STOP “STOP FEMINAZIS”

Hay que poner fin a ese machismo exhibicionista que vive asentado a las puertas de determinados juzgados, o que acude a ciertas citas para levantar sus pancartas y carteles con las que reivindican la impunidad de la violencia contra las mujeres y el rechazo a las políticas de igualdad y al feminismo. 

Me refiero a ese grupo de hombres que lleva años aprovechando cualquier caso o situación para mostrar sus pancartas con el mensaje de “Stop feminazis” ante alguna cámara de televisión sin que nadie haga nada. 

Ante esta situación surgen varias cuestiones. 

  1. No creo que ninguna organización pudiera estar asentada libremente alrededor de los edificios judiciales con sus pancartas preparadas en espera de que llegue alguien que haya levantado interés mediático, para situarse detrás y levantar sus carteles que critican que se actúe contra la violencia que sufren las mujeres. ¿Piensan que sería posible que hubiera grupos similares que atacarán a quienes luchan contra el racismo, contra el terrorismo, o contra el narcotráfico? 
  • ¿Creen que sería factible que, además, lo hicieran considerando como nazis a quién trabaja contra el racismo, el terrorismo o el narcotráfico, y los llamarán “anti-racisnazis”, “anti-terronazis” o “anti-narconazis?
  • Con esa estrategia lo que en realidad hacen es propaganda del nazismo al legitimar sus argumentos. La situación es sencilla, si ellos legitiman que existen estrategias “nazis” por parte del feminismo, lo que en realidad están legitimando es que se utilicen ese mismo tipo de estrategias nazis en contra de estas iniciativas, que es justo lo que luego lleva a cabo la ultraderecha y sus grupos afines al cuestionar la existencia de la violencia de género, y al decir que las propuestas a favor de la Igualdad son un ataque al orden social y a la libertad de las familias, presentándolas como una especie de “ingeniería social” a la que llaman “adoctrinamiento de género”. 

Al llamar “feminazismo” al feminismo presentan la Igualdad como un instrumento de opresión dirigido contra aquel grupo de personas que no comparte la condición defendida por el feminismo. Y para hacerlo creíble afirman que el feminismo va contra todos los hombres, al igual que dicen que las leyes de violencia de género van también contra todos los hombres. Una estrategia que en realidad busca aumentar el odio contra aquellas organizaciones y personas que trabajan para corregir la desigualdad y erradicar la violencia de género, y, de paso, mantener la misoginia original del machismo.

Actuar contra el feminismo es defender la realidad que pretende transformar el feminismo, es decir, el machismo. Y, por tanto, significa darle valor a la construcción androcéntrica levantada sobre la idea de que la condición masculina es superior a la de las mujeres, y que el orden que debe definir la realidad social es el de la desigualdad con los hombres dirigiendo el destino de nuestros días. Todo ello demuestra que se busca perpetuar los privilegios históricos de los hombres, entre ellos el hecho de utilizar la violencia contra las mujeres sin que la inmensa mayoría de los agresores sean denunciados (aproximadamente el 75% no es denunciado), y que sólo se condene alrededor de un 22% del 25% que se denuncia. Esta situación lleva a que en la práctica la violencia de género resulte prácticamente impune para quienes la ejercen, lo cual no deja de ser un gran privilegio. 

Presentarse con carteles defendiendo esas ideas es incitar al odio y a la violencia, pues, además de defender el orden actual con su violencia impune, también aprovechan para mandar el mensaje de las “denuncias falsas” y de que las mujeres arruinan la vida a los hombres al “quitarle los hijos, la casa, y la paga”; o lo que es peor, diciendo que bajo estas circunstancias son abocados al suicidio, como también plantean desde estas posiciones. 

Al igual que no se puede defender el racismo, ni el terrorismo, ni el narcotráfico, ni la xenofobia, ni ningún planteamiento de este tipo exhibiendo carteles en lugares públicos, no debería permitirse que estos hombres paseen con sus carteles por las puertas de los juzgados y otros lugares donde aparezca una cámara de televisión para exhibirse, como hemos visto estos días con Rocío Carrasco.  Y da la sensación de que deben tener algún contacto interno cuando saben qué día, a qué hora y en qué juzgado aparecerá la persona mediática junto a la que mostrar sus pancartas.

Exhibir un cartel con “Stop feminazis” no es libertad de expresión, es actuar libre e impunemente para negar la violencia de género y contra quienes buscan erradicarla. Quienes tienen la responsabilidad de evitar que se incite al odio deben actuar para hacer stop al “Stop feminazis”. 

“Un buen padre”

La Guardia Civil analiza restos de sangre encontrados en la barca de Tomás  Gimeno

Los testimonios coinciden en considerar como un “buen padre” al hombre de Tenerife que ha desaparecido con sus hijas, un hombre capaz de, según recogen las informaciones periodísticas, maltratar a su exmujer, agredir a su nueva pareja y, sobre todo, amenazar a la madre de sus hijas con la advertencia de que no volvería a verlas, y luego hacerlas desaparecer; no se sabe aún si por medio de un secuestro o de alguna otra situación más grave.

La amenaza de los padres a las madres utilizando a los hijos e hijas ha sido una constante desde que las leyes de divorcio no culpable comenzaron a promulgarse a mediados de los 70 en Estados Unidos. En España la “Ley del Divorcio” de 1981 permitió a las mujeres salir de las relaciones construidas bajo la sentencia de “hasta que la muerte os separe”, aunque muchas de ellas eran como una muerte en vida. A partir de esa liberación que reconocía la autonomía, independencia y libertad de las mujeres para decidir sobre sus vidas comenzaron las separaciones, algo que muchos hombres no aceptaron y siguen sin admitir, hasta el punto de que el factor de mayor riesgo para que se produzca el homicidio dentro de la violencia de género es la separación. 

Y en todo ese proceso, la instrumentalización de los hijos e hijas se utiliza para producir una amenaza superior a la propia violencia directa contra la mujer, y, si fuese necesario, un daño mayor.  

Por eso, como decía, el argumento de los hijos siempre ha estado presente, y si ahora amenazan con “no vas a volver a verlos”, antes, cuando la mujer planteaba la separación, ya le decían “te voy a quitar a los niños”. En cualquier caso, las mujeres viven la separación con terror al saber que los hijos e hijas son un instrumento durante todo el proceso, y que esta amenaza no va a desaparecer una vez que haya terminado, más aún si ha habido violencia durante la relación. 

