“Un virus como todos los virus”

La estrategia de la derecha y del machismo vuelve a ser hoy la misma que en otras ocasiones: generalizar para ocultar la esencia de cada problema e intentar sacar ventaja de las circunstancias, por eso dicen lo de “todas las violencias son iguales”, y ahora parecen decir que “todos los virus son iguales”.

Recuerdo una anécdota que cuenta mi suegro de su época adolescente, cuando apenas se viajaba y cada destino era toda una aventura. El padre de uno de sus amigos era “viajante”, y de vez en cuando se llevaba al hijo con él para que conociera un poco de España. En una ocasión, aprovechando el viaje a Madrid, le pidió al hijo que lo acompañara para ir a ver El Escorial, algo que causó gran expectación en el resto de los amigos. Nada más regresar, todos los amigos se acercaron a él para preguntarle cómo era ese grandioso monumento que tanto habían estudiado y visto en las fotos de los libros de historia. El amigo, que presumía de ser un hombre de mundo, se hizo el interesante ante el entusiasmo generado por su viaje, y tras una pausa contestó, “pues un Escorial como todos los Escoriales”.

Da la sensación de que esa es la idea que la derecha y el machismo tienen de la realidad y de sus problemas y, como pueden ver, por ahí andan sus argumentos: “la violencia de género es una violencia como todas las violencias”, por eso no hay que tomar medidas específicas;las mujeres que denuncian son mujeres como todas las mujeres”, es decir, definidas por mito de “Eva perversa”, y denuncian falsamente; “un extranjero es como todos los extranjeros”, y hay que protegerse de ellos; “un Gobierno de izquierdas es tan “incapaz” como todos los Gobiernos de izquierdas”, por eso hay que mandarlo a la oposición; y “el virus Covid-19 es un virus como todos los virus”…

Y como cada argumento conlleva una estrategia para lograr el objetivo último de atacar al Gobierno y al modelo de sociedad que representan sus ideas y políticas, parte de los ataques que realizan se basan en la demostración contraria, es decir, en la capacidad y buena gestión de sus Gobiernos. Y para ello ahora toman como ejemplo lo ocurrido con la epidemia del Ébola del año 2014, y lo comparan con lo que está sucediendo en la gestión de la pandemia del coronavirus.

Pero nada de lo que dicen es igual: ni la violencia de género es igual al resto de violencias interpersonales, ni todas las mujeres son iguales y perversas, ni las circunstancias y características de las personas extranjeras son iguales, ni los Gobiernos de izquierdas son iguales, y, por supuesto, el virus Covid-19 tampoco es igual al virus del Ébola.

Veamos algunas diferencias de estas infecciones. El brote del Ébola de 2014 se consideró finalizado en 2016, es decir, dos años después. En ese tiempo el número total de personas infectadas en el planeta fue de 28.646, y fallecieron 11.323, es decir, un 39’5%. Fuera de África el número de infectados en esos dos años fue de 7 (4 en EE.UU., 1 en España, 1 en Italia y 1 en Reino Unido).

Por su parte, en cinco meses de evolución la infección por el Covid-19 se ha convertido en una pandemia que, según los datos de la Universidad de Hopkins a día 30-3-20, ha alcanzado un número de personas afectadas de 177 países de 732.153, y el de fallecidas 34.686, representando un porcentaje del 4’7%.

Como se puede deducir de los datos, el virus del Ébola no tiene nada que ver con el Covid-19, entre otras cosas porque el primero necesita un contacto “estrecho” con la persona enferma o con algún objeto contaminado, para que se pueda producir la infección, algo que no ocurre con el coronavirus, para el que basta un contacto más distante e indirecto.

Las críticas al Gobierno de Rajoy en aquel momento no se hicieron por la gestión de una enfermedad que afectaba a más de 85.000 españoles y españolas como ocurre con el Covid-19, sino por su decisión de repatriar a un religioso enfermo en unas circunstancias muy complicadas de salud (falleció 4 días después de su ingreso en el hospital Carlos III de Madrid), y de alto riesgo epidemiológico. Tal era el riesgo que se produjo el contagio de una Auxiliar de Enfermería, Teresa Romero, infección que supuso el primer caso de la enfermedad fuera de África, con la “suerte” de que desde el momento en que presentó los primeros síntomas hasta que fue hospitalizada y aislada, no contagió a nadie por esa necesidad de contacto estrecho que exige el virus del Ébola.

Manipular, como se está haciendo, al comparar la imprudente “buena gestión” del Gobierno del PP con la “incapacidad del Gobierno socialista-comunista de Pedro Sánchez”, al que llegan a llamar “Gobierno criminal”, al tiempo que se ataca a toda la izquierda y al feminismo, sólo es reflejo del odio que cultivan y extienden algunas personas desde sus ideologías excluyentes. No quiero ni pensar cuál habría sido la respuesta del Gobierno de Rajoy, si en aquel entonces hubieran pedido repatriar por ébola a una cooperante de una ONG feminista que estuviera trabajando en África.

