Educación parenteral

Parece que desde las derechas quieren meter a la gente sus ideas y valores directamente en vena, como si fueran una especie de suero de la verdad para que sólo lo que ellos plantean sea cierto.

Nunca antes habían creído necesario que existiera un “pin parental” en la escuela, eran conscientes de que con la influencia de una “normalidad” construida sobre los valores de la cultura, con toda su tradición y machismo, bastaba para mantener su modelo de sociedad, las formas de relacionarse dentro de él, y la manera de entender la identidad sobre la referencia de lo que era ser hombre y ser mujer. No existía nada más, ni nadie más.

Por eso no es casualidad que sea ahora, conforme la sociedad ha adquirido una mayor conciencia crítica sobre la desigualdad, la discriminación, el abuso y la violencia de género que se ejercen desde esa “normalidad” impuesta, y después de que las políticas de Igualdad para resolver muchos de estos problemas hayan dado sus frutos, cuando aparezcan nuevas resistencias y ataques por parte de los sectores más conservadores. El objetivo es proteger su modelo de sociedad, y la Igualdad se vive como una amenaza que atenta contra el núcleo de su construcción.

Y para garantizar la continuidad del modelo tradicional dirigen sus acciones a la gente más joven con el objeto de que no cambien nada y sigan reproduciendo y transmitiendo su “modo de vida”. Por eso, lo primero que hizo el PP fue aplicar “Pin Parental Permanente” al suprimir la asignatura “Educación para la ciudadanía”, porque por lo visto eso de ser ciudadano en Igualdad es muy peligroso. Da igual que estudios como el del Centro Reina Sofía muestre que el 30% de los jóvenes piensa que cuando un hombre maltrata a su pareja es porque ella habrá hecho algo, o que el grupo de edad donde más aumenta esta violencia sea el de 15 a 18 años, o que la mayoría de las violaciones en grupo sean protagonizadas por jóvenes… ya tirarán de su manual educativo para decir que se ha debido a la provocación de las mujeres, que se trata de una “denuncia falsa”, o que todo se ha debido al alcohol o las drogas.

El problema con el que se ha encontrado el machismo y la derecha es que la sociedad ya ha tomado conciencia de la injusticia de la desigualdad, y no quiere que sus hijas sean discriminadas ni agredidas, ni tampoco que sus hijos abusen y agredan. Pero como el amor propio también vive de mitos románticos intentan resistirse con pines y noes que niegan la realidad.

El machismo, como decía, siempre ha sido partidario de la “educación parenteral”, es decir, de meter sus ideas, valores, creencias, mitos… directamente en vena para que no puedan ser digeridas por la reflexión ni metabolizadas por la crítica, y así llegar hasta los centros de decisión personal sin ser cuestionados. Era lo de “la letra con sangre entra”, el “te pego porque te quiero”, o el “quien bien te quiere te hará llorar”, que ahora se transforma en un “pin parental” para seguir imponiendo sus mandatos y sus formas.

Fracasará una vez más. Aunque tengan seguidores y partidarios que se hagan eco la Igualdad no es una elección, es un Derecho Humano, y nada ni nadie podrá evitar que la sociedad se articule sobre ella como lo hace sobre la Libertad, la Dignidad o la Justicia. Otra cosa es que también quieran poner un pin para el resto de los Derechos Humanos, pero quienes lo hagan fracasarán. Hoy por las venas y arterias de la gente corre la Democracia.

“PBE”: Política Basada en la Evidencia

Quien vive en la mentira crece con la falacia, y la falacia, por muy grande que sea, nunca es verdad. Da igual lo que digan y por cuánto tiempo lo hagan, la Tierra siempre ha sido redonda, ha girado alrededor del sol, y está a punto de ser destruida por los “herederos ideológicos” de quienes decían que era plana y central para no cuestionar sus ideas y creencias.

Hace unas semanas, en la presentación del libro “Ellos hablan”, de la periodista Lydia Cacho, muy querida amiga, tuvimos la posibilidad de compartir y analizar cómo las mayores falsedades, las mentiras más elaboradas, las tramas históricas llenas de traiciones… han sido protagonizadas por hombres y, sin embargo, nunca la palabra de un solo hombre ha sido puesta en cuestión a priori, ni la masculinidad ha visto debilitada su credibilidad. En cambio, las mujeres son presentadas como seres falsos, mentirosos, manipuladores… en los que no se puede confiar y a quienes no se debe creer.

