¿Por qué yihadismo sí y machismo no?

(POR UN “PACTO DE ESTADO CONTRA EL MACHISMO”)

La respuesta contra cada uno de los atentados del terrorismo yihadista es inmediata y contundente, no sólo contra el grupo, célula o persona que lo haya llevado a cabo, lo es contra todo lo que representa y frente a todos los que de una forma u otra amparan y justifican ese tipo de actos criminales.

Nadie interpreta que los autores sean hombres con problemas con el alcohol o las drogas, ni dicen que tengan un trastorno mental o enfermedad psíquica que anule o condicione su conducta. En ninguna ocasión se ha comentado que las organizaciones que trabajan para acabar con la instrumentalización de las ideas y las creencias que justifican los ataques o que ayudan a las víctimas, en realidad buscan beneficiarse económicamente con sus actividades y vivir de las subvenciones, ni menos aún dicen que estas personas en realidad lo que pretenden es atacar el orden existente y las referencias dadas para convivir en sociedad. Por eso tampoco se les ocurre plantear que cuando se toman medidas para abordar el problema del terrorismo yihadista o se llega a un pacto de Estado contra él, en realidad se trata de una discriminación frente a otras víctimas, otras violencias y otras formas de terrorismo.

Y si surgiera una voz con alguno de los argumentos anteriores, se encontraría de manera inmediata con una respuesta contundente criticándola y, posiblemente, con una serie de medidas policiales y judiciales para aclarar si forma parte de una acción de “apología del terrorismo”.

Todo el mundo entiende que cada uno de los atentados yihadistas es consecuencia del yihadismo que los envuelve a todos, pues es este el que permite que se inicie el proceso por el que cada autor planifica y lleva a cabo los ataques.

Con la violencia machista ocurre justo lo contrario, y todo se reduce a cada uno de los machistas que comete una agresión o un asesinato, como si fueran seres de otro planeta o cultura, y, además, con frecuencia son presentados como hombres con problemas con el alcohol o las drogas, o con algún tipo de trastorno o enfermedad mental. Y las personas que trabajan para erradicar esta violencia son atacadas, las llaman “feminazis” y las presentan como interesadas sólo en obtener beneficios económicos a través de ese trabajo. La crítica culmina al presentar el compromiso por la Igualdad como una especie de “adoctrinamiento” llevado a cabo desde la “ideología de género” para terminar con el orden, la moral, la familia, las creencias y, de alguna manera, los hombres “de verdad”.

Esta diferente percepción y posicionamiento ante el terrorismo yihadista y la violencia machista, forma parte de las ideas y valores de nuestra sociedad por ser producto de la cultura patriarcal que la define y condiciona. Ni siquiera el impacto de una y otra violencia son comparables en cuanto al daño que generan, tal y como demuestran los estudios y estadísticas, pero da lo mismo, el posicionamiento frente a una y a otra es completamente distinto.

Según los datos de diferentes organismos y organizaciones internacionales, recogidos por Datagrave y ESRI, el terrorismo yihadista llevó a cabo en 2016 un total de 1441 atentados por todo el planeta, ocasionando 14.356 víctimas. En 2015 cometió unos 16.000 atentados y el número de víctimas ascendió hasta 38.000, aproximadamente. Sin duda un grave problema que varía en su resultado en relación con las circunstancias geo-políticas de diferentes regiones, a pesar de lo cual está siendo combatido con cierta eficacia.

La violencia machista, sólo en el seno de las relaciones de pareja y familiares, cada año asesina alrededor de 42.500 mujeres, tal y como recoge el “Informe Global sobre Homicidios” de Naciones Unidas (2013). Una cifra que además se mantiene relativamente constante y no depende de circunstancias pasajeras ni coyunturales, sino de las ideas amparadas por la cultura machista que integra la violencia de género como parte de la normalidad, y que luego se “sorprende” cuando “se le va de las manos”, y no siempre, pues como hemos apuntado, es frecuente la justificación del agresor y el cuestionamiento de la conducta realizada por la propia mujer que ha sido agredida o asesinada.

A pesar de esta realidad objetiva, la percepción es que el yihadismo es un problema grave y una amenaza, mientras que la violencia machista ni es grave ni es amenaza. Y no sólo eso, sino que es el propio machismo el que establece las referencias para convivir al amparo de las leyes, las política, las instituciones, y todo lo demás. Da igual que en Europa cada año sean asesinadas 3300 mujeres por violencia de género (Naciones Unidas, 2013) y que los atentados yihadistas, el año que más víctimas causaron en Europa (2004), asesinaran a 196 personas (192 de ellas en los atentados de Madrid).

La situación es tan perversa que se llega a responsabilizar a las mujeres y al feminismo hasta de la violencia de género, al afirmar que se trata de esa estrategia interesada para atacar a los hombres a través de las denuncias falsas para quedarse con “la casa, los niños y la paga”, conducta que en muchos casos los lleva al suicidio como consecuencia de toda esa manipulación interesada.

Esa idea de responsabilizar a las víctimas y de presentarlas como autoras de una provocación, es la misma que utiliza el yihadismo para justificar sus atentados, pues al final la violencia que se ejerce en nombre de las ideas, los valores y las creencias siempre cuenta con apoyos en la propia sociedad donde esas ideas, valores y creencias forman parte de la normalidad. Por ello siempre tienen a su lado una razón y un apoyo para ser utilizadas, ese es el motivo que lleva a considerarlos “crímenes morales”, puesto que cada uno de ellos no sólo aborda cuestiones particulares, sino que también da respuesta a elementos comunes a todas esas creencias, valores e ideas.

