About Miguel Lorente Acosta

Profesor Titular de Medicina Legal en la Universidad de Granada. Médico Forense. Especialista en Medicina Legal y Forense. Máster en Bioética y Derecho. Blogs: "Autopsia" y "Cardiopatía Poética" @Miguel__Lorente

“Igualdad real”: otra trampa del machismo

Cuando desde el machismo hablan de “igualdad real” es para ponerse a temblar,  pues uno nunca sabe si se refieren a una “igualdad monárquica” o a una igualdad lejana y abstracta que vuela tan alto como un “águila real”. Lo que queda claro es la falsedad del sonido hueco de sus palabras vacías, como si fueran parte de un playback en el que alguien hace sonar el relato metálico mientras ellos sólo mueven los labios.

A diario vemos en redes y conversaciones cómo han pasado de decir que la desigualdad no existía y que todo era un invento de las “feminazis”para beneficiarse económicamente, a afirmar que lo importante es la “igualdad real”, estableciendo así una diferencia entre lo que son las políticas y medidas adoptadas para corregir las consecuencias de la desigualdad y promocionar la Igualdad, y lo que ellos han decidido que sea la “igualdad real”.

Lo curioso es que todavía no han explicado qué es eso de la “igualdad real”, tan sólo se limitan a decir que todo lo que se ha hecho para contrarrestar los terribles efectos de la desigualdad, no es buscar la Igualdad. Por lo tanto, para ellos, promulgar una ley que responde de forma integral contra la violencia de género, impedir la discriminación en el matrimonio entre personas del mismo sexo con una norma específica, desarrollar una ley que promueve la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, establecer medidas para corregir la brecha salarial, potenciar la incorporación de mujeres a puestos de responsabilidad, educar para que la Igualdad sea un valor que de sentido al conocimiento… no tiene nada que ver con esa búsqueda de la Igualdad. Y por el contrario, diluir las medidas supuestamente dirigidas a conseguir la igualdad entre otras manifestaciones que nada tienen que ver con la desigualdad histórica, como por ejemplo, pedir que se legisle sobre violencia doméstica, educar de manera segregada, evitar medidas de acción positiva para corregir la injusticia de la desigualdad… todo ello, dicen, es buscar la “igualdad real”.

La conclusión es sencilla, “la igualdad real” en verdad es la desigualdad de siempre después de que el machismo diga que no lo es. Es decir, el argumento de la “igualdad real” es otra de las trampas del machismo para que no se hable ni se consiga la Igualdad. Y para demostrar y reforzar su posición recurren a las falacias propias de quien tiene una posición de poder, para concluir que las medidas que actúan sobre las consecuencias de la desigualdad y sobre las personas que sufren la desigualdad, es decir,  sobre la discriminación de género y las mujeres, son discriminatorias y van contra la desigualdad porque dejan al margen a los hombres. El planteamiento es absurdo, pero como se dice desde esas posiciones de referencia que establece el machismo para los argumentos masculinos, y como los beneficiarios de esos planteamientos son los hombres, no tanto por el efecto inmediato de las medidas como por contribuir a mantener sus privilegios al perpetuar la desigualdad, suena razonable y resulta admisible.

Se imaginan que ante una campaña sanitaria dirigida a un determinado grupo de personas enfermas o con ciertos factores de riesgo, alguien dijera que se está discriminando a la parte de la población que no recibe dichas medidas. Sería absurdo porque el motivo que lleva a que no las reciban es que no las necesitan, pero, en cambio, ese tipo de argumentos sin lógica ni razón sí tienen validez cuando se usan contra la Igualdad y para intentar que la violencia de género no se aborde con la especificidad que requiere.

Todo ello demuestra que cuando se refieren a la “igualdad real” sólo buscan “atacar a la Igualdad en nombre de la igualdad” para esconder el machismo que hay detrás de todo ese tipo de planteamientos. Es la estrategia del posmachismo, la versión camuflada del machismo para que la confusión actúe como una especie de “curare social” y paralice cualquier iniciativa a favor de la Igualdad.

Pablo Casado y el PP se equivocan al adoptar el lenguaje machista de la ultraderecha, como hizo el pasado 14-2-19 en su crítica a la Ministra de Justicia, Dolores Delgado, para defender posiciones y políticas que ya quedaron atrás en el tiempo, como su propio grupo ha ratificado en numerosas votaciones durante estos últimos años. No sé si al hacer esas declaraciones en san Valentín, el día del amor romántico, ha querido plantear una especie de “política romántica”, pero el amor y la política se demuestran con hechos, no con gestos, y la Igualdad es irrenunciable. Alguien del partido debería de cuestionar esa estrategia de manipular la Igualdad y olvidarse de la situación real de las mujeres, lo mismo que ha ocurrido cuando se ha tratado de instrumentalizar a las víctimas del terrorismo.

La Igualdad es Igualdad, no “igualdad real”… A nadie se le ocurriría hablar de “libertad real” o de “justicia real” o de “dignidad real”… para cuestionar desde ese concepto particular la Libertad, la Justicia o la Dignidad consagradas en la Constitución Española y en las declaraciones y normativas internacionales. Quien cuestiona la Igualdad recurriendo a “lo real” lo hace, no porque la Igualdad no sea cierta y verdadera, sino porque no la aceptan dentro de sus posiciones y les parece algo irreal desde su mirada machista.

