Frescos y murales

Al igual que Alberto Cortez construía “castillos en el aire”, la derecha y la ultraderecha pintan sus murales en el aire con los colores del desprecio a las mujeres, a la igualdad, a la convivencia y a la democracia; y lo hacen con el trazo grueso de las líneas negras del machismo. 

No sorprende que la ultraderecha promueva quitar un mural que habla de Igualdad y refleja lo que su voz y su modelo de sociedad calla y oculta. Lo que sorprende es que la derecha le haga el juego y le ponga los argumentos que Vox no tiene. Y que lo haga, además, con la indignidad que supone poner en cuestión la necesidad de un mural que visibiliza a mujeres que han destacado por su excepcionalidad en espacios y actividades donde los hombres han sido reconocidos en todo momento.

Sería mucho más digno por parte del alcalde haber afirmado que el mural se quitaba porque era una exigencia de uno de los partidos que apoya al gobierno municipal, y que para la alcaldía es más importante mantener el pacto que mantener el mural de Ciudad Lineal; o simplemente reconocer que no comparte ese tipo de mensajes reflejados en el muro del polideportivo.

Los argumentos que da el alcalde reflejan que todo forma parte de una estrategia ideológica basada en el rechazo a la igualdad y en la minimización de todas las consecuencias que produce sobre las mujeres, entre ellas la violencia de género, para presentar luego los resultados como una especie de accidente o bajo la responsabilidad de los contextos donde ocurren, de determinados hombres o de algunas mujeres. 

El machismo es muy fresco y pinta murales en el aire cada día. Son murales ideológicos, llenos de valores para impregnar la conciencia y darle el color que necesita su cultura de la desigualdad, y que haya armonía entre esos murales que dibujan y la realidad que desarrollan.

Los argumentos del alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, describen muy bien ese mural del machismo en sus planteamientos:

  • Cuando dice que tan democrático es ponerlo como quitarlo manipula la realidad. Se puso en 2018 porque había una situación de desigualdad, discriminación y violencia contra las mujeres que todavía permanece en 2021. Luego, si había razones para ponerlo y esas razones continúan en la actualidad, significa que no hay motivos para quitarlo. Y por otra parte, no debe olvidar que se puso por unanimidad mientras que se quita por interés partidista.
  • Utilizar el terrorismo vasco como argumento en los temas de Igualdad es una manipulación bastante pobre, entre otras cosas porque el terrorismo de ETA, que ya no existe, ha asesinado a 855 personas en 42 años, y la violencia de género ha asesinado en 13 años a 1079 mujeres, y todavía continúa estando presente junto al machismo que intenta ocultarla de la realidad. Quizás ya se ha olvidado de que la primera mujer asesinada este año lo ha sido en su ciudad, Madrid, hace unos días.
  • Decir que el mensaje de la Igualdad y el feminismo no es propio de un espacio deportivo es otra perversión. Porque lo que busca un mural no es dar un mensaje sobre el contenido del edificio o instalación, sino aprovechar la visibilidad del lugar para mandar un determinado mensaje. ¿O es que el mural de Oswaldo Guayasamín en el aeropuerto de Barajas habla de aviación? Y, sobre todo, sorprende este razonamiento cuando vemos los estadios de fútbol y de cualquier otro deporte llenos de mensajes que hablan de coches, de compañías de seguros, de bebidas o de cualquier otra cosa. Por cierto, también hablan de racismo cuando su impacto en la sociedad no es tan profundo como el de la violencia de género.
  • Y utilizar el argumento de borrar el mural para poner otro con la imagen de hombres y mujeres deportistas paralímpicos es una instrumentalización de estas personas, puesto que no busca su reconocimiento, Madrid está lleno de muros y paredes para poder hacerlo en forma de mural si así lo desea la corporación, sino que las utiliza para borrar el mural feminista. Olvida el señor alcalde y los partidos que respaldan esta iniciativa, que tanto el feminismo como las organizaciones y personas con diversidad funcional luchan y trabajan contra la discriminación de una de sociedad machista que parte de la condición masculina para definir al resto como diferente e inferior, y las ha discriminado históricamente.

Lo que el machismo y su derecha y ultraderecha en verdad pintan no son murales, sino “frescos”, porque hay que echarle cara para defender lo que defienden, y para despreciar las iniciativas que hablan de Igualdad y de erradicar la violencia de género.

Machismo basado en la evidencia

El machismo siempre se ha basado en la invidencia, en ese no querer ver para negar la realidad y sustituirla con su relato de mitos y estereotipos, y de ese modo no quedar en evidencia ante la injusticia social que genera. 

Su estrategia se puede resumir en “invidencia para la evidencia”, una especie de borrón y cuenta nueva diaria para que la mirada no vea lo que la luz del conocimiento pone de manifiesto.

Sólo hay que darse un paseo por la historia para ver como desde la construcción androcéntrica ha impedido que las mujeres estudiaran, luego asintió que estudiaran para que “no las engañarán en las cuentas cuando iban a comprar al mercado”, como decían muchos justificando su cambio de posición, más adelante que no trabajaran, después que lo hicieran en determinados trabajos y con el permiso del marido o del padre, no de la madre; pasado el tiempo que trabajaran sin el permiso, pero impidiendo algunos trabajos, luego dificultando que llegaran a posiciones de responsabilidad y dirección… Todo han sido limitaciones y superación hasta el punto de que hace unas semanas (diciembre de 2020) hemos celebrado que una mujer, la teniente Elena Gutiérrez, haya sido la primera piloto de caza Eurofigther. Pero estas limitaciones no se han quedado en el mercado laboral, también han existido en los derechos sociales y democráticos, como ha ocurrido con el voto, en la academia, en la ciencia…

La evidencia era clara: la ley, la costumbre, las ideas, los valores, las creencias… han impedido que las mujeres pudieran acceder a determinadas posiciones y responsabilidades, y la reivindicación de las mujeres a través del feminismo, poco a poco, ha logrado romper con esos límites demostrando la falacia del machismo, y la estrategia dirigida específicamente a impedir la Igualdad de oportunidades y derechos. 

La invidencia también era manifiesta, puesto que ni se veía esa realidad hasta que era puesta de manifiesto por la crítica, ni se quería ver la estrategia manipuladora que impedía que pudieran haberlo hecho con anterioridad. Y del mismo modo, su “invidencia cultural” ha impedido entender el protagonismo de los hombres en todos los espacios negados a las mujeres como consecuencia de la injusticia social de la desigualdad y la discriminación, y han considerado que esa sobrerrepresentación masculina era consecuente con su capacidad y condición. 

Sin embargo, cuando les interesa cambian el sentido de la interpretación, y a pesar de que el protagonismo de los hombres en la violencia es manifiesto y objetivo, hasta el punto de que el 95 % de los homicidios son cometidos por hombres, no han sido capaces de ver lo evidente, como es entender que tiene que existir alguna relación de causa-efecto para que sean los hombres quienes protagonicen la mayoría de las violencias, con independencia de las circunstancias. 

