Vigilia y fiestas de guardar

Las mujeres deben estar en permanente vigilia y guardando las fiestas si no quieren ser agredidas por hombres que aprovechan cualquier situación para llevar a cabo la agresión. 

Hace unos días varias chicas de Murcia denunciaron que las habían drogado echando algún tóxico en sus bebidas cuando se divertían en los pubs de la zona del Zigzag, comprobando después que había sucedido en varios locales y a diferentes grupos de jóvenes, no un suceso aislado en un sólo lugar.

A los chicos no le echan nada en sus bebidas ni intentan abusar de ellos, pueden salir tranquilamente limitando el riesgo a circunstancias generales relacionadas con la delincuencia general por parte de extraños, pero no a la violencia sexual cometida por tus amigos, conocidos o gente con la que te relacionas en un ambiente de ocio y diversión, como sí les ocurre a las chicas. 

Las mujeres jóvenes tienen que tomar medidas para evitar que las violen, que las agredan sexualmente, que abusen de ellas, que las maltraten… Tienen que ser sexis, pero no provocativas; tienen que divertirse y bailar, pero no exhibirse; tienen que demostrar libertad, pero no ofender a los hombres… Y todo ello al mismo tiempo.

La trampa creada está en dejar que la libertad de las mujeres sea interpretada por lo que un hombre o un grupo de hombres decida, para que la clave no esté en el comportamiento o en los hechos, sino en el significado que el hombre de turno le da. Es ese significado el que luego utiliza la sociedad para dar la razón al hombre en cuestión bajo la idea de normalidad como construcción neutral, cuando en realidad se trata de una normalidad androcéntrica que actúa como colaborador necesario.

A los hombres no los cuestionan si llevan la ropa ajustada o no, si se desabrochan un botón o tres de la camisa, ni tampoco si mantienen una actitud divertida y abierta con otros grupos de jóvenes que estén en la misma zona de ocio. 

Los hombres no tienen que exhibirse, solo deben de estar en presencia y en actitud. Ellos no tienen “horas que no son para hombres” ni “sitios que no sean para hombres”, cualquier espacio es suyo y en todos son ellos quienes deciden e interpretan lo que desean, y también quienes deciden “lo que las mujeres quieren”. Por eso han sido ellos los creadores del mito de que “las mujeres dicen no cuando en verdad quieren decir sí”, y que “la resistencia de las mujeres forma parte del juego amoroso”, como recogía una sentencia de una violación que quedó impune bajo ese tipo de razonamientos.

La voluntad de las mujeres no va dirigida a satisfacer lo que los hombres buscan, ni su libertad puede depender del espacio y el tiempo que “ellos liberen”. 

En este contexto, la respuesta de los “hombres dueños y señores” a la libertad de las mujeres está siendo con frecuencia la violencia. Lo vemos en las agresiones sexuales y esa nueva forma grupal de cometerlas y exhibirlas, también en la violencia general contra ellas, y en la ocupación e instrumentalización de los espacios públicos para satisfacer sus deseos, al tiempo que mandan un mensaje de advertencia a las mujeres para decirles que, “o lo hacen por las buenas o lo harán por las malas”, como ahora vemos en esa estrategia de drogar a las chicas en las zonas de ocio.

Lo que ha pasado en Murcia es más grave y va más allá de la acción individual de cada uno de los casos, porque puede formar parte de una nueva forma de satisfacer esos deseos masculinos bajo el dominio y la violencia contra las mujeres. Al igual que en la Nochevieja de 2015 se produjo en Colonia un abuso sexual generalizado a las mujeres que caminaban por sus calles y después se generalizaron ese tipo de conductas, lo que ha sucedido en Murcia puede ser una estrategia que busque “crear un ambiente de ocio donde sea fácil ligar porque las mujeres son muy accesibles”, y que luego no haya responsabilidad porque “los que se aprovechen de esas circunstancias” no son quienes han echado los tóxicos en las bebidas, y todo parezca parte del juego de los lugares de ambiente. La idea es la misma que se ha usado siempre al dejar que las chicas entren gratis en determinados locales para atraer a los chicos, pero ahora se da un paso más y no sólo buscan su presencia, sino que tratan de crear una “situación favorable para el ligue”. 

Como decía, creo que puede ser una situación que vaya más allá de lo que ha sucedido en Murcia y habrá que estar muy pendientes.

Y lo más preocupante de todo esto, es que todavía hoy los mensajes para evitar la violencia se lanzan para que sean las mujeres las que adopten medidas que la impidan: que no caminen solas por calles poco transitadas, que lleven el móvil conectado, que no dejen sin controlar la copa que están tomando, que no acepten invitaciones de extraños…

¿Cuándo le vamos a decir a los hombres, y de manera muy especial a los jóvenes, que no acosen, que no abusen, que no maltraten, que no droguen, que no violen…? Quizás, cuando empecemos a hablarle a ellos se darán cuenta de su responsabilidad por acción y por omisión, y se pongan en “vigilia” para evitar la violencia machista que llevan a cabo o que otros cometen en su nombre.

“Testosterona buena” y “testosterona mala”

Los hombres se presentan como autores de lo mejor, de todos los grandes descubrimientos, inventos y logros para la humanidad, pero no pueden evitar aparecer como responsables de las peores acciones de la historia: masacres, guerras, exterminios de grupos de población… Y para solucionar esta aparente contradicción no dudan en elaborar un relato basado en un doble argumento, por un lado cuantitativo y por otro cualitativo. 

Cuando se habla de los problemas causados por los hombres, como la violencia en general y la violencia de género en particular, recordemos que el 95% de todos los homicidios que se producen en el planeta son llevados a cabo por hombres (Naciones Unidas, 2013), echan mano de la calculadora y de sus “machomáticas” para concluir que se trata de “unos pocos hombres”. Una idea que, curiosamente, no utilizan cuando se trata de hablar de los grandes descubrimientos científicos, la creación artística y literaria, o la construcción de majestuosos proyectos arquitectónicos y de ingeniería. Entonces no se dice que son unos pocos hombres, más bien al contrario, todos se sienten parte de los logros y capaces de conseguirlos por sí mismos si se pusieran a ello, como si la capacidad estuviera en la masculinidad. 

El elemento cualitativo viene a reforzar esa idea de la potencialidad masculina para dejar claro que las mujeres y su feminidad carecen de ella. Y para justificarlo toman como referencia un elemento tan masculino y tan macho como la testosterona. Pero como con ella no pueden discriminar entre las grandes obras de la humanidad y las terribles acciones que se han cometido, hacen una especie de juego para que parezca que del mismo modo que existe un “colesterol bueno” y un “colesterol malo”, se piense que también existe una “testosterona buena” y una “testosterona mala”. Y, por supuesto, quien decide si se trata de un tipo u otro de testosterona no es un laboratorio, sino  la palabra de un hombre.

