37’1º C: Machismo

fiebre-machismo-2A partir de 370 C es fiebre, por lo tanto 37’10 C ya es fiebre y 400 C mucha fiebre.

Esas referencias que se entienden muy bien cuando hablamos de salud o de otros temas, en cambio no se tienen nada claras cuando nos referimos al machismo, y no es casualidad. Todo forma parte de las trampas que el propio machismo ha creado y colocado sobre su territorio hostil para que no sea fácil salir de él. Una de las más utilizadas es la “trampa de lo excesivo”, que permite realizar la crítica sobre aquello que se considera demasiado intenso, dejando el resto como parte de la normalidad y sin cuestionar. Es lo que da lugar a que muchas mujeres digan ante el maltrato lo de “mi marido me pega lo normal, pero hoy se ha pasado”, criticando la cantidad de violencia empleada, pero no la violencia en sí misma que queda como parte de “lo normal”. Una normalidad que lleva a que sean las mujeres quienes dejen el trabajo o reduzcan la jornada para dedicar su tiempo al cuidado de sus hijos, hijas o familiares, o a que cobren menos por el mismo trabajo, o a que si les tocan el culo en clase o en el autobús, o las piropean por la calle, se entienda que no es exagerado y que forma parte de lo normal. El cuestionamiento sólo se hará cuando cualquiera de esas situaciones sobrepase el límite puesto, e interpretado con sus “machomáticas”, por el propio machismo que lleva a cabo las conductas.

Y es que el machismo ha jugado con la normalidad situando el umbral en una posición más alta o más baja según el nivel de crítica social. De manera que si las circunstancias sociales se vuelven críticas con el machismo, pues baja el umbral para reducir el espacio de la normalidad y para que lo “excesivo” comience antes, pero sin renunciar a todo el machismo que queda bajo él. Y si logra recuperar terreno o cuestionar algunas de las medidas de Igualdad, pues vuelve a subir el listón para que lo “excesivo” comience más tarde y sólo se cuestionen las manifestaciones especialmente graves. Esa ha sido su estrategia histórica, la adaptación a las nuevas circunstancias, pero sin transformar el sentido ni el significado que él daba a la realidad, y sin renunciar a la posición de poder que permitía hacerlo.

Sólo con mirar la evolución histórica de las sociedades se comprueba que nada tiene que ver la España de hace 50 años con la de ahora, pero en las dos permanece el machismo como referencia y moviendo los hilos de la realidad.

Bajo esa construcción, al hablar de la desigualdad que existe en la sociedad y del patriarcado que la ha creado parece que estamos hablando de una abstracción, de algo teórico y distinto a la realidad y, lo más importante, se presenta como ajena a todo lo que sucede en la sociedad y sin nada que ver con el machismo, pues como hemos explicado, éste queda reducido a lo “excesivo”, a todo aquello que supera el umbral del momento cuando en verdad es la propia desigualdad, es decir, la construcción de una cultura sobre las referencias de los hombres que ha permitido situar lo masculino en una posición de referencia, para otorgarse una serie de privilegios sobre los que obtener ventajas y beneficios respecto a las mujeres, que han sido situadas en una posición de inferioridad y bajo su control y supervisión.

Y como se puede apreciar, la desigualdad es una construcción de poder, no un accidente ni una deriva incontrolada del tiempo, sino el diseño interesado para obtener esas ventajas desde la normalidad que da ser “dueño” de todos los mecanismos de influencia y poder, unidos a la capacidad de dar significado y a la posibilidad de utilizar mecanismos de coacción y violencia para conseguir sus objetivos, entre ellos mantener el orden dado sin que haya ninguna consecuencia negativa a pesar del abuso y la injustica, puesto que se hace desde la normalidad. Es más, si se llega a superar el umbral del momento y se produce un resultado grave, también tiene la capacidad de minimizar lo sucedido por medio del argumento de la justificación (alcohol, drogas, celos, trastorno mental…)

Este es el contexto que permite decir al presidente de la CEOE que “las mujeres son un problema para el trabajo”, que el 80% de las 700.000 mujeres que sufren maltrato no denuncie, que el 44% de las que no denuncian no lo hagan porque la violencia que sufren “no es lo suficiente grave”, o que el 21% manifieste no denunciar por “vergüenza” (Macroencuesta, 2015). Todo ello forma parte de lo normal, no porque sea aceptable, adecuado o consecuente, sino porque “está por debajo del umbral” que el machismo, o sea la desigualdad, ha situado.

Intentar gestionar el umbral para situar el listón más alto o más bajo siempre conducirá al fracaso, puesto que significa mantener el machismo con sus manos y puños invisibles bajo él. Hay que quitar el machismo de la realidad, no bajar el umbral, pues el machismo es la desigualdad, no su representación excesiva. Es como la fiebre en salud. Si a partir de los 370 C se considera como tal, 37’10 C ya es fiebre, 400 C es mucha fiebre, y 420 C es muchísima fiebre; y si una persona ha tenido 400 C y al día siguiente tiene 37’10 C sigue teniendo fiebre, menos, pero fiebre; en ningún caso significa que ha desaparecido.

Con el machismo ocurre lo mismo. La desigualdad es el machismo, son los 37’10 C que nos indican que la normalidad social está por encima de la referencia saludable para la convivencia y que, por tanto, estamos ante una “patología social” inaceptable. A partir de ahí la discriminación, el abuso, la violencia… van sumando grados y aumentando la intensidad del problema, pero eso no significa que sólo atendamos y nos preocupemos de los grados más altos y graves para separarlos y cuestionarlos como si fueran problemas ajenos al machismo de la desigualdad, y como si para llegar hasta ellos no se hubiera pasado décima a décima, grado a grado, por todos los anteriores. Y es lo que sucede ahora cuando se rechaza el homicidio sin rechazar lo suficiente la violencia, y cuando se critica la violencia sin hacerlo lo bastante sobre el machismo que la genera.

