PIB, Putas y Ladrones

PIB-PRETTY WOMAN
Me van a perdonar la expresión, pero ahora resulta que el PIB, o sea, el “Producto Interior Bruto”, esa referencia que nos dice cuánto valemos económicamente, está relacionado con ciertas actividades al margen de la legalidad, y no sólo con la formalidad de los contratos. Por lo que se ve, parece que el PIB se puede interpretar bajo dos referencias: como ese “Producto Interior Bruto” de la economía,  y como la “Brutalidad Interior de un País”, recogida sobre la referencia de la prostitución y determinadas formas de delincuencia que giran alrededor del tráfico de drogas, también el de personas para alimentar a la primera, y el contrabando.

Da la sensación que para algunos el “bienestar” significa “estar bien”; y qué mejor para “estar bien”, deben pensar desde esos planteamientos, que estar en los brazos de una meretriz y bajo los efectos placenteros de alguna sustancia cautivadora… Puede parecer una broma, pero el planteamiento es bastante  peligroso por su significado y por sus consecuencias. Pues bajo la idea de que “todo suma” se llega a la conclusión de que “todo vale”, y así pasamos de un “Estado del bienestar” a un “Estado de beneficencia” donde sólo pueden los que tienen, y a los que no tienen se les deriva a la caridad y a la ilegalidad, y de ese manera hacerlos más culpables.

Un país debería avergonzarse de su delincuencia y de la prostitución alimentada a través de la trata de mujeres explotadas laboral y sexualmente, no presumir de ellas. Sabíamos que las mafias internacionales y la criminalidad organizada estaban cambiando el tráfico de armas por el tráfico de drogas y personas, pero no pensábamos que se llegaría hasta este punto.

Y no sorprende que haya ocurrido cuando la crisis económica propiciada por un capitalismo depredador y agotado en su imaginación financiera, ha hecho que el negocio se vuelva sobre las propias personas para intentar arrebatarles parte de su dignidad y hacerlas así más sumisas. Hombres y mujeres han tenido que ceder en todo (en salud, educación, trabajo, dependencia, bienestar, sentimientos, tierra, tiempo, autoestima…) para continuar en la nada más fría y profunda. En ese pozo que han vuelto a cavar en la historia para ocultar el daño y los abusos, y de esa manera responsabilizar de su destino a las propias víctimas por medio de la invisibilidad y la negación; es lo que sucede con el franquismo, lo que afirman los terroristas sobre sus “objetivos”, o como responde una parte de la sociedad cuando se enfrenta a la violencia de género.

Quien tiene el poder tiene “su solución”, y parte de esa solución pasa por culpar a las propias víctimas (del franquismo, del terrorismo, de la violencia de género… o de lo que sea, basta con que la agresión parte de una posición de poder). Por eso necesitan los pozos y las fosas, porque en ellos entierran la realidad y a las personas bajo las condiciones impuestas, y porque de ellos desentierran la amenaza y los miedos de siempre; unos miedos que pasan por la jerarquía, las clases, la desigualdad, y el destino como castigo.

Y por ello la historia se repite, porque no cambia, sólo aguarda su oportunidad para reaparecer. No es casualidad que sea en épocas de crisis cuando surgen esos fantasmas que la cultura, sus ideas tradicionales y valores sempiternos, guardan en la estantería de la necesidad hasta que entienden que hacen falta de nuevo.

El ejemplo lo tenemos en lo que está ocurriendo.

Los mensajes que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida vuelven a cobrar actualidad, pero ahora suman en el PIB. Siempre hemos oído a hombres decir, “si le falta para comer a mis hijos, yo me pongo a robar”, y con ello nos enseñaban a ser hombres bajo esos valores y conductas. Pero también hemos oído la versión en femenino, que no iba de robos, precisamente… “si le falta comida a mis hijos, yo me meto a puta”, mostrando el camino de lo que una “buena mujer” debe hacer por sus hijos en caso de necesidad.

Las mujeres no deben robar ni los hombres prostituirse, entre otras cosas porque unas y otros no lo tendrían fácil. Las mujeres como ladronas se encontrarían con hombres que defenderían con fuerza y violencia lo suyo, tal y como les han enseñado; y los hombres como gigolós no tendrían tanta clientela en una cultura que juega con los espacios, los tiempos y los significados de las cosas y conductas.

Ahora vemos que el Estado no es inocente en todo esto tampoco. No lo es por promover esas conductas, ideas y decisiones, al construir y alimentar una cultura de desigualdad donde los roles de hombres y mujeres vienen condicionados por identidades construidas sobre los valores del androcentrismo, y donde los caminos están perfectamente dibujados para unos y para otras, incluso en los casos más graves de necesidad que surgen de las crisis. Y no es inocente tampoco, por ser receptor y beneficiario de esas actividades que suceden al margen de lo que debe ser la convivencia en igualdad, libertad y dignidad.

Y parece que el Estado “no lo hace mal del todo” cuando en la Memoria de la Fiscalía General de 2012, los robos con violencia e intimidación han aumentado un 14’5%, y los robos con fuerza en casas habitadas se han incrementado un 19’1%. Por su parte, las Organizaciones de Mujeres que trabajan en los entornos de la prostitución informan que hay más prostitutas, que cada vez son más jóvenes, y que cada vez hay más mujeres explotadas víctimas de trata entre ellas.