El colesterol es una sustancia grasa necesaria que es transportada en sangre por lipoproteínas. El “colesterol bueno” recibe su nombre por ser transportado por lipoproteínas de alta densidad (HDL por sus siglas en inglés), que recogen el colesterol en distintas partes del cuerpo y lo llevan hasta el hígado para que sea eliminado por la bilis. El “colesterol malo” se llama de esa forma porque su transporte se hace por medio de lipoproteínas de baja densidad (LDL en inglés), que lo llevan a las diferentes partes del organismo para que sea utilizado en distintos procesos fisiológicos. Si hay mucho “colesterol malo” (LDL) respecto al bueno (HDL), quiere decir que es transportado a los diferentes destinos, pero que no se puede llevar hasta el hígado para ser eliminado al mismo ritmo y se acumula en diferentes partes. Esta acumulación puede dar lugar a diversas complicaciones, especialmente al desarrollo de enfermedades cardiovasculares. 

En los humanos, la testosterona es la hormona sexual masculina por excelencia, también está presente en las mujeres en pequeñas cantidades, concretamente su concentración en plasma es unas 10 veces más baja en ellas que en los hombres.

La testosterona es la responsable del desarrollo de los caracteres sexuales secundarios que dan visibilidad a la masculinidad y su virilidad, pero también tiene múltiples funciones fisiológicas a nivel general y cerebral, y se relaciona con determinados cambios del estado de ánimo, emociones y conductas. Es decir, la testosterona lo tiene todo para poder ser utilizada como argumento masculino: es básicamente de los hombres, determina su biología y virilidad e influye en el pensamiento y la conducta.

Y claro, con esta joya circulando por la sangre de los hombres, es fácil argumentar que todo lo que se ha conseguido por medio del poder, los privilegios y la discriminación de las mujeres se debe a esa masculinidad definida por la testosterona, o sea, por la “testosterona buena”, no al abuso ni a la exclusión.

Pero cuando se comprueba que son también hombres los protagonistas de las más terribles conductas que se llevan a cabo en el planeta, entonces se necesita echar mano del relato y su argumento cuantitativo para decir que son una minoría, y del cualitativo para explicar que esa minoría es consecuencia de la “testosterona mala”.

Eso es lo que han hecho cuando explicaban las violaciones y las agresiones sexuales en los años 50, y decían que eran consecuencia de una “intoxicación por testosterona”, comentando que la conducta se debía a una elevación puntual de los niveles de testosterona que nunca demostraron; pero tampoco lo necesitaban, porque bastaba la palabra de un hombre científico con “testosterona de la buena” para que la explicación fuera admitida. Es lo mismo que ocurrió cuando, por ejemplo, algunos estudios realizados en presos demostraron niveles más altos de testosterona, atribuyendo que esa elevación era la responsable de su criminalidad. Después otros estudios, como los de Frank McAndrew, del Knox College, evidenciaron que el aumento de la testosterona en algunos grupos de hombres era debido a la competitividad, la lucha por adquirir una posición dominante dentro del grupo, y el estrés propio de esos ambientes, no la responsable de las conductas que realizaban ni de la violencia. 

A pesar de ello, desde el machismo siguen echando la culpa de la violencia a la testosterona, a la “testosterona mala”, por supuesto, para poder seguir sumando el argumento cuantitativo de que “son unos pocos” al cualitativo de que lo son por esa “testosterona mala”, y así librar al resto de toda responsabilidad y sospecha. Luego, cuando alguno de ellos actúe de forma violenta, dirán que ha sufrido esa especie de “intoxicación por testosterona” para situar la conducta fuera de su racionalidad y decisión.

La táctica de señalar a “unos pocos hombres” siempre ha formado parte de la estrategia de la cultura androcéntrica, una cultura que no sube la bilirrubina, pero sí la testosterona para mantener la desigualdad como referencia y los privilegios como un apéndice más de los hombres.

Ese baño de testosterona que empapa la anatomía masculina es el que permite que sigamos en una sociedad que toma lo masculino como universal y limita lo femenino a lo particular de ciertos contextos y escenarios.

PD. De todo ello hablaremos en el MOOC de la Universidad de Granada, “Masculinidad y violencia” (2ª edición), un curso gratuito y online que ya ha abierto el plazo de matrícula: https://abierta.ugr.es/masculinidad_y_violencia/

“Maricón”

La palabra “maricón” se ha convertido en una sentencia.

Con el tiempo ha pasado de ser un adjetivo y un sustantivo peyorativo, a ser el fallo emitido por el machismo cuando condena a la persona señalada a una agresión que puede llevar hasta la muerte por medio del asesinato.

Con independencia de la reivindicación que se ha hecho del término por una parte de la comunidad gay para desnaturalizar la construcción machista original, el significado y el uso que se ha dado a esta palabra refleja muy bien la realidad de la sociedad que la envuelve.

El ejemplo lo tenemos cerca. Antes de saber que la agresión contra un homosexual en el barrio de Malasaña por parte de un grupo de encapuchados no había ocurrido, se produjeron una serie de informaciones, declaraciones y reacciones que reflejan a la perfección la situación social. 

Uno de los elementos más significativos del escenario creado tras la denuncia, fue que el impacto de los hechos en los medios no vino determinado por el ataque en sí, son muchos los que se producen sin ese reconocimiento informativo; tampoco por haber sido llevado a cabo por un grupo, de hecho la mayoría de las agresiones homófobas son grupales; ni siquiera por la circunstancia de haberse producido en el centro de una ciudad y a plena luz del día, elementos sin duda relevantes, pero no excepcionales. Lo que más se destacó en las informaciones sobre lo ocurrido es que se hubiera grabado la palabra “maricón” con una navaja en una de las nalgas de la víctima.

El significado de una conducta de este tipo es importante por el doble componente que guarda, por un lado, las lesiones físicas y psíquicas que produce, y por otro, el mensaje que manda a la sociedad en general, pero sobre todo a las personas homosexuales. Por eso, a pesar de que la agresión no ha ocurrido y de que se trató de una denuncia falsa, lo vivido ha puesto de manifiesto la verdad de la realidad del machismo y su homofobia.

Grabar una palabra en la piel de una persona con un objeto cortante es un hecho grave, pero la verdadera trascendencia vino dada por la palabra grabada. Si hubieran grabado, por ejemplo, “gay”, “homosexual” o “mariposa”, la situación clínica habría sido similar, pero el significado de lo ocurrido sería distinto. Por eso las informaciones se detuvieron de manera especial en el caso durante el tiempo en que se creyó que el suceso realmente había ocurrido.

Grabar la palabra “maricón” significa copiar en la piel la palabra previamente grabada en la mente por el machismo y su cultura. Porque la cultura androcéntrica lleva siglos grabando en la mente de las personas la palabra “maricón” como idea que refleja la construcción de la masculinidad, y la traición que representan los hombres homosexuales al alejarse de su definición de la masculinidad.