Y del mismo modo que se entiende que para acabar con los atentados del terrorismo hay que acabar con el yihadismo, debe entenderse que para acabar con la violencia de género y sus asesinatos hay que erradicar el machismo, no sólo cuestionar la violencia que se hace visible ni a los hombres que protagonizan estos casos públicos.

Los trabajos de la Subcomisión del Congreso y de la Ponencia del Senado deben concluir en un “Pacto de Estado contra el machismo”, no sólo contra la violencia de género. Es lo que en su día se hizo cuando se firmó un “pacto de Estado contra el terrorismo” para combatir a ETA, y más recientemente un “pacto de Estado contra el yihadismo”. En ningún caso se firmó un pacto “contra la violencia terrorista” ni “contra los atentados terroristas”, sino contra el contexto que los causaba. Si se hubiera hecho sólo sobre el resultado habría sido un error y nadie lo habría aceptado.

Si el machismo continúa con todo su espacio, poder, credibilidad en su palabra, hasta el punto de hacer pasar una realidad por otra y de presentar a los hombres como víctimas de la Igualdad, para así mantener una equidistancia con la que utilizar la “neutralidad” como cómplice, nunca acabaremos con la injusticia de la desigualdad ni con todas sus formas de violencia.

Los machistas quieren mantener la realidad bajo las referencias de siempre, incluso piden derogar la Ley Integral contra la violencia de género, ahora se trata de darle la razón al machismo o de quitársela y trabajar definitivamente por la Igualdad. Por eso presentan el yihadismo como una amenaza para la sociedad y no ven amenaza alguna en la violencia de género a pesar de ocasionar muchas más víctimas. Pero hasta en eso se delatan.

Si al machismo le preocupa la violencia en sociedad cuando afecta a hombres y mujeres, como ocurre con el yihadismo, y no le preocupa la violencia de género que sólo afecta a mujeres, lo que en verdad significa es que su preocupación por lo común se debe a que afecta a los hombres, no porque ataca a las mujeres, pues si les preocupara el impacto de la violencia sobre ellas tendrían que comprometerse decididamente para erradicar la violencia de género y el machismo. Y no lo hacen.

Ellos no lo van a hacer nunca, pero la sociedad sí, de hecho ya lo hace y  avanzamos de manera decidida. Ahora necesitamos más apoyos, medidas y recursos, y es lo que debe proporcionar el “pacto de Estado contra el machismo”.

Machismo y corrupción

Los hombres son el modelo ético en una cultura patriarcal que se ha levantado tomando lo masculino como universal, es decir, como referencia común para toda la sociedad, y lo femenino como particular y propio de determinados contextos, generalmente relacionados con lo familiar y lo doméstico.

Eso hace que la realidad venga condicionada por lo que los hombres consideran que debe formar parte de ella, que las leyes y el Derecho hayan tomado como modelo de comportamiento el representado por un “buen padre de familia”, que los tratos se cerraran con un “apretón de manos”, por supuesto de manos viriles, y que el sello más indeleble fuera la “palabra de hombre”, que permanecía en el aire como si fuera parte de su oxígeno, nitrógeno y argón.

Y en contraste, las mujeres, desde la Eva del Paraíso hasta la última de sus hijas, son falsas, perversas, mentirosas, interesadas, traicioneras…

Y a pesar de esta construcción cultural nada desinteresada, nadie ha caído en el “pequeño detalle” de que las mayores traiciones, mentiras, falsedades, manipulaciones, perversidades y crueldades, ahora y a lo largo de la historia, han sido llevadas a cabo por esos hombres cabales, de palabra indeleble y apretones de mano que estrangulan la realidad entre sus dedos para hacerla favorable a sus intereses. Da igual que la realidad muestre que los hombres son quienes protagonizan la mayoría de las felonías, perversiones y crímenes, para la sociedad ellos continúan siguen siendo “buenos padres de familia”, hasta el punto de que cuando se conocen algunas de estas acciones todo se justifica al afirmar que se trata de una serie de “casos aislados”.

Todo ello demuestra que la clave de la realidad no está en su relato descriptivo, sino en el significado que se le da, y que una misma situación puede ser buena o mala dependiendo de quién la protagonice y del sentido que se le otorgue a partir de sus motivos o de los objetivos que pretende conseguir. Y claro, cuando la legitimidad para interpretar la realidad se le da a quien la hace verdad día a día, es decir, a los hombres, y cuando se les dice que la interpreten sobre el modelo de referencia, o sea, la cultura patriarcal, el resultado se presenta como adecuado a los ojos de esa sociedad machista que espera que todo siga igual a pesar de la injusticia.

Eso es corrupción y esa corrupción moral se llama machismo.

Porque corrupción es “vicio y abuso”, tal y como recoge la tercera acepción del DRAE. Y es “vicio” al construir una cultura sobre lo masculino que desprecia lo de las mujeres, y es “abuso” cuando esa construcción se ha llevado a cabo para crear una espacio de poder donde lo de los hombres y los hombres son beneficiarios de un contexto y unas relaciones que giran sobre lo masculino.