Las evidencias no representan la realidad, limitar la realidad a lo verificable es parte de la paradoja filosófica verificacionista, pero sólo es una forma de abordar el conocimiento y análisis de situaciones que forman parte de una realidad más compleja, no una forma de sustituirla.

Pero no es un error. Al machismo le interesa reducir toda la construcción cultural a determinados hechos basados en un resultado, para ocultar que las causas de dicho resultado están también en la cultura que las genera y  las dota de significado, como, por ejemplo, ocurre cuando muchas víctimas de la violencia de género entienden que se trata de una “violencia normal” por parte del marido o su pareja. Con esa visión fragmentada basada en determinados hechos, determinados hombres y determinadas circunstancias, reducen y limitan la realidad a una parte de ella, para luego decir que no forman parte de la misma porque la mayoría de la realidad no arroja ese resultado, aunque es toda su construcción social la que hace que existan esos “casos aislados”.

Así cierran el círculo argumental sin que nada de la construcción social y cultural androcéntrica sea considerada como un problema, bien porque la gran parte permanece oculta, o bien porque lo que se visibiliza no forma parte de esa normalidad escenificada. Por ello atacan las iniciativas, organizaciones y personas que ponen luz en su mundo de tinieblas.

Es la evidencia de su invidencia que busca hacer pasar por el universo sólo las estrellas que se contemplan a simple vista, y así decir que todo lo demás no existe o es producto de la imaginación de determinadas ideas e intereses particulares. 

“No hay peor ciego que el que no quiere ver”, por eso el machismo ha creado una sociedad de ciegos a través de una cultura “negacionista” de la desigualdad, para luego ser el tuerto en el reino de la ceguera. 

Como se puede ver, todo es muy “invidente”.

“Poscensura” y machismo

Lo repetiremos una vez más, “el machismo es cultura no conducta”, por eso quienes no quieren que cambie la cultura prefieren mandar el mensaje de que el machismo se limita a una serie de “conductas llevadas a cabo unos pocos hombres, sobre algunas mujeres y en determinadas circunstancias”. 

De ese modo todo lo que es la construcción cultural, con su parte formal levantada sobre las normas y las jerarquías, y su parte informal que actúa a través de sus ideas, valores, mitos, estereotipos, costumbre, tradición… convertidos en normalidad, queda reducida a esas anécdotas tan evidentes y criticables que todo el mundo rechaza para decir que el machismo no existe, y que los machistas son esos pocos hombres con su “perfil derecho” y su “perfil izquierdo”, para que no se vean de frente y nadie los reconozca en el día a día. 

En este contexto, si alguien dice lo de “quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra”, lo apedrean; pues no solo se creen al margen del machismo, sino que, además, se sienten por encima de él. Muy propio de la construcción y de la condición definida por la cultura que niegan.

Por eso cuando hablan creen que lo hacen desde la neutralidad y al margen del machismo, como si la realidad tuviera tres dimensiones. Por un lado la igualdad y el feminismo, por otro el machismo y en medio de las dos la neutralidad; cuando esa aparente neutralidad es parte de una cultura que, como definen los trabajos de Matt Ridley y Franz De Vaal, entre otros, es información, conocimiento, costumbre… elementos que unifican los recursos cognitivos de una sociedad y contribuyen a desarrollar la identidad y sus funciones asignadas, a partir de las cuales se organiza la convivencia y las relaciones sociales.

El reflejo de ese “machismo neuronal” está en la reacción que se produce ante cualquier crítica o cuestionamiento, no ya de la desigualdad en abstracto, sino de las consecuencias objetivas de la misma, como por ejemplo es hablar de violencia de género, de brecha salarial, de precariedad laboral en muchos trabajos feminizados, de sobrecarga de trabajo en el contexto doméstico con el desempeño de las tareas de cuidado por las mujeres… Simplemente mencionar esa injusticia social desata una avalancha de ataques contra quien lo mencione o lo proponga. Y si como parte de las propuestas se hace referencia a los hombres, la reacción se acompaña de artillería pesada, pues es como mencionar la soga en casa del ahorcado.

Los hombres no quieren que les quiten sus privilegios y para ello necesitan mantener su modelo de sociedad y una cultura que lo respalde como parte de la normalidad. Para ellos la amenaza no está en el Ministerio de Hacienda con sus impuestos, ni en el Ministerio de Defensa con su infantería o en el Ministerio del Interior con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, su amenaza está en el Ministerio de Igualdad, y por eso algunos lo llaman “Monasterio de Igualdad” para presentar sus propuestas y políticas como si fueran parte de una orden religiosa, una secta o un grupo reducido de la sociedad que se mueve por intereses particulares, no por la defensa de los Derechos Humanos, entre ellos la Igualdad (artículo 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos), no solo la Igualdad ante la ley (artículo 7). 

Hablar de Igualdad y violencia de género ya es un problema para ellos, pero en todos estos años han desarrollado sus contra-argumentos para camuflar la realidad, como por ejemplo cuando hablan de “denuncias falsas”, que “las mujeres también maltratan”, qué “violencia es violencia”,que hay que “hablar de personas, no de hombres y mujeres”… y más o menos creen que tienen controlada la situación. Pero cuando se habla de masculinidad o de violencia en general se ponen de los nervios, y si encima se juntan los dos conceptos y se habla de “masculinidad y violencia” empiezan a “convulsionar y echar espuma por la boca”, pues se pone aún más de manifiesto que el machismo es mucho más que el sexismo, y que como sistema de poder necesita la violencia en todas sus formas con el objeto de reforzar su modelo y premiar a quienes sigan sus dictados.

Y este tipo de iniciativas son atacadas de manera inmediata, como reacción y sin conocer su contenido, lo cual ejemplifica muy bien de lo que hablamos. 

A partir de ahí se intentan ridiculizar las propuestas y las necesarias iniciativas que desde cualquier institución, incluida la universidad, se deben asumir para modificar esta realidad de injusticia social. No se trata de temas menores ni de cuestiones anecdóticas, en el año 2000 la UNESCO ya publicó un informe titulado “Roles de hombres, masculinidad y violencia”, que imagino les molestará tanto como las iniciativas actuales, sobre todo porque deja en evidencia sus argumentos que hablan de iniciativas particulares o personales.