No entenderlo así es caer una y otra vez en la trampa del machismo, o lo que es lo peor, no salir de ella. El machismo sí es consciente de toda esta situación y por ello ha desarrollado su estrategia del posmachismo como forma de generar confusión, duda y pasividad en la sociedad y, de ese modo, mantenerla distante al problema de la desigualdad y su significado para así poder mover el umbral hacia arriba, y hacer la normalidad más machista y a los machistas más normales. Es lo que ocurre cuando al hablar de violencia de género salen con el argumento de las “denuncias falsas”, de que “todas las violencias son importantes”, de que “las mujeres también maltratan”… Nunca han dicho nada de otras violencias hasta que se ha hablado de violencia contra las mujeres, y por eso tampoco piden nada contra la violencia que ejercen los hombres contra otros hombres, que supone el 95% de los homicidios de hombres. Eso no importa, lo importante es que no se hable de violencia de género, porque eso implica hablar de desigualdad, y hablar de desigualdad supone hacerlo de machismo, y hablar de machismo conlleva desmontar la estructura que sitúa lo de los hombres como referencia para obtener ventajas y beneficios a costa de las mujeres.

No caigamos en las trampas del machismo, la desigualdad es el machismo, no sólo las expresiones graves y “excesivas” que se producen como parte de él. Por lo tanto, lo que debemos erradicar es el machismo, no sólo la violencia de género.

Trump, el hombre

trump-hombrePodríamos decir eso de “vuelve el hombre”, al más puro estilo de un anuncio de perfumes televisivo, el problema es que nunca se ha ido y que el aroma que hay en el ambiente se parece más al de la Dinamarca de Hamlet que al afrutado olor enfrascado.

El triunfo de Donald Trump en las elecciones americanas es algo más que la victoria del candidato del Partido Republicano, significa la ratificación y consolidación pública del machismo como instrumento político y simbólico para seguir condicionando la realidad, y para remodelarla sobre el retroceso, no sobre el progreso hacia la Igualdad. No es casualidad que sus propuestas más conocidas vayan dirigidas a “deshacer” lo conseguido por Barak Obama, aunque ahora intente matizarlas en el cómo y en el cuándo, pero sin abandonarlas. A Trump lo han elegido para que “deshaga”, no para que haga.

El machismo es la esencia del poder, es la construcción de las relaciones sobre la condición y el status de determinadas personas configurado cuando la única referencia válida era ser hombre o mujer. A partir de esa primera desigualdad se fueron añadiendo elementos de desigualdad y discriminación basados en el criterio de quienes tenían el poder para hacerlo en cada contexto, que eran los hombres. Por eso la desigualdad y la jerarquía del machismo como cultura se ha hecho sobre el elemento común del hombre, al cual se añaden otros elementos para configurar las jerarquías particulares de cada contexto social y cultural. Por ejemplo, “hombre blanco” sobre todas las mujeres y sobre los hombres negros o con otro color de piel; o bien, “hombre blanco con una ideología y creencias” sobre todas las mujeres, los hombres negros y sobre los hombres que tengan otras ideologías y creencias… Y así, se han ido uniendo referencias como la diversidad sexual, el origen, la procedencia… pero siempre sobre la figura del hombre y bajo el argumento de su cultura basada en el poder dado por la condición y el status.

La injusticia del poder construido como privilegio e instrumento de control y dominio sobre la sociedad, se ha ido confundiendo conforme la sociedad se ha hecho más compleja y las referencias se entremezclan por escenarios complejos que “desorientan” sobre el significado de la realidad. Por ejemplo, la posición de muchas mujeres blancas respecto a hombres negros puede ser superior, o la de hombres negros heterosexuales frente a hombres blancos extranjeros y homosexuales… pero la diferente consideración y reconocimiento que se pueda hacer en un momento determinado sobre esos elementos es un espejismo que hace creer que la realidad es otra, cuando su estructura de poder es la misma y basada siempre en el machismo original alimentado por las circunstancias y adaptado a cada situación.

Todo ello viene “normalizado” por la propia organización social diseñada sobre esas ideas y reforzada a través de las leyes, las instituciones, la costumbre y las tradiciones, por eso los cambios que se han producido a lo largo de la historia son adaptativos a las nuevos tiempos, nunca transformadores sobre las viejas referencias de siempre.

El avance de la Igualdad siempre se ha producido sobre la demostración de la injusticia que suponían determinadas manifestaciones de la desigualdad, de ahí su avance a trompicones, cuando no a saltos, y siempre de manera parcial. A diferencia de la Libertad, la Justicia, la Dignidad… que se han considerado como valores inherentes a las personas, la Igualdad se ha entendido más como parte del decorado en el escenario social, y sólo cuando se observaba que generaba problemas se ha cambiado para ese conflicto particular. Pero sin que en ningún momento se haya tomado un clara conciencia de su significado, de su importancia y de su trascendencia, y por lo tanto, sin que en ningún periodo se haya apostado de manera decidida por alcanzarla.

