“Dogmachismo”

No es cuestión de dogmatismo, sino de “dogmachismo”, es decir, de “proposiciones tenidas como ciertas y como principios innegables” construidos por el machismo, o lo que es lo mismo, al amparo de la normalidad de una cultura levantada sobre las referencias de los hombres y, por tanto, comunes a todos ellos. Por eso la defensa de esta construcción es asumida por todos los hombres, no sólo por los que se benefician de manera directa en un momento dado. Cada hombre sabe que este modelo androcéntrico es bueno para todos, y que con independencia de que haya beneficios que se obtengan de manera directa a través de una acción concreta, los privilegios siempre están presentes en cualquier hombre.

Un dogma, esa especie de verdad incuestionable, sólo se puede definir desde una posición de poder dentro del grupo o comunidad en el que se crea. Si alguien establece un dogma sin contar con ese poder dentro de la sociedad la consecuencia será completamente distinta, y quien lo haga será considerado un extravagante o un loco, y su dogma una tontería o una extravagancia.

Por lo tanto el dogma es un reflejo en sí mismo del poder, y por ello se le reviste y protege con él frente a críticas y posibles ataques. Es lo que hace el machismo con sus “verdades y principios innegables”, que son cubiertas con el valor de la palabra de los hombres que las crean. No por casualidad utilizan como elemento definitorio el hecho de que “no se puedan negar”, podrían haber utilizado otro, como “inalcanzable” o “inescrutable”, pero presentar un dogma como “innegable” tiene un doble sentido. Uno el concepto en sí alrededor de la idea de verdad, y otro, reducir la posibilidad de la crítica al dejar sin “capacidad ni autoridad” a las personas que pueden hacerlo. El planteamiento es muy sencillo, si el machismo crea “dogmas” basados en la superioridad natural de los hombres y sobre ellos les otorga beneficios y privilegios, quienes podrían cuestionar esa construcción desigual serían aquellas personas que quedan excluidas y sufren las consecuencias negativas de esta injusticia social, es decir, las mujeres, sin embargo, su capacidad crítica queda muy limitada porque la propia cultura que crea los dogmas las ha desprovisto de “la palabra y la verdad”.

El resultado final es una sociedad en la que las referencias masculinas condicionan la realidad para que todo sea como “tiene que ser”, y para que cuando haya algún conflicto o alguna circunstancia que no encaje en lo “esperado”, pueda ser explicada a través de los mitos, estereotipos, principios, costumbres, tradiciones… que mantienen los dogmas de la superioridad masculina. El resultado es muy simple, y al igual que la religión se basa en los “dogmas de la fe”, la cultura se fundamenta en los “dogmas del machismo”.

Y como el dogma es poder y reflejo del poder, su simple cuestionamiento ya desencadena toda una reacción agresiva frente a quien lo hace y a los planteamientos que buscan la Igualdad. Veamos algunos ejemplos de la interpretación que hace el “dogmachismo” de la realidad:

  • La Ley Integral contra la violencia de género se presenta como instrumento “contra los hombres”, porque es un hombre el que puede ser condenado; pero callan el detalle de que si es condenado no es por ser hombre, sino por ser maltratador. A nadie se le ocurre pensar que el Código Penal va contra las personas porque es una persona quien puede ser condenada si comete un delito o una falta.
  • La Igualdad se percibe como un problema, no como un Derecho Humano necesario para la convivencia en sociedad. Ver la Igualdad como un problema y la desigualdad como “normalidad” refleja muy bien esa construcción cultural machista y los dogmas que hacen a los hombres merecedores de los privilegios y a las mujeres de la discriminación y la violencia.
  • Transmitir los valores de la Igualdad para mejorar las relaciones construidas sobre el respeto y la paz se considera “adoctrinamiento”, y transmitir los valores del machismo que dan lugar a la discriminación y la violencia se considera “educación”.
  • Las cuotas basadas en una representación del 60/40 para corregir la desigualdad se ven como algo injusto y anti-natural, pero cuando los hombres representan el 90% o el 100% se ve como algo consecuente, lógico y natural. En ningún caso se entienden como cuotas del machismo basadas en la discriminación de las mujeres.
  • La brecha salarial y el mayor salario de los hombres a través de sueldos más altos o de promociones más directas, también se considera como algo propio a la condición y capacidad masculina, no como parte de la desigualdad y discriminación.

La lista se haría interminable, pero en cualquier caso, los ejemplos recogidos son suficientes para reflejar la realidad y para ver cómo el “dogmachismo” tiene un doble sentido. Por un lado, defender la posición superior de los hombres; y por otro, situar en quienes lo critican lo que niega para sí mismo, y mientras que el machismo es concebido como “orden natural”, presenta al feminismo, a la Igualdad y a quienes trabajan por ella como personas dogmáticas, rígidas y violentas. Esa atribución es muy gráfica de lo que en realidad es el machismo, tanto que lo deja en evidencia con una idea similar a lo que dice el refranero con lo de “piensa el ladrón que todos son de su condición”.

Todo ello demuestra que se trata de una construcción cerrada e interesada en la defensa de los privilegios masculinos y en la perpetuación de su modelo de sociedad (educación, economía, religiones, política…). Esta es la razón que hace que a pesar de la objetividad de todas las falacias que se han ido desmontando a lo largo de la historia, se continúe con la misma estrategia para que también hoy los hombres sean presentados como superiores y merecedores de sus privilegios. Da igual que se hayan demostrado falsos los argumentos sobre la inferioridad de las mujeres basados en ideas como que no tenían alma, que su condición las hacía ser esclavas de los hombres, o que su falta de inteligencia y capacidad debían situarlas en las tareas de cuidado y afecto; al final continúan con el mismo razonamiento bajo otras justificaciones, puesto que todo ello no es producto de las circunstancias del momento y del lugar, sino parte de las “verdades” de la cultura.