En el momento actual, toda su reacción se articula a través de las redes sociales y algunos medios en lo que se ha denominado, acertadamente, “poscensura”, una estrategia de ataque contra determinadas personas y las iniciativas que desarrollan. La diferencia respecto a otras situaciones es que en los temas de Igualdad, masculinidad, violencia… la “poscensura” se acompaña, además, de intentos de censura previa, como por ejemplo, se observa al intentar imponer sus dictados a las propuestas académicas de la universidad despreciando la libertad de cátedra, o la formación continuada, como ha ocurrido con el boicot a un curso “Masculinidades igualitarias como estrategia de prevención de la violencia de género”, del Centro de Educación del Profesorado Cuevas-Olula. Quieren imponer una especie de “pin parental” en la universidad y en cualquier nivel educativo, como ya lo han hecho en la escuela.

Toda esta reacción, que sólo sirve para alimentar el rechazo de quienes ya rechazan estos temas e iniciativas, sin ningún impacto al margen de quien ya pensaba de ese modo, no sólo son un ejemplo de la transformación social a favor de la Igualdad y de la reacción del machismo, sino que demuestran la necesidad de abordar estos temas y trabajar para evitar las consecuencias que en forma de desigualdad, discriminación y violencia hay tras ellos.

“Himpatía”

“Himpatía” viene a ser como “empatía hacia él”, una especie de empatía sin importar quien sea el que la reciba con tal de que sea hombre y ostente o represente una posición de poder. 

El concepto fue definido por Kate Manne para destacar la tendencia de la sociedad al simpatizar con los hombres poderosos. Detrás de esa idea se aprecia la armonía existente entre hombres y poder, pues no existe el concepto “herpatía” hacia las mujeres poderosas. Más bien ocurre lo contrario, y cuando una mujer ostenta una oposición de poder, no solo no recibe esa empatía de la sociedad, sino que habitualmente es cuestionada por ser mujer y se entra a preguntar sobre cuáles habrán sido sus méritos y tácticas para llegar hasta esa posición tan alta, o a juzgarla por la ropa, sus zapatos, o por su desatención a la familia; argumentos que no son utilizados con los hombres. 

Por eso, si analizamos la situación comprobamos que en realidad la empatía hacia los hombres no se produce tanto por el poder material, éste solo es el foco que fija la atención sobre ellos desde el punto de vista público, como por ser hombres. Las consecuencias esenciales de esta construcción son dos: 

  1. Todos los hombres. 

Cualquier hombre percibe esa empatía por parte de otros hombres, es lo que Amelia Valcárcel definió como “fratría”, con independencia de cual sea su espacio de poder, el cual podrá estar en lo más alto del status o en otro más bajo, pero en cualquiera de ellos mantiene una posición de poder dada por una cultura machista todopoderosa que “premia a los buenos y castiga a los malos hombres”. 

2. Más hombres. 

El grado de empatía hacia “ese él” es mayor conforme el motivo que despierte la simpatía resida en elementos que pertenezcan y potencien su condición masculina, no tanto su poder. A veces puede sorprender por qué un determinado hombre poderoso levanta tanta simpatía y aceptación cuando hay otros con el mismo poder y estatus, o incluso más, y no lo hacen. La solidaridad entre los hombres está en su masculinidad no en su poder, por eso la empatía los lleva a identificarse con ellos a partir de los elementos compartidos que un día pueden necesitar, y se hace especialmente evidente ante la violencia de género en cualquiera de sus expresiones. 

La combinación de estos dos elementos de la fratría masculina, ese sentirse del grupo y reconocido por él, y hacerlo sobre los elementos exclusivos de la virilidad, es lo que destacó Kate Manne en Donald Trump al mostrar su “himpatía” hacia hombres poderosos envueltos en escándalos sexuales.

La autora explica que se trata de una situación difícil de contrarrestar porque los mecanismos que hay detrás de ella son en parte de naturaleza moral, característica que se manifiesta tanto en la “simpatía” mostrada hacia esos hombres, como en la sospecha y rechazo que levantan sobre las mujeres que denuncian la violencia de género. Por eso habla de “sociopatía de género”, cuando en realidad no es nada patológico y se corresponde con la manera androcéntrica de entender la normalidad. No están defendiendo al hombre en concreto que recibe esa empatía, sino lo común a todos los hombres y, por tanto, no es una sociopatía, sino una situación normal de la cultura hecha costumbre o habitualidad, aunque esa normalidad analizada desde la distancia sea completamente patológica para la sociedad, como bien indica la autora. Esta defensa de lo masculino es la que lleva a mostrar esa empatía a mujeres que entran en su juego al defender “lo de los hombres”; y lo hacen con gran intensidad, pues además de defender lo propio mandan el mensaje de que “no sólo es un tema de hombres”, y así contrarrestar el mensaje de que la Igualdad sí es un tema sólo “de unas pocas mujeres”.

Por eso a la simpatía hay que unirle la “otrofobia”, que es el rechazo y el ataque a cualquier persona que cuestione esos elementos comunes de la masculinidad capaces de despertar simpatía en su reivindicación, y rechazo, críticas y ataques contra otras personas en su defensa. Unos ataques que son especialmente agresivos si la persona cuestionada forma parte de grupos tradicionalmente considerados como inferiores.

La base pro-social de la que habla Kate Manne, se percibe al comprobar que la “empatía” se produce sin ni siquiera conocer la cuestión sobre la que se critica a “ese él”, basta que alguien salga en su defensa para que todo el grupo le muestre su apoyo, lo vimos, por ejemplo, en el caso de “la manada”, incluso después de la sentencia condenatoria. No se necesita saber la realidad que hay detrás, esa es la “himpatía”, defender al hombre y lo común de los hombres apoyando a quien lo haga y atacando a quien plantee cualquier iniciativa que lo cuestione. 

Lo vemos a diario. Las relaciones que se están produciendo en este tiempo contra las políticas de Igualdad, las iniciativas contra la violencia de género y los temas de masculinidad, revelan esa “himpatía” y la “otrofobia” para defender la masculinidad entendida como poder, y con ella a todos los privilegios que conlleva.

Caramelos y violencia

Uno de los principales argumentos del machismo es que los hombres son más inteligentes que las mujeres como consecuencia de su superior condición, ya lo vimos en el Europarlamento en palabras del eurodiputado Yanusz Korwin-Mikke, y antes se pudo ver también en televisión en las del ex-ministro Arias Cañete en su debate con Elena Valenciano.

Pero la práctica nos indica que no deben ser tan inteligentes cuando son incapaces de entender algunos razonamientos tan sencillos, que hasta los niños y niñas de la ESO los entienden.

El ejercicio es muy simple.

Tomamos 100 caramelos y se reparten 95 entre 3 niños y los 5 restantes se dan a niñas, un caramelo a cada una de las cinco niñas elegidas. Ante esta distribución se concluye que el 95% de los caramelos lo tienen niños y sólo el 5% lo tienen niñas. Se le pregunta a la clase, y todos los niños y niñas lo entienden perfectamente.

Para comprobar el nivel de comprensión, le hacemos una serie de preguntas para ver si han entendido bien la situación planteada en el ejercicio.