No es extraño que todo esto se traduzca en “producto interior bruto”, pues en definitiva representa la brutalidad que habita el interior de una sociedad producto de la cultura machista.

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Tú abdica, que yo me encargo de todo lo demás

REY CORAZONESComo diría el mismísimo Joaquín Sabina, “para decir con dios a los dos nos sobran los motivos” Al Rey le sobran años, compromiso, presión, viajes, soledad, familia real, mensajes televisados, altares y tribunas, silencios, desfiles y credenciales, tropas que revisar y trapos sucios que lavar… de todo ello ha tenido de sobra. Y le faltan días, abrazos, compañías sin regimientos, aceras que caminar, filas y colas que esperar, hijos e hijas en lugar de herederos, llamarle reina a su nieta en vez de princesa… De nada de eso ha tenido suficiente.

Por su parte, al pueblo le sobran tronos intermitentes, coronas descorazonadas, palacios de cristal blindado, yates a la deriva, amistades peligrosas… Y le faltan espejos para mirarse, jardines en los que meterse, Coronitas con las que brindar, papeletas que resolver, príncipes de corazones, reinas de colores… y tantas otras cosas.

Si se observa despacio, en verdad no hay tanto desencuentro entre uno y otro, entre el pueblo y su rey, al final es más una cuestión de principios que de finales inesperados y sorpresivos… Y aunque han sido casi 40 años, su reinado se puede resumir en dos frases que pronunció cuando los micrófonos miraban para otro lado, y salió el plebeyo que todo rey lleva dentro, el que con frecuencia pone la cabeza sobre la que se deposita la corona. Una de ellas fue el “hablando se entiende la gente” que le dijo a Ernest Benach como un “hasta luego”, a sabiendas de que podría ser “hasta nunca” por parte de cualquiera de los dos; y la otra fue el “por qué no te callas” a Chaves, pura majestad en una cumbre borrascosa de palabras heladas y afiladas, como el granizo de la primavera que apedrea al verano que se acerca por el camino de los días.

Quizás por eso cuando la gente ha dejado de hablar y de entenderse, y cuando los silencios son más amenazantes y gélidos que esas granizadas de palabras precipitadas por las borrascas sociales y políticas, entonces el rey ha dicho me voy…

Me voy y dejo a mi hijo a cargo del negocio, que tiene más manejo con el Whatsapp y con el Twitter, esos nuevos medios llenos de silencios con los que se entiende la gente… Quizás piense que su hijo es el príncipe azul que tanto esperaba la democracia para emanciparse de un pasado, que hasta ahora no la ha dejado salir de casa más allá de las 10 de la noche, ni acudir a determinados lugares… Quizás sólo sea eso… No lo sé, pero lo veremos.

Hasta ahí todo bien dentro de la lenta lógica de palacio, lo que no queda tan claro es el momento, ni siquiera los motivos que ha barajado su majestad. Si uno aprende algo cuando mira las decisiones políticas de trascendencia, es que nadie da “puntadas sin hilo”, y cuando el rey de la monarquía “juancarlista” decide poner fin, no a su reinado, sino al propio “juancarlismo”, hasta ahora la única garantía real, y decide comunicar su abdicación una semana después de unas elecciones europeas que han agitado al sistema y a sus instituciones, dos semanas antes de un mundial que hará olvidarnos de todo menos del árbitro del último partido, unas semanas antes de que, quizás, imputen a su hija Cristina… Cuando todo eso está por suceder, y quizás algo más, no puede ser casual que un rey abdique, así, de repente y por boca de un Presidente de Gobierno. Alguien busca más que se olviden algunas cosas en lugar de que se recuerden otras.

Por de pronto las infantas dejarán de ser parte de la familia real, con lo cual no imputarán a uno de sus miembros, la juventud crítica con la monarquía se sentirá más cerca de su rey y de su “reina del pueblo”, y Rajoy estará muy contento cuando ha declarado que “este es el mejor momento” para la abdicación.      http://politica.elpais.com/politica/2014/06/02/actualidad/1401702157_721435.html

No creo en la sorpresa primaveral de una decisión tomada en enero, según ha declarado el propio rey, y tampoco pienso que se haya hecho por generosidad. Todo forma parte de unas circunstancias que no nos han explicado y que debemos conocer antes de que se dé nada por supuesto. La situación es extraña, quizás por ello se empeñan en explicar al mismo tiempo lo importante y lo irrelevante que es la figura del rey.

Alguien ha escrito un guión para el playback que estamos escuchando, pero no suena del todo bien, por ello deben explicarnos las causas reales de esta abdicación, y no taparlas con el boato de la coronación ni con la repetición de los goles de la selección.

El gobierno, la violencia de género y los menores

MENORES-ACTUALa violencia de género no va dirigida contra los niños y las niñas, aunque la violencia de género afecta de manera directa a los niños y niñas que viven en el ambiente donde al agresor ejerce la violencia de manera sistemática contra la mujer.