Y no es algo menor, el 80% de las mujeres maltratadas salen de la violencia por la separación, no por la denuncia, por lo cual se enfrentan a un proceso civil en el que la violencia no se menciona, pero en el que están presentes todos los elementos de la misma, especialmente dos de ellos: el maltratador y las consecuencias del daño ocasionado. A partir de ahí, como ocurre en las series y películas cuando detienen a alguien, cualquier cosa que diga la mujer podrá ser utilizada en su contra, y es lo que sucede. Cuando la mujer dice que ha sufrido violencia, dicen que está buscando un divorcio ventajoso, cuando los niños no quieren ver a su padre, dicen que la madre los ha manipulado y alienado, cuando se abordan las cuestiones materiales derivadas de la separación, dicen que la mujer quiere quitarle al marido la casa, el coche y la paga. 

La situación es muy distinta para los hombres.

Un hombre que huye con sus hijas es un buen padre, tal y como vemos en las referencias de vecinos y conocidos sobre el padre de Canarias, a pesar de que en el momento de hacer esas declaraciones ya saben que ha desaparecido con sus hijas en unas circunstancias que hacen de la incertidumbre un drama. Es una situación parecida a la que ocurrió con el ex marido de Juana Rivas, que a pesar de llevarse a sus hijos en contra de lo que había decidido la Justicia y de no presentarse a una cita que tenía en el Instituto de Medicina Legal de Granada para estudiar la violencia de género denunciada, es considerado como un buen padre. En cambio, Juana Rivas, una madre que retrasa la entrega de sus hijos ante la experiencia de violencia vivida, y de confiar en la Justicia para que se investigara dicha situación antes de entregar a sus hijos, es considerada como una mala madre. De hecho, fue condenada por el “secuestro” de sus dos hijos aplicando una pena excesiva, tal y como el propio Tribunal Supremo ha considerado al reducir a la mitad la pena impuesta en su día.

Lo que pone en evidencia el caso de Canarias son dos hechos fundamentales: uno, que ser un maltratador y una persona violenta con sus hijos e hijas no es incompatible ante los ojos de la sociedad con ser un buen padre. Y otro, que no hay perfil de maltratador, y que los estereotipos que sitúan la violencia de género y el mal ejercicio de la paternidad alrededor de elementos como el alcohol, las drogas, los trastornos mentales … son parte de las trampas para que la invisibilidad y la impunidad actúen como cómplices de los hombres que utilizan la violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja. Los mismos hombres que luego amenazan con que les van a “quitar los hijos”, o con que “no los van a volver a ver nunca”.

¿Cómo creen que se sienten las madres ante esta realidad cuando su marido les lanza frases de este tipo durante la separación?

La sociedad lo ha resuelto diciendo que ellas son las “malas y perversas”, y que los hombres son buenos padres, hasta el punto de defender que un “padre que maltrata a la madre y a sus hijos e hijas no tiene por qué ser un mal padre”.

“Todas las violencias”

La resistencia tiene muchas formas de evitar el avance, puede cavar rampas, poner obstáculos, cortar caminos, presentar desvíos inexistentes, negar el destino… en cambio, la acción solo puede avanzar hacia el objetivo pretendido a través de los cauces que nos demos como sociedad. 

Cuando de lo que se trata es de avanzar para dejar atrás las grandes injusticias de una cultura androcéntrica hecha a imagen y semejanza de los hombres, las posibilidades de la resistencia son aún mayores, pues no sólo se pueden utilizar elementos objetivos como los que hemos nombrado, sino que basta con la manipulación de la normalidad para crear una falsa conciencia de realidad, o directamente generar confusión para llevar a la gente al distanciamiento y a la inacción.

Es lo que ocurre con la violencia de género, una violencia tan objetiva que se traduce en 60 homicidios de media al año y en cientos de miles de mujeres maltratadas, a pesar de lo cual se sigue negando de forma explícita desde la ultraderecha, y de manera indirecta desde la derecha y sus juegos de palabras nada inocentes.

Es lo que ahora vemos en Madrid cuando la candidata Díaz Ayuso, al preguntarle por la violencia contra las mujeres dice que los hombres sufren más violencia y que hay que hablar de “todas las violencias”, o cuando el presidente de su partido, Pablo Casado, comenta que hablar de violencia de género es enfrentar a los sexos. 

Todo ello se integra en su estrategia para generar confusión. De manera que ya tienen tres estrategias: el negacionismo, el “afirmacionismo”, y ahora el “confusionismo”. Y en esta estrategia “confusionista” de la violencia de género sin duda la referencia a “todas las violencias”ocupa el protagonismo.

La idea no es nueva, cuando alguien tiene que posicionarse ante diferentes posibilidades y no quiere hacerlo, pero tampoco quiere reconocer aquello por lo que se le pregunta, acude a la táctica inclusiva de englobar en su respuesta todas las opciones. Por ejemplo, si hay diferentes trabajos y se pregunta a alguien cuál es el mejor, pero esta persona no quiere reconocerlo, contesta que “todos son buenos”. Sí hay varias películas y le preguntan por cuál es la de más calidad, dice que “todas están bien”. Si se trata de varios sillones y preguntan por cuál es el más confortable, responde que “todos son muy cómodos”

Con esta estrategia “globalizadora” se oculta el factor que define la realidad de cuál de los elementos es el más destacado entre los que no tienen la calidad o características sobre las que se preguntan. O sea, lo que se hace es una manipulación que evita destacar lo importante y necesario para poder adoptar una posición, al tiempo que impide descartar y rechazar aquellas opciones o situaciones cercanas que están dificultando abordar la realidad, debido a su proximidad con el elemento sobre el que hay que actuar y a la confusión que originan. 

Es lo que sucede cuando se pregunta sobre violencia de género y se dice que “todas las violencias son importantes. Con esa respuesta lo que en verdad se dice es que la violencia de género no es importante, pues se equipara a otras violencias que no tienen las características etiológicas basadas en la construcción cultural, ni generan el impacto objetivo de 60 homicidios anuales, cientos de miles de mujeres maltratadas, y más de un millón de niños y niñas sufriéndola en sus hogares. 

A nadie se le ocurriría decir ante la pandemia que “todos los virus son importantes”, o ante los accidentes de tráfico que “todos los accidentes son importantes”, menos aún si tienen responsabilidades sobre esas áreas. En cambio, en violencia de género es una de las respuestas habituales para que no se hable de ella, que repiten, incluso, quienes tienen responsabilidades políticas. 

