“El escuadrón machista”

ESCUADRON SUICIDAEl verano siempre llega con la sorpresa de lo inesperado y la deuda de las expectativas, si hay algo que caracteriza a este periodo del año es esa mezcla entre lo que ocurre sin haberlo sospechado y lo que no sucede de todo aquello que se esperaba.

Y entre lo esperado llegan las tardes de cine con mis hijos, aunque las cosas han cambiado. Antes era yo quien los llevaba a ver películas como “Toy story” o “El rey león”, y ahora son ellos los que me llevan a mí a películas como “El escuadrón suicida”, el último estreno de ese tipo de historias que la gente joven espera casi como el día de las vacaciones.

Ahora, después de verla, creo que la película se podría haber titulado perfectamente “El escuadrón machista” y habría hecho más honor al contenido de lo abordado durante sus más de dos horas de duración. Lo preocupante no es sólo que la película esté repleta de referencias machistas tradicionales con la habitual cosificación de las mujeres, sino que, además, en esta ocasión se han incluido mensajes directos de la estrategia posmachista que el machismo desarrolla en la actualidad.

Estamos viviendo una reacción machista en conductas como el abuso, al acoso y el hostigamiento callejero, las agresiones sexuales colectivas en lugares públicos… pero también estamos viviendo esa reacción del machismo en lo ideológico a través de las iniciativas puestas en marcha desde los sectores más conservadores de la política, la iglesia y otros ámbitos. Una reacción basada tanto en la llamada a los valores tradicionales de hombres y mujeres, como en la crítica a la Igualdad. Y para ello se recurre a todos los medios y vías: artículos de opinión, informaciones sesgadas, silencios cómplices, redes sociales amparadas en la impunidad y en la libertad selectiva de expresión, a la publicidad, las series de televisión y, por supuesto, las películas, especialmente las dirigidas a la juventud. El machismo es un experto en la utilización del tiempo, y ahora mismo sabe que es más rentable invertir en el futuro que tratar de contrarrestar la parte de la sociedad que ya está situada en la Igualdad.

Y como decía, la última aportación a este adoctrinamiento machista es la película “El escuadrón suicida”, o sea, “El escuadrón machista”.

La película tiene elementos comunes a otras películas del género, aunque en este caso reforzadas por una serie de escenas que los cargan de sentido y trascendencia en el contexto de la historia.

Al margen del papel protagonista de los hombres y de su liderazgo en las decisiones y acciones, la propia representación de las mujeres ya es manifiestamente machista. Los protagonistas principales son 5 hombres y 2 mujeres, una de ellas una bruja malvada de otra época que toma cuerpo de una joven y guapa antropóloga (Cara Delevigne), que han de enfrentarse en batallas cargadas de violencia. Como era de esperar, los hombres aparecen vestidos para la ocasión con ropaje tipo militar reforzado en algunos personajes con chalecos y trajes especiales, en cambio, las mujeres quedan al margen de las circunstancias bélicas y aparecen con una especie de bikini, como si fueran animadoras de un equipo de baloncesto de la NBA, tanto la chica del escuadrón, Harley Quinn (Margot Robie) como la bruja malvada, llamada “Encantadora”.

Todo eso se complementa y completa con “palmaditas en el culo” a la chica, comentarios hacia ella como “¿Conducir tú…? Ni de coña”, imagino que será porque en Midway City también se lleva eso de “mujer al volante, peligro constante”, aunque sorprende que el valiente héroe no tema a las bombas y hechizos de la bruja y sí a la forma de conducir de su compañera.

Y por si fuera poco, en la película no falta la típica escena antes de la batalla final, esa en la que se recupera la calma y cada protagonista aprovecha para sacar sus miedos y sincerarse alrededor de una copa. Para ello acuden a un pub abandonado entre las ruinas de la ciudad y de nuevo el guión hace gala del machismo que lo inspira, cuando los hombres se sientan a un lado de la barra para “hablar de sus cosas”, y la mujer (Harley Quinn-Margort Robie) se pasa al otro lado para servirles las copas.

Pero todo esto no es nada en comparación con los dos mensajes que han introducido en la película para reforzar el debate machista actual y sus mensajes. Unos mensajes totalmente innecesarios para la trama y completamente al margen de la historia, pero muy eficaces para defender el machismo fuera de las salas.

El primero de ellos es uno de los temas favoritos del posmachismo y gira alrededor de la custodia de la hija del líder escuadrón, Deadshot (Will Smith). El personaje es un asesino a sueldo divorciado precisamente por su actividad criminal, quien al proponerle formar parte del “escuadrón machista”, exige como primera condición la custodia individual de su hija, que la madre sólo tenga visitas limitadas, y que en ningún caso el novio de la madre pueda verla. Da igual que él sea un asesino y los valores que pueda transmitirle, como tampoco se pone ninguna limitación a las visitas o convivencia que sus parejas puedan tener con la hija; los límites sólo son para la madre.

El segundo mensaje es el más grave. Otro de los “héroes del escuadrón que salva a la humanidad”, llamado “El diablo” (Chano Santana), en un momento de la película explica que ha asesinado a su mujer y a su hijo, y en lugar de recibir las críticas del grupo todos los hombres se muestran comprensivos con él, excepto la chica, Harley Quinn, que precisamente por ello es insultada por otro de los héroes. Es decir, la película presenta a un maltratador asesino elevado a la condición de héroe, y, además, utiliza para darle más realismo la misma justificación y conducta que mantienen los asesinos por violencia de género en la realidad: que el homicidio se ha debido a la “pérdida de control” tras una discusión, y la entrega voluntaria a la policía tras el asesinato como demostración de su “honor”.

Terrible que la gente joven salga del cine con estos mensajes, y que no tengan referencias para identificarlos y criticarlos.

