora e intérprete de su palabra y voluntad para que las personas sigan el camino trazado como forma de llegar hasta él.

Del mismo modo que alguien puede dudar sobre si Dios existe y se hizo hombre, de lo que no hay duda es de que la Iglesia es real y está formada y dirigida por hombres, y que por ello la palabra divina adquiere el tono, la gravedad y el significado de lo que sus hombres interpretan. Cuando las manifestaciones, cada vez más frecuentas y graves, de cardenales, arzobispos, sacerdotes y obispos, es decir, de los portavoces de la palabra de Dios, insisten sistemáticamente en su crítica a la Igualdad y a las políticas e iniciativas que buscan promocionarla y corregir la desigualdad, y en especial contra algunas de ellas, como el matrimonio entre parejas del mismo sexo y todo lo relacionado con el género, lo que hacen es presentar a un Dios machista y homófobo, no sólo a una Iglesia con esas características.

Y lo grave es que esa misma Iglesia de palabra divina y humana ha callado la desigualdad histórica que ha llevado a la pobreza y a la exclusión, a la violencia de género, a la discriminación y al abuso, y con ello ha reforzado una cultura construida sobre valores e ideas que necesitaban sustentarse en esas creencias para elevar sus propuestas hasta la divinidad. Ante todo ello lo único que ha dicho ha sido aquello de “resignación cristiana”, “compasión y limosna”, y “bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de Dios…”, sin llamar la atención con rotundidad a los ricos abusadores, a los maltratadores, a los explotadores… más allá de la reincidente confesión y del perdón liberador. Esta situación demuestra que la actitud de la Iglesia no es casualidad, y que forma parte de esa construcción patriarcal que utiliza un Dios machista y homófobo para darle trascendencia, significado y sentido a la realidad más allá de lo material y lo humano. De se modo se deja para la otra vida cualquier posicionamiento en términos de justicia, y todo continúa bajo el machismo de la ley de los hombres.

Y no creo que deba ser así.

Con sólo lo que he podido observar a lo largo de mi vida, he comprobado cómo la Iglesia ha cambiado hacia posiciones mucho más rígidas e intransigentes con todo aquel o aquello que no comulgue con sus ideas, cómo ha abandonado el terreno de la fe para invadir lo político, y de cómo ha dejado púlpitos y homilías para meterse en los telediarios, y no precisamente para hablar de la fe y las creencias.

La Ministra Bibiana Aído fue muy clara cuando en pleno debate sobre la reforma de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, respondió a las críticas que se habían hecho por parte de algunos obispos, y comentó: “La Iglesia podrá decir lo que es pecado, pero no lo que es delito”. Y así debe ser, a ella le corresponde decir lo que desde el punto de vista de la religión católica se considera bien o mal, y adoptar las medidas religiosas consecuentes a sus planteamientos, pero la ley es competencia del Parlamento.

No todo está justificado en nombre de Dios, y la llamada de Monseñor Cañizares (http://www.huffingtonpost.es/2016/05/30/canizares-desobedecer-leyes_n_10209644.html) a la desobediencia de la ley democrática en nombre de un Dios que presentan como machista y homófobo, además hace que se convierta en un Dios tirano, algo que no debe ser permitido por la propia Iglesia.

El silencio del resto de la jerarquía y de muchos de sus fieles, la mayoría de los cuales no comparten esas manifestaciones ni ideas, tiene consecuencias. Las tiene dentro, con unos templos cada vez más vacíos, y las tiene fuera, porque muchos hombres violentos justifican en nombre de Dios su machismo, su homofobia ampliada a la “LGTB-fobia” y la violencia ejercida bajo esas razones.

El silencio es acción cuando ampara posiciones y conductas que continúan bajo él. Y las palabras cargadas de odio son acción, por eso también deben ser rechazadas y criticadas con acciones claras desde dentro de la misma Iglesia, de lo contrario se entenderá que es toda ella quien las comparte y quien calla.