La esencia de ser hombre, según su concepto, es “no ser mujer”, por eso el machismo crea la palabra “marica” desde tiempos tan lejanos como el siglo XVI, donde aparece, por ejemplo, en la comedia Seraphira de Torres Naharro (1517), y en la obra “Vida del pícaro Guzmán de Alfarache”(1599), para definir esa doble tracción que supone en un hombre “no ser hombre” y “ser mujer”. Esa es la razón por la que desde su origen se busca identificarlos con lo peor que podía ser un hombre, qué era ser mujer, y los llaman “maricas” para relacionarlos con las mujeres a través de una palabra vinculada al nombre “María”, que era la manera englobarlas a todas ellas.

En ese mismo sentido, al comprobar la evolución de ese significado dado a la palabra “marica”, también se ve de manera gráfica el sentido de su construcción y la necesidad de contar con ella para resolver los “conflictos” que se producen en la sociedad machista. 

Hasta el año 2001, el Diccionario de la RAE la consideraba como sinónimo de “sodomita”, una definición que, al margen del sentido peyorativo que introducía, reducía las relaciones entre hombres homosexuales al sexo anal, al tiempo que especificaba que se trataba de una conducta considerada pecado o delito. La definición actual describe al hombre “marica” como “afeminado, apocado, falto de coraje, pusilánime o medroso”, insistiendo en los matices peyorativos que lo presentan como un hombre que no es “hombre de verdad” y que se acerca más a lo femenino que a lo masculino. Porque dicha definición, por contraposición, indica que ser hombre es ser “varonil, mostrarse atrevido y con iniciativa, tener coraje, ser dominante y tener valor”, unos rasgos y características que indican que los hombres tienen a otras personas bajo su dominio, criterio y determinación. ¿A quienes?, pues muy sencillo, a las mujeres y a todas aquellas personas que el machismo asocia con ellas, bien de forma directa, como ocurre con los homosexuales, o bien de forma indirecta, como sucede con aquellas otras a las que aplica el criterio desarrollado a partir de la referencia levantada sobre las mujeres, que entiende que ser diferente en los elementos identitarios también significa “ser inferior”.

Esa visión crítica es la que el “jurado popular” de la sociedad machista lleva hasta el fallo de su sentencia, para que, luego, aquellos hombres que se consideran ejecutores del mandato pasen a la acción siguiendo el dictado de quienes presentan a las personas homosexuales como “traidoras”, “enfermas” o “desviadas”, y en cualquier caso como un riesgo o un peligro para su modelo de sociedad.

Por eso antes de ejecutar los golpes leen el resultado de su sentencia y les dicen en voz alta “maricón”, para que ellos y el resto sepan por qué son agredidos o por qué son asesinados, como le ocurrió a Samuel Luiz en A Coruña

“Hombres de garrafón”

Los “hombres de garrafón” son hombres cuyo contenido en cuanto a conducta y comportamiento no se corresponde con la etiqueta de la masculinidad que ha impreso la destilería del androcentrismo.

El objetivo es hacer trampa para, según interese, decir que la etiqueta está equivocada o, por el contrario, que es el contenido el que ha sido adulterado. Ya lo hemos comentado, por ejemplo, con relación a la táctica de presentar a los maltratadores y asesinos con características que no se corresponden con lo que es un “hombre de verdad” según el etiquetado de la cultura, y así hacerlos pasar como “no-hombres” para situar la violencia contra las mujeres fuera de la masculinidad. Pero su construcción no se limita a la violencia y se extiende a cualquier espacio de la sociedad.

El “hombre de garrafón” es un hombre que se presenta como adulterado. Y para ello dicen que su hombría no se corresponde con la masculinidad pura y destilada que el machismo produce con los alambiques que coloca por todas las etapas de la vida, con el objeto de que la identidad masculina quede libre de todo lo que en un momento determinado pueda restarle sabor y aroma, o baje su graduación hasta hacer que el hombre en cuestión no alcance la hombría y virilidad que guardan los grados que aparecen en la etiqueta.

Y pueden ser “hombres de garrafón” por exceso, es decir por comportarse con más grados que los etiquetados, es lo que ocurre en la violencia, o bien “hombres de garrafón” por defecto, por no llegar a la gradación mínima que aparece en la etiqueta, que es lo que dicen que les pasa a los hombres a favor de la Igualdad, los homosexuales, los que renuncian a los privilegios… por eso los llaman “manginas”, “pagafantas”, “planchabragas”…

Son hombres necesarios para defender la identidad de siempre y que no se vea desgastada por los hechos que protagonizan muchos hombres “por el hecho de ser hombres”. Por eso nunca les quitan la etiqueta de su hombría, porque cuando un hombre lleva a cabo un comportamiento reprobable que ha sido reconocido como tal, lo utilizan como “no-hombre” y lo presentan como chivo expiatorio con el fin de que asuma la culpa en primera persona y libere a todos los demás.

Por eso les interesa que sean vistos como hombres, es decir, nunca les despegan la etiqueta de la masculinidad, porque de ese modo pueden decir que el contenido no se corresponde con el etiquetado. En ningún momento el machismo ha querido definir una identidad diferente para los hombres, ni siquiera diferentes formas de ser hombre; un hombre tenía que ser lo que los otros hombres esperaban de él a partir de los valores asignados a la masculinidad. Si hubieran dado diferentes alternativas a la masculinidad, no habría sido posible utilizar la normalidad como barra para que todo el mundo beba el trago amargo de los abusos, la violencia y la injusticia social machista. Al contar con la complicidad de la normalidad, cuando alguno de estos hombres normales es descubierto se recurre a los argumentos que lo presentan como “hombre de garrafón”, esa especie de hombres adulterados por las circunstancias, por las sustancias o por los trastornos. Entonces son los hombres “no-hombres” de los que hablábamos el otro día, es decir, los cobardes, celópatas, maricas, chivatos, gandules, flojos, débiles…

El éxito de esta estrategia es la doble trampa que conlleva. La primera, presentar a los hombres descubiertos como “no-hombres”; y la segunda, hacer creer que la falsedad y adulteración está en el contenido, cuando lo realmente falso es la etiqueta, el enunciado que describe un contenido que realmente no se corresponde con él. Y no lo hace, no porque esté adulterado o sea falso, ya que forma parte de las conductas de los hombres justificadas y normalizadas por la cultura, sino porque la etiqueta es mentira.

Lo curioso de todo esto es que quién sirve un tipo u otro de masculinidad, es decir, quien pone sobre la barra de los acontecimientos al hombre de verdad con su etiqueta y sus años de reserva, o al “hombre de garrafón” con su masculinidad cambiada, es el propio hombre que sirve la conducta. Y, luego, quién decide si es auténtico o de garrafón no es él,  él siempre se comporta como hombre, si no el resto de los hombres y de la sociedad androcéntrica para darle el significado conveniente según los acontecimientos, y concluir si es la etiqueta la que está mal, o si es el contenido de ese hombre el que se encuentra adulterado. De ese modo, la última palabra la tiene quien integra los hechos bajo un significado u otro.

