Mentiras de verdad

La mentira, además de no corresponderse con la realidad, implica la conciencia de que dicha afirmación no es cierta, pues de lo contrario se trataría de un error o de una simple incorrección. La mentira, por tanto, exige intención, y la intención se mueve por la voluntad de alcanzar algún objetivo, bien para obtener un beneficio a través de la falacia empleada, o bien para hacer un daño a alguien.

Cuando la sabiduría popular dijo aquello de que “la mentira tiene las piernas muy cortas”o que “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”, tomaba como referencia una sociedad en la que la palabra tenía un valor superior, y quienes eran responsables de gestionarla se sabían con el compromiso social de evitar que fuera tomado en vano. Esta situación facilitaba que, más antes que después, en un escenario de verdades la mentira fuera descubierta y el mentiroso señalado.

Utilizar la mentira con frecuencia y sin consecuencias es propio de quien ocupa posiciones de poder, pues de lo contrario esas “extremidades inferiores tan cortas” o la “cojera padecida” les impedirían avanzar por un terreno lleno de los obstáculos y dificultades que forman cada una de las verdades que intentan sortear.

La defensa de las ideas y valores tradicionales se basa en lo que los hombres han considerado a lo largo de la historia que eran los valores y las ideas que debían ser defendidos, pues han sido ellos quienes han ocupado las posiciones de poder para decidirlo e imponerlo. El machismo es eso, la construcción de una cultura, es decir, del conocimiento y las referencias que conlleva para definir las identidades, los roles y funciones de cada persona, y los tiempos y espacios que deben ocupar en la sociedad dependiendo de su condición, y de ese modo, establecer el tipo de relaciones que han de mantener esas personas según esa “normalidad”.

Las posiciones conservadoras y tradicionales defienden los elementos que desde esa construcción androcéntrica se han considerado adecuados para la convivencia, y así la han recogido en el Derecho, en la educación, en los temas laborales, en la política, en la salud… que a lo largo de toda la historia han quedado impregnados de esos valores y de esa forma de entender la realidad. Nada diferente a lo que hemos visto también a lo largo de esta campaña electoral en los temas relacionados con la Igualdad y las mujeres, especialmente en cuestiones como la violencia de género y el aborto, pero también en muchas otras derivadas. Y el problema no está sólo en las propuestas y decisiones particulares que se adopten en un momento determinado, sino en la concepción global de la que parten.

Y para poder mantener su construcción androcéntrica cediendo lo justo para que no se desestabilice, necesitan imponer sus ideas y valores a través de los instrumentos que la posición de poder ocupada a lo largo de toda la historia les ha permitido. Antes era la propia determinación de la realidad para que las cosas fueran como tenían que ser, tanto en su resultado como en el significado que se le daba. Así por ejemplo, a la violencia contra las mujeres se le ha dado un sentido de “normalidad”, como algo propio que puede pasar en las relaciones de pareja, y de hecho se la ha invisibilizado en mitad de la violencia doméstica y familiar para que no se pudieran conocer sus características específicas. Y cuando la situación es tan grave que se produce el homicidio de la mujer, entonces se dice que el hombre estaba bajo los efectos del alcohol, de alguna sustancia tóxica, con algún problema mental, o que es extranjero.

Pero ahora la situación ha cambiado gracias a la crítica que ha hecho el feminismo y al conocimiento social que ha surgido de la misma, de manera que se han visto obligados a cambiar de estrategia para continuar igual. Y si antes su táctica estaba en imponer una “única verdad”, es decir, hacer de sus posiciones y con todos sus instrumentos la única verdad, ahora se trata de utilizar los mismos instrumentos para llevar a cabo justo lo contrario, pero con el mismo objetivo.

Ahora se trata de conseguir que no haya bases sólidas para que la sociedad no pueda posicionarse sobre ellas, y de esa manera facilitar que lo que ya existe como referencia, que son sus ideas, valores, creencias, tradiciones… continúen como elementos comunes para toda la sociedad. Por lo tanto, ahora no se trata de que haya una sola verdad, sino de que todo sea mentira para que los elementos que caracterizan la realidad no puedan ser identificados como tales, y se evite el posicionamiento crítico de la sociedad frente a ese problema.

Sin duda el ejemplo más paradigmático, y no por casualidad, es la estrategia y actitud que mantienen ante la realidad de la violencia de género con sus 60 homicidios de media al año, los 600.000 casos de maltrato identificados por las Macroencuestas, los más de 800.000 niños y niñas viviendo en los hogares donde se lleva a cabo, y las agresiones y homicidios que también sufren por parte de sus padres violentos. A pesar de la objetividad y las evidencias diarias de su realidad, desde el machismo lo único que contemplan son las “denuncias falsas” y logran hacer creer que toda denuncia que no termina en condena es falsa en su origen, cuando la propia Fiscalía General del Estado recoge en sus memorias que representan menos del 1%. La capacidad de jugar con el machismo hecho cultura para hacer de la normalidad razón y justificación, y el peso que le da la autoridad “autoconcedida” a sus palabras, permite que a pesar de esa objetividad y de que el 75% de la violencia de género no se denuncia, se siga creando confusión con ese argumento.

