El concebido y el aborto

UNIVERSO
No está muy claro qué es lo que pretende defender Gallardón
con su reforma de la Ley del Aborto. Se dice que es la vida del nasciturus, y con ella la vida en general, hasta el punto de que las organizaciones que lo apoyan han tomado esa idea y se auto-denominan “pro-vida”.

Pero si analizamos la situación y los planteamientos que hacen vemos que no es así.

– Si lo que se defiende es la vida depositada en el embrión a toda costa no se admitiría ningún supuesto para abortar nunca, ni violación, ni enfermedad física de la madre que pudiera ser tratada, aunque el riesgo fuera alto, ni menos aún una enfermedad psíquica, que difícilmente podría afectar a la vida de la madre, salvo que diera lugar a riesgo de suicidio, ideación suicida que sería la que exigiría un tratamiento según estas posturas, no un aborto.

– Tampoco parece que sea la vida en sí misma cuando en Irlanda una mujer nacida en India, Savita Halappanavar,  dentista de 31 años, falleció junto al hijo que esperaba por no practicarle un aborto http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/11/14/actualidad/1352919338_098702.html. Y cuando en El Salvador se estaba dispuesto a que llegado el caso, la madre una joven de 22 años llamada Beatriz y con una situación clínica grave debida al lupus que padecía, a una insuficiencia renal y a una pre-eclampsia, muriera durante el embarazo de un feto con anencefalia que no sobreviviría al nacer http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/05/30/actualidad/1369894974_531835.html.

– Y sigue sin ser la vida lo que se defiende cuando  ante casos como el de unos siameses que compartían un corazón de seis cavidades, y una situación clínica que exigía una intervención quirúrgica para que uno de ellos pudiera tener posibilidades de vivir, desde esas mismas posiciones se decía que no había que actuar, y que la solución era que murieran los dos “de forma natural” http://es.catholic.net/laicos/466/2257/articulo.php?id=4328.

– Y definitivamente no es la vida lo que protegen cuando en lugar de prevenir los embarazos no deseados, que son los que causan los abortos, no la maldad de las mujeres, y de apostar por una ley como es la actual Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo, que trabaja la educación sexual y la prevención de embarazos no deseados, y que ha disminuido un 5% el número de abortos en un año, lo que se hace es mantener las circunstancias que darán lugar a los abortos y esconder sus cifras en la clandestinidad o en el extranjero. Pero serán vidas que terminarán por la práctica de abortos, aunque no se cuenten.

Estos ejemplos nos dicen claramente que no es la vida lo que se defiende, no ya en términos de dignidad ni libertad, sino en su propio concepto biológico. Es lo que se deduce cuando las decisiones que se adoptan para “defender” la vida del no nacido, ahora llamado “concebido”, conllevan la muerte de la madre, como ocurrió en Irlanda, como se podría haber producido en El Salvador, o como se defiende ante la supervivencia de un siamés. 

Es más, todo  lo anterior nos indica que tiene más valor impedir un aborto en sí mismo que la vida de la mujer, ni siquiera se equipara la vida de la mujer con la vida del no nacido, puesto que en el caso de El Salvador la grave alteración que presentaba el feto (anencefalia) hacía que muriera al nacer, y en el caso de Irlanda el feto de 17 semanas no iba a sobrevivir, pero daba igual, lo importante era no practicar un aborto hasta el punto de que le costó la vida a Savita, una mujer hindú fallecida por la imposición de una ley basada en la moral católica. Es decir, desde esas posiciones que defienden la vida, la vida de una mujer vale menos que el embarazo de un feto “en estado terminal” que espera nacer para morir, gracias a la vida que le da la misma madre a la que terminará “matando” ese embarazo. 

La vida de las mujeres importa poco incluso después de la muerte, como ha ocurrido ahora en Texas, donde una mujer embarazada, Marlise Muñoz enfermera de 33 años que había dejado instrucciones en vida para ser desconectada en caso de necesitar de esa vida artificial, han sido despreciadas y se mantendrá en esa vida artificial por “criterio médico” hasta que el feto sea viable. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/01/08/actualidad/1389189160_967673.html 

No deja de ser paradójico que las mimas posiciones y leyes que impiden que un hombre sea padre después de fallecer utilizando su esperma donado en vida, no impidan a una mujer ser madre en contra de su voluntad y después de muerta.

Si esa misma mujer en coma no estuviera embarazada se la desconectaría sin problema. Y si estuviera consciente y necesitara un soporte mecánico que sólo pudiera prestarse en el hospital, y ella renunciara a él para morir en su hogar, podría pedir el alta hospitalaria y fallecer en paz. Nadie podría obligarla a mantenerse conectada a los aparatos, del mismo modo que un paciente puede renunciar a un tratamiento a sabiendas que al hacerlo morirá con toda seguridad.