Puede parecer una contradicción, pero no lo es, lo mismo que no es contradictorio afirmar que una cirrosis hepática produce alteraciones cardiacas como consecuencia de la hipertensión portal que origina, sin que se pueda decir que los problemas del corazón son una hepatopatía. El corazón sigue siendo el corazón, eso sí, afectado por la enfermedad hepática, y el hígado continúa siendo el hígado.

La reforma de la Ley Integral que ha propuesto el Gobierno a iniciativa de la ministra Ana Mato, viene cargada de intencionalidad ideológica y no aporta ningún elemento que mejore la protección de los niños y niñas que sufren los efectos de la violencia de género, ni tampoco la atención que requieren. Si el Gobierno pretende mejorar su protección y asistencia, lo que tiene que hacer es desarrollar los recursos que ya se contemplan, dar presupuesto y adoptar medidas para que por parte de las diferentes instituciones implicadas se adopten las actuaciones necesarias.

Analicemos la situación y su significado.

Las niñas y niños están protegidos e incluidos en la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, tal y como se puede comprobar en la redacción del articulado actual. De hecho, durante el Gobierno anterior se adoptaron multitud de medidas para proteger y atender a estos menores víctimas de la violencia de género, entre otras, el reparto del Fondo de Asistencia Integral entre las diferentes Comunidades Autónomas tomando en consideración la población de menores con el objeto de que se desarrollaran medidas dirigidas a esos niños y niñas. Lo cual demuestra que la Ley Integral no sólo permite proteger y atender a los menores, sino que además, cuando hay voluntad política, facilita que se haga.

La actitud del Gobierno al modificar el artículo 1 de la Ley Integral e incluir a los menores como víctimas tiene otro sentido. En primer lugar, supone un desconocimiento preocupante de la Violencia de Género por parte de quien debe de adoptar las políticas para erradicarla, lo cual hace dudar de que las iniciativas se dirijan adecuadamente.

La violencia de género es la que se ejerce contra las mujeres cono consecuencia de las referencias socio-culturales que llevan a los hombres a entender que es una forma aceptable para controlar y dominar a las mujeres, y de resolver los conflictos que se presenten en ese tipo de relación. Es una violencia contra las mujeres que podrá afectar a otras personas que convivan con ella o que no estén viviendo en el mismo hogar que la mujer a quien dirige la violencia el agresor, dependerá de la decisión e intencionalidad de él. Incluir en el artículo que la define a los menores es desviar la atención sobre el objeto y significado de esta violencia, y atender a una parte de las posibles consecuencias, no a todas, pues no considera a otras personas que también sufren las consecuencias de la violencia que los agresores dirigen contra las mujeres.

Bajo esa idea del Gobierno de relacionar la violencia con el escenario, ¿qué ocurre con las personas mayores que conviven en el mismo domicilio, fundamentalmente los padres o las madres de las mujeres agredidas, las cuales también sufren la violencia del maltratador?. ¿Y qué sucede entonces con otras personas que no conviven con la mujer maltratada, pero que también son foco de la violencia del agresor, como ocurre con hermanos, hermanas, amistades o, muy especialmente, con las nuevas parejas de las mujeres tras la separación?

En Degaña (Asturias) en mayo de 2011un maltratador asesinó a la pareja de su exmujer, al padre y a un hermano, e hirió de gravedad a la madre y a su exmujer (http://multimedia.laprovincia.es/videos/sociedad/20110523/hombre-mata-tres-familiares-pareja-hiere-esta-ultima-madre-22628.shtml). Todas fueron víctimas de la violencia de género, pero no porque ésta se dirija a cualquier persona, sino porque a la hora de hacer daño a la mujer, el agresor puede seguir diferentes opciones. Y aunque no es habitual que en unos mismos hechos se ataque a tantas personas, la agresión a los entornos de las mujeres maltratadas no es infrecuente, pues los agresores a la hora de hacer daño recurrirán a la estrategia que consideren más oportuna en el uso de la violencia, y a atacar a las personas que decidan. Y lo harán dentro y fuera del hogar, ya que no se trata de una violencia doméstica, sino contra la mujer.

Los niños y las niñas deben ser protegidos y asistidos atendiendo a sus circunstancias, lo cual exige un plus en ambas actuaciones, pero la violencia que sufren es parte de la violencia que el agresor dirige contra la mujer para dominarla y someterla. Establecer que la violencia de género se dirige contra las mujeres y los menores es desvirtuar sus motivaciones y objetivos y, en consecuencia, no abordar sus elementos específicos de cara a la prevención, a la atención y a la protección.

Y me preocupa esta modificación que ha hecho el Gobierno, porque no es necesaria para proteger y atender a los menores y, en cambio, sí distorsiona el significado de esta violencia que va contra las mujeres, algo que no es casualidad.

En septiembre de 2002 el Partido Popular, por entonces también en el Gobierno, rechazó la proposición de Ley Integral que presentó el PSOE, después en 2004 la apoyó al verse solo y con una situación social cada vez más grave, en parte por no haber sido abordada de manera integral. Pero poco después volvió a las andadas y empezó a reivindicar su idea de violencia doméstica o familiar en diferentes propuestas y planteamientos, hasta que en junio de 2011 el Congreso rechazó una Proposición de Ley en ese sentido presentada por la actual Secretaria de Estado de Igualdad, Susana Camarero. Nadie apoyó esta iniciativa, pues una cosa es la violencia que sufren las mujeres y otra la violencia que sufren sus hijos e hijas como parte de la misma.

