About Miguel Lorente Acosta

Profesor Titular de Medicina Legal en la Universidad de Granada. Médico Forense. Especialista en Medicina Legal y Forense. Máster en Bioética y Derecho. Blogs: "Autopsia" y "Cardiopatía Poética" @Miguel__Lorente

Polvos, lodos y machismo

De “aquellos polvos vienen estos lodos”…La sabiduría popular sabe más por vieja que por popular, la experiencia la hace sabia a través de las vivencias protagonizadas, aunque no siempre aprende de lo vivido.

En algunos de los acontecimientos que ocurren en nuestros días sólo falta escuchar de fondo esa frase que muchos padres y madres repetían ante los problemas de alguno de sus hijos, “es que no aprendes”, decían recriminándoles su responsabilidad en lo ocurrido. Pero el problema del aprendizaje no sólo está en la incapacidad de adquirir conocimiento, sino que con frecuencia radica en la falta de voluntad para aplicarlo. Y lo que nos dice la experiencia ante determinados sucesos no es que la sociedad sea incapaz de aprender, sino que dentro de ella hay quien no está dispuesto a renunciar a determinados beneficios y privilegios, aunque se a costa de generar un riesgo que por lo general afectará a otras personas.

Cuando decimos que “el machismo es cultura, no conducta”, hay quien reacciona con cierta confusión, pero también hay quien responde con beligerancia desde posiciones machistas diciendo eso de que “ahora resulta que todo va a ser machismo. Y sí, todo es machismo porque la cultura, ese conocimiento que permite organizar la convivencia y definir las identidades, está construido sobre lo que los hombres han considerado oportuno a lo largo de la historia para articular las relaciones, distribuir roles, tiempos y espacios, y definir la identidad de las personas que la forman. No hace falta esperar un resultado para considerar la existencia del machismo, el machismo no es el resultado, sino lo que hace posible ese resultado y luego le da significado para que sea coherente con sus ideas, valores y creencias. Por eso la Igualdad es la gran deuda de la historia y las mujeres las grandes discriminadas, y lo son más que las “razas”, castas, orígenes o procedencia de las personas, pues ellas, además de esas discriminaciones estructurales, están discriminadas en cada uno de esos grupos respecto a  los hombres.

El machismo es una construcción de poder, es decir, se ha hecho de manera interesada para que quien “parte y reparte se lleve la mejor parte”, y estas personas que cortan y reparten en nuestra sociedad son los hombres. Y para conseguir los beneficios materiales que les permitan cobrarse su compromiso con el sistema utilizan lo privado y lo público, el “amor romántico” y la violencia, la política y el conflicto, la salud y la enfermedad… Utilizan todo lo que sea necesario y lo hacen cada vez más, puesto que cualquier modelo de poder está pensado para crecer, no sólo para permanecer, de ahí que no haya espacio para el autocontrol ni la renuncia, puesto que su propia existencia sería considerada en sí misma como un fracaso.

Y el modelo de poder machista no sólo se basa en la obtención de beneficios y privilegios como resultado, sino que gran parte de su estrategia se fundamenta en las formas de lograr esos objetivos. Por eso al machismo no le basta con haber establecido una jerarquía en lo que lo masculino marca las diferencias y los hombres ocupan el poder, sino que, además, exige que quien actúe en su nombre debe expresarlo en la práctica a través del uso de la fuerza y la violencia, en dominar y someter, para de ese modo hacer de la realidad su principal instrumento, y así reafirmar y retroalimentar su carrera sin límites por medio de cada una de sus acciones y logros.

La naturaleza no es diferente al resto de los elementos que el machismo utiliza para y crecer en poder. La naturaleza queda sometida al machismo, la hace suya a través de la fuerza, la violencia, la invasión de sus espacios y su posterior conquista para sus intereses. Todo ello con el objeto de expandir su poder y recompensar a quienes lo secundan por medio del dinero, del status, de las influencias…. en definitiva, del reconocimiento.

El razonamiento es sencillo. Los edificios se construyen y el urbanismo de las ciudades se diseña tal y como se piensan, y se piensan según la cultura machista entiende que deben ser esas ciudades a partir de las necesidades y de la mirada de los hombres, y del uso que ellos vayan a hacer de ellas. Si ese diseño crea espacios donde las mujeres pueden sufrir la violencia de otros hombres, da igual; y si la naturaleza, su medio y sus ríos se ven sometidos y expulsados de su territorio, a ellos les da lo mismo. Lo importante son los beneficios y el reconocimiento obtenido por sus grandes construcciones.

El feminismo ha puesto de manifiesto esta realidad (como también lo ha hecho en cada uno de los diferentes ámbitos de la sociedad), y plantea alternativas para mejorar las ciudades, su desarrollo y su relación con la naturaleza. A pesar de ello, desde el machismo lo ven como una “exageración” y como un planteamiento absurdo, pues desde la visión androcéntrica todo se soluciona con más “fuerza”. Y si se dice que los pilares de un puente no aguantarían una riada, su solución es construir otros más sólidos, no evitar el problema de la ocupación del curso fluvial;  y si se plantea que un muro puede ceder ante una tormenta intensa, en lugar de buscar una alternativa responde que se levanta uno más ancho y más alto. La clave está en imponer su visión y demostrar su poder.

