Catar y la estrategia de lo “de repente”

El mundial de fútbol de Catar se decidió hace 12 años, el 2-12-2010, pero parece que ha sido en estos últimos días cuando la gente y muchos medios se han enterado de la noticia, y del terrible error que supone blanquear a un régimen que no respeta los Derechos Humanos con un acontecimiento mundial y popular de este tipo. 

Durante estos doce años se han podido hacer muchas cosas para evitar que el mundial se llegara a celebrar en Catar y buscar alguna alternativa, pero no se ha hecho nada, y ahora mientras se piden acciones contra su celebración y se admiran los gestos de quienes se niegan a formar parte de este circo, se deja que todo siga igual. Un escenario que revela que estas acciones sirven más para tranquilizar nuestras malas conciencias que para crear conciencia de la buena sobre todo lo que hay detrás, no sólo de Catar, sino de la mercantilización del deporte y la cultura.

Nada nuevo, por otra parte, en este tipo de decisiones, y ese es el problema. Todo sigue bajo los mismos mandatos, como se dijo de forma muy gráfica tras los gritos de los estudiantes del colegio Elías Ahuja, “es la tradición”, o sea, la repetición bajo la normalidad.

Es lo que ha ocurrido con el Mundial de Fútbol y con otros acontecimientos deportivos, que se han celebrado en la Italia fascista (1934), en la Argentina de la dictadura (1978), en la Rusia prebélica (2018), en China (Juegos Olímpicos de 2008)… y siempre con la excusa ética de hacerlo para que a través de este tipo de celebraciones se ayude a cambiar la situación de esos países y respeten los Derechos Humanos, lo cual agrava  aún más la decisión, puesto que demuestra que no se trata de un error, y que al ser consciente de la injusticia que supone se busca un argumento moral para justificarlo. Es lo mismo que se dice para justificar la celebración de la Copa de España en Arabia Saudí; lo de los millones que cobra en cada caso la Federación Española de Fútbol, la FIFA, el Comité Olímpico Internacional y todos los intermediarios parece que es anecdótico y secundario.

Todo forma parte de la construcción androcéntrica de poder cuyo objetivo es acumular más poder. Y para lograrlo utiliza los diferentes instrumentos que el propio sistema desarrolla para conseguirlo, y ahora el más práctico es la economía capitalista con todas sus variantes (financiera, mercado, empresarial, monetaria, energética…) Al final es ese marco y son esas referencias las que se utilizan para alimentar y mantener el orden, porque “si es bueno para el sistema, es bueno para todos los que forman parte de la estructura de poder del sistema”, con independencia de que en un momento determinado alguno de ellos no se beneficie de la iniciativa puesta en marcha.

Curiosamente, nunca se ha planteado ayudar a celebrar un Mundial en países pobres donde se respetan los Derechos Humanos, que necesitan la atención de todo el planeta para salir de su situación.

Todo ello forma parte de las estrategias de la cultura androcéntrica que oculta la injusticia social de la desigualdad y sus abusos bajo la normalidad, para que cuando se presentan sus consecuencias parezca algo inevitable, y así darle entrada a las justificaciones que contextualizan el problema en lo inmediato, en lugar de entenderlo como una derivada más del sistema y sus estrategias.

Con la violencia de género ocurre lo mismo, se oculta bajo la normalidad y sus justificaciones para hacer creer que lo invisible es inexistente, y cuando se produce la agresión grave o el homicidio todo se presenta como un “accidente” fruto de un hecho puntual, como se aprecia al decir que el asesinato se ha producido “tras una fuerte discusión”, ignorando toda la historia previa de violencia. La situación es tan terrible y enraizada en la normalidad, que muchas familias manifiestan tras el homicidio de la mujer, “sabíamos que la maltrataba, pero no pensábamos que la iba a matar”. Y la idea de “inevitabilidad” tras el resultado está tan presente que con frecuencia, cuando se da la noticia del homicidio de una mujer por violencia de género, desde la propia administración se manifiesta que “no había interpuesto ninguna denuncia”, sin que se pregunten por la responsabilidad propia para que el 70-80% de las mujeres asesinadas nunca haya denunciado, ni ninguna de ellas haya sido detectada como víctima de la violencia de género en los diferentes contactos que tiene con la administración.

No es casualidad, se trata de una ceguera interesada construida por el machismo para aprovecharse de ella con cada “de repente”.

Un ejemplo muy cercano y reciente lo tenemos con el cambio climático, como hemos visto en la cumbre de Egipto. Se niega desde el punto de vista práctico, da igual que se reconozca si no se hace nada para actuar contra él, y a pesar de estar bajos sus efectos no se actuará hasta que sea inevitable. Pero no será un error, será parte de la estrategia de poder androcéntrica para permitir que en ese mientras tanto se beneficien y acumulen poder muchos de los que ya lo tienen. Al igual que Catar acumulará más poder con el Mundial de fútbol, los hombres lo hacen con la violencia de género invisibilizada, y el sistema androcéntrico con todo ello.

No tomar decisiones y actuar cuando es posible evitar las consecuencias que luego criticamos, y quedarnos con los gestos y los minutos de silencio cuando ya se ha producido el resultado y su daño, nos hace cómplices, además de demostrar la hipocresía de una sociedad que vive más en la expiación de la culpa que en la responsabilidad de evitarla. 

Los niños con los niños, las niñas con las niñas

La derecha tiene una forma sencilla de educar a niños y niñas para solucionar los problemas que forman parte de la realidad social. No es nada nueva ni original, de hecho la aplican en sus colegios religiosos y en sus colegios mayores, y se trata de esa idea recogida en la frase “los niños con los niños y las niñas con las niñas”. Es decir, segregar por sexo en las aulas para que luego, cuando la segregación continúe en la sociedad a través de la desigualdad, todo siga bajo la misma referencia y las mujeres no la vean como algo anormal ni ajeno a su condición, ni los hombres crean que tienen algo que compartir con ellas y así asuman que lo que ellos ocupan, desde el espacio público del patio del recreo en el colegio hasta la dirección de las empresas y los puestos de gobierno, es suyo.

La reacción de la derecha en su deriva dextrógira (Vox cada vez más ultra, el PP cada vez más Vox y Ciudadanos cada vez más PP), ante la propuesta de la Ministra de Igualdad, Irene Montero, sobre la educación sexual y afectiva para niños y niñas, revela el miedo que tienen a que se descubra que en realidad es su “adoctrinamiento” machista el que históricamente ha venido educando a niños y niñas. 