 

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“Por el hecho de ser hombre”

Muchos hombres se pierden en la expresión que resume la construcción cultural del género en la frase “por el hecho de ser mujer”. Dicen que es carente de sentido, que no significa nada, o que es como decir que “hay cosas que pasan porque pasan” o “cosas que son como son”. Parece que su superior capacidad intelectual, tal y como recogen los postulados machistas en boca de uno de sus portavoces, el eurodiputado Janusz Korwin-Mikke, no es capaz de llegar a la concreción, aunque quizás todo se deba a las interferencias que en sus cerebros producen palabras como “mujer”, “Igualdad” o “género”.

Lo digo porque esos mismos hombres y esas mismas posiciones machistas no tienen ningún problema, ni tampoco les genera duda alguna a la hora de entender su significado, cuando afirman que los hombres son denunciados falsamente por sus parejas “por el hecho de ser hombres”o que han perdido la presunción de inocencia “por el hecho de ser hombres”, o que tras separarse no les dan la custodia de sus hijos “por el hecho de ser hombres”, afirmando, curiosamente, que se las dan a las mujeres “por el hecho de ser mujeres”Aquí no tienen problema en emplear la frase, por lo visto todo lo que sea cuestionar o atacar a las mujeres es válido.

Esta situación refleja dos hechos:

  • El primero, el poder que le otorgan a su palabra para definir lo que es y no es de manera interesada. De ese modo, si ellos dicen que el argumento resumido en la frase “por el hecho de ser mujer” no tiene sentido, pues no lo tiene; y si afirman que la idea de que las cosas que les ocurren a ellos les pasan “por el hecho de ser hombres”, pues entonces sí tiene sentido y profundidad.
  • La segunda, es la demostración de que el machismo y su desigualdad actúa de forma que las mujeres, “por el hecho de ser mujeres”, sufren una serie de consecuencias negativas basadas en la construcción de la normalidad (discriminación, brecha salarial, precariedad laboral, acoso, abusos, violencia de género…), y que los hombres, “por el hecho de ser hombres”, tienen una serie de privilegios sostenidos sobre esa construcción..

Parte de la estrategia actual del machismo va dirigida a ocultar esta construcción tan ventajosa para los hombres, por eso no les gusta la expresión “por el hecho de ser mujer”, pues aceptarla significa entender que lo que le ocurre a millones de mujeres en sus relaciones personales, familiares, laborales, sociales… no es un problema particular de cada una de ellas ni de determinadas circunstancias, sino consecuencia de las referencias de una cultura machista que crea el marco y el contexto necesario para que luego puedan suceder dentro de esa normalidad cómplice. Pero, además, como se observa en sus propios argumentos cuando se refieren a las circunstancias que ellos afirman que les pasan a los hombres, reconocer que hay una desigualdad, discriminación y violencia contra las mujeres que forma parte estructural de la cultura machista y que, en consecuencia, se dirige contra ellas “por el hecho de ser mujeres”, supone aceptar que quienes ejercen esa discriminación y violencia para mantener la desigualdad inspiradora son hombres, y lo hacen “por el hecho de ser hombres”es decir, por seguir las referencias que esa cultura ha puesto a su alcance para llenarse de razones y argumentos a la hora de actuar se ese modo, y después encontrar justificaciones para minimizar sus consecuencias. Si no fuera así, el impacto que produce la violencia de género, con una media de 60 mujeres asesinadas al año, no permitiría que el debate estuviera en la derogación de la ley que la combate; si embargo, desde el machismo se permiten cuestionarla e intentar ocultar la violencia contra las mujeres entre otras violencias.

Y todo ello tiene una derivada más. Si los hombres “por el hecho de ser hombres” actúan contra las mujeres “por el hecho de ser mujeres” tiene que ser para algo. Ya sabemos que el “por algo”, esa motivación para actuar, surge de las referencias culturales, y ahora comprobamos que los objetivos pretendidos a partir de esos motivos también son inspirados por el mismo contexto, y son de dos tipos. Por un lado, defender su imagen y condición de hombre como expresión de lo que supone su orden jerarquizado, y por otro, mantener los privilegios que conlleva esa posición. Nada es casual, si el machismo se molesta tanto en atacar a la Igualdad y al feminismo es por algo y para algo.

El machismo se siente dueño de la palabra, por eso se permite darle el significado que beneficia a muchos hombres, y para ello no dudan en decir lo mismo y lo contrario, por eso no dudan en negar que las agresiones y los asesinatos de mujeres por violencia de género no se dirigen contra ellas “por el hecho de ser mujeres”, sino por determinadas circunstancias; y, sin embargo, lo que les pasa a los hombres, sea lo que sea, les ocurre “por el hecho de ser hombres”.  Muchos creen que hacerse pasar por víctimas de la realidad oculta su responsabilidad como autores de ella, y que esconder las motivaciones que surgen al amparo de la cultura del machismo a la hora de agredir a las mujeres, hace desaparecer su responsabilidad como agresores. Pero se equivocan, ya no engañan a nadie.

