PIB, Putas y Ladrones

PIB-PRETTY WOMAN
Me van a perdonar la expresión, pero ahora resulta que el PIB, o sea, el “Producto Interior Bruto”, esa referencia que nos dice cuánto valemos económicamente, está relacionado con ciertas actividades al margen de la legalidad, y no sólo con la formalidad de los contratos. Por lo que se ve, parece que el PIB se puede interpretar bajo dos referencias: como ese “Producto Interior Bruto” de la economía,  y como la “Brutalidad Interior de un País”, recogida sobre la referencia de la prostitución y determinadas formas de delincuencia que giran alrededor del tráfico de drogas, también el de personas para alimentar a la primera, y el contrabando.

Da la sensación que para algunos el “bienestar” significa “estar bien”; y qué mejor para “estar bien”, deben pensar desde esos planteamientos, que estar en los brazos de una meretriz y bajo los efectos placenteros de alguna sustancia cautivadora… Puede parecer una broma, pero el planteamiento es bastante  peligroso por su significado y por sus consecuencias. Pues bajo la idea de que “todo suma” se llega a la conclusión de que “todo vale”, y así pasamos de un “Estado del bienestar” a un “Estado de beneficencia” donde sólo pueden los que tienen, y a los que no tienen se les deriva a la caridad y a la ilegalidad, y de ese manera hacerlos más culpables.

Un país debería avergonzarse de su delincuencia y de la prostitución alimentada a través de la trata de mujeres explotadas laboral y sexualmente, no presumir de ellas. Sabíamos que las mafias internacionales y la criminalidad organizada estaban cambiando el tráfico de armas por el tráfico de drogas y personas, pero no pensábamos que se llegaría hasta este punto.

Y no sorprende que haya ocurrido cuando la crisis económica propiciada por un capitalismo depredador y agotado en su imaginación financiera, ha hecho que el negocio se vuelva sobre las propias personas para intentar arrebatarles parte de su dignidad y hacerlas así más sumisas. Hombres y mujeres han tenido que ceder en todo (en salud, educación, trabajo, dependencia, bienestar, sentimientos, tierra, tiempo, autoestima…) para continuar en la nada más fría y profunda. En ese pozo que han vuelto a cavar en la historia para ocultar el daño y los abusos, y de esa manera responsabilizar de su destino a las propias víctimas por medio de la invisibilidad y la negación; es lo que sucede con el franquismo, lo que afirman los terroristas sobre sus “objetivos”, o como responde una parte de la sociedad cuando se enfrenta a la violencia de género.

Quien tiene el poder tiene “su solución”, y parte de esa solución pasa por culpar a las propias víctimas (del franquismo, del terrorismo, de la violencia de género… o de lo que sea, basta con que la agresión parte de una posición de poder). Por eso necesitan los pozos y las fosas, porque en ellos entierran la realidad y a las personas bajo las condiciones impuestas, y porque de ellos desentierran la amenaza y los miedos de siempre; unos miedos que pasan por la jerarquía, las clases, la desigualdad, y el destino como castigo.

Y por ello la historia se repite, porque no cambia, sólo aguarda su oportunidad para reaparecer. No es casualidad que sea en épocas de crisis cuando surgen esos fantasmas que la cultura, sus ideas tradicionales y valores sempiternos, guardan en la estantería de la necesidad hasta que entienden que hacen falta de nuevo.

El ejemplo lo tenemos en lo que está ocurriendo.

Los mensajes que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida vuelven a cobrar actualidad, pero ahora suman en el PIB. Siempre hemos oído a hombres decir, “si le falta para comer a mis hijos, yo me pongo a robar”, y con ello nos enseñaban a ser hombres bajo esos valores y conductas. Pero también hemos oído la versión en femenino, que no iba de robos, precisamente… “si le falta comida a mis hijos, yo me meto a puta”, mostrando el camino de lo que una “buena mujer” debe hacer por sus hijos en caso de necesidad.

Las mujeres no deben robar ni los hombres prostituirse, entre otras cosas porque unas y otros no lo tendrían fácil. Las mujeres como ladronas se encontrarían con hombres que defenderían con fuerza y violencia lo suyo, tal y como les han enseñado; y los hombres como gigolós no tendrían tanta clientela en una cultura que juega con los espacios, los tiempos y los significados de las cosas y conductas.

Ahora vemos que el Estado no es inocente en todo esto tampoco. No lo es por promover esas conductas, ideas y decisiones, al construir y alimentar una cultura de desigualdad donde los roles de hombres y mujeres vienen condicionados por identidades construidas sobre los valores del androcentrismo, y donde los caminos están perfectamente dibujados para unos y para otras, incluso en los casos más graves de necesidad que surgen de las crisis. Y no es inocente tampoco, por ser receptor y beneficiario de esas actividades que suceden al margen de lo que debe ser la convivencia en igualdad, libertad y dignidad.

Y parece que el Estado “no lo hace mal del todo” cuando en la Memoria de la Fiscalía General de 2012, los robos con violencia e intimidación han aumentado un 14’5%, y los robos con fuerza en casas habitadas se han incrementado un 19’1%. Por su parte, las Organizaciones de Mujeres que trabajan en los entornos de la prostitución informan que hay más prostitutas, que cada vez son más jóvenes, y que cada vez hay más mujeres explotadas víctimas de trata entre ellas.

No es extraño que todo esto se traduzca en “producto interior bruto”, pues en definitiva representa la brutalidad que habita el interior de una sociedad producto de la cultura machista.

Los tramposos y su vídeo trampa (Hombres al borde de un ataque de nervios)

VIDEO-1

El vídeo podría titularse “Sexo, mentiras y cintas de video”, pero en lugar de jugar con la ficción, como ocurre con la película de Steven Soderbergh, el anuncio que recorre las redes sociales juega con la realidad para manipularla y darle un sentido diferente. Es lo que hace habitualmente el posmachismo, y por ello no es casualidad que el vídeo proceda del Reino Unido, uno de los países donde más organizado está.

El objetivo siempre es el mismo y el instrumento para alcanzarlo uno de los habituales. 

El objetivo busca desviar la atención sobre la violencia contra las mujeres, y desvincularla de los elementos culturales que dan lugar a ella a través de la desigualdad y de la figura del hombre como referencia encargada de mantener el orden que él decide, y de corregir aquello que se desvía de su criterio, incluso por medio de la violencia. Y para ello han jugado con un mensaje y unas circunstancias: el mensaje es presentar a los hombres como víctimas de las mujeres, y el contexto es un escenario público donde la pasividad y las sonrisas de la gente ante la agresión al hombre intenta demostrar la desconsideración de la sociedad ante esta violencia que sufren los hombres. La intención es clara, procurar romper con la idea de que la sociedad calla ante la violencia contra las mujeres, y afirmar que es justo al contrario, que su silencio es cómplice con la violencia que sufren los hombres por parte de las mujeres.

Todo ello se refuerza al final con un dato contundente obtenido, según el propio anuncio, del Office of National Statistics: el 40% de la violencia doméstica la sufren los hombres.

Todo muy objetivo en apariencia, sin embargo, está cargado de trucos y trampas para, una vez más, generar la confusión que necesita el posmachismo con vistas a que todo continúe como siempre, es decir, bajo las referencias de la desigualdad y con los privilegios en el lado de los hombres. No por casualidad la organización responsable de esta campaña, Mankind Initiative, tiene como uno de sus objetivos que las violencias sean consideradas y tratadas de la misma forma, sin distinción de quien la sufre, lo cual, como se puede ver, busca descontextualizar la violencia de género y todo su significado dentro de la cultura de la desigualdad, algo que, como pueden entender, beneficia a los hombres que la ejercen, no a las mujeres que la sufren. 

Mankind Initiative podía pedir recursos, ayudas de todo tipo, medios y personas para combatir la violencia que sufren los hombres, pero no tiene por qué hacerlo en contraste con la violencia de género. Además, dado su interés por la paz de los hombres, podía llevar a cabo alguna iniciativa en contra de la violencia que sufren los hombres de mano de otros hombres, que es la principal y la que más homicidios masculinos ocasiona. Pero eso parece quedar en un segundo plano, lo importante para ellos es la violencia que ejercen las mujeres.

Por eso manipula la realidad y actúa de ese modo, porque su estrategia busca borrar la palabra “género” y todo su significado con relación a la cultura androcéntrica que normaliza la desigualdad y la violencia contra las mujeres como parte de ella. Es la esencia de lo que defienden desde su organización, y clave del posmachismo. Si una organización sanitaria defendiera que se desarrollaran medidas y campañas a favor del cáncer de pulmón cuestionando las que se desarrollan contra el cáncer de colon sería muy sospechosa, por mucho que se basara en que el porcentaje del cáncer de pulmón representa el 23.2% del total.