Porque adoctrinar es imponer las ideas particulares que la derecha y su concepción androcéntrica de la realidad han considerado necesarias, para que esos niños y niñas adquieran una identidad y valores que permitan mantener el orden con todas sus características, aceptando como parte de él, entre otras cosas, la violencia estructural de género que lleva a que muchas mujeres digan “mi marido me pega lo normal”, y muchos hombres repitan que las mujeres dicen no cuando en verdad quieren decir sí” ante una violación.

Educar es transmitir los valores comunes que la democracia establece como marco de convivencia sobre la referencia de los Derechos Humanos plasmados en la Constitución, algo que es responsabilidad de cada familia y del Estado. Si algunas familias renuncian a ese compromiso con lo común y lo público en nombre de su ideología, sus creencias y sus valores, el Estado democrático no lo va a hacer, y va a mantener la educación pública para que la convivencia se desarrolle de manera pacífica y respetuosa entre la pluralidad y la diversidad social.

De ese modo, y a través de la educación democrática en igualdad, algún día podremos evitar que el 20% de esos niños y niñas que tanto defiende la derecha sufra abusos sexuales, algunos de ellos en instituciones religiosas y educativas privadas, y la mayoría en los propios entornos familiares, como recoge el informe del CGPJ que analiza las sentencias dictadas por el Tribunal Supremo sobre violencia sexual en 2020, que revela que el 75,3% de los agresores que abusaron o agredieron sexualmente a niños y niñas eran conocidos, y de ellos el 37,7% de la propia familia. Y en cualquiera de los escenarios (familia, entornos sociales, colegios, desconocidos…) fueron hombres quienes cometieron la mayoría de las agresiones, concretamente el 93,8%.

Y también evitaremos con la educación que muchos jóvenes lleven a cabo violaciones de chicas de su edad, como ahora lo hacen en grupo y en solitario, con sustancias químicas o con fuerza, en gran parte bajo la “educación pornográfica” que reciben a edades cada vez más precoces a través de los dispositivos tecnológicos.

Abstraerse de esta realidad negando la necesidad de abordar una educación sexual y afectiva, es reconocer que para ellos la defensa de su modelo de sociedad vale más que la integridad de los niños y niñas del país, incluidos los suyos. Lo importante son sus valores, creencias, ideas y principios, todo lo demás son “víctimas colaterales” de los ataques que recibe el sistema por parte de quienes quieren transformarlo.

Porque si las mujeres no se enfrentaran a sus maridos y parejas y fueran sumisas ante lo que ellos les imponen no serían maltratadas, si los niños estuvieran con los niños y las niñas con las niñas no habría agresiones ni violaciones, si los españoles convivieran con los españoles y los extranjeros con los extranjeros no tendríamos xenofobia, si los blancos se relacionaran con los blancos y los de otros grupos étnicos lo hicieran con los suyos no habría racismo, y si los gays y lesbianas se quedaran juntos y dentro de sus armarios y guetos tampoco habría homofobia. El modelo machista que defiende la derecha está basado en la exclusión para que sólo el grupo de la sociedad que ellos decidan sea considerado con plenos derechos.

Por eso a la educación democrática la llaman “adoctrinamiento” y a las ideas que la respaldan “ideología de género”, porque a través de esos mensajes inciden en el plano emocional y manipulan los elementos cognitivos con la ayuda de los mitos y estereotipos que la propia cultura machista pone a su disposición, y de ese modo logran una distancia de la sociedad a la realidad que da lugar a la pasividad necesaria para que todo siga igual.

Esa es la clave, que todo continúe del mismo modo bajo su “ideología de género machista”, porque eso es el machismo, una serie de ideas impuestas por los hombres que hacen que la organización social y las relaciones dentro de ella se lleven a cabo sobre las referencias atribuidas a los hombres y mujeres, es decir, a lo que es ser hombre y ser mujer, o sea, al género masculino y al femenino. Como se puede ver, pura “ideología de género machista”.

Su verdad sólo se sostiene dentro del machismo, pero el machismo es mentira; porque no es cierto que los hombres sean superiores a las mujeres, tal y como afirma la esencia de la construcción androcéntrica. 

Defender el poder y los privilegios del modelo no se puede hacer a costa de los derechos de las personas ni de la injusticia social que conlleva. La educación es un instrumento de la democracia, no un arma contra ella.

Mujeres e impuestos

La manipulación de la realidad que hace la derecha cada vez es más descarada, porque cada vez abusa más de los instrumentos de poder formal e informal que les da una cultura androcéntrica que hace de las referencias conservadoras normalidad. 

Su argumentación es muy sencilla, sólo tienen que decir, según interese, que unas iniciativas se llevan a cabo en nombre del pasado y otras en nombre del futuro. Lo hemos visto ahora en Andalucía con la supresión del impuesto de patrimonio, y la escenificación vergonzante que ha hecho el presidente Moreno Bonilla de su firma. En este caso se ha echado mano de la idea de futuro para decir que gracias a esta decisión Andalucía obtendrá más dinero, y que los servicios públicos y la gente que hoy sufre carencias en sus necesidades básicas se verán recompensadas. Hace unos meses lo vimos en el nombramiento de su gobierno y en la referencia que hizo al mayor número de mujeres dentro de él. En esta ocasión echó mano del argumento del pasado.

Lo primero que hizo fue presumir de que en su gobierno había más mujeres que hombres, y después lo justificó diciendo que antes las mujeres eran incapaces en comparación con los hombres, pero que ahora ya habían adquirido capacidad y competencia para competir con ellos. Un proceso que se debe haber acelerado en estos últimos años, porque cuando formó gobierno hace cuatro no encontró suficientes mujeres capacitadas. El colofón a su “feminismo conservador” lo vimos al comprobar que, además de contar con más mujeres que hombres “gracias a la capacidad adquirida últimamente”, la Consejería de Igualdad quedaba suprimida y sus competencias escondidas y confundidas con las de “inclusión social, juventud y familias”, con la igualdad al final de todas para que no hubiera dudas sobre el sentido del cambio. 

