¿Y machista no era…?

Racista, xenófobo, supremacista… así describen los medios de comunicación a Nikolas Cruz, autor del asesinato de 17 personas en el instituto MS Douglas de Parkland en Florida. Se le acaban los adjetivos para hablar de la conducta y de los elementos de identidad que la motivaron, y en cambio no hacen referencia al elemento que está en la base de todos los demás: el machismo.

Quien parte de considerar que la identidad está basada en que su condición de hombre-blanco-heterosexual-estadounidense… es superior a la del resto, se siente legitimado para desarrollar toda una serie de conductas de discriminación y violencia contra quienes considera inferiores, de los cuales piensa que están usurpando parte de lo que le pertenece. Y como toda conducta violenta, su desarrollo puede aumentar de forma progresiva hasta llegar a las distintas expresiones de la violencia física, entre ellas el homicidio. Son crímenes que cuentan con todos los ingredientes en sus autores: razones morales basadas en su idea de superioridad, argumentos prácticos al entender que le están quitando algo que les pertenece, una carga emocional basada en el odio que refuerza toda esa construcción, y una solución a su alcance a través del uso de la violencia.

Todo indica que es lo que ha ocurrido con Nikolas Cruz, a pesar de la advertencia que se había producido a través de la denuncia sobre sus planes sin que que hubiera respuesta del FBI, algo nada casual cuando el contexto social y cultural crea una sintonía bajo referencias cercanas con quienes reciben la denuncia, restándole credibilidad a su contenido o a su trascendencia.

La identidad construida sobre las referencias biológicas que llevan a entender que una determinada condición es superior al resto, que es lo que se observa en este caso y en todos los crímenes de odio, no es nueva. Se remonta al Neolítico y su ADN es el machismo, que fue la primera referencia utilizada en aquel entonces para definir la identidad de los hombres y de las mujeres, a partir de la cual se ha ido reforzando para establecer la desigualdad en la convivencia social sobre las referencias de quienes ocupaban las posiciones de poder, que eran los hombres.

Fueron las ideas, voluntades y deseos de los hombres los que decidieron que la convivencia tenía que organizarse en diferentes niveles jerárquicos, y que lo masculino pasaría a ser considerado como universal y común para toda la sociedad, convirtiéndose en la referencia social, y de ese modo permitir que los hombres contaran con las condiciones idóneas para ocupar y desarrollar espacios de poder en lo individual. Y a partir de esos primeros momentos, en lugar de cambiar conforme la organización social se modificó, lo que se hizo fue reforzar la construcción con los distintos elementos de poder e integrar otras referencias para incorporar al grupo original a los niveles más altos de su estratificación social, y de ese modo consolidar la estructura social sobre sus ideas, valores, creencias, origen, procedencia, color de la piel… pero siempre con lo masculino y los hombres como núcleo de esa organización.

El resultado es que la condición dominante no sólo es diferente a las otras, sino que, además, es superior. Por eso, para ese modelo, una mujer es diferente a un hombre e inferior, un homosexual es diferente e inferior, un afroamericano es diferente e inferior, un extranjero es diferente e inferior… y así podemos seguir uniendo factores de discriminación para hacer de esa construcción jerarquizada una fuente de discriminación interseccional, es decir, resultante de la interrelación de los diversos factores individuales para aumentar la desigualdad y acumular más poder; por ejemplo, una mujer es discriminada por su condición, pero si además es extranjera, con otro color de piel y una orientación sexual distinta, aún será mas discriminada.

Esa es la razón que hace que un machista sea homófobo, racista, xenófobo… porque el machismo está en el núcleo de esa identidad que parte de la condición como factor de referencia para considerar al resto diferentes e inferiores. Luego podrá expresar las distintas discriminaciones con más o menos frecuencia o de forma más o menos explícita dependiendo de las circunstancias, pero la construcción de la identidad machista las lleva todas en su esencia.

El machismo es cultura, no conducta, y la cultura machista es una estructura de poder, por eso se desarrollan conductas dirigidas a la consecución y a la perpetuación esas posiciones de privilegio bajo el amparo del sistema social y cultural, que a su vez se ver reforzado por los comportamientos individuales en una especie de “todo el mundo gana”.

Es lo que ha ocurrido con Nikolas Cruz, que ha desarrollado una actitud y una conducta sobre las referencias comunes de una sociedad que él ha llevado hasta el peor de sus extremos, pero no por ser diferentes, sino por vivirlas de una forma especialmente intensa y particular en sus circunstancias. Y esos factores comunes son los que hacen que la advertencia de que podía pasar no se vea tan grave o no resulte creíble, como ha ocurrido con las denuncias ante el FBI. Si la denuncia hubiera sido sobre un posible atentado yihadista, aunque las evidencias hubieran sido similares, habría conllevado la respuesta inmediata por parte del FBI, pues esa violencia está construida sobre referencias completamente diferentes a las que caracterizan el contexto socio-cultural. Es la misma situación que se presenta en violencia de género, cuando la palabra de las mujeres no resulta creíble o las consecuencias de su denuncia no se vean tan graves o posibles.