El machismo se está rearmando frente el avance de la Igualdad y ante una conciencia cada vez más clara de que la sociedad apuesta decididamente por ella. Y como venimos comentando desde hace años, su principal apuesta es la juventud, porque sabe que es una garantía de cara al futuro, y porque es consciente de que si pierde a este grupo perderá la hegemonía, pues el impacto de la Igualdad en la gente joven supone un cambio en las identidades construidas a partir de la su referencia, y no sólo un debate sobre la distribución de roles, espacios y tiempos.

Por eso no es de extrañar el aumento del machismo entre los chicos más jóvenes y el retroceso que se ha producido en los valores democráticos que deben regir la convivencia en sociedad y en las relaciones. Todo ello no ha sucedido por casualidad ni por accidente, sino que coincide con un aumento de los mensajes posmachistas, con una política conservadora que utiliza la educación para reforzar sus ideas y valores, y por un incremento de los mensajes sobre los estereotipos que cosifican a las mujeres a través de la publicidad, las series y las películas.

Pero también por unas políticas de izquierdas tímidas y tibias ante toda esta situación, como si lo realizado hasta ahora justificara todo lo que aún queda por hacer.

La realidad no es una película, aunque también haya “malos” que buscan someter a una parte de la sociedad a través del guión de la discriminación, los abusos, la violencia de género, las agresiones sexuales y los homicidios. La diferencia es que aquí los violentos y las mujeres asesinadas son de verdad, y que después de dos horas no se encienden las luces para cambiar de escenario.

La pasividad ante la desigualdad existente se traduce en menos Igualdad, y la pasividad ante la reacción del posmachismo se traduce en más machismo. Podemos elegir entre ver la película o mirar la realidad para cambiarla y derrotar a los “escuadrones machistas” que caminan por nuestras calles. ¿Tú qué decides?.

 

Prohibido agredir sexualmente

FIESTAS-PAÑUELOS-VIOLENCIA SEXUALQue todas las fiestas y ferias tengan que comenzar ahora con la advertencia de que no se puede agredir sexualmente a las mujeres, en lugar de hacerlo con el pregón, nos indica la clase de sociedad que tenemos y cómo la deriva del tiempo lo único que hace es darle la razón a la historia y su machismo. Ahora ha ocurrido en las fiestas de Vitoria.

Advertir que no se agreda sexualmente a las mujeres es como decirle a un conductor que no estrelle el autobús, y aun así dejar en sus manos la situación y la decisión.

Que las fiestas comiencen ahora con esa advertencia y con la necesidad de informar sobre las agresiones sexuales que algunos hombres cometen aprovechándose de las circunstancias festivas, refleja el nivel de permisividad que existe en la sociedad sobre las diferentes formas de violencia contra las mujeres, y de manera muy especial frente a la violencia sexual. Una permisividad que llega hasta las instituciones, donde con frecuencia el punto de partida de la investigación es analizar la credibilidad de la mujer que denuncia, y en caso de que los hechos sean creíbles tomar una decisión sobre las consecuencias negativas que la simple denuncia puede tener sobre el agresor, para ver y decidir quién sale perdiendo más en caso de continuar con la investigación. Y lo curioso es que unos mismos hechos de consideran de manera completamente diferente según se relacionen con el agresor o con la víctima. Y mientras que a la hora de valorar lo ocurrido sobre la mujer se piensa que no tienen mucha importancia, y que en un par de días ya “se le habrá pasado el susto y el mal rato”, al hacerlo sobre el agresor se actúa al contrario y se piensa que acusarlo de esa “teórica situación menor” es algo muy grave. Una valoración que, como se puede ver, refleja de manera directa la trampa social.

Si no existiera esa permisividad y esa distancia a la realidad en la interpretación de los hechos y en la respuesta a los mismos, no seria necesario poner en marcha “campañas informativas” y establecer “puntos de información” por parte de los organismos de Igualdad de los ayuntamientos en colaboración con las organizaciones feministas de mujeres.

A ningún ayuntamiento se le curre poner puntos informativos ni hacer campañas sobre “no robar” en las fiestas, ni sobre la “prohibición de romper el mobiliario urbano”, se supone que los valores y las referencias de la sociedad son lo suficientemente claras y están lo bastante interiorizadas para que nadie lo haga, y para que si alguien lo hace se actúe con la contundencia que marca la ley. En estos casos nadie se ponga a valorar la credibilidad de quien denuncia ni las consecuencias sobre el denunciado.

Pero en la violencia sexual parece que las circunstancias son distintas y que el ambiente festivo abre una especie de veda para poder agredir a las mujeres. Y no es casualidad. En ese contexto de celebración se dan una serie de circunstancias que potencian las ideas, mitos y creencias que existen en la sociedad sobre la violencia sexual, de ahí que se incremente el riesgo de que se produzcan estas agresiones. Entre esos elementos hay tres argumentos justificativos de las violaciones en general recogidos en los diferentes estudios sociológicos, y que forman parte de las celebraciones. Concretamente, se tiende a justificar las violaciones sobre las siguientes situaciones:

  1. La diversión de las mujeres en ambientes públicos (fiestas, discotecas, celebraciones…) y su relación y “flirteo” con los chicos.
  2. Consumo de bebidas alcohólicas.
  3. Vestir “ropa sexy”, que es lo que la propia sociedad impone por medio de la moda.

Estos tres elementos se convierten en argumentos, no para explicar las violaciones, sino para justificarlas bajo la idea de la “provocación” de las mujeres a través de la insinuación y de la “petición” a los hombres para que “hagan algo con ellas”. Pues las mismas referencias culturales que justifican la violación bajo esos argumentos son las que crean el mito de que las mujeres no pueden buscar directamente una relación sexual, puesto que al hacerlo serían consideradas como unas “frescas” y unas “malas mujeres”, de ahí la conocida idea de que las mujeres “cuando dicen no en realidad quieren decir sí”. Al final la trampa está servida al crear la idea de que para las mujeres “no es sí”, lo que en realidad quiere decir que para los hombres “sí es siempre sí”, diga lo que diga la mujer, y haga lo que haga.