Asi, por ejemplo, un hombre que asesina a su mujer puede ser un cobarde, un alcohólico, un enfermo o un valiente, todo depende de cómo valoren los hechos. Si no se encuentra ningún tipo de argumento será un cobarde influido por la situación, si hay posibilidad de utilizar la tesis del alcohol o las drogas será un borracho o drogadicto, si aparece algún elemento que pueda vincularse a un trastorno o, simplemente, los hechos son muy graves, se dirá de él que es un psicópata o un enfermo, incluso se le puede llegar a llamar “monstruo” para integrar varios de los argumentos. Pero si los hechos se presentan como una ofensa de la mujer por haberlo dejado, engañado, o por haberle “quitado la casa, la paga y los niños” con el divorcio, entonces será presentado como un hombre de verdad al que no le ha quedado más remedio que reparar su honor a través de la violencia, por eso se trata de crímenes morales, y por ello cuando uno de estos asesinos mata a sus hijos o hijas dicen que actuó “por venganza”, para destacar que hubo un “daño previo” por parte de la mujer.

Al final, por una razón u otra la respuesta siempre está preparada bajo la etiqueta que permite definir el comportamiento de los hombres como auténtico o “de garrafón”, porque, como decíamos, lo falso no es el contenido de la masculinidad, sino la etiqueta que lo describe de tal modo que hace creer que ser hombre sólo se consigue a través de la identidad definida históricamente por la cultura androcéntrica; es decir, por la destilería del machismo.

La “no-violencia” y los “no-hombres”

La negación se ha convertido en una afirmación al tiempo que evita la culpa y la responsabilidad.

Cuando se ven las concentraciones de gente, especialmente de jóvenes, durante los días correspondientes a determinados acontecimientos, y se dice que forman parte de su realidad en negativo, por ejemplo, las no-fiestas, los no-festivales, los no-botellones… da la sensación de que una gran parte de la sociedad se tranquiliza al entender que no hay problema alguno porque las fiestas o el evento en cuestión ha sido suspendido, como si el problema estuviera en el marco de la realidad no en ella misma.

De nuevo se aprecia cómo el lenguaje define la realidad, y lo hace en positivo y en negativo; porque lo que no se nombra no existe, y lo que se nombre bajo una negación tampoco. Y eso que parece muy nuevo y propio del momento actual, es algo que el machismo ha utilizado siempre.

La violencia de género es la “no-violencia” para una gran parte de la sociedad. No existe porque no se nombra, y cuando existe se dice que no es violencia de género, que es “violencia doméstica” o “violencia familiar”, idea que lleva a que una parte de la sociedad quede tranquila ante la invisibilidad del problema y  se despreocupe de la situación. Pero, sobre todo, traslada la responsabilidad a otra persona o a otro nivel: a la política, a la mujer porque no ha denunciado o porque lo ha hecho, a los entornos de la víctima porque no la han apoyado suficientemente, a quienes actuaron sobre la situación desde el punto de vista profesional por no haber detectado la violencia o por no haber solucionado el problema… y asi podríamos seguir sin final alguno, con tal de que nadie se vea a sí mismo con responsabilidad ante la normalidad que utiliza la violencia que sufren las mujeres.

Y si la violencia de género es la “no-violencia”, los hombres son los “no-violentos”. Según este planteamiento, los hombres no son responsables de la violencia contra las mujeres, y cuando se asesina o maltrata a una mujer se dice que es un “problema doméstico o familiar” llevado a cabo por una “persona” que estaba bajo los efectos del alcohol, de alguna sustancia tóxica, o que padece algún tipo de trastorno mental. Para estas posiciones, que el agresor sea hombre y que haya toda una historia de violencia previa amparada por la complicidad del silencio y la pasividad social, es algo menor y anecdótico.

Desde esas referencias consiguen tres grandes objetivos. El primero es  invisibilizar la violencia de género; el segundo, ocultar a los hombres como responsables y autores de la misma; y en tercer lugar, al proponer la violencia al margen de motivaciones, contextos y objetivos, presentar a las mujeres como violentas en el mismo contexto y al mismo nivel que los hombres, circunstancia que resulta fácilmente aceptable al contar con el mito de la perversidad y maldad de las mujeres.

Su jugada es clara, si es violencia los autores son “no-hombres”, si los autores son hombres entonces es “no-violencia”, y si las autoras son mujeres entonces siempre es violencia.

Da igual que el 95% de los homicidios del planeta sean cometidos por hombres, tal y como recogen los informes de Naciones Unidas, y que el 100% de la violencia de género sea llevada a cabo por hombres, la referencia es que los hombres son “no-violentos” y, por lo tanto, los violentos son “no-hombres”. De esa manera se desvincula la decisión y el uso racional de la violencia de la masculinidad, y se anulan todas las referencias culturales que facilitan el uso de la violencia contra las mujeres desde esa aceptación social que lleva a decir a las víctimas lo de “mi marido me pega lo normal”, y a sentirse culpables y avergonzadas por la violencia que sufren por ser presentadas como “malas mujeres”, que necesitan ser corregidas o castigadas por el “buen hombre” para mantener el orden y evitar el caos que envuelve a la condición femenina.

La estrategia de la ultraderecha y del sector conservador de la sociedad de no llamar a la violencia contra las mujeres “violencia de género”, no es anecdótica ni algo menor. Tiene todo el sentido para sus posiciones y resulta clave para evitar que los elementos sociales y culturales asociados al género, es decir, a la idea de ser hombre y de ser mujer impuesta por el modelo cultural androcéntrico, puedan ser identificados y se descubra toda esa complicidad revestida de normalidad que acompaña a esta violencia. Una complicidad que hace que el 75% de los casos no se denuncien, y que, incluso en los homicidios, a pesar de vivir una violencia tan grave que termina asesinándolas, alrededor del 80% de las mujeres nunca haya puesto una denuncia.

Y esa misma normalidad es la que lleva a que la sociedad permanezca ausente a pesar de las 60 mujeres y los 5 menores que son asesinados de media cada año dentro de la violencia de género, hasta el punto de que menos de un 1% de la población considera que se trata de uno de los problemas graves de nuestro país (Barómetros CIS).

Todo ello no es casualidad, es causalidad determinada por el machismo.

Vivimos la violencia de la “no-violencia” que comenten hombres “no-hombres”; el problema es que asesina a mujeres-mujeres, niños-niños y niñas-niñas.

Que los hombres son una mentira ya lo sabemos. Desde el momento en que la cultura considerada la masculinidad condición superior a la identidad de las mujeres, ya se produce la mentira. Y cuando a partir de esa falacia se levanta toda una cultura a imagen y semejanza de los hombres situándolos en posiciones de superioridad y rodeados de privilegios, la mentira se convierte en normalidad y desaparece como tal de la crítica.

