About Miguel Lorente Acosta

Profesor Titular de Medicina Legal en la Universidad de Granada. Médico Forense. Especialista en Medicina Legal y Forense. Máster en Bioética y Derecho. Blogs: "Autopsia" y "Cardiopatía Poética" @Miguel__Lorente

Educación parenteral

Parece que desde las derechas quieren meter a la gente sus ideas y valores directamente en vena, como si fueran una especie de suero de la verdad para que sólo lo que ellos plantean sea cierto.

Nunca antes habían creído necesario que existiera un “pin parental” en la escuela, eran conscientes de que con la influencia de una “normalidad” construida sobre los valores de la cultura, con toda su tradición y machismo, bastaba para mantener su modelo de sociedad, las formas de relacionarse dentro de él, y la manera de entender la identidad sobre la referencia de lo que era ser hombre y ser mujer. No existía nada más, ni nadie más.

Por eso no es casualidad que sea ahora, conforme la sociedad ha adquirido una mayor conciencia crítica sobre la desigualdad, la discriminación, el abuso y la violencia de género que se ejercen desde esa “normalidad” impuesta, y después de que las políticas de Igualdad para resolver muchos de estos problemas hayan dado sus frutos, cuando aparezcan nuevas resistencias y ataques por parte de los sectores más conservadores. El objetivo es proteger su modelo de sociedad, y la Igualdad se vive como una amenaza que atenta contra el núcleo de su construcción.

Y para garantizar la continuidad del modelo tradicional dirigen sus acciones a la gente más joven con el objeto de que no cambien nada y sigan reproduciendo y transmitiendo su “modo de vida”. Por eso, lo primero que hizo el PP fue aplicar “Pin Parental Permanente” al suprimir la asignatura “Educación para la ciudadanía”, porque por lo visto eso de ser ciudadano en Igualdad es muy peligroso. Da igual que estudios como el del Centro Reina Sofía muestre que el 30% de los jóvenes piensa que cuando un hombre maltrata a su pareja es porque ella habrá hecho algo, o que el grupo de edad donde más aumenta esta violencia sea el de 15 a 18 años, o que la mayoría de las violaciones en grupo sean protagonizadas por jóvenes… ya tirarán de su manual educativo para decir que se ha debido a la provocación de las mujeres, que se trata de una “denuncia falsa”, o que todo se ha debido al alcohol o las drogas.

El problema con el que se ha encontrado el machismo y la derecha es que la sociedad ya ha tomado conciencia de la injusticia de la desigualdad, y no quiere que sus hijas sean discriminadas ni agredidas, ni tampoco que sus hijos abusen y agredan. Pero como el amor propio también vive de mitos románticos intentan resistirse con pines y noes que niegan la realidad.

El machismo, como decía, siempre ha sido partidario de la “educación parenteral”, es decir, de meter sus ideas, valores, creencias, mitos… directamente en vena para que no puedan ser digeridas por la reflexión ni metabolizadas por la crítica, y así llegar hasta los centros de decisión personal sin ser cuestionados. Era lo de “la letra con sangre entra”, el “te pego porque te quiero”, o el “quien bien te quiere te hará llorar”, que ahora se transforma en un “pin parental” para seguir imponiendo sus mandatos y sus formas.

Fracasará una vez más. Aunque tengan seguidores y partidarios que se hagan eco la Igualdad no es una elección, es un Derecho Humano, y nada ni nadie podrá evitar que la sociedad se articule sobre ella como lo hace sobre la Libertad, la Dignidad o la Justicia. Otra cosa es que también quieran poner un pin para el resto de los Derechos Humanos, pero quienes lo hagan fracasarán. Hoy por las venas y arterias de la gente corre la Democracia.

“PBE”: Política Basada en la Evidencia

Quien vive en la mentira crece con la falacia, y la falacia, por muy grande que sea, nunca es verdad. Da igual lo que digan y por cuánto tiempo lo hagan, la Tierra siempre ha sido redonda, ha girado alrededor del sol, y está a punto de ser destruida por los “herederos ideológicos” de quienes decían que era plana y central para no cuestionar sus ideas y creencias.

