Presunción de masculinidad


PRESUNCION MASCULINIDADLos hombres poseen una identidad repleta de presupuestos
, lo cual en sí no es malo ni bueno, casi todo en la vida parte con una serie de expectativas que el tiempo nos dice si se cumplen o no. El problema es que muchos hombres exigen que esos presupuestos sean tomados en la práctica como “por supuestos”, o sea, como verdades incuestionables e intrínsecas a cualquier hombre por el mero hecho de serlo. 

Es decir, si al hombre  como concepto en el que se plasma la masculinidad ideal se le presupone valor, cuando nos encontramos con un hombre determinado se da “por supuesto” que lo tiene; si al hombre se le presupone juicio y racionalidad, un hombre concreto ante una situación delicada cuenta, “por supuesto”, con ese juicio y racionalidad para que su palabra nazca con un valor añadido impuesto; si al hombre se le presupone esfuerzo y sacrificio, cualquier hombre que vaya por la vida será valorado sobre otros criterios, no por esos, porque todos dan “por supuesto” que el esfuerzo y sacrificio están presentes. 

Todo ello es lo que hace que la identidad masculina esté definida por una serie de elementos que justifican la posición de referencia que los hombres ocupan en la sociedad, y el desarrollo de las funciones que se han otorgado a sí mismos como propias. Por eso en el modelo de convivencia tradicional todo parece lógico y coherente sobre esos supuestos y, en cambio, hablar de Igualdad se presenta tan desestabilizador y caótico, puesto que en definitiva significa romper con esas identidades rígidas y acríticas que la cultura ha dado a hombres y mujeres. 

Gran parte del problema que nos encontramos en la práctica nace de estas identidades que la cultura patriarcal ha repartido con trampas. A la hora de entregar las funciones que debían desarrollar los hombres y las mujeres, “quien ha partido y repartido se ha llevado la mejor parte”, y el crupier en la partida de la convivencia han sido los hombres, por eso han utilizado unas cartas marcadas que han permitido entregar las más valiosas a los hombres. Y la trampa se completa cuando con una aparente inocencia y neutralidad dicen, “no es que los hombres sean más importantes que las mujeres, o que los hombres ocupen de manera injusta posiciones más trascendentes que ellas, es que lo que hacen los hombres es más importante, y las características inherentes a los hombres (determinación, esfuerzo, sacrificio, competitividad…) los hace alcanzar posiciones más trascendentes”. A partir de ahí es el  reconocimiento sobre esas referencias el que refuerza la imagen y los valores que acompañan a los hombres, y en consecuencia, el que hace lo mismo con las mujeres sobre las funciones de cuidado y afecto en torno a la familia que definen su identidad.

Todo lo que no sea así no quiere decir que no pueda ser, pero exige el consenso y la autorización de quien dispone de la última palabra y de esa visión trascendente capaz de discernir entre lo bueno y lo conveniente, entre lo necesario  y lo adecuado. O sea, del “pater familias” o del hombre a cargo de la “protección” de la mujer en cuestión.

Y lo que más les molesta a los hombres hechos y derechos de siempre, a esos con pelo en pecho que se visten por los pies, es que las presunciones de la masculinidad no se den por supuestas, y mucho más que se vean cuestionadas. Por eso, entre otras cosas, se rebelan frente a la violencia de género, no porque no haya datos ni evidencias de que esta no sea cierta (recordemos que se producen unos 600 mil casos al año y una media de aproximadamente 70 homicidios de mujeres a manos de sus parejas), sino porque se está cuestionando una de las características esenciales de la masculinidad tradicional, aquella  que sitúa al hombre como guardián de los criterios que deben regir la relación de pareja o familiar. Por eso, cuando actúa para corregir lo que él considera que es una desviación de sus normas, no entiende que se diga que es violencia y que se presente a él como responsable, puesto que según el criterio establecido por la cultura al definir la identidad masculina, su conducta debe ser entendida como parte de sus obligaciones, y cuando la única responsable de lo ocurrido es la mujer por no haber cumplido lo que él ha establecido. 

La consecuencia de esta forma de entender la relación es clara y directa: Si el hombre no considera que lo realizado es violencia, y la mujer lo denuncia tras una de esas agresiones, él lo interpreta como “denuncia falsa”, puesto que da por supuesto que ha actuado como debe hacerlo un “buen hombre”, algo que nada tiene que ver con la violencia, según su criterio.

Si no fuera así no tendría sentido que se enfrenten tanto a una realidad tan objetiva como la de la violencia de género, que no sólo no es reconocida, sino que se trata de negar a través de argumentos y estrategias basadas en esa idea de las denuncias falsas o al tratar de confundirla con otras violencias. Ideas que, además, han sido desmontadas una y otra vez por instituciones como el CGPJ y la FGE, pero que ellos manipulan para tomar por verdaderas denuncias falsas todas las denuncias en las que no hay sentencia  o esta es no condenatoria. Toda esa estrategia demuestra su intencionalidad, puesto que los datos nos indican que son muchas más las mujeres que no denuncian, y en cambio no dicen nada de eso.

Veámoslo. Si hay unas 600 mil mujeres maltratadas al año y denuncian aproximadamente 130 mil, y si tomamos como referencia el dato del CGPJ y de la FGE que hablan de menos del 1% de denuncias falsas, tendríamos que cada año se interponen unas 1300 denuncias cuando en realidad no se ha producido la violencia denunciada, y esto, que está muy mal, sirve para poner el grito en el cielo y manipular la realidad con datos falsos. En cambio que haya 128.700 mujeres que denuncian casos ciertos de VG y que haya además unas 471.300 que sufran la violencia de género sin que denuncien, parece que para estos hombres y mujeres del posmachismo no es problema.

