No es tampoco

“No es no” y, por tanto, “no es tampoco” mientras no exista consentimiento por parte de una mujer a la hora de mantener una relación sexual. El límite no está en lo que el agresor interprete, sino en lo que la mujer decida, porque de lo que se habla no es de regular las relaciones sexuales, sino de actuar contra “violencia sexual” y la necesidad de adaptar la regulación existente, claramente insuficiente e ineficaz, a la realidad actual.

Es posible que muchos hombres “tengan dificultades” para ver la diferencia entre violencia sexual y relación sexual, pues para ellos sólo cuenta su voluntad, pero una sociedad democrática necesita establecer los límites de manera nítida para evitar las interpretaciones personales y las justificaciones sociales que existen alrededor de estas conductas criminales, las cuales siempre tienden a responsabilizar a las víctimas, como hemos visto durante el juicio y tras la sentencia de “la manada” en diversos foros, redes sociales, y hasta por parte de un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela.

Por eso sorprende la reacción de grandes juristas al mostrar su desconcierto ante la propuesta de reducir el margen de interpretación de los hechos en los casos de violencia sexual, sobre todo si se tiene en cuenta que dicha valoración se hace desde una subjetividad impuesta por una cultura machista llena de mitos y estereotipos que minimizan el significado, gravedad y consecuencias de la violencia sexual. En lugar de desconcierto podrían unirse a la necesidad de avanzar en ese sentido para evitar que unos hechos  como los que se dieron por probados en la sentencia de “la manada” sean considerados como “abusos sexuales”, o que drogar a una mujer para luego mantener relaciones sexuales con ella también se considere como algo menor y, por tanto, como “abuso”, y no como agresión sexual.

Y resulta sorprendente ese revuelo generado  sobre la necesidad de conseguir el consentimiento y evitar que “la duda beneficie al agresor”, cuando en otros ámbitos sí se vela para que conste el consentimiento, e incluso que se haga por escrito. Un ejemplo lo tenemos en la sanidad.

Un paciente tiene un problema de salud que requiere una intervención quirúrgica, se le  informa en ese sentido y se le comunica que tiene que operarse. El paciente acepta el tratamiento, pasa una serie de revisiones, acude la fecha prevista a realizarse las pruebas del preoperatorio, y el día fijado se presenta en el hospital en ayunas, tal y como se le pidió, para someterse a la operación. El enfermo es trasladado a planta, se le da una habitación, allí se cambia y se viste con una pequeña bata para facilitar la exposición del campo quirúrgico, y poco después es trasladado en una camilla al quirófano. Al llegar saluda al equipo médico-sanitario y tras un breve intercambio de comentarios sobre la actualidad del día y su estado de salud, es anestesiado para iniciar la intervención.

Todo el proceso está lleno de decisiones voluntarias y conscientes que confirman la voluntad y el “pacto consentido” entre el equipo médico y el paciente para someterse a la operación, pero si no consta el consentimiento por escrito, desde el punto de vista jurídico el acto no es válido y el equipo médico incurre en un delito. No bastan las suposiciones ni las deducciones a pesar de que todo va en beneficio del paciente, el consentimiento ha de ser objetivo.

Salvando todas las distancias, y sin que la propuesta sobre la nueva regulación de la violencia sexual exija un consentimiento por escrito ni nada parecido, como pronto han comentado algunas voces para ridiculizar el planteamiento y desviar la atención sobre el problema de fondo, lo único que se plantea es evitar que sea el agresor quien decida “cuál es la voluntad de la víctima”, pues lo curioso, y lo terrible, de todo este debate es que se sustenta sobre dos ideas básicas:

  1. La primera es que las mujeres denuncian falsamente a los hombres en violencia de género, bien sea dentro de la relación de pareja o como parte de las relaciones sexuales.
  2. La segunda, que  los hombres siempre mantienen un buen criterio y que sus decisiones son racionales y coherentes con la situación que viven.

Nadie pone en duda la decisión del hombre a pesar de que el 99% de las violaciones son cometidas por hombres (US Bureau of Justice Statistics, 1999), y en cambio sí se duda de la intención que puedan tener las mujeres y se habla de denuncias falsas, aunque en realidad sólo se denuncia un 15-20% de los casos (Walby y Allen, 2004)

La respuesta que tenemos ahora es inadecuada, y entre otras cosas se demuestra en la desconfianza de las mujeres en el sistema reflejada en ese bajo número de denuncias, y en lo “confiados” que se muestran los agresores con ese mismo sistema cuando se comprueba que sólo se condena al 1% (British Crime Report, 2008), y cuando vemos cómo las violaciones en grupo han aumentado a raíz del caso de “la manada”, incluso con un grupo autodenominándose “la nueva manada”.

La OMS define la violencia como “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”. Por lo tanto, la violencia sexual también es el resultado del uso del poder para llevar a cabo la conducta, no sólo el empleo de la fuerza física y la intimidación explícita. Entender que la violencia va más allá del uso de la fuerza física es algo que no se duda en otros contextos, como el juez Llarena ha hecho para justificar el delito de rebelión al recoger que hubo “demostración de fuerza y disposición a usarla”.