La vida de las personas no se defiende a cualquier precio, del mismo modo que no se puede obligar a una persona histocompatible a donar un órgano o sangre de un grupo poco frecuente en una situación de urgencia, a pesar de que al no hacerlo la persona enferma morirá.

Todas estas circunstancias nos indican lo siguiente:

– Lo que se defiende no es la vida, sino algunas circunstancias que pueden afectarla.

– Se dice que se defiende la vida del embrión o del feto, pero no siempre.

– No se dice, pero se ve de forma clara que no se defiende a las mujeres en ningún caso, sino a su función de madre. Se la obliga a la maternidad violentando su voluntad para defender, no la vida como se dice, sino la muerte en nombre de algo o de alguien, como se proponía en El Salvador, como ocurrió en Irlanda, o como se aconsejaba con los siameses. 

Si el sexo sin consentimiento es una violación o una agresión sexual, ¿qué es una maternidad sin consentimiento?

¿Por qué se defiende a toda costa la vida del embrión y del feto, y no se defiende la vida en otras circunstancias, tal y como hemos visto?

Lo que se defiende e impone con esta reforma de la Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo que propone Gallardón, es una moral y unos valores que utilizan la idea de la vida del embrión y del feto como pivote para justificar todas la demás ideas, y para demonizar al resto de propuestas y posiciones que no respetan esa idea básica y esencial de la vida que se impone. Esa es la estrategia.

Por eso no es casualidad que se refieran a esa vida del no nacido como “concebido”, ni que  los valores, ideas y creencias que se pretenden defender se hagan a través de negarle a las mujeres que decidan libremente.

Concebir, según el Diccionario de la RAE es:  CONCEBIDO-DRAE

  1. Quedar preñada una hembra.
  2. Formar idea, hacer concepto de una cosa.
  3. Comprender, encontrar justificación a los actos o sentimientos de alguien.
  4. Comenzar a sentir alguna pasión o afecto.

Por lo tanto, el “concebido” de la reforma de Gallardón se supone que es “la idea sobre la preñez de una hembra (entendemos que mujer) que justifica los valores y creencias de quienes defienden esa idea, y hace sentir pasiones entre el grupo  que la comparte”…. Como pueden ver, no es la vida lo que se defiende. 

Y la clave para entenderlo, aunque con matices, desde los más terrenales a los más trascendentales, es sencilla, al menos  en el planteamiento que hacen tradicionalmente sobre el origen de la vida y el papel de las mujeres.

La religión ha establecido que la vida se crea por obra de Dios y que le pertenece a Él. La biología sólo es el instrumento que utiliza Dios para crear la vida, por eso hay miles de relaciones sexuales sin que haya embarazo. Para estas posiciones esa realidad es el ejemplo de que el origen de la vida no es una cuestión biológica y necesita una especie de chispa que la haga prender, la cual escapa a la condición humana para situarse en la divinidad. Y por esa misma razón, para estas ideologías, no se pueden poner obstáculos a dicha acción sobrenatural utilizando preservativos u otros medios anticonceptivos, puesto que con ello estaríamos limitando la decisión divina para crear la vida, aunque al impedir el uso del preservativo mueran millones de personas por SIDA u otras enfermedades… Pero ya no sería obra de Dios, sino de la maldad humana y su asociación con el sexo.

El embrión es mucho más que una vida y que una persona en potencia. Para la religión el embrión es la obra directa de Dios antes de que la condición humana pueda decir o hacer nada desde su libre albedrío. La vida humana para la religión es una especie de “recreo” del cual ha de rendir cuentas ante Dios, pero antes del inicio de ese espacio propio, lo mismo que cuando finaliza con la muerte, sólo la referencia de Dios tiene validez. Y por dicha razón la religión ha de velar para que en ese mientras tanto  terrenal que es la vida, las personas no se alejen demasiado de sus referencias ni se pierdan por otros caminos.

Actuar sobre el embrión o sobre el feto es hacerlo directamente sobre la obra de Dios, y los humanos deben estar sometidos a Dios, no enfrentados. Por eso las mujeres no pueden decidir, porque ellas no sólo están sometidas a Dios, sino que tienen una triple sumisión: a Dios, a la naturaleza en su maternidad, y a los hombres (recuerden el “Cásate y se sumisa”)… Y ellas deben ser para los demás antes que para sí mismas, y decidir pensando en su misión trascendental, no en su propia vida. Por eso deben ser antes que nada esposas y madres, y serlo como “Dios manda”.