Y la realidad de la violencia y del silencio que la acompaña se confirma cuando la mayoría de las mujeres asesinadas por sus parejas no habían interpuesto ninguna denuncia, lo cual ratifica que el silencio es la respuesta mas frecuente ante la violencia de género, no la palabra a través de la denuncia, y menos aún la mentira.

Pero da igual, a muchos hombres les gusta presumir de hombres y no dudan en atacar a todo lo que vaya en contra de la presunción de masculinidad y a todo el que lo haga. 

Qué diferencia con las presunciones que acompañan a las mujeres y la carga de perversidad que la han dado a lo largo de toda la historia, desde la Eva del Paraíso a las denuncias falsas de hoy.

Y el hombre se hizo Dios, y espió entre nosotros


CLARK GABLEEso de jugar a ser Dios de pequeño tiene el riesgo de que de mayor quieras serlo
, o lo que en cierto modo es peor, que te creas que lo eres. De alguna manera es algo parecido a lo que ocurre cuando se juega a ser policía, médico, bombero u otras profesiones que tanto juego dan en la infancia, que muchos terminan siendo lo que imaginaban, mientras que otros no llegan a conseguirlo, pero creen que lo son y que poseen una especial capacidad para desarrollar esas funciones que la injusticia de la vida les ha impedido ejercer.

El ser humano se ha construido un hábitat diferente al natural y ha marcado una serie de normas y pautas para convivir dentro de él. Ese hábitat artificial, la burbuja humana dentro de la Naturaleza, es la cultura, que actúa como una especie de gran superficie rodeada por ese otro hábitat natural y común al resto de las especies, del que él se nutre y beneficia, aunque en gran medida lo hace a través de su sometimiento y explotación.

Y aunque dentro de ese hábitat-cultura conviven hombres y mujeres, ricos y pobres, personas de diferentes grupos étnicos y procedencias, con distintas ideologías, creencias, orientaciones sexuales…  quienes levantaron el edificio tomaron como referencia su propio criterio, puesto que no partían de un diseño propio ni contaban con planos para levantarlo, sólo con planes para asegurarse una serie de ventajas y privilegios dentro de él. Es por ello que no es casualidad que en “todas las culturas de la cultura”, es decir, en todas las tiendas de esa gran superficie, las referencias de quien domina en cada una de ellas se imponga sobre las demás.

Y en todo ese conjunto de espacios la figura del hombre aparece como referencia sobre la de la mujer, que se considera una empleada o subordinada a él, la fiel y atareada dependiente tras el mostrador, puesto que la referencia común y original es la masculina; quizás sea ese el verdadero “pecado original” que ha acompañado a la sociedad desde sus comienzos, el pecado de haber expulsado la igualdad del paraíso de la convivencia. Luego, dependiendo de las creencias, ideologías, origen geográfico o grupo étnico… de cada lugar, se establecen diferentes combinaciones de poder, siempre sobre la figura masculina como referente, que es combinada con determinadas ideas, credos, color de piel… 

El inmenso poder que han desarrollado los hombres con su construcción, ese jugar a ser todopoderosos a través de vencer uno a uno los límites de la Naturaleza, ha hecho que se crean Dios. La asociación es fácil: Si la Naturaleza, que lo es todo, ha sido creada por Dios, la cultura, ese hábitat que es todo para el ser humano, debe ser obra de algún Dios. En ese momento surge una pregunta retórica, ¿y quién es ese Dios que ha construido ese otro todo de la cultura?.... Es entonces cuando sale la respuesta a través de una sonrisa a lo Clark Gable… pues el hombre. No el ser humano, el hombre.

Los hombres han jugado a lo largo de la historia a ser Dios, y conforme el paso del tiempo los ha hecho mayores y le han quitado espacio a lo divino para dárselo a lo humano, en lugar de ganar en humanidad se han creído más dioses.

Esa es la clave. Todo parte de una concepción de poder sobre referencias propias, y a partir de esa idea y de la consecución de determinados espacios de poder, el objetivo es conseguir más poder, nunca compartirlo  del todo y menos aún cederlo. 

La organización social está basada en esa idea de poder y estructurada sobre una jerarquización desde la que ejercerlo y sobre la que ascender. Si nos fijamos en cualquier contexto de relación existe ese modelo, da igual que sea personal, familiar, laboral, social, nacional, internacional… Y como el objetivo es mantener y aumentar el poder, pues la normalidad está llena de mecanismos que sirven para consolidar el poder sobre sus referencias, para defenderlo y para aumentarlo. Por eso históricamente ha habido abusos desde las “clases superiores”, desde la parte empresarial sobre la obrera, desde los hombres sobre las mujeres, desde los ricos sobre los pobres, desde determinadas ideologías que se creen herederas del orden natural, o algunas creencias o grupos étnicos que se sienten superiores en la legitimidad que se han dado a sí mismos… Abusos entendidos como normales y propios de quienes actuaban en defensa  de un orden y valores superiores, y que sólo las aspiraciones de Justicia, Dignidad, Igualdad… del ser humano, no de determinados grupos de seres humanos, han ido conquistando para la sociedad a lo largo de la historia. Y todavía hoy lo siguen haciendo en contra de quienes defienden sus privilegios particulares.