Es el “dogmachismo”.

 

Advertisements

Madres asesinas y buenos padres que matan

Entre los hechos y la realidad está el significado, que es lo que permanece y da sentido a la historia de cada día. Los acontecimientos sólo son la inspiración para redactar el relato, las referencias necesarias que permiten escribir el tiempo con continuidad y sin sobresaltos que rompan el sentido de lo vivido hasta el presente y el mañana esperado.

Y esta situación que se observa en la forma de escribir la historia sobre el pasado y transmitirla, de manera especial a la hora de interpretar los conflictos, guerras, victorias y derrotas, sucede cada día en aquellos hechos que de una manera u otra tienen impacto directo en la forma de organizarnos y relacionarnos sobre las ideas, valores, creencias, mitos… que se han adoptado y considerado adecuadas para convivir.

Es lo que sucede con a violencia de género, una violencia estructural que surge de la propia “normalidad” que la cultura machista ha establecido y ha cargado de justificaciones para que sea interpretada como algo propio de las relaciones de pareja, no en el sentido de que sea una conducta “obligada”, pero sí bajo la idea de que “puede suceder”, y que si aparece es reflejo del “amor” y la “preocupación” que siente el hombre ante ciertas actitudes y conductas de la mujer que “pueden afectar a la pareja o a la familia”. Bajo esa idea, la violencia de género no se presenta con el objeto de dañar, sino de corregir algo que se ha alterado.

Lo vemos cuando la Macroencuesta de 2015 recoge que el 44% de las mujeres que no denuncian dicen no hacerlo porque la violencia sufrida “no es lo suficientemente grave”, cuando en el Eurobarómetro de 2010 un 3% de la población de la UE dice que hay motivos para agredir a las mujeres, o cuando el 30% de la adolescencia de nuestro país afirma que cuando una mujer es maltratada se debe a que “ella habrá hecho algo”.

Y hablamos de una violencia que cada año asesina a una media de 60 mujeres, maltrata a 600.000, y permite que unos 840.000 niños y niñas sufran su impacto al vivir expuestos en los hogares donde el padre la lleva a cabo, ¡un 10% de nuestra infancia! (Macroencuesta, 2011).

A pesar de esa terrible y dramática situación para una sociedad, sólo alrededor del 1% de la población considera que se trata de un problema grave (CIS). Y no es casualidad que sea tan bajo, sino consecuencia del significado que se da a esta violencia, la cual es presentada como un descontrol producto de hombres con problemas con el alcohol, las drogas, alguna enfermedad mental o un trastorno psíquico. Sobre esta situación estructural, además, desde la “normalidad” machista se lanza una estrategia de confusión que busca mezclar todas las violencias y reactualizar los mitos para seguir construyendo la realidad sobre el significado que ellos deciden.

El ejemplo más cercano lo tenemos en el asesinato cometido por Ana Julia Quezada sobre el niño Gabriel Cruz, un hecho terrible que comprensiblemente levanta todo el rechazo hacia su autora. La crítica, incluso en sus expresiones más emocionales, es perfectamente entendible como parte de los sentimientos que se han visto afectados por unos hechos y unas circunstancias tan dolorosas como las que se han vivido. Ese no es el problema, lo que sorprende es la bajeza de quienes lo utilizan y lo instrumentalizan para intentar, una vez más, confundir y cuestionar la violencia contra las mujeres a través de una doble estrategia:

  • Por un lado, generar confusión sobre las diferentes violencias y tratar de reducirlas sólo a su resultado, es decir, a las lesiones que ocasionan y a la muerte para concluir que todo lo que termina en el mismo final tiene el mismo sentido, algo que es absurdo. Sería como afirmar que todas las hepatitis son iguales y deben tratarse de la misma forma, sin considerar si son tóxicas o infecciosas, sin dentro de estas son producidas por bacterias o por virus, y dentro de las víricas si están ocasionadas por un tipo de virus u otro.
  • Y por otro lado, presentar la violencia que llevan a cabo las mujeres como consecuencia de la maldad y la perversidad que la cultura les ha otorgado con mitos como el de “Eva perversa” o “Pandora”. En cambio, con la violencia que llevan a cabo los hombres ocurre lo contrario, ellos son los “buenos padres” que utiliza el Derecho como referencia para aplicar la ley, y por lo tanto, cuando agreden o matan es por el alcohol, las drogas o los trastornos mentales.

La crítica a la que está siendo sometida Ana Julia Quezada no se ha visto con ningún hombre asesino, ni siquiera con José Bretón, que asesinó a sus dos hijos y los quemó hasta casi hacerlos desaparecer dentro de un plan elaborado hasta el más mínimo detalle. Es más, incluso en el juicio hubo un informe pericial psiquiátrico y psicológico que lo presentaba como una “víctima”.

Con Ana Julia Quezada ocurre lo contrario, cada día se profundiza más en su “maldad y perversidad”, se ha viajado a República Dominicana para buscar referencias sobre su “perversidad original”, y para que su propia familia se pronuncie sobre la situación y su condición. Hasta el auto judicial se refiere a ella como la responsable de un “plan criminal” con “malvada voluntad”.