Y como su objetivo tiene esa carga de perversidad necesita de campañas con trampa, como la que han presentado con el video en cuestión, para manipular y confundir a la sociedad. Veamos algunos elementos. VIDEO-Minuto 0-14

– Se busca un mismo escenario público para desarrollar las dos acciones, la de la agresión del hombre a la mujer y la contraria, la que lleva a cabo la mujer contra el hombre. Sin embargo, ese aparente espacio neutral se utiliza de manera diferente jugando con el montaje de la grabación para mezclar escenas, caras y actitudes de las personas presentes, así como tiempos diferentes, como si se tratara de un mismo momento lineal, cuando no es así. De hecho, si observamos la diferente intensidad de la luz del sol y de las sombras, y las distintas personas que hay en el escenario, se aprecia claramente que se tata de momentos diferentes que se presentan con continuidad temporal.  VIDEO-Minuto 0-47

– Otra cuestión es la presentación del video como una hecho global, es decir, como si todo hubiera ocurrido de manera natural y espontánea un día aislado en un momento determinado, sin explicar cuántos intentos han hecho falta y en cuántos escenarios diferentes se han grabado hasta dar con ese resultado.

– En el caso de la violencia contra la mujer, la idea que intenta mostrar el anuncio es que la sociedad responde contra la mujer atacada, pero en verdad la situación es muy diferente. No se trata de una respuesta “general” de las personas que presencian la escena, sino que son 5 mujeres, y al cabo de un rato, las únicas que defienden a la mujer agredida. Sólo al final, cuando ya está todo resuelto, se acerca un hombre. VIDEO-5 Mujeres defienden

– En el caso de la violencia contra el hombre, la pasividad de la sociedad se intenta potenciar con la sonrisa de las personas que la contemplan, que no sólo no hacen nada, sino que además el video busca mostrar que se burlan del hombre agredido. Sin embargo, ninguna de esas caras sonrientes se muestran junto a la agresión, sólo se pone la imagen de la cara con el sonido de fondo de la agresión de la mujer, algo que es fácilmente manipulable y que parece haberse hecho cuando comparamos el contraste de las sombras en los protagonistas de la violencia, que es intenso y marcado, y en las personas que se ríen, que apenas se percibe; indicando que se trata de momentos diferentes unidos por el montaje, algo que hace creer que el origen de las sonrisas está en la escena de la agresión. Lo mismo sucede con la mujer de rojo que aparece girando la cabeza, como si se dirigiera a la escena violenta y después sonríe, sin embargo la presencia de una chica sentada en la verja justo al lado de donde se produce la escena en la que la mujer agrede al hombre, revela que pasa y sonríe en un momento diferente a la agresión. Como se puede ver, todo indica que se trata de una manipulación para potenciar el odio contra las mujeres, pues son ellas las que, principalmente, se ríen del hombre atacado. VIDEO-Sonrisas

– El vídeo pretende mostrar la actitud pasiva de la gente como una respuesta exclusiva a la violencia que sufren los hombres, cuando en realidad es general a otras muchas escenas en las que se considera (con razón o sin razón) que la persona agredida tiene capacidad y recursos para defenderse. Un ejemplo, si la escena hubiera sido la misma, pero cambiando de protagonistas, con un padre agrediendo e insultando a un hijo de 17 años primero, y después el hijo agrediendo e insultando al padre, probablemente la reacción habría sido la misma. La gente habría defendido más al muchacho ante la agresión del padre, que al padre ante la agresión del hijo. Lo mismo habría ocurrido con una hija y una madre o con otras situaciones donde la relación de desigualdad condiciona la respuesta de la persona atacada. VIDEO-Mujer de rojo

– El posmachismo y Mankind Initiative ignoran que uno de los factores más importantes a la hora de utilizar la violencia y de reaccionar ante ella, tal y como demostraron los trabajos de Dibble y Strauss (1980), es la capacidad de generar amenaza y riesgo para la víctima. Dichos estudios demostraron que los hombres no se sentían amenazados ni en riesgo ante la violencia de las mujeres, incluso cuando estas portaban un arma de fuego; en cambio, las mujeres sí se sentían amenazadas por los hombres sin necesidad de que estos llevaran ningún arma o instrumento. Las simples manos de los hombres sirven para atemorizar y amenazar a las mujeres, de hecho, tal y como recoge el análisis de las sentencias de homicidios por violencia de género que realiza el CGPJ, el 33’5% de las mujeres son asesinadas por sus parejas o exparejas directamente con las manos.

Esta misma percepción de indefensión, no sólo respecto a las mujeres, también frente a otras personas que se ven como vulnerables, es la que lleva a actuar en su defensa, y por el contrario, no se actúa contra quien se percibe que tiene recursos para defenderse.

Como pueden observar, la manipulación del vídeo parece evidente y no es casual que se haga en el sentido de intentar mezclar todas las violencias para que, de ese modo, no se pueda avanzar en la prevención y abordaje de la violencia de género. Por eso la manipulación termina con el dato rotundo de la violencia que sufren los hombres: el 40% de la violencia doméstica es sufrida por los hombres, y para ello citan la fuente, concretamente el Office of National Statistics.

Pero cuando uno se va a la Web de dicha entidad y comprueba los datos, con independencia de que los porcentajes no coinciden del todo, algo en lo que no voy a entrar puesto que el anuncio no dice nada sobre cuál es el periodo de tiempo que utiliza para obtener el dato, lo que sí se aprecia es otra trampa propia del posmachismo.

Concretamente, lo que hace es mezclar todas las violencias que sufren los hombres y las mujeres en las relaciones íntimas, de manera que las mujeres sufren el 60% y los hombres el 40%, que es su mensaje, aunque callan lo del 60% de la violencia contra las mujeres. Sin embargo, la cosa tiene trampa.

Y tiene doble trampa. Por un lado, porque mientras que la mayoría de la violencia que sufren los hombres está dentro de las formas menos graves por sus características y circunstancias (intensidad, frecuencia, duración del ataque, combinación de diferentes tipos de violencia, utilización de objetos…), las mujeres sufren violencias más graves, entre ellas la violencia sexual en porcentajes mucho más altos. Y por otro lado, porque los datos del Informe del Office of National Statistics también habla de “violencia familiar”, no sólo de la pareja, y mientras que la mayoría de la violencia que sufren las mujeres  es ocasionada por hombres (fundamentalmente la pareja, pero también el padre, los hermanos u otros familiares), la que sufren los hombres dentro del contexto familiar no sólo la ocasionan las mujeres, y también es llevada a cabo por esos otros hombres (padre, hermanos y familiares). A pesar de ello, el vídeo habla de un 40% total intentando jugar para que sea interpretado como causado sólo por las mujeres.

Mankind initiative y el posmachismo están obsesionados con la violencia de género, no tanto con la violencia que sufren los hombres, por eso parecen estar al borde de un ataque de nervios ante los cambios sociales. Nunca han dicho nada ni han propuesto iniciativa alguna hasta que no se ha empezado a hablar y actuar frente a la violencia que sufren las mujeres como un problema enraizado en una construcción cultural desigual, de ahí el término “violencia de género”, y, curiosamente, salen en defensa de los hombres pidiendo que se actúe sólo contra la violencia que ejercen las mujeres, no contra la que producen otros hombres que, como hemos indicado, es la más frecuente y la más grave.

La Igualdad busca erradicar todas las violencias, pues pretende acabar con los privilegios de quienes se sienten en posiciones de poder y de quienes creen que el uso de la violencia es un instrumento más para resolver los conflictos que ellos mismos generan. Pero para alcanzar la igualdad hace falta corregir la desigualdad y sus manifestaciones, entre ellas la violencia de género, sin que ello sea incompatible con otras medidas y actuaciones dirigidas a las otras violencias y circunstancias que se traducen en discriminación. Pero tratando las circunstancias específicas de cada violencia, no mezclando medidas que no aborden las causas  y manifestaciones de cada una de ella, y que sólo sirvan como justificación política y social, no como solución.

“Violencia es violencia”, por supuesto, como “enfermedad es enfermedad”, “discriminación es discriminación”, y “abuso es abuso”, pero no es lo mismo una cirrosis que una encefalitis, ni una discriminación por las ideas que otra por el país de origen, ni un abuso laboral que un abuso sexual…  Por eso la violencia de género no es igual que la violencia que sufren los hombres, o los niños y niñas, o los ancianos, ni tampoco es lo mismo que la violencia terrorista, ni a ninguna otra, aunque en todas ellas se produzcan lesiones y homicidios. Cada una ha de ser abordada desde sus características diferenciales.