Los estudios urbanísticos con perspectiva de género llevan muchos años trabajando todas estas cuestiones e identificando los factores de riesgo para la convivencia en el día a día y en situaciones excepcionales, pero el machismo, esa “normalidad con perspectiva masculina”, los ignora y los presenta como “sinrazones” dirigidas a cuestionar a los hombres y a plantear temas menores, puesto que las mujeres, dicen, son incapaces de competir con los hombres en los “grandes temas”.

Lo ocurrido en las últimas riadas que hemos sufrido tiene parte de responsabilidad en el modelo machista de urbanismo, y en la prepotencia que muestran ante el riesgo, pues para el machismo el riesgo sólo es una oportunidad para demostrar su valor, aunque sea con el sufrimiento ajeno. Y la responsabilidad se inicia en las construcciones que se hicieron, pero antes lo estuvo en el diseño del plan de ordenación urbana del lugar, y todavía antes en las agresiones que se ejercen sobre la naturaleza a través de su ocupación y de toda la contaminación que se vierte sobre ella.

No es un problema nuevo ni propio de determinados lugares debido a sus especiales circunstancias, es un problema de siempre que cada vez se repite y se agrava más por esa forma de entender el urbanismo y las relaciones con la naturaleza. No se puede jugar a la ruleta rusa con el clima ni con nada, y el machismo lo hace esperando que no le toque a alguien, pero a sabiendas que siempre habrá quien se vea afectado por su juego y su riesgo.

El machismo ha creído que después de diez mil años su poder era ilimitado, pero se equivocó al principio cuando creó una cultura desigual e injusta, y se equivoca ahora cuando cree que su razón pasada es motivo suficiente para perdurar. No se da cuenta de que todo está en su contra, y que la naturaleza se revela contra su dominio al igual que lo hace la sociedad. Y mientras que la primera llena las calles de su injusticia de agua, la segunda lo hace con mujeres (y cada vez más hombres), ambas exigiendo respeto, convivencia e Igualdad.

 

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“Trumpetas” y apocalipsis

Donald Trump ha puesto de manifiesto la verdadera amenaza que se cierne sobre el planeta, una amenaza que no tiene nada que ver con un posible “ataque repentino de la URSS”, tampoco con atentados  terroristas por todo lo ancho y largo del globo, ni con el arsenal nuclear oculto de Irán o Corea del Norte, y menos aún con una invasión alienígena que arrasara nuestro planeta azul…

La verdadera amenaza para Donald Trump son las mujeres, y quienes están en peligro de extinción son los hombres… Eso es lo que se deduce de sus palabras cuando afirma que ser “hombre joven” es de lo más peligroso, hasta el punto de decir que los hombres viven un momento “difícil” y “aterrador”. Y todo porque las mujeres los pueden “denunciar falsamente”, y porque esa denuncia conllevaría de forma directa ser considerados culpables debido a la “pérdida de la presunción de inocencia”que viven los hombres.

Las mujeres para Trump no están en peligro. Que sean asesinadas por hombres dentro de las relaciones de pareja no conlleva riesgo, que lo sean fuera del hogar a la hora de relacionarse en sociedad tampoco supone amenaza alguna. Que sean violadas, mutiladas, forzadas a casarse siendo niñas tampoco es un problema para la convivencia. Que su voz no sea oída y que sus palabras no sean creídas, que se piense de ellas que son malas y que se diga que son perversas,  no es parte de ninguna presunción para Trump, sólo realidad. Por eso bajo esta forma de considerar a las mujeres ni siquiera pueden denunciar, hacerlo ya es un ataque hacia los hombres, como se deduce de sus declaraciones.

Así se ha manifestado el Presidente de los EE.UU. tras las acusaciones de “conducta sexual inapropiada” realizadas por varias mujeres sobre el candidato a la Corte Suprema Brett Kavanaugh .

Como se puede ver, el machismo no tiene mucha imaginación ni variedad en sus argumentos, pero no se puede negar que es repetitivo e insistente hasta la saciedad, y que sus planteamientos son globales. Da igual que se esté en EE.UU. o en Brasil, en México o en España, el mensaje que lanzan frente a la Igualdad y al posicionamiento crítico de las mujeres contra su normalidad machista siempre es el mismo:denuncias falsas”, “mujeres malas y perversas”, “pérdida de la presunción de inocencia de los hombres”, “suicidio de los hombres”, “mujeres violentas”…

Y también da igual que sus argumentos no se sostengan, no sólo por la negación que hacen de la violencia de género a pesar de su presencia objetiva, sino porque lo que afirman no se corresponde con la realidad. Por eso cuando hablan de que los hombres “no tienen presunción de inocencia”, y lo utilizan al hablar del candidato propuesto a la Corte Suprema de EE.UU. y de la violencia de género, luego quedan en evidencia y al descubierto.  La realidad es clara: el nombramiento del juez Kavanaugh no se ha visto afectado por las denuncias realizadas y ha sido nombrado sin problemas, y lo mismo ocurre con la mayoría de los hombres denunciados por violencia de género, que tampoco son condenados; concretamente en el 75-80% de los casos prevalece la “presunción de inocencia” que según el machismo no existe.

La reacción del machismo demuestra que sus partidarios no soportan que la sociedad esté cambiando gracias a las acciones de las mujeres y, mucho menos, que las mujeres les estén plantando cara a través de la superación de todos los límites artificiales que de manera interesada habían situado en diferentes espacios de la sociedad, para poder construir su idea de la “incapacidad de las mujeres”.