Cuando interesa todo está muy claro. Por lo tanto “no es no” y, en consecuencia, “no es tampoco” mientras no sea sí.

Así de fácil, así de sencillo… No creo que los hombres, tan listos y racionales como para pedir en el Europarlamento por boca del eurodiputado polaco, Janusz Korwin Mikke, cobrar más que las mujeres por su mayor inteligencia, tengan dificultad para entenderlo.

 

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Mariposas y asesinos

Tres mujeres han sido asesinadas en 48 horas por sus parejas o exparejas (Madrid, Asturias y Lepe), en junio también hubo otros tres hombres que asesinaron a sus parejas o exparejas en Granada, Pontevedra y Barcelona en menos de dos días, como ha sucedido tantas otras veces. La violación en grupo de “la manada” ha dado lugar a la aparición de otras violaciones grupales con características similares: hombres jóvenes que agreden sexualmente, ambiente de ocio, mujer sola dentro del grupo, alcohol u otros tóxicos en el argumento… incluso uno de estos grupos se ha autodenominado “la nueva manada”… Las evidencias sobre la utilización de otros casos previos de violencia machista como argumento, referencia o refuerzo para llevar a cabo nuevas agresiones, no sólo es algo que se puede intuir, sino que diferentes estudios lo han demostrado, entre ellos el que se hizo desde la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género con la Universidad de Granada en 2011, demostrando que existe una asociación entre homicidios cercanos “no explicable por azar”, resultado que indica que los agresores utilizan los casos previos como elemento para avanzar en su conducta criminal. Los propios asesinos y mujeres sobrevivientes han descrito esta situación, y comentan cómo vivían bajo la amenaza de los agresores que aprovechaban las noticias para decirles, “¿ves lo que le ha pasado a esa mujer?, pues cualquier día de estos te va a pasar a ti lo mismo”…

Pero además de todas esas evidencias, dicha actitud basada en la toma de referencias  a partir de situaciones o conductas similares a la que una persona quiere hacer, es algo humano. Si los asesinos, violadores y maltratadores no utilizaran otros casos para reforzarse en sus intenciones deberíamos preguntarnos qué tienen de “excepcionales”  para no hacer lo que otras personas hacen a diario en otros contextos. Y si algo caracteriza a la violencia de género es su normalidad dentro de la cultura machista, no su excepcionalidad.

Sin embargo, siendo un tema que debe ayudar a la prevención y a la protección, genera cierto desasosiego y confusión bajo la idea de que hablar de esa reproducción de la violencia y asesinatos tras uno previo es como una forma de restarle responsabilidad a quien lo lleva a cabo, cuando su significado es todo lo contrario. Un hombre que mata, viola o maltrata a partir de lo que otro ha hecho demuestra su conciencia, voluntad y capacidad para elaborar su agresión a partir de la integración de  hechos anteriores de una misma realidad, así como su afirmación en la conducta al reproducirla bajo sus circunstancias particulares.

Plantear la influencia de esa experiencia no quiere decir que la violencia surge de la nada en alguien que no tenía pensado actuar de ese modo, como alguna gente ha llegado a decir para restar trascendencia a esta influencia criminal, siempre influye en quien previamente tiene pensado y decidido actuar de manera similar. Algunos de los elementos que la caracterizan son:

  • El agresor que actúa tras un caso similar ya tiene decidido hacerlo y se encuentra e un momento cercano a materializarlo, por lo que el caso previo le sirve como refuerzo y como facilitador del paso a la acción. La conducta criminal no aparece “ex novo”y lo más probable es que también se lleve a cabo al margen del caso previo, pero al conocerlo el proceso se acelera e impide que actúen factores protectores.
  • Por lo tanto, no surge de la nada, sino de la construcción violenta que el agresor ha elaborado con anterioridad.
  • En ningún caso es un “efecto imitación”, actúa más como “efecto paso a la acción”.
  • La referencia de un caso previo influye “un poco en algunos casos”, no actúa en todos y en los que lo hace sólo incide parcialmente.
  • Su impacto es mayor en “crímenes morales” como la violencia de género, que se llevan a cabo en nombre de los valores, ideas, posiciones… que se consideran propias de los hombres según las referencias culturales, y con ellos, además del daño sobre las mujeres, sus autores buscan el reconocimiento por parte de otros hombres, por eso se entregan voluntariamente en más del 75% de los casos.
  • El efecto tiene más de “imantación” que de imitación, es decir, de “pegar y unir” a los hombres en aquello que los identifica como “más hombres”, y en una cultura machista hay muchos hombres que creen que la violencia de género, en cualquiera de sus manifestaciones, es la respuesta adecuada a la conducta “inaceptable” o “provocadora” que antes han realizado las mujeres.