La perversión es mayor cuando junto con esa afirmación se manda el mensaje que hace creer que hablar de violencia contra las mujeres significa desconsiderar al resto de las violencias. 

Referirse a todas las violencias debe ser el punto de partida para abordar cada una de ellas con su especificidad y sobre sus elementos, no el destino para mezclarlas, confundirlas y ocultar la que históricamente ha sido invisibilizada y negada, como ha sucedido con la violencia de género. 

En medicina se tratan todas las enfermedades, pero cada una sobre sus elementos etiológicos y fisiopatológicos. A nadie se le ocurre decir ante una campaña contra la hepatitis C que todas las hepatitis son importantes, que hay órganos que sufren más patologías que el hígado, o que al hablar de hepatitis C se está discriminando a las personas que tienen otro tipo de hepatitis.

Resulta curioso que quienes hacen referencia al argumento de “todas las violencias” para ocultar la violencia de género, son los mismos que cuestionan que se hable de “todos los hombres” como elemento común y posición de partida de todos aquellos hombres que deciden ejercerla dentro de la normalidad de la cultura androcéntrica. 

La conclusión es sencilla, el machismo necesita a “todas las violencias” y a “todos los hombres” para ocultar la violencia de género y a cada uno de los maltratadores que la llevan a cabo. 

Información y alienación

Informar sobre violencia de género es algo más que abordar casos en los que una mujer haya sufrido esta violencia, aunque la mujer sea una referencia para la inmensa mayoría de las mujeres que viven esta violencia tras las paredes del silencio y el anonimato.

Abordar los casos que por sus características o sus protagonistas tienen un impacto social importante, sin duda ayuda a conocer una violencia definida por lo contrario, es decir, por la invisibilidad, la justificación, la contextualización, los estereotipos… Todo lo que sea ayudar a romper con esa construcción social machista que define la violencia contra las mujeres como normal, y la plantea como un instrumento adecuado para que los hombres resuelvan los “problemas” con el objeto de restaurar el orden alterado por las mujeres, es bienvenido. Pero debemos evitar que una información confusa se vuelva en contra del objetivo, y que en lugar de concienciar sobre la violencia de género sirva para consolidar algunos de los mitos que la acompañan. 

Es lo que hemos comentado sobre la docu-serie de Rocío Carrasco y la libertad que tiene para hablar de su historia, con todas las consecuencias y efectos que conlleva.

Pero al mismo tiempo también hemos alertado de algunos elementos que deben de ser cuidados si el objetivo es la información.

Entre estos elementos destacan cuatro: 

  1. Por un lado, está el efecto plató contemplado en el propio diseño del programa, y los comentarios y derivas que surgen en ese escenario.
  2. Por otro, está la posible instrumentalización del testimonio con objetivos diferentes al análisis y conocimiento de la violencia de género. 
  3. En tercer lugar nos encontramos con la posibilidad de reducir gran parte de la violencia de género que existe en la sociedad al caso individual, es decir, a las circunstancias de quien relata la historia apartándola del resto de casos que se producen en contextos diferentes. 
  4. Finalmente, está la propia respuesta generada por el tipo de formato, una respuesta que surge fundamentalmente de lo emocional, no desde lo cognitivo, lo cual produce un impacto amplio e intenso, pero de corta duración. 

Además de estas cuatro grandes referencias que han de ser tenidas en cuenta, debemos unir otro factor importante, esencial, como es evitar que las cuestiones abordadas en el relato y la información actúen contra la violencia de género y sus víctimas. Si se hace así, en lugar de informar sobre violencia de género se estará hablando de un caso puntual en el que está presente esta violencia, pero distorsionando y confundiendo sobre su realidad, al tiempo que se potencia parte del mensaje que el machismo utiliza para desvirtuarla y negarla. 

Y es lo que está pasando con la referencia específica al “síndrome de alienación parental” (SAP) en la hija de Rocío Carrasco, Rocío Flores, producido por el padre. Un hecho que la propia madre relata de forma más o menos directa o indirecta, pero que después se encargan de repetir y confirmar de manera explícita en diferentes platós de la cadena, incluso por personas que son presentadas como expertas en violencia de género.

El SAP no existe. Ni existía antes del programa de Rocío Carrasco ni existe ahora tras la emisión de los capítulos programados hasta la fecha. 

Y no existe con independencia de que se diga que lo produce una madre sobre sus hijos e hijas, o que lo hace un padre.

No podemos caer en la trampa del machismo que lleva desde 1985 intentando que se reconozca el SAP cómo una entidad clínica diagnóstica, y que ha estado trabajando sin pausa para que se incorporará a la última clasificación de enfermedades de la OMS, la CIE 11, sin que finalmente lo haya conseguido .

Prácticamente, el 80% de las mujeres salen de la violencia de género por la separación, y tras ella los hijos e hijas que han vivido la violencia y el drama que conlleva, cuando ponen distancia al padre maltratador muestran rechazo hacia él, motivo por el que no quieren verlo ni compartir el tiempo con él. Esta es la causa más frecuente del rechazo hacia un padre, pero el modelo de sociedad y la respuesta institucional, en lugar de estudiar qué hay detrás de esa conducta, hace una especie de cortocircuito y concluye que se debe a que la madre “aliena” a los hijos e hijas para que odien al padre. Todo ello refleja una reactualización del mito de la mujer perversa, sin detenerse a considerar que, además, es imposible conseguir ese resultado en el tiempo y en las circunstancias que caracterizan las relaciones paterno-filiales tras la separación. 

La violencia no es la única causa de rechazo parental, y cuando esta se produce suelen aparecer factores de diferente tipo, incluyendo la actitud de padres y madres contra el otro progenitor, las complicidades con el progenitor custodio, la permisividad o rigidez en las relaciones… Por eso, cuando se produce un rechazo no se puede concluir que se trata de una alienación y dejar de analizar a fondo las circunstancias que pueden causarlo, y menos aún hacerlo poniéndole nombre de una entidad clínica que no existe, como es el SAP. 

Que haya científicos y profesionales que defiendan la existencia del SAP no significa que la comunidad científica lo admita ni que pueda ser utilizado; también hay científicos que, por ejemplo, defienden que la homosexualidad es una enfermedad y no por ello se considera como tal.

Si se dice que la docu-serie de Rocío Carrasco es una referencia en la que muchas mujeres se ven reflejadas, y que gracias a ella están tomando conciencia de la violencia de género que sufren, lo que no se puede es ir en contra de las víctimas y de la propia violencia de género dando carta de naturaleza a uno de los argumentos que más utilizan los maltratadores para amenazar a las mujeres y continuar dañándolas tras la separación, como es la aceptación del SAP.