La razón fundamental de esta situación viene dada por el marco de significado que se ha creado sobre la palabra de los hombres (y su espacio) y la de las mujeres (y su espacio). Y ese significado sobre la autenticidad de la palabra de los hombres y la falsedad de las mujeres sólo lo puede construir quien cuenta con una posición de poder para definirlo, imponerlo y difundirlo. Y quienes han contado con el poder históricamente han sido los hombres y su modelo social y cultural de convivencia. Por eso, por ejemplo, es tan fácil hacer dudar de la realidad de la violencia de género diciendo que hay muchas “denuncias falsas”, y tan complicado que se acepte como un problema grave a pesar de que cada año asesinan a 60 mujeres de media y más de 600.000 son maltratadas.

En política ocurre lo mismo. Dar carta libre a la mentira en forma de “postverdad” o “fake news” con la idea de compensar la situación actuando del mismo modo, pero en sentido contrario, es otra trampa del poder conservador androcéntrico, puesto que el impacto de uno y otro planteamiento es completamente diferente. Decir que los extranjeros vienen a España a “robar y violar” tiene un efecto inmediato y una aceptación amplia; en cambio, comentar que los partidos que lanzan esos mensajes son racistas y xenófobos a penas tiene impacto, y rápidamente surgen justificaciones, o, sencillamente, niegan que lo hayan dicho, aunque haya pruebas de que lo han hecho, pues la negación de la realidad es otra forma de mentira.

Sólo el poder de la “normalidad” puede mentir con aspecto de verdad. La derecha y el sector conservador de la sociedad lo saben y por eso juegan con la mentira, el ataque/insulto y el miedo, para luego presentarse como víctimas de la reacción y rescatadores de la situación que ellos han hecho creer.

El momento actual, con el mensaje de que se ha traicionado a España, de que se va a romper la Nación, de que se ha dado un golpe de Estado, de que se trata de un Gobierno ilegítimo… refleja muy bien esa instrumentalización de la mentira, y los ataques e insultos en busca del miedo y el enfrentamiento. Y lo hacen porque saben que, aunque es mentira, no les va a pasar nada, ni en lo inmediato ni en lo referente a su credibilidad, que continuará intacta.

Sólo hay que echar la vista atrás para comprobarlo. Con la llegada de la Democracia dijeron que todo iba a ser un caos social y que se iban a perder los valores. Después, cuando el PSOE ganó las elecciones en 1982, lanzaron el mensaje de que iban a llevarse los ahorros de los bancos, las casas iban a ser expropiadas, especialmente los apartamentos de la playa, las iglesias arderían, las fincas se iban a ocupar y repartir entre los obreros del campo… Nada de eso pasó. Pero años más tarde, en 2004, desde esas mismas posiciones no pararon de repetir que la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero fue debida a la conspiración del PSOE con ETA, para llevar a cabo los atentados del 11M e impedir que el PP ganara las elecciones, lo cual también convertía a su Gobierno en ilegítimo. Una estrategia que luego continuó llamando al Gobierno traidor durante las negociaciones para acabar con la banda terrorista, y, que al final, visto que por esa vía no hacían mucho daño, terminaron responsabilizándolo de la crisis económica mundial. Nada de eso fue así.

Ahora repiten sus tácticas con la victoria del PSOE y el Gobierno de Pedro Sánchez.

La pregunta es sencilla, ¿por qué si nada de todo lo que se ha dicho desde la derecha y los sectores conservadores ha sido cierto, y sólo buscaron generar enfrentamiento, desprestigio y miedo para beneficiarse a través de él de lo que fueron incapaces de conseguir con sus propuestas y gestión, se le da credibilidad y recorrido a lo que dicen ahora con el mismo argumento y objetivo?

