Masculinidad y violencia

El 95% de los homicidios del planeta son cometidos por hombres (ONU, 2013), el 93’2% de las personas en prisión son hombres (WPL, Universidad de Londres, 2018), el 75% de los suicidios son llevados a cabo por hombres (600.000 cada año)… Son ejemplos que reflejan una realidad objetiva que indica que “la violencia es cosa de hombres”.

Sin embargo, a pesar de esa evidencia, la respuesta de una sociedad androcéntrica ha ido dirigida a desviar la mirada de la realidad para ocultar ese protagonismo de los hombres en la violencia. Y lo ha hecho con dos argumentos contrapuestos, por un lado, afirmar que la violencia es multicausal, y por otro, reduciendo la violencia al peso de la biología bajo la influencia de la testosterona.

Y resulta llamativo, porque cuando se habla del protagonismo de los hombres en la creación literaria o en las grandes obras de arte, nadie dice que la creatividad, escribir o pintar son conductas multicausales. Todo lo contrario, se entiende que la amplia y variada “condición masculina” da para eso y para mucho más, y se rechaza que haya habido un sesgo en la crítica literaria, ni discriminación alguna de las mujeres para que no aparezcan en los grandes museos y catálogos. Todo obedece, según se dice, a esa mayor capacidad masculina.

Con ese tipo de argumentos y razonamientos lo que pretende el machismo es hacer desaparecer la voluntad de los hombres en el uso de la violencia, y en la creación de las circunstancias adecuadas para su utilización. De ese modo, dejan a los hombres como si fueran hojas flotando en el vendaval de los acontecimientos, para que luego se posen en la violencia como consecuencia de los elementos de esa multicausalidad, no de su voluntad. Sería como decir que la decisión de una persona al acudir a un restaurante con una estrella Michelin y pedir su plato favorito, en lugar de ser producto de la voluntad y decisión de quien lo hace, es la consecuencia del proceso de deglución, digestión, absorción y metabolismo. Nadie niega que todos esos procesos intervengan cuando alguien ingiere alimentos, sea en un restaurante de lujo o en uno de comida rápida, pero la decisión de ir a uno u otro lugar y pedir un plato u otro, depende de la voluntad.

Con la violencia que ejercen y protagonizan los hombres se actúa de modo similar; por una parte, se fragmenta entre los diferentes elementos que intervienen en la conducta (biológicos, psicológicos, ambientales…) y por otra, se esconde entre los procesos que forman parte de la neurofisiología o del contexto, para que desaparezca voluntad y todo quede como una especie de determinismo en algunos hombres, o como consecuencia de un escenario que esconde la intencionalidad.

Pero los datos son claros y la realidad muy nítida: los hombres protagonizan la violencia en cualquiera de sus formas y a lo largo y ancho de todo el planeta, y la ejercen contra otros hombres y contra las mujeres. El análisis debe partir de este hecho objetivo para avanzar en el estudio del resto de elementos que influyen en una conducta multicausal, como es la violencia, no perderse en las circunstancias teóricas.

La Universidad de Granada inicia un MOOC (Massive Open Online Course) gratuito, donde se analiza esta realidad de la violencia y el protagonismo de los hombres, y lo hace integrando las teorías biologicistas sobre la violencia en sus diferentes planos (genético, humoral, neurológico, psicológico, psiquiátrico…), y las teorías ambientalistas centradas en los elementos sociales y culturales que influyen en los contextos donde se desenvuelven las personas que recurren a la violencia.

Pero también se analiza la violencia como conducta, no sólo como resultado, y todos los elementos que le dan sentido como parte de una decisión elaborada desde una posición determinada y dirigida a lograr unos objetivos concretos, no como una especie de pérdida de control o accidente, como con tanta frecuencia se presenta.

En este sentido, el concepto de “violencia racional” desarrollado por Maxim y Whitehead, refleja esa construcción voluntaria e interesada de las conductas violentas, las cuales pueden verse facilitadas por diferentes factores y elementos de cualquiera de los dos grandes grupos comentados, el biologicista y el ambientalista. En el curso también se analiza esa instrumentalidad y “utilidad” de la violencia, y cómo su resultado encaja en un sistema social que integra los “beneficios de la violencia” en los propios circuitos de la sociedad. No hay una economía, ni un mercado, ni unas finanzas propias para canalizar las grandes sumas de dinero que se obtienen a través de la violencia criminal, todo se integra en mismo sistema androcéntrico liderado por hombres a nivel formal, y en el que son principalmente hombres quienes entienden que la violencia es un recurso válido para resolver problemas y conflictos, y con ello obtener beneficios de diferente tipo.

Esa congruencia entre el modelo de sociedad androcéntrico y la conducta individual de los hombres que recurren a la violencia para obtener beneficios y solucionar sus problemas, está relacionada con las referencias que establece la cultura para organizar la convivencia y articular las relaciones dentro de ella, así como con la definición de una identidad masculina en la que violencia se presenta como un recurso que refuerza la idea de hombre y virilidad.

En este sentido, el MOOC incide en esa construcción de la identidad masculina, y cómo esa doble referencia, violencia e identidad, es la responsable de una forma específica de violencia, como es la que se dirige contra las mujeres y las niñas a través de múltiples expresiones. 

El curso finaliza con un estudio sobre los elementos capaces de cambiar esta realidad a través de la transformación de la masculinidad, es decir, de esa idea de hombre que ve en la violencia una opción válida para resolver los problemas y, al mismo tiempo, sentirse más hombre, tanto por la sensación personal como la percepción de reconocimiento por el resto de las personas, especialmente otros hombres, que forman parte de la misma sociedad y cultura. La transformación debe ser cultural, pero han de hacerla las personas que forman parte de la sociedad, de ahí la importancia del posicionamiento individual.

El MOOC ha sido muy bien acogido a nivel nacional e internacional, y en el momento de escribir este artículo ya se habían matriculado más de 3400 personas. Además, quienes estudien en la Universidad de Granada pueden obtener el reconocimiento de 2 ECTS.

El plazo de matrícula finaliza el 16-noviembre-2020 a las 23’59 h.

“Culphabilidad”

Podría parecer un error ortográfico escribir “culpabilidad” con una hache intercalada, pero en verdad es el acierto de una de las estrategias que el machismo ha desarrollado para limitar el desgaste de su fortaleza, incluso cuando los muros se ven debilitados por las circunstancias.