Hace unas semanas, en la presentación del libro “Ellos hablan”, de la periodista Lydia Cacho, muy querida amiga, tuvimos la posibilidad de compartir y analizar cómo las mayores falsedades, las mentiras más elaboradas, las tramas históricas llenas de traiciones… han sido protagonizadas por hombres y, sin embargo, nunca la palabra de un solo hombre ha sido puesta en cuestión a priori, ni la masculinidad ha visto debilitada su credibilidad. En cambio, las mujeres son presentadas como seres falsos, mentirosos, manipuladores… en los que no se puede confiar y a quienes no se debe creer.

La razón fundamental de esta situación viene dada por el marco de significado que se ha creado sobre la palabra de los hombres (y su espacio) y la de las mujeres (y su espacio). Y ese significado sobre la autenticidad de la palabra de los hombres y la falsedad de las mujeres sólo lo puede construir quien cuenta con una posición de poder para definirlo, imponerlo y difundirlo. Y quienes han contado con el poder históricamente han sido los hombres y su modelo social y cultural de convivencia. Por eso, por ejemplo, es tan fácil hacer dudar de la realidad de la violencia de género diciendo que hay muchas “denuncias falsas”, y tan complicado que se acepte como un problema grave a pesar de que cada año asesinan a 60 mujeres de media y más de 600.000 son maltratadas.

En política ocurre lo mismo. Dar carta libre a la mentira en forma de “postverdad” o “fake news” con la idea de compensar la situación actuando del mismo modo, pero en sentido contrario, es otra trampa del poder conservador androcéntrico, puesto que el impacto de uno y otro planteamiento es completamente diferente. Decir que los extranjeros vienen a España a “robar y violar” tiene un efecto inmediato y una aceptación amplia; en cambio, comentar que los partidos que lanzan esos mensajes son racistas y xenófobos a penas tiene impacto, y rápidamente surgen justificaciones, o, sencillamente, niegan que lo hayan dicho, aunque haya pruebas de que lo han hecho, pues la negación de la realidad es otra forma de mentira.

Sólo el poder de la “normalidad” puede mentir con aspecto de verdad. La derecha y el sector conservador de la sociedad lo saben y por eso juegan con la mentira, el ataque/insulto y el miedo, para luego presentarse como víctimas de la reacción y rescatadores de la situación que ellos han hecho creer.

El momento actual, con el mensaje de que se ha traicionado a España, de que se va a romper la Nación, de que se ha dado un golpe de Estado, de que se trata de un Gobierno ilegítimo… refleja muy bien esa instrumentalización de la mentira, y los ataques e insultos en busca del miedo y el enfrentamiento. Y lo hacen porque saben que, aunque es mentira, no les va a pasar nada, ni en lo inmediato ni en lo referente a su credibilidad, que continuará intacta.

Sólo hay que echar la vista atrás para comprobarlo. Con la llegada de la Democracia dijeron que todo iba a ser un caos social y que se iban a perder los valores. Después, cuando el PSOE ganó las elecciones en 1982, lanzaron el mensaje de que iban a llevarse los ahorros de los bancos, las casas iban a ser expropiadas, especialmente los apartamentos de la playa, las iglesias arderían, las fincas se iban a ocupar y repartir entre los obreros del campo… Nada de eso pasó. Pero años más tarde, en 2004, desde esas mismas posiciones no pararon de repetir que la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero fue debida a la conspiración del PSOE con ETA, para llevar a cabo los atentados del 11M e impedir que el PP ganara las elecciones, lo cual también convertía a su Gobierno en ilegítimo. Una estrategia que luego continuó llamando al Gobierno traidor durante las negociaciones para acabar con la banda terrorista, y, que al final, visto que por esa vía no hacían mucho daño, terminaron responsabilizándolo de la crisis económica mundial. Nada de eso fue así.

Ahora repiten sus tácticas con la victoria del PSOE y el Gobierno de Pedro Sánchez.

La pregunta es sencilla, ¿por qué si nada de todo lo que se ha dicho desde la derecha y los sectores conservadores ha sido cierto, y sólo buscaron generar enfrentamiento, desprestigio y miedo para beneficiarse a través de él de lo que fueron incapaces de conseguir con sus propuestas y gestión, se le da credibilidad y recorrido a lo que dicen ahora con el mismo argumento y objetivo?