Lo que ha hecho el presidente Moreno Bonillla es utilizar a las mujeres como “floreros” con argumentos dirigidos a justificar una estrategia construida sobre elementos que no se ajustan a la realidad. Por eso hace cuatro años no nombró un gobierno con más mujeres, y por la misma razón dice hacerlo ahora sin cuota y sin que lo diga ninguna ley, como si todas las mujeres que han estado en política hasta hoy hubieran sido unas incapaces que consiguieron sus puestos por cuotas.

En definitiva, un ejemplo más de cómo el machismo permanece y utiliza a “mujeres florero” cada vez que las circunstancias lo requieren. La diferencia entre una decisión feminista y una machista es que la primera no duda de la capacidad de las mujeres, mientras que la segunda sí, por eso tiene que justificarse.

La situación comentada genera dos cuestiones interesantes, una sobre los hombres y la otra sobre los partidos de izquierdas.

  1. Sobre los hombres:

No sé cómo interpretan los hombres que comparten los argumentos de Moreno Bonilla su situación. Me refiero a que, si ahora las mujeres son más en el gobierno porque tras competir con los hombres se han impuesto debido a su capacidad, de alguna manera significa que ellos han perdido capacidad en términos prácticos. O lo que es lo mismo, que según el presidente, hoy los hombres son menos capaces que las mujeres y por ello están en la situación que ellas estaban años atrás.

  • Sobre los partidos de izquierdas:

El objetivo de las políticas de izquierdas debe ser la transformación social para erradicar el machismo que define la realidad social desde su inspiración cultural androcéntrica. La realidad no se cambia con gestos, es cierto que los gestos ayudan a tomar conciencia de la realidad y a cambiar, pero sin políticas y continuidad no habrá transformación social.

Cuando las propuestas se quedan en la superficie, sin una estrategia de fondo que las integre y de coherencia a los cambios, cualquiera puede reproducirlas con un sentido diferente o suprimirlas tiempo después sin que se produzca una quiebra social, como hemos visto en la decisión del Tribunal Supremo de EE.UU. con el aborto.

La derecha es adaptativa y camaleónica porque sólo tiene que conseguir que todo siga igual, por eso se apunta a cualquier gesto, como formar gobierno con más mujeres que hombres justo un mes después de pactar el gobierno en Castilla y León con la ultraderecha que ataca las políticas de igualdad. Y no pasa nada entre sus votantes porque su coherencia es hacer lo que haga falta para seguir en sus posiciones de poder y bajo su modelo cultural.

Por eso necesitamos algo más que gestos y evitar el denominado “tokenismo”, como cuando se visualizan a personas de diferentes grupos para reivindicar la pluralidad y la diversidad sin adoptar ninguna otra medida, lo cual las convierte en “floreros” sin que el elemento esencial que lleva a la falta de visibilidad se modifique, al contrario, se deja aún más de lado porque ya son visibilizadas. Es lo que ocurre ahora con los anuncios de productos de belleza y moda en los que aparecen mujeres de diferentes grupos étnicos y tallas, pero todas ellas cosificadas.

Cuando las mujeres se consideran “flor” cualquier circunstancia se puede convertir en florero, porque la clave no es dónde están ellas dentro del modelo androcéntrico, sino que el modelo esté en todo momento. Y lo mismo ocurre con los impuestos, porque cuando las decisiones refuerzan la idea de que hay que tener consideración con los ricos y los señoritos porque son ellos los que dan trabajo, todo lo que la confirme se ve bien y resulta creíble, aunque estén viviendo con penuria y los servicios públicos se vean deteriorados. 

Somos un país de “Santos inocentes” y parece que algunos creen que todo vale. Y por ello los partidos conservadores, que basan toda su esencia en el modelo de sociedad androcéntrico, se resisten a cambiar y no dudan en utilizar a las mujeres y al resto de la sociedad para lograr sus objetivos, porque saben que cuentan con la sintonía de quienes aun sufriendo las consecuencias de sus decisiones piensan que es “lo normal”.

Culpa anticipada

Las palabras del concejal de Vox de Albuñol (Granada), echando la culpa del asesinato sufrido a la propia mujer asesinada, es un paso más en la estrategia de la ultraderecha que resulta inaceptable en una democracia.

Literalmente dijo: “Estoy seguro de que él tiene la culpa. Estoy seguro de que ella tiene la culpa”… De manera que, una vez más, iguala a la víctima con su asesino, como ya hizo también cuando tras el homicidio de una mujer en Cortes de la Frontera (Málaga) y el posterior suicidio de su agresor, el portavoz de Vox en el Parlamento Andaluz dijo que “la muerte es igual de grave en uno y otro caso”.

Lo terrible es que Vox ha dado un paso más y ha pasado de igualar a la víctima y su verdugo sobre la referencia de la víctima diciendo que las dos muertes tienen el mismo significado, a igualarlas sobre la referencia del asesino culpando a la víctima tanto como al hombre que la asesina tras una historia de violencia.

¿Quién puede pensar que una mujer en una relación de pareja es culpable de ser asesinada?

Evidentemente, sólo puede pensarlo quien entiende que la violencia es un instrumento adecuado para resolver los problemas y conflictos que puedan surgir en esa relación, nunca lo hará quien entienda que ante una actitud inadmisible de la mujer la respuesta sólo puede ser pacífica a través de la separación o, incluso, la denuncia si considera que detrás de esos problemas hay conductas delictivas de cualquier tipo. Lo que no se puede hacer nunca es usar la violencia.

En este mismo sentido, resulta muy gráfica y aclaratoria la segunda parte de sus manifestaciones, cuando también le echa la culpa a la sociedad y dice: “Pero también estoy seguro de que hay un tercer culpable, la sociedad que está creando unas políticas de pacotilla que enfrenta a la gente por sexo, religión…”

De manera que la sociedad que callaba ante la violencia que han sufrido las mujeres a lo largo de la historia, y que hacía que fueran maltratadas, acosadas, violadas y asesinadas con mayor impunidad que la actual, que tenía un Código Penal con la figura del uxoricidio para que el homicidio de una mujer por parte de su marido apenas tuviera consecuencias penales, y que contaba con un Código Civil que exigía a las mujeres tener el permiso del padre, del tutor o del marido para que pudieran trabajar, esa sociedad era una “sociedad no culpable”. En cambio, la sociedad democrática que vela por los Derechos Humanos, entre ellos el de Igualdad, y que desarrolla políticas para corregir la desigualdad y la discriminación, y para erradicar la violencia de género en todas sus manifestaciones, resulta ser una sociedad “culpable”. 

