Conciencia ficción

Imaginemos un lugar donde un primero de octubre se celebrara un referéndum amparado por sus leyes, pero en contra de la Constitución del país que lo abraza. Imaginemos que el objetivo de ese referéndum es votar para decidir si quieren seguir formando parte de ese Estado o prefieren la independencia. Imaginemos que a pesar de todos los impedimentos para que se celebre esa votación, al final hay un número de personas que salva todos los obstáculos y logra votar, y que de las urnas sale un porcentaje suficiente que dice “sí”, que quiere ser independiente. A partir de ese resultado las instituciones del lugar continúan el proceso iniciado y declaran la independencia. E imaginemos que, por las circunstancias que sean, el Estado opositor hasta ese momento se rinde a los hechos y acepta la independencia, modificando su Constitución y todo lo necesario para convivir bajo la nueva situación.

El nuevo Estado, ya independiente, prosigue con sus cambios y pone en marcha unas elecciones para elegir su Parlamento desde la nueva soberanía. Y tras la celebración de esas primeras elecciones del nuevo país y en un ambiente festivo, una mayoría social respalda el resultado de la independencia y a los partidos que la promovieron, que ahora buscan afianzarla en lo local y reforzarla en lo internacional para alcanzar el ansiado y necesario reconocimiento. Pero imaginemos que en ese Parlamento salido de las urnas el número de escaños de los partidos que se oponían a esa forma de alcanzar la independencia y a seguir ahora en ella es mayor, y que dadas las nuevas circunstancias forman Gobierno y se agrupan en la cámara para poner en marcha una ley de retorno al Estado original, y un referéndum para lograrlo amparándose en que prácticamente la mitad de la población quiere pertenecer al Estado común. Con todos esos elementos, y con la confianza que da tener el voto de quienes no querían la independencia y el impacto de las campañas y argumentos que se lancen desde las propias instituciones, inician este nuevo proceso en contra del Tribunal Constitucional del nuevo país, que anula todas sus decisiones y acciones, aunque ellos prosiguen amparados por la soberanía popular que los ha elegido, y bajo el argumento de que “votar es democracia”.

¿Sería aceptado ese nuevo proceso y su resultado por parte de quienes lo hicieron en sentido contrario para lograr la independencia?

Las circunstancias me hacen pensar que no, que sería rechazado por ilegal y por instrumentalizar las instituciones a favor de unas determinadas ideas y posiciones políticas.

No estamos hablando de situaciones distintas ni de mundos diferentes, la conciencia es tan responsable de la realidad como de la ficción, y de llamar a cada una con el nombre que necesite en cada momento para hacerla real, pues una cosa es lo real y otra la verdad. Y en política con frecuencia se confunde la una con la otra, como se confunde el pensamiento con la imaginación y el deseo con el sueño, creando el problema de hacer a la política innecesaria, cuando es ella el instrumento que puede acercar y conectar esa imaginación con el pensamiento y el sueño con el deseo para lograr que se hagan realidad, no sólo verdad.

La situación que se ha creado alrededor del proceso iniciado en Cataluña sólo tiene como solución reflejar el deseo, el sueño, la voluntad… de cada persona en las urnas, y eso lo saben todas las partes involucradas. Pero del mismo modo que usar un bisturí no significa que se esté realizando un acto quirúrgico, usar las urnas no significa que sea un acto democrático, por eso es importante entender que es la solución la que debe llevar a las urnas, y no que son las urnas las que llevan a la solución. La solución que surja de unas urnas sin el proceso democrático que debe ponerlas en cada una de las mesas, será real, pero no verdad.

Y cuando hablo de “proceso democrático” no me refiero a la técnica jurídica y a la normativa que avale las decisiones y las acciones políticas, sino a la participación y al debate social amplio y mantenido para que sea ese pueblo el que tome la voz, no el que reproduzca el playback de cada una de las partes promotoras de las diferentes opciones, y viva las propuestas contrarias como un ataque. Es lo mínimo ante un hecho tan trascendente como decidir sobre la independencia.

Si todo se presenta como causa de una historia de agravio el resultado será un agravio histórico. Todavía no he escuchado lo suficiente ni he leído por qué la identidad catalana quiere la independencia como forma de expresarse y convivir, y por qué de esa nueva forma de relacionarse con España saldrán también lazos positivos por todo lo que hemos compartido a lo largo de la historia, y por todas las posibilidades que se abren en ese nuevo horizonte. Y sería algo esencial, pues condicionar el futuro sólo a las circunstancias del pasado suele llevar a retrocesos, no a avanzar en un mundo que acelera a diario.

La identidad no es un elemento estático y no sólo es lo que uno siente, sino que también es lo que los demás perciben a partir de ese sentimiento; y tan importante es para el futuro y las relaciones el componente subjetivo (la forma de sentirse), como el inter-subjetivo (la manera en que lo perciben los demás). Por ello la forma de alcanzar la independencia de los países marca para siempre su identidad dentro y fuera de sus fronteras. Una independencia surgida de un enfrentamiento en un contexto de paz llevará al conflicto. Un conflicto que quizás un día lleve a que unos partidos con mayoría parlamentaria inicien un proceso de reintegración en el país original en contra de una parte importante de la sociedad y de su Tribunal Constitucional.

No es ciencia ficción, es conciencia ficción, de momento con pocas probabilidades de ser real, pero no tan lejos de ser verdad.

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“Machismo antimachista”

El domingo 10-9-17, El País Semanal publicó un artículo de Javier Marías titulado “Feminismo antifeminista”, en el que muestra su enorme “preocupación” por las dificultades que tiene el feminismo para avanzar en la sociedad, y cuestiona por ello, paradójicamente, al propio feminismo y a muchas feministas, no al machismo ni a los machistas, cuyos planteamientos defiende y justifica cuando tiene ocasión.