El machismo está en la base de la violencia interpersonal nacida de la condición de quien la ejerce y desarrollada de la mano del odio contra quien se considera diferente e inferior, por eso en una cultura levantada sobre la superioridad de los hombres sobre las mujeres estas son las primeras en sufrir sus consecuencias, pues cada golpe hace que el hombre que lo da se siga creyendo superior, y la sociedad más sólida sobre el machismo.

Nada es casual, el machismo es causa, no resultado.

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Puritanismo y género

Si no fuera por lo serio que es el tema, la situación daría un poco de risa. Y es que no deja de sorprender que la respuesta que ha dado una parte de la sociedad bajo la lectura que la cultura machista hace de la realidad, haya sido entender que hablar contra el acoso sexual a las mujeres nos puede llevar a un puritanismo sexual que baje de nuevo la ropa hasta los tobillos y suba los escotes hasta el cuello, y que sitúe entre hombres y mujeres una distancia infranqueable a modo de barrera.

La respuesta puede sorprender, pero no es casualidad.

En el momento actual confluyen dos corrientes que plantean soluciones frente al acoso sexual, pero cada una de ellas lo hace a partir de fuentes muy remotas. La primera corriente plantea evitar el acoso cuestionando la libertad sexual de las mujeres en una especie de “sin sexo no hay acoso”; la segunda defiende la libertad sexual pero entiende que detrás de ella hay una especie de incitación de las mujeres a ser abordadas y acosadas.

Detrás de las dos está el machismo y su puritanismo, en la primera de manera directa y explícita, por eso aprovecha la ocasión para atacar a la Igualdad y a lo que significa, haciéndola responsable de todo lo que le ocurre a las mujeres, precisamente por haber roto con las referencias tradicionales de la buena virtud. Y en la segunda, porque interpreta la libertad de las mujeres como una “provocación” a los hombres, tanto a su posición referente como a su papel activo, volviendo a dejar a las mujeres como “sujetos pasivos” de las relaciones

En apariencia sus enunciados pueden parecer lo mismo por estar contra el acoso, pero son completamente diferentes en su significado y sentido, pues mientras que la primera corriente busca imponer un modelo de relación en el que las apariencias sustituyan a la realidad, y donde la violencia quede invisibilizada bajo el umbral que se decida en cada momento, tal y como ha ocurrido históricamente, la segunda corriente busca la libertad de las mujeres y el respeto a su dignidad, algo que sólo puede alcanzarse a través de la Igualdad, pues ni la libertad ni la dignidad se disfrutan sin ella. Por eso la idea de “provocación” que insinúan sólo puede ser consecuencia de la influencia del machismo.

El puritanismo no es nuevo, siempre ha estado en nuestra sociedad para controlar a las mujeres, porque lo de velar por las “virtudes públicas y privadas” se ha situado sobre la imagen y el comportamiento de ellas, no de los hombres. Para la cultura patriarcal la quiebra de la moral y de la virtud se produce cuando las mujeres asumen un rol diferente en la sociedad y se liberan sexualmente de las imposiciones de un machismo que las necesitaba controladas y sometidas para que los hombres no vieran cuestionado su honor ni disminuido su poder. Para esa misma sociedad, cuando los hombres acosan, violan o asesinan a las mujeres no se atenta contra el puritanismo, todo lo contrario, presentan esos crímenes como consecuencia de las “malas mujeres” que se alejan de él.

La imagen de los hombres y su conducta tampoco afecta a la virtud y, en consecuencia, no se relaciona con el puritanismo sexual ni de otro tipo. Nadie habla de ataque al puritanismo porque los hombres muestren sus abdominales y sus bíceps, ni piden que no los enseñen bajo la amenaza de que los acosen o llegue a imponerse un control sobre el “juego sexual”. Como tampoco dicen nada de esa violencia sexual que ejercen como parte de la “complicidad” de una sociedad que facilita las condiciones para llevarla a cabo, y luego cuestiona a las mujeres por lo que hagan o dejen de hacer, pero calla sobre lo que los hombres hacen. El puritanismo conlleva la violencia amparada por las circunstancias o la provocación de las mujeres, por eso es un modelo basado en las mismas apariencias que hacen que la mujer del César tenga que serlo y parecerlo, sin que el César deba preocuparse de otra cosas que no sea la imagen que da su mujer.

Es el puritanismo que niega a las mujeres para que los hombres sean más hombres.