“Culphabilidad” es la idea que recoge la habilidad que ha tenido el machismo en cualquier momento histórico, para resolver los problemas que lo cuestionan echando la culpa a las mujeres de todos los males. Unos males que son presentados como los males de los hombres y de toda la sociedad, por esa asociación que ha creado entre lo masculino y lo universal.

Empezó con el origen de la humanidad y la ambiciosa Eva, capaz de hipotecar el Paraíso hasta perderlo sin decirle nada al bueno de Adán, a pesar de deberle su existencia costal. Y a partir de esa génesis todo ha sido reproducción y supervivencia bajo el mismo marco de significado. Tanto que en nuestros días tenemos ejemplos actualizados de esa estrategia, y de cómo resulta eficaz, puesto que en una cultura levantada sobre la falacia de una desigualdad hecha normalidad, es más fácil creer en aquello que la justifica que enfrentarse a la realidad que supone tener que cuestionar la injusticia que la define.

Veamos algunos ejemplos de hoy.

Cuando después de siglos de invisibilidad y silencio el conocimiento y los estudios llevan a identificar la violencia de género en la pareja como una violencia diferente al resto de violencias interpersonales, y a sacarla del cajón de sastre de la llamada violencia familiar y violencia doméstica, la respuesta desde el machismo es que todo es parte de una manipulación por culpa de las mujeres, al haber creado estadísticas falaces por medio de denuncias falsas.

Si se aborda el terrible drama de la violencia sexual, que ha sufrido el 6’5% de las mujeres, aunque sólo se denuncia en el 8% de los casos (Macroencuesta 2019) y se condena en un 8% (Kelly, 2005), circunstancias que llevan a que la impunidad de los agresores sea muy elevada, se acude de nuevo al argumento de las denuncias falsas y de que las mujeres “provocan”, y se las vuelve a señalar como culpables.

Al hablar de suicidio y comprobar que a lo largo de toda la historia los hombres se han suicidado más que las mujeres en cualquier lugar del planeta, y que hoy el 75% de todos los suicidios son llevados a cabo por hombres, la respuesta que da el machismo es que los suicidios se deben a “divorcios abusivos” motivados por la Ley Integral contra la Violencia de Género y las denuncias falsas. Es decir, las mujeres son las culpables de los suicidios de los hombres.

Si salimos de la violencia, también las mujeres son culpables del paro de los hombres por su empeño en incorporarse al mercado laboral, dejando a los hombres y padres de familia sin posibilidad de cumplir con una de sus obligaciones, como es garantizar el “sustento de la familia”, tal y como marcan los cánones del machismo. Una situación que, además, lleva a otro mal, como es la renuncia al cuidado de los hijos, hijas y personas ancianas, que ahora se mueren en las residencias por la doble culpa de las mujeres: por renunciar a sus “obligaciones de cuidado”, y por su “8M”.

Y por supuesto que en esos cuidados y en la culpabilización de las mujeres no puede faltar la manipulación de los hijos e hijas para que rechacen al padre tras la separación que, según sus argumentos y tal y como hemos adelantado, se produce a través de denuncias falsas con el objeto de “quedarse con la casa, la paga y los niños”. Y para que no haya mucho que reflexionar ante esta culpa de las mujeres, han creado un concepto que permite resumir en una palabra todo el significado de lo que está ocurriendo bajo sus planteamientos machistas. Y del mismo modo que para los casos en los que una mujer mata al marido han creado el nombre de “viuda negra”, de manera que todo el mundo sepa la historia que hay detrás al llamar de esa forma a la mujer, en la separación han creado el concepto de “SAP” (“Síndrome de Alienación Parental”), para que cualquiera que lo escuche crea que el rechazo de los hijos e hijas al padre se debe a la manipulación de la madre, no a otras causas, entre ellas la violencia de género ejercida por el padre durante la convivencia.

La sociedad no sólo cambia para adaptar la visión androcéntrica a las nuevas circunstancias, sino que también se transforma gracias a la identificación de las trampas y estrategias del machismo, y a la adopción de iniciativas de todo tipo, desde las legales y formales hasta la concienciación, información y educación, para deshacer la normalidad falaz que ha impuesto. Y eso es lo que sucede ahora con la iniciativa del Ministerio de Igualdad para evitar que se use en la Administración de Justicia este falso síndrome que la ciencia no ha reconocido. El hecho de que haya científicos que lo avalen no le da validez científica, del mismo modo que hay científicos que están en contra de las vacunas o de las medidas sanitarias contra la pandemia, y no por ello tienen valor más allá de su opinión. 

Al final todo se sustenta en el mito machista de la maldad y perversidad de las mujeres. Si no existiera el mito cultural no sería posible el estereotipo individual en cada mujer que requiera su uso; sin el estereotipo no habría automatismo en la atribución de significado ante los hechos que decide el machismo; sin ese automatismo en el significado no habría justificación; sin justificación no habría aceptación; y sin aceptación no podría haber normalidad en toda esa injusticia que nace de la desigualdad.

Romper esa normalidad machista de la realidad exige la reflexión crítica que permita desprendernos de ella, por eso el machismo siempre ha tenido especial habilidad para presentarlo todo como parte de la culpabilidad de las mujeres. Es la estrategia de la “culphabilidad”.

“Super-Trump”

No, no me refiero al grupo de los años 70-90 Supertramp, sino a la idea que refleja el presidente Donald Trump a través de sus gestos, palabras e imagen.

Trump se cree un súper-hombre, y para ser un súper-hombre lo primero que hay que ser es macho y demostrar que una de sus principales cualidades es la fuerza. Sería como una especie de graduación con tres grandes niveles, primero se es hombre, después macho, y al final se llega a ser súper-hombre. No basta con ser macho y fuerte para ser súper-hombre, esos elementos se pueden conseguir potenciando los elementos que definen la masculinidad androcéntrica y, quizás, apuntándose a un gimnasio para reforzar los argumentos anatómicos masculinos. La superioridad que siente Trump y muchos otros súper-hombres exige unir la fuerza al poder para incidir sobre una realidad más allá de los elementos contrarios que se resisten sin que el resultado sea una fractura, y con un componente de sumisión mediante la aceptación del planteamiento impuesto, para que no se tenga que recurrir al uso de la fuerza y el poder a diario. Y cuanta más capacidad de influir se tenga, pues más súper-hombre se es; por eso Trump, como presidente de los EE.UU., se siente “el súper-hombre”.