Su problema es que nadie cree ni acepta esos planteamientos, salvo ellos. Y el problema de la sociedad es que esa cohesión interna y la escenificación que hacen de lo que presentan como un ataque de las mujeres y las políticas de Igualdad contra los hombres, genera más odio y violencia contra ellas, algo que no podemos permitir.

Las palabras de Donald Trump, como la de todos los machistas, llegan con el sonido del Apocalipsis, circunstancia que refleja muy bien esa identificación que hacen del mundo con su mundo y del machismo con la vida. Para ellos no hay vida más allá del machismo ni lugar para hacerlo fuera de su modelo de sociedad, por eso para los machistas la Igualdad es la “trompeta del Apocalipsis”.

 

Machismo aleatorio

Celia Barquín Arozamena, la joven golfista española asesinada cuando entrenaba en el campo de golf de la Universidad de Iowa, lo fue por “mala suerte”. Es lo que ha declarado el sheriff del condado al calificar el homicidio como un “crimen aleatorio”.

Las palabras del sheriff Geoff Huff reflejan muy bien cómo el machismo ha logrado levantar un marco de significado alrededor de la violencia de género, desde la amenaza al homicidio, que resta transcendencia a cada uno de los casos y gravedad al conjunto de toda la violencia dirigida contra las mujeres. De ese modo, esta violencia queda situada en una serie de circunstancias particulares y de factores individuales, que permiten integrar su dramática realidad sobre esos “hechos aislados” sin cuestionar el machismo común a cada uno de ellos.

Esa es la trampa del machismo que le permite salir indemne de cada uno de esos crímenes y de toda su injusticia, ocultar los factores estructurales que llevan a los hombres a utilizar la violencia contra las mujeres, y a presentar los elementos particulares como determinantes de la conducta criminal, como si el machismo fuera incompatible con ellos y sólo pudiera actuar como causa única, y como si todo fuera circunstancial en esa última fase de agresión, sin considerar lo que ha llevado hasta ella.

Las explicaciones dadas por el sheriff sobre el asesinato de Celia Barquín son muy gráficas en ese sentido. La policía de Iowa presenta el homicidio como un “crimen aleatorio” y la muerte de Celia como “mala suerte”, levantando una falacia  frente al significado de esa conducta criminal, que no está en el resultado, sino en la motivación y objetivos pretendidos por el asesino, Collin Daniel Richards, Y él lo que quería era “violar y asesinar a una mujer”,demostrando la elaboración machista en la violencia y en el objetivo sexual que lo llevó a actuar.

Las circunstancias que hicieron que Celia Barquín fuera asesinada formaban parte de su construcción machista, aunque podía haber sido otra mujer la asesinada, pero esa aleatoriedad en la selección de la víctima no debe definir el homicidio machista como un “crimen aleatorio”, puesto que el objetivo está claro y bien definido: “violar y matar a una mujer”, y así lo hizo.

La estrategia es similar a lo que se intenta hacer con la violencia de género en España, dentro y fuera de la relación de pareja. Destacar lo individual y hablar de la multicausalidad de la violencia para esconder el machismo, como si el hecho de que existan diferentes causas para la violencia significara que todas ellas tuvieran que estar presentes en cada caso, y como si la presencia de alguna de ellas descartara el machismo estructural. Este planteamiento no se hace con otras violencias, por ejemplo con el terrorismo; nadie dice de un atentado yihadista sea un crimen aleatorio, ni que las víctimas del mismo murieron por “mala suerte” porque podrían haber sido otras distintas, o que se trató de un terrorista muy impulsivo que actuó porque “perdió el control”.

El planteamiento es sencillo: cuando el homicidio se produce en la relación de pareja, donde la mujer asesinada no puede ser “aleatoria”, se destaca la situación del agresor hablando del alcohol, las drogas, los trastornos mentales, su origen extranjero… Y cuando el homicidio se lleva a cabo fuera de la relación de pareja, se recurre a la situación de la víctima o a las circunstancias alrededor de los hechos, todo para esconder la construcción machista de la violencia que ejerce cada uno de esos hombres, y dar a entender que ha sido un problema contextual, aleatorio o de mala suerte.

El razonamiento que se ha hecho con el asesinato de Celia Barquín en EE.UU. es el mismo que se hizo con Diana Quer, Rocío Wanninkhof, Sonia Carabantes… al indicar que cada una de ellas tuvo “mala suerte”, y preguntarse “qué hacían ellas a esas horas en esos lugares”, planteamientos no muy distintos a los que se han hecho sobre la víctima de “la manada”.

Nada de eso se hace con otras violencias, ni nadie habla de sus víctimas diciendo que tuvieron “mala suerte” o que fueron “crímenes aleatorios”.

Y toda esa forma de presentar la violencia de género influye en la percepción que se tiene de ella. No por casualidad, a pesar de su gravedad y de las 60 mujeres asesinadas de media cada año, considerando sólo los homicidios dentro de las relaciones de pareja, el porcentaje de población que considera que se trata de un problema grave es el 1’9% (CIS, septiembre 2018).

Alguien vive en un error y el machismo no es. Los machistas lo tienen muy claro y actúan en consecuencia.

No podemos caer en sus trampas, con el machismo la suerte está echada, lo que hay que hacer es cambiar de escenario y dejar fuera de él a los machistas y su violencia.

 

De negar “la violencia del machismo” a negar “el machismo de la violencia”

El machismo no para de colocar trampas en el camino para evitar que la sociedad avance hacia la Igualdad, y cuando no puede colocar uno de esos cepos o artimañas, cambia la señales e indicaciones para confundirla y que se dirija a otro lugar dentro de su territorio.