Quien parte de una mentira que afecta a lo individual y a lo social necesita negar la realidad para desenvolverse por ella, por eso las posiciones androcéntricas se ha pasado toda la historia negando la realidad y escribiendo su propio relato sin contar con las mujeres. Esa es la razón de que ahora lo hagan tan bien y continúen con sus estrategias de poder basadas en la negación y el negacionismo. Tanto que los machistas se consideran a sí mismos “no-machistas”, y los de ultraderecha afirman que no son de ultraderecha.

“Los Juegos Olímpicos contra el racismo, la homofobia y por la salud mental”… pero no contra el machismo

Vivimos una vida de gestos discontinuos que ayudan a llenar los momentos entre cada una de las situaciones que los provocan, sin que cambien las circunstancias que dan lugar a ellos.

Y ocurre por la discontinuidad en el tiempo de cada uno de ellos y por la fragmentación sobre los motivos, de manera que el tiempo que transcurre entre cada gesto y el objetivo que aborda, la realidad se mantiene intacta en sus razones.

Y no es casualidad cuando se trata de gestos sobre hechos directamente relacionados con la construcción de la normalidad definida por la cultura androcéntrica, y necesitados para mantener su orden, ideas y valores. Todo forma parte de la estrategia del “divide y vencerás” que sólo puede llevar a cabo quien tiene el suficiente poder para conseguirlo sin levantar sospechas.

Ahora ha ocurrido en los Juegos Olímpicos con su rechazo al racismo y la homofobia, y la reivindicación de la salud mental y contra la presión a que son sometidas las personas que participan en las diferentes pruebas, y así ha sido recogido por los medios de comunicación. Pero estas críticas no se han acompañado de un cuestionamiento del modelo de sociedad que las hace posibles, el machismo, de manera que se sigue poniendo el énfasis sobre el síntoma sin hacerlo sobre la causa, algo propio de la estrategia comentada para desviar la atención sobre lo esencial y facilitar una respuesta adaptativa, no transformadora.

Llevamos así toda la vida. Antes la atención de las reivindicaciones y las concesiones del machismo se centraban en cuestiones directamente relacionadas con las mujeres, dada su situación social. Así, por ejemplo, se centraron en el derecho al acceso a la escuela y educación de las niñas y mujeres, después en la posibilidad de desarrollar determinados trabajos con la autorización del padre o del marido, más adelante en la ampliación de los tipos de trabajo y en su realización sin necesidad de ser autorizadas por un hombre. Luego vino el derecho al voto, el control de la fertilidad, la reivindicación de los derechos sexuales y reproductivos y la llamada “revolución sexual”… Siempre ha habido algo que ha centrado las reivindicaciones como consecuencia de la imposición que la cultura androcéntrica hace contra de las mujeres, a partir de su referencia esencial que entiende que “las mujeres son diferentes a los hombres e inferiores”. A partir de esta idea nuclear la cultura androcéntrica la extiende para concluir que toda persona diferente a la referencia impuesta por la cultura es “diferente e inferior”, ampliándola a otros grupos étnicos, a personas de otros países, ideas, creencias… 

El feminismo ha trabajado, y sigue haciéndolo, para transformar esa cultura de desigualdad en cultura de igualdad, y para ello incide en el núcleo y pilar básico de su construcción levantada sobre la idea comentada de que las mujeres son diferentes e inferiores a los hombres. Este planteamiento transformador y revolucionario del feminismo no es abordado por otras reivindicaciones que se dirigen contra la expresión de la injusticia para su corrección, pero sin destacar que la razón está en la propia construcción cultural que los hombres levantaron sobre la condición de las mujeres, y luego extendieron a otros grupos.

El espacio de libertad ganado por el feminismo ha servido para que otras discriminaciones históricas ganen protagonismo, y se incrementen las acciones frente a ellas para intentar erradicarlas. Algunas de estas reivindicaciones, como ha ocurrido con el movimiento contra el racismo por su recorrido histórico, la situación vivida con la esclavitud, las formas e instrumentos de discriminación empleados…  han tenido un mayor protagonismo, otros, como el movimiento LGTB, al que se han ido incorporando otros grupos, como recoge la denominación mayoritaria en la actualidad (LGTBIQ+), han avanzado hasta lograr una presencia y un protagonismo importante en el momento actual desde el que vencer y superar toda la LGTBIfobia que existe.

Lo ocurrido en los Juegos Olímpicos, y antes en la Eurocopa de Fútbol alrededor de la bandera arcoíris, ha sido muy gráfico y refleja a la perfección el cambio social, pero también resulta muy ilustrativa la lectura que ha aparecido en los medios y el sentido que se ha dado a lo ocurrido en Japón, cuando se destaca que se ha actuado “contra el racismo y la homofobia”.

Y lo es porque, de nuevo, se presenta la situación social como la suma de “problemas independientes”, reconocidos como tales y acompañados de una solidaridad específica, sin que se aborden las causas comunes que llevan a distinguir a las personas por su condición (sexo, raza, orientación sexual, origen, ideas, creencias…) y las sitúa en posiciones de desigualdad. Todo ello permite que siga sin identificarse la causa común que da lugar a las diferentes formas de discriminación, es decir, a que el machismo y su construcción cultural androcéntrica permanezcan invisibles y ajenos a la realidad que determinan. De manera que lo que los hombres han decidido y mantenido a lo largo de toda la historia, con las consecuentes concesiones y adaptaciones a las nuevas realidades que aparecían en cada momento, permanece inalterado para que su modelo de poder no se vea cuestionado en su esencia ni en sus estrategias, como acabamos de ver en los Juegos Olímpicos una vez más.

La fragmentación que define la realidad actual hace que las reivindicaciones se lleven a cabo sobre cuestiones puntuales sin que el modelo responsable de todas ellas se vea amenazado, más bien lo contrario. En este escenario, el poder del propio sistema consigue dos objetivos: por un lado, hace que todo se disperse, y por otro, facilita el enfrentamiento en algunos de los objetivos y grupos para debilitarlos aún más en su estrategia, y restarle credibilidad ante la sociedad. 

Si alguien cree que la mano del sistema además de invisible es inocente, es que ya le han dado con alguna piedra en la cabeza o que forma parte del grupo que las arroja.

Sin estrategia contra el machismo no habrá transformación, sólo cambios.

Agostos

Poema: Las mujeres de Ciudad Juárez – Nacerse

No sé cuántos agostos tienen que pasar (y junios y julios), para que cada año cuando llegue esta época la pregunta no sea ¿por qué aumentan los homicidios de mujeres durante estas fechas?

Y no sé qué más tiene que ocurrir para qué, ante el aumento del número de homicidios de mujeres por violencia de género que se produce en estos meses, hagamos algo más que reflexionar sobre la situación con esa extraña sensación que se mueve entre la desesperanza, la tristeza y la rabia. 