Y lo más triste, conseguirán que Dios, ese Dios al que ellos ponen voz, no se entienda como amor, ni sabiduría, ni presencia…

 

La solidez gremial de la injusticia (O por qué los machistas no son machistas)

GREMIO

Los racistas no son racistas, sencillamente afirman que los negros, los árabes, los gitanos… tienen una serie de características y limitaciones que los hacen inferiores a los blancos. Los xenófobos no son xenófobos, sólo dicen que los extranjeros vienen a España para beneficiarse de las ayudas sociales y de la sanidad de nuestro país. Los homófobos tampoco son homófobos, simplemente consideran que quien ama a las personas de su mismo sexo son enfermos que van contra las leyes de la naturaleza… Y los machistas no son machistas, sólo aseguran que los hombres tienen una serie de condiciones, desde la “superioridad intelectual” a la fuerza física, que los llevan a asumir una posición de referencia y control sobre quienes por sus características (debilidad física, labilidad emocional, cierta maldad y perversidad innata…) han de ser controladas; es decir, sobre las mujeres.

De ese modo el individuo se diluye en el grupo, y como las referencias comunes del grupo coinciden con las de cada uno de sus miembros, ninguno de ellos destaca sobre la armonía del conjunto. Y esa normalidad actúa como razón para mantener sus valores e ideas, y como justificación cuando en nombre de ellas el resultado escapa de los límites establecidos por el modelo, bien sea porque se ha roto el silencio impuesto, o bien porque el impacto del daño ocasionado supera todos los amortiguadores que el propio sistema coloca para aminorarlo.

Es lo que ocurre en violencia de género, a pesar de que cada año más de 700.000 mujeres la sufren, sólo el 20% denuncia. Es decir, el 80% se mantiene en la invisibilidad y en el silencio, y lo hace porque, tal y como recoge la Macroencuesta de 2015, considera que la violencia sufrida es “normal” (un 44% lo afirma), o siente vergüenza al denunciarla (un 21% lo refiere). Pero esta situación, lo que en verdad nos indica es que la sociedad ha adoptado unas referencias para convivir que llevan a que unos 700.000 hombres maltraten cada año a las mujeres con las que comparten una relación de pareja en nombre de esa normalidad, que lo hagan jugando con el silencio y con la culpa de las propias mujeres maltratadas y avergonzadas, y con un sistema que no hace lo suficiente para abordar de raíz una realidad tan terrible y dramática como la violencia de género, hasta el punto de que el total de maltratadores sólo termina con condena un 4’8% (“Machismo impune”). De este modo, la impunidad se une a la invisibilidad para que el sistema y sus valores e ideas continúen como referencia de una sociedad que lleva a pensar que “los machistas no son machistas”, como cree que “los racistas no son racistas”, los “xenófobos no son xenófobos”, los “homófobos no son homófobos”… salvo que las consecuencias de ese machismo, racismo, xenofobia… o cualquier otra situación basada en el odio y la discriminación, no se puedan ocultar bajo la alfombra roja de la normalidad y su violencia.

No se trata sólo de conductas individuales, hacérnoslo creer es la trampa que la propia cultura ha introducido para cuando los hechos transcurren fuera de los límites de la normalidad, sino de la injusticia del propio sistema construido sobre las referencias de una desigualdad, que lleva a situar a blancos por encima de otros grupos de población, a las personas nacidas en el país como más valiosas que las extranjeras, a las heterosexuales como referencia ética y conductual sobre las homosexuales… y a los hombres como superiores a las mujeres.

La injusticia, la discriminación, la desigualdad… siempre son sociales; necesitan ese contexto social que de sentido a sus conductas y las integre con un determinado significado, bien dentro de la normalidad o, cuando se exceden en sus consecuencias, como ejemplo de anormalidad, hablando entonces de “trastorno mental, de acción de sustancias tóxicas, de pérdida de control…” para proteger y no cuestionar el modelo que introduce las referencias que llevan a muchos hombres a ejercer la violencia de género con invisibilidad e impunidad, al igual que otros lo hacen sobre elementos racistas, homófobos, xenófobos…

Es la “solidez gremial de la injusticia” a la que se refería el imborrable José Ángel Valente en su poema “No inútilmente”, y la clave para que podamos afrontar una solución definitiva a sus manifestaciones por medio de la erradicación de las ideas y valores que las ocasionan. La fuerza del machismo no está en los 700.000 hombres que maltratan, ni tampoco en los 60-70 que asesinan cada año; la fuerza del machismo radica en esa “solidez gremial” de los hombres y de los valores, ideas y creencias que han situado en la esencia de una cultura para que la convivencia en sociedad siempre gire sobre ellos.