En Medicina, a principios de los 90, se desarrolló la llamada “Medicina Basada en la Evidencia” (MBE), para evitar las posiciones individuales derivadas de experiencias personales, y la influencia de elementos externos que pudieran estar interesados en determinadas pautas diagnósticas o terapéuticas, situación que llevaba a una serie de decisiones sin ningún fundamento científico. Algo así habría que introducir en la política,, una “Política Basada en la Evidencia”, al menos en algunas de sus partes, para impedir la falta de rigor y la instrumentalización de la mentira con la complicidad de algunos medios e instrumentos de comunicación.

Cambiar de opinión puede ser cuestionable, pero no es mentira. Mentir siempre es cuestionable, sobre todo cuando se hace para cambiar la opinión de la gente sobre la falacia, y así aumentar la crispación y el enfrentamiento social.

Una sociedad dividida y enfrentada puede dar votos, pero no victorias. La sociedad siempre pierde en esas circunstancias.

Entretiempo

El día 1 de enero amaneció temprano, como de costumbre, pero la coincidencia del inicio del día con el comienzo del año envuelto por la tranquila soledad de tanto amanecer, me hizo sentir que aquello que empezaba, fuera lo que fuera, tenía que hacerlo de manera especial. Y por primera vez en todos mis años decidí que comenzara bajo la lectura de un poema que, por eso del 2020, estuviera recogido en la página 20 de un poemario.

Elegir el libro fue fácil, quería que fuera de mi admirado y querido Luis García Montero, y su “A puerta cerrada” estaba cerca, justo a mi lado, por esa necesidad de volver a las palabras con eco cuando el día abre sus momentos y los llena de silencios propios.

De manera que tomé el poemario y lo abrí por la página 20, pero al hacerlo comprobé que no había poema en ella, que los versos venían del que comenzaba en la página 19, lo cual hizo que me detuviera brevemente ante lo que parecía ser un deseo frustrado. Sin embargo, supuso la mejor metáfora para el momento, y además en sentido doble.

El poema que empezaba en la página 19 y continúa en la 20 refleja el tránsito entre el año 2019 y el 2020, pero, además, el azar ha querido que su título sea “Entretiempo”, como si sus versos quisieran subrayar ese instante que trasciende del día y los años, y se sitúa en la esencia de una transformación profunda capaz de separar la historia y la vida, como los mares separaron un día los continentes o los silencios alejan los sueños.

Todo lo que habla Luis en su poema parece haber estado escrito para que un día alguien comenzara el año elevando a plegaria sus versos; que dicen así:

El futuro nos necesita con todo nuestro pasado, de eso se trata el presente, y todo es uno en cada persona. Quienes juegan a romper el tiempo no quieren que cambie, sólo que pase; lo mismo que quienes dividen la política entre los diferentes escenarios para que no sea en ninguno, y de ese modo utilizar los elementos informales disponibles sólo para aquellos que se mueven entre posiciones de poder, y así negar la realidad en lugar de afirmar el compromiso para transformarla.

Este año ha comenzado de una manera diferente, la metáfora del azar y el sueño de la poesía han querido que el compromiso sea “entretiempo” y “entre todas las personas” que creen que los días no son el destino inevitable de la frustración.

El próximo año comenzará con un poema escrito en la página 21 de uno de los eternos poemarios de Joan Margarit, que seguro también estará cerca de mi.

60 hombres nuevos

Hoy empezamos a contar ausencias y silencios, y a levantar muros allí donde las paredes nos dicen que hay ventanas.

Hoy, día 1 de enero de un año cualquiera, por ejemplo 2020, el contador de argumentos empieza a elaborar las 50-60 razones que llevarán a explicar los 50-60 asesinatos de mujeres que se producirán a lo largo del año, si no cambia el guion.

