La “política intensiva” y la carne de cañón

Hay una parte de la política para la cual muchas de las personas que formamos parte de la sociedad que ellos “explotan” sólo somos carne de cañón, es decir, personas destinadas a sufrir las consecuencias de los abusos que sostienen su modelo de sociedad. El ejemplo más gráfico lo vimos en las palabras de Andrea Fabra y su “¡qué se jodan!”, tras aprobar un recorte en las prestaciones por desempleo en 2012.

Todo parte de modelo de sociedad basado en la desigualdad y en la consecuente jerarquización de las personas, para que quienes están en la parte alta de su escenario mantengan los privilegios que les han sido dados por su condición y status, y que el resto sea “explotado” por tener una condición diferente, la cual no sólo es distinta, sino que, además, es considerada inferior. Es el “poder de la sangre”, bien porque circula por determinadas venas y arterias, o bien porque es derramada desde otras para que se mantenga ese orden.

La manera de enfrentarse a la realidad, sea para conservarla o para transformarla, es la diferencia entre la “política intensiva” y la “política extensiva”.

La “política intensiva” quiere mantener a las personas estabuladas en su condición, status, clase, sexo, género, origen, grupo étnico, orientación sexual… o a cualquier otro elemento que permita crear un recinto cerrado y limitado que les impida ejercer sus derechos, y, al mismo tiempo, promover críticas contra ellas cuando intentan salir de él por presentar esas iniciativas como un ataque contra el orden dado. Según esta política, las personas siempre serán libres para permanecer en las casillas asignadas (tomando cervezas, trabajando o en el paro), pero no para salir de ellas.

Cuantos más tablones se tengan para formar el espacio donde encerrar a las personas, más reducidos serán los límites y mayor dificultad tendrán a la hora de salir de ese contexto estabulado. De manera que para las mujeres será más difícil que para los hombres, para las personas homosexuales más que para las heterosexuales, para las extranjeras más que para las españolas… y, así, conforme se añaden elementos, por ejemplo, mujer lesbiana extranjera, mayores serán las dificultades individuales y más se mantendrá la sociedad compartimentada. Un diseño hecho a conciencia para que la “política intensiva” sea también más necesaria y todo se retroalimente.

Porque esa política quiere a las personas quietas, sin participar en las decisiones y sin posibilidad de influir a través de reivindicaciones y movilizaciones. Todas juntas y agrupadas por su condición para que resulte más sencilla su explotación al restarle oportunidades, y al hacerles creer que su pertenencia a esos contextos es algo natural, por lo cual deben asumir los roles y funciones contemplados como parte de los mismos.

Además de injusto se trata de un sistema caro. Para que todo transcurra de ese modo, se necesita un consumo elevado de energía social con el objeto de que sus iniciativas lleguen a todos los rincones de la sociedad. Es la forma de mantener las desigualdades generadas con la estabulación frente a las dinámicas que surgen de los anhelos e ideales que viven las personas atrapadas en ese sistema.

Para facilitar todo el proceso, la alimentación se presenta como una de las claves de la “política intensiva”. Una alimentación nada natural que aporta calorías y nutrientes tóxicos a esa convivencia de los compartimentos por medio de bulos, mentiras, postverdades y fake news que, luego, son distribuidos por sus redes hasta cada hogar, como si fuera un servicio a domicilio de la granja. De ese modo, tanto los que están dentro de los contextos asignados como quienes los miran desde fuera piensan que todo es normal, y que lo que sucede es correcto o merecido.

Es la “política intensiva” que maneja la derecha y la ultraderecha a partir de la idea de que el poder legítimo les pertenece a ellos, y que el resto de la sociedad es carne de cañón para ser explotada con el objeto de mantener el orden social y sus consecuencias: beneficios y privilegios para unos, y desigualdades e injusticias para otros. 

La política en una democracia sólo puede ser “extensiva”, y atender a las características del hábitat (sociedad) y de las personas que la forman, con su diversidad, pluralidad y multiculturalidad, porque la realidad es esa y no va a ser otra, por mucho que se ataque o no se quiera aceptar. Por lo tanto, la gestión debe centrarse en un desarrollo integrador que conduzca a un progreso y crecimiento armónico, no a que unos se beneficien a costa de otros, así como a remover los obstáculos y las dificultades que a lo largo de la historia han impedido ese desarrollo social sobre lo común, como destacaba hace unos días Luis García Montero al hablar de “empatría”.

La política no puede estabular a la sociedad, todo lo contrario, debe romper los espacios artificiales que de manera interesada se han construido para situar a las personas en un lado u otro según la condición asignada.

Una “política extensiva” es una política que llama a participar desde la igualdad y la libertad. La política no puede enfrentar ni levantar barreras, aunque luego escriba en ellas y en mayúsculas la palabra “libertad”, porque las barreras siempre son barreras.

Quienes se creen con una condición superior por su sexo, su status, su origen, sus ideas, sus creencias… tienden a explotar a las personas diferentes, porque para ellos, tal y como ha impuesto el modelo cultural androcéntrico, no sólo son diferentes, sino que son “diferentes e inferiores”, o sea, “carne de mala calidad” comparada con la suya. Por eso no hay remordimiento ni reflexión en su “política intensiva”, ni tampoco en considerar a una parte de la sociedad como “carne de cañón” que puede ser maltratada, discriminada, abusada, violada, asesinada… sin levantar un rechazo ni una crítica a las circunstancias que dan lugar a esa “explotación intensiva” y todas sus consecuencias.

El Papa, el negacionismo y la violencia de género

El Papa Francisco, en la primera misa del año, se ha pronunciado de forma clara contra la violencia de género, ha dicho: “herir a una mujer es ultrajar a Dios”.

Sus palabras son duras, contundentes y sin ningún tipo de matiz. Muy diferentes a las que con frecuencia hemos escuchado en boca de obispos y párrocos con argumentos que justifican, minimizan o contextualizan la violencia contra las mujeres; incluso llegando a hablar directamente de “ideología de género” o “adoctrinamiento” para referirse a las medidas y acciones dirigidas a su atención y prevención.

Y el Papa ha sido claro cuando ha dicho que “herir a una mujer es ultrajar a Dios”. No ha manifestado que “herir a una mujer o a un hombre es ultrajar a Dios”, se ha centrado en la situación de las mujeres porque conoce de sobra las circunstancias en las que se produce la violencia de género, y cómo la normalidad es la que lleva a su invisibilidad y retenerlas en el mismo hogar donde son maltratadas. De hecho, el 58 % de todos los homicidios que sufren las mujeres en el planeta se producen en sus casas, por parte de los hombres con los que comparten una relación o forman parte de su propia familia (Naciones Unidas, 2019).