La realidad que ha creado el machismo ha actuado a lo largo de toda la historia contra las mujeres, y hoy tenemos una doble referencia que lo demuestra: que los hombres se han comportado de ese modo “por el hecho de ser hombres”y que esa realidad está llena de ejemplos y casos de lo que “muchos hombres han hecho”.

 

Machismo como neutro

Al machismo le encanta eso de llevarlo todo a su terreno para hacerlo suyo, y desde ahí hacer de lo suyo lo de todos, es lo que vemos en el lenguaje cuando toma el masculino como neutro y lo neutro como genérico, para hacer, de ese modo, de lo masculino algo general.

El gran éxito del machismo no es presentarse como una opción más o menos atractiva llena de ventajas, privilegios y oportunidades que dirigen directamente a una situación de poder, sino hacerlo como realidad. De esa forma logra que aquello que los hombres han decidido desde su masculinidad sea considerado universal, es decir, para todas las personas, todo tiempo y todo lugar, mientras que lo de las mujeres, esa cara oculta tras el maquillaje de la sociedad, sea tomado como parte de su modelo, integrado en él para que asuman determinados roles y ocupen ciertos tiempos y espacios y, por tanto, supeditado a la referencia androcéntrica, o sea, a los hombres.

Por eso, como hemos repetido en más de una ocasión, el machismo es cultura, no conducta, y por dicha razón no necesita de nada ni nadie para que se manifieste cada día y en cada lugar como parte de la normalidad. La fortaleza de esta construcción injusta parte de la base de que lo de los hombres es la referencia adecuada para toda la sociedad, y los hombres los elegidos para materializar y supervisar la marcha de dicha construcción, y escenificarla a través de cada uno de ellos. Su éxito no está tanto en la negación de esa injusticia como en su ocultamiento al limitar el machismo bajo dos criterios. Por un lado el contextual, que permite reducir el machismo a determinadas circunstancias, y por otro el cuantitativo, o sea, que para que ciertos comportamientos y conductas se entiendan como machistas deben alcanzar una determinada intensidad, pues de lo contario será considerado como una “broma”,algo de “mal gusto”,una cuestión “inapropiada”…pero no machismo.

No niega el machismo, eso no sería creíble ni aceptable, pero lo coloca en determinados lugares vivibles para así poder decir que el resto no es machismo. De ese modo el machismo deja de ser machismo y se convierte en normalidad, una normalidad inmaculada y sin machismo concebida que permite que todo aquello que llegue a ella para cuestionarla sea considerado una “mancha” en su pureza original.

De un tiempo a esta parte se repite como una especie de mantra lo de la “ideología de género” para englobar bajo ese calificativo con matiz peyorativo cualquier iniciativa que busque la Igualdad, y a cualquier persona que lo haga, la cual es presentada como alguien interesando en obtener beneficios económicos a través de los “chiringuitos” que dicen que crean para enriquecerse. Englobar como ideología las propuestas basadas en un análisis de cómo el papel de  hombres y mujeres define la realidad a partir de las referencias dadas por la cultura, es decir, de lo que es el papel de unos y otras a través de lo que se ha considerado como propio de cada género, es como hablar de “ideología de la salud” para referirse a las propuestas sanitarias, o “ideología de tráfico” para las medidas destinadas a la seguridad vial.

El planteamiento que se hacer desde el machismo es tan absurdo que nadie habla, ni en la sociedad, ni en la universidad, ni en las instituciones, ni en los organismos… de “ideología de género”, salvo quienes quieren desprestigiar las políticas de Igualdad al presentarlas como si fueran destinadas a una parte de la sociedad,  y no a toda, o como si la Igualdad fuera una cuestión sobre la que especular, y no un Derecho Humano.

En este sentido han sido muy gráficas las recientes palabras del Presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, que parece haber adoptado el discurso de sus socios de plusultraderecha, para hablar de “ideologización” al referirse a quienes con sus ideas trabajan por la Igualdad y contra las manifestaciones de la desigualdad, entre ellas la violencia de género. Y resultan muy gráficas por dos razones. Por una parte, porque reflejan la estrategia posmachista que busca reducir las políticas dirigidas a lograr la Igualdad a una cuestión ideológica, en el sentido de particular, como si el debate fuese más o menos Igualdad, al igual que puede ser más o menos impuestos. Y por otra, porque resulta muy significativo la forma de entender la realidad bajo la cultura machista que impone su normalidad como universal, de manera que “esas manchas” que llegan a ella son consideradas producto de una ideología, pero en cambio, su propia posición, con sus ideas y valores, no la entienden, o no quieren hacerla entender, como una ideología, cuando en realidad lo es, y con mucha más intensidad por todo el entramado que la envuelve.

El machismo es cultura y la cultura son ideas, valores, costumbres, tradiciones, mitos, estereotipos… organizados alrededor de esas referencias estructurales que parten de lo masculino como universal. Por lo tanto, el machismo es la “ideología de las ideologías”, la “ideología original”, presente mucho antes de que ni siquiera se plantearan alternativas a sus ideas. Por eso hay ideología en quienes defienden la Igualdad, como la hay en quienes defienden la Libertad, la Dignidad o la Justicia; y como la hay en quienes se han opuesto y aún se oponen a la Igualdad, a la Libertad a la Justicia o a la Dignidad.