Y mientras que la crítica es entendible y las reacciones son comprensibles ante el dolor que ha generado el asesinato de Gabriel, lo que sorprende es que la reacción ante los asesinatos de otros niños no haya generado ese rechazo hacia los hombres que los asesinaron, ni se haya buscado testimonios críticos en sus entornos, todo lo contrario, aún permanecen en algunos casos las palabras de sus vecinos hablando de ellos como “hombres normales y buenos vecinos”.

Pero nada de eso es casual y por eso la situación va más allá en la instrumentalización que hace el machismo para hablar de mujeres asesinas, y especialmente de madres que asesinan. Esa es la razón que dio lugar a que desde los primeros días tras conocerse el asesinato de Gabriel salieran noticias y asaltaran las redes sociales con el argumento de que “las madres matan más que los padres”, y todo para atacar la Ley Integral contra la violencia de género y los avances en Igualdad. Una actitud que demuestra esa bajeza moral del machismo y su afán en escribir la realidad con el significado que los hombres han decidido.

Cuando se toman estudios científicos amplios, es decir, no circunscritos a un tiempo reducido, que siempre se puede ver afectado por circunstancias del momento, se demuestra que los padres matan más que las madres, algo que tenemos la responsabilidad de conocer para adoptar medidas preventivas y no alimentar los mitos existentes. En el informe de Save the Children sobre los últimos 100 casos de muertes violentas no accidentales de niños y niñas, 36 fueron homicidios cometidos por los padres y 24 por las madres. Otros estudios internacionales que analizan un número amplio de casos recogen que mientras que los homicidios de las madres y madrastras tuvieron una tasa anual de 29’2 niños/niñas por millón, en los cometidos por los padres y padrastros la cifra fue de 67 niños/niñas por millón (V. Weekes-Shackeldford y T. Shackeldford, 2004); y en el trabajo de Harris et al. (2007) los padres asesinaron al 39’1% de los menores, mientras que las madres lo hicieron sobre el 33’6%. La propia OMS, en su Informe Mundial sobre Violencia (2002), recoge que los padres son los responsables de la violencia más grave y comenten más homicidios y violencia sexual sobre los hijos e hijas.

Lo hemos repetido multitud de veces y desde hace años, la violencia es llevada a cabo por hombres y mujeres, pero la construcción cultural que lleva a normalizar, invisibilizar y justificar la violencia bajo las referencias de la cultura, esa violencia conocida como “violencia de género”, es cometida por los hombres, unos “buenos padres” que “matan fuera de control”, según los mitos y estereotipos establecidos. Este significado no se le da a la violencia ejercida por las mujeres, ellas no son “buenas madres que matan”, todo lo contrario, se presenta como producto de la maldad y perversidad que llena la conciencia de las mujeres, tal y como vemos estos días.

Al final la historia se escribe sobre el significado que se da a los hechos, y para el machismo está claro, mientras que las madres asesinan desde su condición de maldad, los padres, que ya parten de la condición de “buena paternidad”, lo hacen porque hay algo que les hace perder su bondad y control.

 

Si los hombres se paran, el machismo se para…

Si los hombres se paran el machismo se para, de eso no hay duda… pero los hombres no se van a parar.

La huelga feminista del 8M/18 no sólo ha parado al mundo, sino que además ha detenido la historia. Una historia donde los hombres han empujado al tiempo para que siga adelante bajo sus dictados y zarandeos, daban igual las consecuencias que producía su injusticia social y el daño que padecían las mujeres, lo importante era mañana, porque ese mañana ha sido exactamente igual a cada hoy desde el principio de la historia.

El futuro siempre ha actuado como una de las principales trampas del machismo, “dejar que el tiempo pase sin que nada más pase”. Dejar los días vacíos de acciones para que sólo contaran sus horas y sus minutos, y que el porvenir sólo fuera un momento posterior del mismo escenario y bajo los mismos argumentos. Un “futuro de cumpleaños” que no ha cumplido con el compromiso social de la Igualdad.

El futuro no es ese paso vacío del tiempo, sino una nueva realidad surgida de la transformación del presente, y cuando la historia es machismo y desigualdad, el futuro sólo puede ser la Igualdad. Por eso las posiciones conservadoras temen tanto a la Igualdad, no lo han hecho a la Libertad, ni a la Justicia, ni a la Dignidad, aunque siempre intentan controlarlas y limitarlas, pero la Igualdad supone una desestructuración de su modelo jerárquico de poder y privilegios. Por eso los hombres no se paran.

Y por esa misma razón la Huelga Feminista del 8M/18, además de mostrar las múltiples consecuencias de la desigualdad en cualquiera de los ámbitos de la sociedad, lo que ha puesto de manifiesto es que nada de eso es casualidad ni un error, tampoco una deriva del tiempo, sino una construcción de los hombres para obtener beneficios a través de la imposición de lo que ellos han considerado adecuado para organizar la convivencia y  las relaciones en los distintos contextos de la sociedad. De ese modo, las referencias masculinas son tomadas como universales, es decir, válidas para toda la sociedad, sin contar con lo que las mujeres han considerado importante y necesario para la convivir en ese espacio común de la sociedad.