El Papa sabe, al igual que lo sabía Jesucristo, que muchos de sus fieles lo negarán, porque las apariencias sólo engañan al que aparenta, y porque  la clave para entender el verdadero sentimiento y posicionamiento de muchas personas no está en lo que afirman, sino en lo que niegan, pues es esa negación la que revela toda su estrategia de fondo.

Por eso Jesucristo sabía que Pedro lo iba a negar tres veces antes de que cantara el gallo, al igual que el Papa sabe que muchos de sus fieles ultracatólicos de ultraderecha, y también bastantes de la derecha, al hablar de este tema lo niegan tres veces cada día antes de que a la mañana siguiente cante el gallo del despertador.

Y lo sabe porque sus posiciones no atienden a razones, sino a la defensa de unos valores, ideas y privilegios que son presentados como una especie de pack, de manera que unos llevan a otros sin necesidad de reflexionar sobre su significado y sentido, Así, por ejemplo, muchos hombres asumen que por ser hombres pueden imponer su criterio a la mujer con la que comparte una relación, y que si ella no lo asume puede utilizar la violencia para imponérselo, porque eso es lo “normal” y porque sabe que las consecuencias de esa conducta son mínimas, lo cual es un privilegio. De ese modo, todo permanece como siempre para hacer de la historia la referencia desde la que juzgar a una sociedad que en esencia es dinámica y cambiante, y presentar cualquier cambio como un ataque a ese modelo conservador que busca mantener “lo de toda la vida”.

Y la Iglesia como institución no puede mirar de perfil a esta realidad ni mantener el reloj retrasado en otra época.

Por esta razón, cuando hablamos de la desigualdad que sufren las mujeres, con toda la discriminación, abusos, maltrato, violaciones, agresiones, homicidios… que padecen cada día, la respuesta no puede ser “resignación cristiana” ni posponer la justicia a otra vida.

Si no lo hace en otros temas, como ocurre, por ejemplo, con la asignatura de Religión en secundaria, la educación concertada, la segregación por sexo en las aulas, las inmatriculaciones de sus bienes… en los que defiende su posición en negociaciones, homilías y tribunales, sin hablar de “resignación cristiana” ni de “otra vida”, tampoco puede hacerlo cuando más de la mitad de las mujeres de España ha sufrido algún tipo de violencia de género, y muchas lo siguen pareciendo cada día. 

La Iglesia no puede mantener silencio ante esta terrible situación, como tampoco puede callar ante los millones de hombres que maltratan, abusan, acosan, violan y asesinan a mujeres desde esa normalidad capaz de justificarlo todo, o contextualizarlo en determinadas circunstancias.

¿No tiene nada que decirles a esos hombres “pecadores”? ¿Dónde está el propósito de enmienda exigido para perdonar? ¿No tiene nada que cuestionar de esa masculinidad capaz de reproducir esas conductas violentas año a año?

El Papa Francisco ha sido muy claro con sus palabras en este comienzo de año:las madres saben infundir la paz, y así logran transformar las adversidades en oportunidades para renacer y en oportunidades de crecimiento. Lo hacen porque saben proteger. Las madres saben proteger. Saben cómo mantener unidos los hilos de la vida, todos. ¡Cuánta violencia hay contra las mujeres!  Basta. Herir a una mujer es ultrajar a Dios.”

Son muchos los hombres que ultrajan a Dios por acción y por omisión, unos con los golpes y los otros cuando la niegan y dicen que es “violencia doméstica”, que “las mujeres también maltratan”, o que “hay más homicidios en hombres que en mujeres”.

Además de negar algo objetivo y de facilitar que continué bajo las mismas referencias, están mintiendo con la manipulación que realizan, lo cual es un doble ataque a los valores que defiende la Iglesia

Y en este, como en otros temas, hay que exigir más coherencia y consecuencia. No basta con ir a misa y cumplir con los mandatos eclesiásticos en lo formal, cuando luego esas mismas personas se mueven por la vida bajo criterios y conductas alejadas de esas referencias que tanto dicen respetar. 

Esperemos que la Iglesia continúe el discurso del Papa Francisco y acerque sus palabras a la gente, pero también que cambie su posición y contribuya a esa paz y protección que el Papa sitúa en las mujeres. Y para ello debe dejar de cuestionarlas a ellas y empezar a hacerlo a los hombres, a los que maltratan y a los que niegan que hay hombres que maltratan por razones de género. Amén.

“Mujeres curvys” y “hombres plus”

La realidad se ha convertido en una página más del muestrario de las representaciones, sin más autenticidad que el deseo o el rechazo, ni más valor que el significado que demos al vacío que muestra.

Para una parte de la sociedad lo importante es verse reflejada en la foto del catálogo, no importa tanto cómo aparezcan ni el sentido que se de a su aparición, lo cual es razonable cuando a lo largo del tiempo han permanecido fuera de la visibilidad que ahora permiten las circunstancias y los medios sociales, pero no es suficiente. 

Y no lo es porque los mismos elementos que han llevado a invisibilizar a determinados grupos de la sociedad continúan en manos de quienes lo han hecho, por que son ellos los dueños del muestrario. Cuando ahora vemos un cambio y la inclusión de nuevas personas con sus identidades y circunstancias, comprobamos que no obedece a una nueva manera de entender la realidad, sino a la necesidad de evitar que se produzca un conflicto que afecte al propio muestrario  y a la manera de organizarnos en sociedad a partir de su normalidad cultural, que es la que decide quién aparece o no y cómo lo hace.

El modelo androcéntrico ha hecho de la pluralidad y la diversidad un catálogo lleno de personas y elementos para mostrarse a sí mismo en lo que no es. Nada nuevo, por otra parte, es lo que ha hecho históricamente al mostrar su idea de hombre en los diferentes contextos donde se desarrolla, su idea de mujer en los escenarios reservados para ellas, o su concepto de familia en las pautas que la caracterizan, marcos que han ido cambiando y adaptando a las diferentes circunstancias y exigencias que se han hecho desde la propia sociedad, pero sin renunciar en ningún momento a las ideas y valores que definen su modelo. 

El problema más trascendente no es que manipulen y engañen con su estrategia, sino que lo aceptemos como válido y que nos quedemos en las formas sin entrar en el fondo.

En la estrategia androcéntrica las personas que son presentadas en su diversidad no aparecen por ser como son, sino por no ser como la mayoría, y con frecuencia lo hacen reproduciendo los estereotipos que previamente les han asignado, para, de ese modo, cambiar el catálogo sin que cambie la realidad.

No hay duda de que la visibilidad y la visualización de las personas que han sido ocultadas bajo la crítica social es esencial, pero no podemos caer en la trampa de quienes utilizan la adaptación como mecanismo de supervivencia social, y rechazan la evolución y la transformación.