La gestión que hizo el Gobierno del PP con el brote de ébola tuvo como resultado que España tuviera el primer caso de ébola fuera de África. Por su parte, la gestión de la crisis del Covid-19 por el Gobierno socialista y de Unidas-Podemos, con sus aciertos y errores, forma parte de una situación excepcional que ha superado las expectativas y la capacidad de respuesta en todos los países.

No se debería olvidar que cuando termine el confinamiento y la pandemia haya desaparecido tendremos que continuar con la convivencia en sociedad. Alimentar el odio como muchos hacen durante estos días pensando que a la vuelta será más fácil recuperar el poder, además de ser un error, va en contra de los valores democráticos, y quienes creen que al permitirlo con sus silencios y pasividad obtendrán algún beneficio, se equivocan.

El Gobierno es quien decide y, por tanto, el que se equivoca o acierta, y todo ello se conocerá y sabrá con detalle cuando desde las Cortes, las instituciones, las universidades, los medios de comunicación… se analice este periodo. Ahora es tiempo de trabajar de manera solidaria para superar esta situación, con críticas y exigencias, pero no con ataques y manipulaciones. Porque ahora también es el momento para construir las bases de la convivencia que necesitaremos para crecer y reforzarnos como sociedad, con todas nuestras diferencias y diversidad, pero siempre como partes de un mismo proyecto.

Querer a España no es saberse los límites de su territorio y su historia. Conocer y querer a España significa conocer cómo es su gente en su diversidad y quererla tal y como es.

El soldado Dreyfus, el virus y el 8M

Una de las características de los bulos y las “fake news” es su capacidad integradora de todo lo que se argumente una vez lanzada la primera mentira, y lo consiguen por dos razones básicas:

  • La primera, porque el bulo se lanza con un enganche en la realidad centrado en un hecho objetivo.
  • La segunda, porque va dirigido a quien necesita creer esa falacia. No es información, sino doctrina para que la gente que ya comparte las ideas defendidas a través del bulo se mantenga en su residencia ideológica, y a ser posible sin abrir las ventanas.

Es lo que ocurre con la responsabilización que el machismo y la derecha hacen del 8M en el desarrollo de la pandemia por el coronavirus.

Nada nuevo. El nivel de manipulación de este tipo de estrategias es tal que a partir de la mentira original todo se refuerza, como ocurrió con el caso del soldado Dreyfus en la Francia del siglo XIX, tal y como recogió Kate Zernike en un artículo de The New York Times publicado el 30-4-11. Alfred Dreyfus era un joven judío capitán de artillería que en 1894 fue hecho prisionero acusado de traición. Los militares utilizaron como prueba varios documentos en los que existían anotaciones a mano incriminatorias atribuidas al soldado Dreyfus, él lo negaba y afirmaba que esa letra no era suya. Cuando se realizaron las pruebas caligráficas y se demostró que en realidad los documentos no se correspondían con la escritura del soldado Dreyfus, las autoridades, en lugar de rectificar concluyeron que la prueba caligráfica demostraba aún más la traición, porque ponía en evidencia que Dreyfus había alterado voluntariamente su propia forma de escribir para no poder ser acusado en caso de ser descubierto. De manera que la objetividad de la prueba exculpatoria fue utilizada como demostración de su culpabilidad a partir de los prejuicios y la posición de poder que ocupaban quienes lo manipularon todo a su conveniencia.

Otro ejemplo lo tenemos en la estrategia seguida en su día por Donald Trump con el presidente Barak Obama. Cuando Trump “sólo era” un poderoso empresario con imperio mediático a sus espaldas lanzó el bulo de que Obama no era americano y que no había nacido en Estados Unidos, a lo que Obama no respondió y estuvo sin hacerle caso durante mucho tiempo, a pesar de la insistencia de Trump. Al final, imagino que cansado de la situación y de cómo crecía el bulo, mostró su partida de nacimiento para aclararlo todo. ¿Lo consiguió? Evidentemente no, todo lo contrario, a partir de ese momento el bulo creció porque Trump dijo que había falsificado la partida, y que no la había enseñado antes porque había estado preparándolo todo.

Con la estrategia que ha lanzado la derecha y el machismo sobre la manifestación del 8M ocurre igual. Primero dicen que la concentración fue clave para la expansión del coronavirus, después, cuando se muestra que ese fin de semana hubo miles de concentraciones de todo tipo, comentan que deberían haberse suprimido todas, pero curiosamente sólo critican la del 8M. Cuando se les deja en evidencia por esa crítica centrada sólo en el feminismo, tiran de conspiración para insistir en lo malo del 8M, y argumentan que no se suspendió ninguna manifestación para no tener que suspender el 8M.

Como pueden ver, siempre darán una vuelta más para mantener su “mentira necesaria” y atacar a las posiciones diferentes a sus ideas y valores, que es de lo que se trata.