La situación tiene un doble significado. Lo primero, que se trata de una construcción interesada, no un accidente ni un producto del azar, aquí nadie echó una moneda al aire y salió desigualdad, como podría haber salido igualdad. Y lo segundo, que hablamos de una construcción de poder, es decir, que la adopción de las referencias masculinas como universales no fue para darle a la realidad un decorado más viril, sino para otorgar a los hombres una serie de privilegios sobre la ausencia o limitación de derechos en las mujeres.

El machismo es perfectamente consciente de su injusticia y de las consecuencias dramáticas que ocasiona, por ello dispone de toda una serie de estrategias para justificarlas de manera que puedan ser integradas como parte de determinados contextos o circunstancias, y evitar que sean identificadas como un problema estructural. Por ello juega con los mitos, los estereotipos, los prejuicios, la costumbre… para que todo sea compatible dentro de “su normalidad”. Y así lo ha hecho a lo largo de la historia, ha cedido espacio y cambiado en las formas para no renunciar nunca al poder de su construcción cultural, y ahora no va a ser diferente.

El 8M/18 ha permitido que una gran parte de la sociedad tome conciencia de lo que hay detrás de las múltiples manifestaciones de la desigualdad, de eso no hay duda, pero también ha posibilitado que el machismo tome conciencia a su vez de toda esa movilización crítica y de lo que significa. Y este “darse cuenta” de la realidad implica que van a pasar a la acción para tratar de mantener su espacio de poder en las nuevas circunstancias. Una vez más, como han hecho siempre, cederán en algo con tal de conservar la estructura de poder que les genera los privilegios y beneficios.

El machismo no es un problema de falta de conciencia, sino de falta de voluntad para erradicarlo. Ya hemos dicho que desde su posición son plenamente conscientes del daño que ocasiona su injusticia social. La desigualdad no se debe a que se desconozcan sus causas y muchos de sus resultados, sino a todo lo contrario, a la falta de voluntad para adoptar medidas que corrijan la injusticia social que supone el machismo a pesar de todo el daño y dolor que ocasiona. ¿Es que no se sabe que en España asesinan de media a 60 mujeres por violencia de género cada año?, ¿es que no se conoce que las mujeres tienen mayor dificultad de conseguir un trabajo, que cuando lo logran es más precario, y cuando no es tan precario cobran menos que los hombres?…

Y esta situación no va a cambiar de repente porque la crítica se haya organizado para adquirir una dimensión global, y haya ocupado el espacio público por medio de las manifestaciones del 8M/18.

Si los hombres se paran el machismo se para… pero los hombres no se van a parar; al menos de manera voluntaria e inmediata.

El machismo ya está organizando su reacción, como lo ha hecho en otros momentos. De momento, además de un silencio sospechoso, ya surgen las primeras voces dentro de una estrategia montada sobre tres grandes líneas:

  • La primera es unirse al éxito de las manifestaciones y apuntarse el tanto con argumentos que afirman que quieres de verdad han hecho cosas por las mujeres han sido las políticas conservadoras.
  • La segunda busca la típica confusión que utiliza el posmachismo a través de la desnaturalización del significado de lo ocurrido, idea que necesita quitarle sentido a la palabra “feminismo” para apartarla de toda la reacción social. Y para ello siguen dos tácticas, una apropiarse del nombre para decir que son feministas y que feminismo es lo que ellos hacen, reforzando de ese modo la primera línea argumental; y la otra, proponer nuevas medidas para demostrar su compromiso con la Igualdad, que es justo lo que ha hecho el PP al anunciar el día 10M un “plan en favor de la mujer”.
  • La tercera se dirige a destacar la “manipulación” de lo ocurrido y la falsedad de los hechos. Es el argumento clásico basado en la idea de la maldad de las mujeres y en el mito de la “Eva perversa”, que lleva, por ejemplo, a hablar de “denuncias falsas” cuando nos referimos a la violencia de género o la inexistencia de la brecha salarial. Para ello argumentan que se trataba de una manifestación “transversal” donde no había ideología ni críticas a nada ni a nadie, sólo demanda de acciones para abordar “temas que afectan a las mujeres”. Bajo esta línea “el feminismo y las feministas” son presentadas como las manipuladoras por excelencia, capaces de instrumentalizar una respuesta como la vivida desde su “elitismo y su ataque a las propias mujeres”. El argumento se cierra con referencias al “ataque del feminismo” contra los hombres, la familia, la Iglesia, las economía, el orden de Occidente… o cualquier cosa que se les ocurra.

Es la reacción del machismo para defender su poder. De momento estamos en sus fase inicial, pero continuará y debemos prestar toda la atención que requiere la situación para que la conciencia surgida del 8M/18 no se hunda frente a las costas de la Igualdad con los torpedos que ya lanza el machismo.

Nada nuevo, como sabemos, pero otra vez diferente sobre las circunstancias para adaptarse al nuevo tiempo de siempre, sin transformar la desigualdad en Igualdad.

¿Y machista no era…?

Racista, xenófobo, supremacista… así describen los medios de comunicación a Nikolas Cruz, autor del asesinato de 17 personas en el instituto MS Douglas de Parkland en Florida. Se le acaban los adjetivos para hablar de la conducta y de los elementos de identidad que la motivaron, y en cambio no hacen referencia al elemento que está en la base de todos los demás: el machismo.