Pero además de estos elementos, en las fiestas concurren dos circunstancias más que últimamente están cobrando un protagonismo especial. Por un lado la actuación de los hombres agresores en grupo, al menos en alguna de las fases de la agresión sexual, situación que lleva a creer que la responsabilidad se diluye entre todos los agresores hasta el anonimato, cuando la responsabilidad es de cada uno de ellos, con sus nombres y apellidos. Actuar en grupo no sólo no disminuye la responsabilidad, sino que actúa como agravante para cada uno de los participantes desde el punto de vista jurídico. Y por otro lado, se da una circunstancia que tiene muy desconcertados a muchos hombres, especialmente a los más jóvenes. Me refiero a la libertad y autonomía alcanzada por las mujeres, y que en las más jóvenes, entre otros muchos contextos, se manifiesta también por acudir a divertirse en las fiestas con total independencia de los chicos, y a hacerlo como ellas quieran, con quien ellas decidan y hasta donde deseen. Esta libertad es algo que en el modelo machista de las relaciones no encaja, pues la identidad masculina está construida sobre la idea de que las “buenas chicas” tienen que ir a estos lugares de celebración acompañadas por hombres que las protejan de otros hombres. De ese modo los hombres actúan como “protectores” y como “agresores”, y decidirse por uno u otro papel va a depender de las circunstancias y de cómo interpreten ellos la actitud de las mujeres. La situación puede llegar al extremo que se vio en San Fermín, donde uno de los detenidos por agresión sexual era Guardia Civil, un defensor del orden público como profesional y “de las buenas mujeres como hombre” que al final se comportó como un agresor fuera de la ley y de toda referencia de convivencia. http://politica.elpais.com/politica/2016/07/11/actualidad/1468237015_283062.html

Los hombres se presentan como solución al problema que generan los propios hombres (como el conductor del autobús que decide no estrellarlo), y en todo ese entramado social muchas mujeres quedan sometidas al control social de las apariencias y la reputación, y al control material de los hombres.

Muchos hombres preferirían que las mujeres permanecieran sentadas alrededor de la plaza del pueblo, y que fueran ellos los que se acercaran a “sacarlas a bailar”, como ocurría antes y aún sucede en algunos lugares, pero hoy la libertad no es sólo de los hombres.

Lo que sucede en las fiestas sólo es la consecuencia de lo que ocurre cada día en la sociedad. Acabar con el machismo y sus violencias no se consigue con puntos de información, aunque por desgracia hoy sean necesarios, sino con políticas y acciones decididas y continuadas en el tiempo. Pero también es fundamental que el resto de los hombres nos posicionemos contra los machistas, su violencia y su posmachismo, ellos actúan en nombre de los hombres y defendiendo su idea de masculinidad, y nosotros no podemos permitir que nos utilicen para que ellos mantengan sus privilegios a través de la injusticia, los abusos y la violencia.

 

Guerra

GUERRA-Tanques desiertoSorprende la facilidad con la que algunos presidentes recurren a la idea de guerra para librar batallas eternas, y lo mucho que cuesta declarar la paz para librarla cada día en la convivencia. No son conscientes de que una guerra nunca se gana, solo se pierde más o menos; y que, por el contrario, con la Paz en Igualdad se gana siempre.

Sucedió con George W. Bush tras los atentados del 11S de 2001 y su famoso “América en guerra”, y vuelve a ocurrir ahora con Francoise Hollande ante los terribles atentados terroristas que se han cometido en Francia en nombre del Estado Islámico.

Hablar de guerra contra quien utiliza esa misma idea para justificar sus ataques terroristas, y de ese modo elevar el sentido de su reivindicación para tener a su lado a una parte del pueblo frente a un enemigo común, es un error. Lo único que se consigue al hacerlo es darle la razón en sus argumentos que hablan de que “occidente está en guerra contra el Islam”, y elevar su imagen y reconocimiento (propio y ajeno), hasta el mismo nivel que el país atacado con sus atentados.

Las definiciones y el concepto de “guerra” son claras en ese sentido, desde la RAE hasta Instituto de Investigación de la Paz Internacional de Suecia, insisten en que una guerra es una lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación.

Hablar de guerra tras los ataques del 11S de 2001 en Nueva York y Washington DC supuso elevar a la condición de ejército a todas las células de al-Qaeda y nombrar a Ben Laden jefe mayor de “su ejército”. Y hacerlo ahora tras los atentados que recorren la Unión Europea supone, de igual forma, integrar a cada uno de los terroristas que de manera individual decide llevar a cabo un ataque (con una mayor o menor coordinación y con más o menos vínculos con el Estado Islámico a través de las redes), en un ejército común, además de contribuir a su propaganda y facilitar la llamada al alistamiento de otros “soldados” a través de cada uno de los actos criminales. Aunque sea la primera y la última acción que lleven a cabo, al final lo habrán hecho como miembros de ese “ejército en guerra”

La necesaria respuesta policial y judicial, y el imprescindible trabajo de inteligencia con el apoyo militar que exijan las circunstancias, no deben esconderse tras un enunciado de guerra que no va a mejorar la respuesta democrática, y sí, como apuntaba, cohesiona y une las “filas” dispersas y fragmentadas de los terroristas con ese mensaje de que todos forman parte del mismo ejército para atacar al Occidente enemigo.