Y por si no quedara clara su intención, lo hace en un terreno “caracterizado por su compromiso con la Igualdad y la búsqueda de oportunidades para hombres y mujeres”: el deporte. El argumento no es nuevo, y lo que cuestiona son dos decisiones tomadas sobre la imagen de las mujeres que proyecta la competición, y lo hace a partir de la teórica libertad que tienen a la hora de elegir y decidir lo que ellas quieran. No estaría mal que leyera el libro de la profesora Ana de Miguel, “Neoliberalismo sexual”, sobre el mito de la libre elección; mientras tanto continuaré con mi exposición.

Uno de los dos ejemplos que toma es el de las azafatas de La Vuelta, después de que la organización haya decidido cambiar el protocolo y sus funciones. Para él, las azafatas en el ciclismo, e imagino que las animadoras en el baloncesto, las paragüeras en el motociclismo, las recogepelotas en el open de tenis de Madrid… son mujeres que deciden libremente hacer estas funciones tan trascendentes para esos deportes, que además no pueden hacer los hombres ni tampoco mujeres que no resulten sexis ni atractivas, por lo visto debe haber un extraño circuito cerebral que lleva a que las no cumplen ese canon estético no tengan capacidad para tomar ese tipo de decisiones, algo que no deja de ser curioso. La situación viene a ser similar a lo que ocurre con muchos trabajadores, que también “eligen libremente” firmar contratos de unas pocas horas por 400 €, y luego trabajar más de 10 horas cada día, o de aquellas otras mujeres que afirman lo de “mi marido me pega lo normal”. Para él, en ningún caso, ni en el de las azafatas ni en el de los trabajadores, el contexto y las circunstancias, cada uno con sus elementos y motivos, influye en ese tipo de decisiones.

Algo similar a lo ocurrido en el segundo ejemplo que utiliza Javier Marías. En él cuestiona la decisión de la Asociación Profesional de Mujeres Golfistas (LPGA), por establecer un código de vestimenta para sus jugadoras. No comenta nada el autor de la presión de las marcas comerciales sobre algunas jugadoras, curiosamente sólo aquellas que “dan la talla”, para que vistan ropa sexi y actúen como maniquís andantes por la hierba con sus prendas sin que les importe su juego, algo que sí preocupa a la Asociación de Golfistas, como no podía ser de otro modo. Parece que para Javier Marías la libertad pasa porque las mujeres hagan aquello que, ¡oh casualidad!, los hombres quieren que hagan. Y cita a la jugadora Paige Spiranac como precipitante de esta decisión, dada la envidia que levanta ante otras jugadoras por lo que gana y por lo famosa que es debido a su físico. Da la sensación que hablar de juego en el golf femenino no importa y, en cambio, sí que la atención se centre en las curvas de las jugadoras ensalzadas por la ropa de temporada que las marcas comerciales presentan para vender más, no para que jueguen mejor. Quizás proponga que en lugar de entrenar el “drive” o el “approach” lo que tienen que hacer es subir la falda o bajar el escote, seguro que algunas ganan más y son más famosas. Y si terminan el hoyo 18 con un estriptis, más aún.

Imagino que tampoco ha leído la entrevista en la que la propia Paige Spiranac se derrumba por el  ciberacoso machista que sufre … Eso no tiene importancia, ¿verdad?.

Coincido con Javier Marías en que el código de vestimenta y las multas no son la solución. La solución pasa por apartar las referencias del machismo a la hora de determinar la realidad. Pues es esa “normalidad” del machismo la que lleva a la cosificación de las mujeres, tanto de forma individual como en grupo, y a partir de ella a que muchos hombres desarrollen conductas violentas en sus diferentes formas: acoso, abuso, violencia sexual, violencia en la pareja… En todos estos casos la violencia se produce después de un proceso que los anglosajones denominan “deshumanización del objeto de la violencia”, y que aquí se conoce como “cosificación”. La conclusión es sencilla, cuanto más cosificadas estén las mujeres en la sociedad, más fácil resulta que los hombres que lo decidan libremente inicien su conducta violenta contra ellas.

La libertad que ha conseguido el feminismo a lo largo de la historia se traduce en capacidad de elegir, puesto que sin esa posibilidad para la elección la libertad se queda en el enunciado. Por eso es importante que no se confunda la libertad que tienen hoy las mujeres para decidir vestir y comportarse como quieran, con una obligada adaptación a los espacios y formas que impone el machismo para seguir reforzando la imagen tradicional de las mujeres.

Comparar, como hace Marías con insistencia, los planteamientos feministas con las posiciones religiosas del catolicismo y del islam demuestra algo más que desconocimiento, y pasa a ser un ataque directo al feminismo que él pretende defender y a las feministas que lo hacen verdad cada día. Y todo ello basado sólo en el relato de los hechos comentados, sin analizar su significado. A ver si resulta ahora que apoyar la sexualización de algunas jugadoras en el golf y besar a las azafatas al final de cada etapa es el “verdadero progresismo”.

Seguro que no habría dicho nada si la LPGA hubiera prohibido jugar a alguna golfista con velo o hijab, como tampoco dijo nada cuando el rector de la Universidad Libre de Bruselas sugirió a las estudiantes llevar “vestido o falda y un escote bonito” en la ceremonia de graduación.

La libertad sin Igualdad sólo permite que el machismo se mueva de forma libre por su territorio. La Igualdad no busca un retroceso, sino romper con las referencias del machismo que llevan a interpretar la realidad y darle significado según le interese.

Hoy hay un machismo revestido de aparente antimachismo. Ese “machismo antimachista” es el posmachismo, su nueva estrategia para generar confusión y que todo siga igual, como siempre.

 

 

Trump y los hombres “equi-equi”

TRUMP Y LOS HOMBRES “EQUI-EQUI” (Machistas de Playa -V-)

La genėtica lo tiene claro, los hombres son XY y las mujeres XX, sin embargo la cultura es capaz de revolucionar las referencias de la biología para, en una especie de mutación social, crear los “hombres equi-equi”.