Si no fuera así no estaríamos en pleno siglo XXI reivindicando la Igualdad como forma de acabar con la discriminación de las mujeres, con la brecha salarial, económica y educativa que sufren por todo el planeta, y con los abusos, el acoso y una violencia de género que mata a 50.000 mujeres cada año, sólo en el contexto de las relaciones de pareja.

Y reivindicar la Igualdad no es un acto abstracto ni neutral, significa actuar para erradicar los privilegios que los hombres se han otorgado a sí mismos a costa de los derechos de las mujeres, significa acabar con las ventajas laborales, económicas, domésticas, educativas… Significa lograr que los hombres no abusen de las mujeres en los contextos más diversos, e impedir que las maltraten y asesinen con la normalidad como cómplice.

La corrupción es más poder desde el poder, y el machismo busca más poder desde el poder que ya le ha dado la desigualdad.

Pero las venas de la convivencia aún llevan el veneno original del machismo, de ahí que haya tantos frutos tóxicos en la sociedad, entre ellos una economía opresora, una política distante e insensible, unos organismos internacionales incapaces de mirar fuera de sus despachos, unas religiones que miran al más allá y ponen las injusticias del presente como camino a la otra vida… Y cada uno de esos contextos ha sido diseñado por hombres y es dirigido por hombres con el manual de instrucciones de sus ideas y valores.

La incorporación de las mujeres está permitiendo cambiar ese modelo, pero no se conseguirá sin una critica a su naturaleza de poder e injusticia, tan sólo lo irá adaptando a nuevas circunstancias, como ha ocurrido a lo largo de la historia.

Porque toda esa construcción está basada en una estructura de poder que originariamente se levantó sobre la referencia hombre-mujer, al ser esta la única que existía cuando la organización social se articuló sobre la acumulación de riqueza, y fue necesario garantizar la transmisión de los bienes a la descendencia de cada hombre poderoso para, de ese modo, acumular más poder. Con el paso del tiempo, conforme las sociedades ganaron en complejidad, los elementos de desigualdad y discriminación se fueron ampliando a partir del machismo original, pero en todo momento tomando a los hombres como referencia para unir después el color de la piel, el origen, las creencias… Las nuevas referencias de desigualdad no acabaron con el machismo, sino que lo consolidaron.

Reducir el machismo a las cuestiones entre hombres y mujeres es otra de sus trampas para que todos esos casos parezcan una anécdota y consecuencia de una cultura desigual, discriminatoria y violenta que afecta a las mujeres, pero también a los hombres. La sociedad es machista porque ha adoptado el machismo original para crear una posición de poder desde la que resolver los conflictos de manera ventajosa, lo cual lleva a generar más conflictos para acumular un mayor poder.

El poder de la desigualdad es consecuencia del machismo, no el machismo consecuencia de una desigualdad general.

Si el machismo sólo fuera una cuestión de hombres y mujeres, y no un modelo de convivencia e identidades para poder vivirlo, no habría tantas resistencias y ataques para evitar que cambie toda la construcción social, y el propio sistema sería el primero en intentar acabar con las manifestaciones más graves del modelo, como por ejemplo la violencia de género. Pero no lo hace, porque sabe que abordar de raíz estas manifestaciones exige, indefectiblemente, erradicar el modelo machista de convivencia e identidades.

El machismo es la corrupción de la propia sociedad a través del vicio de la desigualdad y del abuso de los hombres sobre el resto de las personas que consideran inferiores por ser diferentes a su identidad (mujeres, homosexuales, transexuales, intersexuales…), y ajenas a su contexto social (extranjeros, personas de diferente grupo étnico, creencias, ideologías…) A partir de esas referencias las combinaciones son infinitas en la interseccionalidad de las relaciones, pero el principio siempre es el mismo y está muy bien definido: discriminar, abusar y atacar desde la referencia de los hombres y desde lo de los hombres.

Acabar con la corrupción exige acabar con el machismo, que es la corrupción original.

 

La trampa del odio fragmentado

LOVE-HATEFragmentar el odio es una razón más para que continúe.

La necesidad de conocer a veces choca con la necesidad de creer, y con frecuencia ante un conflicto entre la creencia y el conocimiento se tiende a dar prioridad a la creencia, puesto que esos sentimientos y valores impregnan la propia vida y la identidad de quien se enfrenta a la elección y, en consecuencia, su posicionamiento ante la realidad.

El conocimiento, por su parte, sitúa a la persona ante el escenario habitual con algunos elementos nuevos producto de ese saber, como si se hubiera enfocado mejor la lente con que se mira, pero sin cuestionar a la persona, tan sólo a ese entorno a partir de los nuevos elementos adquiridos.

La manera de evitar gran parte de los conflictos y de no tener que posicionarse ante cada situación, es adoptar una especie de automatismos a partir de la experiencia individual y las referencias sociales, y asociar determinados elementos independientes como parte de una sola realidad que la cultura presenta como adecuada, correcta o armónica con los valores que defiende. A la postre, las personas incorporan una especie de “packs” o elementos comunes según su posicionamiento ante determinadas cuestiones, como si fuera una especie de lista cerrada en la que los márgenes de elección en la práctica se reducen bastante.

En teoría cualquier asociación es válida y hay libertad para hacerla, pero en la práctica resulta muy difícil. Primero porque la referencia social y cultural no presenta como adecuadas o correctas determinadas combinaciones, y en segundo lugar, porque si se realizan sin esa aprobación social se produce una crítica por parte del entorno, cuando no un rechazo directo.