Y en unas circunstancias como las actuales, en ese río revuelto resultante de la confluencia de las dos corrientes, el machismo ha lanzado sus redes sociales y todos sus elementos de influencia para sacar ganancia como pescadores de oportunidades. Por eso ha aprovechado las circunstancias para hacer entender que en realidad la lucha contra el acoso y la violencia sexual conduce a un puritanismo anti-femenino, hasta el punto de conseguir que un grupo de mujeres feministas francesas compartan el argumento sin tener en cuenta que el contexto social y cultural del machismo influye en las decisiones individuales. Nada nuevo, por otra parte, como cuando se ha dicho desde algunas voces del feminismo que una ley contra la violencia de género supone presentar a las mujeres como incapaces y como seres que necesitan ser tutelados, o como cuando se plantea que “decidir sobre el propio cuerpo” para hacer lo que el machismo ha impuesto bajo la violencia a lo largo de toda la historia, tampoco tiene nada que ver con el contexto social y cultural en el que se toman esas decisiones. Curiosamente, estos argumentos y sus fuentes feministas son continuamente citados por los machistas.

El machismo es el artífice del puritanismo, un puritanismo que nunca ha evitado ni impedido la violencia contra las mujeres, sino que la esconde bajo las circunstancias y los diferentes contextos que se puedan dar. Por eso la situación actual no es diferente a lo que ha hecho el propio machismo al diseñar una doble estrategia para adaptarse a los tiempos actuales. Por un lado está el machismo de siempre con su defensa directa y explícita de las ideas tradicionales con argumentos como que “las mujeres deben tener un salario menor por ser menos inteligentes y más débiles”, tal y como afirmó el eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke, y de ese modo mantener la brecha salarial en la que Rajoy dice que no hay que entrar; y por otro está el diseño de la nueva estrategia del posmachismo para hacerse dueño de la “Igualdad de verdad”, y decir que lo que hace el feminismo es atacar a los hombres, a las familias y al orden natural para beneficiarse económica y socialmente de la situación.

Ahora con el puritanismo ocurre lo mismo, por un lado está la reivindicación del puritanismo en sentido tradicional para recuperar los valores que hacían a las mujeres portadoras de la virtud social, y por otro una especie de “post-puritanismo” para que se dejen acosar y abusar en nombre de su libertad.

El machismo es cultura, no conducta, ya lo hemos dicho en más de una ocasión, y la cultura es identidad. No entender que las decisiones individuales vienen condicionadas e influidas por las referencias socio-culturales, es caer en las trampas del machismo que lleva siglos afirmando que la desigualdad y toda su injusticia violenta es “lo normal”.

 

Monstruos S.A.

Ya tenemos un nuevo monstruo en la sociedad, José Enrique Babuín Gey, conocido como “El Chicle” y detenido por el asesinato de Diana Quer, se ha incorporado a la lista de “monstruos” que cada año se elabora para tranquilizar conciencias y desviar miradas de las circunstancias comunes a todos los hombres que actúan con un objetivo similar, aunque las formas de alcanzarlo sean diferentes.

La primera en llamarlo de ese modo ha sido su madre, quizás la única persona legitimada para hacerlo por el impacto emocional que produce ser consciente de que el niño aquel ha sido el hombre ese que aparece en los medios de comunicación como autor de unos hechos tan terribles. Mirar a la vida y encontrar a ese hombre en cada recuerdo de aquel niño es “monstruoso” para una madre y para un padre.

Pero el resto de la sociedad rápidamente también lo ha considerado como un monstruo bajo un argumento diferente, pues mientras que la familia lo califica de ese modo por ser “uno de los nuestros”, la sociedad lo llama monstruo para decir que “no es uno de los nuestros”. Por ello no han perdido tiempo en acudir a todo tipo de personas expertas para que expliquen algunas de sus características y rasgos de personalidad sin conocer nada de él ni haberlo examinado, tan sólo con las informaciones y referencias que aparecen en los medios de comunicación, algunas de ellas claramente contradictorias. Pero todo eso da igual, lo importante no es que sea verdad lo de “El Chicle”, sino que sea mentira que se trataba de un hombre “normal”, como sí han coincidido en definirlo personas de su entorno laboral, social, relacional, amistades…

Los estudios forenses nos dirán cómo es “El Chicle”, cuáles son los rasgos de su personalidad y si tiene algún elemento que tenga un significado especial en su comportamiento, pero lo que sí sabemos ya es que se trata de un machista violento, igual que otros agresores que han cometido crímenes similares, incluso peores en sus formas y consecuencias por asesinar a varias víctimas, y ninguno de ellos era un enfermo mental ni tenía trastornos de personalidad, cómo tampoco ninguno de sus conocidos decía nada de ellos ni de “El Chicle” antes de que se conociera su responsabilidad en los hechos. En cambio, nadie ha dicho de él algo tan sencillo como que “es un machista violento” .

El análisis de un caso no puede basarse en la repercusión que tenga en los medios de comunicación, ni concluir sobre sus elementos a partir de las informaciones, pues las conclusiones y la información con toda probabilidad serán erróneas.

¿Qué es lo que hace, según toda esa gente, que un hombre sea un monstruo?. Veámoslo.