Los datos de la Comunidad de Madrid indican que el número de mujeres infectadas no es muy diferente al de hombres, lo cual está en contra de que el 8M haya sido un factor determinante en la expansión del virus, como afirman. Pero no se preocupen, seguro que le darán otra vuelta a la conspiración, y no me extraña que digan que el Gobierno previamente inmunizó con una “vacuna secreta” que sólo tienen para la gente de izquierdas, a las feministas que fueron a la manifestación para que ellas no se infectaran pero pudieran extender el virus entre la gente de la Comunidad y así arrebatarle el Gobierno a las derechas. Del mismo modo que, tirando de la maldad y perversidad propia de las mujeres, tampoco sería raro que puedan llegar a decir que enviaron a algunas de ellas a las residencias de mayores para que enfermaran y así ahorrar en ayudas, como dijeron de la propuesta legislativa sobre la eutanasia.

Recuerden que quienes atacan al 8M y al feminismo son las mismas voces que dicen que la mayor parte de las mujeres que denuncian violencia de género ponen “denuncias falsas” para dañar a los hombres y “quedarse con la casa, los niños y la paga”; y que la mayoría de los suicidios masculinos son consecuencia de “divorcios abusivos”.

Los bulos y la conspiración comienzan, pero no tienen final.

La imprudencia de quienes desde posiciones de responsabilidad social y política dan recorrido a estos bulos o guardan silencio tendrá consecuencias políticas y sociales, aunque no sean inmediatas. Deberían dedicarse a estudiar la situación cuando sucede y a plantear alternativas constructivas, en lugar de dedicarse a interpretar los hechos una vez que ya han ocurrido para decir entonces lo que está bien y lo que está mal.  Aunque algunos ni siquiera aciertan en esas circunstancias.

Virus frente a viral: El machismo y sus bulos

Los sectores conservadores de nuestra sociedad, los mismos que ven un riesgo en lo público y “confinan” en aulas separadas a niños y niñas para que no se contagien de Igualdad, intentan sacar partido de los efectos del virus contaminando el ambiente con manipulaciones y mensajes virales. En esto parece que siguen el principio hipocrático del “similia similibus curantur”, según el cual los problemas ocasionados por un humor se curan con aportaciones del mismo humor, de manera que, según esta ideología y su adoctrinamiento, lo que hay que hacer es aplicar lo viral frente al virus, y frente a la incertidumbre de la realidad la manipulación de los hechos.

El objetivo es claro y así lo plantean en sus “video-virus” y “mensaje-virus”, hacer responsable de la pandemia al Gobierno de Pedro Sánchez, como hicieron en su día responsable de la crisis económica mundial a Rodríguez Zapatero.

Y para ello hacen un collage interesado de trozos de verdad para crear una gran mentira, haciendo creer que la suma de verdades sólo puede ser otra verdad. No elaboran una crítica basada en distintas ideas ni aportan otras alternativas, se quedan en el cuestionamiento a tiempo pasado de las decisiones que en su día se adoptan sobre la base de los datos existentes, algo que siempre es fácil de utilizar para manipular a partir de su componente de objetividad.

Lo que se pretende es culpabilizar a los responsables gubernamentales para que haya un rechazo y un ataque directo hacia ellos y a las ideas que los sustentan. Y los elementos que utilizan para llevar a cabo la manipulación buscan la integración de tres referencias:

  1. Destacar elementos esenciales de su ideología conservadora para fundamentar las críticas sobre ellos. Lo hemos visto en la crítica al feminismo y a la Igualdad al achacar los problemas de la pandemia a la manifestación del 8M.
  2. Utilizar elementos del pasado que se puedan usar para reforzar el razonamiento el presente, es lo que ocurre al comparar la gestión de la crisis sanitaria actual con la gestión de la crisis económica de 2008.
  3. Empleo de los elementos propios de la situación actual para integrarlos en el contexto generado sobre los dos elementos anteriores.

La estrategia busca manipular la realidad a través de la integración de esos tres elementos, con el objeto de atacar a la posición interesada, en este caso al Gobierno y al feminismo, pero también a todas las ideas, valores, referencias o planteamientos que no coinciden con su ideología.

En la situación actual vemos que los elementos de los ataques se centran en los elementos antes citados:

  • Manifestaciones del 8M: Intentan responsabilizar de manera insistente de lo ocurrido a las manifestaciones del 8M, sobre todo en la Comunidad de Madrid, achacando casi en exclusividad la diseminación del virus a la conmemoración del Día Internacional de las Mujeres. No dicen nada de los 4000 partidos de fútbol que se celebraron ese fin de semana, ni de los 680 de baloncesto, ni de los 1000 encuentros de otros deportes. Tampoco de las 18.000 misas, de la congregación de gente en cines, teatros y centros comerciales, y mucho menos del mitin de Vox en Vistalegre con dirigentes claramente bajo una sintomatología compatible con la infección por Covid-19. Lo importante es hacer creer que el problema fue el 8M para de ese modo reforzar el odio al feminismo, a las mujeres y a la Igualdad. Su estrategia es tan manifiesta, que cuando se les dan estos datos para explicar que en ese momento las referencias no planteaban suspender estas actividades, dicen que se permitieron todas las demás para de ese modo poder celebrar las manifestaciones del 8M. No importa la realidad, lo importante es imponer su visión.
  • Elementos del pasado: El objetivo que pretenden con sus estrategias virales es el ataque, no entrar en el debate cuestionando determinadas decisiones por medio de un razonamiento fundamentado y aportando alternativas. No plantean propuestas en el momento de tomar las decisiones, tan sólo critican los hechos cuando ya han ocurrido. Su lugar es el pasado y por eso se mueven bien en ese tipo de argumentos, y para ello recurren a hechos anteriores que son presentados como eslabón para darle continuidad a su estrategia. Por eso, ante la crisis sanitaria del coronavirus, han recuperado a la crisis económica de 2008 bajo un mismo planteamiento: la incapacidad del Presidente del Gobierno del momento, antes Rodríguez Zapatero y ahora Pedro Sánchez, como responsable del problema, da igual que sea global, porque lo que se busca no sólo es la crítica personal, sino relacionar la incapacidad individual con las posiciones ideológicas de esas personas, y hacer creer que el problema de fondo está en el socialismo y en la izquierda.
  • Elementos del problema presente: Para completar su ataque y su collage viral lo que hacen es tomar algún ejemplo de su capacidad de gestión y lo relacionan con la situación actual. Con la pandemia del Covid-19 ha sucedido al utilizar como ejemplo de buena gestión la respuesta ante la epidemia del Ébola del Gobierno de Mariano Rajoy, cuando son realidades completamente diferentes desde el punto de vista epidemiológico. Y mientras que en el coronavirus de lo que se trata es de responder sanitariamente para tratar y detener una pandemia que afecta a la población española, en la del Ébola se trataba, básicamente, de decidir si repatriar a personas y cadáveres para evitar que la infección llegara a España. Y todo ello se refuerza con datos sueltos de la crisis actual, como ha sido la diferente tasa de mortalidad en España y en Alemania, sin tener en cuenta las diferencias demográficas entre los países, o el especial impacto de la infección en algunas residencias de ancianos en nuestro país, ni los distintos tiempos de evolución de la pandemia; y hablan ese mayor porcentaje de mortalidad en España, pero no dicen nada de que el porcentaje de curaciones a día 24-3-20 es inferior en Alemania.

Y con ese tipo de argumentos manipuladores se llega al objetivo final, que no es la legítima y necesaria crítica al Gobierno, sino su ataque sobre una doble idea: por un lado la incapacidad esencial de las personas por formar parte del grupo del socialismo y la izquierda, y por otro, la responsabilidad directa en el resultado, como si hubiera sido algo buscado apropósito o por “imprudencia manifiesta”, llegando a hablar de “Gobierno criminal”.

Si se dan cuenta, hemos pasado de un “Gobierno ilegítimo” del 14M, repetido después con la moción de censura a Mariano Rajoy, a un “Gobierno Frankenstein” nacido del pacto del PSOE con Unidad Podemos, y ahora a un “Gobierno Criminal”. Toda una evolución argumental que revela de forma gráfica la estrategia de los sectores conservadores y machistas de nuestra sociedad, los mismos que no aceptan las diferencias sociales, salvo que estas se traduzcan en jerarquía y en la sumisión de los otros.

Estas estrategias llenas de silencios cómplices y pasividad recuerdan lo de “unos mueven el árbol y otros recogen las nueces”, y reflejan la falta de valores democráticos en quienes se consideran los únicos legitimados para ostentar el poder y el Gobierno. Sin duda un error que puede dar rédito a corto plazo, pero que al final se traduce en distancia y abandono por parte de una sociedad que cree en la Democracia y en la Igualdad. Sólo hay que ver cómo estaba la derecha hace unos años y cómo está ahora.

El problema añadido está en que esos mensajes virales aumentan el odio y la virulencia en mucha gente, y todo ello es el cultivo del enfrentamiento y la violencia. El lenguaje belicista que se está utilizando también es un ejemplo de toda esta visión, y es algo que debemos evitar para que todo se resuelva por los cauces democráticos, y con el necesario debate y las oportunas críticas a las decisiones bajo argumentos y propuestas constructivas. Sólo de esa manera superaremos la situación y creceremos como sociedad.

 

Máscaras y mascarillas

Cuando era un adolescente me explicaron que la palabra “persona” significaba etimológicamente “máscara”, y que su origen estaba en las caretas que se utilizaban en el teatro griego. Mi sorpresa ante ese significado no fue ante la idea de la Antigua Grecia de asociar esa máscara teatral con quienes la llevaban puesta más allá del escenario, sino por su vigencia actual, por esa especie de disfraz que vestimos como parte de nuestra identidad, capaz de confundir al resto de las personas, pero también a nosotros mismos.