Le preguntamos si el hecho de que el 95% de los caramelos lo tengan niños significa que todos los niños tienen 95 caramelos, y su respuesta es contundente y dicen que no. Le preguntamos también si del ejercicio se deduce que “todos los niños” tienen caramelos, y su contestación inmediata vuelve a ser “no”. Hacemos una tercera pregunta, y planteamos si el ejercicio indica que las niñas no tienen caramelos, y vuelven a decir que no.

Parece que han entendido muy bien el ejercicio y el significado de la distribución de los caramelos, por lo que se les presenta una nueva situación relacionada con el tema.

Se les plantea que el sistema de reparto de caramelos y las circunstancias en que se realiza hacen que, con independencia de a qué niños les tocan los 95 caramelos, al final siempre son unos pocos niños los que reciben 95 caramelos frente a los 5 que reciben las niñas. Entonces se les pregunta sobre ese sistema, y toda la clase concluye que hay un problema con el modelo de reparto para que el resultado sea ese, y que en ningún caso se trata de una cuestión propiciada por el azar.

Todo está claro y resulta fácilmente comprensible, pero cuando trasladamos el razonamiento a la realidad sobre otras cuestiones, entonces llega la “superior inteligencia masculina” envuelta en sus mejores galas machistas, y dicen que no; que no es así. Y empiezan a repetir obviedades como si fueran producto de su reflexión, y a negar hechos objetivos para evitar su genuflexión ante la realidad.

Y dicen que los caramelos no los tienen todos los hombres, que sólo los tienen unos pocos, como si en algún momento alguien hubiera dicho que todos los hombres tienen caramelos. Y afirman, también, que ser hombre no significa tener caramelos, cuando tampoco se ha dicho eso en ningún momento, de hecho, el ejercicio demuestra que la mayoría de los hombres no tienen caramelos. Y por último, nunca falta el argumento de que las mujeres también tienen caramelos, como si fuera un descubrimiento, cuando desde el principio el ejercicio explica que tienen cinco.

Para lo que no tienen respuesta, y por eso no les gusta que se hable del tema y cuando se hace intentan desviar la atención, manipular y atacar a quien lo saca, es sobre el “sistema de reparto de caramelos” que hace que 95 de los 100 les toquen a niños, o sea, a hombres. Entonces salen con argumentos como que “no hay que hablar de niños y niñas, sino de personas”, o que lo importante es que “tanto niños como niñas tienen caramelos”, o que “es posible que los niños tengan más caramelos, pero quizás las niñas tienen más chicles”, o que “los niños tienen más caramelos, pero los pobrecillos pueden sufrir más caries” … y razones por el estilo. Cualquier cosa para no centrarse en un sistema que hace que el 95% de los caramelos, con independencia de la ocasión, termine en manos de los hombres.

Y lo más curioso es que cuando se pone de manifiesto esta realidad injusta, las niñas y mujeres pidan que se resuelva, mientras que los niños y hombres dicen que se mantenga, que las cosas “siempre han sido así”, o que los niños necesitan más caramelos porque luego en el recreo hacen más ejercicio que las niñas y necesitan mantener la glucemia más alta, curiosamente tomando el patio común del colegio sólo para ellos, y desplazando a las niñas a los rincones.

La situación y las diferentes actitudes ante ella, como pueden ver, es muy clara. 

Ahora cambien caramelos por homicidios y modifiquen las circunstancias del aula a las de una sociedad y cultura que en cualquier lugar del planeta viene definida por la posición androcéntrica, y obtendrán la foto de la violencia, el protagonismo de los hombres dentro de ella, y las razones que llevan a reaccionar contra quienes plantean esta realidad o a desviar la atención con argumentos que hasta un niño y una niña identifican como falaces, como, por ejemplo, cuando dicen lo de que al relacionar la violencia producida en el 95% de los casos por hombres con la idea de que es “cosa de hombres”, se está diciendo que todos los hombres son violentos. Un niño y una niña de 12 años ven que es una afirmación incorrecta, pero el machismo insiste en este tipo de argumentos, como, otro ejemplo, cuando afirman que decir que un “terrorista” sea de una determinada religión es plantear que todas las personas de esa religión son terroristas.

No parece que los hombres tengan esa superior inteligencia cuando son incapaces de entender algo tan simple como lo expuesto. Una de dos, o son un poco torpes en sus razonamientos o se pasan de listos, que todo puede ser cuando se cuenta con un sistema de reparto y de manipulación a su disposición.

Por eso es importante hablar del tema y poner de manifiesto lo que intentan ocultar detrás de su confusión, y evitar que la injusticia social que generan con su “sistema desigual de reparto” y sus instrumentos, entre ellos la violencia, continúen formando parte de la realidad que defienden con tal de mantener sus privilegios. Es lo que hacemos en la Universidad de Granada con el curso abierto, gratuito y online “Masculinidad y violencia”, aunque dada esa capacidad de comprensión demostrada, lo vamos a proponer también para alumnado de la ESO, a ver si así se enteran algunos.

Hombres, violencia y masculinidad

En el salto al Capitolio por los seguidores de Trump muestra cómo la violencia es uno de los principales instrumentos de la sociedad, y cómo las referencias sociales vienen definidas por el machismo que los hombres han creado en forma de cultura para hacer de todo ello “normalidad”.

Y para no desvelar su entramado y estrategia necesita presentar sus acciones como “casos aislados”, como producto de determinados hombres o de ciertas circunstancias, justo lo mismo que hace con la violencia de género y  los 60 homicidios de media que se producen cada año, que todavía no se entienden como una consecuencia del machismo social capaz de generar esos 60 asesinos anuales, y se intentan presentar como “casos aislados”.

Pero no se trata de casos aislados, todo lo contrario, es la dinámica de un modelo que busca defender el poder sobre las condiciones que previamente ha decidido que deben tener quienes ejerzan ese poder. Y en esa construcción androcéntrica los hombres pasan por ser la referencia para desarrollarlo, y decidir, siempre que así lo consideren, si quieren que haya alguna mujer junto a ellos, y, sobre todo, qué estrategias se deben desarrollar para defender ese modelo que los sitúa en la cúspide y con la capacidad de influir y determinar la realidad.

Todo forma parte de un proceso, no de un accidente, y lo ocurrido en el Capitolio es el resultado de lo que Donald Trump empezó a preparar durante la campaña electoral, al afirmar que se iba a producir un fraude,  al pedir a sus seguidores violentos de ultraderecha que estuvieran atentos, al negarse a aceptar el resultado de las elecciones afirmando sin ninguna prueba que se había producido el fraude, y al manifestar ayer en un discurso que era la hora de “dirigirse al Capitolio” para que otros lo tomaran.