Y del mismo modo que había confusión sobre el significado de la toma de conciencia y refuerzo en homicidios previos, también hubo confusión respecto al papel de los medios de comunicación, como si poner de manifiesto  esta realidad significara responsabilizar a los medios o pedir que no se informe, cuando el mensaje es el opuesto. Hay que informar siempre y mucho, pero con una visión crítica sobre el agresor y el machismo común a cada uno de los casos, pues mientras que no se desmonte la referencia cultural que permite a los asesinos y violadores revestirse de masculinidad, hombría y virilidad para actuar, y luego encontrar comprensión y justificación en la sociedad, como hemos visto en el caso de “la manada”, y como se comprueba en las redes sociales cuando minimizan y justifican los homicidios de mujeres bajo los argumentos más diversos y peregrinos, pero al fin y al cabo justificándolos, los femicidios y las violaciones continuarán. Por eso, ante una caso es importante titular “un hombre mata…”, en lugar de “una mujer muere a manos de…”y utilizar la palabra “asesinato” para hablar de un homicidio grave, y no quedarse en la excusa  de que se trata de un término jurídico, ¿si no llamamos asesinato a un homicidio grave, cómo lo llamamos?

Aunque nos parezca extraño, incluso una barbaridad, hay hombres que bajo sus motivaciones y justificaciones se sienten más hombres al utilizar la violencia contra las mujeres; y aunque nos parezca una barbaridad, incluso extraño, hay muchos hombres que los ven como “más hombres” cuando lo hacen, y no dudan en abrazar sus argumentos que refuerzan los mitos que presentan a las mujeres como malas y perversas, y a ellos como “pobres hombres” obligados a responder de esa forma.

Sorprende que ante el doble aviso que supone cada uno de los homicidios, un aviso sobre la continuidad de la violencia de género y el machismo que la hace posible, y un aviso sobre el siguiente caso que se va a producir, no se haga nada, y que en cambio haya mecanismos y alertas de todo tipo para prever los efectos negativos de unas finanzas y de una economía que se constipa cada vez que una mariposa mueve sus alas en oriente. La conciencia y consecuencia en el campo económico sobre la influencia de las situaciones previas sorprende con la inconsciencia e inconsecuencia en la violencia de género, pero no es un error, sólo es el reflejo del posicionamiento social ante lo que se considera grave e importante. Y la realidad nos dice que para una cultura machista la vida de las mujeres no es tan importante como para actuar sobre cada uno de los elementos que pueden conducir a su destrucción.

También hay que aplicar la perspectiva de género en estas situaciones para entender que el resultado final es la suma de una serie de factores, no la consecuencia de uno solo.

 

Machismo mundial

La llegada de Trump a la Presidencia de los Estados Unidos, además de tantas cosas que se ha llevado, también ha traído nuevos miedos y amenazas, y una forma de egoísmo que rápidamente ha cuajado en quienes tienen la posibilidad de reivindicarse a sí mismos sobre los demás, es decir, en quienes se encuentran en posiciones de poder. Y dijo eso de “America first” para imponer sus condiciones al resto de los países, algo que difícilmente, por ejemplo, podría haber hecho Haití para reivindicarse con un “Haiti first”, pero además lo hizo para reivindicar una forma diferente de gestionar su posición de poder con el doble objetivo de disfrutar de sus privilegios y de restringir de manera directa al resto sus derechos y oportunidades, al tener que plegarse ante lo prioritario de su afirmación. Es la ostentación intimidatoria que da y quita al mismo tiempo.

Y como el machismo es la posición de poder construida sobre la identidad y la condición de los hombres, pues ahora imitan al líder y dicen “Men first” para exigir que “los hombres son primero” y después, si acaso, las mujeres. En su día lo denominé “machismo exhibicionista” para indicar que lo que ahora interesa es presumir de ese machismo y exhibirlo para delimitar el terreno propio, que es aquel que se pisa y lleva allí donde cada hombre va, porque el machismo no tiene fronteras.

Y como tal privilegio hay que presumir de él, pues de lo contrario, esa posición de  poder se puede confundir con el ejercicio de las funciones propias de determinadas circunstancias, no con la condición, algo que restaría “imagen” y capacidad de influir en el resto. Por eso el poder conlleva el abuso como demostración y como reivindicación, puesto que es en él donde se deja constancia de la verdadera capacidad, no en hacer o mandar aquello que corresponde en determinados contextos. Un jefe demuestra su poder cuando le dice a un trabajador o trabajadora de la empresa, “baja al bar de la esquina y súbeme un café”, no cuando dice “hazme una fotocopia de este informe”; las dos son órdenes, pero la primera es injusta y sustentada en el abuso y en la amenaza implícita en caso de no cumplirla.

Por eso, ante el avance de la Igualdad y la movilización feminista de las mujeres, el machismo ha dicho lo de “Men first”, y reivindica su posición a través del exhibicionismo machista para hacer ostentación de su posición y privilegios, y para advertir de los límites y de las consecuencias que pueden sufrir las mujeres en caso de superarlos.