Porque serán esos argumentos los que utilicen los hombres que las asesinen. Argumentos que hablarán de que “ella se lo ha buscado”, de que “se creería que iba a salirse con la suya”, de que “de mí no te ríes”, o de que “eres mía o de nadie”… todos son argumentos para los demás, no para el asesino; el asesino lo tiene claro, tanto que lleva a cabo el homicidio tal y como se había prometido a sí mismo. Porque su crimen también es para los demás, para que todos entiendan lo hombre que es (por eso la mayoría de ellos se entrega voluntariamente tras el homicidio y aproximadamente un 20% se suicida, asumiendo en ambos casos las consecuencias de su conducta), y para que vean que hay hombres dispuestos a defender su modelo de relación, de identidad y de sociedad a través a través de los recursos que les otorga la construcción social, de la violencia normalizada que aún lleva a que el 44% de las mujeres que la sufren no denuncien, porque “no es lo suficientemente grave” (Macroencuesta, CIS 2015). Una situación trampa que hace que el 75-80% de las mujeres asesinadas nunca haya denunciado la violencia que llevó hasta su homicidio.

Y claro, ante este gesto de los asesinos de dirigirse a los demás, estos les responden diciendo que ha sido el alcohol, las drogas, los celos o los trastornos mentales, pero que los hombres no hacen esas cosas, porque si las hicieran no serían 60 los asesinos, sino miles. Una idea que suena más a amenaza que a justificación, pero el machismo es así, se mueve entre la amenaza y la negación para que unas por miedo y otros por fe, todo siga igual.

Porque lo que el machismo no quiere ver ni aceptar es que vivimos bajo unas referencias culturales que llevan a  que cada año 60 hombres de media asesinen a las mujeres con las que comparten o han compartido una relación de pareja, y que lo hacen bajo el argumento de la “normalidad”. O lo que es lo mismo, que cada año alrededor del 20% de todos los homicidios que se producen en nuestro país son cometidos por hombres “normales”, sin ningún vínculo previo con actividades delincuenciales ni criminales, y que, por tanto, vivimos en una sociedad con unas referencias culturales capaces de generar cada año 60 asesinos nuevos desde la normalidad que caracteriza las relaciones de pareja y familiares. Porque los asesinos que matan un año no matan al siguiente y, sin embargo, a lo largo del nuevo año las cifras son muy similares debido a los mensajes y dictados que aparecen entre las páginas de la cultura.

El machismo es la fábrica de hombres violentos; asesina el machismo, los machistas sólo ejecutan los mandatos que interpretan a partir de los dictados de una cultura que no sólo no rechaza la violencia contra las mujeres, sino que la normaliza para que pueda ejercerse bajo el umbral de la intimidad, y luego, cuando supera esos límites, la intenta ocultar al mezclarla y confundirla con otras violencias que no cuentan con esa construcción de género en su estructura. Una estrategia interesada para que de ese modo no se modifique la construcción cultural que da privilegios a los hombres, entre ellos poder utilizar la violencia contra las mujeres desde la normalidad, y que  a pesar de los 60 asesinatos de media y de los 600.000 casos, el debate social se centre más en el cuestionamiento a las víctimas que en la crítica a los agresores.

La transformación social y el movimiento feminista han conseguido que la Igualdad sea imparable y la erradicación del machismo irrenunciable, por eso desde los sectores más conservadores de la sociedad atacan los instrumentos que lo están consiguiendo, y se presentan como víctimas de esta nueva realidad, de ahí que continúen alimentando el clima violento que hace que luego 60 hombres den los pasos hasta los asesinatos de género. Son sus chivos expiatorios con los que continuar el relato.

 

Plácido domingo

Hoy es un plácido domingo, ha amanecido despacio, como si el sol se hubiera visto envuelto por la pereza festiva y la mañana despertara tranquila, consciente de que tiene todo el día por delante.

La ciudad también amanece con la placidez que da ser dueña, aunque sea por unas horas, del tiempo que el resto de los días le quitan. Hay campanas en el aire, olor a churros por las aceras, y calles solitarias llenas de tranquilidad sin horario ni destino.

Sin embargo, en muchos hogares, a pesar de las ventanas abiertas, la luz no termina de entrar en el silencio artificial del domingo, ni logra hacer pasar dentro la placidez que habita en el exterior.

Las explicaciones que Plácido Domingo dio en su comunicado tras las denuncias de abuso sexual, fueron muy significativas e ilustrativas de lo que es la normalidad construida por el machismo y su cultura. Dijo, “reconozco que las normas y estándares por los que se nos mide hoy son muy diferentes de lo que eran en el pasado…”

Curiosamente, lo que nos dice es que aquello que los hombres y sus normas y estándares consideran normal, es lo que se traslada como normal a toda la sociedad; mientras que las mujeres que viven las conductas de los hombres como violencia, no sólo no pueden trasladar ese significado a la sociedad, sino que, incluso, tienen que callarlo para evitar que junto a la violencia de la agresión sufran la violencia de la discriminación y el rechazo social, como hoy mismo, más de 20 años después, intentan hacer con las mujeres que han denunciado.