Por eso no es un error el vídeo del anuncio, Mankind Initiative y el posmachismo buscan más la confusión y que no se avance en igualdad, que la solución a la violencia que sufren los hombres, porque la desigualdad significa privilegios para los hombres. Esa es la razón de que no le guste el “género” y de que callen ante una cultura que acepta la violencia contra las mujeres, hasta el punto que, según el Eurobarómetro de 2010, el 3% de la UE considera que  la violencia contra las mujeres es “aceptable en algunas ocasiones”, y un 1% que afirma que es “aceptable en todas las circunstancias”.

Ante esa realidad el posmachismo y Mankind Initatitive no hacen ningún anuncio ni llama a la acción, tampoco pide donativos, como sí lo hace en el anuncio para lograr “sus objetivos”.

———————————————————————————————————————

Sobre las diferentes violencias: "La violencia no tiene género. El género sí tiene violencia": http://blogs.elpais.com/autopsia/2014/01/la-violencia-no-tiene-g%C3%A9nero-el-g%C3%A9nero-s%C3%AD-tiene-violencia.html

Homo sapiens, “mujer habilis” *

CAÑETE-VALENCIANO
Los “escarabajos llaman soles a sus hijos”, y los machistas llaman inteligencia a aquello que los hombres hacen… al menos es lo que se deduce de la “sabiduría popular”. La historia está llena de estas trampas que han venido a justificar lo que previamente se ha considerado como adecuado y correcto, nada es casual, por eso la repetición ha sido uno de los elementos que más definen la normalidad. 

Ya se sabe, “quien parte y reparte, se lleva la mejor parte”, y los hombres han diseñado una cultura androcéntrica en la que aquello que hacían ellos era lo importante, lo necesario, lo trascendente… lo inteligente. Lo demás lo podía hacer cualquiera, pero como no había nadie más, sólo hombres y mujeres, pues asignaron a las mujeres todas esas tareas asimiladas a base de repetición, cuyas circunstancias invariables llevaba a que se aprendieran sin mayor problema, sólo era cuestión de más o menos tiempo. 

El Homo habilis vivió hace  1’6 millones de años, pero para muchos hombres las mujeres nunca superaron ese periodo evolutivo, y hoy aparecen como el eslabón que demuestra que hubo un día en que todo el género humano pasó por esa parte de la cadena. Sus funciones no requieren inteligencia, sólo habilidad para llevarlas a cabo, por eso para ellos todo sigue como entonces.

Las declaraciones de Cañete no son una excepción; no lo son en él, que ya ha echado mano de ese tipo de argumentaciones, y no lo son en la sociedad, donde muchos hombres y mujeres siguen pensando que las mujeres no alcanzan el nivel ni la capacidad de los hombres, bien sea porque no pueden debido a “limitaciones propias de su condición”, o bien porque, aun pudiendo, sus “obligaciones” con la maternidad, el cuidado y el afecto… no deben hipotecarse para ocupar espacios que no les corresponden.

La trampa de esta cultura que toma lo masculino por universal ha buscado argumentos de todo tipo para mantener la desigualdad en el tiempo, y la biología ha sido su principal aliada al haber situado sobre ella la esencia de las funciones de hombres y mujeres. En los hombres la fuerza y la razón, en las mujeres la maternidad y las emociones, de ahí que insista tanto en todo lo relacionado con ese referente objetivo y palpable centrado en el cuerpo y en la mente de las mujeres. 

Una de las polémicas más serias en este sentido se produjo en febrero  de 2005, cuando Lawrence Summers, entonces Presidente de la Universidad de Harvard, sugirió que las diferencias entre el cerebro masculino y el femenino podían ser un factor para explicar la baja presencia de mujeres en el mundo de la ciencia. Por aquella época basó su planteamiento en el tamaño del cerebro (los hombres siempre a vueltas con el tamaño de ciertas partes anatómicas), el cual podía conducir a una inteligencia inferior. La polémica se zanjó con múltiples estudios y trabajos que demostraron que no había relación alguna ente el tamaño y la función cerebral, menos aún con la inteligencia, y que, de hecho, las funciones del cerebro masculino y femenino son muy similares.

Sin embargo, dichos estudios también demostraron la existencia de algunas diferencias estructurales, bioquímicas y funcionales entre los dos cerebros, por lo que muchos científicos se acogieron a ellas para mantener la teoría, no de la diferencia, sino de la superioridad masculina, a pesar de que la mayoría de estos estudios se hicieron con animales de laboratorio. ¿Ciencia?, no, cultura; que es la que da un significado previamente concebido.

Las diferencias en el funcionamiento cerebral son objetivas, por ejemplo, aquellas relacionadas con la respuesta emocional, con ciertas habilidades, o con algunas funciones cognitivas influidas por las hormonas sexuales, que pueden llevar, según algunos estudios, hasta conductas innatas en la selección de juguetes y juegos, así como a distintas formas en la manera de responder ante determinados estímulos. Las estructuras implicadas en algunas de estas diferentes respuestas funcionales del cerebro han sido relacionadas con la amígdala, el hipocampo, y con la liberación de serotonina, dopamina y adrenalina.

Todo ello demuestra la existencia de diferencias en el modo de percibir la realidad y de responder ante ciertos estímulos, especialmente relacionados con el estrés y las emociones, pero en ningún caso, como afirman la mayoría de los científicos, pueden servir para justificar desigualdades y, menos aún, discriminación sobre las mujeres. Por otra parte, estos trabajos  también indican que hay cerebros masculinos con conexiones similares a las del cerebro femenino, y viceversa; por lo que no se puede concluir que dichos hallazgos condicionan el comportamiento y la conducta global, y menos aún las identidades masculina y femenina.

La conclusión es justo la contraria, y lo que demuestran estas diferencias es la necesidad de contar con todos las capacidades humanas existentes para resolver los problemas que se puedan presentar en sociedad. 

Esa es la trampa principal, tomar todo aquello relacionado con las mujeres como inferior, no como diferente, y, en  consecuencia, no considerarlo en igualdad para enriquecer y mejorar a toda la sociedad y a la propia cultura que nos define.

Pero no es un error. Las consecuencias de la desigualdad para hombres y mujeres son objetivas, y mientras que los primeros viven su “superioridad intelectual”, económica, laboral, directiva, empresarial, profesional, académica… las mujeres la sufren doblemente: por tener que soportarla desde la injusticia que supone, y por no poder acceder a esos espacios en igualdad para desmontar los mitos y sus trampas. 

El ejemplo más cercano de que no se trata de un error lo tenemos en las reacciones a las declaraciones de Arias Cañete por parte de su entorno; no sólo no ha rectificado ni las ha criticado, sino que ha actuado como un coro para reforzarlas o matizarlas, pero siempre bajo su enunciado principal de la “superioridad intelectual” de los hombres sobre las mujeres.

Y es que, tal como dice otras de las referencias de la “sabiduría popular”, las cosas y las personas van “del caño al coro”, y ahora parece que lo hacen “del Cañete al corete” orquestado de voces.

 

* Tomado del capítulo: “Laberintos y neuronas. La trampa cerebral” del libro “Tu haz la comida, que yo cuelgo los cuadros” (Crítica, 2014)

Mujeres que matan

MUJERES QUE MATAN
El machismo los espera como si fuera el nuevo lanzamiento de un disco, un videojuego o alguno de los libros de Harry Potter… Hacen cola durante días ante las pantallas de sus ordenadores a la espera de que se produzca el “acontecimiento”, y cuando ocurre saltan a la calle de las palabras y a los teclados de la red, para lanzar sus gritos al viento en busca de alguna tempestad que los acoja.

Cada vez que una mujer asesina al alguien, da igual a quien sea y en las circunstancias en que ocurra el homicidio, su caso es utilizado para demostrar algo que nadie niega ni ha negado: el hecho de que las mujeres también utilizan la violencia y que pueden ser tan crueles como los hombres (http://blogs.elpais.com/autopsia/2013/04/mujeres-asesinas.html). En cambio, desde esas mismas posiciones posmachistas, cada vez que se produce un homicidio por violencia de género y un hombre asesina a la mujer con la que comparte o mantenía una relación de pareja, el caso es utilizado para decir que las mujeres también son violentas, que ellas también matan, que muchos hombres son víctimas, que no hay por qué centrarse en una violencia…

Es decir, ocurra lo que ocurra, el mensaje desde estas posiciones siempre es el mismo, como ha sido el mismo a lo largo de la historia: las mujeres son malas y perversas, violentas y asesinas, manipuladoras y aprovechadas… 

Estas reacciones y argumentos demuestran de manera directa que la desigualdad no es una deriva incontrolada del tiempo, y que la violencia de género no es un accidente, sino todo lo contrario. Muestran cómo forman parte de la estructura sobre la que se definen las identidades de hombres y mujeres, y cómo a partir de ellas se distribuyen los diferentes roles y funciones, se abren y cierran espacios para desarrollarlos, y se establece la normalidad. Una normalidad desigual e injusta con los hombres y lo masculino como referencia, pero que a su vez permite que todo transcurra según el guión previsto, y que las conductas que forman parte de ella tengan su encaje según el significado que esa cultura androcéntrica les da. Por eso la violencia contra las mujeres ha formado parte de la normalidad, porque estaba considerada como un mecanismo corrector en las manos y en los pies de los hombres para que “sus mujeres” hicieran lo que se esperaba de ellas como buenas “esposas, madres y amas de casa”.