He visto como se han criticado buenos libros sobre Igualdad por su portada sin atender a la calidad de su contenido, y también he sido testigo de críticas generales a conferencias por algunas expresiones utilizadas de manera puntual, sin destacar todas las aportaciones interesantes que se hicieron en ellas. Y por supuesto que las críticas estaban justificadas, pero no como la esencia del libro o de la charla en particular, sino como una cuestión menor dentro de ellas.

En cambio, en otras ocasiones veo como determinados mensajes que reproducen los mandatos androcéntricos juegan a la perfección con todas las claves del momento para evitar su cuestionamiento, pero sin renunciar al contenido machista, y no levantan las mismas críticas.

Un ejemplo lo tenemos en la publicidad con las mujeres denominadas “curvys”, que aparecen para romper con la imagen estereotipada del cuerpo de las mujeres, pero lo hacen bajo las mismas claves y jugando con su cosificación y la imagen sexy de las mujeres como forma de reconocimiento. La situación es tan forzada y artificial que no tiene una representación similar en el lado masculino, y los hombres “entrados en carnes” no suelen protagonizar tanta publicidad ni son presentarlos como una referencia sexy o atractiva de la masculinidad.

Para empezar, los hombres no son “curvys”, sino que se les suele llamar “hombres plus”, una denominación que, aunque provenga de “plus size”, al final lanza el mensaje de que un hombre relleno es “plus”, o sea, más, mientras que una mujer rellena es curvy, es decir, sexy o “gordita”.

Por otra parte, la diferencia entre la imagen de un “hombre plus” de los que se ven en publicidad y algunos hombres de gimnasio hipermusculados es mínima, pudiendo pasar uno por otro perfectamente, al tiempo que el mensaje que gira alrededor de la valoración de los dos, es que se trata de “hombres fuertes”. Por su parte, una mujer “curvy” marca distancia respecto a las no consideradas como tales, y traslada la idea de que una está dentro de los cánones androcéntricos y mientras que la otra está “gorda”. El elemento que integra a las dos mujeres es la cosificación de su cuerpo (“curvy” o no), mientras que a los hombres (“plus” o no), es su fuerza.

Quizás por ello la mayoría de los “hombres plus” anuncia productos para la barba y “ropa exterior”, mientras que la mayoría de las “mujeres curvys” anuncia cremas para el cuerpo y “ropa interior”.

El machismo es adaptativo, no debemos caer en sus trampas. Lo aceptable siempre es un paso en la transformación hacia lo justo, no una forma de gestionar la injusticia.

La paternidad y Juana Rivas

A Juana Rivas no se la juzga (ni social ni, al parecer, judicialmente) por haber sustraído a sus hijos Gabriel y Daniel, sino por haber pecado contra la paternidad.

Hagan un ejercicio, miren atrás y traten de recordar el nombre de un hombre que haya actuado contra la madre a través de sus hijos, incluso asesinándolos, y vean si la respuesta social y judicial en forma de comentarios y opiniones es tan dura y continuada en el tiempo como lo es con Juana Rivas. ¿Alguien recuerda el nombre de alguno de los padres que años atrás asesinaron a sus hijos e hijas, alguno de los cuales ya estará fuera de prisión? Nadie se acuerda del padre que mató a sus dos hijas en Castellón en septiembre de 2018, ni del que asesinó a su hijo a golpes con una pala en A Coruña en mayo de 2017, ni de tantos otros… se los juzgó o enterró cuando se suicidaron, y se acabó el tema. Parece que con recordar a José Bretón como un “monstruo”, no como un padre asesino, es suficiente.

A los hombres los juzgan por los hechos que realizan, a las mujeres por lo que son. 

Esa es la razón por la que el nombre de Juana Rivas se conoce en cualquier lugar, y ella lleva viviendo la condena paralela de la crítica desde que decidió poner en manos de la justicia la denuncia por violencia de género antes que la entrega de sus hijos. Porque Juana Rivas no huyó de la justicia, acudió y confió en ella con el criterio que consideró más urgente. Se pudo equivocar en su decisión, de hecho ha sido condenada, pero a ella no se la juzga por su error, sino por la carga de intencionalidad que se le da a su decisión, que no ven como el intento (equivocado o no) de proteger a sus hijos, sino como una forma de hacer daño a su exmarido y padre de los niños.

La cultura androcéntrica no es la consecuencia de lo que los siglos han ido modelando a partir del barro inicial de los tiempos, sino el molde original que da forma y sentido a todo para que las piezas encajen dentro de su modelo con independencia del momento histórico. 

Por eso lo de “dios creó al hombre” resume muy bien de dónde venimos y dónde estamos. Ni siquiera la tan valorada maternidad, que es presentada como la esencia de la identidad de las mujeres y pilar de nuestra familia, es considerada como algo directamente relacionada con lo divino. A la hora de la verdad, quien crea es el dios hombre de los hombres para dar un sentido de propiedad a lo creado.

De ahí que, puestos a crear, lo primero que se hizo fue un hombre, que es lo importante. Luego vendría lo demás, es decir, la mujer, para eso están las 24 costillas, por lo que una más o una menos daba igual. Podrían haber utilizado una falange, que tenemos 56, pero ya vieron que eso de “la falange” podía hacer falta en el futuro para otras cosas.

Por eso el dios hombre crea un hombre, es decir, a “uno de los nuestros”, y establece esa referencia como mandato de la masculinidad y de la cultura. Y luego los hombres todopoderosos, después de hablar entre ellos, crean a una mujer para que engendren lo de los hombres, que siempre les pertenecerá por copyright.

Bajo esa idea la maternidad es presentada como una especie de “corta y pega” de la paternidad, que fue la primera creadora. Quien ve la maternidad bajo esas referencias piensa que es un mal plagio de una paternidad creadora, capaz de hacer una persona en un instante y a partir de algo tan extraño como una costilla o un puñado de barro. 

Y Juana Rivas osó enfrentarse a esa paternidad divina, de ahí la reacción que todavía la acompaña y la dureza de quienes utilizan la justicia, no para aplicar el derecho, sino para expresar sus opiniones e ideas. Lo vimos en la sentencia condenatoria cuando, literalmente, se decía para insinuar que la denuncia de Juana por violencia de género era falsa, “no es extraño, como muestra la práctica, que en algunos casos, se recurra a esta vía como medio de obtener ventajas procesales”, todo ello a pesar de que lo que dice la “práctica” por medio de la FGE es que las denuncias falsas no llegan al 1%. Y del mismo modo, para justificar que su exmarido no era un maltratador, recoge: “la experiencia en este tipo de sucesos, muestra que los maltratadores habituales, que, efectivamente desarrollan una forma de tortura, suelen ser personas de mente atávica y primigenia, con escasos mecanismos de autocontrol y empatía, que contagian todo su entorno con un hábito de causar daño que no pueden controlar”. O sea, que si un hombre no tiene una mente “atávica y primitiva” no es un maltratador.