Ya lo dijo Gallardón, “la maternidad libre hace a las mujeres auténticamente mujeres”… pues eso Sr. Ministro deje que las mujeres disfruten su derecho a la libertad.

Su idea es respetable, pero no exigible a toda la sociedad.

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La familia y uno más, el aborto

FAMILIA Y UNO MAS
Cuando el argumento se basa en la falacia el planteamiento defendido no suele ser cierto.
Es algo que no falla y que estos días, a raíz de la reforma de “Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo” para convertirla de nuevo en una “ley del aborto”, se pone de manifiesto en quienes defienden este sendero iluminado iniciado por Gallardón. 

El argumento de quienes avalan la reforma de la Ley del aborto del Gobierno del PP es sencillo, de ahí su eficacia y el sellado de poros que consigue ante cualquier otro planteamiento: Quien está en contra de esta reforma está en contra de la vida, en contra de la familia, en contra de las mujeres, en contra de los hombres, en contra de la religión, en contra de la iglesia… O lo que es lo mismo, quienes defienden que las mujeres puedan decidir sobre si continuar con un embarazo no deseado o no, están a favor de la muerte, de la destrucción de la familia, de la desnaturalización de las mujeres, de la devaluación de los hombres, de la desaparición de la religión y del desahucio de la Iglesia.

Y no es cierto.

Nadie está a favor del aborto, de lo que se está a favor es de que la mujer pueda decidir interrumpir un embarazo no deseado y evitar todas las consecuencias que nacen de él, que no sólo será un niño o una niña. Un embarazo no deseado dura toda la vida, no sólo nueve meses, y una mujer que no quiera continuar con un embarazo no puede ser condenada ni “prisionera” de su propio cuerpo, porque otros decidan que el embarazo debe continuar en nombre de unas razones que no se defienden del mismo modo cuando se refieren a la vida fuera del útero, ni en todas las circunstancias cuando está dentro de él.

Y por tanto nadie está en contra de la vida, al contrario, darle a las personas el valor de poder decidir sobre la propia vida y su trascendencia en sociedad, es valorar la vida y empezar a construir una sociedad en la que solución al aborto pase por la prevención a través de la educación en general y de la educación sexual en particular. Sin miedos ni culpas, sin condenas celestiales ni críticas terrenales. 

Negar la realidad no la resuelve, la puede ocultar, pero no solucionar. La historia de la humanidad ha venido acompañada del aborto y de su prohibición, y en cambio no se ha solucionado el problema ni se han evitado los embarazos no deseados. Basta recordar que ya en el siglo V antes de nuestra era, el Juramento Hipocrático comprometía a los nuevos médicos a no practicarlo, y que en estos 26 siglos el argumento general ha sido el mismo sin que nada se haya resuelto. Hoy,  la reforma de Gallardón nos sitúa en el mismo lugar y ante lo que es seguro será el mismo resultado: Continuarán los embarazos no deseados y los abortos.

Si la Iglesia, las religiones y los sectores conservadores de la sociedad hubieran dedicado el mismo esfuerzo que han puesto en prohibir, en culpar, en condenar, en discriminar… a concienciar, responsabilizar, liberar y convivir,  tendríamos una sociedad más rica en saber, consciente de las consecuencias de cada decisión, e igualitaria en las relaciones, lo cual haría de ella una sociedad mucho mejor. Y probablemente habría muchos menos embarazos no deseados y abortos.

Pero la decisión ha sido la contraria, y cada vez se ha ocultado más la sexualidad y se ha señalado con más ímpetu al pecado del sexo. Y cuando ha habido iniciativas para educar en convivencia y cambiar estas referencias, como lo ha sido la asignatura “Educación para la ciudadanía”, se la ha atacado como si fuera el mismo demonio, hasta el punto de decir de ella que adoctrinaba a la juventud… Todo ello no deja de resultar paradójico. Ahora resulta que hablar de igualdad, educación sexual, de prevenir la violencia de género… es considerado como adoctrinamiento, y hacer lo contrario y defender la desigualdad y sumisión de las mujeres, esconder la sexualidad tras el pecado, y no romper con los roles que llevan a la violencia, es considerado como educación. ¿Para qué tipo de ciudadanía es esa educación?, ¿para qué tipo de sociedad es esa ciudadanía? 

El domingo 29-12-13 el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, volvió a utilizar a la familia para atacar a las familias, como si su idea de familia, de amor, de respeto y de convivencia fueran las únicas. Y no deja de llamar la atención que lo hiciera hablando de una “cultura de tristeza”, cuando desde pequeñitos nos enseñaban en religión que la “vida es un valle de lágrimas” y que “nacemos para morir”, y recurriendo al argumento de la  “transitoriedad”, cuando nos explicaban que el sentido de esta vida estaba en la “otra vida”, y que en este vivir sólo vamos de paso. 