Una crisis desenmascara a las personas y a la sociedad, las desnuda de circunstancias y las enfrenta a su propia realidad sin disfraces ni complicidades ajenas. Pero cuando sucede, no siempre se encuentra a alguien detrás de todo ese escenario que acarreamos junto a la máscara, y del mismo modo que muchas personas cercanas te abandonan ante los problemas, cuando la persona se enfrenta a sí misma ocurre como en la película del “hombre invisible”, que al retirar las vendas no hay nadie. No hay nada.

Y no hay nadie porque no existe una verdadera individualidad, porque la persona se ha convertido en parte de todo lo que la sociedad ha dicho que sea, una mera reproducción de sus ideas, valores y elementos de su cultura, pero sin nada propio, sin intimidad. Tan sólo un trozo de masa, una hoja en el viento de los acontecimientos que terminará siendo arrastrada por la lluvia de los días.

La crisis originada por la pandemia del covid-19 ha desenmascarado a la sociedad y a quienes la forman. Las ha desnudado de toda la parafernalia que las impermeabiliza de las miradas para que los ojos se deslicen hacia abajo, aunque dejen un reguero de dudas por el que nunca se asciende. Pero da igual, lo importante es que esas miradas no penetren para ver la realidad tras la máscara.

Un ejemplo que siempre resulta importante abordar por su gravedad y significado es el de la violencia de género. Poner en relación las estadísticas del impacto de la violencia de género con los de la pandemia del coronavirus es relevante para entender la realidad enmascarada. No se trata de restarle importancia a la infección, sino tomar conciencia de lo que habitualmente se mueve entre la invisibilidad de las circunstancias.

Según los datos oficiales a 20 de marzo, el número de personas infectadas en el planeta por el covid-19 era de 245.436, y el número de personas fallecidas 10.138. Los equipos de la OMS y otros organismos hablan de una mortalidad causada por del virus entre el 3-4% teniendo en cuenta las muertes entre las personas infectadas diagnosticadas, no entre todos los casos, puesto que muchos cursan con una sintomatología leve que no requiere asistencia específica ni son diagnosticados.

La violencia de género, según los estudios de la OMS y de Naciones Unidas, sólo en las relaciones de pareja afecta al 30’1% de las mujeres del planeta, lo cual significa que en algún momento la sufrirán unos 500-600 millones de mujeres, de las cuales, alrededor de 52.000 son asesinadas cada año en el contexto de las relaciones de pareja y familiares (ONU, 2018), con una tasa de mortalidad alrededor del 0’9% para las mujeres maltratadas. Todo ello significa que cada 5 minutos una mujer es asesinada en el planeta dentro de los escenarios descritos. Y a esta violencia en las relaciones de pareja hay que añadir todas las otras formas de femicidio, como las que ocurren en el contexto de la violencia sexual, la mutilación genital femenina, la prostitución, la trata de mujeres, los crímenes por la dote…

Si en lugar de violencia de género habláramos de otro virus, ni el resultado ni las políticas serían muy diferentes en su contundencia a las desarrolladas contra el covid-19, lo mismo que no son muy distintas las medidas contra el terrorismo yihadista u otro tipo de terrorismo, ni tampoco para afrontar enfermedades víricas similares, puesto que una de las referencias para actuar se basa en el resultado y en el impacto que producen los problemas, para luego abordar con especificidad las causas de cada uno.

Lo que resulta difícil de entender en violencia de género es cómo a pesar de tener un resultado tan objetivo, como lo son los 500-600 millones de mujeres del planeta que la sufren, las 52.000 que cada año son asesinadas a nivel mundial, o las 600.000 que la viven en España y las 60 asesinadas de media anualmente, no se responda de la misma manera que frente a otras causas que generan unas consecuencias similares, y que incluso se actúe con más rotundidad y se perciban como más graves algunos problemas que tienen un impacto menor que la violencia de género.

Y una de las claves para entender esta manera distinta de responder ante resultados objetivos está en la estructuralidad de la violencia de género, puesto que se trata de una violencia que nace de las propias normas de convivencia que nos hemos dado como sociedad, se utiliza para mantener el orden a partir de esas referencias, y no se ve como una amenaza, puesto que sólo afecta a las mujeres y, según esa construcción machista, no a todas las mujeres, sino a las “malas mujeres”, es decir, a las que no cumplen con sus roles y funciones según los criterios del “buen hombre”, o sea, de su maltratador.

Tanto la infección por el covid-19 como la violencia de género comparten algunos elementos, tales como la invisibilidad, el no reconocimiento de la sintomatología hasta que se hace grave, la utilización de la normalidad para extenderse y afectar a otras personas…. Sin embargo, también hay importantes diferencias, como por ejemplo, el hecho de que no se dude de la infección por coronavirus mientras que sí se haga de la violencia de género, la existencia de una prueba específica para la primera, cuando para la segunda hay que realizar una valoración amplia y a veces compleja que no siempre se acepta, la consideración de que todo está relacionado con el virus, aunque no sea determinante, mientras que en violencia de género todo se fragmenta y se muestra como ajeno a ella, algo que no resulta gratuito puesto que lleva a que no se identifiquen factores de riesgo para la violencia y que sí se haga para la pandemia, y, finalmente, el hecho de que prácticamente el 100% de las personas fallecidas por covid-19  hayan recibido atención, mientras que en violencia de género el 70-80% de las mujeres asesinadas nunca ha recibido asistencia por esa causa.