Tenemos muchos ejemplos, a diario lo observamos con los planteamientos sobre las relaciones laborales, con la violencia de género, con los vínculos entre países en vías de “subdesarrollo” (el llamado “Primer Mundo”) y los países en vías de desarrollo (el llamado “Tercer Mundo”)… Pero ahora hemos visto un ejemplo aún más claro de toda esta construcción en el espionaje de Estados Unidos.

El problema, dicen, no está en lo que han hecho, sino en quien lo ha sacado a la luz pública, y la justificación no ha tardado en llegar de manos de su Secretario de Estado, John Kerry: “lo que hacemos no es inusual”… o sea,  lo que hacen es “lo normal”… Como el marido que pega, el empresario que explota, el jefe que abusa…

El problema de fondo es la normalidad, lo demás surge desde esas profundidades tan superficiales. Y es que no se puede ser Dios sin estar en todas partes ni verlo todo, y más aún, ser Dios y no “premiar a los buenos y castigar a los malos”, que siempre son los otros y, sobre todo, las otras.

Mujeres asesinas

MUJERES ASESINAS
Últimamente hay hombres que se afanan en presentar la violencia que ejercen las mujeres como si se tratase de una novedad, como si al hablar de violencia de género no se reconociera que hay mujeres que también utilizan la violencia, y que pueden hacerlo con resultados dramáticos. Por ello ante cada “presunto homicidio” de una mujer por su pareja (estos homicidios siempre son presuntos), en lugar de condenar lo ocurrido o mostrar su rechazo, se dedican a recopilar “homicidios seguros” (en estos homicidios nunca hay dudas) de mujeres que matan a hijos, parejas, vecinos… como si descubrieran una situación que para nada es nueva.

Olvidan que hemos crecido en un mundo bañado por una cultura en la que la maldad de las mujeres siempre empujaba las mareas que traían y llevaban los acontecimientos hasta la orilla de la realidad. No hacía falta hablar de la violencia que las mujeres causaban porque esta formaba parte de la maldad consustancial a su condición de mujer.

Nuestra educación ha partido del mito de Eva perversa y la mitológica Pandora, capaces de labrar el destino de la humanidad sobre su ambición, y ha continuado con otros ejemplos mucho más cercanos en la historia y parecidos a lo que ocurre en la actualidad. Desde pequeños nos han transmitido relatos como el de Dalila que seduce y lleva a la muerte a Sansón, el de la bella Salomé que no pide otra recompensa a Herodes Antipas que la cabeza de Juan el Bautista, o el de la atractiva Judith, capaz de llevar a la embriaguez física y emocional al general babilónico Holofernes y de hacerle perder la cabeza, también emocional y físicamente… 

Podríamos continuar sin temor a perdernos. En el imperio de la maldad de las mujeres tampoco se pone nunca la luz de la crítica social, ellas siempre aparecen como las estrellas invitadas capaces de expresarla en cualquier circunstancia y ocasión hasta su grado más extremo. Estas referencias son las que han hecho que haya habido una visión común a la hora de considerar a las mujeres en cada momento histórico, y que en ella no hayan faltado las acusaciones generalizadas hacia ellas como brujas, envenenadoras, vampiresas, parricidas, “viudas negras” o “ángeles de la muerte”. 

Sin embargo, esa misma cultura no ha transmitido la idea del hombre como un ser perverso y ambicioso, como una persona capaz de utilizar la violencia con esa carga de intencionalidad, premeditación y alevosía que busca circunstancias especialmente vulnerables para vencer acabar con la vida de la otra persona. Es cierto que hay múltiples episodios de hombres violentos, de reyes de gran crueldad o de militares insaciables en sus conquistas, pero la mayoría de ellos están relacionados con otras circunstancias de poder o grandes empresas para la sociedad donde la posición de cada hombre se diluye. Y cuando no es así, cada caso es el ejemplo paradigmático que demuestra que se trata de una excepción, de un error o de una alteración del orden. Y por supuesto, no hay una referencia histórica ni un sentimiento en la cultura que presente a los hombres como maltratadores, homicidas de sus parejas ni violadores, aunque si cada episodio fuera un adoquín se podría haber pavimentado cualquiera de la principales vías del Imperio Romano. Parece que la violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja empezó con la Ley Integral.

Cualquier joven al llegar a la adolescencia tiene una idea clara de lo malas que pueden ser las mujeres y de lo valientes que llegan a ser los hombres. Y cualquier persona se puede dar un paseo por la historia del arte para ver reflejados los grandes episodios de la violencia de las mujeres, mientras que difícilmente encontrará alguno relacionado con la violencia de género.

La situación es clara, a pesar de que la violencia ha venido protagonizada históricamente por los hombres, y de que hay una violencia estructural y normalizada que se dirige de hombres a mujeres, hasta el punto de que, incluso, durante años ha sido recogida como una figura específica de nuestro Código Penal (el uxoricidio), para atenuar las penas al marido que mataba a su mujer, la imagen de perversidad y de maldad se ha colocado en la violencia que ejercen las mujeres. Esto hace que la referencia cultural no la justifique ni minimice, sino que, al contrario, la amplifique.

Por eso no es casualidad que ahora, en pleno siglo XXI, cuando la sociedad empieza a identificar y reconocer esas circunstancias específicas de la violencia que ejercen los hombres contra las mujeres amparándose en la complicidad de la relación de pareja o de las justificaciones sociales, muchos hombres y algunas mujeres salten como locos ante cualquier homicidio que comete una mujer, por ejemplo, el que llevó a cabo hace unos días una madre que mató a sus dos hijos en Barcelona (7-4-13), o el último caso de una chica de 17 años de Jaén (11-4-13) que ha ocultado su embarazo y tras dar a luz el recién nacido ha sido encontrado muerto. En cambio, esos mismos hombres y mujeres se unen al silencio histórico que ha secuestrado la crítica social frente a la violencia que han sufrido las mujeres a lo largo de la historia en forma de desigualdad, de discriminación y de agresiones y homicidios de todo tipo.