Al final el caso de Rocío Carrasco quedará atrás, como quedó en gran medida el de Ana Orantes, el de Svetlana Orlova, el de Marta del Castillo, el de Diana Quer o el de Laura Luelmo, pero el SAP y el mito de manipulación de las mujeres, que siempre han estado presentes como parte de la cultura androcéntrica, permanecerán, y lo harán con más intensidad si ahora se le da carta de naturaleza.

Al abordar la violencia contra las mujeres se debe cuidar mucho el contenido y los argumentos, y evitar que la información se convierta en alienación sobre la propia violencia de género.

Efectos secundarios

El porcentaje de personas que rechaza la vacunación con AstraZeneca ha aumentado más de un 100%, y en estos momentos el 52% de la población revela su desconfianza hacia la vacuna, según el estudio internacional realizado por la consultora YouGov. El reflejo de esta situación ha hecho que las cancelaciones en Madrid hayan pasado del 2-3% al 60-70%, según su Viceconsejero, Antonio Zapatero.

Y no es casualidad. Muchas de las cosas que vemos ahora son “efectos secundarios” de comportamientos anteriores, y eso es lo que buscan las posiciones de poder con el negacionismo, no tanto el rechazo inmediato de unos hechos concretos, sino crear una predisposición para rechazar las circunstancias de la realidad que dan lugar a esos hechos que ellos niegan. De esa manera consiguen su objetivo y se salen con la suya, puesto que el resultado final es que gracias a sus planteamientos la sociedad rechaza las alternativas que ellos critican a partir de hechos puntuales, y todo se mantiene bajo las referencias que defienden con sus negaciones. 

El ejemplo cercano lo tenemos en la pandemia y las vacunas. Un grupo niega la realidad de la pandemia y la necesidad y eficacia de las vacunas, y produce un efecto inmediato y directo al conseguir que un número de personas acepten esa idea y se unan a su negacionismo, el cual no se limita al hecho puntual planteado, sino que se amplía a la defensa de su modelo de sociedad, ideas, valores, creencias y demás elementos que lo configuran. Pero al mismo tiempo, aunque una parte de la sociedad cuestiona dichos planteamientos negacionistas y sus mensajes, y parece que con la crítica se resuelve el problema generado, lo que consiguen con su estrategia es inocular la duda y preparar a una parte de la sociedad, para aprovechar cualquier circunstancia sobrevenida con el objeto de potenciar el mensaje negacionista a partir de la nueva situación, y de ese modo defender sus posiciones ideológicas. 

Ocurrió cuando al poco de comenzar la vacunación en Reino Unido apareció la variante británica del Covid-19, y desde esas posiciones negacionistas dijeron que la mutación había sido consecuencia de la vacuna. Y ahora vuelve a suceder con mayor intensidad aún, dadas las características del problema que se ha planteado, al cuestionar las vacunas de AstraZeneca y Janssen por el riesgo de trombosis, y de paso aprovechar para criticar toda la estrategia de vacunación al presentarla cómo una amenaza y algo innecesario.

Cualquier argumento científico que se dé para contextualizar los efectos secundarios de las vacunas, su incidencia, los factores que pueden influir en su aparición… en lugar de ser tomados como referencias para entender todo lo que pasa alrededor del proceso, son utilizados como demostración de que todo forma parte de una trama organizada con diferentes intereses, y que hay connivencia entre los sectores gubernamentales, científicos, empresariales y de cualquier tipo para controlar a la población y obtener beneficios de dicho control. 

Todo ello revela varios efectos comunes a la estrategia negacionista y sus “efectos secundarios”, entre ellos los siguientes:

  1. Son planteamientos que parten de una posición social asumida y vinculada a otros elementos asentados en la sociedad alrededor de determinadas ideas, creencias, valores, grupos …. porque al final se trata de defender esa posición común, por eso Michael Specter habla de “negacionismo grupal”. No se trata de casos aislados, sino de estrategias que necesitan de la participación de grupos numerosos de personas. 
  2. Como primer efecto, la estrategia negacionista busca evitar enfrentarse a una verdad incómoda que les obligaría a tener que posicionarse de manera diferente ante unas determinadas circunstancias de la realidad. Pero eso es solo cómo primer objetivo. 
  3. La negación es una reacción a una situación que se presenta como novedad y cuestiona algunos de los elementos del orden existente hasta ese momento. Esta “llegada” se percibe como un ataque contra los elementos establecidos basados en sus ideas, y aquellas personas que los proponen son identificadas como responsables del ataque, de ahí que sus críticas se dirijan tanto hacia las nuevas propuestas cómo contra las personas que las promueven. 
  4. La consecuencia final de esta estrategia es el “afirmacionismo”, es decir, la afirmación y reafirmación de los elementos que se ven debilitados con el planteamiento novedoso que hace necesaria la negación. Así, por ejemplo, cuando se niega la realidad de la pandemia y la necesidad y eficacia de las vacunas, lo que se hace es defender el orden existente, los valores androcéntricos que lo definen, y se destaca la existencia de toda una estrategia que busca imponer un nuevo orden a través de la manipulación de la sociedad mundial por medio de la pandemia. 

Esta situación no es muy diferente a la que se observa hoy en la política conservadora, basada en propuestas que giran alrededor de la defensa de un modelo de vida factible para una parte de la población, y en la presentación de cualquier alternativa como un ataque y amenaza. Lo vemos ahora en la campaña de Madrid cuando se llega a contraponer las propuestas de la izquierda con la libertad, cuando se desprecia hay quienes están en las “colas del hambre”, o cuando se le da más valor al ocio que a la vida. 

Por eso no debemos minimizar las consecuencias de los planteamientos racistas de la ultraderecha, porque con sus críticas hacia los MENA ya han preparado a la sociedad para que el día que surja un problema con alguno de ellos, la reacción social contra los inmigrantes sea de gran intensidad. A la ultraderecha no le importa tanto que ahora haya más o menos gente que comparta el mensaje de su cartel, lo que le interesa, y en gran parte ya han conseguido, es el “efecto secundario” del rechazo futuro.