Son los hombres equidistantes, hombres creados por el machismo para que defiendan sus valores e ideas intentando confundir al resto de la sociedad con el objeto de que no se posicione a favor de la Igualdad y, por tanto, en contra de sus intereses.

Es parte de la estrategia de quienes ocupan posiciones de poder, pues para conseguirlo necesitan contar con el contexto de la normalidad y la credibilidad en sus palabras. Lo hemos visto estos días pasados en Donald Trump cuando, al condenar el ataque neonazi  ocurrido en Charlottesville, mantuvo una equidistancia entre el agresor y su ideología fascista y los manifestantes progresistas atacados. La situación ha sido tan descarada y trascendente que las críticas surgidas a su actitud desde todos los frentes, algo habitual cuando se justifica la violencia que amenaza al conjunto de la sociedad, como suele ocurrir con el neonazismo, lo han obligado a rectificar y a condenar el atentado.

Lo que el machismo hace cada día es algo similar. Los machistas “equi-equi” lanzan siempre que pueden mensajes que equiparan la violencia que sufren las mujeres con las violencias dirigidas contra los niños, los ancianos, los hombres… atendiendo al resultando, pero ocultando las circunstancias y su significado; y luego justifican la violencia de género con argumentos que hablan de que se trata de algo “ocasional”, de unos pocos “hombres malos”, de casos “individuales” relacionados con el “alcohol, las drogas o los problemas mentales”… Cualquier razón es buena para ocultar la violencia de género entre las otras violencias, y así conseguir que no haya posicionamiento crítico frente a ella y que esa normalidad cómplice que crea la cultura no se vea alterada. Y en esa estrategia la equidistancia resulta especialmente útil al transmitir la idea de que importan “todas las violencias”, no sólo una, como intentan hacer creer para presentar al feminismo y la Igualdad como planteamientos egoístas sólo a favor de las mujeres y, en consecuencia, en contra de los hombres.

Y mientras cuenten con la complicidad de lo normal conseguirán que esa equidistancia sea distancia frente a la violencia de género, y proximidad contra el resto de las violencias, puesto que nadie las justifica, ni minimiza, ni tampoco habla de “agresores malos, borrachos, drogadictos, locos…” en esas otras violencias, algo que, como hemos comentado, sí sucede con la violencia dirigida contra las mujeres. Sin esa equidistancia falsa no sería posible que una violencia que ocasiona el 20% de los homicidios anuales en España, y que los produce en “dulces hogares”, fuera de cualquier escenario de delincuencia y criminalidad, sólo sea considerada como problema grave por el 1’4% de la población (CIS, julio 2017). Y eso es lo que ocurre con los 60 hombres que asesinan a sus mujeres desde la normalidad, hasta el punto que el 75-80% de ellas han vivido esa violencia hasta el asesinato sin llegarla a denunciar.

Una equidistancia tan falsa que mientras que no se cuestiona ninguna de las leyes ni medidas dirigidas a combatir el resto de las violencias, ni a sus agresores se les considera víctimas de ellas, la Ley Integral contra la Violencia de Género es atacada sistemáticamente desde la sociedad y algunos foros de la propia administración de justicia, y los hombres (todos) son presentados como víctimas de esa norma.

Esta situación es el resultado de esa aparente equidistancia de los “hombres equi-equi”, una posición nada casual ni accidental, sino una meditada estrategia del posmachismo para potenciar la confusión y con ella la pasividad. Por eso no piden medidas contra las otras violencias, sólo que se quiten las que ya se han establecido para avanzar en la erradicación de la violencia de género. Todo como parte de una manipulación tan burda, y al mismo tiempo creíble por contar con la autoridad de su palabra, que la propia violencia machista que ellos ejercen se presenta como fracaso de las leyes y recursos desarrollados para acabar con ella bajo el mensaje de “siguen matándolas”, como si la promulgación de leyes supusiera un cambio en la mentalidad y en la cultura que da lugar a ella.

El machismo y los hombres “equi-equi” no son capaces de ver lo que la sociedad ha avanzado en Igualdad, pero sí de afirmar que lo que ellos ocasionan con su violencia se debe a que los recursos son captados por el “lobby feminista”, y no por las “verdaderas víctimas”. Pues ellos son los que tienen la autoridad para decir quienes son las “verdaderas víctimas”, lo que es la “igualdad real”, cuál es el “auténtico concepto de violencia”, quién es un “buen padre” y una “mala madre”, cuándo una “denuncia es falsa y cuándo verdadera”…

Es la consecuencia de su falsa equidistancia, aquella que les lleva a afirmar que están en contra de la violencia de género y al mismo tiempo se oponen a las medidas dirigidas a combatirla; la que dice que feminismo es lo mismo que machismo; la que sitúa a un hombre maltratador a mitad de camino entre un buen padre y una mala paternidad; la que pide aplicar la ley con contundencia cuando se denuncia a una mujer, y la critica cuando se aplica ante hombres maltratadores; la que dice que los hombres condenados con sentencia por violencia de género son inocentes, y las mujeres son autoras de denuncias falsas sólo porque ellos lo dicen…

Ante la violencia de género no hay neutralidad ni puede existir equidistancia, o se está contra ella y en el lugar donde ese posicionamiento se traduzca en acción, o se está a favor de que todo siga bajo su realidad. Es así de sencillo.

Tan sencillo que cuando esa equidistancia se presenta frente a otra violencia, como ha sucedido con Donald Trump ante la violencia fascista ocurrida en Charlottesville, todo el mundo reaccionó para exigirle que abandonara esa equidistancia y condenara a los violentos. Si la sociedad fuera igual de exigente y responsable ante la violencia de género, los hombres “equi-equi” tendrían que abandonar su machismo y la estrategia del odio que promueven cada día.