Ocurrió con el movimiento sufragista para lograr el voto de las mujeres, con la posibilidad de que estudiaran en la universidad, con el hecho de poder realizar determinados trabajos, con el desarrollo de normas que posibilitaran, al menos formalmente, el divorcio en igualdad de condiciones que los hombres, con el logro de la libertad sexual… Siempre ha existido una injusticia que afectaba a las mujeres debido a la desigualdad, y la respuesta ha sido corregir de manera puntual esa injusticia concreta para evitar el conflicto social que pudiera llevar a una toma de conciencia sobre el significado y origen del mismo, pero no a corregir la injusticia del machismo que afectaba a todas las mujeres y situaciones. La clara demostración de que todo ello era una forma de respuesta adaptativa del propio sistema, es que nunca se ha utilizado como experiencia para evitar otros conflictos, porque lo que se ha querido en todo momento ha sido mantener la desigualdad, no cambiarla.

Sin embargo, a pesar de su poder, el machismo no ha sido capaz de controlar a toda la sociedad, nunca ha podido lograrlo, de ahí los muchos cambios que se han conseguido gracias a la incorporación paulatina de la Igualdad, el feminismo y a la labor de las mujeres, que han ido superado límites para cuestionar de manera directa y eficaz la esencia de la cultura machista y las identidades rígidas que genera.

Esa conciencia de final que percibe ahora el machismo, y su interpretación como amenaza o ataque, la expresan de manera objetiva en la forma de valorar las medidas a favor de la Igualdad cuando dicen que van “contra los hombres”, “contra la familia”, “contra el orden social”, o cuando las consideran como “ideología de género” y hablan de “adoctrinamiento”, no como avance y beneficio para toda la sociedad, al igual que lo es la Libertad, la Justicia o la Paz. En estas circunstancias surgió la estrategia del posmachismo con la finalidad de crear confusión sobre los temas de mayor actualidad y trascendencia, para mantener a la sociedad alejada de los problemas de la desigualdad. Pero a pesar de su beligerancia, de su presencia en las redes sociales, y de personas que lo han llevado hasta la política y algunos medios de comunicación, en la práctica su impacto es reducido fuera de sus ambientes y su gente, de ahí que el machismo necesite dar un paso más para mantener la jerarquía en la sociedad sobre la figura de los hombres, y tratar de reordenar el “desorden” introducido por la Igualdad.

Y ahí es donde está Donald Trump con su machismo de flequillo y su política ye-yé. Trump ha ganado las elecciones por “macho”, porque serlo y mostrarlo es algo muy valorado en una sociedad machista, fundamentalmente por los hombres, pero también por muchas mujeres de esa cultura, sólo basta recordar que un 4’6% de mujeres afirma que “el hombre agresivo parece más atractivo” (Estudio sociológico MIG, 2009). Y si es atractivo por agresivo, resultará más atractivo si es “agresivo y con dinero”, si no que se lo pregunten a Grey y sus sombras. Y si es “agresivo, con dinero y presidente de los Estados Unidos”, seguro que resulta mucho más atractivo.

El problema de Trump no es Donald Trump, sino todos los hombres que ya quieren ser como él, no sólo como machistas, eso ya lo hemos comentado en “Hombres Trump”, sino como “machistas exhibicionistas”. Eso es lo que han traído estas elecciones americanas: el machismo como instrumento político y como referencia simbólica social.

Pero del mismo modo que los machistas ya tienen un nuevo ídolo, quienes defendemos la Igualdad también tenemos una nueva referencia sobre la que continuar el trabajo de cada día. El movimiento “Not my president” es una clara reacción en ese sentido.

“Machomáticas”

matematicas-pizarraSin duda se trata de un gran descubrimiento, algo así como la Piedra Rosetta del machismo, las claves que permiten descifrar parte de su lenguaje. Hablamos de las “Machomáticas”, el conjunto de reglas y procedimientos que utiliza el machismo para alcanzar los números exactos y las conclusiones necesarias para que todo encaje en su universo XY, desde el que poder hacer pasar una realidad por otra con la fuerza de su palabra.

El tema viene de lejos. ¿Recuerdan aquello de “…y el verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros?, pues algunos lo han seguido al pie de la letra, y desde su deidad han elaborado un sistema propio de cálculo con el que concretar lo abstracto de sus ideas en números enteros y decimales con los que cuadrar las cuentas. Y claro, como las palabras tienen sinónimos, estos hombres tan divinos, en su omnipotencia y omnipresencia, no se han cortado un pelo para dar también “sinónimos” a los números en ese lenguaje “machomático”.

Podría parecer algo imposible, pero no lo es. Hay que recordar que el poder del machismo se concentra en dos grandes elementos; por una parte, en la capacidad de condicionar la realidad para que las cosas sean como tienen que ser según el orden, las ideas y valores que ellos han decidido que deben actuar como referencia. Y por otra, en la capacidad de dar significado a la realidad, especialmente cuando se aparta de su modelo, que es cuando podría ser cuestionada. Por ejemplo, cuando un hombre agrede a otro hombre es una agresión, pero cuando un hombre agrede a la mujer con la que mantiene una relación es un asunto privado y algo normal, a no ser que el resultado sea especialmente grave. Y cuando se produce ese resultado y las consecuencias traspasan el umbral de la normalidad, pues recurren a otro significado, y si el hombres es un anciano dicen que se le fue la cabeza, si es un joven fue por celos, y si se trata de un hombre adulto comentan que fue por el alcohol consumido. De ese modo la violencia de género no existe, y cuando se comprueba que sí existe y que está presente como parte de las relaciones, se dice que no es así, que es producto de determinadas circunstancias que afectan a algunos hombres o, incluso, de la provocación de la mujer, del famoso “algo habrá hecho”.