Juegan con la defensa de su modelo, el cual solo puede ser disfrutado por una parte de la sociedad, pero al mismo tiempo se aprovecha del anhelo de la otra parte y las trampas de un modelo que presenta el éxito y el reconocimiento sobre los elementos simbólicos que tienen quienes se encuentran en las posiciones de poder. Por eso crean la ilusión de que si hacen suyas algunas de las cosas o adquieren elementos materiales como los que disfruta la gente de más status, su posición social asciende por encima de quienes no adquieren esos elementos simbólicos de reconocimiento. Y luego, cuando les interesa a las posiciones de poder, llaman a todo eso “vivir por encima de sus posibilidades”.

Son algunas de las consecuencias del poder, que aquellos a quienes oprime quieren ser como los opresores, mientras que estos nunca quieren ser como los oprimidos, por eso cada cierto tiempo aumentan los mecanismos de control sobre ellos para que sea más difícil que progresen y disfruten de bienestar.

Son los “efectos secundarios” del poder injusto levantado sobre la desigualdad.

Cadenas

Son muchas las cadenas que atrapan a las mujeres que sufren violencia de género. Sin lugar a dudas, la más gruesa y rígida es la de la normalidad y todos sus candados, como el del silencio, el de la invisibilidad, el del anonimato… También está la cadena de la credibilidad, la de los mitos y estereotipos y, por supuesto, la cadena de la propia violencia y sus eslabones afilados que aprietan y cortan al mismo tiempo. 

La solución pasa por liberar a las mujeres de las cadenas, no en soltar algunas de ellas para poner otras alrededor de sus cuerpos y de sus vidas. 

La “docu-serie” sobre Rocío Carrasco está causando de momento un efecto distorsionador, por un lado, genera una mayor respuesta social frente a la violencia de género, como se ve en el aumento de llamadas al 016, y por otro, tal y como revelan las encuestas de la audiencia, refuerza el posicionamiento social androcéntrico que lleva a creer más a su ex-marido que a ella. 

Toda esta situación es consecuencia del propio planteamiento del programa, el cual no se centra en el análisis de la violencia que sufren las mujeres, sino en la respuesta que la protagonista da a todo lo que se conoce de su vida, matrimonio, separación, relación con su hija e hijo… y demás elementos sobre los que la “prensa del corazón” ha puesto el foco durante estos años atrás, y sobre los que ella ha guardado silencio hasta ahora.

Nadie esperaba el relato sobre su experiencia como víctima de violencia de género, al menos como elemento esencial de la historia, ni siquiera la propia cadena responsable del programa.

La violencia de género ha aparecido como un hallazgo inesperado para la mayoría de la audiencia, situación que ha agitado la conciencia social sobre esta violencia a través de una serie de elementos:

  • Como decíamos, se ha producido una cierta sorpresa por el hecho de que la violencia esté en la base de los acontecimientos que puntualmente se han ido conociendo de su vida a lo largo del tiempo. 
  • Esta situación ha hecho que se produzca un choque con los estereotipos que presentan la violencia de género como consecuencia de circunstancias que afectan a mujeres en un contexto social y cultural muy diferente al de Rocío Carrasco. 
  • El interés de la cadena no ha sido la violencia de género, sino la respuesta de Rocío Carrasco sobre todos los acontecimientos que se han ido conociendo durante estos años. Su historia podría haber sido completamente diferente y sin violencia de género, y el programa también se habría emitido levantado una gran expectación. De hecho, ahora salen testimonios de colaboradores y colaboradoras que reconocen haber conocido episodios de violencia en la relación de Rocío Carrasco, y no haber hecho ni haber comentado nada durante estos años.
  • La audiencia del programa no se debe al compromiso social con la violencia de género. Es más, la concienciación a partir de casos particulares es relativa, produce una gran respuesta inicial en lo cuantitativo, con una intensidad marcada, pero reducida fundamentalmente al plano emocional, no tanto al cognitivo, circunstancia que lleva a que su prolongación en el tiempo sea breve. Es lo que sucedió, por ejemplo, con el caso de Svetlana Orlova, asesinada en 2007 tras participar en el programa “El diario de Patricia”, o con el de Ana Orantes, asesinada en diciembre de 1997 en unas circunstancias que generaron un gran impacto social, pero que tuvo una duración limitada. De hecho, en 2002 el PP rechazó una Proposición de “Ley integral contra la violencia de género”, y se tuvo qué esperar hasta diciembre de 2004, siete años después de su asesinato, para qué definitivamente fuera aprobada la ley con el nuevo Gobierno socialista.  
  • El hecho de que no se conozca lo suficiente la violencia psicológica contra las mujeres no se debe al silencio mantenido por Rocío Carrasco hasta ahora, sino a la falta de atención de las administraciones, instituciones y medios de comunicación. 

Si el posicionamiento contra la violencia de género depende del programa de Rocío Carrasco o de programas donde “mujeres famosas” cuenten su historia, no se conseguirá una conciencia crítica suficiente, pues al final la propia experiencia de estas mujeres quedará aislada de la situación social que define la realidad de una violencia que sufren cientos de miles de mujeres, y reforzará el mensaje construido por el machismo, de que la violencia de género es consecuencia de circunstancias particulares y de elementos individuales que giran alrededor del agresor, la víctima o el contexto.

Confundir el nivel de audiencia del programa con el nivel de concienciación social es un error, ya hemos comentado cómo tras el caso de Ana Orantes, es decir, tras el caso de su asesino, José Parejo, tuvieron que pasar 7 años para que el Parlamento aprobara la Ley Integral. Y hoy, 23 años después y con una media de 60 mujeres asesinadas cada año, el porcentaje de población que considera la violencia de género entre los problemas graves es el 0’2% (Barómetro del CIS, febrero 2021).

Para concienciar sobre la violencia que sufren las mujeres como consecuencia del machismo, los testimonios de las mujeres que la sufren son importantes, pero debemos hacer algo más, entre otras cosas ser conscientes de que el silencio también forma parte del relato de las historias de la violencia de género. Ni son hechos aislados, ni la información puede darse de forma puntual e inconexa a partir de casos particulares, como ocurre ahora alrededor de los homicidios o de las experiencias personales de “mujeres famosas”.

La ley del silencio machista

El machismo no quiere que se hable de violencia de género y para ello utiliza las estrategias más diversas. Por un lado, la ultraderecha, con el acompañamiento frecuente de la derecha, dice que la violencia de género no existe y que hay que hablar de violencia familiar o doméstica; y por otro, a nivel social, se critica que las mujeres hablen de sus experiencias de violencia, como ha ocurrido ahora con Rocío Carrasco, bajo el argumento de que se está acusando a un hombre de maltratador. Es decir, mandan el mensaje de que no se puede hablar de violencia de género en la sociedad, y que el único contexto en el que se puede plantear esta realidad es en el judicial para intentar que allí se esconda detrás de lo familiar o lo doméstico. 