Llevar a una mujer joven a un lugar apartado para agredirla sexualmente no debe serlo, puesto que, por ejemplo, es lo mismo que hicieron los integrantes de “la manada” y no sólo no los han considerado “monstruos”, sino que hay quien los defiende y culpabiliza a la víctima. Haberla asesinado tampoco debe ser la razón de la monstruosidad, porque cada año en España alrededor de 100 mujeres son asesinadas bajo las diferentes formas de violencia de género y no se refieren a sus asesinos como monstruos. Ocultar el cuerpo tras el homicidio, aunque sea menos frecuente, tampoco ha llevado a considerar monstruos a los asesinos de Marta del Castillo o al marido de María Puy en Navarra, que la asesinó, descuartizó y enterró durante meses.

Al final todo indica que se es monstruo por necesidad, por una combinación de circunstancias que van desde los propios hechos hasta la alarma social generada, situación esta que necesita una negación del machismo y su violencia al tiempo que una afirmación de lo ocurrido. Al final, tener un monstruo a mano ayuda mucho a distorsionar lo ocurrido y a tranquilizar muchas conciencias y algunos ánimos.

¿Cuántos monstruos hay ahora mismo en las calles, en sus casas, en hospitales, juzgados, empresas, comercios… que son considerados como buenos compañeros, buenos amigos, buenos vecinos, buenos trabajadores… y que mañana serán “monstruos”?

No son monstruos, sólo lo serán en nuestra imaginación, en esa realidad que necesitamos crear para que todo encaje dentro de la normalidad machista en la que convivimos cada día, sin que se alce la voz contra la injusticia social que supone y la violencia normalizada que queda integrada dentro de ella. Es mas fácil dejarse llevar y vivir al margen de esa realidad que aceptarla y enfrentarse a ella para cambiarla, sobre todo cuando hacerlo supone renunciar a los privilegios que el machismo otorga a los hombres.

El machismo es una fábrica de monstruos, es “Monstruos S.A.”, no una película, sino la historia real. Y es tan terrible, que crea hombres normales que maltratan, matan y violan desde la invisibilidad y la impunidad, y luego crea algunos monstruos con nombres, apellidos y apodos para exponerlos por todos los medios cuando son descubiertos y no pueden beneficiarse de algunas de las justificaciones que también prepara para que su monstruosidad no de miedo y sea apta para todos los públicos.

Es lo que hemos visto con José Enrique Babuín, “El Chicle”, aunque los intentos de minimizar siempre están presentes, como cuando se ha tratado de culpabilizar y responsabilizar a la propia Diana y a su familia, o como cuando ahora se buscan rasgos o trastornos en el “monstruo” para convertirlo en una especie de alienígena al margen de nuestra cultura y sociedad, para sí tranquilizar más y poner la mirada todavía a más distancia de nuestra realidad.

Vivimos en una fábrica de monstruos, el machismo es “Monstruos S.A”, pero no los busquen en lugares extraños ni con aspecto raro.

 

“No a la guerra”. “Sí al acoso”.

Nadie, ni en Hollywood ni en Europa, dijo que se podía caer en una especie de buenismo ni de debilidad general por defender la paz frente a la guerra. Ninguno de los actores y actrices que en su día ocuparon las plateas y escenarios protestando contra la guerra de Irak se encontraron con manifiestos pidiéndoles “prudencia”, o hablando del riesgo de caer en una especie “ñoñería global” que restara intensidad y sentido a las relaciones internacionales.

Nadie duda de que hablar de la guerra es diferente a hablar de lanzar misiles de prueba, a comentar el diámetro del botón nuclear o a lanzar amenazas sobre el estallido de un posible enfrentamiento. Y tampoco nadie deduce que hablar contra la guerra se va a traducir en un abuso por parte de los pacifistas para denunciar “falsas guerras” por todas las esquinas del planeta.

Y tampoco se entiende que situaciones previas a las guerras, como cuando se produce algún ataque aislado, o se lleva a cabo un bloqueo comercial, o se invade parte de un territorio… forman parte de una estrategia de “negociación” de buen rollo, de esas que “ponen cantidad” y despiertan el interés en quien en un principio no lo tenía, hasta finalmente llegar a un encuentro maravilloso entre las dos partes. Todo lo contrario, cada una de esas acciones se ven como actos violentos necesarios para desarrollar y avanzar en una violencia más grave, y serán reprobados individualmente con independencia de que tras algunas de estas acciones pueda surgir un acuerdo y una buena relación comercial entre los países implicados.

Y no tiene sentido, porque no estamos hablando de “formas de relacionarse” en libertad e Igualdad, sino de agresiones y de guerra.

En cambio, cuando se habla de violencia sexual y de acoso, se plantea que de lo que se habla es de flirteo, y que no aceptar la violencia históricamente normalizada puede llegar a afectar a las relaciones hasta acabar en un “puritanismo sexual”.