La prueba del nueve de esta modificación ideológica de la Ley Integral está en las primeras declaraciones que hizo la entonces recién llegada ministra Ana Mato, cuando en la condena de los homicidios de dos mujeres, uno en Roquetas de Mar y otro en Marchena, ambos en diciembre de 2011, se refirió a ellos como "violencia en el entorno familiar".

Volver a esconder la violencia que sufren las mujeres en el contexto doméstico o familiar es perder la oportunidad para abordar sus causas y circunstancias, y con ellas evitar que se produzca y que los hijos e hijas la sufran.

¿Cuál va a ser la nueva propuesta del Gobierno, incluir a los abuelos y abuelas que convivan en el mismo domicilio, a las amistades que queden con cierta frecuencia con la mujer maltratada, a las parejas que inicien una relación con ellas…?

Si de verdad quiere proteger a los menores, a las mujeres y cualquier persona que pueda ser atacada por maltratador, lo que tiene que hacer el Gobierno es dejar de recortar en recursos y presupuestos en lugar de aumentar el número de personas diferentes que pueden ser víctimas de una violencia que va dirigida específicamente contra las mujeres. Hacerlo es como si decir que en una campaña contra la “gripe A” también se dirige contra la “hepatitis B” y pensar que por la simple referencia ya se es eficaz contra las dos, seguro que algunas medidas higiénicas pueden ser buenas para las dos enfermedades, pero el tratamiento de cada una exige medidas específicas.

En sumisión

SUMISION
Se puede vencer, dominar, oprimir, humillar… pero someter exige algo más que la acción dirigida a doblegar a otras personas más allá de su voluntad. Someter exige un doble elemento, por un lado necesita obligar a las personas sometidas a unas referencias previas, que a partir de ese momento actúan como instrumento de control; y por otro lado, someter conlleva continuidad en el tiempo.

Y ese doble componente implica que el ajuste a las referencias previas para que se mantenga en el tiempo ha de hacerse sobre quienes son presentados como “susceptibles de ser objeto de sumisión”. Si no existiera esa condición previa en la persona sometida, cuando la sumisión se lleva a cabo sobre grupos amplios de la población, el número de personas sometidas y la prolongación a lo largo de los días harían que se produjera una reacción crítica contra la sumisión, bien por parte de una sociedad que no podría contemplar impasible la injusticia de ese sometimiento, o bien por parte del propio grupo afectado, que se rebelaría antes o después.

La desigualdad histórica que aún impera en una sociedad bañada por una cultura androcéntrica, se debe a la adopción arbitraria e interesada de lo masculino como referencia universal para condicionar las manifestaciones de la realidad, y para darle sentido y significado una vez ocurridas. De este modo, la desigualdad hace que los hombres y lo de los hombres se sitúe en una posición jerárquicamente superior, y las mujeres y lo de las mujeres quede relegado a los espacios concedidos y cedidos por la cultura y los hombres. 

La estructura así construida está llena de trampas, trucos y escondites para que todo transcurra según le manual de instrucciones de la cultura, y para que cuando algo o alguien se sale del guión tenga una explicación acorde a los valores que se establecen para organizar la convivencia.  Así, por ejemplo, la cultura “normaliza” la violencia contra las mujeres bajo el argumento de que es "aceptable en algunas circunstancias", y no es una deducción hecha a partir de lo observado en el día a día, es lo que muestran los estudios sociológicos realizados en nuestro país y en la Unión Europea (Eurobarómetro), donde el 2% manifiesta que esta violencia es justificable ante determinadas circunstancias. No dice cuáles, lo cual permite que cada maltratador decida, interpretando la referencia general de la cultura aplicada a su entorno particular, qué es motivo y qué no es motivo para utilizar la violencia, y qué grado de violencia merece cada situación.

La propia estrategia construida por la cultura contempla una explicación incluso para los casos más graves, de manera que los homicidios son ampliamente justificados por la sociedad en nombre del alcohol, las drogas, los trastornos psíquicos, las enfermedades mentales, la pasión del momento o los celos de siempre. Esta justificación no llega ya a la impunidad, como ocurría hasta los 60 con la regulación penal del uxoricidio, pero hace que en lugar de actuar contra las causas se pierda el tiempo y los esfuerzos preguntándose por unas razones que en verdad no se quieren conocer.

Todo forma parte de esa desigualdad que la cultura ha presentado como “orden natural”, y que perpetúa a través de un “control social” que lleva a que las cosas sean “como tienen que ser”, y a que las mujeres asuman como parte de su identidad las condiciones que los hombres y su cultura han establecido con anterioridad. Y si no lo hacen, entonces aplican elementos activos y directos para conseguirlo.