Y sucede con los aspectos más superficiales y más nucleares, con frecuencia nada más ver a una persona y escuchar cómo se posiciona ante uno tema como la inmigración, los desahucios, el matrimonio homosexual… ya se puede deducir cuál será su posición sobre el resto de ellos. Sus principios e ideas están reforzados por una serie de valores y referencias culturales, y con frecuencia apoyadas por las religiones que defienden ese mismo orden, de ahí ese posicionamiento encadenado frente a temas diversos.

Todo ello es consecuencia en gran medida de la ideología, es decir de la forma en que las personas organizan las ideas y valores sobre cómo debe organizarse la sociedad; una ideología teóricamente propia que cuenta con un componente externo basado en la identificación con otras personas, ideas y valores que comparten una misma forma de ver y entender la realidad. Lo que define a las ideologías es la estructuración de las ideas sobre lo que es su modelo de organización social, los elementos comunes con otras personas, ideas y valores, el grado de tolerancia hacia otras ideologías, y el grado de compromiso emocional que se espera y exige a quien se identifica con ellas. Como muy bien sabemos, no todas las ideologías son iguales en sus ideas, valores, tolerancia y compromiso exigido.

El machismo es la ideología de las ideologías, es la propia cultura que lo impregna todo, desde la identidad hasta las referencias que condicionan la realidad y permiten darle un significado u otro según interese. El machismo no es una cuestión entre hombres y mujeres, ahí es donde se manifiesta con especial intensidad por ser el origen de esa cultura, y por haber organizado la sociedad tomando su modelo de familia como núcleo, pero va mucho más allá y siempre con el hombre y lo masculino como referencia y en posesión del poder para influir, premiar y castigar según el grado de ajuste al modelo.

Y todo ello exige una identidad masculina basada en la heterosexualidad, para de ese modo estar cerca y dominar a las mujeres, garantizar su unión en familias tradicionales, y mantener el control sobre el sometimiento a las referencias culturales y el uso de la violencia en caso de que se aparten de ellas.

El machismo impone la identidad masculina sobre esas referencias de poder, y la heterosexualidad es una parte nuclear de la misma. Actúa como un doble referente simbólico que da fuerza a la construcción social y a la individual de cada uno de esos hombres: el hombre como reproductor del machismo, y el machismo como ese hombre modelo. Y ese diseño tiene sus recompensas, pues la propia organización social basada del machismo establece una estructura jerarquizada con una serie de características en términos de privilegios, beneficios y ventajas, entre ellos, por ejemplo: ser hombre tiene más valor que ser mujer, ser heterosexual más que ser homosexual o cualquier otra opción dentro de la diversidad sexual, ser del grupo étnico mayoritario, más que ser de otro grupo, ser nacional, más que ser extranjero, compartir la ideología dominante (machista), más que no compartirla, profesar la religión predominante, más que no hacerlo… y así podríamos continuar.

Y mientras que algunas de esas características son circunstanciales, y por tanto modificables, como ocurre con ser extranjero, de una determinada religión, incluso de un determinado grupo de población… y podrían cambiar sólo con trasladarse a otro país; otras de ellas forman parte de la esencia y de la identidad de los hombres construida por la cultura machista, y no varían en ningún lugar. Estos elementos esenciales son la posición de superioridad de los hombres respecto a las mujeres y la heterosexualidad, pues representan el pilar sobre el que se ha levantado la cultura patriarcal. De ahí que también nos podamos referir a la cultura patriarcal como “heteropatriarcado”.

Cuando se es machista se comparten el resto de los elementos culturales que vinculan la ideología a la condición de “ser machista”, algo que incide especialmente en los hombres por su papel simbólico y guardián. Por lo tanto, desde el punto de vista práctico, el machista es homófobo y muestra su odio al resto de las diferentes opciones de la diversidad sexual (LGTTIBQ), es racista, es xenófobo… y así con el resto de elementos asociados a una identidad distinta a la suya. Porque el machista no sólo los considera diferentes, sino que además, y sobre todo, los considera inferiores. Otra cosa es cómo cada machista manifiesta esos rechazos según su experiencia, contexto, oportunidad, redes, relaciones…

El machismo y su cultura ha creado ese odio común hacia todos los que no se ajusten a sus referencias en cada contexto social concreto. Mientras que ellos son sólo uno con su cultura homogeneizada, el resto son “muchos y pocos” al mismo tiempo. Los presentan como muchos al hablar de amenaza y pocos al dividirlos en grupos separados e inconexos (mujeres, homosexuales, extranjeros, de otro grupo étnico, con otras creencias…) para que no se perciba la crítica común al machismo. Es parte de su “divide y vencerás”.

No podemos caer en su estrategia cuando fragmentan el odio como si fueran cuestiones independientes y a cargo de personas distintas en su ideología, cuando en realidad todas tienen en común la ideología del machismo.

¿Ustedes creen que el hombre que maltrata a su mujer respeta a un homosexual, creen que quien odia a los negros acepta la igualdad entre hombres y mujeres, creen que quien ataca a otras religiones respeta a las mujeres que su religión discrimina y a los homosexuales que no acepta?…

Todo forma parte de la identidad machista y del rechazo a quien la propia cultura sitúa como diferente y como inferior. El atentado en Orlando contra gays y lesbianas fue un crimen machista, como lo ha sido el asesinato de la diputada laborista Jo Cox, y como lo son otros tantos bajo los dictados de ese machismo hecho cultura.