En Medicina, a principios de los 90, se desarrolló la llamada “Medicina Basada en la Evidencia” (MBE), para evitar las posiciones individuales derivadas de experiencias personales, y la influencia de elementos externos que pudieran estar interesados en determinadas pautas diagnósticas o terapéuticas, situación que llevaba a una serie de decisiones sin ningún fundamento científico. Algo así habría que introducir en la política,, una “Política Basada en la Evidencia”, al menos en algunas de sus partes, para impedir la falta de rigor y la instrumentalización de la mentira con la complicidad de algunos medios e instrumentos de comunicación.

Cambiar de opinión puede ser cuestionable, pero no es mentira. Mentir siempre es cuestionable, sobre todo cuando se hace para cambiar la opinión de la gente sobre la falacia, y así aumentar la crispación y el enfrentamiento social.

Una sociedad dividida y enfrentada puede dar votos, pero no victorias. La sociedad siempre pierde en esas circunstancias.

Toy (Love) Story 4

La humanidad está hecha de amor, es cierto que la violencia, las tiranías, las guerras, el poder… la han puesto a prueba desde el principio, pero si hemos llegado hasta aquí y aún mantenemos la esperanza de que otro mundo es posible y mejor, se debe al amor que hemos sido capaces de guardar entre las trabéculas de nuestro corazón y bajo las circunvoluciones del cerebro.

Y el amor no es sólo la emoción que se siente por alguien o algo como parte de una relación personal, el amor también es compromiso, implicación, determinación, entrega, renuncia… por ese proyecto común que surge de una sentimentalidad que va más allá de los objetivos concretos. Y no hay amor en soledad, aunque sí puedan existir las emociones que dibujan su silueta, el amor es compartido en cuanto a proyecto, con independencia de que a título personal sea correspondido o no, y aunque se viva de manera aislada, parte de su sentido viene dado por el contexto del que se aísla. Por eso el proyecto se amplía en la interacción y en la convivencia, y el amor crece y se va haciendo social en el proyecto común que se levanta sobre ese amor responsable de la sociedad y sus ideales, para dar espacio para que crezcan las relaciones personales.

La película “Toy Story 4”, con esa sencillez que significa llevarnos a la infancia para ver la vida y su realidad desde la doble perspectiva que da el retroceso del regreso y el avance de la vuelta al presente, muestra algunas de las claves de una realidad abandonada y necesitada de amor que ha cambiado lo social por lo individual, lo común por el egoísmo, el futuro por lo inmediato, el compromiso por el hedonismo, y los valores por lo material.

De nuevo Woody, Buzz Lightyear y todos sus amigos y amigas nos dan una lección de vida y nos dejan la responsabilidad de hacerla verdad a los adultos, pues para la gente más joven la película será un cuento tan pasajero como el tiempo que tarde en llegar el próximo estreno de cualquier película infantil. En otras películas de la serie han insistido sobre la amistad, pero en esta cuarta entrega han querido dar un paso más y hablar directamente de amor, y de algunas circunstancias que existen en la sociedad para impedirlo u ocultarlo.

La vida está llena de renuncias irremediables, pero no de olvidos. Confundir unas con otros sólo es parte de esa imposición de quienes necesitan el individualismo como razón para el abandono del proyecto común, y así poder anteponer lo personal al grupo. La película muestra cómo los estereotipos y una sociedad utilitarista causan daño sobre quienes sufren el peso de la discriminación, y cómo ese impacto está levantado sobre la normalidad de quienes han decidido que esas sean las circunstancias de juego, no como algo excepcional ni ocasional. Son dos los mecanismos que revela para lograr ese objetivo: la construcción de las identidades, y el uso del mito y las expectativas.

Veámoslos de manera gráfica.

  1. La construcción de las identidades. El personaje protagonista introducido en esta película, Forky, es un tenedor de plástico hecho muñeco y visto y aceptado como tal por sus iguales, el resto de muñecos. A pesar de ello sigue viéndose a si mismo como un tenedor desechable. Su identidad es ser “basura” y su comportamiento se mantiene consecuente con esa idea, hasta que Woody y sus amigos logran hacerle entender que no es así. Hasta ese momento, lo único que hace es buscar su destino en cualquier lugar para los desperdicios.
  2. El uso del mito y las expectativas. El otro personaje de la película que refleja las vías que tiene una sociedad desigual y capitalista para mantener el control es Duke Caboom, un motorista canadiense abandonado el primer día por su niño al comprobar que el juguete no hacía lo que se veía en el anuncio de televisión, y que sus saltos y piruetas en la moto no eran tan espectaculares en la realidad como en la tele. Las expectativas generadas a conciencia, al no verse cumplidas generan el rechazo en quien las espera, y la frustración y la idea de incapacidad en quienes viven la situación, llevando a la pasividad y a la frustración.

