PIB, Putas y Ladrones

PIB-PRETTY WOMAN
Me van a perdonar la expresión, pero ahora resulta que el PIB, o sea, el “Producto Interior Bruto”, esa referencia que nos dice cuánto valemos económicamente, está relacionado con ciertas actividades al margen de la legalidad, y no sólo con la formalidad de los contratos. Por lo que se ve, parece que el PIB se puede interpretar bajo dos referencias: como ese “Producto Interior Bruto” de la economía,  y como la “Brutalidad Interior de un País”, recogida sobre la referencia de la prostitución y determinadas formas de delincuencia que giran alrededor del tráfico de drogas, también el de personas para alimentar a la primera, y el contrabando.

Da la sensación que para algunos el “bienestar” significa “estar bien”; y qué mejor para “estar bien”, deben pensar desde esos planteamientos, que estar en los brazos de una meretriz y bajo los efectos placenteros de alguna sustancia cautivadora… Puede parecer una broma, pero el planteamiento es bastante  peligroso por su significado y por sus consecuencias. Pues bajo la idea de que “todo suma” se llega a la conclusión de que “todo vale”, y así pasamos de un “Estado del bienestar” a un “Estado de beneficencia” donde sólo pueden los que tienen, y a los que no tienen se les deriva a la caridad y a la ilegalidad, y de ese manera hacerlos más culpables.

Un país debería avergonzarse de su delincuencia y de la prostitución alimentada a través de la trata de mujeres explotadas laboral y sexualmente, no presumir de ellas. Sabíamos que las mafias internacionales y la criminalidad organizada estaban cambiando el tráfico de armas por el tráfico de drogas y personas, pero no pensábamos que se llegaría hasta este punto.

Y no sorprende que haya ocurrido cuando la crisis económica propiciada por un capitalismo depredador y agotado en su imaginación financiera, ha hecho que el negocio se vuelva sobre las propias personas para intentar arrebatarles parte de su dignidad y hacerlas así más sumisas. Hombres y mujeres han tenido que ceder en todo (en salud, educación, trabajo, dependencia, bienestar, sentimientos, tierra, tiempo, autoestima…) para continuar en la nada más fría y profunda. En ese pozo que han vuelto a cavar en la historia para ocultar el daño y los abusos, y de esa manera responsabilizar de su destino a las propias víctimas por medio de la invisibilidad y la negación; es lo que sucede con el franquismo, lo que afirman los terroristas sobre sus “objetivos”, o como responde una parte de la sociedad cuando se enfrenta a la violencia de género.

Quien tiene el poder tiene “su solución”, y parte de esa solución pasa por culpar a las propias víctimas (del franquismo, del terrorismo, de la violencia de género… o de lo que sea, basta con que la agresión parte de una posición de poder). Por eso necesitan los pozos y las fosas, porque en ellos entierran la realidad y a las personas bajo las condiciones impuestas, y porque de ellos desentierran la amenaza y los miedos de siempre; unos miedos que pasan por la jerarquía, las clases, la desigualdad, y el destino como castigo.

Y por ello la historia se repite, porque no cambia, sólo aguarda su oportunidad para reaparecer. No es casualidad que sea en épocas de crisis cuando surgen esos fantasmas que la cultura, sus ideas tradicionales y valores sempiternos, guardan en la estantería de la necesidad hasta que entienden que hacen falta de nuevo.

El ejemplo lo tenemos en lo que está ocurriendo.

Los mensajes que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida vuelven a cobrar actualidad, pero ahora suman en el PIB. Siempre hemos oído a hombres decir, “si le falta para comer a mis hijos, yo me pongo a robar”, y con ello nos enseñaban a ser hombres bajo esos valores y conductas. Pero también hemos oído la versión en femenino, que no iba de robos, precisamente… “si le falta comida a mis hijos, yo me meto a puta”, mostrando el camino de lo que una “buena mujer” debe hacer por sus hijos en caso de necesidad.

Las mujeres no deben robar ni los hombres prostituirse, entre otras cosas porque unas y otros no lo tendrían fácil. Las mujeres como ladronas se encontrarían con hombres que defenderían con fuerza y violencia lo suyo, tal y como les han enseñado; y los hombres como gigolós no tendrían tanta clientela en una cultura que juega con los espacios, los tiempos y los significados de las cosas y conductas.

Ahora vemos que el Estado no es inocente en todo esto tampoco. No lo es por promover esas conductas, ideas y decisiones, al construir y alimentar una cultura de desigualdad donde los roles de hombres y mujeres vienen condicionados por identidades construidas sobre los valores del androcentrismo, y donde los caminos están perfectamente dibujados para unos y para otras, incluso en los casos más graves de necesidad que surgen de las crisis. Y no es inocente tampoco, por ser receptor y beneficiario de esas actividades que suceden al margen de lo que debe ser la convivencia en igualdad, libertad y dignidad.

Y parece que el Estado “no lo hace mal del todo” cuando en la Memoria de la Fiscalía General de 2012, los robos con violencia e intimidación han aumentado un 14’5%, y los robos con fuerza en casas habitadas se han incrementado un 19’1%. Por su parte, las Organizaciones de Mujeres que trabajan en los entornos de la prostitución informan que hay más prostitutas, que cada vez son más jóvenes, y que cada vez hay más mujeres explotadas víctimas de trata entre ellas.

No es extraño que todo esto se traduzca en “producto interior bruto”, pues en definitiva representa la brutalidad que habita el interior de una sociedad producto de la cultura machista.

El hijo del Rey

DON JUAN CARLOS Y DON FELIPE
El hijo del Rey no tiene padre, sólo antecesor,
lo cual no deja de sorprender. Una institución caracterizada por la continuidad de la sangre y la herencia de padres a hijos, sólo en ocasiones a hijas, llegado el momento prescinde del factor que hace posible la sucesión, y la paternidad queda perdida por los pasillos de La Zarzuela bajo el argumento de "no restarle protagonismo" al nuevo Rey, Felipe VI.

Hablando de ordinales, no es, precisamente, el sexto sentido, ese considerado tan femenino, el que caracteriza la decisión tomada. Don Juan Carlos debe ser padre antes que rey, y en un momento tan trascendente como es que un hijo adquiera la responsabilidad de la Jefatura del Estado no debería estar ausente, debería acompañarlo como padre, e incluso como antecesor en la corona.

Él, que le ha dado todo el protagonismo que tiene Don Felipe, es el heredero por ser su hijo, no por méritos propios, aunque ahora tenga muchos reconocimientos, no puede quitarle ninguno en una ceremonia; él que la ha dado lecciones de rey a domicilio para que llegara este momento, no puede faltar a su primera clase, y él, Don Juan Carlos, que consiguió que su padre, Don Juan, fuera rey sin reinar, y que ha logrado que él mismo siga siéndolo después de finalizar reinado, no puede ausentarse cuando su hijo comienza el suyo. No es una razón de Estado el que lo haga, sino de amor.

Cuando hablamos de una cultura patriarcal que toma lo masculino como referente universal para organizar la convivencia y darle significado a la realidad, hablamos de todas estas cosas que se han hecho y valorado a imagen y semejanza de los hombres,  de esos detalles de pelo en pecho y voz grave que relatan la historia y deciden qué es lo mejor. Y en las instituciones (civiles, religiosas y militares) de este universo masculino es donde se guardan, más que en ningún otro espacio, la esencia de esos valores e ideas androcéntricas. 

No es casualidad que durante siglos la sucesión monárquica haya sido sólo entre los hombres de la familia, y que la aceptación de las mujeres en la línea sucesoria viniera provocada por la defensa de los privilegios que se acababan en ausencia de varones, no de la mano de su reconocimiento. Las mujeres siempre han sido admitidas bajo criterios de necesidad no de reconocimiento. Por eso no debe sorprendernos que la figura del rey se presente fría y distante respecto a su hijo, a quien entiende más como un empleado que como tal hijo. Resulta curioso ver cómo la monarquía está dispuesta a renunciar antes a símbolos como la corona, el cetro  y el mantón de armiño, que mostrar los sentimientos y las emociones entre un padre y un hijo. Un rey debe ser fuerte, y todavía hay quien entiende las emociones como expresión de debilidad y como atributo femenino. 

La Reina Doña Sofía sí estará. Una madre no puede abandonar a su hijo en momentos como el teatro de Navidad del colegio, ni en su coronación como Rey. La madre debe estar para poner los sentimientos y las lágrimas que caracterizan a un país, aunque cada ciudadano y cada ciudadana tengan razones diferentes para sus lágrimas.