A diferencia de lo que ocurre con otras situaciones en las que aumentan las víctimas en este periodo, no hay campañas específicas para prevenir estos homicidios, ni se aumentan los recursos para identificar las situaciones de riesgo, no hay “operación salida” de la violencia de género, ni tampoco aumento de los “controles y multas” para los agresores.

Quienes hacen pasar la violencia de género como una violencia más llamándola violencia doméstica o familiar, crean la confusión necesaria para reducir la violencia contra las mujeres a las agresiones físicas, y, luego, de estas considerar sólo los episodios graves basándose en las consecuencias clínicas. El mensaje final que percibe la sociedad es que mientras que no exista una de esas agresiones la violencia de género no existe. Y no es así.

La violencia de género busca el control de las mujeres: el control social a las normas impuestas por la cultura androcéntrica, y el control particular a las pautas que impone cada agresor a partir de esa referencia social. Y para conseguirlo juega con la “normalidad” que hace entender que todas las imposiciones son una demostración de amor, que el aislamiento de las mujeres es parte del compromiso de la relación, que las amenazas son promesas para mejorar, y que el daño psíquico que supone vivir en ese contexto y bajo esas dinámicas violentas es parte de las nubes que acompañan al enamoramiento.

Por eso la violencia de género siempre está presente como realidad, bien como conducta agresiva o bien como amenaza; y por eso, cuando las circunstancias cambian y se modifican los factores que definen la relación bajo las pautas impuestas, el riesgo aumenta conforme el agresor percibe que el control que tiene sobre las mujeres disminuye en el nuevo escenario.

En los meses de verano, como ocurre alrededor de la Navidad en diciembre y enero, se produce un cambio de las rutinas y dinámicas familiares que se prolongan en el tiempo, y facilitan que en ese contexto de violencia basado en el control se puedan producir agresiones graves y homicidios.

Los factores que influyen en el aumento de los homicidios en agosto y los meses de verano están relacionados con el cambio de hábitos, especialmente en las vacaciones con el aumento de los periodos de convivencia y la modificación de los horarios laborales. Esta situación hace que cuando el agresor inicia el conflicto que lleva a la violencia no se detenga en su evolución con hechos como tener que marchar a trabajar, salir a recoger a los hijos e hijas, llevar a cabo alguna gestión o encuentro con alguna persona… y qué, por tanto, la violencia continúe sin detenerse con la posibilidad de que aumente su intensidad hasta llegar al homicidio. Otros factores que influyen son el aumento de los problemas sobre hechos relacionados directamente con la familia (reuniones, viajes, comidas…), temas en los que los agresores no admiten opiniones diferentes a la suya, facilitando el inicio de episodios violentos, así como el distanciamiento de las redes de apoyo de las mujeres, especialmente de sus amistades, algo propio de las circunstancias de este período. Todo ello influye de manera directa en las dinámicas impuestas por los agresores durante la convivencia, que al verse modificadas facilitan la respuesta violenta por su parte.

Cuando la pareja ya se ha roto y no hay convivencia, los agresores que llegan a asesinar a sus ex parejas, que son hombres que intentan mantener el control por medio de un seguimiento estrecho de sus movimientos, al ver dificultada esta iniciativa por todos los cambios que se producen en estas fechas, junto al hecho de que se producen más salidas y con gente diferente a la habitual, perciben una pérdida de control que también actúa como factor de riesgo para el homicidio.

Estos factores explican por qué las fechas relacionadas con las vacaciones y el cambio de rutinas se acompañan de un mayor número de homicidios. En la serie histórica de 2003 a 2020 el mes con mayor número de homicidios es julio con 119, lo cual supone que una mujer es asesinada cada 4 días, seguido de agosto con 101, enero con 100 y junio con 96. Todo ello obedece a unas causas y a unas circunstancias relacionadas con las dinámicas de la relación, bien sea durante la convivencia o tras la separación, no a factores aleatorios ni al azar.

La violencia de género no es la agresión puntual en un determinado momento, es la decisión de un hombre que lleva a desarrollar toda una estrategia de control y dominación que puede llevar al homicidio cuando este control se pierde. Y como tal violencia de continuidad tiene elementos que hacen disminuir las agresiones directas, como por ejemplo ocurre cuando aumenta el control de las mujeres, tal y como hemos visto durante el confinamiento y la limitación de la movilidad de la pandemia, y otras en las que puede aumentar, como sucede en los periodos en los que las rutinas que juegan a favor del control se modifican, qué es lo que ocurre durante los meses de verano tal y como hemos explicado.

Lo que no podemos aceptar es que ante periodos del año identificados como de mayor riesgo de homicidios por violencia de género no se lleven a cabo acciones específicas, ni campañas, ni un seguimiento más estrecho de las mujeres que sufren violencia, ni estrategias de detección, ni otro tipo de iniciativas dirigidas a disminuir el riesgo. Al no hacerlo el resultado cada agosto o cada julio es el mismo, un incremento del número de mujeres asesinadas.

En violencia de género sorprende tanto la continuidad de los machistas violentos que maltratan y asesinan a las mujeres, como la presencia del machismo pasivo que no hace nada ante la realidad o, sencillamente, la niega.

“Hermano, yo si te creo”

Los hombres siempre han contado con el valor de la palabra y la seguridad de la complicidad para hacer de la realidad una fuente de privilegios y ventajas, por eso se creen entre ellos y no ponen en duda las afirmaciones de otro cuando lo que está en juego es la defensa de su modelo.

Desde esta perspectiva, es fácil entender cómo un grupo de hombres es capaz de acudir a la llamada de otro hombre del grupo, y actuar cumpliendo la “orden” dada por él, hasta el punto de perseguir a un joven durante 150 o 200 metros y asesinarlo bajo la referencia de su orientación sexual, para de ese modo cumplir y sentirse reforzados como grupo, y al mismo tiempo ser reconocidos como hombres en el plano individual dentro de él. Es lo que ha ocurrido con Samuel Luiz.

Si el mismo individuo hubiera dicho a sus amigos, ¡seguidme, que vamos a ir a la hamburguesería de la esquina a tomarnos la nueva hamburguesa especial, que está muy rica!, probablemente no lo hubieran seguido, ni tampoco era necesario que lo hubieran creído, porque con ese tipo de proposiciones no se demuestra la fratría masculina ni se pone en duda la hombría individual. Tiene que hacerse con peticiones y acciones vinculadas a los valores que forman parte de la cultura machista.

Todo ello refleja que los hombres cuentan con su condición masculina de serie, pero también que esta puede llegar a ser cuestionada o no ser reconocida en toda su dimensión si otros hombres no te consideran hombre como ellos, o no te ascienden dentro del grupo según su escala de valores androcéntrica, en la que la virilidad, la hombría, el valor, el compañerismo… tienen que ser demostrados a través de la conducta, no sólo de palabra. Es la fratría masculina de la que habla la querida y admirada Amelia Valcárcel, y la mejor forma de hacerlo es actuar contra las personas que su cultura patriarcal considera “diferentes e inferiores”, especialmente las mujeres, como esencia de su construcción cultural machista, y luego los “hombres no-hombres”, como para ellos son los homosexuales.