La diferencia no está en si son posiciones ideológicas, sino en qué ideas defienden y qué modelo de sociedad y de convivencia quieren, el de la Igualdad y el respeto, o el de las jerarquías de la desigualdad con sus privilegios e injusticia social.

El machismo no es neutro, su pH es ácido y lo corrompe todo, y la mayoría de los hombres tampoco son neutrales, sólo defienden sus privilegios desde la pasividad y el silencio. Confundir la neutralidad con la mayor presencia en el tiempo, es como tomar la realidad por verdad.

 

“Not all women”

Si no fuera por que cuentan con el peso de la palabra y la tarjeta de visita de la credibilidad, los argumentos del machismo para cuestionar la desigualdad existente y la necesaria Igualdad serían considerados como absurdos y pueriles.

Muchos machistas, acostumbrados a llenarse la boca con referencias a los españoles, a los inmigrantes, a las feministas, a los empresarios, a los patriotas… sin hacer distinción alguna, bien sea para incluirlos entre sus elogios o sus ataques, cuando se habla de los hombres para reflejar conductas violentas llevadas a cabo por ellos como consecuencia de las referencias dadas por la cultura patriarcal impuesta a toda la sociedad, entonces sí hay que hacer distinciones y dicen eso de, ¡cuidado, que no son todos los hombres!

El machismo es cultura, no conducta, y por ello impregna a toda la sociedad. Por eso cuando el machismo habla lo hace con el convencimiento que da el poder, y, por ejemplo, cuando el eurodiputado ultraderechista Janusz Korwin-Mikke afirma que las mujeres deben cobrar menos que los hombres porque son “mas débiles y menos inteligentes”,no dice que “not all men”son más inteligentes y más fuertes que “all women”.

Imagino que el siguiente paso del razonamiento machista será el “not all women”para justificar de manera similar que la violencia de género, la discriminación, los abusos, el acoso, las violaciones… no las sufren “todas las mujeres”, sino sólo “unas pocas”, casualmente las discriminadas, maltratadas, asesinadas, acosadas, violadas… por “not all men”.

Cuando desde organismos internacionales, universidades, instituciones, organizaciones… se habla de violencia de género, lo que se pone de manifiesto es la construcción cultural que crea una identidad para hombres y mujeres que lleva una especie de pack con los roles, funciones, espacios, tiempos… que deben desempeñar de manera diferente unos y otras; y que, además, establece las normas de relación a partir de lo que los hombres han considerado conveniente para “all society”y“all people”.Y entre los elementos de esa cultura han incluido la violencia contra las mujeres para corregirlas o castigarlas cuando hacen aquello que no deben, bien sea dentro o fuera de las relaciones de pareja.  Esa  normalidad de la violencia de género es la que lleva a que el 80% no sea denunciada, a que exista una actitud pasiva en la mayor parte de la sociedad ante un problema que supone que cada año asesinen a 60 mujeres de media y 600.000 sean maltratadas, y a que cuando se denuncia, en lugar de cuestionar a los hombres que maltratan se ponga en duda la palabra de la víctima, o directamente se la culpe por provocar o haber hecho algo mal.

Ese mismo escenario es el que da lugar a que cuando se plantean medidas específicas para solucionar este grave problema, en lugar de encontrar un apoyo generalizado surja una parte de la sociedad que cuestione estas iniciativas, y pida medidas para “otras violencias” que se llevan a cabo bajo diferentes motivaciones, en circunstancias distintas y buscan objetivos que nada tienen que ver con los de la violencia de género.

Y no deja de resultar curioso que ante tanta generalización sean incapaces de ver los elementos comunes, y por tanto generales, a cada uno de los casos de violencia y al resto de las consecuencias derivadas de la desigualdad. La clave para entender esta situación no se reduce a las decisiones individuales de los hombres que maltratan, agreden y matan, sino que se encuentra en la cultura machista que da razones para que cada uno de ellos inicie la violencia como algo propio de las relaciones de pareja, y permite que a pesar del daño que produce se mantenga invisible y callada dentro de la normalidad en el 80% de los casos. Es la propia normalidad social la que actúa como argumento y como cómplice para ocultar y justificar la violencia de género, por eso quien actúa desde ella, es decir, los hombres que lo deciden, cuentan con la ventaja de sentirse “justificados” por una sociedad que aporta argumentos para recurrir a la violencia contra las mujeres. Y esa misma situación es la que hace que las mujeres que la sufren se sientan cuestionadas y culpables de lo que les pasa, y crean que su responsabilidad está en continuar en la relación para intentar “hacer cambiar” al hombre que las agrede, sin ser conscientes de que en realidad quedan atrapadas dentro de la propia violencia.

Ejercer la violencia desde esas circunstancias da una serie de ventajas, entre ellas el hecho de que lo más probable es que el agresor no sea denunciado (se denuncia un 20%), si lo denuncian lo más probable es que no sea condenado (se condena un 23%), y de ese modo la relación continúa bajo los dictados impuestos por él a través de la violencia con la ayuda de la amenaza de que vuelva a ocurrir, y junto a una sociedad que cuestiona a la mujer en lugar de hacerlo al hombre agresor. Esa es la superioridad del hombre que utiliza la violencia de género, cuyo sentido es dado por la cultura que la “normaliza”, no por las circunstancias individuales del caso. Y eso es lo que reconoce el Tribunal Supremo en su jurisprudencia, como hemos visto recientemente.