El dolor, la rabia y la sensación de impotencia ante cada uno de los atentados y ante la amenaza de los que se puedan volver a producir, no debe hacer caer a las democracias en manifestaciones que potencien el mensaje de los terroristas. El ejemplo lo tenemos en lo ocurrido con EEUU y su declaración de guerra por parte de su Presidente, George W. Bush. Desde que habló de la “Guerra contra el terror” no sólo no ha logrado disminuir el terrorismo yihadista, sino que se ha producido un importante aumento del número de atentados y una transformación hacia lo individual y lo “artesanal” para adaptarse a las nuevas circunstancias.

Si no se trabaja por la paz y la convivencia con la “artillería pesada” de la palabra y los “bombardeos de las acciones” de diálogo, lo más probable es que al final la deriva sea más grave, tanto por la radicalización de los entornos terroristas, como por la presión que ejercen los grupos de ultraderecha a la hora de dar significado a los atentados al presentarlos como acciones de guerra. Si la dinámica continúa bajo esas referencias, se puede entrar en un ciclo de violencia que lleve a responder ante los atentados con “todo lo permitido de la guerra” en lugar de con justicia, y que esa respuesta se vea como una nueva razón por parte del yihadismo para justificar otros ataques y estimular el alistamiento de más jóvenes; lo cual, a su vez, conduciría a justificar el uso de la violencia ejercida por parte de los sectores más conservadores, y a reclamar un aumento en el grado de la fuerza ante la ineficacia del utilizado hasta ese momento. El ciclo de violencia puede ser interminable.

La dinámica de la violencia conduce a más violencia, bien de carácter inmediato o tras un periodo de tiempo. Muchos pensarían que tras “la lección dada con la Guerra de Irak” en 2003 se acabaría el terrorismo yihadista, pero después vino el 11M de 2004 en España, y tras él nuevos atentados en Londres en 2005, después en Francia, luego en Bélgica, ahora en Alemania durante estas últimas semanas. ¿Alguien cree que hablar de “guerra” va a resolver esta situación?

Por el contrario, la Justicia, aunque recurra al uso legítimo de la violencia contra los violentos, generará convivencia dentro del marco democrático. No tiene sentido que ayudemos al desarrollo de muchos de los países desde los que actúan los terroristas en cuestiones económicas, energéticas, en infraestructuras y comunicaciones… para que nuestras empresas se beneficien, y que no lo hagamos en términos de convivencia y respeto a los derechos humanos. Lo mismo que tampoco es muy lógico que los autores de la mayor parte de los atentados en la UE y en EEUU sean jóvenes nacidos y educados en los mismos países que luego atacan. Si la propaganda terrorista que lanzan por las redes es capaz de superar a la educación recibida, quiere decir que esta ha sido deficitaria.

Jugar a la guerra de niños puede ser cuestionable, hacerlo de mayores y con un país detrás es inadmisible… Los armisticios que hoy se firman tras la última batalla son declaraciones de “guerra” para el futuro desde el punto de vista terrorista. No puede haber terrorismo en el tiempo sin apoyo social y político, por eso hay que trabajar para construir la Paz sobre la convivencia y los derechos humanos, no sólo declararla.

La Paz en el aire puede ser una respuesta, como cantaba Bob Dylan, pero si no toca la tierra de la realidad, también será un objetivo de un misil tierra-aire de los terroristas que quieren la guerra.

 

El “señoritismo”

SANTOS INOCENTESCon frecuencia se habla de “populismo”, pero nunca de “señoritismo”. 

Definir la realidad según la interpreta quien ocupa las posiciones de poder permite describirla de manera interesada a sus necesidades y conveniencia, y de ese modo perpetuar la desigualdad y las ventajas que les proporciona. El resultado es muy variado y diverso, lo hemos visto, entre otros escenarios, en las pasadas elecciones.

Durante este tiempo hemos oído calificar de “populismo” todas aquellas propuestas que tienen un impacto directo, casi inmediato, sobre cuestiones y problemas que afectan a quienes cuentan con menos recursos y oportunidades para afrontarlos, especialmente si la propuesta, además, impacta en quienes ocupan las posiciones de poder y reconocimiento en nuestra sociedad. El mensaje que se manda con esa consideración “populista” suele ser doble: por un lado la imposibilidad de llevarla a cabo, y por otro la inconveniencia o inoportunidad de hacerlo, dadas las consecuencias negativas que tendría para el “sistema”.

De este modo la crítica es doble, por una parte sobre su mentira, y por otra sobre el hipotético daño que ocasionaría en caso de que se pudiera realizar, de ahí que la consecuencia inmediata sea presentar al populista como “mentiroso y peligroso”. A partir de ese momento ya no hace falta ningún otro argumento, se desacredita a la fuente por “populista” y se evita tener que contra-argumentar sobre lo propuesto, o tener que plantear iniciativas que resulten más prácticas o interesantes para la sociedad. Y quien actúa de ese modo es, precisamente, quien dispone de más medios y recursos para sacar adelante múltiples iniciativas para abordar las cuestiones que intentan resolver las propuestas consideradas “populistas”.

El populismo queda de ese modo identificado como el espacio al que recurren quienes no tienen la capacidad, la preparación o la responsabilidad para actuar con “sentido de Estado” y en nombre del “bien común”, y sólo lo harán en busca del interés personal, incluso sin importarle destruir el Estado si fuera necesario. El populismo, por tanto, no es sólo la propuesta puntual, sino que además se convierte en el espacio donde situar cualquier medida que actúe contra el orden social establecido sobre las referencias de una cultura desigual, machista y estructurada sobre referencias de poder levantadas a partir de determinadas, ideas, valores y creencias.