Esa es la razón que llevaba a muchas mujeres a afirmar lo de “mi marido me pega lo normal”, y a que hace unos días Pedro Ruíz, el párroco de Canena, dijera que “hace 30 años los hombres pegaban, pero no mataban” (http://www.eldiario.es/andalucia/desdeelsur/hostias-cura_6_257284298.html). Es decir, el peso de la normalidad impuesta por la cultura androcéntrica hacía que las mujeres estuvieran sometidas a sus roles, y que las desviaciones fueran corregidas de manera contundente con los golpes del buen marido vigilante, pero “nada más”. En cambio, ahora, como la Igualdad, el feminismo y todos los demonios que se quieran han alterado ese orden, pues la violencia ha aumentado y los homicidios  de mujeres han aparecido, y los presentan como consecuencia de unos cambios cuando en realidad es lo contrario. Los cambios y la transformación que se ha producido en la sociedad debido, fundamentalmente, a las mujeres, al feminismo y a la Igualdad, son los que abogan por una convivencia en paz, y quienes permanecen inmóviles y buscan mantener sus privilegios y la estructura que los protege hacen lo que han hecho siempre, pero adaptando su intensidad y objetivos a las nuevas circunstancias. De ahí la situación actual.

Estos mismos hombres y mujeres del posmachismo, tan preocupados ahora por la “violencia en general”, curiosamente no tanto por la violencia de género, y tan pendientes de seguir presentando a las mujeres como malas, perversas y asesinas, nunca han dicho ni hecho nada para acabar con la violencia hasta que se ha hablado de violencia de género. Ni nunca han dicho ni hecho nada para cambiar las referencias que lleva a esa identidad masculina enraizada en la dominación, sometimiento y en una violencia que también es dirigida contra otros hombres, puesto que la mayoría de los hombres son asesinados por hombres, no por mujeres. Pero parece que esto son matices que nada importan.

Por eso mezclan todas las violencias que ejercen las mujeres (contra hijos e hijas, contra hombres, contra personas conocidas  o desconocidas… da igual a quien la dirijan, todos los casos suman en la cuenta de la maldad de las mujeres). Y por esa misma razón, hablan de circunstancias, de alcohol, de “ataque de cuernos”, de contextos, de conflictos, de provocación… cuando son los hombres los que matan, especialmente cuando asesinan a una mujer.

Lo hemos dicho y repetido innumerables veces, y volveremos a decirlo y repetirlo cada vez que sea necesario: la violencia no tiene género, pero el género sí tiene una violencia específica construida sobre esas referencias culturales que lleva a los hombres a controlar a las mujeres, y a considerarse legitimados para agredirles cuando “les llevan la contraria”, o cuando tienen que devolverlas a la senda abandonada de lo que ellos decidan que debe ser una buena mujer, esposa, madre y ama de casa (http://blogs.elpais.com/autopsia/2014/01/la-violencia-no-tiene-g%C3%A9nero-el-g%C3%A9nero-s%C3%AD-tiene-violencia.html).

Por eso, en España y en todo el mundo, se habla y se sufre la violencia de género. Y por ello, en España y en todo el mundo, hay personas (la inmensa mayoría mujeres) que trabajan a diario por la Igualdad y para erradicar la violencia de género. Es la única forma de alcanzar la paz en la sociedad. La paz no es un armisticio, sino una forma de convivir que no se puede lograr si miles de niños y niñas crecen en hogares donde sus padres maltratan a sus madres.

Intentar mezclar todas las violencias, sus diferentes circunstancias y los distintos objetivos que persiguen, es no querer solucionar ninguna de ellas y dejar que todo transcurra como hasta ahora.

Y responsabilizar a las mujeres y a quienes trabajamos por la Igualdad de la transformación que busca una convivencia pacífica en sociedad, algo que también es bueno para los hombres, revela su interés en que nada cambie, y que persistan los mitos sobre la perversidad y la maldad de las mujeres… Aunque sea con nuevas estrategias y con nuevos cuentos.

Y es que ya se lo decía su madre al lobo al salir de casa, “¡Ten cuidado con Caperucita, que es mujer, joven y roja… Seguro que es feminista!”  “¡Y, además, te puede poner una denuncia falsa!”

Cuerpos, deseo y estereotipos

CUERPOS-ESTEREOTIPOS
Hombres y mujeres no percibimos lo mismo cuando miramos a nuestro alrededor,
es cierto que la realidad viene más condicionada por lo que nos muestran de ella, que por lo que conocemos  de forma directa desde nuestro mirador y su reducido campo de visión, pero lo que se muestra forma parte de lo que previamente se piensa.  

Un ejemplo muy gráfico de esta situación ha quedado recogido en la encuesta que realizó la marca Bluebella preguntando sobre cuál sería el “cuerpo perfecto” para hombres y mujeres. A pesar de las limitaciones de la encuesta, los resultados son muy gráficos en varios sentidos, y bien merecen un ejercicio de reflexión.

En primer lugar, porque las referencias consideradas para esculpir ese cuerpo perfecto sobre su propio sexo y sobre el otro, han sido tomadas a partir de personas “mostradas” a través de los medios de comunicación y el cine, no conocidas directamente en el entorno de las personas entrevistadas, algo lógico ante el tipo de preguntas, pero muy revelador de esa realidad expuesta por la que nos movemos con más facilidad que por las aceras de nuestro día a día.

Este primer resultado indica que el reconocimiento intersubjetivo, es decir, aquel que nos hace ser y comportarnos según creemos que los demás valorarán más nuestra forma de comportarnos y ser, pesa mucho en nuestras decisiones y aspiraciones. Pero también indica que las referencias comunes están construidas sobre los estereotipos tomados como válidos en cada momento, los cuales, al referirnos al cuerpo de hombres y mujeres, actúan como un molde rígido, no tanto para los cuerpos como para la mente y las ideas que sobre esos cuerpos existen en la sociedad: El tiempo cambia los atributos, pero no las ideas asociadas al tamaño, forma y demás características de los mismos.

Así se construye el deseo, un deseo hacia los demás, para ser reconocido o reconocida, y un deseo para sí mismo que busca sentirse bien sobre esas referencias. Por eso los estereotipos no se limitan a encasillar la realidad y a las personas, sino que condicionan todo lo que ocurre alrededor de ellos, tanto en el resultado como en el significado que se les da.

Esa relación entre deseo y estereotipos que la cultura establece respecto a los cuerpos queda reflejada en los resultados de la encuesta, y en lo que mujeres y hombres desean para sí y para el otro grupo.

Las mujeres esculpen su cuerpo a partir de otras mujeres “famosas” que se mueven en un rango de edad entre los 22 y los 50 años. Y la mezcla de todos los atributos “perfectos” a partir de cada una de las referencias nos da una mujer con una media de edad de 35’8 años, cuyo trabajo tiene relación con la estética, aunque no es el condicionante principal, pues la mayoría de las referencias tomadas son de actrices y en un caso, concretamente al decidir sobre el “pelo perfecto”, se hace de la vida social y política al elegir el cabello de Catalina de Cambridge. CUERPOS-ESTEREOTIPOS-Mujeres

Esas mismas mujeres ven el “cuerpo perfecto” masculino en un hombre muy parecido a su “mujer ideal”. La edad media a partir de todos los hombres tomados como referentes es de 35’2 años, el rango de edad se mueve entre los 20 y los 51 años, y son hombres que trabajan en ámbitos donde la estética no es prioritaria, fundamentalmente como actores y deportistas.

Los hombres, por su parte, construyen su cuerpo ideal sobre el de otros hombres "conocidos" que se mueven entre los 36 y 51 años, resultando un hombre con una edad media de 41’2 años que trabaja con la estética como elemento principal.