La estrategia del machismo es clara, “negar para confundir y confundir para negar”. Esa es la razón por la que antes negaban la violencia de género, puesto que no había estadísticas ni una definición específica de ella en la ley, y ahora que sí la hay y conocemos su dimensión y significado, intentan negar el machismo de la violencia, es decir, la construcción de género que hay tras ella para ocultarla entre otras violencias.

En algo tienen razón, hoy “not all women”están dispuestas a aceptar las imposiciones del machismo, y “not all men”son ya machistas, por eso el machismo cada vez tiene menos espacio y menos poder, de ahí su reacción y los bulos que levantan, porque el machismo sin el andamio de la mentira solo es escombros.

 

Artículo 3. Definiciones (Convenio de Estambul)

Antes de querer inventarse una realidad, el machismo, la derecha y la ultraderecha deberían darse un paseo por la que ya existe, y así evitar tropezar con los hechos.

El Convenio de Estambul (“Convenio del Consejo de Europa sobre la prevención y lucha contra la violencia contra las mujeres y la violencia doméstica”) fue aprobado en 2011 y ratificado por España en 2014, ratificación que lo integra como normativa española. Su artículo 3 es muy claro, literalmente dice:

Artículo 3. Definiciones

A los efectos del presente Convenio:

  1. por “violencia contra las mujeres” se deberá entender una violación de los derechos humanos y una forma de discriminación contra las mujeres, y designará todos los actos de violencia basados en el género que implican o pueden implicar para las mujeres daños o sufrimientos de naturaleza física, sexual, psicológica o económica, incluidas las amenazas de realizar dichos actos, la coacción o la privación arbitraria de libertad, en la vida pública o privada;
  2. por “violencia doméstica” se entenderán todos los actos de violencia física, sexual, psicológica o económica que se producen en la familia o en el hogar o entre cónyuges o parejas de hecho antiguos o actuales, independientemente de que el autor del delito comparta o haya compartido el mismo domicilio que la víctima;
  3. por “género” se entenderán los papeles, comportamientos, actividades y atribuciones socialmente construidos que una sociedad concreta considera propios de mujeres o de hombres;
  4. por “violencia contra las mujeres por razones de género” se entenderá toda violencia contra una mujer porque es una mujer o que afecte a las mujeres de manera desproporcionada;
  5. por “víctima” se entenderá toda persona física que esté sometida a los comportamientos especificados en los apartados a y b;
  6. el término “mujer” incluye a las niñas menores de 18 años.

Los  47 países que forman el Consejo de Europa reconocen, y así lo han legislado, que existe una violencia especifica contra las mujeres que nace de la construcción que la cultura machista hace sobre el género, es decir, sobre lo que esa cultura entiende que debe ser el papel y la posición de hombres y mujeres en la sociedad. Una violencia, la que sufren las mujeres bajo esas circunstancias, que se produce para mantener el orden dado bajo la idea de corregir y castigar a las mujeres que con sus conductas y comportamientos lo alteren, y que encuentra en la normalidad el mayor cómplice para poder invisibilizarla y silenciarla, tanto que el 75-80% de las mujeres que la sufren no la denuncian.

Pero, además, cuando superan todos los obstáculos, dificultades, miedos y dudas, y las mujeres denuncian la violencia vivida, entonces las críticas  se dirigen contra ellas, no hacia sus agresores, y se produce un cuestionamiento para poner en duda si es verdad o no lo que la mujer relata en la denuncia, o directamente la responsabilizan a ella por haber hecho algo para “provocar” a su agresor, todo ello como parte de los mitos que las asocian con la maldad y la perversidad que la misma cultura ha situado sobre las mujeres. La situación es tan grave que el 1% de “denuncias falsas” que recoge la FGE se convierte “por obra y magia” del machismo en el 80%. Un machismo que tiene dudas para creer a las mujeres cuando denuncian, pero que no tiene ninguna duda para saber que la mayoría de las denuncias son falsas sin necesidad de investigar ni de probar nada.

Las agresiones que sufren las mujeres se producen al final de un proceso de aislamiento y crítica hacia sus fuentes de apoyo externo, fundamentalmente la familia, las amistades y el trabajo, proceso que las atrapa en la propia relación violenta y facilita que asuma los dictados del agresor responsabilizándola de la propia violencia que sufre. Ese proceso interno de aislamiento llevado a cabo por el hombre que la agrede es integrado dentro de la normalidad de los “asuntos de pareja” por el machismo externo de la sociedad, hasta el punto de llevar a las propias víctimas a manifestar lo de “mi marido me pega lo normal” sin que nadie que lo escuche reaccione ante tal afirmación. Es lo que recoge la Macroencuesta de 2015 cuando el 44% de las mujeres que sufren violencia y no la denuncian, refieren no hacerlo porque la violencia “no es lo suficientemente grave”. 

Ese es uno de los logros del machismo, situar la crítica de la violencia en lo cuantitativo y luego hacer del umbral que define lo “inaceptable” algo relativo para que suba o baje según las circunstancias y la decisión del agresor.