Nadie cuestiona ese orden dado como un contexto interesado que carga de significado a la realidad, cuando en verdad actúa de modo similar al espacio considerado como “populismo”, pero a partir de las ideas, valores, objetivos e intereses de quienes han tenido la posibilidad de decidir en su nombre qué era lo que más interesaba al conjunto de la sociedad, haciendo de sus posiciones la “normalidad” a través de la cultura. Y del mismo modo que se ha identificado con “lo del pueblo” aquello que de alguna manera se considera contrario al orden establecido, hasta el punto de considerarlo “populismo”, deberíamos aceptar como “señoritismo” el espacio y las referencias dadas en nombre de la cultura jerarquizada y desigual que define posiciones de poder sobre el sexo, las ideas, la diversidad sexual, el grupo étnico, las creencias, el origen, la diversidad funcional… Un “señoritismo” que juega con una imagen opuesta al “populismo” al presentar sus iniciativas como las únicas capaces de resolver los problemas, por ser propuestas y desarrolladas por personas preparadas y responsables. De ese modo se defiende la élite operativa y la esencia ideológica.

Las consecuencias son muy amplias y diversas, puesto que hablamos de la normalidad y la cultura, pero centrándonos en lo ocurrido en las elecciones, no sólo en estas últimas del 26J, pero sí sobre algunas de las cuestiones que se han planteado tras sus resultados, podemos ver cómo actúa el juego entre “populismo” y “señoritismo”.

Subir los impuestos a quienes más tienen y se aprovechan de la legislación para cotizar menos, cuestionar la precariedad laboral, pedir una educación y una sanidad públicas y de calidad, hablar de dependencia, exigir medidas contra la violencia de género, reclamar medios contra la corrupción… todo eso es populismo. En cambio, mantener un sistema fiscal que ahoga a clases medias y bajas, facilitar el desarrollo de la sanidad y la educación privada, incluso con segregación en las aulas, olvidarse de las personas mayores y dependientes más allá de la caridad, recortar los recursos para erradicar la violencia de género, permitir que la corrupción se resuelva por medio del olvido… todo ello no se considera “señoritismo”, aunque es reflejo de ese orden de ideas y valores en armonía con la parte conservadora que la propia cultura defiende como esencia de presencia y continuidad.

Y no sólo es que las políticas conservadoras y tradicionales no se ven como algo ajeno a la propia normalidad y cultura, sino que, además, cuando son descubiertas como algo contrario al interés común y cuando sus resultados son objetivamente negativos, la posición de quien las lleva a cabo y el significado que se les da no adquiere el nivel de rechazo y exigencia de responsabilidad, por haber sido realizadas por quienes tienen una cierta legitimidad para actuar de ese modo, y porque quedar integradas dentro de otras medidas y políticas que presentan como positivas para la sociedad y el sistema.

El ejemplo de esta situación lo tenemos en lo que ocurre cada día en muchos pueblos. Cuando el “señorito del pueblo” o un empresario se levanta a las 12 del mediodía y se va directamente a tomarse un vino al bar de la plaza del pueblo, nadie lo cuestiona porque se entiende que esa conducta forma parte de su condición, algo que no aceptarían en un trabajador. Algo parecido sucede, por ejemplo, ante las críticas a algún mensaje lanzado por representantes de la Iglesia (rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo, propuestas de salud sexual y reproductiva, impuestos que no paga…), que se consideran como un ataque a la libertad religiosa, pero cuando desde la Iglesia se cuestiona la política y se llama a la desobediencia civil a las leyes de Igualdad, se dice que es libertad de expresión.

Cada cosa tiene un significado diferente dependiendo de lo que afecte al modelo pero, además, si las propuestas coinciden con él son consideradas propias y adecuadas, y por tanto, no cuestionables ni motivo para exigir responsabilidad a quien las haga por entenderlas como parte de ese contexto de “señoritismo”.

Y no es que se acepte el resultado negativo cuando se produce, pero no se entiende con la suficiente entidad como para cuestionar al contexto o al partido político que la lleva a cabo. Es lo que hemos visto con los casos de corrupción en el PP, que no les pasa factura electoral por entender que son “cosas que suceden donde se mueve mucho dinero” y que “no es un problema del modelo de organización, aunque haya sido permisivo y ausente, sino de unos pocos que lo han traicionado”.

Esa valoración y justificación es imposible en otros partidos y contextos en los que los casos de corrupción no forman parte de las posibilidades que les otorga el reconocimiento de su normalidad. Es lo del señorito del pueblo y el trabajador, si un trabajador se levanta a las 12 y se va al bar de la plaza a tomarse un vino es considerado un gandul o un borracho, algo que nunca se dirá del señorito.

¿Alguien ha hablado en esta legislatura de los coches oficiales, del número de asesores de Moncloa, del inglés de Rajoy, de la ropa o las parejas de las ministras del Gobierno, de las colocaciones de los ex-ministros, como por ejemplo Wert en Paris…? Todo eso forma parte del “señoritismo”, y mientras no se modifiquen las referencias de una cultura desigual y machista, una gran parte de la sociedad siempre será condescendiente con el poderoso, con sus ideas, valores y creencias que configuran el “señoritismo”.

 

La trampa del odio fragmentado

LOVE-HATEFragmentar el odio es una razón más para que continúe.

La necesidad de conocer a veces choca con la necesidad de creer, y con frecuencia ante un conflicto entre la creencia y el conocimiento se tiende a dar prioridad a la creencia, puesto que esos sentimientos y valores impregnan la propia vida y la identidad de quien se enfrenta a la elección y, en consecuencia, su posicionamiento ante la realidad.

El conocimiento, por su parte, sitúa a la persona ante el escenario habitual con algunos elementos nuevos producto de ese saber, como si se hubiera enfocado mejor la lente con que se mira, pero sin cuestionar a la persona, tan sólo a ese entorno a partir de los nuevos elementos adquiridos.