Sin lugar a dudas sus palabras reproducen el argumento de los maltratadores cuando me decían al actuar como médico forense, que reconocían que le habían pegado a sus mujeres, pero es que ellas “se empeñaban en llevarles la contraria”. De manera que la libertad de las mujeres se percibe como un ataque a los hombres, y la Igualdad en la sociedad como un ataque al modelo androcéntrico levantado sobre la desigualdad. Para la ultraderecha queda claro que si las mujeres se comportan de manera dócil y obediente no sufrirán violencia, y que si la sociedad no hace nada para cambiar su modelo machista tampoco habrá reacciones violentas ni justificaciones para la violencia.

Me pregunto si propondrá como partido político que, al igual que ahora se persona la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género en cada juicio por el homicidio de una mujer, se persone la Fiscalía contra las mujeres que denuncien violencia de género, pues según su planteamiento “son culpables”.

No sé si este tipo de “méritos y razones” han sido las que han hecho al presidente de la Junta de Andalucía, Moreno Bonilla, regalarle a Vox una vicepresidencia en la mesa del Parlamento Andaluz y la supresión de la Consejería de Igualdad, pero es muy preocupante la cercanía con quienes utilizan este tipo de argumentos ante la violencia de género para negarla, incluso delante del cuerpo de la última mujer asesinada.

La fortaleza de un sistema cultural no sólo está en determinar la realidad para que todo suceda según establece, sino en la capacidad de dar significado a la realidad para que cuando ocurre algo “imprevisto” todo encaje dentro de su modelo. Por eso el machismo lo tiene fácil, cuando hay alguna iniciativa que lo cuestiona la culpa es de la sociedad, y cuando una mujer es violada o asesinada la culpa es de la mujer.

Es la ventaja de tener decidida la culpa por anticipado.

Hombre, varón, de sexo masculino…

El doble homicidio cometido hace unos días (19-6-22) por el marqués de Perijá y conde de Atarés, el de su mujer y una amiga, ha generado una “sorprendente sorpresa” por apartarse de los estereotipos creados sobre la violencia de género, y por la recuperación de la idea del “perfil del agresor”.

Cada vez que me han preguntado por el perfil del maltratador en algunos juicios he respondido que tiene tres características: “hombre, varón, de sexo masculino”. Es decir, ser hombre y decidir ejercer la violencia a través del maltrato o del homicidio. No hay condiciones previas para maltratar y matar, aunque los rasgos de personalidad y las circunstancias sociales que viva cada agresor pueden actuar e influir en la forma de ejercer la violencia decidida, no en la aparición de dicha violencia.

El hecho de que se busque un perfil para los hombres maltratadores y se acepte su idea con facilidad, algo que no ocurre con los terroristas, narcotraficantes o ladrones de bancos, ya refleja la necesidad que tiene la sociedad de ocultar el verdadero significado de la violencia de género. En ninguna sentencia se ha visto descartar a un sospechoso como terrorista por no tener el “perfil de terrorista”, en cambio en violencia de género si lo hemos visto, tanto sobre la idea de “perfil de víctima” como en la de “perfil de agresor”, como ocurrió en la sentencia que condenaba a Juana Rivas, en la que se argumentaba que no podía existir violencia de género, como ella denunció, porque, refiriéndose a los agresores, “…suelen ser personas de mente atávica y primigenia, con escasos mecanismos de autocontrol y empatía, que contagian todo su entorno con un hábito de causar daño que no pueden controlar”. Es decir, una sentencia descarta la existencia de violencia sobre algo que no es verdad, lo cual demuestra que el peso de los mitos y estereotipos creados por la propia cultura que entiende que el uso de la violencia contra las mujeres es normal, es lo que da razones para que cuando se produce sea descartada.

Los estereotipos son un sistema de creencias, atributos y comportamientos que se piensan propios, esperables y adecuados a determinados grupos de personas o situaciones. No son neutrales, su definición está basada en el sentido que la cultura da a cada una de esas situaciones, puesto que su objetivo es integrarlas en la sociedad como parte de la realidad con el significado otorgado.

Cuando entre los mitos que forman parte de nuestra cultura tenemos el de la “mujer mala y perversa” y el del “hombre bueno”, tanto que todavía hoy nuestro Código Civil toma como ejemplo al “buen padre de familia”, la violencia que los hombres ejercen contra las mujeres hasta asesinarlas no resulta creíble bajo su verdadero significado, o sea, bajo la libre decisión de un hombre que decide maltratar y matar. Y no lo resulta porque hay que “integrar” dos cosas, una, la más llamativa, el homicidio y las agresiones graves; la otra, y más importante desde el punto de vista social, la “normalidad” de la violencia de género. Una normalidad necesaria para que sólo se denuncie un 25% de todos los casos, y para que cuando se denuncie sea cuestionada bajo los mitos y estereotipos. 

Para poder integrar esa realidad con sus dos caras, la de la gravedad y la de la normalidad, al no poder negarla dada la objetividad de los homicidios, se trata de presentar como consecuencia, no de la construcción social ni de cualquier hombre que lo decida, sino como obra de “determinados hombres”. Y para evitar que esos “pocos hombres” puedan ser identificados como hombres normales, los estereotipos y mitos tratan de situarlos en los márgenes de nuestros valores. Por eso se habla de alcohólicos, drogadictos, hombres con problemas mentales, hombres marginados, extranjeros… cualquier elemento que los aleje del “hombre medio” es válido. Por lo tanto, cuanto más se aleje de ese polo marginal menos creíble y esperable será entender que es un hombre maltratador y asesino.

Es lo que ha ocurrido con el caso del marqués de Perijá y conde de Atarés, todo el mundo lo ve como “muy alejado” del lugar donde la cultura sitúa al maltratador estereotipado, en cambio no duda de que su mujer, la marquesa y condesa, pudo denunciarlo falsamente, puesto que para la maldad de las mujeres no hay clase ni status. El error no está en dónde se sitúa él, sino en la trampa de hacer creer que hay lugares y características específicas para hombres maltratadores y para hombres no maltratadores.

La conclusión es clara, cualquier hombre, varón, de sexo masculino puede ser un maltratador, si así lo decide.

Asesinos que no existen

La violencia que no existe ya ha asesinado a 20 mujeres en 2022 y a 1150 desde 2003, más que ETA en 42 años de existencia, concretamente un 34,5% más que la banda terrorista que hace años dejó de matar, mientras que los hombres que lo deciden siguen asesinando a sus parejas o exparejas, como ha ocurrido hace unos días en Soria y Alzira.