Todo eso que está perfectamente documentado en lo sucedido con Trump es un ejemplo de su manera de entender el poder (político, económico, familiar, relacional…) y de la mentira machista que ataca directamente a quien considera inferior:  votantes progresistas, mujeres, población negra y otros grupos racializados, extranjeros, personas LGTBIQ+… porque ellos parten de su condición superior basada en lo que los hombres blancos han decidido para sí mismos y para el resto de la sociedad, por eso necesitan ser ellos quienes ejerzan el poder.

Pero Trump no es solo Trump. Trump es el Partido Republicano con su acompañamiento, son algunos medios con su complicidad, y es la gente con su apoyo a todas estas estrategias.

Ningún caso individual sería factible sin esa complicidad general. Hace falta poder para poder abusar del poder, y las alternativas al modelo machista no tienen poder. Por eso no sólo no pueden hacer pasar una mentira por verdad, sino que ni siquiera pueden evitar que la verdad sea presentada como una mentira por parte del lado machista. Porque el modelo androcéntrico cuenta con el poder material para hacerlo y con la receptividad social para aceptarlo.

Trump siempre dirá que él no asaltó el Capitolio, incluso negará que llamó a hacerlo, y manifestará que se trató de “grupos aislados”… Y será creído.

Ocurre lo mismo cuando un hombre asesina a una mujer, nadie ve a todos los hombres que maltratan a diario entre la invisibilidad creada por la cultura, y tampoco a todos los hombres que minimizan, justifican o insinúan que la mujer “habrá hecho algo”, y mucho menos a los que se mantienen en una aparente posición de neutralidad ante esta violencia. Tampoco se ve a los medios que dan voz a quienes cuestionan la realidad de la violencia de género o a quienes intentan ocultarla detrás de otras violencias, ni a quienes mienten y manipulan cuando se habla de estas cuestiones.  Pero al final, cada año, 60 hombres de media asesinan en España a 60 mujeres desde la normalidad. Sin ese contexto social que normaliza la violencia, la minimiza y la contextualiza no se podría producir el homicidio final.

Por eso hay una responsabilidad directa de los hombres para erradicar esta violencia, y lo mismo que reaccionan para decir que la Ley Integral va contra “todos los hombres” o que no todos los hombres maltratan, deberían reaccionar para decir que todas las personas que agreden a través de la violencia de género son hombres, y que todos los hombres deberían implicarse en su erradicación.

Pero no lo hacen, prefieren seguir mintiendo, justificando y jugando al “y tú más”. Y no lo hacen, no por desconocimiento, sino con plena conciencia de que lo que está en juego es su modelo de poder y sus privilegios.

La propia escenificación del asalto al Capitolio, con esos hombres disfrazados de “más hombres” (militares, vikingos, paramilitares o del mismo Trump), escenificando conductas de poder, como poner los pies sobre la mesa de la Presidenta del la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, y haciéndose selfies de todo tipo, recuerda mucho a la reivindicación de la virilidad que hacen los hombres a través de la violencia de género, y los vídeos que graban y comparten en las agresiones sexuales que cometen. Pues no basta con ser hombre, hay que demostrarlo.

Porque todos ellos, los que han tomado el Capitolio y los que recurren a la violencia de género, son más hombres para el resto al haber actuado de ese modo. Ninguno de ellos es cuestionado como hombre por los demás; serán delincuentes, antidemócratas, exaltados o asesinos, pero todos ellos son más hombres al final del episodio.

Ya se encarga el modelo de defender esa masculinidad y el recurso a la violencia presentando sus conductas como “casos aislados”, y que todo siga igual bajo las referencias androcéntricas de poder que actúan desde la invisibilidad para que se sigan produciendo “casos aislados” por exceso, cuando la normalidad no logra mantener el orden dado por defecto.

Desinformación, masculinidad y violencia

El machismo es la gran mentira, ya lo hemos comentado en otras ocasiones, y lo es porque toda su construcción se basa en la falacia de que la condición masculina es superior a la de las mujeres. A partir de ahí, su “normalidad” se ha basado en la difusión de la mentira y la negación a través de sus instrumentos de poder con el objeto de integrarla en el día a día. Pero ahora que la sociedad ha conseguido superar ese muro de contención y que la Igualdad avanza, necesita aumentar el nivel de mentiras para perpetuar su modelo.

El pasado día 3-1-21 el diario “La Razón” publicó un artículo escrito por la periodista Rebeca Argudo, titulado <<Cómo suspender el curso “Masculinidad y violencia” en cuatro cómodos pasos>>, demostrando ya desde el principio que su interés no era aprender sobre la violencia y lo que lleva a que sean mayoritariamente los hombres quienes la ejercen (el 95 % de todos los homicidios son cometidos por hombres -ONU, 2013-), sino a evitar ese aprendizaje y reivindicar la ignorancia en la materia por medio del suspenso que propone a través de su artículo. Parece que prefiere que continúe la situación actual con toda esa violencia protagonizada por hombres dentro y fuera del hogar, antes de que se den pasos para cambiarla.

La periodista es muy libre de cuestionar el curso, de que no le convenza el tema, y de no compartir sus contenidos, pero este hecho no la legítima para faltar a la verdad; sí para opinar y criticar la iniciativa a través de datos veraces, pero no para manipular falseando reseñas y mezclando opiniones con información. Y menos aún para utilizar su artículo con el objeto de hacer una serie de críticas personales a los profesores, para faltar el respeto a sus compañeros y compañeras matriculadas, y llegar a través de estos medios espurios a cuestionar a la propia Universidad de Granada. 

Lo que no puede hacer la periodista es utilizar su posición de privilegio como profesional del periodismo para falsear la verdad, faltando a su responsabilidad profesional de no mentir y de informar verazmente para que la sociedad se posicione ante la realidad. 

¿Se imaginan que un médico en nombre de su libertad de ejercicio profesional lleve a cabo tocamientos sexuales sobre las pacientes argumentando que necesita explorar esas regiones anatómicas para descartar ciertas patologías? ¿Se imaginan que otro médico en el nombre de la libertad de prescripción recomendada una serie de medidas terapéuticas que “solo él dispone”, y cobrara una gran cantidad de dinero para proporcionarlas? No solo es inadmisible, sino que los casos que se han producido conductas cercanas a las comentadas se han llevado a cabo investigaciones y los responsables han sido sancionados. 

Y si el ejercicio profesional no se puede desarrollar faltando a sus principios, a la responsabilidad que surge del compromiso con la sociedad que define la profesión y la regula, ni a la ley que establece el marco de actuación, ¿por qué determinados profesionales del periodismo se permiten recurrir a la “posverdad”, los bulos y la mentira, especialmente en los temas relacionados con la Igualdad y la violencia de género, como ha hecho la periodista en su artículo, en lugar de informar con veracidad?