Si la Corona quiere mantenerse en la cabeza del pueblo, no sólo en la del rey, debe empezar por hacerse más humana a través de los sentimientos y la proximidad, los mismos que juntan a las familias alrededor de mesas camillas y las sientan en las butacas del salón de actos de los colegios. La divinidad de los monarcas y los glóbulos azules quedaron en los libros de historia, y hoy lo que hace grande a los líderes es su humanidad y la razón en sus decisiones, no la sinrazón de esconder la paternidad, y menos en nombre de un hijo.

Un padre nunca está de más ni puede restarle protagonismo al hijo o a la hija, si lo hace no será problema del padre ni del hijo, sino de quien así lo entiende. ¿Cuál es el mensaje que nos mandan con esta decisión, que el rey Felipe VI no va a participar en muchas de las actividades ni en la educación de la Princesa Leonor, que si lo hace le va a “restar protagonismo”?

Uno de los grandes problemas de la cultura de la desigualdad ha sido desplazar a los hombres de las tareas de cuidado y enseñarles a ocultar sus sentimientos a los hijos e hijas. El cariño y el afecto era para las madres, los padres debían basar su paternidad en la protección y el sostenimiento material de la familia a través del trabajo fuera de casa. Las emociones, la sensibilidad, las dudas, la inseguridad, el miedo… no eran propias de “hombres de verdad”, eso era cosa de mujeres o de “medio-hombres”. Por ello los hombres-hombres han caminado por la historia sin una mano que coger, sin un abrazo en el que refugiarse, y sin un beso que entregar… Todo su cuerpo y su alma debían estar disponibles para llevar una corona, un taxi, un camión, un fonendo, un tiralíneas, una pala o un pico… En esas cosas sí que es cierto que “todos los hombres son iguales”.

La paternidad afectiva ha sido un precio muy caro que los hombres aún pagan, pero muchos, en lugar de acercarse a la igualdad para ejercer las responsabilidades del cuidado y el afecto como lo hacen las mujeres, ahora se quejan y dicen que la sociedad los discrimina frente a las madres, sobre todo tras las separaciones y las decisiones sobre las custodias. Y resulta sorprendente que en lugar de resolver el problema de una manera definitiva, se embarquen en conflictos que sólo avivan el desencuentro. ¿Qué se puede esperar de una cultura que ha establecido la desigualdad de las mujeres fundamentalmente sobre el papel de madres y cuidadoras? Si se busca que la sociedad y las instituciones entiendan que la paternidad y la maternidad se desarrollan con la misma responsabilidad y obligaciones, como ocurre hoy día en muchos casos, habrá que cambiar los valores de la desigualdad que todavía vinculan a las madres con el cuidado, como vemos cada día a la hora de renunciar al trabajo para cuidar a la familia, y como se observa en las puertas de los colegios y en la sala de espera de las consultas de pediatría.

Queda mucho trayecto por recorrer, pero con la queja y los obstáculos que se intentan poner desde muchas posiciones no se va a recorrer antes, y debemos ser conscientes de que mientras persista la desigualdad continuarán sus manifestaciones, por eso hay que ir a sus raíces.

Hoy el debate sobre la Corona está abierto en nuestra sociedad, y la razón principal, revestida de múltiples argumentos, en su desubicación en el tiempo. Toda la estrategia que se busca desde la Casa Real es modernizar la monarquía, pero mal van si entienden que esa modernización pasa por apartar a un padre de un acto trascendente para su hijo.

Está claro que el próximo jueves día19 Don Juan Carlos rey no le va a restar protagonismo al Rey Felipe VI, pero nadie podrá evitar que  la mirada de Don Felipe se pierda por el hemiciclo intentando localizar a su padre, como tampoco podrán impedir que Don Juan Carlos busque una excusa en La Zarzuela para encerrarse en su despacho, encender la televisión y decir en voz baja, “hay que ver qué bien lo está haciendo mi hijo, su abuelo estaría orgulloso”.

Los tramposos y su vídeo trampa (Hombres al borde de un ataque de nervios)

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El vídeo podría titularse “Sexo, mentiras y cintas de video”, pero en lugar de jugar con la ficción, como ocurre con la película de Steven Soderbergh, el anuncio que recorre las redes sociales juega con la realidad para manipularla y darle un sentido diferente. Es lo que hace habitualmente el posmachismo, y por ello no es casualidad que el vídeo proceda del Reino Unido, uno de los países donde más organizado está.

El objetivo siempre es el mismo y el instrumento para alcanzarlo uno de los habituales. 

El objetivo busca desviar la atención sobre la violencia contra las mujeres, y desvincularla de los elementos culturales que dan lugar a ella a través de la desigualdad y de la figura del hombre como referencia encargada de mantener el orden que él decide, y de corregir aquello que se desvía de su criterio, incluso por medio de la violencia. Y para ello han jugado con un mensaje y unas circunstancias: el mensaje es presentar a los hombres como víctimas de las mujeres, y el contexto es un escenario público donde la pasividad y las sonrisas de la gente ante la agresión al hombre intenta demostrar la desconsideración de la sociedad ante esta violencia que sufren los hombres. La intención es clara, procurar romper con la idea de que la sociedad calla ante la violencia contra las mujeres, y afirmar que es justo al contrario, que su silencio es cómplice con la violencia que sufren los hombres por parte de las mujeres.

Todo ello se refuerza al final con un dato contundente obtenido, según el propio anuncio, del Office of National Statistics: el 40% de la violencia doméstica la sufren los hombres.

Todo muy objetivo en apariencia, sin embargo, está cargado de trucos y trampas para, una vez más, generar la confusión que necesita el posmachismo con vistas a que todo continúe como siempre, es decir, bajo las referencias de la desigualdad y con los privilegios en el lado de los hombres. No por casualidad la organización responsable de esta campaña, Mankind Initiative, tiene como uno de sus objetivos que las violencias sean consideradas y tratadas de la misma forma, sin distinción de quien la sufre, lo cual, como se puede ver, busca descontextualizar la violencia de género y todo su significado dentro de la cultura de la desigualdad, algo que, como pueden entender, beneficia a los hombres que la ejercen, no a las mujeres que la sufren. 

Mankind Initiative podía pedir recursos, ayudas de todo tipo, medios y personas para combatir la violencia que sufren los hombres, pero no tiene por qué hacerlo en contraste con la violencia de género. Además, dado su interés por la paz de los hombres, podía llevar a cabo alguna iniciativa en contra de la violencia que sufren los hombres de mano de otros hombres, que es la principal y la que más homicidios masculinos ocasiona. Pero eso parece quedar en un segundo plano, lo importante para ellos es la violencia que ejercen las mujeres.

Por eso manipula la realidad y actúa de ese modo, porque su estrategia busca borrar la palabra “género” y todo su significado con relación a la cultura androcéntrica que normaliza la desigualdad y la violencia contra las mujeres como parte de ella. Es la esencia de lo que defienden desde su organización, y clave del posmachismo. Si una organización sanitaria defendiera que se desarrollaran medidas y campañas a favor del cáncer de pulmón cuestionando las que se desarrollan contra el cáncer de colon sería muy sospechosa, por mucho que se basara en que el porcentaje del cáncer de pulmón representa el 23.2% del total.

Y como su objetivo tiene esa carga de perversidad necesita de campañas con trampa, como la que han presentado con el video en cuestión, para manipular y confundir a la sociedad. Veamos algunos elementos. VIDEO-Minuto 0-14

– Se busca un mismo escenario público para desarrollar las dos acciones, la de la agresión del hombre a la mujer y la contraria, la que lleva a cabo la mujer contra el hombre. Sin embargo, ese aparente espacio neutral se utiliza de manera diferente jugando con el montaje de la grabación para mezclar escenas, caras y actitudes de las personas presentes, así como tiempos diferentes, como si se tratara de un mismo momento lineal, cuando no es así. De hecho, si observamos la diferente intensidad de la luz del sol y de las sombras, y las distintas personas que hay en el escenario, se aprecia claramente que se tata de momentos diferentes que se presentan con continuidad temporal.  VIDEO-Minuto 0-47

– Otra cuestión es la presentación del video como una hecho global, es decir, como si todo hubiera ocurrido de manera natural y espontánea un día aislado en un momento determinado, sin explicar cuántos intentos han hecho falta y en cuántos escenarios diferentes se han grabado hasta dar con ese resultado.