Los ejemplos los tenemos muy cercanos. Por un lado está el libro editado por el Arzobispado de Granada, “Cásate y sé sumisa”, un libro criticado por quien cuestiona la desigualdad, pero al que la jerarquía de la iglesia no ha desautorizado, ni del que los sectores más conservadores de la sociedad han dicho nada, a pesar de ser un libro que recoge de manera explícita el papel subordinado de las mujeres a los hombres y su obligación a los roles asignados. Claro que muchos pueden entender que es una cuarta entrega de "50 sombras de Grey" para que realidad y ficción no estén tan distantes. Y por otro lado, tenemos el ejemplo de la afirmación realizada por la mujer que fue atacada con ácido por orden de su exmarido, que en el juicio declaró, “si llego a saber esto no me habría separado jamás”. Es decir, si hubiera conocido el precio de su insumisión, habría permanecido sometida a los dictados de su marido.

La situación es clara, en una época de insumisión social las mujeres siguen sometidas a los hombres y a las referencias que han normalizado a través de la cultura. Ha sido la cultura androcéntrica la que hace a las mujeres personas susceptibles de ser sometidas, y la que decide cuáles son las referencias a las que pueden quedar obligadas, para que las circunstancias y la violencia lo consigan con el silencio y la pasividad de una gran parte de la sociedad. 

Por eso el silencio y la pasividad se convierten en palabras y acciones en el posmachismo ante los avances en igualdad y en la erradicación de la violencia de género, lo cual es una demostración más de que la cultura no es casual, y que obedece a una estrategia de poder levantada sobre las referencias y privilegios de los hombres. De lo contrario, no tendría sentido que ante la corrección de una injusticia como lo es la desigualdad y del objetivo de acabar con la violencia de género, se levanten tantos argumentos críticos construidos sobre la distorsión de la realidad y su falseamiento, como lo hacen al hablar de denuncias falsas inventando los datos, o al intentar evitar que se hable y se actúe sobre la violencia contra las mujeres a partir del argumento de que hay que hablar de “todas las violencias”. 

Debemos ser insumisos contra la sumisión de la desigualdad, y para ello debemos ser críticos con la cultura histórica que ha llegado a las orillas de la actualidad, y con quienes  arrojan nuevos argumentos por el desfiladero que conduce a la igualdad para detener el avance y permanecer, aunque sea un día más, dentro de los límites de la propiedad privada que algunos hombres han escriturado a su nombre tras arrebatarle su terreno a toda la sociedad, es decir, a las mujeres y a otros hombres.

El poder, la derecha y la izquierda

PODER DERECHA E IZQUIERDA
El poder es inaccesible en sí mismo,
no se sabe muy bien quién lo tiene ni dónde está y sólo se manifiesta en determinados ámbitos que representan una parte de él. Es lo más parecido a la idea clásica de Dios, nadie lo había visto, pero todo el mundo lo había sentido en alguna ocasión y todo el mundo le temía. No por casualidad lo llamaban el “Todopoderoso” y a sus obras milagros.

Hoy el poder se ha situado a nivel terrenal, “el cielo puede esperar” y por ello las religiones han pasado a mandar mensajes para este mundo en lugar de elevar oraciones para el otro, ahora buscan más ir con el “mazo dando” que  con el “a Dios rogando”.

Pero el poder tiene muchos pretendientes, y los partidos políticos, solos o en compañía, se disputan una parte del poder para influir en la sociedad y facilitar su transformación y desarrollo en el sentido que consideran más adecuado. Y cuando lo consiguen, la forma de ejercerlo nos aporta una información muy interesante sobre las distintas maneras  de entender la realidad y los objetivos que pretenden desde cada una de las posiciones políticas.

A raíz de algunos acontecimientos ocurridos estos días pasados, resulta curioso ver cómo hay más diferencias entre el PP y el PSOE en la lucha por el poder que en la forma de ejercerlo. 

En la derecha, los principales conflictos internos se producen cuando está en el ejercicio del poder, mientras que en la izquierda los problemas se presentan cuando pierde el poder. Y estas diferencias en los tiempos en que se producen los enfrentamientos internos en la derecha y en la izquierda, muestran que el poder no se percibe ni se entiende de la misma manera.

Como decía, el PP presenta sus enfrentamientos más intensos cuando está en el gobierno: Por ejemplo, el PP de Madrid es una olla a presión con claros problemas dentro de la organización regional y con el partido a nivel nacional, situación  que se observa a diario en las manifestaciones del Presidente de la Comunidad, de la Presidenta del Partido, Esperanza Aguirre, de la alcaldesa, de algunos senadores, de Ruiz Gallardón… Por otra parte, Cospedal está a muerte con Sáenz de Santamaría, como se ha puesto de manifiesto en la designación del candidato a la Junta de Andalucía, o como ha salido en mas de una ocasión por los nombramientos de sus maridos. En Valencia continúan las luchas entre la batalla original de los seguidores de Zaplana y Camps y las cenizas de Fabra y lo que queda de Fabra;  y en el País Vasco también ha surgido otro enfrentamiento claro entre el sector más tradicional de Mayor Oreja y la nueva dirección respaldada por Génova.

El PSOE, por el contrario, presenta sus conflictos fuera del ejercicio del poder, incluso hasta el punto de respetar en relativa paz el tiempo de gobierno ejercido por una persona a la que después ignora, como ha ocurrido con José Luis Rodríguez Zapatero. El enfrentamiento en el PSOE surge al margen del poder y se manifiesta en las primarias, donde los movimientos son claros, y a veces no exentos de cierta dureza, para elegir a la persona que competirá por el poder. Pero a partir de ese momento, con más o menos críticas y convencimiento, no suele haber una guerra clara ni enfrentamientos abiertos.