No se dice nada para que no se hable de otros casos con derivadas judiciales como, por ejemplo, de “los papeles de Bárcenas”, o de la “situación de Puigdemont”, o de los “abusos sexuales a menores”, o de tantos otros temas sociales con una trayectoria que puede acabar o lo ha acabado en los juzgados, y que están en los medios de comunicación y en las redes a diario. Lo único que importa es que no se hable de violencia de género. Queda prohibido hacerlo por la “ley del silencio machista”, pero mientras desde el machismo sí pueden acusar a las mujeres del delito de “denuncia falsa”. 

Esta estrategia tiene dos consecuencias:

  1. La primera de ellas es evitar el debate social y la toma de conciencia sobre una violencia que viene caracterizada por la invisibilidad, el anonimato y la falta de conciencia por parte de la misma sociedad que convive con ella, y sufre cada año 60 homicidios de mujeres de media y más de 600.000 casos, sin que ese resultado genere un nivel de conocimiento sobre su trascendencia y significado. Es lo que refleja el hecho de que sólo se denuncie un 20-25 % del total de casos, y la demostración de que la sociedad vive ajena a su gravedad en mitad de los silencios y las negaciones impuestas, hasta el punto de que sólo el 0,2 % de la población la incluye entre los problemas graves, tal y como recoge el Barómetro del CIS de febrero de 2021.
  2. La segunda es confundir la realidad social con la respuesta judicial. Una realidad que, de entrada, queda reducida a los casos que llegan a las puertas de los juzgados (en violencia de género un 20-25% del total), y que después se reduce aún más al asociar verdad con condena. La actuación judicial no define la realidad, sino lo probado, y su respuesta se basa en la valoración de los elementos de prueba teniendo en cuenta todos los principios que caracterizan al derecho penal, entre ellos la presunción de inocencia.

Por lo tanto, tal y como recoge la Memoria de la FGE de 2012 en su página 642, no se puede tomar lo no probado por no ocurrido, como explica al cuestionar la asociación que hacen muchos entre “denuncia falsa” y “sobreseimiento provisional” o “sentencia absolutoria”. Una cosa es lo ocurrido y otra lo que se pueda demostrar que ha sucedido.

La violencia de género es un problema social con muy diferentes dimensiones, entre ellas la judicial, pero también la sanitaria, la laboral, la económica… y hay que tratarla como tal problema social, no reducirla y limitarla a alguno de los contextos en los que se abordan sus consecuencias, y menos aún fragmentarla como si fueran cuestiones distintas sin el elemento común de la mujer que la sufre. 

El argumento de que la mujer que sufre la violencia no puede hablar de ella salvo que lo haga a través de una denuncia es falaz, pues entonces tampoco podría referirse a su situación en una consulta médica, o en su lugar de trabajo, o en cualquier otra circunstancia antes de decidirse a denunciar, porque si lo hiciera alguien podría decir que está acusando a su marido o pareja.

Las mujeres que sufren violencia de género tienen todo el derecho a contar sus experiencias vitales en las formas establecidas, como ocurre en tantos otros casos en los que vemos a víctimas de otros delitos hablar de lo sufrido, sin que nadie haga la asociación directa entre relato y culpabilidad, ni trate de imponer un silencio generalizado sobre el tema en cuestión, ni tampoco instrumentalice sus palabras.

El relato de unos hechos hace compatible la veracidad de las dos posiciones contrarias, a falta de la demostración objetiva en el foro en que se lleve a cabo dicho planteamiento, sea este social, judicial o de cualquier otro tipo. 

Cuando alguien pone una denuncia, quien la recibe y quien juzga los hechos actúa considerando que lo que dice la persona denunciante y lo que dice la persona denunciada es verdad, de lo contrario no habría investigación ni juicio y bastaría con la palabra de la parte que resulte más creíble. Pero en la práctica no ocurre eso, sino que se investiga y se avanza hacia la verdad a través de elementos de prueba que dan la razón a una u otra parte. Mientras tanto las dos versiones son creíbles, con independencia de que haya personas que se posicionen con una o con la otra de las versiones.

Es más, incluso en circunstancias en las que se acepta que las dos versiones son veraces, con frecuencia se toman decisiones en contra de una de ellas sin cuestionar su inocencia o la veracidad de su posición, como ocurre con la adopción de medidas cautelares. La violencia de género no es diferente en este sentido, aunque sí lo es en la falta de credibilidad que se da a la palabra de las mujeres y su cuestionamiento desde los mitos de la perversidad y la mentira.

El machismo quiere imponer la “ley del silencio” para que se una a la “ley de la invisibilidad” que ya impuso hace siglos, y así poder conseguir su anhelada “negación de la ley de violencia de género”.

No lo va a conseguir, hoy las mujeres hablan de la violencia que ejercen los hombres, y la sociedad escucha atenta para actuar contra ella y erradicarla de nuestra realidad.

“Afirmacionismo”

Negar para afirmar y afirmar para agrupar alrededor de sus ideas y valores, eso es el “afirmarcionismo”.

Como en el negacionismo, todo parte de una negación necesaria para no aceptar una verdad incómoda, pero el sentido de la negación y su objetivo es diferente en cada una de las situaciones. 

Las dos forman parte de un planteamiento ideológico y, por tanto, obedecen, como destaca Didier Fassin, a una posición que rechaza la realidad como parte de un grupo que se define a través de esa estrategia, y cohesiona a quienes forman parte de ella. No se trata de negar una parte objetiva de manera individual, sino de hacerlo como miembros de un grupo que mantiene su unidad por medio de la negación y el rechazo de todo aquello que no encaja en su realidad paralela. Pero mientras que el negacionismo actúa como una especie de descarte ideológico que aparta de la realidad todo aquello que no encaja en su puzzle de ideas y valores, el “afirmarcionismo” niega lo que la propia posición ideológica ha mantenido oculto históricamente como parte esencial de la construcción de su realidad, y que ahora se pone de manifiesto como consecuencia de la transformación social y el posicionamiento crítico frente a ese modelo. 

Tanto la negación “negacionista” como la negación “afirmarcionista” consiguen que la referencia quede situada en la realidad definida desde su modelo e ideología, pero el objetivo y las consecuencias son diferentes. 