Mientras no suceda seguiremos viendo a estos hombres “equi-equi” pasear su machismo por playas, redes, foros y medios, tal y como ha sucedido este verano.

La Haya, haya o no haya…

El Derecho está lleno de excepciones que evitan aplicar su literalidad en algunos casos, y más aún de manera automática sin atener a las circunstancias en las que han sucedido los hechos. Algunas de estas excepciones quedan recogidas en la propia ley, dada su frecuencia y significado, como por ejemplo ocurre con la legítima defensa, el miedo insuperable, el arrebato… mientras que otras se basan en la interpretación de la norma a partir de principios, la Jurisprudencia y demás referencias. El Derecho, y quien lo aplica, sabe que una persona puede llevar a cometer un ilícito penal bajo determinadas circunstancias que modifiquen su significado y responsabilidad y que, por tanto, la aplicación literal de la ley puede traducirse en una injusticia, de ahí la investigación primero, y su valoración y enjuiciamiento posterior, pues tampoco vale, una vez llevada a cabo la investigación, aplicar automáticamente el Derecho sobre los resultados obtenidos. Si fuera así lo que necesitaríamos serían potentes computadoras y personas expertas en informática, no juzgados ni jueces, juezas, Ministerio Fiscal, juristas…

La grandeza del Derecho es esa, aplicar la norma a las circunstancias de cada caso, lo mismo que sucede en otras disciplinas, como por ejemplo en Medicina, donde el conocimiento científico y los protocolos se adaptan a la situación de cada paciente, no se aplican de manera automática argumentando que eso es lo que dice la ciencia, pues hacerlo así podría suponer graves consecuencias sobre la salud en determinados casos.

Lo que ha sucedido con Juana Rivas se parece más a esa aplicación automática y literal del Derecho que a una respuesta en justicia desde el punto de vista social. Y no es un error, sino la respuesta consecuente a una forma de interpretar el Derecho y a la demanda pública que han hecho desde un determinado sector de la sociedad que no ha parado de pronunciarse a través de las redes y medios, incluyendo magistrados, magistradas, juristas, profesionales de la Psicología… y tantos otros.

Desde el primer momento, sin atender a las razones que daba Juana Rivas ni a la situación y consecuencias sobre sus hijos, un sector importante de la sociedad exigió la inmediata restitución de los niños a Italia, país donde residían, y la entrega al padre, nada importaba que la madre manifestara que su conducta y decisión de no entregar sus hijos se debía a una situación de violencia de género. Todo lo contrario, sólo por plantearlo, la intensidad de la crítica y la consideración de Juana como una mala mujer llena de perversidad, fue aumentando conforme pasaban los días; y sin ninguna prueba ni elemento objetivo, la propia denuncia de violencia de género para ese sector era la demostración objetiva de que no existía la violencia y que todo era una instrumentalización para quedarse con los niños, curiosamente el mismo argumento que repiten a diario desde el posmachismo ante la violencia de género que asesina cada año a 60 mujeres, para desviar la atención.

Todo forma parte de esa reacción contra la Igualdad y las personas que la defienden, y curiosamente, lo dicen las mismas personas que comentan que el padre nunca fue condenado por violencia de género, a pesar de que existe una sentencia en la que consta como hechos probados la agresión. ¿Qué credibilidad tienen los que niegan la violencia reconocida en una sentencia judicial cuando dicen sin investigar que ahora no hay violencia? Evidentemente ninguna, pero como hablan desde la voz del machismo resultan creíbles para muchas otras personas.

El machismo es la cultura, no la conducta cuando sobrepasa determinados límites y se convierte en algo “incómodo” o reprobable. Y como tal cultura determina la realidad y condiciona el significado que se da a los hechos que ocurren como parte de ella, puesto que son las ideas, valores, mitos, estereotipos… y las identidades definidas por esa cultura las que otorgan un sentido a la realidad que se considera adecuada para convivir y definir las relaciones en sociedad. Las personas, todas, se socializan sobre esas referencias como hombres y mujeres, y entienden que es normal lo que la cultura dice que es normal, por eso todavía hoy un 3% de personas en la UE entiende que la violencia de género está justificada en determinadas ocasiones (Eurobarómetro, 2010), y un 44% de las mujeres que no denuncian la violencia que ejercen sus maridos no lo hacen porque “no es lo suficientemente grave”, o sea, “normal” (Macroencuesta, 2015). Y como son referencias determinadas por la cultura, están presentes en todas las personas, da igual que ejerzan su profesión en medicina, en la judicatura, en fiscalía, en el derecho o en la educación… esa forma de entender la realidad no es consecuencia de la formación profesional, sino de la vida en sociedad. Y para desprenderse de esos mitos, prejuicios y estereotipos hace falta formarse, por eso tanto el CGPJ, como la FGE o el Consejo General de la Abogacía, por circunscribirnos al ámbito del Derecho, realizan múltiples cursos de formación en violencia de género, puesto que la respuesta ante los casos no es cuestión de opinión, sino de conocimiento.

Justo lo contrario a lo que hemos visto en el caso de Juana Rivas, mucha opinión y poco conocimiento técnico para abarcar todas las circunstancias que tiene el caso, puesto que para aplicar la literalidad del Convenio de La Haya sólo hace falta saber leer, y no me refiero con ello a las decisiones puntuales, sino al debate general.

Por lo tanto, afirmar que el machismo no influye en lo que ha sucedido es la forma más clara de demostrar que lo ha hecho, puesto que quien lo dice ignora el contexto de significado creado por la cultura y su normalidad machista, y cree que machismo sólo es una conducta aislada cuando sobrepasa el umbral considerado como adecuado en cada momento. Y es ese machismo normalizado, aparentemente invisible y teóricamente anónimo, el que históricamente ha desarrollado un Derecho que ha desconsiderado la violencia contra las mujeres, llegando a incluir el delito de uxoricidio por el que el homicidio de la mujer resultaba prácticamente impune, o el que hasta 1989 consideraba la violación como un delito contra el honor, no contra la libertad sexual, o el que establecía normas para que las mujeres tuvieran que pedir permiso a sus maridos para trabajar o viajar al extranjero… y en todos esos momentos había magistrados, fiscales y grandes juristas que decían que eso no era machismo, que era producto de la racionalidad humana, o sea, masculina. Justo lo mismo que dicen hoy ante el Derecho actual.