Quien parte de considerar que la identidad está basada en que su condición de hombre-blanco-heterosexual-estadounidense… es superior a la del resto, se siente legitimado para desarrollar toda una serie de conductas de discriminación y violencia contra quienes considera inferiores, de los cuales piensa que están usurpando parte de lo que le pertenece. Y como toda conducta violenta, su desarrollo puede aumentar de forma progresiva hasta llegar a las distintas expresiones de la violencia física, entre ellas el homicidio. Son crímenes que cuentan con todos los ingredientes en sus autores: razones morales basadas en su idea de superioridad, argumentos prácticos al entender que le están quitando algo que les pertenece, una carga emocional basada en el odio que refuerza toda esa construcción, y una solución a su alcance a través del uso de la violencia.

Todo indica que es lo que ha ocurrido con Nikolas Cruz, a pesar de la advertencia que se había producido a través de la denuncia sobre sus planes sin que que hubiera respuesta del FBI, algo nada casual cuando el contexto social y cultural crea una sintonía bajo referencias cercanas con quienes reciben la denuncia, restándole credibilidad a su contenido o a su trascendencia.

La identidad construida sobre las referencias biológicas que llevan a entender que una determinada condición es superior al resto, que es lo que se observa en este caso y en todos los crímenes de odio, no es nueva. Se remonta al Neolítico y su ADN es el machismo, que fue la primera referencia utilizada en aquel entonces para definir la identidad de los hombres y de las mujeres, a partir de la cual se ha ido reforzando para establecer la desigualdad en la convivencia social sobre las referencias de quienes ocupaban las posiciones de poder, que eran los hombres.

Fueron las ideas, voluntades y deseos de los hombres los que decidieron que la convivencia tenía que organizarse en diferentes niveles jerárquicos, y que lo masculino pasaría a ser considerado como universal y común para toda la sociedad, convirtiéndose en la referencia social, y de ese modo permitir que los hombres contaran con las condiciones idóneas para ocupar y desarrollar espacios de poder en lo individual. Y a partir de esos primeros momentos, en lugar de cambiar conforme la organización social se modificó, lo que se hizo fue reforzar la construcción con los distintos elementos de poder e integrar otras referencias para incorporar al grupo original a los niveles más altos de su estratificación social, y de ese modo consolidar la estructura social sobre sus ideas, valores, creencias, origen, procedencia, color de la piel… pero siempre con lo masculino y los hombres como núcleo de esa organización.

El resultado es que la condición dominante no sólo es diferente a las otras, sino que, además, es superior. Por eso, para ese modelo, una mujer es diferente a un hombre e inferior, un homosexual es diferente e inferior, un afroamericano es diferente e inferior, un extranjero es diferente e inferior… y así podemos seguir uniendo factores de discriminación para hacer de esa construcción jerarquizada una fuente de discriminación interseccional, es decir, resultante de la interrelación de los diversos factores individuales para aumentar la desigualdad y acumular más poder; por ejemplo, una mujer es discriminada por su condición, pero si además es extranjera, con otro color de piel y una orientación sexual distinta, aún será mas discriminada.

Esa es la razón que hace que un machista sea homófobo, racista, xenófobo… porque el machismo está en el núcleo de esa identidad que parte de la condición como factor de referencia para considerar al resto diferentes e inferiores. Luego podrá expresar las distintas discriminaciones con más o menos frecuencia o de forma más o menos explícita dependiendo de las circunstancias, pero la construcción de la identidad machista las lleva todas en su esencia.

El machismo es cultura, no conducta, y la cultura machista es una estructura de poder, por eso se desarrollan conductas dirigidas a la consecución y a la perpetuación esas posiciones de privilegio bajo el amparo del sistema social y cultural, que a su vez se ver reforzado por los comportamientos individuales en una especie de “todo el mundo gana”.

Es lo que ha ocurrido con Nikolas Cruz, que ha desarrollado una actitud y una conducta sobre las referencias comunes de una sociedad que él ha llevado hasta el peor de sus extremos, pero no por ser diferentes, sino por vivirlas de una forma especialmente intensa y particular en sus circunstancias. Y esos factores comunes son los que hacen que la advertencia de que podía pasar no se vea tan grave o no resulte creíble, como ha ocurrido con las denuncias ante el FBI. Si la denuncia hubiera sido sobre un posible atentado yihadista, aunque las evidencias hubieran sido similares, habría conllevado la respuesta inmediata por parte del FBI, pues esa violencia está construida sobre referencias completamente diferentes a las que caracterizan el contexto socio-cultural. Es la misma situación que se presenta en violencia de género, cuando la palabra de las mujeres no resulta creíble o las consecuencias de su denuncia no se vean tan graves o posibles.

El machismo está en la base de la violencia interpersonal nacida de la condición de quien la ejerce y desarrollada de la mano del odio contra quien se considera diferente e inferior, por eso en una cultura levantada sobre la superioridad de los hombres sobre las mujeres estas son las primeras en sufrir sus consecuencias, pues cada golpe hace que el hombre que lo da se siga creyendo superior, y la sociedad más sólida sobre el machismo.

Nada es casual, el machismo es causa, no resultado.

Puritanismo y género

Si no fuera por lo serio que es el tema, la situación daría un poco de risa. Y es que no deja de sorprender que la respuesta que ha dado una parte de la sociedad bajo la lectura que la cultura machista hace de la realidad, haya sido entender que hablar contra el acoso sexual a las mujeres nos puede llevar a un puritanismo sexual que baje de nuevo la ropa hasta los tobillos y suba los escotes hasta el cuello, y que sitúe entre hombres y mujeres una distancia infranqueable a modo de barrera.

La respuesta puede sorprender, pero no es casualidad.