El argumento que da hoy Plácido Domingo podría ser utilizado para las conductas que eran cuestionadas cuando él se comportaba de forma “normal”. De manera que un hombre que en 1990 hubiera sido denunciado por violencia contra una mujer realizada 20 años antes, podría haber dicho entonces que los estándares de los 90 no eran los mismos que los de los 70. Justo igual que hace él hoy para las conductas “normalizadas” 20 años atrás.

Al final la situación resulta muy gráfica. La violencia contra las mujeres siempre está presente y lo que cambia no es su realidad, sino el umbral sobre el que se establece la crítica y la reprobación, pero sin que ello sea suficiente para que se acompañe de una respuesta legal, puesto que la ley no cambia, sólo lo hace la percepción de los hechos para integrarlos como consecuencia de las circunstancias, no para cuestionarlos como parte de una cultura que normaliza el abuso, y mucho menos para sancionarlos con una ley que debe ser modificada para poder hacerlo.

Pero si ya es triste la situación, aún resulta más terrible lo que revela de la posición de los hombres, no sólo por asumir que desde su status de poder pueden llevar a cabo conductas violentas sobre las mujeres al amparo de la normalidad, sino por la desconsideración y la falta de la más mínima empatía con las mujeres a las que ocasionan un grave daño con su violencia. Para ellos las mujeres quedan al margen, les da igual el daño que sufran como consecuencia de sus conductas, no es su problema. Ellos sólo se preocupan de cubrir sus deseos y de que las normas y estándares los cubran a ellos.

¿Se han preguntado alguna vez si las normas y los estándares eran suficientes para admitir en su día el derecho de pernada, los matrimonios de conveniencia, el débito conyugal, el acoso callejero…?

El cambio y la transformación de esa normalidad machista es la que están consiguiendo las mujeres y el feminismo, por eso no es casualidad que la crítica del machismo y de los sectores más conservadores de la sociedad se dirijan contra ellas y contra el feminismo. Si nada cambia todo sigue igual, y si no hay quien haga cambiar la desigualdad esta continuará lo mismo bajo “nuevas normas y estándares”.

Hoy es un plácido domingo, sí, pero no en todos los hogares. En muchos de ellos hay mujeres sufren la violencia que los hombres ejercen desde su placidez, para así llenar las semanas de tranquilos martes, miércoles y lunes, de apacibles viernes, jueves y sábados, y de plácidos domingos.

“15 años…”

Uno de los jugadores de la Arandina ha sido muy claro en la interpretación de lo ocurrido, cuando tras conocer la sentencia ha manifestado, “esto hace 15 años estoy en mi casa echando un parchís”, justo la misma idea que expresó Plácido Domingo en su comunicado al hacer referencia a que las normas y los estándares cambian. Para ambos esa falta de uniformidad no puede ser utilizada para cuestionar nada ni para condenar a nadie.

Una de las claves del machismo y de su visión conservadora de la realidad es hacer creer que el futuro sólo es definido por el paso del tiempo para que nada cambie con el transcurso de los días, y que los retoques necesarios para la adaptación puedan integrarse poco a poco en una sociedad que avanza al ritmo del letargo. No importa que la parafernalia de la tecnología y los colores de la superficialidad cambien con las temporadas y las circunstancias, lo importante es que la esencia de los valores, las ideas, las creencias, y todos los mitos y estereotipos que surgen de ellos permanezcan como faro que guíe esa deriva social para que no deje de girar alrededor del punto de partida.

Y en ese momento sempiterno del machismo, el sentido dado a la identidad de las mujeres se ha construido a partir de su vinculación a los hombres, bien como “mujeres de…” o como “mujeres para…”. Un planteamiento que limita su autonomía esencial y, sobre todo, su libertad social, al tiempo que impone una especie de control sobre ellas para evitar daños mayores, hasta tal punto que el propio Código Civil anterior a la democracia les exigía el permiso del marido para trabajar o viajar al extranjero.