Y ese significado está construido sobre el valor de la palabra de los hombres, de esa capacidad de crear realidades sólo con pronunciarlas o de borrarlas al silenciarlas. La palabra de los hombres se convierte así en el instrumento más poderoso del machismo, y por ello la idea de “palabra de hombre” o de un “hombre de palabra” se presenta como referencia del valor de una cultura patriarcal asentada en esa combinación “hombre-palabra” hecha voz. Y para darle un reconocimiento añadido, la propia cultura no sólo le quita ese significado a la palabra de las mujeres, sino que es presentada como lo contrario, como algo falso, pasajero e interesado, cuando no directamente dirigida contra ellos, como recogen algunas expresiones que tanto me repetían los maltratadores cuando actuaba como médico forense: “sí, yo le he pegado… pero es que mi mujer se empeña en llevarme la contraria”.

Todo forma parte de las combinaciones y significados que han instaurado como claves para que la realidad tenga sentido y sea armónica con su concepción de modelo de sociedad. Por ello utiliza la fuerza y su influencia a través de la capacidad de darle significado para presentarse como merecedores de su superioridad al hacer creer que “tener razón” es ser inteligente. Y para conseguirlo imponen su razonamiento a través de la violencia (explícita o como amenaza), y concluyen que son muy inteligentes al ver que todo el mundo asiente ante sus posiciones. Por eso luego se producen tantas sorpresas cuando algunos destapan el “tarro de las esencias” y no sale nada.

Pero esa construcción, como tantas otras, es falaz. Ya lo expresó Don Miguel de Unamuno con aquello del “vencer y el convencer”; el machismo podrá vencer con la violencia e influir con su poder, pero no convencer con la razón que no tiene.

Y en su desesperación han llegado a los números y a las “machomáticas” para intentar callar las palabras que los cuestionan, de ahí que hayan inventado un lenguaje particular a base de cifras para que luego las letras les sigan dando la razón. Es una lengua muerta que ni siquiera ellos entienden, pero la presentan como una divinidad, como algo en lo que necesitan creer para darle sentido y trascendencia a unas vidas construidas sobre la mentira del machismo.

Y al margen de sus cálculos y de sus cuentas, como decía antes, han cambiado la literatura por la aritmética para darle sinónimos a los números y, de ese modo, convertir esas cuentas en cuentos. Así, por ejemplo, para el 0’014% de las denuncias falsas utiliza el sinónimo del 80%, y cuando hablan de que este tipo de denuncias representan el 80% en verdad no están mintiendo, sólo que aplican un sinónimo. Otro ejemplo, al hablar de hombres asesinados por sus parejas dicen que cada uno de estos últimos años han matado a 30, cuando los datos del CGPJ hablan de cifras entre 4 y 8, pero no debemos entender sus palabras como una falacia, tan sólo que han aplicado otro sinónimo numérico dentro de su lenguaje “machomático”. Es algo similar a cuando hablan de que se producen más de 8000 suicidios de hombres por “divorcios abusivos”, a pesar de que el número total de suicidios masculinos está alrededor de 3500; no piensen que es un intento de manipular, nada de eso, es otro sinónimo dentro de su literatura aritmética que convierte las cuentas en cuentos.

Puede parecer complejo en una primera aproximación, pero no lo es tanto. Si se dan cuenta es lo que sucede cuando nos acercamos a cualquier lengua extranjera, que al principio no entendemos nada, pero en cuanto aprendemos algunas palabras y algunas claves sobre su gramática y significado ya somos capaces de ir avanzando por su entramado. Por eso he elaborado una primera “tabla” que nos ayude a entender sus cálculos y sus cuentas, con las que comprender la historia de fondo que aparece en sus cuentos, y la moraleja que tratan de hacernos llegar para que no lleguemos muy lejos de la mano de la Igualdad.

Es una tabla que puede parecer sofisticada, como la propia cultura, pero en realidad es muy simple. En ella se mezclan todo tipo de operaciones, tanto la suma como la multiplicación, la resta y la división, pues el objetivo es que todo encaje.

Echémosle un vistazo a una parte de esa “Tabla de las Machomáticas”:

. Uno por uno = Diente por diente

. Uno más uno = “Mis cojones”

. Uno más una = Uno

. Una y una = Ninguna

. Dos entre uno = Tres

. Cinco por una = Burundanga

. 19 entre 130.000 = 80%

. 90 hombres, 10 mujeres = Igualdad

. 50 hombres, 50 mujeres = Discriminación

A partir de esta tabla se puede hacen las operaciones más diversas bajo sus reglas. Un par de ejemplos rápidos. El primero, cuando un factor determinado se multiplica por el factor “mis cojones”, el resultado tiende a infinito. De manera que cuando alguien dice “eso no lo hago” y un machista lo multiplica por su factor testicular y apunta, “por mis cojones que lo vas a hacer”, el resultado es que tenderá a hacerse siempre.

El segundo, con independencia de que el resultado de una operación sea un número positivo, en realidad puede ser igual a cero cuando se acompaña del decimal “de eso nada”. Así, si se dice que la brecha salarial entre hombres y mujeres es del 20% y se pone detrás, como si fuera un decimal, “de eso nada”, para las “machomáticas” la brecha salarial es igual a cero.

No traten de entenderlo, es “machomática pura”.

Hombres Trump

trumpDonald Trump no es una excepción ni tampoco un hombre raro, tan sólo es un hombre normal que hace y dice lo que muchos hombres normales dicen y hacen en el contexto donde cada uno de ellos se relaciona.