Las reacciones ante cada uno de los crímenes de la violencia de género muestran el rechazo de una parte de la sociedad (minoritaria, por cierto, y del lugar donde fue cometido el homicidio), pero sobre todo, lo que revelan es la normalidad con su silencio e invisibilidad que existía hasta el momento justo en que los golpes se convirtieron en mortales.

Quien mata es el machismo que hay en la sociedad, es cierto que lo hace a través de cada uno de los hombres que deciden dar ese salto mortal, no al vacío, sino al seno de sus ideas y valores para que, como los ángeles bíblicos, los recojan y amortigüen su caída, pero son esas referencias patriarcales las que alimentan a cada uno de los agresores. Si se tratara de un grupo limitado de hombres machistas y violentos, como algunos tratan de presentar, los homicidios de género ya se habrían acabado y los agresores no serían tan jóvenes como comprobamos en la actualidad, pues conforme ha transcurrido el tiempo y han sucedido los homicidios, se habrían agotado sus autores. Pero no es así, los homicidios por violencia de género continúan, y lo hacen con nuevas formas (matando a hijos e hijas y otras personas cercanas a la mujer, simulando el homicidio para no ser detenidos, suicidándose después para no verse cuestionados…) y continúan con agresores jóvenes, muchos de ellos apenas adolescentes cuando se aprobó la Ley Integral.

Y todo ello ocurre porque el machismo con sus ideas, valores, creencias y referencias ha estado presente en todo momento, y ha ido alimentando a los nuevos agresores, tal y como lo hace en este mismo instante.

El machismo es fuerte como grupo, no como individuos aislados, el hecho de que  haya algunos muy violentos da igual. El machismo como cultura puede prescindir de ellos, y de hecho lo hace cuando “los entrega” tras cada homicidio, es cierto que presentándolos en algunos contextos como una especie de “mártires” por la causa, pero siempre dispuesto a sustituirlos por otros.

Es lo que vemos a diario con el posmachismo  y con su movilización ante cada homicidio por violencia de género. El ritual no falla: hablan de denuncias falsas, de que las mujeres también matan, de los hombres que se suicidan por culpa de las mujeres, de que todas las violencias son importantes… Y como ven que quien tienen la obligación de responder desde las instituciones no lo hace, cada vez dan un paso más; y ahora, tras el homicidio de Marina y Laura en Cuenca, aplauden que su alcalde condenara estos asesinatos por violencia de género refiriéndose a “cualquier tipo de violencia”, y que el crimen de Laura, amiga de Marina, no sea computado como violencia de género, como si hubiera ocurrido “por accidente” o al margen de esta violencia.

La solidez gremial de la injusticia impregna toda la sociedad, lo hace a quienes matan, a los que maltratan, a quienes cuestionan la Igualdad y sus acciones para acabar con esta violencia, a quienes creen que la neutralidad es suficiente, y a quienes no actúan desde las instituciones para erradicar esta realidad criminal de una vez por todas…

El gremio de la injusticia son los machistas, y machistas son quienes defienden una sociedad jerarquizada donde el poder es situado en determinadas personas por su status y condición, según el modelo patriarcal que partió de la desigualdad hombre-mujer, y después la fue ampliando según las circunstancias, sin renunciar en ningún momento a esta, puesto que es el pilar que sostiene todas las demás en cualquier lugar del planeta.

El machismo es una posición conservadora previa a las ideologías, y las ideologías progresistas que realmente lo sean tienen que romper definitiva y explícitamente con el machismo, de lo contrario éste y el conservadurismo que lo define se beneficiarán de la indefinición y de las medidas parciales dirigidas a las manifestaciones consideradas inaceptables por el momento y el lugar.

