“No a la guerra”. “Sí al acoso”.

Nadie, ni en Hollywood ni en Europa, dijo que se podía caer en una especie de buenismo ni de debilidad general por defender la paz frente a la guerra. Ninguno de los actores y actrices que en su día ocuparon las plateas y escenarios protestando contra la guerra de Irak se encontraron con manifiestos pidiéndoles “prudencia”, o hablando del riesgo de caer en una especie “ñoñería global” que restara intensidad y sentido a las relaciones internacionales.

Nadie duda de que hablar de la guerra es diferente a hablar de lanzar misiles de prueba, a comentar el diámetro del botón nuclear o a lanzar amenazas sobre el estallido de un posible enfrentamiento. Y tampoco nadie deduce que hablar contra la guerra se va a traducir en un abuso por parte de los pacifistas para denunciar “falsas guerras” por todas las esquinas del planeta.

Y tampoco se entiende que situaciones previas a las guerras, como cuando se produce algún ataque aislado, o se lleva a cabo un bloqueo comercial, o se invade parte de un territorio… forman parte de una estrategia de “negociación” de buen rollo, de esas que “ponen cantidad” y despiertan el interés en quien en un principio no lo tenía, hasta finalmente llegar a un encuentro maravilloso entre las dos partes. Todo lo contrario, cada una de esas acciones se ven como actos violentos necesarios para desarrollar y avanzar en una violencia más grave, y serán reprobados individualmente con independencia de que tras algunas de estas acciones pueda surgir un acuerdo y una buena relación comercial entre los países implicados.

Y no tiene sentido, porque no estamos hablando de “formas de relacionarse” en libertad e Igualdad, sino de agresiones y de guerra.

En cambio, cuando se habla de violencia sexual y de acoso, se plantea que de lo que se habla es de flirteo, y que no aceptar la violencia históricamente normalizada puede llegar a afectar a las relaciones hasta acabar en un “puritanismo sexual”.

Este planteamiento que, ¡oh casualidad!, una vez más surge de manera “espontánea” por parte de un grupo de mujeres que en todos estos años de acoso y violencia sexual no sólo no han sacado ningún manifiesto contra el machismo, sino que entre las firmantes hay quien ha apoyado a Roman Polansky tras reconocer la violación cometida sobre una menor, sólo tiene sentido si se dan por válidas dos premisas:

  1. La primera es situar los límites en el propio acosador, al entender que en una relación es normal la “insistencia” y el “exceso” intimidatorio y violento, siempre y cuando que quien lo lleve a cabo no lo vea así.
  2. La segunda es aceptar la idea de que las mujeres son “manipuladoras, perversas y poco inteligentes”, hasta el punto de no saber diferenciar una relación de una agresión, y de utilizar la situación para denunciar falsamente a los “pobres y bien intencionados hombres”.

Como se puede comprobar, ambos planteamientos son una trampa, pues, en definitiva, suponen aceptar lo que ya la cultura machista ha dicho que es normal bajo los mitos e ideas que llevan a entender que en un encuentro entre un hombre y una mujer, “no es sí tras la correspondiente insistencia”.

Todo está relacionado con una visión romántica del amor que acepta que la violencia forma parte de él, hasta el punto de plantearlo en frases como, “los celos son amor”, “quien bien te quiere te hará llorar”, “hay que aguantar y perdonar por amor”… Y esa misma visión romántica es la que lleva a presentar la guerra como un “acto de amor”: amor a la patria, a unas ideas o valores, a un modelo de sociedad, a la libertad… no como un instrumento de odio y poder de quienes pudiendo utilizar sus posiciones privilegiadas para negociar e influir, prefieren atacar, imponer y someter. Exactamente lo mismo que prefieren en las relaciones de pareja.

Todo forma parte del machismo omnipresente e invisible, por eso no es casualidad que esa misma cultura concluya que “en el amor y en la guerra todo vale”. Es justo lo que necesita para desarrollar sus estrategias.

El manifiesto de las actrices francesas es eso, poner de manifiesto las influencias y las largas manos de un machismo que dice a los hombres lo que tienen que hacer y a las mujeres cómo han de ser.

Como se puede observar, la utilidad de ese manifiesto no buscaba poner de relieve una forma diferente de ver las relaciones entre hombres y mujeres, ese era su enunciado, la verdadera utilidad era generar la duda, debilitar la respuesta global que se ha producido contra el acoso sexual, y otorgar al machismo el argumento de que las “propias mujeres” y el “propio feminismo” están en contra de lo que las “feminazis radicales” y su “feminazismo anti-hombres” proponen.