Y si eso que es algo habitual en el día a día, un Mundial del fútbol se presenta como el mejor escaparate para mostrarlo y demostrarlo. Lo hemos visto en los anuncios y en los episodios de violencia entre aficiones para que no se olvide que es un “tema de hombres” y que la hombría es parte esencial del mismo, se observa en la movilización de prostitutas que acompaña a una competición de este tipo para que luego esos hombres “demuestren su virilidad”, se comprueba en las continuas referencias a las mujeres más sexis de los jugadores convocados, con alineaciones y convocatorias como si se tratara del equipo de gala; o en los abusos que están sufriendo muchas reporteras mientras hacen su trabajo. Y todo ello se refuerza cuando vemos a hombres de distintos países que humillan a mujeres al hacerle repetir ante sus teléfonos palabras de contenido sexual mientras las graban. Aquí hemos conocido algunas de las que han hecho en castellano aficionados de Colombia, Perú y Argentina, pero dudo que se hayan limitado a esos casos.

Cuatro son las características de estas actuaciones machistas:

  1. Un hombre presume de una mujer por el aspecto físico de ella.
  2. Demuestra su hombría al hacerle repetir frases de contenido sexual hacia él o sus amigos.
  3. Lo hace a través de la humillación y riéndose de la mujer, a la que suele intentar besar al final.
  4. Todo queda grabado para poder compartirlo y demostrar su “gesta”, pues el machismo se “demuestra andando” por la senda machista. De ese modo reciben el reconocimiento por parte de sus pares, y suben en consideración dentro del grupo como “más hombres”.

Lo terrible de toda esta situación, aunque no se hable tanto de ello, es que junto a este machismo exhibicionista también está la “exhibición del machismo” en forma de violencia. Una violencia que durante estos días violará a muchas mujeres y terminará asesinando a tantas otras por todo el planeta, como demuestran algunos estudios que vinculan el aumento de femicidios en algunos países con las competiciones deportivas televisadas.

El “machismo es mundial”, no cada cuatro años, sino todos los días.

 

La estampida

Cuando le abren las puertas a una manada se produce una estampida… los valores salen corriendo, los principios huyen asustados, la esperanza busca un refugio para no ser devorada por esa manada de significado que sale a las mismas calles donde ya antes había atacado a sus presas, y a la convivencia de una sociedad democrática que entiende que la libertad no puede ser utilizada para ejercer la violencia sexual.

Y no es de extrañar que en esa estampida de sentimientos e impotencia, la confianza sea arrollada y se levante una polvareda de indignación para llenar el ambiente donde todo aparece confuso y borroso.

La Justicia no es un valor individual, el Derecho se aplica sobre casos particulares para que prevalezca el valor de la Justicia, pero el Derecho no es la Justicia. Y es esa dimensión social la que debe tenerse en cuenta a la hora de tomar determinadas decisiones, algo que el derecho sabe de sobra cuando no duda en recurrir con frecuencia a conceptos como el de la “alarma social”, “condena ejemplar”, “principio de realidad”… para justificar sus decisiones más allá de los elementos particulares de un determinado caso.

Y lo que sorprende en el caso de la manada es la visión sesgada que se tiene de la realidad y de la sociedad al contemplarla con la visión monocular del machismo, que convierte el paisaje en un escenario plano, gris y parcial. La perspectiva de género no es mirar con un tercer ojo, como si se tratara de una capacidad reservada a quienes se asemejan a cíclopes, sino abrir los dos ojos e incorporar la realidad de las mujeres, y entender cómo esa visión en blanco y negro del machismo genera demasiados claroscuros para ocultar todo lo que le afecta a ellas. Si no fuera de ese modo, sería imposible que sólo el 1% de la sociedad considere que asesinar a 60 mujeres cada año es un problema grave (CIS), y que el 11% de las mujeres de la UE haya sufrido violencia sexual (FRA, 2014), con un porcentaje mínimo de condenas.

La liberación de los miembros de la manada puede ajustarse a Derecho, nadie lo duda, como también se ajusta a Derecho la sentencia que los condena, pero ese Derecho anda desajustado de la realidad y del ideal de Justicia de una sociedad que no acepta que la desigualdad reinante y su machismo inspirador sitúen a las mujeres en el objetivo de la violencia de género.

Porque esa liberación no se produce en un contexto neutral, sino que lo hace en una sociedad que con el Derecho en una mano y los hechos probados en otra entiende que el fallo ha fallado al considerar los hechos como abusos sexuales, mientras que otra parte de esa misma sociedad se dedica en medios y redes sociales a defender a los agresores y a atacar a la víctima, negando lo que la propia sentencia da por probado; tanto que un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, sin más criterio que sus propias ideas y sin haber leído la sentencia ni haber visto pruebas ni indicios, se atreve a hacer público en un vídeo su ataque a la víctima y la defensa a los agresores.