Imagino que se podrán hacer muchos análisis e interpretaciones, pero hay dos que me gustaría plantear.

Un primer análisis gira sobre la idea, ya comentada en otro post, que se tiene en los sectores de la derecha sobre el poder como un estado natural en ellos, lo cual lleva de manera directa a que haya determinadas personas que crean que son ellas las que se merecen estar en el uso del poder y no otras, de manera que cuando su pensamiento no coincide con la práctica se produce el conflicto.

La otra está directamente relacionada con el uso que se hace del poder. Si alguien se pelea por el poder dentro de una misma organización durante su ejercicio, lo que demuestra es que el proyecto común no existe o no importa, y que lo que se busca son los beneficios particulares, del tipo que sean, que se pueden obtener para uno mismo o los suyos.

La izquierda parte de la situación contraria, la idea que se tiene en un sector de la sociedad es que son unos intrusos en el poder, una especie de ocupas, y por ello desde la propia izquierda se evitan las fisuras que puedan debilitar su ejercicio.

Pero quizás lo más destacado es la otra consecuencia. Al no partir de la idea preconcebida de que el poder pertenece a ciertos elementos, tampoco hay una clara concepción de que determinadas personas son las que han de desarrollarlo, se piensa que unos pueden hacerlo mejor que otros, pero no en términos de merecimiento. Esta forma de entender la situación hace que las primarias faciliten este debate y que sea el conjunto de la organización el que decida, no que una persona imponga a otra a partir de esa idea de que “el poder soy yo e invisto a quien considero”. 

La situación que se deduce de estas circunstancias es que en la izquierda pesa más el proyecto común y el interés social que el beneficio particular, de ahí las importantes diferencias que se observan en uno y otro partido.

El problema básico que se observa en el fondo de la situación comentada es que en la práctica ni el PP ni el PSOE obtienen el poder, sino tan sólo una parte de él, aquella que corresponde al ejercicio de las funciones de gobierno, con todas las relaciones que se establecen con otros ámbitos de poder. Esto hace que a la postre se busque contentar a esos otros espacios de poder, y que en ocasiones la izquierda renuncie de manera voluntaria  a algunos de sus compromisos para mantener al poder contento y en armonía, o que, incluso, reproduzca actitudes y tome derivas similares a las de la derecha.

No por casualidad se dice que el PSOE se derechiza cuando desarrolla una segunda legislatura, y no es casual tampoco que una parte de la sociedad diga que PP y PSOE son lo mismo. 

Está claro que no lo son, pero además de no serlo, no deben parecerlo, ni dentro ni fuera del ejercicio del poder. Cuando todo se mezcla todo se confunde, y mientras que la derecha no se desgasta por mostrarse tal y como es, la izquierda no sólo queda en evidencia, sino que además queda deslegitimada.

Divide más y vencerás otra vez

FRAGMENTOS
Lo escribí hace tiempo y hoy vuelvo a insistir, “todo está pasando como si no pasara nada”… Es la estrategia del Gobierno y del PP a través de los continuos cambios que están introduciendo con el claro objetivo de volver a una sociedad de clases jerarquizada sobre dos referencias, por un lado la mezcla de una serie de valores, ideas y creencias compartidas, y por otro, el poder económico que se tenga.

Su estrategia es hábil y permite evitar el rechazo frontal que se puede producir ante la instauración de esta estructura, puesto que su construcción se basa en dos elementos funcionales. Por un lado, la permeabilidad, al presentar cada una de las "clases" creadas como vasos comunicantes, no como compartimientos estancos, de manera que un “pobre” puede llegar a ser rico, aunque luego siempre será considerado como un “nuevo rico”, es decir, como alguien diferente a los ricos de toda la vida, aunque ya no lo sean. Y por otro, aunque no se tenga ese poder económico, si se tienen las ideas, valores y creencias del grupo de referencia, de alguna manera esa persona también es considerada como “uno de los nuestros”.

El Gobierno pretende instaurar esa sociedad "clasificada" en la que los de arriba siempre tengan mejores vistas y facilidades, y que los de abajo no sólo tengan más problemas para progresar, sino que además deban pedir permiso para hacerlo. De este modo sus ideas, valores, creencias, principios… se verán reforzados por su vinculación al éxito y por el amparo divino, y sus asuntos económicos se verán potenciados por un nuevo diseño dirigido a que las necesidades y la dependencia de la mayoría de la sociedad sufraguen y paguen sus lujos y riquezas con la hipoteca de su propia pobreza y limitaciones. Si la gente tiene que invertir en pagar la atención médica y sanitaria, los medicamentos, los análisis, la educación, los servicios sociales, los asuntos judiciales… no contará con dinero ni posibilidades para emprender nuevos retos, salvo el de la emigración, que esa puerta siempre está abierta bajo la idea de “enemigo que huye, puente de plata”.