Si un alumno o alumna pusiese eso en un examen sobre violencia de género respecto a los agresores estaría suspenso, pero en cambio, sí se puede poner entre los argumentos de una sentencia para dejar sin libertad y sin hijos a una mujer durante años.

Pero la cosa no acabó ahí. La situación continúa ahora cuando en los motivos utilizados para rechazar la suspensión de la condena de Juana, se la sigue presentando como una mala madre, y el juez se permite recuperar una situación sucedida en marzo de 2017 que ya entonces se demostró que no tenía nada que ver con unos abusos sexuales.

El procedimiento seguido en el Tribunal Ordinario de Cagliari con el número 8072/2016 lo explica perfectamente. En él se recoge que el hijo de Juana fue llevado al pediatra por presentar dolor de estómago y molestias en la zona perianal. La exploración del pediatra determinó desde el primer momento que se trataba de un cuadro de estreñimiento que producía esas molestias, y que las heces endurecidas por el problema del tránsito intestinal, al llegar a la zona perianal ocasionaban una ligera dilatación. Aún así, ante el dato objetivo de la dilatación, se puso en marcha el protocolo establecido para descartar la posibilidad de que se tratara de un abuso sexual.

Ojalá se actuara del mismo modo ante las denuncias que interponen las madres por abusos sexuales.

En cualquier caso, el estudio físico y psicológico que se realizó descartaron los abusos.

Cuando un juez trae a colación este argumento en 2021, ¿qué es lo que quiere decir?, ¿que quienes actuaron en 2017 prevaricaron? ¿No dice nada para que se tomen medidas contra el hombre que pudo llevar a cabo el abuso sexual sobre el hijo de Juana¿, ¿sólo se la cuestiona a ella?

El veredicto está claro: Juana Rivas es culpable, tanto por lo que ha hecho como por lo que no ha hecho. 

Para el machismo las mujeres podrán engendrar y parir, pero sólo los hombres pueden crear a través de su paternidad divina, por eso ellos, además de padres se presentan como dueños. 

Y Juana ha osado enfrentarse a esa paternidad divina públicamente, y de paso ha puesto de manifiesto todo lo que el sistema tiene preparado para defenderla y mantener la injusticia social del machismo.

“Spaindemia” y el 8M

El “machoconservadurismo” todavía no se ha enterado de que la infección por el coronavirus ha afectado a todo el planeta. Dos años después de su inicio, de más de 261 millones de personas infectadas por todo el globo y de 5 millones de muertes, siguen pensando que el problema se limita a España, como si la pandemia en realidad hubiera sido una “Spaindemia”.

Esta percepción puede deberse a dos circunstancias, o creen que de todo lo que ocurre por lo largo y ancho del planeta sólo importa lo que sucede en nuestro país, o bien piensan que España es el mundo. Es lo que tiene partir de una idea de patria definida por la triple referencia de “una, grande y libre”, que al final entienden que “una es única”, “grande es planetaria”, y “libre es decir y hacer lo que quieran”. 

Y no es así, por más que les moleste a muchos la realidad que tenemos. Por eso desconsideran los informes emitidos por la OMS durante este tiempo, la evolución de la pandemia por todo el planeta, y las diferentes olas que se han producido como consecuencia de la interacción del virus y sus variantes con la situación social y las medidas sanitarias adoptadas, entre ellas la vacunación.

Todo ello podría parecer que se debe a una falta de conocimiento, pero esa no es la razón. El “machoconservadurismo”  sabe muy bien todo lo que hace porque su estrategia es clara y se basa en los dos elementos que definen su posición: por un lado, la historia como fundamento de su planteamiento conservador, y por otro, la construcción androcéntrica como principio sobre el que dar sentido a la realidad. Esta doble referencia (conservadurismo y machismo) busca mantener la construcción cultural que los hombres han decidido y, por tanto, atacar todo aquello que cuestione al modelo o que actúe en contra de la normalidad definida por él.

Y la amenaza más importante para una construcción levantada sobre la desigualdad que los hombres han decidido, es la igualdad que proponen las mujeres feministas. Por eso el “machoconservadurismo”  utiliza cualquier oportunidad que se presente con el objeto de conseguir ese doble objetivo de consolidar su modelo y atacar a las mujeres y al feminismo.

Un ejemplo lo tenemos con su “Spaindemia” y el 8M. Desde el principio intentaron relacionar la evolución de la infección en España con las manifestaciones del 8M, sobre todo en Madrid por la visibilidad y repercusión que tenía sobre toda España y el extranjero, por ello no dudaron en cuestionar a distintas ministras y políticas feministas que hablaron sobre el tema. En cambio, nunca dijeron nada, y siguen sin hacerlo, sobre los partidos de fútbol y competiciones deportivas que se disputaron ese mismo día, ni de las misas y actos religiosos que se celebraron, tampoco de las actividades culturales y concentraciones de personas en espacios de ocio… para ellos todo se limita y se reduce al 8M y las mujeres. 

Así lo han hecho en repetidas ocasiones a lo largo de este año y medio, y ahora con las declaraciones de la ministra Yolanda Díaz han vuelto a retomar la iniciativa como si fuera una nueva ola de su estrategia.

No se dan cuenta de que al revisar la hemeroteca aparecen una serie de inconsistencias en su planteamiento general que demuestran, una vez más, que todas estas declaraciones sólo buscan alimentar el odio que la propia cultura machista genera contra las mujeres. 

Yolanda Díaz ha declarado que el 15 de febrero de 2020 ya era consciente de la gravedad de la pandemia porque vio la situación en Italia. Sin embargo, la prensa italiana recoge que en los primeros casos de COVID-19 se confirman el 31-1-20 en dos turistas chinos que se encontraban en Roma. Una semana después, es decir, sobre el 7 de febrero, se diagnosticó el primer caso de la enfermedad en una persona italiana, concretamente en un hombre que fue repatriado desde la ciudad china de Wuham, foco de la pandemia. Tras este tercer caso se identificaron 16 más en Lombardía el 21 de febrero, y al día siguiente hubo 60 más y se produjo la primera muerte (22-2-20).

El día 2 de marzo había cuatro zonas en Italia según las diferentes restricciones adoptadas, y hasta el 9 de marzo no se extendió la cuarentena a todo el país. Por su parte la OMS determinó que la COVID-19 podía caracterizarse como una pandemia el 11-3-20.