El machismo no está dispuesto a ceder su posición de poder ni a renunciar a sus privilegios, y todas las reacciones orquestadas son un ejemplo manifiesto de ello. Por muy intensa que sea la acción contra el machismo nunca se debe menospreciar su reacción.

 

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“Tonterías de estas…”

“Tonterías de estas”, así ha calificado el abogado de uno de los jugadores de la Arandina la conducta desarrollada por los jugadores sobre la menor, intentando minimizar los hechos al tiempo que, una vez más, desacreditaba y atacaba a la víctima al situarlo todo como producto de su “fantasía”.

El argumento se repite porque funciona. Si el cuestionamiento de la víctima no fuera eficaz, las defensas de los denunciados por violación o por cualquier otra forma de violencia de género no lo utilizarían constantemente. Y si la cultura no presentara a las mujeres revestidas de maldad y perversidad a través de sus mitos, no podría resultar eficaz utilizar ese tipo de argumentos en los juzgados y en la sociedad.

Pero como no siempre se puede reducir la estrategia ni la explicación de los hechos a la invención y a la denuncia falsa, el machismo ha levantado también otra referencia para evitar la crítica a las conductas que integra como parte de su normalidad, y que sólo cuestiona (y con matices), cuando alcanzan una cierta intensidad. Esa referencia es la “intrascendencia”, la “poca importancia”, la “levedad” de lo ocurrido… idea que se refleja muy bien en las palabras del abogado del jugador de la Arandina, cuando se refiere a unos abusos sexuales como “tocamientos y tonterías de estas”. Y no sólo es el comentario de un letrado, sino que al ser parte del significado que la cultura ha dado a este tipo de hechos, la idea queda integrada en la concepción general que existe sobre los mismos en la sociedad, y desde ella influye en la respuesta profesional que se da ante la violencia de género desde los diferentes ámbitos. Es lo que hemos visto en los últimos homicidios cometidos después de que las víctimas denunciaran sin que recibieran la protección que las circunstancias exigían. Yo mismo como médico forense he conocido situaciones en las que algún juez justificaba la absolución con el argumento, “pero cómo le voy a meter 4 años de prisión por esa tontería”. No veía proporcionalidad entre lo que las pruebas demostraban y la pena que la ley recogía, pero en lugar de cuestionar la norma o su forma de pensar, lo que hacía era no condenar y dejar desamparada a la mujer que había sufrido la agresión.

Es la misma justificación que se utiliza ante el acoso sexual, en el hostigamiento callejero, la violencia de género en la pareja… todo son “tonterías de estas” y cuando la tontería se pone seria es porque la víctima ha provocado, el agresor estaba fuera de sí por el alcohol, las drogas o algún trastorno mental pasajero, o sencillamente es mentira.

De esa manera se crea una especie de graduación tramposa sobre los hechos que actúa como refuerzo del machismo. Y es tramposa porque aparenta un compromiso con la trascendencia de la violencia que se ejerce contra las mujeres al contar con una pena importante, pero luego deja muy poco espacio para la acción y mucho para la absolución, como demuestran las estadísticas con sólo un 5% de los maltratadores y un 1% de los violadores condenados. La estrategia es la siguiente:

. La violencia contra las mujeres no existe como problema social

. Cuando se producen y se denuncian casos se dice que se trata de una denuncia falsa.

. Si la investigación continúa a pesar de los dos primeros obstáculos, entonces se argumenta que es algo “sin importancia”, una “tontería”, un “tema privado”, algo “intrascendente”…

. Y cuando el resultado es grave o los hechos adquieren seriedad por otras circunstancias, se explica bajo la idea de la provocación de la víctima o de la pérdida de control del agresor.

El proceso culmina cuando se comprueba que todo ello es interpretado y confirmado con dos nuevas trampas. Una de ellas es la utilización de las referencias que el propio machismo establece para dar sentido y significado a la realidad a través de los mitos, estereotipos, ideas, valores… Y la otra, situar la palabra de los hombres como rúbrica de la verdad. De ese modo, en el aparente conflicto de “palabra contra palabra” que se genera, lo que las mujeres relatan es “fantasía” y lo que ellas dicen “mentira”.

Son ellos los dueños de la verdad, y por ello una de las ideas que más repiten desde el posmachismo es que “los presupuestos contra la violencia de género se dedican a dar subvenciones a asociaciones que viven del cuento, y se las quitan a las <<víctimas de verdad>>”… ¿Y quienes son las “víctimas de verdad”?, pues muy fácil, las que ellos decidan, todas las demás son, según su visión, “autoras de un delito de denuncias falsas”.

Tal y como se aprecia, el machismo actúa como juez y parte para juzgar al machismo.