Las mujeres también asesinan, nadie dice que no lo hagan, y las mujeres también pueden ser muy crueles, nadie dice que no lo sean. Lo que la violencia de género plantea no es el uso exclusivo de la violencia por los hombres, ni que en las relaciones de pareja sólo sean estos los que la ejercen; la libertad da para mucho, también para que lo hagan las mujeres. 

Lo que la violencia de género plantea es la existencia de una serie de factores estructurales levantados por la cultura patriarcal (androcéntrica, machista, de la desigualdad… como queremos llamarla), que permiten que sea el hombre quien imponga las referencias dentro de una relación de pareja y que, luego, para mantener el orden que considera adecuado pueda llegar hasta la violencia como parte de esa normalidad. Y más tarde, cuando el hombre es denunciado, esas mismas circunstancias que facilitan la conducta violenta, son las que hablan de denuncias falsas, minimizan lo ocurrido, insinúan que “algo habrá hecho ella”… y llegan, incluso, a justificar el homicidio de la mujer con argumentos como los celos, el alcohol, las drogas, el crimen pasional, o los trastornos psicológicos. 

Curiosamente, ¡oh casualidad!, no existe esa misma respuesta ni reacción ante la violencia que pueda llevar a cabo una mujer. Nadie dice eso de “mi mujer me pega lo normal”, ni comentan lo de “algo habrá hecho él”, ni mucho menos hablan de denuncias falsas sin un hombre acude a un Juzgado, tampoco hablan de alcohol, drogas o trastornos mentales… Y no lo hacen porque las “mujeres son malas y perversas”, mientras que los hombres son directos y van de frente, incluso con la violencia por delante.

Estos hombres tan machos y machistas que se dedican a recordar los homicidios que comenten las mujeres, hacen ahora justo lo mismo que han hecho otros hombres a lo largo de la historia, algunos desde antes de La Biblia, intentar demostrar lo malas que son las mujeres para quedar ellos como buenos y justificar su violencia como una defensa. Y debemos agradecer sus esfuerzos, porque cada vez quedan más en evidencia y ponen de manifiesto la realidad de la violencia de género, y la necesidad de abordarla como una violencia diferente al resto de las violencias interpersonales en cuanto a sus motivaciones, objetivos y circunstancias.

Hombres “SAPpiens”

SAP-Hombres-MCEEso de que “algo tendrá el agua cuando la bendicen”, de alguna manera nos viene a decir que la casualidad se mueve por callejones estrechos y tortuosos, tanto que difícilmente llega a la plaza pública de los acontecimientos.

Y algo parecido podríamos afirmar sobre la igualdad cuando observamos la reacciones que se producen ante su mera mención. “Algo tiene la desigualdad cuando la bendicen… y cuando quienes la bendicen son hombres”. No “los hombres” como grupo social, y por tanto, no todos los hombres, sino hombres, muchos hombres.

Lo especifico y matizo porque de esa reacción lo que uno deduce es que muchos parecen no querer enterarse de lo que va el tema, de lo que se plantea, ni de por qué  se hace. Para ellos los problemas han empezado en el momento en que la sociedad se han enfrentado a la desigualdad y a la violencia de género, es decir, a la violencia que ejercen “determinados hombres” contra sus parejas partiendo de las referencias culturales que llevan a entender esas conductas como aceptables y normales, que es lo que recogen una y otra vez los estudios sociológicos (el 1’4% de la población entiende que la violencia de género es aceptable en determinadas ocasiones –MSPSI-). 

Antes no había problemas, no se hablaba de desigualdad porque las mujeres hacían lo que la cultura y los hombres les decían que hicieran, ni los hombres estaban discriminados. Tampoco pasaba nada cuando se producían separaciones y divorcios y los hijos e hijas quedaban bajo la custodia de la madre. Nadie protestaba, y ellos menos.

Ahora, cuando la situación ha cambiado, y cuando no se ve normal que un hombre agreda a su pareja, y cuando las responsabilidades de la paternidad y maternidad se exigen más allá de la separación, todo parece un complot contra los hombres. No se habla de cambios para abordar una situación demostrada como injusta, sino de complot generalizado contra los hombres.

Los comentarios al post “SÍNDROME DE ALIENACIÓN PARENTAL (SAP)” (30-3-2013) son muy ilustrativos en este sentido.

Hasta el momento de escribir este nuevo post se habían recibido 56 comentarios, el 80’4% firmados por hombres, el 10’7% por mujeres y el 8’9% restante sin que se pudieran identificar si pertenecían a un grupo o a otro. La gran mayoría de los comentarios critican el contenido del post, concretamente lo hacen el 78’6%, y lo hacen fundamentalmente los hombres, que lo critican en el 93’3% de sus aportaciones (las mujeres que intervienen lo critican en el 33’3%, y de los no identificados lo hacen el 40%).