Una de las formas demás habituales que utilizan para invisibilizar al machismo es reducir toda la construcción cultural del patriarcado a las manifestaciones de la violencia conocida, especialmente a los homicidios, para luego limitar cada uno de los casos a sus circunstancias particulares y personales. De ese modo, dejan todo en manos de “unos pocos hombres que actúan bajo la influencia del alcohol o las drogas, o bien que padecen algún tipo de trastorno mental”.

Bajo esas referencias, la violencia que sufren las mujeres “nada tiene que ver con el machismo” y todo son “unos pocos casos aislados”, curiosamente el mismo argumento que utilizó el entonces Vicepresidente del Gobierno, Álvarez Cascos, tras el asesinato de Ana Orantes por José Parejo en 1997, hace ya 21 años. Nada nuevo, como ven.

La estrategia ha cambiado en esa actitud adaptativa del machismo, pero el objetivo es el mismo: cuestionar la realidad de la violencia de género para que no se llegue a su raíz y causa, que es el machismo. Antes negaban la violencia del machismo porque no había estadísticas oficiales ni se conocían todos los casos (no se consideraba como tal los homicidios cometidos sobre mujeres cuando el agresor no convivía con ellas), y todo se entendía como parte del crimen pasional o de la España negra. Y ahora que se conoce con exactitud su dimensión y que los datos hablan a gritos desde su silencio numérico, intentan negar el machismo de la violencia.

Por eso tratan a toda costa que el machismo de nuestra sociedad, el mismo que lleva a la discriminación de las mujeres, a que estén sobrerrepresentadas en el desempleo, en la pobreza, en el analfabetismo, en la precariedad del trabajo… y sobrerrepresentadas en la brecha salarial, en el acoso, el abuso sexual, las agresiones sexuales, en la violencia dentro de las relaciones de pareja y en los homicidios que se producen en dicho contexto, quede fuera de toda esa causalidad. Da igual que todo eso se lleve a cabo por “hombres normales” reconocidos como tales por sus entornos y en sus lugares de trabajo, cada uno con sus rasgos y características de personalidad, con sus hábitos y sus costumbres, con sus experiencias y aficiones, pero no “enfermos ni alcohólicos”. Son hombres de todas las edades, de diferentes niveles socio-económicos y de cualquier lugar, que actúan con violencia bajo las referencias comunes de la cultura machista.

El argumento es tan falaz que, de repente, el machismo “ha eliminado” todos los crímenes de odio. Según su planteamiento, el racismo no existe, y cuando un hombre blanco agrede a otro de un grupo étnico diferente se debe a factores particulares y, según su razonamiento, se justificaría diciendo que los hombres blancos también agreden a otros hombres blancos. Y han acabado con la xenofobia, porque cuando un hombre español agrede a un extranjero lo hace por las circunstancias que han rodeado a los hechos, y lo explicarían por el hecho  de que los hombres españoles también agreden a otros españoles… Es el típico argumento falaz y simple que puede utilizar quien se encuentra en una posición de poder que, por un lado, lo hace creíble, y por otro, coincide con lo que la mayoría de la gente necesita oír para no cuestionarse nada en lo personal ni respecto a la sociedad en la que vive. De ese modo contribuye a la confusión sobre la violencia machista, que es el objetivo de la estrategia posmachista para que el machismo se vea impune y salga indemne de todas las situaciones que él mismo crea.

Han pasado, como apuntaba, de “negar la violencia del machismo” a “negar el machismo de la violencia”, pero ya no cuela. La sociedad ha crecido en Igualdad y en conocimiento gracias al feminismo, y ahora es lo suficientemente consciente y comprometida para que sus pasos se dirijan de manera decidida hacia la erradicación del machismo. Los argumentos que utilizan y los ataquen que hacen a diario en las redes sociales nadie los acepta, salvo ellos mismos, lo cual actúa como una especie de terapia de grupo, con el único inconveniente del odio que alimentan entre quienes piensan y actúan bajo esas referencias, que aún son demasiados.

Las nuevas aportaciones a la estrategia argumental que utilizan para negar el machismo de la violencia, se basan en tres elementos principales: el cuantitativo, la exclusividad y la incompatibilidad. Los vemos de forma resumida.

  1. Según el argumento cuantitativo, como “sólo son unos pocos hombres” (60 de media al año), en comparación con los 20 millones de hombres de nuestra sociedad, no hay problema social. El argumento es tan pobre como decir que como sólo se producen unos 300 homicidios al año, tampoco existe ningún problema con la criminalidad ni hay hombres que decidan asesinar, todo se reduce a unos pocos hombres con problemas, pues de los 20 millones sólo matan, roban, estafan… unos cuantos. Pero, curiosamente, ese razonamiento sólo lo aplican a la violencia de género.
  2. La exclusividad trata de definir el machismo como conductas que sólo pueden hacer los hombres sobre las mujeres. Si los hombres las hacen sobre otros hombres o las mujeres también las hacen en diferentes circunstancias, ya no es machismo. Por lo tanto, como los hombres también agreden a otros hombres y las mujeres actúan de manera similar en ocasiones, ya no hay machismo en las agresiones que realizan los hombres sobre las mujeres. Para el machismo todo lo que termina en el mismo resultado tiene el mismo significado y debe abordarse del mismo modo, da igual que la violencia sea terrorista, xenófoba, racista… De nuevo buscan esconder el machismo de la violencia que genera, ocultado que la esencia de la conducta violenta está en las motivaciones y en los objetivos que pretende, no en el resultado, pues todas las violencias acaban en conductas similares, pero desde diferentes posicionamientos.
  3. La incompatibilidad presenta al machismo como un elemento incompatible con cualquier otro elemento o circunstancia. Según ese argumento, si un hombre tiene un rasgo de personalidad que lo presente como narcisista, dependiente, impulsivo, asertivo… ya no es el machismo el que actúa en la elaboración de su conducta, sino sus características particulares; como si un narcisista no pudiera ser machista o un compulsivo tampoco pudiera serlo. La realidad nos dice que es lo contrario, y que es el machismo el que da las referencias para llevar a cabo determinados comportamientos, y que luego se realizan de manera distinta según sus características personales y las circunstancias particulares que actúen en el momento de materializarlo. Niegan el machismo para que no se pueda incidir sobre los factores que permiten la violencia de género como una conducta amparada por la normalidad, los mismos factores que actúan también como garantes de los privilegios de los hombres en una cultura levantada sobre la desigualdad.