La manera de evitar gran parte de los conflictos y de no tener que posicionarse ante cada situación, es adoptar una especie de automatismos a partir de la experiencia individual y las referencias sociales, y asociar determinados elementos independientes como parte de una sola realidad que la cultura presenta como adecuada, correcta o armónica con los valores que defiende. A la postre, las personas incorporan una especie de “packs” o elementos comunes según su posicionamiento ante determinadas cuestiones, como si fuera una especie de lista cerrada en la que los márgenes de elección en la práctica se reducen bastante.

En teoría cualquier asociación es válida y hay libertad para hacerla, pero en la práctica resulta muy difícil. Primero porque la referencia social y cultural no presenta como adecuadas o correctas determinadas combinaciones, y en segundo lugar, porque si se realizan sin esa aprobación social se produce una crítica por parte del entorno, cuando no un rechazo directo.

Y sucede con los aspectos más superficiales y más nucleares, con frecuencia nada más ver a una persona y escuchar cómo se posiciona ante uno tema como la inmigración, los desahucios, el matrimonio homosexual… ya se puede deducir cuál será su posición sobre el resto de ellos. Sus principios e ideas están reforzados por una serie de valores y referencias culturales, y con frecuencia apoyadas por las religiones que defienden ese mismo orden, de ahí ese posicionamiento encadenado frente a temas diversos.

Todo ello es consecuencia en gran medida de la ideología, es decir de la forma en que las personas organizan las ideas y valores sobre cómo debe organizarse la sociedad; una ideología teóricamente propia que cuenta con un componente externo basado en la identificación con otras personas, ideas y valores que comparten una misma forma de ver y entender la realidad. Lo que define a las ideologías es la estructuración de las ideas sobre lo que es su modelo de organización social, los elementos comunes con otras personas, ideas y valores, el grado de tolerancia hacia otras ideologías, y el grado de compromiso emocional que se espera y exige a quien se identifica con ellas. Como muy bien sabemos, no todas las ideologías son iguales en sus ideas, valores, tolerancia y compromiso exigido.

El machismo es la ideología de las ideologías, es la propia cultura que lo impregna todo, desde la identidad hasta las referencias que condicionan la realidad y permiten darle un significado u otro según interese. El machismo no es una cuestión entre hombres y mujeres, ahí es donde se manifiesta con especial intensidad por ser el origen de esa cultura, y por haber organizado la sociedad tomando su modelo de familia como núcleo, pero va mucho más allá y siempre con el hombre y lo masculino como referencia y en posesión del poder para influir, premiar y castigar según el grado de ajuste al modelo.

Y todo ello exige una identidad masculina basada en la heterosexualidad, para de ese modo estar cerca y dominar a las mujeres, garantizar su unión en familias tradicionales, y mantener el control sobre el sometimiento a las referencias culturales y el uso de la violencia en caso de que se aparten de ellas.

El machismo impone la identidad masculina sobre esas referencias de poder, y la heterosexualidad es una parte nuclear de la misma. Actúa como un doble referente simbólico que da fuerza a la construcción social y a la individual de cada uno de esos hombres: el hombre como reproductor del machismo, y el machismo como ese hombre modelo. Y ese diseño tiene sus recompensas, pues la propia organización social basada del machismo establece una estructura jerarquizada con una serie de características en términos de privilegios, beneficios y ventajas, entre ellos, por ejemplo: ser hombre tiene más valor que ser mujer, ser heterosexual más que ser homosexual o cualquier otra opción dentro de la diversidad sexual, ser del grupo étnico mayoritario, más que ser de otro grupo, ser nacional, más que ser extranjero, compartir la ideología dominante (machista), más que no compartirla, profesar la religión predominante, más que no hacerlo… y así podríamos continuar.

Y mientras que algunas de esas características son circunstanciales, y por tanto modificables, como ocurre con ser extranjero, de una determinada religión, incluso de un determinado grupo de población… y podrían cambiar sólo con trasladarse a otro país; otras de ellas forman parte de la esencia y de la identidad de los hombres construida por la cultura machista, y no varían en ningún lugar. Estos elementos esenciales son la posición de superioridad de los hombres respecto a las mujeres y la heterosexualidad, pues representan el pilar sobre el que se ha levantado la cultura patriarcal. De ahí que también nos podamos referir a la cultura patriarcal como “heteropatriarcado”.

Cuando se es machista se comparten el resto de los elementos culturales que vinculan la ideología a la condición de “ser machista”, algo que incide especialmente en los hombres por su papel simbólico y guardián. Por lo tanto, desde el punto de vista práctico, el machista es homófobo y muestra su odio al resto de las diferentes opciones de la diversidad sexual (LGTTIBQ), es racista, es xenófobo… y así con el resto de elementos asociados a una identidad distinta a la suya. Porque el machista no sólo los considera diferentes, sino que además, y sobre todo, los considera inferiores. Otra cosa es cómo cada machista manifiesta esos rechazos según su experiencia, contexto, oportunidad, redes, relaciones…

El machismo y su cultura ha creado ese odio común hacia todos los que no se ajusten a sus referencias en cada contexto social concreto. Mientras que ellos son sólo uno con su cultura homogeneizada, el resto son “muchos y pocos” al mismo tiempo. Los presentan como muchos al hablar de amenaza y pocos al dividirlos en grupos separados e inconexos (mujeres, homosexuales, extranjeros, de otro grupo étnico, con otras creencias…) para que no se perciba la crítica común al machismo. Es parte de su “divide y vencerás”.

No podemos caer en su estrategia cuando fragmentan el odio como si fueran cuestiones independientes y a cargo de personas distintas en su ideología, cuando en realidad todas tienen en común la ideología del machismo.

¿Ustedes creen que el hombre que maltrata a su mujer respeta a un homosexual, creen que quien odia a los negros acepta la igualdad entre hombres y mujeres, creen que quien ataca a otras religiones respeta a las mujeres que su religión discrimina y a los homosexuales que no acepta?…

Todo forma parte de la identidad machista y del rechazo a quien la propia cultura sitúa como diferente y como inferior. El atentado en Orlando contra gays y lesbianas fue un crimen machista, como lo ha sido el asesinato de la diputada laborista Jo Cox, y como lo son otros tantos bajo los dictados de ese machismo hecho cultura.