– En el caso de la violencia contra la mujer, la idea que intenta mostrar el anuncio es que la sociedad responde contra la mujer atacada, pero en verdad la situación es muy diferente. No se trata de una respuesta “general” de las personas que presencian la escena, sino que son 5 mujeres, y al cabo de un rato, las únicas que defienden a la mujer agredida. Sólo al final, cuando ya está todo resuelto, se acerca un hombre. VIDEO-5 Mujeres defienden

– En el caso de la violencia contra el hombre, la pasividad de la sociedad se intenta potenciar con la sonrisa de las personas que la contemplan, que no sólo no hacen nada, sino que además el video busca mostrar que se burlan del hombre agredido. Sin embargo, ninguna de esas caras sonrientes se muestran junto a la agresión, sólo se pone la imagen de la cara con el sonido de fondo de la agresión de la mujer, algo que es fácilmente manipulable y que parece haberse hecho cuando comparamos el contraste de las sombras en los protagonistas de la violencia, que es intenso y marcado, y en las personas que se ríen, que apenas se percibe; indicando que se trata de momentos diferentes unidos por el montaje, algo que hace creer que el origen de las sonrisas está en la escena de la agresión. Lo mismo sucede con la mujer de rojo que aparece girando la cabeza, como si se dirigiera a la escena violenta y después sonríe, sin embargo la presencia de una chica sentada en la verja justo al lado de donde se produce la escena en la que la mujer agrede al hombre, revela que pasa y sonríe en un momento diferente a la agresión. Como se puede ver, todo indica que se trata de una manipulación para potenciar el odio contra las mujeres, pues son ellas las que, principalmente, se ríen del hombre atacado. VIDEO-Sonrisas

– El vídeo pretende mostrar la actitud pasiva de la gente como una respuesta exclusiva a la violencia que sufren los hombres, cuando en realidad es general a otras muchas escenas en las que se considera (con razón o sin razón) que la persona agredida tiene capacidad y recursos para defenderse. Un ejemplo, si la escena hubiera sido la misma, pero cambiando de protagonistas, con un padre agrediendo e insultando a un hijo de 17 años primero, y después el hijo agrediendo e insultando al padre, probablemente la reacción habría sido la misma. La gente habría defendido más al muchacho ante la agresión del padre, que al padre ante la agresión del hijo. Lo mismo habría ocurrido con una hija y una madre o con otras situaciones donde la relación de desigualdad condiciona la respuesta de la persona atacada. VIDEO-Mujer de rojo

– El posmachismo y Mankind Initiative ignoran que uno de los factores más importantes a la hora de utilizar la violencia y de reaccionar ante ella, tal y como demostraron los trabajos de Dibble y Strauss (1980), es la capacidad de generar amenaza y riesgo para la víctima. Dichos estudios demostraron que los hombres no se sentían amenazados ni en riesgo ante la violencia de las mujeres, incluso cuando estas portaban un arma de fuego; en cambio, las mujeres sí se sentían amenazadas por los hombres sin necesidad de que estos llevaran ningún arma o instrumento. Las simples manos de los hombres sirven para atemorizar y amenazar a las mujeres, de hecho, tal y como recoge el análisis de las sentencias de homicidios por violencia de género que realiza el CGPJ, el 33’5% de las mujeres son asesinadas por sus parejas o exparejas directamente con las manos.

Esta misma percepción de indefensión, no sólo respecto a las mujeres, también frente a otras personas que se ven como vulnerables, es la que lleva a actuar en su defensa, y por el contrario, no se actúa contra quien se percibe que tiene recursos para defenderse.

Como pueden observar, la manipulación del vídeo parece evidente y no es casual que se haga en el sentido de intentar mezclar todas las violencias para que, de ese modo, no se pueda avanzar en la prevención y abordaje de la violencia de género. Por eso la manipulación termina con el dato rotundo de la violencia que sufren los hombres: el 40% de la violencia doméstica es sufrida por los hombres, y para ello citan la fuente, concretamente el Office of National Statistics.

Pero cuando uno se va a la Web de dicha entidad y comprueba los datos, con independencia de que los porcentajes no coinciden del todo, algo en lo que no voy a entrar puesto que el anuncio no dice nada sobre cuál es el periodo de tiempo que utiliza para obtener el dato, lo que sí se aprecia es otra trampa propia del posmachismo.

Concretamente, lo que hace es mezclar todas las violencias que sufren los hombres y las mujeres en las relaciones íntimas, de manera que las mujeres sufren el 60% y los hombres el 40%, que es su mensaje, aunque callan lo del 60% de la violencia contra las mujeres. Sin embargo, la cosa tiene trampa.

Y tiene doble trampa. Por un lado, porque mientras que la mayoría de la violencia que sufren los hombres está dentro de las formas menos graves por sus características y circunstancias (intensidad, frecuencia, duración del ataque, combinación de diferentes tipos de violencia, utilización de objetos…), las mujeres sufren violencias más graves, entre ellas la violencia sexual en porcentajes mucho más altos. Y por otro lado, porque los datos del Informe del Office of National Statistics también habla de “violencia familiar”, no sólo de la pareja, y mientras que la mayoría de la violencia que sufren las mujeres  es ocasionada por hombres (fundamentalmente la pareja, pero también el padre, los hermanos u otros familiares), la que sufren los hombres dentro del contexto familiar no sólo la ocasionan las mujeres, y también es llevada a cabo por esos otros hombres (padre, hermanos y familiares). A pesar de ello, el vídeo habla de un 40% total intentando jugar para que sea interpretado como causado sólo por las mujeres.

Mankind initiative y el posmachismo están obsesionados con la violencia de género, no tanto con la violencia que sufren los hombres, por eso parecen estar al borde de un ataque de nervios ante los cambios sociales. Nunca han dicho nada ni han propuesto iniciativa alguna hasta que no se ha empezado a hablar y actuar frente a la violencia que sufren las mujeres como un problema enraizado en una construcción cultural desigual, de ahí el término “violencia de género”, y, curiosamente, salen en defensa de los hombres pidiendo que se actúe sólo contra la violencia que ejercen las mujeres, no contra la que producen otros hombres que, como hemos indicado, es la más frecuente y la más grave.

La Igualdad busca erradicar todas las violencias, pues pretende acabar con los privilegios de quienes se sienten en posiciones de poder y de quienes creen que el uso de la violencia es un instrumento más para resolver los conflictos que ellos mismos generan. Pero para alcanzar la igualdad hace falta corregir la desigualdad y sus manifestaciones, entre ellas la violencia de género, sin que ello sea incompatible con otras medidas y actuaciones dirigidas a las otras violencias y circunstancias que se traducen en discriminación. Pero tratando las circunstancias específicas de cada violencia, no mezclando medidas que no aborden las causas  y manifestaciones de cada una de ella, y que sólo sirvan como justificación política y social, no como solución.

“Violencia es violencia”, por supuesto, como “enfermedad es enfermedad”, “discriminación es discriminación”, y “abuso es abuso”, pero no es lo mismo una cirrosis que una encefalitis, ni una discriminación por las ideas que otra por el país de origen, ni un abuso laboral que un abuso sexual…  Por eso la violencia de género no es igual que la violencia que sufren los hombres, o los niños y niñas, o los ancianos, ni tampoco es lo mismo que la violencia terrorista, ni a ninguna otra, aunque en todas ellas se produzcan lesiones y homicidios. Cada una ha de ser abordada desde sus características diferenciales.

Por eso no es un error el vídeo del anuncio, Mankind Initiative y el posmachismo buscan más la confusión y que no se avance en igualdad, que la solución a la violencia que sufren los hombres, porque la desigualdad significa privilegios para los hombres. Esa es la razón de que no le guste el “género” y de que callen ante una cultura que acepta la violencia contra las mujeres, hasta el punto que, según el Eurobarómetro de 2010, el 3% de la UE considera que  la violencia contra las mujeres es “aceptable en algunas ocasiones”, y un 1% que afirma que es “aceptable en todas las circunstancias”.

Ante esa realidad el posmachismo y Mankind Initatitive no hacen ningún anuncio ni llama a la acción, tampoco pide donativos, como sí lo hace en el anuncio para lograr “sus objetivos”.

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Sobre las diferentes violencias: "La violencia no tiene género. El género sí tiene violencia": http://blogs.elpais.com/autopsia/2014/01/la-violencia-no-tiene-g%C3%A9nero-el-g%C3%A9nero-s%C3%AD-tiene-violencia.html

Homo sapiens, “mujer habilis” *

CAÑETE-VALENCIANO
Los “escarabajos llaman soles a sus hijos”, y los machistas llaman inteligencia a aquello que los hombres hacen… al menos es lo que se deduce de la “sabiduría popular”. La historia está llena de estas trampas que han venido a justificar lo que previamente se ha considerado como adecuado y correcto, nada es casual, por eso la repetición ha sido uno de los elementos que más definen la normalidad. 