Este planteamiento que, ¡oh casualidad!, una vez más surge de manera “espontánea” por parte de un grupo de mujeres que en todos estos años de acoso y violencia sexual no sólo no han sacado ningún manifiesto contra el machismo, sino que entre las firmantes hay quien ha apoyado a Roman Polansky tras reconocer la violación cometida sobre una menor, sólo tiene sentido si se dan por válidas dos premisas:

  1. La primera es situar los límites en el propio acosador, al entender que en una relación es normal la “insistencia” y el “exceso” intimidatorio y violento, siempre y cuando que quien lo lleve a cabo no lo vea así.
  2. La segunda es aceptar la idea de que las mujeres son “manipuladoras, perversas y poco inteligentes”, hasta el punto de no saber diferenciar una relación de una agresión, y de utilizar la situación para denunciar falsamente a los “pobres y bien intencionados hombres”.

Como se puede comprobar, ambos planteamientos son una trampa, pues, en definitiva, suponen aceptar lo que ya la cultura machista ha dicho que es normal bajo los mitos e ideas que llevan a entender que en un encuentro entre un hombre y una mujer, “no es sí tras la correspondiente insistencia”.

Todo está relacionado con una visión romántica del amor que acepta que la violencia forma parte de él, hasta el punto de plantearlo en frases como, “los celos son amor”, “quien bien te quiere te hará llorar”, “hay que aguantar y perdonar por amor”… Y esa misma visión romántica es la que lleva a presentar la guerra como un “acto de amor”: amor a la patria, a unas ideas o valores, a un modelo de sociedad, a la libertad… no como un instrumento de odio y poder de quienes pudiendo utilizar sus posiciones privilegiadas para negociar e influir, prefieren atacar, imponer y someter. Exactamente lo mismo que prefieren en las relaciones de pareja.

Todo forma parte del machismo omnipresente e invisible, por eso no es casualidad que esa misma cultura concluya que “en el amor y en la guerra todo vale”. Es justo lo que necesita para desarrollar sus estrategias.

El manifiesto de las actrices francesas es eso, poner de manifiesto las influencias y las largas manos de un machismo que dice a los hombres lo que tienen que hacer y a las mujeres cómo han de ser.

Como se puede observar, la utilidad de ese manifiesto no buscaba poner de relieve una forma diferente de ver las relaciones entre hombres y mujeres, ese era su enunciado, la verdadera utilidad era generar la duda, debilitar la respuesta global que se ha producido contra el acoso sexual, y otorgar al machismo el argumento de que las “propias mujeres” y el “propio feminismo” están en contra de lo que las “feminazis radicales” y su “feminazismo anti-hombres” proponen.

El machismo no está dispuesto a ceder su posición de poder ni a renunciar a sus privilegios, y todas las reacciones orquestadas son un ejemplo manifiesto de ello. Por muy intensa que sea la acción contra el machismo nunca se debe menospreciar su reacción.

 

El 016 y los hombres

Los hombres ya llaman al 016, no sé de qué se preocupa el Gobierno, concretamente el 25% de todas las llamadas que se realizan a ese número son llamadas insultantes, amenazantes, obscenas… realizadas fundamentalmente por hombres. Estas “llamadas maliciosas” suponen unas 416.000 en el periodo 2008-2015, según recoge el “IX Informe del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer 2015”.

Unas llamadas maliciosas que, por cierto, han disminuido de manera significativa tras la desaparición del Ministerio de Igualdad y de las políticas dirigidas a erradicar la violencia de género y la desigualdad, no a gestionar la desigualdad existente con sus diferentes manifestaciones. Durante los años del Ministerio de Igualdad (2008-2011), la media anual de estas llamadas insultantes fue de 80.212, y en los cuatro años siguientes de 24.948, es decir se produjo un descenso de 68’9% que demuestra cómo su origen está en el odio hacia esas políticas de Igualdad y lo que representan en cuanto a significado y cuestionamiento del machismo.

Pero hay otro dato muy interesante también sobre el posicionamiento de los hombres ante el 016, y nos lo da el dato sobre el porcentaje de hombres que llama cuando quien realiza la llamada no es la propia víctima. Porque cuando llaman personas del entorno de la mujer que sufre la violencia, el 74’9% son mujeres. Los hombres deben estar muy ocupados realizando llamadas obscenas e insultantes para detenerse un momento y llamar para intentar ayudar a una madre, hija, hermana, amiga o compañera maltratada por otro hombre. El dato es terrible, puesto que refleja el diferente significado que los hombres dan a la violencia de género a partir de las referencias que establece la cultura machista para presentar los casos como factores contextuales en los que la víctima actúa como propiciatoria de la violencia.

La pregunta es sencilla, ¿qué clase de referencias manejan estos hombres para estar tan lejos de la realidad de la desigualdad y su violencia, y tan cerca al silencio ante esta cruel y dramática expresión?. ¿Qué masculinidad u hombría hace que se prefiera callar y dejar que continúe la violencia dirigida contra una madre, una hermana, una hija, una amiga o una compañera?. ¿Es más importante defender a otro hombre, que además es maltratador, que a una mujer que sufre su violencia?.