Estas son dos de las claves de nuestro tiempo utilizadas a diario para mantener la desigualdad y el orden social sobre el sometimiento de determinadas personas a las que no se les reconoce la Igualdad en su condición y oportunidades (mujeres, personas LGTBI, extranjeros, grupos étnicos…), y a quienes se les pide la demostración de “su igualdad” en un “exceso de capacidad y responsabilidad” que con frecuencia no se ve cumplido, a pesar del gran esfuerzo para lograrlo. Esta situación las hace sentir culpables e incapaces, y por tanto manipulables y sumisas, como le ocurre a Duke Caboom o a Forky hasta que se convencen de sus propias posibilidades y valía gracias a Woody y al grupo.

Porque Woody, en esta película con su inseparable Buzz Lightyear algo más distante, es quien aglutina esa conciencia crítica frente a los acontecimientos, y quien lleva su amor y compromiso a la acción para sacar adelante al grupo.

El cambio que vive el propio Woody en la película, donde al principio renuncia a su “amor personal” por Bo para al final quedarse a su lado, es sin duda la demostración clave de esa dimensión social del amor individual. La sociedad no necesita líderes distantes y ajenos, sino personas con responsabilidad que sean capaces de hacerla protagonista a través de su participación.

Y para ello, tan importante es saber renunciar como saber comprometerse y entender que sin uno mismo no se puede amar ni comprometerse con nadie. La negación del amor, de los sentimientos, de la intimidad para dejarlo todo en la otra persona o en el grupo, al final se traduce en algo artificial y perjudicial para el propio grupo y la persona, pues tan poco basta con el amor hacia uno mismo o con el amor individual.

Toy Story nos lo recuerda en su historia de amor. Una historia que hace que Woody renuncie a su amor por Bo por su compromiso por el grupo, y que luego sea el grupo el que le ayude a entender que toda la aventura es parte de su amor por Bo. Ese final de la película a su lado es un buen principio para la historia que le sucede, y de la cual nos toca ser protagonistas.

Como dice Luis García Montero en sus “Palabras rotas”, no debemos dejar que palabras como verdad, bondad, política… queden en desuso por el interés de un poder que rehúye de ellas. Tenemos que recuperarlas y gritarlas al viento, como también hemos de hacerlo con la palabra amor, porque somos una historia de amor, que no nos engañe el relato que cuentan “los que cuentan”.

Hombres “protagoristas”

El machismo lo tiene claro: el hombre es la referencia y lo masculino la razón. En eso son “protagorístas”, no sólo protagonistas de la vida en sociedad con su poder y sus privilegios, sino que se sitúan a sí mismos en el centro de la realidad, de ahí que cuando se ha cuestionado esa construcción han sacado su vis “protagorísta” para volver a reivindicarse.

Protágoras de Abdera fue un filósofo sofista que vivió en el siglo V antes de nuestra era, y conocido, entre otros pensamientos, por su “homo mensura”, la idea que resumía su filosofía de que “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuento que no son”, y claro, con una propuesta tan explícita el machismo no ha dudado en hacerla suya de forma literal. Es lo más parecido a un dios terrenal con su omnipresencia más allá de lo que es, su omnisciencia capaz de conocer lo más íntimo y lo más trascendental, y su capacidad todopoderosa para hacer y deshacer según le convenga en todo momento y lugar.