Ya se sabe, “quien parte y reparte, se lleva la mejor parte”, y los hombres han diseñado una cultura androcéntrica en la que aquello que hacían ellos era lo importante, lo necesario, lo trascendente… lo inteligente. Lo demás lo podía hacer cualquiera, pero como no había nadie más, sólo hombres y mujeres, pues asignaron a las mujeres todas esas tareas asimiladas a base de repetición, cuyas circunstancias invariables llevaba a que se aprendieran sin mayor problema, sólo era cuestión de más o menos tiempo. 

El Homo habilis vivió hace  1’6 millones de años, pero para muchos hombres las mujeres nunca superaron ese periodo evolutivo, y hoy aparecen como el eslabón que demuestra que hubo un día en que todo el género humano pasó por esa parte de la cadena. Sus funciones no requieren inteligencia, sólo habilidad para llevarlas a cabo, por eso para ellos todo sigue como entonces.

Las declaraciones de Cañete no son una excepción; no lo son en él, que ya ha echado mano de ese tipo de argumentaciones, y no lo son en la sociedad, donde muchos hombres y mujeres siguen pensando que las mujeres no alcanzan el nivel ni la capacidad de los hombres, bien sea porque no pueden debido a “limitaciones propias de su condición”, o bien porque, aun pudiendo, sus “obligaciones” con la maternidad, el cuidado y el afecto… no deben hipotecarse para ocupar espacios que no les corresponden.

La trampa de esta cultura que toma lo masculino por universal ha buscado argumentos de todo tipo para mantener la desigualdad en el tiempo, y la biología ha sido su principal aliada al haber situado sobre ella la esencia de las funciones de hombres y mujeres. En los hombres la fuerza y la razón, en las mujeres la maternidad y las emociones, de ahí que insista tanto en todo lo relacionado con ese referente objetivo y palpable centrado en el cuerpo y en la mente de las mujeres. 

Una de las polémicas más serias en este sentido se produjo en febrero  de 2005, cuando Lawrence Summers, entonces Presidente de la Universidad de Harvard, sugirió que las diferencias entre el cerebro masculino y el femenino podían ser un factor para explicar la baja presencia de mujeres en el mundo de la ciencia. Por aquella época basó su planteamiento en el tamaño del cerebro (los hombres siempre a vueltas con el tamaño de ciertas partes anatómicas), el cual podía conducir a una inteligencia inferior. La polémica se zanjó con múltiples estudios y trabajos que demostraron que no había relación alguna ente el tamaño y la función cerebral, menos aún con la inteligencia, y que, de hecho, las funciones del cerebro masculino y femenino son muy similares.

Sin embargo, dichos estudios también demostraron la existencia de algunas diferencias estructurales, bioquímicas y funcionales entre los dos cerebros, por lo que muchos científicos se acogieron a ellas para mantener la teoría, no de la diferencia, sino de la superioridad masculina, a pesar de que la mayoría de estos estudios se hicieron con animales de laboratorio. ¿Ciencia?, no, cultura; que es la que da un significado previamente concebido.

Las diferencias en el funcionamiento cerebral son objetivas, por ejemplo, aquellas relacionadas con la respuesta emocional, con ciertas habilidades, o con algunas funciones cognitivas influidas por las hormonas sexuales, que pueden llevar, según algunos estudios, hasta conductas innatas en la selección de juguetes y juegos, así como a distintas formas en la manera de responder ante determinados estímulos. Las estructuras implicadas en algunas de estas diferentes respuestas funcionales del cerebro han sido relacionadas con la amígdala, el hipocampo, y con la liberación de serotonina, dopamina y adrenalina.

Todo ello demuestra la existencia de diferencias en el modo de percibir la realidad y de responder ante ciertos estímulos, especialmente relacionados con el estrés y las emociones, pero en ningún caso, como afirman la mayoría de los científicos, pueden servir para justificar desigualdades y, menos aún, discriminación sobre las mujeres. Por otra parte, estos trabajos  también indican que hay cerebros masculinos con conexiones similares a las del cerebro femenino, y viceversa; por lo que no se puede concluir que dichos hallazgos condicionan el comportamiento y la conducta global, y menos aún las identidades masculina y femenina.

La conclusión es justo la contraria, y lo que demuestran estas diferencias es la necesidad de contar con todos las capacidades humanas existentes para resolver los problemas que se puedan presentar en sociedad. 

Esa es la trampa principal, tomar todo aquello relacionado con las mujeres como inferior, no como diferente, y, en  consecuencia, no considerarlo en igualdad para enriquecer y mejorar a toda la sociedad y a la propia cultura que nos define.

Pero no es un error. Las consecuencias de la desigualdad para hombres y mujeres son objetivas, y mientras que los primeros viven su “superioridad intelectual”, económica, laboral, directiva, empresarial, profesional, académica… las mujeres la sufren doblemente: por tener que soportarla desde la injusticia que supone, y por no poder acceder a esos espacios en igualdad para desmontar los mitos y sus trampas. 

El ejemplo más cercano de que no se trata de un error lo tenemos en las reacciones a las declaraciones de Arias Cañete por parte de su entorno; no sólo no ha rectificado ni las ha criticado, sino que ha actuado como un coro para reforzarlas o matizarlas, pero siempre bajo su enunciado principal de la “superioridad intelectual” de los hombres sobre las mujeres.

Y es que, tal como dice otras de las referencias de la “sabiduría popular”, las cosas y las personas van “del caño al coro”, y ahora parece que lo hacen “del Cañete al corete” orquestado de voces.

 

* Tomado del capítulo: “Laberintos y neuronas. La trampa cerebral” del libro “Tu haz la comida, que yo cuelgo los cuadros” (Crítica, 2014)

Mujeres que matan

MUJERES QUE MATAN
El machismo los espera como si fuera el nuevo lanzamiento de un disco, un videojuego o alguno de los libros de Harry Potter… Hacen cola durante días ante las pantallas de sus ordenadores a la espera de que se produzca el “acontecimiento”, y cuando ocurre saltan a la calle de las palabras y a los teclados de la red, para lanzar sus gritos al viento en busca de alguna tempestad que los acoja.

Cada vez que una mujer asesina al alguien, da igual a quien sea y en las circunstancias en que ocurra el homicidio, su caso es utilizado para demostrar algo que nadie niega ni ha negado: el hecho de que las mujeres también utilizan la violencia y que pueden ser tan crueles como los hombres (http://blogs.elpais.com/autopsia/2013/04/mujeres-asesinas.html). En cambio, desde esas mismas posiciones posmachistas, cada vez que se produce un homicidio por violencia de género y un hombre asesina a la mujer con la que comparte o mantenía una relación de pareja, el caso es utilizado para decir que las mujeres también son violentas, que ellas también matan, que muchos hombres son víctimas, que no hay por qué centrarse en una violencia…

Es decir, ocurra lo que ocurra, el mensaje desde estas posiciones siempre es el mismo, como ha sido el mismo a lo largo de la historia: las mujeres son malas y perversas, violentas y asesinas, manipuladoras y aprovechadas… 

Estas reacciones y argumentos demuestran de manera directa que la desigualdad no es una deriva incontrolada del tiempo, y que la violencia de género no es un accidente, sino todo lo contrario. Muestran cómo forman parte de la estructura sobre la que se definen las identidades de hombres y mujeres, y cómo a partir de ellas se distribuyen los diferentes roles y funciones, se abren y cierran espacios para desarrollarlos, y se establece la normalidad. Una normalidad desigual e injusta con los hombres y lo masculino como referencia, pero que a su vez permite que todo transcurra según el guión previsto, y que las conductas que forman parte de ella tengan su encaje según el significado que esa cultura androcéntrica les da. Por eso la violencia contra las mujeres ha formado parte de la normalidad, porque estaba considerada como un mecanismo corrector en las manos y en los pies de los hombres para que “sus mujeres” hicieran lo que se esperaba de ellas como buenas “esposas, madres y amas de casa”.