En el momento actual confluyen dos corrientes que plantean soluciones frente al acoso sexual, pero cada una de ellas lo hace a partir de fuentes muy remotas. La primera corriente plantea evitar el acoso cuestionando la libertad sexual de las mujeres en una especie de “sin sexo no hay acoso”; la segunda defiende la libertad sexual pero entiende que detrás de ella hay una especie de incitación de las mujeres a ser abordadas y acosadas.

Detrás de las dos está el machismo y su puritanismo, en la primera de manera directa y explícita, por eso aprovecha la ocasión para atacar a la Igualdad y a lo que significa, haciéndola responsable de todo lo que le ocurre a las mujeres, precisamente por haber roto con las referencias tradicionales de la buena virtud. Y en la segunda, porque interpreta la libertad de las mujeres como una “provocación” a los hombres, tanto a su posición referente como a su papel activo, volviendo a dejar a las mujeres como “sujetos pasivos” de las relaciones

En apariencia sus enunciados pueden parecer lo mismo por estar contra el acoso, pero son completamente diferentes en su significado y sentido, pues mientras que la primera corriente busca imponer un modelo de relación en el que las apariencias sustituyan a la realidad, y donde la violencia quede invisibilizada bajo el umbral que se decida en cada momento, tal y como ha ocurrido históricamente, la segunda corriente busca la libertad de las mujeres y el respeto a su dignidad, algo que sólo puede alcanzarse a través de la Igualdad, pues ni la libertad ni la dignidad se disfrutan sin ella. Por eso la idea de “provocación” que insinúan sólo puede ser consecuencia de la influencia del machismo.

El puritanismo no es nuevo, siempre ha estado en nuestra sociedad para controlar a las mujeres, porque lo de velar por las “virtudes públicas y privadas” se ha situado sobre la imagen y el comportamiento de ellas, no de los hombres. Para la cultura patriarcal la quiebra de la moral y de la virtud se produce cuando las mujeres asumen un rol diferente en la sociedad y se liberan sexualmente de las imposiciones de un machismo que las necesitaba controladas y sometidas para que los hombres no vieran cuestionado su honor ni disminuido su poder. Para esa misma sociedad, cuando los hombres acosan, violan o asesinan a las mujeres no se atenta contra el puritanismo, todo lo contrario, presentan esos crímenes como consecuencia de las “malas mujeres” que se alejan de él.

La imagen de los hombres y su conducta tampoco afecta a la virtud y, en consecuencia, no se relaciona con el puritanismo sexual ni de otro tipo. Nadie habla de ataque al puritanismo porque los hombres muestren sus abdominales y sus bíceps, ni piden que no los enseñen bajo la amenaza de que los acosen o llegue a imponerse un control sobre el “juego sexual”. Como tampoco dicen nada de esa violencia sexual que ejercen como parte de la “complicidad” de una sociedad que facilita las condiciones para llevarla a cabo, y luego cuestiona a las mujeres por lo que hagan o dejen de hacer, pero calla sobre lo que los hombres hacen. El puritanismo conlleva la violencia amparada por las circunstancias o la provocación de las mujeres, por eso es un modelo basado en las mismas apariencias que hacen que la mujer del César tenga que serlo y parecerlo, sin que el César deba preocuparse de otra cosas que no sea la imagen que da su mujer.

Es el puritanismo que niega a las mujeres para que los hombres sean más hombres.

Y en unas circunstancias como las actuales, en ese río revuelto resultante de la confluencia de las dos corrientes, el machismo ha lanzado sus redes sociales y todos sus elementos de influencia para sacar ganancia como pescadores de oportunidades. Por eso ha aprovechado las circunstancias para hacer entender que en realidad la lucha contra el acoso y la violencia sexual conduce a un puritanismo anti-femenino, hasta el punto de conseguir que un grupo de mujeres feministas francesas compartan el argumento sin tener en cuenta que el contexto social y cultural del machismo influye en las decisiones individuales. Nada nuevo, por otra parte, como cuando se ha dicho desde algunas voces del feminismo que una ley contra la violencia de género supone presentar a las mujeres como incapaces y como seres que necesitan ser tutelados, o como cuando se plantea que “decidir sobre el propio cuerpo” para hacer lo que el machismo ha impuesto bajo la violencia a lo largo de toda la historia, tampoco tiene nada que ver con el contexto social y cultural en el que se toman esas decisiones. Curiosamente, estos argumentos y sus fuentes feministas son continuamente citados por los machistas.

El machismo es el artífice del puritanismo, un puritanismo que nunca ha evitado ni impedido la violencia contra las mujeres, sino que la esconde bajo las circunstancias y los diferentes contextos que se puedan dar. Por eso la situación actual no es diferente a lo que ha hecho el propio machismo al diseñar una doble estrategia para adaptarse a los tiempos actuales. Por un lado está el machismo de siempre con su defensa directa y explícita de las ideas tradicionales con argumentos como que “las mujeres deben tener un salario menor por ser menos inteligentes y más débiles”, tal y como afirmó el eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke, y de ese modo mantener la brecha salarial en la que Rajoy dice que no hay que entrar; y por otro está el diseño de la nueva estrategia del posmachismo para hacerse dueño de la “Igualdad de verdad”, y decir que lo que hace el feminismo es atacar a los hombres, a las familias y al orden natural para beneficiarse económica y socialmente de la situación.