No debemos caer en la trampa de la fragmentación ni dejarnos atrapar por los argumentos que tienden a contextualizar y dividir las expresiones del odio, para así ocultar los elementos comunes de una cultura que está en todos ellos. Y no debemos hacerlo en una época en la que dos de los elementos de las ideologías se están acentuando de manera interesada por parte del poder que nace de la cultura patriarcal, por un lado el grado de rechazo a otras ideologías, y por otro, el nivel de compromiso emocional e implicación exigido a quienes forman parte de la ideología machista. Ambos elementos están aumentando a través de las palabras y de los hechos, y su consecuencia es clara y directa: Un incremento del odio y la violencia.

Si caemos en la trampa y fragmentamos el odio común (machismo) en sus diferentes formas de expresión (misoginia, homofobia, racismo, xenofobia…), el odio continuará y la cultura machista con él.

 

¿Es machista Dios?

IGLESIA-LUZSabemos que le Iglesia es machista, pero ¿y su Dios?

Las religiones monoteístas, y en el especial la cristiana, presentan a Dios como una abstracción caracterizada por la bondad, la comprensión, la sabiduría, la presencia… y con la capacidad de incidir sobre la realidad de forma directa o indirecta para contrarrestar desde el bien toda la influencia negativa del mal, de ahí su identificación con el “Todopoderoso”.

Y la Iglesia se muestra a sí misma como la representación de Dios en la Tierra, gestora e intérprete de su palabra y voluntad para que las personas sigan el camino trazado como forma de llegar hasta él.

Del mismo modo que alguien puede dudar sobre si Dios existe y se hizo hombre, de lo que no hay duda es de que la Iglesia es real y está formada y dirigida por hombres, y que por ello la palabra divina adquiere el tono, la gravedad y el significado de lo que sus hombres interpretan. Cuando las manifestaciones, cada vez más frecuentas y graves, de cardenales, arzobispos, sacerdotes y obispos, es decir, de los portavoces de la palabra de Dios, insisten sistemáticamente en su crítica a la Igualdad y a las políticas e iniciativas que buscan promocionarla y corregir la desigualdad, y en especial contra algunas de ellas, como el matrimonio entre parejas del mismo sexo y todo lo relacionado con el género, lo que hacen es presentar a un Dios machista y homófobo, no sólo a una Iglesia con esas características.

Y lo grave es que esa misma Iglesia de palabra divina y humana ha callado la desigualdad histórica que ha llevado a la pobreza y a la exclusión, a la violencia de género, a la discriminación y al abuso, y con ello ha reforzado una cultura construida sobre valores e ideas que necesitaban sustentarse en esas creencias para elevar sus propuestas hasta la divinidad. Ante todo ello lo único que ha dicho ha sido aquello de “resignación cristiana”, “compasión y limosna”, y “bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de Dios…”, sin llamar la atención con rotundidad a los ricos abusadores, a los maltratadores, a los explotadores… más allá de la reincidente confesión y del perdón liberador. Esta situación demuestra que la actitud de la Iglesia no es casualidad, y que forma parte de esa construcción patriarcal que utiliza un Dios machista y homófobo para darle trascendencia, significado y sentido a la realidad más allá de lo material y lo humano. De se modo se deja para la otra vida cualquier posicionamiento en términos de justicia, y todo continúa bajo el machismo de la ley de los hombres.

Y no creo que deba ser así.

Con sólo lo que he podido observar a lo largo de mi vida, he comprobado cómo la Iglesia ha cambiado hacia posiciones mucho más rígidas e intransigentes con todo aquel o aquello que no comulgue con sus ideas, cómo ha abandonado el terreno de la fe para invadir lo político, y de cómo ha dejado púlpitos y homilías para meterse en los telediarios, y no precisamente para hablar de la fe y las creencias.

La Ministra Bibiana Aído fue muy clara cuando en pleno debate sobre la reforma de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, respondió a las críticas que se habían hecho por parte de algunos obispos, y comentó: “La Iglesia podrá decir lo que es pecado, pero no lo que es delito”. Y así debe ser, a ella le corresponde decir lo que desde el punto de vista de la religión católica se considera bien o mal, y adoptar las medidas religiosas consecuentes a sus planteamientos, pero la ley es competencia del Parlamento.

No todo está justificado en nombre de Dios, y la llamada de Monseñor Cañizares (http://www.huffingtonpost.es/2016/05/30/canizares-desobedecer-leyes_n_10209644.html) a la desobediencia de la ley democrática en nombre de un Dios que presentan como machista y homófobo, además hace que se convierta en un Dios tirano, algo que no debe ser permitido por la propia Iglesia.

El silencio del resto de la jerarquía y de muchos de sus fieles, la mayoría de los cuales no comparten esas manifestaciones ni ideas, tiene consecuencias. Las tiene dentro, con unos templos cada vez más vacíos, y las tiene fuera, porque muchos hombres violentos justifican en nombre de Dios su machismo, su homofobia ampliada a la “LGTB-fobia” y la violencia ejercida bajo esas razones.

El silencio es acción cuando ampara posiciones y conductas que continúan bajo él. Y las palabras cargadas de odio son acción, por eso también deben ser rechazadas y criticadas con acciones claras desde dentro de la misma Iglesia, de lo contrario se entenderá que es toda ella quien las comparte y quien calla.