Lo interesante de estas críticas y aportaciones son los contenidos de sus razonamientos y las formas de exponerlos, que básicamente se concretan en los siguientes “argumentos”:

  • Uno de los principales argumentos es la crítica y los ataques personales hacia el autor, es decir, hacia mi; algo habitual entre esta gente tan razonable e ilustrada, como ya expuse en el post “Mis adorables machistas”   http://blogs.elpais.com/autopsia/2013/02/mis-adorables-machistas.html Qué le vamos a hacer, siguen tan adorables como siempre.
  • La razón de fondo es que todo forma parte de un complot contra los hombres, da igual la realidad, la historia, la evolución del derecho, las justificaciones que aún existen y que demuestran esa “permisividad” social, las manifestaciones vinculadas con la desigualdad y discriminación de las mujeres asociadas a la violencia… Eso no importa, todo es una estrategia para atacar a los hombres, y de paso acabar con la familia, puesto que para eso son el “pater familias”. Ya he insistido y demostrado que no tengo nada contra los hombres, todo lo contrario, ya lo expuse en otro post  http://blogs.elpais.com/autopsia/2012/06/nosotros-los-hombres-i.html
  • Y claro, si hay un ataque y una estrategia tiene que haber responsables. El causante del problema tiene nombre: el feminazismo, y apellidos: mujeres y hombres que sometidos a su ideología (el hembrismo) quieren acabar con la sociedad y la convivencia. 
  • Otra táctica es utilizar la generalización para criticar los argumentos sobre el SAP y como forma de desviar la atención y distraer la reflexión de la sociedad. Todo lo que se dice sobre la conducta que llevan a cabo determinados hombres, bien al ejercer la violencia contra las mujeres durante la relación o al acusarlas de producir un SAP tras la separación, es generalizado como si fuera una crítica a todos los hombres. Algunos, incluso, intentando ser irónicos dicen que se van a autodenunciar por el delito de “ser hombres”. Tiene su gracia la ocurrencia.
  • Y, paradójicamente, ellos mismos emplean la generalización para demostrar sus argumentos, y hablan de casos particulares de SAP y de denuncias falsas que conocen o que han sufrido, para presentarlos como la demostración de que toda la situación de la desigualdad y la violencia como una manipulación del feminazismo. Es decir, cuando se habla de determinados hombres violentos no quieren ver que sólo se esté hablando de esos hombres y no de todos los hombres, en cambio, cuando se producen, según ellos, algunos casos de denuncias falsas o de “malas influencias” sobre los hijos, la cosa no queda reducida a esos casos mínimos (así lo dicen las estadísticas del CGPJ y la FGE), y la extienden a toda la violencia de género y a todas las separaciones.
  • Otro elemento que he apreciado en estos comentarios (críticos) es su repetición. Concretamente 5 comentarios han sido  repetidos varias veces y así cuentan como 12. Imagino que lo harán para aumentar la sensación de mayor rechazo al post e incrementar la probabilidad de que sean leídos. Pero lo que en verdad demuestran es poca confianza en sus razonamientos cuando tienen que recurrir a estos trucos.

La situación demuestra que para ellos todo vale, una cosa y lo contrario, con tal de defender su posición e ideología. Lo mismo da utilizar la “generalización” como argumento que como crítica, da igual no haber hablado de desigualdad y violencia contra las mujeres durante años y pasar de repente a hablar de violencia contra los hombres y de discriminación, les resulta indiferente haber repetido durante siglos que el rol principal de las mujeres es el de ser madres sin hacer nada para cambiarlo, y ahora quejarse de que las decisiones de una cultura machista benefician la maternidad respecto a la paternidad… Pero claro, los incoherentes, manipuladores, mercenarios, indoctos… somos los que ponemos de manifiesto su estrategia machista y posmachista.

Y el Síndrome de Alienación Parental (SAP) es un ejemplo paradigmático de su argumento y de la fuerza que pueden llegar a tener a través de la manipulación, por eso molesta tanto que se cuestione.

Y qué le vamos a hacer, si la comunidad científica no lo admite como categoría diagnóstica pues no existe como tal. Y si hay científicos que lo defienden, pues que lo defiendan y que intenten que sea admitido, pero mientras tanto debe quedar al margen de las bases para tomar una decisión científica y judicial. Y si hay profesionales forenses que lo diagnostican, pues tendrán que ser ellos y ellas quienes expliquen cómo se puede diagnosticar algo que no acepta la ciencia, lo cual no es muy profesional que digamos.

El SAP no existe como no existe el “Síndrome de Estocolmo” desde el punto de vista científico, ni tampoco el “Síndrome de la Clase Turista”, ni el “Síndrome Postvacacional”, ni tantos otros… Todos ellos son descripciones gráficas de otro tipo de trastornos o alteraciones que deben tener una base clínica para su consideración y para la adopción de medidas en su nombre.

Me sorprende que ese 93’3% de hombres, 33’3% de mujeres y 40% de indefinidos e indefinidas, se envuelvan en la crítica hacia la falta de rigor científico en quienes elaboramos nuestras conclusiones en publicaciones y congresos que requieren obligatoriamente pasar por tribunales científicos. Y, en cambio, ellos que tanto cuestionan lo que los demás hacemos no sean capaces de pasar por ese proceso que está al alcance de todo el mundo, y así demostrar nuestro teórico error y manipulación.

Pero claro, es más fácil criticar y atacar al que no piensa como ellos e insistir en que todo es un complot propiciado por el lobby feminista, capaz incluso de que no se incluya el SAP en el DSM-IV-TR, como dicen, y de que se incluya la violencia de género como una violencia especial. Y me sorprende cómo con tanta capacidad, según manifiestan las voces posmachistas, este lobby no haya sido capaz de acabar directamente con la desigualdad y la violencia de género… ¿Son adorables o no son adorables?