Todo eso es lo que es capaz de generar el machismo como parte de la normalidad, tan normal la situación que el mismo Gobierno que tiene dificultad para sumar los casos de mujeres asesinadas y deja algunos en investigación, o no incluye dentro de las estadísticas de violencia de género asesinatos como el de Laura del Hoyo, asesinada por Sergio Morate junto a su exnovia Marina Okarynska en Cuenca en agosto de 2015, no tiene dificultad alguna para presentar y unir junto a la violencia de género otro tipo de iniciativas, como las que ahora plantea para el 016.

¿Se imaginan que el teléfono de emergencias 112 incorpore ahora información sobre cuestiones generales que puedan estar en relación con alguna posible emergencia futura, como por ejemplo un servicio de asesoramiento sobre el tipo de neumático más conveniente para los coches a partir del uso que se vaya a hacer de ellos, o sobre el tipo de calzado a la hora de practicar determinados deportes…?

¿Creen ustedes que el Gobierno se atrevería a unificar en el teléfono de la DGT toda la información sobre aeropuertos, trenes y barcos, bajo el argumento de que “todo es tráfico”?…

Es tan absurdo como mezclar cuestiones generales sobre Igualdad que afectan a hombres con la atención e información sobre violencia de género. Pero siendo absurdo no es un error, sino parte de su estrategia.

Porque el Gobierno del PP, según se desprende de sus decisiones, desde que llegó al poder intentó dejar atrás la idea de “violencia de género” para acercarse a la de “violencia doméstica”, y de esa manera ocultar las circunstancias específicas que tiene al violencia dirigida contra las mujeres y la construcción cultural que da lugar a ella. Se vio nada más empezar en la condena que hizo la ministra Ana Mato tras los primeros homicidios cometidos con ella al frente del Ministerio, que habló de “homicidios en el entorno familiar”. Lo tuvo que dejar ante las críticas que se levantaron contra ella, pero rápidamente trabajaron para incluir como víctimas directas de la violencia de género a los niños y niñas, cuando la Ley Integral ya lo contemplaba, pero no en su artículo primero para evitar confundir con el significado de la violencia de género, que se dirige contra las mujeres, aunque también se pueda hacer a través de los hijos e hijas. Y ahora lo han vuelto a intentar al incorporar como usuarios a los hombres en un teléfono dirigido a atender a las mujeres que sufren la violencia machista, pues si logran superar este primer obstáculo, el siguiente paso será incluir a los hombres como víctimas de la “violencia doméstica”, y completar de ese modo la desnaturalización del 016 y de la propia violencia de género, que volvería a ser “doméstica o familiar”.

Y todo ello al más puro estilo posmachista, argumentando que se hace en nombre de la “verdadera Igualdad”, no la que plantea el feminismo que “sólo busca ayudar a las mujeres para enriquecerse con las subvenciones”.

Que se trata de un error es indudable, la única duda que tengo en este momento es si se debe a un desconocimiento profundo sobre lo que es y significa la violencia de género, o si parte de esa estrategia perversa para desnaturalizar la violencia de género y transformarla en “violencia familiar o doméstica”. Aunque ahora que lo pienso, las dos opciones no son incompatibles.

Y todavía hay quien no entiende por qué pedíamos un pacto de Estado contra el machismo, no sólo contra la violencia de género.

 

“Tonterías de estas…”

“Tonterías de estas”, así ha calificado el abogado de uno de los jugadores de la Arandina la conducta desarrollada por los jugadores sobre la menor, intentando minimizar los hechos al tiempo que, una vez más, desacreditaba y atacaba a la víctima al situarlo todo como producto de su “fantasía”.

El argumento se repite porque funciona. Si el cuestionamiento de la víctima no fuera eficaz, las defensas de los denunciados por violación o por cualquier otra forma de violencia de género no lo utilizarían constantemente. Y si la cultura no presentara a las mujeres revestidas de maldad y perversidad a través de sus mitos, no podría resultar eficaz utilizar ese tipo de argumentos en los juzgados y en la sociedad.

Pero como no siempre se puede reducir la estrategia ni la explicación de los hechos a la invención y a la denuncia falsa, el machismo ha levantado también otra referencia para evitar la crítica a las conductas que integra como parte de su normalidad, y que sólo cuestiona (y con matices), cuando alcanzan una cierta intensidad. Esa referencia es la “intrascendencia”, la “poca importancia”, la “levedad” de lo ocurrido… idea que se refleja muy bien en las palabras del abogado del jugador de la Arandina, cuando se refiere a unos abusos sexuales como “tocamientos y tonterías de estas”. Y no sólo es el comentario de un letrado, sino que al ser parte del significado que la cultura ha dado a este tipo de hechos, la idea queda integrada en la concepción general que existe sobre los mismos en la sociedad, y desde ella influye en la respuesta profesional que se da ante la violencia de género desde los diferentes ámbitos. Es lo que hemos visto en los últimos homicidios cometidos después de que las víctimas denunciaran sin que recibieran la protección que las circunstancias exigían. Yo mismo como médico forense he conocido situaciones en las que algún juez justificaba la absolución con el argumento, “pero cómo le voy a meter 4 años de prisión por esa tontería”. No veía proporcionalidad entre lo que las pruebas demostraban y la pena que la ley recogía, pero en lugar de cuestionar la norma o su forma de pensar, lo que hacía era no condenar y dejar desamparada a la mujer que había sufrido la agresión.