El machismo es cultura, no conducta… Lo que define al machismo es esa cultura que determina las identidades y crea los valores, ideas, mitos, estereotipos… que las sustentan, circunstancias que permiten encontrar razones para llevar a cabo los comportamientos que decidan, y luego proporcionar justificaciones para integrarlas en la sociedad bajo la idea de “normalidad” (cuando su resultado no es muy intenso), o de “patología” (cuando es grave y necesitan recurrir al alcohol o a los trastornos mentales).

La argumentación del machismo es pobre y simple, pero les sirve para reforzarse en sus pociones, mantener la cohesión interna como grupo, y levantar odio hacia fuera. Y les sirve también para generar confusión en una sociedad pasiva que contempla la realidad como si no formara parte de ella.

El machismo está cada vez menos presente, pero los machistas que están son cada vez más violentos. No debemos permitirlo.

 

Lejos

Los machistas no se dan cuenta (o no quieren darse cuenta), de que la sociedad quiere estar lejos de ellos, que no quiere la proximidad de quienes por su condición de hombres se creen superiores y con la legitimidad de decidir sobre lo que les conviene a las mujeres, y de establecer lo que es bueno y lo que es malo, y a partir de ahí lo que está bien y lo que está mal. El último ejemplo de ese rechazo lo hemos visto en la decisión del Tribual Supremo para aplicar la pena de alejamiento a todos los casos de violencia de género.

La omnipresencia del machismo en la cultura y de la cultura en cada hombre que la reproduce en su masculinidad, es lo que ahoga la convivencia y lo que ha cubierto con sus referencias todo el espacio de las relaciones en el ámbito público y privado a través de la normalidad. Y claro, la defensa de lo normal desde su condición y posición les ha dado a los hombres una superioridad moral que no poseen, y la posibilidad de utilizar los instrumentos de corrección necesarios para mantener lo que consideran que es el “orden social”, desde el Derecho a la violencia normalizada.

Ya lo dijeron Walters y Clarke en sus clásicos estudios sobre  la violencia en la sociedad cuando concluyeron que “la cultura determina la violencia”.Y lo hace a nivel dinámico, según los elementos e interacciones que forman parte de esa sociedad, y a nivel estructural a la hora de aplicar criterios y razones que justifiquen el uso de la violencia en nombre de los valores que la definen, como por ejemplo ha ocurrido con argumentos como el de “la letra con sangre entra”, “te pego porque te quiero”, “mi marido me pega lo normal”… Todas son expresiones que revelan una forma de entender la violencia como “mal menor”, una especie de “mal necesario” para corregir algo negativo para la sociedad y la convivencia cuya solución produce un beneficio superior a ese daño puntual.

El cuestionamiento que se hace de esa violencia estructural no parte tanto de una reflexión interna desde las referencias de la propia cultura, como de personas y posiciones críticas con ella, las cuales, después de un tiempo de acciones, campañas, debate social… logran influir sobre un grupo suficiente de la sociedad para modificar los elementos que hacen posibles esas referencias, desde la normalidad de la conducta en cuestión, que pasa a ser criticada, hasta el Derecho, que se modifica para sancionar comportamientos que antes no eran reprobados. Por eso, conductas que antes formaban parte de la“capacidad correctora“ de un padre de familia o del maestro ahora son delitos, y agresiones que hoy son consideradas como violencia de género antes eran aceptadas como parte de ese ejercicio de control que debía desarrollar el “buen marido”, bien para corregir a su mujer o para castigarla. Y aunque todo ello ha cambiado en su expresión más visible, las raíces de la cultura aún beben en las mismas ideas y valores, por eso aún se normaliza o justifica la violencia de género y el resto de las violencias estructurales, y se duda más de las mujeres que denuncian que de los agresores.

Es este cuestionamiento externo, es decir, ajeno a las referencias de la cultura, el que hace avanzar a la sociedad hacia la Igualdad a pesar de todos los obstáculos, resistencias e intentos frustrados de impedirlo, y el que logra que cada día se esté más cerca de alcanzarla. Y quien impulsa iniciativas, forma en conocimiento, agita conciencias y mueve acciones para lograr ese avance es el feminismo, esa es la razón por la que el machismo demoniza todas sus propuestas y pensamiento en una actitud que revela el temor de quien se sabe descubierto, y ya sólo espera que lo detengan.