En cambio, estos mismos hombres crean el cuerpo de su mujer perfecta a partir de mujeres mucho más jóvenes, de hecho la mujer con mayor edad tomada como referencia es más joven que el hombre de menor edad que resulta un buen modelo para ellos. Son mujeres que se mueven entre los 27 y los 34 años, la edad media de esta mujer de cuerpo perfecto es 30’1 años, y el trabajo de la mayoría de ellas es el de modelo.  CUERPOS-ESTEREOTIPOS-Hombres

No parece que sean una casualidad estos resultados, más bien al contrario. Y mientras que las mujeres ven la “perfección” del cuerpo masculino en un hombre igual a ellas, con su misma edad, el mismo tipo de ocupación, y una estética similar, proporcional y realista; los hombres entienden que la “perfección del cuerpo femenino” está en una mujer 11 años más joven, modelo de profesión y con los elementos que sexualizan su cuerpo especialmente marcados.

La cosificación de las mujeres que con tanta frecuencia ocurre en nuestra sociedad empieza por sus cuerpos y termina en sus ideas y roles, en aquellas funciones, espacios y tiempos que deben ajustarse a lo que se espera de ellas. Muchos hombres todavía ven en la mujer “perfecta” más como una acompañante que como una compañera que aborde el día a día desde la misma posición, respeto, criterio y autonomía; de ahí que la publicidad y los mensajes que se mandan sistemáticamente incidan en esta idea de mujer objeto. De lo contrario, si no fueran exitosos esos mensajes, no se insistirían tanto en ellos, y menos aún para “vender un producto”.

Y todo ello tiene consecuencias negativas para las mujeres y para la sociedad, no se trata de una valoración cargada de “moralina”, ni una crítica a los gustos de nadie.  Uno de los elementos claves para que un agresor pueda construir una relación basada en la violencia de género, es decir, en una violencia caracterizada por el control y el sometimiento constante con agresiones puntuales más o menos frecuentes y de mayor o menor intensidad, es conseguir lo que los anglosajones llaman “deshumanización del objeto de la violencia”, que no es otra cosa que la “cosificación” de la mujer. Para ello la mujer es atacada sistemáticamente en sus elementos de identidad y en sus fuentes de apoyo externo (familia, amistades y trabajo), y queda reducida a lo que el maltratador decida por ella en un proceso que requiere tiempo. Cuanto más cosificada esté la mujer en la sociedad y más normal se entienda esa consideración, antes y de forma más rápida se producirá la cosificación particular que cada maltratador lleva a cabo para ejercer la violencia contra su mujer de manera habitual y cotidiana.

La prevención y erradicación de la violencia de género pasa por cambiar estos estereotipos machistas que muchos utilizan para cosificar a las mujeres, para presentarlas como “portadoras del caos”, o para justificar la violencia y las violaciones en nombre de los celos, la provocación… o cualquier otra idea al uso.

Allá cada uno y cada una con sus gustos y deseos, pero da la sensación de que la “idea de perfección” de las mujeres es más realista y sus "referencias" más compartidas. Los hombres parecen seguir peleándose con el tamaño del bíceps, pechos, caderas y otros atributos anatómicos… pero queda claro que es bajo lo que ellos consideran que gusta, no porque realmente resulte atractivo. Quizás por ello se explica por qué en los estudios sociológicos que se han hecho, tanto en adultos como en adolescentes, un 14’9% de los hombres piensan que el hombre agresivo es más atractivo, idea que sólo la comparte el 4’6% de las mujeres.

Hombres y mujeres no perciben lo mismo ni se ven del mismo modo, pero mientras que la visión de las mujeres es más realista y cercana a la realidad, con sus virtudes y sus defectos, muchos hombres parece que siguen creyendo que la realidad es aquella que ellos desean; quizás por eso recurran con tanta frecuencia a la fuerza, la violencia, las guerras… para intentar adaptarla a sus deseos, o para castigarla por no ajustarse a lo que ellos quieren.

Silencio, se maltrata

SILENCIONo es que hayan vuelto a las andadas, es que sus pasos siempre avanzan por el camino de regreso a un tiempo anterior para intentar desandar el progreso de la sociedad, de ahí que el machismo haya cambiado de mensaje a lo largo del tiempo, pero manteniendo siempre su posición de poder y referencia como eje sobre el que hacer girar la convivencia y las relaciones sociales. Unos giros mucho más intensos y rápidos conforme el contexto de la relación se reduce, lo mismo que el patinador aumenta la velocidad de las vueltas sobre el hielo cuando junta sus brazos al cuerpo.

El silencio ha sido el mayor cómplice de la violencia que las mujeres han sufrido a lo largo de la historia, la invisibilidad sólo ha sido una de sus consecuencias. La violencia siempre ha existido, y los entornos de las mujeres que la sufrían lo han sabido en todo momento, pero no se ha reconocido porque se decía a las mujeres que callaran, que no denunciarán ni lo contaran, que era algo normal del matrimonio, que en el fondo sus maridos las querían mucho, pero que el amor a veces se equivoca de camino y en lugar de en los besos termina en golpes, que por eso hace llorar quien bien quiere… Que era el alcohol, las drogas o los celos quienes maltrataban, que esta vida era de lágrimas, pero en la otra dios dirá…

El silencio ha escrito las páginas de la violencia de género, nunca tantas palabras calladas dijeron tanto, ni nunca el aire fue tan opaco e impenetrable. Cada palabra abría una vía de esperanza, pero luego llegaban los silenciadores que las apagaban para ocultarlas entre las sombras del hogar, de manera que nadie pudiera ver lo que todo el mundo sabía. De este modo silencio e invisibilidad formaron la sociedad anónima que hoy tenemos, productora infatigable de violencia de género y discriminación a partir de la materia prima de la desigualdad.

La cultura ha creado ese juego de luces y espejos para ocultar a las mujeres tras sus roles, y para mostrar su mundo a través del filtro del significado que la sociedad da a cada acontecimiento de su realidad. Esa es la razón por la que las tareas domésticas no han sido valoradas como trabajo, ni las capacidades de las mujeres admitidas como bienes comunes para la sociedad, y por ello tampoco los golpes dados por sus parejas han sido considerados como violencia… Todo ello forma parte de la normalidad que la cultura ha creado para ese escenario doméstico en el que las mujeres se desenvuelven bajo la supervisión y el control de un hombre. De ahí ese mensaje tan divino para los hombres que se lanza desde la Iglesia: "cásate y sé sumisa", o lo que es lo mismo, "cásate y somete", en versión original masculina. De este modo, ellas se ganan el cielo y ellos la Tierra, porque el mejor paraíso siempre ha sido el terrenal.

La situación está tan normalizada que los estudios sociológicos sobre la realidad de la violencia de género realizados desde el Ministerio de Igualdad, reflejan que la mayoría de las mujeres que sufren esta violencia no denuncia (78%). Los motivos principales para no hacerlo, según lo entiende la propia sociedad, son el miedo (el 61% así lo cree) y la vergüenza (19%). Podrían sacarse muchas conclusiones, pero ¿qué clase de sociedad tenemos para además de dar cabida a la violencia de género, hacer que las mujeres que la sufren callen por miedo y por vergüenza?

Las palabras están presentes en la violencia de género, es la respuesta de las mujeres cuando se les pregunta si acudirían a alguien tras sufrir estas agresiones: el 49% se lo diría a un familiar y el 8% a una amiga. Por lo tanto, hay palabras, también signos producidos por los golpes, y muchas evidencias que revelan el maltrato, sin embargo permanece invisible debido al efecto de quien impone el silencio para que los trapos sucios manchados con la sangre de las mujeres maltratadas se laven en casa.

Esa ha sido su táctica a lo largo de la historia, ocultar la realidad de la violencia de género para presentar lo invisible como inexistente.

La estrategia se completa cuando luego se justifican aquellos casos de violencia que por sus características o circunstancias traspasan la barrera del silencio y llegan a los ojos de la gente. Entonces es el alcohol, las drogas o los trastornos mentales lo que causan la violencia, cuando no es la propia mujer la responsable. Es lo que afirma el 34% de la sociedad al considerar que las mujeres que son maltratadas frecuentemente son culpables por no dejar la relación; para esa gente nada importa el silencio impuesto, la complicidad callada de los entornos, el miedo que genera el violento, el daño emocional que acompaña a los golpes, la distancia a la que se ve la sociedad cuando se vive en una isla hundida…

Por eso el machismo quiere el silencio a gritos y el posmachismo lo reivindica, de hecho, el acontecimiento que revolucionó la actitud de la sociedad ante la violencia de género fue la respuesta al asesinato de Ana Orantes. Una respuesta que abrió las primeras grietas en el muro levantado por la cultura violenta de la desigualdad, y por las que se colaron las palabras que empezaron a iluminar las oscuras sombras de los violentos, y su idea del “todo queda en casa”.