Entiendo que defienda y refuerce con esas ideas su concepto de “familia cristiana”, lo cual es muy respetable, pero me sorprende que desde la religión se intente imponer, no presentar y llamar a él, sino imponer su modelo de familia, de vida,  de muerte… o de lo que sea. ¿Dónde está el prójimo al que tanto se refiere?, ¿dónde la libertad?

Hace unos días Manuel Lucas escribió un artículo de opinión en “elalmeria.es” (http://www.elalmeria.es/article/opinion/1674903/regresaremos/futuro.html), y nos decía que cuando estaba de médico en Beas de Segura (Jaén), allá por los 70, una familia del pueblo perteneciente al Opus Dei fue a su consulta para pedirle que firmara un manifiesto en contra del aborto. Él se negó y sufrió la crítica y el desprecio dentro y fuera del centro de salud. Tiempo después el mismo matrimonio acudió de nuevo a la consulta para pedirle información sobre clínicas en Londres donde pudiera abortar su hija… 

El problema del aborto está ahí  como lo ha estado siempre. Con la actual “Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo”, que sí aborda el tema de educación sexual y de la prevención de los embarazos no deseados, en el último año descendió un 5% el número de abortos . El resultado es claro: La solución al problema pasa por la educación y la prevención que hagamos en los próximos años, no con la prohibición  que se lleve a cabo durante los próximos siglos.

El arzobispo tiene razón

ARZOBISPO
El Arzobispo de Granada considera que no hay mejor inversión en estos tiempos de crisis que editar un libro titulado “Cásate y sé sumisa”. Da la sensación de  que el papel de la mujer es la pasividad y la sumisión. Pasiva frente a la vida, y sumisa ante un marido que tiene que velar por su imperfección imponiéndole sus dictados.

El arzobispo relaciona directamente la violencia de género con esa rebelión femenina que se ha producido en la sociedad y, sobre todo, dentro de las relaciones de pareja. Si las mujeres hicieran lo que tradicionalmente se las ha dicho que hagan, es decir, ser “esposas, madres y amas de casa” a la sombra de sus maridos protectores y proveedores, no sufrirían una violencia que tiene como principal objetivo corregir lo que los hombres consideran que está mal en su comportamiento, y controlarlas en sus desvaríos. 

La solución que plantea el arzobispo ante esa deriva es sencilla: volver al redil de la tranquilidad, y lo hace con ese consejo literario que incluye dos fases para que ninguna mujer se pierda en el camino.

La primera fase es el matrimonio, un matrimonio, por supuesto religioso, que si estas cosas no se hacen como Dios manda y siguiendo las instrucciones dadas en los cursillos prematrimoniales, no sirven de nada. 

La segunda fase surge ante la posibilidad de que se produzca alguna desorientación conforme el tiempo pasa y se aleja el día nupcial. Ante ello, el propio arzobispado a través del libro, se adelanta a posibles situaciones no deseadas y deja a las mujeres sin elección bajo el mandato de: “sé sumisa”. 

Lo que no han explicado, ni el arzobispado ni el libro, es la tercera y la cuarta fase de todo este entramado. Son fases que habitualmente aparecen con la sorpresa del accidente, pero que, por desgracia, la realidad terrenal nos muestra con demasiada frecuencia como para que nos pillen con la vista puesta en el cielo.

La tercera fase se produce cuando la segunda no surte efecto del todo, y podría dar título a otro libro,  que en este caso se titularía “Cásate y sométela”. La idea es que si la mujer no atiende a “sin razones” y se pone un poco cabezona, hay que recordarle el importante papel que la vida le ha reservado, y cómo la obediencia es una parte esencial del mismo. De este modo, el marido, agotado de trabajar todo el día fuera de casa, no tiene por qué dedicar parte de su tiempo de relax a someterla. Y es precisamente bajo esa idea de maximizar los resultados en el mínimo tiempo, cuando estos planteamientos dan entrada al uso de la violencia por parte del marido. Así, con unas cuantas palabras y unos pocos golpes, todo vuelve a ser como Dios manda y desaparecen los problemas.

Lo que sucede es que las cosas no suelen ser tan sencillas y tras esta tercera fase, en muchos hogares de “matrimonio y sumisión” se alcanza la cuarta fase. Esta fase en la cuarta dimensión del matrimonio procede directamente de los mensajes lanzados en el libro dedicado al marido, el de “Cásate y da la vida por ella”. Pero tiene trampa.