La realidad es objetiva, y hoy, si se mira con perspectiva la evolución histórica, claramente se aprecia que estamos más lejos del núcleo del machismo, y que lo estamos porque gracias al feminismo hay conciencia sobre la injusticia que representa y de todo el abuso y violencia que lo acompaña, dentro y fuera de la normalidad.

Por más que se resistan y reaccionen los machistas intentando confundirlo todo, mezclar resultados y destinos sin tener en cuenta el origen de las conductas, sus motivaciones y objetivos perseguidos a través de ellas, ni tampoco las circunstancias que las acompañan ni las consecuencias que se derivan, el viaje hacia la Igualdad ya no tiene vuelta atrás ni destino alternativo.

Es lo que hemos visto en el nuevo paso dado por al Tribunal Supremo en su Jurisprudencia, para que se aplique la pena de alejamiento en todos los casos de violencia de género, una medida necesaria para que la normalidad que atrapa a las mujeres que sufren la violencia de género no las haga caer en la trampa de las “segundas oportunidades”, ni quedarse en las razones dadas por los mitos del amor romántico a la hora de interpretar lo ocurrido, y que todo parezca un episodio pasajero en un hombre que ya ha prometido, una vez más, que nunca le volverá a pegar. Son estos mitos los que hacen que sólo se denuncie alrededor de un 25% de los casos, y que incluso el 70% de las mujeres asesinadas nunca hayan denunciado.

Pero no todo el mundo ve esta decisión como un avance, y de nuevo salen voces que, curiosamente, recurren a la víctima para cuestionar la medida porque “no cuenta con el consentimiento de ella”, o directamente hablan de que va en contra de los hombres. Y no deja de ser curiosa esta posición, porque parte del mismo sector de la sociedad que no cree a las víctimas cuando denuncian, y que presenta cualquier iniciativa sobre violencia de género como dirigida “contra los hombres”, en lugar de contra los “hombres maltratadores”. Es tan absurdo  como decir que la pena de prisión por robo va contra todas las personas, y no contra las personas que roban. Pero no es un error, sólo la expresión de ese machismo conservador en las ideas y en los valores para confundir y defender los privilegios y status de los hombres.

La sociedad quiere al machismo lejos y a los machistas en la distancia, y quiere cerca al feminismo y a la Igualdad para continuar el camino hacia la convivencia en Paz.

Custodia a la custodia

Cuando las mujeres salen a la calle y gritan hasta  escribir en el aire “JUANA SOMOS TODAS”, es porque cada una de ellas se siente Juana Rivas en lo que ha vivido. No entender la realidad no sólo lleva a la confusión y al conflicto, sino que conduce a la injusticia. Y una sociedad entretenida en la injustica no puede encontrar el futuro, como mucho logrará un mañana perecedero con aroma a naftalina, pero no un tiempo diferente al actual.

Al machismo le gusta el argumento del “todo o nada” porque se sabe con la ventaja del todo, por eso lo utiliza tanto para imponer su posición. Por ejemplo, cuando se habla de violencia de género, desde el machismo la cuestionan y dicen que “las mujeres también maltratan”, de manera que como no todo el maltrato es llevado a cabo por los hombres, no existe la violencia de género con sus raíces culturales y una normalidad que lleva a que las mujeres digan lo de “mi marido me pega lo normal”,a que las instituciones no den una respuesta proporcional cuando denuncian, a que mucha gente hable de denuncias falsas, o a que el homicidio sistemático de 60 mujeres al año por parte de los hombres con quienes compartían una relación sólo sea un problema grave para el 1% de la población (Barómetros del CIS). Nada de eso ocurre en otros tipos de maltrato, pero es válido para el argumento del “todo o nada” y hacer así que toda la realidad machista de la violencia sea nada. A nadie se le ocurriría decir que no existen bandas de narcotráfico porque ha habido policías implicados en algunas de ellas,  o porque en ocasiones también trafican con armas o personas, y que por tanto habría que hablar de “personas que trafican”. Sería absurda una afirmación de ese tipo, pero lo que es absurdo para otras situaciones, tiene mucho sentido bajo la estrategia machista.

Con Juana Rivas ocurre lo mismo, y como ha llevado a cabo conductas sancionadas por la ley, ya es culpable de todo. Por eso, nada que no encaje en esa construcción que se ha hecho de ella como la “mala madre que le quita los hijos al padre” tiene cabida.

Juana se trajo los hijos de Italia huyendo de la violencia, y luego retrasó la entrega a la Justicia para no volver a la violencia de la que huyó al entender que los recursos que había interpuesto aclararían la situación. Pero en lugar de acercarse a su posición e investigar todos sus elementos, el significado bajo la “ley del todo o nada machista” quedó sometido a una doble posibilidad: o el “todo” gira alrededor de la violencia, o lo hace sobre la sustracción de menores; un dilema trampa porque la interpretación de lo ocurrido se realiza a partir de los estereotipos sociales y mitos que dan sentido a la realidad, entre ellos el de la perversidad y la maldad de las mujeres. La solución al dilema bajo las propias referencias machistas es sencilla, y presenta a Juana como una mujer malvada que le “quita” los hijos a su padre y luego lo “denuncia falsamente”  para conseguir su objetivo.

Como se puede ver, la construcción machista y su “ley del todo o nada” lo tiene fácil: el “todo” es la maldad de las mujeres y la “nada” la violencia que sufren por parte de los hombres.

Las consecuencias son objetivas.