Pero cuando se une la fuerza al poder hay otro elemento esencial en esa idea de superioridad, y es la de no demostrar debilidad. 

La debilidad está asociada a las mujeres y a lo femenino, y eso es algo contrapuesto al poder, por eso cualquier atisbo de debilidad, bien sea física o mental, conlleva un cuestionamiento de la hombría y del poder. Supone un descrédito de su condición de súper-hombre y su devaluación en la escala de masculinidad, porque el nivel de hombría alcanzado tiene que demostrarse en todo momento para mantenerlo, subir o bajar; no basta con que se haya demostrado lo hombre que se es, la clave está en demostrar que se sigue siendo. Esa es la parte esencial de la competitividad masculina y de la ausencia de un entramado afectivo sólido entre muchos grupos de hombres.

La forma sencilla demostrar la ausencia de debilidad femenina en un hombre es criticar y atacar a las mujeres, pero es algo que cualquier hombre puede hacer. A otros niveles se exige algo más, de ahí la reacción de Donald Trump ante su enfermedad por Covid-19.

Fue Trump quien inauguró durante la campaña de las elecciones anteriores el “machismo exhibicionista”, tan de moda en la actualidad, basado en la representación de la condición masculina, a veces de manera obscena, a través de los elementos que la definen: fuerza, poder, misoginia, odio a las personas que consideran inferiores (xenofobia, racismo, LGTBI-fobia…) y violencia a través de la fuerza o el poder que cada hombre pueda tener en su contexto particular.

Por eso lo ocurrido estos días y el comportamiento de Trump es muy significativo de cara a demostrar su superioridad. Si nos damos cuenta, se ha comportado como un soldado heroico que se lanza contra las filas enemigas a pecho descubierto. Veámoslo:

. No usa mascarilla ni elementos de protección porque se cree “especial” y más fuerte que los “débiles” que sí las utilizan.

. Su contagio se presenta como un balazo en la batalla.

. Desde el principio, con ese paseo en coche, manda el mensaje de que “no ha sido nada”.

. Después demuestra su superior naturaleza y fortaleza con un alta en 3 días.

. Y al final se presenta, a pesar de la gravedad de la situación social, como el héroe que pide volver al campo de batalla sin miedo alguno y dispuesto a continuar su lucha. 

Ni siquiera Rambo lo habría hecho mejor, al menos él decía lo de “no me siento las piernas, no me siento las piernas…Dios mío”.

Trump, como muchos hombres, confunde la imprudencia con el valor. Por eso nunca ven que gran parte de su poder viene dado por una sociedad que impide las alternativas por medio de la discriminación de las mujeres, y por la asociación de elementos negativos como la debilidad, la inseguridad, la duda, lo irracional… a lo femenino. Si los hombres no hubieran contado a lo largo de la historia con los privilegios que les da ser los protagonistas de los gobiernos e instituciones, de la economía y los mercados, de las finanzas y la educación; y si no hubieran tenido en sus manos una violencia contra las mujeres normalizada e invisibilizada, nunca habrían podido dominar a las mujeres ni construido una sociedad y una cultura sobre la desigualdad.

Y si Trump no tuviera todos los elementos de poder amparados por sus circunstancias, y utilizados desde un machismo exhibicionista que entiende que la condición es la que legitima la posición, no habría sido nunca el presidente de los EE.UU. 

Pero lo es porque el sistema está preparado para funcionar de ese modo con la implicación de una sociedad machista, que entiende que todo lo que representa Trump y los hombres como él en cada uno de sus niveles, es motivo de reconocimiento y confianza.

Ahora sí, cuando nos preguntamos por las crisis que se presentan como quiebras en el curso de los días, deberíamos preguntarnos, tal y como hacía el grupo Supertramp en su álbum de 1975, ¿“Crisis? What crisis”, por la otra crisis, la crisis existencial de una cultura de la desigualdad que reconoce el poder en los hombres que le restan derechos a las mujeres. Una crisis esta que ya dura 10.000 años sin que haya levantado una respuesta proporcional a su gravedad.

La “viuda negra”


Hoy (28-9-20) prácticamente todos los medios de comunicación hacen referencia al inicio del juicio de la “viuda negra”, y sólo con esa mención todo el mundo sabe de qué va el tema. Si hubieran dicho que comienza el juicio del “saltamontes verde” nadie sabría a qué se refiere el proceso, y tendrían que leer toda la información para averiguarlo.

La simple referencia a la “viuda negra” ya permite saber que se trata de “una mujer que ha matado a su marido”, sin presunciones y sin dudas, porque llamarla “viuda negra” es llamarla asesina. Basta que una araña, la Latrodectus mactans, según leo, que habita en una pequeña parte del planeta (EE.UU., México y Venezuela), mate al macho tras la cópula, para que cualquier mujer que asesine a su marido sea conocida por esas referencias.

Y llama la atención porque la violencia asesina de los hombres contra las mujeres ha estado presente a lo largo de toda la historia, y aún en el presente, según el último informe de Naciones Unidas (Global Study on Homicide 2019), el 82% de los homicidios en las relaciones de pareja son llevados a cabo por hombres contra mujeres, sin que se haya creado una referencia ni una metáfora que pueda identificar gráficamente y de manera directa a estos hombres asesinos, que actúan una media de 60 veces cada año. No existe, por ejemplo, el término “escorpión asesino” o “alacrán criminal” que pudiera simplificar la idea de lo ocurrido y la información al decir, “el escorpión asesino de Santander ha sido condenado a 17 años de prisión”, para que todo el mundo supiera de qué iba el tema.

Más bien ocurre lo contrario, y lo que se dice de ellos es que se trata de un “buen vecino”, un “buen padre”, un “hombre muy trabajador”… como vemos en las informaciones televisivas cuando tras un homicidio por violencia de género le preguntan a alguna persona del vecindario.

La diferente forma de tratar, conceptualizar y considerar la violencia ejercida por los hombres y la violencia ejercida por las mujeres en un mismo contexto, revela la esencia de lo que es la construcción cultural de género que hay alrededor de la que llevan a cabo los hombres.