Por eso es el machismo quien niega la violencia de género que denuncia Juana Rivas, pero sin investigarla a fondo, y el que pone como ejemplos de que no existe dicha violencia manifestaciones que forman parte habitual de ella, como ocurre con las mujeres que regresan con el maltratador, con las que no lo denuncian, o con las que lo hacen una vez que se sienten seguras y protegidas, con las que después de denunciarlo la retiran días más tarde…

Y desde esa misma visión machista de la normalidad dicen que la justicia ha de aplicar la ley, es decir, el Convenio de La Haya, sin atender a las circunstancias, sino a su literalidad. Una rigidez que sorprende, puesto que no es la que se mantiene en muchos otros casos y situaciones, hasta el punto de que el Estado español ha sido condenado por Tribunales y organismos internacionales tanto por aplicar la ley atendiendo a circunstancias particulares, como sucedió con la condena del Tribunal Europeo de Derechos Humanos por la llamada “doctrina Parot”, como por no aplicar la ley atendiendo a las especiales circunstancias de los hechos denunciados, como ha ocurrido en el caso de Ángela González y la condena del comité de la CEDAW de Naciones Unidas. Dos casos, cada uno en un sentido, que muestran que la literalidad de la ley no es el único elemento a tener en cuenta para hacer justicia.

Pero la situación del caso de Juana Rivas es aún más sorprendente, puesto que esa literalidad en el Convenio de La Haya dice en su artículo 13.b: “la autoridad del Estado requerida no está obligada a ordenar la restitución de la persona… si existe un grave riesgo de que la restitución del menor le exponga a un peligro grave físico o psíquico o que de cualquier otra manera ponga al menor en una situación intolerable”, y por lo tanto, el propio enunciado del Convenio de La Haya da pie para que la restitución no se haga de manera automática, y que se atiendan las circunstancias para evitar un riesgo para los menores.

La pregunta es sencilla, si el Derecho se debe aplicar atendiendo a las circunstancias, si el propio Convenio de La Haya recoge como circunstancias a tener en cuenta un posible peligro para los menores, si la violencia de género implica una situación de riesgo para los niños, y si Juana Rivas, la madre de esos niños, denuncia una situación de violencia de género actual, existiendo, además, el antecedente de una condena contra el marido por maltrato y situaciones compatibles con dicha violencia, ¿por qué no se ha investigado a fondo la denuncia y se ha procedido a realizar una valoración científica del riesgo sobre los niños?.

No se ha hecho, lo cual indica que para muchos prevalece el regreso sobre el riesgo, ante lo cual sólo caben dos posibilidades, o no se ha creído la denuncia interpuesta por Juana Rivas, o no se considera que la violencia de género suponga un riesgo para los niños, y las dos son un grave error, sobre todo cuando la solución es tan sencilla y asequible como investigar unos hechos, tal y como se hace a diario en nuestro país, y luego decidir en consecuencia sobre la protección de los menores, no sobre los hechos y si deben ser investigados en Italia. La decisión podría haber sido la misma, pero las garantías no.

Que la defensa que hemos visto estos días por parte de profesionales del Derecho, la Psicología, y de un amplio sector social haya sido aplicar el instrumento que permite devolver los hijos de manera automática a un padre condenado y denunciado por maltrato sin aclarar si esa decisión conlleva un riesgo para ellos, demuestra que para esa parte de la sociedad que defiende lo que el machismo ha establecido, lo importante es La Haya, haya o no haya justicia, pues en definitiva supone proteger la realidad que el machismo ha creado, esa que habla de que las mujeres son “malas y perversas” y que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”, y los instrumentos desarrollados para lograrlo.

Lo dije hace muchos años, no se puede establecer la Justicia desde la injusticia, y una sociedad machista y sin Igualdad no es justa.

 

Juana y Juan

El machismo siempre es muy gráfico en sus juicios, de hecho gran parte de su capacidad se basa en los prejuicios creados con su cultura, los cuales anticipan la realidad deseada para garantizar el resultado.

Por eso sabemos que Juana Rivas está condenada desde el primer día, lo vemos a diario cuando desde el machismo ya la consideran autora de cualquier delito que se le pueda imputar sin necesidad de que haya sentencia alguna ni presunción de inocencia que la ampare. Juana ya es culpable de “sustracción de menores”, “secuestro”, “obstrucción a la Justicia”, “denuncia falsa”… y no sé de cuantas cosas más. De todo ello se encarga el machismo y sus secuaces en una sociedad que interpreta la realidad sobre las referencias, los mitos y los estereotipos que crea el machismo, y que luego lleva hasta un Derecho que no tiene prisa en adaptarse a las nuevas circunstancias sociales, ni en lo formal ni en su espíritu.

Por eso los mismos machistas que no se cansan de afirmar que los hombres no tienen presunción de inocencia ante una denuncia por violencia de género, aunque en la práctica sólo condenen al 5% de todos los maltratadores que existen en España, tal y como explicamos en “Machismo impune”, y que niega la violencia que ejercen los hombres incluso cuando hay sentencia condenatoria, son los que ya han condenado a Juana Rivas sin necesidad de probar nada ni sentencia alguna. Lo dicen ellos y basta.

El contexto de significado que crea el machismo hace que Juana Rivas sea considerada como una mala madre y una mujer perversa por intentar alejar a sus hijos de un padre maltratador, y que su exmarido, Francesco Arcuri, condenado por violencia de género y vuelto a denunciar en el presente por la misma razón, sea un buen padre sin necesidad de investigar nada, pues se parte de la base de que Juana está dispuesta a utilizar e instrumentalizar cualquier cosa y a todo el mundo con tal de conseguir su objetivo, que para ellos no es otro que “quitarle los hijos a su padre”.