Cuando, por ejemplo, se niega la pandemia o la seguridad de las vacunas, la realidad definida hasta el momento no se cuestiona, y en el supuesto caso de que se aceptara no supondría una crítica a las posiciones ideológicas, los valores y principios que defienden su modelo.

En cambio, cuando se niega la violencia de género lo que se niega no es que haya mujeres que son asesinadas y maltratadas, sino que dichos asesinatos y agresiones obedecen a una construcción cultural androcéntrica que define los roles masculinos con la capacidad de controlar, corregir y castigar a las mujeres a través de la violencia como algo normal para invisibilizarla en la propia relación de pareja. Y luego, cuando se producen agresiones graves y homicidios, los justifican a través de los mitos y estereotipos que la propia cultura ha creado para presentarlos como algo al margen de sus dictados, como por ejemplo ocurre cuando se dice que el agresor ha actuado bajo los efectos del alcohol, las drogas o una alteración mental.

Al negar la violencia de género se niega el machismo que hay en su génesis, y el papel de la violencia en la perpetuación de la desigualdad que define el modelo androcéntrico que otorga privilegios a los hombres, con el objeto de que se mantenga su modelo a nivel indivicidual y social. 

La negación de la violencia de género lo que hace, no solo es rechazar una verdad incómoda para el modelo androcéntrico, sino que también reafirma su construcción basada en los hombres y en lo masculino, y la posición inferior y secundaria de las mujeres y lo femenino. Y esa reafirmación de sus ideas y de su modelo es la que facilita aglutinar a la gente alrededor de un planteamiento que viven como propio, bien porque coinciden de manera directa con esas ideas, o bien porque se sienten identificados con el modelo y con el orden social definido históricamente. De manera que, sea por ideas o sea por comodidad, costumbre o tradición, al final se sienten cómodos y tranquilos bajo las referencias de siempre. 

Cualquier planteamiento crítico con su forma de entender la sociedad, como supone reconocer la violencia de género, es considerado como un ataque a sus posiciones y da lugar a una reacción beligerante frente a él, como vemos habitualmente en los ataques que desde la derecha y ultraderecha se dirigen hacia el feminismo y las organizaciones de mujeres. 

Esa identificación con las ideas y el orden que produce el “afirmarcionismo” es lo que posibilita aglutinar a la gente alrededor del modelo y de sus propuestas, como estamos viendo con la ultraderecha. El aumento de la ultraderecha no se produce por el negacionismo de las nuevas circunstancias, estas ya son negadas por quienes forman parte nuclear de esa ideología, sino que se produce porque mucha gente que no formaba parte de esas posiciones se siente reafirmada en los valores y el orden remarcado a través de la negación de la realidad que ha sido descubierta. Una realidad que también los cuestiona desde el punto de vista personal en cuanto a su posición individual y social. Porque poner de manifiesto la construcción cultural de género que hay detrás de la violencia contra las mujeres y las niñas, también revela todo el abuso que los hombres tienen a su disposición a través de los privilegios que la sociedad les ha otorgado, aunque no golpeen a nadie. Porque todo lo que los hombres disfrutan como privilegios es a costa de la restricción de los derechos de las mujeres. 

Por eso desde la ultraderecha y la derecha son tan gráficos cuando dicen que la violencia de género va contra los hombres, porque son conscientes que actuar contra la violencia de género no solo significa responder ante las agresiones y los agresores, sino que también requiere modificar las circunstancias culturales de la desigualdad que da lugar a que, por ejemplo, cada año surjan 60 asesinos de mujeres nuevos desde la normalidad.

Debemos desenmascarar esta estrategia conservadora del “afirmarcionismo” y no quedarnos en la escenificación de la negación. Esta es otra de sus trampas para, como vemos que está pasando, reafirmarse en sus ideas y valores a partir de mentiras que solo buscan mantener oculta la verdad incómoda que habían logrado esconder históricamente. 

Hoy gran parte de la negación se hace para afirmar, y una parte de la información se publica para desinformar a través de bulos y fake-news, algo que sólo puede hacer quien cuenta con una posición de poder y una tradición a sus espaldas. De manera que unas veces se niega para afirmar y otras se miente para confundir, y así, entre mentiras y confusiones, el modelo conservador consigue que todo siga igual.

“Pin y Pon”

Imagino que con esto de la pandemia a la ultraderecha se le debió hacer tarde para escribir la carta a los Reyes Magos de Oriente, y ahora le piden al Gobierno andaluz los muñecos Pin y Pon, cada uno con sus complementos y accesorios para poder jugar en la política diaria. 

El muñeco Pin viene con el equipo de familia y se llama “Pin parental”, un muñeco que a pesar de su pequeño tamaño es capaz de intimidar a todo un Gobierno y a los partidos que lo sustentan, y al mismo tiempo amenazar con rayos y centellas a los colegios si llevan a cabo cualquier formación considerada inapropiada por la ultraderecha.

El compañero de Pin es Pon, el muñeco de la resignación, muy pío él y un complemento perfecto para Pin con esos accesorios compasivos, que hacen que se llame “Pon la otra” y que en los juegos siempre actúe después de Pin. Por eso cuando llega “Pin parental” e impone su criterio a base de amenazas e intimidaciones, actuando como si fuera una bofetada en la mejilla, luego llega “Pon la otra” para que quien recibe el golpe de las amenazas prepare la cara del otro perfil para el próximo bofetón. 

Es lo que ha pasado desde el principio en todos sus intentos de condicionar la política allí donde están con el objeto de borrar las políticas de igualdad y contra la violencia de género. Ellos lo tienen muy claro y no se cortan a la hora de manifestar sus ideas y propuestas, el problema está en quién les compra los muñecos Pin y Pon para que sigan jugando, en lugar de castigarlos por su mala conducta y obligarlos a escribir cien veces “no volveré a actuar contra la igualdad”. 

Ya lo vimos en Córdoba cuando obligaron al Ayuntamiento a retirar una campaña contra la violencia de género bajo su paranoia particular que los hace entender que cuando se habla de hombres violentos se refiere a “todos los hombres”, y que cuando se habla de padres maltratadores se refiere a “todos los padres”. ¿Por qué tienen tantas dificultades para separar a los hombres de la violencia de género y a los padres violentos de la paternidad responsable? 