Pero como también perciben que a pesar  de las “denuncias falsas” ya no consiguen los mismos objetivos ni la misma pasividad que antes, ahora incorporan nuevas mentiras para generar más confusión y para armar el argumento de que “todas las violencias son iguales”, de manera que no nos detengamos ante las circunstancias específicas de la violencia de género que revelan la construcción machista que da lugar a ella y a los privilegios masculinos que ven amenazados. Y entre esas nuevas mentiras de diseño están la “lista de hombres asesinados”, la “lista de mujeres asesinas”,y la “lista de niños asesinados por sus madres”. Son listas que se repiten y multiplican el mensaje que muestra a las mujeres como asesinas de hombres y niños, bien de forma separada o mezclando víctimas en la misma lista, pero lo sorprendente es que son falsas y que la falsedad se puede ver en las noticias que anexan como justificación de los casos que presentan. Su manipulación es tan burda que muchas de los casos que recogen como homicidios llevados a cabo por mujeres en verdad se trata de lesiones sin resultado de muerte, o han sido otras personas las que han cometido el homicidio, o ni siquiera se conocen las circunstancias de la muerte.  Es tan grosera su estrategia que llevan a cabo que la propia noticia donde hacen referencia a la lista de mujeres asesinas la titulan como “79 víctimas de asesinatos y homicidios cometidos por mujeres en España en sus distintas formas. Año 2018”, y después recogen en el mismo texto, “40 mortales (31 dolosos, 7 culposos y 2 pendientes de clasificación), y 39 intentos frustrados”. Todo ello sin sentencia, sólo con lo que ellos consideran a partir de unas noticias en las que en algunos casos se puede leer que las mujeres a las que ya consideran asesinas es muy posible que no hayan participado.

Al final consiguen el objetivo de que en las redes y en muchos espacios se hable de las “79 víctimas”y que aumente el odio contra las mujeres, para lo cual, además, se incide en argumentos como que “los hombres han perdido la presunción de inocencia”y que “son detenidos sólo con la palabra de la mujer”, aunque esas afirmaciones sean incompatibles con la realidad que muestra que el 80% de los hombres no son condenados tras la denuncia, y con la profesionalidad de la Policía y Guardia Civil que detienen cuando las circunstancias lo requieren. Lo terrible es que, además, haya partidos de ultraderecha que utilicen estos datos para justificar sus políticas y propuestas, puede parecer extraño, pero lo triste es que todo resulta muy coherente.

Son las mentiras de verdad que se lanzan desde el poder para defender este machismo hecho cultura y todo lo que conlleva, desde la idea de orden social hasta los privilegios individuales para sus guardianes y defensores.

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Hombres “protagoristas”

El machismo lo tiene claro: el hombre es la referencia y lo masculino la razón. En eso son “protagorístas”, no sólo protagonistas de la vida en sociedad con su poder y sus privilegios, sino que se sitúan a sí mismos en el centro de la realidad, de ahí que cuando se ha cuestionado esa construcción han sacado su vis “protagorísta” para volver a reivindicarse.

Protágoras de Abdera fue un filósofo sofista que vivió en el siglo V antes de nuestra era, y conocido, entre otros pensamientos, por su “homo mensura”, la idea que resumía su filosofía de que “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuento que no son”, y claro, con una propuesta tan explícita el machismo no ha dudado en hacerla suya de forma literal. Es lo más parecido a un dios terrenal con su omnipresencia más allá de lo que es, su omnisciencia capaz de conocer lo más íntimo y lo más trascendental, y su capacidad todopoderosa para hacer y deshacer según le convenga en todo momento y lugar.

Desde esa posición ha utilizado su poder para condicionar la realidad de manera que cambiaran las circunstancias y protagonistas, pero no el poder de los hombres ni la referencia de los hombres en el poder. Cuando había un tirano no importaba que llegaran otros hombres y lo derrocaran; cuando era un rey, los hombres que llegaban lo quitaban e incluso podían cambiar el modelo de Estado para instaurar una república donde otros hombres mandaban. Cuando la esclavitud impuesta por hombres protagonizó la historia, llegaron hombres y mujeres para abolirla, pero luego sólo fueron hombres los que dominaron en la nueva sociedad; y cuando tiempo después se instauró el apartheid y el racismo en algunos países, también fueron hombres y mujeres de todos los colores quienes consiguieron abolirlos para que fueran hombres de todos los colores quienes lideraran la nueva época. La estrategia era simple: enfrentar a hombres contra hombres siempre daba vencedor a hombres, la derrota forma parte de su modelo de poder y es un estímulo para que los hombres lo asuman con la violencia que conlleva  como parte esencial del mismo.

Con la Igualdad cambia la situación  y el escenario. Ahora se trata de acabar con esa cultura creada sobre la referencia de los hombres, no se trata de cambiar circunstancias y protagonistas dentro del marco cultural, sino de cambiar la cultura rompiendo con su machismo funcional.

Ante esta nueva realidad, la percepción que tienen los hombres “protagorístas” es de pérdida y ataque, porque ya no serían la medida de todas las cosas.  De manera que han reaccionado con todos sus instrumentos a través de tres vías: premiar a los suyos, castigar a los contrarios e influir en el resto para que sean afines y dóciles a sus propuestas. Por eso su crítica a la Igualdad, su ataque a todas las políticas de género, su miedo al diálogo, y la necesidad de manipular y atacar a quien cuestiona la falacia de una construcción que parte de la idea de superioridad masculina, tan gráficamente expresada recientemente por el eurodiputado Yanusz Korwin-Mikke cuando dijo que las mujeres deben cobrar menos por ser “más débiles y menos inteligentes”.