Unas diferencias que parten de los objetivos y motivaciones utilizadas desde las razones dadas por una cultura que niega, invisibiliza y oculta bajo el límite del umbral crítico de cada momento la violencia de los hombres, y que cuando superan dicho límite minimizan y justifican con argumentos que restan responsabilidad a los agresores (alcohol, drogas, trastornos mentales, maldad…) Por eso no han definido un nombre para todos estos asesinos a pesar de las miles de oportunidades que han tenido para hacerlo a lo largo de la historia, porque si lo hacen pondrían de manifiesto que hay elementos comunes en todos los homicidios por violencia de género, y que estos elementos están relacionados con la masculinidad y con el machismo; y eso es algo que no sólo no quieren reconocer, sino que buscan ocultar sistemáticamente. Su argumento siempre es el de las circunstancias y el contexto, para que cada caso sea único y ajeno al hombre que lo lleva a cabo, por eso insisten tanto en llamar a esta violencia “familiar o doméstica”, así no es el machista quien mata, sino la “fuerte discusión” o los “problemas que tenían”.

En cambio, a cada mujer que ejerce la violencia no han dudado en llamarla “viuda negra”, porque de ese modo relatan una historia común a todas ellas, la de una “mala mujer” que mata al marido en un momento de indefensión, aprovechándose se su confianza y amor para quedarse con su dinero y, muy probablemente, irse con otro hombre al que también terminará matando.

La violencia no tiene género, matan hombres y mujeres, pero el género sí tiene una violencia que hace que sean los hombres los autores mayoritarios de los asesinatos en las relaciones de pareja (82%), y que luego la sociedad lo minimice con los argumentos de su cultura androcéntrica.

 

Todos y la “falacia de la minoría”

La pregunta puede parecer extraña en su formulación, ¿quiénes son “todos”?, pero la respuesta, aunque paradójica, es muy simple en la práctica: “nadie”.

“Todos” es un concepto tan amplio que vale para todo, especialmente cuando se trata de valorar la “realidad mayoritaria de una minoría” para defender algunas circunstancias relacionadas con ese grupo. “Todos” viene a ser la puerta de atrás por la que salir del problema dejándolo dentro, la forma de evadirse aunque sea por un instante, la manera de no abordar la responsabilidad del grupo del que forma parte esa minoría irresponsable por acción y por decisión, precisamente aprovechándose de las circunstancias comunes al grupo.

Es lo que ocurre cuando se habla de la irresponsabilidad de jóvenes que incumplen las medidas sanitarias durante las horas de ocio y diversión. En lugar de centrarse en el problema y en las circunstancias que hacen que sean jóvenes divirtiéndose quienes llevan a cabo una gran parte de las conductas de riesgo ante la pandemia, se evita la realidad y se dice que “no son todos los jóvenes, sino una minoría”, como si en la crítica a esos comportamientos se hubiera dicho que es algo que hacen “todos los jóvenes”.

Es el mismo argumento que se emplea para no afrontar la realidad de la violencia de género, y cuando se habla de que los hombres que lo deciden son los responsables de esta violencia, la respuesta de muchos es que “no son todos los hombres, sino que se trata de unos pocos en comparación con el total de hombres”.

Y acto seguido, se presenta la situación como si fuera un ataque al grupo, para afirmar que se está culpabilizando a “todos los jóvenes” y criminalizando a “todos los hombres”.

Es la “falacia de la minoría”, utilizada para no afrontar la realidad ni actuar sobre el grupo con el objeto de lograr dos objetivos esenciales:

  1. Adoptar medidas específicas sobre el grupo responsable del problema (concienciación, alternativas, educación…), de manera que se avance para resolver la situación.
  2. La necesidad de implicar a todo el grupo de forma directa en la solución del problema, y evitar que se utilicen los elementos comunes para justificar las conductas que esas “minorías” llevan a cabo. Porque en los dos casos comentados, jóvenes y hombres, quienes actúan de manera irresponsable y de forma violenta, lo hacen en nombre de lo que ellos consideran que forma parte de las circunstancias y elementos de su grupo.

Cuando se trata de problemas sociales considerados serios nadie utiliza ese tipo de argumentos para minimizarlos. Así, por ejemplo, al hablar de los conductores que actúan de forma imprudente y provocan los accidentes de tráfico, nadie dice que se trata de unos pocos conductores en comparación con el total de los que cada día salen a la carretera. En esos casos se acepta que el resto de las personas del grupo deben contribuir de la forma que les sea posible (denunciando, llamando la atención al imprudente, advirtiendo del riesgo al resto…), para evitar o dificultar que quienes abusan de los elementos del grupo en su propio beneficio lo hagan. Desde fuera es muy difícil estar presente en el momento en el que se llevan a cabo esas conductas delante de otros miembros, o cuando comentan con ellos sus acciones. Y es esa pasividad y distancia del resto del grupo las que utilizan para legitimarse en lo realizado.

Es el “todos” de cada día, un concepto definido por el significado que le dan las referencias sociales y culturales bajo las ideas y valores que imponen como parte de la normalidad. Por eso los mismos que dicen que se ataca a todos los hombres cuando sólo unos pocos maltratan, o a todos los jóvenes porque un grupo reducido de ellos se salta las medidas sanitarias, no dudan en hablar sin ninguna matización ni limitación que “todas las mujeres denuncian falsamente la violencia de género”, o que “todos los menores inmigrantes son violadores y delincuentes”.

Y no es casualidad, la cultura es el todo que define cada uno de los todos. Y la cultura es definida por los hombres y esa masculinidad osada, arriesgada, prepotente y dominante, que demuestra su valor saltándose los límites e incumpliendo las pautas de su propia normalidad.

Madrid, los prostíbulos y el 8M

La Comunidad de Madrid ha tomado medidas “más estrictas” para limitar al máximo el número de contagios, entre ellas la limitación de las reuniones familiares y públicas, y la distancia en bares y restaurantes.