No debemos caer en la trampa de la fragmentación ni dejarnos atrapar por los argumentos que tienden a contextualizar y dividir las expresiones del odio, para así ocultar los elementos comunes de una cultura que está en todos ellos. Y no debemos hacerlo en una época en la que dos de los elementos de las ideologías se están acentuando de manera interesada por parte del poder que nace de la cultura patriarcal, por un lado el grado de rechazo a otras ideologías, y por otro, el nivel de compromiso emocional e implicación exigido a quienes forman parte de la ideología machista. Ambos elementos están aumentando a través de las palabras y de los hechos, y su consecuencia es clara y directa: Un incremento del odio y la violencia.

Si caemos en la trampa y fragmentamos el odio común (machismo) en sus diferentes formas de expresión (misoginia, homofobia, racismo, xenofobia…), el odio continuará y la cultura machista con él.

 

El machismo como deporte olímpico

GOL-CELEBRACIONDe nuevo la realidad nos sitúa ante la paradoja de tomar por cierto lo que interesa y no lo que en verdad sucede. Lo hemos visto con claridad estos días.

El sábado (11-6-16) tras el partido de la Eurocopa entre Inglaterra y Rusia se produjo un enfrentamiento entre las “aficiones”, es decir, entre hombres aficionados de cada uno de los equipos, y uno de ellos resultó gravemente herido, algo sin duda terrible. Ese mismo día (sábado 11-6-16) una mujer fue asesinada por el hombre con quien compartía una relación de pareja en Badalona. A la mañana siguiente (domingo 12-6-16) todos los periódicos y las portadas de los digitales recogían la noticia del aficionado ruso en “estado crítico” y ninguno la información sobre la mujer asesinada.

Ningún aficionado de ninguna selección ni equipo alguno ha sido asesinado en Europa en estos cinco meses y medio de 2016, en cambio, sólo en España, 23 mujeres lo han sido por los hombres con quienes compartían una relación de pareja. A pesar de ello, la información se acerca a los dos problemas de manera muy distinta y al margen de cualquier criterio periodístico. Por un lado, no lo hacen bajo el argumento de la actualidad, puesto que los dos hechos ocurrieron el mismo día, y por otro, desprecian la gravedad y trascendencia como criterio relevante, ya que uno de los hechos es un homicidio y el otro lesiones graves, y el primero se trata de la mujer número 23 asesinada por el machismo, y el segundo la primera agresión ocurrida en un enfrentamiento puntual. Y mientras que el contexto de riesgo de esta última situación acabará el día 10-7-16 con la final de la Eurocopa, la violencia de género continuará mes a mes.

Proteger a los hombres de otros hombres, especialmente en ambientes masculinos como es el deporte en general y el fútbol en particular, parece una necesidad, en cambio, proteger a las mujeres de los hombres, especialmente en el ámbito de las relaciones de pareja y familiares, no lo es; más bien lo contrario, porque hacerlo supone cuestionar la propia construcción cultural de las masculinidad y las relaciones que se establecen en su “hombre”, perdón, en su nombre (en qué estaría pensando).

Sólo hay que ver las reacciones que desde el mundo del deporte, los medios de comunicación y la propia sociedad se producen ante los hechos violentos alrededor del deporte y del fútbol. Sucedió con Jimmy, el aficionado del Deportivo de la Coruña asesinado en las inmediaciones del estadio Vicente Calderón el 30-11-14, (http://www.huffingtonpost.es/2014/11/30/atletico-depor_n_6242940.html) y ocurrió con Aitor Zabaleta, seguidor de la Real Sociedad asesinado en el mismo lugar el 9-12-98 (http://elpais.com/diario/1998/12/09/deportes/913158001_850215.html). Todos los medios recogieron los hechos y plantearon un debate alrededor de la violencia en el fútbol, sin duda necesario, pero sorprendente ante el silencio, la pasividad y la distancia que toman ante la violencia de género, la cual sólo abordan cuando se trata de homicidios, cada vez menos, como vemos en las noticias de hoy, y con frecuencia con informaciones cargadas de estereotipos.

Dos aficionados al fútbol asesinados en 16 años han supuesto una movilización mediática y socia, sin embargo, más de 1000 mujeres asesinadas en ese mismo periodo de tiempo, aún levantan recelos y distancia a la hora de abordar el problema del machismo y la violencia de género desde el punto de vista mediático, social y político.

La actitud es la misma que adopta la UEFA ante el racismo y su campaña que cada año y en cada campo desarrolla bajo el lema “Stop racismo”, sin duda necesaria, pero muy alejada de un problema mayor, como es el sexismo y su violencia de género. En Europa, según los datos de Naciones Unidas a través de UNODC, cada año son asesinadas 3300 mujeres por sus parejas o exparejas, una cifra muy superior a las muertes por racismo. Y esos homicidios sólo representan la punta del iceberg de una violencia de género que sufren 13 millones de mujeres cada año en la UE, tal y como recoge el último informe de la Agencia de Derechos Fundamentales (2014).