El control de las mujeres se justifica desde la doble referencia que lleva a entender que “no son capaces”, y que sin él actuarían en contra de los hombres debido a la carga de perversidad que, según la receta del machismo, contiene su identidad.

Sobre esta idea, las mujeres pueden hacer el mal por acción o por omisión a través de un sí o de un no, una situación que lleva a los hombres a tener que interpretar el verdadero significado de sus palabras, de su actitud y de sus decisiones para así poner orden. De ese modo, cuando un hombre interpreta que “un sí es un no”, por ejemplo, cuando la mujer decide dejar la relación y él considera que “en verdad” no quiere hacerlo, si ella continúa empeñada en su “error”, el hombre se ve obligado a corregirla y castigarla. Cuando nos encontramos en la situación contraria y concluye que “un no es un sí”, entonces actúa en consecuencia hasta el final, y si la mujer dice que no quiere mantener relaciones sexuales y él interpreta que sí quiere, prevalece la verdad de su conclusión y lo que él impone y, por tanto, las relaciones deben mantenerse sin ninguna consecuencia para él, aunque ella se resista o se vea intimidada.

Y todo ello viene sellado por la costumbre con sus normas y estándares para que el tiempo pase sin que nada más pase, y todo continúe igual. No hay futuro, todo es una prolongación del presente, una especie de pasado continuo.

Pero la sociedad está cambiando, y cambia porque las mujeres cambian, no porque los hombres lo hagan de la misma forma, ni porque las referencias sociales que llevan a la justificación y normalización de determinadas conductas violentas lo hayan hecho. Los hombres siguen siendo los dueños del significado de la realidad, y cuando los hechos les llevan la contraria recurren al argumento del tiempo para decir, como hemos visto, “esto hace 15 años no era nada”, o sea, es “normal”.

Por eso no es de extrañar que el machismo y su ultraderecha reivindiquen ese tiempo cómplice, lleno de días cómplices y de sombras de complicidad. No piden que cambien las cosas para solucionar los problemas, sino que no cambien para que no sean problemas y no haya nada que solucionar.

Los ejemplos son cercanos, a la violencia de género quieren llamarla “violencia intrafamiliar”, que es como se ha llamado siempre para ocultar la violencia específica que sufren las mujeres. Las diferentes identidades y orientaciones que forman parte de la diversidad de una sociedad plural, quieren devolverlas a las consultas médicas y psicológicas para que su normalidad no se vea cuestionada. La educación en Igualdad pretenden convertirla en “educación para la desigualdad” por medio de la segregación de niños y niñas en aulas separadas… Y así con todo.

En definitiva, quieren que regrese el bucle del tiempo que hace que cada día amanezca justo por donde se quedó el anterior, y así negar el futuro. Porque el futuro es transformación, no sólo el paso del tiempo. Si nada cambia excepto el tiempo, todo sigue igual. El futuro no está en un momento posterior, sino en una realidad diferente, y a ese futuro, cuando se parte de la desigualdad, sólo se puede llegar de la mano de la Igualdad, por eso la rechazan.

Hace 15 años muchas cosas no eran nada porque las mujeres no tenían voz ni experiencia reconocida, pero hoy la tienen porque la han conquistado, y con ella gritan la Igualdad que critica al machismo y sus violencias. Por eso no debemos esperar. En desigualdad el tiempo no pasa en días, sino en vidas, en las vidas de mujeres que son destruidas, limitadas o arrebatadas por hombres que llevan a la práctica lo que la cultura machista les hace creer y querer.

El problema no está en los años que pasan, sino en el machismo que permanece.

 

“Descabronizar” el planeta

El mayor cambio que se vive hoy en al ambiente es el de la Igualdad, tanto que los pilares sobre los que se levanta la estructura de nuestra sociedad se están derritiendo. Y como sucede con el cambio climático, hay quien lo niega para no enfrentarse a la verdad incómoda que amenaza su poder y privilegios.

El ejemplo lo tenemos cerca, en la Cumbre del Clima celebrada estos días en Madrid, una de las propuestas más destacadas es la de “descarbonizar” el planeta para disminuir las emisiones de carbono, especialmente en forma de dióxido de carbono. Un concepto novedoso, ese de “descarbonizar”, cuya validez ha sido aceptada por la Fundéu al ser construido a partir de la palabra “carbono”.