Esta situación es la que ha llevado, como apuntaba, a que nunca haya habido reparo en adoptar medidas y leyes contra el racismo, la xenofobia, el terrorismo… es cierto que algunas les ha costado mucho, sobre todo las que protegen los derechos de quienes desde el machismo consideran “diferentes e inferiores”, pero las han respetado en su formalidad porque las personas que pueden ser condenadas en caso de delinquir incluyen tanto a hombres como a mujeres.

Lo que no soportan ni aceptan son las medidas para avanzar en Igualdad y para erradicar la violencia de género porque hacen una distinción sobre los hombres debido a que son ellos quienes marcan la diferencia. La violencia de género es una violencia desarrollada por los hombres sobre las mujeres y las niñas al amparo de una cultura machista que la normaliza, la minimiza y la justifica, al tiempo que responsabiliza a las propias mujeres que la sufren. Por eso no es casualidad que a pesar de su presencia histórica y del impacto tan grave que ha tenido en número de mujeres maltratadas, violadas y asesinadas, no haya sido regulada atendiendo a sus características específicas y a sus circunstancias particulares hasta hace unos años.

Y no lo soportan porque la conocida como Ley Integral contra la Violencia de Género  tiene un doble impacto: incide sobre cada uno de los maltratadores, pero también sobre todas las circunstancias que permiten actuar a los hombres que lo decidan desde esa impunidad que da el abrigo de la normalidad, lo cual hace que sólo se denuncie un 25% de toda la violencia de género que existe, y que sólo el 5% de todos los maltratadores sea condenado.

De repente, el hombre que era medida de todas las cosas para repartir culpas entre hombres y mujeres, lo cual le ha permitido caminar por la historia ejerciendo la violencia contra ellas sin apenas consecuencias, ha pasado a ser la referencia exclusiva de la violencia de género, tanto por ejercerla como por crear una cultura que entiende que es “normal”, tal y como reveló el Eurobarómetro de 2010 al mostrar que un 3% de la población de la UE piensa que hay motivos para que los hombres ejerzan la violencia contra las mujeres.

Por eso sus argumentos son tan gráficos y reveladores cuando dicen que la Ley Integral contra la Violencia de Género, al centrarse en los hombres como agresores, es como si se tomara a los musulmanes como terroristas yihadistas o los vascos como terroristas de ETA. Pero se equivocan y desenmascaran porque las leyes contra el terrorismo se centran en quien está alrededor de las posiciones y estrategias terroristas y, por tanto, van contra las personas que forman parte de esos grupos y actúan en su nombre. Cuando esas personas son condenadas lo son por ser terroristas, no por ser musulmanes o vascos. Y la ley contra la violencia de género actúa contra las personas que la ejercen, que son aquellos hombres que de manera voluntaria deciden acudir a ella desde su masculinidad y bajo las referencias de una cultura que la ha normalizado, tanto que según la Macroencuesta de 2015 el 44% de las mujeres que la sufren no la denuncian porque a violencia vivida “no es lo suficientemente grave”,o sea, porque la consideran “normal”, lo cual no es una decisión individual, sino una idea impuesta por la cultura machista. Por o tanto la Ley Integral contra la Violencia de Género  no condena a hombres por ser hombres, sino por ser maltratadores o asesinos.

Si una mujer u otro hombre ejerce una violencia en contextos similares, pero sin el amparo de una cultura que la normaliza, la respuesta de la ley es la misma, pero no por ello forma parte del mismo tipo de violencia y de sus circunstancias, como si un budista o un musulmán al margen de un grupo terrorista ponen una bomba en un lugar público, serían unos asesinos, pero no unos terroristas, porque el terrorismo no está definido por la condición de quien lo lleva a cabo, sino por la ideología criminal que lo sustenta. En cambio, la violencia de género sí se define sobre su autor: aquel hombre que a partir de la cultura machista decide desarrollar una conducta violenta sobre las mujeres, porque es esa condición la referencia que históricamente ha creado la cultura para ejercerla desde la normalidad. Pero la condena es por ser violento, no por ser hombre.

A muchos hombres les cuesta aceptarlo, aunque lo entienden tan bien que no quieren perder el privilegio de acudir a esta violencia para imponer sus criterios dentro de la relación de pareja. Por eso “su lucha” es para derogar la Ley Integral, no para pedir más medios y recursos con las “otras violencias”.

El machismo está nervioso porque su androcentrismo “protagorista” se viene abajo con la Igualdad. Los hombres ya no son la medida de todas las cosas, ni de las que son en cuanto que son, ni de las que no son en cuanto que no son. Los hombres ya no son la única referencia ni medida, son lo que deberían haber sido, una persona más.

 

 

 

 

El chiringuito del machismo

Qué clase de beneficios no tendrá el machismo cuando sólo por los costes de la violencia de género está dispuesto a pagar 109.000 millones de euros cada año. Así lo recoge el  estudio coordinado por el Instituto para la Igualdad de Género de la UE, una cantidad que supone el 0’8% del PIB de los 28 Estados miembros.