Y todo ello exige más feminismo sin complejos, así de sencillo, pues la “solidez gremial de la injusticia” sólo puede finalizar con la solidez gremial de la Justicia, y ésta sólo puede alcanzarse a partir de la Igualdad.

 

“Mutilación Genital Masculina”

MGF-CuchillaLa miseria del machismo llega a límites insospechados cuando además de actuar desde su violencia y con su violencia, trata de presentar los avances en Igualdad como un ataque a los hombres. Bajo esa idea se presentan a sí mismos como las “pacíficas víctimas de un matriarcado opresor”, y llama a las personas que trabajan por una Igualdad de la que también se beneficiarán con nombres cargados de agresividad, como feminazis, hembristas… y otras lindezas guardadas en la “base de datos” de los insultos tradicionales.

Pero van mucho más allá, un ejemplo de esa actitud lo tenemos estos días.

Cada año por estas fechas, junto a la conmemoración del “Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina” (seis de febrero), los machistas intentan introducir la confusión comparando la mutilación de los genitales de las mujeres en sus diversas formas, desde la clitoridectomía hasta la infibulación, con la circuncisión practicada a muchos hombres como parte de los ritos culturales que se realizan en diferentes países.

Hay mucha miseria moral detrás de ese planteamiento, como la hay al intentar reducir el problema de la violencia de género a las denuncias falsas, o al intentar esconder la violencia que sufren las mujeres y las niñas dentro de otras violencias para de ese modo ocultar la responsabilidad de los hombres que la ejercen, y la de una cultura desigual y machista que prefiere mirar para otro lado en busca de justificaciones, antes que desvelar las razones que siglo a siglo han estado presentes.

La mutilación genital femenina comprende todos los procedimientos consistentes en la resección parcial o total de los genitales externos femeninos dirigida a limitar y controlar la sexualidad de las mujeres. En la actualidad, según la OMS, hay más de 140 millones de mujeres que viven con sus terribles consecuencias, y cada año, tal y como recoge Naciones Unidas, entre 3 y 4 millones de niñas la sufren, muchas de ellas mueren y todas sobreviven con importantes secuelas físicas y psicológicas.

La circuncisión es la extirpación total o parcial del prepucio del pene, y se puede practicar como parte de un ritual religioso, como procedimiento médico, o bien, dentro de un ritual que se lleva a cabo como iniciación a la virilidad. No tiene ninguna repercusión sobre la sexualidad de los hombres, salvo que se produzca alguna complicación, como puede ocurrir con cualquier acto médico, y no genera secuelas en los hombres circuncidados.

A pesar de las claras y trascendentes diferencias entre la mutilación genital femenina y la circuncisión, quienes tratan de equipararlas olvidan el “pequeño detalle” de que tanto una como otra son producto de una cultura machista que impone ritos para defender sus ideas y valores, y construye las identidades masculina y femenina bajo su rígido patrón.

Aún así, para el machismo es lo mismo que a una niña le mutilen sus genitales para que no pueda disfrutar de su sexualidad, y de ese modo ser aún más controlada por otros hombres, que corten un trozo de piel (prepucio) del pene de los niños. El planteamiento además de terrible es tan absurdo como comparar el hecho de cortar las uñas con amputar los dedos. Sería irracional hacerlo, pero ellos lo hacen para introducir la confusión e intentar sacar beneficios en las aguas revueltas de la duda, que es lo que en realidad buscan.

Imaginen que existiera una práctica que supusiera la amputación de algunos dedos de las manos de las niñas, y que en lugar de tratar de evitarla se justificara diciendo que a los niños les cortan las uñas de esos dedos, y que al hacerlo se pueden producir infecciones y complicaciones. Sería ridículo, ¿verdad?, pues eso es lo que hacen al comparar la mutilación genital femenina con la circuncisión.

En el fondo estos argumentos son muy gráficos al desvelar la posición de superioridad del machismo y cómo interpretan la realidad desde ella. Por otra parte, también dan una clara referencia del distinto valor que tiene para ellos “lo de las mujeres” y “lo de los hombres”. Los machistas se sienten con tanto poder que creen que pueden darle significado a la realidad, como si todo dependiera, tal y como ocurría tiempo atrás, de su palabra.