No deben tener mucha confianza en los hombres ni en su masculinidad cuando evitan por todos los medios, sea en una campaña, en la escuela o en el Parlamento, que se hable de ellos. Y tampoco deben tener mucha confianza en sus ideas y valores, ni en su capacidad para educar a sus hijos e hijas, cuando creen que las pocas actividades extraescolares que se organizan sobre temas de Igualdad van a conseguir educarlos bajo referencias distintas a las suyas.

Quizás lo que ocurre es que han tomado conciencia de la falacia que envuelve su construcción cultural levantada sobre la mentira de que la condición de los hombres es superior a la de las mujeres, para a partir de ahí asignar toda una serie de características a la masculinidad, con el objeto de discriminar a todas las mujeres y a los hombres que no compartan la pureza de su selección. 

Sus planteamientos son ataques a la convivencia democrática y a los Derechos Humanos, por eso es tan responsable quien facilita que se lleven a cabo como quien propone las iniciativas.

En democracia hay que educar sobre los valores y los derechos que permitan convivir en paz y bajo el respeto a la diversidad y pluralidad de referencias que caracterizan la sociedad. El Estado debe velar para que la educación se lleve a cabo impregnada por cada uno de los Derechos Humanos, y que los niños y niñas adquieran de manera progresiva esa conciencia democrática que se traduce en convivencia y en proyecto común desde cada una de las posiciones.

Educar para enfrentar no es democrático, como no lo es educar para discriminar ni para crear las circunstancias que justifican la violencia contra las mujeres y contra los grupos históricamente discriminados. Que se produzcan estos casos de discriminación y violencia ya es terrible, pero que se eduque para que sigan sucediendo, pues es lo que sucederá en caso de continuar bajo las mismas referencias que definen la realidad actual, es inadmisible y una responsabilidad de quien pudiendo hacer algo para que no suceda, se mantenga pasivo y deje que ocurra; o lo que es peor, contribuya para que produzca. 

De manera que ni “Pin parental” ni ”Pon la otra”, no podemos hacerle el juego a la ultraderecha. Las “muñecas” que deben tener nuestros hijos e hijas son las de la Igualdad y la Paz con su casita y jardín de los Derechos Humanos.

Ser pacíficos no es inútil

Quien ve en la violencia un instrumento sólo necesita una excusa para utilizarla, nada nuevo entre los violentos. 

Es el típico, “él empezó primero”, “te pego porque te quiero”, “el Estado es opresor”, “te pego porque me obligas”, “la policía actúa de forma desproporcionada”... al final se ve cómo parten de una razón para usar la violencia, no la determinación de no utilizarla y de recurrir a estrategias no violentas que, evidentemente, darán un resultado diferente, sin que ello signifique que sea ineficaz cuando se gestiona bien y se integra en una estrategia global .

Las movilizaciones pacifistas requieren continuidad de acciones, prolongación en el tiempo, y extensión y amplitud de iniciativas, un proceso qué resulta muy laborioso, menos impactante y con menos oportunidades para que surjan protagonistas, pues su éxito dependerá de todo el grupo y de la respuesta social que se identifica con las demandas, no de unos pocos hombres que alardean de sus tácticas de combate y de los objetivos conseguidos para gloria de su nombre y reconocimiento. 

Y entre las diferentes opciones, resulta más “divertido” e impactante quedar unas cuantas noches y montar una batalla campal en defensa de sus egos e ideas, que trabajar noche y día de forma pacífica para la consecución de las demandas.

La violencia no funciona en una democracia. No puede ni debe hacerlo. ¿Qué han conseguido los violentos, además de la llamar la atención por la destrucción y el daño que han causado? Porque si creen que han conseguido algo más o que se hable de sus motivaciones y del encarcelamiento de Pablo Hasél, están muy equivocados, todo eso ha quedado en un lugar secundario. La gente y los medios hablan de la violencia, de los disturbios y de los destrozos que han ocasionado, pero también del rechazo cada vez más amplio a sus acciones, incluso quienes al inicio tuvieron una posición aparentemente neutral, con el paso de los días y la prolongación de los disturbios ahora los cuestionan.

La violencia forma parte de un modelo machista organizado sobre la competición y la idea de victoria sobre derrota del otro, no sobre el convencimiento y el logro de consensos.  De ese modo se consigue un doble objetivo, salir victorioso del enfrentamiento y anular la posición alternativa y dejarla sin espacio dentro del contexto en el que se produce. El ego machista se ve reforzado en esa sensación de derrota del otro, algo que no consigue cuando se busca convivir con quienes piensan de manera diferente y se utilizan los instrumentos y vías democráticas para resolver los conflictos. Porque si los utilizan y buscan una solución pacífica, a lo mejor resulta que sus argumentos no son lo suficientemente sólidos y no obtienen la razón, cosa que con la violencia no sucede, puesto que no hay necesidad de convencer, sólo de vencer por medio de los ataques y los golpes. 

El pacifismo es útil porque es la única estrategia que puede transformar la realidad o la situación que ha dado lugar al conflicto. La violencia puede imponer un determinado resultado puntual, pero no cambiará nada del contexto, todo lo contrario, habrá legitimado su uso, al machismo como fuente de inspiración, y a los hombres y su masculinidad tradicional como ejecutores y líderes. Un resultado que hará que dentro de un tiempo veamos a otros hombres con ideas diferentes, pero con la misma pancarta diciendo “nos habéis enseñado que ser pacifistas es inútil”, y que actuarán con violencia, puesto que la habrán hecho lícita para que nada cambie, excepto las imágenes en las redes sociales y los protagonistas de los actos violentos. 

Necesitamos una transformación de la sociedad androcéntrica y una erradicación de sus estrategias y métodos machistas. Y eso exige coherencia, esfuerzo, dedicación y continuidad; no se puede defender la libertad de expresión de unos, pero no de otros; y la violencia contra unos pero no contra otros.

Nadie ha enseñado que ser pacífico es inútil, porque, de momento, la paz, la Igualdad y la convivencia por las que lleva siglos trabajando el feminismo, no se han alcanzado. 

Puede quedar muy romántico una pancarta que hable de la violencia como destino irremediable, pero es falaz y solo una excusa moral para justificarse en su uso, como hace cualquier violento. En todos mis años como médico forense no he visto a un solo asesino que no tuviera una razón ética para haber actuado de manera violenta. Cada uno con la suya, todos con una. 

Al final unos la llevan en una pancarta y otros en la voz, pero todos van de la mano de la violencia que mece el modelo conservador y machista, algo incompatible con la izquierda y el progresismo democrático.

No se es anti-sistema con la violencia, con ella el sistema basado en la violencia continúa y se refuerza.