Y todo ese revuelo no es inocente ni casual. Si analizamos lo ocurrido en todo este tiempo podríamos preguntarnos, ¿quién ha salido victorioso de toda la situación generada, la mujer que ha sufrido la agresión y quienes la apoyan, o la manada y quienes los defienden? Veámoslo en tres referencias:

  1. Toda la movilización en apoyo de la víctima y lo que decían que era un intento de presionar al tribunal para que condenara, además de  afirmar que se trataba de una “pena de telediario”, al final lo que “ha conseguido” es que unos hechos probados compatibles con una violación hayan sido condenados como abusos sexuales.
  2. La mujer que ha sufrido la agresión ha sido cuestionada y atacada en su intimidad y privacidad, antes y después del juicio, y ha quedado expuesta a futuros ataques y a críticas permanentes.
  3. Los miembros de la manada, condenados a más de 9 años por abusos sexuales, han salido en libertad provisional por “cuestiones que se ajustan a Derecho”.

Claramente, quien ha salido victorioso, una vez más, es el machismo, los machistas y su idea de Justicia que minimiza las consecuencias sobre las mujeres víctimas de la violencia de género, y sobre el ideal de Justicia de una sociedad que cree en la Igualdad pero que le impiden alcanzarla. Ya el hecho de que la violencia sexual siga siendo considerada como un delito semi-público, como si no afectara a los valores de toda la sociedad, dice mucho de esa idea de Justicia.

No nos deben confundir, si la Audiencia Provincial de Pamplona hubiera mantenido la prisión de los miembros de la manada también se habría ajustado a Derecho, y al hacerlo se habría defendido otra idea de Justicia y de entender la convivencia en sociedad. Por eso sorprende que quienes antes no paraban de recurrir al argumento del voto particular que negaba los hechos para defender la inocencia de la manada, ahora no digan nada del voto particular de un miembro del tribunal en contra de la libertad provisional. A ellos les da igual, lo único que les interesa es su “visión particular” de la realidad para imponerla al resto por medio de la desigualdad, el poder que les otorga y la violencia necesaria.

La liberación de la manada ha producido una estampida, pero que no se confunda nadie, es una estampida de una sociedad que corre veloz hacia la Igualdad y su ideal de Justicia.

 

Postureo machista

“A la tercera va la vencida” se dice para callar que es a la primera cuando se demuestra la verdadera intención de las decisiones, y eso es algo que vemos cada día en la manera “masculina” de interpretar la realidad y de posicionarse ante ella.

Nos quejamos de la conducta y de las consecuencias del machismo cuando se presenta en forma de violencia, de abuso, de acoso, de discriminación… pero en verdad todas esas expresiones sólo representan aquello que se filtra entre las rendijas de los días cubiertos con el manto de la normalidad machista. Un manto que pretende ocultar el escenario de este atardecer de los tiempos, en el que todavía hay quien confunde la longitud de las sombras con la grandeza de la realidad que las produce.

Lo vemos de forma clara en lo que sucede en la actualidad. Por ejemplo, hay un grupo de trabajo para estudiar la reforma del Código Penal, entre ellos los delitos contra la libertad sexual, constituido sólo por hombres, se pone de manifiesto que es una situación al margen de la realidad y de la legalidad y lo corrigen, pero sólo lo justo para incluir a mujeres juristas que actúen exclusivamente sobre la reforma de los delitos sexuales. Ante las nuevas críticas vuelven a modificar su decisión y, ahora sí, crean otro grupo con más mujeres que hombres para acallar todo lo ocurrido. En Cataluña se forma Gobierno y se llama la atención de que sólo se ha contado con tres conselleras, días después se constituye un nuevo Gobierno y su número se eleva a seis.

Unas semanas antes la huelga de mujeres y las manifestaciones del 8M eran consideradas como una iniciativa elitista y una “amenaza a la civilización de occidente”, y un día después era un ejemplo de democracia y una referencia hacia donde debemos caminar como sociedad. El Pacto de Estado contra la Violencia de Género se aprueba “a la fuerza” ante la gravedad de los casos que se suceden, pero luego se le asigna un presupuesto mínimo que después se reduce un 80% y se traslada la responsabilidad a las Comunidades Autónomas y a los Ayuntamientos, a los que la reforma de las Entidades Locales les restó competencias en esta materia que ahora les piden que asuman sin presupuesto para hacerlo.

Todo ello, su sucesión en el tiempo y la repetición por parte de las mismas instituciones y sectores sociales, lo que refleja no es la toma de conciencia del problema de la desigualdad y sus consecuencias, sino la falsedad de las decisiones y el refuerzo en los valores del machismo de quien las toma. Es decir, puro postureo.

Es parte de la estrategia secular que ha seguido el machismo: “cambiar para seguir igual”. Ceder en lo irremediable ante la crítica social para no conceder nada en los elementos y valores que hacen de sus ideas cultura machista, para con esa cultura hacer normal al machismo.