La estrategia se completa cuando los casos graves en los que no se pueden aplicar ninguna de las justificaciones terminan siendo condenados, y se utilizan como ejemplo de la “eficacia y bondad de su sistema”. Son los “chivos expiatorios” del machismo, los hombres sacrificados individualmente para defender el modelo de privilegios para todos, algo inherente y aceptado por cada uno de ellos como parte del juego.

Como se puede ver de “tontería” tiene poco, al contrario, es un modelo definido con gran perspicacia y defendido con habilidad cada día para mantener esa normalidad cómplice del machismo que considera la violencia contra las mujeres como inexistente, mentira, tontería, arrebato o provocación.

Hombres “presumidos”

Muchos hombres son presumidos, tienen tan alto concepto de sí mismos que presumen de inocencia en cualquier circunstancia, da igual las evidencias que haya, ellos son inocentes desde la irresponsabilidad colectiva de verse beneficiados (por supuesto “sin querer”), por la construcción cultural que ellos mismos han diseñado desde su “neutralidad umbilical”; y desde la irresponsabilidad individual que los lleva a entender que las decisiones judiciales están basadas en la animadversión hacia los hombres, no en los indicios y pruebas que puedan existir para tomar las medidas que se aplican.

Por eso no se cortan en decir que “no existe presunción de inocencia para los hombres”, y que basta que una mujer los denuncie para que los detengan primero, los manden al calabozo después, y, finalmente, pasen meses en prisión provisional; todo porque la palabra de la mujer, afirman, tiene más peso que la suya. No caen en el pequeño detalle de que la palabra habitual de las mujeres es el silencio, que las denuncias por violencia de género sólo representan un 23% del total de casos, y que de esas denuncias sólo se condena un 24%, lo cual hace que la impunidad en la violencia ejercida por los hombres en el seno de las relaciones de pareja (considerando los casos denunciados y los silenciados), sea del 95%. Una situación terrible por su significado y por sus consecuencias, pero sin duda mejor que la de las agresiones sexuales, donde la impunidad llega al 99%. Y todo ello “sin tener presunción de inocencia”, que si llegan a tenerla no sé en qué se traduciría la situación. Todo ello demuestra que los hombres no sólo tienen presunción de inocencia, sino que además cuentan con “presunción de no culpabilidad”.

Pero sorprende que esta crítica a las actuaciones judiciales “contra los hombres” sólo se haga cuando hablamos de violencia de género, porque no dicen nada de eso cuando detienen a un narcotraficante, a un terrorista, a un secuestrador… por supuesto todos presuntos, pero en estos casos “sin presunción” que valga. Es lo que hemos visto estas semanas en el juicio contra los integrantes de “la manada”, cuando decían que se han pasado más de un año en prisión “sólo por la denuncia de una mujer”, o lo que observamos estos días tras la denuncia de una menor a tres jugadores del equipo de futbol de la Arandina, donde el respaldo a los “presuntos agresores” se ha traducido en una manifestación de apoyo en la que todo giraba sobre la falta de presunción de inocencia en los hombres.

Todas estas respuestas ponen de manifiesto la lectura que hace el machismo de la realidad, y la necesidad de presentar a las mujeres como culpables de todo lo malo que le pasa a los hombres para así insistir en la necesidad de controlarlas. La misma sociedad que lleva a que el 95% de los homicidios sean cometidos por hombres contra otros hombres, sin que ninguno de ellos ponga el grito en el cielo ni en la tierra para acabar con estos homicidios que los hombres comenten alrededor de la criminalidad, disputas de lo más diverso, conflictos de todo tipo, delincuencia mayor y menor, ajustes de cuentas… porque, en cierto modo, todo se presenta como enfrentamientos “muy de machos”, es la misma sociedad que protesta ante la violencia que ejercen las mujeres sobre los hombres.

Y del mismo modo que no cuestionan esta violencia “inter e intra-masculina”, tampoco se quejan ni dicen nada de que no haya presunción de inocencia cuando se toman medidas cautelares frente a hombres dentro de ese contexto, pero no admiten que lo hagan cuando un hombre agrede a una mujer.

Esta forma tan diferente de responder demuestra la construcción machista y dos consecuencias directas. Por un lado, comprobar una vez más cómo la identidad masculina está levantada sobre la idea esencial de que “ser hombre es no ser mujer”, y que, por tanto, todo se mueve para que las mujeres no se “beneficien” de las presunciones y asunciones que se aplican a los hombres, y de ese modo defender, no al hombre en particular, sino la identidad general y los privilegios comunes a todos ellos. Y por otro, construir la inocencia de los hombres (presumida o consabida) sobre la culpabilidad de las mujeres (dada por segura), puesto que lo que se afirma al decir que los hombres son inocentes en las denuncias que les hacen las mujeres, bien sea por violencia en la pareja o por violencia sexual, es que dichas denuncias son mentira y que las mujeres son culpables de un delito de denuncia falsa.