La violencia de género, como vemos, vive entre la normalidad y es protegida por las circunstancias que llevan a que no se denuncie, y a la pasividad de los entornos y de muchos profesionales que atienden a las víctimas, y en lugar de profundizar en la situación que presentan miran para otro lado, por eso el porcentaje de denuncias a través del parte de lesiones, por ejemplo,  sólo fue del 9’7% en 2017.

Todas estas circunstancias para ejercer la violencia contra las mujeres, y luego para justificarla y mantenerla como parte de la relación, son propias de la violencia de género, no ocurren con otras violencias domésticas ni fuera de ese escenario familiar. No existe una construcción cultural que lleve a decir a los hombres “mi mujer me pega lo normal”, ni a que si hombre comente o denuncie que la mujer le ha pegado alguien le diga, “algo habrás hecho”,del mismo modo que no genera sospechas en el momento de acudir al Juzgado ni nadie dice que denuncia porque “quiere quedarse con la casa, los niños y la paga”.

La realidad de la violencia contra las mujeres es objetiva y los estudios la han puesto de manifiesto desde hace décadas. La resistencia del machismo y de los partidos de derechas no es casualidad, sino consecuencia de una defensa de su modelo de sociedad y relaciones basado en la desigualdad y en la referencia de los hombres, para hacer del resto de la realidad parte de sus competencias (mujeres, familia, educación, economía…)

Erradicar la violencia de género exige acabar con el machismo, no puede haber solución si permanecen las causas, del mismo modo que habrá consecuencias si continúan las razones que dan lugar a ellas. Por eso el propio Consejo de Europa en el Convenio de Estambul, en su artículo 9, reconoce y da un papel esencial a las ONGs y a la sociedad civil en todo el proceso, porque es consciente de que las actuaciones desde las instituciones y los propios entornos de las víctimas no es suficiente para abordar todos los elementos que genera el machismo desde la normalidad para atrapar a las mujeres en la violencia. Lo que el machismo y la derecha llama “chiringuitos” de manera despectiva son instrumentos esenciales para salir del foso que la cultura cava alrededor de cada relación violenta, lo cual demuestra el gran desconocimiento que tienen sobre la violencia de género y su desconsideración a las mujeres, niños y niñas que la sufren y viven bajo sus golpes y amenazas.

El artículo 3 del Convenio de Estambul establece de forma clara la diferencia entre violencia de género y violencia doméstica, confiemos en que los 3 partidos de Gobierno en Andalucía articulen sus políticas sobre el pivote de la Igualdad, de lo contrario no sólo estarán contra la realidad, estarán también contra la ley.

 

El fracaso del machismo

Los machistas han comenzado a salivar en cuanto han visto que los partidos de la derecha están cocinando una serie de medidas para limitar las políticas de Igualdad y contra la violencia de género, y así andan, salpicando con sus fluidos las redes y medios.

Nada nuevo respecto a los machistas, que desde el primer momento vieron que la Ley Integral contra la Violencia de Género (LIVG) era un instrumento eficaz para responder ante su violencia de género, tanto sobre los casos como sobre las causas, pero sí respecto a la política, donde un partido accidental es capaz de situarse por encima del Tribunal Constitucional para decir que la LIVG es inconstitucional, y se atreve desde su posición mínima, no sólo minoritaria, a enmendar lo que la soberanía popular a través de sus representantes ha aprobado y ratificado por unanimidad en diferentes ocasiones. Interesante ejercicio de democracia el del machismo.

Todo ello demuestra que andan un poco de los nervios y que el machismo ha fracasado en su intento de mantener la desigualdad como normalidad, y la violencia contra las mujeres como un tema privado e invisible para que los hombres puedan continuar con sus privilegios, entre ellos negar esa violencia de género y mezclarla con otras formas de violencia interpersonal para que pase desapercibida su responsabilidad social y criminal.

Hoy se denuncia más violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja y en la vida pública, circunstancia que demuestra el fracaso del machismo violento en sus formas y en su fondo.

Pero no sólo se denuncia más, también ha aumentando la violencia de género en la sociedad, como demuestran las Macroencuestas. El machismo es cultura, no sólo conducta, una cultura de poder levantada sobre las referencias de los hombres, y como tal tiene tres instrumentos para condicionar la realidad: la influencia, el premio y el castigo. El fracaso del machismo se ha traducido en una pérdida de su capacidad de influir y premiar, por lo que en un intento de mantener sus privilegios y de castigar a quienes los cuestionan ha recurrido al incremento de la violencia.

Sin embargo, como su capacidad de manipular en nombre del orden dado es tan alta, ahora intentan presentar ese incremento del número de casos como un fracaso de la ley, como si la ley fuera la que diera las pautas para maltratar, y como si el machismo estuviera feliz de ceder sus posiciones de poder sin resistirse, y como si la desigualdad construida sobre su idea de “inferioridad e incapacidad” de las mujeres hubiera sido para ellos un error.