Y esa fratría no sólo se demuestra en la acción, sino que, fundamentalmente, lo hace en la omisión, en ese no hacer nada ante la desigualdad, la discriminación y la violencia que sufren las mujeres y las personas sobre las que sitúan la crítica y la amenaza a su modelo social y cultural. Bajo esa construcción, cuando una voz masculina dice “denuncia falsa” los demás hombres dicen, “hermano, yo si te creo”; cuando explica que un hombre mata a una mujer bajo los efectos del alcohol o las drogas, se oye “hermano, yo si te creo”; cuando el argumento es que el homicidio se produce por un trastorno mental, los demás dicen “hermano, yo si te creo”; cuando en Tenerife asesinan a las niñas Olivia y Anna y se concluye que es “la venganza de un celópata”, el resto repite “hermano, yo si te creo”; cuando desde la ultraderecha niegan la violencia de género, desde la derecha mucha gente comenta “hermano, yo si te creo”... Es esa aparente pasividad la que define el modelo y su fratría cómplice en el día a día, para que luego se vea subrayada y enfatizada con palabras explícitas, como vimos ante la violación grupal llevada a cabo por cinco hombres en los sanfermines de 2016, en boca de un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, un hombre completamente al margen de los hechos que se ve en la necesidad de posicionarse públicamente, y tras la sentencia condenatoria vino a decir lo de “hermano, yo si te creo”, cuando públicamente daba credibilidad al argumento de los violadores y rechazaba el de la víctima. Justo lo mismo que hicieron miles de hombres en foros, redes sociales y algunos medios.

Que un grupo de hombres sin haber participado en el enfrentamiento individual sea capaz de acatar la orden de otro para perseguir y asesinar a golpes a otro hombre, como ha ocurrido con Samuel Luiz, demuestra el significado de la construcción machista de la sociedad, y la fratría de los hombres para defender su modelo y privilegios, y actuar contra quienes lo cuestionen y traten de transformarlo.

La violencia machista y las ideas que la sustentan son la principal amenaza para una democracia, algo que se manifiesta en las consecuencias que produce y en la pasividad y distancia de la sociedad ante ella.

Por eso el machismo no duda de la palabra de los hombres ni en acudir en ayuda del hombre que lo necesita. Cambiar esta realidad exige cohesión, coherencia y algo más que voluntad.

Samuel, la UEFA y la UE

UEFA rechaza iluminación arcoíris del estadio de Múnich para el  Alemania-Hungría | Europa al día | DW | 22.06.2021

El asesinato de Samuel refleja muy bien la realidad ficción que vivimos y cómo el machismo, que es cultura, no conducta, lo impregna todo para que la normalidad androcéntrica defina el día a día, y luego sea capaz de darle el significado que interese según las circunstancias.

La construcción androcéntrica se fundamenta en la idea de que los hombres por condición son superiores a las mujeres. A partir de esa esencia básica y original traslada su construcción a cualquier otra persona que sea diferente a su modelo, y hace entender que un hombre homosexual es diferente a su referencia de hombre heterosexual, e inferior; un hombre extranjero es diferente a un hombre nacional e inferior, un hombre de otro grupo étnico es diferente a la referencia étnica predominante, e inferior… Y si en lugar de hombre la persona en cuestión es una mujer, la diferencia será aún más grande y su inferioridad más pronunciada.

Definir la realidad de ese modo es hacer de la desigualdad la referencia fundamental del modelo de sociedad y convivencia, para que el poder se concentre en quienes ocupan las posiciones mas elevadas, que siempre serán los hombres que representan los valores androcéntricos decididos en cada contexto social.

Toda la realidad está definida por esas referencias, no sólo determinadas conductas que concentran la atención cuando por sus características superan el umbral de lo habitual, como ha ocurrido ahora con el asesinato de Samuel, y por ello rápidamente se ponen en marcha todos los mecanismos para intentar hacer ver que el crimen no tiene relación alguna con la construcción cultural androcéntrica, y obedece a otras razones. Si se dan cuenta, es lo mismo que ocurre con la violencia contra las mujeres cuando los sectores más conservadores no quieren que se denomine “violencia de género” para que no se pueda relacionar con los valores de una cultura machista, y piden que se llame “violencia familiar o doméstica” con el objeto de situarla en un contexto en el que cualquiera puede agredir (hombres y mujeres) por diferentes motivos, sin que tengan que estar relacionados con las referencias socio-culturales. Es lo que hemos visto también en el asesinato de las niñas Olivia y Anna en Tenerife, cuando desde la propia investigación se consideró que se trataba de “la venganza de un celópata”.

Ahora con Samuel ocurre lo mismo, y a pesar de la referencia inicial a su homosexualidad cuando lo llamaron “maricón” durante la agresión, y de la continuidad de este tipo de insultos mientras lo golpeaban hasta la muerte, dicen que como también utilizaron otro tipo de insultos no tiene por qué ser un crimen de odio. De nuevo se ve cómo el modelo socio-cultural necesita ocultar su participación maquillando o borrando los elementos propios que se utilizan para discriminar, agredir y matar.

¿Se imaginan que ante un ataque a uno de los policías asesinados en Londres junto al grito de “Alá es grande” hubieran utilizado otro tipo de afrentas e insultos cuestionando el modelo capitalista de sociedad, la opresión del Estado hacia las minorías religiosas, o insultos comunes como “cabrón”, “cerdo”, “hijo de puta”… y que por ello no fuera considerado un atentado yihadista? ¿O creen que si en uno de los atentados de ETA alguien hubiera dicho junto a “gora ETA” cualquiera de los otros argumentos y calificativos comunes para deshumanizar a su víctima, se pondría en duda de que se trataba de un atentado terrorista?

La aparente neutralidad que oculta la responsabilidad del propio sistema en la perpetuación de la desigualdad, y toda su violencia contra las mujeres y contra cualquier persona que no forme parte del grupo de referencia, es la que actúa definiendo la normalidad. Y no es neutral, puesto que está a favor de los valores androcéntricos que hacen del machismo un instrumento para mantener el modelo y sus valores.

Es lo que hemos visto durante la Eurocopa cuando la UEFA inició actuaciones contra el portero de la selección alemana, Manuel Neuer por llevar el brazalete de capitán con la bandera arcoíris en conmemoración de las reivindicaciones LGTBIQ+, y cuando luego impide al ayuntamiento de Múnich que ilumine el estadio con los colores del arcoíris por las amenazas del presidente húngaro Viktor Orbán. Y todo bajo el argumento de que hay un mensaje político en la reivindicación, como si no lo hubiera, y mucho más intenso y grave por su significado y consecuencias, en el rechazo al reconocimiento de los derechos de las personas LGTBIQ+ y en la continuidad del machismo violento y asesino.