Los mismos partidos que cada día critican al Gobierno bajo el argumento de pactar con los “herederos de ETA”, son los que pactan y llevan a los gobiernos autonómicos a quienes niegan la violencia asesina del machismo.

A nadie se le hubiera ocurrido minimizar la violencia de ETA diciendo que no había que hablar de terrorismo, sino de violencia, y que no había que regular específicamente este tipo de violencia terrorista, sino hacer una ley de “violencia intrasocial” que incluyera todas las violencias. Ni tampoco cuestionar el énfasis que se pone en la violencia etarra diciendo que al hablar de ETA de ese modo, es como si la vida de una víctima de la banda valiera más que la vida de alguien que sea asesinado en una reyerta o en un robo.

Ese mismo escenario es el que hace habitual recordar alguno de los nombres de los terroristas, bien por la violencia que han ejercido o por el proceso que seguido contra ellos. En cambio, acordarse de algún asesino por violencia de género es complicado, ni siguiera en los casos que más han impactado, como el de Ana Orantes, se recuerda quien fue su asesino (José Parejo), lo cual dice mucho de la manera tan diferente en que se percibe y nos posicionamos ante una y otra violencia.

Quienes niegan la violencia contra las mujeres lo hacen cuando ya se conoce y cuando los hechos demuestran su presencia, no es un error, sino parte de una estrategia que busca evitar el cuestionamiento de un modelo de sociedad basado en una cultura androcéntrica, que a lo largo de toda la historia ha limitado los derechos esenciales de las mujeres, para que los hombres tengan una serie de privilegios desde los que reforzar el modelo social y cultural. El juego es sencillo, la cultura da privilegios a los hombres y estos, desde ellos, refuerzan la cultura para perpetuar y, a ser posible, aumentar sus privilegios.

Las mujeres han luchado históricamente contra esos agravios violentos, una lucha que culminó con la conciencia crítica y la articulación de su pensamiento e iniciativas a través del feminismo. A partir de ahí, el avance de los derechos de las mujeres ha sido continuo y, por tanto, la limitación de los privilegios masculinos constante. Y no lo aceptan.

Negar la violencia de género y decir que “no existe” es afirmar que los asesinos de esa violencia no existen. No es que los autores de los asesinatos no existan, sino que los hombres que deciden utilizar la violencia de género a partir de las referencias sociales y culturales que la normalizan y justifican no existen, y que, en consecuencia, el homicidio puede ser cometido por cualquier persona (hombre o mujer), como parte de un conflicto que no tiene que nada que ver con los roles de género en los que se inserta la violencia de los hombres contra las mujeres, no la de las mujeres contra los hombres. Por eso “la violencia no tiene género, pero el género sí tiene violencia”.

Bajo el relato del negacionismo se aparta la mirada de los 60 hombres que asesinan de media cada año y de los 600.000 que maltratan, y todo se presenta como “personas que maltratan y matan”, personas que según sus argumentos pueden ser hombres y mujeres para invisibilizar la violencia de género, y mantener el chiringuito de la cultura patriarcal que tantos beneficios da a quienes van de “empresarios del machismo”, decidiendo quien merece qué y cuánto.

La violencia de género existe porque existe la cultura androcéntrica que la hace posible, el ejemplo más claro de su existencia es que somos una sociedad capaz de generar 60 asesinos de mujeres nuevos cada año desde la normalidad. No son delincuentes habituales ni están relacionados con grupos criminales, son “hombres normales” que deciden matar a sus mujeres o exmujeres. 60 asesinos nuevos cada año que sí existen y son verdad.

Tocar a las mujeres

El ministro de Relaciones Exteriores de Uganda, Haji Abubaker Jeje Odongo, se negó a estrechar la mano de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en la cumbre de la Unión Africana y la Unión Europea celebrada los días 17 y 18 de febrero. Lo hizo en presencia del presidente del Consejo Europeo, Charles Michel y de Emmanuel Macron, dos hombres a los que el representante de Uganda no dudó en estrechar sus manos. Posteriormente, en gran parte debido a la llamada de atención del presidente francés, intercambió de manera afable unas palabras con Ursula von der Leyen, eso sí, siempre manteniendo una “distancia de seguridad” que impidiera cualquier contacto con una mujer.

El protocolo es de los temas más rígidos y estudiados a la hora de celebrar cualquier acto oficial, mucho más cuando se trata de una cumbre de ese nivel. Nada se deja al azar, todo está estudiado y medido hasta el último detalle, y detrás cada acto hay un amplio equipo de personas velando para que se cumpla hasta en lo más mínimo. El ministro de Relaciones Exteriores sabía perfectamente cuáles eran los pasos a seguir, pero él no hizo caso alguno.

¿Se imaginan que ese mismo ministro hubiera decidido ocupar un puesto en la mesa que no le correspondiera, o que hubiera hecho uso de la palabra cuando no era su turno, o que no hubiera vestido de acuerdo con la etiqueta establecida…? Imposible. Sólo ante el intento de haber roto esas formas protocolarias se habría producido un conflicto cuyas consecuencias no habrían pasado como una anécdota. Sin embargo, que un máximo representante de la diplomacia de un país niegue el saludo protocolario a la máxima representante de una de las partes de la cumbre, no tiene consecuencia alguna, quizás todo lo contrario, por que no podemos descartar que haya habido hombres que lo hayan felicitado por su gesto, y le hayan dicho esa frase tan masculina del “tú si que los tienes bien puestos” cuando se trata de reforzar el machismo que les da la autoridad y el poder.

El ministro es capaz de reconocer el cargo que ocupa Ursula von der Leyen, de hecho, lo hace cuando acude al saludo y habla con ella, pero no a la mujer que hay en el cargo.

Salvando las distancias, la situación recuerda a cuando el alcalde de Carboneras interpeló a una concejala en mitad de un pleno diciéndole, “guarde usted silencio cuando está hablando un hombre”, reivindicando que ante una mujer su autoridad era mayor como hombre que como alcalde. En el caso de la cumbre africana-europea la situación es similar, sólo que en sentido contrario, puesto que, en esta ocasión, el hecho de que el cargo esté ocupado por una mujer lleva a no reconocerlo ante un hombre que protocolariamente ocupa una posición inferior. El ministro de Uganda, a raíz de su conducta, podría haber dicho “échese usted a un lado cuando el que saluda es un hombre”.