La idea de fondo que se lanza en los libros es que si la mujer es sumisa tú, marido amoroso, das la vida por ella, pero si la mujer no es sumisa y se enfrenta a ti, entonces no tienes porque dar tu vida. El cambio de posición es tan marcado que muchos de estos hombres (700 en diez años), llegan a entender que han sido sus mujeres las que han arruinado sus vidas, y deciden que en lugar de dar la vida por ellas lo que tienen que hacer es quitarle las suyas para compensar.

Ese es el drama que tenemos en nuestra sociedad.

La gravedad del mensaje del libro “Cásate y sumisa” supera las palabras y pasa a los hechos. El objetivo de la violencia de género no es dañar a la mujer, sino someterla. El daño es una forma de conseguir esa sumisión a través del aleccionamiento y de la amenaza de nuevas agresiones, de manera que sea la propia mujer la que se controle y vigile según los dictados del marido. Si el mensaje que se manda a las mujeres, ya de por sí sometidas por la desigualdad social, es el de la sumisión, quienes han de someterlas recurrirán a todos los medios para conseguirlo: al control social, a la reputación, a la crítica… y a la violencia.

La responsabilidad del arzobispo de Granada, y de la Jerarquía de la Iglesia si no hace o dice lo contrario, está directamente relacionada con las consecuencias que se derivan de una sociedad y cultura que de manera general entiende, tal y como demuestran los estudios sociológicos, que la “violencia de género es aceptable en algunas ocasiones”. Es fácil de entender que si este es el punto de partida de la sociedad, cada maltratador encontrará su ocasión y motivo para recurrir a la violencia, y el primero de ellos suele ser pensar que “su mujer no es sumisa y le lleva la contraria”.

Un matrimonio construido sobre la desigualdad y la sumisión no es el mejor escenario para romper con esas ideas y conductas. El matrimonio no es la salvación de nada ni de nadie si no se asienta sobre el amor, el respeto, la libertad y la igualdad. 

No es de extrañar que la Iglesia esté en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, si ni siquiera está a favor del matrimonio heterosexual entre personas con los mismos derechos.

Claro, si las mujeres son sumisas y hacen lo que les imponen no habrá golpes del marido ni se verán hematomas en sus rostros, bastará con la violencia y el control de esa sociedad injusta y desigual. Me recuerda lo que hace años me comentó una mujer al terminar una conferencia, “mi marido nunca me ha puesto la mano encima”, dijo. Y continuó, “claro que yo tampoco le he dado motivo”. En eso tiene razón el arzobispo.

El humo ciega los ojos

FUMATA BLANCA
No deja de ser curioso que sea el humo de una estufa el que anuncie la buena nueva de la elección del Papa, en una Iglesia acostumbrada a presentar con la luz de la llama la ventura de los acontecimientos y la presencia simbólica de la divinidad.

Quizás sea la distancia necesaria para mostrar que se trata de una decisión humana, nacida de la combustión de opiniones e intereses prendida por "la llama del Espíritu Santo". No lo sé, pero sin duda el humo que asciende por los cielos vaticanos puede cegar los ojos y ocultar dos de los elementos que caracterizan el momento: el silencio y el secretismo. Todo lo que esconde el silencio genera dudas, y todo lo que guarda el secreto levanta sospecha cuando sus consecuencias afectan a toda la sociedad.

En eso la Iglesia, con todos mis respetos, aún anda confundida y con frecuencia entra en contradicciones

Empieza por ser la “Santa Madre Iglesia”, pero quien la dirige es el “Santo Padre” en soledad, sin madre a su lado para mantener esa referencia de la figura paterna y materna que tanto se reivindica en lo terrenal. Y luego continúa con toda una liturgia dirigida a lo público, pero al mismo tiempo manteniendo en lo privado la esencia de sus decisiones y posicionamientos.

No se puede ser Iglesia sin la participación de las mujeres en igualdad con los hombres. Estamos en el siglo XXI, no en el I, y por mas explicaciones que se den, y por más interpretaciones que se hagan sobre el papel dado a las mujeres dentro de la Iglesia, si no es en igualdad con el de los hombres, se trata de una decisión injusta. Y si no es justa en este mundo, dudo que pueda serlo en cualquier otro, sobre todo cuando la actitud de Jesucristo en su tiempo respecto a las mujeres y a su protagonismo fue revolucionaria.

Hoy son las mujeres las que sostienen a la Iglesia, no hay nada más que acercarse a cualquier parroquia para comprobar que la gran mayoría de las personas que asisten a las misas son mujeres, y todas las que atienden al párroco y cuidan de la parroquia son mujeres. Si su papel histórico y actual es relevante, su posición debe ser relevante.