Es decir, el confinamiento en España se produjo cinco días después que en Italia, a pesar de la evolución seguida en ese país, y 3 días más tarde de que la OMS declara la pandemia. Las dos fechas fueron tras el 8M.

Todo ello refleja que durante los primeros momentos se entendió que la presencia del virus podía ser abordada con actuaciones locales y parciales, y que el fracaso de las mismas y la rápida evolución seguida en los distintos países llevó a entender la gravedad y dimensión verdadera del problema.

Es cierto que existían elementos que podrían haber hecho pensar que la situación era grave y que las medidas se pudieron adelantar, pero tratar de utilizar el resultado de la pandemia como ataque al 8M y todo lo que representa, incluso ahora que tenemos las referencias temporales de cada una de las decisiones y consecuencias, sólo demuestra que lo único que le importa al “machoconservadurismo” es defender su modelo a través del ataque a las mujeres. 

En todo ello se refleja muy bien la estrategia del “negacionismo” y su cara B del “afirmacionismo”, una estrategia que utilizan para evitar enfrentarse a la verdad incómoda que supone reconocer que el modelo androcéntrico es el responsable de la injusticia social de la desigualdad que vivimos. Por un lado, usan la negación de la violencia de género a pesar de que es parte objetiva de la realidad, y por otro, afirman que el 8M fue determinante en la evolución de la pandemia cuando es conocido que no lo fue.

Para ellos la pandemia comenzó el “8 de marzo de dos mil siempre” y todavía siguen en ese día.

Hombre: Porque tú. Porque te

Porque tú eres hombre en una cultura machista hecha a tu imagen y semejanza, porque te beneficias de unos privilegios construidos sobre la limitación de los derechos de las mujeres, deberías cuestionarte tu masculinidad cómplice con la injusticia social.

Porque tú eres hombre tienes acceso a posiciones de poder y responsabilidad sin un juicio previo sobre tu condición y capacidad, porque te han dicho que te lo mereces y que todo es consecuencia de tu hombría.

Porque tú eres hombre cada día tienes un 34 % más tiempo de ocio que las mujeres, porque te escapas de las responsabilidades domésticas a las que ellas dedican un 97% más que tú de tiempo todos los días.

Porque tú eres hombre exiges tras la separación que la custodia sea compartida, porque te conviene abordar el ejercicio de la paternidad a partir de ese momento, sin tener en cuenta la realidad en la que las mujeres dedican un 26 % más de tiempo diario a las responsabilidades de cuidado y cariño a hijos e hijas.

Porque tú eres hombre piensas que el trabajo para ti es un derecho, porque te parece bien la idea de que el trabajo para las mujeres sea una opción, una especie de “ayuda” para contribuir a la economía de “tu familia”.

Porque tú eres hombre cuando trabajas cobras un 20% más que las mujeres, porque te resulta lógico que ellas, debido a sus “diferentes capacidades”, cobren menos por el mismo trabajo realizado. 

Porque tú eres hombre consumes prostitución y pornografía, porque te hace sentir más hombre y más macho utilizar a las mujeres para manifestar y sentir tu poder sobre ellas.

Porque tú eres hombre decides que la violencia de género es normal, porque te beneficias del control y del sometimiento que se ejerce sobre las mujeres a través de esas conductas, aunque tú no des los golpes.

Porque tú eres hombre decides que las mujeres son objetos que puedes usar y agredir sexualmente, porque te crees más hombre al hacerlo y luego culpas a las mujeres de “provocar” o por “decir no cuando en realidad quieren decir sí”, y de ese modo justificarte en tu conducta violenta.

Porque tú eres hombre te sientes atacado por la igualdad y las leyes contra la violencia de género, porque te quitan la invisibilidad, el anonimato y parte de la impunidad que los hombres han tenido sin estas leyes.

Porque tú eres hombre te sientes identificado con otros hombres que niegan la violencia contra las mujeres, porque te resulta más cómodo y práctico negar la realidad que enfrentarte a la falacia de tu identidad construida sobre la mentira de la superioridad de la condición masculina.

Porque tú eres hombre no aceptas nada que provenga de las mujeres, porque te parece que es ser menos hombre hacer propios los planteamientos y propuestas de los movimientos de mujeres.

Porque tú eres hombre joven dices que nunca serás como esos otros hombres que hoy usan la violencia, porque te han hecho creer que maltratador se nace y que los maltratadores de hoy sí decían en su juventud que iban a serlo, cuando en verdad nunca lo dijeron, simplemente pensaban como tú y un día empezaron a maltratar bajo la normalidad social que los justificaba.

Porque tú eres hombre piensas que el problema del machismo no es tu problema, porque te hacen ver que cada caso es independiente y que no hay nada común entre cada uno de ellos, como si todo fuera inconexo y una serie de casos aislados, a pesar de su continuidad en el tiempo y su coherencia con el resto de los elementos que forman parte de la sociedad androcéntrica.

Porque tú eres hombre prefieres no hacer nada y que todo siga igual con la discriminación, el abuso y la violencia contra las mujeres existentes, porque te interesa como hombre que todo continúe del mismo modo y que nada cambie. Tus privilegios tampoco.

Porque tú eres hombre, porque te utiliza el machismo, deberías revelarte, avanzar hacia la Igualdad y ser como tú decidas, no como te imponen.

Porque tú lo vales, porque te lo mereces, no seas una pieza más del machismo.

Machismo climático

Lo que sucede en la cumbre climática de Glasgow refleja muy bien lo que es la construcción de una cultura androcéntrica basada en la acumulación de poder, no solo en su posesión y ostentación. 

El planeta, tal y como lo conocemos, fallece y la humanidad con él, pero a quienes se benefician de la situación actual les da igual. Para los hombres que toman las decisiones políticas y económicas es preferible que la orquesta del capitalismo siga tocando mientras la sociedad se hunde, que reconocer que el modelo zozobra y hace agua, sobre todo porque saben que los chalecos salvavidas y los botes están reservados para ellos.

Cada día recibimos noticias de lo que sucede en Glasgow y, básicamente, su contenido es el mismo. Por una parte, nos hablan del trabajo continuo de diferentes grupos y comisiones, por otra, de la falta de acuerdo en las distintas propuestas y, en tercer lugar, de la enorme distancia existente respecto a la realidad entre los grupos “gubernamentales y empresariales” y los “sociales”, especialmente representados por organizaciones de jóvenes.

Y es que todo forma parte del machismo y sus rutinas. Un sistema asentado en el poder que desprecia las alternativas y a las personas que las representan, y que no para de hacer cosas para no hacer nada y que todo siga igual, es decir, bajo su modelo e imposiciones. Y para que el conflicto no se traduzca en enfrentamiento, adopta la táctica de ceder en algún aspecto con el objeto de presentar esa concesión con un doble mensaje: como demostración de compromiso con el objetivo pretendido, como solución del problema existente.