Sin embargo, el consejero de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero, ha especificado que las nuevas limitaciones no afectan a los prostíbulos porque se trata de una “actividad que no está regulada” y, por tanto, está fuera de la “legalidad normativa”. O sea, la Comunidad de Madrid permite que se lleven a cabo actividades “no reguladas” y fuera de la “legalidad normativa”, como son los prostíbulos, y, en cambio, incumple con aquello que sí está regulado y es norma, como es la adopción de medidas necesarias para evitar el contagio y la expansión de la pandemia. Es decir, permite lo “alegal” y no cumple con lo legal.

Una decisión de este tipo no puede ser casual. No tiene sentido que la misma Comunidad que entra en la intimidad y privacidad de las personas para regular las reuniones familiares, no lo haga en reuniones que se llevan a cabo en actividades públicas que requieren una autorización administrativa, sobre todo cuando otras Comunidades como Baleares, Canarias, Cataluña o Castila-La Mancha sí han actuado, y directamente han prohibido las actividades de los prostíbulos.

De manera que en Madrid, tomarse una cerveza a un metro es un factor de riesgo, pero que los hombres compren un rato de poder a través del sexo con una mujer, sometida a unas condiciones de explotación que ni siquiera tienen en cuenta su salud ante una pandemia, no supone riesgo alguno.

Esta decisión, contribuye de manera directa a la continuidad de la explotación sexual de las mujeres, a perpetuar el ataque a su dignidad cuando ni siquiera se considera el riesgo que viven sobre su salud ante un problema social como la pandemia, y a fortalecer la construcción machista de poder sobre la figura del hombre todopoderoso y de la mujer sometida y disponible a sus deseos. Pero, además, la imprudencia política que conlleva la medida es enorme por contribuir de manera directa al riesgo de contagio, y por hacerlo en circunstancias en las que el rastreo y seguimiento resulta un fracaso.

La misma Comunidad que culpabilizó de la pandemia al 8M y a las mujeres, ahora contribuye a que continúen sometidas y explotadas por hombres, sólo para que estos vean satisfechos su ego y su poder.

¿Qué clase de política es esta que se ejerce sin tener en cuenta la situación de las mujeres? ¿Las culpabilizará también después, diciendo que son las responsables del desarrollo de los contagios por continuar trabajando en los prostíbulos donde se las explota, sin que la administración de la Comunidad de Madrid haga nada para evitarlo?

¿Y qué clase de masculinidad y de hombres tenemos para que a pesar de las circunstancias acudan a los prostíbulos para sentirse más hombres, con todo el riesgo que supone para la sociedad y para sus entornos? Quizás sean de los que piensan como Bolsonaro o Trump, y los atletas y los hombres de verdad no se infectan. Y si lo hacen, como sus anticuerpos son también muy machos, nada de “anticuerpos blandengues” como los de otros, pues se curarán en un par de días.

La irresponsabilidad política de la Comunidad de Madrid al no prohibir la actividad de los prostíbulos, como sí han hecho otras comunidades, es manifiesta. Si la presidenta Díaz Ayuso no quiere que las noticias e informaciones se centren en su Comunidad, lo tiene fácil; que no tome decisiones que centren el foco de la actualidad en la situación crítica que generan las medidas que adopta.

 

“Ley y orden”

La estrategia conservadora siempre ha sido clara en su planteamiento y falaz en su enunciado al decir una cosa y hacer otra en la práctica. Ahora, de nuevo Donald Trump ha tomado la iniciativa al recuperar el mensaje de la campaña de Richard Nixon en 1968 de “ley y orden” (aunque, curiosamente, después se vio obligado a dimitir por actuar fuera de la ley). La idea no es muy diferente a la del resto de partidos conservadores cuando presentan las iniciativas de izquierda y las alternativas que proponen como un caos destinado a atacar las instituciones, la familia, la iglesia, a la propia política para convertirla en un “régimen bolivariano”, o hasta a la misma nación con la llegada de extranjeros que vienen para acabar con nuestra identidad… Y su respuesta es clara: ley y mano dura frente a todo eso.

La estrategia, como se puede ver, es nítida: ley y orden, pero con un “pequeño matiz”, debe ser “su ley” y “su orden”. Si una ley, por ejemplo, desarrolla medidas para lograr la Igualdad, entonces no hay que cumplirla; si una ley actúa contra la violencia de género, no hay que tomarla en serio y hay que presentarla como una amenaza contra los hombres; si una ley desarrolla un modelo educativo diferente, no debe ser tenida en cuenta por adoctrinadora; si la Constitución dice que hay que renovar las instituciones y a ellos no les viene bien, todo puede esperar al margen de la legalidad… porque para ellos es su orden el que define la ley y la realidad, y no el orden democrático quien decide cómo debe ser la convivencia y la manera de relacionarnos en una sociedad libre, plural y diversa en la que su posición es una más, por muy amplia que sea.

Esa superioridad moral de la que parten es la que permite dar por válido un sistema con una cultura y una estructura social basada en la desigualdad, construida sobre la idea de que determinados elementos y características son superiores a otros. De manera que las personas y circunstancias que tengan esos elementos deben ocupar una posición superior y desarrollan funciones desde la responsabilidad basada en su teórica superioridad. Y, efectivamente, el resultado es orden, pero un orden artificial y falaz que parte de la decisión previa de dar más valor a los elementos propios. Y en ese orden ser hombre es superior a ser mujer, ser blanco superior a ser negro o de otro grupo étnico, ser nacional superior a ser extranjero, ser heterosexual es superior a ser homosexual… Y como el orden es ese, pues la ley que se desarrolla es la que se necesita para mantenerlo y defenderlo de lo que consideran iniciativas particulares que surgen desde cada uno de los “elementos inferiores”, es decir, de cualquier propuesta que surja para corregir la discriminación que sufren quienes son considerados inferiores: mujeres, negros, extranjeros, homosexuales… que además se presentan como iniciativas fragmentadas y dirigidas sólo a cuestiones limitadas a esos grupos de población, no como algo común para toda una sociedad democrática.

La construcción de ese marco de “ley y orden”, además de presentar “su ley y su orden” como referencia común para toda la sociedad, tiene una segunda consecuencia tramposa de gran impacto para desacreditar cualquier alternativa.