Esa es la razón que llevaba a muchas mujeres a afirmar lo de “mi marido me pega lo normal”, y a que hace unos días Pedro Ruíz, el párroco de Canena, dijera que “hace 30 años los hombres pegaban, pero no mataban” (http://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/hostias-cura_6_257284298.html). Es decir, el peso de la normalidad impuesta por la cultura androcéntrica hacía que las mujeres estuvieran sometidas a sus roles, y que las desviaciones fueran corregidas de manera contundente con los golpes del buen marido vigilante, pero “nada más”. En cambio, ahora, como la Igualdad, el feminismo y todos los demonios que se quieran han alterado ese orden, pues la violencia ha aumentado y los homicidios  de mujeres han aparecido, y los presentan como consecuencia de unos cambios cuando en realidad es lo contrario. Los cambios y la transformación que se ha producido en la sociedad debido, fundamentalmente, a las mujeres, al feminismo y a la Igualdad, son los que abogan por una convivencia en paz, y quienes permanecen inmóviles y buscan mantener sus privilegios y la estructura que los protege hacen lo que han hecho siempre, pero adaptando su intensidad y objetivos a las nuevas circunstancias. De ahí la situación actual.

Estos mismos hombres y mujeres del posmachismo, tan preocupados ahora por la “violencia en general”, curiosamente no tanto por la violencia de género, y tan pendientes de seguir presentando a las mujeres como malas, perversas y asesinas, nunca han dicho ni hecho nada para acabar con la violencia hasta que se ha hablado de violencia de género. Ni nunca han dicho ni hecho nada para cambiar las referencias que lleva a esa identidad masculina enraizada en la dominación, sometimiento y en una violencia que también es dirigida contra otros hombres, puesto que la mayoría de los hombres son asesinados por hombres, no por mujeres. Pero parece que esto son matices que nada importan.

Por eso mezclan todas las violencias que ejercen las mujeres (contra hijos e hijas, contra hombres, contra personas conocidas  o desconocidas… da igual a quien la dirijan, todos los casos suman en la cuenta de la maldad de las mujeres). Y por esa misma razón, hablan de circunstancias, de alcohol, de “ataque de cuernos”, de contextos, de conflictos, de provocación… cuando son los hombres los que matan, especialmente cuando asesinan a una mujer.

Lo hemos dicho y repetido innumerables veces, y volveremos a decirlo y repetirlo cada vez que sea necesario: la violencia no tiene género, pero el género sí tiene una violencia específica construida sobre esas referencias culturales que lleva a los hombres a controlar a las mujeres, y a considerarse legitimados para agredirles cuando “les llevan la contraria”, o cuando tienen que devolverlas a la senda abandonada de lo que ellos decidan que debe ser una buena mujer, esposa, madre y ama de casa (http://blogs.elpais.com/autopsia/2014/01/la-violencia-no-tiene-g%C3%A9nero-el-g%C3%A9nero-s%C3%AD-tiene-violencia.html).

Por eso, en España y en todo el mundo, se habla y se sufre la violencia de género. Y por ello, en España y en todo el mundo, hay personas (la inmensa mayoría mujeres) que trabajan a diario por la Igualdad y para erradicar la violencia de género. Es la única forma de alcanzar la paz en la sociedad. La paz no es un armisticio, sino una forma de convivir que no se puede lograr si miles de niños y niñas crecen en hogares donde sus padres maltratan a sus madres.

Intentar mezclar todas las violencias, sus diferentes circunstancias y los distintos objetivos que persiguen, es no querer solucionar ninguna de ellas y dejar que todo transcurra como hasta ahora.

Y responsabilizar a las mujeres y a quienes trabajamos por la Igualdad de la transformación que busca una convivencia pacífica en sociedad, algo que también es bueno para los hombres, revela su interés en que nada cambie, y que persistan los mitos sobre la perversidad y la maldad de las mujeres… Aunque sea con nuevas estrategias y con nuevos cuentos.

Y es que ya se lo decía su madre al lobo al salir de casa, “¡Ten cuidado con Caperucita, que es mujer, joven y roja… Seguro que es feminista!”  “¡Y, además, te puede poner una denuncia falsa!”

Cuerpos, deseo y estereotipos

CUERPOS-ESTEREOTIPOS
Hombres y mujeres no percibimos lo mismo cuando miramos a nuestro alrededor,
es cierto que la realidad viene más condicionada por lo que nos muestran de ella, que por lo que conocemos  de forma directa desde nuestro mirador y su reducido campo de visión, pero lo que se muestra forma parte de lo que previamente se piensa.  

Un ejemplo muy gráfico de esta situación ha quedado recogido en la encuesta que realizó la marca Bluebella preguntando sobre cuál sería el “cuerpo perfecto” para hombres y mujeres. A pesar de las limitaciones de la encuesta, los resultados son muy gráficos en varios sentidos, y bien merecen un ejercicio de reflexión.

En primer lugar, porque las referencias consideradas para esculpir ese cuerpo perfecto sobre su propio sexo y sobre el otro, han sido tomadas a partir de personas “mostradas” a través de los medios de comunicación y el cine, no conocidas directamente en el entorno de las personas entrevistadas, algo lógico ante el tipo de preguntas, pero muy revelador de esa realidad expuesta por la que nos movemos con más facilidad que por las aceras de nuestro día a día.

Este primer resultado indica que el reconocimiento intersubjetivo, es decir, aquel que nos hace ser y comportarnos según creemos que los demás valorarán más nuestra forma de comportarnos y ser, pesa mucho en nuestras decisiones y aspiraciones. Pero también indica que las referencias comunes están construidas sobre los estereotipos tomados como válidos en cada momento, los cuales, al referirnos al cuerpo de hombres y mujeres, actúan como un molde rígido, no tanto para los cuerpos como para la mente y las ideas que sobre esos cuerpos existen en la sociedad: El tiempo cambia los atributos, pero no las ideas asociadas al tamaño, forma y demás características de los mismos.

Así se construye el deseo, un deseo hacia los demás, para ser reconocido o reconocida, y un deseo para sí mismo que busca sentirse bien sobre esas referencias. Por eso los estereotipos no se limitan a encasillar la realidad y a las personas, sino que condicionan todo lo que ocurre alrededor de ellos, tanto en el resultado como en el significado que se les da.

Esa relación entre deseo y estereotipos que la cultura establece respecto a los cuerpos queda reflejada en los resultados de la encuesta, y en lo que mujeres y hombres desean para sí y para el otro grupo.

Las mujeres esculpen su cuerpo a partir de otras mujeres “famosas” que se mueven en un rango de edad entre los 22 y los 50 años. Y la mezcla de todos los atributos “perfectos” a partir de cada una de las referencias nos da una mujer con una media de edad de 35’8 años, cuyo trabajo tiene relación con la estética, aunque no es el condicionante principal, pues la mayoría de las referencias tomadas son de actrices y en un caso, concretamente al decidir sobre el “pelo perfecto”, se hace de la vida social y política al elegir el cabello de Catalina de Cambridge. CUERPOS-ESTEREOTIPOS-Mujeres

Esas mismas mujeres ven el “cuerpo perfecto” masculino en un hombre muy parecido a su “mujer ideal”. La edad media a partir de todos los hombres tomados como referentes es de 35’2 años, el rango de edad se mueve entre los 20 y los 51 años, y son hombres que trabajan en ámbitos donde la estética no es prioritaria, fundamentalmente como actores y deportistas.

Los hombres, por su parte, construyen su cuerpo ideal sobre el de otros hombres "conocidos" que se mueven entre los 36 y 51 años, resultando un hombre con una edad media de 41’2 años que trabaja con la estética como elemento principal.

En cambio, estos mismos hombres crean el cuerpo de su mujer perfecta a partir de mujeres mucho más jóvenes, de hecho la mujer con mayor edad tomada como referencia es más joven que el hombre de menor edad que resulta un buen modelo para ellos. Son mujeres que se mueven entre los 27 y los 34 años, la edad media de esta mujer de cuerpo perfecto es 30’1 años, y el trabajo de la mayoría de ellas es el de modelo.  CUERPOS-ESTEREOTIPOS-Hombres

No parece que sean una casualidad estos resultados, más bien al contrario. Y mientras que las mujeres ven la “perfección” del cuerpo masculino en un hombre igual a ellas, con su misma edad, el mismo tipo de ocupación, y una estética similar, proporcional y realista; los hombres entienden que la “perfección del cuerpo femenino” está en una mujer 11 años más joven, modelo de profesión y con los elementos que sexualizan su cuerpo especialmente marcados.

La cosificación de las mujeres que con tanta frecuencia ocurre en nuestra sociedad empieza por sus cuerpos y termina en sus ideas y roles, en aquellas funciones, espacios y tiempos que deben ajustarse a lo que se espera de ellas. Muchos hombres todavía ven en la mujer “perfecta” más como una acompañante que como una compañera que aborde el día a día desde la misma posición, respeto, criterio y autonomía; de ahí que la publicidad y los mensajes que se mandan sistemáticamente incidan en esta idea de mujer objeto. De lo contrario, si no fueran exitosos esos mensajes, no se insistirían tanto en ellos, y menos aún para “vender un producto”.

