El chivo expiatorio

Weinstein ha sido repudiado por Hollywood y por toda la sociedad, el gran Harvey Weinstein, dueño de sueños y señor de realidades, el magnífico anfitrión de fiestas interminables, el hombre que bajaba las estrellas hasta las aceras del bulevar…de repente ha pasado a ser el “asqueroso” Weinstein.

Da igual que organizara parte de sus juegos para amigos, que utilizara el sexo como moneda de cambio con tantas jóvenes actrices a quienes les hicieron creer que todo eso forma parte del oficio, y que incluso demuestra personalidad y estar por encima de prejuicios, que hay que vivir como se actúa y actuar como se vive. Como también dio igual que lo denunciaran con anterioridad y que tuviera que arreglarlo con dinero, otro “poderoso caballero” más en el club machista.

Pero lo de Weinstein es lo mismo que lo del profesor que acosa a sus alumnas en la universidad, tal y como conocimos en la condena del caso ocurrido en la Universidad de Sevilla, como el del maltratador que calla a su mujer a golpes y silencia al resto con esa normalidad diseñada a medida para que se ajuste a las circunstancias de cada momento, o como la del empresario que abusa de sus empleadas ante las miradas huidizas del grupo.

Es la ventaja de vivir en una comunidad en la que las normas están hechas para “no molestar”, para que nadie rompa el silencio que los hechos delatan, y de ese modo conseguir que todo el escándalo del machismo suceda, pero en silencio.

Una comunidad organizada sobre esas referencias  y a partir de los privilegios de quienes ocupan la condición de socios, es decir, de los hombres, es mucho mas que la suma de cada uno de ellos, por eso el interés principal está en defender sus reglas y referencias comunes, no tanto a los miembros de manera individual, ni mucho menos si uno de ellos es descubierto por un exceso o por un fallo. En esos casos lo que interesa es que la irremediable quiebra del silencio se centre y se limite a él, al hombre descubierto, para evitar que afecte a la comunidad y, de esa forma, que esta pueda seguir bajo su esquema y su modelo.

Por eso las propias normas establecen que ante el descubrimiento de uno de ellos será la misma comunidad quien reaccione atacándolo y dejándolo solo, de manera que todo parezca como un caso aislado propio de las características de ese hombre y de las circunstancias que lo envuelven y, ante todo, que lo ocurrido ha sucedido al margen de la comunidad.

Es la estrategia del “chivo expiatorio” propia del machismo, de la que ya hablé hace más de 20 años en mis primeras publicaciones sobre el tema, y que cada día se reproduce ante la necesidad de evitar la crítica al modelo de sociedad patriarcal. El ataque al hombre descubierto justifica lo ocurrido en proximidad con los hechos y tranquiliza a distancia al resto de la sociedad.

Forma parte de la camaradería de los hombres, de ese “todos para uno y uno para todos” tan clásico. Camaradas hasta que haya que sacrificar a alguno para salvar al resto y su modelo de sociedad beneficioso para todos.

Y para ello, a pesar de la objetividad de los hechos que llevan a cuestionar y a exponer al camarada hombre, no desaprovechan la oportunidad para atacar a las víctimas y criticar a las mujeres. Y con tal de lograr ese objetivo se recurre, desde el argumento basado en que ellas “sabían lo que hacían”, que “tratan de aprovecharse”, que son ellas las que “han provocado o se han insinuado”…hasta la propia negación de los hechos, o la duda sobre “por qué ha denunciado tan tarde”, o “por qué de repente salen tantas víctimas”… para jugar con la sempiterna idea de las denuncias falsas.

Todavía hay muchos Weinstein en Hollywood, en las empresas, en las universidades, en las escuelas… que están abusando con la complicidad del silencio. Un silencio que sólo será roto en caso de necesidad para cuestionar a un hombre con el objeto de defender al resto y al machismo común a todos ellos. 

Siempre habrá un chivo expiatorio a mano o, como llaman ahora, un “pagafantas” de naranja o de limón.

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