Concretamente, en su artículo, entre otras cuestiones, recoge las siguientes falsedades y manipulaciones: 

  1. Indica que se utilizan estadísticas incompletas, cuando se corresponden con los datos de los organismos y organizaciones internacionales (ONU, OMS, UE, CE…) sobre la materia y en todo momento se dan datos sobre la situación de hombres y mujeres. Y, por supuesto, no dice por qué son incompletas ni aporta la parte teóricamente “ocultada”.
  2. Refiere que la bibliografía se limita a los trabajos de los profesores, lo cual no es cierto. De hecho, en el comentario explícito que hace sobre las referencias exclusivas a mis trabajos en el módulo que imparto, se aportan 30 referencias bibliográficas de las cuales sólo cuatro se corresponden con trabajos propios, un material consecuencia de 30 años de estudio sobre la materia. 
  3. Comenta que no se da un enfoque multifactorial sobre el origen de la violencia, cuando todo el módulo se basa en dicho análisis y valora las múltiples teorías y estudios incluidos en los dos grandes grupos definidos, el “biologicista” y el “ambientalista”.
  4. Se contradice a sí misma y se permite sacar su propia conclusión sobre la “teoría de la testosterona” como causa de la violencia masculina, con lo cual es ella la que rechaza el enfoque multifactorial, y además lo hace de una manera sesgada e incompleta que la llevan a sacar conclusiones erróneas.
  5. También se sitúa por encima de un curso universitario para obtener conclusiones personales a partir de la llamada “falacia de la minoría”, y cuestiona todo el curso y el conocimiento especializado de las personas que lo imparten, a partir de esa premisa errónea que presenta como cierta en su artículo con el objeto de criticar al curso, a los profesores y a la institución. La situación es más grave porque el propio curso explica y rebate esta falacia.
  6. También se permite cuestionar a una compañera periodista sólo por el nombre que utiliza en las redes (@Barbijaputa). Una periodista que es citada por su trabajo, no por lo que comenta en redes. Además, intenta hacer creer que el curso no cuenta con estudios científicos ni con otro tipo de referencias académicas. 
  7. Ridiculiza y le falta el respeto a los compañeros y compañeras que no comparten sus opiniones, y se queja de la falta de debate, cuando lo que demuestra es que es ella la que evita el debate cuando los argumentos del resto no confirman su posición.

Lo que no sorprende tanto es que gran parte de sus argumentos y planteamientos son los mismos que el machismo utiliza desde hace años, y que ahora cree presentar con originalidad, como si fueran propios o hubieran sido descubiertos hace poco tiempo.

La estrategia de la mentira periodística tiene un recorrido muy corto, es verdad que cuando se presenta tiene un impacto inmediato entre los grupos que necesitan esa mentira para reivindicarse y atacar, pero su impacto general es mínimo. Cohesiona y refuerza a quienes ya piensan de ese modo, pero sin ninguna trascendencia fuera de esos grupos. 

Por eso la utilidad de la falacia como parte de la información es muy limitada, puesto que los grupos que la valoran van a pensar lo mismo sin necesidad de este tipo de artículos, mientras que el resto de la sociedad percibe la manipulación y cada vez se posiciona más firmemente contra ella. En cambio, sí resulta grave que se falte a la responsabilidad profesional y que se actúe en contra de los principios que la definen, poniendo en cuestión a toda la profesión por intereses particulares.

Que el machismo se movilice a partir de un artículo con un contenido lleno de falsedades, que ridiculiza y no respeta a las compañeras y compañeros del curso, que critica a los profesores porque no comparte su propuesta sobre la materia, y que ha sido escrito por una alumna incapaz de aprobarlo, demuestra la pobreza de sus argumentos y que el machismo cada vez está más solo y más perdido, por mucho que levanten la voz y las manos de vez en cuando para que no se hable de la violencia que protagonizan los hombres.

Sexo oral

La tradición ha contado con la transmisión oral para mantener las referencias cuando los canales formales no estaban disponibles o no existían, y el machismo ha contado con el sexo oral para mantener su relato de la violencia sexual como algo nimio, y así evitar que se levante la crítica contra ella como sucede con las otras formas de violencia sexual

El sexo oral ha sido como un cuento, una historia menor, una conducta que todo el mundo asume que no tiene importancia. Ese fue el argumento que utilizó el mismo Presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, cuando Mónica Lewinsky lo acusó de haber tenido relaciones sexuales a través de sexo oral; y todo un señor Presidente de los Estados Unidos declaró ante la comisión de investigación que eso no eran relaciones sexuales, sino “relaciones físicas inapropiadas”. 

Incluso el relato sobre este tipo de hechos hace que sean los propios hombres quienes se sitúen al margen y ocupando una posición pasiva, no como protagonistas de lo ocurrido. Es lo que reflejan cuando relatan a sus amigos que “se han follado a una tía” y cuando cuentan que “una tía me la ha chupado”, transmitiendo un significado diferente y situando la “intención” en la mujer, para que luego, si los denuncian, todo parezca voluntad de ella, no de los hombres, como se utilizó, por ejemplo, en el caso de “la manada”. Primero se obliga y luego se presenta como decisión libre de la mujer.

Toda esta idea, además, se une a una concepción de la sexualidad de las mujeres basada en la protección de la virginidad, no en su libertad. De hecho, hasta 1989 la regulación de la violencia sexual en el Código Penal se hacía sobre el honor, considerando estas conductas como delitos contra el honor, no contra la libertad sexual. Bajo esa perspectiva, el sexo oral tampoco se entendía como un problema serio desde el punto de vista jurídico al “no hacer temer” por la virginidad. 

Ese año cambió la ley para situar la libertad de las mujeres en el centro de dichas conductas, pero de nuevo la mirada androcéntrica introdujo matices que dejaron de lado la libertad que define el consentimiento a la hora de valorar toda violencia sexual, e introdujo la diferencia entre abusos y agresiones sexuales según la forma de vencer el consentimiento, no en el hecho de actuar contra la libertad de quien sufría la violencia.

El problema sigue tan presente que las referencias que plantea la futura “Ley de protección integral y para la erradicación de las violencias sexuales” van destinadas, entre otras cosas, a corregir esa situación.

Pero aún así, los cambios legislativos no suelen acompañarse de cambios en la mentalidad de la sociedad, y esta circunstancia incluye a quienes investigan los hechos y aplican la ley. Es lo que parece que ha ocurrido ahora en Mallorca al considerar que mantener sexo oral, como si se tratara de una partida más del precio con el que saldar una deuda, forma parte de la libertad de una mujer.