Y todo ello tiene consecuencias negativas para las mujeres y para la sociedad, no se trata de una valoración cargada de “moralina”, ni una crítica a los gustos de nadie.  Uno de los elementos claves para que un agresor pueda construir una relación basada en la violencia de género, es decir, en una violencia caracterizada por el control y el sometimiento constante con agresiones puntuales más o menos frecuentes y de mayor o menor intensidad, es conseguir lo que los anglosajones llaman “deshumanización del objeto de la violencia”, que no es otra cosa que la “cosificación” de la mujer. Para ello la mujer es atacada sistemáticamente en sus elementos de identidad y en sus fuentes de apoyo externo (familia, amistades y trabajo), y queda reducida a lo que el maltratador decida por ella en un proceso que requiere tiempo. Cuanto más cosificada esté la mujer en la sociedad y más normal se entienda esa consideración, antes y de forma más rápida se producirá la cosificación particular que cada maltratador lleva a cabo para ejercer la violencia contra su mujer de manera habitual y cotidiana.

La prevención y erradicación de la violencia de género pasa por cambiar estos estereotipos machistas que muchos utilizan para cosificar a las mujeres, para presentarlas como “portadoras del caos”, o para justificar la violencia y las violaciones en nombre de los celos, la provocación… o cualquier otra idea al uso.

Allá cada uno y cada una con sus gustos y deseos, pero da la sensación de que la “idea de perfección” de las mujeres es más realista y sus "referencias" más compartidas. Los hombres parecen seguir peleándose con el tamaño del bíceps, pechos, caderas y otros atributos anatómicos… pero queda claro que es bajo lo que ellos consideran que gusta, no porque realmente resulte atractivo. Quizás por ello se explica por qué en los estudios sociológicos que se han hecho, tanto en adultos como en adolescentes, un 14’9% de los hombres piensan que el hombre agresivo es más atractivo, idea que sólo la comparte el 4’6% de las mujeres.

Hombres y mujeres no perciben lo mismo ni se ven del mismo modo, pero mientras que la visión de las mujeres es más realista y cercana a la realidad, con sus virtudes y sus defectos, muchos hombres parece que siguen creyendo que la realidad es aquella que ellos desean; quizás por eso recurran con tanta frecuencia a la fuerza, la violencia, las guerras… para intentar adaptarla a sus deseos, o para castigarla por no ajustarse a lo que ellos quieren.

El gobierno, la violencia de género y los menores

MENORES-ACTUALa violencia de género no va dirigida contra los niños y las niñas, aunque la violencia de género afecta de manera directa a los niños y niñas que viven en el ambiente donde al agresor ejerce la violencia de manera sistemática contra la mujer.

Puede parecer una contradicción, pero no lo es, lo mismo que no es contradictorio afirmar que una cirrosis hepática produce alteraciones cardiacas como consecuencia de la hipertensión portal que origina, sin que se pueda decir que los problemas del corazón son una hepatopatía. El corazón sigue siendo el corazón, eso sí, afectado por la enfermedad hepática, y el hígado continúa siendo el hígado.

La reforma de la Ley Integral que ha propuesto el Gobierno a iniciativa de la ministra Ana Mato, viene cargada de intencionalidad ideológica y no aporta ningún elemento que mejore la protección de los niños y niñas que sufren los efectos de la violencia de género, ni tampoco la atención que requieren. Si el Gobierno pretende mejorar su protección y asistencia, lo que tiene que hacer es desarrollar los recursos que ya se contemplan, dar presupuesto y adoptar medidas para que por parte de las diferentes instituciones implicadas se adopten las actuaciones necesarias.

Analicemos la situación y su significado.

Las niñas y niños están protegidos e incluidos en la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, tal y como se puede comprobar en la redacción del articulado actual. De hecho, durante el Gobierno anterior se adoptaron multitud de medidas para proteger y atender a estos menores víctimas de la violencia de género, entre otras, el reparto del Fondo de Asistencia Integral entre las diferentes Comunidades Autónomas tomando en consideración la población de menores con el objeto de que se desarrollaran medidas dirigidas a esos niños y niñas. Lo cual demuestra que la Ley Integral no sólo permite proteger y atender a los menores, sino que además, cuando hay voluntad política, facilita que se haga.

La actitud del Gobierno al modificar el artículo 1 de la Ley Integral e incluir a los menores como víctimas tiene otro sentido. En primer lugar, supone un desconocimiento preocupante de la Violencia de Género por parte de quien debe de adoptar las políticas para erradicarla, lo cual hace dudar de que las iniciativas se dirijan adecuadamente.

La violencia de género es la que se ejerce contra las mujeres cono consecuencia de las referencias socio-culturales que llevan a los hombres a entender que es una forma aceptable para controlar y dominar a las mujeres, y de resolver los conflictos que se presenten en ese tipo de relación. Es una violencia contra las mujeres que podrá afectar a otras personas que convivan con ella o que no estén viviendo en el mismo hogar que la mujer a quien dirige la violencia el agresor, dependerá de la decisión e intencionalidad de él. Incluir en el artículo que la define a los menores es desviar la atención sobre el objeto y significado de esta violencia, y atender a una parte de las posibles consecuencias, no a todas, pues no considera a otras personas que también sufren las consecuencias de la violencia que los agresores dirigen contra las mujeres.

Bajo esa idea del Gobierno de relacionar la violencia con el escenario, ¿qué ocurre con las personas mayores que conviven en el mismo domicilio, fundamentalmente los padres o las madres de las mujeres agredidas, las cuales también sufren la violencia del maltratador?. ¿Y qué sucede entonces con otras personas que no conviven con la mujer maltratada, pero que también son foco de la violencia del agresor, como ocurre con hermanos, hermanas, amistades o, muy especialmente, con las nuevas parejas de las mujeres tras la separación?

En Degaña (Asturias) en mayo de 2011un maltratador asesinó a la pareja de su exmujer, al padre y a un hermano, e hirió de gravedad a la madre y a su exmujer (http://multimedia.laprovincia.es/videos/sociedad/20110523/hombre-mata-tres-familiares-pareja-hiere-esta-ultima-madre-22628.shtml). Todas fueron víctimas de la violencia de género, pero no porque ésta se dirija a cualquier persona, sino porque a la hora de hacer daño a la mujer, el agresor puede seguir diferentes opciones. Y aunque no es habitual que en unos mismos hechos se ataque a tantas personas, la agresión a los entornos de las mujeres maltratadas no es infrecuente, pues los agresores a la hora de hacer daño recurrirán a la estrategia que consideren más oportuna en el uso de la violencia, y a atacar a las personas que decidan. Y lo harán dentro y fuera del hogar, ya que no se trata de una violencia doméstica, sino contra la mujer.

Los niños y las niñas deben ser protegidos y asistidos atendiendo a sus circunstancias, lo cual exige un plus en ambas actuaciones, pero la violencia que sufren es parte de la violencia que el agresor dirige contra la mujer para dominarla y someterla. Establecer que la violencia de género se dirige contra las mujeres y los menores es desvirtuar sus motivaciones y objetivos y, en consecuencia, no abordar sus elementos específicos de cara a la prevención, a la atención y a la protección.

Y me preocupa esta modificación que ha hecho el Gobierno, porque no es necesaria para proteger y atender a los menores y, en cambio, sí distorsiona el significado de esta violencia que va contra las mujeres, algo que no es casualidad.

En septiembre de 2002 el Partido Popular, por entonces también en el Gobierno, rechazó la proposición de Ley Integral que presentó el PSOE, después en 2004 la apoyó al verse solo y con una situación social cada vez más grave, en parte por no haber sido abordada de manera integral. Pero poco después volvió a las andadas y empezó a reivindicar su idea de violencia doméstica o familiar en diferentes propuestas y planteamientos, hasta que en junio de 2011 el Congreso rechazó una Proposición de Ley en ese sentido presentada por la actual Secretaria de Estado de Igualdad, Susana Camarero. Nadie apoyó esta iniciativa, pues una cosa es la violencia que sufren las mujeres y otra la violencia que sufren sus hijos e hijas como parte de la misma.

La prueba del nueve de esta modificación ideológica de la Ley Integral está en las primeras declaraciones que hizo la entonces recién llegada ministra Ana Mato, cuando en la condena de los homicidios de dos mujeres, uno en Roquetas de Mar y otro en Marchena, ambos en diciembre de 2011, se refirió a ellos como "violencia en el entorno familiar".