Por eso ahora piden volver al silencio, no hay nada más que ver sus tuits y comentarios. No quieren que hablemos de desigualdad y de violencia de género. Quieren que no escribamos blogs, ni libros, ni tuits… que callemos para hacer del eco ausente la demostración de su mentira. Ellos (y ellas), en cambio, sí pueden continuar imponiendo valores, conductas y palabras a través de blogs, tuits y libros… Por eso quienes nunca se habían preocupado de la violencia de menores, hombres, ancianos… ahora hablan de ellas, no porque les importen, sino para que no se hable de violencia contra las mujeres. Quieren mantener sus privilegios y para ello necesitan la desigualdad; y la desigualdad sólo se pueden mantener por medio de la violencia.

Los mismos estudios el Ministerio de Igualdad revelan que sólo un 0’7% de la población no ha oído hablar nunca de violencia de género, es decir, el 99’3% sí sabe de esta violencia, sin embargo, la respuesta generalizada ha sido el silencio.

Para el posmachismo “el camino se hace al desandar” y la mejor palabra es la que no se dice… Así todo continúa en silencio y en el mismo lugar.

“Por mis cojones”

HOMBRES VIOLENTOS“Esa no se iba a salir con la suya… Por mis cojones que si me dejas te mato, le advertí…” Fue lo que me dijo un maltratador, ya detenido, después de haber cumplido con su palabra…

Cuando se pierde el nexo de causalidad de las cosas la sorpresa se presenta como resultado, y el resultado se interpreta como un accidente, lo cual es un error. 

Los hombres asesinan a las mujeres porque dentro de la relación crean una convivencia basada en la violencia; y crean esa violencia porque su masculinidad los lleva a entender que ellos, como hombres, deben hacerse respetar e imponer el criterio que consideran más adecuado; y piensan de ese modo por una cultura construida sobre la desigualdad que ha situado a los hombres y lo masculino como referencia universal, y a las mujeres sometidas a sus dictados y órdenes. Por lo tanto, si de verdad se quiere acabar con los homicidios y la violencia de género hay que trabajar, y mucho, para romper con esa identidad en los hombres que lleva a la violencia como forma de conseguir sus objetivos.

Para estos hombres, la violencia no sólo les ayuda a imponer su voluntad, sino que además al hacerlo de ese modo los convierte en “más hombres”, por eso asumen las consecuencias de su conducta criminal y se reivindican como hombres al entregarse de forma voluntaria (aproximadamente el 74% lo hace) o por medio del suicidio (un 17% lo comete tras el homicidio).

Los homicidios por violencia de género ya no sorprenden a nadie, seamos sinceros, sólo hay que ver el poco espacio que ocupan en la agenda política e informativa cuando se produce un caso, para entender que, tristemente, la realidad es así. Sólo cobran interés cuando la forma de llevarlo a cabo es especialmente dramática, porque se mata también a un hijo o a una hija, o porque se producen varios homicidios en pocos días. Entonces de nuevo el silencio y el murmullo de fondo se transforma en gritos que preguntan, ¿qué está pasando?, como si tuviera que pasar "algo especial” para que un hombre decida matar a “su mujer” después de llevar siglos haciéndolo. 

Por eso tampoco es casualidad que se olvide que cuando se habla de 5 mujeres asesinadas, de lo que se está hablando es de 5 hombres que asesinan a las mujeres con las que compartían una relación de pareja, y que cuando aparece una información que recoge que “700 mujeres han sido asesinadas en los últimos 10 años”, lo que en verdad dice esa noticia es que 700 hombres han asesinado a esas mujeres. La clave está en la conducta violenta de los hombres y en la cultura que los ampara antes de llegar al homicidio. El grado de “colaboración” entre la cultura y los violentos es tan estrecho, que en el mientras tanto que va de homicidio a homicidio se sigue con el ataque y cuestionamiento de las mujeres a través de mitos como el de las “denuncias falsas”, la violencia que ellas ejercen, la instrumentalización del sistema para obtener beneficios… sin que nada ocurra ni el silencio cómplice se rompa. Es  lo que hace el posmachismo falseando o inventando datos.

La sociedad está cambiando, pero los cambios no están siendo los mismos en los hombres y las mujeres. Las mujeres lideran unos cambios que rompen con ese corsé de roles y espacios que les impedía incorporarse en igualdad a la sociedad y disfrutar de libertad e independencia.  por el contrario, los hombres no cambian y permanecen en esa idea de que “su mujer” debe hacer lo que se espera de ella, es decir, ser ante todo una “buena esposa, madre y ama de casa”. Y cuando intentan imponer ese criterio y la mujer no lo acepta, recurren a un mayor grado de violencia, y cuando este aumento de la violencia también fracasa y la mujer decide no continuar con la relación, se entra en la zona de riesgo del homicidio. Y cuanto más acostumbrados estén los hombres a razonar "por mis cojones", mayor será el riesgo.

Todos estos elementos están en la raíces de la violencia de género y los homicidios, por ello hay que abordarlos desde todos los frentes, pero de manera muy directa rompiendo con esa imagen de “más hombre” que la cultura ha creado para el violento. Hay que hacerlo con concienciación, con recursos para que las mujeres puedan salir de la violencia y con educación para prevenir y evitar la construcción de esas identidades violentas… Justo lo que no se está haciendo.

El precio de la libertad de las mujeres no puede ser la muerte, ni el de la vida la sumisión.

Ucrania, Rusia y el “machismo de Estado”

UCRANIA-RUSIA-MACHISMO
Lo he comentado en varias ocasiones, la desigualdad es una forma de entender las relaciones dentro de la sociedad, y una manera de organizar la convivencia a partir de una estructura jerarquizada de poder en la que el poderoso utiliza su posición de superioridad para condicionar la realidad de forma favorable, e imponer sus instrumentos a la hora de resolver los conflictos que se generan. El machismo es esa estructura de poder, es la cultura de la desigualdad diseñada sobre las referencias de los hombres de cara a beneficiar a sus intereses, no sólo la actitud y condiciones impuestas en las relaciones entre hombres y mujeres.

La discriminación de las mujeres es esencial para la continuidad del modelo y sobre la que nació la percepción de que someter da poder y permite ejercerlo sin la necesidad del uso constante de la fuerza, basta la imposición y el control del propio diseño para mantener la desigualdad. Por eso para el machismo es clave mantener a las mujeres encerradas en su rol tradicional de esposas, madres y amas de casa, porque las necesitan como sustento de su modelo de familia, el cual actúa como núcleo de la sociedad, y sobre todo, porque las mujeres en igualdad desmontan los mitos, prejuicios e ideas construidas a lo largo de la historia sobre su incapacidad. Sólo hay que echar un vistazo a todo lo que se ha dicho que las mujeres no podían hacer y que ahora hacen igual que los hombres, para entender que las limitaciones y la discriminación actual sólo es la forma de mantener la desigualdad en el siglo XXI.

Un hombre no es machista en casa e igualitario en el trabajo, no está a favor de la igualdad de las mujeres en la política pero en contra de la paridad en las empresas, no entiende la resolución pacífica de conflictos en la sociedad, pero es partidario de los enfrentamientos bélicos ante los problemas con un país vecino o lejano… La posición de poder hace que los hombres impregnados por la cultura de la desigualdad, es decir, los hombres impregnados por el machismo de la cultura (y por tanto con la posibilidad de que esos valores lleguen a las mujeres que se identifiquen con ellos), entiendan que lo que no se ajusta a sus ideas y deseos es un ataque a su posición, y que el uso de la fuerza está legitimado en defensa de sus valores y pertenencias, pues como tales están por encima del resto.

Esta es la razón por la que ante un conflicto no les interesa buscar el consenso  y el diálogo en igualdad, si lo hacen no pueden utilizar sus instrumentos de poder para imponer sus criterios y se ven inseguros. Su estrategia es la contraria, avivar el conflicto al máximo porque cuanto más grave sea, más legitimados se verán para recurrir a la fuerza y a la violencia. Lo hacen los maltratadores al provocar el “conflicto” o la “discusión” que luego sirve de justificación para dar la paliza, lo hace el empresario cuando quiere someter a sus trabajadores a determinadas condiciones, lo hacen los violentos ante cualquier discusión que surja en los ambientes más insospechados (un bar, un campo de futbol…), y lo hacen los gobiernos cuando parten de una posición de poder y quieren someter a un país o al resto de la comunidad internacional. Lo hemos visto en multitud de ocasiones, y ahora lo estamos viendo en Ucrania con la reacción de Rusia.