El objetivo de imponer un cambio de modelo está claro en otras tácticas que sigue el Gobierno, entre ellas la utilización de la crisis económica para culpabilizar a quien plantea un modelo de sociedad distinto. Por dicha razón utiliza los problemas de la realidad para atacar a la izquierda en general, y muy especialmente al PSOE, curiosamente no tanto a otras propuestas “más a la izquierda”, porque sabe que esas no le hacen sombra. Y lo ha conseguido, hoy la mayoría de la sociedad piensa que la culpa de todo la tienen las "personas que han vivido por encima de sus posibilidades" y el partido que ha permitido que eso ocurra.

Para seguir adelante con su idea de cambios y culpas, necesita que la sociedad perciba la realidad sobre dos referencias. Una de ellas es el miedo de la población, objetivo que ha conseguido a través de las medidas incluídas en sus reformas, y que luego ha prolongado bajo la amenaza de nuevas acciones y el recordatorio de que “todo puede ser peor”. La otra referencia que busca conseguir es que la población perciba su capacidad de premiar, y es lo que veremos a partir del año próximo con algunas de las reformas que supondrán bajar impuestos, subir salarios, aumentar algunas ayudas… Todo forma parte de un plan concebido al detalle que, además, no es la primera vez que se ha utilizado, ya lo hizo Aznar, aunque ahora es cierto que se ha ido mucho más lejos para evitar cualquier posibilidad de reacción y cambio.

Lo que sorprende es que no se haya detectado esta estrategia desde la oposición ni desde muchos sectores críticos de la sociedad, o al menos no se responda como si se conociera,  y que la realidad venga caracterizada por reacciones puntuales y ocasionales a cada una de las decisiones que se adoptan. Reacciones importantes y necesarias, pero que terminan por agotarse conforme los medios de comunicación dirigen su atención a cada una de las nuevas medidas planificadas que, gota a gota, BOE  a BOE, van saliendo. 

La situación es tal que hasta en las críticas se cae en la trampa y se habla de “pobres energéticos”, “pobres sanitarios”, “pobres en alimentación”, “pobres de vivienda”, “pobres dependientes”, “pobres en la educación”… para referirse a las personas que no pueden afrontar económicamente los costes de cada una de esos servicios y necesidades en cuestión, cuando en realidad son las mismas personas las que son “pobres de todo”, una especie de “pobres integrales” que no pueden asumir los gastos de lo que supone el vivir y que tienen que ir limitando el uso de cualquiera de esas necesidades. Uno no es pobre para pagar los medicamentos y rico para costearse la calefacción, ni otro es pobre para que sus hijos e hijas puedan estudiar tras retirarle la beca, y rico para poder comer y vivir dignamente….

El Gobierno y el PP han conseguido que veamos la realidad fragmentada y atada a la deriva de unos días que terminan por pasar, y que la luz de final del túnel sea siempre la esperanza que nos lleve, no a avanzar hacia ella, sino a quedarnos quietos contemplándola.

Ahora ha vuelto a ocurrir con la nueva Ley sobre el Aborto del Ministro del Gobierno del PP, Alberto Ruíz-Gallardón, y la reacción ha sido la misma: respuesta crítica social y promesa política en la oposición de que será modificada en cuanto lleguen al Gobierno, como antes sucedió con la ley de educación, con las cuestiones sanitarias, con la dependencia, con las tasas judiciales, con los recortes en los servicios sociales…

Y está bien que ocurra así como reacción al gobierno autoritario que sufrimos, pero también hay que llamar a la conciencia crítica y reflexiva de la sociedad y a su posicionamiento sobre su dignidad. No se trata de que los partidos nos digan lo que es bueno, sino que la sociedad le diga a los partidos lo que quiere y que les exija por ello. 

La democracia no puede ser un pack que permita que las personas voten por el caramelo de “bajar el paro”, y que luego el Gobierno no haga lo prometido y sí lo que no ha planteado. ¿Qué clase de contrato social es ese?.

En democracia no se puede construir la convivencia sobre la mentira y la desconfianza, ni plantear los objetivos y el progreso social sobre las referencias de unos pocos. Al futuro se llega con todas las personas unidas de la mano, la sociedad no puede vivir en dos tiempos a la vez… Otra cosa distinta es pretender no salir del pasado.

Mandela y la “reconciliación”

MANDELALa primera vez que estuve en una reunión europea sobre la necesidad de adoptar medidas que permitieran compatibilizar la vida laboral de los hombres con la vida familiar, me llamó la atención que mientras que en nuestro país hablábamos de "conciliación" en Europa se hablara de "reconciliación” del trabajo con la familia. 

 Pensé, ¿pero cómo se van a reconciliar con las tareas domésticas y el cuidado, si nunca antes han conciliado?… Era como regresar a un lugar donde nunca se estuvo, o una forma de ocultar la irresponsabilidad de no haberlo hecho.

Ahora que Nelson Mandela ha fallecido en plena juventud de su libertad, con tan sólo 23 años de edad libres, todo el mundo reconoce su papel en la reconciliación del pueblo sudafricano y su compromiso con la paz para evitar lo que se anunciaba como una guerra civil. 

Pero ¿qué reconciliación se produjo si nunca antes el pueblo sudafricano había vivido conciliado?