Se plantean dos cuestiones en relación al tema: 

  1. La primera es si el sexo en esas circunstancias puede ser moneda de cambio para solventar situaciones no relacionadas con la sexualidad. Y para ello recurrimos a un ejemplo que puede resultar gráfico. Imagínense que una persona sádica le dice a otra que como parte de una deuda le va a producir cada cierto número de días una serie de cortes en determinadas zonas del cuerpo, y que la persona acepta dadas las circunstancias y la necesidad del dinero. ¿Sería admisible esta situación?, ¿tendría consecuencias penales quien actúan produciendo esas “heridas consentidas”? 
  2. La segunda cuestión es sobre los medios capaces de ejercer la intimidación o coerción, los cuales pueden ser muy diferentes y tienen dos vías de conseguir su objetivo. Una de ellas es obligar a realizar de manera directa una determinada conducta; y la otra actuar de manera indirecta, para que se lleve a cabo la conducta por las consecuencias negativas que se pueden presentar en caso de no realizarla.

En el caso de Mallorca los hechos admitidos por el juzgado reconocen la existencia de la deuda y la petición de su cuñado, que era quien le prestó el dinero, de que la mujer le hiciera sexo oral. Y así ocurrió varias veces hasta que él le pidió mantener relaciones sexuales con penetración vaginal, a lo que ella se negó denunciando toda la situación vivida.

Al margen de otras consideraciones que no vienen al caso, el juzgado y la fiscalía admiten el “consentimiento válido” de la mujer para no ver delito en la conducta sexual exigida por el cuñado, y se cuestiona a la mujer por el tiempo que tardó en denunciar los hechos, utilizando ese retraso como refuerzo de la validez del consentimiento. 

Todo ello muestra, una vez más, el peso de los estereotipos en la definición de los hechos a partir de la percepción, no de su verdadero significado. 

El análisis de lo ocurrido revela dos argumentos principales para negar el delito por violencia sexual: uno de ellos es el consentimiento y otro el retraso en la denuncia.

Respecto al primero, cuando los hechos forman parte de una conducta delictiva no pueden quedar impunes por el consentimiento obtenido bajo condición y, según relata la víctima, también bajo coacciones y amenazas. Todo surge de un estado de necesidad en la víctima que lleva a pedir el dinero a su cuñado, y a aceptar las condiciones que él impone para poder salir de esa situación que vive junto a su hija. No hay libertad plena en esa decisión, puesto que si no fuera por la necesidad y por la exigencia impuesta no la llevaría a cabo. ¿Si un director de una oficina bancaria impone esa misma condición (sexo oral) como parte de un crédito ventajoso que requiere su autorización, también sería aceptable?

Con relación al retraso en la denuncia de nuevo se prejuzga en contra de la víctima achacándole mala intención, en lugar de intentar comprender la situación vivida y las circunstancias de origen para “aceptar” la exigencia del sexo oral como parte de la deuda, y de entender que la repetición de los hechos y la acumulación de la presión y del impacto emocional de todo lo vivido, es lo que facilita el cuestionamiento de lo ocurrido hasta ese momento y la decisión de denunciar, al igual que ocurre tantas veces en la violencia de género dentro de la pareja. Si en lugar de sexo oral le hubiera exigido traficar con droga, y lo hubiera estado haciendo unas cuantas veces hasta que se decide a denunciar, ¿también habrían cuestionado el delito de tráfico de estupefacientes por no haber denunciado el primer día?

La ley no se puede aplicar al margen de la realidad, y la realidad viene definida por una cultura machista que ha puesto precio al cuerpo de las mujeres a través de la prostitución, y que al igual que hace la publicidad con los productos que vende, cosifica a las mujeres a diario en todos los ámbitos para que puedan ser “usadas” por los hombres en las circunstancias más diversas, unas veces a cambio de dinero, otras a cambio de violencia, y, a veces, como se deduce en el caso de Mallorca, de los dos.

Y en esta sociedad que cuenta con una ley específica para actuar contra la violencia de género, y con un Código Penal que incluye la agravante de género, no se pueden analizar e interpretar los hechos al margen de las referencias de una cultura machista que requiere de esos elementos legales para hacer prevalecer la justicia. No tener en cuenta esa realidad y no mirar con perspectiva de género no sólo supone actuar con injusticia, sino que implica reforzar la construcción cultural que la crea e integra a las mujeres como un objeto al alcance de los hombres bajo precio, hasta el punto de convivir con la prostitución como otra “decisión libre” de las mujeres.

El “principio del fin”

Nos dicen que estamos ante “el principio del fin”, pero las circunstancias actuales no dejan nada claro si en verdad se trata de ese principio del fin o del “fin del principio”. 

Todo parece indicar que más bien estamos ante el final del principio de un tiempo que se ha caracterizado por la llegada y el desarrollo de la pandemia, y todas las consecuencias que ha causado en el plano social, económico, político y personal. Porque el impacto ocasionado no está sólo en la salud de las personas, sino que también lo está en el ejercicio de los derechos ciudadanos y en la repercusión que las medidas adoptadas han tenido en la economía. La vacunación, que es la medida que se presenta como “principio del fin”, supone que los problemas de salud podrán ser abordados con una mayor capacidad preventiva, y que, por tanto, muchas de las limitaciones se podrán flexibilizar, incluso suprimir. Pero la nueva normalidad a la que se refiere el Gobierno no sólo no comienza a terminar, sino que está empezando. 

Lo que define la normalidad creada por el Covid-19 para la mayoría de la sociedad no es la enfermedad, según los datos el porcentaje total de personas infectadas se sitúa alrededor del 10 %, sino la situación social surgida, que afecta al 100% de las personas con independencia de si se están enfermas de Covid-19 o “enfermas” de la libertad restringida del momento. 

Y esa salud restringida de la sociedad viene caracterizada por una serie de elementos que no van a desaparecer con la vacuna, y que no están cerca de acabar, sino todo lo contrario, están empezando bajo el nuevo escenario post-pandemia, un escenario que no es diferente en lo ideológico y en lo estratégico a la situación que existía antes de la pandemia.

La realidad anterior a la llegada del Covid-19 no era distinta a la que ahora miramos a través del filtro de la pandemia, tan solo se ha ordenado con elementos diferentes. La situación previa a la pandemia venía definida por un rebrote ideológico conservador y un resurgir de la ultraderecha que había permitido desarrollar cuatro grandes iniciativas: 