Los comentarios sexistas de Trump y su manera de presentarse ante el resto de amigos como un “hombre capaz”, es la forma habitual en que muchos hombres hablan de las mujeres que están cerca de ellos, y a las que consideran en una posición inferior por ser mujeres y por estar situadas en una estructura de relación jerárquica donde ellos mandan: lo hacen empresarios con empleadas, directivos con secretarias, profesores con alumnas, chavales de fiesta con chavalas en las fiestas… Cuando las circunstancias permiten a los hombres interpretar que se encuentran en una posición de superioridad por ser hombres, por el cargo, o porque el espacio les pertenece, aunque en realidad no sea así, la idea de las mujeres como objetos que pueden usar se potencia de manera exponencial a la interacción de esos tres elementos (hombre, jerarquía, espacio), tanto más cuanto mayor sea ese factor objetivo de poder.

Y cuando esa superioridad se construye sobre el dinero y la política, la sensación de poder para hacer lo que uno quiera, que refleja Donald Trump en sus palabras de vestuario de hombres, es absoluta; porque dinero y poder político son dos elementos objetivos de poder en nuestra sociedad en cualquier circunstancia, no sólo para determinados contextos.

Por eso lo de Donald Trump no es una excepción, todo lo contrario, es parte de la normalidad que cada hombre une a su espacio de relación de manera diferente en razón de sus circunstancias y posibilidades, es cierto que lo hacen con hechos distintos en cada ocasión, pero el significado en todos esos espacios es el mismo. Cuando Trump dice que si eres “rico y famoso” puedes hacer lo que quieras con una mujer, lo que está diciendo no es que puedes hacer lo que quieras con cualquier mujer, sino que siempre encontrarás una mujer para hacer con ella lo que quieras. Es lo mismo que ocurre con el profesor y las alumnas, con el empresario y las empleadas o el directivo con las secretarias; no será con cualquier alumna, empleada o secretaria, pero parten de la base que siempre habrá alguna mujer en esos espacios de relación con la que hacer lo que ellos quieran en virtud de su posición como hombres jerárquicamente superiores. Por eso el machismo ha creado una cultura que permite establecer una estructura de desigualdad y complicidad desde la que poder desarrollar conductas de acoso y abuso generalizadas sobre las mujeres, hasta alcanzar objetivos particular en una determinada mujer del grupo acosado. Y de ahí las trampas para que la cosificación de las mujeres continúe, incluso jugando para que sean ellas mismas las que decidan hacerlo, como antes lo ha hecho para aceptar la violencia y la discriminación como algo normal.

Si no existiera esa normalidad cómplice basada en lo que la cultura machista ha interpretado como parte de la habitualidad, no sería posible que las palabras de Trump resultaran creíbles ni que el acoso formara parte de la realidad como parte de esas estructuras masculinas de relación en el trabajo. Del mismo modo que tampoco sería posible que en mitad de las calles de una sociedad machista las mujeres aún tengan que soportar el hostigamiento de los piropos y el abuso de los rozamientos y tocamientos en los autobuses, el metro, las colas y en cualquier lugar donde la aglomeración de gente permita a los hombres camuflar su intención. El diseño resulta tan eficaz que cuando se denuncian estas conductas se vuelven contra las mujeres que las sufren por exageradas, por provocadoras o por mentirosas.

Por eso el poder da poder, porque cuanto más poder se tiene, y Trump tiene mucho poder, como el profesor en la universidad, el empresario en su empresa, el directivo en el consejo… más difícil resulta creer que el abuso se ha producido, no por la integridad del hombre con poder, sino por la cosificación de las mujeres que la propia cultura crea junto a los estereotipos apuntados alrededor de la maldad, la provocación, la manipulación… El razonamiento que se hace cuando se conocen casos de abuso en estas circunstancias cuestiona su realidad, y sitúa la culpa en las mujeres mediante el encumbramiento del hombre. El argumento viene a ser algo así como que “la mujer, la alumna, la trabajadora, la secretaria…” lo ha denunciado falsamente (algo propio de la perversidad de las mujeres), porque un hombre con ese poder (Trump, el profesor, el empresario, el directivo…) puede tener a cualquier mujer sin necesidad de acosar a ninguna.

El diseño es perfecto porque está preparado para que el acoso, el abuso y la violencia se produzcan en contextos de relación donde los hombres por ser hombres cuentan con esa superioridad cultural de entrada, a la cual se unen las estructurales del contexto y las sociales del reconocimiento que la misma cultura propicia.

Si toda esa construcción no formara parte de esa estructura machista que da reconocimiento y prestigio como hombres a aquellos que llevan a cabo estas conductas, no habría necesidad de contarlo en un vestuario de hombres, en un café con hombres, o antes de empezar una reunión de hombres; ni de hacer vídeos y difundirlos para que otros hombres los vean. Todo forma parte de la ruta masculina de reconocimiento y confirmación que demuestra de lo que algunos hombres son capaces para que otros sigan el camino trazado por ellos.

En el fondo, ese tipo de conductas no son muy diferentes a lo que cada día sucede a través del Whatsapp por medio de mensajes referentes al sexo y a las mujeres que comparten muchos grupos de hombres. Es cierto que en esos envíos y en las imágenes que muestran no son ellos los protagonistas, pero sí lo son del relato que cuentan a partir de ellas.

Trump no es una excepción, quizás sería bueno recordar lo que dijo otro hombre “rico y famoso de la política” que se comportó de manera similar. Me refiero a Silvio Berlusconi cuando descubrieron las fiestas que montaba en su finca de Villa Certosa con otros hombres ricos y famosos de la política. Berlusconi fue muy elocuente al decir, “en el fondo, los italianos quieren ser como yo”. Lo triste es que tenía razón.