Al final, como el instrumento con el que se decide la veracidad y credibilidad de ambas situaciones es la balanza del machismo, el resultado es que el fiel bascular se mantiene fiel a los dictados en origen, e inclina la presunción a favor de los hombres con esa doble consecuencia inmediata: los hombres son inocentes y las mujeres culpables. Lo estamos viendo estas fechas, como decía, en los comentarios que aparecen en las noticias sobre la menor que ha denunciado a los jugadores de la Arandina, y también en las críticas y sospechas vertidas sobre la víctima de “la manada”. Todo ello es consecuencia de un contexto social que hace que en España exista, incluso, una “asociación de afectados por la Ley de Violencia de Género”. Como se puede ver, todo lo que afecta a los hombres se le da un carácter social, mientras que lo que le pasa a las mujeres “o es mentira o es privado, asilado y particular”. No creo que haya otro país democrático en el planeta donde exista una asociación contra una ley orgánica que, además, fue aprobada por unanimidad.

El machismo es capaz de eso y de más porque ha hecho creer a los hombres que el espejo está en su ombligo, por eso no paran de mirárselo, aunque la imagen que obtienen aparece distorsionada y abigarrada. Si fueran capaces de levantar la mirada y contemplar la realidad, quizás no presumirían tanto de lo que ahora hacen, y sí empezarían a abandonar esa “neutralidad umbilical” que les resulta tan cómoda y tan cómplice por necesaria.

“La manada” y el maná

Atravesar la distancia entre unos hechos denunciados y la sentencia que los integra en la sociedad es un recorrido complejo, que en el caso de la violencia de género transcurre de manera muy diferente para la mujer que la sufre y para el agresor o agresores que la llevan a cabo. Lo estamos viendo estos días conforme se acerca el momento final en el caso de “la manada”. Y mientras que la “comprensión” hacia los agresores denunciados aumenta y sus argumentos se aceptan sin cuestionar su relato, la palabra de la víctima no para de cuestionarse, y ella misma se ve envuelta en un halo de sospecha para que todo tenga coherencia dentro de los mitos machistas que llevan a culpabilizar a las mujeres de la violencia que sufren, y de la que no sufren al presentarlas como autoras de delitos de denuncia falsa.

Todo ello hace que, como si fuera un relato bíblico, podamos hablar de este proceso en términos de “pasión”, y no por un exceso de imaginación o creatividad, sino por la literalidad que recoge en el Diccionario de la Real Academia. En su primera acepción la define como “acción de padecer”, pero en otras también lo hace como “lo contrario a acción”, “estado pasivo en el sujeto”, y en su quinta acepción de “perturbación o afecto desordenado de ánimo”. Y es que todo parece girar alrededor de esas ideas sobre lo que se entiende que es “pasión”, aunque con argumentos y circunstancias muy diferentes cuando se refieren a la víctima y cuando lo hacen a los agresores.

La pasión en la víctima refleja la primera acepción y expresa el daño sufrido, mientras el juez y la defensa hablan de la pasión como “estado pasivo del sujeto”, llegando a la quinta acepción para plantear, incluso, una “perturbación o afecto desordenado de su ánimo”. Todo, curiosamente, sobre la víctima, que es la que parece ser juzgada; los cinco denunciados en ningún momento son cuestionados ni se ve incoherencia, extrañeza, anormalidad… al mantener relaciones sexuales de manera simultánea con una mujer en un portal, grabando el momento con los móviles, y dejándola después en un banco en estado de shock. Para muchos todo ello también es “pura pasión”.

Y esa normalidad de la manada que mucha gente comparte y difunde a diario en las redes es maná para su recorrido. Es el bien que alimenta el mito de la doble perversidad de las mujeres reflejado en el hecho de nublar el sentido y llevar a los hombres a realizar esos actos, y luego a denunciarlos.

Porque es ese “maná social” el que entiende que cuando una mujer no dice no, significa que dice sí; y que cuando no dice no es sí a mantener relaciones sexuales con cinco hombres; que cuando no dice no es sí a cinco hombres y sí a que la graben con el móvil; que cuando no dice no es si al sexo con cinco hombres, a que la graben en vídeo y a que compartan las imágenes con sus amigos, y a partir de ahí con cualquiera…

Una situación tan “normal” que hasta el propio juez preguntó si sufrió daño o dolor, y uno de los abogados de la defensa presentó una foto tiempo después de la agresión para demostrar que no había sufrido daño.