Y lo más triste, conseguirán que Dios, ese Dios al que ellos ponen voz, no se entienda como amor, ni sabiduría, ni presencia…

 

La solidez gremial de la injusticia (O por qué los machistas no son machistas)

GREMIO

Los racistas no son racistas, sencillamente afirman que los negros, los árabes, los gitanos… tienen una serie de características y limitaciones que los hacen inferiores a los blancos. Los xenófobos no son xenófobos, sólo dicen que los extranjeros vienen a España para beneficiarse de las ayudas sociales y de la sanidad de nuestro país. Los homófobos tampoco son homófobos, simplemente consideran que quien ama a las personas de su mismo sexo son enfermos que van contra las leyes de la naturaleza… Y los machistas no son machistas, sólo aseguran que los hombres tienen una serie de condiciones, desde la “superioridad intelectual” a la fuerza física, que los llevan a asumir una posición de referencia y control sobre quienes por sus características (debilidad física, labilidad emocional, cierta maldad y perversidad innata…) han de ser controladas; es decir, sobre las mujeres.

De ese modo el individuo se diluye en el grupo, y como las referencias comunes del grupo coinciden con las de cada uno de sus miembros, ninguno de ellos destaca sobre la armonía del conjunto. Y esa normalidad actúa como razón para mantener sus valores e ideas, y como justificación cuando en nombre de ellas el resultado escapa de los límites establecidos por el modelo, bien sea porque se ha roto el silencio impuesto, o bien porque el impacto del daño ocasionado supera todos los amortiguadores que el propio sistema coloca para aminorarlo.

Es lo que ocurre en violencia de género, a pesar de que cada año más de 700.000 mujeres la sufren, sólo el 20% denuncia. Es decir, el 80% se mantiene en la invisibilidad y en el silencio, y lo hace porque, tal y como recoge la Macroencuesta de 2015, considera que la violencia sufrida es “normal” (un 44% lo afirma), o siente vergüenza al denunciarla (un 21% lo refiere). Pero esta situación, lo que en verdad nos indica es que la sociedad ha adoptado unas referencias para convivir que llevan a que unos 700.000 hombres maltraten cada año a las mujeres con las que comparten una relación de pareja en nombre de esa normalidad, que lo hagan jugando con el silencio y con la culpa de las propias mujeres maltratadas y avergonzadas, y con un sistema que no hace lo suficiente para abordar de raíz una realidad tan terrible y dramática como la violencia de género, hasta el punto de que el total de maltratadores sólo termina con condena un 4’8% (“Machismo impune”). De este modo, la impunidad se une a la invisibilidad para que el sistema y sus valores e ideas continúen como referencia de una sociedad que lleva a pensar que “los machistas no son machistas”, como cree que “los racistas no son racistas”, los “xenófobos no son xenófobos”, los “homófobos no son homófobos”… salvo que las consecuencias de ese machismo, racismo, xenofobia… o cualquier otra situación basada en el odio y la discriminación, no se puedan ocultar bajo la alfombra roja de la normalidad y su violencia.

No se trata sólo de conductas individuales, hacérnoslo creer es la trampa que la propia cultura ha introducido para cuando los hechos transcurren fuera de los límites de la normalidad, sino de la injusticia del propio sistema construido sobre las referencias de una desigualdad, que lleva a situar a blancos por encima de otros grupos de población, a las personas nacidas en el país como más valiosas que las extranjeras, a las heterosexuales como referencia ética y conductual sobre las homosexuales… y a los hombres como superiores a las mujeres.

La injusticia, la discriminación, la desigualdad… siempre son sociales; necesitan ese contexto social que de sentido a sus conductas y las integre con un determinado significado, bien dentro de la normalidad o, cuando se exceden en sus consecuencias, como ejemplo de anormalidad, hablando entonces de “trastorno mental, de acción de sustancias tóxicas, de pérdida de control…” para proteger y no cuestionar el modelo que introduce las referencias que llevan a muchos hombres a ejercer la violencia de género con invisibilidad e impunidad, al igual que otros lo hacen sobre elementos racistas, homófobos, xenófobos…

Es la “solidez gremial de la injusticia” a la que se refería el imborrable José Ángel Valente en su poema “No inútilmente”, y la clave para que podamos afrontar una solución definitiva a sus manifestaciones por medio de la erradicación de las ideas y valores que las ocasionan. La fuerza del machismo no está en los 700.000 hombres que maltratan, ni tampoco en los 60-70 que asesinan cada año; la fuerza del machismo radica en esa “solidez gremial” de los hombres y de los valores, ideas y creencias que han situado en la esencia de una cultura para que la convivencia en sociedad siempre gire sobre ellos.

Las reacciones ante cada uno de los crímenes de la violencia de género muestran el rechazo de una parte de la sociedad (minoritaria, por cierto, y del lugar donde fue cometido el homicidio), pero sobre todo, lo que revelan es la normalidad con su silencio e invisibilidad que existía hasta el momento justo en que los golpes se convirtieron en mortales.