La otra contradicción para hacer de la Iglesia una institución moderna y actual debe basarse en la participación de los fieles y creyentes en las decisiones que se adoptan. De esta manera andará más cerca de la realidad y de las cuestiones que surgen en las nuevas circunstancias sociales. Los Gobiernos democráticos nacen de la voluntad del pueblo, de la decisión de los mismos fieles que luego van a los templos con sus creencias y sus ideologías, y eso debe ser respetado más que cualquier dictadura de misa y comunión diaria. No se puede interpretar el presente con las referencias de hace veinte siglos, ni pueden valorarse las decisiones  a partir de la interpretación de mensajes ocultos como si estuviéramos en la época de los hechiceros.

Vivir atrapado en el tiempo siempre produce conflictos y consecuencias que afectan de manera directa a los fieles y creyentes en un doble sentido. Por una parte porque los condiciona a seguir sus directrices y mandatos, lo cual supone renunciar a decisiones individuales que consideran más adecuadas con tal de no faltar a la Iglesia. Y por otra, porque obliga a una gran parte de esos creyentes a escenificar el ritual de la religión (misa los domingos y fiestas de guardar, confesión, comunión, bautismo de los hijos e hijas, contraer matrimonio, funerales…) sin que en la práctica sigan la doctrina en algunas de las cuestiones esenciales que se indican desde los púlpitos (uso de anticonceptivos, vivir la sexualidad al margen de la reproducción, matrimonio homosexual, interrupciones del embarazo cuando les afecta…). Todo ello genera en muchas de estas personas una frustración, incluso la vivencia religiosa de “estar en pecado”, sin que encuentren solución y alivio ni siquiera en la religión.

Desde la instituciones de la Iglesia se repite con frecuencia que “Iglesia somos todos”, habría que insistir en la idea de que “Iglesia somos todos y todas”, aunque a muchos les suene cargante y repetitivo, pero más vale insistir en lo necesario que darlo por sabido cuando todo indica que no se conoce.

El Papa Francisco tiene un gran reto por delante y mucha historia por detrás, veremos qué pesa más. Yo le deseo todo lo mejor.

El Papa bisiesto

PAPA BISIESTO
No lo sé, pero probablemente si febrero hubiera tenido 29 días la renuncia del Papa se habría materializado un día más tarde.

El año bisiesto con un día más en la ubicación actual se introdujo en el siglo XVI, para corregir las pequeñas diferencias de tiempo que se producen al tomar la traslación de la Tierra en 365 días exactos, cuando en realidad son 355 días, 6 horas y 9’2 minutos. Cada día se pierde un poco sin contabilizar, y ese poco cada cuatro años es todo un día para que febrero, ese mes niño que siempre quiso crecer como los demás, sueñe que puede hacerlo y que puede llegar a ser como el resto de sus hermanos.

Y probablemente algo así le ha ocurrido a Benedicto XVI. El Papa en su reflexión ha sufrido esos ajustes entre lo que es y lo que aparece como cierto a lo largo de su pontificado, para al final abandonarlo como ese febrero que envejece antes que el resto al no haberle dado oportunidad de crecer.

Las informaciones que han salido indican que la decisión de Benedicto XVI ha sido más obligada que decidida. Es cierto que al final nace de su voluntad, pero la voluntad de cada uno empieza en las circunstancias que lo envuelven, y la libertad para decidir se pierde conforme la persona adquiere más poder sin perder la conciencia. Sólo el inconsciente es verdaderamente poderoso, ese es el drama de nuestra cultura.

Y su tiempo ha girado como la sombra del obelisco de la plaza de San Pedro, y la sombra se ha alargado en cada giro para invadir los oscuros pasillos del Vaticano, y cada pequeño desajuste sombrío entre el cielo y la Tierra han hecho que el Papa haya acumulado motivos para hacer de su papado un periodo incompleto, un pontificado que podría haberse alargado hasta el día 29 de febrero si el año hubiera sido bisiesto, o hasta que la renuncia improrrogable de la muerte le hubiera obligado, como lo ha hecho durante siglos con sus antecesores.

No deja de resultar curioso cómo una renuncia vital puede ser más preocupante que la renuncia mortal.

La renuncia del Papa a su papado guarda otras renuncias. No sabemos a qué más ha renunciado, lo que sí es seguro es que aquello, y aquellos, que le han hecho renunciar continúan activos y presentes, y seguirán con el nuevo Papa (quizás tome el nombre de Benedicto XVII para hacer olvidar lo que ha hecho el actual, lo mismo que Juan Pablo II hizo olvidar lo ocurrido con Juan Pablo I).

Benedicto XVI nos advirtió de quienes instrumentalizan el nombre de Dios, y seguro que tampoco se refería a nadie que está en “desiertos lejanos”. La conclusión es clara, si Dios es un instrumento las creencias son una esclavitud, la cuestión entonces es, ¿quién es el amo?