Los análisis políticos, económicos, geoestratégicos… en clave interna y externa nos aportan multitud de datos e informaciones sobre los motivos de esta reacción rusa en términos de objetivos a corto, medio y largo plazo. Pero todos estos análisis olvidan el papel de cada uno de los hombres que toma las decisiones, y la organización de la comunidad internacional sobre el reconocimiento de las posiciones que ocupa cada país según su posición dentro de la estructura jerarquizada de poder, así como la propia recompensa que obtiene Rusia por el simple hecho de actuar de manera violenta, al margen de un resultado que nunca será negativo del todo.

El resumen gráfico de lo ocurrido nos muestra cómo el depuesto presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, utilizó su posición legal y legítima para ir más allá de lo legal y abusar de la ciudadanía de su país a favor de Rusia. Ante esta situación la sociedad respondió en la calle con múltiples protestas, lo cual hizo que desde los sectores de poder ucranios se interpretaran los sucesos como un ataque a su posición, circunstancia que llevó a aumentar la violencia sobre el pueblo. Es lo mismo que hace un maltratador, utiliza su posición de hombre, de marido, de cabeza de familia… y todo lo que la cultura le ha dicho que es y que debe hacer, para someter a la mujer y a la familia, y cuando estas le dicen basta, entonces lo toma como un ataque que intenta resolver con un aumento de la violencia. Unas veces lo consiguen, otras no y las mujeres logran salir de la relación, y otras llevan la violencia hasta el último extremo y acaban con la vida de las mujeres.

La situación de Ucrania es paralela a la de Rusia. Rusia tenía en Yanukovich un aliado para imponer sus ideas y mantener su poder en una zona cada vez más alejada de sus valores y decidida a abandonarlos del todo para arrojarse en brazos de la Unión Europea. Y cuando ha visto que Ucrania no está dispuesta a seguir sometida a sus dictados, ha recurrido al uso de la fuerza y a la amenaza de aumentarla como no se pliegue a sus imposiciones. Y para que todo el mundo vea que las amenazas van en serio, lo primero que ha hecho es quitarle Crimea, del mismo modo que muchos maltratadores amenazan a las mujeres con los hijos, cuando no los asesinan directamente, como ha sucedido en algunos casos.

Una de las estrategias de la cultura androcéntrica ha sido relegar la desigualdad a las relaciones de  hombres y mujeres, y presentar el machismo como un exceso, no como la propia desigualdad inherente a esas relaciones basadas en  la figura del hombre  como referencia. De este modo la desigualdad se invisibiliza y sólo se cuestionan determinadas manifestaciones consideradas “graves” por sus elementos cuantitativos, no por su significado, como ocurre con la violencia de género, que sólo se cuestiona cuando los golpes producen determinadas lesiones (recordemos la expresión “mi marido me pega lo normal”). Todo lo que no sea ese resultado no es violencia y si se denuncia, porque realmente lo es, se considera “denuncia falsa”. Esta estrategia de limitar la desigualdad a hombres y mujeres y luego presentarla como "lo normal", es la que permite que no se vean las claves de poder en términos de jerarquía e instrumentos utilizados para provocar y resolver conflictos a otros niveles.

Centrar el problema de la desigualdad en las relaciones “hombres-mujeres” oculta toda la estructura levantada sobre la jerarquía de determinadas ideas, valores, creencias, “razas”, países, pueblos… siempre con lo masculino en lo más alto. Pero en verdad todo obedece a la misma forma de entender la realidad y de buscar el beneficio propio desde el poder. No es casualidad que la misma persona que ordena invadir la península de Crimea mantenga una política contra la homosexualidad, el feminismo y la igualdad en general.

El poder siempre tiene algo de ilícito al haberse construido a partir de elementos que pertenecían a otras personas. Perpetuar este modelo  que busca acumular cada vez más poder, aunque no siempre sobre las mismas personas, países, ideas… sólo dará lugar a más conflictos. Pero eso es, precisamente, lo que quiere el poder, crear más conflictos para resolverlos con sus métodos impositivos y violentos en busca de nuevos beneficios.

Él tan macho y ella tan feliz

SHAKIRA-PIQUELo ha dicho Shakira de Gerard Piqué, “es tradicional y celoso. Le gusta tenerlo todo bajo control”. “Gerard no me deja hacer videos con hombres, es una persona muy conservadora”… Todo un retrato del macho controlador y la mujer feliz en su sumisión, muy propia de una cultura que dice que los “hombres de verdad” deben ser así, y que las “mujeres de bandera” deben ser controladas ante la amenaza de otros hombres de verdad merodeando por las aceras, pues en definitiva, puede pensar Piqué y tantos otros como él, es lo que le ocurrió a la anterior pareja de Shakira, el argentino Antonio de la Rúa, tras la aparición del jugador del Barcelona CF y de la Selección Española.

En el artículo de Noelia Ramírez (“Shakira y el síndrome de la famosa sumisa” http://smoda.elpais.com/articulos/shakira-y-el-sindrome-de-la-famosa-sumisa/4535) recoge otros casos de famosas con una actitud similar de entrega y sometimiento a los dictados de sus hombres, como el de Miranda Kerr y de Candace Cameron. Todo ello no es casualidad, sino el resultado de una cultura androcéntrica que define las identidades de los hombres sobre la idea de protección y posesión de las mujeres, y la de las mujeres sobre las referencias de cuidado y sumisión a los hombres, por lo que la reproducción de estos valores es entendida como la manifestación máxima del amor que debe caracterizar la relación.

Las declaraciones de Shakira coinciden con un enorgullecimiento de los valores vintage y de lo conservador como escondite. Las posiciones tradicionales de la sociedad (partidos, religiones, instituciones…) han mandado el mensaje de que los problemas que tenemos en nuestra sociedad a todos los niveles (individual, familiar, social…) son consecuencia de la deriva sin rumbo de una izquierda hedonista y caprichosa que tiene un interés  especial en acabar con las referencias tradicionales. De este modo, las propuestas para alcanzar la igualdad y erradicar la desigualdad se ven como un ataque, no como una alternativa, de ahí la beligerancia con la que se responde ante ellas.

El problema, además de la injusticia que supone una relación en la que una de las personas actúa como referencia para imponer sus ideas y decisiones sobre la otra, es que aunque se asuma este juego de roles impuesto por la cultura, no siempre se está de acuerdo ni se perciben del mismo modo determinadas situaciones que se presentan en el día a día. ¿Qué ocurre cuando el protector-dominador entiende que su sumisa mujer no corrige lo suficiente aquello que él considera inaceptable?, ¿qué sucede cuando la sometida mujer decide que la nueva exigencia es inasumible?…

No es difícil de imaginar, la misma cultura de la desigualdad cuenta con mecanismos para obligar e imponer en esas circunstancias en que la duda genera conflictos, y uno de los instrumentos más accesibles, eficaces e inmediatos es  la violencia… Es lo que dicen muchas mujeres maltratadas: “mi marido me pega lo normal, pero hoy se ha pasado”, es decir, no cuestionan el uso de la violencia, sólo la intensidad utilizada. Por ello prácticamente el 80% de las mujeres que sufren violencia de género no denuncian, incluso cuando la situación es tan grave que terminan siendo asesinadas.

Y si todo ello ocurre en mujeres famosas, independientes, con recursos de todo tipo para afrontar una situación de esas características, imagínense lo que están pasando cientos de miles de mujeres sin esas posibilidades, que del  mismo modo entienden que entre las obligaciones de sus parejas está el controlarlas y el imponerle límites de toda clase. Y piensen cuáles son las circunstancias de las mujeres más jóvenes cuando aún no han agotado las oportunidades que dan al amor romántico y a su príncipe azul-policía.

Bien, pues a pesar de todas estas circunstancias y de una normalidad cómplice con la violencia de género, todavía hay muchos jueces que en los casos de violencia de género no entienden lo de la “desigualdad estructural”, de manera que si la mujer tiene más ingresos que el hombre concluyen que no hay desigualdad. Y del mismo modo, dan más credibilidad a las palabras de las mujeres cuando retiran la denuncia (sin tener en cuenta todas las presiones que hayan podido recibir y sus propias dudas), que cuando la ponen (sin considerar todas las dificultades y miedos a la hora de hacerlo).

Y aún sorprende más cómo todavía hay tantos hombres que defiendan esa identidad con olor a “Varón Dandy”, y se sientan más hombres por desconfiar y dudar de las mujeres con quienes comparten una relación. Todo ello lo que en verdad demuestra es que a quienes protegen es a ellos mismos y la imagen que supondría que “su mujer los dejara”, máxime si es por otro hombre, y que el único amor que sienten es el “amor propio”.