Pero también somos muchos los hombres que no pretendemos ser como ellos y que creemos que la Igualdad nos hace mejor como hombres, y sobre todo, hace mejor a una sociedad donde la convivencia se base en el respeto, la Paz y la Igualdad. Conseguirlo exige decir no al machismo y decir sí a la Igualdad y al feminismo.

 

. El 21 de octubre se celebra en Sevilla una marcha de los grupos de Hombres por la Igualdad y se conmemora el décimo aniversario de aquella primera manifestación en la que muchos hombres abandonaron el silencio y la pasividad para trabajar y comprometerse con la Igualdad y contra las imposiciones del machismo. Os esperamos.

“Vidios”

vidiosPerder la fe no significa dejar de creer, tan sólo cambiar el objeto de la creencia.

Es lo que ha ocurrido en una sociedad que ha dejado de creer en el más allá para situar la creencia en el más acá, justo en cada uno de los hombres que se sienten dueños y señores de una realidad en la que estorba el tiempo y la distancia que traía la trascendencia, de ahí la adoración de lo inmediato.

Por eso primero los hombres crearon un dios a su imagen y semejanza y lo hicieron invisible para disimular, y después crearon un hombre a la imagen y semejanza del poder divino para autoproclamarse reyes de la creación, o sea, para autodenominarse dueños de su propia creación, que no es otra que la cultura patriarcal levantada sobre referencias masculinas.

Y este cambio exige modificar las condiciones del ejercicio de la nueva fe. Antes se podía ver a un único dios en cualquier lugar a través de su invisibilidad omnipresente, pero ahora que los dioses son cada uno de los hombres eso ya no es creíble. De manera que la omnipresencia masculina debe basarse en su constante exposición y en la continua demostración de todo lo que son, y de todo aquello que son capaces de hacer con ese poder tan “divino de la muerte” que muestran a la más mínima ocasión.

Esa exhibición del machismo no es casualidad, es la necesidad de mostrar y demostrar lo hombres que son, porque ser hombre es, fundamentalmente, ser reconocido como tal por otros hombres, y cuanto más osada sea la conducta realizada y grabada en un vídeo, más reconocimiento dará y más necesidad de mostrarla a los demás surgirá para, de ese modo, ascender a los cielos de la divinidad machista.

Ningún hombre o grupo de amigos se graba en la cola de un supermercado con el carro de la compra lleno y lo comparte en las redes, ni tampoco en la puerta del colegio mientras esperan a sus hijos o a sus hijas, porque para esos hombres no son conductas de las que presumir ni sobre las que ser reconocidos como hombres, todo lo contrario, en algunos casos pueden ser motivo de burla y de pasar a ser considerados calzonazos o “manginas”, como tanto le gusta ahora al posmachismo, una especie de “hombres vagina” totalmente incompatibles con su modelo de “hombre testicular”.

El exhibicionismo de los hombres haciendo de hombres es una forma de marcar el territorio portátil de su identidad, y con él tratar de establecer su significado al igual que la santidad lo hacía con el halo alrededor de la cabeza, tanto mayor cuanto más importante era la persona santificada. Por eso los hombres establecen su resplandor machista a través de vídeos que les dan reconocimiento e imponen miedo o respeto a los demás.

No por casualidad el delito de exhibicionismo, consistente en mostrar los genitales en público, es llevado a cabo por hombres en más del 99% de los casos. La cultura canaliza los comportamientos hacia conductas con significado, y para muchos hombres mostrarse como tales y a través de aquello que  para ellos más los identifica puede llegar hasta ese tipo de acciones.

Esa constante necesidad de ser ante los demás es la que los lleva también a la competitividad y a la violencia, pues mientras que con la primera se es hombre al ascender entre el resto, con la violencia se es hombre dos veces: una por vencer y otra por hacer que la otra persona deje de ser.

Son sus reglas de juego en la conducta y su terreno de juego para la convivencia. Unas referencias que han creado para que quien recibe esos vídeos y observa dichos comportamientos sean receptivos y comprensivos con ellos, de lo contrario no lo harían. Un hombre sabe que si sale en un vídeo de contenido sexual con una mujer, él será visto como un machote mientras que a ella la tratarán con desprecio y la humillarán tanto que, como ocurrió con Tiziana Cantone, pueden llevarla al suicidio.

Las circunstancias pueden variar, pero el significado detrás de cada conducta y de cada grabación es el mismo: Dos jugadores de fútbol manteniendo una relación sexual consentida con una mujer que no consiente la grabación, cinco hombres violando a una mujer en Pamplona después de que cuatro de ellos violaran y relataran los hechos a otra joven en Córdoba; hombres conduciendo coches y motos a más de 200 Km/h por carreteras estrechas, hombres maltratando animales… en todas estas conductas hay una necesidad de demostrar el valor de sus conductas en la escala machista, aunque se trate de conductas delictivas. Porque para muchos hombres ser un delincuente es un accidente compatible con ser hombre, mientras que no ser hombre es para siempre e incompatible con el disfrute del reconocimiento y los privilegios.

Muchos hombres se creen dioses y como tales han ido otorgándose características divinas, ya habían logrado la omnisciencia todopoderosa, les faltaba la omnipresencia, y ya la han conseguido con estos vídeos, es decir, por medio de los “vidios”.