La convivencia está llena de problemas, y muchos de ellos, como la violencia de género, provocados por la propia forma de entender las relaciones. Creer que sólo lo nuevo debe ser motivo de preocupación es mantener un modelo de sociedad acostumbrado a la sorpresa, pero ajeno a sus problemas diarios y a la injusticia crónica de la desigualdad.

Muchas de las mujeres con patologías múltiples que mueren por la infección del coronavirus también son víctimas de violencia de género, lo cual es un factor de agravamiento clínico, tal y como ha recogido el reciente trabajo de las Universidades de Warwick y Birmingham, al demostrar que la mortalidad es un 40% más alta en las mujeres maltratadas respecto a las no maltratadas, y en cambio nadie ve esa relación con la realidad ni con el covid-19.

La conclusión es clara, hay que ejercer una crítica contra la cultura androcéntrica capaz de organizar la convivencia sobre la desigualdad, y para ello no sólo hay que ponerse una mascarilla ante determinados problemas, también hay que quitarse la máscara que impone el machismo para ocultar tras su normalidad a los hombres que ejercen la violencia de género y a las mujeres que la sufren.

 

 

Confinamiento y violencia

Las paredes y cristales nos pueden proteger del contagio del Covid-19, pero no de los males que viven dentro del hogar, y la violencia de género habita la convivencia para poner muros y techos de cristal allí donde el maltratador decide.

Según la OMS, referente indiscutible para la pandemia del coronavirus, la violencia de género es un “problema de salud global de proporciones epidémicas”, e indica que el 30% de las mujeres del planeta la sufrirán en algún momento de sus vidas (OMS, 2013). El “Informe sobre homicidios en España” del Ministerio del Interior, recoge que el 40’7% de todos los homicidios por violencia interpersonal sucede en el contexto del hogar, y que los hombres son sus autores en el 66’4% de los casos de violencia doméstica y en el 100% de violencia de género.

El confinamiento en el hogar no va a reducir esta violencia, todo lo contrario; la va a aumentar por la presencia de cuatro elementos principales:

  1. El aumento del tiempo de convivencia entre los agresores y sus víctimas.
  2. Los conflictos en gran medida van a surgir alrededor de cuestiones familiares y domésticas, circunstancia que los agresores viven como un ataque al considerar que todo lo que no sea seguir sus imposiciones se trata de un ataque a su “autoridad”. Es lo que reflejan de manera gráfica cuando justifican la violencia y dicen, “es que mi mujer se empeña en llevarme la contraria”.
  3. La violencia se prolonga sin que se vea interrumpida por las circunstancias de la rutina de cada día, como marchar a trabajar, llevar los niños y niñas al colegio, ir a comprar, salir a dar un paseo…
  4. Percepción de seguridad e impunidad en el agresor, al percibir que las circunstancias del confinamiento dificultan salir de la relación o interponer una denuncia por la violencia ejercida.

La situación no es del todo nueva, pero sí es diferente en la novedad de algunas circunstancias, y las consecuencias pueden ser mucho más graves, especialmente para las mujeres por las características de la violencia de género.

El objetivo principal de la violencia que se ejerce contra las mujeres es controlarlas y someterlas a los dictados del maltratador, el daño y las lesiones son una parte de los instrumentos que utilizan para lograrlo, pero la idea que mueve a un agresor es retener a la mujer dentro de los límites que él impone sobre las referencias definidas por la cultura. Por eso antes de las agresiones se produce un aislamiento de la familia, las amistades y el trabajo, y por ello utiliza también una estrategia aleccionadora con el objeto de que las agresiones se vivan como una referencia de lo que puede ocurrir en caso de no seguir sus dictados, y de ese modo hacer que la propia mujer se “auto-controle” sin necesidad de agredirla a cada momento.

Cuando el agresor percibe que pierde el control sobre la mujer es cuando recurre a las agresiones, y cuanto mayor es su percepción, con más contundencia la resuelve. Este factor es el que hace que la separación y ruptura de la relación actúen como el principal factor de riesgo para que se produzca una agresión grave y el homicidio. La consecuencia es clara y directa, si el objetivo esencial de la violencia de género es el control, la separación significa la pérdida absoluta de control, lo cual lleva a muchos agresores a pensar en la idea del homicidio, y a algunos a llevarlo a cabo. El resultado es objetivo, los homicidios por violencia de género representan el 20’6% de todos los homicidios de nuestro país, es decir, que una media de 60 mujeres son asesinadas en sus casas cada año por parte de hombres “normales” con los que mantienen o habían mantenido una relación de pareja.