Volver a esconder la violencia que sufren las mujeres en el contexto doméstico o familiar es perder la oportunidad para abordar sus causas y circunstancias, y con ellas evitar que se produzca y que los hijos e hijas la sufran.

¿Cuál va a ser la nueva propuesta del Gobierno, incluir a los abuelos y abuelas que convivan en el mismo domicilio, a las amistades que queden con cierta frecuencia con la mujer maltratada, a las parejas que inicien una relación con ellas…?

Si de verdad quiere proteger a los menores, a las mujeres y cualquier persona que pueda ser atacada por maltratador, lo que tiene que hacer el Gobierno es dejar de recortar en recursos y presupuestos en lugar de aumentar el número de personas diferentes que pueden ser víctimas de una violencia que va dirigida específicamente contra las mujeres. Hacerlo es como si decir que en una campaña contra la “gripe A” también se dirige contra la “hepatitis B” y pensar que por la simple referencia ya se es eficaz contra las dos, seguro que algunas medidas higiénicas pueden ser buenas para las dos enfermedades, pero el tratamiento de cada una exige medidas específicas.

En sumisión

SUMISION
Se puede vencer, dominar, oprimir, humillar… pero someter exige algo más que la acción dirigida a doblegar a otras personas más allá de su voluntad. Someter exige un doble elemento, por un lado necesita obligar a las personas sometidas a unas referencias previas, que a partir de ese momento actúan como instrumento de control; y por otro lado, someter conlleva continuidad en el tiempo.

Y ese doble componente implica que el ajuste a las referencias previas para que se mantenga en el tiempo ha de hacerse sobre quienes son presentados como “susceptibles de ser objeto de sumisión”. Si no existiera esa condición previa en la persona sometida, cuando la sumisión se lleva a cabo sobre grupos amplios de la población, el número de personas sometidas y la prolongación a lo largo de los días harían que se produjera una reacción crítica contra la sumisión, bien por parte de una sociedad que no podría contemplar impasible la injusticia de ese sometimiento, o bien por parte del propio grupo afectado, que se rebelaría antes o después.

La desigualdad histórica que aún impera en una sociedad bañada por una cultura androcéntrica, se debe a la adopción arbitraria e interesada de lo masculino como referencia universal para condicionar las manifestaciones de la realidad, y para darle sentido y significado una vez ocurridas. De este modo, la desigualdad hace que los hombres y lo de los hombres se sitúe en una posición jerárquicamente superior, y las mujeres y lo de las mujeres quede relegado a los espacios concedidos y cedidos por la cultura y los hombres. 

La estructura así construida está llena de trampas, trucos y escondites para que todo transcurra según le manual de instrucciones de la cultura, y para que cuando algo o alguien se sale del guión tenga una explicación acorde a los valores que se establecen para organizar la convivencia.  Así, por ejemplo, la cultura “normaliza” la violencia contra las mujeres bajo el argumento de que es "aceptable en algunas circunstancias", y no es una deducción hecha a partir de lo observado en el día a día, es lo que muestran los estudios sociológicos realizados en nuestro país y en la Unión Europea (Eurobarómetro), donde el 2% manifiesta que esta violencia es justificable ante determinadas circunstancias. No dice cuáles, lo cual permite que cada maltratador decida, interpretando la referencia general de la cultura aplicada a su entorno particular, qué es motivo y qué no es motivo para utilizar la violencia, y qué grado de violencia merece cada situación.

La propia estrategia construida por la cultura contempla una explicación incluso para los casos más graves, de manera que los homicidios son ampliamente justificados por la sociedad en nombre del alcohol, las drogas, los trastornos psíquicos, las enfermedades mentales, la pasión del momento o los celos de siempre. Esta justificación no llega ya a la impunidad, como ocurría hasta los 60 con la regulación penal del uxoricidio, pero hace que en lugar de actuar contra las causas se pierda el tiempo y los esfuerzos preguntándose por unas razones que en verdad no se quieren conocer.

Todo forma parte de esa desigualdad que la cultura ha presentado como “orden natural”, y que perpetúa a través de un “control social” que lleva a que las cosas sean “como tienen que ser”, y a que las mujeres asuman como parte de su identidad las condiciones que los hombres y su cultura han establecido con anterioridad. Y si no lo hacen, entonces aplican elementos activos y directos para conseguirlo.

Los ejemplos los tenemos muy cercanos. Por un lado está el libro editado por el Arzobispado de Granada, “Cásate y sé sumisa”, un libro criticado por quien cuestiona la desigualdad, pero al que la jerarquía de la iglesia no ha desautorizado, ni del que los sectores más conservadores de la sociedad han dicho nada, a pesar de ser un libro que recoge de manera explícita el papel subordinado de las mujeres a los hombres y su obligación a los roles asignados. Claro que muchos pueden entender que es una cuarta entrega de "50 sombras de Grey" para que realidad y ficción no estén tan distantes. Y por otro lado, tenemos el ejemplo de la afirmación realizada por la mujer que fue atacada con ácido por orden de su exmarido, que en el juicio declaró, “si llego a saber esto no me habría separado jamás”. Es decir, si hubiera conocido el precio de su insumisión, habría permanecido sometida a los dictados de su marido.

La situación es clara, en una época de insumisión social las mujeres siguen sometidas a los hombres y a las referencias que han normalizado a través de la cultura. Ha sido la cultura androcéntrica la que hace a las mujeres personas susceptibles de ser sometidas, y la que decide cuáles son las referencias a las que pueden quedar obligadas, para que las circunstancias y la violencia lo consigan con el silencio y la pasividad de una gran parte de la sociedad. 

Por eso el silencio y la pasividad se convierten en palabras y acciones en el posmachismo ante los avances en igualdad y en la erradicación de la violencia de género, lo cual es una demostración más de que la cultura no es casual, y que obedece a una estrategia de poder levantada sobre las referencias y privilegios de los hombres. De lo contrario, no tendría sentido que ante la corrección de una injusticia como lo es la desigualdad y del objetivo de acabar con la violencia de género, se levanten tantos argumentos críticos construidos sobre la distorsión de la realidad y su falseamiento, como lo hacen al hablar de denuncias falsas inventando los datos, o al intentar evitar que se hable y se actúe sobre la violencia contra las mujeres a partir del argumento de que hay que hablar de “todas las violencias”. 

Debemos ser insumisos contra la sumisión de la desigualdad, y para ello debemos ser críticos con la cultura histórica que ha llegado a las orillas de la actualidad, y con quienes  arrojan nuevos argumentos por el desfiladero que conduce a la igualdad para detener el avance y permanecer, aunque sea un día más, dentro de los límites de la propiedad privada que algunos hombres han escriturado a su nombre tras arrebatarle su terreno a toda la sociedad, es decir, a las mujeres y a otros hombres.

Silencio, se maltrata

SILENCIONo es que hayan vuelto a las andadas, es que sus pasos siempre avanzan por el camino de regreso a un tiempo anterior para intentar desandar el progreso de la sociedad, de ahí que el machismo haya cambiado de mensaje a lo largo del tiempo, pero manteniendo siempre su posición de poder y referencia como eje sobre el que hacer girar la convivencia y las relaciones sociales. Unos giros mucho más intensos y rápidos conforme el contexto de la relación se reduce, lo mismo que el patinador aumenta la velocidad de las vueltas sobre el hielo cuando junta sus brazos al cuerpo.

El silencio ha sido el mayor cómplice de la violencia que las mujeres han sufrido a lo largo de la historia, la invisibilidad sólo ha sido una de sus consecuencias. La violencia siempre ha existido, y los entornos de las mujeres que la sufrían lo han sabido en todo momento, pero no se ha reconocido porque se decía a las mujeres que callaran, que no denunciarán ni lo contaran, que era algo normal del matrimonio, que en el fondo sus maridos las querían mucho, pero que el amor a veces se equivoca de camino y en lugar de en los besos termina en golpes, que por eso hace llorar quien bien quiere… Que era el alcohol, las drogas o los celos quienes maltrataban, que esta vida era de lágrimas, pero en la otra dios dirá…

El silencio ha escrito las páginas de la violencia de género, nunca tantas palabras calladas dijeron tanto, ni nunca el aire fue tan opaco e impenetrable. Cada palabra abría una vía de esperanza, pero luego llegaban los silenciadores que las apagaban para ocultarlas entre las sombras del hogar, de manera que nadie pudiera ver lo que todo el mundo sabía. De este modo silencio e invisibilidad formaron la sociedad anónima que hoy tenemos, productora infatigable de violencia de género y discriminación a partir de la materia prima de la desigualdad.