La asociación es muy simple: si yo soy la ley y el orden, todo lo demás es caos e ilegalidad. Desde esa posición no aceptan que otras alternativas a la suya supongan un marco de “ley y orden”, por eso agitan el miedo con sus mensajes para que la sociedad asocie que las posiciones conservadoras son el orden y las alternativas progresistas el caos. Este contexto es el que se ha utilizado para hablar de un gobierno democrático como “gobierno ilegítimo”, o llamar “anti-constitucionalistas” a partidos democráticos que no encajan en “su orden”. Y de ahí continuar con su razonamiento hasta llegar al “desorden” que supone romper España con los separatistas y los herederos de los terroristas, argumentos similares a los que utiliza Trump contra el Partido Demócrata y Joe Biden ante la reacción social frente a una violencia policial contra la población afroamericana, que en lugar de ser considerada como racismo policial, se entiende como parte del “orden establecido”.

Y es una estrategia que funciona. Y funciona porque juega con los valores tradicionales, con la tendencia continuista de cualquier sociedad, y con la estructura de poder que supone articular la sociedad sobre los elementos de desigualdad que hemos comentado. A partir de ahí, usar el miedo bajo la amenaza de perder las referencias históricas que nos han definido por los “ataques” lanzados desde posiciones particulares, resulta sencillo.

No debemos caer en la trampa conservadora que lleva a apropiarse de la patria, las instituciones, la historia, la ley y el orden. Porque en una sociedad democrática la ley la dicta el Parlamento en tiempo real, no la historia desde el pasado; y el orden es la consecuencia de la convivencia en democracia, no el resultado de la costumbre y la tradición.

 

Tatuajes, mitos y estereotipos

Una joven de 16 años, Danna Reyes, ha sido asesinada en Mexicali (Baja California), y el fiscal del caso comenta a modo de justificación que “traía tatuajes por todos lados”, como si los tatuajes y su número supusieran una especie de escala para explicar la violencia contra las mujeres. Lo mismo hasta piensa que un tatuaje es razón para acosar, entre 2 y 5 para abusar, entre 6 y 10 para maltratar… y así hasta justificar el homicidio con su “tenía tatuajes por todos lados”.

Lo que aún sorprende de la mirada del machismo es que sea capaz de ver los tatuajes sobre el cuerpo de una mujer, pero no vea a ese cuerpo sobre el fondo de una sociedad que lo cosifica, lo interpreta, y lo pone a disposición de los hombres y sus mandatos, tanto en la vida pública como en la privada.

El machismo viene a actuar como una especie de “guardián de la moral” para que las mujeres no se salgan del guion escrito por los hombres, bien sea en el lenguaje de la ropa, en el de la conducta, en el de las palabras, o en la forma de maquillar, complementar o reescribir su cuerpo… En definitiva, para que se ajusten al guion de la libertad limitada que ellos imponen. Es el mismo argumento que utilizan sistemáticamente para justificar la violencia sexual; cuando no es la ropa es la hora, cuando no el lugar es el alcohol ingerido o la compañía que llevaban… siempre hay alguna razón para culpabilizar a la mujer que sufre la violencia y liberar al hombre que la ejerce.

Ahora han sido los tatuajes, es decir, la “marca que deja el grabado sobre la piel humana a través de la introducción de materias colorantes bajo la epidermis”, tal y como recoge la primera acepción del Diccionario de la Lengua Española, pero también indica en su segunda acepción que un tatuaje es “marcar, dejar huella en alguien o en algo”. Por eso llama la atención que el fiscal del caso, y la sociedad en general, sean capaces de ver los tatuajes en el cuerpo de las mujeres como razón para juzgarlas hasta el punto de justificar la violencia que las asesina y viola, y, en cambio, no sean capaces de ver la “marca” que deja el machismo en la mente y en la mirada de quienes justifican esa violencia contra las mujeres, sin que utilicen esos mismos argumentos sobre los tatuajes que llevan los hombres para justificar lo que les pasa, ni tampoco sus ropas, ni su peinado, ni el tipo de afeitado, como tampoco dicen nada de la hora o el lugar donde son abordados.

Entre mitos y estereotipos anda el juego, esa es la trampa que hace que siempre gane la banca del machismo. Y están grabados en la mente de quienes forman parte de la cultura para que la inmensa mayoría de los homicidios, agresiones y violaciones por violencia de género queden impunes.

El estereotipo, al asociar determinadas características a las personas y circunstancias, evita que se produzca el conflicto social, pues circunscribe lo ocurrido al contexto definido por los elementos estereotipados. Así, por ejemplo, cuando se produce la violencia de género y su resultado no es especialmente intenso, se recurre a los argumentos que hablan de que son cosas propias de las parejas, que los “trapos sucios se lavan en casa”, que “se le ha ido la mano”, que “quien bien te quiere te hará llorar”… de manera que se ve como algo privado que ha de resolverse en el seno de la relación, no en las instituciones que forman parte de la sociedad. Y cuando la violencia es lo suficientemente intensa como para traspasar los límites establecidos por los estereotipos, se recurre al mito para justificar socialmente algo que, en principio, no es aceptable, como ocurre con la violencia de género de intensidad grave, pues como afirmó Claude Levi-Strauss, el objeto del mito es proporcionar un modelo lógico para resolver una contradicción. De ese modo, el mito viene a resolver el conflicto social que supone encontrarse con una violencia contra las mujeres cuando, en teoría, no debería de producirse, de manera que se recurre a la idea de que esta violencia se debe al alcohol, las drogas o a los problemas mentales de “algunos hombres”, o incluso a la actitud, ropa, tatuajes… de las mujeres, y se evita tener que enfrentarse a la realidad social de la violencia de género en todas sus formas.

Al final, lo que el estereotipo no lograr retener dentro de determinados contextos es resuelto por el mito como algo puntual, excepcional o patológico, de forma que todo sigue bajo las mismas referencias generales.

El problema es que mientras que el tatuaje corporal se puede quitar de forma relativamente rápida con láser, el mental es más difícil de remover y sólo se puede hacer con educación, información y crítica. Esta es la única manera de limpiar y liberar la conciencia de los barrotes grabados por el machismo, y hacer que los ojos, además de mirar, vean la realidad.

Pero el machismo no quiere que se liberen las miradas que ven tatuajes en los cuerpos de las mujeres para justificar la violencia que sufren, porque hacerlo supondría que vieran también los privilegios en las vidas de los hombres que habitan su cultura patriarcal. Por eso el machismo está empeñado en recuperar el terreno perdido y presentar la Igualdad como un ataque, la libertad de las mujeres como una amenaza, y la educación en Igualdad como adoctrinamiento.