Minoría de hombres, minoría de mujeres

minoriaUna minoría de hombres, aquellos que maltratan y matan a las mujeres, son argumento para que el resto de los hombres no haga nada contra la violencia de género bajo la idea de que la mayoría de los hombres no son maltratadores y, de ese modo, dejar el problema social reducido a una cuestión de “unos pocos”. En cambio, una minoría aún más baja de mujeres, aquellas que agreden a hombres en las relaciones de pareja o denuncian una violencia que no ha existido (0’014%, según FGE), sí sirve de argumento para cuestionar toda la realidad de la violencia de género y sus consecuencias. Unas consecuencias tan objetivas que suponen que el 30% de las mujeres sufran violencia por parte de sus parejas o exparejas (OMS, 2013), y que cada año unas 50.000 mujeres sean asesinadas por hombres en el seno de esas relaciones de pareja (Naciones Unidas, 2013); cifras que implican que cada 10 minutos una mujer es asesinada por violencia de género, o lo que es lo mismo, que cada 10 minutos un hombre asesina a la mujer con la que comparte o ha compartido una relación de pareja.

Al final dos interpretaciones opuestas llevan a un mismo resultado bajo la voz del machismo: una minoría de hombres y una minoría de mujeres coinciden como razón para no hacer nada contra la violencia de género.

Que la mayoría de los hombres no sean narcotraficantes, mafiosos o terroristas, en cambio, no es argumento para que no se luche contra el narcotráfico, las mafias o el terrorismo, ni para que los hombres muestren su rechazo a esas violencias que llevan a cabo “unos pocos” y pidan más medidas y recursos para combatirlas.

La pasividad de los hombres y la distancia que toman frente a la violencia de género y la desigualdad bajo el revestimiento de una aparente neutralidad, es una de las partes esenciales del problema, porque, además, es la misma neutralidad y distancia que adoptan la mayoría de las instituciones al estar dirigidas o presididas por hombres; unos hombres que son machistas de nacimiento, de palabra, obra u omisión.

No se puede no ser machista sin haber dejado de serlo, puesto que la identidad masculina y la socialización de los hombres se hace a partir de las referencias que la cultura de la desigualdad, es decir, el machismo, ha puesto a su alcance para que además de ser hombres desde el punto de vista biológico, lleguen a serlo desde el punto de vista social y cultural. Nadie deja de ser machista sólo por enunciarlo, lo mismo que no se es médico, abogado o jugador de fútbol por decirlo. Para logar esos objetivos en el ser y en el no ser hay que adquirir el conocimiento, la experiencia y las referencias que caracterizan y definen cada uno de esos estados. Y para no ser machista los hombres tienen que desprenderse de todas aquellas ideas, valores, creencias, mitos, prejuicios, valores… que constituyen la identidad masculina, y que se manifiestan en multitud de ocasiones y circunstancias que el propio machismo ha considerado normales, para que de ese modo continúen reforzando la desigualdad que da privilegios a los hombres sin levantar crítica alguna; más bien lo contrario, los reivindican como hombres al ser reconocidos como tales en las conductas. Es una normalidad que sólo se cuestiona desde la distancia, cuando ya es tarde y ha sido sustituida por otros mensajes que no levantan crítica, pero siguen reforzando al machismo. Un ejemplo cercano de esta situación lo tenemos en los sketch de humor o en los anuncios de televisión de hace unos años, que ahora nos parecen “machistas” cuando por aquel entonces nos parecían “normales” y hasta graciosos. Y a pesar de esta experiencia, en el momento actual ocurre una situación similar, y ahora encontramos elementos propios del machismo en diferentes ámbitos que sólo son criticados por quienes se acercan a ellos con una perspectiva de género, pero dentro de unos años la mayoría que ahora calla rechazará como expresión del machismo.

Y todo ello ocurre porque la “minoría” de mujeres feministas y la “aún mayor minoría” de los hombres que trabajan por la Igualdad, van concienciando a la sociedad ante la pasividad y neutralidad de la mayoría de los hombres. Pero también ante su silencio frente a los hombres que directamente toman la palabra para continuar alimentando el odio hacia las mujeres al responsabilizarlas de todos los males, presentándolas “en mayoría” como autoras de un delito de denuncias falsas para dañar a los hombres, o como responsables de los suicidios de los masculinos. Todo es poco para esos hombres con tal de que el odio hacia las mujeres siga siendo mucho.

Esa es la miseria del posmachismo, jugar con las circunstancias creadas por el propio machismo para que la pasividad y distancia al problema de la violencia de género haga que todo siga igual, es decir, con violencia y asesinatos hacia las mujeres. Para el machismo lo único que importa es mantener los privilegios que, eso sí, disfrutan la mayoría de los hombres, tanto los maltratadores como los que dicen ser neutrales.

Los machistas actúan en nombre de todos los hombres, si quienes no comparten esas posiciones y conductas no se desmarcan de ellos y los critican, continuarán con los argumentos de ahora y la violencia de siempre. Y lo seguirán haciendo en nombre de todos los hombres, no en el de cada uno de los maltratadores.

No hay neutralidad frente a la violencia de género, o se hace algo para acabar con ella o se está haciendo para que continúe.