¿Ustedes creen qe este planteamiento tradicional es querer a las mujeres?, ¿y creen que defender esa masculinidad significa querer a los hombres…? Yo, sinceramente, creo que no.

La violencia no tiene género. El género sí tiene violencia

GENERO - VIOLENCIAQuien no quiere cambiar una realidad ventajosa utiliza una doble estrategia de efecto exponencial, por una parte la niega y por otra la difumina… y entre lo que borra y lo que emborrona permite que la vida continúe en la zona gris y sombría del desconocimiento, para así mantener sus privilegios.

Es la forma de no posicionarse frente a una realidad concreta con la apariencia de que se está en contra de ella… Imaginen las siguientes respuestas ante las preguntas que se hacen: ¿Qué le parece la guerra de Siria?… Todas las guerras son malas. ¿Qué le parece el problema del SIDA?… Todas las enfermedades son terribles. ¿Qué le parecen las muertes por accidente de tráfico?. Todas las muertes accidentales son tristes… Sería absurdo intentar ocultar una realidad concreta, con sus causas y sus características específicas, en una generalidad con la que comparte el resultado y el marco conceptual, pero que es completamente diferente en sus circunstancias, pues aparte de esconderla no se resolvería jamás…

Pues bien, ante la situación de la violencia de género, con más de 700 mujeres asesinadas por los hombres con quienes compartían su relación en los últimos diez años, y con 600.000 casos de maltrato al año, el posmachismo responde que “todas las violencias son malas”.  Algo obvio, y lo hacen porque lo que busca es que no se haga nada contra la violencia que sufren las mujeres, y no al contrario. Pretender presentar sus ataques a las medidas dirigidas a erradicar la violencia de género como una reivindicación para que se adopten medidas contra todas las demás violencias, al tiempo de insinuar que no las hay, es una falacia. Y lo es, primero, porque para hacer algo contra otras violencias no exige dejar de hacer contra la violencia que sufren las mujeres, y segundo, porque no proponen nada, sólo que se acabe con la Ley Integral.

Ahora bien, no todo puede beneficiarse de esta estrategia del “borrar y emborronar”. Está claro que si alguien intentara negar hoy, por ejemplo, los accidentes de tráfico, los problemas de la situación económica, el envejecimiento de la población… no lo iba a tener fácil, aunque lo intentara. La “estrategia de la negación y confusión” funciona con situaciones estructurales que han formado parte de la “normalidad” histórica de la sociedad, de aquello que se entendía propio de determinadas circunstancias habituales y promovidas desde la misma organización social, y además, funciona cuando a través de esa estrategia se defienden y reivindican determinados valores, no cuando se busca reordenar u organizar de otra manera determinadas cuestiones formales.

Por eso desde las posiciones clásicas de una sociedad desigual estructurada sobre las referencias masculinas, y asignando a los hombres esa capacidad de interpretar y dar significado a la realidad, y de manera muy especial a la posición, comportamiento, conductas y actitudes de las mujeres, o lo que es lo mismo, desde la desigualdad y el machismo, cuando se habla de violencia de género lo que se pretende es buscar esa confusión esencial para que no haya reacción social ni respuesta institucional ante ella, y así permanecer en esa desigualdad que tanto bien les ha hecho a algunos hombres y tantos privilegios les ha dado a todos.

“La violencia no tiene género” dicen, y es cierto, lo hemos comentado, repetido y escrito multitud de veces (http://blogs.elpais.com/autopsia/2013/04/mujeres-asesinas.html), aunque el posmachismo no le interesa mostrar cómo desde la igualdad se rechaza y condena todo tipo de violencias. Algo muy diferente y, precisamente, lo que quieren borrar y emborronar es que “el género sí tiene violencia”. 

La construcción cultural de lo que significa ser hombre y mujer en cada contexto social, es decir, lo que se espera de cada hombre en cada lugar a través de su comportamiento y actitud, y de cada mujer en esos mismos términos, aquello por lo que los hombres son reconocidos o cuestionados como hombres y las mujeres como mujeres, que es lo que conforma el “género”, es lo que ha atribuido una serie de funciones a los hombres que llevan a decidir qué es lo correcto dentro de sus relaciones de pareja y familia, y a corregirlo cuando se desvía o no se cumple, recurriendo incluso a la violencia, es decir, a la violencia de género. Esta construcción cultural aplicada a la sociedad es la que permite decir a las mujeres que sufren la violencia aquello de “mi marido me pega lo normal”, a un arzobispo lo de “cásate y se sumisa”, al Tribunal Supremo sentenciar que “si una violación es habitual, no es violación” (http://blogs.elpais.com/etiqueta-roja/2013/05/violacion.htmlo a un grupo musical hacer una canción y un video banalizando el femicidio (http://blogs.elpais.com/autopsia/2014/01/los-tres-errores-a-propósito-de-hey-hey-hey-del-grupo-chileno-los-tres.html).

Y todo ello, en lugar de dar lugar a una revolución y a la insumisión ciudadana, lo que hace es reforzar esa normalidad construida sobre las referencias de lo que significa ser hombre y ser mujer. Es decir, la construcción de los géneros desde la visión androcéntrica de una cultura desigual basada en la imagen de los hombres.

Estas circunstancias y características son las que dan lugar la violencia que sufren las mujeres a manos de los hombres en la sociedad y dentro de las relaciones de pareja o familia, o sea, la violencia de género. No a otras violencias, y mucho menos la violencia que sufren los hombres a manos de las mujeres, ni las que padecen los niños y niñas o los ancianos a manos de hombres y  mujeres. Nadie dice “mi mujer me pega lo normal”, ni se escriben libros dirigidos a los hombres titulados “cásate y sé sumiso”. 

Al posmachismo no le interesa nada de esto, como no lo ha interesado nunca al machismo las violencias que sufrían menores, ancianos y hombres, puesto que respondían a un criterio de “ordeno y mando” impuesto desde su modelo basado en una estructura jerarquizada sobre el poder.

Nunca han propuesto nada para acabar con las otras violencias, y tampoco con la violencia que sufren los hombres,  que  es producida mayoritariamente por otros hombres, no por las mujeres. Lo único que plantean es acabar con los instrumentos e iniciativas que la sociedad española se ha dado para acabar con la violencia que sufren las mujeres, especialmente con la llamada Ley Integral contra la Violencia de Género, que recordemos fue aprobada por unanimidad en el Parlamento, lugar donde reside la soberanía popular.

A ellos les da igual, dicen que es inconstitucional, aunque el Tribunal Constitucional ha dicho que es constitucional, dicen que produce el 90% de denuncias falsas, cuando la Fiscalía General del Estado establece que representan el 0’01%, dicen que detienen a los hombres injustamente, cuando en ninguno de sus artículos habla de detenciones tras las denuncia… Y callan que el 80% de las mujeres que sufren violencia por sus parejas no denuncia, y que el 80% de las mujeres asesinadas tampoco había denunciado a pesar de que la violencia era tan grave que terminó en el homicidio de la mujer, y que el 20% de las mujeres asesinadas, a pesar de denunciar (algunas hasta 11 veces) no obtuvo una protección suficiente y también fue asesinada.

¿Ustedes creen que todo eso va contra los hombres en general, o lo hace contra los hombres violentos? ¿Ustedes creen que callar ante esta violencia, mirar para otro lado o mezclar todas las violencias para que no ser resuelva ninguna es querer a los hombres? ¿Ustedes creen que establecer medidas para que los hombres violentos no puedan someter, maltratar y poder llegar a matar a las mujeres con las que conviven, y en ocasiones a sus hijos e hijas, es odiar a los hombres?… 

Yo sinceramente creo que no. Creo que acabar con la violencia de género y con las circunstancias que llevan a los hombres a entender que su uso está justificado  es querer a los hombres y querer una sociedad donde la convivencia se base en la paz y en el respeto, o lo que es lo mismo, en la Igualdad.

Y todo ello es compatible con el resto de medidas dirigidas a cada violencia, como lo es realizar campañas contra el cáncer de pulmón y otras contra el infarto de miocardio, sin que nadie se sienta discriminado; o como lo es realizar campañas contra los accidentes de tráfico y otras contra la siniestralidad laboral….

Nadie se queja de esas iniciativas, el posmachismo, es decir, la visión camuflada del machismo, sólo se queja cuando las medidas se dirigen a las mujeres, aunque el problema les afecte a ellas. Su visión de la posición que ocupan las mujeres no sólo refleja que no les importan mucho como personas, sino que no las ven como parte de la sociedad, puesto que si se resuelve un problema grave que afecta al 50% de la sociedad, es la propia sociedad la que mejora y gana. 

Pero ellos como siempre a lo suyo, es decir, sólo a lo suyo…