Y es que el machismo también es un negocio para quien ocupa las posiciones de poder que dan los privilegios de una cultura hecha a imagen y semejanza de los hombres, que son quienes se mueven por esas plantas acristaladas en las alturas de la estructura social desde las que todo se observa y se domina.

Ya hemos insistido en más de una ocasión en que el machismo es cultura, no conducta, y por tanto las dinámicas que genera son de dos tipos, por un lado las sociales o generales, y por otro las individuales o personales; y en ambas los hombres y su modelo androcéntrico tienen ventajas y beneficios económicos. Veámoslo de forma rápida.

A nivel social, las relaciones y la economía se han organizado bajo la referencia de que las mujeres deben asumir las tareas domésticas y de cuidado sin remuneración alguna. Pero, además, si trabajan fuera del hogar han de hacerlo sin abandonar sus “obligaciones” domésticas, situación que lleva a que, tal y como recoge el Barómetro del CIS (marzo de 2014), trabajando prácticamente lo mismo fuera de casa dediquen cada día un 97’3% más de tiempo que los hombres a las tareas del hogar, y un 25’8% más a las labores de cuidado de los hijos e hijas. Por si fuera poco, también cobran menos que los hombres en una brecha salarial que parece insalvable, y la precariedad de sus trabajos se refleja en la sobre-representación de las mujeres en los puestos más bajos, y en la “renuncia” a la jornada completa por cuestiones relacionadas con los cuidados de familiares.

A nivel individual, cada uno de los hombres que cuenta con una de esas mujeres que asume renunciar al trabajo, realizar las tareas de casa, cuidar a los niños, reducir su jornada… tiene el beneficio económico de poder seguir ganando más y de hacer las promociones necesarias con las que obtener el reconocimiento “merecido” para ascender profesionalmente y, así, ganar más dinero y más independencia. Este hecho ya fue puesto de manifiesto de manera científica en el trabajo publicado por S. Zedeck en el Journal of Applied Psychology(2008), en el que se concluye que los hombres que siguen el modelo machista en su vida y en sus relaciones de pareja o familiares ganan más dinero.

Como se puede ver, tanto a nivel macro, en lo que es el modelo capitalista de economía al que tanto le gusta la explotación de las personas, como a nivel individual, el beneficio para los hombres bajo el machismo es directo e inmediato, lo cual muestra el negocio que supone el machismo para ellos.

Y para poder obtener esos beneficios económicos sin que el sistema se venga abajo ni de lugar a una revolución, necesita crear un marco de significado en el que se entienda que esa organización es la correcta, y unas circunstancias de vulnerabilidad para las mujeres que las lleve a “aceptar” esa precariedad como parte del destino, o como una forma de adquirir algo de autonomía e independencia con las que salir de los límites que las atrapan en oportunidades y expectativas.

El machismo, que es cultura, no conducta, se encarga de actuar sobre los dos niveles comentados, el social y el individual, para hacer entender que esa distribución desigual del trabajo y la asignación de tareas específicas para hombres y mujeres, es adecuada. Una situación que se ve reflejada de manera gráfica en las palabras del eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke, cuando dice que las mujeres deben cobrar menos porque “son más débiles y menos inteligentes”, o en las de su compatriota en el Parlamento Europeo, Stanislaw Zóltek, que ha declarado recientemente que “hay trabajos para hombres y trabajos para mujeres”. Curiosamente, se le ha olvidado decir que los mejores trabajos son para los hombres y los peores para las mujeres.

El machismo no es tonto, es malvado  y violento, pero sabe muy bien cómo tiene que organizarse y cómo ha de responder para mantener sus privilegios y su modelo. Lo que ocurre es que es tan prepotente y se cree tan superior, que no se da cuenta de que en los propios argumentos que utiliza para atacar a la Igualdad refleja sus miedos y sus intereses.

Por ejemplo, cuando dice que no debe haber recursos específicos para la violencia de género y que todas las violencias deben ser abordadas con las mismas iniciativas, lo que refleja es el miedo a que se identifique que detrás de la violencia contra las mujeres no sólo está el agresor de cada caso, sino las referencias comunes a cada uno de ellos que la cultura machista pone a su disposición. Por eso en lugar de pedir una ley contra la violencia que sufren los hombres, que según ellos es su preocupación, piden que se derogue la ley contra la violencia de género, algo que no tiene sentido. Cuando comentan que la custodia de los hijos debe ser compartida, callan y se oponen al desarrollo de medidas para que los padres se incorporen a las tareas de cuidado igual que lo hacen las madres. Cuando denominan a las feministas como “feminazis” reflejan su ideología supremacista y su inspiración en quienes actuaron intentando aniquilar a quien consideraban como diferente e inferior.

Y ahora, cuando hablan de los “chiringuitos” del feminismo revelan que lo que intentan proteger es su chiringuito machista y el negocio que supone el machismo, no a través de “subvenciones” puntuales, sino de los Presupuestos Generales del Estado y de toda la economía.

Un negocio que está dispuesto a pagar cada año 109.000 millones de euros en la UE para costear la violencia de género que ejercen con impunidad, y de esa forma mantener sus beneficios directos e indirectos. Una situación que nos da una idea, no sólo de los privilegios que tienen los machistas, sino también de las ganancias económicas que reciben.