El machismo es postureo de barra de bar y tertulias, de “no te preocupes”y “vuelva usted mañana”, de “no tiene importancia”y “déjalo en mis manos”…

Y el postureo es falacia, como lo es el posmachismo con el que juega ahora para hacer creer que son ellos los que defienden la “verdadera igualdad”. Es parte de su jugada, que no es enunciar una defensa directa de la “desigualdad”, eso sería fácilmente identificable y se volvería en su contra. Su estrategia siempre ha sido presentarlo todo como consecuencia de la normalidad como si esta fuera natural, y a partir de ahí afirmar que las situaciones de desigualdad entre hombres y mujeres han sido dadas por las circunstancias. Su falaz argumento finaliza al presentar los cambios que se han producido porque no han tenido más remedio que asumirlos, como un ejemplo de que en cuanto se modifican las circunstancias cambia la situación de las mujeres, como si todo fuera destino o accidente.

Y esa falacia del postureo machista es confusión, desorientar sobre la realidad en sus manifestaciones y, sobre todo, en su significado, para hacer de la duda el motor que lleve a la decisión. Porque esa duda conduce a la distancia, la distancia a la pasividad, y la pasividad hace que todo siga igual, es decir, que todo continúe bajo las referencias del machismo.

El postureo machista lo que busca es mantener el momento, prolongar un tiempo que hasta ahora ha sido suyo en su encuentro con la realidad. Por eso debemos de estar pendientes de ese postureo de salón que pretende mantener el escenario de la desigualdad social que tantos beneficios y privilegios les proporciona por medio de la táctica de alcanzar más poder a través de generar más desigualdad, como vemos en las políticas económicas y sociales que se imponen desde las posiciones más conservadoras.

 

El machismo juez y parte

Quizás recuerden la anécdota que se contaba hace años de un maestro que ensañaba a leer a una clase de niños y niñas en un pueblo perdido de la sierra. Para ello escribía en la pizarra con letras grandes la sílaba “MO” y les pedía que la repitieran en voz alta, a lo que toda la clase decía al unísono “¡MO!”. Después escribía la otra sílaba de la palabra, también en letras mayúsculas, “TO”, y del mismo modo les decía que la dijeran en alto, a lo que el grupo respondía, “¡TO!”. El maestro, contento del resultado escribía entonces la palabra completa en la pizarra, “MOTO”, e indicaba al grupo que ahora debían leerlo todo junto; la clase, atenta a la pizarra, decía entonces en voz alta “¡A-MO-TO!”.

Y eso es lo que pasa cuando la idea que se tiene sobre el significado de la realidad es mucho más fuerte que los propios hechos que la definen.

El machismo es cultura, y como tal tiene dos grandes formas de condicionar la realidad, por un lado es capaz de determinar todo lo que sucede para hacer que las cosas sean “como tienen que ser” a partir de las ideas, valores, principios, costumbres… que define como normales; y por otro, da significado a todos los acontecimientos, especialmente cuando se alejan de lo que previamente ha determinado. De esa forma todo encaja, lo que es como tiene que ser porque lo es, y lo que se aparta de lo esperado porque se considera ajeno a la normalidad, y se presenta como producto de circunstancias excepcionales o patológicas. Lo vemos habitualmente en violencia de género. Cuando las lesiones no son graves se entiende como algo “normal” en las relaciones de pareja, y cuando es tan grave que termina por asesinar a la mujer, entonces se dice que es un problema debido al alcohol, las drogas o los trastornos mentales. Al final lo que sucede es que en ningún caso se cuestiona la realidad que da lugar a que esa violencia maltrate cada año a 600.000 mujeres, a más de 800.000 niños y niñas, y termine por asesinar a una media de 60 mujeres.

Con la violencia sexual sucede lo mismo, es una realidad que sufre el 11% de las mujeres de la UE (FRA, 20124), situación que lleva a que todos los años se interpongan miles de denuncias, aunque sólo representan un 15-20% del total y las condenas son mínimas, no muy distinto a lo que sucede con la violencia contra las mujeres en las relaciones de pareja. Pero en lugar de abordar esta situación para corregir los problemas que dan lugar a sus consecuencias, se vuelve a recurrir al “manual” impuesto por la cultura machista para echar mano de los estereotipos y mitos, y se piensa que son denuncias falsas, que la mujer provoca, que dice no cuando en realidad significa sí, que no opuso resistencia, que el hombre no sabía que era no…

La educación con perspectiva de género abre la mirada para ver la realidad en sus tres dimensiones: la de los acontecimientos, la del significado y la de las justificaciones. El machismo es el tuerto en el reino de la ceguera, no porque la gente no pueda ver, sino porque ha ocultado esa realidad y la ha presentado plana y sin perspectiva para que tropecemos con ella una y otra vez. Es un problema de cultura, y por ello afecta a quien juzga, a quien cura, a quien hace leyes, a quien gobierna, a quien vende en un supermercado o a quien trabaja en la construcción… Por eso se trata de un problema social, como eran los mitos que  impedían a las mujeres realizar determinadas tareas y actividades cuando tenían la regla por las graves consecuencias que podían acarrear para su salud o la tarea, o lo mismo que ocurría cuando los valores de la sociedad presentaban la homosexualidad como un vicio y una desviación y la Medicina tomaba el testigo para decir que se trataba de una enfermedad… Todo lo impregnado por el machismo es más un problema de conciencia que de conocimiento técnico, aunque la primera debe llevar al segundo para evitar la subjetividad y romper con la voluntad de quienes quieren permanecer en sus posiciones de privilegio dadas por la desigualdad.