A la UEFA le preocupa que algunos aficionados imiten el sonido de los simios ante algunos jugadores de color, pero parece que no tanto que millones de hombres griten y agredan a sus mujeres, muchos de ellos sentados habitualmente en las gradas o ante los televisores donde contemplan los mensajes de “Stop racismo”, pero sin oír ni ver nada sobre “stop machismo”; que, por cierto, sería el primer mensaje para erradicar también el racismo, la homofobia, la xenofobia… y tantas otras violencias construidas desde la posición del hombre blanco, nacional, heterosexual…

Y no es casualidad tampoco. Sé por mi experiencia como Delegado del Gobierno para la Violencia de Género en el Ministerio de Igualdad, lo difícil que es implicar al mundo del fútbol en campañas contra la violencia de género, todo son excusas y referencias a la “pendiente resbaladiza” del, “es que si lo hacemos con esto, tendríamos que hacerlo con lo otro, y si lo hacemos con lo otro…” Al final no lo hacen con nada y tan tranquilos, mientras las mujeres son agredidas y asesinadas por muchos de los hombres que escuchan y ven toda la publicidad que gira alrededor de cada competición, mucha de ella claramente sexista.

Quizás deberíamos solicitar que el machismo fuera deporte olímpico, de ese modo muchos hombres verían cubierto su narcisismo y aumentado su ego al ser ellos quienes ganaran siempre las medallas de oro en sus diferentes competiciones, y es posible que, de ese modo, las autoridades y los medios de comunicación se preocuparan de las consecuencias de ese “deporte” dentro y fuera del campo. Y quizás también pondrían más atención sobre las mujeres discriminadas, abusadas, agredidas y asesinadas por esos “machistas olímpicos” de cada día.

Lo dicho #machismodeporteolímpico ya.

 

¿Es machista Dios?

IGLESIA-LUZSabemos que le Iglesia es machista, pero ¿y su Dios?

Las religiones monoteístas, y en el especial la cristiana, presentan a Dios como una abstracción caracterizada por la bondad, la comprensión, la sabiduría, la presencia… y con la capacidad de incidir sobre la realidad de forma directa o indirecta para contrarrestar desde el bien toda la influencia negativa del mal, de ahí su identificación con el “Todopoderoso”.

Y la Iglesia se muestra a sí misma como la representación de Dios en la Tierra, gestora e intérprete de su palabra y voluntad para que las personas sigan el camino trazado como forma de llegar hasta él.

Del mismo modo que alguien puede dudar sobre si Dios existe y se hizo hombre, de lo que no hay duda es de que la Iglesia es real y está formada y dirigida por hombres, y que por ello la palabra divina adquiere el tono, la gravedad y el significado de lo que sus hombres interpretan. Cuando las manifestaciones, cada vez más frecuentas y graves, de cardenales, arzobispos, sacerdotes y obispos, es decir, de los portavoces de la palabra de Dios, insisten sistemáticamente en su crítica a la Igualdad y a las políticas e iniciativas que buscan promocionarla y corregir la desigualdad, y en especial contra algunas de ellas, como el matrimonio entre parejas del mismo sexo y todo lo relacionado con el género, lo que hacen es presentar a un Dios machista y homófobo, no sólo a una Iglesia con esas características.

Y lo grave es que esa misma Iglesia de palabra divina y humana ha callado la desigualdad histórica que ha llevado a la pobreza y a la exclusión, a la violencia de género, a la discriminación y al abuso, y con ello ha reforzado una cultura construida sobre valores e ideas que necesitaban sustentarse en esas creencias para elevar sus propuestas hasta la divinidad. Ante todo ello lo único que ha dicho ha sido aquello de “resignación cristiana”, “compasión y limosna”, y “bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de Dios…”, sin llamar la atención con rotundidad a los ricos abusadores, a los maltratadores, a los explotadores… más allá de la reincidente confesión y del perdón liberador. Esta situación demuestra que la actitud de la Iglesia no es casualidad, y que forma parte de esa construcción patriarcal que utiliza un Dios machista y homófobo para darle trascendencia, significado y sentido a la realidad más allá de lo material y lo humano. De se modo se deja para la otra vida cualquier posicionamiento en términos de justicia, y todo continúa bajo el machismo de la ley de los hombres.

Y no creo que deba ser así.

Con sólo lo que he podido observar a lo largo de mi vida, he comprobado cómo la Iglesia ha cambiado hacia posiciones mucho más rígidas e intransigentes con todo aquel o aquello que no comulgue con sus ideas, cómo ha abandonado el terreno de la fe para invadir lo político, y de cómo ha dejado púlpitos y homilías para meterse en los telediarios, y no precisamente para hablar de la fe y las creencias.

La Ministra Bibiana Aído fue muy clara cuando en pleno debate sobre la reforma de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, respondió a las críticas que se habían hecho por parte de algunos obispos, y comentó: “La Iglesia podrá decir lo que es pecado, pero no lo que es delito”. Y así debe ser, a ella le corresponde decir lo que desde el punto de vista de la religión católica se considera bien o mal, y adoptar las medidas religiosas consecuentes a sus planteamientos, pero la ley es competencia del Parlamento.

No todo está justificado en nombre de Dios, y la llamada de Monseñor Cañizares (http://www.huffingtonpost.es/2016/05/30/canizares-desobedecer-leyes_n_10209644.html) a la desobediencia de la ley democrática en nombre de un Dios que presentan como machista y homófobo, además hace que se convierta en un Dios tirano, algo que no debe ser permitido por la propia Iglesia.

El silencio del resto de la jerarquía y de muchos de sus fieles, la mayoría de los cuales no comparten esas manifestaciones ni ideas, tiene consecuencias. Las tiene dentro, con unos templos cada vez más vacíos, y las tiene fuera, porque muchos hombres violentos justifican en nombre de Dios su machismo, su homofobia ampliada a la “LGTB-fobia” y la violencia ejercida bajo esas razones.

El silencio es acción cuando ampara posiciones y conductas que continúan bajo él. Y las palabras cargadas de odio son acción, por eso también deben ser rechazadas y criticadas con acciones claras desde dentro de la misma Iglesia, de lo contrario se entenderá que es toda ella quien las comparte y quien calla.

Y lo más triste, conseguirán que Dios, ese Dios al que ellos ponen voz, no se entienda como amor, ni sabiduría, ni presencia…