Las actuales circunstancias de confinamiento por la pandemia del Covid-19 dificultan la salida de la relación violenta y se traducen en una prolongación de la violencia, y con ella en un incremento de su intensidad y el control por parte del agresor, que a su vez lo vive bajo una sensación de seguridad e impunidad. La aparente disminución de casos graves y homicidios que se puede producir bajo las actuales limitaciones, se podría traducir en un incremento posterior cuando se modifiquen las circunstancias y las mujeres vean facilitada la salida de la violencia, puesto que el riesgo en ese momento será más alto.

No podemos esperar a que suceda, hay que desarrollar una estrategia de acción y prevención basada en cuatro elementos:

  1. Seguimiento activo de los casos de violencia de género conocidos en Servicios Sanitarios, Servicios Sociales, asociaciones de ayuda a mujeres víctimas y sobrevivientes…
  2. Desarrollo de programas de detección activa en la atención que se preste a mujeres en las circunstancias actuales.
  3. Llamada a la implicación de los entornos cercanos a las mujeres que sufran la violencia para que las apoyen y comuniquen la situación a las administraciones correspondientes
  4. Desarrollo de campañas de concienciación e información específicas para el contexto actual.

También tenemos que actuar contra la pandemia de la violencia de género y evitar sus consecuencias y muertes. Ahora estamos a tiempo de adoptar medidas preventivas, y en esta materia, precisamente, lo único que no podemos hacer es “lavarnos las manos”.

 

“Infinito Marzo”

Por Miguel Lorente  Acosta y Carolina Martín Martín

No sabemos con exactitud cómo empezó la vida, pero sí que lo hizo un mes de marzo; y lo hizo en cada uno de los lugares donde las voces de las mujeres se levantaron por sus derechos y por los de una sociedad justa y libre de machismo.

Porque no fue en una laguna original donde se formó la vida hace cuatro mil millones de años, ni ha sido la evolución la que ha dado origen a la vida capaz de trascender el instante y liberarse de las cadenas del tiempo, para de ese modo prolongarse sin límites a través del recuerdo y los sueños. Han sido los ideales de quienes entendieron que las circunstancias no pueden ser la razón del mañana, porque la humanidad es esperanza.

Por eso la vida humana comienza cuando la conciencia toma el mando de la biología para dar sentido y romper los límites que la naturaleza sitúa en cada persona, y hacer de todas ellas la referencia común que da significado a la humanidad. Porque una humanidad sin Dignidad es un accidente más del paisaje, una humanidad sin Libertad es un rebaño, una humanidad sin Justicia es una jauría, y una humanidad sin Igualdad es, sencillamente, inhumana.

Y aunque hemos sido una sociedad de personas con Dignidad, de individuos con Libertad, de comunidades con Justicia, seguimos siendo inhumanos bajo los dictados del más fuerte, del más rico, del más creyente, del más nacionalista, del más hombre…

Por eso la vida comenzó a ser humanidad un mes de marzo, y lo mismo que la Revolución Francesa se fraguó una primavera de 1789, la revolución feminista también se hizo verdad un mes de marzo en el que se pasó de la metáfora a la realidad.

Es el “infinito marzo” que nos habita para que cada día dejemos constancia de su existencia. No es un día ni un mes, es el sentido para cada día. Por ello el 8M es el núcleo donde se guarda la esencia de su significado, la referencia donde confluye la infinitud de los anhelos de tantas y tantas mujeres que desde siempre han buscado la Igualdad. Porque el feminismo no ha inventado la Igualdad, como quieren hacer creer quienes se oponen a ella, del mismo modo que la Revolución Francesa no inventó los derechos ciudadanos, uno y otra hicieron verdad la demanda de las mujeres y de la sociedad desde una posición crítica y constructiva, pero no la inventaron.

Son todas esas mujeres anónimas y con más silencio que voz, como tuve la oportunidad de escribir en “Feminismo rural en Andalucía: La historia de mis abuelas” (Carolina Martín, 2019), las que “sin saberlo representan un feminismo práctico y reflexivo, un feminismo que se hace desde las tripas, creando sus propias luchas y resistencias. También desde la alegría y el arte…” Todas ellas guardaron el calor de la Igualdad, como antes otras mantuvieron el fuego en las cuevas, para que un día la equidad calentara la convivencia agotada en la sociedad del poder patriarcal, ajena a la injusticia de una desigualdad que no para de mirar al “brilli-brilli” de sus privilegios para luego presentarlos como algo común, cuando en realidad sólo eran para los hombres.

En la Unidad de Igualdad de la Universidad de Granada hemos querido recoger toda esa realidad y representarla en “Infinito Marzo”, para hacer de la infinitud del anhelo de Igualdad que tantas mujeres han cultivado en el huerto particular de su conciencia emocional, la cosecha que alimente a una democracia famélica de Igualdad.