La cultura ha creado ese juego de luces y espejos para ocultar a las mujeres tras sus roles, y para mostrar su mundo a través del filtro del significado que la sociedad da a cada acontecimiento de su realidad. Esa es la razón por la que las tareas domésticas no han sido valoradas como trabajo, ni las capacidades de las mujeres admitidas como bienes comunes para la sociedad, y por ello tampoco los golpes dados por sus parejas han sido considerados como violencia… Todo ello forma parte de la normalidad que la cultura ha creado para ese escenario doméstico en el que las mujeres se desenvuelven bajo la supervisión y el control de un hombre. De ahí ese mensaje tan divino para los hombres que se lanza desde la Iglesia: "cásate y sé sumisa", o lo que es lo mismo, "cásate y somete", en versión original masculina. De este modo, ellas se ganan el cielo y ellos la Tierra, porque el mejor paraíso siempre ha sido el terrenal.

La situación está tan normalizada que los estudios sociológicos sobre la realidad de la violencia de género realizados desde el Ministerio de Igualdad, reflejan que la mayoría de las mujeres que sufren esta violencia no denuncia (78%). Los motivos principales para no hacerlo, según lo entiende la propia sociedad, son el miedo (el 61% así lo cree) y la vergüenza (19%). Podrían sacarse muchas conclusiones, pero ¿qué clase de sociedad tenemos para además de dar cabida a la violencia de género, hacer que las mujeres que la sufren callen por miedo y por vergüenza?

Las palabras están presentes en la violencia de género, es la respuesta de las mujeres cuando se les pregunta si acudirían a alguien tras sufrir estas agresiones: el 49% se lo diría a un familiar y el 8% a una amiga. Por lo tanto, hay palabras, también signos producidos por los golpes, y muchas evidencias que revelan el maltrato, sin embargo permanece invisible debido al efecto de quien impone el silencio para que los trapos sucios manchados con la sangre de las mujeres maltratadas se laven en casa.

Esa ha sido su táctica a lo largo de la historia, ocultar la realidad de la violencia de género para presentar lo invisible como inexistente.

La estrategia se completa cuando luego se justifican aquellos casos de violencia que por sus características o circunstancias traspasan la barrera del silencio y llegan a los ojos de la gente. Entonces es el alcohol, las drogas o los trastornos mentales lo que causan la violencia, cuando no es la propia mujer la responsable. Es lo que afirma el 34% de la sociedad al considerar que las mujeres que son maltratadas frecuentemente son culpables por no dejar la relación; para esa gente nada importa el silencio impuesto, la complicidad callada de los entornos, el miedo que genera el violento, el daño emocional que acompaña a los golpes, la distancia a la que se ve la sociedad cuando se vive en una isla hundida…

Por eso el machismo quiere el silencio a gritos y el posmachismo lo reivindica, de hecho, el acontecimiento que revolucionó la actitud de la sociedad ante la violencia de género fue la respuesta al asesinato de Ana Orantes. Una respuesta que abrió las primeras grietas en el muro levantado por la cultura violenta de la desigualdad, y por las que se colaron las palabras que empezaron a iluminar las oscuras sombras de los violentos, y su idea del “todo queda en casa”.

Por eso ahora piden volver al silencio, no hay nada más que ver sus tuits y comentarios. No quieren que hablemos de desigualdad y de violencia de género. Quieren que no escribamos blogs, ni libros, ni tuits… que callemos para hacer del eco ausente la demostración de su mentira. Ellos (y ellas), en cambio, sí pueden continuar imponiendo valores, conductas y palabras a través de blogs, tuits y libros… Por eso quienes nunca se habían preocupado de la violencia de menores, hombres, ancianos… ahora hablan de ellas, no porque les importen, sino para que no se hable de violencia contra las mujeres. Quieren mantener sus privilegios y para ello necesitan la desigualdad; y la desigualdad sólo se pueden mantener por medio de la violencia.

Los mismos estudios el Ministerio de Igualdad revelan que sólo un 0’7% de la población no ha oído hablar nunca de violencia de género, es decir, el 99’3% sí sabe de esta violencia, sin embargo, la respuesta generalizada ha sido el silencio.

Para el posmachismo “el camino se hace al desandar” y la mejor palabra es la que no se dice… Así todo continúa en silencio y en el mismo lugar.

“Por mis cojones”

HOMBRES VIOLENTOS“Esa no se iba a salir con la suya… Por mis cojones que si me dejas te mato, le advertí…” Fue lo que me dijo un maltratador, ya detenido, después de haber cumplido con su palabra…

Cuando se pierde el nexo de causalidad de las cosas la sorpresa se presenta como resultado, y el resultado se interpreta como un accidente, lo cual es un error. 

Los hombres asesinan a las mujeres porque dentro de la relación crean una convivencia basada en la violencia; y crean esa violencia porque su masculinidad los lleva a entender que ellos, como hombres, deben hacerse respetar e imponer el criterio que consideran más adecuado; y piensan de ese modo por una cultura construida sobre la desigualdad que ha situado a los hombres y lo masculino como referencia universal, y a las mujeres sometidas a sus dictados y órdenes. Por lo tanto, si de verdad se quiere acabar con los homicidios y la violencia de género hay que trabajar, y mucho, para romper con esa identidad en los hombres que lleva a la violencia como forma de conseguir sus objetivos.

Para estos hombres, la violencia no sólo les ayuda a imponer su voluntad, sino que además al hacerlo de ese modo los convierte en “más hombres”, por eso asumen las consecuencias de su conducta criminal y se reivindican como hombres al entregarse de forma voluntaria (aproximadamente el 74% lo hace) o por medio del suicidio (un 17% lo comete tras el homicidio).

Los homicidios por violencia de género ya no sorprenden a nadie, seamos sinceros, sólo hay que ver el poco espacio que ocupan en la agenda política e informativa cuando se produce un caso, para entender que, tristemente, la realidad es así. Sólo cobran interés cuando la forma de llevarlo a cabo es especialmente dramática, porque se mata también a un hijo o a una hija, o porque se producen varios homicidios en pocos días. Entonces de nuevo el silencio y el murmullo de fondo se transforma en gritos que preguntan, ¿qué está pasando?, como si tuviera que pasar "algo especial” para que un hombre decida matar a “su mujer” después de llevar siglos haciéndolo. 

Por eso tampoco es casualidad que se olvide que cuando se habla de 5 mujeres asesinadas, de lo que se está hablando es de 5 hombres que asesinan a las mujeres con las que compartían una relación de pareja, y que cuando aparece una información que recoge que “700 mujeres han sido asesinadas en los últimos 10 años”, lo que en verdad dice esa noticia es que 700 hombres han asesinado a esas mujeres. La clave está en la conducta violenta de los hombres y en la cultura que los ampara antes de llegar al homicidio. El grado de “colaboración” entre la cultura y los violentos es tan estrecho, que en el mientras tanto que va de homicidio a homicidio se sigue con el ataque y cuestionamiento de las mujeres a través de mitos como el de las “denuncias falsas”, la violencia que ellas ejercen, la instrumentalización del sistema para obtener beneficios… sin que nada ocurra ni el silencio cómplice se rompa. Es  lo que hace el posmachismo falseando o inventando datos.

La sociedad está cambiando, pero los cambios no están siendo los mismos en los hombres y las mujeres. Las mujeres lideran unos cambios que rompen con ese corsé de roles y espacios que les impedía incorporarse en igualdad a la sociedad y disfrutar de libertad e independencia.  por el contrario, los hombres no cambian y permanecen en esa idea de que “su mujer” debe hacer lo que se espera de ella, es decir, ser ante todo una “buena esposa, madre y ama de casa”. Y cuando intentan imponer ese criterio y la mujer no lo acepta, recurren a un mayor grado de violencia, y cuando este aumento de la violencia también fracasa y la mujer decide no continuar con la relación, se entra en la zona de riesgo del homicidio. Y cuanto más acostumbrados estén los hombres a razonar "por mis cojones", mayor será el riesgo.

Todos estos elementos están en la raíces de la violencia de género y los homicidios, por ello hay que abordarlos desde todos los frentes, pero de manera muy directa rompiendo con esa imagen de “más hombre” que la cultura ha creado para el violento. Hay que hacerlo con concienciación, con recursos para que las mujeres puedan salir de la violencia y con educación para prevenir y evitar la construcción de esas identidades violentas… Justo lo que no se está haciendo.

El precio de la libertad de las mujeres no puede ser la muerte, ni el de la vida la sumisión.