La demostración de que todo ese posicionamiento no es neutral son las leyes homófobas que ha implantado Viktor Orbán en Hungría, muy similares a las que existen en países gobernados bajo la influencia de la ultraderecha, y lo que, por lo visto, es lo que quiere hacer en España Vox, según se deduce de la abstención del PP en el Europarlamento para que Hungría retire las leyes antidemocráticas y contrarias a los Derechos Humanos sobre la homosexualidad, y con las palabras de Díaz Ayuso trivializando el asesinato de Samuel.

La realidad no es ideológica, la realidad viene definida por hechos objetivos, lo que sí es ideológico es la forma de afrontarla, y ello se traduce en acción o en inacción. No hacer es hacer mal cuando la pasividad se traduce en la continuidad de la injusticia y la violencia. Y esa pasividad es la que mantiene el machismo ante la realidad que lleva a la violencia contra las mujeres y el resto de personas que se apartan del modelo de identidad definido por la cultura androcéntrica, y las funciones y espacios decididos para ellas.

Rechazar el delito de odio en el asesinato de Samuel ante las evidencias de la motivación homófoba, simplemente porque puede ser otra causa, aunque no existan evidencias suficientes sobre ella, refleja muy bien la forma que tiene el machismo de dar significado a la realidad para protegerse de ella.

La realidad que lleva a este tipo de asesinatos es objetiva, la UE, que recoge entre sus principios el de Igualdad, deberá decidir quién define la realidad, si el machismo y su desigualdad, o la Igualdad y el resto de Derechos Humanos. Y en consecuencia, deberá tomar una decisión sobre qué Estados deben formar parte de ella si de verdad queremos ser Unión.

“Manadas”

No son manadas, son hombres que violan. 

Ha vuelto a suceder en todos los medios al referirse a los cuatro violadores que actuaron en la provincia de Alicante en 2019 como “la manada de Callosa”.

Llamar “manadas” a las violaciones grupales es hacer un homenaje y un reconocimiento a los cinco violadores que llevaron a cabo su agresión bajo esta denominación en los sanfermines de 2016, y darle carta de naturaleza a su estrategia de ataque sexual grupal qué otros hombres han imitado de ellos y del “reconocimiento” mediático obtenido, hasta el punto de que uno de esos grupos en Tenerife se denominó a sí mismo como “la nueva manada”.

Pero además del reconocimiento a los violadores de Pamplona, referirse a estas agresiones como “manadas” tiene otras consecuencias en la práctica: 

  • Llamar “manada” a un grupo de hombres los presenta como “animales o bestias”, lo cual puede parecer muy gráfico como calificativo, pero de ese modo se crea la imagen de que su conducta forma parte de la brutalidad animal, no de la racionalidad humana que lleva a planificar la agresión sexual, y a actuar en consecuencia adoptando todos los mecanismos de protección que eviten las consecuencias negativas para quien la ejecuta, como se comprueba en las sentencias judiciales al describir los “hechos probados”.
  • Por otra parte, se genera la sensación de que la manada aparece de forma espontánea con el propósito de delinquir y llevar a cabo la violación, y se crea la imagen de que ese grupo de hombres, antes y después de ser “la manada” de turno, son hombres ajenos a ella que sólo forman parte de la misma en una especie de trasmutación. La realidad es justo la contraria, son esos hombres normales que trabajan, se relacionan y divierten en circunstancias muy diferentes los que deciden realizar la violación, y para ello se juntan con el objeto de actuar según su decisión. 
  • La singularización del grupo de hombres como “manada” facilita que cada uno de sus integrantes se difumine entre el conjunto perdiendo protagonismo y responsabilidad, como si no hubiera determinación individual y todo fuera consecuencia de una decisión superior impuesta por ese “sujeto” presentado como “la manada”. 

Y no son manadas, son hombres. Hombres que violan como el resto de los hombres que deciden llevar a cabo agresiones sexuales, unos solos, otros en compañía, pero todos juntos hacen que aproximadamente el 13% de las mujeres de la Unión Europea hayan sido víctimas de violencia sexual, bien en las relaciones de pareja (7%), o fuera de ellas (6%), tal y como recoge el Informe de la Agencia de Derechos Fundamentales (FRA, 2014).

La referencia al grupo como organización criminal al asociar “manada” con “grupo de hombres que violan”, tiene un efecto similar a llamar a un número de delincuentes “banda criminal”, como, por ejemplo, cuando se habla de “banda terrorista”, “banda armada” o de “banda de narcotráfico”. Esta situación genera dos consecuencias añadidas: 

  1. La primera, sitúa las acciones criminales como un problema de determinadas organizaciones, algo que en el caso de la banda criminal tiene sentido, puesto que actúa contra las referencias del orden dado, pero no en “las manadas”, porque en este caso se trata de un problema social y estructural integrado en la violencia de género, el cual parte de todos los mitos y estereotipos creados por la cultura para justificar la violación. Mitos que culpabilizan de lo ocurrido a la propia víctima o a las circunstancias, tal y como recogen los estudios, entre ellos el del CIS de julio de 2017. En él se aprecia que un 72’2% de la población piensa que cuando una mujer es violada se debe a que ella provoca la agresión (“coquetea”, invita a copas, tipo ropa que viste…), y un 8’5% cree que ella tiene la culpa (andar sola, estar bebida, ir con desconocidos…)
  • Y en segundo lugar, hace creer que sólo son criminales o sólo violan los que forman parte de la banda o de la manada, lo cual vuelve a tener sentido para una organización criminal, pero no para un grupo de hombres que se divierten y utilizan las circunstancias para violar. Esa posición que identifica la violencia sexual con el grupo hace creer que el resto de los hombres no delinquen o no violan, cuando en realidad pueden hacerlo, solos o en compañía, si así lo deciden, tal y como reflejan las estadísticas.

Todo empezó con la “manada de Pamplona”, pero después los medios y las redes han continuado su historia al referirse a otras violaciones grupales como la “manada de Manresa”, la “manada de Tenerife”, la “manada de Azuqueca de Henares”, la “manada de Collado Villalba”, la “manada de Mataró”, la “manada de Sabadell”… más de 36 manadas hasta la última de estos días atrás, la “manada de Callosa”, que ha cobrado actualidad con la celebración del juicio. 

No son manadas, son hombres que violan. Ni siquiera son hombres juntos que violan, sino hombres que se juntan para violar. 

Si no llamamos a las cosas por su nombre y a los hombres por sus hechos, estaremos hablando de realidades diferentes y dejando en el lado oculto a la violencia de género en sus distintas expresiones. Y al mismo tiempo sacaremos a la luz a los agresores y les haremos un reconocimiento al llamarlos con el nombre que ellos mismos se dieron, y por el que se les identifica popularmente.

Una petición o ruego, no usemos más el nombre de “manada” para referirnos a los hombres que actúan en grupo para violar.