Quien mata es el machismo que hay en la sociedad, es cierto que lo hace a través de cada uno de los hombres que deciden dar ese salto mortal, no al vacío, sino al seno de sus ideas y valores para que, como los ángeles bíblicos, los recojan y amortigüen su caída, pero son esas referencias patriarcales las que alimentan a cada uno de los agresores. Si se tratara de un grupo limitado de hombres machistas y violentos, como algunos tratan de presentar, los homicidios de género ya se habrían acabado y los agresores no serían tan jóvenes como comprobamos en la actualidad, pues conforme ha transcurrido el tiempo y han sucedido los homicidios, se habrían agotado sus autores. Pero no es así, los homicidios por violencia de género continúan, y lo hacen con nuevas formas (matando a hijos e hijas y otras personas cercanas a la mujer, simulando el homicidio para no ser detenidos, suicidándose después para no verse cuestionados…) y continúan con agresores jóvenes, muchos de ellos apenas adolescentes cuando se aprobó la Ley Integral.

Y todo ello ocurre porque el machismo con sus ideas, valores, creencias y referencias ha estado presente en todo momento, y ha ido alimentando a los nuevos agresores, tal y como lo hace en este mismo instante.

El machismo es fuerte como grupo, no como individuos aislados, el hecho de que  haya algunos muy violentos da igual. El machismo como cultura puede prescindir de ellos, y de hecho lo hace cuando “los entrega” tras cada homicidio, es cierto que presentándolos en algunos contextos como una especie de “mártires” por la causa, pero siempre dispuesto a sustituirlos por otros.

Es lo que vemos a diario con el posmachismo  y con su movilización ante cada homicidio por violencia de género. El ritual no falla: hablan de denuncias falsas, de que las mujeres también matan, de los hombres que se suicidan por culpa de las mujeres, de que todas las violencias son importantes… Y como ven que quien tienen la obligación de responder desde las instituciones no lo hace, cada vez dan un paso más; y ahora, tras el homicidio de Marina y Laura en Cuenca, aplauden que su alcalde condenara estos asesinatos por violencia de género refiriéndose a “cualquier tipo de violencia”, y que el crimen de Laura, amiga de Marina, no sea computado como violencia de género, como si hubiera ocurrido “por accidente” o al margen de esta violencia.

La solidez gremial de la injusticia impregna toda la sociedad, lo hace a quienes matan, a los que maltratan, a quienes cuestionan la Igualdad y sus acciones para acabar con esta violencia, a quienes creen que la neutralidad es suficiente, y a quienes no actúan desde las instituciones para erradicar esta realidad criminal de una vez por todas…

El gremio de la injusticia son los machistas, y machistas son quienes defienden una sociedad jerarquizada donde el poder es situado en determinadas personas por su status y condición, según el modelo patriarcal que partió de la desigualdad hombre-mujer, y después la fue ampliando según las circunstancias, sin renunciar en ningún momento a esta, puesto que es el pilar que sostiene todas las demás en cualquier lugar del planeta.

El machismo es una posición conservadora previa a las ideologías, y las ideologías progresistas que realmente lo sean tienen que romper definitiva y explícitamente con el machismo, de lo contrario éste y el conservadurismo que lo define se beneficiarán de la indefinición y de las medidas parciales dirigidas a las manifestaciones consideradas inaceptables por el momento y el lugar.

Y todo ello exige más feminismo sin complejos, así de sencillo, pues la “solidez gremial de la injusticia” sólo puede finalizar con la solidez gremial de la Justicia, y ésta sólo puede alcanzarse a partir de la Igualdad.

 

“Mutilación Genital Masculina”

MGF-CuchillaLa miseria del machismo llega a límites insospechados cuando además de actuar desde su violencia y con su violencia, trata de presentar los avances en Igualdad como un ataque a los hombres. Bajo esa idea se presentan a sí mismos como las “pacíficas víctimas de un matriarcado opresor”, y llama a las personas que trabajan por una Igualdad de la que también se beneficiarán con nombres cargados de agresividad, como feminazis, hembristas… y otras lindezas guardadas en la “base de datos” de los insultos tradicionales.

Pero van mucho más allá, un ejemplo de esa actitud lo tenemos estos días.

Cada año por estas fechas, junto a la conmemoración del “Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina” (seis de febrero), los machistas intentan introducir la confusión comparando la mutilación de los genitales de las mujeres en sus diversas formas, desde la clitoridectomía hasta la infibulación, con la circuncisión practicada a muchos hombres como parte de los ritos culturales que se realizan en diferentes países.

Hay mucha miseria moral detrás de ese planteamiento, como la hay al intentar reducir el problema de la violencia de género a las denuncias falsas, o al intentar esconder la violencia que sufren las mujeres y las niñas dentro de otras violencias para de ese modo ocultar la responsabilidad de los hombres que la ejercen, y la de una cultura desigual y machista que prefiere mirar para otro lado en busca de justificaciones, antes que desvelar las razones que siglo a siglo han estado presentes.

La mutilación genital femenina comprende todos los procedimientos consistentes en la resección parcial o total de los genitales externos femeninos dirigida a limitar y controlar la sexualidad de las mujeres. En la actualidad, según la OMS, hay más de 140 millones de mujeres que viven con sus terribles consecuencias, y cada año, tal y como recoge Naciones Unidas, entre 3 y 4 millones de niñas la sufren, muchas de ellas mueren y todas sobreviven con importantes secuelas físicas y psicológicas.

La circuncisión es la extirpación total o parcial del prepucio del pene, y se puede practicar como parte de un ritual religioso, como procedimiento médico, o bien, dentro de un ritual que se lleva a cabo como iniciación a la virilidad. No tiene ninguna repercusión sobre la sexualidad de los hombres, salvo que se produzca alguna complicación, como puede ocurrir con cualquier acto médico, y no genera secuelas en los hombres circuncidados.