 

“Un hombre blanco hetero”

Brenton Tarrant, el asesino que ha acabado con la vida de 50 personas y ha herido a 36  en el atentado que ha llevado a cabo contra dos mezquitas en Nueva Zelanda, es un “hombre blanco y hetero”. Puede parecer algo anecdótico o secundario, pero no lo es, hasta el punto de que él mismo se ha encargado de recogerlo en su manifiesto al definirse como “un hombre blanco normal”.

“La realidad no un accidente, es un resultado”, con frecuencia insisto en esta idea para hacer ver que muchas de las agresiones y homicidios que se producen son consecuencia de elementos estructurales y de un contexto violento que se mantiene en el tiempo alimentado a diario por el odio. No son “hechos aislados” o consecuencia de circunstancias y factores individuales que actúan de manera puntual en un momento dado, indudablemente, al final en cada uno de los casos hay elementos individuales y elementos del contexto que influyen en la forma de llevarlos a cabo, pero no son la causa de esos homicidios.

Los asesinatos de Brenton Tarrant son un crimen islamófobo y racista, pero no podemos olvidar que han sido planificados desde una posición de ultraderecha basada en ideas supremacistas que parten de la base de que hay determinadas personas que por su condición son superiores a otras, y que, en consecuencia,  sus ideas, creencias y valores están por encima de las del resto. Esa es la razón que lleva a que cuando deciden que ellos, por su condición, son los que tienen la capacidad para desarrollar determinados roles y funciones nadie diferente pueda ocuparlos, pues si lo hacen lo interpretan como una usurpación y un ataque que debe ser contrarrestado.

Este planteamiento es la esencia del machismo al situar, hace 10.000 años, allá por el Neolítico, la condición de los hombres como superior a la de las mujeres, pilar básico sobre el que luego se han introducido otros elementos de discriminación conforme se iban incorporando personas de diferentes características a los núcleos de población cada vez mayores y más complejos. La forma de pensar no ha cambiado en esencia, tal y como se ve en el propio Europarlamento cuando un eurodiputado como Janusz Korwin-Mikke pide desde la tribuna que las mujeres cobren menos porque “son más débiles y menos inteligentes”,u otro eurodiputado, también polaco y de ultraderecha, en este caso Stanislaw Zóltel, ha insistido recientemente (7-3-19) en el mensaje de que “hay tareas para hombres y tareas para mujeres”.

Esa idea basada en la condición como referencia para organizarlo todo es la razón de que cada vez haya más perfiles en las redes sociales que construyen sus argumentos desde la referencia de ser “un hombre blanco y hetero”para así demostrar y reivindicar su condición y presentarla como plataforma superior para lanzar sus argumentos en cada uno de los elementos que la componen:

  1. Hombre como referencia superior a las mujeres
  2. Blanco como referencia superior a otros grupos y extranjeros
  3. Hetero como referencia superior a otras orientaciones sexuales e identidades de género, pues no basta ser “hombre y blanco”, sino que además hay que ser heterosexual, tal y como la cultura patriarcal dice que han de ser los hombres.

Puro machismo. Un machismo que está en la esencia de toda esta construcción, puesto que el machismo es cultura, no conducta. La cultura que define esas identidades y al mismo tiempo establece las pautas, formas, espacios… de relación y convivencia en sociedad a través de lo que consideran que es el “orden social” y las ideas, valores, creencias, costumbres, tradiciones… que lo definen. Por eso, cuando interpretan que ese orden es alterado se ven en la necesidad de corregirlo, y de hacerlo con ese doble componente que imprimen a su conducta: el de castigo y el de lección.

Castigo sobre las personas concretas que entienden que lo han cuestionado (mujeres, extranjeros, practicantes de otras religiones, homosexuales, trans…), y lección para el resto en un doble sentido, por un lado, para los grupos diana que pueden sufrir esas agresiones con el objeto de que no se salgan de los roles, espacios, tiempos… asignados; y por otro, para toda la sociedad, con la idea de que sea consciente de los auténticos valores que le dan sentido, y de que hay gente que está dispuesta a defenderlos en cualquier momento.

El machismo está cada vez más organizado y articulado sobre esos elementos nucleares que vinculan la capacidad y el disfrute de los derechos a la condición de las personas, por eso en una época en la que la Igualdad avanza de forma imparable, y las mujeres ocupan el protagonismo y el liderazgo de la transformación social y cultural que se está produciendo, tanto a nivel local  como global, debemos estar pendientes de todo lo que sucede cada día para erradicar la violencia que ejercen y prevenir los golpes que dan desde sus posiciones y condición. Algunas de las informaciones que han aparecido estos días sobre el atentado de Brenton Tarrant lo han recogido de forma clara, el principal problema que lleva a este tipo de ataques es la “cultura online que existe, las redes sociales y las webs sobre asesinos de masas”, justo lo mismo que ocurre con la violencia machista y el odio que se inyecta a diario contra las mujeres con total impunidad.

“El machismo es la ideología de las ideologías”ya lo escribí en “La trampa del odio fragmentado” (19-6-16) tras el atentado de Orlando contra gais y lesbianas, por eso conforme pasa el tiempo y la Igualdad se asienta más, aumenta también la reivindicación de sus posiciones de poder a través de la exhibición de su condición de “hombre blanco y hetero”… Lo dicho, puro machismo.