El machismo por su parte ha intoxicado la convivencia social y democrática con la emisión de sus malos humos y sus gajes tóxicos a lo largo de toda la historia, tanto que ha contaminado el aire que respiramos y ha impregnado con el hollín de su ceniza las miradas e identidades, para establecer con sus emisiones una especie de clima regulado por el termostato de sus intereses.

Ante esta situación el razonamiento es sencillo, si “descarbonizar” es reducir las emisiones de carbono, y “cabrón”, tal y como recoge la primera acepción del Diccionario de la RAE, es quien “hace malas pasadas o resulta molesto, “descabronizar” es reducir la realización y emisión al ambiente de esas malas conductas y molestias que, incluso, llegan hasta la violencia. Un comportamiento característico del machismo para lograr imponer la desigualdad con la que defender sus privilegios, y para someter a las mujeres a los espacios y funciones que la cultura machista ha decidido.

El machismo es tóxico, y el ambiente milenario de “encabronamiento” que genera es el responsable de las olas de acaloramiento público y privado, de las inundaciones de la intimidad, y de las DANAS (“Depresiones Afectivas en los Niveles del Amor”) cíclicas que aparecen de manera sorpresiva con todo su daño y destrucción.  Por lo tanto, la solución a esos problemas sociales pasa por actuar sobre ese ambiente tóxico, no sólo sobre el resultado de sus catástrofes.

El problema es más serio de lo que parece, por eso quienes “emiten” la violencia machista buscan negarla, si no fuera tan grave no se molestarían en intentarlo. La OMS (2013) recoge que el 30’1% de las mujeres del planeta sufrirán en algún momento de sus vidas violencia por parte de sus parejas o exparejas, y Naciones Unidas (2015) indica que entre 40.000 y 45.000 mujeres son asesinadas en el planeta cada año en el contexto de las relaciones de pareja y familia. Por su parte, la Agencia de Derechos Fundamentales (FRA, 2014) concluye en su informe que el 20% de las mujeres de la UE han sufrido violencia física en las relaciones de pareja, el 43% violencia psicológica, el 6% violencia sexual y el 55% acoso sexual. Y si nos acercamos a nuestras costas, las Macroencuestas (2011, 2015) y los datos de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género nos indican que cada año unas 600.000 mujeres son maltratadas y unas 60 asesinadas. Y a pesar de esta objetividad en el resultado y de vivir la experiencia de cada día que conduce al mismo, el “encabronamiento” machista lo ignora y lo intenta negar.

Por ello necesitamos el aire fresco de la Igualdad con un doble objetivo. Por un lado, descontaminar y limpiar la atmósfera de la cultura de todos los gases tóxicos emanados de las ideas, valores, creencias, mitos… machistas. Y por otro, abrir la ventana del conocimiento para que entre el oxígeno de la Igualdad y haga respirable el ambiente. Sólo así podrán desaparecer los efectos tóxicos que ocasionan esa mirada borrosa que difumina la realidad, las alucinaciones del machismo, y los delirios de grandeza que muchos toman como verdad.

No es sencillo, son muchos los hombres que viven de esos malos humos, y algunos son verdaderos adictos al machismo, como los hay a las emisiones de dióxido de carbono, en una dependencia que no es física ni psicológica, sino social. Es la dependencia al poder y a los privilegios, y se ve reforzada bajo la conciencia de que cuanto más injusta son las decisiones, más poder se tiene. Y aunque el resultado sea dañino, hay quien prefiere morir de éxito en una sociedad injusta que vivir feliz y en paz en Igualdad.

La sociedad ya ha cambiado y su avance es imparable, pero las reacciones de quienes viven bajo el poder de sus emisiones también está presente para intentar asfixiar al planeta y a la Igualdad. No es casualidad esta reacción, ni tampoco que sólo sea el feminismo quien tenga una respuesta global a toda la construcción tóxica y violenta del machismo para “descabronizar” el planeta por tierra, mar y aire. El machismo es cultura, no conducta, y el feminismo busca una nueva cultura levantada sobre la Igualdad, no corregir algunos de los resultados y consecuencias.

Porque el feminismo es “cultura de Igualdad”.