El machismo impone la moral y los machistas son sus guardianes. No lo olvidemos.

Cayetana y la “batalla cultural”

Cayetana Álvarez de Toledo no se ha ido, quien se ha movido del lugar político ocupado hasta el momento ha sido Pablo Casado. Pero sólo es un viaje temporal, una especie de escala técnica como la del rey “emirato”, perdón, emérito, porque el equipaje del PP es el mismo con el que llegó al lugar de donde hoy se exilia a Cayetana Álvarez de Toledo, y que ahora, al abrir las maletas con sus declaraciones ha mostrado que es el de la “batalla cultural”.

Y no ha dudado en presentar al “feminismo radical” como razón para librar esa “batalla cultural” en defensa de la libertad y de la “igualdad ante la ley”, lo cual resulta muy gráfico. Desde las posiciones conservadoras nunca se matiza la idea de libertad, y cuando se habla de ella no se dice la “libertad de elección de las personas”, tampoco se acota la dignidad diciendo “la dignidad de trato de la gente”, ni se hace con ningún otro Derecho Humano. En cambio, esa limitación no falta al referirse a la Igualdad, y como ha hecho Cayetana Álvarez de Toledo en varias ocasiones, no se habla de Igualdad, sino que se matiza y acota para hablar de la “Igualdad de los españoles ante la ley”.

¿Y antes de la ley, no debe haber Igualdad como valor y como ideal? ¿Qué ocurre bajo la referencia de esa cultura machista por la que dice que hay que dar la batalla cuando se llega ante “su ley”, es igual el valor de la palabra de un hombre que niega haber ejercido violencia de género que la de una mujer que denuncia haberla sufrido? ¿Tiene sentido que la respuesta de la ley ante la violencia de género, por un motivo u otro, sólo condene al 5% de todos los maltratadores? ¿Cómo responde la ley ante situaciones estructurales de injusticia social motivadas por la cultura machista que aún no cuentan con una norma ante la que acudir, como ocurre con la brecha salarial, con la cosificación de las mujeres, con la carga de trabajo en los cuidados y en lo doméstico…?

El feminismo puso en la agenda política la lucha por la Igualdad sin matices, y lo hizo a través de la reivindicación de derechos esenciales para las mujeres, tanto los que hacían referencia a la vida social como a su participación política. Posteriormente continuó con el cuestionamiento a la distribución de los tiempos y los espacios, para llegar después a la crítica del propio concepto de identidad establecido sobre las ideas tradicionales que definían lo que era “ser hombre” y “ser mujer”, y lo que a partir de esa conceptualización les corresponde a unos y a otras en cuanto a roles y funciones.

En este escenario, la resistencia de las fuerzas conservadoras no es tanto al desempeño de determinadas funciones por parte de las mujeres, como a aceptar que la condición de hombre y de mujer definidas por el machismo no lleva asociada lo que la cultura ha asignado a cada una de ellas, y, por tanto, asumir que la libertad lleva aparejada la igualdad de derechos y deberes, así como de funciones y oportunidades.

Al machismo y a los grupos conservadores no les ha importado en exceso que las mujeres realicen funciones históricamente asignadas a los hombres, para ellos era una especie de concesión que venía a demostrar la bondad y grandeza de los hombres, y la inexistencia de techos y paredes de cristal. Por eso han seguido una estrategia de flexibilización progresiva que les ha permitido mantener la esencia de sus valores, ideas y creencias cambiando sólo el escenario. Una situación que se corresponde con su estrategia clásica de “cambiar para seguir igual”, basada en la incorporación de cambios adaptativos a las nuevas circunstancias, no en la adopción de cambios transformadores para romper con las referencias tradicionales.

Las palabras en la despedida de Cayetana han revelado que el objeto de las fuerzas conservadoras y ultraconservadoras es dar la “batalla cultural” para defender la moral y proteger las identidades tradicionales de los “ataques” del feminismo y de las fuerzas de izquierda. Una estrategia que revela de forma clara sus ideas y el problema que para ellos supone reconocer la pluralidad y diversidad de la sociedad. El resultado es su justificación para utilizar los instrumentos clásicos del poder con el objeto de mantener su modelo, entre ellos la educación, la comunicación, la economía, las normas, el miedo…

Algunas de las claves que da Cayetana Álvarez de Toledo sobre su “batalla cultural” quedan recogidas en los siguientes puntos:

  • La moral de la sociedad es su moral conservadora, la cual se presenta asentada sobre la imposición histórica de sus valores y la negación de cualquier otra alternativa.
  • Las identidades de hombres y mujeres vienen definidas por la cultura patriarcal, la cual impone desde lo más abstracto de los valores y creencias, hasta lo más concreto de las funciones y tiempos a ocupar.
  • El elemento que define lo común es el territorio, equiparando territorialidad con identidad, algo defendido también por otras posiciones de la sociedad y la política construidas sobre los mismos parámetros androcéntricos.
  • Sobre ese marco se establece el reconocimiento social e individual y, por tanto, la aceptación e integración de quienes se ajustan a esas referencias, o el rechazo y crítica de quien no lo haga.
  • Se produce así una conjunción armónica entre lo individual (identidad), lo moral (valores), y lo territorial (España), que se presenta respaldado por el tiempo (historia), para que sea entendido como “orden” y “normalidad”.
  • A partir de esa construcción interesada, puesto que se hace sobre sus valores, ideas y creencias, todo lo que no encaja en el modelo se considera “extraño”, “extranjero”, “impropio”… y se presenta como un ataque o una agresión a todo el sistema, no sólo al elemento puntual afectado. Así, por ejemplo, las medidas contra la violencia de género se consideran contra todos los hombres, los matrimonios entre personas del mismo sexo contra la familia, el aborto contra la vida, la educación en Igualdad contra la cultura…

Y todo ese equipaje no se va con Cayetana, sino que permanece en las maletas de la política conservadora porque forma parte de su esencia, de su fondo de armario; aunque luego tengan que hacer concesiones para evitar el conflicto social que pueda cuestionar o debilitar su poder.