 

El pato y el machista

Todo comenzó con los versos del poeta norteamericano James Whitcomb Riley (1849-1916), pero en la actualidad ha superado los límites de la lírica para destacar la obviedad que muchos intentan ocultar tras sus razonamientos, y para ello recuerdan los versos del poeta para decir aquello de “…si camina como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, es un pato”Puede parecer demasiado simple, pero los disimulos, el ruido de fondo y la bruma de la distancia que el tiempo introduce entre cada uno de los pasos, nados y graznidos del pato pueden llevar a la confusión. De ahí la necesidad de aplicar el “test”.

En esta época falaz y fugaz que miente hasta con la forma de llamar a la mentira al referirse a ella como “postverdad”, el machismo y los sectores conservadores de la sociedad intentan pasar desapercibidos bajo disfraces que confunden a quienes se relacionan con ellos. Por dicha razón se llenan de “centro” para ocultar su derecha, dicen amar a España pero odian a la mitad de las españolas y españoles que no piensan como ellos, quieren la “igualdad real” pero sin hacer nada contra la desigualdad… y con el objeto de lograrlo juegan con el disfraz de las palabras para presentarse como los elegidos en su pureza, una especie de rescatadores del abismo, cuando en realidad es a esa oscuridad de la que parten a la que nos quieren hacer volver.

Se pueden utilizar muchas estrategias para desenmascarar a ese machismo camuflado de normalidad, pero una de las más sencillas y accesibles es aplicar el “test del pato” en lo que sería su adaptación a esta realidad mediante el “test del machista”. Es muy fácil, ante las dudas que puedan generar determinadas manifestaciones o propuestas, el razonamiento que habría que aplicar a través de este test sería el siguiente: “si plantea el tema como un machista, argumenta y manipula como un machista, y reacciona y ataca como un machista, es un machista”.

El “test del machista” se convierte así en un instrumento necesario a la hora de salir de casa y en el momento de ver cómo algunos reflejan la realidad en los medios de comunicación y, sobre todo, en las redes sociales. Su planteamiento es tan tramposo y su posición tan inconsistente, que ni siquiera reivindican lo que proponen.

Una de las características que sorprenden del machismo es su propia negación. ¿Qué clase de ideología defiende unos determinados valores, ideas y todas sus consecuencias, y al mismo tiempo niega la posición desde la que las plantea y avala?. ¿Por qué sus planteamientos reflejan esa idea de superioridad de los hombres y luego no la reivindican como tal para desarrollar sus políticas? Ocurre con frecuencia y es un actitud habitual, tanto que cuando alguien hace algún comentario contra las mujeres, luego finaliza diciendo “…y yo no soy machista”. Pero no es incoherencia, sino parte de la estrategia que busca la negación para ocultar el significado de sus propuestas.  Y la negación exige conciencia para elegir entre afirmar o negar una realidad, por eso con el tiempo se ha pasado de hacer la gracia de decir “yo soy machista leninista” cuando percibían que ese tipo de afirmaciones no tenían ningún coste, a afirmar “yo no soy machista”  para no tener ese coste ahora, pero sin dejar de hacer y decir lo mismo que se hacía antes.

El machismo es consciente de su injusticia y de los privilegios que le acarrea a los hombres, así como de las ventajas de un modelo de sociedad donde la jerarquía de la desigualdad se refuerza y aumenta a diario para hacer a los poderosos más poderosos, y a las personas vulnerables más vulnerables. Por eso no hay reivindicación directa ni pancarta a favor del machismo, y por ello su estrategia se basa en dos elementos fundamentales:

  1. Atacar a las personas y a las posiciones que piensan de manera diferente para que nada de lo que planteen sea considerado como serio o razonable. La idea es devaluar la fuente de esas propuestas para no tener que buscar argumentos para contra-argumentarlas. Se limitan a poner de manifiesto el desprestigio de quienes los plantean, un desprestigio generado de manera falaz bajo su estrategia manipuladora, por eso el ataque en debates y redes es tan habitual.
  2. Otorgarse el liderazgo y la defensa de los valores que atacan para confundir y retener entre sus filas a quienes perciben la injusticia del machismo en las consecuencias que produce (discriminación, abuso, acoso, violencia de género…) Y para lograrlo lo que hacen es situar cada uno de los casos de la violencia de género, el abuso, la discriminación… en determinadas circunstancias personales o contextuales, no como parte del problema social y cultural que supone la desigualdad. Luego se presentan como defensores de la Igualdad y hablan de “igualdad real”, de medidas “para hombres y mujeres, no sólo para mujeres”, muestran a los “hombres como víctimas de las mujeres, de las circunstancias, de la historia”… y con todo ello generan la suficiente confusión para retener a mucha gente entre sus filas y posiciones, pero, sobre todo, para mantener a una gran parte de la sociedad dentro de una aparente neutralidad, y alejada de un mayor compromiso e implicación con la Igualdad y la lucha contra la violencia de género. Desde el machismo no dicen estar en contra de la Igualdad, pero afirman que Igualdad es lo que ellos deciden.