  1. Exprimir el capitalismo hasta alcanzar la “precariedad laboral agradecida”, una situación que lleva a aceptar las condiciones laborales precarias ante el abismo de que “es peor no tener trabajo”.
  2. Atacar las políticas sociales bajo el falso argumento repetido hasta la saciedad por la derecha de que no son necesarias, y que la mejor política social es el trabajo, pero callando que se trata de un trabajo precario para hacer de la pobreza condición, no circunstancia, y así redefinir las jerarquías de nuevo sobre el estatus, no sobre las oportunidades.
  3. Defender la ideología conservadora por medio de su asociación con la normalidad de una cultura que es atacada por la igualdad y la exigencia de los Derechos Humanos. De ahí que se hablará antes, como se hace ahora, de que los problemas de convivencia eran producto de la “ideología de género” que lleva a un “adoctrinamiento” para manipular y alienar a la gente. Por eso se produce un rechazo al modelo de educación que incorpora estos valores, a lo público como referencia y lugar de encuentro, al tiempo que se defiende la segregación en las aulas, lo privado y, si no se puede conseguir todo eso, se buscan instrumentos como el “pin parental” para que nadie pueda plantear alternativas a su posición, que además es presentada como “ley y orden”, como muy bien reivindicaba Donald Trump en la campaña de las elecciones americanas.
  4. De ese modo, no solo se defiende su modelo de sociedad y el consecuente orden social, sino que se establece un vínculo entre realidad y condición a través de la identidad. Se trata de definir a quien le corresponde cada cosa sobre la condición definida por su identidad, de manera que hombres y mujeres deben desempeñar tareas y responsabilidades diferentes, y ocupar tiempos y espacios distintos, lo mismo que los españoles y los extranjeros, los ricos y los pobres, los de una creencia y los de otra… Todo lo “propio” a su modelo tiene un valor añadido sobre lo “impropio”. 

Y bajo esa idea, todas aquellas personas que tengan elementos que no le corresponden, es decir, impropios de esa persona, pues se verán castigadas por su mutación. Y la crítica y el rechazo se produce tanto si se tienen elementos de más dada su condición, como si se carece de elementos que debieran tener. Así, por ejemplo, un inmigrante con trabajo y un salario digno es algo inaceptable por impropio, puesto que el papel definido para los inmigrantes en su modelo de sociedad no es ese, sino el de hacer los trabajos más precarios. Y lo mismo ocurre con un hombre homosexual, da igual su estatus y su dinero, siempre valdrá menos porque “carece” de un elemento propio de la masculinidad según su modelo, como es la heterosexualidad.

La expresión de toda esta construcción que busca reforzar el modelo androcéntrico tradicional bajo las nuevas circunstancias se vio desde el principio, por ejemplo, cuando nada más empezar la pandemia Donald Trump se refirió al virus como un “virus extranjero”, para de esa manera reforzar su xenofobia y toda su política desarrollada en ese sentido. Lo mismo ocurrió en España cuando desde la derecha y la ultraderecha se intentó, y se intenta, responsabilizar de la evolución de la pandemia a las manifestaciones feministas del 8 de marzo.

Y la situación continúa hasta ahora al repetir los mensajes y reactualizarlos sobre una crítica que cuestiona todo aquello considerado como impropio.

Toda esta situación está empezando ya sin la máscara de la enfermedad, y se agravará conforme pasen los días bajo esta polarización de diseño que han puesto en marcha. Ahora su desarrollo es más lento porque no ocupan el Gobierno estatal, pero poco a poco buscan acercarse a él para luego gritar al aire su famoso “¡que se jodan!”.

Y no hay principio cuando hablamos del desarrollo de una cultura machista con diez mil años de evolución, todo es continuidad mientras no se logre su final.

“Distancia”

Yo habría elegido “distancia” como palabra del año, una palabra que se ha construido letra a letra, paso a paso, día a día. 

Es cierto que el confinamiento ha marcado una parte importante del año y nuestras vidas, y que siempre recordaremos la experiencia de haber protagonizado este momento, pero el confinamiento empezó para que acabara, como así lo hizo meses después. Sin embargo, la distancia ha protagonizado el año más allá del tiempo confinado y ha venido para quedarse, hasta el punto de haber aceptado la contradicción que supone hablar de “distancia social”.

Ha habido distancia personal, distancia familiar, distancia al lugar de trabajo, distancia a los espacios de ocio, distancia a los comercios, distancia a la práctica del deporte, distancia a la compañía, distancia a la presencia… Y lo más preocupante de todo, distancia a la realidad. 

Una distancia a la realidad que se ha acompañado de una miopía en la voluntad para no querer verla y quedarnos con lo inmediato, con lo próximo, con lo personal, para así alejar aún más nuestra responsabilidad.

La realidad se ha hecho plana y sus límites han acabado en el horizonte individual definido por la mirada. De ese modo, se ha hecho de lo común y de lo público una especie de consecuencia de la suma de intereses particulares, en lugar de la referencia compartida para definir, limitar e integrar a cada uno de los espacios individuales en lo que debe ser la de convivencia democrática. Pero, en cambio, esa distancia a la realidad entendida como posición individual, no solo no ha buscado el espacio común, sino que ha enfrentado a los diferentes protagonistas como parte de una estrategia propia del androcentrismo, que entiende el poder como un instrumento para conseguir la victoria sobre la limitación de derechos a los demás partes, no como una responsabilidad en la consecución del bienestar para toda la sociedad.

Bajo esta perspectiva se ha enfrentado la salud con la economía, la libertad con la seguridad, la movilidad con el riesgo… Y del mismo modo, cada colectivo profesional se ha levantado contra las medidas que le afectaban, como si lo que estuviera sucediendo sólo fuera consecuencia de los demás y no responsabilidad de toda la sociedad.

Y ahí los políticos y los responsables en los diferentes gobiernos han reproducido el modelo bajo la misma distancia a la realidad que ha tomado la sociedad. No ha habido conciencia ni conocimiento de esa realidad, y no se han adoptado las medidas necesarias para evitar lo más grave, que ha sido el impacto en la salud y las muertes de miles de personas bajo una irresponsabilidad general que se ha amparado en la distancia para mantenerse al margen. Distancia física para que sean los demás quienes asuman las consecuencias y restricciones, y distancia en la conciencia para no asumir las responsabilidades en los espacios y ámbitos propios. Una situación que ha llevado a un enfrentamiento vergonzoso en quienes deben ser ejemplo de convivencia.

Distancia es la palabra que define esta nueva realidad distante y distinta que nos ha llenado de soledad. 

Y tanto es así que ha venido para quedarse, no como parte de un periodo limitado a unas circunstancias específicas. A partir de ahora hablamos ya de teletrabajo, telereuniones, teleconferencias, telecomercio, teleasistencia, telebanca… y lo más preocupante es que nos lo presentan como un avance, no como iniciativas destinadas a complementar la realidad que debe definir una convivencia basada en las relaciones personales en sociedad, sino que vienen a sustituirla para potenciar el modelo de poder y convivencia tradicional en unas nuevas circunstancias. La situación es tan terrible que ya se habla como un logro y un gran avance de “telemedicina”, como si diagnosticar una enfermedad en una persona fuera elegir una opción entre todas las ofertas incluidas en una plataforma online. ¿Dónde queda el trato humano, directo y personal?, ¿en qué lugar se sitúa a la persona enferma?

La respuesta es sencilla, en la distancia, justo el lugar donde nos perdimos en este “tele-2020” y donde ha quedado todo lo demás.