Dejar que todo siga tal y como está ahora es posicionarse a favor de las referencias y el significado que el machismo ha establecido para definir la realidad, y permitir que sean sus mitos, estereotipos, ideas, valores… los que juzguen los hechos desde su perspectiva. No hay neutralidad, no modificar estos elementos es hacer del machismo “juez y parte”, pues será la interpretación dada por sus referencias las que se utilicen para definir la realidad, tanto a la hora de probar los hechos como en el momento de otorgar trascendencia y gravedad a lo sucedido, tal y como se observa en la sentencia de “la manada”.

Pero no es sólo un problema de esta sentencia, lo venimos viendo todos estos años atrás cuando, por ejemplo, entre un 20-30% de las mujeres asesinadas por violencia de género lo son tras denunciar, cuando algunas de ellas son asesinadas sin haber adoptado los instrumentos existentes para protegerlas, cuando todavía se duda de su palabra… o cuando se vuelve a presentar, como se ha conocido estos días, que el estado de shock de una menor no es razón para entender una posible intimidación en el agresor sexual que mantuvo relaciones con ella, y se le condena por abuso, no por violación.

Los responsables políticos de la Administración de Justicia, el CGPJ, la FGE y demás operadores jurídicos deben entender que la sociedad ha cambiado gracias al feminismo y al movimiento de mujeres, y que ese cambio ha introducido la Igualdad en las calles y en las conciencias para hacer la convivencia más justa. La consecuencia es directa: si la sociedad es más justa la Justicia no puede ser más injusta.

Si yo fuera juez exigiría formación en género, no trataría de enrocarme en mis circunstancias, pues la independencia no significa conocimiento, ni la separación de poderes debe traducirse en distancia a la realidad.

 

La sentencia, el fallo y la falla

El fallo de la sentencia de “la manada” tiene una falla, pues la distancia entre los hechos probados y el contenido del fallo resulta ser una falla aún más grande que la de San Andrés.

Y no es un problema aislado. En general, cuando se trata de violencia de género, y de manera muy especial ante la violencia sexual, se sigue un proceso y unas dinámicas que su mera repetición ya debería de encender todas las alarmas para modificar los procedimientos y acompañarlos de las reformas legales necesarias para hacerlos efectivos. Los pasos que habitualmente se siguen  en estos casos, y que también se han dado en el de “la manada”, suelen ser lo siguientes:

  1. Lo primero es poner en duda la palabra de la mujer que denuncia la violencia sexual, da igual el estado en que llegue, o tiene lesiones físicas evidentes o su credibilidad sobre los hechos es cuestionada. Y si tiene lesiones físicas lo primero que hacen es comprobar la compatibilidad con lo que cuenta. Es decir, no se parte de la credibilidad, como sí se hace cuando alguien denuncia un robo, o como cuando un hombre denuncia que lo han agredido. Y para cuestionar la palabra de la mujer y argumentar que es una denuncia falsa se recurren a las ideas más peregrinas, como dar por hecho de que se trata de chicas jóvenes que llegan tarde a casa y para que el padre no les eche la bronca dicen que “las han violado”. En el caso de “la manada” también han recurrido a este tipo de argumentos  al justificar la denuncia falsa para obtener pronto la “píldora del día después” o para evitar que difundieran los videos grabados.
  2. Cuando “no queda más remedio” que reconocer los hechos y aceptar que hay indicios de violencia sexual, entonces se empieza a juzgar el papel de la mujer en la precipitación de lo ocurrido bajo la idea de la provocación, la incitación, no haber puesto límites de manera clara… En más de 20 años como Médico Forense, en todas las agresiones sexuales que he tenido que investigar y estudiar, el agresor reconoció haber mantenido relaciones sexuales con la víctima, pero con su consentimiento. Sólo en un caso dijo que no lo había hecho y fue descubierto mediante el análisis del ADN, en todos los demás había una aceptación de la relación y ausencia de lesiones importantes, puesto que el elemento más frecuente utilizado para llevarlas a cabo fue la intimidación. En los hechos denunciados en los sanfermines de 2015 gran parte de los argumentos de la defensa y el voto particular giran alrededor de la idea de la participación voluntaria de la víctima y de que todo fue bajo su consentimiento y “regocijo”.
  3. Una vez que se aceptan los hechos y que la víctima no ha tenido nada que ver en su precipitación, se cuestiona la trascendencia de lo ocurrido y su gravedad a partir de la conducta y comportamiento de la mujer conforme pasa el tiempo sobre lo sucedido. La recuperación de la víctima es entendida como ausencia de gravedad y trascendencia. También lo hemos visto en el caso de “la manada” en el seguimiento que se le hizo a la víctima y el cuestionamiento de su vida.
  4. El impacto y el daño psicológico no se considera adecuadamente. Se trata de la consecuencia más frecuente y grave de una violación, hasta el punto de que los trabajos clásicos de Burguess y Holstrom (1979) lo describieron como el “síndrome del trauma de la violación”, un cuadro de estrés postraumático con unas consecuencias tan graves que al mes siguiente lleva al suicidio de las víctimas entre el 3-27% de los casos según el contexto, tal y como desde 1985 recogen los trabajos científicos, entre ellos los de Kilpatrick y su equipo. Nada nuevo, como se aprecia, sin embargo, cuesta mucho trabajo que se acepte y valore adecuadamente ese daño psíquico, y se recurre a cualquier argumento para justificar la presencia de una consecuencia psicológica, puesto que esta no se puede negar, pero quitándole todo su significado con apreciaciones incoherentes e insostenibles. Es como decir que una víctima tiene una herida por arma de fuego, y el Tribunal dijera que, efectivamente, tiene “una herida”, pero porque tropezó y se cayó. Y es cierto que una caída puede ocasionar una herida, pero para tener una herida por arma de fuego tiene que haber sufrido un disparo, no una caída. Esto es lo que ha sucedido con al sentencia de “la manada” cuando el cuadro de estrés postraumático se intenta explicar por el “arrepentimiento” de haber mantenido relaciones sexuales con cinco hombres, o por miedo a que salieran las imágenes grabadas. No puede haber resultado sin causa, ni causa que lleve a un resultado distinto a sus características.
  5. Y cuando al final se acepta la denuncia, se cree a la víctima, el cuestionamiento que se hace de ella no logra restarle trascendencia a lo ocurrido, y se aceptan las consecuencias que ha producido la violencia sobre ella, la valoración que se hace sobre su significado no se corresponde con todo lo previamente reconocido, tal y como hemos visto en la sentencia de “la manada”, pero también en otras. Es lo que recogía la información de El País sobre una sentencia del Tribunal Supremo confirmando la de la Audiencia Provincial de Valladolid, en su artículo “Si te violo siempre, es como si nunca lo hubiera hecho”(13-5-13), donde los hechos probados recogen que se tratade “un alcohólico muy violento, y que a ella no le quedaba más remedio que acceder a sus peticiones sexuales, en contra de su voluntad”, pero no lo condena por la habitualidad de la conducta. Mantener relaciones sexuales en contra de la voluntad bajo la intimidación de la violencia es violación, y si lo hace muchas veces son muchas violaciones, no ninguna.

El juicio a “la manada” recoge todo este proceso habitual en los casos de violación, y la sentencia refleja la actitud que lleva a aceptar como normal ese inicio que presenta las denuncias por violación como falsas. Eso es lo preocupante, y no es un problema de ley sino de machismo, de la cultura que normaliza los mitos de la perversidad de las mujeres, y que mienten y provocan para hacer daño a los pobres que confían en ellas, bien sea en una noche de fiesta o en una relación de pareja.

No se trata de “casos aislados”, sino de algo frecuente, tal y como reflejan los estudios internacionales al mostrar que nada más se denuncia un 15-20% de las agresiones sexuales (Wallby y Allen, 2004), y  que de ellas termina en condena sólo el 1% (British Crime Report, 2008). El resultado es claro: el 99% de las violaciones resultan impunes, o lo que es lo mismo, el 99% de los violadores no sufre consecuencia alguna por agredir sexualmente a las mujeres. En cambio todas las mujeres violadas sí sufren las consecuencias de la violación, y un 15-20% de ellas que denuncian, además, la victimización secundaria de un sistema que empieza cuestionándolas y termina no reconociéndolas en su integridad. Si hay jueces y juezas que entienden los hechos al margen de mitos y estereotipos, cualquier juez puede hacerlo. No es cuestión de capacidad, sino de conciencia y formación en género.

El fallo de la sentencia de “la manada” tiene una falla entre lo que da por probado y el significado que establece, una falla que se corresponde exactamente con la distancia existente entre lo que el machismo dice que es la realidad y lo que en verdad resulta ser. Valorar los resultados de la violencia machista en cualquiera de sus expresiones con ese sesgo que dan las referencias de la misma cultura que la niega, la justifica, la minimiza o responsabiliza a las mujeres que la sufren, no puede ser un modelo de Justicia. Necesitamos un “Pacto de Estado contra el machismo”, no sólo contra su violencia, pues dejar como normalidad la distancia entre lo que el machismo dice que es la realidad y lo que en verdad resulta ser, no sólo es una falla, sino que también es un fallo.