Las redes y la política están llenas de ejemplos de esta estrategia, por eso el test del pato en su versión machista se hace necesario. De manera que cuando veamos algún perfil o alguna declaración desde la que se viertan criticas contra la Igualdad o las medidas dirigidas a erradicar la violencia de género, debemos aplicar el test y preguntar, ¿plantea el tema como un machista?, ¿argumenta y manipula como un machista?, ¿reacciona y ataca como un machista?…

Y si plantea el tema como un machista, argumenta y manipula como un machista, y reacciona y ataca como un machista; la conclusión es sencilla: es un machista.

 

“Supremachismo”

La terminología que habitualmente utilizan desde el machismo revela de forma gráfica cuáles son sus fuentes de conocimiento e inspiración. Es el machismo quien recurre al nazismo para llamar “feminazis” a las feministas y “feminazismo” al feminismo, es el machismo quien llama “adoctrinamiento” a la educación en Igualdad como si fuera una religión, es el machismo el que considera parte de una “ideología”, la denominada “ideología de género”, proponer acabar con la violencia de género y la injusticia de la desigualdad, no como una defensa de los Derechos Humanos… Y ahora es el machismo el que recurre al concepto racista del “supremacismo”.

Con todas esas referencias no podía tardar mucho en llegar a la idea que aglutina todos esas ideas y hablar de  la “supremacía” de las mujeres, del feminismo o de género para levantar la crítica y el rechazo a quien cuestiona su modelo de sociedad.

Nada sorprendente. El machismo es muy previsible porque se mueve en una realidad histórica que no quiere cambiar, lo cual hace que las referencias se le queden pequeñas y que tenga que recurrir a las palabras para modificar el enunciado sin que cambien las ideas. Por eso sus conceptos son tan mutantes, como por ejemplo ocurre con el llamado SAP (Síndrome de Alienación Parental), que primero hablaron de “alienación”, luego de “interferencias parentales”, después de “programación afectiva”… y así cambiarán todas las veces que hagan falta para decir lo mismo: que las mujeres son malas y perversas, y que manipulan a los hijos contra los padres tras la separación.

Esa misma necesidad de cambiar para seguir igual y de ocultar los nombres con otros nuevos, ya refleja la falacia que esconde su actitud, pero como hablan desde posiciones de poder y juegan con el favor de la normalidad y todos sus mitos y estereotipos, sus argumentos resultan creíbles, al menos durante el tiempo suficiente para generar algo de confusión, y con ella distancia al problema y pasividad en la implicación social para poder resolverlo. Por eso aún estamos donde estamos.

El supremacismo surgió como un posicionamiento racista basado en el llamado “racismo científico” del siglo XVII, que a través de la manipulación de la ciencia y con argumentos pseudo-científicos, estableció la superioridad de la “raza” blanca sobre la negra y el resto de grupos étnicos. Como se puede ver, no muy diferente a lo que ahora, en pleno siglo XXI, algunos “científicos” quieren hacer con el SAP y sus pseudónimos. Ya les he dicho que el machismo es previsible, reincidente y redundante.

El supremacismo liga la superioridad a la condición, de manera que es la persona por sus características la que resulta superior a las otras que no tienen esos elementos al no formar parte de su condición. No se trata de que determinadas circunstancias o factores les den ventaja, sino que esta se debe a su superioridad, y esa superioridad a su naturaleza.

Mucho antes del siglo XVII, en este caso bajo argumentos y posicionamientos que nada tienen que ver con la ciencia, concretamente 10.000 años atrás, justo en el Neolítico, los hombres decidieron que su condición era superior a la de las mujeres. Y bajo ese argumento organizaron la convivencia, distribuyeron los roles, los tiempos y los espacios, y establecieron unas formas de relación y dinámicas sociales que alimentaban y reforzaban esa construcción machista basada en la “superioridad” de los hombres.

El machismo es “supremachismo” porque los machistas son “supremachistas”. Se trata de hombres que se consideran superiores a las mujeres por su condición masculina y al margen de cualquier otra circunstancia. Da igual el status, el trabajo que tengan, los ingresos económicos… desde esa concepción el hombre siempre tiene un plus de racionalidad que lo hace superior, y un plus de fuerza por si alguien lo pone en duda, especialmente si quien lo hace es alguna mujer.

Lo que sucede estos días con la irrupción en la política de los argumentos machistas explícitos, y su continuidad en un sector de la sociedad, sólo es reflejo de ese “supremachismo” fracasado, pues a pesar de todo su poder, debemos ser conscientes de que ha contado con la cultura como inductora, con la normalidad como cómplice, con la inercia de la historia como motor, y con todos los instrumentos institucionales de una sociedad: educación, Derecho, Administración de Justicia, religiones… y ha fracasado. No ha sido capaz de mantener esa superioridad falaz sobre la figura de los hombres. Es cierto que muchos hombres están dispuestos a renunciar a la Igualdad para mantener esas ventajas levantadas sobre la injusticia de la desigualdad, pero también es verdad que la transformación que vive la sociedad, liderada y protagonizada por las mujeres, ya ha producido un cambio que  aglutina cada día a más mujeres y a más hombres, conscientes de que nada hay mejor que vivir en una sociedad que cuente con el “privilegio de la Igualdad”, y así hacer de la convivencia identidad.

La realidad demuestra que el machismo no quiere entender que el ideal de Igualdad es algo inalienable a la persona, y se encuentra en la conciencia de cada hombre y de cada mujer, por eso la Igualdad avanza y avanzará en las circunstancias más difíciles, y lo hará gracias al feminismo y a través de todos los campos minados que con sus mentiras, amenazas y violencia coloque el machismo “supremachista” para defender sus privilegios.