Juana Rivas es una mujer víctima de violencia de género, como ha reconocido la Justicia en la única ocasión que investigó una denuncia a través del sistema especializado que tiene para hacerlo. Las denuncias que ha interpuesto después, por diferentes motivos, nunca han sido investigadas en profundidad, pero ella ha seguido sufriendo la violencia hasta el punto de tener que salir huyendo de ella con sus hijos. La situación podría haber finalizado ahí, como en muchos de los casos de violencia de género, pero las circunstancias han llevado a un escenario tan surrealista que al final ha sido Juana quien ha terminado condenada a 5 años de presión y a 6 sin poder ejercer la patria potestad, como le ocurrió a María Salmerón y a otras muchas mujeres maltratadas.

Y estos hechos suceden en un contexto social en el que el “todo” es la idea machista de la realidad que lleva a decir y a defender que “un maltratador no tiene por qué ser un mal padre”, y a que la violencia de género, con más de 800.000 niños y niñas sufriéndola cada año (Macroencuesta, 2011), no sea una causa para limitar la custodia ni la patria potestad en la práctica. La situación es tan grave, que en el último informe del CGPJ sobre las sentencias emitidas por homicidios en violencia de género, correspondiente al año 2016, se recoge que la pena accesoria de inhabilitación o suspensión de la patria potestad sólo se ha aplicado en el 25% de los homicidios, a pesar de que muchos de ellos se trataban de hombres que habían asesinado a las mujeres con quienes compartían una relación familiar.

Puede parecer simplista, pero los estudios arrojan resultados objetivos, y mientras que muchas mujeres que denuncian violencia y no encuentran respuesta a la realidad que viven, sufren consecuencias terribles por las decisiones que se ven obligadas a tomar al no ser analizadas dentro de sus circunstancias vitales, a los hombres violentos y asesinos no se les cuestiona la paternidad a pesar de lo terrible de su conducta y de su significado y consecuencias.

Es la “ley del  todo o nada” adaptada al machismo: los hombres lo son todo en su masculinidad, y las mujeres no son nada fuera del rol y del espacio que la cultura (machista) les ha dado junto a un hombre. Cuando están al lado de él lo son todo como parte suya, pero nada más.

Y el machismo que es consciente de esta situación, ahora busca atacar en las mujeres aquello que les ha dado reconocimiento y poder dentro de las funciones y los espacios que la propia cultura les había asignado, y sin duda el elemento más trascendente es el de la maternidad.

No es casualidad que los grupos machistas se estructuren alrededor de la custodia, especialmente exigiendo la “custodia compartida impuesta”, que hablen del “Síndrome de Alienación Parental” (SAP), y que sean esos mismos grupos quienes cuestionan la realidad de la violencia de género y se organicen contra la ley que lucha para erradicarla (Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género). Es parte de la estrategia machista para demostrar su poder, para reconquistar los espacios perdidos que se han logrado para la Igualdad, y para continuar con sus mensajes amenazantes, intimidatorios y disuasorios con el objetivo de que las mujeres no se separen aunque sean víctimas de la violencia, como de hecho ocurre en la actualidad, pues sólo la denuncian un 25% de las mujeres que la sufren.

Pedir la custodia compartida sin pedir la Igualdad es una trampa; la trampa del machismo y los machistas que quieren imponerla para continuar con su control sobre las mujeres a través de los hijos e hijas.

La lectura que están haciendo desde esas posiciones del caso de Juana Rivas y de otras situaciones relacionadas con la violencia de género y su impacto en los niños y en las niñas, muestran cómo entre sus nuevas tácticas el machismo quiere poner custodia a la custodia para seguir con el sometimiento de las mujeres.

Juana Rivas y el eclipse

Sorprendentemente, cuando una de las partes había declarado que la sentencia sobre el caso de Juana Rivas por la sustracción de sus hijos probablemente se retrasaría hasta septiembre debido a la complejidad de los elementos a considerar, la Justicia, acostumbrada a la vía lenta de la reflexión, ha acelerado sus pasos para hacerla pública en el día de ayer, 27-7-18, justo el día del eclipse lunar.

A lo mejor sólo ha sido eso, y una Justicia acostumbrada a caminar por la sombras que se levantan tras la mirada cubierta, quizás se mueva mejor los días de eclipse.

El problema reside en esa circunstancia. Si alguien se mueve sin ver, todo lo que está ausente en el campo de la mirada ha de ser sustituido por el conocimiento o por la imaginación, de lo contrario los tropiezos, las dudas y las caídas están garantizados. Y cuando el conocimiento es limitado por las circunstancias de la investigación, la mayor parte del espacio es ocupado por una imaginación llena de estereotipos de una cultura que marca las referencias para que el pensamiento de sentido a la realidad.

Y esto es lo que refleja la sentencia (que sí he leído), del juicio por sustracción de menores contra Juana Rivas. El dilema que se presenta ante el caso es muy simple: “o Juana Rivas es una víctima de violencia de género, o Juana Rivas es una mala mujer que le ha quitado los hijos al padre y lo ha denunciado falsamente”. Y la decisión ha sido fácil: Juana Rivas es una “mala mujer y una mala madre”, tal y como la cultura machista establece (no nos olvidemos de ese pequeño detalle), y como la sentencia insinúa que ocurre cuando una mujer denuncia violencia de género en los procesos de separación o cuando hay conflictos con la custodia de los hijos.