Con esa estrategia utiliza su poder levantado sobre la referencia de que son ellos quienes ostentan la representación del modelo de sociedad que comparte los valores, ideas, mitos, costumbres, tradiciones… comunes, para darle a sus propuestas el valor añadido de la confianza en lo histórico, y luego unir a ellas el resto de elementos con de las acciones gubernamentales, políticas y mediáticas. 

Con todo ello consigue apropiarse de la situación que cuestiona la realidad, y la hace suya bajo la falsa confianza de hacer creer que puede solucionarla y la promesa falaz de que lo hará.

El machismo procrastina en la solución porque sabe que no hay solución, salvo desaparecer como sistema social y cultural. Por eso en su estrategia utiliza los valores sociales que previamente ha impuesto como referentes, como son el individualismo, la inmediatez, el materialismo y el hedonismo. De esa manera continúa disfrutando del poder a pesar de los problemas estructurales existentes (cambio climático, violencia de género, discriminación…), a la espera de que otros asuman nuevas decisiones en el futuro cuando los actuales responsables se hayan beneficiado de su status y poder.

Su estrategia ante la realidad ya la hemos visto de forma gráfica de diferentes formas durante estos años atrás, como ocurrió con el disco de Supertramp de 1975, “Crisis? What crisis?”, y su portada tan expresiva y anunciadora; o como cuando Andrea Fabra, tras el anuncio de los recortes por desempleo en 2012, dijo en el Congreso lo de “¡que se jodan!” Porque esa es la idea, negar los problemas para que cuando su intensidad no pueda evitar la ocultación la responsabilidad sea de otras personas.

Y de ahí surge el desprecio que muestran hacia las personas que sufren las consecuencias de la desigualdad, la discriminación y la violencia de su modelo. Una mínima empatía y solidaridad haría imposible la continuidad de la injusticia social que conlleva su forma de entender la convivencia.

La pregunta que hay que hacer resulta elemental, ¿cómo es posible que esta posición tan injusta y tan objetiva en sus consecuencias pueda ser secundada por tanta gente en cualquiera de los países? Y la respuesta es sencilla. Toda transformación es presentada como una irrealidad manipulada por grupos marginales que atacan las referencias culturales representadas en la tradición, la identidad y el modelo de convivencia que nos hemos dado a lo largo de la historia. Es decir, las propuestas ecológicas y feministas, o sea, ecofeministas, no son presentadas como proyectos sociales que benefician a toda la sociedad y ahora también al planeta, sino como posiciones particulares que buscan beneficiarse y enriquecerse a costa de una sociedad.  

Con la violencia contra las mujeres y de género ocurre igual. ¿Qué interés puede tener alguien en negar una realidad caracterizada por los 60 homicidios de mujeres y cinco de niños y niñas que se producen de media cada año? La respuesta también es fácil, mantener los beneficios de un sistema que sabe que la solución no está en medidas parciales, sino en un cambio social y cultural que quita privilegios a las personas que ocupan las posiciones de poder, y transforma su normalidad complice.

Porque esa es la clave, en verdad no estamos hablando de si reducimos la emisión de gases de infecto invernadero o de si bajamos las cifras de la violencia de género, de lo que hablamos es de si acabamos con los privilegios masculinos y su estructura de poder existente o no.

Quienes tienen el poder y los privilegios hablan claro y dicen que no, que no se debe hacer nada; la cuestión es qué decimos el resto de las personas.

La “vulnerabilidad tóxica” de las mujeres

Con frecuencia se confunde vulnerabilidad con debilidad, a veces de manera interesada para poder mantener un discurso incapaz de sostenerse sobre la realidad.

La debilidad es una característica relacionada con un estado o condición, y hace referencia a la falta de vigor o fuerza física. La vulnerabilidad, por su parte, indica más una situación relativa, en cuanto que se refiere a la posibilidad de sufrir un daño que dependerá de la desproporción entre la capacidad de resistir y la acción o fuerza recibida.

La construcción androcéntrica ha considerado a las mujeres débiles por carecer del mismo grado de fuerza física de muchos hombres a la hora de realizar ciertos actos, y a partir de ahí ha hecho la trampa de presentar la debilidad y la vulnerabilidad como si fueran la misma cosa. El objetivo de esta asociación interesada es hacer creer que la situación que viven las mujeres en la sociedad es un problema de capacidad derivado de su debilidad, cuando en realidad se debe a la discriminación machista y a la vulnerabilidad social consecuente creada por la misma. 

Bajo ese argumento las mujeres han sido presentadas como incapaces por una “debilidad física” que les impedía desarrollar determinados trabajos, asumir ciertas responsabilidades, soportar el peso de la presión de algunos cargos y posiciones… Y cuando, poco a poco, han ido superando los límites y han asumido esas tareas y trabajos físicos, además de no dejar de hacer en ningún momento el trabajo doméstico y de cuidados, y han buscado estudiar, formarse y desarrollar otros trabajos basados en un componente intelectual, han dicho que eran incapaces por su “debilidad mental”, y que debían ser tuteladas y controladas por el padre, el hermano mayor, el tutor o el marido. Nunca se dijo que lo fueran por la madre, una hermana mayor, una tutora u otra mujer, porque el problema no era de una mujer en particular, sino de todas las mujeres debido a su condición femenina y a esa debilidad esencial definida por el machismo.

La discriminación que impedía realizar las tareas, trabajos, estudios y un desarrollo profesional, no se veía como tal bajo esa normalidad construida por las referencias androcéntricas. Y tampoco se entendía que detrás de todo eso en realidad había una vulnerabilidad social para las mujeres como consecuencia de la violencia y los obstáculos impuestos para impedir la Igualdad. Todo lo contrario, la situación ha sido presentada como esa “debilidad” de las mujeres.

Por dicha razón la historia de la humanidad es la historia del desenmascaramiento del machismo, pues todo lo que en cada momento histórico se ha dicho que las mujeres no podían hacer, el avance de la Igualdad, sobre todo en los últimos siglos con el feminismo, ha demostrado que era falaz. Y ahora las mujeres que no podían estudiar estudian, las mujeres que no podían entrar en la universidad entran y salen con mejores notas que los hombres, las que no podían votar votan, las que no podían trabajar trabajan igual que ellos, las que no podían participar participan en la vida pública y forman parte de las instituciones, las que no eran capaces de asumir responsabilidades las asumen y desarrollan sin problemas… La falacia machista se hace pequeña conforme le crece la nariz al machismo por todas sus mentiras históricas descubiertas, por eso ahora tratan de seguir metiendo las narices de cualquier forma para continuar con su orden y sus privilegios.