Todo se reduce a una interpretación sobre lo que piensan que la víctima sintió, percibió y fue capaz de recordar en una situación de violencia extrema compatible con el shock diagnosticado, mientras que nadie cuestiona el relato de quienes pudieron llevar a cabo esa conducta violenta.

A nadie se le ocurriría tachar de suicida a un peatón ni exculpar al conductor que se salta un semáforo porque al cruzar la calle y ver venir el coche, en lugar de dar un salto hacia la acera se queda bloqueado mirando al coche que se acerca. Y tampoco pensaría nadie que aquellas personas que no se juegan la vida para evitar que le roben un reloj, en verdad demuestran complicidad con el ladrón y significa que se lo han dado de manera consentida. Y cuando tras el atraco a una oficina bancaria el testimonio de los diferentes clientes que había en el banco no coincide en los detalles sobre la acción criminal, algo habitual debido al shock que sufren muchos de los testigos, a pesar de que la agresión no vaya contra ellos, no se duda de la realidad del atraco. En cambio, una víctima de una violación sí debe recordar todos los detalles, comportarse desde que se levanta por la mañana como si fuera a ser violada para que no haya incoherencia en su conducta previa y posterior, por supuesto no entrar en shock, cerrar las piernas con fuerza, y defenderse incluso a riesgo de su vida… Y si son cinco los agresores, pues con más determinación.

No es de extrañar que el porcentaje de condenas en la violación sea tan bajo (1% del total de casos) y que la impunidad, en consecuencia, sea del 99%. Si se piden pruebas sobre elementos que no tienen por qué estar presentes, será difíciles encontrarlos; y si se descartan los que sí demuestran el trauma emocional de una violación, resultará muy difícil probar lo ocurrido.

Y sobre esta situación surgen dos cuestiones que en todo este proceso quedan un poco al margen. Una de ellas demuestra claramente la construcción machista que hay alrededor del significado que se da a la denuncia por violación y , en general, a la violencia de género. La otra muestra cómo desde esa misma valoración machista se niega la evidencia.

La primera cuestión es sobre el sentido de la denuncia. ¿Qué sentido tiene que una mujer que decide mantener sexo con cinco hombres, que lo lleva a cabo de manera participativa y activa, como dicen que ocurrió, luego termine denunciando a sus “amantes”? Ahí es donde aparece el mito de la maldad y perversidad de las mujeres, y a presentar esa decisión de denunciar y “arruinar” la vida de cinco hombres sólo por el placer de hacerlo. Las referencias al móvil y a la posible difusión de las imágenes no deja de ser una excusa, primero porque ella nunca ha hecho referencia a esa situación, probablemente porque en su estado, suponiendo que cayera en el tema y recordara que hubo una grabación, quizás lo que menos le preocuparía es si las imágenes se difundían o no. Pero por otra parte, se asume que mientras que los hombres no tienen inconveniente en difundir las imágenes, ella sí lo tendría, cuando a lo mejor no era así y no le importaría demostrar que mantuvo sexo en esas circunstancias. De nuevo vemos cómo a partir de una suposición se construye todo un argumento coherente para justificar la maldad de ella y para darle maná a la manada.

La segunda cuestión es el hecho de encontrar a la víctima de estado de shock en un banco, una situación objetiva que después ha sido confirmada por medio del estudio y el tratamiento psicológico. Si la mujer estaba en estado de shock, ¿cuándo y por qué se produjo el shock?. Mantener relaciones sexuales con cinco hombres de manera consentida y participativa no produce un shock traumático, ni tampoco pensar que después de esas relaciones se pueden difundir unas supuestas imágenes. Podrá producir preocupación o cierto desasosiego, pero no un cuadro de shock.

Al final vemos que lo incoherente en la explicación que se da sobre lo ocurrido por parte de las defensas y de una parte de la sociedad se convierte en coherente bajo el argumento machista, mientras que lo objetivo y evidente se cuestiona y se interpreta como la escenificación de una mujer capaz de mandar a cinco hombres a más de 20 años a la cárcel por el simple hecho de disfrutar con ello.

Todo demuestra cómo en una sociedad machista los hombres son capaces de interpretar lo que una mujer quiere, incluso “cuando ella no sabe que lo quiere”, y que cuando tras hacerlo la mujer dice que no es cierto, que es una elucubración de quien piensa así, se interpreta que es ella la que está equivocada, no los hombres.