Síndrome de Alienación Parental (SAP)


SAP-Sombra“Los alienígenas han invadido el planeta…”
podría parecer el comienzo de un relato de ciencia ficción con seres procedentes de otros mundos, pero la situación es más mundana. La invasión se ha realizado desde otro tiempo, desde el pasado arraigado en la desigualdad, y quienes lo han hecho nunca se han marchado del todo, siempre han utilizado el poder con sus argumentos e ideas. 

El posmachismo es la nueva versión del machismo tradicional que juega con las formas y el mensaje para defender lo mismo que hicieron sus antepasados sin formas ni mensaje, sólo con la violencia de palabra, obra y “misión”, pues todo se hacía en nombre del bien común y en defensa de las instituciones. Y entre esos nuevas estrategias está la del Síndrome de Alienación Parental, o lo que es lo mismo, la manipulación por parte de un progenitor de los hijos e hijas para indisponerlos y enfrentarlos contra el otro progenitor.

Si se han fijado, como buena estrategia posmachista, juega con dos elementos esenciales, la neutralidad y el cientificismo. Se trata de un “síndrome”, o lo que es lo mismo, de un “producto de la ciencia”, y lo puede ejercer tanto el padre como la madre. De este modo superan las críticas iniciales, aquellas que, por ejemplo, se levantaron contra un antecesor del SAP, otro “síndrome” que fue denominado con todo el descaro “Síndrome de la Madre Maliciosa”. Cuando todo se les puso en contra por la falacia científica y por la formas de plantearlo aprendieron que ya no podían utilizar el ataque directo a las mujeres, que la sociedad había cambiado y que tenían que revestirse de neutralidad. Eso ocurría a mediados de los 80, y desde entonces han ido trabajando en el SAP con más éxito social, aunque con las mismas dificultades nacidas de su naturaleza, de ser una construcción ideológica que pretende controlar a las mujeres tras la separación.

El SAP juega con los mitos y prejuicios que históricamente han impregnado la percepción social sobre la actitud y personalidad de las mujeres, y lo hace al poner en valor la perversidad y la malicia que son capaces de desarrollar por interés personal, sin considerar a nada ni a nadie. En definitiva, se trata de aplicar esa idea sobre la “maldad” de las mujeres a los casos prácticos de las relaciones de los hijos e hijas con sus padres tras la separación.

Por eso no es casual que se empezara a utilizar cuando las leyes de “divorcio no culpable” posibilitaron que las mujeres pudieran separarse y rehacer sus vidas, pues hasta entonces  para hacerlo tenía que demostrar la “culpa” del marido, algo prácticamente imposible cuando la prueba era su palabra frente a la de ellos. A partir de ese momento la situación cambio de forma significativa. Antes, tras la separación la mayoría de los hombres “entregaban” los hijos a las madres y no pasaba nada cuando no respondían con responsabilidad ante las obligaciones que tenían como padres, por eso no había SAP. Pero cuando todo cambió, y las mujeres no quedaban atrapadas en el cuidado de los hijos, ni dependientes en la distancia del exmarido porque la ley les obligaba a pasar la pensión por alimentos, muchos hombres sorprendidos empezaron a desarrollar otras tácticas para mantener ese control.

El SAP parte del hecho objetivo de que los hijos e hijas no quieren ver al padre tras la separación, y lo que hace es dar una explicación coherente con las referencias culturales a esa conducta. Y esa es la trampa. 

Es una trampa porque lo que hace el SAP es evitar que se investigue cuáles pueden ser las verdaderas razones para que los hijos e hijas muestren ese rechazo al padre. Desde el momento en que en sede judicial se comprueba esta actitud en los hijos, estos son separados de la madre “manipuladora” y entregados al padre “herido”, creándoles  un trauma que será difícil de superar. De manera que la propia estrategia del SAP conlleva no profundizar en lo ocurrido.

En todo este contexto hay un detalle que no suele tenerse en cuenta, y es que la mayoría de las mujeres que sufren violencia de género salen de ella a través de la separación, concretamente la Macroencuesta de 2011 indicó que el 73.4% lo hacían de este modo. La situación es clara. Todas estas mujeres acuden a un Juzgado de Familia para separarse sin decir que han sufrido violencia por parte de sus maridos, violencia que los niños han visto y sufrido y que genera una conducta de rechazo hacia el agresor (el padre), que sólo ponen de manifiesto cuando se sienten seguros, es decir, tras la separación.

Esta es la causa más frecuente del rechazo de los hijos hacia el padre, la violencia de género previa. Luego hay otras razones que han sido puestas de manifiesto por múltiples estudios, pero todo choca contra el muro del SAP.

El Síndrome de Alienación Parental es una trampa y es una manipulación interesada al amparo de la cultura de la desigualdad. El SAP no existe. No está aceptado por ninguna de las clasificaciones mundiales de trastornos y enfermedades mentales, ni por el DSM-IV-TR de la Asociación Americana de Psiquiatría, ni por la CIE-10 de la OMS, y por lo tanto no debería aceptarse como categoría diagnóstica en los Juzgados, como ahora se hace. Así lo ha recomendado el propio CGPJ, pero muchos Jueces y Juezas continúan aceptándolo. La independencia judicial se lo permite, pero también es exigible un papel más activo del Ministerio Fiscal y una respuesta profesional por parte de los equipos forenses (Medicina, Psicología y Trabajo Social).

El hecho de que haya científicos que lo defiendan no significa que sea una categoría científica, eso dependerá del cumplimiento de los criterios establecidos por la comunidad científica, no de las ideas u opiniones de unos cuantos científicos. Y hoy por hoy no se acepta.