“Infinito es marzo” porque infinita es la vida en Igualdad junto al resto de los Derechos Humanos. La Igualdad no tiene final, pero sí camino, y marzo es una posada donde tomar conciencia y aliento para continuar, pero no es estación terminal.

Ya lo dice el diccionario de la RAE, infinito es aquello “que no tiene ni puede tener final ni término”, y frente a los límites obligados del machismo se impone la Igualdad, porque la Igualdad no es un destino, es esencia de vida, cultura y sociedad.

Lo dicho, “Infinito Marzo” en la primavera de la Igualdad.

La plácida palabra de los hombres

La hombría va unida a las palabras, desde el “verbo se hizo hombre” hasta el “hombre de palabra”, ha sido la palabra la que ha definido la realidad y los hombres quienes la han pronunciado.

Las mayores traiciones de la historia, las mentiras más grandes, las falsedades más increíbles han sido realizadas por hombres, sin embargo, su palabra nunca se ha puesto en cuestión. Ha seguido ahí, en el límite de sus labios aguardando el momento para ser pronunciadas y romper con su ley la indeterminación del silencio.

En cambio, las mujeres, negadas de palabra y recluidas en el susurro de la oración, son consideradas las reinas de la mentira y del apaño de la traición. Da igual que no lo hayan hecho, del mismo modo que un hombre, por el hecho de serlo, ya es un “hombre de palabra”, una mujer por el hecho de serlo, es decir, por el hecho de no ser hombre, ya es una persona sin palabra y sin más argumento que la mentira, especialmente si sus afirmaciones son contra un hombre o lo masculino.

Esta construcción permite a los hombres decir lo mimo y lo contrario y no ser considerados “mentirosos” en ninguna de las dos ocasiones, y a las mujeres ser consideradas mentirosas digan lo que digan, si aquello que dicen se encuentra con la palabra de un hombre que afirme lo contrario, como ocurre cuando hablan de “denuncias falsas” en violencia de género.

Lo acabamos de ver con las declaraciones de Plácido Domingo sobre el acoso y abuso sexual que llevó a cabo. Hace unos meses negó los hechos y su palabra fue tomada como verdad, al tiempo que se criticaba a las mujeres que lo denunciaron y se las presentaba como mujeres que buscaban hacerle daño en un ejercicio de maldad difícil de entender, pero también como una vía para conseguir algún beneficio económico a cambio, pues la maldad instrumental siempre se ve como más creíble y cercana que la maldad en abstracto.

Hoy dice lo contrario, reconoce los hechos y pide perdón por lo que hizo, pero ninguna de las personas que lo apoyaron dicen que mintió antes o que miente ahora por alguna extraña razón, ni tampoco dicen nada sobre la verdad de las mujeres que fueron presentadas como mentirosas y perversas. Ellas siguen siendo malas, antes por mentir y ahora por “haber obligado” a Plácido Domingo a reconocer los hechos, y haber atacado su carrera al final de su recorrido, permitiendo que su recuerdo quede impregnado por algo ocurrido en el pasado.

Ser consciente de esta realidad es poder. Saber que tu palabra vale más, que tus argumentos son más creíbles, que tu arrepentimiento demuestra bondad y sinceridad, que decir lo mismo y lo contrario se toma por cierto en las dos ocasiones… todo ello da mucha confianza y seguridad a la hora de enfrentarse al día a día y sus problemas. Y cuando, además, está construido sobre la idea de que las mujeres no son de fiar, la percepción y necesidad de control sobre ellas se presenta como una necesidad.

Por eso la violencia de género sigue siendo una realidad, porque los hombres la ejercen con la conciencia de que no va a ser cuestionados por esa normalidad que la acompaña, que si son cuestionados y denunciados las mujeres no van a ser creídas, que si son creídas no lo van a ser lo suficiente para vencer a las justificaciones y ellos no van a ser condenados, y que si son condenados el mensaje último será el que ellas han sido las “malas” por no haber “lavado los trapos sucios en casa”, o por haber engañado a quien juzga lo ocurrido. Lo hemos visto en casos tan graves como el de “la manada” o el de los “jugadores de la Arandina”.

Ninguna violencia asesina a 60 personas del mismo grupo de población cada año, salvo la violencia de género; y en ninguna violencia, salvo en la violencia de género, los asesinos forman parte de un grupo tan definido y homogéneo: hombres no vinculados a otras formas de criminalidad que mantienen o han mantenido una relación de pareja con las mujeres asesinadas. Y a pesar de esa construcción y de su constancia social, todavía se niega la realidad y se duda de la palabra de las mujeres, nada extraño cuando el relato de esa historia está narrado con voz masculina.

Los “hombres no mienten”, sólo se equivocan o no se expresan bien, las mujeres, en cambio, “mienten siempre”, aunque a veces no sean capaces de engañar a la realidad y parezca que dicen la verdad. Por eso para ellos Plácido Domingo no ha mentido, debe ser que no lo tenía claro por aquello de los “estándares que cambian con el tiempo”.