No es casualidad, es parte del proceso que se inicia cuando las mujeres se revelan frente a lo que el machismo les impone, un proceso que se convierte en un desierto para ellas y en un bosque frondoso para ellos donde, además, reciben el maná de una parte importante de la sociedad que quiere que las víctimas de la violencia de género caminen por desiertos y los agresores por arboledas de ricos frutos.

 

El rebaño

No hay manada sin rebaño, cada uno de los miembros que forman una manada no aparece por generación espontánea, todos proceden de un grupo más amplio con el que comparten determinadas características y elementos, aunque luego el comportamiento individual sea diferente. Y la conocida “manada” por la violación denunciada en los sanfermines de 2016, es parte del rebaño silencioso de una sociedad que pasta en el machismo y que comete miles de agresiones y abusos sexuales cada año.

Sin ese “rebaño social” de hombres que comparten el machismo con la manada, que se ríen de sus comentarios en las reuniones o en la soledad interconectada de las redes sociales; sin esa cultura que cosifica a las mujeres y las presenta como un objeto a disposición de los hombres, sin una sociedad que culpabiliza a quienes sufren la violencia y presenta a los agresores como “víctimas” de la situación, sin esas instituciones que ponen a prueba a las mujeres a la hora de exigirle pruebas sobre elementos que no tienen por qué formar parte de los hechos denunciados… sería imposible que en un momento determinado se produjeran violaciones y agresiones como las denunciadas en Pamplona, como no sería posible que el 80% de esta violencia sexual no se denunciara, a pesar del daño que origina.

El resultado de esta situación y de la respuesta social e institucional frente a ella también dice mucho sobre la cultura machista que arroja la piedra de la violencia de género y luego oculta la mano. Estudios internacionales indican que se denuncia nada más que un 15-20% de las agresiones sexuales (Wallby y Allen, 2004), y de ellas termina en condena sólo el 1% (British Crime Report, 2008). El resultado es claro: el 99% de las violaciones resultan impunes, o lo que es lo mismo, el 99% de los violadores no sufre consecuencia alguna por agredir sexualmente a las mujeres.

No es de extrañar, por tanto, tal y como recoge el último informe de la OMS (2013) sobre violencia de género, que el 5.2% de las mujeres europeas sufra una agresión sexual a lo largo de su vida por un hombre diferente a su pareja, agresiones a las que hay que añadir un 3-4% de mujeres que las sufren dentro de las relaciones de pareja.

Se trata de un rebaño que lleva a que el 39% de los hombres consuman prostitución para sentirse más hombres, y a que luego muchos de ellos terminen violando en grupo a las mujeres que la ejercen. Los trabajos clásicos de Farley y Barkan (1998), concluyeron que el 68% de las mujeres que ejercen la prostitución había sufrido una violación, y que el 27% de esas agresiones se había cometido en grupo con la participación media de 4 hombres.

Como se puede ver, los hechos denunciados de “La manada” no son tan extraños, sólo dependen de las oportunidades que se presenten en las circunstancias más diversas, puesto que las decisiones individuales se construyen dentro de rebaño, aunque luego sean diferentes manadas o personas las que lleven a cabo la violencia sexual.

Si el rebaño no contara con esos pastos del machismo para pacer tranquilamente, no sería posible que se cometieran estas agresiones año tras año, como tampoco sería posible que los agresores presuman por llevarlas a cabo y que la gran mayoría de las víctimas no las denuncien. Y todo ello dentro de una “normalidad” que aún se sorprende cuando una de estas agresiones aparece en los medios de comunicación, pero que no hace lo suficiente para que no lleguen a suceder.

El problema no es la manada que anda suelta, sino el rebaño que vive tranquilamente dentro del redil de una cultura desigual, injusta y violenta. Siempre habrá manadas que serán descubiertas cuando salgan fuera del cercado de las apariencias, pero en lugar de cuestionar porqué se repiten los casos con más o menos miembros fuera del redil, cada uno de los casos se utilizará para, en una especie de mutación social, convertir a los borregos en chivos y, de ese modo, expiar al resto. No es casualidad, es parte de la estrategia del machismo y de los pastores que lo dirigen en esa trashumancia histórica que los cambia de prados y paisajes para seguir igual.

 

Una violación no es cuestión de fe

Creer es saber, no profesar; y cuando hablamos de creer en la palabra de alguien es porque entendemos que hay algo de cierto en ella y en su relato que la hace verdad y, por tanto, creíble sobre la certeza, no sobre la suposición. Por lo tanto, su integración como parte de unos hechos debe llevar a encontrar los elementos objetivos que permitan identificar los diferentes elementos de lo ocurrido y sacarlo del terreno subjetivo, así como definir las circunstancias de los sucesos que dieron lugar al relato.