Este tipo de comportamientos deben servirnos para tomar conciencia de la realidad. La discriminación de las mujeres está tan presente en esta sociedad androcéntrica que es capaz de manifestarse hasta en los niveles más altos de la política, a “plena luz del día” y delante de los medios de comunicación. Sólo este hecho ya nos da el diagnóstico de cómo es a otros niveles más bajos e invisibles en los que nadie se detiene ni graba para un informativo. Por eso no se trata de hechos aislados, como cuando la misma protagonista, Ursula von der Leyen, fue apartada de la reunión que mantuvo con el presidente turco, Tayyip Erdoğan, en presencia del reincidente en pasividad, Charles Michel, pero el caso del ministro Odongo muestra un hecho más profundo sobre la discriminación de las mujeres.

El significado de la conducta del ministro se centra en su negativa a tocar a una mujer, y la razón para no hacerlo está en la concepción androcéntrica de las mujeres como seres “inmundos e impuros”.

La imagen de las mujeres que ha creado la cultura patriarcal viene cargada de toda una serie de elementos negativos vinculados a su propia condición femenina, para que puedan ser liberados de ellos por los hombres, siempre y cuando ellos decidan que las circunstancias y su situación las hacen merecedoras de tal liberación. Así, por ejemplo, las mujeres son revestidas como malas perversas, mentirosas, manipuladoras, impuras… pero cuando están casadas o bien ocupan los roles que el machismo ha decidido para ellas, pueden pasar a ser las más buenas, entregadas, piadosas, santas, puras y dulces.

La conducta del ministro ugandés de Relaciones Exteriores, Haji Abubaker Jeje Odongo, se fundamenta en la “impureza e inmundicia” de las mujeres, la cual relacionan con la “suciedad” de la menstruación, como recogen los textos más antiguos, entre ellos la Biblia.

En el Levítico del Antiguo Testamento se hace referencia explícita a la impureza de las mujeres, capaz de contaminar todo lo que entre en contacto con ellas y a cualquier persona que toquen, la cual también se convertirá en una persona inmunda e impura hasta que no lleve a cabo un ritual purificador.

Esa es la razón por la que el ministro no quiso estrechar la mano de Ursula von der Leyen, como le ocurrió a las mujeres que arbitraron el “Mundial de Clubes” cuando no fueron “tocadas” por el jeque de Qatar, a diferencia de los hombres con los que sí chocó el puño, o como ha sucedido en otras ocasiones. Las mujeres son impuras y una fuente de provocación, por lo que la distancia significa pureza para la carne y el deseo de los hombres.

Sin embargo, esos mismos hombres que se niegan a tocar a las mujeres como parte del saludo, no dudan en tocarlas cuando las golpean, las acosan, las violan y las matan como parte de las distintas formas de expresión que tiene la violencia de género en los diferentes contextos culturales, todos bajo el manto común del machismo.

Todo ello demuestra que la impureza está en la mente que crea el machismo y en las conductas que derivan de ella, no en la piel de las mujeres.

Si extendieran esa idea de “no tocar” a las mujeres a la violencia de género, hoy mismo acabaría la violencia contra las mujeres.

De prisión a prisión: madres víctimas de violencia de género

La violencia de género es una prisión para las mujeres que la sufren, su objetivo es controlar a las mujeres para retenerlas entre los barrotes que el maltratador sitúa alrededor de sus vidas con el objeto de que, estén dónde estén, queden atrapadas entre los dictados y limitaciones que ellos imponen.

Salir de la prisión de la violencia de género no es fácil, las razones son múltiples. Los primeros motivos que lo dificultan son las características de una sociedad androcéntrica que niega la violencia contra las mujeres, y que cuando no le queda más remedio que reconocerla lo hace culpabilizando a la víctima, contextualizando las agresiones o justificándolas por algunas circunstancias. En segundo lugar, están todas las consecuencias que la propia violencia produce, como son el aislamiento en el que quedan las víctimas, la dependencia emocional y la depresión que se produce por el impacto psicológico que ocasiona. Y en tercer lugar, nos encontramos con la propia limitación de la respuesta social e institucional que en no pocos casos se da a las mujeres que sufren esta violencia, después de interponer la denuncia para salir de esa prisión en la que viven atrapadas.

Cuando las víctimas, además de mujeres son madres la situación es más grave, puesto que la violencia también se dirige contra sus hijos e hijas, y las amenazas contra los menores se convierten en una rutina dentro de ella. Pero, sobre todo, la salida supone hacerlo con esos niños y niñas y todo lo que conlleva sobre la custodia y el régimen de visitas.  

Si el resultado de todo este proceso liberador de la denuncia es que algunas madres que denuncian terminan en un centro penitenciario por decisiones de la propia administración de justicia en un contexto de violencia, puesto que la violencia no termina con la sentencia sobre unos hechos concretos, significa que hay algo que no hacemos bien, y que el sistema falla para las mujeres y beneficia a los agresores.

Ahora ha sido María Salmerón, como antes fue Juana Rivas y tantas otras mujeres y madres que fueron maltratadas y reconocidas por sentencia judicial. Una situación que revela que detrás de esos casos hay una estrategia seguida muchos maltratadores para continuar haciendo daño a sus exmujeres, y provocar que ellas, por proteger a sus hijas e hijos, terminen por caer en sus trampas para que sea la propia administración de justicia la que haga el juego al agresor y las mande a prisión, al tiempo de reforzar el mito de la mujer malvada y perversa que la propia sociedad ha levantado sobre ellas.

¿Alguien cree que hombres capaces de asesinar a 5 hijos e hijas y de dejar huérfanos a 41 menores de media cada año, y de maltratar a 1.700.000, de repente dejan de usar la violencia porque tengan una sentencia que los haya condenado?

Es absurdo pensar eso. La mayoría de ellos sigue utilizando las circunstancias para mantener su estrategia violenta contra las mujeres, es decir, intentar controlarlas para que en la medida de lo posible se plieguen a sus dictados tras la separación, pero ahora con el añadido de buscar hacerles daño por haber roto la relación.

Ante estas circunstancias, ¿cómo es posible que el padre maltratador de repente se convierta en víctima, y que la madre maltratada se transforme en victimaria?