A pesar de las claras y trascendentes diferencias entre la mutilación genital femenina y la circuncisión, quienes tratan de equipararlas olvidan el “pequeño detalle” de que tanto una como otra son producto de una cultura machista que impone ritos para defender sus ideas y valores, y construye las identidades masculina y femenina bajo su rígido patrón.

Aún así, para el machismo es lo mismo que a una niña le mutilen sus genitales para que no pueda disfrutar de su sexualidad, y de ese modo ser aún más controlada por otros hombres, que corten un trozo de piel (prepucio) del pene de los niños. El planteamiento además de terrible es tan absurdo como comparar el hecho de cortar las uñas con amputar los dedos. Sería irracional hacerlo, pero ellos lo hacen para introducir la confusión e intentar sacar beneficios en las aguas revueltas de la duda, que es lo que en realidad buscan.

Imaginen que existiera una práctica que supusiera la amputación de algunos dedos de las manos de las niñas, y que en lugar de tratar de evitarla se justificara diciendo que a los niños les cortan las uñas de esos dedos, y que al hacerlo se pueden producir infecciones y complicaciones. Sería ridículo, ¿verdad?, pues eso es lo que hacen al comparar la mutilación genital femenina con la circuncisión.

En el fondo estos argumentos son muy gráficos al desvelar la posición de superioridad del machismo y cómo interpretan la realidad desde ella. Por otra parte, también dan una clara referencia del distinto valor que tiene para ellos “lo de las mujeres” y “lo de los hombres”. Los machistas se sienten con tanto poder que creen que pueden darle significado a la realidad, como si todo dependiera, tal y como ocurría tiempo atrás, de su palabra.

Veamos algunas de sus conclusiones y deducciones:

. Al comparar la mutilación genital femenina con la circuncisión masculina, demuestran que para ellos un trozo de piel del pene tiene el mismo valor que los genitales de las mujeres.

. Limitar el disfrute de la sexualidad de las mujeres no es relevante mientras ellos puedan seguir disfrutando de la suya.

. La violencia que sufren las mujeres y niñas, con 100.000 homicidios al año, según Naciones Unidas, con el 30% de las mujeres sufriendo violencia por parte de los hombres con quienes comparten una relación (OMS, 2013), con un 12% de mujeres víctimas de violencia sexual al margen de la relación de pareja (OMS, 2013), con un porcentaje de condenas en los casos de violación denunciados del 1% (BCR-M.Easton, 2008), y con una cultura que lleva al 3% de la sociedad a decir que la violencia de género es aceptable, o a un 15% a considerar que la violencia sexual o física no son graves (Eurobarómetro, 2010), tiene el mismo significado que la violencia que sufren los hombres por parte de las mujeres, sin que ninguno de estos factores comentados esté presente: ni en su dimensión, ni en su significado, ni en su justificación.

. Desde esa perspectiva se permiten afirmar que el 0’01% de denuncias falsas en violencia de género que recoge la propia Fiscalía General del Estado (Memoria de 2014), en realidad es un 80% según sus cálculos.

. Con esas mismas matemáticas y “buenas intenciones”, concluyen que la mayoría de los suicidios de hombres se deben a “divorcios abusivos”, insinuando una clara prevaricación en los Juzgados que intervienen al no investigar las causas de esos suicidios masculinos.

. También creen que lo conseguido por la fuerza se debe a una mayor inteligencia de los hombres, cuando en muchos casos sólo es una cuestión de brutalidad y uso de los tiempos que da el poder.

. Piensan que la desigualdad y el machismo son “la normalidad”.

. Afirman que la reivindicación de las mujeres y la Igualdad no es cuestión de justicia, sino de perversidad y manipulación para acabar con el “orden establecido” y de paso con algunos hombres.

. Reivindican que lo que define a la paternidad es la biología y los cromosomas en lugar del afecto, el cuidado y la responsabilidad.

. Y aseguran que cuando los niños y las niñas no quieren ver a un padre maltratador tras la separación es porque las madres, tan dadas a la limpieza, les han lavado el cerebro. Para ellos nada tiene que ver la violencia ejercida por el padre.

Así podríamos seguir con tantas otras afirmaciones aireadas desde el machismo para que la realidad encaje en sus ideas y valores. Y como se puede comprobar, ninguno de esos planteamientos es casual ni neutral, todos van dirigidos a reforzar las posiciones tradicionales del hombre como persona referente y racional, y de la mujer como ser perverso y dispuesto a hacerle daño al hombre a cualquier precio.

La desigualdad es una “mutilación” de los derechos de las mujeres, por eso el objetivo del machismo es continuar con la poda de iniciativas y derechos que pudieran hacer brotar la convivencia y la Paz en Igualdad. Ellos están cobijados a la oscura sombra del árbol del machismo y no quieren moverse de ese lugar.

No es casualidad que desde el poder siempre se recurra a “recortar” aquellas iniciativas que suponen más derechos sociales y un mayor bienestar para la comunidad, lo vemos cada día, y el machismo es poder. Un poder mísero construido sobre el abuso y la usurpación de los derechos de las mujeres, hasta el punto de quitarles la libertad, los genitales o la vida en nombre propio.

Esa historia ya se ha acabado, es cierto que aún persisten machistas que quieren volver a tomar esa deriva a través del posmachismo, pero si algo ha decidido la sociedad del siglo XXI es amputar la desigualdad y las injusticias de la anatomía de la convivencia.