Sin esa condición previa de tomar por cierto el testimonio la investigación será compleja y, con frecuencia, ineficaz, pues ante la más mínima dificultad será la duda o la negación de la palabra quienes tomen las riendas para detenerse en ese punto, en lugar de avanzar hasta el final.

Lo que está sucediendo alrededor del juicio a los integrantes de “La manada” por la violación denunciada, refleja esta situación que trata de potenciar la idea de “creer en lo ocurrido” en lugar de “conocer lo que ocurrió”, puesto que las vías para llegar a uno u otro lado son muy distintas y están llenas de trampas, como ya vemos incluso antes de iniciar el trayecto.

El machismo ha jugado con la “palabra de los hombres” como el gran instrumento capaz de modelar la realidad aun en las condiciones más difíciles. Y para evitar conflictos y disputas interminables con quienes consideran y sitúan en un plano inferior, las mujeres, han completado su construcción con una doble merma en la palabra de ellas: por un lado le restan credibilidad por esa “incapacidad y debilidad intelectiva” que les atribuyen, y por otro, le suman perversidad y maldad para que junto al rechazo de su voz se una la crítica a su intención.

Tres son los elementos principales que forman parte del mensaje sobre los que se construye su aceptación o su rechazo. Por una parte, la persona que lo emite, por otra las circunstancias, y en tercer lugar, el propio relato o mensaje.

Cuando nos enfrentamos a casos de violencia de género en sus distintas expresiones, entre ellas la violencia en las relaciones de pareja y la violencia sexual, las circunstancias juegan en contra de las mujeres que la sufren en sus tres componentes:

. En primer lugar, porque la voz del hombre cuenta con la autoridad que se han dado a sí mismos a través de la cultura del machismo. La “palabra de hombre” ha sustentado tratos y acuerdos a lo largo de la historia y es presentada con solvencia y solidez, mientras que la de las mujeres se toma como falaz y egoísta. Da igual que la mayoría de las grandes traiciones, conspiraciones, corrupciones, estafas o felonías hayan surgido de la voz de los hombres para buscar su propio interés, al final las mujeres no tienen palabra y ellos las tienen todas, de la A a la Z.

. En segundo lugar, las circunstancias que envuelven el relato de la violencia de género ya hacen aumentar el nivel de duda bajo el mito de la perversidad de las mujeres, el cual lleva a entender que este tipo de denuncias y el relato que las acompaña están cargadas de mentira y maldad con el objeto de dañar al hombre con el que comparten una relación, o al que encuentran en la calle en una noche de fiesta, y sin son cinco, pues con más motivo, puesto que “con una sola denuncia puede causar ese daño a varios hombres a la vez”. El planteamiento puede parecer exagerado, pero es lo que vemos a diario bajo el argumento de las denuncias falsas.

. Y en tercer lugar, los propios hechos (la violencia de género), también se vuelve en su contra, puesto que las circunstancias en que se produce, generalmente en el ámbito privado del hogar o en lugares oscuros y solitarios sin testigos que puedan aportar referencias objetivas, unido a la importante carga emocional con la que se viven esas agresiones y al trauma que originan, hace que se produzca una dificultad a la hora de fijar los recuerdos y de ordenar lo sucedido. Estas características se reflejan en la propia declaración y son una evidencia de la violencia y del trauma ocasionado, pero en lugar de entenderse de ese modo, se interpreta en sentido contrario para decir que es “inconsistente” y que “se lo inventa sobre la marcha”.

La estrategia es perfecta y lo vemos estos días. La simple denuncia ya es interpretada por una parte de la sociedad como un acto de mala fe, de hecho, el 0’9% de la población considera que forzar una relación sexual es aceptable en algunas ocasiones, y el 7’9% piensa que no es aceptable, pero que no siempre debe sancionarse a través de la ley (CIS, noviembre 2012). Y a partir de ahí, cada paso es interpretado sobre el significado que se da desde la construcción cultural que presenta a las mujeres como malvadas y mentirosas, y a los hombres “con palabra” y víctimas potenciales de las mujeres.

Si no fuera así resultaría imposible el cuestionamiento sistemático de la palabra de las mujeres y la afirmación habitual sobre la mala fe de su comportamiento. Y sería imposible que dicho razonamiento se llevara a juicio, incluso con informes que “dicen demostrarlo”.