Resulta paradójico que el mismo hombre condenado por la justicia sea el referente a la hora de interpretar los problemas que surgen en el régimen de visitas establecido, y que la mujer maltratada, que es madre en una sociedad que ensalza la figura de la maternidad hasta el punto de convertirla en el principal referente identitario de las mujeres, se convierta en lo contrario, y sea condenada por decisiones que toma como madre y enviada a prisión.

¿Cuántos padres maltratadores hay en prisión por incumplir el régimen de visitas o las responsabilidades establecidas en sentencia judicial?

La situación es tan surrealista que vivimos en una sociedad en la que una parte importante no acepta que un maltratador sea un mal padre, y, en cambio, sí acepta que una mujer maltratada sea una mala madre.

Si en una relación donde la violencia ha estado presente hay problemas con el régimen de visitas, lo más probable es que se deban a quien ha hecho de la familia un contexto de violencia y control, no a quien acude a la justicia para que se recupere la paz y se resuelva la situación. Actuar al contrario demuestra que la sociedad no responde con conocimiento ni conciencia suficiente sobre la gravedad y dimensión de una violencia que todavía hoy sólo se denuncia en el 25% de los casos y se condena un 88%, lo cual quiere decir que del total de casos un 87% de la violencia de género queda, por un motivo u otro, sin condenar. Es lo que vimos ayer (2-5-22) en Tarancón (Cuenca) con el último homicidio por violencia de género. El hombre (y padre) absuelto por violencia de género hace unas semanas por un Juzgado de lo Penal asesinó a su mujer delante de los hijos, demostrando la incapacidad del sistema para abordar una violencia que se caracteriza por su continuidad, por una forma de entender la relación sobre esa idea de control que la convierte en una prisión, y que hace de la violencia una realidad constante, no una serie de hechos aislados que se repiten con más o menos frecuencia.

Al final, las mujeres son asesinadas y enviadas a prisión entre el silencio y las palabras equivocadas de unas respuestas incapaces de ver la violencia, y que sólo se quedan con determinadas agresiones. A nadie se le ocurriría pensar que una banda terrorista no existe entre cada uno de sus atentados, en cambio, en violencia de género sí se piensa que no existe mientras no haya agresiones, y mientras que estos ataques no superen un determinado nivel de intensidad, porque si no lo hacen se considera que es “lo normal”.

La violencia de género es una prisión social para las mujeres, y lo que tenemos que hacer es tirar sus muros culturales erradicando la arquitectura del machismo y su violencia estructural. Y para ello, lo primero que hay que hacer es mandar a prisión a los agresores y sacar de ella a las víctimas.

La lógica de la guerra

Si hay algo que no tiene lógica es que la guerra tenga lógica, una lógica respaldada en dos tipos de referencias.

Por un lado está la lógica androcéntrica que entiende que el uso de la violencia para resolver conflictos es un instrumento adecuado, especialmente cuando se parte de una posición de poder capaz de condicionar la percepción de los hechos y de intimidar al resto. Y en esta sociedad se hace de ese modo desde lo más micro en las relaciones personales, hasta lo más macro en las internacionales.

Y por otro lado está la lógica de las normas que regulan la guerra, las cuales pueden tener un espacio para organizar ciertas actuaciones humanitarias y evitar un daño mayor, pero al mismo tiempo suponen una aceptación de la guerra, darle un espacio y una entidad dentro de una realidad que debería hacer lo contrario, es decir, desarrollar todas las iniciativas sociales, políticas y legislativas para que la guerra nunca tuviera espacio ni posibilidad de existir.

A nadie se le ocurriría legislar sobre la forma de ejercer el terrorismo, y, por ejemplo, establecer que en los atentados con coche bomba se tuviera que mantener una distancia mínima a centros escolares u hospitales, o que en los secuestros el zulo deba tener unas condiciones mínimas de habitabilidad. Lo mismo que tampoco se regula el narcotráfico para que la cantidad de droga en cada alijo no supere un determinado peso, o para que su pureza alcance un mínimo… Y así podríamos continuar con cualquier tipo de violencia.

Ante la violencia la posición suele ser clara: rechazo absoluto. En cambio, para la guerra, que es violencia en su más cruel expresión por su intensidad, duración y acción indiscriminada, se establecen unos criterios diferentes y la aceptamos como una forma de abordar conflictos internacionales e internos, aunque en estos casos, para evitar la imagen fratricida de una contienda civil, se cuida mucho de llamarla “guerra” y se prefieren eufemismos como “conflicto armado”, o directamente su diminutivo para denominarla “guerrilla”.

Somos hijos de las guerras de la historia y, por lo visto, muchos quieren llegar a la historia a través de la paternidad de nuevas guerras.

Si queremos la paz hay que prepararse para la paz, no podemos caer en la trampa de las justificaciones y decir “tengamos la guerra en paz”, al tiempo que afirmamos que si queremos la paz tenemos que prepararnos para la guerra. Prepararse para la paz no es armarse hasta los dientes, sino evitar cualquier resquicio para la guerra y para que no actúen quienes desde sus posiciones de poder usan la violencia a diario sobre su pueblo. Porque estos hombres, henchidos de poder, un día darán el paso hacia la batalla de una violencia mayor como es la guerra.

La guerra no es un acontecimiento histórico, como se nos ha hecho creer, otra cosa es que en esta historia tan viril que nos han contado queden recogidas en los libros como parte de la gloria terrenal a la que muchos aspiran. La guerra es la miseria de la historia y de una humanidad con líderes capaces de poner en juego la vida de su gente para satisfacer su poder. Es la demostración más clara del fracaso de una humanidad androcéntrica, y el ejemplo más gráfico de que necesitamos cambiar esta sociedad patriarcal para convertirla en un espacio de convivencia basado en la Igualdad, la paz y el respeto al medio ambiente que nos acoge, tal y como defiende el feminismo.

Dejémonos de sinrazones y “tengamos la paz en paz”, y para ello es necesario detener la guerra de Rusia contra Ucrania, y las 67 restantes que se están librando en el planeta.

Érase una vez… La historia de Vladimir y Libertad

Parecía un cuento de los que le habían narrado a lo largo de su vida, Vladimir era apuesto y fuerte, tenía dinero y poder, y levantaba admiración y respeto a su alrededor allí por donde iba. Ella, Libertad, desde el primer momento lo vio como ese príncipe azul que le habían dicho que un día llegaría, y tras varias citas se enamoró de él. Al poco tiempo de iniciar la relación decidieron vivir juntos, y al día siguiente Vladimir se presentó en su casa con una maleta. 