Ahora con el puritanismo ocurre lo mismo, por un lado está la reivindicación del puritanismo en sentido tradicional para recuperar los valores que hacían a las mujeres portadoras de la virtud social, y por otro una especie de “post-puritanismo” para que se dejen acosar y abusar en nombre de su libertad.

El machismo es cultura, no conducta, ya lo hemos dicho en más de una ocasión, y la cultura es identidad. No entender que las decisiones individuales vienen condicionadas e influidas por las referencias socio-culturales, es caer en las trampas del machismo que lleva siglos afirmando que la desigualdad y toda su injusticia violenta es “lo normal”.

 

Monstruos S.A.

Ya tenemos un nuevo monstruo en la sociedad, José Enrique Babuín Gey, conocido como “El Chicle” y detenido por el asesinato de Diana Quer, se ha incorporado a la lista de “monstruos” que cada año se elabora para tranquilizar conciencias y desviar miradas de las circunstancias comunes a todos los hombres que actúan con un objetivo similar, aunque las formas de alcanzarlo sean diferentes.

La primera en llamarlo de ese modo ha sido su madre, quizás la única persona legitimada para hacerlo por el impacto emocional que produce ser consciente de que el niño aquel ha sido el hombre ese que aparece en los medios de comunicación como autor de unos hechos tan terribles. Mirar a la vida y encontrar a ese hombre en cada recuerdo de aquel niño es “monstruoso” para una madre y para un padre.

Pero el resto de la sociedad rápidamente también lo ha considerado como un monstruo bajo un argumento diferente, pues mientras que la familia lo califica de ese modo por ser “uno de los nuestros”, la sociedad lo llama monstruo para decir que “no es uno de los nuestros”. Por ello no han perdido tiempo en acudir a todo tipo de personas expertas para que expliquen algunas de sus características y rasgos de personalidad sin conocer nada de él ni haberlo examinado, tan sólo con las informaciones y referencias que aparecen en los medios de comunicación, algunas de ellas claramente contradictorias. Pero todo eso da igual, lo importante no es que sea verdad lo de “El Chicle”, sino que sea mentira que se trataba de un hombre “normal”, como sí han coincidido en definirlo personas de su entorno laboral, social, relacional, amistades…

Los estudios forenses nos dirán cómo es “El Chicle”, cuáles son los rasgos de su personalidad y si tiene algún elemento que tenga un significado especial en su comportamiento, pero lo que sí sabemos ya es que se trata de un machista violento, igual que otros agresores que han cometido crímenes similares, incluso peores en sus formas y consecuencias por asesinar a varias víctimas, y ninguno de ellos era un enfermo mental ni tenía trastornos de personalidad, cómo tampoco ninguno de sus conocidos decía nada de ellos ni de “El Chicle” antes de que se conociera su responsabilidad en los hechos. En cambio, nadie ha dicho de él algo tan sencillo como que “es un machista violento” .

El análisis de un caso no puede basarse en la repercusión que tenga en los medios de comunicación, ni concluir sobre sus elementos a partir de las informaciones, pues las conclusiones y la información con toda probabilidad serán erróneas.

¿Qué es lo que hace, según toda esa gente, que un hombre sea un monstruo?. Veámoslo.

Llevar a una mujer joven a un lugar apartado para agredirla sexualmente no debe serlo, puesto que, por ejemplo, es lo mismo que hicieron los integrantes de “la manada” y no sólo no los han considerado “monstruos”, sino que hay quien los defiende y culpabiliza a la víctima. Haberla asesinado tampoco debe ser la razón de la monstruosidad, porque cada año en España alrededor de 100 mujeres son asesinadas bajo las diferentes formas de violencia de género y no se refieren a sus asesinos como monstruos. Ocultar el cuerpo tras el homicidio, aunque sea menos frecuente, tampoco ha llevado a considerar monstruos a los asesinos de Marta del Castillo o al marido de María Puy en Navarra, que la asesinó, descuartizó y enterró durante meses.

Al final todo indica que se es monstruo por necesidad, por una combinación de circunstancias que van desde los propios hechos hasta la alarma social generada, situación esta que necesita una negación del machismo y su violencia al tiempo que una afirmación de lo ocurrido. Al final, tener un monstruo a mano ayuda mucho a distorsionar lo ocurrido y a tranquilizar muchas conciencias y algunos ánimos.

¿Cuántos monstruos hay ahora mismo en las calles, en sus casas, en hospitales, juzgados, empresas, comercios… que son considerados como buenos compañeros, buenos amigos, buenos vecinos, buenos trabajadores… y que mañana serán “monstruos”?

No son monstruos, sólo lo serán en nuestra imaginación, en esa realidad que necesitamos crear para que todo encaje dentro de la normalidad machista en la que convivimos cada día, sin que se alce la voz contra la injusticia social que supone y la violencia normalizada que queda integrada dentro de ella. Es mas fácil dejarse llevar y vivir al margen de esa realidad que aceptarla y enfrentarse a ella para cambiarla, sobre todo cuando hacerlo supone renunciar a los privilegios que el machismo otorga a los hombres.

El machismo es una fábrica de monstruos, es “Monstruos S.A.”, no una película, sino la historia real. Y es tan terrible, que crea hombres normales que maltratan, matan y violan desde la invisibilidad y la impunidad, y luego crea algunos monstruos con nombres, apellidos y apodos para exponerlos por todos los medios cuando son descubiertos y no pueden beneficiarse de algunas de las justificaciones que también prepara para que su monstruosidad no de miedo y sea apta para todos los públicos.