Veamos algunas de sus conclusiones y deducciones:

. Al comparar la mutilación genital femenina con la circuncisión masculina, demuestran que para ellos un trozo de piel del pene tiene el mismo valor que los genitales de las mujeres.

. Limitar el disfrute de la sexualidad de las mujeres no es relevante mientras ellos puedan seguir disfrutando de la suya.

. La violencia que sufren las mujeres y niñas, con 100.000 homicidios al año, según Naciones Unidas, con el 30% de las mujeres sufriendo violencia por parte de los hombres con quienes comparten una relación (OMS, 2013), con un 12% de mujeres víctimas de violencia sexual al margen de la relación de pareja (OMS, 2013), con un porcentaje de condenas en los casos de violación denunciados del 1% (BCR-M.Easton, 2008), y con una cultura que lleva al 3% de la sociedad a decir que la violencia de género es aceptable, o a un 15% a considerar que la violencia sexual o física no son graves (Eurobarómetro, 2010), tiene el mismo significado que la violencia que sufren los hombres por parte de las mujeres, sin que ninguno de estos factores comentados esté presente: ni en su dimensión, ni en su significado, ni en su justificación.

. Desde esa perspectiva se permiten afirmar que el 0’01% de denuncias falsas en violencia de género que recoge la propia Fiscalía General del Estado (Memoria de 2014), en realidad es un 80% según sus cálculos.

. Con esas mismas matemáticas y “buenas intenciones”, concluyen que la mayoría de los suicidios de hombres se deben a “divorcios abusivos”, insinuando una clara prevaricación en los Juzgados que intervienen al no investigar las causas de esos suicidios masculinos.

. También creen que lo conseguido por la fuerza se debe a una mayor inteligencia de los hombres, cuando en muchos casos sólo es una cuestión de brutalidad y uso de los tiempos que da el poder.

. Piensan que la desigualdad y el machismo son “la normalidad”.

. Afirman que la reivindicación de las mujeres y la Igualdad no es cuestión de justicia, sino de perversidad y manipulación para acabar con el “orden establecido” y de paso con algunos hombres.

. Reivindican que lo que define a la paternidad es la biología y los cromosomas en lugar del afecto, el cuidado y la responsabilidad.

. Y aseguran que cuando los niños y las niñas no quieren ver a un padre maltratador tras la separación es porque las madres, tan dadas a la limpieza, les han lavado el cerebro. Para ellos nada tiene que ver la violencia ejercida por el padre.

Así podríamos seguir con tantas otras afirmaciones aireadas desde el machismo para que la realidad encaje en sus ideas y valores. Y como se puede comprobar, ninguno de esos planteamientos es casual ni neutral, todos van dirigidos a reforzar las posiciones tradicionales del hombre como persona referente y racional, y de la mujer como ser perverso y dispuesto a hacerle daño al hombre a cualquier precio.

La desigualdad es una “mutilación” de los derechos de las mujeres, por eso el objetivo del machismo es continuar con la poda de iniciativas y derechos que pudieran hacer brotar la convivencia y la Paz en Igualdad. Ellos están cobijados a la oscura sombra del árbol del machismo y no quieren moverse de ese lugar.

No es casualidad que desde el poder siempre se recurra a “recortar” aquellas iniciativas que suponen más derechos sociales y un mayor bienestar para la comunidad, lo vemos cada día, y el machismo es poder. Un poder mísero construido sobre el abuso y la usurpación de los derechos de las mujeres, hasta el punto de quitarles la libertad, los genitales o la vida en nombre propio.

Esa historia ya se ha acabado, es cierto que aún persisten machistas que quieren volver a tomar esa deriva a través del posmachismo, pero si algo ha decidido la sociedad del siglo XXI es amputar la desigualdad y las injusticias de la anatomía de la convivencia.

Terrorismo y “Alianza de Civilizaciones”

ALIANZA DE CIVILIZACIONESTras los atentados terroristas de Paris por parte de yihadistas islámicos de nuevo han sonado los tambores de guerra y se habla más de la amenaza de siempre, que de la convivencia inexistente y de la paz perdida. Y nos equivocamos otra vez al plantear el problema que existe, (nadie lo niega), como un conflicto bélico librado por dos partes y limitado a la dictadura de lo inmediato. “Guerra” fue lo que pronunció George W. Bush tras el 11S, y “guerra” es lo que ha dicho ahora el primer ministro galo, Manuel Valls.