 

* El 21 de octubre se celebra en Sevilla una marcha de los grupos de “Hombres por la Igualdad”, y se conmemora el décimo aniversario de aquella primera manifestación en la que muchos hombres abandonaron el silencio y la pasividad, para trabajar y comprometerse con la Igualdad y contra las imposiciones del machismo. Os esperamos. http://wp.me/pvw9K-qM

 

Machismo “cum laude”

BIRRETES-GRADUACIONEl pasado mes de febrero, un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, justo en mitad de una clase, se queja antes sus alumnos y alumnas del ruido que hacen con los bolígrafos y del escote de una de las ellas, al que califica de “excesivo”. Lo hace en público, delante de todo el alumnado, y recordándole a la alumna que no era la primera vez, que ya se lo había advertido con frases como, “ya te dije el primer día que me desconcentraba tu escote”, y “te empeñas en traer un escote hasta el ombligo”. Además, para que se entendiera que lo decía con buena fe y con carácter constructivo, reforzó su argumento con un, “si fuera machista te pegaría una hostia”.

Según conocemos ahora (http://www.infolibre.es/noticias/politica/2016/08/31/la_usc_abre_expediente_disciplinario_los_alumnos_que_protestaron_sin_camiseta_clase_luciano_mendez_54091_1012.html), la respuesta de la Universidad de Santiago de Compostela ha sido abrir una investigación al profesor por lo ocurrido, y expedientar a los alumnos y alumnas que protestaron pacíficamente ante ese comportamiento mostrando, tal y como se ve en las imágenes, sus torsos semidesnudos con una serie de mensajes contra el machismo escritos sobre su piel. Por lo visto a los responsables de la Universidad de Santiago de Compostela les preocupa más esas protestas que el silencio ante unos comportamientos reprobables en sí mismos, pero que en este caso alcanzan un mayor reproche por venir reforzados desde la posición moral y jerárquica de un profesor. Por eso, bajo estas circunstancias, ya no sorprende tanto que la primera medida adoptada, a pesar de ser hechos públicos ocurridos a la vista de toda la clase, fuera cambiar a la alumna de grupo y obligarla, de ese modo, a que fuera ella quien asumiera las consecuencias de la conducta que previamente había sufrido. Una revictimización en toda regla.

La universidad no es diferente al resto de la sociedad, aunque sí debería ser un tiempo para hacer de esa sociedad un lugar diferente.

Si la universidad se limita a transmitir un conocimiento ajeno a la realidad que deben afrontar sus alumnos y alumnas cuando desarrollen su ejercicio profesional, la respuesta que darán será insuficiente e inadecuada en aquellas cuestiones impregnadas por los valores tradicionales de una cultura desigual y machista. Es lo que vemos en violencia de género y lo que comprobamos en multitud de respuestas que dan grandes profesionales que en su día pasaron por la universidad, sin que esta haya influido lo más mínimo para que adquirieran un conocimiento crítico sobre los problemas que tratan desde sus trabajos. Muchas de las respuestas que se dan hoy desde la Medicina, el Derecho, la Psicología, el Trabajo Social, las Ciencias de la Educación… y tantas otras, sólo se centran en algunos resultados de la violencia de género, pero no actúan con la responsabilidad necesaria para contribuir a su erradicación, en parte por pensar que se trata de situaciones privadas o motivadas por factores ocasionales, como una “fuerte discusión”, una “copa de más”, una “palabra de menos”… Justo lo que el machismo ha utilizado a lo largo de la historia como justificación cuando los casos superaban las paredes del hogar.

La incongruencia es tal que hoy se enseña en las aulas de las universidades a abordar las consecuencias de la violencia de género (en la salud, en el Derecho, en las cuestiones sociales…), sin que se enseñe lo suficiente sobre su prevención y erradicación a través del cuestionamiento de los referentes sociales y culturales que crean la desigualdad y la violencia contra las mujeres como parte de ella.

El machismo está en la universidad y sus consecuencias también. El estudio que hizo el Ministerio de Igualdad con la Universidad Complutense sobre la violencia de género en las universidades españolas, reflejó que el 4’4% de las universitarias sufre o había sufrido violencia por sus parejas, y que el 1’9% de los universitarios reconoce ejercer esta violencia o haberla llevado a cabo. También puso de manifiesto que estas conductas son más frecuentes en las disciplinas tradicionalmente masculinizadas, y que cuando hay una mayor formación en Igualdad hay menos violencia de género. Pero quizás el dato más significativo sobre el machismo existente en las universidades es el que ponen de manifiesto diferentes estudios internacionales sobre el acoso sexual por parte del profesorado. Uno de los estudios más citados es el de Gross et al, publicado en 2006 (“An examination of sexual violence against college women”), e indica que el porcentaje de mujeres que ha sufrido este acoso sexual durante su paso por la universidad es del 22%.

El machismo ha utilizado la universidad para graduarse con “cum laude” y poder ejercer la violencia al amparo de la experiencia universitaria, tanto por lo aprendido en esa especie de “prácticas universitarias” que los estudios revelan, como por la teoría adquirida al descontextualizar y quitarle el significado a esas conductas violentas, y centrarse en un resultado que abordarán como si fuera un accidente o producto de ciertos contextos.

La Ley para la Igualdad Efectiva de Hombres y Mujeres (LO 3/2007) creó las Unidades de Igualdad en las universidades. Desde ellas se hace un gran trabajo para fomentar la Igualdad y corregir la desigualdad y toda su cohorte de manifestaciones, pero no es suficiente sin una mayor implicación de toda la comunidad universitaria. No estamos hablando de un servicio puntual, sino de un vendaval de ideas y acciones que hay que extender por todos los campus universitarios para que desde ellos transciendan a la sociedad, y para que esos profesionales del mañana conozcan el significado de la violencia de género, y sean capaces de identificar el machismo que camufla de normalidad todas estas conductas y comportamientos.

El machismo debe suspender en su paso por la universidad, no hay graduación posible para él. La única calificación admisible es “matrícula de deshonor”.