Podría haber sido un 29 de febrero, pero ha sido el 28 de febrero de 2013, y el tiempo cíclico que deja horas sin contabilizar y momentos sin contar nos dirá lo que en verdad anuncia la renuncia.

 

El Papa y el sí o sí


PAPA-SI O SILa renuncia del Papa Benedicto XVI ha cogido a todos por sorpresa,
 y no hay nada como lo imprevisto para mostrar la verdadera cara de la realidad sin el maquillaje del marketing ni la voz impostada de la comunicación. Es en estas situaciones donde se ve la reacción espontánea y natural de la gente, de las instituciones, de los líderes, de los medios de comunicación… ante lo ocurrido.

“Ejemplar, coherente, generoso, responsable, heroico, firme…” todos los adjetivos se han agotado para calificar la decisión del Papa, una decisión que ha guardado durante un año, no se sabe muy bien si producto de la duda o de su seguridad. La verdad, no sé cómo tomar este aplauso generalizado a su renuncia, da la sensación de que más que valorar su decisión lo que se toma como positivo es el abandono de su papado, al menos sorprende y se echa de menos alguna recriminación o regañina, o que alguien pida su reconsideración. Pero en fin, “doctores tiene la iglesia”…

En cualquier caso, lo que uno ve es que la valoración que se habría hecho en caso de que el anuncio hubiera sido distinto no habría sido muy diferente. Y me preocupa que el carácter de la decisión no influya tanto, y que al final lo que se valore no sea su contenido, sino la persona que la toma y lo que representa.

Si Benedicto XVI en la situación actual, ya conocida, hubiera lanzado el mensaje de que su responsabilidad lo llamaba a seguir en su labor apostólica hasta la última expresión de sus fuerzas, aunque para ello tuviera que limitar su agenda y sus viajes, la respuesta de la gente que hoy alaba su renuncia sería exactamente la misma: “Ejemplar, coherente, generoso, responsable, heroico, firme…” De hecho es lo que se dijo de la actitud opuesta que siguió su antecesor Juan Pablo II.

Lo que no cabe duda es que la decisión del Papa ha sido ejemplar, para muchos por el contenido de la misma, pero para todos por actuar como el ejemplo que muestra cómo una gran parte de las personas responden ante la realidad a través del filtro de las emociones, y de su sintonía y afinidad con la persona que toma la decisión o con la institución que representa. La situación es comprensible, pero no deja de ser una trampa que a la postre se vuelve en contra de esas mismas personas que ocultan su pensamiento crítico.

La ausencia de pensamiento crítico, o la ausencia de crítica tras el pensamiento, no es buena. Uno puede pensar que es una cuestión de responsabilidad para evitar el desgaste del líder o del proyecto, o para impedir que otros ataquen a la institución con sus argumentos, pero al final el resultado es el opuesto y se traduce en un distanciamiento entre los órganos de decisión y la gente que recibe las consecuencias de esas decisiones que se toman en las alturas de la ausencia, donde lo que llega de la realidad hace que esta sea otra muy distinta. Ocurre en la religión, en la política, en la empresa, en las instituciones… en cualquier lugar donde las personas se relacionan desde posiciones jerarquizadas que, antes o después, terminan por arrastrarlas por la deriva del alejamiento, precisamente por no contar con los lazos de las palabras y de una crítica que exige proximidad para intercambiar razones y argumentos.

El resultado último es la actitud paternalista que lleva a las élites a decidir por los demás, cuando lo que viven en esa jerarquía no tiene nada que ver con lo que se vive en el barro del día a día.

La política, la iglesia, las instituciones… no pueden impedir ni apagar la crítica, y menos aún evitar a las personas que las sustentan. Y la sociedad no puede callarse ante lo que otros hacen en su nombre, pues al final lo harán con las mayúsculas del nombre propio, que nunca coinciden con nuestras iniciales, con esas ideas iniciales que llevaron al compromiso ahora traicionado o abandonado.

No deja de ser paradójico que todo esto coincida con la crítica que ha hecho la joven socialista Beatriz Talegón a la forma de hacer política desde la izquierda, y con la movilización ciudadana a través de la iniciativa legislativa popular para conseguir la dación en pago, y lograr lo que antes no ha hecho una formación que, extrañamente, se llama Partido Popular.

El sí o sí ante la jerarquía siempre es un no para quien lo pronuncia. La coherencia unas veces se escribe con “si” y otras con “no”.