La debilidad de las mujeres se ha demostrado falsa, y la vulnerabilidad social consecuente a la desigualdad y la discriminación se ha comprobado que es una estrategia para mantener la posición de poder en los hombres. De manera que los machistas se han quedado sin razones y sin opciones.

Ante esta situación, puesto que se trata de un sistema injusto e interesado, en lugar de reconocer su abuso y unirse a un cambio social por la igualdad y la convivencia democrática, lo que hacen es desarrollar nuevas estrategias de control y dominio de las mujeres con el objeto de mantener su modelo y las referencias que surgen de él, siempre en beneficio de los hombres y lo masculino. 

Algunas de estas estrategias son especialmente preocupantes por sus características y objetivos.

El pasado 1-10-21, en el artículo “Vigilia y fiestas de guardar”, señalaba una situación preocupante ocurrida en la zona de ocio del Zigzag de Murcia, en la que varias chicas fueron intoxicadas, al parecer como parte de la diversión que algunos buscaban para los chicos. Días después hemos conocido que en diferentes ciudades del Reino Unido ocurre lo mismo, y que se ha producido un aumento del número de mujeres jóvenes drogadas en discotecas mediante la inyección de una sustancia tóxica, como si fuera una picadura.

La intoxicación produce una importante debilidad física, aturdimiento y dificultad para recordar, características similares a las que sufrieron las chicas de Murcia, y parecidas a las que ocasionan otras sustancias como la burundanga, empleada para llevar a cabo agresiones sexuales. No creo que sea una coincidencia ni una casualidad, pienso que puede formar parte de una nueva estrategia para facilitar el “acceso de los hombres a las mujeres” y mantener relaciones sexuales en esas circunstancias violentas.

El machismo siempre ha utilizado a las mujeres como reclamo, lo han hecho dejando que entraran gratis en las discotecas y locales para que detrás acudieran los hombres, y ahora que son ellas las que deciden qué hacer y dónde ir, una vez que se ha demostrado que la “vulnerabilidad grupal” de las agresiones sexuales cometidas por varios hombres tiene riesgos para ellos, puede que estén utilizando estas sustancias tóxicas para generar una “vulnerabilidad tóxica” que las haga más accesibles a los chicos para que estos no dejen de disfrutar, y sigan siendo los reyes de la fiesta y de la sociedad que la organiza.

“Mandemia”

Vivimos tiempos de pandemia y esto nos hace olvidar la situación definida por la palabra formada por otra de las consonantes bilabiales, la “mandemia”.

Etimológicamente “pandemia” procede del griego “pándëmos”, y significa “que afecta a todo el pueblo”, por lo que la palabra “mandemia” puede entenderse como la “referencia de los hombres que afecta a todo el pueblo”, es decir, a toda la sociedad.

Y del mismo modo que cuando hablamos de pandemia no quiere decir que se trata de un virus que afecta a todo el planeta, puesto que son muchos los virus que están distribuidos por el orbe, e indica que un nuevo virus patógeno se ha extendido por todos los lugares; cuando hablamos de “mandemia” nos referimos a la extensión planetaria de una nueva estrategia del machismo rancio y avinagrado, transmitida en gran medida por las palabras de la ultraderecha y el despertar de muchas mentes que dormían el “sueño de los injustos”.

El machismo reivindica al hombre y su masculinidad porque su cultura está formada por un puzle en el que cada pieza se corresponde con uno de los hombres que asume esa identidad androcéntrica dominadora y pro-violenta. Una masculinidad que les exige comportarse como tales, mantenerse al margen y en silencio cuando otros actúan desde esas posiciones, y hacer cumplir los mandatos culturales a hombres y mujeres para que su normalidad no se vea alterada por las circunstancias del momento. 

Esa extensión planetaria de “lo de los hombres” en el contexto actual es la “mandemia”, una nueva ola yeyé del machismo que comenzó bajo el flequillo de Donald Trump, y que ha continuado por todos lados como si se tratara de una nueva banda sonora donde los gritos, amenazas, negaciones y ataques han sustituido a las bombas y balas, aunque no siempre. 

La “mandemia”, al igual que ocurre con algunas de las pandemias víricas, tiene dos efectos principales:

  1. Disminuye la capacidad de respuesta de la sociedad al atacar el sistema inmune formado por el conocimiento. Lo vemos de forma clara cuando se lanzan mensajes negacionistas desde las instituciones y algunos medios, y luego el porcentaje de chicos jóvenes que afirma que la violencia de género es un “invento ideológico” se incrementa un 40%, llegando al 20% de todo el grupo de hombres jóvenes (Centro Reina Sofía, 2021).
  2. Enferma a la sociedad de machismo. Una patología que permite una normalidad capaz de convivir con esa violencia como algo menor y sin importancia, al tiempo que hace que el 58 % de todos los homicidios que sufren las mujeres en el planeta se produzcan en sus hogares a manos de sus parejas y familiares (ONU, 2019). Pero también que en el año de la pandemia 243 millones de hombres hayan maltratado a sus parejas (OMS, 2021), 85.000 hayan asesinado por violencia de género (ONU, 2019), y que ante esta realidad 3500 millones de hombres, es decir la inmensa mayoría de los hombres del planeta, se mantengan pasivos y distantes.

Y si los efectos más graves y visibles son cuestionados y negados, los más invisibles y silenciados ni siquiera son relacionados con esta causa “mandémica”.

Como ocurre con la pandemia que vivimos, la solución para la “mandemia” pasa por una serie de medidas parecidas, aunque con algunas diferencias. Veamos estas medidas:

  • Mantener una distancia de seguridad con todas las influencias del machismo, y cambiar esa distancia por proximidad con el feminismo.
  • No “lavarse las manos” ante la realidad, como hizo Pilatos, todo lo contrario, hay que comprometerse y actuar, porque si un hombre cambia todos los hombres pueden cambiar.
  • Quitarse la mascarilla del silencio y no dejar que sea el mutismo y la invisibilidad quienes cuenten el relato de esta historia. No hacen falta más minutos de silencio, sino más palabras y acciones contra el machismo.
  • Ponerse las dosis necesarias de la vacuna del conocimiento. Inyectar conciencia y saber a través de la educación, la concienciación y la formación para generar anticuerpos. Del mismo modo que el virus de la pandemia genera anticuerpos Ig-M e Ig-G, la vacuna contra la “mandemia” produce “Ig-UALDAD”. Y esta inmunoglobulina de la Igualdad se ha mostrado muy eficaz para acabar con los trombos, los dolores y la necrosis que ocasiona el machismo y toda sus injusticia social.