Con el paso de los años se fue dando cuenta de que Vladimir no era como aparentaba al principio. No paraba de controlar todo lo que ella hacía, y sin darse cuenta la había aislado de su entorno. Todo lo que tenía un significado especial para ella era cuestionado y criticado, tanto si era sobre temas de su pasado y de todo lo que había vivido, como si estaba en relación con sus deseos, aspiraciones y anhelos a la hora de desarrollar sus inquietudes con nuevas amistades y proyectos. Todo lo que no perteneciera al mundo de Vladimir, a sus propias costumbres y tradición, estaba mal.

La situación se hizo insoportable, Libertad no podía vivir más bajo esa opresión y control, y después de varios años de relación decidió que se separaba, que la relación idílica que habían vivido al principio no era verdad, que todo era parte de un relato elaborado por quien quería aprovecharse de ella para sentirse poderoso. 

El divorcio se produjo de manera amigable, tanto que Libertad se vio sorprendida por la comprensión que mostró Vladimir, que en todo momento aceptó la decisión de romper la relación. La situación fue tan inesperada, que Libertad llegó a creer que, a pesar de toda la opresión vivida, quizás había algo de humanidad en Vladimir.

Al cabo de un tiempo tras la separación la situación volvió a cambiar.

Vladimir tras separarse se mantuvo al margen de lo que ella decidía, de sus nuevos proyectos y amistades, incluso él mismo tuvo otras relaciones, es cierto que se comentó que algunas de ellas fueron un poco agitadas, pero todo hacía creer que había rehecho su vida sin Libertad. Pero en verdad era una especie de espejismo, porque cuando menos se lo esperaba comenzó a hostigarla y a controlarla de forma cada vez más llamativa.

Al principio se limitó a merodear la casa de Libertad, el mismo lugar donde años atrás habían convivido, y a mandarle mensajes exigiéndole cada vez más cosas. Ella, al verlo allí con tanta frecuencia y con una actitud amenazante, se preocupó. Encontrarlo cada día a las puertas de su casa, paseando hacia arriba y hacia abajo, sabía que no podía traer nada bueno. Conocía de sobra a Vladimir, y sabía que él nunca daba a pasos en falso ni lanzaba amenazas al aire para intimidar. En él cada amenaza era el anuncio de una acción, y esta vez estaba convencida que no iba a ser diferente.

Poco a poco Vladimir fue trayendo amigos a la zona que rodeaban la casa de Libertad, para aumentar la vigilancia y averiguar todo lo que hacía o dejaba de hacer.

Ella se asustó tanto que una mañana llamó a la policía y le contó todo lo que veía desde su ventana.

La policía se acercó por allí y vio cómo Vladimir y algunos de sus amigos estaban sentados en la terraza del bar de enfrente, incluso habló con él sobre el tema, pero éste le dijo que sólo paseaba por la zona porque echaba de menos el tiempo vivido con Libertad, y que lo único que quería era recuperar recuerdos y sentimientos. La policía lo creyó y no hizo nada. Todo continuó igual.

Unos días más tarde, Vladimir, de forma ocasional, empezó a arrojar piedras contra las ventanas de la casa de Libertad. Ella se asustó mucho más y volvió a llamar a la policía, que tampoco hizo nada porque entendió que entre los recuerdos que le llegaban a Vladimir, era lógico que alguno despertara su frustración por la separación y desencadenara esa reacción. Pero no había que preocuparse, hablaron de nuevo con él y este les prometió que todo era un juego, que pronto se iría y que comprendieran sus sentimientos.

Ante esa pasividad, los ataques al domicilio de Libertad cada vez eran más graves y frecuentes.

Libertad lo denunció una vez más ante la policía y los vecinos, pero nadie hacía nada.

Todo el mundo lo criticaba, pero lo dejaban hacer.

Hasta que un día, Vladimir saltó la valla del jardín, le pegó una patada a la puerta y se metió en casa de Libertad diciendo que era suya. Dos de sus hijos pudieron huir por una de las ventanas de atrás y refugiarse en casa de unos vecinos, pero Libertad y su hija menor quedaron atrapadas en la casa junto a Vladimir ante la mirada de todo el vecindario y de la propia policía, que no hacía nada porque, según decía, Libertad no había denunciado. No se pararon a pensar que Libertad no denunciaba porque Vladimir la había amenazado diciéndole que si lo hacía mataría a su hija y luego a ella. Su única opción era resistir y esperar a que alguien se diera cuenta de la gravedad de lo que estaba ocurriendo para actuar.

Cada día Vladimir rompía muebles y objetos de la casa para intentar “convencer” a Libertad de que volviera a unirse a él, y así recuperar la familia que se había roto “por culpa de ella”.

Nadie hizo nada a pesar de la violencia de Vladimir y del daño que, poco a poco, y ante los ojos de todo el mundo, sufrió Libertad y sus hijos…

Aquí acaba la historia de Vladimir y Libertad y comienzan las preguntas:

Ante una situación de este tipo ¿qué debemos hacer?

¿Debemos dejar que Vladimir continúe agrediendo a Libertad y su hija, y rompiendo todas sus pertenencias?

¿Actuar contra Vladimir es empeorar la situación porque “se puede enfadar” aún más y aumentar la violencia contra Libertad y contra quien la ayude?

¿Debemos dialogar y ser diplomáticos con Vladimir o evitar su violencia?

¿Alguien cree que tras la conducta seguida por Vladimir el diálogo puede resolver la situación de manera justa para Libertad?

¿Resulta suficiente mandarle a Libertad un bate de béisbol o un puño americano para que se defienda de Vladimir?

¿Por qué si no aceptamos un ataque de ese tipo en otras circunstancias, nos parece que en estas en lugar de actuar contra el violento hay que dialogar con él?

Todas esas cuestiones son las mismas que se plantean muchos familiares cuando una mujer sufre violencia de género, y hay dos formas de responder. Quienes no hacen nada dan lugar a que continúe la violencia y produzca más daño, incluso la muerte. Quienes ayudan a la víctima y actúan contra el maltratador sacan a la mujer de la violencia.

Rusia y Ucrania no están tan lejos de esta historia de Vladimir y Libertad, pero el resto de países parece que sí están muy lejos de la realidad.