Todo lo que se diga desde la autoridad de la palabra del machismo resulta creíble, aunque sea contradictorio. Y aunque el peso de su palabra es lo suficientemente elevado como para convertirlas en verdades, para evitar conflictos el machismo habitualmente recurre a los estereotipos que él mismo ha creado sobre las mujeres y la violencia de género para demostrar que lo que dice es cierto y verdadero.

Entre las falacias del caso de Juana Rivas que han montado a lomos de los estereotipos y mitos, nos encontramos los siguientes:
. Juana Rivas ha interpuesto una denuncia falsa para “beneficiarse”. Ante esta afirmación nos hacemos la pregunta de cuál es el beneficio que puede obtener Juana con esa conducta, puesto que de una manera u otra ella tendría también la custodia tras la separación. Si ella tendría la custodia, al final la conclusión es sencilla, y quienes afirman que ha denunciado falsamente a su exmarido presentan el “beneficio” de Juana en el daño que pueda hacerle al padre quitándole los hijos. Nunca piensan que el beneficio podría ser separar a unos hijos de un contexto de violencia, y todo ello porque la situación se analiza bajo el mito de la perversidad y maldad de las mujeres.

. No hay violencia porque “Juana volvió con su marido tras la condena por maltrato”. Una afirmación de este tipo demuestra un gran desconocimiento de la violencia de género y del impacto psicológico que produce en las mujeres que la sufren. Un daño que facilita el regreso con el agresor, y dentro del cual puede producirse un embarazo, puesto que tal y como recoge la OMS, entre otros factores que pueden dar lugar al embarazo, en el 45% de los casos de violencia de género se producen agresiones sexuales por parte del agresores, que obligan a las víctimas a mantener relaciones sexuales cuando ellos deciden y como ellos quieren. Los juzgados en España están llenos de diligencias por el reinicio de relaciones tras una sentencia condenatoria, algunas incluso con orden de alejamiento en vigor, y en muchos casos el homicidio se ha producido tras ese reinicio de la convivencia. ¿Tampoco existía violencia en esos casos?

. También dicen que no había violencia porque “no denunció antes”, otro ejemplo manifiesto del gran desconocimiento de la dinámica de la violencia de género, que aísla a las mujeres que la sufren, las hace sentirse culpables, y las atrapa en la propia relación violenta. La situación es tan grave que a pesar de los 60 homicidios anuales sólo se denuncian alrededor del 75-80% de los casos, y muchas mujeres permanecen en la relación sin interponer denuncia alguna en situaciones de violencia tan graves que terminan en el asesinato, como sucedió en el 76% de los homicidios de 2016.

. Niegan la violencia por la conducta y actitud de Juana, y no se cortan en juzgar sus decisiones y su vestimenta, cuestionándola porque aparece “arreglada y maquillada”… Resulta difícil entender que tras tantos años volvamos a los argumentos que dieron ante la denuncia de Carmina Ordoñez, cuando el juez dijo que no tenía “perfil” de mujer maltratada, o como aquel otro juez de Barcelona.  , que entre los argumentos que utilizó para negar la existencia de violencia dijo que la víctima se presentó en el juicio (¡dos años después de los hechos!), “vestida a la moda” . La imagen estereotipada de las mujeres maltratadas aún prevalece sobre la realidad. Por lo visto las ojeras de Juana, sus lágrimas y sus palabras entrecortadas no cuentan, pues para el machismo forman parte de las armas y la mentira perversa de las mujeres. De todas formas, si hubiera aparecido sin arreglar y maquillar dirían que es una manipuladora y que lo hizo para dar lástima “porque sabe que  no tiene razón”.

Y todos estos elementos influyen en la sociedad y en quien aplica el Derecho, pues forman parte de esa misma sociedad que el machismo ha hecho normal. Lo hemos visto en algunas de las frases recogidas en las resoluciones judiciales que se han dictado estos días.

Quizás por ello el Derecho no tenga prisa en cambiar y dejar atrás aquellas referencias que se vuelven en contra de quien sufre la violencia de género. Es lo que ha sucedido en el acuerdo sobre el “Pacto de Estado contra la violencia de género”, donde no se ha incluido impedir que se aplique en estos casos el artículo 416 LECrim, un artículo del siglo XIX que no tiene sentido alguno en la violencia de género y que, sin embargo, se mantiene a pesar del grave daño que produce en las mujeres al facilitar que no declaren contra su agresor y que se archiven los casos.

Y también tenemos esa falta de voluntad en adaptar el Derecho a la realidad cuando se mantiene sin modificar el Convenio de La Haya, que obliga a la restitución de los menores a su país de residencia. Un convenio de 1980, cuando la violencia de género era ignorada a nivel institucional, que se aplica de manera automática 37 años más tarde sin tener en cuenta las circunstancias del momento actual, y sin considerar el espíritu del propio Convenio cuando habla de que no se aplique en caso de riesgo para los menores. Claro, que cuando la violencia de género no se ve como riesgo no hay por qué dejar de aplicarlo.

Todo esto ocurre por tomar como referencia a los hombres y a lo que ellos han considerado justo para organizar la convivencia y resolver los conflictos. Si en lugar de esa visión masculina existiera una mirada desde la Igualdad, en el caso de Juana Rivas lo primero que se haría sería investigar a fondo los hechos denunciados por la madre, no verla como una persona interesada dispuesta a denunciar al padre para hacerle todo el daño posible. Y lo segundo sería tomar las decisiones sobre el resultado de esa investigación, no decidir no hacerla porque si se hace significaría “entrar en el juego de esa mala mujer”.