La grandeza de Mandela está en su inteligencia, confianza y determinación, pero su ejemplo también debe ser tenido en cuenta como reflejo de una actitud y decisión habitual en quienes han sufrido el golpe de la injusticia y el impacto de la violencia de determinados regímenes y gobiernos. Ha ocurrido en muchos países, y también sucedió en el nuestro con la transición.

El esquema se repite de manera invariable, quienes han sufrido el daño, la violencia, el escarnio público, la ausencia como destino y la injusticia como condición, son los que han de "reconciliarse" con quienes han sido sus agresores, opresores y verdugos. Nunca ocurre al contrario para que sean quienes han generado al daño los que respondan de manera voluntaria por lo realizado, y así iniciar una nueva etapa de verdadera conciliación.

La reconciliación basada en la no exigencia de responsabilidad por parte de quien ha sufrido la violencia y opresión no permite la convivencia sobre lo común, pues no puede haber proyecto compartido entre quienes tienen unos valores que llevaron a ejercer la opresión y quienes defienden unos ideales que los hicieron ser sometidos. La aparente normalidad es tan sólo la escenificación de quienes no tienen más remedio que aceptar el cese de una violencia manifiesta, para continuar con el control y el sometimiento a través de los diferentes mecanismos levantados sobre un poder que en ningún momento es desarticulado con esa falsa reconciliación representada.

Quienes han ejercido la opresión desde el poder que da la injusticia no renuncian a él cuando cambian las circunstancias, tan sólo se adaptan a ellas, como han hecho a lo largo de la historia para mantenerlo. 

El poder ni se crea ni se destruye, se transforma. Esa similitud con la energía resulta muy práctica a la hora de entender su verdadera esencia. De hecho necesita transformarse para perpetuarse, en esto también es evolutivo, en el sentido de cambiar para permanecer en los cambios. No son las personas con poder ni las instituciones con poder, estas pueden ser sustituidas por otras, en ocasiones completamente diferentes, es el propio poder el que permanece sobre la estructura que le da sentido y beneficios, por ello está más arraigado a determinadas ideologías y creencias históricamente instaladas sobre referencias de autoridad. 

El poder moderno con su capacidad adaptativa y su presencia invisible cuenta con cuatro componentes esenciales: el técnico, el dispositivo, el coercitivo y la manipulación.

El poder técnico se basa en el control y uso de un volumen de conocimiento e informaciones superior a otros, algo que se refleja de manera directa en el control de determinados medios de comunicación. El poder de disposición se refiere al control de los recursos que otros necesitan para conseguir sus objetivos, por lo que en cierto modo los hace dependientes de él y fácilmente subordinables. El poder de coerción representa la amenaza o la utilización de medios capaces de perjudicar de forma directa a otros en cualquiera de las esferas de su interés (económico, morales, afectivo, material…), por lo que a la dependencia une el posible castigo en caso de no seguir sus posturas. Y el cuarto elemento es el poder de manipulación que actúa, no ya directamente sobre el objetivo de su interés por medio de la subordinación, la información o el castigo, sino de forma indirecta al limitar la posibilidad de cuestionar al poder o al impedir que ni siquiera se forme esa conciencia crítica.

En la Sudáfrica tras Mandela el gobierno puede estar en manos de quienes antes fueron oprimidos y discriminados, pero el poder siguen en las mismas manos blancas e invisibles que mantienen a la mayoría de la población negra sometida, y a la minoría blanca en las posiciones más altas de la sociedad.

Ocurre en muchos países de América Latina o en cualquier rincón de nuestro planeta donde el poder arraigó sobre la injusticia y el abuso.

Y sucede en nuestro país hoy, donde los poderes de antaño continúan condicionando la política y la realidad a través de toda una estructura de poder que nadie desmontó y que aún en la actualidad cuenta con la bendición de la superioridad

Mandela evitó el enfrentamiento y sustituyó en su gente la emoción del odió por el sentimiento de la esperanza, pero no pudo modificar los valores, las ideas ni las creencias de quienes se creen superiores y elegidos para dirigir el destino de un pueblo, que como tal debe ser sumiso y agradecido. Su mérito estuvo en esos primeros momentos, y mi admiración por él nace de su ejemplaridad, pero una vez superada esa fase inicial debe construirse un futuro común sobre la Justicia, la Igualdad, la Libertad, la Dignidad y el resto de Derechos Humanos, de lo contrario no habrá un proyecto compartido.

El olvido no es justicia, ni la justicia puede olvidar. El perdón no significa aceptar ni tampoco ignorar, todo lo contrario, se basa en el reconocimiento de los hechos, no en su negación. Y desde el punto de vista social la conciliación debe contemplar la reparación de las víctimas y la garantía de no repetición.

Y hoy, en Sudáfrica, en Latinoamérica y en España, quienes antes fueron opresotres ahora viven bajo una estructura de poder que no busca reparar a las víctimas de su injusticia y represión, y menos aún pretende garantizar que no se repita su abuso, simplemente continúan con él de otra forma y esperan cualquier oportunidad para volver a hacerlo de forma más directa e intensa…

El mejor homenaje a Nelson Mandela es continuar lo que él inició, y alcanzar de manera pacífica la justicia social y la verdadera reconciliación que él buscaba.