Es lo que hemos visto con José Enrique Babuín, “El Chicle”, aunque los intentos de minimizar siempre están presentes, como cuando se ha tratado de culpabilizar y responsabilizar a la propia Diana y a su familia, o como cuando ahora se buscan rasgos o trastornos en el “monstruo” para convertirlo en una especie de alienígena al margen de nuestra cultura y sociedad, para sí tranquilizar más y poner la mirada todavía a más distancia de nuestra realidad.

Vivimos en una fábrica de monstruos, el machismo es “Monstruos S.A”, pero no los busquen en lugares extraños ni con aspecto raro.

 

“No a la guerra”. “Sí al acoso”.

Nadie, ni en Hollywood ni en Europa, dijo que se podía caer en una especie de buenismo ni de debilidad general por defender la paz frente a la guerra. Ninguno de los actores y actrices que en su día ocuparon las plateas y escenarios protestando contra la guerra de Irak se encontraron con manifiestos pidiéndoles “prudencia”, o hablando del riesgo de caer en una especie “ñoñería global” que restara intensidad y sentido a las relaciones internacionales.

Nadie duda de que hablar de la guerra es diferente a hablar de lanzar misiles de prueba, a comentar el diámetro del botón nuclear o a lanzar amenazas sobre el estallido de un posible enfrentamiento. Y tampoco nadie deduce que hablar contra la guerra se va a traducir en un abuso por parte de los pacifistas para denunciar “falsas guerras” por todas las esquinas del planeta.

Y tampoco se entiende que situaciones previas a las guerras, como cuando se produce algún ataque aislado, o se lleva a cabo un bloqueo comercial, o se invade parte de un territorio… forman parte de una estrategia de “negociación” de buen rollo, de esas que “ponen cantidad” y despiertan el interés en quien en un principio no lo tenía, hasta finalmente llegar a un encuentro maravilloso entre las dos partes. Todo lo contrario, cada una de esas acciones se ven como actos violentos necesarios para desarrollar y avanzar en una violencia más grave, y serán reprobados individualmente con independencia de que tras algunas de estas acciones pueda surgir un acuerdo y una buena relación comercial entre los países implicados.

Y no tiene sentido, porque no estamos hablando de “formas de relacionarse” en libertad e Igualdad, sino de agresiones y de guerra.

En cambio, cuando se habla de violencia sexual y de acoso, se plantea que de lo que se habla es de flirteo, y que no aceptar la violencia históricamente normalizada puede llegar a afectar a las relaciones hasta acabar en un “puritanismo sexual”.

Este planteamiento que, ¡oh casualidad!, una vez más surge de manera “espontánea” por parte de un grupo de mujeres que en todos estos años de acoso y violencia sexual no sólo no han sacado ningún manifiesto contra el machismo, sino que entre las firmantes hay quien ha apoyado a Roman Polansky tras reconocer la violación cometida sobre una menor, sólo tiene sentido si se dan por válidas dos premisas:

  1. La primera es situar los límites en el propio acosador, al entender que en una relación es normal la “insistencia” y el “exceso” intimidatorio y violento, siempre y cuando que quien lo lleve a cabo no lo vea así.
  2. La segunda es aceptar la idea de que las mujeres son “manipuladoras, perversas y poco inteligentes”, hasta el punto de no saber diferenciar una relación de una agresión, y de utilizar la situación para denunciar falsamente a los “pobres y bien intencionados hombres”.

Como se puede comprobar, ambos planteamientos son una trampa, pues, en definitiva, suponen aceptar lo que ya la cultura machista ha dicho que es normal bajo los mitos e ideas que llevan a entender que en un encuentro entre un hombre y una mujer, “no es sí tras la correspondiente insistencia”.

Todo está relacionado con una visión romántica del amor que acepta que la violencia forma parte de él, hasta el punto de plantearlo en frases como, “los celos son amor”, “quien bien te quiere te hará llorar”, “hay que aguantar y perdonar por amor”… Y esa misma visión romántica es la que lleva a presentar la guerra como un “acto de amor”: amor a la patria, a unas ideas o valores, a un modelo de sociedad, a la libertad… no como un instrumento de odio y poder de quienes pudiendo utilizar sus posiciones privilegiadas para negociar e influir, prefieren atacar, imponer y someter. Exactamente lo mismo que prefieren en las relaciones de pareja.

Todo forma parte del machismo omnipresente e invisible, por eso no es casualidad que esa misma cultura concluya que “en el amor y en la guerra todo vale”. Es justo lo que necesita para desarrollar sus estrategias.

El manifiesto de las actrices francesas es eso, poner de manifiesto las influencias y las largas manos de un machismo que dice a los hombres lo que tienen que hacer y a las mujeres cómo han de ser.

Como se puede observar, la utilidad de ese manifiesto no buscaba poner de relieve una forma diferente de ver las relaciones entre hombres y mujeres, ese era su enunciado, la verdadera utilidad era generar la duda, debilitar la respuesta global que se ha producido contra el acoso sexual, y otorgar al machismo el argumento de que las “propias mujeres” y el “propio feminismo” están en contra de lo que las “feminazis radicales” y su “feminazismo anti-hombres” proponen.

El machismo no está dispuesto a ceder su posición de poder ni a renunciar a sus privilegios, y todas las reacciones orquestadas son un ejemplo manifiesto de ello. Por muy intensa que sea la acción contra el machismo nunca se debe menospreciar su reacción.