La pregunta es simple, ¿está Occidente en guerra contra el Islam? La respuesta también es fácil, no lo está. Ante esa ese escenario la deducción resulta bastante sencilla: Del mismo modo que Occidente no está en guerra contra el Islam, aunque hay quien dice que sí lo está y quien presenta determinados conflictos y acciones como una demostración, el Islam no está en guerra contra Occidente, aunque haya ataques y atentados desde determinadas posiciones, que alguien utiliza para presentarlos como parte de una contienda contra el mundo occidental.

La paz exige más lucha que la guerra. La paz no es lo que sucede al final de los conflictos, sino el espacio que logra evitarlos.

En la actualidad  existe un riesgo real desde el yihadismo, pero esa amenaza no ha surgido de la nada. Todo lo contrario, es el fruto de una estrategia violenta que lleva años desarrollándose, y mientras hay quien está preparando seriamente esa violencia, desde otras posiciones no se está trabajando suficientemente la paz.

La estrategia del yihadismo es “educar en el odio y la guerra”, y ello supone transmitir una serie de ideas a partir de ciertos hechos, darle un significado para que se vean como un ataque a la identidad, cultura, creencia… de esa población, y otorgarle un valor para que la acción violenta tenga sentido y se entienda como una necesidad proporcional al ataque sufrido por la otra parte. Una vez que se ha conseguido este clima social más o menos amplio, se trabaja individualmente con determinados grupos, después se pasa al entrenamiento de algunas personas en el uso de las armas y en las estrategias bélicas, y finalmente se llega a la acción por parte de estos “guerreros”, que es lo que impacta en la sociedad y ante lo que surge la preocupación y la amenaza. Pero no debemos olvidar que sin esa primera “educación” en el odio y la violencia, la pistola no se dispararía ni las bombas explotarían.

Si se quieren evitar los atentados, la estrategia de fondo por parte de los no violentos debe ser trabajar para la paz y la convivencia, así de simple, aunque no es fácil. Presentar a todo el Islam como un cómplice de los terroristas y a cualquier musulmán como una amenaza, además de ser falso, no ayuda a resolver el problema y sí contribuye a agravarlo al potenciar el mensaje que los violentos dan para justificarse.

Todo ello demuestra que muchos siguen bajo esquemas del siglo XIX, con un mundo donde los mapas describían la realidad y las fronteras eran verdaderos  abismos. En el mundo del siglo XXI hemos pasado de un globo terráqueo a una tierra globalizada en la que las fronteras actúan más como lugares para guardar los recuerdos que como espacios para construir la realidad. La colonización y las misiones que llevaron las ideas y creencias muy lejos de Occidente en un viaje de ida, ahora han regresado en forma de una nueva sociedad y ciudadanía. Sin embargo, toda esta transformación  incomoda a los sectores más tradicionales de las culturas, por ello en lugar de aceptar la nueva realidad tratan de recuperar los escenarios de antes. Unos resituando las fronteras en barrios marginales, o dibujándolas con el color de la piel, las ideas o las creencias… Pretenden así trasladar las antiguas fronteras de los mapas a las personas, para que estén donde estén siempre sean “ese pueblo sometido e inferior” que un día conquistaron o tomaron. Los otros intentando encerrar a las personas en el aire limitado de sus ideas.

Hemos aprendido a vivir, incluso a vivir juntos, pero no a convivir, y tenemos que lograr esa convivencia en paz y en igualdad.

La cultura no puede ser un argumento para someter a nadie, ni dentro de una cultura, ni enfrentando una cultura contra otra. En todas las culturas hay quien las instrumentaliza para mantener espacios de poder en nombre de los valores, las ideas, la fe, la tradición o la costumbre, pero sólo son visiones particulares e interesadas para defender privilegios y beneficios. Nos es casualidad que nadie recurra a la cultura para ceder y compartir, y que siempre se acuda a ella en nombre de unos privilegios que presentan como parte de ese orden natural que les da ventaja respecto al resto del grupo o frente a otras culturas.