No es casualidad que una gran parte de los negacionistas de la pandemia sean también negacionistas de la “mandemia”, en definitiva, al negar lo que les inquieta afirman sus posiciones.

Hay una tercera consonante bilabial, la “b”, y también puede formar una palabra que defina la situación creada por el machismo. Sería “bandemia”, porque al final son como una banda que ha impuesto su ley a lo ancho de todo el planeta y a lo largo de toda la historia.

Los hombres molan

Lo ocurrido con el Premio Planeta refleja muy bien la realidad de una sociedad androcéntrica dispuesta a no ceder en su jerarquías y postulados, sin dudar para ello en recurrir a las mismas tácticas de quienes han tenido que vencer los límites impuestos y la discriminación, simplemente para poder estar.

“Carmen Mola” ha ganado el Premio Planeta 2021, pero en realidad “Carmen Mola” son tres hombres: Agustín Martínez, Jorge Díaz y Antonio Mercero, guionistas reconocidos que no necesitaban jugar con nombres y apellidos para ocultar a los hombres y apetitos de éxito literario.

Lo ocurrido forma parte de la misma estrategia que utilizan las posiciones machistas que dicen ser partidarias de algo para, en realidad, criticarlo, como, por ejemplo, cuando hablan de que están a favor de la Igualdad, pero de la “igualdad real”, no de la que “beneficia sólo a las mujeres y va en contra de los hombres”; o cuando afirman que hay que luchar contra la violencia que sufren las mujeres, pero también contra la que sufren los hombres, los niños y los ancianos; o cuando comentan apoyar las cuotas, pero para que los hombres también puedan entrar en espacios feminizados, como ocurre con los estudios de Medicina, Ciencias de la Salud, Ciencias de la Educación… sin pararse a pensar que si están feminizados es debido al machismo que atribuía las tareas de cuidado y educación a las mujeres, no porque los hombres hayan sido discriminados.

Todos estos argumentos forman parte de la estrategia posmachista del machismo, que a diferencia de las posiciones tradicionales que reivindican la superioridad de los hombres de manera explícita, busca generar confusión sobre los temas sociales que cuestionan su modelo para que la duda se traduzca en distancia al problema, la distancia en pasividad, y esta pasividad en que todo siga igual por la falta de implicación social.

El machismo es troyano en su propia fortaleza, domina por fuera y corrompe por dentro, porque el machismo práctico no es diferente a la cultura y, por tanto, no es distinto a la normalidad ni a la identidad que define para hombres y mujeres. Por ello tampoco es ajeno a las conductas que se desarrollan desde esas identidades en nombre del orden establecido, y en defensa de los valores y elementos que definen la cultura.

Los hombres molan porque son la referencia universal de todo, de lo que es bueno porque es bueno y de lo que es malo porque es malo. Hasta los “hombres malos” son necesarios en el modelo machista para hacer más buenos a los “hombres buenos”, y para responsabilizar de todo lo negativo a los “hombres malos” que son descubiertos. Si el machismo no hubiera querido “hombres malos” no los habría permitido, pero estos hombres ayudan al resto a mantener su sistema basado en gran medida en el miedo y en la necesidad de defender su posición de poder sobre el control y la sumisión de las mujeres. Por eso no es casualidad la pasividad de la mayoría de los hombres ante la violencia de género, porque aunque sólo “unos pocos” la lleven a cabo por medio de acciones individuales, en realidad cada uno de esos agresores contribuye a mantener las referencias sociales de la desigualdad que benefician a todos los hombres.

En este contexto, y tras lo sucedido en el Premio Planeta, la cuestión es, ¿qué necesidad tenían los tres autores de firmar con el seudónimo de una mujer?

La idea del seudónimo es comprensible como forma de ocultar su identidad por las razones que estimen oportunas, bien de tipo profesional o de tipo personal, pero en este caso se aprecia un oportunismo que viene a reforzar la situación de una sociedad machista en un doble sentido: por una parte, porque potencian la idea de que las mujeres no son capaces de escribir un libro con la misma calidad que los hombres, y por otra, porque se insiste en ese argumento que emplean ahora muchos autores cuando no son galardonados, de que para ser premiado hace falta “ser mujer u homosexual”, despreciando su talento y trabajo.

Cuando las mujeres han utilizado seudónimos masculinos lo han hecho para, sencillamente, poder estar en un espacio negado para ellas por ser mujeres, no porque no fueran capaces de escribir como los hombres. De hecho, como se ha comprobado tras sus publicaciones bajo seudónimo, lo hacían mejor que muchos de ellos. Una conducta no muy diferente a cuando se disfrazaban de hombres para poder ir a la universidad o realizar algún trabajo.

Los hombres que a lo largo de la historia han utilizado seudónimos femeninos, como Ian Blair que firmaba como Emma Blair, o Hugh C. Rae que lo hacía como Jessica Stirling, no cambiaban el nombre para poder estar presentes en un espacio negado sobre su condición masculina, sino que buscaban engañar a las lectoras para tener más credibilidad ante ellas y ganar su complicidad dentro de una literatura devaluada por ser considerada “femenina”, es decir, “sólo para mujeres”.

Como se puede ver, las situaciones son muy diferentes en el caso de una mujer que firma con seudónimo de hombre, y en el de un hombre que firma con nombre de mujer.

El caso de “Carmen Mola” y sus tres autores es una clara instrumentalización comercial de la desigualdad social androcéntrica, una especie de guion que sus autores, como grandes especialistas que son, han desarrollado a la perfección.

Ellos saben que si hubieran escrito un libro de manera individual ninguno de ellos habría alcanzado el interés de los libros escritos a tres manos. También saben que si presentan de inicio una novela firmada por tres autores la mayoría de las principales editoriales no se lo habrían publicado, porque a ninguna le gusta los libros a dúo y menos en trío, salvo que sea un diálogo o determinados ensayos. Podían haber elegido el seudónimo de un hombre para ocultar su trinidad, pero si lo hubieran hecho la violencia de sus historias no habría llamado tanto la atención, y todo el mundo se habría limitado a pensar que el autor era “muy bruto”. En cambio, al escoger como seudónimo a una mujer se produce la sorpresa de cómo es posible encontrar tanta violencia en sus historias, al tiempo que con el desarrollo de esas historias se refuerza el mito de la maldad y perversidad de las mujeres.

Al final los tres autores han preferido molar con las historias y la sorpresa, aunque han hecho un flaco favor a la literatura y a la sociedad al reforzar los planteamientos machistas. Quizás les de igual, pues ellos son hombres y guionistas, y lo que sí es seguro es que las posiciones androcéntricas se han visto reforzadas, y que detrás de estos libros hay alguna serie o película de la que ya sabemos quienes serán sus guionistas.

Todo resulta un poco triste.