Cayetana Álvarez de Toledo sabe, al igual que los responsables conservadores, que lo que hoy está en cuestión no es la fragmentación de los elementos y sus diferentes consecuencias, sino la cultura patriarcal, androcéntrica y machista que da lugar a todas esas manifestaciones, y a esa forma de hacer valer su moral como “la moral”, y su concepto de identidad como “la identidad válida para toda la sociedad”. La lucha por la “batalla cultural” se está librando porque desde esas posiciones conservadoras se acota y se ponen límites a la Igualdad, y sin Igualdad no puede haber Democracia ni respeto a los Derechos Humanos.

El feminismo va a continuar el trabajo que viene haciendo desde hace siglos, no sólo para conseguir una “Igualdad distributiva”, sino para lograr una cultura asentada sobre la Igualdad y el resto de los Derechos Humanos, no sobre declaraciones amputadas de los mismos.

Por eso están molestos en el partido conservador, porque Cayetana con sus críticas al cese ha revelado la estrategia que van a desarrollar desde la sombra, la cual tiene como objetivos la cultura, la moral y la identidad. ¿O es que alguien cree que van a renunciar a esos elementos?

 

La inviolabilidad de los hombres

En estos días que tanto se habla de “inviolabilidad” conviene hacer una reflexión más amplia sobre su concepto y aplicación práctica.

La idea que otorga al hombre ser el “rey de la creación” no es una metáfora, sino una referencia literal a la realidad de los hombres en su día a día. Se podría haber buscado otra figura, como que el hombre es “la cúspide de la creación”, o “la perfección de la creación” o, por ejemplo, “el ser más completo de la creación”; pero no, han elegido la idea de que “el hombre es el rey de la creación”, y no lo han hecho por un exceso de imaginación, sino bajo la incapacidad de trascender de lo inmediato.

Veamos las razones.

El concepto de “rey” que utilizan en su referencia a la creación se construye sobre una serie de elementos que, a su vez, forman parte de la idea de ser hombre, por lo que la relación entre los dos conceptos forma parte de la esencia de ambos, no de las circunstancias que puedan compartir. Veremos los principales elementos que definen esa idea del hombre como rey, y de rey como hombre. Concretamente, son cinco:

  1. En ambos casos, se trata de un concepto construido sobre la referencia biológica. El rey los es por pertenecer a una determinada familia y línea de sangre, y el hombre simplemente por ser parte de la “familia” de los hombres. Este elemento hace que su valor, el del rey y el del hombre, esté en su condición, no en su capacidad, preparación o formación, que puede ser mejor o peor, pero es algo anecdótico y secundario, porque el hecho de ser rey y el hecho de ser hombre los legitima para asumir los roles, funciones y responsabilidades diseñadas para ellos.
  2. Al tratarse de una construcción sobre la referencia biológica, su condición es heredable a su descendencia biológica y social, puesto que su herencia no sólo es sobre la biología, sino que también incluye a la sociedad que ha creado a través de su obra y su cultura androcéntrica.
  3. Ser rey no es sólo estar en lo más alto de la cúspide, sino tener poder sobre todo lo que forma parte de su reino, de ahí que el hombre-rey disponga de la naturaleza y el planeta en su propio beneficio, como si le pertenecieran sólo a él y a su modelo de sociedad dirigido a la acumulación de poder.
  4. La consecuencia inmediata de esta posición de poder es la existencia de súbditos, es decir, de personas que por su naturaleza y condición quedan relegadas a posiciones inferiores con el objeto de satisfacer las exigencias y demandas del rey, que tiene al resto de la población en esa posición de inferioridad; y del hombre, que tiene a las mujeres como súbditas particulares de su reino social, tanto en lo privado como en lo público.
  5. Y para que el modelo sea estable y sostenible, y no se vea debilitado por la propia dinámica interna y los acontecimientos que se producen como consecuencia de la misma, cuenta con una serie de prerrogativas que van desde la definición de la normalidad, sea nueva, renovada, tradicional o histórica, y todos los silencios y sombras que extiende sobre la realidad, hasta la inviolabilidad práctica del rey-hombre y del hombre-rey. Así, por ejemplo, en la violencia que nace de los elementos de su reinado que determinan la desigualdad para dominar a sus súbditas-mujeres, si ponemos en relación el número de casos de violencia de género que existen, unos 600.000 según la Macroencuesta de 2011, con los casos denunciados y los casos condenados, según los estudios del CGPJ, el número total de condenas respecto al total de casos representa el 5%, lo cual se traduce en una inviolabilidad práctica de los hombres en el ejercicio de sus funciones como tales hombres, según define el marco cultural de su reino androcéntrico.

El problema del machismo no son sus excesos ni sus errores, sino la injusticia esencial que lo define. Una injusticia que parte de la idea de que es la condición de las personas la que define su posición en la sociedad, las funciones que deben desarrollar, y la manera de relacionarse entre sí. Cuanto más elementos se añadan a la condición esencial de “ser hombre” o “ser mujer”, más se asciende en las jerarquías definidas por la propia cultura machista, y más elementos de la cultura se encargan de proteger la posición y las funciones desarrolladas desde ellas. De ese modo, bajo la referencia social y de reconocimiento, un hombre es más que una mujer, un hombre blanco más que un hombre de otro grupo étnico, un hombre heterosexual más que un hombre homosexual o trans, un hombre nacional más que un hombre extranjero… y lo mismo ocurre con las mujeres en sentido contrario. Conforme la combinación de elementos se produce en una misma persona, esa interseccionalidad la asciende o desciende hasta posiciones más altas o más bajas.

Por eso un hombre blanco, heterosexual, nacional, rico… contará para defender lo que haga con una serie de elementos informales, entre ellos la reputación, el reconocimiento, el honor, la credibilidad, las influencias… y con elementos formales, como la mayor capacidad de usar los instrumentos del sistema, desde los elementos jurídicos hasta figuras especialmente definidas para ser aplicadas en determinados espacios, como la inviolabilidad o la inmunidad.

Quien entiende que esos instrumentos formales forman parte de su condición y los hace suyos, no  elementos destinados a evitar que las funciones a desarrollar desde lo común y para la sociedad se vean dificultadas de manera inadecuada, tiende al abuso; porque no sólo se siente superior, sino que se sabe por encima del bien y del mal por los privilegios otorgados a su condición.