A mi me parece perfecto que esos científicos continúen su trabajo para intentar que se admita el SAP, lo mismo que hay otros que intentan que se incorpore un nuevo fármaco que está en fase experimental. Pero del mismo modo que ese fármaco no se puede utilizar hasta que no sea aceptado, el SAP no debería ser utilizado en los Juzgados hasta su reconocimiento por la comunidad científica.

No es casualidad que se acepte y se tomen decisiones a partir de su diagnóstico, pues en definitiva viene reforzar la ideología de la desigualdad. Lo mismo que no es casualidad que quienes defienden y apoyan la existencia del SAP sean los mimos grupos de hombres y posiciones ideológicas que cuestionan la Ley Integral contra la Violencia de Género, que hablan de denuncias falsas, de custodia compartida impuesta, de discriminación de los hombres…  No deja de ser llamativo que quienes hablan de denuncias falsas utilicen la falacia del SAP como argumento para que se imparta Justicia.

Todo ello demuestra cómo el SAP forma parte de ese “paquete de medidas” desarrollado por el posmachismo para atacar a las mujeres tras la denuncia de violencia de género, y para mantener las referencias de la desigualdad.

La cultura de las armas y la repetición de los “sucesos aislados”

SUCESOS AISLADOS
Lo ocurrido el pasado viernes en Newtown, Connecticut, en cierto modo indica que Estados Unidos ha aprendido a convivir con este tipo de homicidios en masa, al igual que otros países aprenden a vivir con sus delitos de narcotráfico, violencia de género, xenofobia, racismo… cuando no se quieren reconocer como tales. Es cierto que no se niegan, sería absurdo hacerlo ante la objetividad de los resultados, pero los sitúan en determinados contextos y bajo ciertas circunstancias que les permiten desviar la mirada y con ella apartar el conocimiento, situación que demuestra dos cosas: la mala conciencia ante la pasividad y la poca conciencia ante la realidad. 

Y es esta inconsciencia la principal causa para que vuelva a repetirse un suceso similar. 

El Washington Post recoge en su edición digital del 14-12-12 varios artículos muy interesantes sobre esta realidad. La información muestra cómo la mayoría de la población norteamericana, incluso después del tiroteo de 2007 en la Universidad de Virginia Tech, en el que un estudiante de 23 años asesinó a otros 32 estudiantes, considera que se trata de “sucesos aislados”. Concretamente el porcentaje de población que piensa de ese modo ha pasado del 45% en 2007, año del tiroteo de Virginia Tech, al 65% en 2012 tras los homicidios llevados a cabo en el estreno de la película de Batman en Colorado. Todo ello a pesar de que sólo en lo que va de 2012 se han producido 13 tiroteos en masa, que han ocasionado 81 muertes.

Parece que da igual, se ven como sucesos aislados que dan lugar al efecto contrario, y en lugar de cuestionar el uso de las armas, consiguen que se apoye más el acceso a ellas para defenderse del posible “accidente” de un tiroteo masivo que puede afectarles. 

Otro de los artículos del Washington Post recoge los 15 sucesos más graves de este tipo ocurridos a lo largo y ancho del planeta desde 1966, tiroteos que han producido 316 víctimas mortales, con una media de 21 por episodio. Y no es casualidad que once de estos sucesos se hayan producido en EE.UU. con 185 muertes.

Ante esta situación el diario se hace la pregunta de si se trata un “problema cultural” o de “sucesos aislados”. La respuesta es sencilla: se trata de un problema cultural. La cultura es conocimiento que se toma como referencia para que otros decidan cómo actuar. No es conocimiento impuesto, sino modelo desde el que partir para decidir. Y cuando nos encontramos con un país que recoge en su Constitución el derecho a tener armas y, por tanto, a usarlas cuando se considere necesario, lo que quiere decir es que se facilita el acceso a las armas y se permite que alguien las utilice cuando considere que la situación “exige” emplearlas. Luego nos podrá parecer una barbaridad, pero lo que posibilita esa cultura es que una persona a título individual posea y use armas para actuar cuando así lo crea oportuno. Y eso es lo que ha hecho Adam Lanza en Newtown, y todos los demás autores del resto de los homicidios en masa.

Y como es cultura y la cultura sirve de referencia, el análisis nos muestra otros elementos que no recoge el Washington Post, pero que están igualmente presentes. Por un lado aparece el componente de la imitación en estas conductas, una imitación que supone tomar como referencia una conducta previa similar a la que la persona quiere realizar. El suceso previo le sirve de refuerzo o como forma de resolver cuestiones operativas o logísticas, en ningún caso, como a veces se ha tratado de decir, significa que la imitación de lugar a una conducta impulsiva, irreflexiva y no premeditada. Todo lo contrario, tomar como referencia una conducta anterior significa más premeditación y preparación.

En este sentido, además de los estudios que demuestran cómo la imitación es una forma de aprendizaje y de comportamiento humano en cualquier circunstancia, en las informaciones periodísticas aparecen datos interesantes que refuerzan este factor, como es la proximidad geográfica y temporal de algunos de los sucesos de 2012. Por ejemplo, los ocurridos el 21-Febrero, 27-Febrero y 8-Marzo, o los tiroteos del 2-Abril y 8-Abril, también los del 3 y el 13 de agosto, y finalmente los del 11-Diciembre y 14-Diciembre, este último en Newtown, Connecticut.