Nada ni nadie va a detener al feminismo ni a la Igualdad.

“Igualdad real”: otra trampa del machismo

Cuando desde el machismo hablan de “igualdad real” es para ponerse a temblar,  pues uno nunca sabe si se refieren a una “igualdad monárquica” o a una igualdad lejana y abstracta que vuela tan alto como un “águila real”. Lo que queda claro es la falsedad del sonido hueco de sus palabras vacías, como si fueran parte de un playback en el que alguien hace sonar el relato metálico mientras ellos sólo mueven los labios.

A diario vemos en redes y conversaciones cómo han pasado de decir que la desigualdad no existía y que todo era un invento de las “feminazis”para beneficiarse económicamente, a afirmar que lo importante es la “igualdad real”, estableciendo así una diferencia entre lo que son las políticas y medidas adoptadas para corregir las consecuencias de la desigualdad y promocionar la Igualdad, y lo que ellos han decidido que sea la “igualdad real”.

Lo curioso es que todavía no han explicado qué es eso de la “igualdad real”, tan sólo se limitan a decir que todo lo que se ha hecho para contrarrestar los terribles efectos de la desigualdad, no es buscar la Igualdad. Por lo tanto, para ellos, promulgar una ley que responde de forma integral contra la violencia de género, impedir la discriminación en el matrimonio entre personas del mismo sexo con una norma específica, desarrollar una ley que promueve la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, establecer medidas para corregir la brecha salarial, potenciar la incorporación de mujeres a puestos de responsabilidad, educar para que la Igualdad sea un valor que de sentido al conocimiento… no tiene nada que ver con esa búsqueda de la Igualdad. Y por el contrario, diluir las medidas supuestamente dirigidas a conseguir la igualdad entre otras manifestaciones que nada tienen que ver con la desigualdad histórica, como por ejemplo, pedir que se legisle sobre violencia doméstica, educar de manera segregada, evitar medidas de acción positiva para corregir la injusticia de la desigualdad… todo ello, dicen, es buscar la “igualdad real”.

La conclusión es sencilla, “la igualdad real” en verdad es la desigualdad de siempre después de que el machismo diga que no lo es. Es decir, el argumento de la “igualdad real” es otra de las trampas del machismo para que no se hable ni se consiga la Igualdad. Y para demostrar y reforzar su posición recurren a las falacias propias de quien tiene una posición de poder, para concluir que las medidas que actúan sobre las consecuencias de la desigualdad y sobre las personas que sufren la desigualdad, es decir,  sobre la discriminación de género y las mujeres, son discriminatorias y van contra la desigualdad porque dejan al margen a los hombres. El planteamiento es absurdo, pero como se dice desde esas posiciones de referencia que establece el machismo para los argumentos masculinos, y como los beneficiarios de esos planteamientos son los hombres, no tanto por el efecto inmediato de las medidas como por contribuir a mantener sus privilegios al perpetuar la desigualdad, suena razonable y resulta admisible.

Se imaginan que ante una campaña sanitaria dirigida a un determinado grupo de personas enfermas o con ciertos factores de riesgo, alguien dijera que se está discriminando a la parte de la población que no recibe dichas medidas. Sería absurdo porque el motivo que lleva a que no las reciban es que no las necesitan, pero, en cambio, ese tipo de argumentos sin lógica ni razón sí tienen validez cuando se usan contra la Igualdad y para intentar que la violencia de género no se aborde con la especificidad que requiere.

Todo ello demuestra que cuando se refieren a la “igualdad real” sólo buscan “atacar a la Igualdad en nombre de la igualdad” para esconder el machismo que hay detrás de todo ese tipo de planteamientos. Es la estrategia del posmachismo, la versión camuflada del machismo para que la confusión actúe como una especie de “curare social” y paralice cualquier iniciativa a favor de la Igualdad.

Pablo Casado y el PP se equivocan al adoptar el lenguaje machista de la ultraderecha, como hizo el pasado 14-2-19 en su crítica a la Ministra de Justicia, Dolores Delgado, para defender posiciones y políticas que ya quedaron atrás en el tiempo, como su propio grupo ha ratificado en numerosas votaciones durante estos últimos años. No sé si al hacer esas declaraciones en san Valentín, el día del amor romántico, ha querido plantear una especie de “política romántica”, pero el amor y la política se demuestran con hechos, no con gestos, y la Igualdad es irrenunciable. Alguien del partido debería de cuestionar esa estrategia de manipular la Igualdad y olvidarse de la situación real de las mujeres, lo mismo que ha ocurrido cuando se ha tratado de instrumentalizar a las víctimas del terrorismo.

La Igualdad es Igualdad, no “igualdad real”… A nadie se le ocurriría hablar de “libertad real” o de “justicia real” o de “dignidad real”… para cuestionar desde ese concepto particular la Libertad, la Justicia o la Dignidad consagradas en la Constitución Española y en las declaraciones y normativas internacionales. Quien cuestiona la Igualdad recurriendo a “lo real” lo hace, no porque la Igualdad no sea cierta y verdadera, sino porque no la aceptan dentro de sus posiciones y les parece algo irreal desde su mirada machista.