Es la misma justificación que se utiliza ante el acoso sexual, en el hostigamiento callejero, la violencia de género en la pareja… todo son “tonterías de estas” y cuando la tontería se pone seria es porque la víctima ha provocado, el agresor estaba fuera de sí por el alcohol, las drogas o algún trastorno mental pasajero, o sencillamente es mentira.

De esa manera se crea una especie de graduación tramposa sobre los hechos que actúa como refuerzo del machismo. Y es tramposa porque aparenta un compromiso con la trascendencia de la violencia que se ejerce contra las mujeres al contar con una pena importante, pero luego deja muy poco espacio para la acción y mucho para la absolución, como demuestran las estadísticas con sólo un 5% de los maltratadores y un 1% de los violadores condenados. La estrategia es la siguiente:

. La violencia contra las mujeres no existe como problema social

. Cuando se producen y se denuncian casos se dice que se trata de una denuncia falsa.

. Si la investigación continúa a pesar de los dos primeros obstáculos, entonces se argumenta que es algo “sin importancia”, una “tontería”, un “tema privado”, algo “intrascendente”…

. Y cuando el resultado es grave o los hechos adquieren seriedad por otras circunstancias, se explica bajo la idea de la provocación de la víctima o de la pérdida de control del agresor.

El proceso culmina cuando se comprueba que todo ello es interpretado y confirmado con dos nuevas trampas. Una de ellas es la utilización de las referencias que el propio machismo establece para dar sentido y significado a la realidad a través de los mitos, estereotipos, ideas, valores… Y la otra, situar la palabra de los hombres como rúbrica de la verdad. De ese modo, en el aparente conflicto de “palabra contra palabra” que se genera, lo que las mujeres relatan es “fantasía” y lo que ellas dicen “mentira”.

Son ellos los dueños de la verdad, y por ello una de las ideas que más repiten desde el posmachismo es que “los presupuestos contra la violencia de género se dedican a dar subvenciones a asociaciones que viven del cuento, y se las quitan a las <<víctimas de verdad>>”… ¿Y quienes son las “víctimas de verdad”?, pues muy fácil, las que ellos decidan, todas las demás son, según su visión, “autoras de un delito de denuncias falsas”.

Tal y como se aprecia, el machismo actúa como juez y parte para juzgar al machismo.

La estrategia se completa cuando los casos graves en los que no se pueden aplicar ninguna de las justificaciones terminan siendo condenados, y se utilizan como ejemplo de la “eficacia y bondad de su sistema”. Son los “chivos expiatorios” del machismo, los hombres sacrificados individualmente para defender el modelo de privilegios para todos, algo inherente y aceptado por cada uno de ellos como parte del juego.

Como se puede ver de “tontería” tiene poco, al contrario, es un modelo definido con gran perspicacia y defendido con habilidad cada día para mantener esa normalidad cómplice del machismo que considera la violencia contra las mujeres como inexistente, mentira, tontería, arrebato o provocación.

“Mi asesino y yo”

La violencia de género ni siquiera termina con el homicidio de las mujeres que la sufren, aún tienen que soportar determinadas conductas y comentarios que agreden su recuerdo y hacen aumentar el dolor en sus familias, al tiempo que justifican en mayor o menor grado la posición de sus asesinos.

Y una de las formas de continuar con la violencia es la utilización de la imagen de las mujeres asesinadas y la de sus agresores, la cual se hace reproduciendo los estereotipos y mitos que la cultura ha situado como argumentos para darle sentido a la violencia de género dentro de la normalidad, cuando su intensidad no es especialmente marcada en el resultado, o bajo la excepcionalidad cuando aparece de forma intensa, como sucede en el femicidio.

La cultura ha hecho creer que cuando una mujer de cierta edad es asesinada por su pareja o expareja es porque se trata de un “machista en sentido tradicional”, es decir, de un hombre con toda una “historia llena de machismo que en un momento determinado, bien por el alcohol, los problemas mentales o un arrebato surgido en una “fuerte discusión”, pierde el control y la mata”. En estos casos no es tan necesario acompañar de imágenes para integrar lo ocurrido y tranquilizar las conciencias para que no miren alrededor, y puedan cuestionar el modelo de sociedad machista en que vivimos.

Pero cuando se trata de mujeres jóvenes esos mitos levantados alrededor del agresor no son lo suficiente eficaces, y se echa mano de los que se han construido sobre las mujeres y la relación de pareja según las referencias que ha puesto el machismo bajo la idea del amor romántico.