Por eso el machismo, en lugar de facilitar ese tipo de decisiones que deberían aclarar la verdad, las intenta evitar para que no quede de manifiesto toda la estrategia levantada sobre los mitos, los estereotipos y sus prejuicios con sentencia condenatoria. Por eso avivan la llama contra Juana y dicen eso de “si Juana fuera Juan ya estaría en la cárcel”, y de ese modo intentar poner de manifiesto que el Derecho en realidad va contra los hombres, y potenciar su mensaje de victimismo para que se compense con una “sentencia ejemplar” contra Juana.

El ejemplo más claro de esta diferente forma de interpretar y dar significado a la realidad nos lo ha traído la actualidad. El pasado día 23-8-17 un hombre asesinó a su suegra en Galicia y se llevó a un hijo de 21 meses, dejando al otro. Nadie habla de maldad, ni de la perversidad de ese hombre ni de otros muchos maltratadores que cada año rompen la vida de sus hijos e hijas con la violencia de género (840.000 cada año según la Macroencuesta, 2011), y que en este 2017 ya han asesinado a 6 hijos e hijas.

Juana debe ser muy mala por querer apartar a sus hijos de su padre maltratador, Juan, ese hombre que maltrata a diario y que incluso llega a matar a sus hijos, es un buen padre. Es lo que nos dice el machismo.

 

 

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“Los Machonautas”

“LOS MACHONAUTAS” (Machistas de playa -IV-)

No hay nada como el verano para navegar, es la estación idónea para subirse a una nave y surcar las aguas de los mares y el aire de las ideas, que durante el resto del año permanecen retenidas por las esclusas de las circunstancias. Y eso lo saben muy bien los machistas de playa, ellos que son los dueños del tiempo de la historia, son conscientes de que el calor ablanda los días y hace de ellos una especie de chicle elástico que se estira sin límite para pegar conciencias y cerrar los párpados a la realidad. Por eso, a pesar de su retiro y de su distancia estival, se dedican a navegar por las redes y estar en todos y cada uno de los lugares donde un “macho” sea necesario para decir “lo que es verdad y mentira”, y para corregir cualquier afirmación que se haga desde el feminismo o en nombre de la Igualdad. Son los “Machonautas”, la marina del machismo, y siempre están atentos, pues para ellos cualquier “serpiente de verano” es la misma a la que Eva le pisó la cabeza para salir victoriosa de su encuentro.

Los “Machonautas” surcan dos tipos de aguas, las del machismo y la de las redes sociales. Navegan por el machismo para redescubrir el mismo destino una y otra vez y no sentirse fracasados en sus viajes a ningún lugar. Por medio de esa estrategia aparentan traer de cada uno de esos destinos algún fruto con el que sus seguidores se sientan estimulados en su lucha, pero como siempre visitan los mismos prejuicios, los mismos mitos, los mismos estereotipos… lo que hacen, como expertos manipuladores que son, es cambiar el nombre de sus viajes para así presentarlos como lugares diferentes… De ese modo, unas veces dicen que han ido hasta la tierra del “hembrismo”, otras al territorio de las “personas feminazis”, en otras ocasiones hablan de que han llegado hasta el “país de las denuncias falsas”, que está justo al lado de la “selva de las amazonas violentas”, y que por tanto, también dicen visitar con frecuencia… El mensaje que traen siempre es el mismo, pues viajan a bordo de la nave del machismo, pero en cada ocasión lo presentan como algo distinto al cambiarle el nombre.

El otro tipo de aguas por el que viajan los “Machonautas” es el de las redes sociales, unas aguas que con demasiada frecuencia corren bravas, pero que ellos siempre se encargan de volver turbulentas por eso de la ganancia que obtienen los “pecadores” en las aguas revueltas.

Entran en las redes como los cuatreros en los poblados de las películas del viejo Oeste, disparando “a siniestro y a siniestro”, pues suelen ser muy respetuosos con todo lo situado a la derecha, y como hacen las buenas bandas, en cuanto uno comienza a disparar todos los demás lo siguen a ver quién es capaz de pegar más tiros en menos tiempo. No tienen miedo a herir a alguien, saben que el shérif está de parte del cacique de lugar y sus secuaces.

Los “Machonautas” tienen espíritu invasor, dado su carácter agresivo y violento, por eso en sus viajes se meten en cuentas ajenas para atacar a las personas que las crearon, y para lanzar su mensaje colonizador desde ellas, puesto que sin esas invasiones no tendrían la posibilidad de que alguien se detuviera ante sus palabras. Y son tan paradójicos y simples, que a pesar de entrar en las cuentas para atacar a quienes no piensan como ellos, dedicándose a insultarlos y cuestionarlos con todo tipo de argumentos falaces, luego se muestran ofendidos por los mensajes de Igualdad que se lanzan desde esas cuentas. La situación es tan surrealista que, a pesar de ser ellos los violentos y los invasores, exigen que se retiren todas las medidas dirigidas a impedir sus invasiones y conquistas, y a acabar con sus privilegios.

Todo ese trabajo que se toman es porque los “Machonautas” pretenden controlar el viaje iniciado por la sociedad para dejar atrás el continente del machismo. Saben que no es una deriva ni es un accidente, que el feminismo se reveló frente a quienes presentaban el universo como un plato plano, y afirmaban que más allá del machismo sólo había un abismo oscuro lleno de dragonas y serpientes, y que hoy la luz de la equidad y el movimiento de las estrellas del universo de la Igualdad han revelado que los hombres no son el centro del universo ni de nada, salvo de su propia determinación. Que el machismo levantó el androcentrismo para dominar a las mujeres y a toda aquella persona que fuera diferente a sus ideas, valores, creencias, pensamientos… pero que ese universo era un mundo y oscuro, sin más luz que las hogueras en las que se dedicaban a quemar a toda aquella persona o idea que lo cuestionara.