Desde esa posición ha utilizado su poder para condicionar la realidad de manera que cambiaran las circunstancias y protagonistas, pero no el poder de los hombres ni la referencia de los hombres en el poder. Cuando había un tirano no importaba que llegaran otros hombres y lo derrocaran; cuando era un rey, los hombres que llegaban lo quitaban e incluso podían cambiar el modelo de Estado para instaurar una república donde otros hombres mandaban. Cuando la esclavitud impuesta por hombres protagonizó la historia, llegaron hombres y mujeres para abolirla, pero luego sólo fueron hombres los que dominaron en la nueva sociedad; y cuando tiempo después se instauró el apartheid y el racismo en algunos países, también fueron hombres y mujeres de todos los colores quienes consiguieron abolirlos para que fueran hombres de todos los colores quienes lideraran la nueva época. La estrategia era simple: enfrentar a hombres contra hombres siempre daba vencedor a hombres, la derrota forma parte de su modelo de poder y es un estímulo para que los hombres lo asuman con la violencia que conlleva  como parte esencial del mismo.

Con la Igualdad cambia la situación  y el escenario. Ahora se trata de acabar con esa cultura creada sobre la referencia de los hombres, no se trata de cambiar circunstancias y protagonistas dentro del marco cultural, sino de cambiar la cultura rompiendo con su machismo funcional.

Ante esta nueva realidad, la percepción que tienen los hombres “protagorístas” es de pérdida y ataque, porque ya no serían la medida de todas las cosas.  De manera que han reaccionado con todos sus instrumentos a través de tres vías: premiar a los suyos, castigar a los contrarios e influir en el resto para que sean afines y dóciles a sus propuestas. Por eso su crítica a la Igualdad, su ataque a todas las políticas de género, su miedo al diálogo, y la necesidad de manipular y atacar a quien cuestiona la falacia de una construcción que parte de la idea de superioridad masculina, tan gráficamente expresada recientemente por el eurodiputado Yanusz Korwin-Mikke cuando dijo que las mujeres deben cobrar menos por ser “más débiles y menos inteligentes”.

Esta situación es la que ha llevado, como apuntaba, a que nunca haya habido reparo en adoptar medidas y leyes contra el racismo, la xenofobia, el terrorismo… es cierto que algunas les ha costado mucho, sobre todo las que protegen los derechos de quienes desde el machismo consideran “diferentes e inferiores”, pero las han respetado en su formalidad porque las personas que pueden ser condenadas en caso de delinquir incluyen tanto a hombres como a mujeres.

Lo que no soportan ni aceptan son las medidas para avanzar en Igualdad y para erradicar la violencia de género porque hacen una distinción sobre los hombres debido a que son ellos quienes marcan la diferencia. La violencia de género es una violencia desarrollada por los hombres sobre las mujeres y las niñas al amparo de una cultura machista que la normaliza, la minimiza y la justifica, al tiempo que responsabiliza a las propias mujeres que la sufren. Por eso no es casualidad que a pesar de su presencia histórica y del impacto tan grave que ha tenido en número de mujeres maltratadas, violadas y asesinadas, no haya sido regulada atendiendo a sus características específicas y a sus circunstancias particulares hasta hace unos años.

Y no lo soportan porque la conocida como Ley Integral contra la Violencia de Género  tiene un doble impacto: incide sobre cada uno de los maltratadores, pero también sobre todas las circunstancias que permiten actuar a los hombres que lo decidan desde esa impunidad que da el abrigo de la normalidad, lo cual hace que sólo se denuncie un 25% de toda la violencia de género que existe, y que sólo el 5% de todos los maltratadores sea condenado.

De repente, el hombre que era medida de todas las cosas para repartir culpas entre hombres y mujeres, lo cual le ha permitido caminar por la historia ejerciendo la violencia contra ellas sin apenas consecuencias, ha pasado a ser la referencia exclusiva de la violencia de género, tanto por ejercerla como por crear una cultura que entiende que es “normal”, tal y como reveló el Eurobarómetro de 2010 al mostrar que un 3% de la población de la UE piensa que hay motivos para que los hombres ejerzan la violencia contra las mujeres.