Las consecuencias directas sobre las víctimas más jóvenes y, en consecuencia, sobre hechos que impactan más y requieren una mayor “justificación” son tres, seguidas luego de comentarios en el mismo sentido.

  • La primera de ellas es la exposición de la mujer asesinada con imágenes en circunstancias de ocio, diversión, viajes, con grupos de amigas y amigos (que aparecen con la cara difuminada)… revelando y transmitiendo una “normalidad” en su vida “incompatible” con una situación de violencia que la controlaba y la sometía a través de la violencia de género.
  • La segunda consecuencia se produce cuando está imagen de ocio llega a prolongarse hasta la representación de las víctimas dentro de los estereotipos usados para justificar y explicar la violencia contra las mujeres. En esos casos las víctimas son presentadas con ropa “sexy” o en actitudes relacionadas con esa forma de vestir, para jugar con la idea de “provocación” de las mujeres que lleva a los hombres a tener que controlarlas, atarlas en corto, o directamente a corregirlas y castigarlas por sus conductas.
  • La tercera, y más terrible aún, es la de mostrar a la víctima al lado de su asesino como una “pareja normal” llena de vida, de proyectos e ilusión, casi siempre en contextos de ocio compartido como ejemplo de esa “buena relación” y de su “amor”. Esta representación de la pareja actúa como una prolongación de los deseos del asesino, como él, si pudiera, decidiría representar lo ocurrido para gritarle a la sociedad que ella “era suya y que sólo será suya”. Que sean estas fotos la rúbrica de la historia que el asesino ha decidido y ha protagonizado criminalmente hasta su final es terrible y un ejemplo mas del fracaso de la sociedad ante la violencia de genero.

Será esa imagen la que quede grabada en el lugar de la retina donde habita el recuerdo, y la que mantendrá el dolor en la familia de ella y la justificación en una sociedad que contempla lo ocurrido como “algo excepcional o patológico en una pareja normal”.

La combinación de esas imágenes y de los comentarios que las acompañan al final reproducen los estereotipos y mitos que sitúan la violencia de género en determinadas circunstancias y momentos que pueden envolver a las parejas normales, y que por algún hecho puntual pueden hacer que el hombre pierda el control bajo los efectos del alcohol, de alguna droga, de un trastorno mental o por la intensidad de un “amor” que lleva a la pasión y al oscurecimiento de la razón.

Y todo ello, además, habitualmente se acompaña con una ausencia de imágenes individuales de los agresores, y cuando lo hacen las suelen mostrar con algún elemento que oculta su identidad, especialmente en los momentos iniciales del caso. Por eso sus fotografías sólo suelen mostrarse cuando el caso es tan impactante que las informaciones se prolongan cierto tiempo, y cuando los hechos aparecen con “pocas dudas” o directamente son reconocidos por algunos de sus protagonistas (confesión, suicidio, testigos, cámaras de seguridad…)

En los homicidios cometidos estas últimas semanas hemos visto ejemplos de este mal uso de las imágenes, que son el factor que más impacta en la toma de conciencia de lo ocurrido. Ha sucedido en Elda con Jéssica, en Benicàssim con Andrea, en Sant Adrià del Besós con Kenia, en Azuqueca de Henares con Arancha, y con tantas otras mujeres asesinadas. Y sucede también estos días con Diana Quer en otra forma de violencia de género como es la violencia sexual.

Los medios de comunicación son los que actúan como fuente de conocimiento en violencia de género para la sociedad, así lo revelan los estudios realizados en España y en la UE, en los que alrededor del 90% de la población refiere conocer la violencia contra las mujeres a través de los medios de comunicación. La consecuencia es directa, la forma en la que los medios recojan la violencia de género será la referencia que la sociedad utilice para adquirir conciencia crítica y posicionarse sobre ella. De ahí la doble responsabilidad de los medios de comunicación, por un lado como una cuestión de profesionalidad que debe llevar a hacer bien el trabajo con independencia de sus consecuencias, y por otro, por ser el instrumento que permite adquirir conocimiento y generar conciencia crítica en un tema tan trascendente como el de la violencia de género, en el que sólo la respuesta social frente al machismo podrá hacer que desaparezca. Y cuando sólo el 1-2% de la población considera que se trata de un problema grave (CIS), quiere decir que hay algo que no estamos haciendo bien.

La información sobre la violencia de género ha mejorado mucho en estos años, pero aún falta romper con las influencias que generan todos los mitos y estereotipos que la cultura sitúa ante la mirada para condicionar el trabajo informativo, al igual que lo hacen en los juzgados, en los hospitales, en las comisarías, en las escuelas… y en cualquier ámbito, porque esos mitos y estereotipos son parte de la “normalidad” del machismo.

Y la información es palabra e imagen. Por lo tanto, una mala imagen siempre valdrá más y hará más daño que mil buenas palabras.