El impacto del resultado de cada uno de esos tiroteos contribuye a dejar pasar otros elementos importantes que pueden ser muy útiles para la prevención. Entre estos elementos encontramos, además de la imitación, el hecho de que todos los autores son hombres, la gran mayoría jóvenes con menos de 30 años, algunos, como el propio Adam Lanza con 20 años, o incluso menores, como los autores del tiroteo en el instituto de Columbine en 1999, Eric Harris de 18 años y Dylan Klebold de 17. Otro de los elementos es el suicidio tras cometer los homicidios, concretamente el 70% de estos asesinos se suicidan después. Y el tercer elemento que podemos destacar son los lugares donde se llevan a cabo los tiroteos, que se reducen básicamente a tres: Escuelas y universidades, lugares relacionados con el trabajo del autor, y espacios de ocio (cafeterías, hamburgueserías, restaurantes, un cine…)

Como se puede observar existe un patrón relativamente constante (hombre joven, armas legales, ausencia de enfermedades mentales, problemas de relación, lugares públicos relacionados con la educación, el trabajo y el ocio, suicidio tras el homicidio…), que debe ser abordado para la prevención como parte de una realidad que está ahí, y que de no hacer nada volverá a presentarse.

Mirar para otro lado, justificarse en la baja frecuencia de estos “sucesos aislados” y no considerar todo lo que alimenta a estas conductas asesinas, como ocurre con la violencia aprendida en los propios hogares, el acceso a las armas y a lo que las armas dan acceso, la violencia virtual de los videojuegos, la promoción del odio y del individualismo a través de la desigualdad… no es desconsiderar a las víctimas, sino formar parte de la cultura de los violentos.

No podemos considerar sólo los casos cuando un hombre mata a 27 personas, y al mismo tiempo olvidar los 27 hombres distintos que matan una a una a otras 27 personas. Las escenas de dolor y repulsa, las imágenes de velas encendidas, las fotos de cada una de las víctimas, las notas escritas a mano junto al lugar de la tragedia… son importantes, pero también terminan por olvidarse y no contribuyen a la prevención de los próximos casos. Y nos parecerá extraño, pero ya hay quien piensa en ellos.

Hombres desnudos

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Quitarle la ropa a un hombre no es desnudarlo, un hombre está cubierto de otras muchas capas que, paradójicamente, en lugar de mostrarlo en sociedad con esa vestimenta lo hacen invisible como persona. De los hombres lo que más se ve es lo que representan por la envoltura de roles y los valores que llevan tatuados, no sus ropas.

Quizás por ello el cuerpo expuesto de un hombre desnudo genera inquietud, cierta preocupación y bastante rechazo en una parte de la sociedad, especialmente cuando el desnudo sale de esos contextos de almanaques, modelos y de “boys-streaper” que dicen adiós a las solterías desde el andén de una barra de bar. Cada uno de esos espacios lo que demuestra es que hay algunos hombres que en esas circunstancias están dispuestos a quitarse la ropa y a mostrar la hombría a través de sus músculos, hoy, tras la transición que la ha llevado del bíceps al ombligo identificada con los abdominales. 

El desnudo masculino como concepto y como foco de las miradas del arte, de la cultura en general y, sobre todo, de la sociedad, preocupa. Semanas atrás han ocurrido dos hechos significativos que lo demuestran. El museo Leopold de Viena ha tenido que retirar los carteles de una exposición centrada en el desnudo masculino, y en Grecia han suprimido las escenas de la serie Downton Abbey en las que dos hombres se besan. 
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Estas dos situaciones reflejan la esencia del problema. El desnudo y la homosexualidad masculina representan una realidad que para muchos hombres significa, no que haya hombres que se desnuden y otros que sean homosexuales, para ellos, como decía El Gallo “hay gente pa’to” y hombres para casi todo. Lo que en verdad demuestra es que los hombres y, por tanto, la masculinidad incluyen también esas conductas y esa orientación sexual en el hecho de ser hombres, algo que no aceptan. Y presentarlo de forma directa y sin tapujos a través de estas representaciones de desnudos y besos, significa hacer transparente el revestimiento de una masculinidad hegemónica que ha negado esa realidad, y que precisamente la ha utilizado como argumento de lo que era “no ser hombre”. 

Pero además existe otro “problema”, participar en el juego del desnudo significa situarse en el mismo plano que las mujeres, a quienes históricamente los hombres han desnudado con el arte, con el guión, con la mirada y con la fuerza, para luego hacerlas responsables de lo que les ocurriera. Y aunque pueda sorprender esta afirmación, basta con recordar que el hombre ha hecho de la prostitución una especie de “necesidad social” (curiosamente dirigida original, histórica y mayoritariamente, todavía en la actualidad, a satisfacer las “necesidades” de los hombres), y que hasta la reforma del Código Penal de 1989, la violación de una prostituta era prácticamente imposible de admitir al considerar las agresiones sexuales como “delitos contra el honor”, y no aceptarse que las prostitutas tuvieran ese honor que algunos hombres sacaban a pasear por prostíbulos y clubes de carretera. 

Los hombres han sido desnudados como dioses, héroes, santos, seres superiores… pero no como hombres sencillos, probablemente para mostrar que esos valores tan importantes y trascendentes vinculados a la divinidad, la heroicidad, la santidad, la superioridad… a la postre residen en un cuerpo como el de los demás hombres. Por eso no quieren compararse ni verse como las mujeres desnudas, y por eso reaccionan de forma diferente. El mismo museo Leopold de la tradicional Viena ha manifestado que cuando centra sus exposiciones en el desnudo femenino y actúa de forma similar colocando carteles de mujeres desnudas por la ciudad para publicitarlas, nadie se queja, y mucho menos le obligan a retirar los carteles.  

No es de extrañar, claro, en esos casos todo sigue el guión escrito por la historia y la cultura.