Por eso sus argumentos son tan gráficos y reveladores cuando dicen que la Ley Integral contra la Violencia de Género, al centrarse en los hombres como agresores, es como si se tomara a los musulmanes como terroristas yihadistas o los vascos como terroristas de ETA. Pero se equivocan y desenmascaran porque las leyes contra el terrorismo se centran en quien está alrededor de las posiciones y estrategias terroristas y, por tanto, van contra las personas que forman parte de esos grupos y actúan en su nombre. Cuando esas personas son condenadas lo son por ser terroristas, no por ser musulmanes o vascos. Y la ley contra la violencia de género actúa contra las personas que la ejercen, que son aquellos hombres que de manera voluntaria deciden acudir a ella desde su masculinidad y bajo las referencias de una cultura que la ha normalizado, tanto que según la Macroencuesta de 2015 el 44% de las mujeres que la sufren no la denuncian porque a violencia vivida “no es lo suficientemente grave”,o sea, porque la consideran “normal”, lo cual no es una decisión individual, sino una idea impuesta por la cultura machista. Por o tanto la Ley Integral contra la Violencia de Género  no condena a hombres por ser hombres, sino por ser maltratadores o asesinos.

Si una mujer u otro hombre ejerce una violencia en contextos similares, pero sin el amparo de una cultura que la normaliza, la respuesta de la ley es la misma, pero no por ello forma parte del mismo tipo de violencia y de sus circunstancias, como si un budista o un musulmán al margen de un grupo terrorista ponen una bomba en un lugar público, serían unos asesinos, pero no unos terroristas, porque el terrorismo no está definido por la condición de quien lo lleva a cabo, sino por la ideología criminal que lo sustenta. En cambio, la violencia de género sí se define sobre su autor: aquel hombre que a partir de la cultura machista decide desarrollar una conducta violenta sobre las mujeres, porque es esa condición la referencia que históricamente ha creado la cultura para ejercerla desde la normalidad. Pero la condena es por ser violento, no por ser hombre.

A muchos hombres les cuesta aceptarlo, aunque lo entienden tan bien que no quieren perder el privilegio de acudir a esta violencia para imponer sus criterios dentro de la relación de pareja. Por eso “su lucha” es para derogar la Ley Integral, no para pedir más medios y recursos con las “otras violencias”.

El machismo está nervioso porque su androcentrismo “protagorista” se viene abajo con la Igualdad. Los hombres ya no son la medida de todas las cosas, ni de las que son en cuanto que son, ni de las que no son en cuanto que no son. Los hombres ya no son la única referencia ni medida, son lo que deberían haber sido, una persona más.

 

 

 

 

“Un hombre blanco hetero”

Brenton Tarrant, el asesino que ha acabado con la vida de 50 personas y ha herido a 36  en el atentado que ha llevado a cabo contra dos mezquitas en Nueva Zelanda, es un “hombre blanco y hetero”. Puede parecer algo anecdótico o secundario, pero no lo es, hasta el punto de que él mismo se ha encargado de recogerlo en su manifiesto al definirse como “un hombre blanco normal”.

“La realidad no un accidente, es un resultado”, con frecuencia insisto en esta idea para hacer ver que muchas de las agresiones y homicidios que se producen son consecuencia de elementos estructurales y de un contexto violento que se mantiene en el tiempo alimentado a diario por el odio. No son “hechos aislados” o consecuencia de circunstancias y factores individuales que actúan de manera puntual en un momento dado, indudablemente, al final en cada uno de los casos hay elementos individuales y elementos del contexto que influyen en la forma de llevarlos a cabo, pero no son la causa de esos homicidios.

Los asesinatos de Brenton Tarrant son un crimen islamófobo y racista, pero no podemos olvidar que han sido planificados desde una posición de ultraderecha basada en ideas supremacistas que parten de la base de que hay determinadas personas que por su condición son superiores a otras, y que, en consecuencia,  sus ideas, creencias y valores están por encima de las del resto. Esa es la razón que lleva a que cuando deciden que ellos, por su condición, son los que tienen la capacidad para desarrollar determinados roles y funciones nadie diferente pueda ocuparlos, pues si lo hacen lo interpretan como una usurpación y un ataque que debe ser contrarrestado.

Este planteamiento es la esencia del machismo al situar, hace 10.000 años, allá por el Neolítico, la condición de los hombres como superior a la de las mujeres, pilar básico sobre el que luego se han introducido otros elementos de discriminación conforme se iban incorporando personas de diferentes características a los núcleos de población cada vez mayores y más complejos. La forma de pensar no ha cambiado en esencia, tal y como se ve en el propio Europarlamento cuando un eurodiputado como Janusz Korwin-Mikke pide desde la tribuna que las mujeres cobren menos porque “son más débiles y menos inteligentes”,u otro eurodiputado, también polaco y de ultraderecha, en este caso Stanislaw Zóltel, ha insistido recientemente (7-3-19) en el mensaje de que “hay tareas para hombres y tareas para mujeres”.