Hoy los “Machonautas” son los guardacostas de las islas que aún mantienen bajo su control, y los polizones que se introducen en otras naves y lugares para actuar como troyanos y confundir con todos los frutos tóxicos que traen del lugar de siempre del machismo. Pero hoy el mar sabe a Igualdad y el aire huele a equidad, un ambiente irrespirable para ellos, por eso, a pesar de todo lo que se mueven y viajan, son los propios “Machonautas” con sus palabras y argumentos quienes muestran a diario que su mundo ya no existe, aunque su amenaza persiste.

Este verano debemos ayudarlos con la Igualdad para que se vayan lejos y para siempre.

Los “Machiringuitos”

LOS “MACHIRINGUITOS”  (Machistas de playa -III-)

Los “machiringuitos” son como la canción del verano cuando había veranos con canción, una especie de música de fondo y de omnipresencia playera para poner la bandera azul de sus partes en la zona de costa donde habitan.

Son los machistas de chiringuito, esos que presumen de no bajar a la playa, que dicen que su frontera está en la terraza del bar, y que todo lo que continúa más allá de ella es una especie de exceso o de pérdida de tiempo. Su destino es otro y su misión más alta. Actúan como una especie de vigilantes de la playa, pero desde fuera de la playa. Su objetivo es controlar a la gente que baja cada día al mar, a la que van poniendo nombre conforme se familiarizan con su presencia a lo largo de los días. Dos son los destinatarios fundamentales de su vigilancia, las mujeres y los hombres, y en ambos casos con dos grupos bien definidos.

En el caso de las mujeres, se suelen detener en todas aquellas que son merecedoras de su atención por su físico, a las que rápidamente cosifican y acompañan de todo tipo de comentarios que giran a su vez sobre dos referencias generales, por un lado su cuerpo y las partes del mismo que más les atraen, las que toman por el todo para denominar a la mujer por medio de ellas (la de las tetas de ese modo, la del culo de aquel otro, la de los labios estos, la de las piernas aquellas…); y por otro, lo que harían con ellas gracias a su virilidad. Luego está el otro grupo de mujeres, con las que no harían nada, pero a las que también se encargan de criticar, bien por su físico, por su vestimenta y complementos, por la familia… o por cualquier otro motivo.

En el caso de los hombres, llevan a cabo comentarios con un doble objetivo, aunque bajo un mismo argumento. La atención la centran, sobre todo, en aquellos hombres que consideran unos “calzonazos y sometidos a sus mujeres”, de los que se ríen por bajar “cargados” con la sombrilla, las silletas, la nevera… aunque luego se sienten a la sombra de la silleta a beber cerveza mientras esas “mujeres dominadoras” están pendientes de ponerle protección a los niños, de acompañarlos a bañarse, de jugar en la arena con ellos… Pero también se detienen sobre los hombres jóvenes con cuerpos musculados y deportistas, a quienes directamente consideran homosexuales o sin personalidad por someterse a los dictados de la moda femenina que niega los elementos identificativos de los hombres de toda la vida. De ahí que con frecuencia se pongan ellos mismos como modelo haciendo alusión entre risas a su barriga y al “trabajo que le cuesta” mantenerla. El argumento común es que ni los hombres del primer grupo ni los del segundo son “hombres de verdad”, dejando reservada esa categoría para sí mismos, a esta especie de vigilantes de la playa y la masculinidad desde la terraza del chiringuito.

Su momento estelar es el periodo que abarca desde la bajada a la playa y la subida, esas horas de la mañana en las que el tránsito de gente disminuye, y en las que no resulta tan fácil ir de una persona a otra con la crítica en los labios. Es el momento del “ponme otra caña” y la tertulia, el instante en el que repasan la actualidad y resuelven todos los problemas con su claridad de ideas y su contundencia argumental. Su frase favorita es “yo acababa con… (la inmigración, las feminazis, el paro, la corrupción…) en cinco minutos”, da igual que cada uno plantee acciones diferentes, incluso contrarias, al final lo importante es la fratría y la coincidencia de que acaban con el problema en esos cinco minutos.

Y claro, con esa nitidez en la mirada, la Igualdad y todo lo relacionado con ella es uno de sus temas de discusión esenciales. Para ellos, como buenos machistas, todo lo que está pasando es una deriva incontrolada que tenía que haberse resuelto en esos “cinco minutos” mucho tiempo atrás, para haber evitado lo que ahora está pasando y que las mujeres “quieran ser como los hombres”. Los “machiringuitos”, como otros machistas, piensan que todo lo que sucede es producto del “lobby feminazi” que pretende aniquilar al “hombre de verdad”, a ese que es capaz de poner a la mujer en su sitio sin complejo alguno, y que lo hacen para enriquecerse con las subvenciones unidas a las políticas de Igualdad, y así obtener beneficios con los que “comprar” otras voluntades para acumular más poder.

La consecuencia de esas ideas es un planteamiento de la Igualdad como una especie de cruzada contra los hombres bajo argumentos como que los hombres “no tienen presunción de inocencia”, que “les quitan los hijos”, que “los denuncian falsamente para quedarse con todo lo que han conseguido a base de trabajar”, que “los llevan al suicidio por divorcios abusivos”…

Curiosamente, y a pesar de toda la capacidad que demuestran cada día y de la terrible realidad de la violencia de género, los “machiringuitos” nunca han planteado en sus conversaciones acabar con ella “en cinco minutos”.

A veces, cuando hay wifi en el chiringuito o al despertar de la siesta, entran en las redes sociales con bastante vehemencia para repetir sus ideas y resumir parte de lo que han tratado por la mañana en su reunión a pie, pero fuera, de playa.

Su reunión en el chiringuito suele terminar cuando uno de ellos hace alusión a que se tiene que ir porque de lo contrario la parienta le va a echar la bronca por llegar tarde a comer. Todos se reconocen en esa sentencia y se despiden hasta el día siguiente con la promesa de que habrá más. Más de lo mismo, como el propio machismo.