Desde esa posición, todo está claro bajo la venda de la Justicia. Si alguien muestra ante la  Justicia que la luna es de color rojo, el papel de la Justicia es averiguar por qué presenta ese color y en qué circunstancias se ha producido, no reproducir que la luna es de color rojo.

El eclipse diario sobre la violencia de género hace que la Justicia desconozca que el 73% de las mujeres que sufren violencia de género salgan de ella a través de la separación, no de la denuncia (Macroencuesta, 2015), muchas de ellas después de salir de casa con sus hijos e hijas como lo hizo Juana Rivas. Tampoco parece saber que sólo denuncia un 25-30% de las mujeres víctimas, y que muchas lo hacen en ese momento  de no poder resistir más y buscar una salida con garantías de no retorno a la violencia a través de la protección que debe dar la Administración de Justicia, algo en lo que también demuestra “zonas de eclipse” cuando un 25-30% de las mujeres asesinadas habían denunciado previamente la violencia que sufrían. Tampoco una sentencia debería cuestionar la realidad de la violencia de género en el hecho de no haberla denunciado cuando alrededor del 75% de las mujeres asesinadas han vivido con ella y nunca lo habían hecho.

Ante toda esta situación lo fácil es dudar para que sea la duda la responsable de cualquier consecuencia. ¿Se imaginan a un equipo médico que no investigara lo suficiente la posible existencia de un cáncer y dijera “in dubio pro salud”, y si luego fallece el paciente se entendiera que el problema es por la duda, no por la falta de pruebas y de estudios?

La sentencia niega la existencia de violencia de género sobre diferentes denuncias que no se han investigado, bien porque se dice que compete hacerlo a Italia, o bien porque no se le da credibilidad a la palabra y elementos de prueba que presenta Juana Rivas, en cambio, sin más investigación ni pruebas específicas sí es capaz de afirmar que es una denuncia instrumental para quedarse con los niños. Esta actitud crítica con las denuncias de Juana Rivas y el consecuente impacto en la investigación es fácil de demostrar. La Administración de Justicia española cuenta con unidades especializadas en la investigación forense de la violencia de género, y Andalucía cuenta con las que, probablemente, están más desarrolladas, son las Unidades de Valoración Integral de la Violencia de Género (UVIVG). La pregunta es directa, ¿cuántas veces han sido examinada Juana Rivas y sus hijos en la UVIVG del IML de Granada para saber si han sufrido o no violencia de genero?. La respuesta es fácil: ninguna.

¿Qué pensarían ustedes si un paciente llega a Urgencias de un hospital con un dolor precordial compatible con un problema cardiaco, y lo remitieran al servicio de neurología para ver si está relacionado con un problema cerebral?, los dos servicios son servicios médicos y pertenecientes al sistema sanitario, pero ¿dirían que hay interés en aclarar el origen del dolor en el pecho?

Pues la decisión sobre si hay o no violencia de género la sentencia la basa en el estudio que realiza un equipo psicosocial de familia, y rechazando las referencias explícitas a la violencia y sus consecuencias, entre ellas la existencia de un cuadro de Estrés Postraumático, que hacen equipos especializados de organismos públicos.

No es admisible que se diga que no hay violencia sin investigar lo suficiente si hay violencia, y que luego esa falta de conocimiento derivada de un estudio parcial se utilice para justificar que no hay violencia.

Tomar las declaraciones de Juana Rivas como no creíbles sin adoptar medios para aclararlas en profundidad, descartar informes públicos que sí hablan de violencia de género, utilizar las situaciones compatibles con la violencia (aislamiento, indefensión, depresión, sentimiento de culpa, impotencia, sensación de que no hay salida…), para decir que no hay violencia porque no se denunció antes, afirmar que nunca se comunicó nada sobre su situación, cuando sí se hizo en los Servicios Sociales de Carloforte y en Maracena, y cuando, como hemos comentado, es una actitud seguida por la mayoría de las víctimas, demuestra una importante distancia a la realidad que se pretende juzgar.

Y como decíamos antes, lo que no sea conocimiento sobre el caso serán estereotipos de una cultura al acecho, que aprovecha la mínima ocasión para lanzarlos sobre la realidad cada vez que esta transcurre por el desfiladero del análisis. Sólo hay que detenerse en la forma en que la sentencia describe lo que es un maltratador, dice: “…suelen ser personas de mente atávica y primigenia, con escasos mecanismos de autocontrol y empatía, que contagian todo su entorno con un hábito de causar daño que no pueden controlar…”Si esas son las referencias para identificar a un maltratador, queda claro que ni la expareja de Juana Rivas ni la inmensa mayoría de los hombres lo son, pues dicha idea corresponde con un estereotipo ajeno a la realidad.

El eclipse sobre el caso es total y sólo las sombras más pronunciadas se perciben, pero los diferentes profesionales que intervienen en los casos de violencia de género, que son quienes  deben aclarar la conducta y el comportamiento de las víctimas, están para poner luz, no para esconderse entre los claroscuros. Una sociedad moderna no necesita que los jueces y los profesionales nos den su opinión, sino que impartan justicia, como la Medicina necesita que  sus profesionales curen a las personas, no que opinen sobre si deberían haber comido más  o menos grasas o tomar más o menos azúcar.

Y una duda, ¿por qué si la violencia de género sucedió e Italia, lo mismo que la sustracción de menores, esta se juzga aquí y la violencia en Italia?.

La sociedad debe mirar al cielo en busca de soluciones y con la esperanza de encontrarlas, no para ver las sombras de un eclipse.