Esa idea basada en la condición como referencia para organizarlo todo es la razón de que cada vez haya más perfiles en las redes sociales que construyen sus argumentos desde la referencia de ser “un hombre blanco y hetero”para así demostrar y reivindicar su condición y presentarla como plataforma superior para lanzar sus argumentos en cada uno de los elementos que la componen:

  1. Hombre como referencia superior a las mujeres
  2. Blanco como referencia superior a otros grupos y extranjeros
  3. Hetero como referencia superior a otras orientaciones sexuales e identidades de género, pues no basta ser “hombre y blanco”, sino que además hay que ser heterosexual, tal y como la cultura patriarcal dice que han de ser los hombres.

Puro machismo. Un machismo que está en la esencia de toda esta construcción, puesto que el machismo es cultura, no conducta. La cultura que define esas identidades y al mismo tiempo establece las pautas, formas, espacios… de relación y convivencia en sociedad a través de lo que consideran que es el “orden social” y las ideas, valores, creencias, costumbres, tradiciones… que lo definen. Por eso, cuando interpretan que ese orden es alterado se ven en la necesidad de corregirlo, y de hacerlo con ese doble componente que imprimen a su conducta: el de castigo y el de lección.

Castigo sobre las personas concretas que entienden que lo han cuestionado (mujeres, extranjeros, practicantes de otras religiones, homosexuales, trans…), y lección para el resto en un doble sentido, por un lado, para los grupos diana que pueden sufrir esas agresiones con el objeto de que no se salgan de los roles, espacios, tiempos… asignados; y por otro, para toda la sociedad, con la idea de que sea consciente de los auténticos valores que le dan sentido, y de que hay gente que está dispuesta a defenderlos en cualquier momento.

El machismo está cada vez más organizado y articulado sobre esos elementos nucleares que vinculan la capacidad y el disfrute de los derechos a la condición de las personas, por eso en una época en la que la Igualdad avanza de forma imparable, y las mujeres ocupan el protagonismo y el liderazgo de la transformación social y cultural que se está produciendo, tanto a nivel local  como global, debemos estar pendientes de todo lo que sucede cada día para erradicar la violencia que ejercen y prevenir los golpes que dan desde sus posiciones y condición. Algunas de las informaciones que han aparecido estos días sobre el atentado de Brenton Tarrant lo han recogido de forma clara, el principal problema que lleva a este tipo de ataques es la “cultura online que existe, las redes sociales y las webs sobre asesinos de masas”, justo lo mismo que ocurre con la violencia machista y el odio que se inyecta a diario contra las mujeres con total impunidad.

“El machismo es la ideología de las ideologías”ya lo escribí en “La trampa del odio fragmentado” (19-6-16) tras el atentado de Orlando contra gais y lesbianas, por eso conforme pasa el tiempo y la Igualdad se asienta más, aumenta también la reivindicación de sus posiciones de poder a través de la exhibición de su condición de “hombre blanco y hetero”… Lo dicho, puro machismo.

 

“Supremachismo”

La terminología que habitualmente utilizan desde el machismo revela de forma gráfica cuáles son sus fuentes de conocimiento e inspiración. Es el machismo quien recurre al nazismo para llamar “feminazis” a las feministas y “feminazismo” al feminismo, es el machismo quien llama “adoctrinamiento” a la educación en Igualdad como si fuera una religión, es el machismo el que considera parte de una “ideología”, la denominada “ideología de género”, proponer acabar con la violencia de género y la injusticia de la desigualdad, no como una defensa de los Derechos Humanos… Y ahora es el machismo el que recurre al concepto racista del “supremacismo”.

Con todas esas referencias no podía tardar mucho en llegar a la idea que aglutina todos esas ideas y hablar de  la “supremacía” de las mujeres, del feminismo o de género para levantar la crítica y el rechazo a quien cuestiona su modelo de sociedad.