El fracaso del machismo es tan manifiesto que en estos 15 años de Ley Integral contra la Violencia de Género sus argumentos no han variado, tan sólo han sido repetidos. Entre esas razones que han dado para cuestionarla, destacan las siguientes:

  1. El número de homicidios no ha disminuido a pesar de medidas establecidas. Un planteamiento trampa basado en dos errores:
    1. Por una parte, comparan los homicidios anteriores a 2003 con los de los años siguientes a la LIVG, cuando en cada uno de esos periodos se medía algo diferente. Antes de la LIVG el concepto jurídico existente era el de violencia doméstica o familiar, por lo que muchos de los homicidios de mujeres en parejas sin convivencia (novios o exparejas) no se contabilizaban. Curiosamente, es a esta referencia a la que nos quieren llevar ahora para volver a ocultar la violencia contra las mujeres.
    2. El segundo error es contabilizar los homicidios en términos absolutos, sin considerar el grupo de población en el que se producen (el número de mujeres maltratadas), y si este es mayor o menor. Al haber aumentado el número de mujeres que sufren violencia machista debido a la reacción del machismo, la tasa de homicidios ha disminuido un 42%, y lo ha hecho en gran medida debido a los cambios sociales en cuanto a concienciación, e institucionales en cuanto a respuesta y atención, gracias a la LIVG.
  2. El número de mujeres maltratadas ha aumentado. Ya hemos comentado que este incremento de la violencia machista es consecuencia del machismo, no de las iniciativas que buscan erradicarlo. El objetivo de la violencia de genero es el control y el sometimiento de las mujeres a los dictados del hombre, y del mismo modo que los machistas no aplican la violencia explícita y directa sobre las mujeres que “hacen lo que ellos dicen”, el cambio social y la conciencia crítica de las mujeres que cuestionan esa imposición  ha llevado a que los hombres utilicen más la violencia. Una situación que requiere más medidas y tener en cuenta este proceso dinámico, pero que es responsabilidad única del machismo.
  3. Críticas sobre el presupuesto invertido. Tal y como hemos explicado, las políticas desarrolladas han permitido sacar a la luz la violencia y las agresiones que sufren las mujeres por parte de los hombres, y ha facilitado que muchas mujeres hayan salido de la violencia a través de la denuncia, pero también, y de forma mayoritaria, por medio de la separación y el divorcio. Este proceso en gran parte se ha debido a los recursos que la LIVG y otras iniciativas han desarrollado sobre la concienciación, información, asistencia, atención, protección… si no hubieran existido recursos ninguna de esas medidas podrían haberse aplicado para que las mujeres puedan vivir libres y sin violencia.
  4. Argumentos para confundir y desviar la atención. El machismo siempre ha desarrollado diferentes estrategias para mantener su status y privilegios, es lo que tiene el poder, la capacidad de hacer cosas diferentes sin que se vean incongruentes ni resten. Por eso, al mismo tiempo que piden derogar la LIVG hay quien pide incluir en ella a los hombres, da igual el sinsentido del planteamiento, lo importante es la crítica y la confusión. Y en esa confusión es donde el posmachismo insiste con argumentos sempiternos como el de las denuncias falsas, la violencia que sufre los hombres, o la idea de que “violencia es violencia”… todo ello con la idea de conseguir dos objetivos:
    1. El primero es ocultar la violencia contra las mujeres entre otras violencias para que no se conozca bien su dimensión y consecuencias, tal y como sucedía en 2003 antes de la LIVG.
    2. El segundo va dirigido a desviar la mirada del origen y significado de la violencia contra las mujeres para ocultar la construcción del machismo y esa normalización que existe detrás de ella. Hablar de violencia doméstica o familiar, además de mezclar y confundir las distintas violencias, sitúa el problema en el escenario, ese ambiente familiar o doméstico, en lugar de hacerlo en la construcción de género que da lugar a la violencia contra las mujeres.
  5. El elemento manipulador y “desesperado” del machismo se aprecia de forma objetiva cuando entre sus argumentos para cuestionar una ley introducen el ataque a las personas, organizaciones y movimientos que comparten la aplicación de dicha norma. Una situación tan “desesperada” la del machismo que no dudan en introducir los clásicos ataques a las “Ministras de Zapatero”, pues no soportan que mujeres jóvenes, valiosas y capaces, como Bibiana Aído y Leire Pajín, hayan sido las responsables de desarrollar e implementar gran parte de las políticas que han llevado al fracaso del machismo.

Su fracaso está claro, si la LIVG no fuera exitosa para erradicar la violencia contra las mujeres y para ayudar a consolidar la Igualdad, el machismo no se molestaría en cuestionarla ni en pedir que se derogue, y si esta ley no fuera tan buena en sus objetivos, tampoco habría sido premiada en 2014 por Naciones Unidas, el World Future Council y la Unión Interparlamentaria, como una de las mejores leyes del mundo.

La violencia del machismo es el gran drama que aún tenemos que padecer como consecuencia de su realidad, aunque ahora sea una realidad fracasada. Pero el siguiente paso es la erradicación del machismo para que ya no exista ni como fracaso, y el feminismo y una sociedad democrática lo van a conseguir.

El “amigo invisible”

El machismo es la realidad invisible que nos oprime en la libertad engañada, y los machistas son “los amigos invisibles” que regalan la sorpresa de cada día bajo las referencias de la desigualdad.