Ahora hemos conocido la historia de los hermanos Kouachi y de Amedy Coulibaly, los yihadistas autores de los atentados en Paris. Una historia que no se limita a estos 3 días de enero, sino que viene de años atrás como hemos sabido. ¿Qué hemos hecho para evitar esa historia antes de que se convirtiera en una amenaza y golpeara con la muerte?, ¿qué estamos haciendo para que otros jóvenes que están empezando a ser educados en el odio no lleguen a la violencia?

Convivir sobre las mismas referencias y el respeto a los Derechos Humanos exige liberarse de los miedos y la desconfianza; no hay enfrentamiento entre culturas, hay personas que buscan enfrentar a las culturas para obtener rédito. Ninguna cultura existe desde el inicio de los tiempos ni surgió del modo en que ahora vive, todas son producto de la evolución y del conocimiento e interacción con el resto de culturas, unas veces para compartir, otras para replegarse en la diferencia, pero ninguna ajena al resto. Pero hoy, a diferencia de lo que ocurría tiempo atrás, la referencia del territorio ha entrado en una deriva inversa que hace del planeta una verdadera Pangea de ciudadanía en la que las referencias geográficas matizan en lugar de separar. Hoy el planeta es una Pangea virtual y no bastan las barreras ni los controles para detener las ideas ni las personas. Nada nuevo por otra parte, siempre ha sido así: “o se va a la montaña, o es ella la que viene”, y ahora no va a ser diferente; de manera que si el objetivo pretendido es unir  “la persona y  la montaña”, antes o después se juntarán. Otra cosa es cómo lo hagan, y si lo hacen en términos de respeto o de enfrentamiento.

Lo vemos en otros ámbitos cuando se repite con insistencia que el final de la violencia de género está en la educación para acabar con el machismo, al igual que para terminar con el racismo, la xenofobia… o con cualquier otra violencia surgida del miedo al otro y de la amenaza de la diferencia; todo ello pasa por educar para convivir. La situación terrorista actual no es distinta, y del mismo modo que se entiende que la solución definitiva a otras violencias pasa por un cambio cultural que termine con esas ideas y valores violentos, la violencia yihadista terminará definitivamente cuando se acabe con las referencias instrumentalizadas que usan la cultura como razón para atentar contra otros.

No se trata de acciones sobre determinados individuos, sino sobre toda la sociedad y la cultura, y ello exige mucho trabajo a lo largo de un tiempo que nunca será reducido. Por eso es urgente hacerlo de inmediato, y por ello resulta fundamental la crítica a la violencia y el respaldo a la convivencia demostrado estos días por los propios musulmanes.

El 26 de enero de 2007 Naciones Unida adoptó el programa de la “Alianza de Civilizaciones” tras la propuesta que hizo el entonces Presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, en la 59ª Asamblea General, allá por 2004. Las bromas y risas sobre la iniciativa que muchos lanzaron en aquel tiempo, aún resuenan por las calles solitarias que hoy nadie quiere transitar por miedo a un ataque yihadista.

Si desde entonces se hubiera trabajado en esa Alianza con la misma determinación que se hace en protección y seguridad, también esenciales, estaríamos en un escenario completamente distinto y más cerca de una solución definitiva, hoy ajena incluso a la imaginación.

No es de extrañar que las culturas acostumbradas a la desigualdad y al poder se sientan más tranquilas en el enfrentamiento y gestionando la amenaza, que en la convivencia y en la gestión de la paz; pero hoy las referencias son otras.

Tenemos el marco de Naciones Unidas y su programa de la “Alianza de Civilizaciones” con más de 130 países formando parte de ella, y tenemos también la información y el conocimiento de cuál es la estrategia de los violentos. Los yihadistas están educando para la violencia, desde la Alianza, que también incluye países musulmanes, hay que educar para la paz y la convivencia.

Lo que nos falta por conseguir no debe ser el argumento para no intentar lograrlo. Ninguna guerra ha vencido a la paz, no dejemos que ahora la venza el miedo.