El prójimo


PROJIMO-HOMEREste Gobierno “se va a condenar”.
 No es fácil entender cómo desde un Gobierno tan cercano a la Iglesia Católica pueden estar adoptando decisiones que afectan a los más necesitados y vulnerables de nuestra sociedad, entre ellas las personas mayores, las dependientes, las enfermas, especialmente las que padecen un proceso crónico, las que se encuentran desempleadas… y muchas más personas que necesitan ayuda en diferente medida.

Los que ya tenemos una edad fuimos educados bajo las referencias de la religión cristiana, y recuerdo como nos transmitían una serie de ideas y valores que por más que uno mire no encuentra en las decisiones del Gobierno. Y aunque los problemas no se resuelven con buenas intenciones y hace falta adoptar medidas concretas y de carácter técnico, lo que uno cree es que para tomar esas decisiones también es necesario una aproximación humana que sitúe a las personas en el primer plano, no al contrario.

La religión no es cosa de otro mundo, es cierto que sus objetivos se sitúan fuera de lo terrenal, allá en lo celestial, y que el criterio se presenta más como divino que como humano, pero la religión lo que hace fundamentalmente es ordenar la vida presente sobre una hipótesis de futuro sustentada en la fe, a través de unas normas de conducta y unos valores.

A lo largo de la historia las diferentes culturas, sociedades y gobiernos han estado condicionados por la religión, cada una por la suya, pero bien por influencia directa, o bien por el contraste con esa distancia laica establecida respecto a una sociedad que no lo es, la política se ve afectada, más o menos, por esa presencia invisible de la religión.

Política y religión cuentan con una serie de elementos comunes que facilitan su entendimiento. Las dos parten de un juego de promesas que siempre se resolverán en un capítulo posterior, las dos juegan con los sentimientos, unos basados en la implicación y el compromiso, otros en el miedo al otro, a lo diferente. Y las dos, cuando lo necesitan, echan mano de esos sentimientos para explicar las situaciones más duras en nombre una referencia superior: el partido, las ideas, los valores, el proyecto, el líder, las creencias, Dios, los santos… De este modo se conforma una vinculación entre religión y poder, que se muestra fundamentalmente en los gobiernos conservadores al hacer de la religión no sólo su confesión espiritual, sino el reconocimiento confeso de su estrategia política.

El problema es que estas decisiones y posiciones pueden chocar frontalmente con los valores y referencias que deben articular la convivencia en una democracia.

Para la religión las otras personas son el prójimo y el conjunto de ciudadanos los fieles, concepto que guarda cierta perversidad. La idea del prójimo esconde una pequeña trampa, por una parte se identifica como tal al igual, es decir a la persona que se encuentra en circunstancias similares, lo cual permite discriminar y crear diferencias entre los “no iguales” por las razones que se estimen oportunas. Y por otra parte, hace que las relaciones entre los prójimos y los diferentes se establezcan sobre la base de la compasión y la empatía, no de los derechos.

Lo paradójico es que a pesar de que la religión católica habla de no mentir, no robar, de tratar al otro como a uno mismo, de ayudar a los demás, especialmente a los más necesitados… valores que trasladados al día a día significan más medidas, ayudas de diferente tipo, más igualdad en todos los terrenos, y más recursos para quienes lo están pasando peor, luego quienes están en el Gobierno y ejercen una política de procesión y misa de 12, con frecuencia aplican medidas totalmente contrarias a los valores que propugnan. Y los medios de comunicación que más defienden a la religión católica, a sus valores y creencias, en lugar de cuestionar esas decisiones, son los que más atacan y manipulan la información para, sobre la mentira, hacer de sus ideas verdad. 

La cosa no sólo queda en la política, y estos comportamientos son los mismos que vemos fuera en muchas personas que ejercen de beatas y místicas en apariencia, pero que luego esconden comportamientos inhumanos y abusivos en sus relaciones personales y profesionales… Para unos y para otros parece que todo queda resuelto con la escenificación de la bondad, el arrepentimiento ritual periódico y el propósito de enmienda.

Su tranquilidad parte de un razonamiento sencillo. El prójimo es el igual, lo cual significa que si todos fueran como ellos no habría problemas. O lo que es lo mismo, que quienes no piensan y creen como ellos son merecedores de las desgracias que les afectan, ya lo expresó muy gráficamente Andrea Fabra con su “¡que se jodan!”. Por eso no se sienten culpables ni tienen remordimientos de conciencia.

Además, si surge alguna duda se recurre al argumento utilitarista y se piensa que nada de esto es por fastidiar ni por conseguir más poder, sólo es la penitencia y el sacrificio que han de hacer para que los otros purifiquen sus almas, y ellos sus cuentas.

Por cierto, ¿son estas ideas las que van a enseñar en la asignatura de Religión?