Hacer de la injusticia social del machismo invisibilidad y convertir a todos los machistas en invisibles, incluso en amigos, en personas cercanas a las que no se le cuestiona su “machismo ordenado”, es decir, la proporcionalidad de su machismo atendiendo a las circunstancias que lleva a que, dependiendo del momento, el comentario, el chiste o la imagen a través del whatsapp sea interpretada como adecuada, es el gran logro de su construcción.

El machismo es cultura y la cultura es normalidad, no excepcionalidad, y para lograrlo la estrategia del machismo se basa en invisibilizar su construcción limitando su realidad a determinados resultados bajo dos condiciones, que sean conocidos y que hayan superado el umbral de intensidad definido por la normalidad. La estrategia no falla: si la violencia es grave pero no se conoce, no existe; y si la violencia se conoce pero no es grave, no es verdad.

De ese modo logra mantener a la sociedad ajena a la realidad que da lugar a la violencia de género, y cuestiona sólo el resultado cuando supera el nivel considerado aceptable en un determinado momento. La estrategia no niega la violencia que sufre un número determinado de mujeres, es imposible hacerlo ante la objetividad de su resultado, pero sí permite limitarla a ciertas circunstancias del contexto o de los agresores para apartarla de esa construcción cultural, que niega las causas comunes y esconde la violencia bajo el umbral considerado.

Al machismo nunca le ha importando mostrar, incluso exponer y vapulear públicamente a los agresores cuando son descubiertos, esa estrategia del “chivo expiatorio” permite que unos pocos reciban un reproche y una sanción grave para que el resto de los hombres permanezcan con sus privilegios en una cultura machista que no es cuestionada como tal. Nadie puede acusar de complicidad o pasividad a quien actúa de ese modo, ni a quienes ahora piden la “prisión permanente revisable” para determinados asesinos de género y violadores, pero sin decir nada ni pedir que se actúe sobre las circunstancias de una sociedad machista capaz de generar asesinos y violadores que van aprendiendo a serlo a través del acoso, del abuso, de las agresiones… que inician en sus relaciones sociales y de pareja desde edades muy tempranas, como demuestran los estudios al reflejar la presencia de la violencia de género desde las relaciones adolescentes. Ninguno de esos agresores sale de la nada, todos ellos son socializados en la cultura machista que discrimina y codifica a las mujeres.

La construcción es tan eficaz que integra a las propias víctimas en esa “ocultación” de la violencia que sufren, como cuando manifiestan (44%) que no denuncian porque la violencia que sufren “no es lo suficientemente grave” (Macroencuesta 2016), es decir, que es “normal” y forma parte del mobiliario de la relación de pareja, siempre y cuando no supere un umbral colocado por la propia sociedad que la justifica, y que mueve hacia arriba o hacia abajo según las circunstancias del momento, pero nunca la hace desaparecer, puesto que desde la construcción machista el objetivo no es erradicar la violencia de género, sino ocultarla más o menos bajo los argumentos, razones y justificaciones que se consideren oportunos en cada momento. Por eso cada vez que se habla de violencia contra las mujeres en lugar de incidir en su gravedad y en sus resultados objetivos, se intenta desviar la atención y se recurre al relato de las “denuncias falsas”,de que “las mujeres también maltratan”,de que “la vida de un hombre vale lo mismo que la vida de una mujer”, que “violencia es violencia y no hay que hacer distinciones”…Se imaginan que ante la información de la DGT sobre accidentes de tráfico alguien dijera que “también hay accidentes laborales”, que “la vida de un conductor no vale más que la vida de un trabajador”, que “accidentes son accidentes y no hay que hacer distinciones”, que hay “accidentes falsos para cobrar las indemnizaciones del seguro”… no tendría sentido ni sería aceptado, sin embargo en violencia de género son argumentos habituales  que no sólo se aceptan, sino que, además, forman parte del debate social para legislar sobre la materia.

El objetivo del machismo está conseguido, la mayor parte de la violencia contra las mujeres permanece invisible, tanto que representa un problema grave sólo para el 1% de la población (CIS), a pesar de que asesina a 60 mujeres de media y maltrata a 600.000 cada año. Y cuando sale a la zona visible de la realidad, los propios “mecanismos” que la ocultan actúan para responsabilizar a las mujeres que la sufren y para justificar a los hombres que la llevan a cabo, presentando cada caso como consecuencia de circunstancias puntuales y propias del contexto particular: una fuerte discusión, el alcohol o las drogas, el trastorno mental, la provocación, la mala suerte… En definitiva, presentarla como si se tratara de un accidente, planteamiento que no deja de sorprender, puesto que mientras que en la economía, en el deporte, en las elecciones… todo se ve como parte del proceso que se va desarrollando en el tiempo hasta dar unos determinados resultados, en violencia de género, donde tenemos ejemplos diarios de la desigualdad, discriminación, cosificación y violencia contra las mujeres, se insiste en la idea de “hecho aislado”, de “accidente”, “de circunstancias”… que ocultan al machismo que hay detrás de cada uno de ellos y de toda la estructura que esconde primero, y luego justifica y contextualiza los resultados que produce: acoso, abuso, agresiones, violaciones, homicidios…

El machismo es el amigo invisible de la desigualdad y el enemigo visible de la Igualdad, la convivencia y la justicia social… Y ya saben lo que dice la sabiduría popular: “dime con quién andas y te diré quién eres”.