Nada sorprendente. El machismo es muy previsible porque se mueve en una realidad histórica que no quiere cambiar, lo cual hace que las referencias se le queden pequeñas y que tenga que recurrir a las palabras para modificar el enunciado sin que cambien las ideas. Por eso sus conceptos son tan mutantes, como por ejemplo ocurre con el llamado SAP (Síndrome de Alienación Parental), que primero hablaron de “alienación”, luego de “interferencias parentales”, después de “programación afectiva”… y así cambiarán todas las veces que hagan falta para decir lo mismo: que las mujeres son malas y perversas, y que manipulan a los hijos contra los padres tras la separación.

Esa misma necesidad de cambiar para seguir igual y de ocultar los nombres con otros nuevos, ya refleja la falacia que esconde su actitud, pero como hablan desde posiciones de poder y juegan con el favor de la normalidad y todos sus mitos y estereotipos, sus argumentos resultan creíbles, al menos durante el tiempo suficiente para generar algo de confusión, y con ella distancia al problema y pasividad en la implicación social para poder resolverlo. Por eso aún estamos donde estamos.

El supremacismo surgió como un posicionamiento racista basado en el llamado “racismo científico” del siglo XVII, que a través de la manipulación de la ciencia y con argumentos pseudo-científicos, estableció la superioridad de la “raza” blanca sobre la negra y el resto de grupos étnicos. Como se puede ver, no muy diferente a lo que ahora, en pleno siglo XXI, algunos “científicos” quieren hacer con el SAP y sus pseudónimos. Ya les he dicho que el machismo es previsible, reincidente y redundante.

El supremacismo liga la superioridad a la condición, de manera que es la persona por sus características la que resulta superior a las otras que no tienen esos elementos al no formar parte de su condición. No se trata de que determinadas circunstancias o factores les den ventaja, sino que esta se debe a su superioridad, y esa superioridad a su naturaleza.

Mucho antes del siglo XVII, en este caso bajo argumentos y posicionamientos que nada tienen que ver con la ciencia, concretamente 10.000 años atrás, justo en el Neolítico, los hombres decidieron que su condición era superior a la de las mujeres. Y bajo ese argumento organizaron la convivencia, distribuyeron los roles, los tiempos y los espacios, y establecieron unas formas de relación y dinámicas sociales que alimentaban y reforzaban esa construcción machista basada en la “superioridad” de los hombres.

El machismo es “supremachismo” porque los machistas son “supremachistas”. Se trata de hombres que se consideran superiores a las mujeres por su condición masculina y al margen de cualquier otra circunstancia. Da igual el status, el trabajo que tengan, los ingresos económicos… desde esa concepción el hombre siempre tiene un plus de racionalidad que lo hace superior, y un plus de fuerza por si alguien lo pone en duda, especialmente si quien lo hace es alguna mujer.

Lo que sucede estos días con la irrupción en la política de los argumentos machistas explícitos, y su continuidad en un sector de la sociedad, sólo es reflejo de ese “supremachismo” fracasado, pues a pesar de todo su poder, debemos ser conscientes de que ha contado con la cultura como inductora, con la normalidad como cómplice, con la inercia de la historia como motor, y con todos los instrumentos institucionales de una sociedad: educación, Derecho, Administración de Justicia, religiones… y ha fracasado. No ha sido capaz de mantener esa superioridad falaz sobre la figura de los hombres. Es cierto que muchos hombres están dispuestos a renunciar a la Igualdad para mantener esas ventajas levantadas sobre la injusticia de la desigualdad, pero también es verdad que la transformación que vive la sociedad, liderada y protagonizada por las mujeres, ya ha producido un cambio que  aglutina cada día a más mujeres y a más hombres, conscientes de que nada hay mejor que vivir en una sociedad que cuente con el “privilegio de la Igualdad”, y así hacer de la convivencia identidad.

La realidad demuestra que el machismo no quiere entender que el ideal de Igualdad es algo inalienable a la persona, y se encuentra en la conciencia de cada hombre y de cada mujer, por eso la Igualdad avanza y avanzará en las circunstancias más difíciles, y lo hará gracias al feminismo y a través de todos los campos minados que con sus mentiras, amenazas y violencia coloque el machismo “supremachista” para defender sus privilegios.

Nada ni nadie va a detener al feminismo ni a la Igualdad.