Demostrar la violencia de género y las agresiones sexuales no es una cuestión de fe, sino de prueba, y para ello la investigación debe partir de los elementos aportados, entre ellos, y como referencia principal en un delito que se produce en la intimidad o en lugares solitarios, el testimonio de quien sufre esa violencia. Sorprende que se dude de la palabra de una mujer cuando denuncia, que procesalmente no puede mentir, y que no se dude de los denunciados cuando lo niegan cuando ellos “sí pueden mentir” dentro del proceso.

Ante una violación no es cuestión de creer o no creer, sino de trabajar e investigar sin cuestionar la palabra de las mujeres ni criticarlas a ellas..

 

¡Pobres hombres!

Pobres hombres que se ven amenazados en un ascensor, en sus casas o en las calles; expuestos a cualquier mujer desaprensiva que los acuse de acosarlas al subir o bajar en el ascensor, de maltratarlas en el hogar o de violarlas en la calle o en un portal.

Qué duro tiene que ser eso de la masculinidad para ir zafándose de las mujeres y conseguir que al final de cada año no sean ellos los acosados, ni los maltratados, tampoco los violados ni asesinados. Sin duda todo un ejercicio de habilidad y escapismo que les evita caer en las redes que las mujeres tejen con su perversidad, y luego les lanzan con su maldad para atraparlos.

Y qué sangre fría deben mantener para que, a pesar de todas esa presión y amenazas a las que están sometidos, luego se les vea caminar por las calles con decisión y determinación como si fueran suyas, simular que no sienten miedo en los lugares de ocio, y que incluso se divierten y disimulan para acercarse a hablar con sus agresoras potenciales en mitad de la fiesta. Y cuánto valor debe correr por sus venas para luego llegar al hogar y sentirse como si fuera un lugar tranquilo y seguro para ellos, cuando en cualquier momento pueden ser denunciados falsamente.

Ese vivir como si no pasara nada ante a amenaza de las mujeres debe ser duro y exigente, algo que sólo un hombre hecho y derecho es capaz de soportar.

Porque todo eso es lo que se deduce de los argumentos que recogen los estudios científicos, como el ICM de 2005, que muestra cómo la sociedad piensa que la mujer es responsable de la agresión sexual que sufre por flirtear (33% de la población lo piensa), por vestir sexy (26%), o por haber tomado alcohol durante su tiempo de ocio (30%), nada dicen sobre la responsabilidad de los hombres que agreden. Algo parecido a lo que lleva, tal y como recoge el Barómetro del CIS de noviembre de 2012, a que el 0’9% de nuestra sociedad manifieste que es “aceptable forzar las relaciones sexuales en determinadas circunstancias”, y que el 7’9% diga que “no es aceptable, pero que no siempre debe ser castigada esa agresión por la ley”, es decir, que debe quedar como un tema de pareja. Pero, ¡oh casualidad!, una pareja en la que el hombre impone su voluntad y viola, y en la que la mujer es violada y debe callar. Como si la fuerza y la posición de poder no formaran parte también de la relación.

El machismo ha creado el marco para presentar a las propias víctimas como responsables de la violencia de género en cualquiera de sus expresiones, especialmente en la violencia sexual. Esa es la razón por la que se cuestiona su conducta antes de ser violadas y por la que también se cuestiona después de haber sufrido la violación, porque toda forma parte de la idea que las hace culpables “por el hecho de ser mujeres”. Quizás por ello hasta las campañas institucionales ante las fiestas de los pueblos y ciudades lanzan mensajes a las mujeres sobre lo que deben o no deben hacer para evitar las agresiones sexuales, mientras que no dicen nada a los hombres, que son quienes agreden y consienten con su silencio y distancia.

No es fortuito que el porcentaje de denuncias por violación se limite al 15-20%, y luego, cuando se lleva a cabo la investigación y se celebra el juicio bajo el peso de los mitos y estereotipos de la cultura machista, que el porcentaje de condenas sea sólo del 1% (Brtish Crime Report, 2008).

Vivimos en la “cultura de la violación”, es decir, en la cultura de la violencia de género, porque vivimos en la cultura del machismo, y eso significa que la realidad viene determinada por sus referencias androcéntricas, y que luego los hechos son integrados bajo el significado que otorgan esas mismas referencias. No hace falta negar lo ocurrido, sólo basta con cambiar su significado.

Lo que está sucediendo alrededor del juicio contra los integrantes de “La manada” por una presunta violación cometida en los San Fermines, y el intento de cuestionar a la víctima hasta con informes sobre su vida después de la agresión, es un ejemplo típico de esta situación creada por el machismo. Una situación en la que los hombres se presentan como víctimas por ser “presuntos inocentes”, y las mujeres como culpables por ser “presuntas víctimas”.

Lo dicho, ¡pobres hombres!